Los abismos (Versión para imprimir)

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Capítulo I
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Los abismos- Primera parte Felipe Trigo


A mi querido amigo D. José Torralba


Tendido en el diván, envuelto en la caricia blanda del pijama, satisfecho de sus horas de trabajo y con una felicidad en el corazón, que de tanta, de tanta, casi le dolía..., esperaba y perdía el pensamiento y la mirada hacia el fondo de etérea inmensidad que, cortado por las góticas torres blancas y rojas de San Pablo, el cielo abría sobre el retiro. Las nubes, las torres, las frondas, teñíanse a través de las vidrieras del hall en palidísimos gualdas y rosas y amatistas.

Entró Clotilde, la doncellita de pies menudos, de alba cofia, de pelo de ébano. Traía el servicio del té, y se puso en la mesita a disponerlo, avisando que ya llegaba la señora.

-¿Y la niña?

-Vestida, señor. Va a venir. Va a salir.

Un gorjeo de risas, inmediatamente, anunció a Inesita..., precediéndola en el correr mimoso que la dejó colgada al cuello de su padre. Jane, la linda institutriz, quedó digna en la puerta.

Pero la niña, espléndida beldad de cinco años, angélica coqueta a gran primor engalanada, huyó pronto los besos locos con que Eliseo desordenábala los bucles, los lazos y flores de la toca.

-¡Tonto! ¡Que me chafas!

-¡Oh! ¡Madame!

Sí, él, impetuoso adorador de la belleza, besando y abrazando a la divina criaturita había pensado muchas veces que puede haber en las caricias a los niños, paralelamente con la gran voluptuosidad sexual de la pasión a las mujeres, y ennobleciéndola, explicándola de antemano por todas las inocencias de la vida, una purísima y tan otra voluptuosidad de los sentidos, capaz de enajenarlos en los mismos raptos de embriaguez.

¡Inesina! ¡Trasunto de su madre! ¡Cómo iba desde chica impregnándola el amor a lo gentil!

Otro beso, aún, del ángel..., en una previsora y versallesca inclinación de minué..., y la deliciosa coquetuela dejó surgir a la ingenua glotoncilla, llena de fuerza y de salud, que la hizo coger y aplicarse a devorar el más grande pastel de la bandeja.

Sonaron pasos y sedas leves, fuera, y Eliseo compuso su actitud. Bajó los pies del mueble. Exquisitamente respetuoso con su Libia, tratábala con las cortesías que una reina pudiese merecerle.

-¡Hola! -saludó Libia, entrando y dejándole ver en la sonrisa el triunfo de glorias de su boca.

-¡Hola! -sonrió Eliseo.

Avanzó ella, con el ritmo de su larga elegancia desmayada, y se sentó. Espectro ideal de una ilusión de maravilla. Al marido, al poeta, al inmensamente enamorado, causábale la impresión de que su Libia no pesaba, no pisaba en las alfombras; de que se deslizaba siempre silenciosa y ondulante, tal que las mujeres de niebla que cruzan los ensueños.

¿Iría a ser tan bella, podría ser, podría llegar a ser tan diáfanamente bella la hija de los dos?... La niña heredaba de la madre la rubia palidez; de él, la corpulencia. Él, desde algún tiempo atrás, iba engrosando, más que de más, un poco..., y esto le inquietaba. Aunque, ¡no, lo justo, únicamente, para proclamar la estética euritmia de una vida satisfecha en un hombre de treinta años!...

Inesina, embelesándolos en un cambio granuja de sonrisas, comía y tenía, al fin, en cada mano un pastel.

-¡Qué mala es!- lanzó Libia.

-¡Qué mala es! ¡Qué buena es!- expuso Eliseo, con el mismo sentimiento de ternura que quitábale el valor, contradictorio a las palabras.

Hecha de todo y por todo la felicidad alrededor suyo, respirábala, condensábasele en el pecho tan intensa, tan intensa..., que casi le dolía. La complacencia de su alma se extendió un momento a la corrección, a la belleza y a la honda honestidad (armónicas e indispensables en su honesto hogar de corrección y de belleza) de aquella Clotilde, que les servía el té, y de aquella inglesita Jane, de color de estopa, que aguardaba rígida en la puerta.

De pronto, Inés dejó la mitad de cada pastel en la mesita.

-¡Hala! ¡Adiós!- se despidió -corriendo, tirando besos, volviendo la cabeza.

Tropezóse con Clotilde, que iba también a salir, y estuvo a punto de caerse y de caerla.

¡Ven, loca! ¡Loca! ¡Qué loca!

-¡Ah, loca! ¡Qué loca! -comentó asimismo el padre la rebeldía de la chiquilla a besarle nuevamente.

Siguiéronla con la mirada, cariñosos, y en la frente, de su Libia, inclinándose hacia ella, solos ya, dejó Eliseo el beso que no le quiso la rebelde.

La frente, las manos de Libia, quemaban. Además, el marido, contemplándola tan cerca, creyó advertirla los ojos encendidos, húmedos.

-¿Qué tienes?

-Nada.

-Sí, sí..., abrasas. ¿Has llorado?

-¿Yo?

-Estás ardiente.

-Bah, la reacción del baño. ¡Tan fría el agua! ¡He tenido que frotarme con colonia!

Volvía ella a sonreirse, refugiándosele en el hombro, toda dulce, y reparó Eliseo que no venía vestida: su lánguida escultura delatábase ideal de líneas en la amplitud del kimono blanco, cuyo enguatado forro de seda guinda, vuelto por las solapas y las mangas, hacía más nítidas las nieves rosa de sus brazos, suaves como lianas nobles del amor, de su garganta, larga como el cáliz de una orquídea...

-Pero, ¡mujer! ¿Así aún?... ¡Y son las cinco!

-¿Y qué?

-Que Astor no tardará. ¿Te olvidas del retrato?

-¡Bien, mira!- le tranquilizó Libia, inclinada a doblarse un poco el vuelo de la falda-. Estoy lista. Me falta el traje solamente.

Contra la interior sedilla grana del kimono mostró la hechicería de su pie, calzado por el finísimo zapato, y el prodigio esbelto de su pierna en los calados de la media.

-¡Oh, lujosa! -hubo de aplaudir el marido, a la evocación de otros más íntimos hechizos de la fastuosa beldad, en que era todo fausto, y en tanto que ella, casta, se cubría.

Contemplaron el retrato, obra ya casi acabada del grande amigo, del gran pintor. El enorme lienzo reposaba sobre el caballete, a la plena luz del hall, y constituía la suprema ostentación de las bellezas y elegancias de Libia. Hecho al pastel, su autor lo destinaba a la Exposición de Bellas Artes. Toda la figura, sentada sobre la tijera de un sitial dorado y perla, de frente, con una rodilla sobre otra, con el codo encima de las dos y la mano delicadísima en la barba, se destacaba clara y vaporosa sobre un obscuro fondo de brumas color oro, color cuero.

-¡Bah, Guillermo! ¡El insigne pastelista-retratista! ¡Bien va a lucirse contigo!... Otra gran medalla de honor, que esta vez será más tuya..., más mía, que no de él.

-¿Te da rabia?

-Casi celos. Es una... posesión de arte en ti, que fuese yo quien quisiera haberla realizado.

-Tú... ¡autor! ¡Hazlo! ¡Ponme en un drama!- le mimó Libia, doblándose a él con un beso.

Lo tomó Eliseo, en la boca, y repuso dolorido:

-¡Ah, si pudiese! ¡Lo he pensado tanto, tanto..., al ansia de tenerte en mi obra transfundida!... Pero, alma, ya ves tú...; es verdad aquello, que dijo no sé quién, de que... «las mujeres honradas no tenéis historia». ¡No, no tenéis historia ni dramas, las honradas!

Otro dolor, el dolor sin duda del dolor de él, y más intenso, quizá, al reflejarlo la mujer delicadísima, que siempre compartíale sutil las emociones, la hizo a ella repentinamente separarse y quedarse demudada.

Mirándola, el marido tornó a su pasada duda, en inquietud:

-¿Qué tienes? ¡Oh, sí, sí, Libia..., tú has llorado!

-¡No! ¿Por qué? ¡Qué tontería!

-¡Se te conoce en los ojos!

-¿En los ojos? Ah, sí..., ¡tienes razón!... Lloré..., pero de risa... oyéndole las ocurrencias a ese diablito de Inés, en tanto bañábala Jane.

Y como, nada más de recordarlo, reíase otra vez nerviosamente la madre candorosa, puesta en pie para salir, para vestirse, porque había sonado el timbre del portón y debía ser Guillermo... Eliseo la miró partir y quedó riéndose (aun sin conocer cuáles fueron) de las ocurrencias de la niña..., de aquella traviesa Inés de todos los ángeles diablitos, que les formaba a los dos el raudal de la alegría...


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Capítulo II
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Los abismos- Primera parte Felipe Trigo


Guillermo, ¡sí!... Antes que él, en fuga, como siempre, forzada por la obligación y el respeto, Clotilde entreabrió el cortinón para anunciarle. Al pasar, el tenaz irreverente soltó una risotada y le cogió a la joven la barbilla...

-¡Muñeca!

Huyó Clotilde, roja, sin decir una palabra..., y mientras el gigantesco artista se acercaba y arrojaba a una silla su chambergo, Eliseo le reprochó:

-¡Hombre, por Dios, que no es esto una taberna!

No hizo caso el insigne pastelista. Se dejó caer en la poltrona. Jadeaba. Traía unos periódicos en la mano, y púsose a hacerse aire con ellos. Luego, bufó:

-¡Uf! ¡chico!... ¡Noventa y siete escalones...! ¡Acabo de contarlos!... ¿No podías mudarte de este lindo palomar, aunque fuese a una taberna?

-¿Y el ascensor?

-¡Nunca! ¡Jamás!... ¡me ahogo en toda jaula! ¡Prefiero reventarme!

Se abanicaba, resoplaba, aflojábase el ya bien holgado cuello sin planchar..., y Eliseo, casi apiadado, mirábale y recordaba con envidia el vasto jardín y el bello hotel de las afueras que se podía permitir este famoso y potentado pintor con automóvil. Él, modesto aún, lleno de las mismas esperanzas, tenía que contentar su afán de luz, de aire, vecino de los cielos, en el moderno y último piso de alquiler del palacio de unos duques.

Mas... sentíase feliz, feliz con una gran felicidad que le dolía, hecha de amor, de espíritu, de arte...; hecha, sobre todo, en él, en su mujer, hasta en sus criadas, de purezas y bellezas y respetos... Y le enojaba y le admiraba no poder seriamente rechazar la irreverencia que se le infiltraba de la calle con el gran corazón y la nobilísima amistad del camarada que era al mismo tiempo un jovial y como infantil aturdido incorregible.

-Oye, Guillermo- insistió condescendiente-, ¡sé formal! Mira que a la chica no le gustan, y a Jane menos, ni a Petra, tus bromas. ¡Capaces serán de despedirse!

-Hijo, ¿Y a qué tener muchachas tan bonitas?... ¡Toma! ¿Has visto ese periódico?... ¡Habla de ti!... Parece que van a traducir y representar en Roma tu última comedia... ¡Bravo! ¡Te vas volviendo a escape grande hombre!

Le arrojó el periódico, Il Corriere della Sera. Desplegó otro, alemán, ilustrado, y se enfrascó en revisarle los muñecos.

Eliseo, que no hizo sino ojear por encima la noticia, porque ya la conocía, hubo de sonreír nuevamente al notar cómo su amigo tendía en abierto compás una pierna hacia el suelo y la otra encima de un sillón. Así le vería Libia, si llegase ahora..., harto acostumbrada, por suerte, al carácter de Guillermo; el cual, en cambio, reíase de las mutuas cortesanías del matrimonio. Igual, y aunque hubiese estado ella, habríale tocado los hombros o la cara a la muchacha.

Mirábale el autor dramático desde toda la disculpa de su alma delicada, correctísima. Era el buen pintor un hércules, un hombrote negro, feo, lleno de enmarañadas barbas y greñas, pero de una fealdad fuertemente simpática, leonina, que siempre habíale dado entre las mujeres gran partido, no obstante los descuidos de su traje, y era, además, un despreocupado bohemio de alta estirpe, que lo mismo se metía con una marquesa amante en un figón, que se iba de chaqueta a un palco del Real para no importarle, en el de enfrente, su mujer, su también gigantesca Ernestina, hermosa, estatuaria, asimismo despreocupada y loca amante, unas veces de un torero, otras de un actor, otras, acaso, del marqués de la misma marquesa en turno del esposo. Gran filósofo hastiado por todos los posibles triunfos y desengaños de la vida, con un bondadoso corazón de niño que se revelaba inmenso en la amistad y con unos puños de boxeador que surgían, a ser preciso, formidables, pasaba por la vida, a los cuarenta años, en afectuosa y cordial camaradería con su mujer, retratándola para todos los artísticos concursos, haciéndola célebre en Madrid y en París y en Londres con su hermosura hebrea, no siempre velada asaz honestamente, y perdonándola a fuerza de despreocupación y de sonrisas los múltiples trances galantescos a que la supondría expuesta con la libertad que concedíala en trueque de la que ella le dejaba.

Contábase de él que, una noche, bebiendo en su estudio de París champaña con tres amigos escultores, y hablando de paganas beldades femeniles, de las cuales ponía a la de su mujer como un arquetipo..., en un estético fervor de iluminado, los llevó a la estancia, al lecho donde ella dormía bajo una lámpara rosada; la descubrió, la mostró..., y volvió a ocultarla cautamente, dejando en su profundo sueño a la hechicera...

¿Ingenuidad, era todo esto cínica ingenuidad de niño, cínica ingenuidad perversa, delatora de una absoluta carencia de moral sentido, o era la serenísima conciencia de un hombre superior a no importase qué sociales trabas y prejuicios seculares?...

Eliseo, que estaba cierto de la infinita moralidad cordial de Astor, de la infinita y ruda nobleza insuperable en todo lo demás de su trato con las gentes, tenía que inclinarse, y no sin un casi terror de admiración, a lo segundo.

En todo caso, ¿cómo tomarle en cuenta la en el fondo nimia despreocupación más de una inofensiva caricia suya a una sirviente?...

Se admiraba, sí, él que sabíase tan opuesto, tan contrario, encantadamente prisionero de una felicidad flotante en los diáfanos respetos del alma de su hogar y de su Libia...; y como sintió a su Libia, de improviso, rumorosa de sedas entre sedas, deshízosele en respeto de venturosísimo cautivo la un poco envidiosa admiración que siempre le infundía el despreocupado, capaz de pasear triunfal de tal manera su extraña y libre dicha por el mundo.

La presencia de Libia bastó para acabar de imponerle al poeta su equivocación de aquella admiración. Resplandecía en su frente rubia la pureza de la madre -de lo que no era, de lo que no habría podido ser jamás, sugiriéndole al marido las ideas y sentimientos de bien otro angélico universo, la estéril hermosura de la un tanto bestial y pagana Ernestina del pintor.

Libia, la madre, la buena esposa..., la muy buena mujer de ensueño, no obstante..., venía radiantísima de lujo. Perlas en el pelo; perlas y brillantes en el lóbulo rosado de la oreja, en la garganta; brillantes y zafiros, y ópalos en las manos de ideal...; y en la estatua, por todo el fino y largo cuerpo de escultura desmayada, dóciles y finísimos cendales de una reina que fuese hada al mismo tiempo: sedas Liberty, malva..., tisúes de oro..., blancas transparencias también de tules plisados en trazos de piel marrón... ¡Ah, el contraste elegantísimo del leve tul y de las pieles! ¡La violenta y cadenciosa sinfonía por todo el cuerpo aquel del malva y del oro y del marrón!...

Saludábanse Guillermo y ella. El pintor, de pie, no por cortesía, sino por ir más pronto a la tarea del cuadro, que duraba hora y media cada tarde.

-¿Y Ernestina, Guillermo?

-Que viene, me dijo.

-¿Hoy?

-O mañana. Quiere ver nuestro adelanto de estos días. Recelosa del retrato. A poco más, ayer reñimos.

-¿Cómo?

-Teme, Libia, verse eclipsada en la Exposición por ti la vez primera.

-¡Aaah!... ¿Y el suyo?

-Acabándose. No le gusta. Encuentra que estás tú mejor vestida.

-Iré a verlo también.

-Bueno..., ahora... ¡al potro!... ¡Y a callar!

La condujo al sitial dorado y perla. Sentóse ella, cruzó una pierna sobre otra, apoyó en la rodilla el codo y la barba en una mano, toda doblada hacia delante en la posición que, por serle la más típica, la más habitual a su comodidad, habíala dejado el pintor que la eligiese..., y el pintor, con verdadero desenfado de amigo y de pintor, la alzó y la arregló más los vuelos y plegados de las sedas y las pieles hasta dejar los seis centímetros de media que debían mostrarse en el tobillo, cuyo pie tocaba el suelo.

Empezó el trabajo... en un silencio religioso. Cuando pintaba, Guillermo era todo de su atención, de su abstracción, y contrariábale que nadie hablara ni le hablase.

El retratista y la retratada estaban en el hall, ella medio de espaldas a la sala y, protegida de tanta luz con un pabellón de felpa improvisado en los cristales. Eliseo los veía a los dos desde el diván.

Mordió Eliseo un habano, lo encendió y abandonóse nuevamente a la emoción de aquella paz, de aquella calma, de aquella felicidad que a su alrededor flotaba intensa, densa, de un modo podría decirse físico y que casi le dolía.

Constituyéndosela al fin inconmovible, hasta los principescos lujos de su mujer, que acarreáronle tiempo atrás fuertes apuros, se iban encajando en armonía con los medios pecuniarios de la casa. Él, por una innata repulsión a la antiartística pobreza, amaba estos lujos más que Libia. No podía culparla; habíala animado al principio, y Libia no hizo sino excederse un poco locamente, ya puesta en la pendiente fastuosa, y siempre en el horror de ambos a los previos cálculos y números.

Aún los trimestres del autor hallábanse gravados con los descuentos de joyeros y modistas; Pero los éxitos de Apolo y la discreta habilidad para dar cien vueltas a sus trajes que hubo Libia de aprender en la experiencia dolorosa, sin peligro alguno ya, permitíanla este infinito agrado, orgullo de los dos, de adornarse aún más que antes.

¡Qué bella estaba!


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Capítulo III
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Los abismos- Primera parte Felipe Trigo


Salió el pintor. Salió el marido...; y ella, que, con sonrisa mártir, había recibido el beso del insensatamente venturoso, vuelta en el sillón dorado y perla, se quedó escuchando hasta que sonó el portón a lo largo del pasillo. Entonces, brusca, se dobló a sus brazos sobre el brazo del sitial en una explosión de llanto.

Fue breve. Estaba harta de llorar.

Alzó enseguida la cabeza. Su faz había cambiado a lo espantoso.

Miró el retrato.

¡Ah, sus lujos! ¡Cómo en el lienzo aquel, cómo en la obra del artista insigne, para eterna afrenta de no se supiese que sórdida catástrofe, iban a quedar representados!

Más que un drama, sin que el confiadísimo Eliseo pudiera sospechar que ella lo tendría y que en él iba a arrastrarle.

Alzó la vista de un punto del espacio, donde habíasele condensado lo cruel, y la giró en afán de liberaciones por la estancia. Sobre la chimenea vio dos muñecas rubias de su hija; por las paredes, retratos suyos, de la niña, del marido; en la vitrina imperio, unas figurillas de juguete que eran de los tres, y que asimismo proclamaban la inocencia de sus almas. Cosas que la acusaban, que la abrumaban más en esta hora de expiación.

Se sacó del pecho la carta feroz de la francesa:

«Muy señora mía: Para tratar de salir definitivamente de nuestra enojosa situación, ruégola que esta tarde, a las siete, venga a verme.»

Las seis. A las siete, arrastrando sus infinitos miedos, tendría que estar en casa de esta mujer que ya escribíala como en conminación fiscal. Poco después, arrastrando la realidad de su inmensa desventura, tendría que volver a encontrarse frente a las nobles confianzas de su Inés y su Eliseo.

Se levantó. Se retorció en una especie de penoso desperezo, y lenta, ingrávida, fantasma que ya no fuese de este hogar amenazado de destrozo, ni del mundo, cruzó el despacho y el salón, entre el ruido de sus sedas.

Tuvo que reposarse, apoyada en un sillón. El blanco lecho de Inés, al paso de la alcoba..., sus cosas, sus vestidos, seguían a gritos acusándola de la insensatez con que ella había arrojado por siempre a la miseria a la hija de su sangre.

Otro impulso, y entró y se encerró en el tocador.

Desde el centro, se vio copiada entera en un espejo. Estaba pálida, y horrible, lo mismo que una muerta.

Y... ¡ah, sus lujos... vistos nuevamente en la viva insolencia del cristal!

El cristal, ante los ojos tétricos de Libia, cobraba las diáfanas profundidades de un abismo. Lo que iba a ser, tendría que ser. Resignada, se puso a quitarse aquel colorinesco y rico traje de soirée, para ponerse otro... Los lujos no deberían servirla para haber llegado con ellos en cínica ostentación hasta el borde del desastre.

Mas, ¡oh!.. toda ella era teatral y fastuosa. Al sacarse las pieles y sedas y tules del vestido, el espejo la seguía copiando en un blanco esplendor de gasas y de encajes... Las caladas medias, el traslúcido y pequeño cubrecorsé-pantalón, ceñido abajo por las mollas de las ligas y arriba por los pálidos rizados del escote...

Tembló, rebelde. Crispáronsele las manos a los adornos del pecho, y en un rapto de locura pareció querer desgarrarse el pecho, el corazón, aquellos fastos miserables, siquiera, que de tal modo la infamaban.

Habíase clavado las uñas. La sensación de dolor, completándola físicamente el martirio, la lanzó al fatídico cajón de su secreto. Quería considerar todavía y por última vez el problema pavoroso... con más calma, con la terca decisión de volver a estudiarlo, y quizá resolverlo sin violencias.

Llegó a la mesita escritorio, sacó el fajo de papeles, y se instaló, junto al balcón, en el sofá.

La seca escuetez de una cifra la hirió en el primer papel que extrajo del paquete.

«36.540 pesetas.»

Volvía a asombrarse.

¡Santo Dios! ¿Era posible?... ¿Cómo deberle a madame Georgette semejante atrocidad?

«¡36.540 pesetas!»

Lo hallaba absurdo. Suma ratificada por ella, coincidía con la de la modista...; pero, quizás, seguramente, las dos se equivocaban.

Febril, se dedicó a ir revisando las facturas. Las más antiguas tenían fecha de dos años. Amable la francesa, su pérfida amabilidad (¡harto veíalo al fin!) pudo servirle igual para robarla. Aun poniendo a mil pesetas cada traje, resultaba inverosímil que en dos años, ¡qué disparate!, la hubiese hecho treinta y seis...

Un relámpago le resucitó en los ojos la esperanza. Torpe para las cuentas, hasta ahora no había encarado de este modo la cuestión. ¡Ah, si fuese ella la que, descubriéndola ladrona, pudiese llevar ante el juez a la modista!

Este razonamiento de la imposibilidad de treinta y seis trajes en dos años tenía una fuerza que podía apoyar en la menor investigación de sus roperos...

Se levantó convulsa, iluminada. Fue a los roperos. Abrió las puertas. Miró los trajes. Apenas si había once... Y cuatro abrigos... Y tres salidas de teatro... Sin embargo, no halló sencillo el cómputo, y se limitó, para evitarse a sí misma aquella cocotesca desnudez, a cubrirse con un obscuro vestido de pañete.

Volvió a su asiento. La revisión de cuatro o seis facturas más, acabó de consternarla. «Por un abrigo largo, piel renard... 1.800 pesetas.» «Por un abrigo de nutria...2000»... También, ropas de Inesina. Justificábase la cuenta. ¿A qué obstinarse en regatear, partida por partida, nuevas rebajas que en nada modificarían la situación?

Apartó desalentadamente los papeles, y huyó de ellos, volviendo a levantarse.

Un retrato de su hija hízola llorar más hondas amarguras. Lo besaba. Oprimíaselo al corazón.

Con el retrato en la caída mano y con un codo en el testero del lecho, púsose en seguida, nuevamente, a considerar lo inútil de recurrir a su familia o de echarse en lágrimas a los pies de su marido confesándole el horror inevitable. Éste se sabría igual cuando horas después ella volviese de casa de Mme. Georgette, con el alma desgarrada, y cuando días después viniesen los embargos, la miseria, el éxodo de ella y de Eliseo y de la hija de los dos ocultando su vergüenza de mendigos.

Sentía frío.

Un frío glacial de desamparo.

Abrumada por su pesadumbre de maldita, que pesábale como un ondulante universo negro en la conciencia, dejó el retrato, vagó unos pasos sin sentido, y tornó a caer en el sofá.

Había cerrado los ojos. Miraba ahora dentro de sí misma, puesto que fuera no veía la salvación, y hundíanse sus ansias en el mínimo consuelo de buscar una disculpa. No fueron exclusivamente suyas la ceguedad y la imprudencia.

Cuando soltera vivía con casi estos mismos lujos, igual que las hermanas y la madre, en su casa; el padre, no rico, alto funcionario de Estado, actualmente en Alemania, consumía el sueldo en la ostentosa y digna relación con la buena sociedad. Así hubo Elíseo de conocerla, entre las glorias de un triunfo suyo, de teatro, y debió hallar indelicado el imponerle la decepción de la pobreza de ambos al día siguiente de su boda.

Hijo Eliseo de un profesor de Instituto de Jaén, y acostumbrado en su familia a la modestia, ganaba quizá bastante, pero poco, de todas suertes, para sostenerle a su mujer los hábitos de elegancia y distinción que él mismo amaba por un culto fervoroso hacia lo artístico.

La irreflexiva imprudente encontró, pues, un imprudente reflexivo que hubo de alentar su inexperiencia; un gentil apasionado que desde su humilde condición, sentía el pesar de rebajarla en rango, y un artista soñador siempre lleno de esperanzas de riqueza, de triunfos plenos capaces de llevarles a la vida esplendorosa que debía esperar de sus talentos. Fácil para ella el crédito con las modistas y joyeros de sus padres, cuando no podía pagar en otras, a las primeras cuentas importantes Eliseo la disculpó: «¡Sí, sí, bien, Libia, no te apures! Tú no puedes dejar las amistades de tu casa, y tienes que vestir. Mi éxito de la Princesa dará para ese pago.»

Efectivamente, la liquidación del primer mes de aquel éxito, sin contar con otros que aguardaban, hízoles salir del disgusto pasajero. Persuadida Libia de que las cuentas se podían pagar en más o menos plazo, contrájolas más grandes. Él se aplicó a escribir y a sus tertulias literarias; ella, a demostrar a las viejas relaciones familiares que había hecho un excelente matrimonio. Y a las segundas cuentas presentadas, con un poco de sorpresa del marido, éste se rehizo y replicó: «¡Bueno, Libia, no te inquiete, no te importé! Tomaremos un empréstito. Llegará el éxito definitivo que me consagre gran autor, y fuese injusto que, entretanto, yo te redujera a las feas incomodidades de una vida que no tardará en volvérsenos espléndida.»

Siempre más rico de imaginación que de dinero, se limitó a recomendarla prudencia; y la gentileza de aquellas modistas y sombrereras y joyeros que cobraban, multiplicáronle a la inexperta chiquilla, que ya era madre, sin embargo, las sendas de perdición. A sus rumbos, sin otro objeto que hacerse en todas partes admirar como bella y elegante, se unieron la de la niña y los del ama; pasó otro año, y las cuentas nuevas alcanzaron un nivel tanto más terrible cuanto más mermadas hallábanse las rentas del autor por deudas y por réditos. Fue el principio del fin. Fue el primer casi disgusto de los dos. Acabó de intervenir en los agobiados trimestres una especie de junta de acreedores, y entonces sí, digno, comprendió Eliseo y la hizo comprender aquella veloz marcha hacia la ruina. Digna Libia, prometió una circunspección que los salvase.

Mas ¡ah!... el propósito duró dos meses, tres quizá, mientras duraron también las galas de la dama bien surtida...; y ella, o acaso él, triste de verla triste, y feliz con otro estreno, compraron el brillante nuevo o el nuevo traje de caras sedas que retornáronla a la horrenda tentación. Se había hecho presentar por Ernestina a Mme. Georgette, que confiada en la garantía de la presentación y en la no regateada sencillez de los primeros pagos de Eliseo, hubo de irse luego conformando (¡francesa y bien funesta amabilidad, la suya!) con las sumas por Libia entregadas entre ruegos de espera y de secreto para el pago del total...; y he aquí que el total, sin saberse cómo, a los dos años, cuando más el marido noble y bueno encontrábase en la cándida ignorancia de aquellas cuentas, contento de ir a verse libre de atrasos para siempre, a los ojos asombrados de ella presentaba la cifra brutal, impagable, inverosímil.

Abrió los ojos, los ojos asombrados, y volvió a ver la enorme cifra en el papel:

«36.540 pesetas».

¿Cómo solventarla dada la económica situación de ellos y agobiado con descuentos de otras deudas por quién supiese cuánto tiempo aún?...

Mme. Georgette habíasele manifestado últimamente ejecutiva, inexorable. Inútiles las lágrimas y súplicas. Las sombras del juez, del embargo, del escándalo social, sólo cedieron al confesar la ingenua y espantada Libia que ni aun reduciéndola a la miseria y al descrédito podría quedar la deuda medio satisfecha: no valdrían la quinta parte de la suma los muebles y efectos todos de la casa puestos en subasta... Sólo cedieron, sí, sólo apaciguáronse de este modo las tercas aunque siempre bien habladas amenazas de Georgette; sólo de manera tal quedó conjurada la inminencia de enterar a Eliseo del conflicto que él no podía evitar...; y hoy, al fin, el rigor de la modista, reexcitado, a no dudar, por su egoísmo de sacar lo que pudiese, siquiera, sin importarla más de ajenos infortunios..., la llamaría para notificarla el comienzo brutal de lo espantoso.

No la frente, ahora, sino todo el cuerpo, todo el ser de la infeliz, tronchado en llanto y convulsión, cayó de bruces a lo largo de aquellos papeles que eran en sus lujos y en su vida fatídicas banderas de derrota...


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Capítulo IV
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Los abismos- Primera parte Felipe Trigo


Todas las tardes, al anochecer, el bello hotel número 4-A de la calle Villamagna era el centro, el templo de una peregrinación elegantísima.

Robes -Mmz. Georgette- Manteaux

leíase en dorada y rasgueada letra inglesa por los tres balcones de la fachada principal. Y ante la cancela, de vuelta del paseo en la Castellana, deteníanse blasonados coches con magníficos caballos, y excelentes automóviles que vibraban tomando turno de espera, mientras las damas cruzaban el jardín.

Un negro de gallarda figura e impecablemente vestido de frac rojo, desde la escalinata del vestíbulo, exornada con las estatuas castas de una Minerva y una Hebe, y sombreada por los sauces, recibía y guiaba a las visitas, según su pretensión. Había señoras que deseaban probarse sus vestidos, y pasaban al despacho del taller; había otras que iban a conferenciar solamente con madame, y pasaban a la suave intimidad azul de un gabinete; habíalas también, en fin, cuyo objeto no era otro que cambiar impresiones entre ellas mismas, y subían hacia el salón.

Templo; o mejor dicho, club femenino que había instituido poco a poco la costumbre. Cuatro o seis señoritas de obrador, maniquíes para las pruebas, rubias y morenas, blancas, para gustos diferentes en los trajes y en los tipos, finas y bonitas, todas, sabían, además, llenar a maravilla su misión de cumplimentar y entretener a las ilustres concurrentes, mostrándolas ilustraciones de modas extranjeras, hasta que las podía conceder unos momentos la dueña de la casa.

Mme. Georgette, repartiendo cortesías, sin parar en parte alguna, estaba en todas. Grande, escandalosamente rubia, y un poco matrona a los cuarenta y cinco años (que ella reducíase a treinta), conservaba rastros de beldad en la cara, y en el talle, cruelmente encorsetado. Diplomática sutil, nadie pudiera aventajarla en la oportuna adecuación y aplicación de su vasto protocolo de atenciones; una rígida duquesa, por ejemplo, merecíala reverencias dignas y profundas; una afable condesita, saludos versallescos, y una actriz o una cupletista en auge, sonrisas histriónicas. Ante ella desfilaba el mundo más complejo que puede imaginarse. Igual confeccionaba un regio manto de corte, que una arlequinesca falda de teatro. Había que vivir, y sabíase la gama de las veintisiete formas más o menos expresivas de afección en cada adiós, en cada frase.

¡Ah, cómo las viejas alcurniadas y fanáticas que contaba en su clientela dudarían que ella fuese la misma si la viesen conversando con la actriz y con la alegre condesita! Menos productivas aquéllas, más decorativas, y garantías irreprochables de la seriedad y el buen orden de la casa, frecuentábanla, como terreno neutral, para complicar en sus proyectos de asociaciones benéficas a ciertas no muy bien conceptuadas aristócratas de quienes necesitaban el concurso pecuniario y a las cuales no podían admitir decorosamente en sus salones.

Algunas, a veces, tercas catequistas, osaban encararse con la propia Mme. Georgette, aspirando moralmente a regentarla, y dándola consejos: «Usted, madame, debiera confesarse e ir a misa los domingos»; «Usted, madame, no debiera tener en su taller muchachas tan bonitas»; «Usted, madame, debería poner este Sagrado Corazón en la cancela...»

-¡Oh, señora duquesa! ¡Oh, señora marquesa!- limitábase, madame a contestar, sin más explicaciones, y humilde recibiendo el consejo o el Sagrado Corazón.

Positivamente, Mme. Georgette tenía que resignarse a mil impertinencias. Ahora estaba en la sala de modelos, y con dos señoritas de despacho se esforzaba en complacer a la baronesita de Alfán, rubilla y diminuta, a las tres grandes y no muy lindas hijas del ministro del Brasil y a otras menos conocidas visitantes.

La Alfán, que no alzaba del suelo vara y cuarta, por ridículo snobismo y a todo trance prefería las sobrefaldas de farol, propias, nada más, de buenas mozas. Las brasileñas, en cambio, amaban las flotantes gasas y los lazos, que las hacía parecer más desaforadamente gigantescas.

-¡Sí, madame, como éste! -decía la minúscula rubita-. Le he visto un preciosísimo traje igual a Libia Herráiz. ¿De aquí?

-Claro -respondió Mme. Georgette con orgullo-. ¡No la viste nadie si no yo!

¡Pobre baronesa!... Creería que la fuese a sentar igual aquella forma, por haberla visto en mujer tan hechicera.

-¡A Libia!

-¡A Libia Herráiz! -comentáronse asimismo admiradas, entre ellas, las hijas del ministro y las demás.

Y el modelo de glasé, azul obscuro, concentró las generales simpatías. Rodeáronse todas a mirarlo. Era inminente la demanda, sólo porque lo llevaba Libia Herráiz.

Libia, sin que ni ella misma supiese bien este prestigio, por mucho que se hallase habituada a la ávida o envidiosa expectación que a hombres y mujeres les causaba su presencia por los teatros, por las calles, por los paseos, adonde la llevaba Ernestina en automóvil, gozaba entre las más altas damas de Madrid, y entre la distinguidísima clientela de madame Georgette, singularmente, una verdadera celebridad de excelso maniquí. Cuando ellas no lo determinaban, le bastaba a la modista citar su nombre para decidir a las dudosas. Nunca madame Georgette habría soñado más vivo y mejor reclamo que una tal beldad, así con su etiqueta de elegancias, lanzada a la veneración sorda de las gentes.

Alzóse el cortinón, y el negro dio paso a una señora que causó un movimiento de sorpresa.

Era Libia Herráiz.

Las brasileñas, la baronesita, todas, tornáronse a admirarla.

Mme. Georgette, dejando a las demás, se apresuró a ofrecerla sus cumplidos.

Muy echado el velo de un coquetón y redondo sombrerito, la recién llegada parecía suspensa de ser recibida con las mismas preeminentes cortesías que siempre le dispensaba la francesa. Traía aún el rastro de una lágrima en los ojos, y por primera vez, hoy, su pensamiento y casi sus labios acerbamente renegaron de esta expectación de reina que no importase dónde y a no importase quiénes producía.

-¡Pase, pase, doña Libia: ya está la prueba! -invitábala, con su exquisita corrección, Mme. Georgette-. Perdónenme, señoras, un momento.

Salió detrás de Libia, y las otras señoritas se encargaron del despacho.

Subieron a un principal. Pasaron a un discreto gabinete, de fondo de columnas, entre los tules y claras sedas de las cuales veíase un lecho suntuoso. Seguía la modista mostrando tal amabilidad en su sonrisa, en sus maneras, al cerrar la puerta, sigilosa, y al invitarla a sentarse en la preferencia de aquel confidentillo azul, que Libia acabó por desorientarse enteramente.

No comprendía que para notificarla su perdición hiciese falta el escarnio de tanta gentileza. Y menos, cuando en las últimas entrevistas, una vez aquí encerradas, lejos de las gentes, el tono y el aspecto de madame habían sido secos, casi hostiles.

Creció el afecto de Georgette.

-¿Cómo le va?- preguntó.

-¡Bien! -contestó la infortunada, breve, por salir de la compasiva fórmula que había de conducirla pronto a lo cruel.

-¿Y la querida niña, y la querida Inés?

-Bien.

-¿Tan contenta siempre? ¿Tan bonita?

Esta vez, Libia no respondió. La invocación cariñosa a su hija, en quien poco después iría a condenarla a la desventura irremisible, la hirió como una hipocresía bien falta de piedad. Por no entregarle la miseria de su dolor a la torpe o la cínica, contuvo el llanto en un esfuerzo.

Sin embargo, debió notarle la pena madame Georgette, que, siempre incomprensible, no cejó en el propósito de afabilidad ni al abordar de lleno la cuestión.

Era singular el contraste entre la dulzura extrema de su acento y la torva significación de sus palabras.

-Veamos, mi buena doña Libia -comenzó-; he llamado a usted (y dispensará que, por la índole del asunto, no haya sido yo quien se moleste en visitarla) para ver de salir, si es que podemos, de esta situación enojosísima. ¿No cree usted igual, que de uno u otro modo, su término se impone?

-Sí, madame.

-Ante todo, doña Libia, quiero recordarla, para que no vea en mí una intemperancia que no está en mi carácter, cómo durante cerca de tres años he sido más que de más generosa y complaciente. No sólo he ido accediendo a recibir a cuenta las pequeñas sumas que usted pudo entregar, sino que, a pesar de ello, lejos de retirárselo, aumentábale mi crédito. Cuando usted, tímida, por reparos a su deuda, no quería hacerse nuevas ropas, yo, desprendida siempre, siempre, la animaba. ¿No es cierto?

-Cierto- concedió Libia.

Y por primera vez hacía también tomar gran puesto a aquellas excesivas complacencias de madama en el arqueo de su infortunio.

-Pues bien; sentado esto, creo quedar justificada, al fin, en mis apremios. Por una parte, nuestra cuenta, cuyo importe me sorprendió al ocurrírseme sumar todas las partidas, abandonada al tiempo, como estaba, seguirá creciendo en terrible proporción; en segundo lugar... ¡oh, el falso esplendor de nuestras casas! esos ocho mil duros me son precisos, absolutamente indispensables, para cumplir a plazo fijo, y a menos de una quiebra, con mis corresponsales de Londres, de Viena, de París... He de girar antes de tres meses, por las modas del verano, más de ciento cincuenta mil pesetas, doña Libia. Si lo desea, puedo hacerla ver las notas de pedidos y las letras de los Bancos.

-¡Oh, no, gracias! -la contuvo Libia en el impulso tenue de ir por ellas.

Hubo un silencio.

La joven abatíase al implacable abrumo de la escena. La modista la estudiaba extrañamente.

Luego ésta, tintando de suave melancolía sus amabilidades, prosiguió:

-El otro día quedamos en que usted seguiría pensando nuevas soluciones, en que recurriría a su padre, tal vez... ¿Me quiere decir si le escribió y lo que haya resuelto en el asunto?

Aumentó la turbación de Libia esta Indirecta acusación de trapacera, pues harto ella sabía, aun al prometerlo, que fuese inútil pedirle al pobre padre auxilio alguno. Tembló, y, víctima vencida, estuvo por echarse a llorar a los pies de la francesa.

Sin embargo, se aferraba desesperadamente a sus ansias de defensa, y hubo de confesar:

-No, no le he escrito. No podría ayudarme en nada, porque sólo cuenta con su sueldo. Prefiero hablarle a mi marido... o mejor, sacrificarme sola y yo misma en lo posible. Durante los pasados días he ido llevando a los joyeros mis alhajas, estos anillos, estos pendientes, las pulseras..., otras cosas más, y su venta rendiría alguna cantidad que aun subiría no poco si vendiese también mis trajes, mis abrigos..., algún adorno del salón y algún mueble fácil de ser quitado, sin notarse, de la casa... De este modo, y contando, claro es, con la bondad de usted para...

La interrumpe Mme. Georgette:

-¿Cuánto, hija mía, sacaría usted por las alhajas?

-Quizá... seis mil pesetas.

-¿Por todas?

-Por todas, aunque costaron el doble. Muchas no son finas. Seis mil pesetas..., y añadiendo el valor de mis vestidos... de todos mis vestidos...

-¿De todos? ¿También de todos sus vestidos?... ¡que serían pagados lo mismo que guiñapos, bastante peor que las alhajas!... Bah, doña Libia, una mezquindad que nada resolviera, y un conflicto para usted, si es que piensa en ocultárselo a su casa y a las gentes. ¿Cómo, a su marido? ¿Cómo tampoco usted, famosa en Madrid entero, de elegancia, salir ni a la puerta de la calle sin sus sedas, sin sus lujos?

¡Qué importa, no saldría! ¡Sería ello mi expiación! ¡Sería mi esclavitud!

Hizo un desdeñoso gesto la modista:

-Perdón, señora...; sé, por suerte o por desgracia, lo que una bella mujer como usted débese a sí misma y a los respetos de su posición social, ya consagrada; me permito, pues, desechar en nombre de las dos ese proyecto. ¿Quiere explicar el otro a que aludió?

Suspiró, medio sollozó Libia tres o cuatro veces, y prosiguió inútilmente heroica su tortura:

-El otro..., el otro, sería confesarle todo a mi marido, hacerme perdonar, y que entre ambos acordásemos y le firmásemos a usted un compromiso de entrega anual de una parte de su sueldo.

-¿A cuánto asciende?

La ocasión de sinceridad era solemne, y Libia, un poco avergonzada, se atuvo a la verdad:

-A diez mil pesetas..., a doce mil algunos años.

-Y ¿no me ha dicho usted otras veces, querida doña Libia, que tienen intervenida esa renta?

-Sí, madame.

-¿En mucho?

-En... en, próximamente, la mitad.

-¡Oh!... ¡Cuatro o cinco mil pesetas -despreció madama levantándose-, y reducirlas en dos mil, aún, por ejemplo, ustedes que pagarán más sólo de casa, para salir ganando yo la ridícula esperanza de cobrar en veinte años!

Se alejó, diciéndolo, hacia un rincón del gabinete.

Libia se sintió sin fuerzas hasta para mirar adonde fuese con su enigmática afabilidad la irreducible.

El matemático rigor que érala desconocido, ahora manejado por esta experta mujer, le presentaba la sorpresa y la explicación de cómo, en realidad, únicamente a fuerza de trampas vivían y habían podido vivir una vida de relativos faustos ella y Eliseo.

Por lo demás, la amargura inmensa del egoísmo de madama partíala el corazón al ver que no la dejaría probarse, con tal de hallar un medio sin escándalos, en cualquiera de aquellos sacrificios. ¡Grandes, duros, como fuesen, lo sabría afrontar la abnegada madre que surgiera de la mujer loca, y que aquí sólo defendía a su hija del desamparo y del escarnio!

Mas... ¡no, no querían dejarla siquiera un hogar, una cama tibia en que la hija de su alma durmiera su inocencia!

Mme. Georgette estaba junto a una dorada consolita. Arreglaba un búcaro de rosas. Habíase levantado, no por despecho, sino porque desde un momento hacía, mientras hablaba, había ido advirtiendo cómo su búho blanco, Thermidor, la rara bestezuela a quien ella, que aborrecía los gatos y los perros, amaba y dejaba andar a su placer por el hotel..., saliendo de la alcoba, habíase puesto en el mueble y a picar las lindas flores...

Cogió al búho, le hizo salir mimosamente por una puertecilla de escape, y volvió hacia Libia con tres rosas.

-¡Tenga! -la ofreció-. De mi jardín.

Aceptándolas, llena de extrañeza, la joven no supo qué pensar del obsequio inesperado.

-Por si va hoy al teatro, para el centro del escote. Vuelven a llevarse. La duquesa de Arladé ama estas rosas con locura.

Se había sentado otra vez madame Georgette.

Libia contemplaba su aire caricioso, maternal, absolutamente incomprensible, y todavía menos lograba comprender que creyérala con ganas de teatro en el horror de la desdicha.

Pero la lóbrega reflexión de su desdicha parecía haberse alejado, al menos, del pensamiento y del corazón de la francesa; la cual, tendiéndola una mano sobre el hombro, en protectora, en verdadera hermana o madre de purísimos consuelos, la habló así:

-¡Oh, mi querida doña Libia!... Sabía de más que con su infantil aturdimiento no podría encontrarle ninguna salvación al apuro en que nos vemos, en que nos vemos las dos, usted por el lógico temor a su marido y al desastre, y yo por las inaplazables urgencias de mis créditos en Londres y en París..., y...; ¡oh! ¡ah, sí, mi querida doña Libia!, por ambas, por las dos, yo he querido tomarme la pena de pensar en el remedio. ¡Lo hay! ¡Completo! ¡Salvador!... ¡y es, al mismo tiempo (en cierto modo), muy sencillo!

Dejó que la afrontase la infeliz todos los de antemano agradecidos candores de su asombro; la sonrió, tornó suave a acariciarla, e interrogó más dulcemente:

-Doña Libia, ¿está usted convencida de que los medios en que ha encerrado un poco ingenuamente su obsesión y su esperanza a nada práctico conducen?

-¡Sí, sí, madame! ¡Convencida!

-¿Enteramente convencida?

-Enteramente.

Se apartó ahora, recostándose atrás en su butaca, para abandonarla más a la impresión del cuadro que iba a presentarla ante los ojos:

-Fíjese bien: el problema es de contrastes: por un lado, en mi justa necesidad de no perder casi 37.000 pesetas, que así y todo perdería, la intervención judicial para ustedes, la desesperación de su marido, el embargo, la subasta..., el escándalo y la ruina..., la burla y el oprobio de las gentes hacia quienes tanto envidiaron, y que no pudieran levantarse, acaso, más..., y en medio de todo ello una pobrecita niña sin casa ni abrigo, salvo el de la ajena caridad o el de cualquier guardilla miserable... Por otro lado, el bienestar, la pública consideración, la vida en triunfo, sin zozobras; su hija con un espléndido porvenir de placidez, seguro; su marido de usted, el brillante autor, siguiendo entre aplausos su carrera, y usted con mi entera confianza y mis agrados para seguir considerándola, aún más que antes, mi cliente preferida.

-¡Oh, madame! -pudo la angustia de Libia proferir, únicamente.

-Creo que no deba dudarse en la elección -deslizó madame Georgette tras una pausa calculada; y prosiguió, arrastrando sus palabras sobre un asomo de reproche: -Pues bien, esto, para una mujer de quien sería entera la culpa de la perdición de su familia; para una mujer, por lo tanto, obligada a remediarla con no importa qué audaz resolución, si es eficaz; para una mujer, en fin, tan bella, tan celebrada, tan codiciada por todos los hombres de Madrid, como lo es usted..., resulta muy sencillo.

-¡Ooooh! -rugió Libia en súbita protesta ronca de su instinto, mal entendiendo aún aquella inicua cosa que la irguió crispadamente.

Y la modista, impávida, aprovechó la impresión causada para otorgársela, para decirla de una vez:

-¡Sí, eso!... A usted le es fácil elegir un rico amante entre los mil que la cortejan. ¡Él, sólo él, la salvaría y nos salvaría!

Fue un latigazo, un yerto y crudo latigazo, como dado con una serpiente de perfidia, en la faz, en la conciencia, en la virtud de todo el ser de la honesta, de la inmensamente honrada... que habíase levantado en un galvánico ímpetu de asqueada indignación.

-¡Oh, señora!

Apretábansele los puños, temblábale la boca, y por no morirse de ira y de bochorno, o por no lanzarse a escupir en pleno rostro a la repugnante celestina, las últimas fuerzas convulsas de sus pies y de su alma lanzáronla a la puerta.

Pero madame Georgette se había levantado también, y la acompañó:

-¡Cálmese, hija mía! -la dijo antes de salir del gabinete-. ¡Usted lo pensará, y habrá de ver que... sólo así puede salvarse!

El dolor de la impunidad con que en su casa esta mujer infame la injuriaba, y la vergüenza, en otra convulsión arrojaron a Libia a llorar en un rincón, recogida entre sus brazos.

