Los bandos de Castilla - Tomo 1º (Versión para imprimir)

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Autor: Ramón López Soler[editar]


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La novela de los Bandos de Castilla tiene dos objetos: dar a conocer el estilo de Walter Scott, y manifestar que la historia de España ofrece pasajes tan bellos y propios para despertar la atención de los lectores, como las de Escocia y de Inglaterra. A fin de conseguir uno y otro intento hemos traducido al novelista escocés en algunos pasajes e imitádole en otros muchos, procurando dar a su narración y a su diálogo aquella vehemencia de que comúnmente carece, por acomodarse al carácter grave y flemático de los pueblos para quienes escribe. Por consiguiente la obrita que se ofrece al público debe mirarse como un ensayo, no sólo por andar fundada en hechos poco vulgares de la historia de España, sino porque aún no se ha fijado en nuestro idioma el modo de expresar ciertas ideas que gozan en el día de singular aplauso. No es lícito al escritor el crear un lenguaje para ellas, ni pervertir el genuino significado de las voces, ni sacrificar a nuevo estilo el nervio y la gallardía de las locuciones antiguas. Sólo le queda el recurso de buscar en la asidua lectura de las obras de aquellos varones reputados como los padres de la lengua, el modo de que se preste a los sutiles conceptos, a las comparaciones atrevidas, y a los delicados tintes del lenguaje romántico, por hallarse algo de esto en el místico fervor de Yepes, San Juan de la Cruz, Ribadeneira y otros autores ascéticos. Pero el que dedicándose a trabajo tan ímprobo consuma largas vigilias tras del hallazgo de esas correspondencias con blando tacto, examen culto, y filosófico criterio, deberá ceñirse a desempeñar el frío papel de preceptista, puesto que difícilmente le quedará tiempo, ni calor en la imaginación para entregarse al divino entusiasmo de la poesía, ni para forjar la máquina de una novela.

Mucho halagará nuestra propia emulación entrar en la escabrosa contienda del mérito comparativo de la literatura clásica y la literatura romántica, a no creer sobrado larga, si bien no ajena de este lugar, la explanación de los diversos principios en que una y otra se fundan. Este es el expediente que desde muchos años está sobre la mesa, y acaso sólo falta que sean universalmente conocidas las obras de Tomas Moore, lord Biron y Walter Scott [1], para que se pronuncie debidamente la sentencia. Manifestar las bellezas que sobresalen en el estilo de Homero y las que más recomiendan el de Osián; reconocer el origen de donde dimanan las primeras, y porque tan a menudo se amalgama y confunde en las segundas la naturaleza y el arte, la imaginación y el juicio, lo terrestre y lo divino, el hombre montaraz y el hombre civilizado; indicar la misteriosa armonía que percibe la mente humana entre objetos al parecer tan opuestos y contrarios, y proceder sobre todo con aquella buena fe que hiciese traslucir en nuestro arrojo no tanto un impulso de vanagloria como un espíritu de celo y de verdad, fuera el plan que nos habríamos propuesto, si nos permitiesen los límites de un prólogo el desenvolver estas ideas, y tomar parte en una cuestión para nosotros célebre a la vez y desconocida.

Libre, impetuosa, salvaje por decirlo así, tan admirable en el osado vuelo de sus inspiraciones, como sorprendente en sus sublimes descarríos, puédese afirmar que la literatura romántica es el intérprete de aquellas pasiones vagas e indefinibles, que dando al hombre un sombrío carácter, lo impelen hacia la soledad, donde busca en el bramido del mar y en el silbido de los vientos las imágenes de sus recónditos pesares. Así pulsando una lira de ébano, orlada la frente de fúnebre ciprés, se ha presentado al mundo esta musa solitaria, que tanto se complace en pintar las tempestades del universo y las del corazón humano: así cautivando con mágico prestigio la fantasía de sus oyentes, inspírales fervorosa el deseo de la venganza, o enternéceles melancólica con el emponzoñado recuerdo de las pasadas delicias. En medio de horrorosos huracanes, de noches en las que apenas se trasluce una luna amarillenta, reclinado al pie de los sepulcros, o errando bajo los arcos de antiguos alcázares y monasterios, suele elevar su peregrino canto semejante a aquellas aves desconocidas, que sólo atraviesan los aires cuando parece anunciar el desorden de los elementos la cólera del Altísimo, o la destrucción del universo.

Muy distantes de creer que nos quepa ni una ligera parte del fuego inmortal que la arrebata, solamente procuramos remedar el tono de los pocos ingenios que se han mostrado hasta ahora dignos de seguir sus huellas. Si no lo hemos conseguido en la presente composición, ni tampoco lo lográsemos en las que detenidamente escribimos, insiguiendo el mismo plan, sobre los reinados de Pedro el Cruel, Alfonso el Sabio, e Isabel de Castilla, nunca deberá atribuirse a falta de animación e interés en estos famosos cuadros de nuestros anales, ni menos a desaliño u poco gusto de los acabados modelos que nos propusimos.

Pero con el mismo movimiento de imparcialidad que hemos confesado estas ventajas en orden a las épocas que acabamos de distinguir, diremos también que la de don Juan el II no es la más a propósito para una novela histórica, a causa de no resplandecer en ella un carácter esencialmente marcado por grandes vicios, admirables virtudes o sobresaliente valor, como oportunamente nos ofrece el siglo del rey don Pedro y el de Isabel la Católica. Con semejante recurso aunque lánguida sea la narración y poco digno de interesar a los lectores el plan del argumento, brilla y anímase la escena cuando aparece el personaje dominante de la historia, por poco que se advierta algún tino y robustez en el pincel que lo describe. No de otra manera nos sorprenden en los cuadros del Greco aquellas figuras de líneas colosales, que sin guardar proporción con las demás las prestan algo de su propio espíritu y energía por el maravilloso efecto de una contraposición bárbara o sublime.

Inténtase suplir a tal inconveniente introduciendo en la obra a don Enrique de Aragón, hijo del infante del mismo nombre, a pesar de que no fue públicamente conocido hasta después de la muerte de don Álvaro de Luna [2], y delineando con rasgos algo heroicos y valientes al último conde de Urgel. Y al efecto de reunir estos adalides donde figurasen de un modo digno del vengativo y marcial aliento que los animaba, y desplegando cada uno el carácter que le era propio, píntase la batalla de Aivar contra el sentir de los historiadores que pretenden que los castellanos no tomaron parte en ella, no obstante convenir todos en que la corte del rey don Juan, por sugestiones de don Álvaro de Luna, decididamente protegía al malogrado príncipe de Viana. Si es positivo que acudiera por aquel tiempo a socorrerle don Enrique de Castilla, no sólo preséntase como errónea la opinión de que sin haber hecho cosa alguna tomase a deshora la vuelta de Burgos con sus tropas por la contradicción notable que en sí encierra; sino también por las escasas noticias de tan memorables sucesos, y lo discordes y descuidados que anduvieron los cronistas acerca de ellos, como lo lamenta y lo reprende el elocuente Mariana [3].

