Los Misterios de la Jungla negra

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda

El asesinato[editar]

El Ganges, el famoso río loado por los indígenas antiguos y modernos, cuyas aguas son consideradas sagradas por estos pueblos, después de haber atravesado las nevadas montañas del Himalaya, a doscientas veinte millas del mar se bifurca en dos brazos formando un delta gigantesco, intrincado, maravilloso y, quizás, único en el mundo.

La imponente masa de agua se divide y subdivide en una multitud de riachuelos, canales y pequeños canales que accidentan, de todos los modos posibles, la inmensa extensión de tierra comprendida entre el Hugli, el verdadero Ganges y el golfo de Bengala. De aquí que se forman una infinidad de islas, islotes y bancos que hacia el mar reciben el nombre de sunderbunds.

Nada más desolador, extraño y espantoso que la vista de estos sunderbunds. Ni ciudades, ni poblados, ni cabañas, ni un refugio cualquiera; desde el sur al norte y desde el este al oeste no se divisan más que inmensas extensiones de bambúes espinosos cuyos altos vértices ondean bajo el soplo del viento, apestadas por las imanaciones insoportables de millares y millares de cuerpos humanos que se pudren en las envenenadas aguas de los canales.

Durante el día reina, soberano, un silencio gigantesco, fúnebre, que infunde pavor a los más audaces; durante la noche, por el contrario, lo hace un estruendo horrible de gritos, rugidos, aullidos y silbidos que hielan la sangre.

Nadie osa adentrarse en estas junglas, sembradas de pestilentes chacras, porque están pobladas por serpientes de toda especie, tigres, rinocerontes e insectos venenosos, pero, sobre todo, porque a veces son visitadas por los thugs, loa sanguinarios devotos de la diosa Kali, siempre sedienta de víctimas humanas.

Sin embargo, la noche del 16 de Mayo de 1855 un fuego gigantesco ardía en las sunderbunds meridionales justamente a trescientos o cuatrocientos pasos de las tres bocas del Mangal, fangoso río que se separa del Ganges y vierte en el golfo de Bengala.

Aquella claridad que, con fantástico efecto, se destacaba vivamente sobre el fondo oscuro del cielo iluminaba una amplia y sólida cabaña de bambú, cerca del cual dormía un indio de atlética estatura y miembros musculosos que detonaban una fuerza poco común y una agilidad sobrehumana.

Era un magnífico tipo de bengalí, de unos treinta años, de piel amarillenta y extremadamente tersa, unyada co aceite de coco; tenía bellas facciones, labios carnosos que dejaban entrever una admirable dentadura, nariz bien formada, frente alta surcada por líneas de ceniza, signo peculiar de los sectarios de Siva.

Dormía, pero su sueño no era tranquilo. Gruesas gotas de sudor perlaban su frente que, a veces, se fruncía; entonces su robusto pecho impetuosamente y de su boca extrañas palabras y medias frases cuyo significado no podía captarse: -¡Visión...! Espanto...¡No! ¡No, quédate!

Cerca de él, un hombre de menor estatura reavivó el fuego. Luego consideró oportuno interrumpir el sueño que agitaba a su compañero.

-Tremal-Naik, patrón...- dijo sacudiéndolo ligeramente.

Tremal-Naik abrió los ojos, permaneció un instante inmóvil, luego con un estremecimiento se incorporó.

-¿Qué sucede, Kammamuri?-preguntó. -Nada patrón, te he despertado porque eras presa de una pesadilla. Te agitabas y lamentabas, hablabas de visiones y también de temor ¿Qué te asustaba?

Los labios de Tremal-Naik, el cazador de serpientes de la jungla negra, esbozaron una amarga sonrisa.

-Me espantaba el hecho de no verla más. -No ver más, ¿a quién?-preguntó Kammamuri. -A la visión. Una mujer o un fantasma de mujer; no lo sé realmente. La ví hace muchas noches en la jungla mientras buscaba serpientes, en medio de un grupo de musendas. Era maravillosamente bella y yo permanecí admirándola, incapaz de moverme ni de hablar. También ella me miró, emitió un gemido y desapareció. -¿Una mujer en la jungla? ¡Es imposible!-dijo Kammamuri-¿Sería un espíritu? -Quizás.