-¡Bien, sí, espere! ¡Eso es discreto! ¡No deben verla así -dijo, abriendo y partiendo la modista-. ¡Y no olvide, hija mía, para resolverse, que... cuenta con el misterio de este mismo saloncito y con mi ayuda! ¿Qué más puedo hacer?

Tiró de la puerta. Cerró. Se fue a seguir atendiendo a sus clientes.

Y tras ella, un momento después, veloz, horrorizada salió Libia asimismo y buscó directa la calle, con menos temor a las gentes que al antro donde se sofocaba prisionera...


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Capítulo V
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Los abismos- Primera parte Felipe Trigo


Dulce la tarde. Hermosísimo el Retiro. Temblaban los líquidos fanales y abanicos de las fuentes, y cantaban los mirlos en las frondas, asaetadas de sol; las violetas y las rosas prestábanles sus triunfos de perfumes al triunfo de la vida. Por todas partes, en explosiones de luz o de chillidos, estallaba la diáfana alegría de los niños, de las flores y los pájaros.

El gozoso tumulto era más grande en la sombrosa avenida que va desde el estanque al recinto de la Exposición. Abierta ésta hacía tres días, y notable por los buenos cuadros y esculturas presentados, entre el mundo de los artistas y los curiosos filaban los carruajes del mundo de la elegancia y la riqueza.

En un espléndido automóvil llegaron y cruzaron la cancela de la entrada dos mujeres.

-¡Libia!

-¡Libia Herráiz!

-¡Ernestina Astor!

Sus nombres saltaban en la encantada admiración de hombres y mujeres por las mesas del buffet y al paso del jardín.

La admiración se acrecentó cuando el magnífico automóvil negro, coquetamente adornado en las tapicerías de los delanteros vidrios con un bucarillo de flores, se detuvo ante el palacio.

Se agolparon las gentes para ver bajar a las damas, y dejaron las calle los que ya subían la escalinata de mármol.

-¡Libia!, ¡Libia Herráiz!

-¡Libia y Ernestina!

Escuchaban ellas mismas entre el rumor sordo levantado a su presencia como en un efluvio embriagador.

Ernestina, con zapato blanco, sobre fondos blancos, vestía una túnica de tules y rasos pajizos y salmón que ceñía maravillosa su brava belleza exótica.

Libia, luciendo también el primer modelo de verano, vestía suntuosa y atrevidamente de blanco, de oro, de brochados damascos grosella. Igual combinación de tonos llevaba en el sombrero enorme, cuya pluma caíala como un airón de regio fausto sobre el hombro.

Entraron.

Seguía en torno de las dos la expectación vivísima. Seguían brotando sus nombres en idolátrico murmullo. Las señoras, las aristocráticas señoras que las conocían mejor y que se volvían de los cuadros para asestarlas los impertinentes, jamás habían visto a Libia sobre todo tan gentil, tan lujosamente ataviada...; y Libia y Ernestina, que ya habían venido dos veces, el día de la apertura y otra tarde, a tratar de ver bien sus efigies en la obra del prodigioso pastelista, temieron, con razón, no lograr tampoco en ésta sus deseos.

-Oh, bah, Libia... ¡qué fastidio!

-Oh, bah, sí, Ernestina... ¡cuánta gente!

En vez de venir a ver nada en su favor, la concurrencia forzábalas a dejarse ver, y nada más; a ser vistas.

Las saludaban amigas y artistas y literatos compañeros de Astor y de Eliseo.

Formábaselas un corro a poco que querían ellas parar un instante la atención en una Venus, en un retrato, en un paisaje.

Por cuanto a los suyos, a sus retratos, expuestos con predilección honrosa en el salón segundo de la izquierda, siempre tenían delante la misma muchedumbre que ahora descubrieron al cruzar, al querer entrar y tener que desistir.

-Sí, mujer, habrá que volver temprano, una mañana.

-Sí, mujer, será mejor. ¡Qué idiotez!

¿Cómo, en efecto, ir a extasiarse ante sus imágenes de hechizo, cuando todo el mundo quedábase clavado insolentemente ante las propias y vivas hechiceras?

Continuaron, pues, su marcha victoriosa, al azar, sin más limitación que huir de aquella galería.

Las molestaba, llegaba a molestarlas la general curiosidad, ahora exacerbada por la exposición de sus retratos. Los periódicos los reproducían y hablaban de ellos largamente. En los salones y tertulias de buen tono, servíanles de actualidad al comentarlo.

-¡Qué fastidio! -tornó Ernestina a proferir.

Un hombre, un joven, un casi niño, a quien conocían las dos, Javier España, tras de haberlas saludado al entrar, seguíalas y las miraba tenazmente.

Sin embargo, el fastidio de Ernestina, y aun el de Libia, era un fastidio del revés -por colmo, por exageración de complacencia. Nadie como Libia sabía esto, después de haberse visto de un modo tan serio amenazada de perder su fama, su popularidad de reina incomparable. Un poco amarga, lo pensaba así, ahora; al mismo tiempo que entregábase al, por paradoja, molesto y delicioso placer de la veneración que despertaba.

Pero Javier, el joven, el casi niño, bien pronto advirtió Ernestina que era a Libia a quien miraba, lo cual la contrarió de celos íntimos..., porque, para desdeñarlos o no, quería disfrutar el monopolio de todos los antojos.

-¡Vienes muy guapa, mujer! -hubo de decirla, luego de observarla de soslayo.

-¿Sí?

-Guapísima.

-¡Y tú!

-¿Quién ha hecho ese traje, madame Georgette?

-¡Claro!

-¡Es un acierto!

Una sonrisa de Javier España, del imprudentísimo chiquillo, la había alarmado y hecho bajar los ojos.

Desde hacía dos meses, desde aquella bochornosísima entrevista con Mme. Georgette, Libia había cambiado mucho. Un tanto pálida, estaba más bella y más serena su faz -pasados ya los áridos y horribles trazos agudos del tormento. Su languidez habitual habíase, no obstante, acentuado como en una triste paz que bañaba su expresión en éteres de melancólica poesía.

Cruzáronse con una cocota rubia, acompañada por un señor, y como escandalosamente desnuda en la estrechez de sus ceñidas y leves sedas, que dejaban ver los calados de la media en gran parte del tobillo. Miró a Libia, y Libia la miró sin poder sentir el horror despreciativo que estas mujeres en otro tiempo la inspiraban... Una caridad y una resignación muy triste brillaron en sus ojos... ¡No era ya más que una compañera suya de infortunio!

¡Oh, el tiempo! ¡El tiempo! ¡Cómo lo mudaba todo, hasta las rebeldías de una virtud y un orgullo que ella había heredado, fieros, de sus padres!...

Creyó morir de indignación el día aquel, inolvidable, en que tan inesperadamente la modista le lanzó el soez agravio en pleno rostro. ¡Sí, morir!... tal lo creyó de todo corazón, con todas las fuerzas de su alma, tratada igual que una vil mujer capaz de convertirse en una prostituta estafadora, cuando hubo de levantarla lívida el ultraje..., cuando hubo de escapar del maldito hotel sofocadísima...; y sin embargo, al día siguiente, rota, más destrozada en el potro de rigor de lo implacable, tuvo que conceder que sí, que la inicua Mme. Georgette tenía razón; que no existiendo humanamente otro, a tal se reducía el único medio que al lado de la catástrofe le permitiría formar, siquiera, con un término de infame salvación, un dilema de crueldad.

Desde entonces, en los nuevos eternos días de lucha y de martirio, la horrenda obstinación de su bochorno redújose a elegir el posible amante entre sus amigos, entre sus conocidos de la calle, entre los rendidos por sus coqueterías intrascendentes en aquellos tés y aquellas fiestas de sus viejas relaciones de familia.

-¡Mira qué cuadro! -dijo, deteniéndose Ernestina.

Composición de realismo crudo. Atrajo inmediatamente el dolor y la comprensión de Libia. Una bella y humilde obrera, con los rasgos de todas las hambres y todos los escarnios, oía, entre dudas y espantos, la tentación de una vieja inmunda, que en una mano tenía un billete y con la otra conteníale la impaciencia bestia a un hombre que hacia el fondo velaba la roja lujuria de su faz entre cortinas.

Vertió lágrimas el corazón de la infeliz espectadora. Como ante las cocotas, ella había pasado muchas veces despectivamente ante estos dramas con que la infinitamente dolorosa compasión de los artistas quisiera mover el mundo a compasión. En vano. El mundo, y el mundo del bienestar, principalmente, habituado a la objetiva ostentación de todas las miserias como a un simple subrayado de contraste, concedíales un mohín de disgusto, sin pararse a penetrarlos en su trágico proceso...

He aquí, pues, lo que había ganado Libia en la forzosa indignidad: la tristeza reflexiva.

Pero volvía a mirarla Javier España, mal oculto entre las gentes, y ella temió que la apasionada imprudencia del chiquillo desvelara su secreto. Impúsole discreción con un gesto de energía.

Ernestina preguntó:

-Oye, ¿te hace el amor ese trasto?

-¿A mí?... ¡Oh, no! -repuso Libia, con la plena calma de hipocresía que iba aprendiendo-. ¡Te sigue a ti!

Rió la otra. Hallaba gracioso, a no dudar, que quisiéranla hasta los niños. Creyó a la honesta Libia, acaso, firmemente.

Y, sin embargo, la honesta Libia, en presencia del joven, del casi niño, encontrado hoy en público y por casualidad la primera vez, iba sufriendo entre el sedoso contacto de sus lujos la afrenta de debérselos. Riquísimo y mimado hijo de los condes de Albear, su garantía habíale bastado a Mme. Georgette para la suspensión de sus apremios y la más que nunca generosa concesión de sus favores. Recién llegado de los colegios de Bélgica y recién lanzado a la vida de Madrid, le pareció a Libia que reunía, mejor que los demás, las precisas condiciones. Tímido y discreto, dentro de una ávida curiosidad enorme por la vida. Conocíalo de una distinguida tertulia que ella frecuentaba y había frecuentado mucho con sus padres. Para mirarla a ella, desde muchos meses antes, escondía su infantil pasión por los rincones; y ella, coqueta, sí, pero con la mínima coquetería inocente de una honrada mujer a quien todos acosaban, mirábale también algunas veces, compasiva.

A sus ojos habíanle sobrado, pues, cuando les fue dolorosamente necesario, un poco de pérfida intención para lanzarle con el alma abrasada, voluntarioso y loco, a la merced de ella... La esperó una noche; la quiso hablar; escapó Libia fingiendo sin grande esfuerzo miedos y rubores; prosiguió en los encuentros delante de las gentes incendiando a miraditas la sangre del muchacho y al segundo asalto, de incoherentes ruegos allanóse a permitirle que dijésela sus cuitas en una carta dirigida a Mme. Georgette... Luego, y así puesto en propensa relación con la modista, todo breve..., todo horrible..., todo vergonzosísimo calvario para la vendida vil, infinitamente honrada de carne y corazón, que tuvo que afrontar en su carne aquel ultraje...

-¡Adiós, señoras!

Otro grupo de pintores saludábalas de lejos. Poco después, sombrero en mano, las detuvo Polo Robla, pasado o actual amante de Ernestina. Cambiados los cumplimientos, las acompañó; y él se dedicaba a conversar con Ernestina y a mirar juntos los cuadros.

Libia, así aislada, y protegida en sus penosas emociones por el velo del sombrero, tornó a pensar en aquel agravio de las ciegas y glotonas ansias de Javier por la boca y por los ojos de ella..., al cual, no obstante, y aunque siempre pasiva, siempre llena de angustiosa repulsión, ya se iba acostumbrando.

Por rareza inverosímil, cada entrevista de aquellas que la hollaban, que manchábanla más, que rebajábanla en vileza, aumentaba, con su pesar de mártir tranquilo y resignado, su íntima honradez y el cariño a su hija y a Eliseo. Seguía llorando mucho, a espaldas de ellos, con un llanto de alma por sí propia, que inútilmente la querría purificar, y desde su ignominia solía quedarse contemplándolos en una ahogadora impresión de heroico sacrificio.

Mas, ¡oh, contradicción, cuya clave se cerraba hermética a su espíritu inocente!... ¿Por qué, en cambio, siempre se la desvanecían tan pronto sus ensueños imposibles de una vida retraída y modesta, consagrada a la expiación de un puro amor entre los suyos, y volvía a encontrarse bien, y aun a tratar de disculparse, cerca de Ernestina, con sus faustos, deslumbrando a las gentes en un triunfo de vanidad, que a la vez la amargaba y la placía?

Rechazaba el problema, que no era capaz de resolver, y abandonábase a la espléndida iniquidad de su destino. Mujer de lujo, desde niña, el lujo habíala constituido el abismo de necesidad fatal en que al fin veíase hundida sin remedio..., para siempre, para siempre...

Seguían mirándola. Seguía ella bebiendo el veneno amargo y delicioso de aquella expectación. Al lado, el feliz descoco de Ernestina con su amante y con su larga historia de amantes quisiera también decirla, quizá, que con la misma felicidad tranquila ella tendríalos cuando hubiérala pasado el bochorno del primero, del Javier, a quien no se hubo entregado sino en venta...

Incapaz de discernir si los amantes no fuesen para la vida de la mujer lujosa un simple complemento de sus lujos, sintió la íntima y nueva pena de no acertar tampoco a descifrar si ella, con sus apariencias de virtud, había llegado a tener el suyo forzada por el conflicto de Mme. Georgette, como niña a quien se arrastra en el horror, o si ya su pasión por la elegancia y sus coqueterías de aspectos infantiles, inocentes, habríanla conducido a lo mismo, al fin, de un modo voluntario...

Volvió a divisar de largo a Javier España. Su vista la restituyó a la única mayor contrariedad de que estaba enteramente cierta: la de la necesidad, la de la urgencia del momento aquel de explotación, de doble engaño, más villano, no salvado aún, y ya por madame Georgette esperadísimo, en que ella, tan torpe, tuviese que jugarle al cándido muchacho la comedia cuyo éxito habría de ser el pago a la modista...


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Capítulo VI
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Los abismos- Primera parte Felipe Trigo


Sola, al fin... Libia, en naufragio de indecencias, en naufragio de esperanzas, en naufragio de todo, quedó de espaldas en el lecho, al aire los brazos abiertos y extendidos, en ostentación indiferente de impúdica los senos, que no eran sino dos malditas flores más de su carne mancillada.

Hoy no había sido el resto de pudor de desnudarse o vestirse ante Javier lo que la retuvo, como siempre, entre las ropas, que, sin embargo, solamente amparaban de ignominia su ignominia -y sí había oído ella decir que los que se sentían helarse entre los fríos polares se amparaban de la nieve debajo de la nieve.

Hoy, no; era la desolación lo que le había espoleado el ansia de quedarse allí sin acción, sobre su misma vergonzosa desventura, para siempre.

Ni el afán del baño la movía -de agua piadosa y clara que quitásela al menos las babas de traición antes de volver entre los suyos.

Naufragio de indecencias. Naufragio de esperanzas. Naufragio de todo.

Miraba alrededor, sin girar más que los ojos, y de un modo idiota contemplaba el orden de la estancia. Bellas cosas horribles. La lamparita blanca seguía alumbrando con su paz conventual. Los policromos y cuajados vidrios del balcón traslucían un claror mágico de luna. Las sedas claras caían con su ideal ligereza de encajes por las puertas, y el ritmo versallesco y gracioso de los muebles, de los pálidos dibujos de alfombras y tapices, de las orlas y guirnaldas del techo y las cornisas, no se habían turbado sobre la muda tempestad de un alma y de una vida desgarradas por todos los sucios agravios de lo ruin.

Le parecía imposible que las bellas cosas pudiéranle formar tan impávido escenario de placidez a lo espantoso; que no fuera quedando en los espejos, indeleble, la vileza.

Giró la vista un poco más. Vio clavados en los suyos los ojos amarillos de un raro bibelot. Un búho, de porcelana, grande, estaba, como una agorera aparición sobre el respaldo de una silla. Pero el búho, al cabo de unos instantes de fijeza con un movimiento seco, volvió a otro lado la cabeza y los ojos amarillos...

Bien, sí, lo recordó Libia. De carne y hueso. El pajarote silencioso que recorría el hotel como un símbolo siniestro. Sintió el impulso de arrojarlo. Desistió por su falta de Voluntad para moverse.

Testigo extraño de la infamia, sus ojos redondos, impasibles, habríanla recogido con no se supiera qué notificación macabra del infierno.

Tornó su corazón en vuelo de desesperación estéril a su niña-ángel de su alma, a su marido..., y a través de los bochornos infinitos, sintió más la incomprensión de su conducta, de su osada cobardía de obediencias para el crimen. El asco siempre. La invencible repugnancia. Ni había podido disculpárselo una vibración siquiera de sus nervios de mujer, sólo prontos a vibrar emociones infinitas en la espiritual pasión noble de Eliseo, ni había venido últimamente a disculpárselo este fracaso del horrendo sacrificio.

Todavía la tribulación yerta de su vida hízola mirar aquel estuche de pelús que estaba en la mesita, junto a ella.

Pago a la artera prostituta.

Sarcasmo de burla, al mismo tiempo, a la ladrona.

No podía haber más degradaciones que arrojar en su miseria.

Amargamente, fríamente, lanzó de sí las batistas y tules rasos de la cama, y dio al aire con su carne rosa de maldita sus sedas y batistas y encajes cocotoscos.

Iba a vestirse.

Pero un ruido de pasos la obligó otra voz a refugiarse entre las ropas.

¡Mme. Georgette!

La vio aparecer en el cortinón de las columnas, y oyóla demandar:

-¿Qué?

Por vez primera inferíala el nuevo agravio de sorprenderla en esta cama de la actuación de sus bajezas.

La impaciente avaricia la hacía imprudente.

Avanzó, ocupó una butaquilla, mirando ya con sonrisa de triunfo el estuche de pelús, e insistió en la pregunta inquisitiva

-¿Que?

Libia sentía desaparecer los desconsuelos de su bochorno enorme bajo la emoción de pánico que hoy volvía a infundirla esta mujer. De la deshonrada, de la envilecida, de la tan horrorizada de sí propia, únicamente quedaba la indefensa niña llena de terror, por su fracaso torpe ante la infame que a él la había forzado.

Temblaba, temblaba Libia. El monstruo de pérfida amabilidad cuyo rigor disponía de su destino, por acomodarse bien en la estrechez de la butaca había tendido un brazo a la contigua, en donde yacía el montón de las ropas lujosas de la impura mártir...; las medias, las figas, el corsé..., el nuevo y elegante traje más de los que iban constituyéndole las primeras recompensas... Y la mártir llegó incluso a temer que aquel brazo que pesaba en sus ropas de vendida para el robo y para el mal se las negara hoy a la torpísima ratera.

Sino que Mme. Georgette, en vista de que la sorprendida en desnudez no atrevíase a contestarla, alzó el brazo y lo tendió al estuche.

Lo recogió. Lo abrió.

Su codicia sonriente se cuajó en extático estupor. Un anillo, con mucha fanfarronería de granates y de ópalos y con bien poca substanciosa realidad de diamantitos.

Rabiando, valdría cuarenta duros.

-¡Oooh! -hizo, torciendo la cabeza y dejando caer a la falda la mano del estuche.

El regalo nupcial, el primer obsequio para su amante, de Javier España, del hijo de unos condes millonarios. Anunciado por él desde quince días atrás, Libia, obedeciendo a costa de quién supiese qué violencias y rubores los consejos de madama, le había inducido con la ficción de sus rechazos mismos a mayor esplendidez.

-¡Ooooh! -tornó a gemir la defraudada.

Considerando la sortija, recordaba otras dos alarmantísimas pruebas a que asimismo por inducciones de ella hubo de resignarse Libia a someterle, de la mezquindad o de la falta de recursos del muchacho. Una, y luego que la amante le hubo de llamar de reiterado modo la atención acerca «de la generosa hospitalidad de esta casa insubstituible, puesto que no pudieran verse sino aquí»..., las cien pesetas con que él juzgó bien ganada a la dueña en su servicio; otra, y después que fingiéndose Libia presidenta de un asilo imaginario, le interesó en el socorro de los pobres y le habló de obras importantes que había que realizar, los doce duros que dio como limosna.

Y esto era todo; esto, que ya daba la medida de lo que de él debía esperarse.

Imposible llegar a más con nuevas mañas sin clarearle el plan de explotación.

La decepción de la francesa se concretó al fin en reproche reticente;

-¡Oh, doña Libia, por Dios!... ¡Pero ese chico!

-Creo, madame -contestaron esta vez el miedo y la humildad de la infeliz-, que nos hemos engañado.

-¿Cómo?

-¡No tiene dinero!

-¡Oh! ¿Que... no tiene dinero?..., ¿Porqué lo sabe, doña Libia?

-Porque sí, porque he podido acabar de inferirlo de lo que me ha contado de sus cosas, de su vida. ¡Mi sacrificio ha sido bien horrible y bien estéril!

Hubo un silencio.

Sobre las dos mujeres flotó negra la angustia. Libia, sin mirarla, adivinábale a madama la torva faz y la amenaza.

Y la oyó exclamar:

-¡Oh, me lo temí! ¡Demasiado joven! ¡Demasiado niño!... Nada quise advertirla, puesto que, al confidenciarmelo, ya se había comprometido; pero no encontré discreta su elección.

En otra pausa de silencio aumentó el terror de Libia hasta derramársele en los huesos como un frío de agujas helado por su sangre. La impresión de la derrota de todos sus decoros, de todas sus decencias, de toda su secreta ruina moral, desvanecíasele en la fatídica imagen del castigo, del escándalo, de la ruina material de ella y de su casa y de los suyos a que otra vez se obstinaría en llevarla la despótica mujer sin corazón.

Inmensamente la extrañó, por lo mismo, el tornar a oírla con acento cariñoso:

-Veamos, doña Libia..., tengamos calma. Después de todo, que un hombre no lleve encima siempre sumas de importancia, o que no disponga de ellas en ciertas ocasiones, no puede significar que carezca de recursos. Usted es, quizá, de sobra impresionable. Yo, más experimentada, juzgaré mejor la situación. ¿Quiere usted decirme detalladamente lo que han hablado, lo que hoy la ha dicho don Javier, y de lo cual usted haya deducido su juicio pesimista?... Cuénteme, cuénteme cosa a cosa; no olvide que la estimo, que la quiero a usted como a una madre y que mi interés está en salvarla.

Quien había ejercitado tantos derechos de horror sobre su pobre prisionera, bien podía tener el de dudar de su «discreción» y el de investigar minuciosamente la mayor o menor habilidad de su conducta. Recogida en humildad, y aun sabiendo de antemano infructuosa semejante revisión, se puso Libia a complacerla.

Javier, al llegar, había llorado de ternura, de pasión. En efecto; ella, que, a más de elegirle por rico, le prefirió por joven y fácilmente apasionable, había ido inspirándole un cariño tan grande que daba miedo, porque casi rayaba lo insensato. A las quejas de la tímida asustada acerca de la manía del imprudente por buscarla en todas partes, él confesó que sí, que no era capaz de remediarlo; que la seguía celoso y aun conteníase difícilmente en no ponerse a dar de bastonazos a cuantos asediábanla a piropos por las calles. Esta locura de amor o de infantil capricho impulsábale al pleno afán de entregarla las sinceridades todas de su alma. Así, convulso de ternura, había querido confesarla hoy que tuvo, que quiso en efecto a otras mujeres...; pero «todas mujeres pagadas, de placer, y jamás una tan idealmente preciosa». Temía perderla, y, entre sus pueriles llantos y delirios, declaró que había pensado, si aceptase Libia, incluso huir con ella a París, al extranjero..., para emprender una vida de ilusión en el amor eterno de ellos mismos.

Imposible una mayor y más ciega esclavitud sentimental. Entonces, Libia trató sagaz de aprovechar el momento de lirismo para penetrar en lo que del joven la importaba descubrir. Aparentando ceder un poco a su designio, indagó de qué modo vivirían. Javier díjola que dispondría de una suma suficiente para el viaje y para pasarlo con modestia hasta que le escribiese a sus padres demandándoles perdón. Luego, o éstos querrían socorrerlos con una suma suficiente cada mes, o él, que hablaba el inglés y el alemán, como profesor de idiomas, ganaríala...

-¡Oooh! -volvió a gemir la desilusión de la francesa.

Efectivamente, la escena aquella, decisiva, era la más a propósito para el atolondrado joven, en caso de disponer de medios pecuniarios, hubiera contado con ellos en su audacia.

Pero todavía habían llegado a más, a algo más concreto las no tan torpes investigaciones de la amante. Inventando que habíase hablado mucho en Madrid de cierta aventura de Javier con una bailarina, a la cual habríala puesto casa y automóvil, se le mostró celosa, a su vez con celos retrospectivos; y el cándido Javier, por la fábula halagado donjuanescamente, pero ansioso de probarle a la adorada que todo era mentira, con sinceridad ingenua cayó en la trampa de la confesión a que Libia le empujaba: no sólo no había querido jamás a otra mujer alguna hasta el extremo de desear tratarla así, sino que tampoco había podido: «¡Créeme Libia, Libia mía -fueron sus palabras-; eso de instalar a una querida con casa y automóvil debe de ser cuestión, lo menos, de dos o tres mil pesetas mensuales...; y ¿de dónde las iba yo a sacar, si mi padre no me da más que trescientas?»

Vibró madame Georgette en la butaca y, al fin, se levantó, despreciativa, dejando rodar el estuche por la alfombra.

¿A qué apurar más la decepción, la realidad de aquel error, de aquel engaño acerca del chiquillo?

Vagó unos pasos por la alcoba.

-¡Trescientas! ¡Trescientas pesetas! -dijo después. Y se comentó como a sí propia, saliendo al gabinete: -¡Oh, bah..., dos duros diarios; lo mismo que un cochero!

A través del amplio estor, clareado con la luz de la otra estancia, Libia, aterradísima, la vio ir a desplomarse en el sofá.

Su carcelera la cortaba el paso, sin duda para reflexionar, para no dejarla salir sin volver a noticiarla su nueva decisión de los embargos y la ruina...

No se movía; apenas sí respiraba siquiera la víctima infeliz -todos sus pueriles miedos puestos en la esperanza de ser olvidada por el monstruo-.

¿Qué nueva iniquidad pudiese estar pensando?

La angustia de Libia habría gritado en desesperadísimo clamor de algún socorro que no pudiera darle nadie de la tierra contra la infame de quien sentíase prisionera en cuerpo y alma.

Se acordó de Dios. Rezó fervorosamente.

Sólo que la quietud ahogadora de congoja hacíase interminable, y determinó levantarse.

Púsose sus ropas aprisa, procurando no causar ruido, y salió también al gabinete.

La modista la detuvo con un gesto de su brazo.

-Siéntese, Libia -la dijo, prescindiendo de respetos, en plena camaradería de iniquidad- Óigame. He pensado en el último recurso.

Y sin miramientos, sin eufemismos, tan pronto vio junto a sí a la alucinada, conminó:

-Si ese niño de la desdichada elección de usted, en condiciones normales no dispone de dinero, no cabe dudar que lo tendrá, que lo buscará y hallará, puesto que sus padres son ricos, a nada que se le acose. Está locamente apasionado; y eso, al menos, basta para que no consienta en perder y causarle daño a la que adora. El sistema es éste, y el único que nos saque de apuros de un golpe: pedírselo con un anónimo, a cuenta de unas cartas de ustedes que hubiéranse perdido, que hubiérase encontrado Dios que sepa quién, y que, en caso de que él no las rescatase, habrían de servir para descubrirle a don Eliseo las relaciones...

-¡A mi marido!

-El anónimo lo escribiría yo misma -terminó madame, sin aprecio a la candorosa ofuscación-; el dinero podría recogerlo, en la Lista de Correos, un criado de mi confianza, y que, además, no tendría que saber lo que cogía. ¡El asunto, como usted ve, dejado en el juego y secreto impenetrable de nosotras dos, no puede ser de más completa impunidad!

Ahora, sí, Libia, pálida, blanca como una muerta, comprendía; y medio levantándose rechazó con toda la aversión de los últimos decoros de su alma:

-¡Oh! ¡Un chantage! ¡Por Dios!

-Ese es el nombre, en mi país; pero el nombre, en mi país y en el suyo, señora ne fait pas la chose...; y vea que, con ese nombre o con otro en el fondo, es absolutamente igual lo que intentamos... El éxito, por nuestra suerte, será lo único que diferenciará la innovación...; el éxito, que hasta habrá de permitir a usted dejar a ese muchacho, si de tal manera le aborrece y la violenta.

Nada Libia respondía...; lloraba, sollozaba.

Mme. Georgette púsose a calmarla y a explicarla los detalles de su plan, afablemente.

Y la infortunada víctima, fría de horror, muerta en aquel total naufragio de indecencias, en aquel tremendo naufragio del espanto, pensaba que la monstruosa mujer de impávidas sonrisas que había ido recibiendo las cartas de ella y de Javier, guardándolas quizá, había con ellas adquirido el fatídico poder de un arma más para forzarla hasta el final de todos los delitos, de toda la ignominia...

A ella, ladrona, traidora, prostituta fracasada en venta..., ¿restábala algún derecho para protestar de cualquier forma de la estafa?


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Capítulo VII
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Los abismos- Primera parte Felipe Trigo


Un joven, azoradísimo, dejando en la verja su automóvil, cruzaba a las once de la noche el jardín de la Jefatura Superior de Policía.

Le preguntó a un ordenanza por el jefe.

-¿Qué deseaba usted?

-Verle.

-¿Para qué?

-Para un asunto urgente.

-¿Alguna denuncia?

-Sí.

-Vea entonces al señor comisario de guardia.

-¡Tengo que ver al jefe!

-No es posible. Está ocupado.

-Anúncieme, no obstante. ¡Debo hablarle! ¡A él!

El rasgo de energía y la consideración al automóvil que seguía vibrando en la verja, quebrantaron la impasibilidad del ordenanza.

-Bien; lo intentaré. Lo creo difícil.

Partió.

El joven, Javier España, no se explicaba cómo el polizonte aquel no subía las escaleras con el mismo apremio de su pecho.

Hallábase en un corredor de paso a distintas oficinas. Sonaban timbres sin cesar y pasaban con los guardias mujeres y hombres contristados que irían en demanda de favor, igual que él, o a dar cuenta de sus crímenes, tal que el del granuja a quien él haría buscar y acaso encarcelar en esta misma noche. La vaga esperanza que le invadió, tras un día entero de infierno, al ocurrírsele encomendar su conflicto a quienes tenían la social defensa por sagrada obligación, acrecíasele ahora recordando la perfección minuciosa de estos centros en donde cada malhechor dejaba, con su ficha antropométrica, el retrato y el carácter de escritura; si el autor del anónimo fuese un anónimo contumaz, la letra del anónimo pudiese descubrirle.

Bajó el portero:

-El señor jefe tiene rigurosamente prohibido que se perturbe a estas horas su trabajo.

Indignado Javier y herido en su dolor y en los orgullos de su estirpe, sacó una tarjeta, inclinóse a un viejo tintero que descubrió en una mesita de servicio, y escribió, bajo el nombre suyo, el título del padre.

-Dígale que quien desea verle es el conde de Albear.

Mágico el prestigio.

El guardia se alejó esta vez con una reverencia. Sin duda no solían venir condes a esta casa.

Reapareció pronto y le condujo a un salón del principal y delante de un señor alto, vestido severamente de levita, grueso, respetable, que medio levantado de su sillón del escritorio y extrañado de la juventud del visitante, demandó con extrañeza:

-¿El señor conde de Albear?

-¡Su hijo!..., que desea participarle algo urgentísimo y muy grave.

-Ah, bien. Siéntese, tenga la bondad.

Se sentaron.

En la penosa espera Javier había aprendido la necesidad de ser breve y expedito. Sin embargo, le imponían la corpulencia del correcto personaje policíaco y la dura y clara tranquilidad de su mirar.

-Señor jefe, ante todo, he de advertirle que, más que al funcionario, y como caballero también, vengo a confiarme al caballero.

-Hable, joven. Por la condición de mi cargo, el caballero y el funcionario son la misma cosa.

-Gracias. En lo que le tengo que manifestar juégase el honor de una dignísima familia. Si usted me lo permite, callaré cuantas circunstancias a ella se refieren. Se trata de un chantage, con motivo de unas cartas que podrían comprometer a cierta dama conocidísima en Madrid, y se me pide en rescate de las cartas una suma que no tengo. He aquí el anónimo que me envían... y discúlpeme si yo he borrado en él el nombre de la dama.

Lo entregó. El jefe de Policía púsose a leerlo.

Decía así:

«La casualidad ha traído a mi poder cartas de usted a doña..., que, entregadas al marido de ella, les comprometerían enormemente. O en todo el día de mañana envía usted a la Lista de Correos, décimo de la Lotería Nacional núm. 12.506, la cantidad de 50.000 pesetas, o las cartas irán a manos del marido.»

Acabada la lectura, volvió el jefe a leer y a meditar línea por línea.

La impresión suya, fuese la que fuese, no se delataba ni en la más leve inmutación de su semblante. El joven, ante aquella frialdad fiscal, inconmovible, temió haber cometido la imprudencia de delatarle en forma, y nada menos que al más alto magistrado policíaco, un delito de adulterio cuyos trámites de culpa hubiesen inmediatamente de empezar para él y para Libia...

Aumentó su palidez, su casi terror, al escucharle:

-¿De qué índole son las cartas?

-¿Qué cartas?

-Las cartas perdidas. Las de usted a esta señora. ¿De amor?

-Sí.

-Es la amante de usted, por consecuencia.

-Sí.

-¿Y puede sospechar algo acerca de quién sea el autor del anónimo?

-¿No, señor jefe?

-¿Nada? ¿Absolutamente nada?

-Absolutamente nada.

-Cualquier criada..., cualquiera confidente...

-Imposible. Es de entera confianza la única persona, la única que media entre nosotros. Perdidas esas cartas, ha debido de encontrarlas algún desalmado por la calle.

Meditó el jefe, con la frente sobre el puño, y luego dijo:

-Bien. La cosa, en lo que cabe, es muy sencilla. Aparte de que no pueda usted entregar este dinero, sería inútil: no le devolverían las cartas y le pedirían más, siempre más..., subsistiendo, eternos, el peligro y el saqueo.

Doblándose al bufete, escribió notas tomadas del anónimo.

-Esta misma noche -aconsejó después, devolviéndole el papel- ponga un sobre con la dirección que le indican, introduzca en él recortes de periódicos que hagan la apariencia de billetes, y échelo al correo. Mañana, yo haré vigilar las oficinas de la Lista por dos agentes, que prenderán a quien vaya a recogerlo.

En seguida, levantándose, codicioso de su tiempo, tocó un timbre con la mano izquierda a la vez que le alargaba la otra en despedida.

-¡Gracias! ¡Gracias, señor jefe! Le ruego todo su interés en el asunto.

-Descuide. Mañana, hacia el anochecer, vuelva usted para saber el resultado.

Salió Javier.

El automóvil le condujo al primer café encontrado al paso. Pidió coñac. Pidió recado de escribir. Apercibiendo el sobre que había de servir de cebo al canalla estafador, sonreía y seguíale la sorpresa de aquellas dos cosas admirables: la impavidez con que los hombres de justicia procedían ante lo horrendo, y la facilidad con que resolvían y remediaban conflictos espantosos, como éste que le había sumido en un ciego tormento todo el día.

-¡Oh, sí! La cuestión -según el jefe de Policía manifestó- no podía ser más simple, más elemental: dos agentes destacados al Correo, y el granuja bonitamente encarcelado.

Renacía. Se había quitado de encima un peso enorme.

¡Su Libia! ¡Su Libia recobrada!

Tomó un pliego y escribió:

«Queridísima Libia mía de vida y de mi alma...»

Detúvose a encender un cigarro y a beber un sorbo de la copa.

Luego, veloz, deplorando no poder verla y decirla a besos su alegría, resignado a enviarla esta carta por Georgette, como siempre, pasó a informarla de todo lo acaecido: del riesgo en que encontráronse los dos con el anónimo; del calvario que él sufrió tratando inútilmente de saber, loco y muerto, dónde hallase la suma que pedían (¡oh, sí, sí! ¡pensó, y a ser posible lo hubiese realizado, en el robo de su casa, de sus padres!); de la idea de salvación, por fin, que se le ocurrió a última hora y que acababa de poner en práctica con tanta discreción como esperanzas de buen éxito.


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Y al día siguiente, no al anochecer, sino a mitad de la mañana, volvió a ser sorprendido con la tarjeta del joven el jefe de Policía.

Esto le contrarió. De más lleno de ocupaciones, no era caso de poner su tiempo a la merced de las impaciencias de un chiquillo. Ocurriríale alguna tontería, alguna nimiedad. La experiencia le había instruido acerca de la cándida obsesión de todo el que se ve en un riesgo para acaparar para él solo la acción de la justicia e ilustrarla con inútiles advertencias y consejos.

Tuvo el impulso de negársele; pero... tratábase de un hijo del conde de Albear, su amigo, hombre prestigioso y poderoso, y redújole al mínimo rigor de la espera, en tanto terminaba el examen de otro asunto.

¡Ah, el cargo de jefe superior!... Como el de alcalde, como el de gobernador, como el de ministro, como el de todos los preeminentes puestos públicos, exigía una resistencia física y moral a prueba de fatigas. Así, él en las últimas veinticuatro horas, y aparte sus tareas habituales, asistió a una motín de cigarreras, al entierro de un general, a una manifestación republicana amenazada de disturbios, a la partida de la Real familia hacia San Sebastián, y últimamente, durante casi la noche entera, al fuego de una fábrica.

Durmió cuatro horas, y estaba aquí desde las siete, comunicando órdenes telegráficas y telefónicas, y estudiando el vasto complot anarquista que amenazaba la vida de cien egregios personajes.

Esclavo de sus deberes, y enamorado de su oficio, por suerte seguía hojeando notas y legajos con igual fruición que sigue por un bosque un cazador la pista de la caza.

Completas, al fin, dos carpetas con dactilogramas y fotografías, y redactados los partes para Londres y París, pasó de la biblioteca al despacho e hizo entrar al joven.

Éste apareció lívido.

-¿Qué, señor jefe -inquirió inmediatamente, prescindiendo de saludos-, se sabe algo?

¡Cómo! ¡Por Dios!... ¡A estas horas! -sonrió el que ya se presuponía cualquier sandez, e invitándole a sentarse.

Javier, obedeciéndole, sacó una carta y expresó:

-¡Pues yo, sí! ¡Vea lo que me escriben nuevamente!

La carta, también anónima, de letra igual que la del día anterior, pasó de mano a mano.

«Tú y el señor jefe superior de Policía sois dos imbéciles. El marido de tu amante lo sabrá todo si no entregas las 50.000 pesetas.

Para ello, entre las diez y diez y cuarto de esta noche, y yendo solo, te acercarás y las depositarás en el último banco de la izquierda de la Castellana, el más próximo al Hipódromo.

Nada temas por ti, mas no vuelvas a mezclar en el negocio a gente extraña, y sabe que éste habrá de ser el último aviso que recibes.»

El jefe de Policía frunció el ceño y se quedó fijo en Javier.

-¿A quién le ha contado usted nuestra entrevista? -A nadie, señor jefe.

-¡Imposible!

-¡A nadie! -insistió el joven; y rectificó:- Es decir, solamente a una persona tan interesada en el secreto como yo.

-¿A quién?

-A... a la dama.

-¿A su amante?

-Sí, señor.

Hubo una pausa.

Hizo el jefe de Policía trepidar los muelles del sofá al levantarse con reflexiva lentitud.

El asunto cobraba visos de sutileza y de misterio. Le llamaban imbécil además. Un reto en el insulto. Empezaba a interesarle.

Fue al hueco de un balcón, se afirmó los lentes, y medio oculto en las cortinas rojas, se dedicó a releer y meditar el escrito aquel con toda calma...

Pasó un rato.

Miraba alternativamente el anónimo y el cielo del jardín.

Como no hablaba, Javier, quieto en su sitio, no atrevíase a interrumpirle; contemplaba y nada más, a aquel señor pausado y formidable y el austero adorno del despacho.

Vio que mudo siempre, siempre grave, el prócer policíaco cruzó, sin mirarle siquiera, por delante de él, y desapareció por la mampara del fondo.

Su consternación aumentaba. El mismo desfallecimiento de él ganaba indudablemente al jefe supremo de este centro, en donde nada podía hacerse contra una banda perfectamente organizada de ladrones.

Miró de nuevo los muebles, las cosas.

Un retrato del Rey lucíase bajo rico dosel en el testero.

Sobre la mesa, y en cuatro armarios, había legajos de papeles que le parecían ahora el colmo de la baldía tenacidad oficinesca. Gana de escribir. Cada uno encerraría el expediente de un delito fracasado en su previsión y su castigo -tal que el que sobre Libia y él pesaba por las sombras.

Sentía angustia y habría querido verse al aire libre cuanto antes sin la menor ilusión ya de evitar lo inevitable.

Además vino sabiendo que su marcha por las calles sería espiada paso a paso. Tal presentimiento le aterraba como una inerme y sorda entrega en una lucha con fantasmas. En su automóvil, hoy, y con una browning en el bolsillo, cruzó Madrid mirando las personas y los coches, y sin poder adivinar cuál de ellos le seguía. ¿De qué servirle la pistola contra unos enemigos invisibles?

¡Ah, la vasta asociación de estafadores, de bandidos... mejor organizados, a no dudar, que la madrileña Policía, con su lujo de jefe aparatoso y su ejército de hombres!

Y de que le siguieron, de que le espiaron aquellos tétricos espectros del pillaje; de que no le perdían de vista un punto a partir de la hora en que enviáronle el primer anónimo, era el segundo para Javier prueba inconcusa. Si ayer no hubiesen venido tras de su coche, y en otro coche o en una nube del infierno, hoy no habrían podido aparecer tan exactamente informados del convenio para hacerlos aprehender...

«¡Tú y el señor jefe superior de Policía sois dos imbéciles!...»

Era la verdad. Dos imbéciles.

Pero el insulto le hería con una cruel impiedad enorme en su gran tribulación.

Se abrió la mampara y reapareció el jefe superior de Policía, que vino a sentarse junto a él.

-Amigo mío, es preciso que entremos en detalles. ¿Quiere usted referirme la historia de su relación con esa dama?

-¡Ah, señor jefe!

-Es indispensable, absolutamente indispensable, si hemos de intentar su salvación; y por cuanto a lo que pudiese haber en ello de indiscreto, de imprudente, acuérdese de que usted me requirió como caballero, ante todo. Hablemos, pues, de caballero a caballero.

El joven tuvo que rendirse. Púsose a contar la intimidad de su pasión, evitando nombres solamente, y con la guía y el acicate de la habilidad del magistrado fue informándole de muchas cosas raras de interés.

Llevaban un mes de relaciones; veíanse en el hotel de una célebre modista, mimada por el buen tono de Madrid, e indicada para ello, así como para recibirles la correspondencia, no por Javier, que no la conocía, sino por la dama. Supo el magistrado que ésta, bellísima y de una elegancia insuperable que admiraba todo el mundo, no era, sin embargo, una aristócrata, ni siquiera una rica burguesa, y sí la mujer de un escritor cuyos no grandes ingresos pregonaba con harta claridad y con sobrada incongruencia en relación a los faustos de la esposa, el modesto piso en que vivían. Y supo, en fin, que, como todas, también la carta en que Javier le notició la conferencia de anoche a la amante, a la extraña amante, que entregábase a un chiquillo con su lujo y hermosura prodigiosos, había sido remitida a la modista, a la singularísima modista que prestábale el misterio de su hotel espléndido a una pobre mujer que no podría pagarla ni haberla sobornado con medios propios de fortuna...

¡Bah, sí! La cuestión, para el psicólogo de las vidas y las almas monstruosas, se infiltraba de extrañas claridades.

Cuando terminó sus confesiones el ingenuo, el psicólogo le aterró exigiéndole los nombres.

Fueron pronunciados; temblando, al hacerlo, quien otra vez sentíase preso en la invocación caballeresca.

Y partió Javier, dejando los anónimos, y tras otra indicación de que acudiese por la noche a la cita del Hipódromo, en donde encontraríanse apostados los agentes.

El automóvil, veloz siempre, y sin saberse ahora para qué, hacía votar dentro, como a un muerto, a un ser infortunadísimo y torpe que llevaba la infinita persuasión de su impotencia y de la estéril profanación hecha con los nombres consagrados en gracia a la impotencia no menor de quien estúpidamente pretendía hallar el rastro de la culpa en alguna criada de Georgette... En vano él, al despedirse, hubo de advertirle y reafirmarle al terco que sólo la francesa conocía las relaciones, sirviéndoles de un modo personal, absolutamente personal, para mayor garantía contra toda contingencia escandalosa.

¡Ah, el descuido de su Libia, perdiendo aquellas cartas, y la banda miserable de ladrones!

Detrás de él iría corriendo asimismo el coche o el invisible automóvil fantasma en que le seguiría espiando algún bandido...


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Capítulo VIII
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Los abismos- Primera parte Felipe Trigo


Pero no; otro automóvil negro, grande, bien tangible, que nada tenía de fantástico, era el que bajaba a la media hora y a todo escape la calle de la Princesa: el del jefe superior de Policía.

Cruzó Madrid y se detuvo en el hotel de la calle Villamagna.

Su dueño fue conducido por el impecable negro de frac rojo al bello salón de estilo inglés, que por las tardes estaba lleno de aristócratas.

Aguardando a la modista y considerando la riqueza del hotel y del salón, se afirmaba su juicio en un resumen de escuetas posibilidades que se acercaba bastante a la verdad: la linda mujer de un escritor que no ganaba para pagarla el lujo, se lo sostendría por sí misma, en combinación con la modista, estafando a sus amantes.

Puesto que el cándido niño aquel le comunicó tan sólo a la dama su entrevista, valiéndose de la intermediaria que le inspiraba tanta fe, o la intermediaria o la dama, o ambas juntas, escribieron la respuesta...; y esto le constituía una convicción capaz de lanzarle a toda clase de rigores.

Sintió pasos. Compuso en impavidez serena su cara, su ademán.

Mme. Georgette apareció con la suya sonriente de reina gigantesca.

Se inclinó, y se inclinó no menos cancilleresco el visitante.

Indicó ella un asiento con otra reverencia, y se sentaron.

-¿Qué desea usted, caballero?

Un examen rapidísimo hizo sospechar al experto policía que se encontraba ante una mujer enérgica, de cuya doblez hipócrita y suave únicamente pudiera apoderarse por sorpresa.

Inútil todo circunloquio, todo escarceo de habilidad capaz de apercibirla a una defensa impenetrable; prefirió, rudo, aturdirla de un golpe, de una sola vez.

-Señora -dijo, sacando y ofreciéndola el sobre de un anónimo- ¿Conoce usted esto?

Fulminante fue el efecto, decisivo. La modista, que por el tono cortés en que le había sido formulada la pregunta no pudo sufrir ninguna alarma, dirigió tranquilas su mano y su mirada hacia el papel...; pero lo reconoció, de pronto; tornóse lívida, y su mirada se cuajó con su sonrisa, y su mano detúvose en el aire... La mutua revelación estaba hecha: para el jefe policíaco, de la culpa; para ella, del horror de haber sido descubierta.

No hacía falta más.

Sin embargo, insistió con su frío acento el implacable:

-¿Conoce esto, señora?

En un desesperado y supremo esfuerzo de disimulo, ya ineficaz, ella recogió temblando el fatídico papel; lo miró y repuso, devolviéndolo:

-No. ¿De qué se trata?

Quiso mirar al austero señor que la miraba a ella y no pudo resistirle la luz dura de los ojos. ¿Sería el padre de Javier?...

-Se trata, señora, de un anónimo escrito por alguien, con motivo de una carta que anoche recibió usted de don Javier España para doña Libia Herráiz, y en el cual la autora permítese afirmar que el hijo del señor conde de Albear y el jefe de Policía de Madrid son dos imbéciles.

Temblaba, temblaba entera y toda destrozada la francesa. Habíase huido en el asiento; y sus labios, trémulos, vibraban en un intento de negativas que no supieron formular. El magistrado terminó, sacando del sobre un pliego:

-Éste es el anónimo. En nombre del jefe superior de Policía vengo a demostrarle a usted, señora, que no es precisamente tan imbécil como usted pudo imaginar. ¡Queda usted desde ahora mismo detenida!

-¡Oooh! -gimió madame, levantándose, y en un largo grito de terror y de rechazo-, ¡Detenida! ¿Yo?... ¿Por qué?... ¿De qué puede acusárseme?

-De tener casa de citas en este hotel, a la sombra de su oficio, y de intento de estafa a don Javier España en complicidad con doña Libia Herráiz.

-¡Ah, qué horror! ¡Falso! ¡Falso!... ¿Quién es usted, caballero?

-¡El jefe de Policía!

Habíase levantado también, cortándola con un paso el leve instinto de huida hacia la puerta, y no pudo ser más grande el pavor que a Georgette le produjo.