Por más que han sido varios los pareceres sobre la inocencia de don Álvaro de Luna [4], y que famosos ingenios lo defienden, y otros no menos nombrados lo acusan, creímos deber seguir el dictamen más fundado, pintando en aquel condestable de Castilla un cortesano supersticioso [5], soberbio, avariento [6] y vengativo, a quien enconaban y desesperadamente enfurecían los que, llevados del empeño de derribarle, no perdonaban medio ni ocasión de conseguirlo [7]. De esta manera, sin adulterar los hechos de aquella época [8] en términos que la presenten bajo otro aspecto de que realmente tuvo, y esforzándonos en desenvolver nuestro plan no desfigurando el carácter de los más esclarecidos varones [9] que florecieron en ella, hemos procurado dar impulso a la narración por entre el estruendo de las disensiones y revueltas que hacen conocidamente curioso el reinado de don Juan el II.



  1. Sir Walter Scott es inimitable cuando pinta las flaquezas del corazón humano: lord Biron cuando nos revela sus misteriosas dudas y el terrible vaivén de sus pasiones; pero Tomas Moore, dotado de tanta delicadeza y buen gusto como el pintor de Urbino, parece haber nacido para cantar la hermosura y el purísimo éxtasis de los ángeles.
  2. Señalóse doce años después en la batalla de Prats del Rey, dada entre el príncipe don Fernando y el condestable de Portugal. Hasta el de 1469 no fue hecho duque de Segorbe, por especial merced de su tío el rey de Aragón.
  3. Para los fundamentos que, además de las razones alegadas, hayamos tenido en orden a la importancia de la batalla de Aivar, y a si pelearon los castellanos en ella contra don Juan de Navarra, pueden verse algunas trovas de Guillén de March y varios de los documentos, existentes en el archivo de la corona de Aragón, relativos a la parte que tomó acaloradamente Cataluña por el príncipe don Carlos.
  4. Nos objetarán tal vez que hemos exagerado las relajadas costumbres del hijo de don Álvaro de Luna, y la perversa codicia de don Rodrigo; pero léase lo que dice acerca del primero el juicioso autor de las semblanzas Fernán Pérez de Guzmán, y las notables palabras con que pondera la sed de las riquezas, deshonestidad, insultos y atropellamientos de los grandes de aquel tiempo, para que se vea que no hemos faltado a la verdad histórica pintando estos mismos vicios en aquel señor de Arlanza.
  5. Para demostrar la superstición del condestable (aunque debe decirse en su abono que semejante defecto era peculiar a su siglo), no hay más que observar en nuestros historiadores y cronistas las varias consultas que hizo a los más famosos astrólogos, habiéndole efectivamente vaticinado en una de ellas que moriría en cadalso. De aquí fue que nunca quiso poner los pies en un lugar de sus dominios, el cual llevaba este nombre.
  6. Véase lo que dice con respeto a su codicia Gil González Dávila en su teatro eclesiástico de las iglesias metropolitanas, y catedrales de las dos Castillas.

    «Tenía el maestre sin bajillas de oro y plata un millón y medio de doblas de la vanda, y de monedas de Aragón y de otras partes ochenta cuentos, y siete tinajas de doblas Alfonsinas y Florentinas. De todo llevó el rey las dos partes, y la tercera la consorte del maestre.»

    Esos grandes tesoros, que parecen mayores aun si se considera la época en que fueron allegados, los acaudaló el condestable en el tiempo de su privanza, puesto que a ella debió únicamente su fortuna. Añádase a esto los muchos que empleaba en el regalo de su persona, en el lucimiento de su casa, y en sostener tan fuertes y numerosos castillos como poseía.
  7. Acaso no desagrade a nuestros lectores la noticia de ciertos cargos que prueban el artificio y el encono con que se hizo su proceso. Dícese entre otras cosas, que preguntándole el rey por la muerte de Alonso Pérez de Vivero, respondiole el condestable: Voto a Dios que si otro me lo demandase cien dagadas le diera con esta daga. Que un fraile de hábitos blancos pidió por merced al rey le entregara un anillo de oro que brillaba en uno de los dedos de su mano, y habiéndole respondido: no puedo, pues tengo hecho juramento al condestable que me lo dio de nunca sacarlo del dedo, repuso el religioso; que sobre su corona tomaba aquel indiscreto juramento. Que entonces, dándole el rey el anillo, hízolo el fraile pedazos; e le mostró dentro del anillo al mismo rey pintado, e una aca, y el dicho rey la estaba besando.
  8. Los que deseasen saber las opiniones que reinaron en orden a la caída y anterior conducta de don Álvaro de Luna, lean el Centón Epistolario del bachiller de Ciudad Real, la crónica del rey don Juan el II, la del gran cardenal de España, escrita por el doctor Salazar, las semblanzas de Guzmán, los muchos privilegios, cédulas reales y otros documentos que existen en los archivos de sus descendientes, y la crónica del mismo don Álvaro, escrita, según Pellicer, por un don Antonio Castellanos, opinión que siguieron don Nicolás Antonio y Frankenau en su Biblioteca Heráldica, y que con crítica tan imparcial como justa ha desmentido después don José Miguel de Flores, secretario de la real academia de la historia.
  9. Heme hallado en las victorias de la república, dice un autor francés de nuestros días, y en los voluptuosos festines del directorio: he visto la pompa del consulado, la grandeza del imperio, los triunfos de Valmy y los funerales de Waterloo: me precio de comprender el carácter de tan diversas épocas, y aun puedo decir que según ellas acomodaba el mio dejándome como arrastrar de su peligrosa influencia; y temo sin embargo no conocerlas lo bastante, no digo para escribir su historia, sino hasta para deslindar algunas facciones de los más célebres personajes que hayan de figurar en ella.


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TOMO 1º[editar]

Capítulo primero[editar]

Introducción.