Kammamuri, el valiente maharata, pareció turbado ante aquella duda.

-¿Y no la volviste a ver?-preguntó con ansiedad. -Sí, la ví varias veces. Finalmente, una noche le pregunté:"¿Quién eres?" Me contestó:"Ada". Después, con el acostumbrado gemido, desapareció. -¿Ada?-preguntó Kammamuri-¿Qué nombre es ése? -Un nombre que no es indio. -Y tú,¿no la seguiste nunca, patrón?-preguntó el fiel Kammamuri. -No, porque me daba miedo. Sin embargo, deseaba encontrarla, ¡pero no la volví a ver! Por esto es por lo que ya no soy el mismo hombre que fui, porque aquella dulce visión está en mi mente noche y día.

Tremal-Naik se pasó una mano por la frente como para liberarse del pensamiento que lo obsesionaba; después preguntó: -¿Dónde están Hurti y Aghur? -En la jungla. Han descubierto las huellas de un gran tigre y han ido a darle caza.

Precisamente en aquel instante, a gran distancia, hacia las inmensas ciénagas del sur, resonaron unas gotas agudísimas. El maharata se alzó bruscamente, presa de viva agitación.

-¡El ramsinga!-exclamó con temor. -¿Porqué te asustas? -¡No oyes el ramsinga! -Bien, ¿y qué? -Anuncia una tragedia, patrón. -Tonterías, Kammamuri. -Nunca he oído sonar el ramsinga en la jungla excepto en la noche en que fue asesinado el pobre Tumul.

Apenas había terminado de hablar cuando se oyó el ladrido lastimero de un perro y, poco después, un maullido tan potente que más bien podía considerarse como un verdadero rugido.

Kammamuri tembló de los pies a la cabeza.

-¡Darma! ¡Punthy!-gritó Tremal-Naik.

Un soberbio tigre real, de formas vigorosas y dorso anaranjado franjeado con negro, salió de la cabaña y fijó sus terribles ojos relampagueantes en su dueño. Seguidamente apareció tras él un enorme perro negro, de aguzadas orejas y el cuello armado con un grueso collar de hierro erizado con púas.

-¡Darma! ¡Punthy!-gritó por segunda vez Tremal-Naik.

El tigre se contrajo sobre sí mismo, lanzó un sordo rugido y, dando un salto de quince pies, cayó junto al patrón.

-¿Qué tienes, Darma?-preguntó éste, acariciándolo.

El perro, por el contrario, en vez de correr hacia su dueño, se plantó sobre sus cuatros patas, alargó la cabeza hacia el sur, olfateó durante algún tiempo el aire y aulló lastimeramente tres veces.

-¿Les habrá ocurrido alguna desgracia a Hurti y Aghur?-murmuró el cazador de serpientes con inquietud. -Eso temo, patrón-dijo Kammamuri lanzando temerosas miradas a la jungla.-A esta hora ya deberían estar aquí y, por el contrario, no dan señales de vida.

El aullido que Punthy dejó oír fue seguido por las notas agudas del misterioso ramsinga. Tremal-Naik extrajo de su cinturón de piel de tigre una larga pistola con arabescos de plata y la cargó. En aquel momento, un indio de alta estatura, medio desnudo, armado sólo con un hacha, salió del grupo de bambúes y corrió atolondradamente en dirección a la cabaña.

-¡Aghur!-exclamaron a dúo Tremal-Naik y el maharata. El indio llegó a la cabaña, con los ojos en blanco, lanzó un grito desesperado y se desplomó en tierra sobre la hierba.

Tremal-Naik se precipitó junto a él. El indio parecía moribundo. Tenía el rostro lacerado y sucio de sangre, los ojos turbios y enormemente dilatados y jadeaba emitiendo roncos suspiros.

-¿Habrá sido envenenado?-preguntó Kammamuri. -Ha galopado como un caballo y le falta aliento; pronto estará mejor.

En efecto, poco a poco Aghur comenzaba a recuperarse y respiraba más libremente.