Desorientada, descubierta, vagó por la sala con loca irritación, apretando los puños y lanzando incongruentes frases y protestas que bien pronto se calmaron ante el riesgo de anticipado escándalo que ellas mismas pudieran provocar. Le dio miedo que acudieran gentes de la casa, del taller; y, retorciéndose en desesperación ahogada, volvióse, con las manos en cruz, al acusador impávido para demandarle la piedad entre falsas lágrimas y ruegos... ¡Era inocente! ¡Lo juraba por Dios y por los santos! ¡Sin duda, un error bien lamentable la acusaba! ¡Era, además, una crueldad imprudentísima exponer su casa al descrédito por una equivocación; y de todo podía responder la propia doña Libia!... Mas no se conmovía el inflexible; y, únicamente, accedió a que madame llamase a Libia del modo más disimulado y ejecutivo que pudiese para hacerla venir sin pérdida de tiempo. Las interrogaría. Evitaríase así el tener que citarlas en otra parte.

A ser posible dejaríalas en libertad provisional hasta la terminación del proceso que, de todas suertes, se iba a iniciar con los anónimos. En caso contrario, una, o las dos, con él, en su automóvil, saldrían de aquí camino de la cárcel.

Única y última esperanza. Acogida a ella la francesa, fue a una elegante mesita y escribió:

«Mi querida doña Libia: Para un asunto gravísimo y urgente, venga en seguida con el dador de esta esquela.

Si no lo hiciese así, podría sobrevenirnos un mal irreparable.

Su afectísima,

Georgette»

-¡Bien! -aprobó el jefe de Policía, que había estado mirando sobre el hombro de ella e impidiéndola toda prevención-. Mi automóvil puede llevar la carta y traer a esta señora.

No permitió que saliese de la estancia. Madame tuvo que resignarse a llamar por un timbre a un criado que recibió las instrucciones.

En seguida, desoladamente, fue a abrumar en una próxima butaca la angustia de la espera que se le imponía con el odioso personaje. Por un rato permaneció en una rigidez de dolor y dignidad. Luego, viendo que no causaba la comedia muda de martirio impresión alguna, se abatió a los brazos y rompió en cómicos sollozos.

Lloraba sí; y era su llanto, al menos, de impotente rabia bien sincera. Estaba ocurriendo todo con tanta rapidez, que ella no había podido meditar la espantosa situación inesperada. Ahora, allí llorando, penetrábala en el horror de sus detalles. No podía encontrarse en terreno más falso y peligroso. Hundiríanla en un público proceso. El idiota del muchacho, de Javier, revelándolo todo, valía como un testigo de afirmación contra el que ya nada pudiesen las negativas de la amante. No había que contar con perspicacias ni habilidades de la tímida, de la tonta Libia, jamás; y menos en el pánico que aquí hubiera de infundirla el cuadro de desastre. Veíase perdida, pues; enteramente perdida, y alzó en silencio la cabeza y consideró la conveniencia de aminorar su culpa de antemano confesando la verdad...

Permanecía el jefe de Policía correcto en su sillón, allá lejos, contemplándola, estudiándola.

Cruzáronse sus miradas, y fue la de él, para madame Georgette, un algo de siniestro imán que la hizo levantarse y que la atrajo.

Acercóse ella lentamente, a sentarse en el sofá; y en otra resignada esclavitud que la hizo limpiarse algunas lágrimas, empezó su demanda de esta suerte:

-Señor jefe: quiero ser franca y contarle lo ocurrido. Soy, en realidad, la autora de los anónimos, en combinación con doña Libia. Pero ni mi casa es una casa de indecencia, ni a esa abominable acción, que comprendo es un delito y de que tarde me arrepiento, dejamos doña Libia y yo de haber llegado forzadas por tristes cosas de otro modo irresolubles. Presentada a mí doña Libia Arraiz por una respetable amiga suya, la creí rica también, dados su lujo, su elegancia. No era más que una infeliz aturdida; e insensiblemente llegó a debeme tan enorme cantidad, que, por no arruinar a su esposo, se vio obligada a pensar en un amante...; la auxilié, por mi interés del cobro, y... ¡oh, la pobre desdichada, tan buena, tan chiquilla, tan...!

Tuvo que callarse. Entraba ella, Libia, justamente.

Chiquilla, bien chiquilla, traía la faz demudada por la expectación que le habían causado la esquela de la modista y el auto del lacayo con galones en que la arrancaban de su casa...

Al verla, madame Georgette creyó oportuno recibirla en una escena de patético dolor. Lanzóse a ella y la abrazó llorando:

-¡Ah, mi pobre doña Libia! ¡Presas! ¡Presas!. ¡He aquí el señor jefe de Policía que nos llevará, si no nos compadece! ¡Qué desgracia! ¡Presas! ¡Presas!

No habló una letra siquiera, la infeliz. Con los ojos muy abiertos, pálida como la cera, escuchó aquello, miró al grave personaje, a quien había levantado la piedad, y cayó al suelo desplomada.

El cuadro de rigor se convirtió inmediatamente en un cuadro de socorro. Libia se había herido en la frente contra un mueble; un hilo de sangre corríala por la mejilla...

La limpió primero y la alzó en seguida el jefe de Policía, llevándola al sofá. Llorando, ayudábale madame Georgette.

Leve la herida, por fortuna. Restañada la sangre con pañuelos, Libia proseguía inerte, como muerta... Desabrocháronla un poco. Desmayo de terror, bastaría el reposo a despertarla...

Y en tanto, sentado el jefe junto a la desdichadísima mujer tan bella, junto a la única infortunada y débil que no había podido sufrir, sin troncharse, el rigor del infortunio, en una compasiva adivinación de su martirio la comparaba con la francesa repulsiva, y hacía que ésta completásele la historia..., la historia de horror y tiranía que, a pesar de los amaños de quien referíala sin poder ser rectificada, al hombre de mundo le iba dejando comprender harto claramente cómo en ella le correspondió toda la culpa a la despótica avaricia de Georgette.

Puede tener corazón un hombre de mundo y de justicia, y el jefe de Policía sintió que le ahogaba el corazón. Llevar a estas mujeres a la cárcel era aumentar con un escarnio más de las leyes de la tierra la esclavitud de la prisionera infeliz de una garduña. Evitado el delito, cortada la estafa al hijo del conde Albear, que era lo importante, la infame francesa pudiera sufrir su pena de otro modo.

Se levantó, la miró con severidad aguda de puñal, y díjola en los ojos:

-Veo un solo medio de librarla del escándalo y la cárcel: que renuncie a su deuda, para lo cual usted me firmará ahora mismo un documento (del que yo haré el uso que en caso necesario estime conveniente) declarando que en esta fecha tiene saldadas todas las cuentas con esa señora..., y que renuncien ambas a importunar a don Javier España por jamás.

Un grito, un grito de todos sus júbilos prontos a agradecer incluso de rodillas la salvación inesperada, fue la única contestación de la modista.

Pero el jefe de Policía la condujo al escritorio, la redactó él mismo el breve documento, lo guardó... y salió severamente de la estancia.


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Capítulo IX
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Los abismos- Primera parte Felipe Trigo


Inés, vestida, sobre las ropas de la cama, contando cuentos y cintas del cinematógrafo, se había dormido en brazos de la madre. Ésta dormitaba también. En la butaca, Eliseo, tan cerca de las dos, leía un periódico a la luz de la lamparita rosa.

Por la alcoba perfumada de éteres y de almas de bondad, flotaba una doliente calma de inocencias.

Dejó el periódico Eliseo. Hasta ahora, que estuvo Libia a punto de morir, no había sentido la enorme angustia de haber podido perderla sin haberla envuelto en los anhelos de su vida instante por instante.

Las miraba, a la madre y a la hija, en ansiosa adoración.

¡Qué bellas! ¡Qué buenas, ambas!

Única explicación de su existir sobre la tierra.

Deshecho por la almohada el tesoro de su pelo rubio, Libia tenía la palidez espectral de una ilusión de maravilla. Melancólico arcángel de pureza y de candor. Compañera suya en la alegría y en los pesares. Tendía los brazos fuera de las blancas sábanas, y sus manos, aún más blancas, asemejábanse a dos flores de ensueño.

¡Oh, madre ideal!... La hija de los dos, suspiro de amor y de hermosura, reposaba en la frente de ella su célico abandono. Cuadro de feliz descanso triste, protegido como en alas de castidad bajo el dosel diáfano del lecho.

Triste, porque todavía la faz de Libia ostentaba las nerviosas torturas del sufrir.

Recobrada para la esperanza, al fin, en fuerza de cuidados, temblaba él con sólo recordar aquella tarde en que un coche se la trajo, medio muerta, acompañada por la modista, en cuya casa hubo de fulminarla el terrible mal, herida en la sien, sangrada por un médico en el brazo...

¿Cómo podían ser tan débiles, tan frágiles las dichas más altas de este mundo, que bastase a cortarlas un instante?

La idea de haber podido perder a Libia para siempre, sin verla siquiera, sin darla el supremo adiós con un beso que recogiese el último destello de sus ojos en memoria eterna, habíale consagrado al afán de no separarse de su lecho de martirio.

No salía. La niña y él acompañaban a la enferma a todas horas infiltrándola su amor, resucitándola a ternuras y a caricias...

¡Pobre niña, en su candidez infantil incapaz de comprender aquel horror de la orfandad con que quiso el Destino amenazarla! Él, reflexivo, lo comprendía por ella, y no había martirio como el del pensamiento de esta buena esposa, de esta santa madre, entregándole su aliento al no ser en una casa extraña, clamándole a las queridas almas, que inútilmente buscase sus últimas congojas, el consuelo y el socorro...

La evocación clavósele en el pecho como un puñal.

Ausentes por la dispersión del veraneo casi todos los amigos, Astor y Ernestina en Biarritz, Ambroa en Berlín, Luis también, el médico, que era como su hermano entrañable, en Suiza con su mujer y sus hijos, él se hallaba en un aislamiento cordial, cortado apenas por algunas damas en visita breve, de etiqueta, y por las del célebre doctor Guervós, llamado para cuidar a la paciente.

-¿Qué tiene, doctor? -preguntábale a menudo.

El viejo sabio vacilaba; no lo sabía bien. Sin embargo, con un pronóstico no grave, ponía el mal extraño y caprichoso en las nerviosas cuentas del histérico.

Y estaba aquí Eliseo, el poeta, el inmensamente enamorado de lo noble, y velaba el sueño de la infeliz que no dormía, procurándola paz en los efluvios de infinita paz de su mirada.

Amargábale el remordimiento de las horas que la hubo de robar por los otros amigos falsos, de la calle.

A pretextos de arte, y realmente por la vanidad de artista que buscaba la lisonja y encontraba con mayor frecuencia el desengaño, frecuentaba de más los literarios cenáculos y perdía en ellos lo mejor del tiempo que pudiera dedicarle al bello arte de su amor y de su hogar, de su esposa y de su hija.

¿Dónde encontrar más hondas delicias que en la gracia de los juegos de una niña y en la apasionada amistad serena con una mujer inteligente?...

Alma de delicadezas, la suya, desde su actual cautiverio de hechicerías hermosas, tocadas en los misticismos del dolor, repugnaba aquellas groserísimas tertulias de los cafés y los teatros.

Círculos de juventud desorientada e impaciente, que confiábanle su triunfo más a la impulsividad agresiva que al trabajo; fracasados envidiosos que mordían con perfidias de tigre o de serpiente; solitarios bohemios sin calor del corazón, que todo lo querían envenenar de escepticismo. El talento era viveza y procacidad de prostituta. Todo el ingenio florecía en una sarta estúpida de chistes, de colmos, de retruécanos... Y jamás hablaban de arte los artistas, ni tomaban en serio más que algún negocio de ocasión, o alguna fama o alguna honra ajenas, que hacían sangrar con uñas y con dientes.

Eliseo había llegado muchas veces a pensar, y creía ahora confirmarlo, que los instintos sociales manifestados en la forma de la conversación, de las habituales tertulias con amigos, constituía un absurdo, lejos de ser una espiritual necesidad. La práctica lo demostraba. No se reunían sino para envidiarse y destrozarse. Probábalo, además, un razonamiento: si cada concurrente a una tertulia de casino, de teatro, de café, artistas o no artistas, tenía sus convicciones ya arraigadas acerca de las cosas, la mutua curiosidad de una generosa discusión no podía durarles más que hasta que se fuesen todos espiritualmente conociendo; y luego, heridos, maltrecho cada uno en el orgullo de no haber logrado reducir a su opinión a los demás, el recíproco desdén de todos tenía que desgranarse, cuando no fuese meramente aunado por el material interés de algún asunto, en sandios pasatiempos de insigne trivialidad, o en rabias, en burlas, en desprecios y en escarnios de cuanto fuera respetable.

Y bien: él, si tenía un ideal altísimo de arte, si tenía un hogar de amor y de belleza, si tenía una excelsa amiga, con quien departir, en su mujer... ¿por qué había buscado ni volvería más a buscar la torpe ingratitud de los amigos?

De éstos, y verdaderos, por otra parte, forjados en fidelidad desde los candores de la infancia, como algunos a quienes veía a menudo en esta casa o en las de ellos, o leales en la inmensidad de su comprensión que no necesitaba, a lo mejor, comunicarse sino en la sabia intuición de su silencio, como Astor, ya contaba con bastantes. Una tarde entera paseando sin decir una palabra; una muda admiración en un museo; un comentar discreto de sonrisas en un viaje..., o ante una linda mujer que pasaba... o ante una música divina... ¡he aquí la amistad! El amigo, sintiendo al otro en el corazón, si no tenían sus labios nada que expresarle, libre podría llevar el pensamiento en sus quimeras.

Las de Eliseo cifrábanse en las formas puras de un arte cuya finalidad piadosa tendía a encauzar la vida en dulce sencillez. Respirándola aquí, contemplándola en la ternísima elegía surgente, como un efluvio del sueño de su mujer y de su hija, deploraba que los dramas tuvieran que ser hechos del dolor, de la maldad, del trágico infortunio, y no del reposo de estos grandes sentimientos.

¿Por qué las almas buenas no tendrían dramas ni comedias? ¿Por qué no pudiera cautivarse al público con cuadros placenteros de virtud?

Sentía él perpetuo el impulso de amasar su arte en las propias carne y sangre de su ser, y mil veces, tal que ahora, aunque ahora más, en la exaltación lírica de todas las bondades, habría querido hallar el molde nuevo de un idílico teatro en que, sin necesidad de acciones turbulentas ni tramas complicadas, pudiera transmitirse la inefable emoción de dicha inmensa y simple que él gozaba...

Mas, ¡ah, cuánto las prácticas limitaciones de la realidad cercenábanle al poeta lo mejor de su poesía! ¡Nunca podría hacerse un teatral poema de una madre y de un ángel que dormían y de un alma de amor que las velaba!

Desalentado, doblóse a urgir su pena con un beso en la mano de la amadísima durmiente, y tornó sus impotencias a la prosa del periódico.

Congreso. Toros.

Un relato extenso, más abajo, del escándalo de «buena sociedad», que ya venía rodando por la prensa hacía tres días.

Lo había recortado y guardado él de otro periódico y se lo había leído a Libia esta semana.

Sin embargo, volvía a leerlo. Documento humano de la vida, le interesaba al autor.

Era una hermosa y elegante dama madrileña del alto mundo que, con una célebre modista, contrajo importantes deudas que no podía pagar el medio arruinado esposo. De acuerdo ambas, la dama tomó un joven amante a quien quisieron estafar; y un sagaz comisario las descubrió y hubo de perdonarlas, a condición de que renunciase a la deuda la modista.

¡Ah, esto, sí! ¡Tan cruel, tan bochornoso! ¡Esto podía guardar el germen de una obra de teatro!...


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Capítulo I
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Los abismos- Segunda parte Felipe Trigo


Quemado y todo, escupiendo la ceniza, se rió Eliseo.

Había fumado por la lumbre.

Ya antes se puso el chaleco del revés y se anudó la corbata delante de un cuadro, creyéndolo el espejo.

¡Oh, los nervios!

El público se reiría igualmente si pudiese conocer las intimidades, las preocupaciones de un autor al estrenar... De dictador de las conciencias, convertíase en un niño lleno de miedos insensatos.

Qué había detrás de aquella hora ansiada y decisiva: ¿el éxito, con sus halago de vítores, de renombre, o la pena de un desastre?

Problema.

Triste oficio éste que como tal manifestábase desde que la obra salía de su artística serenidad de la creación. Era, a partir de entonces, y aun en el caso más afortunado, algo estático y comercial, que haría repetir a los cómicos las mismas frases con el mismo gesto en la misma hora cada noche... Surtido. Repertorio.

Volvió a reír. Por el reloj, guardábase una polvera en el bolsillo. Y temblaba, temblaba. Dominó su temblor, ya que no pudo la palidez y la contracción del semblante, al pasar al cuarto de Libia, que también acababa de vestirse.

La vio en corsé. Iba a ponerse un traje gris.

-¡Quita! ¡El nuevo, tonta!

-¡Qué más da!

¡No, mujer! ¡El nuevo! ¡A fe que dejará Ernestina de venir hecha una reina!

Se lo quitó de las manos, hiriéndola un poco el instintivo pudor con que ella se había ocultado las desnudeces de los senos, y arrojándolo a un sillón, partió, con prisa de cenar.

-Anda, acaba; es tarde, Libia.

Había mirado la hora del reloj, sin verla, por el revés.

Libia se resignó a sus lujos, a sus galas. Contra toda voluntad, obedecía al marido en esto. Sacó del armario el traje, traído hoy de casa de Mme. Georgette, y el nombre odioso visto en la etiqueta torció su boca hasta crispársela en dolor.

Su agrado hubiera sido una eterna expiación en la modestia, una fuga a no se supiese qué remotos campos apacibles, una mayor devoción de sacrificio a su hija y a su esposo.

Y no podía -a menos de delatarle sus infamias a Eliseo con el súbito cambio de aficiones, y de acabar de confirmársela a las tantas gentes que quizá la sospechasen.

Ignoraba, en verdad, si aquella reserva extraña y hostil que creía notar en las amigas se debiera a que la supiesen determinadamente la heroína del anónimo escándalo propalado por la Prensa, o si no fuese más que sombríos recelos de su espanto.

De cualquier modo, el crimen seguía condenándola a la impudencia del lujo, igual que a Mme. Georgette a complacerla. La ruptura entre la «elegante dama» y la «célebre modista» -y así la modista se lo encareció- hubiese hecho pensar al mundo en aquellas de la historia. Atadas las dos. Pero, menos vil, Libia limitaba los encargos a lo que estrictamente el marido afable la excitaba, a lo que podían pagar únicamente.

Lo que persistía, aterrándola de singular manera en el embrollo abominable, y lo que, al mismo tiempo, en el lago de muda angustia en que flotaba, la hacía temer que fuese una necia ilusión suya el secreto, era el enigma de Javier. No había vuelto a saber de él nada, en cinco meses. O el jefe de Policía le informó del fondo del suceso, o él mismo lo descubrió al leerlo en los periódicos; y así, su rabia, su despecho, su dolor por tanto engaño, ¿habríanle contenido en la venganza de lanzar el nombre de ella al desprecio de las gentes?

Suspiró Libia, la que ya no sabía llorar; la que solamente continuaba sintiendo perpetuos por el alma de ladrona y por la carne de ramera los ascos de lo inmundo.

-¿Señorita?

-¿Qué, Clotilde?

-Que están ahí don Luis y su señora.

-Bien, sí. Sirve la cena.

Había vibrado, al oír a Clotilde de improviso; siempre creía que le pudiesen sorprender en la cara la extensión de su indecencia.

Salió.

En el bello comedor aguardaban Luis y María. Sentáronse a cenar. Libia disimulaba la vergüenza de futuro que inspirábala el honrado matrimonio. Hablaban de su veraneo. Recién llegados de Suiza, no sabrían nada del suceso que tal vez conociesen todos en Madrid, y que cuando les fuese conocido haríales despreciarla...

Cruel castigo a sus orgullos pasados y malditos. Ahora que la indigna querría no serlo para poder amar la honesta sencillez, para entregarse con purezas fraternales al trato de la dulce amiga provinciana, a quien quizá en otros tiempos hubo de desdeñar un poco desde la gloria horrenda de sus lujos, con harta razón temía ser rechazada por ella en más que duro y justísimo desquite.

Luis y María eran antiguos amigos de Eliseo. Luis, desde la infancia. Hombre leal, rudo, tenaz para el trabajo, y esclavo, lo mismo que su mujer, del cariño de los hijos, con suerte especializaba en la cirugía su profesión de médico, sin perjuicio de poseer un excelente general sentido de las cosas y una ciega admiración hacia el autor dramático de quien paso a paso había seguido y gozado los triunfos como propios.

Rara vez acompañaba Luis al artista en sus tertulias literarias, y cuando hacíalo, mudo y desplazado en ellas con su tosco buen criterio y con su traza un poco primitiva de hombre de anchos hombros, de manos fuertes y cara rañada de viruelas, rara vez también dejaba de sentir el impulso de dar algunas bofetadas. «¿Por qué vienes aquí? -decíale al autor, que no tenía más que sonrisas y condescendiente perdón para las insidias envidiosas-; ¡ah, Eliseo, un día me echo a la garganta de uno de estos monos y le ahogo!...»

Eliseo, por su parte, correspondía a tanta lealtad con un afecto hondo que asimismo extendíase a un primo de Luis, a Pablo Ambroa, agente de negocios, y de cuyas sinceridades simples gustaba como de un refugio o como de una purificación contra sus sinsabores en la áspera vida de las letras.

Jamás uno y otro faltaban a un estreno de Eliseo, del queridísimo poeta en quien creían con plena fe, y para salir roncos de gritar a fuerza de imponerse a los miserables protestantes de oficio incluso con los puños.

-¡Vamos, hombre, fuera miedos! -animó Luis, cortando el relato de su viaje, y viendo que el buen amigo no comía.

-¿Y Pablo?

-Al teatro irá. ¡Bah, descuida!

-Me parece que nos zurran esta noche.

-¿Que nos zurran? -repitió Luis, aceptando el posesivo, porque así que al ser terminada una obra el autor se la leía, y él hacíale comentarios que implicaban muchas veces reformas de importancia, la consideraba de los dos-. ¡Vamos, hombre, lo que vas es a ponerte, al fin y para siempre, el primero entre todos los autores! ¡Tú verás!

Entró Ernestina. Iba por la mitad de la cena. Venía escotada y fastuosa, llena de brillantes. En el comedor se alzó con ella un vendaval de risas, de perfumes, de alegría. Detrás, y anunciado igual que siempre por una fuga de Clotilde, a quien casi la dio un beso, apareció Astor, que habíase detenido a dejar el abrigo y el bastón en el pasillo.

El pintor, con su chicote en la boca, sus barbas enmarañadas, y el descuido de su traje, lleno de periódicos por los bolsillos, bromeó leve con el pulcro autor dramático y tendióse en el diván. En tal talante iba a la Comedia, como al Real, al lado de su elegantísima mujer..., lo mismo que iría con una golfa a las tabernas.

Habían estado en Biarritz.

Retornó la conversación a las impresiones del veraneo, y frente a Ernestina, acérrima partidaria de la elegancia y del mundano chic de la francesa playa, María y Luis iban encomiando la paz de la Suiza. Vida dulce, patriarcal, modelo, creía Luis, de todas las aspiraciones a que hubiese últimamente de tender la civilización con sus errores. En Lugano no se veía un alma por las calles a las nueve de la noche. Cerrados los teatros, los conciertos. Horas de descanso para unas gentes que amaban el lago y la montaña, la leche, las flores, la música, los cantos, los sports que fortalecen. Todos encarnados, todos fuertes, con caras cándidas de niños gigantescos, realizaban el ideal de una existencia higiénica y barata, consagrada, desde que salía el sol hasta que se hundía por las montañas, al gozo de los campos. El lujo, paseado allí por los turistas como una cosa ridícula y exótica, no le interesaba lo más mínimo, a no ser para explotarlo, a la gente del país.

¡Oh!, esto sublevaba a Ernestina, que lo conocía de más. Llamaba a la Suiza «pueblo de hosteleros» y defendía que, en nombre del arte y la civilización, tendía todo a complicarse... Y como callaba Libia, pensativa, y Eliseo también callaba con sus preocupaciones del teatro, contra los dos tenaces argumentadores recurrió, en mal hora, a su marido.

Efectivamente, Astor, fuese por convicción, por disparidad perpetua con ella, o por ambas cosa, chupó del cigarro, se tendió más en el diván y empezó a instalar sus opiniones.

El sentimiento estético -según él- era un sentimiento natural, y tanto más intenso en el hombre cuanto más culto; pero el lujo era su perversión. Citaba la insuperable belleza estética de una Venus. No cabía menos lujo en su absoluta desnudez. ¿Se quería ver la influencia del lujo, de un golpe? Pues bastaría ponerle una cinta a una Venus, para hacerla lúbrica. Y una cinta era poco lujo todavía; pusiéransela, además, unos pendientes, unas medias de seda y unas ligas con broche de oro..., y se la habría convertido en indecente.

No se limitaba a esto la influencia del lujo. A nada que se le dejase, llegaba a tornar la belleza en fealdad y a transformarse en tormento. Lujo era el anillo de la nariz en las tribus bárbaras, la cal con que se decoloraban el pelo, el bullo con que se enrojecían los dientes, los cuernos de venado con que se adornaban la cabeza, y los tatuajes con que se ornamentaban las piernas y los brazos...; lujo era la deformación del pie en los chinos, y la rasgadura de la boca y la causticación que carboniza las encías, para lograr un aspecto de escorbuto artificial, en ciertas islas de la Micronesia...; y no de otro modo eran lujo, en Europa, según «los tiranos caprichos» de la Moda, unas veces el amplio miriñaque combinado con el tormento del minúsculo zapato y otras veces la delgadez modernista con el potro del corsé y el reinado amenizante del vinagre...; y en las orejas seguían las damas clavándose los brillantes y rubíes, como las salvajes oceánicas; y en las muñecas seguían luciendo argollas de oro como las esclavas egipcias; y en los escotes, brindando los senos condimentados con perlas, como las cortesanas de Roma.

-Lujo -concluyó Astor, mirando los de su mujer y de Libia, todo burlón y solemne-, símbolo, pues, de salvajismo, de servilismo, de impureza, de crueldad y de fealdad..., y ustedes me perdonarán, señoras mías; y tú, autor, di algo, que tienes una cara que parece que te van a ajusticiar. ¿Qué piensas, hombre?

Hubo una explosión de risas y protestas. María y Luis palmoteaban. Ernestina le tiró al marido su escarcela. Y sólo Libia, muy seria, consideraba tardíamente en su conciencia culpable que todo aquello era verdad, de una verdad cruel que a ella le había costado el caer y encontrarse con sus lujos en el fondo de vergüenzas de un abismo... ¿Por qué no podría trasladarse a Suiza con su marido y su Inés?... A lo menos, aquí en Madrid condenados, poco a poco iría apartando a la hija del abismo de los lujos...

Por cuanto a Eliseo, no había hecho más que sonreír. Pensaba, naturalmente, en su comedia. Como siempre, en la ocasión de ir a someterla al juicio decisivo, su obra le parecía sosa, detestable... Lo manifestó, y Luis la defendió exaltadamente.

Hablaron de la crítica. El desorientado autor hacía notar la divergencia que venía advirtiendo de tiempo atrás, con respecto a él mismo, en los fallos de ésta y los del público. Advertía en la Prensa, después de haberle elogiado mucho en pasados estrenos sin importancia, una envuelta hostilidad... Astor animábale con su opinión desenfadada; harto él de conocer estas cosas, creía a Madrid, al Madrid del arte, sobre todo, demasiado pequeño para que nadie se estimase sin pasión. Se conocían demasiadamente los artistas. No eran los críticos, por otra parte, más que hombres de talento, en general, a quienes la Prensa aprisionaba e inutilizaba para siempre; salían jóvenes y llenos de pujanza y de esperanza a la vida literaria; la dura realidad forzábales a luchar para comer, entraban en una redacción por un sueldo miserable..., y ya el sueldo los esclavizaba por jamás en un mecánico trabajo que no les consentía los de su ensueño; si querían componer luego un poema, una novela o un drama, seducidos por el triunfo del antiguo compañero que tuvo más paciencia en el rigor de su calvario o menos necesidad de alquilar sus aptitudes, lo hacían sin tiempo, entre apremios del montón de telegramas que debieran descifrar o de la crónica que esperaba ser escrita; les faltaba el éxito, y sin darse cuenta de que no podía ser la culpa de los otros, dedicábanse a odiarlos cordialmente. Entonces, cada censura y cada elogio brotaban de sus plumas como una artera flecha de la envidia, bien injusta. Al que estaba alto procuraban regatearle méritos y cercenarle reputación de frente o de soslayo; al que iba a subir, se le estorbaba; y, en cambio, los férvidos aplausos a cualquiera que ellos supusieran incapaz del triunfo, surgían en la malévola intención de crearles sombras y de amargárselo a quienes ya lo hubiesen conseguido... Mas no era tampoco éste sino un generoso modo de ahorcar, alzando al favorecido con la cuerda en el pescuezo, y claro es que se le tiraba de los pies tan pronto como se le viera luego subir por cuenta propia en demasía.

-Estás, pues, caro Eliseo -terminó Astor, levantándose, porque todos lo hacían para salir-, en el periodo de ascensión autónoma. Se te juzgó inepto, bueno para fantasmón de los demás: la crítica te ayudó y hoy te tira de los pies. ¡Debe tenerte sin cuidado!

Pero Eliseo agradeció y no le aceptaba al buen amigo las que pudieran ser tan sólo argucias altruistas. Concentrado en sí propio y propenso en su optimismo al perdón de los agravios, confesó sinceramente:

-No, Guillermo; la crítica, conmigo al menos, tiene razón. Me ha impuesto el público hasta ahora respetos excesivos. He procurado adaptarme de más a los gustos reinantes de suavidad e hipocresía, y ellos me ahogan la personalidad. La labor mía carece de arranque, de nervio... y, ¡ah!, Guillermo -concluyó, deteniéndole y haciendo con su fervor de iluminado que los demás se detuviesen a escucharle-, te quiero anticipar que no es tampoco mi obra de esta noche la del triunfo magno en que confío, sino otra, la próxima, la que inmediatamente escribiré sobre un asunto que todos conocéis.

-¿Cuál?

Estuvo a punto de decirlo..., y se calló.

Salió triunfal, impetuoso, con la alucinada visión de la gloria guardada egoístamente para sí en el misterio de su plan.

En la próxima obra iba a llevar al teatro aquel palpitante y reciente escándalo de la alta vida madrileña. ¡La dama, la modista, el amante..., el embrollo de humanidad intensísima, que él redimiría de particularismo y pequeñez, envolviéndolo y sublimándolo en arte y en alma de la vida!


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Verdadero primor de exposición el primer acto, había sido recibido con aplauso unánime; el segundo, lánguido de acción quizá, pero un prodigio siempre de técnica, habilidad y delicadeza, acababa de producir una enconadísima batalla en que al fin se impusieron los aplausos; el autor había salido a escena muchas veces..., y los vencidos protestantes, en el foyer, por los pasillos, continuaban sus protestas engendrando vivas discusiones.

Algunas de éstas amenazaban terminar de mal modo, especialmente en un gran grupo donde un señor de frac, de bigote y pelo rizados, y con aspecto y ademanes de domador de circo, hacía estallar en crudos improperios contra la obra y el autor su voz clara de trompeta.

Luis, que precedido por Astor y Ambroa a través de la multitud se dirigía desde el palco al saloncillo, dejó perderse a aquéllos en la confusión, y detúvose a escucharle. Le conocía de vista; abrumado bajo las razones de un pálido joven de lentes, literato al parecer, que le hablaba de las exquisiteces de la forma, sosteniendo que en todo arte eran lo importante, el aparatoso señor del frac defendía que el asunto, el asunto, la pasión y la emoción, importaban únicamente en el teatro; además, torpe para sostenerse en la polémica, descendía a lo personal y llamábale imbécil a Eliseo.

Era un tal Sergio Aranda, que aprendió el alemán en Alemania, en Italia el italiano y el inglés en Inglaterra; que pasaba entre los escritores por sportsman en razón a su automóvil y a sus viajes; que pasaba entre los sportsmen por autor, a causa de haber traducido un par de dramas, y que, en suma, acreditado de insolente idiota y cínico confiado por demás a la fuerza de sus puños, no gozaba otro prestigio indiscutible que el que le permitían los idiomas en el galante monopolio de cuantas artistas extranjeras cruzaban por Madrid.

Gritaba, gritaba; desdeñaba ahora a uno que habíase permitido defender también la comedia de Eliseo desde el punto de vista moral, y lanzó entre risotadas, con su voz metálica, imponente:

-¡Oh, moral! ¡Così va il mondo, caballeros! ¡Que no nos venga con lecciones de moral un tipo que deja a su mujer acostarse con todo el que la quiere por cuentas de modista!

-¡Canalla! -rugió súbito y rotundamente otra voz en clarísima respuesta.

Y Luis, que habíala pronunciado, ciego de cólera se abrió paso a codazos, llegó al elegante miserable y le asestó la mano en plena faz. Tremendo, terrible el alboroto; arrojados uno sobre el otro, menudearon por un momento los bofetones y puñadas... Corrió la gente, dispersa; agolpáronse al fin los decididos, y no sin pena lograron apartarlos. Un grupo llevóse a la contaduría a Luis a viva fuerza; otro arrastraba a Sergio Aranda hacia el café, manchada de sangre de la nariz la camisa, hecho un energúmeno.

Pero le calmaban, le calmaban los amigos:

-¡Hombre, no! ¡Estas cosas no se arreglan a trastazos, ya comprendes!

Pronto lleno el teatro por el rumor de aquel escándalo, de aquel duelo que a todo escape preparaban unos amigos del conocido autor sportsman y del conocidísimo doctor, sólo el palco de Libia, respetado por los comentarios que en la sala hervían, permaneció en la ignorancia del suceso. Sin embargo, Libia, inquieta al advertirse objeto de la repentina y como conjurada atención de todas las miradas, de todos los gemelos, de todas las malignas sonrisas que subrayaban las murmuraciones del público; más inquieta, luego, al notar que no acudían Luis ni Astor durante aquel último acto que cerró el triunfo de Eliseo en una estimación de simpatía, acabó de intranquilizarse cuando vio que a la salida esperábala la elegante muchedumbre en dos apretadas filas, entre las cuales tuvo que cruzar bajo no supiera ella qué susurros.

Astor, Luis, no estaban tampoco.

El chauffeur le advirtió a Ernestina que el señorito le había encargado llevarlas a casa, porque él y don Luis acudirían más tarde.


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El duelo, a sable, se verificaba una hora después en el taller de un escultor.

Casi extraños por completo ambos adversarios al juego de las armas, un golpe doble, de estacazos, en verdad, al primer asalto, le hizo a Luis una contusión en el codo y le produjo a Aranda, con gran escándalo de sangre, una brecha en una sien. Y se acabó. Hubo que atender a la hemorragia.


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Levantada Libia antes que Eliseo, salió al despacho, lleno de sol, en tanto el aplaudido autor acababa de vestirse. Sobre una mesita esperaban el correo de la mañana y los periódicos que Clotilde había subido de la calle.

Iba leyendo Libia las reseñas del estreno. Aplaudían, en general.

La sorprendió la noticia del lance, en un diario, dada inmediatamente por debajo de la crónica teatral, como algo que se relacionase con el drama.

La sorprendió más, al alzar otro periódico, una extraña carta cuyo sobre estaba escrito imitando letra impresa. Tembló, considerándola, recordando los anónimos que también había escrito así Mme. Georgette.

Dirigida a su marido.

¿Por quién?

¡Ah!

La abrió.

Otro anónimo -escueto, duro, brutal:

«Venado insigne: Ya que consientes que tu mujer sea una zorra cuyos lujos te van poniendo hecha un bosque la cabeza, ¿por qué, siquiera, no la defiendes tú, a cornadas, cuando de ella habla la gente en los teatros, en vez de permitir que se batan tus amigos?»

Era, para Libia, la groserísima e impiadada revelación de la causa del lance de Luis, y de la más que pública deshonra de su nombre.

Desfallecía, apoyada en la mesa, yerta en la ola inmensa de lodo, de ignominia, que hasta ella, con aquel papel, parecía subir de Madrid entero. No sabían sus débiles nervios de rendida más que dejarla caer como muerta a cada uno de estos golpes, a cada una de estas horrendas violencias del castigo, y acaso ya nublábanse sus ojos y acaso iba a caer...; pero sintió a Eliseo, y la vergüenza y el pavor la dieron fuerzas para escapar, para correr adonde pudiera ocultarle y destruir el anónimo maldito...


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Capítulo II
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Los abismos- Segunda parte Felipe Trigo


Con una cobarde energía incapaz de todo cambio que pudiera delatarla, con una estática inquietud de inicua descubierta que ya sólo esperase al primero que quisiera señalarla con el dedo a la pública vergüenza, Libia había intentado resignarse a continuar por Madrid su vida de esplendor.

En los teatros, adonde se obstinó en llevarla su marido, el cándido insensato, el autor gozoso de sus ganancias nuevas y su triunfo, luciendo ella los primores de los trajes y las joyas con que él mismo agasajábala, causaba una insana expectación; la asestaban insolentes los gemelos, y esperábanla los hombres a la puerta, mirándola como a una fácil presa de lujuria. Cruzaba con los ojos bajos, al brazo de Eliseo, y éste, creyéndola así gloriosamente envuelta en los prestigios de su nombre, comentaba aquello dedicándola gentilezas al oído...

En los tés, en los salones de amigas que bajo la advocación del buen tono acogían con iguales deferencias a la equívoca de galantes aureolas que a la honrada irreprochable, ella advertíase alrededor una hostilidad de curiosidades insidiosas, de desvíos, de frías y aún más molestas compasiones. No eran tales tertulias como los palcos del teatro, abiertos a todo el que quisiera concurrir, y Libia, así que fue advirtiendo con espanto la menor correspondencia de las amigas a su casa, dudó si no volver. Sin embargo, significaría ello la derrota, el reconocimiento pleno de la justicia con que sabríase rechazarla, y el recuerdo de Ernestina, que asistía también, por una parte, y el recurso, por otra, de prevenir las demudaciones de su faz ante los bochornos posibles con máscaras de albayalde y de carmín, que, llorando, en las secretas torturas de su tocador, tendíase por las mejillas, diéronle a su tenacidad desesperada la hipócrita impudencia.

Siguió yendo con la mujer de Astor, como iba con ella y en el automóvil verde a los paseos, única que en su despreocupación insigne ni habíala retirado un ápice de estimas, ni habíala importunado con la insinuación más ligera acerca del escándalo que a las demás obsesionaba.

Pronto acabó de persuadirse de la ineficacia de este pabellón, para ella, que no pedía sino el olvido, la transigencia con una sola falta quizá trágicamente disculpable, y del distinto e injusto criterio con que las juzgaba la extraña sociedad de pecadoras y de honestas. Ernestina, consideradísima, como siempre, aunque en la noche anterior, acaso, las mismas que la festejaban la hubiesen visto cruzar con un amante. Libia, en cambio, cada vez más siendo objeto de mal disimulados escarnios y repulsas.

Suspendíanse las conversaciones al verla aparecer. Algunas damas, menos obligadas a la piedad por amistad, cortaban agresivamente el violentísimo silencio para admirarla, arteras, sus vestidos: «¡Oh, sí, precioso! De Mme. Georgette, ¿no?»... Y la perfidia de fustigarla con el nombre de la cómplice, desgranábase en comentarios más pérfidos aún: -«Perdía su antigua clientela la francesa; contábanse infamias y vergüenzas que hablaban poco en honra de su casa...» Libia sonreía, sonreía detrás de la máscara inmutable de albayalde y de carmín.

Una vieja vizcondesa, célebre por sus descaros y repulsiva con su arrugada y blanda carátula de reumas y de vicios, la increpó una tarde, como volviéndola a la cortesanía de su atención en el depresivo aislamiento en que la charla de todas la dejaban, preguntándola «si el condesito de Albear seguía en el extranjero». Libia se estremeció. «No le conozco» -repuso. Se admiró la vieja malignamente, se lo hizo recordar, de casa de las de Bulney, y añadió «que el padre, el conde, curaba al inexperto chico, con bálsamos de ausencia, de no se sabía cuál pasión en que trataron de estafarle el corazón y los bolsillos...»

¡Ah, sí! Partió al fin la desdichada sin ánimos para volver a las reuniones.

Quince, veinte días más, bastaron a dejarla abandonada de las últimas tímidas visitas que fueron a su casa.

Ernestina y tantas otras podrían ser las impúdicas amantes por agrado, por placer, y perdonábalas el mundo; pero ella era la ladrona, la inmunda amante de estafas y chantages. ¡Quién supiese si las bonísimas amigas temerían no tener con ella seguras, en los tés, ni las áureas cucharillas!...

Lloró mucho, por aquellos días en que también lloró sus tristezas el invierno. Llovió, nevó, y sobre los pelados bosques del Retiro el viento arrebataba densas nubes.

Las calles desiertas, alfombradas de nieve, y el frío, tenían como en suspenso la vida de Madrid.

A ser eterno esto, ¡cuánto lo hubiese el corazón de Libia agradecido! Morir, acabar con el mundo entero su deshonra. Temió los encuentros con Javier, y seguía temiendo a cada instante el nuevo anónimo o la nueva impertinencia que hubiesen de romper la ignorancia de Eliseo. Evitarlo era ya la única y loca ansia de la esposa, de la madre, que al menos querría extinguirse sin dejarles a los queridos seres un recuerdo de maldita...

Pero tornó el sol a repartir la animación por la ciudad y tornó Libia a obstinarse en mentirles a las gentes un heroico valor de confiada. Fue con Ernestina, en el auto, a los paseos.

Los hombres, las damas, desde los otros coches, a codazos señalábanse el paso de la indigna en regueros de cruel expectación para sus lujos... en malignos cuchicheos que buscaban tal vez, tras de ella, al que ahora los pagase..., Y en su imaginación de aterrada o en la propia realidad iba viendo la infeliz cómo se tendía más cada vez por todas partes la marea de su ignominia. Lucha estéril, pues, y aun contraproducente, agravada en lo que tomaríanle por alardes de impudor, ésta a que se aferraba queriendo defenderse con la impavidez un resto de decoros...; lucha, además, que la agotó, que la hizo sentirse vencida de un modo absoluto, fatal, irremisible.

Le estalló en los nervios la tempestad mal contenida, libres ya de todo esfuerzo de dominio, y como una mimosa enferma, como una débil delicada que no necesitase sino un poco de paz y las caricias de su hija y su marido, en ellos trató de refugiarse.

Inés salía con la institutriz inglesa; la madre las acompañaba, vestida con sencillez. Iban a la Moncloa o a las zonas del Retiro donde los niños jugaban entre flores y entre pájaros, no frecuentadas por las gentes de frívola elegancia que pudiesen conocer a la triste pecadora, y aun el ruido no lejano de estas gentes, de sus coches, sumíala en profundos desalientos.

El espectáculo de su propia hija corriendo y saltando confiada con otras lindas amiguitas no menos bien adornadas de sedas y de encajes, y que también tenían institutrices, llevábala dolorosamente a meditar su falsa situación. Ricas las otras, quizá, estos lujos, al menos, no habían de constituirles el abismo en que ella velase hundida y, que aguardaba a la pobre Inés con las mismas peligrosas seducciones.

Lujos que reveláronle muy tarde su estúpido sentido a la esposa dulce, a la madre tierna que era toda corazón. Miraba los palacios, que antes admiraba, y no comprendía que sus nobles moradores necesitasen tanta amplitud para aburrirse excelsamente. Cruzábanla los automóviles, raudos, revolando pieles y plumas de sombreros, y no acertaba a entender por qué fueran tan de prisa en ellos sus lindas ocupantes. ¿Adónde dirigíanse?... A lo monótono, a lo de siempre, a los teatros que las hacían bostezar con la obra vista veinte veces, a aquellas tertulias distinguidas de los hoteles o los restoráns o las casas elegantes en que se hablaban sin cesar las mismas cosas idiotas o terribles de honras desgarradas, en una exposición de trajes de muñecas. Y para emular a las que podían siquiera con su riqueza sostenerse el tedio de semejante fatuidad, las que no podían arruinábanse y corrían al deshonor en tanto que seguían preparándoselo a sus hijas...

¡Oh, sí, cómo la vergüenza de verse repudiada de aquellas tertulias compensábala al fin con el mísero consuelo de no tener que soportarlas!

Deseó huirlas, alejarse aún más de ellas hasta en el recuerdo de absurdo y de dolor que despertábanla en los parques las niñas que cuando llegasen a mujeres las habrían de secundar, trocando sus inocencias de ángeles por la vanidad de las muñecas, y, sin advertir de qué modo se iba encarcelando en sus pesares mismos al apartarse de la vida, en las siguientes tardes fue con Inés y con la institutriz inglesa a tomar el sol por los barrios pobres y alejados, por las sucias carreteras de las Delicias, de las Ventas, del Puente de Toledo.

El cuadro varió; mas no el martirio de una desolación inversa, de una miseria que era cruda, material, desarrapada, en estos sitios, si era en los otros moral y encubierta por los faustos. El sufrimiento le excitaba a Libia una aguda y como morbosa percepción de las desgracias, y en ella y en todo, fuera de ella, veía aspectos inmensos de tristeza que antes habíanle pasado inadvertidos.

¡Qué pena, qué contraste el de la hija suya adornada tal que una princesita, junto a aquellas criaturitas haraposas que no tenían para comer y que sin que nadie las cuidara y con riesgo de matarse trepaban por las empalizadas del tren y los desmontes!

Una tarde, al regresar, vio una familia entera de mendigos disponiéndose a dormir bajo los pilares de un puente. Lloró, tembló del frío que ellos fuesen a pasar en la yerta noche, y les dio limosna y tuvo la tentación de arrancarse y arrancarle a Inés las ropas, los abrigos para dárselos también.

¡Inútil!... A los pocos pasos vio otro campamento de mendigos en un estercolero, y luego a otros... antes de llegar a la incomprensible sucesión de casas negras, sin puertas en los huecos, de una calle inmunda y llena de sórdidos escombros, como si un incendio hubiérala asolado. No obstante, en aquellas casas se amontonaban con sus humos de sartén y sus guiñapos gentes que se podrían considerar dichosas frente a los pordioseros recogidos sin lumbre bajo el cielo.

Y seguían, seguían cruzando como princesas Inés y ella y la rubia institutriz, y no comprendía Libia que ella y las princesas pudieran dormir tranquilas en sus lechos, después de haber visto una vez siquiera tales espectáculos.

El horror a volver a contemplarlos y a que los contemplase Inés, la pobre hija que en estos paseos poníase triste recordando las plácidas bellezas del Retiro, y el mayor horror, sobre todo, de no saber si a su hija misma, en la tragedia de angustia y de muerte que por culpa de la madre ruin sin cesar la amenazaba, veríase condenada alguna vez a los mismos abandonos, la hicieron renunciar a acompañarla.

¡No; ella, la arrojada de la sociedad, no tenía derecho, con sus tétricas visiones y sus ansias de destierro, a amargarle al bello ángel las horas de cándido placer que aun guardárale la suerte!

Enferma que poco a poco se iba extenuando, que poco a poco iba siendo acorralada por la vida, fueron sus nervios, siempre sus nervios, en otra explosión de tempestad, los que recluyéronla al refugio de su casa como en un último reducto. A las insistencias de Eliseo por volver a llamar a Luis, al médico, se resistía sin fuerzas para afrontar con sus sonrojos a aquel que había tenido una inútil cuestión de honor por defender a la que tan vilmente hubo de perderlo.

Quiso buscarse algún consuelo en los trabajos del hogar, en los cuidados familiares. Atareadas las sirvientes, ayudábalas solícita. Sin embargo, cada lujo de sus salas, cada adorno de las mesas y los muebles heríala con el perenne y doble espanto de la instabilidad en que asentábanse y de un quizá no lejano porvenir de cambio a la fatídica tragedia, así que el marido que ahora la colmaba de atenciones, sabiendo su deshonra, no la pudiera tolerar y tuviera que matarla y que matarse. Del despacho de él echábanla la confiada serenidad de sus tareas y el retrato de ella hecho por Astor; del tocador, el cerrado armario de sus trajes, de su crimen. Y corría a ampararse en las purezas blancas del cuarto de la niña, y las gasas y las sedas también de los pequeños vestidos seguían hablándola del lujo, del lujo horrendo a que ya el ángel hallábase asimismo por el bárbaro destino condenado, sin que la madre, en su infame y muda desventura, pudiera apartarla de ellos y gritarle los consejos de su roto corazón. ¡Ah!, ¿qué iba a ser de esta casa, qué iba a ser de aquella Inés a quien ella no podía besar siquiera sin mancharla?... Entonces, huía, huía Libia de la hija y del cuarto, del templo de inocencias de la ángel, como había huido y seguía huyendo sin cesar de tantas cosas; huía, huía como en fuga desesperadamente loca de sí misma, y por no dejar salir a su vez de la garganta un grito de ¡Madre! ¡Madre!... clamando el socorro de la suya, que no pudiese prestárselo tan lejos, sepultábase en su alcoba y arrojábase de bruces a la cama para ahogarse en el pecho destrozado los sollozos...