¿Por qué se niega a mis esfuerzos la armónica medida de la poesía? He de expresar mis ideas en sencillo y desaliñado idioma, y ni la llama del amor, ni el fuego de la juventud son bastantes a inspirarme el lenguaje del Olimpo. ¡Yo te invoco, oh musa de la sencillez y de la verdad! Abandona por un momento la deliciosa montaña donde moras, y haz que fluyan de mis labios aquellas voces que enternecen el espíritu y elevan la imaginación, blandas como los céfiros del abril, penetrantes y ruborosas como los ojos de las Gracias. Venid, oh jóvenes, que ocultáis bajo el casco vuestros rizados cabellos: llegaos a escuchar las proezas de los antiguos paladines. ¡Ah! Tal vez en ellos debierais estudiar aquella mezcla de fiereza y de dulzura, de cortesanía y de valor, que les hacía tan amables en el campo de batalla. Sometíales el blando acento de una voz querida, y enardecíales el eco de la trompa guerrera: la patria les inspiraba valiente energía, el amor pura y constante ternura: los aplaudían los pueblos, recompensábalos la belleza, y los respetaban sus enemigos.

Ninguno hubo entre ellos tan gallardo y esforzado como el joven don Ramiro de Linares: hijo único del conde de Pimentel, vasallo del Rey de Aragón, ha jurado desde su más tierna infancia odio eterno a los duques de Castromerín, casa del reino de Castilla, desde muchos años enemiga de la suya. Ocupado empero en las continuas guerras que suscitan a su país los moros y los castellanos, pasa la vida entre el estrépito de las armas, con nuevas hazañas, la brillante reputación que ya le han adquirido su temeridad y sus victorias.

Pero al mismo tiempo tenía Ramiro un corazón sobradamente tierno, lleno de pundonor y de generosidad. ¡Qué de veces no suspiró en su interior por un verdadero amigo! Después de haber vuelto de la guerra ceñido de honrosos laureles, se le veía huir de los hombres, y abandonarse en paseos solitarios a serias y peligrosas cavilaciones. La autoridad de su padre y las persuasivas instancias de sus compañeros de armas, apenas podían distraerle de aquella inclinación desabrida y melancólica. Gustaba perderse por antiquísimas selvas, o montar a caballo vestido de sus lucientes arneses para correr en busca de extraordinarias empresas.

¡No pocas veces admiraron su pujanza, su fogosidad e intrepidez los monarcas de Aragón y los príncipes de Castilla! Conocido únicamente en sus justas y torneos por el caballero del Cisne, se atrajo los aplausos de ambas cortes, y gozó en secreto de que le admirasen sin conocerle hasta los más encarnizados enemigos de la casa de Pimentel.

El más temible de ellos, el orgulloso duque de Castromerín, era uno de los que constantemente ensalzaban la audacia y la destreza del incógnito. Al contemplarle derribando a cuantos competidores se presentaban en la arena creía verse a sí mismo en los floridos años de su juventud, y se acordaba enternecido del hijo que desgraciadamente perdiera en la célebre batalla de Olmedo. Ahora sólo le quedaba una hija para consuelo de la vejez y esperanza de su esclarecida familia: en ella cifraba su felicidad, y hacíala educar con el mayor esmero en el mejor de sus castillos, llamado de Castromerín, como a la heredera de tan ilustre casa, y a la que había de ser algún día la gala de la corte castellana. Elevábase hacia las montañas de Asturias aquel robusto edificio, célebre por los ataques que en otro tiempo había resistido, y por encerrar ahora tan amable depósito. Nada en efecto era comparable a la hermosura de Blanca: talle suelto y airoso, suaves y graciosas facciones, ojos penetrantes, tímidos, a veces algo melancólicos, anunciaban una de las bellezas más seductoras de aquella edad. Una señora de ilustre origen, llena de luces y de virtudes, cuidaba de perfeccionar su juventud: cada día iba descubriendo en ella nuevas gracias, y llevada de la irresistible magia de tan raras cualidades, vino a profesarla un cariño verdaderamente maternal; por manera que se juzgaba dichosa en adornar con algunas flores el blando carácter de tan querida discípula.

Sin embargo, cierta desazón secreta turbaba el sosiego de la hija de Castromerín. Su padre la destinaba para esposa de don Pelayo de Luna, hijo del condestable de Castilla, y el carácter algo áspero y turbulento de este guerrero, no podía gustar a una joven de genio flexible y suaves inclinaciones. A menudo depositaba sus temores en el pecho de su respetable aya, y aún se esforzaba a serenarse o a fingirlo tal vez, al oír los saludables consejos de su cariñosa amiga.

-Ya habéis oído a mi padre, Leonor, decíale una tarde mientras se paseaban por los vastos jardines del solitario castillo: quiere que vuelva a presentarme en la corte, y reciba en ella los obsequios del hijo de don Álvaro de Luna. Me separa de vos, amiga mía, cuya amistad me es tan agradable para unirme a una persona que excita mi temor, si no mi aborrecimiento.

-Sin embargo, respondió su aya, don Pelayo tiene fama de esforzado y de prudente.

-No cabe duda, replicó su pupila: quisiérale empero menos valeroso y más templado, menos sagaz y más ingenuo, en una palabra, mejor esposo y no tan célebre guerrero.

-¡Feliz no obstante la joven que disfruta de un legítimo cariño entre los brazos de un héroe!

-¿Y podéis dar este noble dictado al hijo del condestable? Yo sería la primera en concedérselo si bastase para ello poner en fuga a las huestes granadinas, señalarse en los torneos, y hacerse admirar de los reyes de Castilla y de los monarcas de Aragón. Pero es preciso añadir a un esfuerzo y destreza poco comunes, aquellas prendas de amor a la humanidad, de protección al desvalido, que tanto ensalzan la noble institución de la caballería. Perdonadme, amada Leonor, si os digo que cuando oigo contar las bellas acciones del caballero del Cisne, llego hasta derramar lágrimas por tan humano, valiente y pundonoroso aventurero. Al ver tremolar a lo lejos su penacho blanco en los torneos, ya sabemos quien ha de ser el vencedor, y sin embargo no admiramos tanto su pujanza y gallardía, como su comedimiento y generosidad.

-Buena lanza es el del Cisne, mas no temiera su encuentro el valiente don Pelayo.

-¿Y no me diréis, interrumpió Blanca, quien pueda ser aquel valeroso incógnito?

-Sólo haciendo mérito de conjeturas, hija mía, respondió Leonor; bien que me parece fundada la que en razón del penacho blanco y del color de la armadura que viste, me lo hace creer muy amigo de la casa de Pimentel.

Esta indicación hizo temblar involuntariamente a Blanca, que bajó los ojos y guardó silencio. Su aya que la quería en extremo se apresuró, notando su abatimiento, a distraerla.