-Habla, Aghur-dijo Tremal-Naik unos minutos después-¿Porqué has vuelto solo? ¿Qué ha pasado con tu compañero? -Lo han asesinado a los pies del banian sagrado. -Pero, ¿quién lo ha asesinado?-apremió Tremal-Naik-Dímelo para que yo vaya a vengarlo. -No lo sé, patrón. Partimos para cazar un gran tigre. A seis millas de aquí hallamos a la fiera que, herida por la carabina de Hurti, huyó hacia el sur. Seguimos su pista durante cuatro horas y la encontramos en las cercanías de la orilla, frente a la isla Raimangal, pero no logramos matarla, porque en cuanto el animal nos percibió se lanzó al agua llegando hasta los pies del gran bainan. -Bien, ¿y luego? -Yo quería regresar, pero Hurti rehusó diciendo que el tigre estaba herido y, por lo tanto, sería una fácil presa. Atravesamos el río a nado y alcanzamos la isla Raimangal, donde nos separamos para explorar los alrededores.

El indio calló un momento y luego prosigió: -Caía la noche y, de pronto, una nota aguda, la del ramsinga, resonó cerca de mí. Miré en torno y mis ojos tropezaron con los de una sombra que, a veinte pasos, se mantenía medio escondida por un matorral. -¡Una sombra!-exclamó Tremal-Naik.-¿Quién era? -Me pareció una mujer. Durante unos instantes me miró, después extendió un brazo indicándome que me alejara en el acto. Sorprendido y asustado obedecí aquel gesto, pero no había dado aún cien pasos cuando un grito desgarrador hirió mis oídos. Reconocí en seguida aquel grito: procedía, sin duda, del fiel Hurti. -¿Y la sombra?-inquirió Tremal-Naik mostrando extraordinaria agitación. -Ni siquiera me volví para comprobar si permanecía allí o había desaparecido. Me lancé, con la carabina en la mano, a través de la jungla y llegué junto al gran banian a, cuyos pies, tendido de espaldas, ví al pobre Hurti. Lo llamé y no me contestó; lo toqué y todavía estaba tibio, pero su corazón ¡había dejado de latir! -¿Dónde tenía la herida? -No ví que tuviera herida. -¡Es imposible! ¿Y no viste a nadie? -A nadie, ni oí ningun rumor. Tuve miedo; me lancé al río, lo cruzé, perdiendo la carabina y alcancé nuestra jungla. Me parece haber hecho seis millas sin respirar, tal era mi espanto ¡Pobre Hurti!

Mientras el indio explicaba sus aventuras y paulatinamente íba serenándose, Tremal-Naik íba olvidando sus sueños o pesadillas referentes a aquella mujer, para pensar en la realidad de la muerte de Hurti y los sones del ramsinga, augurio inevitable de la muerte.

La isla misteriosa.[editar]

Después de la triste narración del indio se hizo un profundo silencio. Tremal-Naik, que estaba preocupado y muy nervioso, se había puesto a pasear ante el fuego, con la cabeza inclinada sobre el pecho, el ceño fruncido y los brazos cruzados. Kammamuri, paralizado por el terror, meditaba, hecho un ovillo, y el perro se había tumbado al lado de Darma.

Inesperadamente rompieron de nuevo el silencio las agudas notas agudas del misterioso ramsinga, sacando de sus meditaciones al cazador de serpientes. Levantó la cabeza como un caballo de batalla al oír la señal de la carga, lanzó una mirada profunda a la desierta jungla, por la que vagaba una densa niebla cargada de exhalaciones venenosas, y después se volvió y acercándose bruscamente a Aghur le preguntó: -¿Has oído otras veces el ramsinga? -¿Crees que el que lo toca tiene alguna relación con los misteriosos habitantes de Raimangal? -Sí. -¿Y qué intereses pueden tener en asesinar? -Quien sabe, tal ves quiere asustarnos y mantenernos alejados. -¿Dónde crees que tienen sus cabañas? -No lo sé, pero me parece que cada noche se reúnen cerca del banian. -Bien-dijo Tremal-Naik.-Kammamuri, coge los remos. -¿Qué quieres hacer, señor?-preguntó el maharata. -Ir hasta el banian. -¡Oh! ¡No lo hagas, señor!-gritaron al unísono los dos indios.- Te matarán a ti también.

Tremal-Naik los miró a los ojos como ascuas y les dijo con un tono de voz que no admitía réplica: -¡A la canoa, Kammamuri! -Pero, señor... -¿Acaso tienes miedo?-preguntó despectivamente Tremal-Naik. -Soy maharata ¿Lo ha olvidado ,señor?-dijo el indio con orgullo.