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-¡Oh, no! -protestó al fin Elíseo-. ¡Vendrá Luis! ¡Vendrá a verte! ¡Te pondrá de nuevo un plan!

Y desoyéndole las protestas, fue, lo trajo.

-¡Vaya, Libia! ¡Aquí lo tienes! ¡Al buen amigo olvidadizo que así nos abandona, sin perjuicio de echárselas incluso de andante caballero con sólo que oiga opinar mal acerca de mis dramas!

En la sonrisa de Luis, en el rápido mirar que se cruzaron el médico y la enferma, ella de confusión mortal, él de odioso asombro, como quien torna a ver a una santa trocada en hipócrita demonio, Libia confirmó que Luis conocía sobradamente su indecencia.

¡Sí, sobradamente! Cuando Luis se retiró a un gabinete próximo con Eliseo, y éste (admirado de que no hubiese puesto en la receta sino un poco de bromuro) le preguntó qué enfermedad fuese la de Libia, y le consultó, además, si parecíale que debiesen verla especialistas, el amigo fraternal, el bravo cirujano que entendía apenas de los nervios, tuvo otra sonrisa de piedad que lo era también de penosa persuasión sobre que el bromuro no sirviese menos ni más que otras drogas para combatirle su mal moral a la paciente.

-¡Déjala! ¡No tengas cuidado! ¡Un poco de histerismo! ¡Es el tiempo el que la irá curando, y nada más!

Ya en la calle, recordaba la sorpresa que en la misma noche aquella del lance le produjo su mujer, su bonísima María. Le aguardaba alarmadísima, y al saber lo que habíale retenido hasta el amanecer fuera de casa, dobló la frente, y confirmó: «¡Pues sí, Luis, no había querido decírtelo, porque sé cuánto los quieres, pero he oído también, se dice por ahí que fue Libia la heroína de ese escándalo que rodó por los periódicos...!» Lloraron, los dos. La honradísima María, más aún que por sus aversiones de honradez, por la amargura de volver a contemplar a Libia en su indecoro, deseó no verla más.

Y él, Luis, que visitó a Eliseo en la siguiente mañana, al tiempo que éste disponíase a visitarle para agradecerle y reñirle su impulsividad caballeresca, «por una tontería», en el horror de Libia al oírlos a ellos comentar el incidente, íntegra recogió la autodelación de la perversa.

Mas tampoco él había dejado de verlos en un mes por tal motivo, aunque guardase en el alma su dolor, sino por los hábitos de trabajador infatigable y por la distancia a que vivían unos y otros, de extremo a extremo de Madrid, que, aparte el paternal descuido de su trato, exento de etiquetas, en la vida tan diversa de ambos matrimonios, hacíale raras las visitas, aunque no menos entrañables.

Continuó, pues, asistiendo asiduo a la infeliz que arrastraba sus dolientes agonías por los divanes. En largas miradas y en frases de piedad procurábala consuelos.

-¿Y Mari? ¿Y Mari? -no cesaba Libia de preguntarle, ansiosa de una sombra de bondad junto al lecho de martirio.

Aunque ahora supiese sus miserias, sólo aquella santa pudiera recogérselas como una madre capaz de todos los perdones a través del angustiosísimo silencio.

-¿Y Mari? ¿Y Mari? ¿Por qué no viene?

Invadió a Luis una congoja. Le habló a María.

-¡Ve, mujer! ¡Ve algún rato a acompañarla! ¡Clama por ti! ¡Si fue mala, harto con el arrepentimiento y el sincerísimo pesar lo está pagando!

Anochecía, la tarde en que llegó la honrada, la infinitamente honrada y buena al lado de la vil. Tronchada por la angustia y por la falta de energías, no pudo ésta siquiera incorporarse bajo el peso de las ropas de la cama, que antes que al cuerpo procurábanle calor al alma desgarrada y aterida. Estaban solas. Fue un cruel encuentro de hermanas que el mutuo horror paralizó, y sin besarse, sin decirse una palabra, cogidas solamente en avidez por una mano, la recién llegada se sentó a la cabecera. Por unos instantes, en lo semiobscuro de la estancia, trataron de ocultarse el llanto de los ojos; pero en el silencio gimieron luego las gargantas..., y a un impulso giraron ambas y se abrazaron fuertemente. Las lágrimas se confundieron largo rato, igual que se fundían en inversa emoción de vergüenza y caridad los corazones. Para reanudarse el pacto fraternal, más firme que nunca, no necesitó sincerarse de otro modo.

Hablaron en seguida de sus niños, de sus casas, de las cosas humildes y sencillas.

Hablaban de estas mismas inocencias siempre, siempre, en las sucesivas tardes, y la hora que pasaba Mari allí iba siendo para Libia un inefable bien que aliviaba y hacíala olvidar sus desventuras...

Pudo permanecer más tiempo levantada, paseando por la tibia galería al brazo de Eliseo o al brazo de María, o reclinada en el diván bajo unas pieles. Sin embargo, comía poco, dormía mal, con pesadillas que evitábanle al sueño leve los descansos, y la demacración de su faz, que asustaba a todos, asustábala a ella también en los espejos.

Si a la íntima melancolía de la tertulia llegaba Ernestina alguna vez en la eterna prisa de sus tés y de su auto, dejaba tras de ella un mundano efluvio de lujos perfumados que ponían a la enferma más nerviosa. María, Ambroa, Luis, Astor, que también fumaba despreocupadamente en su butaca, tenían para la superficial Ernestina la misma condescendencia de desdén, y las mismas miradas de dolor caritativo para la pobre Libia, a quien la loca gentil evocábala el Madrid de sus tormentos.

¡Era nada más Eliseo el que no sabía, el que no podía interpretarle sino al revés aquellas súbitas tristezas!

-¡Oh, mujer! -le decía, besándola las manos-. ¡La niña mía! ¿No estás mejor? ¡Pronto volverás con ella, a tu vida, a los paseos, a los teatros!

Mas no; no estaba mejor Libia.

Estaba siempre igual, y hasta el ruido de las calles que subía por los balcones crispábala los nervios y le anegaba el ser entero de un afán de lejanías, de soledad, de una definitiva e imposible fuga en el olvido de las gentes.

-Y bien -planteó una tarde Luis, el médico que no quería la intervención de especialistas, y del cual eran, no obstante, las técnicas responsabilidades de la larga enfermedad-. ¡El campo! ¡el campo! ¡Hémoslo resuelto anoche Mari y yo!... Los padres de Mari tienen en Extremadura una hermosa finca, y a ella iremos todos por dos meses, por tres meses: Libia, Inés, Mari, mis hijos, tú, Eliseo, a escribir cuanto te plazca; es decir, todos, menos yo, por mis enfermos, que sólo me permitirán ir a veros los domingos.

Discutida la proposición, que era, además, una orden, quedó aceptada.

Y desde el nuevo día empezaron los preparativos para el campo, comprando Mari las toscas botas y los abrigos y los impermeables de hule, baratísimos, de marinero, que Libia y ella, y los niños, especialmente, en el mal tiempo, habían de necesitar contra el barro y contra el agua.

-Porque, no creas tú, ¡oh mimada señorita! -decíale a Libia, al verla sorprenderse de la tosquedad, de la rudeza de todo aquello que traía de los comercios-; la dehesa de mi padre no es el Retiro, aunque sea más hermosa que el Retiro, con sus vacas y sus cerdos, ni la casa es un palacio. Prepárate a vivir en la pobreza, como una simple campesina. ¡A lo bruto, a lo salvaje!

Libia sonreía.

Eliseo se sublevaba al ver que, por los consejos de Mari, el baúl de Inés íbase llenando de trajes viejos de lana, de baberos nuevos de percal... Él, porque Luis habíale dicho que abundaba la caza en Los Mimbrales, y aunque no había visto una perdiz viva jamás, acababa de comprarse una excelentísima escopeta y unos arreos de elegante cazador que le costaron tres mil reales...


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Capítulo III
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Los abismos- Segunda parte Felipe Trigo


Un tren que sobre el estruendo de sus ruedas los bamboleó por muchas horas, que se detuvo en muchas estaciones, y que, a media noche, entre las inclemencias del frío y de las tinieblas, tuvieron los dormidos niños y la desvelada Libia que dejar en la más abandonada al desamparo de los campos. Una espera hasta el amanecer en los bancos de un vestíbulo, bajo el farol de aceite y contra fardos de patatas y sardinas. Una desvencijada diligencia que los recogió apretadamente y que durante el día entero los fue arrastrando con su monótono campanillear por la blanca carretera tendida sin fin en áridas campiñas. Un ruin mesón de pueblo grande, aceptado a la mitad del viaje para darle en la segunda noche a la enferma un poco de reposo; mal mesón, con honores de fonda, sin braseros, alumbrado con bujías, y en donde cenaron sopas de anís y gallo frito. La diligencia otra vez, recogiendo al salir el sol a los que no lograron descansar por culpa de los mosquitos y serenos; la carretera interminable, de nuevo, subiendo fatigosa a unas montañas, y a las tres de la tarde, la cima, el puerto, la venta como de ladrones en que aguardaban los rústicos sirvientes cuidando los borricos; una sopa todavía, de huevos y jamón, en tanto se cargaba a lomo de las bestias el complicadísimo equipaje; lanzada luego la gitanesca caravana por los abruptos senderos a los hondos valles que cambiaron el paisaje a frondosidad de maravilla; pinos, águilas, simas, canchos...; y salvado con luz del día lo más salvaje y peligrosamente agreste de esta última etapa de la marcha, el retorno sobre los caminantes del frío de las estrellas en una llanura inmensa de rañas, de jarales, en donde aullaban los lobos...

Cuando Libia descendió yerta a las puertas de la casa, y seguida de guardas y pastores entró en el destartalado cocinón en donde sólo halló la nota alegre de un gran fuego, creyó que la piadosa Mari no hubiese querido sino traerla a morir tranquila en un destierro, perdidamente... lejos, tan lejos, tan lejos, con aquellas llanuras y aquellas sierras y aquellas carreteras infinitas y aquel tren apartándola del mundo que aún sobre la muerta pudiera tender sus difamaciones rompiendo en maldición el llanto de Eliseo.

La desolación se le colmó al recorrer rápidamente con Mari la vivienda. Hecha la limpieza de ésta a escape, por la prisa con que avisaron su arribo los viajeros, hallábanse recién enjalbegadas y fregados sus bóvedas y sus pisos de ladrillos; no tenía puestas más que unas camas viejas en tres habitaciones, vacías completamente las demás, y un rimero abominable de muebles rotos, despintados, en un desván, como en una prendería, al lado de montones de cebada y de cebollas.

Mari había ido exclamando a cada cosa, ante los ojos asombrados de Libia y de Eliseo:

-¡Veréis, veréis qué bien nos instalarnos! ¡Veréis qué bien lo pasaremos!

Y el asombro mayor, para la enferma, para la acabada de agotar por el durísimo calvario, para la que en Madrid no podía tocar los manjares delicados ni dormir en lecho de plumas y edredones, fue la voracidad con que comió las presas de un caldero recién quitado de la lumbre, y su sueño profundísimo, de la noche entera, en la cama que clavábale los hierros por la espalda.

¡Ah, era que su cuerpo se rendía por primera vez a la física fatiga, y era sin duda en lo que confiaba Luis para volverla a la salud en lo posible!

Y ahora, ya encajada la vida, ya en su sitio cada uno de aquellos muebles del desván, todo limpio y recompuesto y en orden siempre por la exquisita atención de Mari, a Mari no cesaba de repetirle la gratitud de los que casi la hubieron de odiar en sus emociones horrendas del viaje y la llegada:

-¡Oh, sí, qué bien estamos instalados! ¡Qué bien lo pasaremos!

Despierto Eliseo al despuntar el alba por el escándalo de cerdos y de mulas en el corralón, por el canto de los gallos y por los mozos que empezaban a subir a los graneros, levantábase, tomaba su desayuno de migas con café, a la lumbre, y encerrábase en la sala para escribir su drama de ilusión, sobre una mesa coja.

Despierta Libia, después de harta de dormir, freíales jamón para las migas a los niños, salían éstos a jugar, asomábase a la puerta para verlos bajo las encinas dispersarse con su loco chillar de gorriones y quedábase gozando por un rato la placidez de la mañana. Los mirlos cantaban; volaban en bandos las alondras; llenaban las aguanieves las praderas, y la niebla, desgarrada en los picachos de los montes, hundíase en los barrancos tendiéndoles su dosel de gasa a los riachuelos.

La dehesa hallábase enclavada entre otras dehesas que perdían sus arboledas de perenne verdor en dilatadísimos confines. La casa, sobre un cerro, detrás de un huerto de rosas y naranjos, reducíase a un gran cubo de paredes blancas, de tejado rojo, de ventanas verdes, al cual, por la trasera, hallábanse adosadas la del guarda y las tapias de cuadras y corrales.

Entraba Libia, y dedicábase con Mari a las faenas del arreglo. Barriendo, a lo mejor, o fregando las jofainas por sí misma, sin peinarse y sin más adornos que un simple vestidillo, sorprendíase de la enorme distracción que esto le causaba, en charlas incesantes con María. Ignoraba ella que guardase una tal trabajadora modestísima y alegre, jamás por nadie dispuesta para ello, la fatua señorita de Madrid. No sabía, no había podido sospechar nunca, tampoco, la comodidad de la humildad, o a mejor decir, de la pobreza, con tal que fuese limpia y un poco perfumada cordialmente...

¡Ah, sí! Tenían que reírse las dos, celebrando ingenuas sus asombros de lo bizarra y pintorescamente lindos que iban dejando cada cuarto, cada cosa. En el de Libia, una ancha cama de hierro, reatada, sustituida con un taburete una pata, debajo, y con seras de esparto que defendíanla del frío de la pared... ¡porque puesta en medio, se caería! Más esteras, en el suelo, quitadas de unos carros, y dos alcayatas y un cordel muy útil como percha. En el de Mari y sus tres niños, otras camas de tablones, pero asimismo cubiertas de colchas primorosas; un gran baño de aseo, de loza vidriada, y clavos por los muros. En el de Inés y de Clotilde (despedida, no vino la inglesa institutriz), catres de tijera y una silla...; y en todas, también los cien recursos de utilidad o de simple adorno con que suplían faltas sin cesar las bravas ingeniosas: cuencos del café para el servicio de los dientes, esquilas de cordero como timbres, trípodes de palo con una tabla, en no fácil equilibrio, y que cubierta con toallas servían para sostener los trastecillos de tocador no menos que mesas de mármoles y jaspes; y principalmente, y alrededor de todo, entre la limpieza mística de ermita, lazos, lazos, y flores, muchas flores de los campos, del jardín.

-Mis padres, ¿sabes? -explicábale María-, están tan viejos, que ya no vienen nunca, desde años hace, y tienen esto abandonado.

Pero reíanse, reíanse las hacendosas; bastábanse a sí mismas con su ingenio y creían enteramente inútiles las ofertas de otros trastos y otras camas que hacíanlas los buenos viejos desde el pueblo no cercano. ¿A qué? Vivían bien. Disponían de lo preciso. Los niños y ellas hallábanse encantados de la rusticidad, y cien veces mejor, Libia sobre todo, que entre los superfluos faustos y molicies de su casa madrileña.

Para guisar disponían de dos sartenes; para sentarse en la cocina, de un sillón blanco de madroña, de seis sillas, y de un vetusto arcón que servíales al mismo tiempo de sofá; para alumbrarse, de candiles de aceite y de dos quinqués de acetileno. Guisaban, por las noches, ayudando Libia a desplumar gallinas y perdices; jugaban los niños en un rincón, y Eliseo leía periódicos, en el sillón de patriarca, con los pies hacia la lumbre. Hervían los guisos, aumentábasele a todos con su aroma suculento el hambre de los larguísimos paseos; cenaban, y eran de ver las tertulias que hasta la hora de dormir, reanimado el fuego con verdaderos montes de leña que hacían a las llamas retorcerse por lo negro del hogar y a lo largo de las llares, formábanles el guarda y la familia del guarda y de los vaqueros y pastores, trayendo cada uno su asiento, de taburetes de corcho o de encina, bajo el brazo.

Un gran corro, en el cocinón inmenso, bien cerradas las puertas que aislábalos, con una grata sensación familiar de miedo y de calor, del frío y acaso de los lobos que fuera merodeasen siniestramente por las sombras. Rugía en la chimenea el viento, ladraban los mastines, y allí dentro hablábase de lobos o contábanse cuentos que hacían temblar y reír a los chiquillos.

«Señoras gallinitas -decíale un zorro a unas que, al verlo, habíanse encaramado en un carrasco-, podéis ustedes abajarse y estar sin cudiau denguno junto a mí, porque el señor gobernador ha ordenao en un bando que, desde hoy, andemos amiguitos y en paz y como manda Dios tos los aniniales.» -«¿Sí? Pos, güeno, señor zorro; aspérese osté a ver si pasan aquellos perros que vienen por allí con cuatro cazaores.» -«Entonces me voy, señoras gallinitas; vaya, ¡adiós!, no sia el demóngano que no s'haigan enterao del bando entodavía.»

Otras veces tocaba un empellicado pastor el rabel, cantaba la guardesa, llevaban varios el compás con cucharas y almireces, y armábase un gran baile en que brincaban y mirábanse amorosos los zagales y zagalas. Libia, cogida de alma y corazón en el estruendo de inocencias, miraba las de Mari en su bella faz de reina provinciana; veíala bailar con algún viejo pastor, y ella propia, sacada también a viva fuerza por Inés, no tenía más remedio que lanzarse al torbellino de locura.

Unas tardes iban a coger flores de junco y piedras blancas en el río. Otras a pescar ranas en los charcos. Los niños corrían delante, con Mari. Llevaba Eliseo la excelentísima escopeta y los flamantes arreos de cazador, y conformábase matando pájaros, porque inapercibido sorprendíanle constantemente con su rauda fuga los conejos, las perdices. Pero rebosábale el contento: en un mes le había vuelto a Libia el color de la salud y él adelantaba mucho en su trabajo.

-¡Oh, cuánto me alegro de haber venido, Libia, por ti y por lo intensamente que escribo en esta paz...! ¡Qué drama, qué drama esta vez, el mío!

Decíalo alucinadamente él, que no era vanidoso, que siempre, antes, se había mostrado inseguro de sus obras, y ella, picada de curiosidad, preguntábale el asunto. Mas no quería anticiparla sino el título, Los abismos, y nada, absolutamente nada de más, el autor que, sabiéndola dotada de un certero instinto crítico, hasta después de haberlas terminado no se las leía, y a ella siempre la primera, a fin de recoger su íntegra impresión.

Llegaban al río, soltaba él la escopeta y poníase a cortar el agua, con planos guijarros que saltando recorrían la superficie, en unión de Luisito y de Jacobo, los dos niños de Mari. Ésta, con las niñas y con Libia, buscaban berros y espinacas. De vuelta, parábanse a recoger huevos, en los nidales de los chozos, y a ver ordeñar la leche que, luego, delante de ellos, transportaba en un gran tarro un cabrerillo.

Libia, arrebolada por el aire libre y por el sol, se admiraba de encontrarse y de que todos la encontraran, a pesar de su adorno sencillísimo, más arrogante, más guapa que con sus lujos de Madrid. Lo mismo le pasaba a Inés, vestida ahora con una campesina modestia que había dejado de diferenciarla, en la insolencia de aquellas plumas y aquellos terciopelos, de los hijos de María. Y así, eran también los chiquillos más amigos del alma, más humanamente hermanos. ¿De qué, pues, servían las galas, que no aumentaban siquiera la belleza, creando solamente necias suspicacias de corazón a corazón?

Era el campo todo, en el hermoso anochecer, un concierto de armonías. Saltaban chillando de encina a encina las urracas, los mohínos; trinaban por la hierba las cigarras, y de todas partes acudían los cerdos con sus filosóficos gruñidos al silbar de los porqueros.

Libia, y aun el propio Eliseo, sorprendíanse del idílico valor, aprendido de Mari, con que al cruzar la vacada veían pasar cerca los toros, casi rozándoles los cuernos. Más confiados, no obstante, entre los rebaños de ovejas, seguíanlas a las majadas en pos de sus balidos. Entre teníanse viendo encerrarlas en las redes; soltaba el mayoral los corderillos, y hambrientos y mimosos, sin equivocarse ninguno, corrían en busca de sus madres: mamaban, mamaban, prendidos a las ubres, con ojos de ternura; y los mastines, mientras, fieros, solemnes, con lenta majestad, ladrando alguna vez a los lejanos ruidos toscamente, repartíanse por fuera en su papel de nocturnos centinelas.

La luna solía alumbrar la vuelta hacia la casa, cargados todos con las flores y las varias provisiones recogidas, y al tomar el té junto al fuego de la cocina blanca y confortable, amplia, donde podía tenderse como en un sagrado templo de la vida la inmensa y como espiritualmente animal satisfacción de cada uno, hablaba Eliseo de la paz que día por día más iba extasiándole, hablaba Mari de la baratura inconcebible de las cosas, la mayor parte ofrecidas de un modo generoso por el campo, y hablaba Libia, en fin, con ansias entrañables, de comprar una rústica casa donde hubieran de instalarse para siempre y donde mejor que en parte alguna pudiera el escritor entregarse a la libre inspiración de sus dramas y comedias...

Ponía en ello tanto empeño, tanta fe, que llegaban en serio a discutir su conveniencia, asimismo Eliseo por aquel proyecto seducido. ¿Por qué no? ¡Ir él, a Madrid, a temporadas! ¡Hallarse fuera de envidias y miserias! ¡Ahorrar! ¡Juntarse un capital rápidamente...!

Sin embargo, pronto los traía a la realidad su situación, harto poco desahogada para intentar compras y traslados, y el asunto quedaba como una cuestión de porvenir que debiera no olvidarse. Cogía él los periódicos, poníase María escribirle a su marido, y Libia, entonces, turbada con la visión de aquel Madrid funesto al que hubieran de volver, cruzando el corralón se iba a la casita del guarda para seguir ilusionándose de rústicos olvidos...

Más pobre la vivienda del guarda, pero más completa en su menaje por la atenta previsión de una familia numerosa, reunía a ésta en una abrigada cocinita de suelo de tierra, de techo de negras vigas y llenas las paredes de sartenes, de peroles y cazuelas, de botijos, de estantitos para lozas y cucharas, de escopetas, de asadores, de escardillos, de alforjas y aguaderas, de útiles de guisar y de trabajo...; pero tan pulcramente dispuesto todo, las cosas, las personas y hasta los costales de avena y de bellota en los rincones, que daban una sensación de indestructible dicha aquellas gentes que, con el perro en medio y los gatos dormidos a los pies, hasta para el descanso de las noches tenían quehaceres dulces. El padre construía una fiambrera de corcho, la madre y la hija mayor remendaban pantalones, y Pedro, el más talludo de los chicos, enseñaba a leer a los pequeños.

Libia, a quien dejábanla preferente un sitio, complacíase en charlar con ellos y en impregnarse el corazón de sus venturas. Cenaban temprano y veíalos picar las coles, pelar patatas o rebanar el pan para las sopas. Una sola sartenada de algo de esto, lo que fuese, con tal cual extraordinario de torreznos, los domingos, y un eterno y abundantísimo gazpacho. No obstante, condimentábanlos tan bien, sin más que el aceite y la sal y el pimentón que iban sacando de los cuernos, que ella misma, al observarles la fruición con que los saboreaban después de un alternado cucharetear a la cazuela, los probaba y los hallaba substanciosos y agradables. Además, de que debían serlo ofrecían el testimonio aquellos fuertes cuerpos y aquellas rojas caras de salud, en los hijos y en los padres.

-¿Gastan ustedes mucho? ¡Cuánto! ¡Vamos a ver!

-¿En qué, señorita?

-En vivir.

-¡Ah!, pues... ¡Échele osté un corte!

-¿Treinta duros?

-Más, cincuenta; y once fanegas de trigo y seis de cebá pa la burra.

-¿Al mes?

-¡Al mes! ¡Cómo al mes...! ¡Digo, la señorita...! ¡Al año, al año! ¡To lo que entre tos se gana, y Dios que no nos farte!

Se asombraba Libia. Callábase, con pesar y con vergüenza. Imponíasele el absurdo, la pasada locura de su vida. Ella había invertido ocho mil duros en trapos, para un crimen, y con cincuenta al año vivía aquí una familia de diez personas que tenían fuego, buen sustento, abrigo en limpias ropas, y la alegría santa del sol y de los campos.

Se levantaba y se iba a darle a su Inesina aquellas lecciones del francés que no estaba muy segura de que a ella propia le hubieran servido nunca para nada.

Luis venía cada mes y estábase en la finca algunos días. En este segundo viaje, burlándose del perfilado cazador que no cazaba más que pájaros, y con la oportunidad de que en el cálido Febrero empezaba el celo de perdices, le agenció reclamos y le enseñó a hacer los puestos y a matarlas.

Por las noches, trayendo cinco, siete, entre los dos, y contentísimo el neófito, hablaban de perdices. Luego, satisfecho el médico del silvestre y hondo gozo que en todos advertía, renegaba de Madrid, proponíales alargar aquí la temporada, y en contra de Eliseo, único que alguna vez echaba de menos sus cafés y sus teatros, con Libia y Mari poníase a ponderar los gustos naturales y sencillos.

El lujo le irritaba. Sabía que hacíale a Libia un bien forzándola aún más a detestarlo, fomentando sus nacientes aficiones por la vida simple, por la noble y dulce calma del hogar, y con su rudo buen sentido glosaba los argumentos de Astor contra todo lo idiotamente aparatoso.

¿De qué servían... los lujos? Encarecían la vida horriblemente, dejaban imperar la tisis y la anemia por reducir al hambre el secreto de las casas a cuentas del público esplendor, y sin conseguir más que afear la belleza con adornos ridículos, salvajes, ni aun lograban su propósito esencial de diferenciar socialmente las alcurnias. En efecto, creía Luis que el señor antiguo pudo singularizarse también con indumentarias de respeto entre todos sus vasallos, con unas cuantas sedas, unas cuantas joyas familiares y una sola creación modisteril que duró lo que su época: -«traje Felipe II»; «traje María Antonieta», se dijo; pero las modernas máquinas fabricaban de pitas y de cuarzos sedas y joyas más o menos falsas, del mismo efecto embellecedor que las auténticas, y la duquesa y la millonaria y las que no lo fuesen lucían iguales lujos, al menos aparentemente, a pesar de los cambios incesantes de la moda. En el afán de variar, de diferenciarse, no les quedaba a aquéllas más que la rabia eterna del fracaso.

Además, a la advertencia de Eliseo sobre si el lujo sostenía o no una vasta industria universal que daba de comer a muchas gentes y que representaría la prosperidad de las naciones, Luis replicaba y defendía que la tal industria era inútil e inmoral, por mucho que pudiera enriquecer a los traficantes y a los países en que hallárase más próspera. Lo importante para la humanidad no estaba en crear con el trabajo un valor ficticio, superfluo, sino en invertirlo racionalmente produciendo con fácil abundancia los elementos necesarios de la vida; y lo falso de aquella riqueza veríase en cualquier pueblo que, no contando con otra principal actividad que sus fábricas de lujos, sus sederías, sus joyerías (al lado, por supuesto, de un ejército de hambrientos), aislado por una guerra, verbigracia, no pudiera recibir en cambio los trigos para el pan, las carnes, las mantecas, y tuviera que comerse sus rasos y brillantes. ¡Ah, riqueza estúpida, riqueza convencional, que no tenía nada tampoco de riqueza artística, la de esos efectos, sin otra positiva estimación que la del «valor en cambio», especie de nueva moneda más, lanzada al mundo para su vanidad y para su agobio!


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Capítulo IV
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Los abismos- Segunda parte Felipe Trigo


Marzo se iniciaba con un temporal de frío, de vientos y de lluvias digno de lo más crudo del invierno.

Añorando los paseos al sol, no tardaron todos en hallar bizarras distracciones.

Un placer, en sentirse azotados por el vendaval y por el agua. Poníanse chanclos o botas fuertes, abrigos, impermeables; y ya recios contra la intemperie por su larga familiaridad con las encinas, iban chapoteando barro a ver en los arroyos y en el río las tremendas avenidas que ensanchaban turbias su corriente.

Obscurecía pronto, bajo el cielo anubarrado, y hasta la hora del té refugiábanse en un chozo de porqueros próximo a la casa. Allí podía Libia confirmar, aún mejor que en la del guarda, con cuán poco se puede forjar una paz feliz sobre la tierra. Tres niños, el mayor de catorce años, y el más pequeño de cinco, lo ocupaban, en compañía de un mastín. El padre, por atender a su mujer, enferma, dormía en el pueblo por las noches.

Sentábanse con ellos, alrededor de la fogata, en el ruedo de camastros lleno de mantas y pellicos. Un candil, y el reflejo de la lumbre que el muchacho mayor iba alimentando poco a poco, alumbraban la tertulia. Inés y los niños de Mari, no menos que Mari misma y Libia, encontraban extrañamente deliciosa la abrigada estrechez de aquel negro cobertizo de palos y de hierbas que por fuera azotaba el huracán.

-¿No os da miedo?

-Quia, no señora; ¿de qué?

-De los lobos.

-¡Quia, no señora; miste el perro ahí!

-O de ladrones.

-Quia, no señora. ¡A musotros no mus roban! ¿Qué mus iban a robar?

Lucio, el que hacía de padrecito, contaba que en algunos inviernos, y en noches peores todavía, ellos tres solos habían recogido y dado de comer a mendigos caminantes, durmiéndose con ellos después a pierna suelta.

-¿Sin miedo?

-Quia, sin denguno; ¿pa qué? ¿Qué mus iban a jacer? ¡Pa qué quié usté que juesen a matarnos!

El pequeñín, descalcito, recogido con la cara llena de churretes y la barba entre las manos, miraba atento. Él no tenía miedo tampoco, de noche. Si despertábale la sed, le daba a otro una patá, pidiendo agua.

Libia consideraba la tranquilidad con que, entre no importaba qué riesgos del mundo, podían vivir la pobreza y la inocencia, al amparo de la compasión fraternal que hacía buenos a los malos. Y, por otra parte, no revelaban estos niños menos satisfacción plena de la vida que los hijo de ellas, que los hijos de los ricos: sabían estarse mirando al fuego, quietos, mudos, con una calma beatífica hasta la hora de dormir, y ellos mismos, en el único caldero que servíales para todo, se freían las patatas de la cena, barrían el chozo, traían el agua, repartíanse las rebanadas de pan, dábanle su ración al perro, y subvenían, en fin, fiados en el porvenir que haríalos porqueros como al padre, sin miedo a ruinas ni sociales rebajamientos imposibles, a todas sus necesidades. Nada sabían, aparte de guardar puercos y tenderse al sol entre las flores; no habían visto nunca el tren ni ciudad alguna, y, libres de toda inquietud, debían tener de la existencia una idea de dichosa eternidad, en una sucesión de presentes dichosísimos, lo mismo que los pájaros. Durante el día, se les oía cantar hundidos por las frondas, detrás de la piara; y para realizar tal existencia, bastábanles de noche los cuatro palos de cabaña en que guardaban las pieles, las mantas, tres cucharas, tres cacharros para la sal, el vinagre y el aceite, un botijo para el agua y un gato.

Miraba Libia a los niños de María, que tenían también un poco de esta sencillez angélica, y recordando la casa de Mari en Madrid, simple, sin lujos, creíala el ideal de comodidad modesta en que debieran resolverse y encontrarse la pobreza de los pobres y los faustos de los duques... ¡y los faustos falsos de ella misma!

Encendían los porquerillos antorchas de gamones, y trayéndolas en alto, chispeando por la lluvia y las tinieblas, alumbraban la vuelta hacia la casa.

Mientras, Eliseo, ampliando ahora la labor de las mañanas, encerrado en el salón, seguía escribiendo el drama de intensa humanidad que inflamaba su entusiasmo. Faltábale apenas el final, y corregirlo. Con él obseso, había que llamarlo insistentemente para el té.

Al esplendor mismo de su obra, íbansele cegando las plácidas visiones de la campestre soledad.

Sentíase ya un poco extraño en la dehesa, en la consagración de aislamiento a los rústicos gozos familiares.

Muchas tardes, mirando caer monótona la lluvia por el cristal de una ventana o desde debajo de un árbol, invadíale el ansia de su vida habitual, de su Madrid, de sus tertulias literarias.

En vano el buen tiempo tornó a dejar como lavada y nueva la verde esplendidez de las campiñas. En el cazador de perdices resucitaba el hombre de ciudad, el literato que, según su trabajo se acercaba al término, advertíase más y más desarraigado de la calma de estos montes.

Entristecía a todos anunciándoles la próxima partida, y él mismo, dentro de los puestos, se olvidaba de la caza.

Cantaba el reclamo, los bandos acudían, y él, abstraído, inquieto, espantábalos con una tos o con cualquier movimiento inoportuno.

Era que día tras día abrumábale el dilema de su Libia y de su drama. Reclamado éste y el autor por el teatro, no lo estaba menos aquí, por la salud de su mujer, el marido tierno y bondadoso. El padre amantísimo, también, puesto que igualmente Inesina íbase poniendo dura y fuerte como nunca.

¡Ah, permanecer en la dehesa seis meses aún, un año, dos, siempre..., según tal vez quisiera Luis, temiéndole a la no total seguridad de los nervios de la enferma! Analizaba él su sorda protesta interior a semejante plan, y el padre, el amante marido afectuoso, vencidos por el artista, tenían que encontrarse un poco miserables.

Seríale en verdad posible enviar la obra, dejar que la leyesen y ensayasen, y sólo asistir, o no asistir, en la noche del estreno. Mas, ¡oh! amaba a la esposa o hija del alma, tanto o más que a la hija de su sangre o a la esposa de su vida. Esto le amargaba, con rubor inconfesable, y sin embargo imponíasele como evidente. Confiada al correo, podría perderse; abandonada a una extraña dirección, pudiera malograrse...; ¡la obra, la obra, el drama de maravilla que hubiera de levantarle al fin a las cimas más altas de renombre! Y todavía, por otra parte, su vida espiritual necesitaba respirar el amor del triunfo, embriagarse de él, lo mismo que su plástica existencia necesitaba respirar los efluvios del inmenso amor cerca de su mujer, cerca de su hija, recogiendo con el corazón y con los ojos las veneraciones que despertábanles sus bondades y bellezas a las gentes.

¡Artista! ¡artista!... Sí, se veía un poco grandiosamente miserable. En él había dos: el hombre y el artista, e igual de falsos ambos, tal vez. Pasada la efímera compasión con que allá en Madrid hubo el dolor de convertirle en heroico enfermero junto a Libia, al riesgo de perderla, y pasada aquí (tan pronto como le pasó el egoísmo del trabajo) la mentida abnegación de vivir en ella y su cuidado eternamente, la especie de necia bailarina que dentro del artista se guardaba volvía en su vanidad a soñar con los amigos..., con el ambiente odioso y seductor de su vida, de sus luchas de la gloria.

Estaba entre las jaras, en el puesto. Se movió en el puesto, y espantó cinco perdices y asustó a la de la jaula. La escopeta yacía a sus pies.

Por la mirilla, valle abajo, no veía hierbas, ni encinas, ni perdices... sino nada más la gloria, como un hueco y casi espantoso abismo rosado, sin términos, sin fondo.

La gloria, cuya atracción de abismo le hacía romper las encantadas calmas saludables de Libia, de Inesina..., de Mari..., niños y mujeres solos a quienes él tendría que acompañar volviendo de Madrid..., renunciando a la infinita satisfacción perversa y vana de humillar a los enemigos con el triunfo, despreciando el constante placer inmenso de las gentes que volvíanse a contemplarle con envidia por las calles...

Libia, afortunadamente, estaba bien; pero si no lo estuviese y él hallárase forzado a elegir entre la eterna vida de destierro por los campos o la vida de su gloria... ¡No, no osó, ni en pensamiento, resolver cuál le decidiese!... ¡considerar, al menos, con qué horrendas muertes de su alma pudiera arrastrarle el sacrificio hacia su Libia!

¡Oh, artista, artista! ¡Oh, gloria, gloria, rosado y casi espantoso abismo sin término y sin fondo!

Luis había llegado. Terminado el drama de ilusión y maravilla, esta noche el autor iba a leerlo. Ya antes de empezar, produjo en el íntimo auditorio la más dramática sorpresa, la más profunda y dramática emoción que nunca en nadie habría de producir.

Eliseo, mientras Luis y Mari y él acomodábanse alrededor de la mesita, mientras Libia transportaba de la cocina a la sala el reverbero para colgarlo en la pared, a modo de única advertencia previa anunció con sencillez que su obra se fundaba «en el suceso aquel, de que hizo la Prensa tiempo atrás público escándalo, sobre las deudas de una dama y una célebre modista».

Con el yerto y repentino estupor, un centellazo de nieve se le tendió a Mari y a Luis por las entrañas. El reverbero, alzado hacia el clavo en tal instante, osciló en las manos de Libia y estuvo a punto de caer.

-No, mira, no alcanzas. Tráelo encima de la mesa. Tendré más cerca la luz.

Obedeció la autómata. Quedaba a un lado la pantalla de latón, y situó la silla protegiéndose en su sombra..., la que no podría escapar, la maldita mártir que nunca había creído que tuviese que morir aquí de una tan imprevista e ingenua y terrible e inocente puñalada...

Luis y Mari, mudos, lívidos, la observaban de reojo.

Trémulo el lector, sin más posible atención en torno a él mismo que la que concentrábale en este primer augurio de su triunfo, empezó alucinadamente la lectura.

La cuarta escena era ya una adivinada reproducción casi fiel de una de aquellas realidades espantosas en que la «dama» de los lujos le escuchaba a la modista sus dilemas del abismo negro de la ruina o del abismo de deshonra de un amante...


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Capítulo V
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Los abismos- Segunda parte Felipe Trigo


Se detuvo el automóvil, y todavía, antes de bajar, volvió a encarecerle a Astor el preocupadísimo Eliseo:

-Sí, mira, te lo ruego. Atiende bien a la lectura. Tu juicio me importa más que nunca.

Astor le sonrió:

-¡Oh, artista, artista! ¡Cobarde!

Veíale la perplejidad que eternamente le acosaba al pasar sus obras a la escena.

Entraron. Eran las tres de la tarde y les chocó hallar el Teatro Español en espléndida iluminación de fiesta.

Por el vestíbulo paseaba arisco y solo el empresario, con las manos a la espalda.

-¿Qué, función? -le abordó Eliseo.

-Ca, hombre -respondió seco el gordo señor Mir-; pues, ¿no va usted a leer? Ensayo general. ¡Se está acabando!

Y sin más cumplidos, de un impulso repentino tomó del brazo al insigne pastelista y le apartó a un rincón. Quería que le hiciese el retrato de su amante, la Méndez, segunda dama de la compañía. Rico, sin pizca de inteligencia literaria y sin una gentileza para nadie, el célebre empresario concentraba toda su atención en el negocio, en la taquilla, con respecto a los autores, y en la compra de caricias, a cuenta de agasajos y cartel, con respecto a las actrices.

Así abandonado Eliseo, en su pesimista desaliento tuvo que recordar el carácter de aquel tosco asturianote, que, no obstante, guardaba un noble fondo, para no creerse en trance de desaire. Alargábase la conferencia, y prefirió esperar dentro de la sala.

Abrió un palco, pasó. El teatro estaba lleno de luces y de gente, el escenario puesto de jardín, y vestidos con los trajes de la representación los cómicos. Se recogió en la sombra, y no supo si celebrar o deplorar la concurrencia que este ensayo fuese a darle a su lectura. Tardó poco en divisar a muchos conocidos, a muchos enemigos, acá y allá, por las butacas. Especialmente, le enojó López Carmona, un joven pálido y audaz, de estirada y dura faz sacristanesca, rotundo en las frases y en los fallos que emitía siempre pontificando en algún corro, y que, a pesar de no haber escrito nunca nada, ni en periódicos ni en libros, gozaba de un crédito actual de certero maldiciente no menos que de una presunta fama de genio del porvenir... así que él hubiera de dignarse aplastar al público con la altiva flor de sus talentos.

«¡Ah, cuando escriba un drama! ¡Cuando escriba una novela!» -se decía. La novela o el drama no acababan de llegar, año tras año, y al futuro coloso, embrión perpetuo de sí mismo, seguía acreciéndosele la omnipotente autoridad que le hacía con devoción ser escuchado, incluso por los críticos, acerca de los dramas y novelas de los otros.

Le temía Eliseo; le temía desde el fondo de su alma y principalmente hoy, abrumado como hallábase por la más desorientada y negra incertidumbre. Quiso distraerse escuchando el ensayo y no lo consiguió.

Tornaba a sus desfallecimientos.

Aquella primera prueba hecha en el campo con la obra a que, mientras hubo de escribirla, le fió tanta ilusión, tanta esperanza, y ante un reducido auditorio que cordialmente érale propicio, no pudo resultar más desastrosa. Libia y Mari callaron, sin atreverse a mirarle ni apenas a contestar, con la misma tétrica emoción, con igual triste indulgencia espantada que si, en vez de un escénico poema, peor o mejor, hubiesen estado oyéndole los desatinos de un loco. Ni las supo arrancar un juicio, fuera de sus vaguedades y evasivas, fuera de aquellas sonrisas como de dolor por él, por algo así como la muerte irremisible de la inteligencia de él, que aun seguían oponiéndole las dos cuando hablábalas del drama, ni del propio Luis, pálido asimismo de emoción incomprensible, logró otra cosa que idénticas reservas.

No olvidaría jamás la única fría respuesta en que quiso encastillarse el buen amigo, el incondicional fanático que cien veces, y aun con motivo de la cosa más trivial, habíale rendido admiraciones excesivas:

«No sé, no sé... ¡vamos!, me gusta, me parece bien escrito..., y, sin embargo..., ¡no sé! ¡no sé!... Déjame pensar. Ya sabes que no entiendo. ¡Hablaremos otro día!»

Se levantaron, tétricos. Fueron a cenar, cena de un entierro, y valiese más que no hubiesen llegado nunca el «otro día», los «otros días» del viaje y del regreso a Madrid, en que ya Luis volvió a hablarle tercamente. El amigo franco, fiel; el hombre de claro instinto para todo, seguía envuelto en nebulosas. Sin acertar a formularle la razón, o sin querer manifestársela, primero se le mostró desconfiadísimo de que la índole folletinesca del drama hubiera de placerle al público, y luego, ayer, hoy mismo, esforzóse testarudo en disuadirle de que ni debía leerlo en el teatro.

«¡No, no es lo tuyo, Luis! ¡No es lo de tu cuerda!»

Y siempre la piedad, siempre la mal oculta condescendencia dolorosa para el niño o para el loco.

¡Ah! ¿Qué conjunto de dislates indignos de su fama literaria, capaces de desbaratársela quizá, hubiese él escrito sin saberlo, y tan enormes que con tal pena mortal los percibiesen hasta las personas de cuya artística aptitud pudiérase dudar mejor que de su afecto? ¿Qué rara demencia o qué insensata obcecación sería la suya, que al repasar severo el manuscrito, una y otra vez, ya advertido, ya puesto en censor duro de sí propio, una y otra vez tornó a encontrarle bellezas y grandezas indudables?

Cortáronse sus cavilaciones de pronto.

Se removía y se levantaba la gente, con un discreto aplauso al ensayo terminado.

Eléctrico, se levantó Eliseo y se fue al escenario por lóbregos pasillos.

Cuando llegó, apagaban el teatro y alzaban los telones. Dos hombres instalaban una mesa con tapete y dos bujías delante de la cancha. Brillaban solamente unas bombillas en las bambalinas del proscenio, y a su muerto resplandor veíanse como fantasmas los actores, las actrices..., los periodistas y críticos y compañeros del autor que, según hubo éste de temer, quedábanse a conocer la nueva obra.

Sí, sí, lo hubo de temer; le contrariaba, al confirmarlo, por mucho que tal curiosidad, al mismo tiempo, le halagase.

Habló con varios.

Estaba inquieto. Buscaba a Astor, inútilmente, y apenas si le tranquilizó encontrar seis o siete leales camaradas entre los tantos que a pesar de sus sonrisas de bondad le eran hostiles.

Unos minutos después, traído por el archivero el original y sentado el autor en el sillón amplio de la mesa, comenzaba la lectura. En otros sillones y sillas, formando semicírculo, habíase instalado la concurrencia numerosa; cerca los actores y las damas que esperaban papeles del reparto.

No fue muy callada la atención al lector, por un rato. Llegaban algunos rezagados, Astor y el empresario entre ellos, y la voz de Eliseo, además, surgía poco segura. Sus ojos iban en lo escrito, pero su corazón y su pensamiento vagaban en sus íntimos temores; y en las manos le temblaban las cuartillas con sólo recordar que hay formas de locura, que hay monomaníacas perturbaciones de la razón, absoluta y únicamente inadvertibles por aquellos que las sufren. La evocación del pequeño auditorio que le escuchó en el campo, y al cual hubo de causarle decepciones tan amargas, presentábasele ante este otro gran auditorio esquivo, extraño, heterogéneo. ¿Iba, estaba ya él realmente haciéndoles oír una obra genial, ininteligible para un pobre doctor y unas pobres mujeres, o el engendro de un monomaníaco que, sin serlo para todos los demás, lo fuese constantemente al recaer en la ridícula insensatez que le hubiese vuelto el juicio con quiméricas y gloriosas obsesiones?

Sin embargo, arrancó pronto un rumor profundo de sorpresas, y su voz vibró más firme sobre las ágiles intensidades del estilo que se ceñían como serpientes vivas a la acción de creciente y trágico interés. Despierto el de todos, quedaba esclavizado. Ávidos los ojos del lector, revolaban de rato en rato por el concurso, queriendo recoger las emociones que causaba. López Carmona, que antes le había estado mirando con distraída impertinencia desde enfrente, situado bien visible en un claro de las luces, como quien no ignora que sus gestos van a dar la pauta general de la aprobación o el desagrado, atendíale al fin de un modo absorto; Astor, no lejos, había dejado de juguetear y susurrarle bromas a una actriz, y hasta el empresario, el despreocupado y tosco señor Mir, cuya cara de cerdo blanco con tres barbas solía conmoverse poco de literaturas, tenía muy abiertos los ojos para atenderle fijamente.

Tras una presentación plácida de hogar, en gozos familiares y en triunfos de salones, este primer acto lo constituía el calvario de una bella dama que, siguiendo la insensible cuesta abajo del lujo y de las deudas, imposibles de saldar por el marido, un conde de Argelez, con menos caudal que altezas de corazón y falsos faustos, caía en las garras de una célebre modista.

-¡Qué barbaridad! ¡Diríase su mujer! -les comentó a los de su alrededor, Carmona, al llegar aquí, no sin la misma asombrada admiración y quizá las palabras mismas que recorrían de punta a punta al auditorio.

Y cuando en la sucesión de escenas el acto terminaba con las indignaciones de la dama honradísima ante la infame mujer que proponíala entregarse a un amante y explotarlo, como única manera de salvarla del escándalo y de la ruina judicial, ya no hubo duda... ¡el autor, ciego o audaz, con ceguedad o audacia insignes, traía al teatro un pedazo, al menos, del propio drama de su casa!

Un silencio de estupor y de impaciencia reinó durante la breve pausa que marcó Eliseo. Mas no se hallaba fatigado; y puesto que nadie hablaba, y aquella enorme y crispada expectación bastaba a compensarle, siguió inmediatamente la lectura. Gentes nuevas, cómicos y cómicas jóvenes, empleados de la contaduría, sirvientes subalternos del teatro, asomándose a los bastidores y avisados no se supiese por quién, iban aumentando el concurso, cuya maligna curiosidad creyó verse defraudada unos momentos. El acto segundo comenzaba entre la dama y la modista con un diálogo en que aquélla, triste, tiernamente, espantábase de la enormidad y la inutilidad del sacrificio de su honor... Llegó a temerse que el autor, acaso conociendo y torciendo a sabiendas los sucesos que inspirábanle, con la compasión de la modista aspirase a dejar en salvo la virtud de la heroína, habiendo escrito, pues, el drama, sin otro fin que la inoportuna y necia pretensión de sincerar a su mujer públicamente...; y la impresión de general desasosiego sólo volvió a trocarse en admiraciones a lo insensato o a lo heroico al revelar el transcurso de la escena que estaba consumado el sacrificio de la honra.

-¡Bravo! -lanzó Carmona.

El ardoroso y seco aplauso, nacido de sus malevolencias, y acabado de arrancar por la dramática situación, de hermosuras indudables, extendióse a los demás con un murmullo:

-¡Bravo! ¡Bravo!

De todos, muy pocos callaban apesadumbradamente, con los ojos en el suelo; y Astor, de un modo singular, habíale dirigido a Carmona una mirada rápida, de lumbre.