-Si tanta repugnancia os causa, le dijo, el recibir por esposo a don Pelayo, aún podéis hacer que recaiga en otro la elección. Bien os es conocida la pasión con que ama el duque vuestro padre cuanto pertenece a los usos de la caballería, y el respeto, poco menos que religioso, que profesa hasta a sus más insignificantes prácticas, instituciones y leyes. Una lanzada recia, un sacrificio heroico entusiasman al noble señor de Castromerín y le arrancan aplausos. Prueba es de ello el calor con que habla de las proezas del caballero del Cisne, y la ternura con que lo contempla en las justas cual si viese en él al hijo que tiernamente amaba. Pues bien, querida mía, decidle que la heredera de Castromerín no debe ser sino la recompensa de quien sepa merecerla; que gustaríais de que se publicase un torneo en que sólo justasen los que por su cuna aspirar a tan alta alianza, y fuese vuestra hermosura la prez del último mantenedor. Y no temáis que el duque deje de acceder a semejante deseo, y de conformarse a una usanza general en la cristiandad, por cuyo medio se disputan en el día nobles paladines las más esclarecidas de la Europa.

-Seguiré vuestro aviso, amada señora, pues mi suerte, como suele decirse, está pendiente de un cabello. Difícil será que se presente alguno que haga perder la silla al soberbio don Pelayo: si tal es mi destino, lloraré, noble amiga mía, sufriré en silencio, pero mi padre será obedecido.

Pocos días se pasaron hasta que la linda Blanca propusiera al duque lo que su aya le había sugerido para dulcificar su pena. Oyola, aunque grave, secretamente satisfecho, y no hallándose ligado con promesa alguna, se propuso no dar a su hija sino al héroe que supiese merecerla, sobremanera lisonjeado del medio que le había propuesto, y de que se manifestase tan digna del espíritu de heroicidad y energía que hiciera célebres a sus ascendientes. A lo menos, exclamaba, el esposo de Blanca será un héroe: ¡ah! Él sabrá vengarme de los matadores de mi hijo, y humillar el desenfrenado orgullo del odioso Pimentel.

Obtuvo el permiso del monarca para celebrar el torneo en la misma ciudad de Segovia, y a presencia de toda la corte que a la sazón se hallaba en ella. Invitose desde entonces a los que quisieran dar pruebas de su pujanza en tan noble concurrencia, y el clarín de la fama resonó por los ángulos de España y aún fuera de sus límites con la agradable noticia. De las cortes de Carlos de Francia y de Eduardo de Inglaterra, salió la flor de los más ilustres caballeros para hallarse en la reñida contienda, y hasta los aguerridos árabes de la península se propusieron acudir a un espectáculo célebre por la belleza de la hija de Castromerín, y la nombradía de los campeones que se disponían a disputársela. Iban sucesivamente llegando a la corte de los sucesores de Pelayo, los Multon, los d'Erlach y los Montmorency, al mismo tiempo que los Moncadas, Paredes, Figueroas y Pizarros. Oíase por todas partes el sonido de clarines y el tropel de los caballos: veíase multitud de escuderos con las ricas armaduras de sus señores, y atravesar por donde quiera pajes, heraldos y palafreneros. Resultaba cierta confusión belicosa de la reunión tantos héroes de extrañas y diversas naciones, llenos de lauros e hirviendo en sentimientos de pura y acrisolada hidalguía. Y al considerar al propio tiempo los laudables motivos que les habían hecho emprender el viaje a la corte de Castilla, esto es, el deseo de dar nuevas pruebas de valor y de respetuosa admiración a la virtud y a la hermosura; no podía negárseles un justo elogio, ni dejar de tributárseles el merecido aplauso.

Todos aguardaban con notoria impaciencia que llegase el día de las justas, y el pueblo, entonces entusiasmado admirador de aquellos terribles espectáculos, anunciaba ya en un sinnúmero de romances y canciones vulgares, los famosos hechos de armas que preparaba a los reyes de Castilla la flor ilustre de la caballería.

Por último lució la deseada aurora, y una muchedumbre inmensa ocupaba desde el amanecer todos los sitios de donde podía verse la contienda. En un frondoso valle contiguo a las murallas de Segovia, habían construido un vasto palenque rodeado de inmensa gradería, a fin de que el pueblo se acomodase en ella. Elevábanse de trecho en trecho diferentes galerías para las clases distinguidas, entre las que sobresaliera la que habían de ocupar los monarcas de aquel reino con lo más espléndido de su corte. Un trono de marfil cubierto de rico velo de púrpura se veía brillar al pie del magnífico solio del soberano para que se sentara en él la heredera de Castromerín, cuya hermosura había de animar a los que iban a combatir por su causa, y desempeñar por lo tanto en aquel famoso día la Reina de la belleza y de los amores. Rodeábanlo algunos pajes y doncellas de talle gentil y agradables facciones, vestidos con primor y aliño, como destinados a realzar las gracias de la Reina del torneo.

Tres tiendas de campaña colocadas en el extremo opuesto, frente por frente de esta magnífica galería, encerraban a los campeones que habían de sostener la lid contra cuantos se adelantasen a combatirles. La de en medio era ocupada por el principal de ellos, el valiente don Pelayo, y las colaterales por dos de sus amigos que habían querido sostenerle en tan audaz y honroso empeño, participando de sus riesgos, y del lauro que no dudaban coronaría sus sienes. Llamábase el uno el caballero Monfort, quien se hiciera célebre en las guerras del Ampurdán contra lo Francia, y el otro don Rodrigo de Alcalá, señor del castillo de Arlanza, no menos famoso que el primero. Tres picas clavadas en el suelo sostenían ante las tiendas sus argentados escudos, a los cuáles debía dirigirse el caballero que aspirara a medirse con estos combatientes, hiriendo con su lanza el de aquel a quien eligiese por competidor.

Íbanse poco a poco llenando las galerías, y colgaban ya de sus barandas orientales tapices y soberbias alfombras, en las que se veían relucir ingeniosos motes, en torno de bien bordados emblemas, timbres o divisas. No se vieron ocupadas por los nobles espectadores que habían de presenciar la fiesta desde ellas, hasta mucho después que las gradas del anfiteatro estaban cubiertas de gentes de todas clases y condiciones. Más allá del palenque habían formado una segunda plaza donde debiesen estar los guerreros competidores, llena rato había de caballeros armados de punta en blanco, cubiertos de ricos arneses, y ostentando en lo alto de sus yelmos plumas de diversos matices. Guardaba la puerta que conducía a la liza una tropa de armados, ya con el objeto de mantener el buen orden entre los espectadores de las graderías, ya para dar más aparato y formalidad al marcial alarde que iba a hacerse. Sus picas, cascos y corazas de limpio acero, en que reflejaban los rayos del sol naciente, la magnificencia de los más ilustres cortesanos, entre quienes se distinguía el duque de Castromerín; y la gala, ostentación y riqueza de las damas que coronaban las prolongadas galerías, presentaban a la vista un cuadro tan esplendoroso e imponente, que llegaba casi a deslumbrarla.

