Los Miserables: V.8.4

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Los Miserables
Quinta parte: "Jean Valjean"
Libro octavo: "Suprema sombra, suprema aurora"
Capítulo IV: Equívoco que sirvió para limpiar las manchas

de Víctor Hugo


Esa misma tarde, cuando Marius entraba en su gabinete para estudiar unos asuntos, le entregó Vasco una carta, diciéndole:

- La persona que la ha escrito espera en la antesala.

Cosette daba una vuelta por el jardín del brazo del abuelo. Hay cartas que, lo mismo que ciertos hombres, tienen mala catadura. Papel ordinario, manera tosca de cerrarlas; con sólo ver algunas misivas, repugnan. La carta que había traído Vasco pertenecía a esta clase. Marius la tomó y sintió olor a tabaco, despertando en él una serie de recuerdos.

Miró el sobre. Conocido el tabaco, fácil le fue reconocer la letra. Se presentó a sus ojos la buhardilla de Jondrette.

¡Extraña casualidad! Una de las dos pistas que había buscado tanto, que creía perdida para siempre, se le aparecía cuando menos esperaba. Abrió ansiosamente la carta, y leyó lo que sigue:

"Señor barón:
"Poseo un secreto que concierne a un indibiduo, y este indibiduo os concierne. El secreto está a buestra disposición, deseando el onor de seros hútil. Os proporcionaré un modo sencillo de arrojar de buestra familia a ese indibiduo que no tiene derecho a estar en ella, pues la señora baronesa pertenece a una clase elevada. El santuario de la birtú no puede coavitar más tiempo con el crimen sin mancharse. Espero en la antesala las órdenes del señor barón."

La firma de la carta era Thenard. Firma verdadera, aunque abreviada. Por lo demás, el estilo y la ortografía completaban la revelación. La emoción de Marius fue profunda. Después de la sorpresa, experimentó una gran felicidad. Si lograba encontrar ahora al otro a quien buscaba, a su salvador, ya no pediría más.

Abrió un cajón de su papelera, cogió algunos billetes de banco, los guardó en el bolsillo, volvió a cerrar, y tiró de la campanilla. Vasco asomó la cabeza.

- Haced que pase -dijo Marius.

Entró un hombre y la sorpresa de Marius fue grande, pues le era totalmente desconocido. El personaje introducido por Vasco, de edad avanzada, tenía una enorme nariz, anteojos verdes y el pelo gris y caído sobre la frente hasta las cejas, como la peluca de los cocheros ingleses de las casas de alcurnia.

El disgusto experimentado por Marius al ver entrar a un hombre distinto del que esperaba, recayó sobre el recién venido.

- ¿Qué se os ofrece? -le preguntó secamente.

El personaje contestó sonriéndose, como lo habría hecho un cocodrilo capaz de sonreírse, y con un tono de voz en todo diferente del que Marius esperaba oír.

- Señor barón, dignaos oírme. Hay en América, en un país que confina con Panamá, una aldea llamada Joya. Es un país maravilloso, porque allí hay oro.

- ¿Qué queréis? -preguntó Marius, a quien la contrariedad había vuelto impaciente.

- Quisiera ir a establecerme en Joya. Somos tres; tengo esposa e hija, una hija muy linda. El viaje es largo y caro, y necesito algún dinero.

- ¿Y qué tiene que ver eso conmigo? -preguntó Marius.

El desconocido volvió a sonreír.

- ¿No ha leído el señor barón mi carta?

- Sed más explícito.

- Está bien, señor barón. Voy a ser más explícito. Tengo un secreto que venderos.

- ¿Qué secreto?

- Señor barón, tenéis en vuestra casa a un ladrón, que es al mismo tiempo un asesino.

Marius se estremeció.

- ¿En mi casa? No.

El desconocido imperturbable continuó:

- Asesino y ladrón. Tened en cuenta, señor barón, que no hablo de hechos antiguos, anulados por la prescripción ante la ley, y por el arrepentimiento ante Dios. Hablo de hechos recientes, de hechos actuales ignorados aún por la justicia. Continúo. Ese sujeto se ha introducido en vuestra confianza y casi en vuestra familia con un nombre falso. Voy a deciros el nombre verdadero. Os lo diré de balde.