El drama, en este acto, e intensificándose sin cesar por vigorosa inspiración, seguía reconstituyendo con un arte horriblemente bello y formidable el gran escándalo que no hacía un año atrajo la burlona piedad del público hacia el hombre infeliz, hacia el extraño autor de inconsciencia inverosímil o de estupendas osadías que aquí tan serenamente iba leyéndolo. La sucesión de escenas, a través del intento de chantage y entre el siempre tenso estupor de los oyentes, que no cesaban unos a otros de mirarse, llegó con máxima emoción a la visita del jefe policíaco. Entonces, Mir, el empresario, no pudo reprimirse; se levantó, se deslizó sin ruido y por las semitinieblas y por detrás de las sillas, y haciéndoles señas a dos o tres críticos amigos, se los llevó a un cuartito del foro. Carmona los siguió.

-¡Señores! ¡Esto es inaudito!

-¡Qué barbaridad!

-¡Qué barbaridad!

Poníase en la cabeza las manos.

-¡Qué barbaridad!

-Incomprensible ¡Estupendo!

-Ese hombre ¡por Dios! ¿Qué es lo que hace?

-¿Sabe lo que ha escrito?

-¡Oh, no! ¡yo no pongo, yo no puedo poner eso en mi teatro!

-¡Qué barbaridad!

-¡Escándalo de escándalo!

-¡El caso es que está bien, que llega, que toca al corazón profundamente! -sentenció Carmona, sin que esta vez tuviese que valer su autoridad en el general convencimiento-. ¡Es lo más fuerte que ha hecho ni puede hacer ese pobre de Eliseo, jamás, y acaso lo más artísticamente fuerte que yo he oído desde muchos años hace! ¡Lo que puede la verdad!

-Y... ¡qué verdad!... ¡No, yo no lo pongo en escena!

-¡Claro!

-¡Claro!

-¡Claro! -opinaron otros tres.

-¿Por qué no? -protestó enérgico Carmona-. ¡Vale, y basta! Usted, querido Mir, no tiene para qué administrarle a nadie la conciencia. ¡Un éxito brutal! ¡Un éxito sin precedentes!

-Pero..., ¡de escándalo, de escándalo que haría hundirse la sala en el estreno! ¡De ridículo infinito para el autor y para mí!

-¿Para usted? ¿Por qué razón?

-¡Oh, vaya! ¡El público se indignaría!... Fíjese: o sabe el autor lo que ha hecho, o no lo sabe; y en el segundo caso, sobre todo, no se me perdonaría el haberle dejado ponerse en evidencia.

-¡Ah, bah! ¡El público, el público, sin tener que meterse a justiciero, no se inquietará más que de si el drama le interesa y le divierte! Un éxito colosal, repito, de arte, de taquilla. Además, no cabe duda que el autor sabe para qué y por qué ha escrito lo que ha escrito. ¿Quizá no se ve claro la defensa de su heroína, de su mujer, como víctima ingenua de candor y de bondad?

Discutióse esto. Era lo importante. Carmona creía que el drama excelentísimo, al tiempo que ocultaba una hábil súplica de disculpas para Libia, no podía tener otro propósito que una pública sinceración del marido ladino y apocado: incapaz de ahogarla cuando supo su conducta, querría hacerse pasar por ignorante de ella en el mismo hecho de su confiada inocencia al pasarla a un teatral poema como asunto. Otros, al fin, tocados también de sutileza, creían, por el contrario, que tal vez la obra no fuese sino una dura y valerosa acusación que tuviese detrás y en la propia realidad una tragedia: iría Eliseo a matar a la adúltera, a castigarla, a separarse de ella de violento modo, y anticiparía así la explicación. Pero algunos más, y el señor Mir, no tan complicados, se inclinaban, sencillamente, a suponer que sólo una fatal casualidad hubiese hecho caer al infeliz autor en la elección de aquel escándalo sin sospecha ni remota de que fuese el de su honra. En suma, había que conocer el final del drama, para mejor juicio, y la nerviosa rapidez de la discusión quedó rota por la ansiosa vuelta de todos a sus sillas.

El lector empezaba el tercer acto. Sobre el ávido silencio, la voz clara fue desgranando las ternuras infinitas y las escenas dolorosamente delicadas de un proceso de perdón. «El conde», aterrado al conocer la infidelidad y el modo de la traición de la adorada esposa, dominaba sus primeros impulsos de matarla en llantos purísimos del alma, que un amigo recogía. Vivos altercados, luego, con la adúltera, de odio y compasión, hasta hacerla confesar, y la magnanimidad generosa, finalmente, girando en dulces llamas de bellezas impecables, hasta arribar a la solemne majestad del triunfo y del abrazo de las almas por esta compleja y sutil psicología: «Si ella, inconscientemente arrastrada por el lujo, y ya dolorida por los sacrificios pecuniarios que habríale impuesto al marido, se espantó y no quiso hablarle de la nueva y más grande deuda contraída, que no podían pagar, que llevaríalos al descrédito y a la cárcel..., era porque ella le estimaba; si ella, después, tratando de salvarse y de salvarle y de salvar a sus hijos, de una infame mujer aceptó el medio de salvación en otra secreta deshonra con un amante, a quien engañó y quiso estafar, era porque ella no quería al amante aquel... al amante tomado como recurso vil, pero forzoso..., por impulso que no había podido resistirla desdichada al empuje de su educación en la frívola insensatez ambiente...; y la víctima, la mártir, bien merecía ser recogida de su abismo de dolor por la seria y grande alma moderna y comprensiva del esposo, que sabíala noble y buena como un ángel»...

Tal era el desenlace, de melancólica y eterna fusión de dos vidas de infortunio, y en los ojos de las damas, en los ojos de muchos de aquellos histriónicos oyentes había lágrimas de humanidad intensamente removida con soberano arte cuando a la última frase se agotó la doliente voz del lector como un suspiro.

Cerrado el manuscrito y puesto Eliseo de pie, se vio inmediatamente rodeado de manos que tendíansele efusivas, de plácemes, de aplausos. «¡Bravo!» «¡Bravo!» «¡Magnífico!» «¡Ideal!» «¡Un poema de dolor y de hermosura!» «¡Un soberbio drama de emoción insuperable!» «¡Un triunfo! ¡un triunfo!»...

Eran los enemigos y los conocidos indiferentes del autor, sin que ellos mismos pudieran determinar bien qué hubiera de perversidad o de estética fruición en su entusiasmo. Le acosaban. Desfilaban rindiendo parabienes. Le había estrechado, Carmona, el primero, pecho contra pecho, y mientras, los verdaderos y buenos camaradas, consternados, conmovidos también, no obstante, por el mérito innegable de la obra, huyendo el delicadísimo problema de alentar o no al enigmático, infeliz, habían aprovechado el tumulto para hurtarse por las sombras del teatro hacia la calle.

Al encontrarse Eliseo, por fin, libre del torbellino de secuestro victorioso, en mitad del escenario; al esperar con más ansia la felicitación de aquellos compasivos y leales fugitivos, advirtió con sorpresa helada que no estaban..., que no estaban, que habíanle huido, que habíanle abandonado a la angustia, tal que Luis, tales que Mari y su mujer en la noche horrenda, a pesar de haberle seguido en la lectura con la misma enorme atención indescifrable...

¿Qué significaba esto?

Vagó un momento por las desiertas tablas, y partió, solo, tambaleándose como un borracho.

Astor, también solo, paseaba preocupadamente en el foyer.

-¿Qué? -le abordó el desorientado.

El pintor trató de sonreir y recobrarse a la aturdida jovialidad de su bohemia.

-¿Qué? ¿Cómo qué?.. ¡Nada, que te espero!

-¡Bien, sí, digo mi drama!

-¡Tu drama!

-¡Claro! ¡Tu opinión! ¡Dímela, Guillermo! ¡Y franca!

-¿No tienes ya la de los otros?

-¡No importa! ¡Quiero la tuya!

Recogióse Astor en sí mismo, un segundo. Como a todos, aunque con más dolor, atormentábale la duda de si el pobre amigo hubiera escrito aquel magnífico alegato para justificar públicamente el perdón a su mujer. Volvió a levantar los ojos, e inquirió, mirándole muy fijo:

-¿Qué te propones tú, con ese drama?

-¿Qué me propongo?

-Sí... Dilo, y dímelo con igual franqueza que me pides.

-Pues... ¡qué he de proponerme!... ¡Ya ves!

No le comprendía, siquiera. Evidentemente no tenía ni la sospecha más remota de la fatalidad que habíale hecho recoger en las magnas maravillas de su ingenio el horror de su desdicha.

Callaba Astor, e intimó torvo Eliseo:

-En suma, ¿te place? ¿no te place?

-Sí, me place. Sin embargo, lo has calcado en un tan reciente y ruidoso escándalo de la vida de Madrid..., que ¡vamos! yo no sé, yo no sé hasta qué punto haya derecho a remover...

Hubo de callarse. Llegaban la Méndez y su madre, puestas de acuerdo con él por el impacientísimo empresario para ir a elegir esta tarde misma, en casa de ella, el vestido con que el retrato hubiera de empezarse a la siguiente..., y se alegró de la oportunidad que le cortaba reflexiones escabrosas.

Las damas reiteráronle sus norabuenas al autor. Hablaron ruidosas en seguida del retrato, del vestido; empujaron a Guillermo hacia la puerta, al automóvil..., y Eliseo, frío, muerto, no quiso acompañarlos.


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Capítulo VI
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Los abismos- Segunda parte Felipe Trigo


Desde el Español, caminando ensimismadamente, solo, dejado por todo el mundo igual que un apestado, se halló en San Carlos.

Luis solía permanecer allí a estas horas de la tarde.

Le buscaba, sin saber por qué, sin tener nada que decirle..., por una desesperada necesidad de refugio mudo en sus lealtades. Advertía a su alrededor la contradicción, el desconcierto, la inversión monstruosa de un mundo moral en el que los afectos entrañables se le tornaban foscos, en el que únicamente, y en cambio, la malquerencia envolvíale de una como pérfida y terrible aura de lisonjas, y ahogándose de angustia anhelaba sentir junto al corazón la nobleza del amigo que menos le había cerrado el suyo al tratar siquiera de evitarle con misteriosa terquedad tanta amargura.

Preguntó por él.

-Sí, está. Creo que operando. Vaya usted por esas galerías de la derecha -díjole el portero.

Avanzó el absorto, y se encontró perdido en el fondo desierto y gris de unos claustros cuyos vidrios de los grandes ventanales daban a un melancólico jardín. Dalias. Girasoles. Flores frías y tristes, de necrópolis.

No encontraba a nadie más que le guiase. Olía a amoníaco, a cloro, a vahos de podredumbre. Por primera vez visitaba un hospital, y bajo las altas bóvedas de soledad que hacían resonar sus pasos, empezó a sobrecogerse.

Avanzaba. Dobló un crucero. Vio una puertecilla abierta y se asomó. Erizósele el cabello. Tres cadáveres, desnudos, afrentosamente rígidos y flacos, se amontonaban en el suelo. Escapó lleno de terror, y habría querido volverse hacia la calle. Mas no acertaba ya, entre las lóbregas y panteónicas encrucijadas de los muros.

Parado un punto, tratando de orientarse, tratando de lanzar de detrás de sí aquellas miradas céreas y cuajadas de los muertos, vio venir por otra galería una macabra procesión. Seis hombres, de dos en dos, traían en palos y parihuelas más muertos y una cuba. Los muertos, llenos de sangre, estaban mutilados. A uno le faltaban las dos piernas y tenía verde el vientre, en manchas descompuestas. La cuba exhalaba la peste putrefacta de los humanos despojos que la colmaban: manos, brazos y cabezas cortadas, huesos que mostraban, igual que los de una infernal carnicería, sus rojos músculos sangrientos y sus grasas amarillas...

Sin atreverse a preguntar, por no detener el cortejo horrible, le miró alejarse y sólo acertó a cerrar los ojos cuando ya su impresión quedábale en el alma. Pero un segundo grupo de tristeza, que llegaba, en opuesta dirección, le apercibió a nuevos espantos. Sin embargo, le precedían hermanas de la caridad con la paz blanca de sus tocas. Era una camilla con una enferma joven, rubia, de facciones delicadas. Le miró a él, con dulce susto, creyéndole un médico quizá, y él le preguntó por Luis a una monja.

-¿Qué deseaba usted?

-Hablarle.

-No recibe ahora, señor. Va a operar. Puede aguardarle, si gusta.

-Bien. ¿Dónde?

-Allí. Suba allí.

Causáronle rubor estas santas mujeres, que andaban con tan dulce intrepidez entre lo horrendo. Habíasele señalado una escalinata a cuyo fin veíase una puerta, y subió, pensando ir a algún salón donde amparar su cobardía.

Al abrir, al entrar, le aumentó el respeto la sorpresa. Hallábase en la gradería semicircular de una especie de templo diáfano, por cuyo fondo de luz vagaban blancos fantasmas. La claridad perla del día, cayendo por la cúpula de vidrios, y poderosamente aumentada por tres focos voltaicos provistos de reflectores, tendía por todas partes una crispada gloria de reposo en las nítidas limpiezas. Arriba, un pequeño público de alumnos; abajo, Luis y sus ayudantes, entre vitrinas de instrumentos y estufas de vendajes y mesas de hierro y de cristal, consagradas a un rito de pulcritud minuciosísima. Y cuando descendió las gradas Eliseo, para acomodarse contra la baranda, por la frontera puerta del quirófano vio que entraban a la rubia enferma en la camilla. Iba, pues, sin quererlo, sin saber si sería capaz de soportarlo, a presenciar la operación.

¡Oh, Luis! No le había visto, no veía nada aparte los cuidados que esclavizaban su atención, y él, en cambio, contemplábale en una transfiguración inverosímil. El hombre rudo y casi feo, de cara rañada de viruelas, era aquí el hermoso apóstol de la energía y la autoridad. Litúrgicamente cubierto de blanco, inclinábase a un lavabo desinfectándose los brazos con jabón y con cepillo, en múltiples abluciones, a la vez que lo vigilaba todo y que con gestos más que con palabras transmitíales discretas órdenes a los que preparaban a la enferma. Ésta, tendida ya encima de la mesa y cubierta la boca y la nariz por la careta clorofórmica, giraba la inquietud resignada de sus ojos tratando inútilmente de ver los cuchillos de horror y salvación que se le irían a hundir por las entrañas.

Poco tardó la pobre ansiedad aquella en extinguirse. El anestésico la sofocaba y la iba adormeciendo, la iba sumiendo en un sopor que dejábala entregada inertemente. Virgen, pura quizá, el pudor y las hipocresías sociales sustituíanse sobre ella por más altos respetos de los hombres que habrían de jugar a la muerte con su vida. Cubriéronla de paños blancos el desnudo busto escultural, y la dejaron al aire un lado del pecho y la garganta. Lavada con rudeza de piedad impía, Luis se acercó, mirando la inocencia rosada de la carne en igual éxtasis de calma apasionada que un amante que fuera a dar un beso; se dobló, aplicó el oído; palpó después con una mano, y con la otra, armada de un fino bisturí, desde el borde de la mandíbula hasta la horquilla del esternón trazó una línea cruel que fue primero de bordes nacaradas y luego de sangre a borbotones...

El rojo líquido extendióse por los paños, por la mesa, por el suelo.

Creyó Eliseo que debieran todos correr y gritar en demanda de auxilio para la amorosamente degollada, y admirado de la calma con que acudían a la enorme herida las pinzas, las esponjas..., fue únicamente él quien huyó la vista con una intensa emoción de cobardísimos fervores.

Agobiábale el bochorno, además, ante el Luis aureolado de grandeza que le celebraba a él como artista, que seguíale y le acompañaba en sus varios triunfos, y a quien, sin embargo, el vanidoso, dejándose adular como un estúpido idolillo, nunca había venido a tributarle la más grande admiración que el héroe modesto del saber había debido merecerle.

¡Castigo a su soberbia!... Se la arrancaba ahora por azar, y aun dijérase que anulándole en la idiotez de su importancia literaria con la fuerza del contraste inopinado.

Volvió a mirar, al cabo de un minuto, queriendo al menos domar sus debilidades lamentables, y el horror le esclavizó en el cuadro del destrozo. El breve tiempo había bastado para convertir la lineal herida en un purpúreo boquete coronado de pequeñas pinzas, mantenido abierto por ganchos de hierro entre los que la sangre manaba en abundancia, y en cuyo fondo el cuchillete del impávido seguía hundiéndose sin temor a los paquetes de arterias y de nervios que tan cerca amenazaban con la muerte.

Apartada a veces momentáneamente la careta del rostro de la joven, su expresión de inerte dolorosa tintábase como de un martirio de ensueño celestial con aquella mística corona de brillantes pinzas que bordeábala la herida.

-¿Qué tiene? ¿Qué la operan? -le preguntó Eliseo a uno de los estudiantes.

-No sé. Creo que un aneurisma.

-¡Ah!

-Sí, mire. Ahora se ve.

Efectivamente, con nuevas oleadas de sangre, prendido en garfios de acero, hacían aparecer un saco de arteria, o de pulmón... Temió Eliseo que le arrastrasen detrás el corazón mismo..., y un sudor, yerto, de desmayo, le hizo doblarse a la baranda. Luego cambió de sitio, a otro de enfrente, donde el cuerpo del operador tapábale el espectáculo horroroso.

Pudo entonces reintegrarse a él mismo.

Las emociones, el pánico a los cadáveres en el abandono de los claustros, trocado aquí en un estupor de fascinación sagrada, habíanle sido, por lo pronto, rudamente favorables. Al soplo de lo eterno, sus míseros histerismos habían sido aventados como hojas secas, como cosas necias, baladíes...

Y volvía a ellos, pero con pena de desdén, despreciándola a la vez que en su propia vanidad se despreciaba. Él, que ciego por los pueriles orgullos de poeta, de explorador de las almas, juzgábase avezado como un dios a los más hondos dolores, sentía la humillación de estos desfallecimientos sin nombre al descubrir la realidad de los que ni siquiera conocía..., de los que a diario afrontaban, sin embargo, en imponente y callada lucha, aquellos médicos, aquellos jóvenes, estudiantes casi niños, aquellas débiles mujeres de sonrojado aspecto que se llamaban hermanas de la Caridad.

Recordó los teatros de los telones pintados y las farsas, los sucios escenarios polvorientos donde todo abrillantábase al artificio de la luz y la mentira. ¡Qué otro teatro éste; tan sinceramente claro y limpio en nombre de la ciencia, tan severamente hermoso en nombre del deber, y cuyos dramas eran los de la escueta verdad de la vida y de la muerte!... Aquí respirábase íntimo lo eterno, lo infinito, lo solemne, como en un templo mudo de recogimiento y de oración; allá, en los otros, se pregonaba con carteles, a la puerta, el oropel de una gloria que a pesar de su ruido y su esplendor estaba hecha de vanidad y ruindades, de envidias, de sandeces...

¡Oh, sí! ¡de sandeces, de ruindades!

Las suyas, empezando al fin a descubrirle el misterio de su cuita idiota, habíaselas señalado un poco Astor, con el reparo opuesto al drama que pública e imprudentemente fuese a remover los ya casi olvidados infortunios de un escándalo.

Astor, pues, con las medias frases y la pena de tener que hacerlo, habíale el primero insinuado la clave de las repugnancias que el tal drama producíales invenciblemente a cuantas personas habrían querido en el autor un fondo más limpio de maldad, más lleno de respeto hacia la ajena y anónima desdicha.

También Luis le deslizaba algo por el estilo, entre sus reparos tercos, aunque menos determinadamente, y él propio, antes de escribir la obra, habíale consagrado profundas y largas reflexiones a la consideración de sus éticos derechos a escribirla. Falló que sí, puesto que no se trataba más que de descifrar y generalizar sucesos de la vida, fuente al fin de toda inspiración; y sin duda habríase equivocado.

¿Podía haber sido tan grande su pecado de torpeza, pudo haberse obcecado de manera tal que sólo ahora se explicase con sorpresa tanta el dolido horror y el silencio compasivo con que de él y de la funesta obra se apartaban Libia, Mari, el mismo Luis, y hasta los buenos y leales camaradas que en el teatro acababan de esquivarle apenas acabada la lectura?

¡Oh, sí; como Libia, como la inteligente y buena esposa que lloraba y que callaba por no tener que echarle en rostro su conducta, las almas nobles abandonábanle con dolor a la vileza, en tanto acudían a rodearle falsos los enemigos de siempre, los cuervos de la envidia..., ansiosos de empujarle al precipicio!

Veía, veía claro dentro de su ser; vislumbraba al cabo en una mancha negra de su conciencia la única razón posible de aquel moral desconcierto que antes le aturdió a contradicciones; contemplaba a la vez, allí tan cerca, a Luis, al doctor heroico de grandezas humildísimas, y la conciencia y el ser entero se le iban rebosando de vergüenza, de bochorno.

Hundido el áureo alcázar de sus vanidades, desde el montón de ruinas seguía mirando a Luis, y le envidiaba.

Luis tenía una profesión seria, noble, grave y valerosamente consagrada al bien y al alivio del sufrir de los humildes, útil para la humanidad, calladamente abnegada en los riesgos y directas responsabilidades de una perenne batalla con la muerte...; él, una arlequinesca profesión de cascabeles, sin otro objeto que aumentarle al mundo de la imbécil alegría sus ruidos de carnaval, tomada acaso porque el trabajo convertíasele al haragán artista en deleite de vagancia, y en la cual, a disculpas de moralizar y de instruir y de amor a la belleza, el autor clown pasábase la vida haciendo juegos malabares con todas las miserias de la vida suya y de los otros...

Tarde, muy tarde, para cambiar de oficio, después de tanto tiempo ya dejada su carrera de Derecho, después de tantos años desviado del camino que habría podido conducirle a las prácticas regiones honorables del trabajo, no lo era al menos, quizá, en su trivialidad de bailarina, para detener un momento las piruetas escuchándole a hombres como este Luis los consejos que le hubieran de apartar de la insensatez deslumbrada.

Que tendría razón con aquellos tenaces empeños y advertencias, acababa de probárselo esta tarde, al rebelde, el efecto singular de la lectura... ¡Oh, su drama! ¡Los abismos! ¡Como un abismo, en efecto, como un abismo de no sabía qué sombras insondables, presentábasele ante el desorientado corazón su afán de gloria!...

Ansiaba hablarle, volver a oírle atentamente y con la sumisión debida al altísimo prestigio en que hoy le estaba descubriendo...; pero se estremeció de pronto, tornado a las indominables cobardías: de la mesa de la operación caía al suelo un verdadero torrente de agua y de sangre, y la operada, lanzando un estertor siniestro y pavoroso, retorcíase sin sentido en convulsiones de tortura.

Iba a morir, quizá. Los ayudantes del operador agitábanse apremiados, unos sujetándola, y otros llevando de las vitrinas nuevos instrumentos y aparatos de socorro...

Le faltaron enteramente los ánimos para seguir presenciando aquello, y al ver que dos estudiantes, que partían, pudieran servirle de guías hasta la calle, ni su egoísmo de hablar con Luis fue capaz de detenerle.

Se levantó y salió también.


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La prensa, aquella misma noche y al otro día le dedicó largos y elogiosísimos artículos a la nueva obra leída en el Español.

Tanto, más, acaso, que a un estreno.

Eliseo leía, leía aturdido, y en vano a la unánime y anticipada ovación buscábale entre líneas la irónica malevolencia. Tales alabanzas no estarían escritas por enemigos suyos por los que si en la particularidad del trato personal fuera explicable que intentasen hacerle objeto de una burla, era imposible que llevasen concitado igual designio hasta la pública responsabilidad de los periódicos.

Ninguno, por lo demás, hacía alusión siquiera a aquel «pecado grave» que habría de consistir en fundar el imaginario drama en el real escándalo. Y... entonces, ¿fuese que él tendría razón contra todas las no bien meditadas suspicacias de Libia y de María, de Luis, de Astor, de los otros camaradas, excesivamente temerosos por la misma intensidad de sus cariños? ¿fuese que él creyera enemigos suyos, sin razón, a aquellos que se lo hubieran siempre parecido sólo por la noble independencia de indicarles los defectos a sus obras anteriores?...

Leía, leía Eliseo y sonreíale en los labios y en el alma con este último argumento, su halagada vanidad. De ser así, ello, el cambio repentino al entusiasmo, al elogio sin reservas, de los detractores implacables, no podía querer significar, y harto claramente, sino que él habría acertado con el drama pleno de su gloria.

Con el drama de esplendor y maravilla, tal vez (y con orgullo demoniesco inferíalo de la inmensa emoción que a todos causaba su lectura) que por inverso milagro psicológico hubiérale tornado en celosísimos rivales, entre los de la misma profesión, a los que sólo habríansele sabido mostrar leales compañeros, casi afables protectores, mientras pudieron estarle contemplando en un nivel inferior del que nunca hubiera de salir... para estorbarles.

¡Cómo en las reaseguradas firmezas de su fe sonreíale el orgullo demoniesco!... Harto complejo y tenebroso a veces el mundo moral, se explicaba, se explicaba al fin la grosera fuga de los buenos compañeros sin decirle una palabra...

Pero..., no obstante... sin embargo... Astor... Libia... Luis..., los otros obcecados de cuyo afecto inmenso no podía dudar... ¿por qué..., por qué también...?

¡Oh, sí! ¿Por qué Luis? ¿Por qué Libia?...

Se hacía un embrollo. Veía nuevamente tenebroso y complicado el mundo moral, y su orgullo demoniesco vacilaba..., teniendo que arrojarse un poco ciego a la luz deslumbradora de aquel unánime aplaudir de los periódicos.

Se atuvo a él..., a ellos, en última consecuencia.

-¡Mira, Libia! -le dijo a su mujer, yendo a buscarla arrojándoselos delante de los ojos.

Estaba Libia con Inés (cosiendo ambas, la una ropas suyas y de Eliseo, la otra ropas de muñeca, y oyendo contar cuentos, como siempre a aquellas horas), y los cogió y ansiosamente pasó la vista por algunos. Luego los devolvió, guardó silencio en una sonrisa de humildad y, tras una vaga aprobación de incoherencias melancólicas, le restituyó la atención al cuento de la impaciente infantil, interrumpido...

-¡Mira! ¡Mira! -le lanzó Eliseo a Luis, también presentándole los periódicos, al verle entrar por la noche en el despacho.

Luis se sentó, los hojeó triste, sin mirarlos, y dijo: -Sí, los he leído. Te aplauden, te animan... Conozco todo eso. Y sin embargo, Eliseo, yo insisto en creer...

Se empeñó la discusión, incontinenti.

Luis comenzaba otro de sus tercos alegatos, nunca claramente razonados, en contra de la obra.

Y era inútil, ya, para el reintegrado a su alta fe por el más valioso y unánime juicio de la Prensa.


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Capítulo VII
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Los abismos- Segunda parte Felipe Trigo


¿Qué estaba sucediendo, en suma, detrás del misterio impenetrable? ¿Qué extraña tormenta continuaba condensándose alrededor de su empeño, de su obra... del drama de luz y de esperanza que iba a recibir en esta noche la pública sanción?

Eran las ocho.

Inquieto el autor, vagaba por las calles.

La boca le amargaba. Los ojos brillábanle febriles.

¡Cuán áspera la cuesta arriba de la fama!

Miraba en torno suyo las cosas, sin ver, y únicamente veía, sin querer mirarla, la confusión tremenda de su espíritu.

Se acercaba al Español.

¿Por qué a esta hora?... No lo sabía. Lanzado de todas partes, repelido de todos los amores por los torvos enigmas del recelo y sintiendo roto el nexo de su vida emocional de hombre con su vida de ensueños de poeta, una desolada seducción de horror de abismo atraíale al teatro donde por él, y un poco fatídicamente, los carteles anunciaban Los abismos.

Se ahogaba. Su angustia hubiésele clamado piedad, en un grito, a no supiese quién capaz de concedérsela.

Sentía más que nunca la fe en sí propio, y por paradoja inconcebible, para el augurio de triunfo, en tanto que la Prensa otras veces adversa y los enemigos de siempre le aclamaban, persistían vueltos contra él los amigos entrañables, los cariños indudables..., el de su adorada mujer buena entre ellos, el de su bella mujer inteligente, tan inexplicablemente hostil, ahora con su triste pasividad, con su glacialidad, con sus herméticos silencios.

¡Libia!

¡Ah, por vez primera ella no iría a serle, desde un palco, el ángel de hermosura a quien pidiésele consuelo o rindiésela victoria cuando hubiesen de llamarle los aplausos de mera estimación o los bravos delirantes!... Quiso la fatalidad agravarla su dolencia, dejándola en cama desde ayer, y el infeliz se había alejado de la esfinge bella y de la casa, a vagar, a cenar, a afrontar solo su ventura o su infortunio.

Llegó al Español.

Los abismos, volvió a leer, casi espantado, en los carteles.

Ante las cerradas puertas aguardaban algunos grupos de impacientes.


NO HAY BILLETES


decía un aviso en las taquillas.

Sonrió. Ambiente de triunfo inmenso, sin embargo. Los periódicos publicaban su retrato y reproducían escenas de la obra.

Iba a alejarse, cierto únicamente de haber llegado aquí en las nerviosas incoherencias que siempre invadíanle al estrenar, y más hoy, que hallábase a ellas de manera tan cruel abandonado, y sintió una mano que le caía en el hombro y una voz afectuosa:

-Hola, ¿adónde vas?

¡Luís!

Al verle se enojó. Su presencia ratificaba la persecución implacable que ya duraba tantos días. A pesar de la expectación despertada y mantenida en torno al drama, el terco obstinábase en que no le interesaría al público y debiera no estrenarse. Ayer, hoy y esta misma tarde, en fin, le había estado agotando la paciencia para que aun lo retirase de la escena...; y acaso por huirle, por no escucharle más, por no verle de nuevo aparecer y tener al fin que contestarle a bofetones, el irritado amigo del buen amigo insoportablemente extraño había escapado de su casa.

-Qué, ¿adónde vas?

-¿Adónde voy?

-Sí.

-¿Me buscabas?

-No. Te encuentro. Pasaba por aquí. ¿Y tú, por qué vienes tan temprano?

-¡Pues... no sé! Pasaba también. Voy a cenar.

-¿Dónde?

-En cualquier parte.

-Vamos, entonces. Te acompañaré. Tampoco yo he cenado.

Vaciló Eliseo, se encogió de hombros y marcharon por la calle del Príncipe hasta un inmediato restorán.

No hablaban. Refugiados en un gabinete que con sus claras sedas parecía más dispuesto para las alegrías de una pareja de amor que no para la esquiva gravedad de ellos, acomodáronse frente a frente en la blanca mesa llena de flores.

Un camarero cancillerescamente ceñido en su frac les servía.

Al concluir la sopa, Luis prorrumpió:

-¡Oye, Eliseo! Tú debías acercarte al Español en un instante, ver al director, concertar una disculpa y retirar el drama. Tú debías...

Se contuvo, al duro rebrillar de una mirada de Eliseo; de una mirada de lástima y de ira, como la que puede merecer la insistencia de un demente.

Siguieron mudos la cena.

Hosco el autor, pensaba, aun queriendo disculpar a este amigo y a Astor, y a Ambroa y a Mari, que no eran literatos, que no eran del oficio, lo cual, si acreditábales a sus consejos buena fe, les quitaba autoridad y explicaba, dentro de lo que pudiera ser explicable en lo absurdo, sus timideces y torpezas.

No obstante, se le imponía la tal tenacidad de ellos, de Luis, principalmente, obstinado en acompañarle ahora con el duelo sombrío y mudo que a un niño a quien fuese a sobrevenirle una desgracia, inevitable por su propia y voluntariosa ceguedad, y con el alma y la boca amargas comía poco de los platos que iban desfilando por la mesa.

Luis, observando siempre al disgustado displicente, no les dispensaba mucho más honor.

-¡Oye, Eliseo! -tornó a decir, hacia el final de la cena, con insensata y monótona firmeza, cortando el lúgubre silencio-. Tú, créeme, ¡aun estás a tiempo!... debías ir al teatro, ver al director, y evitarle al público ese drama.

Levantó la cólera a Eliseo.

Su mano, que empuñaba el palo de la silla, sintió el ímpetu de estampárselo al amigo en la cabeza.

Pero el amigo, el fiel amigo raro de la infancia, sonreía, lleno, en su obcecación inverosímil, de resignación y de bondad... y Eliseo volvió a sentarse.

-Luis -exigió no obstante, intimador-, si tienes otras razones que las que me has hecho escuchar con paciencia tantas y tantas veces, dímelas; si no, es inútil que te aferres en tu empeño; y sea cual haya de ser mi éxito esta noche, tú y yo habremos de salir de aquí separados para siempre.

Acabó Luis de mondar una manzana, la dejó luego sin comerla, y repuso:

-Bien, sí, atiéndeme. En primer lugar, tu drama es un drama que no es tuyo, sino un hecho de la vida galante de Madrid, y tan reciente, que aun lo tiene todo el mundo en la memoria.

-¿Y en segundo lugar?... Porque eso no me importa; es lo mismo que me dices siempre, lo mismo que todos repetís, y siempre he podido responderos que el drama es mío, aunque basado en un suceso real, desde el punto en que son míos, absolutamente míos, el conflicto sentimental, la solución y el comentario. ¿Qué obra artística moderna has visto tú que no se funde en un hecho de la vida del autor o de los otros?

-En segundo lugar, que justamente esa solución es disparatada y chocaría con el público sentir. De modo que, si lo que hay en tu obra de interesante y pintoresco no es tuyo, y, en cambio, lo que hay tuyo es falso, o repugna, al menos, a la social conciencia... ¿quieres decirme qué es lo que al éxito le fías?

¡No, no era un literato, no era un artista ni un psicólogo capaz de comprender, el pobre Luis, sólo grande allá entre sus enfermos!... Le miró Eliseo con pena.

Éste, y los demás amigos, y su propia mujer, de sobra honesta y honradamente rectilínea para entender tampoco el perdón a una traición inicua, temían, con cariñoso afán ya harto molesto, ver públicamente en ridículo al valiente innovador que tomaba de la vida misma, para mayor sinceridad, el tema de sus filosofías.

Se levantó, y díscolamente, con aires de consumación de la anunciada ruptura, fue a la percha a coger el abrigo y el sombrero.

Pero el terco, inmóvil, le hizo detenerse, con tanta más certera eficacia cuanto que fue más melancólico y suave el tono de su voz:

-Tú, además..., y advierte que empiezo a decirte algo nuevo, Eliseo, no tienes derecho alguno a remover la pesadumbre, la vergüenza, el infinito dolor de una pecadora que de sobra estará ansiando el amparo en el olvido.

-¿Por qué no? -respondió Eliseo, girando rápido hacia él-; si lo tuvo la crónica periodística para entregarle a la publicidad el hecho escueto, que en su mero aspecto de escándalo sólo pudo interesarle a la curiosidad malsana de las gentes, ¡ha de negársele al arte, que al limitarse, después de todo, a recordarlo y a estudiarlo, lo embellece y ennoblece!... Yo no incurro en la indiscreción de quebrantar secreto alguno sacándolo a la luz desde su escondida intimidad, sino que lo recojo del ambiente de la calle a que ya la Prensa hubo de lanzarlo.

Marcó una pausa, se acercó unos pasos, y apoyó:

-Dime: el drama histórico, ¿qué es?.. ¿No se han llevado al teatro mil veces pedazos vivos de la Historia, infamias de reinas, de reyes, próximos o lejanos hasta poder avergonzarlos a ellos mismos o a sus egregios descendientes?... Pues este sería un drama de la historia anónimo actual, y con la ventaja de una menor crueldad para la infeliz mujer, cuya persona queda siquiera tan oculta como estaba debajo del suceso.

No acertaba el torpe tenaz a replicarle, como tantas otras veces que había necesitado oponer sus argumentos a los verdaderos argumentos del acosado sin razón, y éste terminó generosamente desdeñoso:

-Luego, yo no trato de la pecadora para nada, Luis; trato del pecado; y en última consecuencia, no añado ni un átomo más de infamia a la infamia (si la hubo) de su culpa: antes al revés, la explico y la sincero. ¡Derecho, pues, el mío, de caridad para con ella!

Luis alzó lentamente la cabeza, y deslizó con miedo y amargura:

-¿Y... para con él? Porque, aunque así fuera, restaría algo absolutamente digno de respeto en la desgracia del marido.

-¿Del marido?... ¡Ni sé quién sea, ni él sabrá tampoco su desgracia!

-¡Por lo mismo!... No sabes quién es, y acaso lo sepan otros y pueda ser algún infortunado que esta noche asistiría al estreno para hallarse envuelto en un escarnio tanto más feroz cuanto que se le hubiese de arrojar a una víctima indefensa e inocente.

Se inmutó Eliseo ante esta sombra de justa inculpación; pero se recobró a la seguridad de sí mismo, y en el fondo de ella encontró él el fuego de su réplica definitiva y formidable:

-¡Oh, Luis! Fíjate en que desde hace un mes, y con insistencias bien bizarras, me estás pidiendo para un desconocido, cuyo daño no habré en manera alguna de acrecer, lo que yo no puedo concederte. Hablas en nombre de un altruismo sensiblero, impropio de ti, del cirujano que hasta matar sabría bajo la fe impasible de la Ciencia, y te respondo en nombre de la Belleza del Arte, perennes también sobre los pobres posibles dolores de la vida fugaz, y más nobles y más altos y respetables que la propia vida desde que son sus flores divinas y sagradas. Tengo la persuasión de haber tocado la cima de todos mis alientos, de haber hecho refulgir en esta obra los máximos esplendores de mi arte, capaces de marcarme el porvenir, si alguna vez he de merecerlo, con el nivel definitivo de la gloria, y ya ves lo que habría de dejar renunciado, renunciando todo eso (que es más aún que mi existir), por el vano y sentimental respeto a la desdicha de un hombre que habría de conocer ni pudiese jamás, siquiera, agradecerme tan inmenso sacrificio. ¡Oh, Luis -recalcó acercándose y vertiendo en el acento las vehemencias de su alma-; fíjate en lo que me pides, y no insistas; porque es tanto, tanto de mi ensueño, tanto del tesoro de mis esperanzas e ilusiones, tanto de mi carne y de mi sangre mismas, que habría al fin de saber que con ello hubiera incluso de afrontar la muerte, y daríale mi drama al Arte y a la Gloria!

No se conmovía, no se convencía Luis. Apenas había recibido la ardorosísima protesta con una vibración de asombro en la faz, y Eliseo se alejó de él, arrojándole fríamente desdeñoso:

-¡Tú no puedes entender lo que es para un artista el abismo de cielo de la Gloria!

Llegó a la percha, nuevamente. Descolgaba el abrigo y el sombrero. Se los puso. Iba a salir, y aun le escuchó a la como lejana y aterrada voz del testarudo:

-No sabes quién es, ese infeliz, y puede ser quizá... ¡un amigo tuyo!... ¡un pariente mío!. ¡yo! ¡tú!... cualquiera, en fin: un hombre de honor que no sospeche su infortunio en la íntegra virtud aparente de su esposa... ¡En nombre de él, por última vez, Eliseo, te imploro un poco de esa misma piedad que es el alma de tu drama!

La respuesta fue un portazo de hastío y desabrimiento.

El autor escapó a la calle.

Libre del impertinente, respiró.

Nada pensó, por un rato. Marchaba al teatro de sus triunfos, con la compacta masa de público que ya también se dirigía al estreno. Coches, automóviles, gentes a pie, por la acera, entre las cuales predominaban las graves etiquetas de los hombres y los claros faustos de las damas. El todo Madrid de las solemnes fiestas.

Le miraban muchos, le saludaban algunos, y sentíase más que nunca envuelto en los halagos de la curiosidad y la admiración.

-¡Ése! ¡ése es! -oyó que uno decíale a unas señoras.

Mas no hubo avanzado doscientos metros, sin que el reposo momentáneo de su espíritu se turbase con una visión horrenda de aquella tenacidad, de aquel penoso y crispado sobresalto que le había advertido al amigo fiel, y de aquel recóndito sentido que podrían transparentar sus últimas palabras.

«¡Yo! ¡Tú! ¡Un hombre de honor que no sospeche si quiera su desdicha en la íntegra virtud aparente de su esposa!»

Dejó de mirar a los que pasaban, a los que le miraban, y perdido y como protegido en un grupo de viandantes más modestos, que no le conocerían, retardó la marcha mirando al suelo.

O las tales frases serían la aplicación estúpida e incongruente de un altruismo bizantino, o querrían significar que... que él... ¡él! ¡Eliseo! ¡el autor mismo que había hecho un drama de una historia de la calle..., fuese la ridícula víctima inocente de la historia de ignominia!

-«¡Yo! ¡Tú! ¡Un hombre de honor que ni sospeche siquiera...!»

Galvánico, de un salto horrible el corazón, le detuvo. Creyó que a sus propios pies abriérase una sima que le haría rodar eternamente, a un paso más, y, rápido, eléctrico también, sin ver ya coches, ni gentes, ni nada, todo envuelto en las repentinas negruras de antro que le cegaban el alma y los ojos, hendió la creciente marca de multitud, hacia el restorán.

¡Luis tendría que decirle la verdad desnuda! ¡Tendría que disiparle, con el fondo de las sinceridades de su ser, la mortal congoja que artero o torpe habíale sepultado en las entrañas!

Llegó. Subió. Abrió loco la puerta, y tuvo en su insensatez que pararse murmullando disculpas y perdones.

Luis no estaba. El coquetón gabinete que ambos ocuparon minutos antes, tenía ya su pareja de amor en un viejo señor de barbas canas y en una elegantísima cocota. Ella despojábase de sus pieles de renard el desnudo escote. A Eliseo le parecieron repulsivos.

Cerró. No supo darle cuenta el camarero, que cruzaba el corredor con servicio nuevo, de adónde Luis habría partido.

En vano el atormentado se lanzó otra vez a la escalera, y le buscó, calle arriba, calle abajo, cruzando por las gentes y los coches que aumentaban sin cesar.

Le habría gritado: «¡Luis! ¡Luis!», clamándole a desgarradas voces como un náufrago que se estuviera sintiendo ahogar en el mar de muchedumbre. Negro, confuso, movible todo alrededor. Un misterio de horror habíasele incendiado de improviso en otro misterio de horror y de estupor.

¡Absurdo, brutal, inadmisible... pero centella roja del infierno que alumbraba el caos de la inverosímil hostilidad de su mujer y sus amigos hacia el drama que al mismo tiempo le iría a cubrir de la gloria y del ridículo! ¡Libia! ¡Ah! ¡Qué horror! Más aún que enferma, muerta de espanto y cobardía, se habría quedado en cama por no asistir a su calvario.

Y seguía él buscando, buscando a Luis, perdido en desfallecimientos, y seguían los automóviles y los coches y las gentes desfilando hacia el teatro tal que a un circo; tal, quizá, que a un espoliarium donde esperarían verle convertirse en fiera de sí propio.

¡Oh, el teatro, el teatro!... Entre el teatro y el autor se alzaba ahora la impalpable y formidable muralla del enigma!

Le miraban, sí; continuaban mirándole y sonriendo al mostrársele unos a otros tocados con el codo, y acaso eran de anticipada burla las miradas, las sonrisas...

«¡Ese! ¡Ese es!» -escuchó antes y volvía a escuchar cerca de sí; pero con el miedo, al fin, del posible -«¡a ése!» de un ratero.

Le aterró la multitud, el todo Madrid... que le hizo recordar el feroz verso «todo Madrid lo sabía, todo Madrid menos él».

Se encontró en la esquina de una calle lateral, desierta, y escapó de las gentes, de las luces, llevándose sólo para él la crueldad de su martirio...


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Capítulo VIII
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Los abismos- Segunda parte Felipe Trigo


En cuanto la fuga por el laberinto de estrechas calles le apartó del espléndido tumulto, rehízose a sí mismo y el pensamiento le cayó al fondo del ser como candente hierro, levantándole un profuso hervor de ímpetus, de ideas.

Seguir buscando a Luis y escupirle al rostro que su acción, cierto o no lo que había querido insinuarle, constituía una canallada.

Correr a su casa y en una sola mirada a Libia, que le llegase hasta el alma, penetrarla en su traición o en su bondad.

Volar al teatro y arrebatar y hacer pedazos el nefando manuscrito.

Mas ¡no! ¡Oh, jamás!... Esto, no. Querido por el destino, el drama de horror o maravilla debía jugarse. Falsas las sospechas que un amigo aleve o torpe le lanzó..., para su gloria; ciertas..., para que su arte hundiérase en destrozo feroz de tigres al mismo tiempo que su imbécil existencia.

Refrenó el impulso y continuó ante el escaparate en que maquinalmente habíase detenido. Estaba en la calle del Olivar. Empezaban a circular las mujerzuelas, y le asaltó una, inmunda con su cara de bermellón y de albayalde.

-¡Hola, rico!

La miró él.

-¿Vienes? ¡Anda, vamos! ¡Es muy cerca!

Le iba a tomar del brazo al advertir su fascinación extraña, y Eliseo volvió la espalda y se alejó.

Una caridad, mezclada de repugnancia, le inspiraban las desdichadas que hacía dos horas habríanle sido indiferentes, y que en su ya lejana época de estudiante le formaron un poco de ilusión. Y sobre la amargura del recuerdo de esta ilusión juvenil suya, inverosímil, más amarga y más inverosímil e inmunda, le evocaron la imagen de una imposible posible Libia prostituta.

¡Libia! ¡Libia!... ¡Oh, Libia!

Esfinge de la vida. Esfinge de la muerte.

¿Qué era?

La duda le mataba.

Nunca habría creído tener que contar con duda semejante.

Hundióse su desolación al pleno espanto de la realidad que aun pudiese estar debajo de la duda, y en una total suspensión del pensamiento siguió marchando mucho rato.

Los abismos -hiciéronle leer contra una esquina las grandes letras de un cartel.

Los abismos -volvió a leer en otro, en otra esquina.

Y luego en otra. Y luego en otra.

Cruzando la Puerta del Sol, hubo de verlos también en las mamparas de los anuncios y en un eléctrico reflector rojo, de fulgor sangriento.

Madrid hallábase inundado del fatídico nombre que la fatalidad escribió por la inocencia de su mano.

Volvió a verlo en la calle del Carmen, en la plata del Callao.

LOS ABISMOS

Sobre abismos, pues, sobre el infinito abismo de no sabía aún qué cosas odiosamente abominables que era para él Madrid entero, caminaba lo mismo que un lúgubre funámbulo, atraído por no sabía tampoco qué inminencias de tragedia.

Caminaba, caminaba siempre buscando a Luis. Vivía en la plaza de San Marcial, el amigo inconcebible, que no quiso asistir a los ensayos, que menos iría al estreno, y le encontraría en su casa.

Lo que habría de suceder nadie lo previese.

O sus palabras fueron, sí, de un piadoso bizantinismo por un extraño llevado al colmo, o tuvieron que ser la revelación de lo que a un amigo jamás debiera revelársele. ¿A qué ni con cuáles designios salvadores, si ya la revelación era la muerte?

Marchaba, marchaba, y cada vez más parecíale inconcebible tal conducta. Pensaba en Libia, y a su resplandor de purezas, trocábasele en estúpidamente inicuo el proceder del que ni se hubiera atrevido a despojarse de perfidias con las gallardías de la lealtad. ¡Tendría que ser la infame, Libia, para que Luis no lo fuese, para que Luis no fuese un impostor, antes, aún, que un miserable delator!

Sin embargo, seguía avanzando incierto, como sobre lumbres arrojadas por la proyección de su memoria y el conjunto de los hechos que de tiempo atrás le rodeaban, y cuya cruel significación no osaba ahora analizar, de miedo a descubrirla, en ella misma claramente horrible, iba destellando los chispazos de una justificación para el amigo.

Procuraba reunirlos y ordenarlos, abrasándose también la voluntad.

Luis no podía tener interés en calumniar a Libia. Si ésta hubiese sido, en verdad, la heroína del escándalo, y Luis lo supo, callándoselo a él cumplió un deber dolorosísimo.

¿Por qué entonces quebrantarlo esta noche y en la forma vaga que lo hizo? ¿Por qué arrojarte al corazón la flecha mortal de aquella duda?

Era lo que le faltaba averiguar, sincerando al compañero de la infancia, y lo vislumbró en los pocos pasos que ya le separaban de su puerta. Luis, que, efectivamente, no habría podido decirle con franqueza su infortunio sin matarle y sin saber que le mataba, había tenido que decírselo de aquel modo, dejándoselo entrever, antes de consentir en que muriera de sorpresas de ignominia al saberlo al fin entre las risas y las burlas de una carnavalesca muchedumbre de teatro.

La evidencia de la generosidad heroica completábasela la consideración de cuanto había venido esforzándose Luis por impedir la representación del drama, desde el día mismo que lo conoció en el campo.

¡Ah! esto era en el abismo de tinieblas un nuevo antro que iluminábase al incendio de vergüenzas, y el deslumbrado de horror huyó de la casa y del amigo.

No quería verle ya.

Se sentía sin ánimos para soportarle la última compasión a su torpeza.

Si Libia fuese mala, infame... él debería, al menos, evitarse el bochorno de la confirmación en boca extraña y ahorrarle a Luis el martirio de semejante confesión. Y si fuese buena... ¡ah, si fuese buena!, si en todo su tormento no hubiese más que una sospecha vil del desorientado, por nada del mundo y ante nadie de la tierra debiese dejarle inferido a la virtud de Libia el agravio de la duda.

¡Si fuese buena! ¡Si fuese mala!