En esto ya empezaba el sol a elevarse majestuosamente anunciando un día despejado y apacible, y el numeroso concurso daba muestras de la impaciencia y curiosidad que le aguijoneaba. Llegaron entonces los monarcas de Castilla acompañados de don Álvaro de Luna, llevando tras de sí la más lúcida comitiva y precedidos de soberbia escolta: aparecieron en el circo, por orden suya, los dos maestres del campo encargados de examinar los títulos de los combatientes, y de que se guardasen escrupulosamente las leyes de la caballería; después de lo cual adelantáronse los heraldos a publicar las reglas del torneo.

«¡Nobles y valientes caballeros! decían, sabed que los tres mantenedores aceptan el combate de cuantos salgan a retarles.

»El que quiera medirse con alguno de ellos hiera el escudo del que elija por rival: si lo hace con el cuento de la lanza, será el combate con armas embotadas o corteses, mas si con el acero, con armas afiladas y a todo trance.

»La que acataréis como a Reina de la hermosura y de los amores, Blanca de Castromerín, será la noble prez del más firme mantenedor. ¡Vedla, nobles y esforzados caballeros! y entusiásmese vuestro alto valor a la vista de tan precioso galardón.»

Óyese al decir esto una música suave, y aparece la Reina de la hermosura como una brillante deidad ante la numerosa concurrencia. Elévase de todas partes un murmullo de admiración: el pueblo la aplaude, acátanla los nobles, y con la lanza golpean su propio escudo los caballeros en ademán de la osadía que a sus bizarros pechos inspira tan esclarecido premio. Brillaba el pudor en la frente virginal de la doncella, adornada con olorosa guirnalda de flores, la modestia resplandecía en sus ojos, y en su rico aderezo el oro y las piedras preciosas. Tal era la religiosidad con que se cumplían entonces las leyes de la caballería, tal el respeto que inspiraba la Reina del torneo, que al verla al pie del trono real, el mismo soberano bajó de él, y dándole la mano mientras hincaba la rodilla, la acompañó y colocó en el magnífico asiento preparado para recibirla. No se hizo empero demostración tan generosa sin que la aplaudiesen con entusiasmo los concurrentes, ensalzando a la par que las gracias de Blanca, el espíritu caballeresco del rey don Juan de Castilla.



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Capítulo II[editar]

El torneo.

Pero el agudo son de los clarines puso fin a tan públicas demostraciones. Viéronse entrar en la liza tres caballeros vistosamente armados adelantándose con gentil denuedo hacia la galería donde estaban los reyes: inclináronse ante ella, y dirigieron luego los caballos a las magníficas tiendas de los valientes mantenedores.

Hirieron al llegar con el cuento de las lanzas los escudos de los combatientes, y oyéronse en el mismo instante los ecos de una música militar, compuesta de trompas, clarines, añafiles y roncos atambores. Salieron los que sostenían las justas al bélico son dirigiéndose hacia el circo, en donde ya les aguardaban sus contrarios. Era por demás la gala y la riqueza que ostentaban aquellos paladines en los trajes y armaduras: descollaba entre ellos don Pelayo, montado en fogoso alazán, llevando un peto y espaldar que deslumbraban con el oro y las piedras preciosas. Tremolábanle en el alto crestón de la celada pomposos plumeros, y veíanse en su pesado escudo los Titanes escalando el Olimpo, con este jactancioso mote: en nada les cedo. Pero el caballero Monfort, más modesto y no menos esforzado, llevaba una armadura azul llena de dibujos y perfiles de oro, y por cimera en el casco un águila imperial, tendiendo las alas en medio de un gracioso grupo de plumas blancas y amarillas. Parecía el escudo de luciente acero: se levantaba en medio el pastor París, en ademán de entregar la manzana a una de las tres diosas, y a sus plantas se leía no a la más hermosa, a la más modesta. No menos arrogante que sus dos compañeros ostentaba el agigantado don Rodrigo de Alcalá la más lúcida armadura y bien dispuesta gallardía. Manejaba con suma destreza un caballo cordobés, y la pesadísima adarga que en su brazo parecía muy ligera, reflejaba los rayos del sol ya marchando puro y resplandeciente desde el contrapuesto horizonte. Notábase en su centro a un corpulento león profundamente dormido, y este letrero en torno: ¡ay de ti cuando despierte! La arrogancia y el ceño de estos guerreros, singularmente del hijo del condestable y don Rodrigo de Alcalá, a causa de ser primogénito el primero, y grande amigo el segundo de don Álvaro de Luna, les había hecho odiosos al pueblo, que los temía como a los tiranos de su país. Abroquelados con el favor de que gozaba en la corte este poderoso valido, despreciando siempre por inclinación y por jactancia todo principio de humanidad, y tratando a cautivos y a vasallos con una aspereza de que hay pocos ejemplares; habíanse atraído con harta razón el odio de los cristianos y el aborrecimiento vengativo de los moros.

Y mientras el rey don Juan iba a dar la señal de que se empezasen las justas:

-¿No observáis, Rodrigo, decía don Pelayo, el desaliño y flojedad de los primeros que se atreven a combatirnos? Vive Dios que estoy por retar a los tres a un tiempo para no degradarme con tan fácil triunfo.

-Pues a fe, respondió el señor de Arlanza, que no deja de haber altivez en sus motes y divisas. Advertid sino en el escudo del que se ha colocado en el centro a un guerrero, venciendo a un oso, con la letra debajo: tal será tu suerte. Y no le va en zaga el de la derecha: volveos un poco, por vida de Santiago, y veréis a un águila volando en campo azul, con las palabras aún más me elevo.

-Y si no me engaño, interrumpió Monfort, el que contra mí viene lleva el Ave Fénix por divisa.

-Ea pues, amigos míos, replicó el hijo de don Álvaro, yo me encargo de vencer al vencedor del oso, y os suplico que no dejéis de hacer otro tanto con el Fénix inmortal y el águila que se eleva. Poca gloria adquiriremos si no se presentan campeones más gallardos, y al parecer valerosos que los que vamos a arrancar de la silla.