- Escucho.

- Se llama Jean Valjean.

- Lo sé.

Voy a deciros, también gratis, quién es.

- Decidlo.

- Un antiguo presidiario.

- Lo sé.

- Lo sabéis desde que he tenido el honor de decíroslo.

- No. Lo sabía antes.

El tono frío de Marius despertó en el desconocido una cólera sorda.

- No me atrevo a desmentir al señor barón, pero lo que tengo que revelaros sólo yo lo sé, y concierne a la señora baronesa. Es un secreto extraordinario, que vale dinero. A vos os lo ofrezco antes que a nadie, y barato. Veinte mil francos.

- Sé ese secreto como sé los demás -dijo Marius. El personaje sintió la necesidad de rebajar algo.

- Señor barón, dadme diez mil francos.

- Os repito que no tenéis que tomaros ese trabajo. Sé lo que queréis decirme.

Los ojos de aquel hombre chispearon de nuevo; luego exclamó:

- Con todo, fuerza es que yo coma hoy. Insisto en que el secreto vale la pena. Señor barón, voy a hablar. Hablo. Dadme veinte francos.

Marius le miró fijamente.

- Conozco vuestro secreto extraordinario, lo mismo que sabía el nombre de Jean Valjean y que sé vuestro nombre.

- ¿Mi nombre?

- Sí.

- No es difícil, señor barón, pues he tenido el honor de escribíroslo y decíroslo, Thenar...

- Dier.

- ¿Cómo?

- Thenardier.

- ¿Quién?

En el peligro, el puerco espín se eriza, el escarabajo se finge muerto, la guardia veterana forma el cuadro; nuestro hombre se echó a reír.

Marius continuó:

- Sois también el obrero Jondrette, el comediante Fabantou, el poeta Genflot, el español Alvarez y la señora Balizard. Y habéis tenido una taberna en Montfermeil.

- ¡Una taberna! Jamás...

- Y os digo que sois Thenardier.

- Lo niego.

- Y que sois un miserable. Tomad.

Marius sacó del bolsillo un billete de banco, y se lo arrojó a la cara.

-¡Gracias! ¡Perdón! ¡Quinientos francos! ¡Señor barón!

Y el hombre, atónito, saludando y cogiendo el billete, lo examinó.

- ¡Quinientos francos! -repitió absorto.

Luego exclamó con un movimiento repentino:

- Pues bien, sea. Fuera disfraces.

Y con la prontitud de un mono, echándose hacia atrás los cabellos, arrancándose los anteojos y sacándose la nariz, se quitó el rostro como quien se quita el sombrero. Sus ojos se inflamaron; la frente desigual, agrietada, con protuberancias en varios sitios, horriblemente arrugada en la parte superior, se manifestó por entero; la nariz volvió a ser aguileña; reapareció el perfil feroz y sagaz del hombre de rapiña.

- El señor barón es infalible -dijo con voz clara-, soy Thenardier.

Y enderezó la espina dorsal.

Thenardier estaba sorprendido. Quiso causar asombro, y era él el asombrado. Valía esta humillación quinientos francos, y en último caso la aceptaba; pero no por eso estaba menos aturdido. Veía por primera vez al barón Pontmercy, y a pesar de su disfraz éste lo había conocido. Para mayor sorpresa suya, no sólo sabía su historia, sino la de Jean Valjean. ¿Quién era aquel joven casi imberbe, tan glacial y tan generoso, que sabía todo?

Se recordará que Thenardier, aunque en otro tiempo vecino de Marius, no lo había visto nunca, lo cual es muy frecuente en París. Había oído hablar a sus hijas vagamente de un joven muy pobre, llamado Marius, que vivía en la casona. Ninguna relación podía existir para él entre el Marius de aquella época y el señor barón Pontmercy.