¡En qué poco de inversión de una realidad descansaban la felicidad o la desventura!

Pero tornaba así la cerrazón de brumas a envolverle, y tornó a marchar sin rumbo y sin ideas, con un embotamiento al que sólo le quedaba el mecánico ritmo de los pies a través de los senos de lo horrible.

Andar, andar..., perdido por la sombra, persiguiendo la siniestra luz de una verdad que no quisieran encontrar sus ansias de encontrarla.

Delante de los ojos llevaba solamente esta sorpresa de toda su alma en desaliento: él, que creíase alzado en el Olimpo de bellezas y purezas del más noble amor de una mujer, como un Dios, para arreglar el orbe, para remover con su caridad impávida y desde el áureo trono de la dicha las bajas pasiones y miserias de las gentes..., no habría sido sino un pobre mentecato que hubiese estado jugando con las de su vida misma sin saberlo.

La vanidad, la traición, la hipocresía, el lujo, el adulterio..., todo lo que llevó al teatro, instalándolo en mentiras de pintados lienzos y cartones igual que abismos de lienzo y de cartón que hubiese luego de cruzar con ágiles solturas de Júpiter de feria..., era lo mismo que, al brotarle ahora al artista como de la carne del propio corazón, le mataba dentro del hombre en una despavorida angustia de abismos insondables, de abismos insalvables, de abismos verdaderos.

¡Qué farsa, la del artista! ¡Qué mísera contradicción entre el artista y el hombre!

Y seguía, seguía el artista histriónicamente perdonador y generoso, arrastrando al hombre incapaz del más leve sentimiento de perdón ante la simple sospecha de tener que transportar las compasiones líricas a un drama de su vida idéntico a su drama del teatro.

El pensamiento de la posible Libia prostituta, como aquellas que encontró; de la posible Libia de lujurias, cuyo cuerpo de bellezas hubiérase enlazado al de un sátiro brutal..., crispábale en un afán torvo de asesino... El corazón suyo, del hombre, cobarde para no querer saber la afrenta odiosa arrancándosela a pedazos a las piedades lentas de Luis o las más lentas perfidias de la hipócrita, querría en sí propio descubrirla entera y de una vez para matar, para matar, para reconocerse el instantáneo derecho de morir con el placer horrible de estrangular una garganta.


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Oyó las once en una torre, y pensó que la representación del drama de maravilla y de deshonra iría por más de la mitad. El sufrir hacíale estoico. ¡Qué importaba! Ni ya era tiempo de impedirlo, ni lo intentaría, aunque lo fuese, el pobre artista que así al Arte habríale dado verdad y dolor de sus entrañas.

Tan absorto iba, que al despertar de la penosa anestesia de la pena con esta conmoción, al advertir que por segunda vez hallábase fuera de las calles, frente al campo, entre árboles, tuvo que reconocer el sitio. Vio la estatua de Isabel la Católica, la estación del tranvía, el palacio de la Exposición. Estaba en el Hipódromo.

Ya antes habíase encontrado, y permaneció con igual fatiga, en un banco de la Moncloa.

Descubrió a los pocos pasos otro banco y se sentó.

El cansancio volvía a rendirle.

La tenaz precisión de saber, de saber..., volvió a lanzarle, obseso, a la fragmentaria y contradictoria significación de sus recuerdos.

Tornaban delante a fulgurarle, como víboras de fuego que sacudíanle el alma y los ojos, las fatídicas palabras:

«¡Tú! ¡Yo!... ¡Un amigo nuestro! ¡Cualquiera! ¡Un hombre de honor que ni sospeche su infortunio en la aparente virtud de su mujer!»

De la insinuación maldita, restaba desde luego lo que pudiese aludir a un desconocido extraño, a un amigo de los dos, o a Luis. Tenía que eliminar al extraño, porque seguirían siendo inexplicables, entonces la hostil terquedad de Luis, de Astor, de Libia... de todos; al amigo, porque Luis, en caso tal, no hubiese vacilado en confidenciarle el nombre para resolverle, si el respeto a la tal amistad lo mereciese, al enorme sacrificio; y al propio Luis, en fin, porque la modestia y la honestidad de Mari alejaban de ella cualquier sospecha de que hubiera podido ser jamás la heroína del escándalo brillante...

Quedaban... ¡él!... Eliseo... Libia.

¡Libia!

¡Oh, Libia! A pesar de sus dulzuras de ángel, o por lo mismo, pues que ellas formaríanla precisamente las herméticas apariencias de virtud, la contingencia del estigma formulado por Luis podía corresponderla.

Por lo pronto, vivió en el plano del escándalo brillante, amó el fausto, deslumbró con su belleza y su elegancia, frecuentó el mundo sin más guía ni guarda que la loca Ernestina irresponsable...; estuvo, en suma, dentro del ambiente peligroso donde acecha la aventura sin cesar.

¿Cedió, débil, manchándose en la infamia..., o supo resistirla excelsa y fuerte su nobleza?

Tal la cuestión.

Planteada ya muchas veces por Eliseo, en su largo ambular de tétrico fantasma, de nuevo se hundía en los recuerdos tristes a fin de analizarlos con más orden, con más rígida serenidad, con menos ofuscación de la que le había precipitado, según los saltos impacientes de su ira o su dolor, a la rotunda inculpación o a la disculpa.

Y en otra interrogación guardábase la clave del problema.

¿Por qué Libia cambió de vida y aborreció de pronto aquellos lujos?

Aquellos lujos, al principio, le habían llevado a él a trances gravísimos de deudas. Antes que disminuir, aumentaron, aumentaron cuando el orden de rigor impuesto por los apuros de la casa, y al parecer escrupulosamente realizado, hacían que el marido ingenuo tuviese que admirar la hacendosa habilidad de su mujer para sostenérselos, a fuerza, quizá, de arreglos y reformas de sus trajes.

Nunca se detuvo su ciega fe a considerar la positiva razón de aquel milagro, ni ante las complacientes deferencias de Mme. Georgette, la cara y célebre modista, cuyas cuentas, por extraña paradoja (¡veíalo al fin con harta horrible claridad!), fuesen tan pequeñas que en pleno plan de economía pudieran ser pagadas mejor aún que las de las otras modistas más humildes que abocáronle al desastre.

No pudo más asemejarse la situación de Libia a la de la heroína del escándalo. Ella, bella, fastuosa encima de una ruina... y la famosa Mme. Georgette otorgándola al mismo tiempo su favor, su confianza. Ella, afectada en el hotel infausto de un repentino ataque que la puso en riesgo de morir, sin clara explicación, dada su salud de flor lozana, y la modista llevándola inerte en un coche al lecho -donde hubiera de resucitarse poco a poco a un incurable mal sin mal que no entendían los médicos...

Y esto acaeció a la vez que daban cuenta del suceso infame los periódicos, y databa desde entonces el cambio de vida radical en la que, abrumada y echada de Madrid por el estampido formidable de su infamia, trató de acogerse a las santas humildades de María; en la que habría ansiado para siempre el selvático destierro de los campos...; en la que quedóse lívida y muda y transmitió su odio a los demás al odiar agónica aquella reconstitución de su ignominia con que el drama fatal, providencial, hubo de sorprenderla.

¡Sí, sí, qué evidencia espantosa de verdad!

Los hechos vertían el raudal de su luz diabólica sobre la cobarde miserable que no habíase atrevido, al menos, a morir con él esta noche, a entregarle el último aliento de la ignominia de los dos al concurso aquel de fieras que seguiría desgarrándoles la vida con uñas y con dientes.

Se irguió en el banco. Un estremecimiento le crispaba... Correr a casa, arrancarle a Libia la inicua confesión, y matarla y matarse, en drama de restitución de realidad que se jurara al mismo tiempo que el otro del teatro.

¡Ah, la carne, el corazón del hombre..., en el artista!

Por largo rato quedóse contemplando como dentro de él mismo el evidente horror de su infortunio.

Pero se contempló más adentro, más adentro aún, en aquel más hondo fondo de su ser que habría necesitado recibir la persuasión terrible para que sus manos supiesen ahogar con trémula delicia...; se contempló llorando por su dicha rota, y no vio todavía lo bastante, al través del cristal de las lágrimas, o veía la faz y el alma de su Libia dulce gritándole que, contra todo y a pesar de todo, ni debía injuriarla suponiéndola capaz de haber sido la que se revolcó en un lecho de delito.

Libia, infinitamente bella y pura, la madre de la Inés ángel de los dos..., para haber sido la mujer aquella tendría que haber podido ser la ramera indecorosa que prestase las delicadas gracias de su espíritu y su cuerpo a las groseras orgías de la lascivia... ¡y esto era imposible!

Tan imposible, que su imagen volvía siempre a levantarse, como la de una mártir vaporosa, del antro negro de injusticia en que obstinárase en sepultarla el insensato.

Tejer y destejer el de su rencor y su esperanza, se dedicó en seguida a ir desvirtuando los mismos indicios vagos que fingieron abrumarla con la culpa.

Los lujos de ella, hábitos de juventud adquiridos en la honorable distinción de su familia, y por él propio alentados luego en su ingénita propensión hacia lo estético, jamás imprimiéronla mudanzas alarmantes al carácter de la noble madre y de la tierna esposa consagrada a los cariños de la hija y del marido.

Coincidencia de fechas, verdaderamente, y aun de ciertos paralelismos, tales que el de la angustia pecuniaria de la casa y el de la modista célebre, entre la vida de Libia y la de la perversa ignota del escándalo, no invalidaban la innegable realidad de aquella inequívoca e inmensa sensación de hogar honrado que, también en días muy poco anteriores al suceso, él advertíase alrededor con una plenitud de felicidad que casi le dolía... que casi le dolía.

¿Dónde estaban, entonces, ni dónde jamás pudieron haber estado los desvíos, los abandonos, las torvas preocupaciones y las frialdades de una mujer cambiada poco a poco o de improviso desde las calmas de su recato y su inocencia a los sobresaltos de la intriga y la traición? ¿Para qué amantes, pues, pudieron impulsarla a las estafas aquellos lujos que ya Libia tenía para el recreo ideal de su marido?

Después de esto, menos aún podría significar que vistiérala o no una modista de fama, que en la casa de ella fulminárala el principio del mal cuya esencia desconocían los médicos, y que el estupor que la enfermedad terrible la dejaba para cuanto formó moralmente su vida, sus agrados, tendiérase también al artístico trabajo del poeta con quien siempre entusiasta compartió las alegrías.

Una relación de fechas, por lo tanto, ¿iba a hacer creer que fuesen la malvada todas las elegantes mujeres de Madrid que, habiendo podido enfermar a raíz del anónimo suceso, tuviesen una célebre modista?

Obvio el razonamiento, ardió como una lucecilla de esperanza, de evidencia, para el harto de martirio que hacía poco creyó de igual impresión irrefutable los opuestos, los horribles..., y descansó a su halago en una hipnótica alucinación de voluntad o de fatiga.

Sacó un cigarro.

Fumó.

Miraba las hileras de luces del paseo, trazadas ante él en rectas cabalísticas, y se levantó del banco y se lanzó hacia ellas, como a un ancho y fácil camino que le invitara a acabar de desvanecer su indecisión con la fuerza de la misma grata realidad en el teatro o junto a Libia.

Sin embargo, se agotaba en la fatigosa formación de estos contradictorios alegatos; dejábanle, además, vacía y exasperada el ansia, sin una determinada víctima que recogiéndola en ella librase a Libia de la insinuación de Luis, y de nuevo la desesperación le dio a su marcha la lenta incertidumbre de un errar maldito y sin objeto.


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Libres, por las calmas azules de la noche, una campanada, y otra, y otra..., sonaron las doce en el reloj e los Jerónimos.

Eliseo las contó.

Le cayeron sobre el alma como una etérea señal para empujarle a un término cualquiera del sufrir. Aceleró el paso, y dobló desde el Prado a la calle de las Huertas.

Había habido un instante en que creyó resuelto el enigma con otra solución dolorosamente salvadora, pero salvadora, al cabo, de su honor y de las inmensas dichas que guardábale la suerte. Ernestina, la disoluta mujer del buen Guillermo, sería la perversa de la historia, y la clave de la horrenda confusión en que hubiérale puesto Luis, que lo sabría, con los respetos por demás exagerados que lleváronle a reservar hasta con un íntimo amigo la deshonra de otro amigo.

-¡Ernestina, sí, Ernestina! -había exclamado el ansia del ciego inverosímil al ver de pronto aparecer ante la luz vuelta a sus ojos la vida de intrigas e impudicias de aquella loca incorregible.

Pero, luego, pronto también, pensando..., tratando de medir o sincerar el daño que con su drama de evocaciones imprudentes causaríale a Astor, al despreocupado Astor, que todo quizá lo ignorase, o al bizarramente filósofo Astor, que por no ignorarlo tuvo que limitar a un mutismo desdeñoso su emoción al conocer el drama, el implacable pensamiento le condujo a la evidencia de la imposibilidad de que Ernestina pudiera ser tampoco la heroína del escándalo: ella, en efecto, poseía riquezas en el grado de sobra necesario para dejarla a salvo de trampas con modistas ni con nadie; para dejarla, pues, a pesar de su indecoro, fuera del alcance de un grave conflicto de estafa a un amante por una deuda de cuarenta o cincuenta mil pesetas.

Y en suma, desvanecida asimismo de la avidez de sus manos esta presa, el desorientado infeliz acabó por rechazar cavilaciones inútiles, por apartar de sí como a irritados puntapiés y puñetazos toda la balumba de dudas que le hubieron de levantar las vanas o torpes palabras de un amigo, y por creer lo que antes no pudo creer acerca de la bizantina caridad con que el amigo, el Luis de probidad excesiva, hubiérase obstinado en la defensa de un extraño.

Iba, pues, al Español, seguro de la imbécil vaciedad que habríale mantenido la noche entera huyendo de su triunfo.

Al llegar por la calle del Prado a la Plaza de Santa Ana, aún la desconfianza le detuvo a espiar desde la esquina.

La plaza, llena de luz, tenía desierta bajo la claridad de sus focos la acera del teatro; y los coches, los automóviles, contenidos en orden por los guardias, con sus corros de chauffeurs y de lacayos atestaban materialmente el alrededor de los jardines, perdiéndose por las calles confluentes.

Aquella fastuosa espera parecíase a la de las proximidades del Real en noches de gran gala. Respiró Eliseo, avanzando. El público, que seguía dentro, habría tenido tiempo de salir si no le hubiera atraído al espectáculo más que el escarnio del autor, porque la colectiva ferocidad es rápida en sus explosiones.

Entró, por la contaduría. Tan pronto como le divisó el portero, escapó escalera arriba, al saloncillo, volviendo con el empresario y cuatro o cinco cómicos. Rodeáronle en tumulto, y el señor Mir le gritaba, tirando de él:

-Pero, ¡hombre! ¿Dónde anda?... ¡Loco de llamarle el público! ¡Hartos nosotros de buscarle! ¡Un éxito, un éxito como no recuerdo igual! ¡Venga! ¡Venga!... ¡Se está acabando!

Le arrastraban. Llevábanle al escenario a trompicones.

Situáronle entre las cajas del proscenio, guardándole con la solícita avaricia que a un excelso capturado, y el renacido al estupor de su embeleso, sintiendo al fin tan cerca y tan palpable el rumor de aquellos crispados entusiasmos que mal contenía la muchedumbre a cada nueva frase de la escena, en la escena miraba al actor y a la dama que ya declamaban el final de Los Abismos con los seguros dominios soberanos de quienes han volado raudos sobre el éxito.

Un minuto más, y descendió el telón entre aclamaciones delirantes. Los bravos atronaban. ¡El autor! ¡El autor! -pedia la sala, unánime, imperiosa, en la misma irritación de las cien veces que ya antes hubo de escuchar que estaba ausente. Y Eliseo, empujado por el señor Mir, cogido por la dama y el galán bajo el telón que volvía a alzarse, sufrió el deslumbramiento de aquella tempestad, de aquella esplendidez de luces y dorados en cuyos ámbitos no se veían más que bocas que lanzaban vítores y manos aplaudiendo.

Magnífica visión. Los palcos, las butacas, las alturas, estaban llenas de una multitud frenética que inundábale de gloria a oleadas de torrente. Caía el telón, iba a caer..., en la fatiga divina del poeta niño que ya no sabía cómo agradecer tanto triunfo, y antes de tocar las tablas tenía que volver a levantarse una vez, otra vez, otra vez... diez veces... veinte veces... La dama y el actor, humildemente retirados hacia el foro, dejaron al poeta, por fin, en el proscenio, como cautivo del fragor triunfal e interminable que era sólo para él...

No supo, en fin, Eliseo, el ebrio de victoria, de qué modo ni qué brazos, arrancándole de allí, pudieron transportarle a otra multitud que en todas partes le estrujaba y que llenaba el saloncillo. Las aclamaciones seguían abrumándole con la etérea pesadumbre de un deshecho cielo de locura, entre los retratos de los insignes dramaturgos que también desde sus marcos parecían recibirle consagrado. Le abrazaban, se lo disputaban, tendíansele manos que no bastaban las dos suyas a estrechar, y su boca cansada de sonreír y sus ojos cansados de mirar, seguían cruzando las miradas y sonrisas con las efusivas norabuenas, crispadas como de un asombro sobrehumano, que le rendían por fin los compañeros, los buenos compañeros..., los conspicuos personajes también apenas conocidos de la calle, duques, ilustres diputados, honorables directores de periódicos..., presurosos esta noche por completarle personalmente la aureola de admiración con el respeto...

Cuando al cuarto de hora un acomodador pudo llegar a él, por entre los no tan compactos grupos, le entregó una carta, advirtiéndole:

-Me la han dado abajo para usted. Me han dicho que es de urgencia.

Estaba cerrada, sin sobre, en los pliegues de ella misma, y Eliseo la desdobló.

Pudo leerla de un golpe, de una sola sorpresa, de un solo temblor, pues sólo tenía dos líneas de lápiz.

Decía así, cruda, bestial:

«Nuestros plácemes por tu inmenso triunfo levantado con los cuernos. -Seis espectadores.»

¡Oh, la tremenda emoción de su emoción!

Esquivó rápido el miserable papel con la mano crispada en un bolsillo, y la palidez de una agonía le hizo sonreír a las sonrisas de aquellos que, callados, discretos un momento, dejáronle leer, volvían nuevamente a festejarle.

Sonreía, sí, sonreía; seguía el «artista» sonriendo a las felices frases joviales de sonrisa... y en medio del abismo etéreo de su gloria, ya indudable, el «hombre», había sentido como el caer de una montaña que abrió a sus pies el abismo negro de su deshonra y de su muerte.

Pero... sonreíase, sonreía... siempre sonreía...


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Capítulo IX
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Los abismos- Segunda parte Felipe Trigo


-¡Adiós, señores!

-¡Adiós!

-¡Adiós!

-¡Adiós, Eliseo; descansar!

-¡Hasta mañana!

Se despedía de los que habían querido ácompañarle hasta su casa. Eran los autores de renombre, los buenos compañeros, y los satélites que constantemente acechan la aparición de todo nuevo sol por los horizontes literarios.

El sereno entró a meter el farol en la punta del chuzo por el hueco del ascensor, para alumbrarle.

«¡Descansar! ¡Hasta mañana!»

¡Mañana! ¡Oh, mañana!

¡Qué descanso el de esta noche... el de mañana!

Con la mano por la baranda, ayudábase Eliseo a subir pesadamente los mármoles de la ducal escalera suntuosa.

¡Oh, mañana..., mañana! -¿Cómo y quién la bajaría?

Las palabras que ofrecíanle cualquier fatídico sentido, adquirían la cualidad de estereotiparse con una pesada y honda plasticidad de cera en la limitación de su cerebro.

Llegó al piso. Tenía el llavín. Fatal sombra del Destino, quiso y pudo entrar sin ruido..., como las sombras, como la muerte que se infiltra hasta el lado de los que no la aguardan.

Desfalleciéronle con su frío de panteón el silencio y las tinieblas.

Tuvo que detenerse un instante, apoyado en la pared.

La pesada puerta, cerrada tras de sí, apartábale ya del mundo esplendoroso de las farsas; y ahora, aquí, sabíase el árbitro de la trágica verdad en el antro de verdad de la tragedia.

Escuchó.

Todo en la que fue mansión de sus venturas dormía con el último engaño de la dicha que no volvería nunca a despertar.

Todo..., menos ella, acaso..., recogida en el terror..., si no la hubiese dormido también la insensatez de su inconsciencia.

Tanteando por los muebles, guióse hasta el despacho. Torció una llave y brillaron las luces de la araña. Estaba lejos de la inicua, que no podría sentirle la furtiva entrada, con tiempo a prevenirse de mentiras, hasta que hubiera de abrumarla el rigor de su presencia.

Pero la luz le fue cruel. Mostrábale, con la impasibilidad de las cosas que no lloran, y en tanto él se despojaba del abrigo y del sombrero para arrojarlos a una silla, el santuario donde el alma suya había forjado tantas ilusiones.

Se acercó a la mesa. Abrió un cajón.

Era el de las intimidades olvidadas, y al sacar de bajo unas cajas de papeles y tarjetas y de entre unas cartas el revólver, que deslizó al bolsillo, arrastró y cayó encima de todo un sobre. ¡De ella! ¡De la época de novios!... Timbrábalo su cifra, verde, del color de la esperanza, del color de la indecencia, y dejaba entreasomar un pensamiento negro.

Símbolo... para aquel cuya espantosa revelación hacíaselos descubrir sombríos por cada rincón de su pasado. Ciego del alma, veía al fin en la historia de su alma con las claridades eternas de la muerte. Así al morir debían ver también los ciegos de los ojos.

Como los gladiadores antiguos, en plena apoteosis habita recibido el golpe que le mató. Igual que ellos supo contenerse supremamente digno ante las gentes, y las lágrimas del corazón que evaporáronle los fuegos de la gloria, no existirían más en el tétrico cadáver aún galvanizado por el odio para repartirlo destructoramente en torno suyo.

Salió del despacho.

Iba, iba, sombra fría, hacia la perversa cuyo fatuo fulgor de belleza del infierno dijérase que por las tinieblas iluminábale el camino a no supiese ni importa ha qué rápidas violencias o qué lentas justicias implacables. O el revólver, o las uñas, o el simple y duro puñal de los agravios... ¡qué más daba! tendrían que arrancarles la existencia.

Palpaba unas cortinas. Reconocía las sedas del tocador, y hundiéronse en el vacío oliente a esencias sus brazos extendidos.

Y se detuvo, de improviso, en cuanto dio un paso por la alfombra. La puerta de la alcoba, no bien cerrada, a través del cuarto de baño lucía una cinta de luz.

¿Velaba la taimada? ¿Esperábale recogida allí en sus arterías, dispuesta con perfidia dulce a la defensa inconcebible contra toda la que ella debiera sospechar derrota ignominiosa del teatro?

Salvó leve la distancia, y con cautelas infinitas abrió y entró. Habíase ido deslizando entre las puertas ingrávido, insentible, como una bruma de un ensueño; y Libia, inmóvil bajo el fulgor rosa de la lámpara, con la cara vuelta al otro lado, cerrados los ojos, descansaba la cabeza en el almohadón, entre las deshechas y doradas crenchas del pelo, y dibujaba su pétreo abandono estatual en los tonos verde agua de la colcha.

Sirena de maldición, de todas las funestas seducciones, que aún, quizá, quisiera cautivarle con sus cantos.

La contempló... en el bajo lecho fastuoso, doselado con más bellos embustes de encajes y de rasos, de nubes y de cielos, en que diosa de lumbres de pasión y de llamas de pureza había creído él tantas veces mirarla al resplandor de su hermosura.

¿Dormía?

¡No, no dormía!... y ante la que debiera crisparse de horror al verle de un modo repentino, fue él quien trepidó de sorpresa al notarse envuelto en la paz de su mirada.

Un movimiento, un roce cualquiera de la mano que buscaba en el bolsillo el revólver o el papel cruel, bastaron para que le advirtiese Libia e incorporase sobre el codo su melancolía de mimosa enferma.

Sino que el mimo de la faz, de los claros ojos, aun antes de haberle dirigido al recién llegado un afectuoso acogimiento, nublóse de recelos, al reparar en su actitud.

Se miraban, fijos, sin moverse, desde lejos. Se miraban, cayendo recta y rígida toda la acusación de él sobre el alma de la vil, que sentíasela descuajada en la íntegra enormidad de su secreto y como absorbida en el creciente grandor de espanto de sus ojos, y la vil, la vil cobarde, no pudo resistirlo y abrió aún más los ojos al último y mayor espanto de la respuesta a que sus ansias le excitaron.

-¿Qué? -demandó seca, irguiendo el busto sobre ambas manos, en una convulsión.

Eliseo sonrió con una ferocidad piadosa de sí mismo.

Había pensado que sus desoladas certidumbres no necesitasen más confirmaciones, y se rindió al asombro de sentir que ninguna fue la decisiva, la inequívoca, la imponente, hasta ésta que recogía de Libia sin palabras.

Lento, siniestro, absortamente observado por el ya mudo terror de la miserable infeliz, se acercó, se sentó en la marquesita de la cabecera, tendió después un brazo, y dijo con frialdad entregándola el anónimo:

-¡Toma! ¡Lee!

La vio leer, vio la fulguración que demudábala el semblante, y la oyó gemir tan sólo un «¡Oh, Dios!», ahogado, a la vez que desfallecía su mano con la brutal esquela y cerrábanse sus ojos huyendo al lado opuesto.

-Cuando menos -la reprochó él con la misma glacial ferocidad que seguíale cuajada en la sonrisa- pudiste evitarme a tiempo los ludibrios.

Pero saltáronle al corazón desde todos los átomos del ser los dardos de la saña, a la vista de la semidesnuda beldad cobarde que tantas veces con idéntica semidesnudez y con más valor impúdico y en otros infames lechos habríase ofrecido a las lujurias de tantos, y atenazándola y sacudiéndola una muñeca, rugió:

-¡Oh, mujer! ¡Maldita seas!

Fue una vida de dolor tumbada de un hachazo. Doblada, como rota al contacto duro la muñeca aquella, cedió la otra también, y dejáronla caer pesadamente, de espaldas, inerte el busto, inerte la cabeza, inerte toda, sobre el lecho y sobre los blancos almohadones. Un desmayo. Quedaba brindada en alto la garganta de la misera, de la cómica, quizá, que habría sabido desplomarse esquivándole atrás el gesto, no tan fácil de fingir, y el rencor y el asco levantaron rápido a Eliseo y lleváronle a ella el garfio de las uñas...

Soltó, no obstante; tuvieron que abandonar las uñas su loco afán de estrangular, apenas hundidas en la carne... Brotaba sangre de la huella de una, y la exánime, la densamente lívida, seguía insensible al dolor y a la sofocación de espanto que la hubiesen debido despertar de su comedia...

¡El gesto! ¡Oh, el gesto!... Pudo el horrorizado justiciero contemplarlo, bien cerca, bien encima de los ojos que ahora no le pudiesen contemplar. Un estirajamiento de la boca contra los dientes secos, una desigual inercia de los párpados contra el estrábico blancor de las escleróticas, en una yerta palidez de blando mármol...

Le recordó el de los muertos del hospital; y para no creer en su alegría horrenda de que ya ella se hubiera muerto, de que ya él tan fácilmente hubiérala matado, con unos «¡Libia! ¡Libia!», de cavernoso amor de eternidad, y con unas palmadas de póstuma cruel caricia en las mejillas que había besado tanto, hubo de estimularla aquella tenue respiración de soplo que aún la agitaba el pecho en clónicas arritmias.

Sentado en el borde de la cama, torcido en el aplomo de ambos brazos abiertos sobre ella, mirábala, mirábala... mirábala alternativamente la gota de sangre que seguía engrosada resbalando por el cuello, y los globos de los ojos sin luz en estática agonía. Maldecida, maltratada, herida por él... ¡qué importaba! Harapo de belleza, guiñapo de sí misma. Mirábala y no podía determinar si estábale aquejando el ansia de escupirla en su abyección o de darla un beso, el último, amparado en su inconsciencia.

-¡Libia! -volvió a llamarla, nada más, eco vago de sus propias confusiones.

Ya que no las de la pérfida, las burlas de la suerte, para ella en vano compasivas, la hurtaban de entre las manos el alma de infamia y de doblez a que él querría infligir el tormento de asistir a su lenta destrucción, sintiéndose a escarnios arrancada pedazo por pedazo.

-¡Libia! -tornó a suspirar en el éxtasis de horror a su beldad y en el lúgubre ridículo de aquella homicida espera de iras y piedades.

Y como al mismo tiempo la piedad o la ira giráronle los ojos a la estancia, haciéndole instintivamente buscar contra el peligro de la vida vil, que acaso se le escapaba impune, el extraño socorro de un pomo de sales, de un frasco de éter..., la indignación le levantó.

Fuese el colmo de lo repugnante y macabramente bufo que la auxiliara él, que hiciera venir a un médico, si no lograba recobrarla al sentido... con la monstruosa caridad del juez que pone el afán de sus escrúpulos en salvar a un grave enfermo sentenciado, para entregárselo a la horca.

La miró aún, con el desdén de todos sus rencores... y salió, pensando cuánto más valdría que el azar y la debilidad de la malvada, si acertasen a matarla, relevásenle de innoblezas de verdugo.

Abría ahora las llaves de las luces, a su paso, y en la sala le paró el gran retrato de ella hecho por Guillermo. Érale igual detenerse allí o en otra parte, y se desplomó en una butaca.

Cerrados los ojos, descansaba a un lado la cabeza con la mano sobre ellos. Quisiera no pensar, y no podía. Los ojos al tacto como muerto de la mano que había hecho saltar la sangre de la odiada a quien tanto amaron, veían dentro de ellos mismos la gota roja en la garganta blanca.

Dueño del tiempo y de lo horrible, reposaba... reposaba al menos su físico cansancio. Aguardaba lo fatal, lo que estaba escrito en los abismos del Destino con letras indelebles que serían las que su inocencia hubo de trazar en los carteles de las calles; lo que por sí solo o por él, y nada importase cómo, tendría que haberse consumado en el abismo sin fondo de esta noche.

El retrato, allí enfrente, acabó por absorberle. La imagen de la falsa, en una viva y portentosa evocación, mostrábale su dulce hipocresía y el esplendor antiguo de sus lujos.

Recordaba los no lejanos días en que la vio vestir aquel traje de gasas y de pieles, con el cual solía partir en el automóvil de Ernestina después de sus poses de modelo, y preguntábase para qué amantes pudiera haberla llevado la perfidia tan regiamente engalanada.

El del escándalo, según la Prensa, era un aristócrata chiquillo; pero ¿las lascivias de cuántos más tuvieron que envilecerla, por capricho, antes, hasta lanzarla a las del incauto, por estafa?

¡Sí, sí, la miserable!... ¡En el largo camino del vicio no se pasaba de un salto desde el pudor de la honradez hasta el encanallamiento criminal de las ladronas del amor!

Habríala hecho falta una escuela de maldad en que primero la hubiese seducido un señuelo de ilusiones, que la hubiese ido infamando lentamente, que hubiésela corrompido, al fin, hasta dejarla a la merced de cualesquiera.

De los amigos, de los mismos íntimos amigos de los dos, quizá, ¿cuáles pudieran arrojarle a él la burla compasiva de la traición con ella realizada a cuenta de unas galas o de un poco de placer, como con una fácil y linda prostituta?

Una duda más le consternó.

¿Habría sido la querida de Guillermo?... Yendo en busca de Ernestina, Libia mil veces le ofreció sin duda ocasiones en su casa; lo mismo que las habían tenido aquí, cuando él no los acompañó en aquellas sesiones de pintura en que Astor arreglábala las ropas con tanta confianza, tocándola las piernas...; igual que con Luis las hallaría en las visitas médicas a Inés.

Astor, sí, el cínico bohemio artista, el despreocupado a quien ni los decoros suyos y de su mujer le merecían respetos; Luis, también, acaso, el probo, que, hombre al fin, no supiera sustrarse a la provocación de la coqueta...

Ambos, por lo pronto, sabiéndola tan vil, al ocultárselo al camarada fraternal, habíanse comportado deslealmente; y si con la tardía oportunidad del funesto drama, con tal de que no llegase al público, llegaron hasta dejárselo vislumbrar sus mañosas terquedades, más que noble inquietud por el daño del autor, parecía esto forzada y agradecida obligación de defender de su propia iniquidad a la inicua generosa.

Y volvió a contemplar el retrato.

Triste le era dudar así de la amistad; pero ¿qué humano afecto pudiera perdurarle digno de estimaciones después de cubrir en catástrofe afrentosa el de la que fue la fe entera de su alma ingenua y el más firme y sagrado culto de su vida?

En torno a la maldita imagen de impureza, doblada allí en el sitial dorado con una pierna sobre otra, con la barba en la mano, y con la angélica vaguedad de ideal espectro de los cielos que parecían destellar su cara y su lánguida estatua toda envuelta en lujos, él, que la miaba extático, fue haciendo surgir la ignota legión de sus amantes... De ellos, ninguno se le señalaba, ninguno podría señalársele a las avideces de su odio, ni siquiera el ya bien defraudado en su pobre triunfo con la hipócrita que intentó estafarle, tanto como aquel, fuese quien fuese, que se la hubiese arrebatado el primero con un engaño de delicia...

Fuese quien fuese... Astor, Luis... otro amigo cualquiera..., un desconocido de la calle... ¡Y tendría ella que decírselo!

Habíase levantado. Ésta nueva urgencia de saber, de conocer en determinados nombres la extensión de su infortunio, para recogerlos también en la fría extensión de su venganza, tornábale hacia la inerte, que a fuegos de voluntad despertaría de aquel desmayo.

Llegó y se asombró de no encontrarla.

¡No estaba en el lecho! ¡No estaba en el cuarto!

Hirieron su oído ligerísimos sollozos. Turbaban apenas el profundo silencio de la noche, y provenían de la próxima alcoba de la niña. Se acerco a la puerta; estaba a obscuras. Escuchó más. ¡Ah! La extraña resucitada lloraba contenidamente su terror, como si temiera despertar al ángel de inocencia en cuyo sueño habíase buscado hábil un refugio.

Tembló Eliseo.

¡Inés! ¡El ángel de inocencia!

Por vez primera imponíasele a su egoísmo de dolor, el dolor de aquella pequeña vida inmensamente adorada y desdichada.

Sintió el impulso de entrar y arrastrar de junto a ella a la perversa que mancharíala con su llanto, con la luz del cieno de sus ojos..., y le paralizaba el sacratísimo temor de tener que verla abrir el susto de los suyos a la escena espantosa de violencia...

Libia gritaría, abrazaríase a la durmiente, no queriendo perder su escudo de candores.

¡Templo, pues, aquello! ¡Santo asilo para el crimen!

Dobló la cabeza, sin acertar a discernir si la que fue insigne comedianta en su vida entera supo serlo de tal modo a la hora suprema del castigo que hasta pudiera fingir con un síncope las orgánicas livideces de la muerte, y se alejó, cruzando vagamente la alcoba, el tocador...

Detúvole un espejo, y al limpio cristal le reprochó con amargura su incapacidad para delatarle las imágenes de impudor que con quién supiese quiénes le habría copiado tantas veces a la impúdica.

Ignoraba lo que hacer, condenado a tal espera en lo horrible inevitable, y atrájole la triste curiosidad el armarito joyero en que habíase reclinado.

Sus llaves, nunca escondidas para él por la audaz mañosa que le confiara de tal modo, solían estar en un cajoncillo de la mesa. Dentro... estarían tal vez los íntimos recuerdos, las cartas, las fotografías de aquellos hombres que él ansiaba conocer.

Fue por las llaves, y durante media hora se dedicó a revisar lo que los compartimientos del elegante mueble contenían.

La sorpresa y la confusión aumentábanle a cada instante. La infame guardaba allí como reliquias, y en perfecto orden, las mismas cosas que a una honrada muerta, por ejemplo, confirmaríanle una aureola de delicadeza y de virtud. Entre las alhajas de sus mundanos triunfos, dijes y sonajeros de cuando Inés fue pequeñita, protegidos cuidadosamente en los más bellos estuches. En un paquete de cartas, que hiciéronle estremecerse, las escritas por él durante breves ausencias, las de los padres y las hermanas de ella y unas medallas y un poco de pelo gris, con un miniado retratillo, que eran de su madre. En otro paquete, atado con cintas y lacrado, antiguos retratos de la niña, que tenían la fecha al dorso; bucles rubios en cuya envoltura de papel de seda decía: «De mi hija de mi alma: cortados al enfermar del sarampión; Abril de 1910», y un amuleto de corales. Luego, más paquetes en que, al deshacerlos trémulo el investigador, ante su estupefacción creciente aparecían trapitos y vestiditos de muñeca con largas puntadas, que serían las primeras hechas por Inés, papeles y orlas, también de ella, con casitas y dibujos y letreros adorablemente torpes, y unas estampas de santos en que la mano infantil, ya más segura, había trazado un «A mi queridísima mamá», en gentil dedicatoria...

Había ido recogiendo Eliseo todos aquellos recuerdos de la niña, que guardó y catalogó la Libia inverosímil, que hubiéranse perdido a no ser por ella, y al cruzar la sala, en su nuevo paso vacilante hacia el despacho, miró otra vez el retrato odiado y tuvo que preguntarse en qué ocasiones, en qué época pudo la perversa consagrarse, ciega y loca, a su larga historia de maldades. Los preciosos objetos eran de todos los tiempos, lejanos y próximos, sin interrupción en la vida de ambos, y no se comprendía la monstruosidad de una mujer que en las mismas entrañas de desastrada aventurera siguiese cobijando ternuras tales de una madre.

Estaba fatigadísimo, moral y materialmente destrozado. Buscó el descanso en la amplitud de una poltrona, y de nuevo el bello orden del despacho hízole pensar en la inmensa felicidad pasada y en la aún más grande felicidad de porvenir que había roto la insensata.

Extraña suerte su suerte.

De un golpe, de una vez, habíanle estallado delante de la vida los fúlgidos incendios de la ansiada gloria y las lóbregas negruras de la muerte.

Siempre, además, contradictoria y compleja, ahora el problema de la muerte volvíasele irresoluble.

El designio de destrucción para él y para Libia que le trajo del teatro, tenía detrás o por encima la sagrada inocencia de aquel ángel a quien la miserable habíale pedido segura protección y que tendría que quedar abandonado.

Si ella le pudo olvidar para su deshonra, él no debía, no podía imitarla olvidándole para su desamparo cruel en la soledad del mundo.

¡Morir con ellos..., Inés!

Meditó siniestro, fijo en la idea de la no sabía cuál terrible y sobrehumana caridad de amor que cortárala en el propio candoroso sueño la existencia.

Mas... ¡oh!, las manos, el revólver, negábansele horrorizados a apoyarse en la garganta o en la frente de su hija.

Un éter, un éter..., un éter que le efluviase a la cándida flor de aquella boca dormida su vapor de eternidad... ¿dónde estaba?

Un beso, un beso... un beso de infinita y letal pasión tan grande que sorbiérale el alma y el aliento...

¿Dónde estaban?

¿Dónde estaban... el beso, el éter de amorosas suavidades de asesino?

No lo sabía; no los veía por los rincones de su hogar o de su alma, y el estupor de la voluntad inerme le sumía en un amodorramiento en que sólo le restaban dos confusas abstracciones: la de esta bella paz de su despacho, centro de todo el universo de una dicha derrotada, y la de aquella alcoba en que sobre una cuna blanca de purezas, llorando, prosternaba su cobarde ignominia una mujer.

Y hasta esta última emoción se le iba borrando poco a poco.

Oía en la calle los ruidos del amanecer.

Oía cerca el tictear de un reloj, que no daba horas, por fortuna..., y el tiempo y el reposo sin medida le fueron adurmiendo su cansancio.


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Despertó, porque le daba el sol.

Dejábalo pasar oblicuo el balcón no bien cerrado, y abrió los ojos el que tenía la boca amarga y el alma sonriente.

En su dormitar, soñó; y había estado soñando con Biarritz. Las gentes paseaban por la Digue, sonaba una orquesta, sonaba el mar, y en la venturosa severidad de todo, él y Libia sonreían a Inés, viéndola jugar descalza, con su pala y su traje rojo de chiquillo, por las olas la arena.

¡Oh, cruel evocación! ¡La esperanza herida de agonía habíase aprovechado de esta última libertad del dormitar para llevarle a un pasado venturoso!

Y el sol volvíale a la espantosa verdad de su tragedia.

Seguía con su irónico orden de bellezas el despacho, y seguiría allá no lejos, Libia, llorando sus infamias sobre el ángel de candor.

La boca...; ¡sí, sí, la boca y el alma le amargaban!

Implacable la realidad, había querido colmarle la persuasión del infortunio hasta con el hecho de aquella mujer que no venía..., que no había osado en la larga noche venir a sincerarse de inocencia o a implorarle sus perdones.

¡Tal debía de sentirse imperdonablemente infame en su conciencia!

Pero... le asustó el día, el sol, de pronto. Púsose de pie.

Miró el reloj. Eran las seis y cuarto.

Él tampoco debería ver a la malvada..., verla, cuando la niña y las sirvientes despertasen, sin saber lo que con ella fuese a hacer su odio y teniéndolo que disimular con esfuerzos imposibles.

El pensamiento de tener que convivir entre simulaciones de respeto con la que nada respetó de este hogar, que ya sólo esperaba el minuto en que habría de desplomarse..., inundóle el corazón en ansia de una fuga..., de una fuga... lejos..., lejos de ella y del Madrid que nunca más debiera contemplarle en la deshonra...

Un viaje.

¿Adónde?

¡Bah!... el azar y el primer tren que de cualquier estación partiese hubieran de decirlo.

Un viaje, un viaje.

No podía tardar. Media hora más y levantaríanse las criadas.

Corrió. Trajo de un armario de allá dentro unas ropas y una pequeña maleta, y púsose a arreglarla.

Hermoso día. ¡Qué burla la del sol para alumbrar tanta tristeza!

Cambiado él de ropas, cerrado el maletín, cogió dinero de un cajón, tomó de la pared y guardó un retrato de Inés... y, viajero siniestro en viaje a lo vacío, sus labios lanzaron un beso en dirección al cuarto de su hija, y sus ojos lanzaron un dolorosísimo adiós a aquel despacho...

Salió.

Abrió y cerró puertas con los últimos sigilos.

Bajó rápido la ducal escalera de suntuosos mármoles que él no creyó anoche volver a bajar sino muerto, en la proyección de aquel fatídico «mañana».

¿Tornaría a subirla una vez aún para que le bajasen muerto?

El Sol, los árboles, la vida, el día hermoso en la hermosa calle... todo le era jeroglífico.


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Capítulo I
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Los abismos- Tercera parte Felipe Trigo


-Señor, ¡los diques!

-Sí.

Corría el coche.

-Señor, ¡la escuadra!

-Sí.

Desistió el cochero de sus baldías indicaciones.

Él seguía preocupadísimo.

Un domingo, dos años atrás, obstinábase en vencer la rebeldía de una escena de comedia. Llamaron. Se alarmó. Llovía, y todos, incluso las criadas, habíanse ido al teatro. Volvieron a llamar y fue a abrir. Era Ernestina. No obstante advertirla que se hallaba solo, o por lo mismo, entró, a pretextos de la lluvia y de haber despedido el automóvil para pasar con Libia la tarde. -«¡Tendrás que soportarme, hijo, hasta que cese este diluvio!» Instalada en el despacho, procuraba enredar conversación. Le preguntó qué escribía; quiso conocerlo; hubo de complacerla, poniéndose a leer... Pero Ernestina le miraba, le inundaba con su sonreir voluntarioso de coqueta; le pidió una taza de té, para escucharle, y en la ocasión de aquella propicia soledad estaría reflexionando por qué el autor de tantas apasionadas obras fuera el único hombre que jamás la deseó. Se quitó el abrigo, y le ayudó a confeccionar el té con igual delicia abandonada que en una entrevista de amantes, induciéndole a una escabrosa charla sobre si lo estaban pareciendo. La comprendió él de manera tal solicitado. Curioso de las audacias de ciertas almas femeninas, por observarla, dejóse ir en el juego de intenciones... Y, ¡oh, miseria de las almas!... pronto también la suya le repartió a los nervios y a los ojos el afán que en lumbres encendíale la espléndida morena, la hebrea beldad toda de carne y cuya boca loca le invitaba a morirse de placer... Iba quizá a tomarle el beso inmenso a la boca loca..., iba en olvido del mundo entero a pronunciar la vehemente frase que sacándolos de equívocos hubiérale entregado a la lasciva entre leves ficciones de sorpresa y de rubor..., y sólo él sabia el esfuerzo que, por no morder aquella boca, le costó morder aquella frase y tornar a la lectura. Leyó, leyó, leyó... Con mal disimulado desdén, luego, partió la defraudada, sin temor al aguacero.

Más que por nada, verdaderamente, por esta experiencia de cómo hasta en el más cuerdo una casquivana hermosa puede hacer zozobrar todos los respetos, él había sospechado de Astor.

Recordábalo ahora, semitendido en el abierto cochecillo que corría por las calzadas, frente al mar; y cuando el automatismo del pensamiento impulsábale otra vez a la defensa del amigo que pudo sentir los mismos escrúpulos en la inminencia de la traición con Libia, dado que cupiese suponer a Libia tan procaz como a la otra, le volvió en sí el estridor de una fanfarria de cornetas.

Le volvió en sí. Es decir, le restituyó a la voluntad de no pensar y al miedo de perder el juicio.

Un poco más, y sería un monomaníaco condenado a la obsesión de un círculo de ideas, el mismo siempre, y que en fuerza de girarle en el cerebro no le impresionaba ya al pobre corazón roto de angustia.

Las cornetas se acercaban. El coche se paró, dejando paso. Era un regimiento. Soldados desmedrados y pequeños, de casacas rojas. Los vio desfilar, con su inglesa rigidez, y alegrábase, quería alegrarse de advertirlos menos vigorosos y marciales aún que los de España.

Sí, sí, quería alegrarse. Quería saber que no se le había agotado la facultad de interesarse por las cosas que no eran su conflicto; y al seguir el coche y cruzarse más allá con tres rifeños hercúleos, salvajemente dignos en sus jaiques, pensó que la semicivilización actual, en Londres y en París, como en Madrid, degenera a los humanos.

Le reflexión le llevó en seguida a considerar de cuán lógica manera los hábitos sociales pudieron ir empujando a Libia...

Se rehizo, casi de un salto en el asiento. Tornaba a la manía. Procuró arrancársela mirando el mar, el cielo, las ciclópeas rocas horadadas de cañones..., lo que no tuviese, como todo parecía tenerlo, la horrible propiedad de suscitarle su infortunio.

Cerraban el marino horizonte unas montañas, y fue ahora él quien le preguntó al auriga:

-¿Qué sierras son ésas?

-De África, señor.

-¿Tan cerca?

-Y hay bruma; fíjese, y verá el peñón de Ceuta. Estamos frente al Estrecho.

Cruzaron un avalladado campo de polo cerca de un paseo donde las niñas jugaban.

Tuvo la visión dolorosísima de la hija suya, de Inés, y le mandó al cochero seguir al borde de la costa para continuar viendo nada más los montes africanos.

Por unos momentos, los contempló como perdidos en su barbarie. Tras ellos estaban los estragos de la guerra, de la humana ferocidad sin razón y sin sentido. Creyó haber encontrado el filón de ajenas emociones que le librase de las propias, y bien pronto la tenacidad de su dolor supo relacionar lo incongruente. La guerra le pareció una ocupación envidiable para hacerse matar, siquiera, entre embriagueces del horror y en fuga y en asco de aquella guerra mansa de que libraba por la tierra entera la perfidia. Entendió la guerra. Él iría de buena gana a pelear, a morir, matando hombres, ya que no supo matar a una mujer indefensa en un desmayo.

-¡Cochero, para! -gritó.

En un rústico bar bebían coñac unos marineros, británicamente ebrios sin perder su muda compostura; y él, que no bebía nunca, sintió súbito el deseo de ahogarse en alcohol el alma. Bajó, fumó, pidió copas, copas... tres, cuatro..., las tragó, meditando que tal vez el poderío de los británicos debiérase a la perpetua borrachera que los reduce a satisfechos animales. Satisfecho a su vez, volvió al coche y siguió recorriendo, hasta que el sol se puso, el idiota pechascón de Gibraltar transformado en limbo, en maravilla...

Explicábale al señor cosas el cochero, y todo al señor hacíale sonreír como admirable.

Diques, buques, dársenas...; docks y cuarteles para tropas, parquecillos con chalets -pabellones para jefes; más costados de la ingente roca con cañones; un palacio, residencia veraniega del señor gobernador...

Regresaron desde la zona militar, en que no podían aventurarse sin permiso. Estaba anocheciendo. La ciudad se iluminaba. La angosta y larga calle principal refulgía las luces de sus tiendas contrabandista de tabaco, de sedas y marfiles y maritatas indias, e impermeables y calcetines y bastones auténticos de Londres. Otro regimiento de gorritos rojos, que volvía de la instrucción tocando una música de pitos. Luego, otras puertas de muralla y el camino del muelle, en que esperaba el vapor para Algeciras.

