Los Miserables: V.2.2

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Los Miserables
Quinta parte: "Jean Valjean"
Libro segundo: "El intestino de Leviatán"
Capítulo II: La cloaca y sus sorpresas

de Víctor Hugo


Jean Valjean se encontraba en la cloaca de París.

En un abrir y cerrar de ojos había pasado de la luz a las tinieblas, del mediodía a la medianoche, del ruido al silencio, del torbellino a la quietud de la tumba, y del mayor peligro a la seguridad absoluta.

Qué instante tan extraño aquel cuando cambió la calle donde en todos lados veía la muerte, por una especie de sepulcro donde debía encontrar la vida. Permaneció algunos segundos como aturdido, escuchando, estupefacto. Se había abierto de improviso ante sus pies la trampa de salvación que la bondad divina le ofreció en el momento crucial.

Entretanto, el herido no se movía y Jean Valjean ignoraba si lo que llevaba consigo a aquella fosa era un vivo o un muerto.

Su primera sensación fue la de que estaba ciego. Repentinamente se dio cuenta de que no veía nada. Le pareció también que en un segundo se había quedado sordo. No oía el menor ruido. El huracán frenético de sangre y de venganza que se desencadenaba a algunos pasos de allí llegaba a él, gracias al espesor de la tierra que lo separaba del teatro de los acontecimientos, apagado y confuso, como un rumor en una profundidad. Lo único que supo fue que pisaba en suelo sólido, y le bastó con eso. Extendió un brazo, luego otro, y tocó la pared a ambos lados, de donde infirió que el pasillo era estrecho. Resbaló, y dedujo que la baldosa estaba mojada. Adelantó un pie con precaución, temiendo encontrar un agujero, un pozo perdido, algún precipicio, y así se cercioró de que el embaldosado se prolongaba. Una bocanada de aire fétido le indicó cuál era su mansión actual.

Al cabo de algunos instantes empezó a ver. Un poco de luz caía del respiradero por donde había entrado, y ya su mirada se había acostumbrado a la cueva.

Calculó que los soldados bien podían ver también la reja que él descubriera debajo de los adoquines. No había que perder un minuto. Recogió a Marius del suelo, se lo echó a cuestas, y se puso en marcha, penetrando resueltamente en aquella oscuridad.

La verdad es que estaban menos a salvo de lo que Jean Valjean creía. ¿Cómo orientarse en aquel negro laberinto? El hilo de este laberinto, es la pendiente; siguiéndola se va al río. Jean Valjean lo comprendió de inmediato. Pensó que estaba probablemente en la cloaca del Mercado; que si tomaba a la izquierda y seguía la pendiente llegaría antes de un cuarto de hora a alguna boca junto al Sena; es decir, que aparecería en pleno día en el punto más concurrido de París. Los transeúntes al ver salir del suelo, bajo sus pies, a dos hombres ensangrentados, se asustarían; acudirían los soldados y antes de estar fuera se les habría ya echado mano. Era preferible internarse en el laberinto, fiarse de la oscuridad, y encomendarse a la Providencia en lo que respecta a la salida.

Subió la pendiente y tomó a la derecha. Cuando hubo doblado la esquina de la galería, la lejana claridad del respiradero desapareció, la cortina de tinieblas volvió a caer ante él, y de nuevo quedó ciego. No obstante, poco a poco, sea que otros respiraderos lejanos enviaran alguna luz, sea que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad, empezó a entrever confusamente, tanto la pared que tocaba como la bóveda por debajo de la cual pasaba.

La pupila se dilata en las tinieblas, y concluye por percibir claridad, del mismo modo que el alma se dilata en la desgracia, y termina por encontrar en ella a Dios. Era difícil dirigir el rumbo. Estaba obligado a encontrar y casi a inventar su camino sin verlo. En ese paraje desconocido cada paso que daba podía ser el último de su vida.

¿Cómo salir? ¿Morirían allí, Marius de hemorragia, y él de hambre? A ninguna de estas preguntas sabía qué responder.

De repente, cuando menos lo esperaba, y sin haber cesado de caminar en línea recta, notó que ya no subía; el agua del arroyo le golpeaba en los talones y no en la punta de los pies. La alcantarilla bajaba ahora. ¿Por qué? ¿Iría a llegar de improviso al Sena? Este peligro era grande pero era mayor el de retroceder. Siguió avanzando.

No se dirigía al Sena. La curva que hace el suelo de París en la ribera derecha vacía una de sus vertientes en el Sena y la otra en la gran cloaca. Hacia allá se dirigía Jean Valjean; estaba en el buen camino, pero no lo sabía.

De repente oyó sobre su cabeza el ruido de un trueno lejano, pero continuo. Eran los carruajes que rodaban.

Según sus cálculos, hacía media hora poco más o menos que caminaba, y no había pensado aún en descansar, contentándose con mudar la mano que sostenía a Marius. La oscuridad era más profunda que nunca; pero esta oscuridad lo tranquilizaba.

De súbito vio su sombra delante de sí. Destacábase sobre un rojo claro que teñía vagamente el piso y la bóveda, y que resbalaba, a derecha e izquierda, por las dos paredes viscosas del corredor. Se volvió lleno de asombro.

Detrás de él, en la parte del pasillo que acababa de dejar y a una distancia que le pareció inmensa, resplandecía rasgando las tinieblas una especie de astro horrible que parecía mirarlo. Era el lúgubre farol de la policía que alumbraba la cloaca.

Detrás del farol se movían confusamente ocho o diez formas, formas negras, rectas, vagas y terribles.

Y es que ese 6 de junio se dispuso una batida de la alcantarilla porque se temía que los vencidos se refugiaran en ella. Los policías estaban armados de carabinas, garrotes, espadas y puñales. Lo que en aquel momento reflejaba la luz sobre Jean Valjean era la linterna de la ronda del sector. Habían escuchado un ruido y registraban el callejón.

Fue un minuto de indecible angustia.

Felizmente, aunque él veía bien la linterna, ésta le veía a él mal, pues estaba muy lejos y confundido en el fondo oscuro del subterráneo. Se pegó a la pared, y se detuvo. El ruido cesó. Los hombres de la ronda escuchaban y no oían; miraban y no veían. El sargento dio la orden de torcer a la izquierda y dirigirse a la vertiente del Sena.

El silencio volvió a ser profundo, la oscuridad completa, la ceguedad y la sordera se posesionaron otra vez de las tinieblas, y Jean Valjean, sin osar moverse, permaneció largo rato contra la pared, con el oído atento, la pupila dilatada, mirando alejarse esa patrulla de fantasmas.


Los Miserables de Víctor Hugo

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