Había logrado, tras largas investigaciones, adivinar quién era el hombre que había encontrado cierto día en la gran cloaca. Del hombre le costó poco llegar al nombre. Sabía que la baronesa Pontmercy era Cosette, y en este tema se proponía obrar con toda discreción, siendo que ignoraba el verdadero origen de la joven. Entreveía, es cierto, algún nacimiento bastardo, pues la historia de Fantina le había parecido siempre llena de ambigüedades; pero, ¿qué sacaría con hablar?, ¿que le pagasen caro su silencio? Poseía, o creía poseer, un secreto de mucho más valor.

En la mente de Thenardier la conversación con Marius no había empezado todavía. Se vio obligado a retroceder, a modificar su estrategia, a abandonar una posición y cambiar de frente; pero nada esencial se hallaba aún comprometido, y tenía ya quinientos francos en el bolsillo. Le quedaban cosas decisivas por revelar, y se sentía fuerte hasta contra aquel barón Pontmercy tan bien informado. Para los hombres de la índole de Thenardier todo diálogo es un duelo. ¿Cuál era su situación actual? No sabía a quién hablaba, pero sí de lo que hablaba. Pasó rápidamente esta revista interior de sus fuerzas, y después de haber dicho -soy Thenardier-, aguardó.

Marius meditaba. Por fin tenía delante a Thenardier, al hombre que tanto había deseado encontrar, y podía cumplir el encargo del coronel Pontmercy. Le humillaba que el héroe debiera algo a este bandido. Le pareció que se le presentaba la ocasión de vengar al coronel de la desgracia de haber sido salvado por un individuo tan vil y tan perverso. A este deber agregábase otro; el de averiguar el origen de la fortuna de Cosette. Tal vez Thenardier supiera algo. Por ahí empezó. Thenardier, después de guardarse el billete de banco, miraba a Marius con aire bondadoso y casi tierno. Marius rompió el silencio:

- Thenardier, os he dicho vuestro nombre. Ahora, ¿queréis que os diga el secreto que pretendéis venderme? También he reunido yo datos y os convenceréis de que sé más que vos. Jean Valjean, como dijisteis, es asesino y ladrón. Ladrón, porque robó a un rico fabricante, el señor Magdalena, siendo causa de su ruina. Asesino, porque dio muerte al agente de policía Javert.

- No comprendo, señor barón -dijo Thenardier.

- Vais a comprenderme. Escuchad. Vivía en un distrito del Paso de Calais, por los años de 1822, un hombre que había tenido no sé qué antiguo choque con la justicia, y que bajo el nombre del señor Magdalena, se había corregido y rehabilitado. Este hombre era, en toda la fuerza de la expresión, un justo. Con una fábrica de abalorios negros labró la fortuna de toda la ciudad. Por su parte, aunque sin darle mayor importancia, reunió también una fortuna considerable. Era el padre de los pobres. Lo nombraron alcalde. Otro presidiario lo denunció, y logró que el banquero Laffitte le entregara, en virtud de una firma falsa, más de medio millón de francos pertenecientes al señor Magdalena. El presidiario que robó al señor Magdalena, es Jean Valjean. En cuanto al otro hecho, nada necesitáis tampoco decirme. Jean Valjean mató al agente Javert de un pistoletazo. Yo estaba allí.

Thenardier lanzó a Marius esa mirada soberana de la persona derrotada que se repone y vuelve a ganar en un minuto todo el terreno perdido.

- Señor barón, equivocamos el camino.

- ¿Cómo? -replicó Marius-. ¿Negáis esto? Son hechos.

- Son quimeras. La confianza con que me honra el señor barón me impone el deber de decírselo. Ante todo la verdad y la justicia. No me gusta acusar a nadie injustamente. Señor barón, Jean Valjean no le robó al señor Magdalena, ni mató a Javert.

- ¡Qué decís! ¿En qué fundáis vuestras palabras?

- En dos razones. Primero: no robó al señor Magdalena, porque el señor Magdalena y Jean Valjean son una misma persona. Segundo: no asesinó a Javert, porque Javert, y no Jean Valjean, es el autor de su muerte.

- ¿Qué queréis decir?

- Javert se suicidó.

- ¡Probadlo, probadlo! -gritó Marius fuera de sí.