La brisa, durante la travesía de media hora, le despejó la semiturbación que habíale hecho menos desdichado. Se advertía otra vez el amargor de la boca, y la vista de una valija de cartas le recordó la que habíale escrito Libia desde la estación, en Madrid: «-Salgo en un tren. Ya sabrás dónde me encuentro. Te lo aviso para que no añadas al escándalo la inútil alarma de buscarme...» Cuando el vapor atracó, él era nuevamente un fardo de tristezas.

Un coche, aún, transportándole al hotel Reina Cristina, y un gran salón de periódicos. Los que habían llegado con él por la mañana, deshacíanse en elogios del estreno. Había ahora muchos más, y se dedicó a leerlos. Grandes epígrafes. Retratos del autor y de escenas de la obra. Columnas enteras sembradas de adjetivos: «insigne», «ilustre», «glorioso», en raudales de ponderación ardiente y de entregada admiración. Constituían, pues, sus Abismos una actualidad de acontecimiento nacional, y el ansia del triunfo y el cálido fragor de los aplausos dijérase que le perseguían y volvían a alcanzarle seductores en esta paradójica fuga de bochorno. La Prensa provinciana insertaba también largas reseñas telegráficas en lugares predilectos. No había en el salón un solo lector que no tuviese el nombre y la esfigie del ya solemnemente consagrado dramaturgo delante de los ojos.

¡Ah, qué ironía!... Otra vez herido, así que salió del leteo consolador de la lectura, por la cruda realidad, cuya lírica exposición en el teatro le abrumaba de victoria, de respetos, no acertaba a penetrar qué misterios de hermenéutica hiciesen juzgar el mismo hecho de modo tan distinto al público, a la Prensa y al mísero que estaba aquí lleno de terror y oculto en la vergüenza de un supuesto nombre, como un ladrón.

¡Misterio, sí! ¡Siempre misterio y discordancia en todo, y siempre la inconciliación de todo él, y dentro de él propio aún más caótica y absurda entre el hombre y el artista! Contemplando los periódicos, el hombre imaginaba que debería retirarle al público el drama aquel que era su escarnio, y el artista oponíase a retirarle al público el drama aquel que era su gloria.

Y el hombre, al menos, oyéndole al artista un «¡Ya qué más te da!...», de cinismo irreplicable, arrastró al artista al comedor, como del cuello, ansiando la venganza burda de aniquilarle en vino su histriónico descaro.

Comió, bebía, bebía mucho el hombre, la bestia de los miedos y los odios..., burdeos, champaña. Más champaña, al notar que una honorable familia de la mesa de enfrente suscitábale la idea de las cuántas lujurias secretas de la madre sostendrían la digna felicidad del esposo y de las hijas... Más champaña, al advertir que aún otro gran sorbo no habíale impedido continuar reflexionando que, como acaso aquel señor, él mismo habría llegado a la vejez, creyente ciego en su honorabilidad y su felicidad, si el azar no le hubiese desvelado a Libia en impudencias.

Pero la bestia de los odios y las burlas llegó luego, sepultada en sí propia, a sentirse la satisfacción de su grosera intimidad, aquella a que reducíala el vino por los fondos de la carne, y apartó a un lado las botellas para ver mejor, hasta los pies, a una de las bellas hijas de la ex bella posible pecadora.

Alta, blonda, esbeltamente estatuaria en la lozanía de sus diez y siete años, escotada para la severísima etiqueta del regio comedor, ceñía un bizarro traje a bandas color naranja sobre blancos tules, y su talle de elasticidad maciza y su cara de ideal arcángel (¡oh, el de la idealísima mujer arcángel de Madrid!) parecían hechos para conmoverse en todas las hipócritas lascivias.

Cruzadas una sobre otra, enseñaba media pierna. ¡ya la iba aleccionando la elegante educación!

Le recordó historias de él, de antes de casarse, de antes de la época en que su egoísmo juzgó oportuna la definitiva instalación en la vida grave con máscara formal.

La chiquilla, aunque más primorosamente vestida, parecíase a la meritoria de teatro que, con el don de su inocencia, le resolvió a darla papel en cierta obra; parecíase también, aunque menos lujosamente vestida, a la cocota roja que, durante una estancia en París, él se llevó una noche de la Taberna Olimpia por tres luises.

París, a su vez, le evocaba la fiebre de lujuria que hubo de saciarse a fuerza de luises y cocotas... Rubias, como esta muchacha y como Libia, grandes y pelinegras como Ernestina, de caras granujas de apaches y de caras y aspectos pudorosísimos de vírgenes de altar... Reíasele la carne en la sonrisa de la boca. El fatuo artista mentecato y lírico, bien con su primer triunfo de dinero hubo de subvenirle al bestia a la sed de menos líricos antojos.

Y detrás de aquéllas, perdidas aún más lejos por los juveniles años del metido luego a austero imbécilmente, un gracioso y grotesco tropel se le esfumaba. Eran las cómicas y cupletistas de Madrid, las rameras puercas del tiempo de estudiante, las criadas de patronas, la novia sentimental, allá en Jaén, de aquella andaluza reja con claveles... la... las... ¿Cuántas?... Nunca pasó entre sus amigos por un preocupado de mujeres; y, sin embargo, de ellas guardaba la memoria esta abundancia de recuerdos.

Ahora, aquí, en la austeridad de la vasta sala, donde estaban cenando tantos ingleses que serían los reyes del acero o los reyes del petróleo, hallaría él, en verdad, bizarramente divertido ver desfilar el batallón de «sus mujeres» con una música de pitos como la del regimiento inglés... Algunas dejaríanle un tufo de huatas yodofórmicas a la dignísima familia.

Sonreíase tomando otro sorbo de champaña. La vida resultaba entretenida a poco que se supiese contemplarla. Lo mismo (cuestión de antes o después) en las candorosas señoritas y los papás de barbas diplomáticas, que en los dramáticos autores. Igual en los prostíbulos y en las honradas casas de Madrid, que en estos hoteles del buen tono. Sonreíase, sonreíase gozosamente cierto, siquiera de haberse desquitado de Libia anticipadamente. ¿Qué tenía que echarla en cara?... Puestos a un balance de franquezas, ella, con sus amantes, quedaría en ridículo sin poder oponerle otro tan nutrido y pintoresco batallón.

Mas... ¡oh! tal fue para Liba el desprecio del bestia de las burlas y los odios, triste y soez en su alegría como un payaso, que de los fondos de su carne resurgió el artista, en ella acurrucado como otro payaso Mefistófeles burlón, y le cuajó en asombro la sonrisa.

El bestia consideraba con borracha seriedad de qué modos tan diversos, desde cuáles puntos de vista tan contrarios, coincidía por primera vez con el artista en la disculpa a la traidora.

El uno, en nombre de las líricas piedades imposibles para el hombre.

El otro, en nombre de dos niveles de idéntica miseria en la misma humanidad.

¡Bien!

Harto abstruso el problema de semejante disyuntiva armónica para estudiado a vapores de champaña y del burdeos. Quedóse en los ascos humanos de la vida con la sensación de su falta de derecho a odiar los ascos de otra vida... y como esto proporcionábale también por primera vez la egoísta comodidad de ahorrarle el odio..., se levantó, salió a fumar, y en cuanto el cigarro le aumentó la pesadez del sueño, marchó a acostarse.


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Mas ¡oh, su sueño de borracho! Un sopor de pesadillas. Había visto dobles las cosas, al dormirse; habíanle angustiado náuseas y mareos y se había sentido la alcohólica anestesia en las manos y en los labios. Despertaba en un quebrantamiento lamentable, con la boca más amarga, con el alma más colmada de afrentosa cobardía, y un retrato de Inés, con su seriedad dulce de ángel, de aquella niña que allá lejos esperaría la salvación, le dio la impresión neta y desolada de los estoicismos de bruto en que él mientras cifrábase el consuelo.

No volvió a beber más. Al problema que le acosaba debía oponerle el íntegro valor de su espíritu despierto. Si soluble, para hallarle solución; si irresoluble, para persuadirse de ello contemplándolo con nobleza dolorosa, frente a frente.

Persistíale en las entrañas el convencimiento de su falta de derecho para odiar, dejado al menos por el bestia; y libre de las ásperas urgencias del rencor, quiso fortalecerse en una conciliación con la paz del sol y de las flores, que hubiese de permitirle más serenidad al juzgar de su conflicto.

Invirtió las tardes paseando en un bote por el mar y las noches vagando a la luna por el parque.

El humo de los buques sumíale en un ensueño de fuga a luengas tierras con su hija, con Inés. No sabía de qué manera realizarlo. No sabía siquiera, ¡oh!, si su Inés sería su hija. ¿Desde cuándo la madre estaba lanzada a la traición?... Sacaba de la cartera el retrato de la niña, y con el impávido reposo que contra toda clase de horrores iba aprendiendo, procuraba deshacerse este último horror de sus dudas estudiándola el parecido en las facciones. ¡Sí, eran de él la suavidad de aquella frente, la lealtad de aquellos ojos..., como eran de Libia la frescura de la barba y la belleza insuperable de la boca!... Guardaba el retrato, y perdíale el contrasentido monstruoso de que una mujer así hubiera podido engendrarle la mitad de la vida a un alma toda de pureza.

Sin embargo, a la segunda tarde que le aturdió esto mismo, en la misma absorta contemplación que quería dejar extinguida para siempre la sospecha cruel sobre el retrato, la irreverente memoria, recordándole el grotesco batallón de sus mujeres, hízole extraviarse más en el absurdo de que la otra mitad de aquella alma de candor y de bondad estuviese hecha por otra vida igual de grosería... Y dobló la frente, y ante la imagen de la Libia abominada tornaron a quebrarse en humildes impotencias sus orgullos justicieros.

Entonces, el ensimismamiento de humildad le empujaba algunas veces a pretender, examinar si no fuesen igualmente condenables o igualmente perdonables las infamias de Libia y sus infamias. Ningún código humano ni divino declaraba al honor del hombre inmune contra las idénticas miserias y traiciones que se lo hubiesen de arrancar a la mujer; y sólo un despotismo de amo bárbaro podía arrogarle la facultad de infringirlos, al propio tiempo que no perdiese la de exigirle su estrecho cumplimiento a la esclava compañera...

Sin embargo, abandonaba pronto esta ruta que le inducía a un camino falso. Su problema no era ético, sino del corazón..., del corazón que ama o aborrece por encima de toda clase de razones.

¡Oh, las flores! ¡La ruina!... Regresaba del mar, de mirar las olas que con la misma gracia de su eterno juego le metían o pudieran sepultarle, y miraba las flores y la luna, que tampoco en lo que nacen saben si hacen bien o si hacen mal. Querría imitarlas en su cósmica inconsciencia. Él, como las inglesitas melancólicas que allá por las mañanas paseaban leyendo libros, era en su patria misma un más lejanamente desterrado príncipe del país de la ilusión, que arrastraba su melancolía dolida por el parque principesco. Suyo, a estas horas. Cruzábalo en la extensión vasta de sus verjas, deteníase a oír en un tilo a un ruiseñor, hartábase de aromas en las platabandas de rosas blancas, de rosas rojas, de nardos, de gardenias, y sentábase en un banco de tiempo en tiempo para reposar su fatiga, contemplando en los boscajes los mágicos efectos de la sombra y de la luz. En el centro de la amplísima colina, transformada en paraíso, alzábase el palacio campestre del hotel como una inmensa quinta señorial, exótica, de dos pisos, de paredes blancas y maderas verdes, de balcones que eran terrazas al jardín, y de una irregularidad pintoresca que rompía por todas partes en cúpulas y torrecillas.

Placíale, a la verdad. Debíale al azar, siquiera, la fortuna de haberle traído a un hermoso y pacífico refugio de extranjeros, que aquí buscaban en el perenne sol primaveral el olvido de sus nieblas y sus fríos, no cerca de la pequeña ciudad adonde no bajaba nunca, tampoco él, que desearía a la luna y entre flores encontrar el mayor posible olvido a su dolor y la menos triste solución de su problema.

Eliminado de éste el término de muerte y destrucción que lo llenó al principio, iban las horas devolviéndole el ansia amarga de la vida al desesperado que sólo pensó en morir y que debería vivir para su Inés. El problema horrible definíasele poco a poco, con respecto a Libia, en una voluntad de separación que necesitaría concretarse en sus detalles, y confirmarse como buena en el tiempo y en la madura reflexión.

Era de sobra complejo y delicado para resolverlo con las engañosas inspiraciones de la rabia, en un instante. Cada nuevo día le había ido dando el juicio nuevas calmas y restándole una probabilidad más al desacierto. Ni debiera apresurarse, pues, ni pudiera la hija de su alma reprocharle de inacción en la intensa pasividad fecunda de este anónimo y profundo apartamiento de la tierra.

Mas... ¡oh! al cuarto día empezaron a llegar las revistas ilustradas con retratos del autor célebre, limpios, nítidos, donde podía reconocérsele mejor que en aquellos que trajeron tan borrosa como profusamente los diarios... y el sombrío huésped del hotel temió fundadamente por su incógnito. No sólo espiábale furtiva la tarda curiosidad de aquellas inglesitas, sino también, más viva, la de otros caballeros y damas acerca de cuya española nacionalidad hízole caer en sospechas, la noche antes, el álbum del hotel: firmado, en primer término por los reyes doña Cristina y don Alfonso, seguían las firmas de muchos extranjeros; pero también las de no pocos españoles y las de no pocas aristocráticas familias de Madrid...

Se aterró. Aquella tarde tomó el tren para Granada. Una guía le informó de que en la ciudad morisca había otro hotel, más perdido aún que éste en una montaña de jardines, y casi exclusivamente frecuentado por turistas.


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Capítulo II
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Los abismos- Tercera parte Felipe Trigo


Veíalas en coche por los paseos lejanos, por las cumbres hasta donde lo permitía la nieve, en la Alhambra, con el Baedeeker delante de los ojos, y aquí al salir el sol.

Acabarían de levantarse, de bañarse, y venían con la frescura de dos flores de junco. Sencillo su tocado: garrotines de paja con ancha cinta, blancas blusas y faldas de seda azul. La una, alucinada, se dirigió en seguida al parapeto, se sentó, acodada en él, y perdió la vista en lejanos horizontes. La otra se acomodó en un velador, depositó su libro y su paquete de cartas, y con una pluma estilográfica empezó a escribir postales.

Eran dos alemanitas que viajaban solas, de veinte años la mayor, hermanas, seguramente, y de dulce y bello aspecto. Exentas de coquetería, sus caras, a pesar de sus fuertes y sanos cuerpos de mujer, ostentaban la inocente lozanía y la tranquilidad de dos curiosas niñas, de dos blondos arcángeles caídos de los cielos para no ver nada en torno a sus candores como no fuese el cándido esplendor inanimado de las cosas.

Hoy llegaban tarde a la terraza. Ya pasado el magnífico espectáculo de cambiantes de luz que componía la aurora entre la profundidad aérea de los valles y la blancura perenne de las sierras, apenas quedaba nadie. Una francesa que investigaba con los prismáticos las lejanías, junto a su terminado desayuno de café con leche y queso de Gruyère y mostaza, y un matrimonio sueco que devoraban el suyo de naranjas, café, pan y manteca.

En el Hotel Cristina, de Algeciras, invernaban los potentados ingleses para continuar su vida de higiene y de etiquetas en un clima de sol.

A este Hotel venían de todas partes con fervores de fanático, buscando el éxtasis, los adoradores de arte en el maravilloso cuadro de la naturaleza.

Uno de los pocos verdaderos paraísos del mundo. La terraza suspendíase como un balcón de la montaña, cortada a pico en vertiginosa altura, sobre la ciudad y sobre la inmensa vega, salpicada, en su verdor, de pueblos y casitas, y bañada por el Genil.

Encanto del alma y de los ojos. Había aprendido Eliseo también a recogerse en éxtasis, a no pensar nada, a disolverse las horas y las horas en la magia excelsa, y para sentir una divina embriaguez, sin champañas ni burdeos, no tenía más que sentarse allí y aspirar a pleno pecho los aromas de los cármenes. El paisaje edénico le reconciliaba con la vida de la tierra, que podía ofrecer tales hechizos. La honda veneración de aquellos otros peregrinos de lo ideal, y, sobre todo, de las cándidas hermanas, restituíale a más bellos optimismos de la vida de las gentes.

Sí; era hermoso vivir, y restaríale una explicación a la existencia más amarga, a la más atormentada de propias miserias viejas y de presentes dolores, mientras quedasen niñas-mujeres tan noblemente puras como las dos alemanitas, y niñas como su Inés.

Contemplándolas a las tres, en presencia y en imagen, sin odio, sólo con serenísima tristeza, púsose por centésima vez a meditar y a resumir sus dudas acerca de la suerte que su voluntad de árbitro un poco injusto, hubiese de depararle a Libia en la separación inevitable.

¡A Libia, oh!

¡A la insensata Libia, más bella y dulce que ninguna, y más ciega también para haber podido destrozarse y destrozarle una tan gran felicidad como reservábales el triunfo!

El aborrecimiento hacia ella iba trocándosele en una infinita compasión.

Recluirla para siempre en un convento, con rigor despótico, era una crueldad definitivamente desechada, desde que la conciencia tocada por el bruto que dormía en él le dijo que a su miseria no asistíale el derecho de encerrar en prisión perpetua otra idéntica miseria de una débil e indefensa miserable.

Y, sin embargo, la miserable, la insensata, no debía permanecer sin freno, a la merced de su albedrío.

Imaginaba lo que significase abandonarla en Madrid, asegurándola una pensión, y conjurándola a una conducta de recogimiento y dignidad, siquiera por su hija, y llenábale de horror la idea de lo cuán nada hubiera de seguir estos consejos, libre, lejos de ella, y ya hundida en el escarnio, la que cerca y como honrada dama y como madre tampoco hubo de vacilar en sacrificarlo todo a sus instintos.

Era demasiado joven y demasiado linda para resignarse a la renunciación; buscaríala, en la novedad de la libertad, del libertinaje, cualquiera de sus amigos cómplices, llenaríala de lujos, la abandonaría después, la tomaría otro..., y perdidos uno a uno los últimos respetos, el nombre de ella, que no podría dejar de ser el del esposo y el de la pobre niña infortunada, rodaría a la más baja prostitución, en vergüenzas incesantes.

Pudiera enviarla a Berlín, con sus padres, y al menos esta vida de indecoro, si ella burláseles la autoridad, hubiera de realizarse en el destierro de un país extraño; pero además de que en tal resolución le detenía la impudencia de desearles a aquellos padres la responsabilidad y el bochorno que para sí propio le asustaban, Libia, dueña de sus actos, tardaría bien poco en sacudirse todo yugo y en volverse, acaso, a aquel Madrid de sus éxitos de inicua, en donde quién supiese quién la llamaría.

Y en cuanto a retenerla junto a sí, sometida a la estrecha vigilancia de una loca incorregible, peligrosa, repugnábale por el tormento que hubiera de imponerle, por el influjo de ella en la educación de Inés, difícil de evitar, y por el equívoco que tal resolución le diese al público con respecto a sus transigencias de cobarde.

El problema, por lo tanto, aun simplificado ya a este término de la separación, proseguía prácticamente irresoluble. Él no podría consolarle una vida de retiro y de modestias a su arte y a su hija, en España, en Madrid, haciendo olvidar sus desdoros, mientras Libia, al mismo tiempo, continuase alrededor su vida escandalosa.

Suspendió la reflexión en breve pausa, para fortalecerse la fe mirando a las alemanitas de ojos inocentes que no sabían mirar sino la inocencia de los lejos y las cosas, y dejó el pensamiento fijo en la proyección de otras lejanías que estaban más allá de aquellos horizontes.

Era el viaje a luengas tierras, soñado como único afán de salvación cuando había visto en el mar la estela de los buques.

El viaje, el éxodo, la emigración que le quedaba siempre a sus desesperadas impotencias ante el problema hermético, por último recurso.

Deploraba haberse distanciado del mar, y deploraba la ausencia de su lado de aquella hija que hubiérale disipado las indecisiones.

Sin ella, el viaje seguía aquí también ofreciéndosele en simple interrogación invitadora. Buenos Aires, una gran capital de un próspero país, con su mismo espíritu y su idioma. ¿Pudiera brindarle, a la vez, al poeta y en el grado de necesaria intensidad, el ambiente artístico que necesitara su trabajo?

Meditaba esto, consideraba que la tal aventura con la niña, a ciegas, desconociendo si tuvieran que regresar a Madrid, después de arrancársela a su madre, y para encontrarse de nuevo con el conflicto irresuelto, constituía una temeridad, y casi le alegraba no tenerla consigo, a Inés. De ir, debiera ser solo, en guisa de exploración, partiendo calladamente en cualquier minuto de cualquiera de estos días, y volviendo a recogerla cuando ya estuviera convencido de que se la llevase para siempre.

Se levantó. Pasó por una de las mamparas de cristales a la sala de escribir. Aunque ignoraba aún si resolveríase al viaje, no se quería encontrar desprevenido. Iba a pedir dinero, de aquel que tendría de sobra ahorrado en estos meses de extraña economía. Acomodado en un pupitre, dudó si dirigirse a Luis o a Astor -a cualquiera de los dos amigos a quienes debíales su conciencia una reparación de confianza íntima por bárbaros agravios.

«Querido Luís -empezó la carta-: Abrumado por la enormidad de sucesos lamentables, que no quisiera recordar, y que tú...»

Detúvose

Si no quería recordar siquiera sus vergüenzas, en justificación asaz ociosa, para quien sabíalas demás, de no importara qué propósitos, ¿a qué la dolorosísima mención?... Por otra parte, la vida de Guillermo, a quien él injurió con saña, y a quien ante sí mismo debíale la reparación de confianza doblemente, estaba más conexionada que la de Luis con la índole de los encargos que iba a encomendarle.

Rompió el pliego, tomó otro y escribió -breve, harto seguro, por desdicha, de que sería bien adivinada y comprendida su omisión de explicaciones:

«Querido Guillermo: Me encuentro en el Hotel Alhambra, de Granada. Emprenderé probablemente otro viaje, largo tal vez, aunque no sé ni adónde todavía, y te agradeceré que en mi nombre, para lo cual puede servirte esta carta, reclames, y me envíes, de la Sociedad de Autores, ocho o diez mil pesetas.

Además, por si me decidiera al viaje y tardara en regresar, te estimaré mucho que sigas cobrando los trimestres y atendiendo, con ellos, y con cuanto pudiera hacerle falta a mi familia.

Te ruego que nada de esto digas en mi casa, por ahora.

Abraza de mi parte a Luis, con todo el corazón, y dile que le escribiré despacio.

A ti también te volveré a escribir oportunamente.

Tuyo,

Eliseo.

P. D. -Dirígeme la respuesta a este hotel, y al nombre de Amalio Rey, que, como ves, está hecho del mío segundo de pila y del apellido materno.»

Cerró la carta, sintiéndose en los ojos una lágrima por el beso de toda el alma de su ser que no expresábale a su hija.

Astor lo adivinaría.

Y le tronchó, ahogándole, la pena. ¡Era el primer paso que sus indecisiones daban, al fin, en la bárbara necesidad de abandonar para siempre aquel hogar y a aquella Libia desdichada que fue su amor inmenso tantos años!


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A las once de la noche del siguiente día, recibió este telegrama:

«Voy con tu hija y con tu buena Libia. Espéranos estación llegada exprés. -Guillermo.»

Releía el papel azul, y parecíale aquello inconcebible.

La vida entera se le removía por las entrañas en sorpresa, en indignación, en confusiones.


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Capítulo III
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Los abismos- Tercera parte Felipe Trigo


Las doce.

El exprés llegaba a las doce y cinco.

Paseaba Eliseo por un extremo del andén, al sol, lejos de las gentes, y miraba el reloj, en la urgencia de estos últimos minutos, sin saber si aun debiese aprovecharlos para correr, para escapar y perderse donde no pudiesen encontrarle.

«Tu buena Libia.»

La frase del telegrama seguía siendo su martirio.

No eran costumbre los adjetivos en el lenguaje telegráfico. Aquel que se le aplicaba a Libia, que no se le anteponía a quien merecíalo mejor, a Inés, constituía, pues, lo más torvamente intencionado del despacho.

¿Qué quería decir?... Lo ignoraba. No había logrado descifrarlo en tantas horas. O lo más horrendo, dentro de lo horrible, o lo más inesperado... y que justamente por serlo debiéselo esperar su ceguedad ante los enigmas. Así, el que se le apareció preñado de horror en el teatro, estalló sobre su nombre en pública y persistente lluvia de lauros y respetos.

«Tu buena Libia.»

La duda, el misterio nuevamente, alzando entre brumas de esperanza a la hundida en perdición. El calificativo cuadrábale a la dulce imagen lejana y bella que todavía le perduraba en la memoria compuesta de angélicos trazos de bondad; mas no a la inicua a quien él dejó en Madrid abrumada y muda por la culpa.

Éste era el razonamiento que habíale vuelto siempre a la sombría desesperación en el largo insomnio de la noche, y también volvíale ahora.

A la desesperación y a la rabia contra todo.

¡Oh, Astor!

¿Por qué permitíase jugar con sus dolores y por qué osaba a inmiscuirse así en su intimidad?... A la carta en que él cuidó tanto de esquivárselos, en que debió entenderle la sagrada voluntad de reservárselos, contestaba con semejante telegrama y con viaje semejante.

Un intolerable afán de regentarle el honor y el corazón, tal que a un niño o tal que a un loco. Además, había recordado largamente la otra intromisión de Astor cuando el estreno, tan llena de vaguedad hostil como falta de lealtades, de franqueza... y a pesar de los arrepentimientos hacia el amigo, a quien sus sospechas agraviaran, tornaba a verle desleal.

La duda de una complicidad suya con Libia ofrecíasele otra vez al pensamiento. Requerido por ella, que no querría acabar de perder sus prestigios de señora y que escudábase, igual que aquella noche, en los candores de la niña, Astor vendría quizá a imponérsela al marido como un tenorio rufianesco.

Dura, dolorosa para el hombre león de las bohemias arrogantes, parecíale la imputación; pero tenía que admitirla en la más dura y dolorosa imposibilidad de comprender la honrada fe de aquel «tu buena Libia» aplicado a una mujer confesa de su infamia.

En la espantosa ofuscación, veía grata, siquiera, una evidencia: traíanle a su hija, y el fugitivo a luengas tierras podría llevársela con él a los olvidos...

Se estremeció de pronto, paralizado en ansiosa expectación.

Por entre los vagones y ruidos de maniobras de otras vías, surgió el exprés con su estruendo apoteósico de tormenta formidable que, buena o mala, le aportaba la verdad; cruzó raudo, mostrándole fugaz, en una ventanilla, el grupo que formaban Astor y Libia a uno y otro lado de Inés. Ellos, mirando hacia el tumulto del andén, no le vieron.

Perdidos asimismo de Eliseo en la confusión de tren que se paraba asaltado por las gentes y de las portezuelas que se abrían, acercábase buscándolos. Los encontró ya en tierra. Clotilde venía también. Seguida por ella, Inés, con un grito de alborozo, partió el camino hacia aquellos brazos que se le tendían y que la estrecharon en muda y larguísima avidez de lágrimas y besos...

Cuan o se irguió de sobre el tesoro de inocencias de la niña, que traía una gran muñeca rubia y enseñábasela riendo y ponderándola el lindo traje rosa hecho «por mamá», ésta, Libia, se le apareció en rígida espera cerca de Clotilde. La contempló. Miráronse, inmóviles ambos, un instante. Ella, gentil siempre, vestida de obscuro, velaba el enigma de sus ojos en el tul de la capota...

Un respeto a la presencia de la niña y la criada hízole a Eliseo tenderle la mano fría a la esfinge impenetrable.

Pero hiriéronle rápidos el lívido temblor de aquella boca, el mayor frío de aquellas manos que, trémulas, prendiéronse a la suya, y con el otro brazo, en un impulso de estéril y nimia compasión, rodeó la espalda de la que se le había acercado en la vacilación de un paso y como muerta por su crimen. Entonces... ¡oh!, la mísera cuya conciencia había temido tanto verse rechazada sufriendo tal sombra de caricia, se le acogió perdidamente al hombro en convulsiva y rota gratitud; contuvo humilde allí el llanto y el dolor de sus sollozos; quiso apartarla él, al fin, tenaz, suave, y no pudo evitar que, más suave, más tenaz, ella, deslizándole por el pecho la cabeza, fuese a depositar la unción penosa de los besos mudos de su boca sobre la mano que era ahora de piedad y que habría sido de justicia, la noche inolvidable, ahogándola, arrancándola la vida, en vez de arrancarla una sola gota de sangre por el cuello.

¡Ah! ¡Hola, mujer, Clotilde! -exclamó efusivo el últimamente libertado, por disimular su emoción y por corresponder al saludo de la simpática muchacha, mientras Liba se esquivaba semivuelta-. ¿Y don Guillermo?

Le descubrió, todavía al pie del coche, vigilando a los mozos que bajaban las maletas, y fue en su busca, hendiendo la ola de viajeros. Su alma llevaba una extraña tranquilidad por el sincero recibimiento de pesar que habíale visto a la culpable, sin ficciones, sin hipócritas e inútiles comedias; pero su desorientación aumentaba. ¿Cómo explicarse, pues, aquel «tu buena Libia» del despacho, ni a qué pudiese traerla Astor?

Fumaba éste una enorme breva, espatarrado de espaldas al andén, junto al montón del equipaje, gritándole improperios al torpe mozo que no acertaba a sacar una caja por la ventana del sleeping, y eran bien aquellos su aire y su descuido nobles de bohemio.

Abrazó a Eliseo, tan pronto como le advirtió serio a su lado.

-¡Chico, tú, caramba, hombre! ¡Ya creíamos que no estabas!... ¿Has visto a Libia, a Inés?... ¡Un poco de sorpresa, ¿eh?... con este viaje!

-Un poco, sí; ¿a qué obedece?

-¡Toma! a la inquietud de Libia por no saber en dónde estabas.

-¡A la inquietud de...!

-Sí, claro... ¡Bárbaro -se interrumpió para dirigirse a un mozo-, que vas a romper ese cristal!

Se acercó a auxiliarle, y volvió renegando pestes todavía.

-Y tú -le increpó seco Eliseo-, ¿por qué vienes, por qué vienes también?

-¿Yo?... ¡bah! Por ver la Alhambra y por acompañar a tu mujer. ¿Te parece poco?

Difícil hablar más. Llegaba la niña, llamándole, y Guillermo estaba preocupadísimo con el mal trato de las cajas en que traía su arsenal de anteojos y gemelos, su máquina fotográfica, sus pinturas.

Pocos momentos después hallábanse todos en el ómnibus desfilando hacia el hotel. Silenciosa en un rincón, Libia seguía esquivando su semblante tras el tul de la capota; Inés, arrodillada contra su padre en el asiento, y atenta a no chafar a la muñeca, charlaba y miraba por el vidrio; Guillermo, niño también, comentaba los cambios del paisaje.

No había estado nunca en Granada, el pintor. Iban por las afueras. Al subir la empinadísima cuesta de una calle y cruzar una especie de arco de muralla, trataba de explicarse por qué volvían a salir de la ciudad. ¿Dónde estaba el hotel? ¿Era la Alhambra aquello?... Una montaña, una montaña de jardines, de fuentes, de fresca sombra deliciosa, de bosques cuyos seculares árboles entrelazados de lianas parecían tocar el cielo.

-¡Un paraíso!

-Sí, un paraíso, no hay otra palabra -le confirmó Eliseo, forzado por las preguntas-. Y éstas son las montañas de la Alhambra; pero vamos al hotel.

En uno de los zis-zas de la pendiente, tuvieron que pararse a dejarle paso a una caravana de turistas. Eran alemanes. Sería una de esas comitivas organizadas por las agencias, en rebaño, y detrás de un landó aparecía otro landó, y luego otro, y otro... y más, y siempre más, cuando creyérase que fueran a acabarse..., veinte, treinta, cincuenta, en lenta fila siempre, ocupados cada uno por cuatro pasajeros... damas y señores, todos gordos, de la misma edad de medio siglo y de la misma fealdad caricaturescamente roja y rozagante, harta de cerveza y de biftec.

Pudo, al cabo, proseguir el ómnibus su ascensión entre jardines. Astor, español y viajero contumaz, asombrábase de que en su propia patria hubiese para él un ignorado edén que nunca visitó porque no lo anunciaban con el merecido bombo periódicos ni guías, y cuya fama conocerían mejor los extranjeros. En efecto, cruzáronse al poco con otra caravana de franceses, y más arriba con una familia inglesa que hacíase retratar rodeada de gitanos.

En una revuelta de las frondas, que daba a una meseta, le sorprendieron los pórticos y torreones del hotel con su aspecto de alcazaba. El atrio ocupábase con una especie de tenderetes moros, bajo baldaquines de tapices, donde exponíanse a la venta sedas, gumías, retratos y damasquinadas joyas.

Bajaron. Entraron.

Siguió el encanto de Astor en el vestíbulo y en los anchos corredores larguísimos de bajas bóvedas, pavimentados de mármol. Los zócalos eran de azulejos, los asientos taburetes y divanes árabes, ojivas las ventanas, y las eléctricas bombillas disimulábanse por todas partes, en la limpia amplitud oliente a azahar, entre dorados manojos de candiles.

Pero les abordó arcaico, con su frac, el mayordomo, inquiriendo qué habitaciones deseaban, y el infantil gozo de Guillermo se cortó para apresurarse a responder, antes que hiciéralo Eliseo:

-La del señor, para la señora, que es su mujer; otra contigua para la niña y la criada, y otra para mí.

Pasaron al ascensor. Subieron al tercer piso. El mayordomo les condujo primeramente a un departamento formado por dos alcobas a uno y otro lado de un cuarto de baño y tocador. Creíalo preferible al del antiguo huésped, por ser de matrimonio una de las estancias, y el «antiguo huésped», aturdido siempre y administrado así por Astor en su voluntad, no se atrevió a protestar delante del mayordomo y de Clotilde y de la niña.

Algo le tranquilizó la moda adoptada por las elegantes costumbres del hotel, con respecto a los lechos conyugales; eran dos, unidos por el borde. Él en modo alguno hubiera podido resignarse a compartir el mismo con la falsa. Además, esperaba y observaba. Seguía sin lograr comprender, en absoluto, el objeto de este viaje, y aparentando sumisiones al amigo imprudentísimo, espiaba su conducta y la de Libia.

Guillermo, Inés y aun Clotilde, atraídos por el soberbio cosmorama hundido bajo el balcón, estaban contemplándolo. La sorpresa de Guillermo, a la vista de aquella extensión enorme de profundidad vertiginosa, era la misma que si, por magia, en estas traseras del hotel, hubieran podido transportarle a la barquilla de un globo perdido por las nubes. Apenas hablaban los tres. Sufrían la emoción de maravilla; sufrían la repentina hipnotización del éxtasis.

Iban, mientras, los sirvientes entrando el equipaje, y Libia, oculta por el velo sin cesar, permanecía inmóvil en el fondo. Por no verla, por librarla, quizá, si no, piadoso, de la tortura de su vista, Eliseo se aproximó también a la ventana.

Miró el reloj. La una. Hora del almuerzo. Meditó si fuese preferible hacérselo servir aquí, evitándose la violencia con Libia ante las gentes, y le hizo desistir la idea de que no los acompañase Astor, a menos de invitarlo en esta intimidad de una alcoba.

-¿Señor?

Tornaba el mayordomo. Quería mostrarle a Astor su cuarto.

-¡Sí, vamos! ¡Con un balcón igual! ¿eh? ¡En esta misma ala!

Salía Guillermo.

Eliseo, ansioso por hablarle, e incapaz de continuar cerca de Libia, le siguió, encargándole a ella, al paso:

-Es tarde. Hay que bajar al comedor. Arréglate y arregla a la niña un poco.

-Sí -le contestó la desdichada, con una instintiva reverencia como de culto de humildad, y diciéndole con el dulzor del monosílabo la primera palabra a que se atrevían las gratitudes de su boca.

Cuando Guillermo, satisfecho de su instalación, despojado de la americana, disponíase a buscar en la maleta jabón y cepillos para asearse un poco, Eliseo, que en vano hubo de esperar sus espontáneas explicaciones en la soledad con él, tuvo que intimarle:

-Ven. Siéntate. Tenemos que hablar, Guillermo.

-Qué.

-Siéntate. Haz el favor.

Le indicaba la butaca próxima a la suya. Fue obedecido.

-¿Qué hay?

-Hay -prorrumpió Eliseo, tras una pausa de enojo-, que yo necesito que me hagas conocer la razón de esto que pasa; los motivos que hayan podido inducirte a proceder como lo has hecho, y a la temeridad de este viaje absurdo sin siquiera consultar mi voluntad.

-¿Tu voluntad?

-O contrariándola, mejor dicho, y faltando a todas las confianzas que deposité con mi carta en tus lealtades. ¿A qué venís?

-¡Ah, Eliseo! ¡A qué venimos! -repuso Astor, correspondiendo en cariñosa severidad a lo acerbo del reproche-. Pues... es bien claro: venimos a sacarte de la angustia tenebrosa en que te has puesto con una fuga inverosímil, de chiquillo; a estorbar ese otro largo viaje de locura que proyectas, y a obligarte a realizarlo hacia Madrid..., hacia el Madrid de tus triunfos y tus glorias..., hacia tu casa, hacia el hogar de tu dicha y tus amores, con tu hija, con tu Libia.

-¡Con... mi Libia!

-Sí, con tu mujer.

-¡Con... mi buena Libia! ¿No te atreves ahora a repetirlo?

-¡Con tu buena Libia! ¡Con tu Libia buena y mártir!... ¿Por qué no?

Volvió la cara Eliseo, como a un fustazo insufrible de descaro. Repentina, fulminante, como nunca, le mordió en el corazón la celosa duda de aquella desdichada que había vuelto a presentársele abrumada por el crimen, y de este expedito amigo que, no obstante, la exaltaba en excelsos adjetivos, de paso pretendiendo arreglar idas y venidas, alojamientos en el mismo cuarto y en el mismo lecho sin protestas de él, con igual cinismo confiado que, sin protestas de ella, cuando la retrató, arreglábala las ropas y tocábala las piernas...

-Oye, Guillermo -exigió, desentendiéndose de lo que parecíale farsa detestable-, ¿qué móviles te han podido resolver a mezclarte así en la delicada condición de mis asuntos?

A la cruda acusación, Guillermo respondió, resumiendo breve su defensa:

-¡Tu amistad!

-¿Mi amistad, o... la de Libia?

-¡La de ambos!

-Bien, sí...; pero, dime: por ella... ¿sólo la amistad, o alguna otra razón de secreta gratitud, más honda, más fuerte...; alguna otra obligación más íntima... y vedada para mí?

Tardó el noble en comprenderle; le comprendió, al cabo, más en la amenazadora expresión de la mirada que en el sentido de la frase, y el asombro y la indignación le levantaron:

-¡Oh, Eliseo! -profirió con infinita repugnancia-. ¡No te hubiese creído jamás tan... miserable!

Y le vio aplastado de tal manera instantánea por el rigor del apóstrofe, que suavizó:

-¡Tan ciego, tan idiota!

Seguía envolviéndole desde su altivez en el desprecio.

Era aquello la majestuosa radiación de todas las grandezas diáfanas de un alma, la penosísima sorpresa de todas las irritadas dignidades de un hombre de corazón, del amigo alevosamente injuriado por el pobre idiota y ciego que en su charco de indecoros se moría de ansia de grandezas, de noblezas, de lealtad y de dignidad, y... ¡oh, sí!, el pobre ciego, reducido a su miseria, sufría un deslumbramiento feliz y doloroso. Avergonzado, recogido en sí mismo, fue a Astor y le cogió la mano para estrechársela al pecho y para posar en ella las consternadas humildades de sus besos, de su boca...

-¡Perdón! ¡Perdón! -pidió, recordando las idénticas humildades de Libia para él.

Y una explosión de llanto le hizo apartarse a un rincón a llorar contra el pañuelo, Libia sería lo que fuese, pero Guillermo era quien era..., el generoso, el entrañable camarada. Sus confusiones seguían..., pero orientadas esta vez a la esperanza y al bien, bajo el amparo de bondad de aquel hombre incapaz de nada inicuo...

Le sintió acercarse. Él lloraba, lloraba, libre de todo rubor con el hermano.

-Eliseo -le oyó decir, casi al oído, con acento de ternuras y en congoja casi de lágrimas también-, perdóname tú si hube de faltar a tus deseos; pero has sufrido, sufres tanto, que te enloquece la quimera del dolor y no hubieras sabido escuchar mis consejos si yo hubiese querido previamente consultarte. Tu casa, en una situación de tristeza peor que el luto de una muerte, era la angustia de dos almas que extinguíanse sin consuelo. Libia, sobrepuesta a su tortura, por la niña, en el abandono de las dos, trataba en vano de seguir pidiéndole sonrisas al heroísmo de sus fuerzas agotadas. Ya en edad de ir comprendiendo un poco las durezas de la vida, la niña preguntábala por ti y lloraba, lloraba sobre las sonrisas del llanto de su madre. No tuve el valor, no pude tener la crueldad, al recibir tu carta, de dejarlas continuar en tal martirio. Corrí a llevársela a Libia, y en la alegría de su espanto resolvió venir para estorbar tu nuevo insensato viaje con las mártires ternuras de su amor y con las ternuras de ángel de tu hija. Y no tiene ni necesita nuestro arribo más explicación.

-¡Oh, con las... ternuras de su amor! -recogió el incrédulo, apartándose leve el pañuelo de los ojos.

-¡Sí, Eliseo; con las ternuras inmensas de su amor! ¿Qué pudiera, si no, haberla hecho querer volar al lado tuyo?

-Pero... ¡ah, Guillermo! En ese amor... de Libia, de Libia, ¿no existen sombras negras de tragedia que...?

-¡No me preguntes! -le interrumpió dulce y decisivo el piadoso-. Ni yo sabría contestarte bien a lo que pertenece al sagrado de su alma, ni aunque supiese, pudiera hacerlo como ella misma, que ha venido para eso. ¡Ahí está!, la huyes, y te busca. No es buscar a su verdugo o a su juez propio de culpables. La plena explicación la corresponde de derecho. Por mi parte, sólo esto te debo afirmar, jurado por mi honor: ¡Libia es buena! ¡Libia es una mártir de candor y de bondad como pocas en el mundo, y una esclava del único hombre a quien adora, que eres tú, que siempre has sido tú y que lo serás eternamente!...

Se retiró. Le vio Eliseo doblarse al tocador y chapuzarse abundantemente con el agua, y fue él ahora quien se acercó al abierto balcón para tender sobre la inmensidad gloriosa del paisaje la inmensidad de su zozobra en que palpitaba la esperanza. Por lo pronto, la desolación de su abandono, de su yerto desamparo de tantos días, poblábase de afectuosas inquietudes, de cariños que le prestaban un poco de calor. Una larga y difícil conferencia imponíasele con Libia en las soledades de la noche, cuando durmiesen todos y sobre el silencio absoluto pudieran las almas de los dos sentirse hasta eu sus estremecimientos más sutiles...

Terminó Astor de peinarse, de cepillarse, y salieron. Bajaron al comedor. Profundamente reconciliados, hablaban con pueril admiración del decorado árabe que por todas partes se advertía. Columnas, arcos de herradura, esteras y pequeños tapices por el suelo, una música de cítaras oculta en las ojivas de un alto corredor..., los platos, las alcarrazas, las cubetas de la nieve... Llena, sin embargo, la blanca y vasta estancia abovedada, de extranjeros que nada tenían de moros...

Por entre las mesas vieron acercarse a Inés seguida de Clotilde. Abrazó y besó a su padre. Éste le temía al momento de afrontarle a Libia la mirada libre de velos, que habría de ser el anticipo decisivo de las mostraciones de su alma, y espiaba hacia la puerta.

-¿Y mamá? -preguntó al advertir que no llegaba.

-Viene ahora. Acabando de arreglarse.

Sentóse Inés. Charlaba de sus muñecas y sus cosas. Saciaba su glotonería de niña sana comiendo pepinillos y anchoas, de las conchas de entremeses, y así le recordaba al embeleso de Eliseo aquel tiempo en que devoraba un pastel en cada mano, mimada y sonreída por él y por la madre..., por la Libia bella y dulce. Pero recordó pronto también la horrible duda con que había contenplado días atrás el retrato de esta niña, recordó a la Libia de aquella última noche feroz, inolvidable..., y la sombra que tornaba a envolverle el corazón, en un ímpetu le hizo levantarse.

-Voy por mamá. Espérame -le dijo a Inés.

La angustia le hacía imposible toda espera para escucharle la verdad, fuese como fuese, en una sola frase de sus labios. ¡Oh, no; no podría aguantar hasta la noche en tal tormento!

Había olvidado el número del cuarto, y el chiquillo del ascensor tuvo que decírselo.

Llegó. Estaba cerrado.

-¿Quién? -demandó una voz de música, de miel, al sonar el picaporte.

Contestó Eliseo con una informe guturación de miedo, de impaciencia, y abrió la que no pudo conocerle.

Soltó en seguida la llave, Libia, como delante de un fantasma.

Él iba a pasar y le detuvo entre las hojas de la puerta.

-¿Te importuno? -preguntó en acento vago que no tenía afecto ni rencores.

-¡Oh, Eliseo! ¡Entra!

Entró. Cerró tras sí.

Dio unos pasos, y de pie los dos quedaron frente a frente. Ella, con los brazos caídos y las manos juntas, entrecruzados los dedos de una y otra como en un instintivo ademán pronto a la demanda de perdón, inclinaba al suelo la cabeza. Se había alisado el pelo, habíase puesto sobre una obscura falda gris una blusilla de sedas heliotropo, y embellecíala más que nunca el vivísimo rubor tendido por la angustia de su cara en la sorpresa.

Era, aquí con su sencillez, como en otro tiempo con sus lujos, la ingrávida beldad de niebla que parecía flotar sobre las tangibles realidades, superior a ellas en maldad o excelsitud; era, volvía a ser, aquí, sin amparos en los ojos, la misma humilde de sumisiones infinitas que habíale recibido en la estación.

-Libia -imploró Eliseo, cierto de que no llegaría su contemplación a la profundidad de aquella alma-; hay entre nosotros una sima de dolor, un problema de misterio que no acierto a penetrar en la tupida y absurda malla de sus contradicciones, y sólo tú, que pareces haber venido para eso, puedes deshacerlas y mostrarme su clave de verdad, sea ella la que fuere. ¡Habla! ¡Yo te escucho!

Se estremeció ella, se recogió, esquivando aún más hacia el suelo la inmutación del semblante, y guardó silencio.

-¿Por qué has venido?

-He venido -contestó al fin, sin mirarle, como hablándose a sí misma-, porque me moría; porque no podía soportar tu odio, tu aborrecimiento; porque antes prefiero mil veces que me mates.

-¿Tanto crees tú misma merecerlo?

Vaciló Libia un segundo, y dijo:

-¡No lo sé!

Él la había visto cerrar los ojos, para decirle aquella vaguedad como a traición de la conciencia.

-¿No lo sabes? ¿Quién, entonces, sino tú? ¿Quién saberlo mejor que tu memoria? ¿No guarda tu vida, di, el recuerdo de la infame serie de aventuras a que en olvido y desprecio de mí estuvo siempre consagrada?... ¡Ah, esa pobre vida tuya, despojo de otros, que tantos...

-¡De otros!

-... que tantos tuvieron que mancillar para resolverte a ofrecérmela tan tarde!

-¡Oh, no, Eliseo! ¡Qué horror! -protestó la infeliz encarándole esta vez con toda su sorpresa dolorosa.

Y herida, tronchada por la amplitud de la acusación, cuya injusticia no podría, sin embargo, demostrar, alzó ambas manos y ocultó el súbito llanto de amarguras en que el ser entero deshacíasele. Estaba viendo su espanto cómo Eliseo creíala una perdida. Lloraba, sollozaba ante el cruel mutismo del inmóvil, y a un violento esfuerzo contuvo repentina aquel llorar inútil, que él juzgaría, quizá, amaño de la débil despreciable.

Irguió la frente, y expresó mirándole de nuevo con la dolida dignidad que podía quedarle en su miseria:

-¡Oh, no, no, Eliseo! ¡Qué horror!... ¡Tú te engañas!... ¡Mi vida fue siempre un fuego de fe inmensa para ti! ¡Mi alma no ha dejado de estar arrodillada en la veneración tuya un solo instante!

-¡¡Libia!! -clamó él sobrecogido en su vehemencia.

Mirábanse. Ella le sostenía la aguda vibración de la ansiedad con todo su amor y toda su alma puestos en los ojos, en los claros ojos diáfanos que las lágrimas perlaban.

-¡Libia! -repitió él, conminándola severo- ¿Me estás diciendo la verdad?

-¡Sí!

-¡La verdad, Libia, la verdad..., sin temor a ninguna suerte de reparos?... ¡Por ejemplo, al de la invocación que yo te hago de una triste historia escandalosa..., de la historia inicua de una célebre modista y de una malvada mujer de lujos, de placer?... ¿No fuiste tú, di, Libia, la mujer de aquel escándalo?