Arrojó en esto el rey don Juan el bastón de mando en la arena, y al mismo tiempo alzó alegres alaridos el impaciente concurso, ansiosos de presenciar las altas proezas y los prodigios de valor que se prometía de tan gloriosa jornada. Rompieron en seguida los clarines, y arrancando de una y otra parte los combatientes, vinieron a encontrarse con no vista furia en medio del palenque. Nada pudo distinguirse de pronto a causa de la nube de polvo que levantaron los caballos; pero viose al momento que la lanza de don Pelayo había derribado a su competidor, y Rodrigo de Alcalá hecho perder los estribos a su rival. Sólo el que combatió con el esforzado Monfort sostuvo el honor de su partido por haber corrido contra su antagonista sin probar uno ni otro la más ligera desventaja. Aplaudió el pueblo la pujanza de los mantenedores, y no dejó sin recompensa la destreza o la fortuna del único competidor, que salió con bizarría de aquel primero y horroroso encuentro. Veíanse las damas tremolando millares de pañuelos y bandas de diferentes colores: los caballeros disponiéndose a tomar la defensa y ocupar el lugar de sus amigos, y el concurso en general dando las mayores muestras de complacencia, de interés y de entusiasmo.

Diversas comparsas de valientes caballeros se presentaron después de esta, con la esperanza de derribar a los mantenedores, pero sea que fuesen en realidad más diestros y esforzados, o que peleasen con más encono y bravura, ello es que en cuantos encuentros hubo llevaron constantemente la ventaja. En balde animaba el pueblo con altas aclamaciones y otros indicios de interés a sus contrarios, deseoso de ver por tierra el orgullo de Pelayo de Luna y Rodrigo de Alcalá; y en balde un melancólico abatimiento marchitaba la belleza de la noble heredera de Castromerín: la lanza del primero había derribado en la arena a los héroes de Castilla, de Francia, de Alemania y de Inglaterra, y a varios jóvenes guerreros de la célebre Granada. Yacía como postrada a sus soberbias plantas la flor de la caballería, y cuando se alzaba la visera, traslucíase en su insultante sonrisa la ferocidad y el desprecio.

Tales muestras de pujanza y gallardía arredraron a varios de los que se habían propuesto entrar en la lid, por lo cual había ya un buen espacio de tiempo que ningún guerrero se presentaba en la arena. Ufanos en sus tiendas don Pelayo y sus compañeros, provocaban con ojos airados a la descontenta muchedumbre: el duque de Castromerín ardía en deseos de abrazar a su triunfante yerno: miraba de cuando en cuando a la desconsolada Blanca como para felicitarse del esposo que tan cuerda y acertadamente le eligiera, y daba la enhorabuena al orgulloso condestable por los nuevos lauros que coronaban las sienes de su primogénito. Íbase pasando en la inacción y el desaliento un día tan gloriosamente comenzado, y empezaba a correr la voz por entre el despechado concurso de que la generación presente era débil y afeminada, faltando ya las buenas lanzas que años antes aterraron a los moros en las Navas, y arrebataron el santo sepulcro de manos de los sarracenos.

Pero todos estos movimientos de angustia y de impaciencia fueron a deshora interrumpidos por los ecos de un clarín anunciando un caballero por la puerta del Oriente. Animose con esto aquella inmensa muchedumbre cual si repentinamente dispertara de un letargo, y todos clavaron los ojos en la entrada del palenque por donde iba a comparecer el guerrero que se atrevía a querer arrebatar de manos de los mantenedores de las justas un triunfo que ya parecía indisputable, atendida su fortuna, habilidad y pujanza.

En esto se ve tremolar en la puerta del circo un hermoso penacho blanco, y levántase al mismo tiempo un grito de sorpresa y de alegría al reconocer en el nuevo paladín al famoso caballero del Cisne. Montado en arrogante caballo, luciendo a la vez la riqueza de sus armas, la soltura y la gallardía de su gentil persona, ostentando en su brillante escudo aquel terrible Cisne que tanto temían encontrar en la lid sus enemigos, y cubierto de la honrosa reputación que se había granjeado en batallas y torneos; presentose ante aquella entusiasmada asamblea con todo el prestigio del heroísmo, de la juventud y de la gloria. Llevaba como siempre calada la visera, aunque ya en secreto había declarado su nombre a los maestros del campo, puesto que era una condición a la que debían sujetarse cuantos entrar quisiesen a pretender la mano de Blanca de Castromerín.

El pueblo empezó a aplaudirle por la esperanza de hallar en el caballero del Cisne el único que sostuviera el honor de la jornada, y humillase la jactancia de los que se llevaban la palma del torneo, si bien gran parte del concurso por interesarse en su suerte temía verle justar con el intrépido don Pelayo. Los mantenedores se prepararon contra un enemigo más temible que cuantos se habían presentado hasta entonces, y la desconsolada hija de Castromerín lloraba de ternura y de complacencia al ver brillar este último rayo de esperanza en medio de los azares que la llenaban de angustia. En tanto el caballero del Cisne dio la vuelta en rededor del palenque, y al llegar ante la galería de los reyes hizo poner al caballo de rodillas inclinando la cabeza hasta la arena. Aplaudiose esta muestra de habilidad en el arte de la equitación, como igualmente otras muchas no menos diestras e inesperadas, de que hizo alarde antes de dirigirse a las tiendas de los mantenedores para herir el escudo del campeón con quien desease medirse.

«Hiere el broquel del caballero Monfort, gritábanle desde la arena, es el más humano y menos temible de los mantenedores;» pero el noble aventurero, sin hacer caso de semejantes avisos, encaminábase con gentil denuedo hacia la tienda que ocupaba don Pelayo, y llenó de admiración a los concurrentes dando tan recio golpe en el cóncavo escudo de este guerrero con el hierro de la lanza, que resonó por los cuatro ángulos del palenque.

Pasmado don Pelayo de la audacia del joven incógnito salió a la puerta del pabellón, y como mofándose le dijo: ¿no sabes que acabas de retar al que ha derribado veinte campeones más capaces que tú de mantenerse en la silla? ¿O estimas en tan poco la vida que así te empeñas en perderla?

-Monta a caballo y sígueme, respondió el del Cisne.

-A seguirte voy, afeminado mancebo, pero será para castigar tu orgullo con la muerte, replicó enfurecido don Pelayo.