Thenardier repuso, recalcando cada palabra:

- Al agente de policía Javert se le encontró ahogado debajo de una barca del Pont-du-Change.

- Pero, ¡probadlo!

Thenardier sacó del bolsillo unos pliegos doblados de diferentes tamaños.

- Tengo mi legajo -dijo con calma.

Y añadió:

- Señor barón, por interés vuestro quise conocer a Jean Valjean. Repito que Jean Valjean y el señor Magdalena son uno mismo y que Javert murió a manos de Javert; cuando así me expreso, es porque me sobran pruebas.

Mientras hablaba extraía Thenardier de su legajo dos periódicos amarillos, estrujados y fétidos a tabaco. Uno de los números, roto por los dobleces y casi deshaciéndose, parecía mucho más antiguo que el otro.

- Dos hechos, dos pruebas -dijo Thenardier.

Y entregó a Marius los dos periódicos.

El lector los conoce. Uno, el del 25 de julio de 1823 que probaba la identidad del señor Magdalena y de Jean Valjean. El otro era un Monitor del 15 de julio de 1832, donde se refería al suicidio de Javert, añadiendo, que hecho prisionero en la barricada de la calle de la Chanvrerie, había salvado su vida la magnanimidad de un insurrecto, el cual, teniéndolo al alcance de su pistola, en lugar de volarle el cerebro había disparado al aire.

Marius leyó. No cabía duda; la fecha era cierta, la prueba irrefutable. Jean Valjean, engrandecido repentinamente, salía de las sombras. Marius no pudo contener un grito de alegría:

- ¡Entonces ese desdichado es un hombre admirable! ¡Entonces esa fortuna era suya! ¡Es Magdalena, la providencia de todo un país! ¡Es Jean Valjean, el salvador de Javert! ¡Un héroe! ¡Un santo!

- Ni un santo, ni un héroe -dijo Thenardier-. Es un asesino y un ladrón.

- ¿Todavía? -preguntó.

- Siempre -contestó Thenardier-. Jean Valjean no robó al señor Magdalena, pero es un ladrón; no mató a Javert, pero es un asesino.

- ¿Queréis hablar -repuso Marius- de ese miserable robo de hace cuarenta años, expiado, como resulta de vuestros mismos periódicos, por toda una vida de arrepentimiento, de abnegación y de virtud?

- Digo asesinato y robo. Señor barón, el 6 de junio de 1832, hace cosa de un año, el día del motín, estaba un hombre en la cloaca grande de París, por el lado donde desemboca en el Sena, entre el puente de Jena y el de los Inválidos.

Calló un segundo gozando de la expectación de Marius, y continuó:

- Ese hombre, obligado a ocultarse por razones ajenas a la política, había elegido la cloaca como su domicilio, y tenía una llave de la reja. Era, repito, el 6 de junio, a las ocho poco más o menos de la noche. El hombre oyó ruido. Bastante sorprendido se ocultó y espió. Era ruido de pasos, alguien caminaba en medio de las tinieblas adelantándose hacia él. Había en la cloaca otro hombre. La reja de salida no estaba lejos, y la escasa claridad que entraba por ella le permitió conocer al recién venido, y ver que traía algo a cuestas. Era un antiguo presidiario, y llevaba en sus hombros un cadáver. Flagrante delito de asesinato. En cuanto al robo, es su causa; no se mata a un hombre gratis. El presidiario iba a arrojar aquel cadáver al río. Antes de llegar a la reja de salida, el presidiario que venía de un punto lejano de la alcantarilla, debió necesariamente tropezar con un cenagal espantoso, donde hubiera podido dejar el cadáver; pero al día siguiente los poceros, trabajando en el cenagal, habrían descubierto al hombre asesinado, lo cual no quería sin duda el asesino. Decidió atravesar el pantano con su carga, con inmensos esfuerzos, y arriesgando de una manera increíble su propia existencia. No comprendo cómo logró salir de allí vivo.

