Los Miserables: V.2.3

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Los Miserables
Quinta parte: "Jean Valjean"
Libro segundo: "El intestino de Leviatán"
Capítulo III: La pista perdida

de Víctor Hugo


Preciso es hacer a la policía de aquel tiempo la justicia de decir que, aun en las circunstancias públicas más graves, cumplía imperturbablemente su deber de inspección y vigilancia. Un motín no era a sus ojos un pretexto para aflojar la rienda a los malhechores.

Era lo que sucedía por la tarde del 6 de junio a orillas del Sena, en la ribera izquierda, un poco más allá del puente de los Inválidos.

Dos hombres, separados por cierta distancia, parecían observarse, evitándose mutuamente. A medida que el que iba delante procuraba alejarse, se empeñaba el que iba detrás en vigilarlo más de cerca. El que iba delante era un ser de mal talante, harapiento, encorvado e inquieto, que tiritaba bajo una blusa remendada. Se sentía el más débil y evitaba al que iba detrás; en sus ojos había la sombría hostilidad de la huida y toda la amenaza del miedo. El otro era un personaje clásico y oficial, con el uniforme de la autoridad abrochado hasta el cuello.

El lector conocería quizá a estos dos hombres si los viera más de cerca.

¿Qué fin se proponía el último? Probablemente suministrar al primero ropa de abrigo.

Cuando un hombre vestido por el Estado persigue a otro hombre andrajoso, es con el objeto de convertirlo en hombre vestido también por el Estado. Si el de atrás permitía al otro ir adelante y no se apoderaba de él aún era, según las apariencias, con la esperanza de verlo dirigirse a alguna cita importante con algún grupo que fuese buena presa. El hombre del uniforme, divisando un coche de alquiler que iba vacío, indicó algo al cochero. Este comprendió y conociendo evidentemente con quién se las había, cambió de dirección, y se puso a seguir desde lo alto del muelle a aquellos dos hombres. De esto no se impuso el personaje de mala traza que caminaba delante.

Era de suponer que el hombre andrajoso subiría por la rampa a fin de intentar evadirse en los Campos Elíseos. Pero con gran sorpresa del que le seguía, no tomó por la rampa sino que continuó avanzando por la orilla, junto al muelle. Evidentemente su posición se iba poniendo muy crítica. ¿Qué haría, a menos que se arrojara al Sena?

El hombre perseguido llegó a un montículo de escombros de una construcción y se perdió tras él. El uniformado aprovechó el momento en que ni veía ni era visto, y, dejando a un lado todo disimulo, se puso a caminar con rapidez. Pronto dio la vuelta al montículo, deteniéndose en seguida asombrado. El hombre a quien perseguía no estaba allí. Eclipse total del harapiento.

El fugitivo no hubiera podido arrojarse al Sena, ni escalar el muelle sin que lo viera su perseguidor. ¿Qué se había hecho? Caminó hasta el extremo de la ribera y permaneció allí un momento, pensativo, con los puños apretados, y registrándolo todo con los ojos.

De pronto percibió, en el punto donde concluía la tierra y empezaba el agua, una reja de hierro, gruesa y baja, provista de una enorme cerradura y de tres goznes macizos. Aquella reja, especie de puerta en la parte inferior del muelle, daba al río. Por debajo pasaba un arroyo negruzco que iba a desaguar en el Sena. Al otro lado de los pesados y mohosos barrotes se distinguía una especie de corredor abovedado y oscuro.

El hombre cruzó los brazos, y miró la reja con el aire de una persona que se echa en cara algo. Como no bastaba mirar, trató de empujarla, la sacudió, y la reja resistió tenazmente. Era probable que acabaran de abrirla y no había duda de que la habían vuelto a cerrar, lo que probaba que la persona que la abrió no lo hizo con una ganzúa, sino con una llave.

- ¡Esto ya es el colmo! ¡Una llave del gobierno! -exclamó.

Esperando ver salir al de la blusa o entrar a otros, se puso en acecho detrás del montón de escombros, con la paciente rabia del perro de presa.

Por su parte, el carruaje de alquiler, que seguía todos sus movimientos, se detuvo junto al parapeto. El cochero, previendo que la espera no sería corta, se bajó y ató el saco de avena al hocico de sus caballos.


Los Miserables de Víctor Hugo

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