Y en esto montando en su brioso alazán bajó al circo donde ya le esperaba colocado en uno de sus extremos su atrevido y acaso imprudente rival. Detúvose en el opuesto, y aguardaron ambos en medio del silencio universal de los espectadores que los clarines diesen la señal de acometer. Óyense de repente sus terribles ecos, y avanzan los dos paladines con polvoroso ímpetu, puestas las lanzas en ristre, y se encuentran con sin igual violencia en medio de su velocísima carrera. La lanza de don Pelayo dio en el escudo del caballero del Cisne, que era el blanco a donde se dirigía, y rompiéndose con la fuerza del golpe, hízole bambolear un momento sobre la silla, mientras la del incógnito, haciéndose también astillas al dar en medio de la adarga de su contrario, obligó al caballo de este a sentar las ancas en la arena, bien que lo levantó al punto la habilidad y el esfuerzo del paladín que lo montaba. Ambos guerreros volvieron las riendas para correr segundas lanzas, no habiendo probado uno ni otro conocida ventaja en las primeras, y no dejaron de arrojarse en el breve momento de su choque una mirada, al parecer de fuego, por entre las barras de la visera.

Entusiasmados aplausos resonaron en toda la extensión del palenque al presenciar este singular encuentro, reputado por el más diestro, el más sagaz y bien sostenido de toda la jornada. El pueblo, los caballeros, las damas, la corte misma dieron muestras nada equívocas del júbilo e interés que les inspiraba el joven guerrero, que había venido a disputar al valeroso don Pelayo una corona, que nadie se atrevía a arrebatarle. Sólo el ver a los dos caballeros en disposición de embestirse por segunda vez, puso fin a tan bulliciosos enajenamientos. En efecto, uno y otro volvían a ocupar los extremos de la plaza donde habiendo tomado nuevas lanzas de manos de los escuderos, aguardaban con la mayor impaciencia el bélico son de los clarines. Parten nuevamente a sus ecos el rápido impulso de los caballos, y vuelven a chocar en medio de la ensangrentada arena con igual ímpetu y bravura, aunque no con la misma fortuna o destreza. La lanza de don Pelayo se había roto con tanta fuerza contra el broquel de su antagonista, que le hizo perder de todo punto los estribos; pero el incógnito, que desde el principio de la carrera amenazaba también con la suya al escudo de su rival, cuando lo tuvo a poca distancia cambió de repente la dirección, y eligiendo al yelmo por blanco, lo acertó diestramente de medio a medio, derribando con tan inesperado bote al caballo y al caballero que rodaron por la arena envueltos en una nube de polvo.

Aquí llegaron a su colmo los aplausos y aclamaciones de todo el concurso, que no se cansaba de celebrar una lanzada tan a tiempo, tenida por la más difícil en el arte de justar, en razón del tino que requería el clavar la punta de la pica en medio de la frente del contrario.

Desembarazarse de los estribos, ponerse en pie y empuñar la espada, fue obra de un momento para el aburrido y furibundo don Pelayo. Salta de su bridón al notarlo el caballero del Cisne, y dirigiéndose a su enemigo con el acero desnudo, trábase un combate más sangriento, sagaz y peligroso. Los dos héroes se acercan, se observan, se embisten: los golpes responden a los golpes; el eco los repite tal vez a un mismo tiempo. Crúzanse los aceros, tíñense en sangre, chispean; la vista más perspicaz y diligente no puede distinguir todos sus movimientos. Los petos y espaldares ofrecen ya una resistencia débil a las terribles diestras; saltan ensangrentados a sus golpes pedazos de las brillantes armaduras. Un silencio el más profundo reina en los concurrentes: píntase en los semblantes la agitación y el temor: las damas no tremolan sus cintas, bandas, ni pañuelos; los caballeros contemplan atónitos aquel combate singular, y hasta el pueblo se estremece al ver los recios y denodados golpes que se descargan los dos encarnizados combatientes. Pero ¿quién será capaz de decir lo que pasaba en el corazón de la Reina del torneo? Pálida y sin aliento seguía con alterada vista los movimientos del caballero del Cisne: a veces iba a lanzar una exclamación de dolor, a veces se cubría el rostro con las manos: no le era posible ocultar el interés que tomaba en un combate que iba a decidir de su suerte.

Entretanto los paladines seguían combatiendo con el mismo furor: suelto y ligero el caballero del Cisne, fatigaba sin cesar a su membrudo contrario, débil por una parte a causa de la sangre que había vertido, y algo trastornado por otra con el golpe de caída. De repente se ve la espada del incógnito brillar como un relámpago por encima del alto penacho de don Pelayo, caer después ruidosamente sobre el yelmo, y dividirlo en mil partes de una cuchillada que hace estremecer la barrera, dejando la cabeza del enfurecido caballero desarmada e indefensa.

Álzanse en aquel vasto recinto nuevos y tumultuosos clamores celebrando la victoria del caballero del Cisne, mientras este al ver a su enemigo sin casco, iba sólo parando los golpes, que le tiraba con el mayor furor, pero sin dirigirle ninguno.

-No seas tan soberbio en desdeñar combate, díjole el hijo de don Álvaro echando espuma por la boca: ninguna falta me hace el yelmo para vencerte.

-Más caso hago de mi honor que de tus bravatas, le respondió el incógnito: cubre esa cabeza que tan mal has defendido, y prometo descubrírtela otra vez.

-¡Villano! replicó don Pelayo, mil vidas que tuvieras no me podrían pagar tus insolencias.

Así diciendo corre hacia él con la espada levantada, pero llegando los maestres del campo a todo escape, se pusieron en medio de los combatientes, diciendo al ciego y embravecido paladín, que según las leyes del torneo debía confesarse vencido.

-¡Vencido! ¿y por quién?

-Por el caballero del Cisne.

-¿Y él ha de lograr la mano de la hija de Castromerín? exclamó rechinando los dientes don Pelayo. Antes que tal suceda yo sabré castigar su arrogancia y osadía.

-Pero no en este lugar, añadieron los maestres del torneo.

Con esto retirose a su pabellón para descansar en él y devorar la rabia que le causaba el vencimiento, y el caballero del Cisne montando en su arrogante caballo, se encaminó a la tienda del impetuoso don Rodrigo, en cuyo escudo golpeó también con el hierro de la lanza. Ufano el señor de Arlanza de su estatura colosal, y de las prodigiosas fuerzas que alcanzaba, corrió al encuentro de su enemigo como anhelando vengar el ultraje que recibiera don Pelayo; mas derribole el incógnito tan mal parado de la caída, que los escuderos hubieron de llevarle en brazos a su tienda.

