Los Miserables: IV.6.2

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Los Miserables
Cuarta parte: "Idilio en calle Plumet y epopeya en calle Saint-Denis"
Libro sexto: "El 5 de junio de 1832"
Capítulo II: Reclutas

de Víctor Hugo


Al momento de estallar la insurrección, un niño andrajoso bajaba por Menilmontant con una vara florida en la mano. Vio de pronto en el suelo una vieja pistola inservible; arrojó lejos su vara, recogió la pistola, y se fue cantando a todo pulmón y blandiendo su nueva arma. Era Gavroche que se iba a la guerra.

Nunca supo que los dos niños perdidos a quienes acogiera una noche eran sus propios hermanos. ¡Encontrar en la noche dos hermanos y en la madrugada un padre! Después de ayudar a Thenardier, volvió al elefante, inventó algo de comer y lo compartió con los niños y después salió, dejándolos en manos de la madre calle. Al irse les dio este discurso de despedida: "Yo me largo, hijitos míos. Si no encontráis a papá y mamá, volved aquí en la tarde. Yo os daré algo de comer y os acostaré". Pero los niños no regresaron. Diez o doce semanas pasaron y Gavroche muchas veces se decía, rascándose la cabeza:

-¿Pero dónde diablos se metieron mis dos hijos?

Y ahora caminaba, muerto de hambre, pero alegre, en medio de una muchedumbre que huía despavorida. El iba cantando versos de la Marsellesa interpretados a su manera. En una calle encontró un guardia nacional caído con su caballo. Lo recogió, lo ayudó a poner de pie a su cabalgadura, y continuó su camino pistola en mano.

En el mercado, cuyo cuerpo de guardia había sido desarmado ya, se encontró con un grupo guiado por Enjolras, Courfeyrac, Combeferre, Feuilly, Bahorel y Prouvaire.

Enjolras llevaba una escopeta de caza de dos cañones; Combeferre, un fusil de guardia nacional y dos pistolas, que se le veían bajo su levita desabotonada; Prouvaire, un viejo mosquetón de caballería, y Bahorel una carabina; Courfeyrac blandía un estoque; Feuilly con un sable desnudo marchaba delante gritando: ¡Viva Polonia!

Venían del muelle Morland, sin corbata y sin sombrero, agitados, mojados por la lluvia, y con el fuego en los ojos. Gavroche se acercó a ellos con toda calma.

- ¿Adónde vamos? -preguntó.

- Ven -dijo Courfeyrac.

Un cortejo tumultuoso les seguía; estudiantes, artistas, obreros, hombres bien vestidos, armados de palos y de bayonetas, algunos con pistolas. Un anciano que parecía de mucha edad iba también en el grupo. No tenía armas y corría para no quedarse atrás, aunque parecía pensar en otra cosa y su andar era vacilante.

Era el señor Mabeuf. Courfeyrac lo había reconocido por haber acompañado muchas veces a Marius a su casa.

Conociendo sus costumbres pacíficas y extrañado al verlo en medio de aquel tumulto, se le acercó.

- Señor Mabeuf, volvéos a casa.

- ¿Por qué?

- Porque va a haber jarana.

- Está bien.

- ¡Sablazos, tiros, señor Mabeuf.

- Está bien.

- ¡Cañonazos!

- Está bien. ¿Adónde vais vosotros?

- Vamos a echar abajo el gobierno.

- Está bien.

Y los siguió sin volver a pronunciar una palabra. Su paso se había ido fortaleciendo; algunos obreros le ofrecieron el brazo y lo había rechazado con un movimiento de cabeza. Iba casi en la primera fila de la columna ya. Empezó a correr el rumor de que era un antiguo regicida.

Mientras tanto el grupo crecía a cada instante. Gavroche iba delante de todos, cantando a gritos.

En la calle Billettes, un hombre de alta estatura, que empezaba a encanecer y a quien nadie conocía, se sumó al grupo. Gavroche, distraído con sus cánticos, sus silbidos y sus gritos, con ir el primero, y con llamar en las tiendas con la culata de su pistola sin gatillo, no se fijó en aquel hombre.

Al pasar por la calle Verrerie frente a la casa de Courfeyrac, su portera le gritó:

- Señor Courfeyrac, adentro hay alguien que quiere hablaros.

- ¡Que se vaya al diablo! -dijo Courfeyrac.

- ¡Pero es que os espera hace más de una hora! -exclamó la portera.

Y al mismo tiempo un jovencillo vestido de obrero, pálido, delgado, pequeño, con manchas rojizas en la piel, cubierto con una blusa agujereada y un pantalón de terciopelo remendado, que tenía más bien facha de una muchacha vestida de muchacho que de hombre, salió de la portería, y dijo a Courfeyrac con una voz que no era por cierto de mujer:

- ¿Está con vos el señor Marius?

- No.

- ¿Volverá esta noche?

- No lo sé. Y lo que es yo, no volveré.

El muchacho le miró fijamente, y le preguntó:

- ¿Adónde vais?

- Voy a las barricadas.

- ¿Queréis que vaya con vos?

- ¡Si tú quieres! -respondió Courfeyrac- La calle es libre.

Y junto a sus amigos se encaminaron hasta la calle de la Chanvrerie, en el barrio de Saint-Denis.


Los Miserables de Víctor Hugo

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