Los Miserables: IV.2.9

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Los Miserables
Cuarta parte: "Idilio en calle Plumet y epopeya en calle Saint-Denis"
Libro segundo: "Eponina"
Capítulo IX: A tristeza, tristeza y media

de Víctor Hugo


La sabia y eterna madre Naturaleza advertía sordamente a Jean Valjean la presencia de Marius; y Jean Valjean temblaba en lo más oscuro de su pensamiento; no veía nada, no sabía nada, y consideraba, sin embargo, con obstinada atención las tinieblas en que estaba, como si sintiera por un lado una cosa que se construyera, y por otro una cosa que se derrumbara. Marius, advertido también, y lo que es la profunda ley de Dios, por la misma madre Naturaleza, hacía todo lo que podía por ocultarse del padre. Sus ademanes no eran del todo naturales. Se sentaba lejos, y permanecía en éxtasis; llevaba un libro, y hacía que leía: ¿por qué hacía que leía? Antes iba con su levita vieja, y ahora llevaba todos los días el traje nuevo; tenía ojos picarescos, y usaba guantes. En una palabra, Jean Valjean lo detestaba cordialmente.

Un día no pudo contenerse y dijo:

- ¡Qué aire tan pedante tiene ese joven!

Cosette el año anterior, cuando era niña indiferente, hubiera respondido:

- No, padre, es un joven simpático.

En el momento de la vida y del estado de corazón en que se encontraba, se limitó a contestar con una calma suprema, como si lo mirara por primera vez en su vida:

- ¿Ese joven?

- ¡Qué estúpido soy! -pensó Jean Valjean-. Cosette no se había fijado en él. ¡Oh, inocencia de los viejos! ¡Oh, profundidad de la juventud!

Jean Valjean empezó contra Marius una guerrilla que éste, con la sublime estupidez de su pasión y de su edad, no adivinó. Le tendió una serie de emboscadas; Marius cayó de cabeza en todas. Mientras tanto Cosette seguía encerrada en su aparente indiferencia y en su imperturbable tranquilidad; tanto, que Jean Valjean sacó esta conclusión: Ese necio está enamorado locamente de Cosette, pero Cosette ni siquiera sabe que existe.

Mas no por esto era menor la agitación dolorosa de su corazón. De un instante a otro podía sonar la hora en que Cosette empezara a amar. ¿No empieza todo por la indiferencia? ¿Qué viene a buscar ese joven? ¿Una aventura? ¿Qué quiere? ¿Un amorío?

¡Un amorío! ¡Y yo! ¿Qué? ¡Habré sido primero el hombre más miserable, y después el más desgraciado! ¡Habré pasado sesenta años viviendo de rodillas; habré padecido todo lo que se puede padecer; habré envejecido sin haber sido joven; habré vivido sin familia, sin padres, sin amigos, sin mujer, sin hijos; habré dejado sangre en todas las piedras, en todos los espinos, en todas las esquinas, en todas las paredes; habré sido bueno, aunque hayan sido malos conmigo; me habré hecho bueno, a pesar de todo; me habré arrepentido del mal que he hecho, y habré perdonado el que me han causado; y en el momento en que recibo mi recompensa, en el momento que toco el fin, en el momento que tengo lo que quiero, que es bueno, que lo he pagado, y lo he ganado, desaparecerá todo, se me irá de las manos, perderé a Cosette, y perderé mi vida, mi alegría, mi alma, porque a un necio le haya gustado venir a vagar por el Luxemburgo!

Cuando supo que Marius había hecho preguntas al portero de su casa, se mudó, prometiéndose no volver a poner los pies en el Luxemburgo ni en la calle del Oeste; y se volvió a la calle Plumet.

Cosette no se quejó, no dijo nada, no preguntó nada, no trató de saber ningún por qué; estaba ya en el período en que se teme ser descubierta y vendida. Jean Valjean no tenía experiencia en ninguna de estas miserias, lo cual fue causa de que no comprendiera el grave significado del silencio de Cosette. Solamente observó que estaba triste y se puso sombrío. Por una y otra parte dominaba la inexperiencia.

Un día hizo una prueba y preguntó a Cosette:

- ¿Quieres venir al Luxemburgo?

Un rayo iluminó el pálido rostro de Cosette.

- Sí -contestó.

Fueron. Habían pasado tres meses. Marius no iba ya; Marius no estaba allí.

Al día siguiente, Jean Valjean volvió a decir a Cosette:

- ¿Quieres venir al Luxemburgo?

Y respondió triste y dulcemente:

- No.

Jean Valjean quedó dolorido por esa tristeza, y lastimado por esa dulzura. ¿Qué pasaba en aquella alma tan joven todavía, y tan impenetrable ya? ¿Qué transformación se estaba verificando en ella? ¿Qué sucedía en el alma de Cosette? En aquellos momentos, ¡qué miradas tan dolorosas volvía hacia el claustro! ¡Cómo se lamentaba de su abnegación y de su demencia de haber vuelto a Cosette al mundo, pobre héroe del sacrificio, cogido y derribado por su mismo desinterés! "¿Qué he hecho?", se decía.

Por lo demás, Cosette ignoraba todo esto. Jean Valjean no tenía para ella peor humor ni más rudeza; siempre la misma fisonomía serena y buena; sus modales eran más tiernos, más paternales que nunca. Cosette, por su parte, iba decayendo de ánimo. En la ausencia de Marius, padecía, como había gozado en su presencia sin explicárselo.

- ¿Qué tienes? -preguntaba algunas veces Jean Valjean.

- No tengo nada. Y vos, padre, ¿tenéis algo?

- ¿Yo? Nada.

Aquellos dos seres que se habían amado tanto, y con tan tierno amor, y que habían vivido por tanto tiempo el uno para el otro, padecían ahora cada cual por su lado, uno a causa del otro; sin culparse mutuamente, y sonriendo.


Los Miserables de Víctor Hugo

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