Tembló él. Había roto la entereza de la pobre voluntad. Había vuelto a caer al suelo la mirada de los ojos claros, y las manos de la lívida infeliz cruzábanse otra vez retorciendo los dedos en lucha penosísima.

Sin embargo, la oyó expresar sordamente:

-¡No, no fui..., no soy yo aquella mujer!

Hubo una pausa.

Por entre los dos pasó la inculpación de los recuerdos.

-Entonces -arguyó él, recogiéndolos en tropel, como del aire, para arrojárselos, para aplastarla-, ¿por qué te atacó el gravísimo accidente en casa de Mme. Georgette? ¿Por qué enfermaste ni cuál fue la inexplicable índole de tu enfermedad? ¿Por qué odiaste la vida de Madrid y habrías querido permanecer eternamente en el campo? ¿Por qué, en fin, a ti y a todos os aterró el asombro al descubrir que yo hacía de la historia escandalosa el argumento de mi drama...; de ese drama que hubo de valerme en la noche del estreno el anónimo brutal, y que os tuvo desde luego por enemigos implacables?

Calló, abandonándola a los rigores del silencio, y aun tornó a verla debatirse en la íntima y desesperada lucha que crispábala las manos, que clavábala la barba contra el pecho y que hacíala rodear los ojos sombríamente.

Pero los fijó al fin en sus pies, se quedó rígida en un retorcimiento de horror y de frialdad, y respondió lenta y ahogada:

-Porque sí..., porque sin ser yo, la calumnia me señaló a la multitud como la heroína del escándalo, y Madrid entero creyó y sigue creyendo que lo fui.

Inesperada revelación. Eliseo quedóse envuelto en ella como un fuego que alumbrara no sabía qué cosas negras de su ser.

Rápido el diálogo, a partir de aquí, como entre lumbres, como entre llamas.

-¡La calumnia! -repitió-, ¿de quién?

-Lo ignoro.

-¿Cuándo, cómo lo supiste?

-Cuando me rodeó por todas partes.

-¿Quién te la dijo?

-Mme. Georgette, y el desprecio y el vacío que en las gentes advertí.

-¿Y en qué pudo fundarse?

-En el accidente que había sufrido en el hotel de Mme. Georgette... de «una célebre modista»... y nada más.

-¡¡Oh!!

Cerró los ojos él, Eliseo, esta vez, horrorizado. La lógica explicación de aquel «tu buena Libia», de Astor, se le ofrecía plena, y en la forma que hubiera podido menos esperarse. Pero los abrió, para preguntar en la rebelde fulminación de otro recuerdo.

-Y tú, Libia, ¿por qué me callaste a mí siempre el dolor de esa calumnia, y por qué, sobre todo, desde el fondo de tu alma no me gritaste que lo era, que lo era... en aquella noche horrenda de Madrid?

-Porque no tenía pruebas que hubiesen podido convencerte.

Otra lógica respuesta. Con ella, con las demás también en el pensamiento, en el corazón, giró Eliseo y dio un paso que le permitió descansar el agobio de su ser, más lejos de la juzgada víctima, de la inocente maltratada por él y por el mundo, sobre el dorado respaldar de uno de los lechos. Meditaba, y sólo acertaba a ver el martirio de la, efectivamente, como mártir calificada por Astor. No obstante, había creído advertirle a la sencillísima y clara explicación una discordancia entre las palabras y los gestos; no acababa tampoco de entender por qué la mártir seguía sin acercársele a darle en entregas y efusiones de su alma desgarrada las pruebas de amor y de honradez que le faltaran contra la calumnia miserable, y esto, escondido acaso en psicologías abstrusas, que necesitaban más larga reflexión, dejábale la fe en una última expectación de resistencia. Se volvió y vio que Libia también había ido a abrumarse en una silla para llorar sus emociones. Torcida de bruces al respaldo, no le sintió avanzar. Doblóse a ella, le dio un beso de respetuosa paz en la mejilla, y la alzó de un brazo.

-Vamos, Libia. Nos aguardan.

Esperó un punto a que la dócil enjugárase las lágrimas, y partieron silenciosos.

Abajo, en el comedor, todo fue pronto jovialidad sostenida por la niña y por Guillermo.

Libia manteníase afable y dulce, cuidando de su hija y sonriendo a las ocurrencias de ella y a las frases del pintor, como una convaleciente triste que quisiera renacer a la alegría.

Comía poco, y excitábala Eliseo. En cambio, atenta a él, adivinaba lo que iría a necesitar y ofrecíale la sal, el vino, la mostaza..., desde el otro lado de la mesa.

-¡Gracias! -decíanse siempre mutuamente.

Estaban cerca las dos alemanitas, las dos hermanas de candor de arcángeles, y ellas, que no miraban nunca a nadie, miraban a la Libia bella, a la Libia insuperablemente bella y delicada, que parecía rendirlas en la sorpresa de un encanto de candores más grande todavía.

Sí, sí; Eliseo comparábalas, triunfalmente para Libia, en sus expresiones inefables.

Debía creerla, sin más explicaciones que esta tan breve a que se hubiera reducido la que esperaba sin fin para la noche. Una mujer así no podía ser, no podía haber sido la infame desalmada, perdida en desvergüenzas, que él imaginó.

Recordadas por Guillermo, ella le hablaba ahora con modesto agrado de las cartas que traíale al famoso autor de Los abismos: gentes que le felicitaban, a montones; empresarios y directores de compañías que pedían la exclusiva de la representación a toda urgencia...

Acabado el almuerzo, fuéronse a tomar el café, y a fumar ellos, en el salón contiguo.

Luego, a la Alhambra, entre jardines, y delante de los tres, que, según iban ascendiendo, no dejaban de mirar las lejanías con los gemelos de Astor, corría y jugaba Inés con la niñera.

Los mirlos cantaban.

Las fuentes corrían bajo las frondas.

Todo era vida, paraíso...

Y Eliseo, mirando la melancolía feliz de su mujer como una grata paradoja más del gran misterio de horror que se le iba deshaciendo, sorprendíase de volverla a encontrar más bella, más fuerte, más dueña de sus nervios y de sí misma, a pesar y a través del agudo sufrimiento que habríala atormentado tantos días desde la fatal noche memorable...

¿Era que el auge del sufrir en la noche aquella, en la cima misma del martirio, habríale mostrado los horizontes de salvación a su esperanza?


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Capítulo IV
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Los abismos- Tercera parte Felipe Trigo


Astor había partido al día siguiente. Ellos habían ido a despedirle, y volviéronse desde la estación para seguir aquí como en un limbo, sin saber qué harían, sin saber cuándo y adónde hubieran de partir.

Dijérase que la oriental pereza del hotel y de Granada, fuertemente perfumada de azahares y claveles, y arrullada por las fuentes y los pájaros, sumíalos en una olímpica insensibilidad más grande que todo sufrimiento.

Ya llevaban otras dos mañanas despertándose al concierto que los mirlos entonaban por las frondas, debajo del balcón.

Libia, deslizada la primera de su cama, y saliendo en prisa y en vergüenza de aquel a quien creería dormido, pasaba al contiguo tocador, bañábase, vestíase, y dedicábase en el cuarto de Inés a vestirla también y a adornarla la muñeca. Luego bajaban las dos a la terraza y seguían cortando y cosiendo vestiditos.

Él, hasta la hora del almuerzo, leía y contestaba al montón de cartas y telegramas traídos de Madrid. Obligación que volvía a enlazarle con las gratas ocupaciones de la vida.

A ratos la interrumpía para pensar -mirando el cuadro de hogar extraño que le formaban las ropas de ella confundidas con las suyas por los muebles, por las perchas.

¡Oh, sí! ¡Libia tenía el infinito pudor de que viésela desnuda! En la primera noche, cuando allá a las doce, Astor se fue a dormir dejándolos en la sala de lectura, él, violento, y advirtiéndola asimismo violenta por la inminencia de aquella enojosa intimidad que hubiera de consistir en desvestirse juntos para lechos diferentes, hubo de indicarla: «Ve. Sube. Acuéstate si quieres; estarás cansada. Yo voy a leer un rato todavía.» Le comprendió. Le obedeció. Le agradeció lo que ni uno ni otro podían saber si sería delicadeza, y en las dos últimas noches, sin necesidad de indicaciones, y norma ya de todas las demás, la humilde delicada habíase retirado a las diez, al mismo tiempo que la niña. Llegaba Eliseo más tarde, y se acostaba con sigilo, por muy cierto que estuviese de que no habría de despertar a la yacente, desvelada y arropada hasta los ojos.

O la inmensidad de sus dolores necesitaba una tregua de reposo que el corazón les imponía, o restaba entre ambos una sombra que impedíales a sus almas tenderse entregadas por la carne a la plena reconciliación de los abrazos.

Volvía a escribir. Hundíase de nuevo en la paz de aquella obligación que le halagaba y le reconciliaba, en cambio, con la vida. Cartas a empresarios de toda España que solicitaban la exclusiva de la representación, ofreciendo considerables sumas de antemano; cartas de gratitud o fervorosos plácemes de desconocidos, de damas que le expresaban su entusiasmo con frases de fuego en pliegos elegantes... ¿Sería alguna de ellas la heroína del escándalo?...

Pero le llegaban por el balcón, abierto al día primaveral, las voces y las risas de la niña, y volvía a suspender la tarea para descansar fumando y asomado a verla en la terraza.

Acompañábala la madre. Clotilde las ayudaba a coser los vestiditos. Recogidas al rincón que formaba el parapeto, componían un familiar grupo encantador con la muñeca en medio de las tres. Libia, igual que en el comedor, igual que siempre en todas partes, convertíase en el centro de la fascinada atención de cuantos la tenían al alcance de la vista, hombres y mujeres. Observándola Eliseo desde la altura, advertía de más cómo ella manteníase ajena al triunfo de admiración que despertaba. De espalda a todo el mundo, ni siquiera una vez tornaba la cabeza a fin de comprobarlo. ¿Cabía menor coquetería?... Lo mismo recordábala de los teatros, en los tiempos confiados de Madrid, cuando al entrar ella en un palco la asediaban los gemelos. Sus ojos, como los de las alemanitas, y más aún, parecían hechos de candor, y para no ver alrededor de ella la miseria de la gentes, para no mirar más que la cándida belleza de las cosas.

¡Adorada, oh! ¡Harto adorada la adorable!

Si los odios bestias de su carne perdonaron con perdones de desprecio a la que tan sañudamente hubieron de creer infame aventurera; si las calmas nobles de su drama perdonaron con gloriosos perdones de piedad y comprensión a la que hubieron de juzgar esclava de desdicha... ¿cómo no perdonar a la mártir que no necesitara de perdones?

Predominaba ahora en la paz todavía no bien meditada de Eliseo una impresión de gratitud, de alivio, de salvación de aquellos cruelísimos y secretos abandonos a que en manera alguna quería volver, y bebía la fe en la imagen dulce, espiándola, contemplándola a todo corazón; la fe que rehusábale a los claros ojos cuando pudiesen traicionarle el alma al saberse contemplados. Libia -y esta era al menos una evidencia irrecusable- no fue jamás la infame mujer de desvergüenzas que él imaginó insensatamente.

Ahogábale el pesar del bruto ultraje, y se retiraba del balcón y bajaba en busca de ella con el ansia de una absolución ante su propia conciencia consagrada en dignidades, en respetos.

Mas... ¡ah! ¿Por qué nunca la mártir lograba reprimirse aquella especie de sorpresa de terror a su presencia? ¿Por qué al verle besar a Inés con todo el afán de ternuras de su alma, no hacía el gesto, el tenue ademán que le invitara a compartírselas?... Una frialdad, una frialdad de recónditos espantos; una sonrisa de esclava... de esclava feliz, creeríase; feliz de no ser al menos rechazada de junto a tanta adoración del padre y de la hija, y luego una docilidad exquisitamente cortés sólo atenta a complacerle.

Así iban al comedor. Así iban por las tardes a la Alhambra. En cuanto les faltaba cerca el lazo de efusión que érales la niña, porque ésta corría delante con Clotilde, ellos quedaban reducidos a su realidad de dos agradecidísimos amigos que en todo instante trataban de suplir con galantes etiquetas cuanto les faltaba de cordiales abandonos.

-¡Ah, perdón! -solían decirse si el traspiés en una piedra del sendero les hacía tocarse levemente, si se les caía algo y tropezábanse sus hombros al inclinarse los dos a recogerlo, si cortando flores dirigían las manos a la misma. Se daban siempre la más linda de los ramilletes que formaban para Inés, al llegar a la Alhambra él no se olvidaba nunca de cederla el paso en las puertas y de ofrecerla el brazo al bajar las escaleras y las rampas.

-¡Ah, perdón!

-¡Gracias! ¡gracias!

Tales eran las palabras más frecuentes sobre la eterna cortesía de las sonrisas.

En su gentil confusión no sabían si los ciceroni les estorbaban o si les constituían un amparo contra no sabían tampoco qué miedos de intimidad al quedarse la niña y Clotilde jugando en la glorieta de la entrada. Resultaban de una pesadez tal, por otra parte, que no tenían más remedio que aceptarlos.

Seguíanlos a través del hermoso laberinto. Rara vez les escuchaban sus monótonos relatos aprendidos de memoria.

-Patio de los Leones. La prenda más querida del alcázar: sin estanques, sin jardines, basta su disposición para producir un efecto sedutor que deleita los sentidos y alienta pensamientos de grandeza y majestad. Oserven los señores desde aquí, y vean la variada combinación de columnas y arcos diferentes que se van confundiendo en la distancia y produciendo la más sublime perspetiva...

Admiraban el fantástico conjunto de aquella sucesión de arcadas en donde la luz parecía azularse y congelarse en diáfano cristal, de aquellos grupos de columnas que se repartían el peso de las esbeltas ojivas y techumbres fastuosamente decoradas, de aquellas siete fuentes que murmuraban incansables la canción muerta de los siglos...

-Sala de Justicia; sus techos estalatíticos, llenos de claraboyas, forman grutas fantásticas. Reparen también los señores la delicadeza de los alicatados y el brillo metálico de los azulejos, imposible de imitar...

Reparaban, un instante.

Mas, no; no eran los desinteresados admiradores capaces de extasiarse con ninguna maravilla. Llevaban dentro el espectáculo, y continuaban cruzando patios y estancias en pos del charlatán. Acaso las había visto ya la primera tarde con Guillermo y con la misma inatención. No importaba. La Alhambra les parecía tan sólo un vastísimo recinto para hundirse más del mundo con sus penas. Querrían salir a una vida nueva de otro sol y de otras gentes desde las hondas criptas y los largos subterráneos que los llevaban a las torres.

Sin embargo, heríalos alguna vez la voz del cicerone con una misteriosa relación entre las piedras y sus almas.

-Sala de Embajadores. Como los señores ven, son árabes los versos de sus lápidas; ésta dice: -«Soy como el asiento engalanado de una esposa dotada de belleza y perfección.» -Esa: «Contempla mi diadema y la encontrarás semejante al resplandor puro de la luna.» Aquélla: «Mira este vaso y conocerás la exacta verdad de mis palabras...»

Mirábanse los dos. Libia bajaba los ojos. En vano buscaba él el vaso que le diese a conocer exacta la verdad.

Seguían, seguían. «Mirador de Lindaraxa...» «Ajimez de la cautiva...; aquí tuvo el sultán a la dama cristiana doña Isabel de Solís...» «El peinador de la reina...» -Pero, se cansaban; despedían al buen hombre entregándole dinero, y sentábanse en el aislamiento de cualquier alto minarete a ver ponerse el sol.

Grandioso el cuadro. El Darro corría por la vetusta profundidad de las murallas, y el Albaicín se alzaba enfrente. Las montañas iban cambiando la blancura de sus nieves en suavísimos tonos de ópalo, de turquesa, de amatista... Libia fingía embebecerse en él, por huir de la atención absorta de Eliseo, y Eliseo, a su placer, la espiaba...

Cambiábanse en palabras breves las fugaces emociones de arte o de hermosura recibidas juntos, como dos turistas que hubiesen hecho en viaje la amistad, y en un aparente absoluto olvido del pasado, no habían vuelto a hablar de su anómala situación, de su conflicto. Dijérase que se lo impedía a los dos el mismo infinito miedo de romper esta frágil calma de cristal a que habían logrado salir desde lo horrible.

Pero... ¿qué escondido horror quedaba en Libia, que hacíale a él dudar de su confesión, aun no pudiendo dudar de sus bondades?

Quería saberlo... y la espiaba, la espiaba.

Una tarde se habían sentado a descansar en el Mirador de los retratos, del Generalife. Otro de los pesadísimos guías habíales ido acompañando por este «Jardín de la Alegría», por esta «Casa de placer de los sultanes»; acababa de decirles, al dejarlos: «Subamos, si gustan los señores, al patio de los Cipreses; aunque nada hay artístico, está el famoso ciprés del adulterio de la sultana calumniada por los caballeros rivales de los Abencerrajes; trágicos amores con uno de éstos, llamado Aben-Amet, y que viéronse sorprendidos por el rey...» Fue Eliseo a subir, le dio el brazo a Libia, para conducirla por las rampas, y la advirtió en una asustada y dulce resistencia. Entonces, solos, subieron simplemente al mirador. Reposaban sus angustias. Habían sufrido en las entrañas la evocación del pasado al recuerdo de adulterio. La fatalidad, por la boca torpe del guía, reprodújole a Eliseo las incertidumbres en la vaguedad de su expresión: «la sultana calumniada»... «los trágicos amores sorprendidos»... Quizá las mismas contradicciones indecisas que flotaban siempre en los misterios. «Libia calumniada»; «Libia realmente lanzada a trágicos amores»...

Poco a poco disipó ella en la esplendidez ambiente la leve turbación, que no creería notada, y él seguíala en los aún más leves cambios de la faz el recóndito proceso que parecía cruzar su alma hacia lo afable entre súbitas reacciones alternadas de temor y de alegría... Los claros ojos perdíanse unas veces en las purpúreas transparencias del crepúsculo, en los panorámicos encantos de la Alhambra, vista en su conjunto desde aquí, en la Granada de los huertos y las torres, allá abajo, y en las lejanías inmensas de la vega. Otras veces recogíanse a la proximidad de los jardines cortados por la vasta cinta de la acequia y miraba, casi sonriéndoles su agrado, las macetas, los geranios, el rosal rojo que envolvía al naranjo gigantesco lleno de naranjas en el triunfo de sus rosas, y el rosal de té, nupcial amante del cedro real que por todas partes amparábale las rosas amarillas con sus verdes pabellones.

¿Qué estaría pensando la esfinge de belleza y de candor?... Sentía el afán agudo de saberlo y se lo preguntó:

-¿Qué piensas, Libia?

Por primera vez se dirigía a su intimidad, como en un anhelo de comuniones del alma, y le respondió la sobrecogida en su éxtasis dichoso:

-Pensaba... ¡oh!, pensaba que cuando volvamos a Madrid...

Pero se contuvo aturdida de su misma afirmación.

Sonrió Eliseo, triste, comprendiendo la amargura que dejábala suspensa ante la esperanza audaz expresada de un modo involuntario: «Cuando volvamos.»

¿Había él dicho, por ventura, que fuesen a volver..., que fuesen nuevamente en Madrid ni en parte alguna a reanudar la vida juntos?...

Le dio pena, sin embargo, y la animó:

-Bien, sí... cuando volvamos. ¿Qué, cuando volvamos?

Un relámpago en los ojos bellos, y el claror de aurora de una sonrisa en la gloriosa boca de pureza, fueron la gratitud de aquel humilde corazón que también por vez primera oíase alentado en una frase.

-Que cuando volvamos a Madrid, nosotros deberíamos buscar un hotel por las afueras, o tal vez mejor por las cercanías de El Pardo, de El Escorial, de las montañas, donde pudiésemos vivir siempre entre las flores de un jardín y en la tranquilidad de un campo como éste. Hay muchos trenes; tú irías a tus asuntos de teatro con toda la frecuencia necesaria, y yo estaría muy a gusto con Inés, a cuya educación consagraríanse nuestros cariños sin ajenas inquietudes, y a cuyo porvenir atenderían tus desvelos, tus ganancias, con más seguridad de juntarla un capital, libres del derroche que en lujo y tonterías impone el trato con el mundo.

¡Oh, su obsesión!... El odio al lujo y a las gentes. Ya en distintas ocasiones, a la vista de aquel decorado del hotel, que a pretexto de reconstitución de época conciliaba la mayor sencillez posible con toda la deseable comodidad, y de aquellos extranjeros que, sin perjuicio de la correcta distinción y aun de la belleza de las damas, envolvían la impertérrita y sana felicidad de sus espíritus y sus cuerpos en la simple elegancia invariable de los sombreros de paja y de los guardapolvos, habíale hablado, ella, la antigua mujer de faustos, de la insensatez de complicar la vida con un cúmulo de artificiosas atenciones que no harían más que encarecerla y angustiarla; soñaba (y volvía a repetirle ahora el ensueño, bajándolo al fin desde las zonas de la divagación a ellos mismos) una casa ideal pequeña y escondida por las sierras como un nido que nadie pudiese turbar en su calma deliciosa, limpísima, modesta, sin más adornos que las flores, y de muebles y cosas simples, de hierro, de mármol, de maderas blancas, racionalmente adecuados cada uno a su necesidad y en que de nada careciesen ni nada les sobrase...

La escuchaba; dejó llegar al término la idílica fantasía, y cuando en el melancólico silencio Libia esperaría cualquier asentimiento que la hubiera de permitir continuarla, le oyó de pronto interrogar:

-Di, mujer: si no fuiste tú aquella del escándalo, ¿por qué le tienes tal aversión al lujo y a las gentes, a la vida de Madrid?

La vio bajar los ojos, en una inmutación de palidez.

¡Oh, tú olvidas -murmuró- que siéndolo o no siéndolo, en Madrid, para las gentes, con sólo parecerlo, mi afrenta es igual, mi descrédito es igual... e igual el miedo que deban inspirarme!

Tenía razón. El mismo dolor de Libia habíale aquejado muchas veces al reflexionar acerca del contrasentido monstruoso. Su inocencia podía estar a salvo, y aún más excelsa al sublimarse en el martirio; pero no su honra... título públicamente expedido por los demás, y que a ella le había arrancado la calumnia.

¡Su honra! ¡la de los dos!

Tremenda e implacable la injusticia. No podrían gritar, no podrían clamar por todas partes que no era ella, sino la gente, la malvada. Pasó por la mente de Eliseo el designio providencial que a él hubo de anticiparle de tan extraño modo a la defensa, e inquirió:

-Libia, con respecto a ti, ¿qué efecto crees que mi drama haya causado?

-Favorable -contestó la triste, reanimada al consuelo de aquel acento cariñoso-. El público ha creído a no dudar, que intentas sincerarme..., y tu piedad, tu perdón, tu arte soberano, sobre todo, le han rendido.

-¿Por qué le temiste, entonces?

-Porque tu drama ha parecido confirmarle al público como verdad lo... lo falso.

Era innegable. Él había sido, a la vez que el salvador, el verdugo más cruel de la infeliz.

-¡Oh, Libia!- suspiró al verla como hundida en la visión de su calvario.

Le tomó una mano, y se la besó, reteniéndola oprimida. Luego reclinó la pesadumbre de la frente sobre el hombro de ella, que temblaba y que había vuelto leve la cabeza tratando de reprimir alguna lágrima. Obscurecía. Empezaba a brillar la luna en el cielo transparente, y con la mirada en la luz sideral del astro y con la congoja del corazón y del pensamiento en el blando amparo de la mártir de humildad, meditaba Eliseo, en descargo suyo, que el público, de todas suertes, no habría necesitado el torpe testimonio de su drama para la persuasión de la deshonra. Y sí, sí, cuando menos, el público aplauso unánime al artista había caído también sobre el hombre y sobre la pobre calumniada como pública y unánime absolución de su infortunio. El hombre y el artista parecían estrecharse asimismo inmensamente en la mutua gratitud de reconocer al fin la conciliación de sus intereses, que habían creído tan opuestos, para aquella ciega obra de gloria y redención. Ambos querrían fundirse aún más, como en un mismo ser y para siempre, en el amor, de la débil mujer incomparable de belleza y de tortura.

Mas... ¡oh!, ¿por qué Libia, por qué la dulce perdonada que estaba sintiéndole y devolviéndole en la presión de avideces de las manos tal vehemencia, seguía llorando esquiva a él? ¿Qué último horror, qué último horror callado impedíale a su noble corazón entregarle la infinita pena de aquel llanto?...

En la duplicidad de su propia esencia, no podría decir Eliseo si esto lo notaban primero los fríos enojos del hombre o las delicadas altiveces del artista ante la dulce y dolorosa delicada. Le soltó la mano; fue apartándose de Libia lentamente, y pronto, después, se levantó.

-Vámonos -dijo-; es casi de noche.

El encanto, entre ambos, otra vez, estaba roto.

Le obedeció Libia y salieron del mágico recinto como dos amigos, como dos hermanos obstinados en su cortés afecto a través de una afrenta inconfesable.

No era casi de noche, como él anunció; era de noche enteramente, aunque no lo parecía a la clara luna victoriosa en tenues tintas del crepúsculo.

Inés y Clotilde no estaban. La montaña, con sus bosques y jardines, se les iba haciendo familiar. Habríanse vuelto solas al hotel.

Marchaban Libia y Eliseo como sombras vivas entre las sombras de los árboles, quietas en la plata de la luz, y él, un poco detrás, mirándola, concentraba los esfuerzos de su pensamiento para acabar de penetrar aquel velo del misterio espectral que la envolvía.

Una delicadeza enorme, sí, un infinito pudor de alma resplandecía en la noble y en la buena que, adorándole y sabiéndose adorada, no acababa de rendirse a la pura adoración por el sacratísimo respeto de no dejarla manchada de falsía..., en el engaño de cualquier última vergüenza que no osara declararle.

Meditaba, meditaba..., y acabó por creer ver la exacta verdad en una rectificación de la confesión de ella, que habría sido entonces de un fondo de verdad tejido en tímidas mentiras. Ni tan vil como suponíala la calumnia, ni tan exenta de culpa como ella se afirmó. Libia debió de ser triste heroína del escándalo. Empujada a él por la modista infame, su virtud ingénita, indomable, habría sabido contenerla sin llegar, ni en intención, a la entrega de su cuerpo. ¿A qué, después de todo?.. Para estafar al elegido bastaba sostenerle un poco de esperanza amante, y sobrábale a Mme. Georgette con haberles hecho cruzar por su mano algunas cartas. A obligar al incauto a escribir la primera y las demás, habríase, pues, reducido la forzada intervención de esta pobre ingenua en el asunto que cortó la policía.

Tal sería, tal tendría que ser la realidad que Libia le ocultaba, sincera y falsa al mismo tiempo, y conteniendo sin cesar sus ímpetus de entrega en sus remordimientos de mínima culpable.

La detuvo. Iban a llegar. El hotel se divisaba entre las frondas. Él habíala cien veces advertido en los ojos el alma de inocente pronta a saltar de sus redes de reserva, vuelta al fin siempre a refugiarse en aquel miedo doloroso de las lágrimas, y tornaba a vérsela entera, y más aterradamente enamorada y noble que jamás, allí tan cerca, tan llena de purezas por la luna, en la simple contemplación a que con la fijeza de los ojos la obligó.

-Libia -la dijo, resueltas sus ansias de perdón a llegarla al fondo mismo del espanto-, ¿no crees tú que el solo hecho de haber sufrido un accidente en casa de tu modista, sin ninguna otra contingencia desdichadamente favorable, constituye una base asaz precaria para que en ella fundase un tan sólido castillo de deshonras la calumnia?

No negaba. No respondía, Libia, suspensa en miedo y atención. Él, piadoso, quiso ayudar a la cobarde:

-Te señaló a ti, y nadie dudó un instante siquiera, por lo visto. Mucha es la ligereza de la opinión ante lo infame, mas no tanta que todo crédito esté a la merced de cualquier malediciente. ¿Qué otras circunstancias, pues, de descuido tuyo, de flaqueza tuya, Libia, formáronle un ambiente adverso a tu inocencia? ¿No fuiste tú, acaso, la víctima de Mme. Georgette, la pobre mujer de la horrenda historia en que no pudieron salvarse tus prestigios para el mundo, aunque tu virtud y tu amor salvasen tu pureza para mí?

La luna llenaba de blanca luz aquel rostro cuajado de alma en los ojos enormemente abiertos, en la boca temblorosa, a la pálida y plena mostración de su amor y su dolor; era un algo heroico que iba a surgir en la extática pureza, y Eliseo se sintió un momento dominado, fascinado.

-Yo fui -la oyó decir, como a un soplo del espanto- la mujer de aquella historia. Fui yo... y sin que ningún prestigio se salvase. La cobardía me hizo consumar todo lo inicuo.

-¡Todo! -recogió sordo y apartándose el que recibía la cruda verdad como un mazazo.

-¡Sí! -confirmó Libia, con un sollozo, bajando al fin a la vergüenza de ignominia la mirada.

Seguía inmóvil. Creyérase que contemplaba el desastre de su alma caída en pedazos a sus pies.

De un ímpetu, Eliseo volvió a acercarse y la atenazó de la muñeca.

-¡Oh, Libia! ¡Libia! -rugió.

La sacudía, clavándola en la rabia de los ojos; sentíala yerta, veíala pálida, muy pálida, pero con una resignada palidez de mártir, que no lograba el terror descomponerla, y cuando iba quizá a escupirle su rencor a la faz de la humilde y miserable, otro ímpetu le hizo rechazarla y alejarse de ella con desprecio.

Caminó delante, lento, torvo.

Libia le siguió muda hasta el hotel, como un fantasma, por los claros de la luna.


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Capítulo V
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Los abismos- Tercera parte Felipe Trigo


Había visto alguna vez esas libélulas de dorado cuerpo y de élitros de gasa, flores libres del espacio, que a la imprudencia de su vuelo entre las flores caen en una ciénaga; que se hunden, que se ahogan, que en su luchar por la líquida inmundicia, sienten sus alas ajarse mojadas y ensuciarse; que logran trepar a una flotante brizna salvadora, y que la sepultan después bajo su peso, para encontrarse nuevamente en la desesperada lucha sin fin y sin reposo...

Así él, poeta, que voló imprudentemente por los cielos del amor y de la gloria, hallábase otra vez náufrago en el lago negro de vergüenza con las alas de ilusión plegadas y manchadas.

Sentíase sin ánimos para intentar otra nueva salvación, y continuaba aquí, en la media noche, entregado a la agonía del desaliento.

De la mesa, horas antes, le habían echado los júbilos inocentes de Inés y la tristeza de la triste.

De abajo, del Casino, de aquella andaluza fiesta de gitanos, dada para los extranjeros, y en la cual quiso refugiarse, el estruendo de alegría le había traído a buscar la soledad de esta terraza.

Los designios de morir y de matar, por un instante se los había vuelto a gritar el pobre herido corazón a la angustia del cobarde ansioso de la vida.

Era como si hubiese dormido mucho, como si hubiese soñado con Libia, durante aquellos días crueles de abandono, viéndola mala y monstruosa, y como si al despertar, en presencia de ella, de la absurda pesadilla, y al tenderla los brazos sonriente, hubiera recibido el asombro, hubiera recibido la sorpresa de oírla confirmar a ella propia su maldad.

Maldad extraña..., de la buena que jugaba con su hija, que adorábala con ternuras inmensas y que había ido siempre guardando hasta sus más pequeñas cosas, lo mismo que reliquias para formar un museo sentimental de madre santa en el secreto de aquel mueble donde él, en la noche horrible, buscó tan sólo las brutas pruebas de culpas contumaces. Maldad extraña, en realidad, de la amorosa infinitamente delicada y noble que vino a mendigar cariños del marido como una esclava humilde, que pudo dejarle la ficción de su pureza en la mentira, en la mentira que él propio la tendió, más invitadora en amantes impaciencias, y prefirió leal la ruda confesión que hubiese de trocarla de perdonadora en perdonada o en odiada eternamente.

Mas ¡ah, el perdón!

¿Sería posible para un hombre con la íntegra conciencia de su honor y sus respetos?

Un recuerdo, el de Astor, cuyo jovial concierto de paz con la Ernestina loca no le impedía ser en todas partes honorado y respetado, ofrecíasele inútilmente como ejemplo. El perdón del bohemio-león extraordinario, tan despreocupado para el mundo; o mejor dicho, la transigencia, el reconocimiento de derechos de pagana humanidad, iguales a los propios, para su mujer, correspondería a una filosófica previsión de porvenir que nada tenía que ver con el difícil perdón de quien, hombre del presente, aun de la dignidad y del idolátrico amor hacía el culto más grande de la vida. Su perdón, pues, era cosa del sentimiento, que en vano con filosofías ni generosas reflexiones quisiera olvidar el ultraje inferido por Libia de un modo irreparable.

No podía odiarla, sin embargo; gritábanselo desde el sentimiento mismo, su piedad, su gratitud. Por ella y cerca de ella persistíale, con la honda persuasión de sus bondades, aquella egoísta sensación de calma melancólica, de dolida y dulcísima amistad, de cariñosa compañía que le había salvado de los horribles abandonos. Todo lo aceptase aunque no hubiera jamás de perdonarla, antes que volver a ellos, teniendo al mismo tiempo que arrancar de su hija y dejar en la cruel soledad del mundo a la mártir infeliz.

Pensaba en América, otra vez, en el viaje lejano al país de los olvidos; pero llevando ahora a la culpable arrepentida para que siguiese siendo la triste amiga suya y la santa madre de la hija de los dos No obstante, pronto, al lanzarse a la meditación de tal proyecto como última esperanza, vio que era el miedo todavía lo único que hubiera de llevarle a esconder tal menguada vida entre extraños que no conocieran su desdicha y que no pudieran devolvérsela en afrentas.

Y ¿a qué América entonces? ¿A qué la fuga de la afrenta de su patria, de la afrenta de Madrid... cuando justamente Madrid habíale hecho de la afrenta misma el más alto homenaje de respeto?

Su arte, su gloria habíanse extendido como un manto de púrpuras por encima del escarnio y del ridículo del pobre deshonrado... ¡Y así la propia deshonra habíasele convertido ante el público en timbre de augusta dignidad más indestructible y alta que aquella otra que la torpe Libia hubo de romper!

¡Ah, sí, sí!... Al fin reconciliados el artista y el hombre, le reconciliaban con el Madrid de las crueldades generosas. Y el hombre, aquí, en la soledad de la terraza, pensando en Libia, y al mismo tiempo que decíale al artista que si él de su gloria recibió la redención, de corazón habíale dado la carne de su gloria, preguntábale en cuál fibra ignota del sentimiento pudo hallar el perdón que él no sabía encontrar para la falsa.

¡El hombre! ¡El hombre!... El hombre preguntaba esto, y el artista, cerca, tan cerca ya de él, se sonreía... se sonreía viendo cómo el pobre corazón, ciego acaso en su dolor de realidad, en su dolor de vanidad, no acertaba a hallar para la dulce desdichada las mismas grandes compasiones que la supo conceder cuando hubo de evocarla Y contemplarla con el sereno y como ajeno desinterés de la justicia...; ¿bastaríale volver a contemplar a Libia misma, tan dulce, tan real como lo era su dolor?...

¡Oh, no!... El hombre, el hombre, el ciego con el súbito recuerdo de aquel otro hombre de carne como él, que hubiese hollado las de la Libia torpe, las de la Libia acaso estremecida y apasionada un punto en el gozo de traición, tornaba a ver hundirse al anhelo de perdón en lo imposible...

Mas... ¡ah, qué miserable su angustia!... Considerándola a la luz del egoísta enojo, vio que no era la dignidad, ya salvada en las altas compasiones que él hubo de entregarle al aplauso del teatro, lo que en el perdón a la infeliz le detenía. No, no podía ser la dignidad lo que, para perdonarla, le hizo ansiar saberla incluso perversa y fría prometedora de lascivias, incluso estafadora, con tal de que no hubiese llegado a la consumación de sus promesas el acto material. Impura de cuerpo, pues, la detestaba; impura y doblemente falsa de alma y de corazón, la adoraría. ¡Qué contrasentido!

Le abrumó el contrasentido, dejándole en una absoluta desorientación que hubo de borrarle toda voluntad, todo pensamiento, toda premeditada resistencia y como a merced de no sabía qué azar ante la esfinge monstruosa de bondades y maldades que ya no podría él saber tampoco si le atraía o le repugnaba.

Era tarde.

La luna habíase puesto.

Miró el reloj.

Las dos.

Bien. Iba a acostarse. Nadie, acaso, velara en el hotel.

Por los salones, por los pasillos, hacían la guardia de luz algunas lámparas.

Subía despacio los anchos tramos de la escalera. A Libia habíale dejado demasiado tiempo para refugiarse en aquella separación de lechos que habría de constituir la eternidad de su castigo.

Llegó al cuarto y entró.

Estaba a obscuras; pero en el balcón abierto divisó una blanca silueta inmóvil a la luz de las estrellas.

¡Libia!

La creyó dormida. Avanzó cauto. La blanca silueta púsose de pie.

-¡Oh, me esperabas! -increpó el sorprendido levemente.

-Sí. Quería que hablásemos. Quería decirte...

Su actitud era la de la humilde dolorosa, con las manos caídas en cruz.

-Harto indigna de ti -siguió con otro giro, y alzándolas al pecho-, sólo he venido a confirmártelo con la vergüenza de mi vida para pedirte que, menos sentenciarla a tu abandono, hagan de ella lo que quieran tu rigor o tu piedad. Mátame, si no has de dejar de aborrecerme; pero si comprendes que no hubiera de formarte un tormento de tal modo abominable que pudieses siquiera soportarlo, déjame a tu lado y junto a nuestra hija para ser siempre, siempre, siempre vuestra esclava.

Un lucero la alumbraba, llenándola de encanto misterioso. Libia, con el pelo medio deshecho por los hombros, envolvíase en un amplio ropón que la habría servido para salir de la cama, en donde no la consentiría resignarse a la condenación muda del insomnio la congoja.

Había otra silla en el balcón, en la cual antes, quizá, habríale contado cuentos a Inés hasta dormirla, y se sentó Eliseo.

Ella volvió a sentarse también en la butaca.

No hablaban. Libia permanecía sumisamente quieta, casi sin respirar, como al miedo de turbar la muda tolerancia que ya empezaba a concedérsele. Él, vuelta hacia fuera la cabeza, al vacío de perfumadas grandezas de la noche, con el codo en el respaldo de la silla, escuchaba el concierto de los mirlos. Cortada la ciudad en sus anchas vías por el eléctrico fulgor rojo contra los modernos edificios, ofrecía verdaderos lagos de nieblas opalinas, luminosas, al resplandor de gas en las zonas de fachadas blancas. El sueño de Granada se tendía allá abajo, dejando apenas subir alguna vez el canto de los gallos, la campanada de un reloj y los alertas del presidio con una limpia solemnidad de las penas e inquietudes de la tierra que acogiéranse dolidas a los cielos.

Y en los cielos, en los cielos de la paz y las estrellas, le parecía a Eliseo estar en esta altura con el blanco espectro todo alma de la dócil muda y triste. Era como si la humanidad hubiérase dormido debajo de los dos dejándoles una percepción infinitamente penosa de sus miserias pasadas en un narcotismo de éteres y espacio.

La miró él; la expresó, al fin, tal angustia en un lamento:

-¡Cómo pudiste olvidar tantas cosas, mujer, tantas cosas!

Le miró ella, y respondió como en eco lejano de suspiros:

-¡Olvidarlas, oh, Eliseo! ¡Justamente fue mi daño el no poderlas olvidar! La vida que hubiese sido necesaria para salvar el respeto de esas cosas, los respetos a vosotros, a ti, a nuestra hija, la habría sacrificado. Piensa que me vi forzada a elegir entre el secreto horror de mi deshonra y el público horror de tu descrédito y tu ruina, y culpa nada más a mi terror, a mi torpeza.

Hubo otro silencio. Hora solemne de las sinceraciones, Libia comprendió que debiera en breves frases condensarlas. Siguió, pues, sin nuevo estímulo:

-Yo no sabría explicarte de qué modo, y por qué insensibles imprudencias, mi afán de lujo, de aquel lujo de muñeca linda y loca para el cual educáronme mis padres, y en el cual tú mismo un poco insensatamente me alentaste, hubo de llevarme un día, aun después de tantos en que por él te vi agobiado, a la sorpresa de una enorme deuda que no podrías pagar.

Sollozó al recuerdo.

-No sabría referirte bien -continuó- de qué manera Mme. Georgette, la modista, niña yo entregada al fin con mi temblor de llantos a la codicia de la que temía perder su dinero, o a la desalmada que acaso igual que a otras hubiera ido de perfidias forjándome el grillete de una infame explotación, bajo la sombra y la amenaza inexorable del juez, de los embargos, del destrozo de la dicha de tu hogar y de tu vida entera de trabajo, me hizo pasar todo el calvario que debía arrastrarme hasta lo inicuo.

Hizo otra pausa. Nada decía Eliseo, perdida con la mirada por el cielo la melancolía de su dolor, y añadió ella, en el monótono ritmo del acento que se le iba extinguiendo poco a poco:

-Yo no sabría explicarte qué miedos me obligaron a dejar crecer aquella deuda sin decírtelo, ni qué asombros del espanto, luego, ante el dilema de madame Georgette, impidiéronme contigo la tardía y ya inútil confesión. Erais tan felices tú y la niña, que, por no destrozar vuestras venturas con mi culpa, preferí seguirlas sosteniendo incluso con mi infamia; era tal el terror que me inspiraba perder tu aprecio, tu cariño, trocados tal vez en odio y maldición, que, por salvarlos, ¡ya ves tú!... ciega y loca caí en la indignidad. ¡No, no, yo no podría, yo no sabría explicarte bien todas estas cosas, como la fatalidad quiso que lo hiciera tu talento! ¡Creerías que estuviese repitiéndote tu drama!

Enmudeció. Dobló al pecho la pesadumbre de la frente. Comprendió Eliseo que no tendría más que decir en su disculpa. Pública la aventura triste, en su fondo y sus detalles, él habíalos tomado con harta amplitud del escándalo, y no habría de ser la defensa de ella sino la retroacción del drama hacia la vida. Si para exaltarse en noblezas, aun dentro del pecado, necesitase recurrir a la impostura, sobraríala con irlas recordando del proceso que él trazó como para este instante mismo con tal fausto de piedades.

Quiso tal vez desconcertarla él propio la farsa de su obra, y preguntó:

-Di, Libia: puesto que el propósito de Mme. Georgette no fue otro que el chantage, ¿por qué tuviste que llegar tú a la plena indignidad? ¿No hubieran sido bastantes algunas cartas que a los ojos del presunto estafado os comprometieran a las dos?

-El chantage, la estafa -repuso Libia, estremecida de bochorno-, no fueron sino el recurso a que la modista me obligó al fracasar sus esperanzas en los agasajos de aquel hombre agradecido a mi entero sacrificio.

-¡Oh, aquel hombre! -recogió Eliseo, prescindiendo de todo lo demás, y recto en su egoísmo a lo que seguíale en la realidad ignorado-. ¿Quién es?

La confidencia empezaba a bordear lo más íntimamente personal y vergonzoso.

-Javier España. Un hijo del conde de Albear.

-¡Muy joven, creo!

-Diez y siete años.

-¿Lo eligió Mme. Georgette o tú?

-Yo.

-¿Tú, Libia?

-Sí.

-¿Le conocías?

-Frecuentaba la casa de Ramos Mera, una tertulia del tiempo de mis padres.

-¿Y por qué le preferiste a él, y no a otro?

-Porque era el más ajeno de tu trato, entre los que en todas partes me miraban, y porque, siendo un niño, me pareció con él mi falta menos grande.

Devoró Eliseo la amarga ingenuidad en amargura. Contuvo la que ya le subía lastimosamente ridícula desde el corazón a los labios en el impulso de preguntarla si era guapo, si era gentil el niño aquel, y acertó siquiera a limitarla de esta suerte:

-¿Conservas algún recuerdo, algún retrato suyo?

-¡Oh, no! ¡Jamás los tuve! -rechazó con sincero horror la atormentada en el vivo tormento del celoso. Y, compasiva de sí propia, de ambos, añadió para calmarle: -Ni he vuelto a verle, ni está en Madrid. Recién llegado de Bélgica, entonces, sus padres, a raíz del escándalo, volvieron a enviarle a continuar en el colegio sus estudios.

-¿Cómo lo sabes?

-Por Mme. Georgette y por la crueldad de algunas amigas que se complacieron en aumentar con sus insidias mis desgracias.

El celoso concentró y reposó su pena reclinando la cabeza a la mano del brazo que acodábase en la silla. Acogía el levísimo consuelo de aquel desconocido que no estaría en Madrid, que nunca, probablemente, ni por su edad ni por sus hábitos, encontraríase con él en el mismo círculo de vida; y otra vez atento al áspero dolor de las entrañas, demandó:

-¿Dónde os visteis luego?

-En el hotel de la modista.

-¿A qué horas?

-Por las tardes.

-¿Durante mucho tiempo?

-Menos de un mes.

-¡Con entrevistas diarias, claro!

-¡No! ¡No!

-¿Cuántas, entonces?

Agitada de angustia, cada vez más, iba agotándose la infeliz en las respuestas a aquella violentísima evocación de su ignominia. Pero debía responder, debía aceptar esta expiación, y la aceptaba.

-Tres.

-¿No os podíais reunir más a menudo? ¿Qué os lo impidió?

-¡Oh! Mi... sufrimiento.

El implacable cerró los ojos, y calló un instante. Sin embargo, hubo todavía de interrogarla más lento, más bajo, más dolorosamente feroz:

-¿Y di, mujer... tu sufrimiento... no se rompió alguna vez en nerviosos espasmos que te hundieran en olvidos de delicia el pesar de la traición?

Un espasmo, un nervioso espasmo, verdaderamente, pero de horror y repugnancia, irguió a la agónica con las últimas energías de aquel martirio.

-¡Oh, Eliseo! ¡Calla por Dios, calla! ¡Te juro por nuestra hija...!

No pudo acabar. La interrumpió, la ahogó el supremo sacrilegio de ir a mezclar en su boca lo más noble de su ser y lo más crudamente vil de su indecencia; la retorció en la butaca la conciencia de su infamia y, consternada, rota en llanto y en sollozos, de un ímpetu desplomó al suelo todo el peso material de su vida despreciable para humillarla y como deshacerla a besos en las manos del cruel piadoso que pudo oírla sin matarla, sin arrojarla por lo alto del balcón como un guiñapo; besábale, besábale las manos, le besaba las rodillas, a besos santos de la humildad y la sumisión de aquellas lágrimas en que saltaba el raudal de sus ternuras tanto tiempo contenidas..., y él, Eliseo, frío, inmóvil, enajenado en la extática emoción, sentíase al fin el corazón y el alma abiertos a la compasión plena e infinita de la esclava dulcísima y bellísima que arrodillada entre sus piernas oprimíaselas convulsa, de la mártir inocente que se había sacrificado tan extraña y abnegadamente por su amor, del ángel excelso de bondad y sinceridad que, no habiendo sabido postrársele y llorar así ni al ansia imploradora del perdón, así se le postraba y lloraba al dolor inmenso, inconsolable, de haber perdido sus purezas.

Dejábala llorar, dejábala llorar; dejábala besarle las manos, las rodillas; dejábala purificarse..., llorando él también a la alegría de verla en su pena tan dichosa, y sólo al advertir y no haber podido estorbar que ella humillásele más la ofrenda santa de aquel llanto y de aquellos besos besándole los pies, un ímpetu le hizo enlazarla casi con ira de pasión para alzarla a la butaca y quedar inclinado contra ella en el abrazo del ser entero que fundió sus llantos y sus vidas.

-¡Oh, alma del alma!

Había dicho, nada más, pagándola con un solo beso de vehemencia las esclavas humildades de la boca, antes de aprisionarla, ya sin besos, en el abrazo de lágrimas que los sumió en una quietud como inmortal sobre el abismo negro del balcón y a la luz de las estrellas.

Horas divinas.

Las rosas de la Alhambra, al sol, alguna tarde, allá por los mágicos jardines, cortadas por las manos de caricia, supieron de los más hondos besos del alma de dos enamorados.

Los mirlos de los cármenes, allí bajo el balcón, alguna noche suspendieron un instante, al concierto de los más profundos besos de dos vidas, sus conciertos armoniosos a la luna.

Y una noche, sobre el triunfo de la vida de carne y de alma del amor, el poeta le anunció a la bella diosa esclava gloriosamente redimida:

-Mañana partiremos a Madrid..., a tu ensueño de un nido entre los mirlos y las rosas...; pero antes de volar a él, desde un palco del teatro, tú junto a mí, tú estrechándome la mano y rindiéndome sonrisas, y yo rindiéndote mí alma con mi gloria, habremos de decirle a ese mundo que me aplaude cómo fueron en ti la misma cosa tu amor y tu traición, cómo son en mí la misma cosa el hombre y el poeta..., cómo los dos supimos salvar volando los abismos.



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Moheda de la Cruz, marzo de 1913.


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