Thenardier respiró profundamente, muy satisfecho, y luego prosiguió:

- Señor barón, la cloaca no es el Campo de Marte. Allí falta todo, hasta sitio. Así, cuando la ocupan dos hombres, menester es que se encuentren. Esto fue lo que sucedió. El domiciliado y el transeúnte tuvieron que darse las buenas noches, sin la menor gana. El transeúnte dijo al domiciliado: "Ves lo que llevo a cuestas; es preciso que salga de aquí. Tú tienes la llave, dámela". El presidiario era hombre de extraordinarias fuerzas y no había medio de resistirle. Sin embargo, el que poseía la llave parlamentó, únicamente para ganar tiempo. Examinó al muerto; mas sólo pudo averiguar que era joven, con apariencia de persona rica, y que estaba todo desfigurado por la sangre. Mientras hablaba, halló medio de romper y arrancar sin que el asesino lo advirtiera, un pedazo de faldón de la levita que vestía el hombre asesinado. Documento justificativo como comprenderéis. Se guardó en el bolsillo el testimonio, y abriendo la reja, dejó salir al presidiario con su pesada carga. Después cerró de nuevo, y se puso a salvo, importándole poco el desenlace de la aventura, y sobre todo no conviniéndole estar allí cuando el asesino arrojara el cadáver al río. Ahora veréis claro. El que llevaba el cadáver era Jean Valjean; el que tenía la llave os habla en este momento; y el pedazo de la levita...

Thenardier acabó la frase sacando del bolsillo y mostrándole a Marius un jirón de paño negro, todo lleno de manchas oscuras.

Marius se levantó, pálido, respirando apenas, con la vista fija en el pedazo de paño negro; y sin pronunciar una palabra, sin apartar los ojos de aquel jirón, retrocedió hacia la pared, buscando detrás de sí con la mano derecha, a tientas, una llave que estaba en la cerradura de una alacena, junto a la chimenea. Encontró la llave, abrió la alacena e introdujo el brazo sin separar la vista de Thenardier. Entretanto éste continuaba:

- Señor barón, me asisten grandes razones para creer que el joven asesinado era un opulento extranjero, atraído por Jean Valjean a una emboscada, y portador de una suma enorme.

- El joven era yo y aquí está la levita -gritó Marius, arrojando en el suelo una levita negra y vieja, manchada de sangre.

En seguida, arrancando el jirón de manos de Thenardier, lo ajustó en el faldón roto. Se adaptaba perfectamente.

Thenardier quedó petrificado, pensando: "Me he lucido hoy".

Marius, tembloroso, desesperado, radiante, metió la mano en el bolsillo y se dirigió fuera de sí hacia Thenardier con el puño, que apoyó casi en el rostro del bandido, lleno de billetes de quinientos y de mil francos.

- ¡Sois un infame! ¡Sois un embustero! ¡Un calumniador! ¡Un malvado! ¡Veníais a acusar a ese hombre y le habéis justificado; queríais perderlo y habéis conseguido tan sólo glorificarlo! ¡Vos sois el ladrón! ¡Vos sois el asesino! Yo os he visto, Thenardier, Jondrette, en el desván del caserón Gorbeau. Sé de vos lo suficiente para enviaros a presidio y más lejos aún, si quisiera. Tomad estos mil francos, canalla.

Y arrojó un billete de mil francos a los pies de Thenardier.

- ¡Ah, Jondrette-Thenardier, vil gusano! ¡Que os sirva esto de lección, mercader de secretos y misterios, escudriñador de las tinieblas, miserable! ¡Tomad, además, estos quinientos francos, y salid de aquí! Waterloo os protege.

- ¡Waterloo! -murmuró Thenardier guardándose los quinientos francos al mismo tiempo que los mil.

- ¡Sí, asesino! Habéis salvado en esa batalla la vida a un coronel...

- A un general -dijo Thenardier alzando la cabeza.

- ¡A un coronel! -replicó Marius furioso-. ¡Y venís aquí a cometer infamias! Os digo que sobre vos pesan todos los crímenes. ¡Marchaos! ¡Desapareced! Sed dichoso, es cuanto os deseo. ¡Ah, monstruo! Tomad también esos tres mil francos. Mañana, mañana mismo, os iréis a América con vuestra hija, porque vuestra mujer ha muerto, abominable embustero. ¡Id a que os ahorquen en otra parte!