Kammamuri cogió un par de remos y se dirigió hacia la orilla.

Tremal-Naik entró a la cabaña, descolgó de un clavo una carabina de largo cañón, cogió también una bolsa de pólvora y se colocó en el cinturón un cuchillo.

-Aghur, te quedarás aquí-dijo al salir.-Si no hemos vuelto en dos días ven a buscarnos a Raimangal con el tigre y Punthy. -Llévate a Darma. Podría serte útil. -Delataría nuestra presencia, y yo quiero desembarcar sin ser visto ni oído. Adiós, Aghur.

Se colocó la carabina en bandolera y llegó donde estaba Kammamuri, que lo esperaba cerca de un gonga, rudimentaria y pesada embarcación hecha con el tronco de un árbol.

Se embarcaron y alejaron mientras una oscuridad profunda ocultaba las sunderbuds y las corrientes del Mangal. Tremal-Naik, tumbado en la popa empuñando el fusil, callaba y mantenía los ojos bien abiertos, mirando hacia una u otra orilla, donde se oían silbidos lastimeros. Kammamuri, sentado en medio de la embarcación, la hacía avanzar a golpes de remo, hasta que media hora después llegaron a una amplia extensión de agua, dividida en dos por una punta de tierra en la que se vislumbraba un árbol.

-¡El bainan!-exclamó Tremal-Naik.-Deja los remos, Kammamuri, que nos arrastre la corriente.

El gonga fue a embarrancarse a menos de un centenar de pasos del bainan, en la parte septentrional de la isla Raimangal.

Tremal-Naik y Kammamuri desembarcaron silenciosamente y avanzaron hacia el árbol. Pero al cabo de pocos pasos tropezaron casi con un cuerpo tendido en el suelo.

-¡Hurti!-exclamó Tremal-Naik.

Se inclinó sobre el cadáver y permaneció unos instantes al lado del fiel compañero que asesinos desconocidos asesinaron traicioneramente. Después se incorporó, se dirigió hacia la orilla, cogió el gonga y lo volcó, hundiéndolo.

-¿Qué haces?-preguntó Kammamuri. -Nadie tiene que imaginar que alguien ha desembarcado aquí. Y ahora, tratemos de descubrir quién lo ha matado.

El vengador de Hurti.[editar]

El banian bajo el cual los dos indios íban a pasar la noche era uno de los más gigantescos, con seiscientas columnas que sostenían ramas cargadas de frutos rojos, y tenía un tronco de gran grosor al lado del cual se sentaron Tremal-Naik y Kammamuri con la carabina apoyada en las rodillas.

-Alguien vendrá-dijo bajando la voz el cazador de serpientes.-Silencio y mantened los ojos abiertos.

Sacó de su bolsillo una hoja semejante a la de la hiedra, conocida en la India como betel, de sabor amargo y un poco punzante, añadió un trozo de hueso de areca y se puso a masticar esta mezcla, de la que se dice que conforta el estómago, fortalece el cerebro, preserva los dientes y evita el mal aliento.

Pasaron dos horas, largas como siglos, durante las cuales ningún ruido rompió el silencio que reinaba bajo la densa sombra del gigantesco árbol. Debía de ser medianoche cuando Tremal-Naik, que aguzaba el oído, le pareció oír un ruido extraño. Era un estruendo parecido a los que preceden a veces a los terremotos, pero mucho más sordo.

Tremal-Naik sintió que le invadía una vaga inquietud.

-Kammamuri-murmuró con un hilo de voz.-Mantente alerta. -¿Qué has visto?-preguntó el maharata estremeciéndose. -Nada, pero he oído un ruido que no me resulta familiar. -¿Dónde? -Parecía proceder del subsuelo.

En aquel momento se repitió claramente el misterioso estruendo. Los dos indios se miraron con sorpresa.

-Parece como si tocaran ahí abajo un enorme tambor, el hauk, por ejemplo-dijo Tremal-Naik. -¿Pero cómo se produce el ruido bajo tierra? ¿Tendrán su refugio bajo la jungla esos seres misteriosos?-preguntó Kammamuri. -¡Eso debe ser!-respondió Tremal-Naik. -¿Qué hacemos, señor? -Seguiremos aquí, Kammamuri; alguien saldrá por alguna parte. -¡Tikora!-gritó una voz.