- Señor barón -respondió Thenardier inclinándose hasta el suelo-, gratitud eterna.

Y Thenardier salió sin comprender una palabra, atónito y contento de verse abrumado bajo sacos de oro, y herido en la cabeza por aquella granizada de billetes de banco. Acabemos desde ahora con este personaje. Dos días después de los sucesos que estamos refiriendo, salió, merced a Marius, para América en compañía de su hija Azelma. Allá, con el dinero de Marius, Thenardier se hizo negrero.

En cuanto se retiró Thenardier, Marius corrió al jardín donde Cosette estaba aún paseando.

- ¡Cosette! ¡Cosette! -exclamó-. ¡Ven! ¡Ven pronto! Vamos. Vasco, un coche. Ven, Cosette. ¡Ah, Dios mío! ¡El es quién me salvó la vida! ¡No perdamos un minuto!

Cosette creyó que se había vuelto loco. Marius no respiraba y ponía la mano sobre su corazón para comprimir los latidos. Iba y venía a grandes pasos, y abrazaba a Cosette, diciendo:

- ¡Ah! ¡Qué desgraciado soy!

Enloquecido, Marius empezaba a entrever en Jean Valjean una majestuosa y sombría personalidad. Una virtud inaudita aparecía ante él, suprema y dulce, humilde en su inmensidad. El presidiario se transfiguraba en Cristo. Marius estaba deslumbrado. El coche no tardó en llegar.

Marius hizo subir a Cosette, y se lanzó en seguida dentro.

- Cochero -dijo-, calle del Hombre Armado, número siete.

El coche partió.

- ¡Ah, qué felicidad! -exclamó Cosette-. A la calle del Hombre Armado. No me atrevía a hablarte de eso. Vamos a ver al señor Jean.

- A tu padre, Cosette. A tu padre, pues lo es hoy más que nunca. Cosette, ahora comprendo. Tú no recibiste la carta que te mandé con Gavroche. Cayó sin duda en sus manos, y fue a la barricada para salvarme. Como su misión es ser un ángel, de paso salvó a otras personas, salvó a Javert. Me sacó de aquel abismo para entregarme a ti. Me llevó sobre sus hombros a través de la cloaca. ¡Ah! ¡Soy el peor de los ingratos! Cosette, después de haber sido tu providencia, fue la mía. Figúrate que había allí un espantoso cenagal donde ahogarse cien veces, y lo atravesó conmigo a cuestas. Yo estaba desmayado; no veía, no oía. Vamos a traerlo a casa y a tenerlo con nosotros quiera o no; no volverá a separarse de nuestro lado. Si es que lo encontramos, si es que no ha partido. Pasaré lo que me resta de vida venerándolo. Gavroche seguramente le entregó a él la carta. Todo se explica. ¿Comprendes, Cosette?

Cosette no comprendía una palabra.

- Tienes razón -fue su respuesta.

Entretanto, el coche seguía rodando.


Los Miserables de Víctor Hugo

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Parte 2: libro I (1 2) libro II (1 2 3) libro III (1 2 3 4 5 6 7 8 9 10) libro IV (1 2 3 4) libro V (1 2 3 4 5 6) libro VI (1 2 3 4 5 6 7)
Parte 3: libro I (1 2) libro II (1 2) libro III (1 2 3 4 5) libro IV (1 2 3 4) libro V (1 2 3 4) libro VI (1 2 3 4 5) libro VII (1 2) libro VIII (1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14)
Parte 4: libro I (1 2) libro II (1 2 3 4 5 6 7 8 9 10) libro III (1 2 3) libro IV (1 2 3 4 5 6 7) libro V (1 2 3) libro VI (1 2 3 4 5 6) libro VII (1 2 3 4 5 6 7 8)
Parte 5: libro I (1 2 3 4 5 6 7 8 9) libro II (1 2 3 4 5 6 7) libro III (1) libro IV (1 2 3 4 5 6 7) libro V (1 2 3) libro VI (1 2) libro VII (1 2 3 4) libro VIII (1 2 3 4 5 6)