Los dos indios se pusieron de pie simultáneamente. Era extraño, increíble: habían pronunciado la palabra tan cerca que parecía que la persona que la había gritado estuviese detrás de ellos.

-¡Tikora!-exclamó la voz misteriosa.

Los dos indios volvieron a mirar a su alrededor. Ya no había confusión posible; alguien estaba muy cerca de ellos, pero no se le podía ver.

-¡Oh...!-exclamó el maharata-mira allí arriba...señor...¡Mira...!

Tremal-Naik alzó los ojos hacia el banian y vió un haz de luz que salía del tronco.

-¡Luz!-balbució desconcertado. -¡Escapemos, señor!-suplicó Kammamuri. -¡Nunca!-exclamó Tremal-Naik.

Arrastró al maharata lejos del tronco del banian y le previno: -Ahora ni una palabra. Actuaremos en el momento justo.

En el haz que salía del árbol apareció una cabeza humana cubierta por una especie de turbante amarillo: después salió un hombre agarrándose a una de las ramas. Detrás salieron de uno en uno otros cuarenta indios. Todos estaban casi desnudos. Se cubrían sólo con un dubgah, una especie de taparrabos de color amarillo; en su pecho se veían extraños tatuajes que eran letras del sacrificio (ceremonia durante la cual se quema a una mujer) alrededor de un tatuaje central que representaba una serpiente con cabeza de mujer.

Un delgado cordón de seda que parecía un lazo pero tenía una bala de plomo en su extremo daba varias vueltas alrededor del dubgah, y en aquel extraño cinturón llevaban un puñal.

Aquellos seres misteriosos se sentaron silenciosamente en el suelo, formando un círculo alrededor de un viejo indio con grandes brazos y una mirada brillante como la de un gato.

-Hijos míos-dijo el viejo con voz grave.-Nuestra poderosa mano ha caído sobre el desventurado que se atrevió a pisar este suelo consagrado a los thugs e inviolable para cualquier extranjero. Es una víctima más a añadir a las demás atravesadas por nuestra puñal, pero la diosa aún no está satisfecha. Nos amenaza un gran peligro, hijos míos. -¿Cuál? -Un hombre ha puesto sus ojos en la Virgen de la pagoda. -¿Quién ese hombre?-preguntó alguien con voz amenazadora. -Lo sabrán en este momento. Traigan a la víctima.

Dos indios se levantaron y se dirigieron hacia el lugar dónde yacía el cadáver del pobre Hurti.

Tremal-Naik, que había asistido a aquella extraña escena, al ver a los dos hombres que cogían al muerto por los brazos arrastrándolo hacia el tronco del banian se levantó como impulsado por un resorte, empuñando la carabina.

-¿Qué haces, señor?-murmuró Kammamuri, cogiéndole el arma y bajándosela.-¡Son cuarenta!

Tremal-Naik bajó la carabina, mordiéndose los labios para contener la cólera.

Los dos indios habían arrastrado a Hurti hasta el centro del círculo y lo dejaron caer a los pies del viejo.

-¡Kali!-exclamó éste alzando los ojos al cielo.

Sacó el puñal del cinturón y lo clavó en el pecho de Hurti.

-¡Miserable!-gritó Tremal-Naik-¡Esto es demasiado!

Había salido impetuosamente del escondite. Un relámpago rompió las tinieblas, seguido por una detonación. Y el viejo indio, alcanzado en pleno pecho por la bala del cazador de serpientes, cayó sobre el cuerpo de Hurti.

En la jungla.[editar]

Al oír la detonación, los indios se habían puesto en pie con el lazo en la mano derecha y el puñal en la mano izquierda. Viendo a su jefe debatiéndose en el suelo cubierto de sangre olvidaron por un momento al atacante para acudir en su ayuda. Ese momento bastó para que Tremal-Naik y Kammamuri se dieran a la fuga sin que les vieran.

A pocos pasos estaba la jungla, cubierta de densos matorrales espinosos y bambúes gigantescos que prometían recóndito refugio.