Más cortés el terrible incógnito con el caballero Monfort hirió su escudo con el cuento de la pica, y combatió, al parecer, sólo para dar muestras de una brillante destreza, como las diera anteriormente de serenidad y pujanza. Sin empeñarse en derribar a su contrario lo dejaba sin aliento por medio de varias suertes ingeniosas y difíciles. Rechazábalas Monfort lleno de cólera y bravura, siempre amenazando al escudo de su rival y aplicando a cada lanzada todos sus brios con la esperanza de hacerlo rodar por la arena; pero el caballero del Cisne no sólo burlaba diestra y ligeramente sus esfuerzos, sino que hacía que redundasen en perjuicio de su mismo enemigo por lo mucho que lo fatigaba y enfurecía. Al fin, en una de las varias carreras que dieron perdió Monfort los estribos sin nunca haber podido mover de la silla a su contrario y los maestres del torneo lo declararon por vencido, puesto que el combate no era a todo trance, sino con armas embotadas o corteses.

Dueño ya del campo el caballero del Cisne, y cubierto de gloria y de lauros, bajó del fatigado bridón y dirigiose, conducido por los maestres del torneo, a las gradas del trono real. Hincó en ellas la rodilla, y pidió permiso a los reyes para ir a poner sus triunfos a las plantas de la hija de Castromerín.

-Es muy justo, respondiole el monarca, y ella tiene únicamente el privilegio de mandaros que os levantéis la visera.

-También la alzaré ahora mismo, dijo el del Cisne, si tal es la voluntad de V. A.

-Ningún poder tiene nuestro cetro, repuso generosamente el monarca, donde se halla la Reina de la hermosura y de los amores. Corred a sus plantas, afortunado guerrero, y sabed que nos complacemos de que le haya concedido el cielo un esposo tan digno de su belleza, nacimiento y virtudes.

Al decir esto besole el incógnito la mano, y encaminose al pie del solio ocupado por Blanca de Castromerín. Allí postrado ante aquella beldad celestial se levantó la visera, quitose el yelmo, y enseñó a todo el concurso un semblante el más amable, gracioso y varonil. Caíanle sobre la espalda los ensortijados cabellos, y un hermoso carmín cubría sus nobles facciones. Miró un momento a la Reina del torneo, y quedose como en éxtasis al aspecto de aquella delicada hermosura. Blanca, dando gracias al Altísimo por verse libre de don Pelayo, y teniendo elevados al cielo sus dulcísimos ojos, radiantes con la expresión de un divino arrebato, parecía uno de los ángeles de Milton escuchando en las delicias de un santo entusiasmo la sublime armonía de las harpas celestiales. Entretanto besábale la mano el triunfante don Rodrigo, y la impresión ardorosa de sus labios hizo volver en su acuerdo a la enajenada doncella. Baja modestamente los ojos hacia su valiente libertador, y aquella tierna mirada decide desde aquel instante de la suerte de su vida.

-¡Cuánto no os debo! le dijo con un acento que llegaba al corazón.

-¡Ah! bien poco tardaréis en aborrecerme, respondiole tristemente el hijo de Pimentel.

-¡Aborreceros!... la sangre que habéis derramado en mi defensa...

-Es la sangre de un hombre que os adora, de un hombre que derramaría gustoso la que le queda para poder hablaros un solo momento con libertad. ¡Ah! no os olvidéis jamás del caballero del Cisne.

En esto llegaba apresurado el duque de Castromerín deseoso de abrazar al famoso adalid que había tan brillantemente combatido para alcanzar a su hija. No en balde, decía, me hablaba el corazón en su favor: ceda a tan valiente guerrero la flor de la caballería: el esposo de Blanca es un héroe. Publiquen al momento los heraldos el esclarecido linaje de este bello joven tantas veces vencedor.

Ratifica Blanca a los maestres del torneo este mandato de su padre, y dirígele Ramiro una mirada melancólica: lee la hermosa doncella lo que pasa en el corazón de su caballero; quisiera entonces que no se publicase su nombre... pero era tarde: el concurso lo pedía con impaciencia, y ya se escapaban de la boca de los heraldos las funestas palabras: Ramiro de Linares, hijo del conde de Pimentel.

-¡Infame! gritó al oírlo el duque de Castromerín, a quien con tan inesperado lance se habían vuelto los ojos de toda aquella concurrencia: ¿y así has abusado de los privilegios de un torneo para venir a insultar en su corte misma al soberano de Castilla? ¿Y mi hija había de ser la esposa del odioso Pimentel? Yo castigaré esa soberbia que te ha traído a combatir contra los que justamente aspiraban a poseerla. ¡Ola! ¡vengan mis armas y caballo! Monta también en el tuyo, orgulloso paladín: acaso reprimiré tus brios, y escarmentarán en tu muerte los demás vasallos del ambicioso monarca de Aragón.

Dice, y blandiendo la lanza reta públicamente al caballero del Cisne. Pero ¿qué había sido de este célebre guerrero? En vano los heraldos pronuncian por tres veces su nombre en alta voz: el hijo de Pimentel no se presenta; ha desaparecido; nadie puede dar la menor luz sobre su suerte.

En tanto pálida y sin aliento permanecía Blanca lánguidamente postrada a los pies del rey don Juan de Castilla.

-Señor, ¿qué delito, le decía, ha cometido aquel valiente caballero en lucir su gallardía y su destreza? Vasallo es del rey de Aragón, siempre contrario al monarca castellano, pero las leyes del torneo permiten que peleen en ellos hasta nuestros más encarnizados enemigos. Cede el rencor y la cólera al ver a un paladín que se lanza animosamente en la arena sin quebrantar los nobles usos de la caballería. ¿Y una ley tan sagrada no había de valer al valiente que lleva la divisa del Cisne, sólo porque es vasallo de la corte de Zaragoza e hijo de Pimentel?

-Le vale, respondiola el rey don Juan, para que no le mande perseguir, no quite a los infantes su más valeroso partidario, y libre a nuestras huestes de su más terrible enemigo. No debe sin embargo considerarse como vencedor del torneo, puesto que no ha contestado al último reto, y mucho menos con derecho de aspirar a vuestra mano.

-¡Señor!... exclamó Blanca, y avergonzada de lo que iba a decir, inclinose profundamente y guardó melancólico silencio.

-Duque de Castromerín, dijo a la sazón el condestable, vos solo debéis ser proclamado vencedor.

-Con eso recupera todos los derechos sobre su hija, replicó otro cortesano.

-Y puede recompensar con ella al que ha derribado más valientes en esta gloriosa jornada, añadió don Álvaro de Luna.

-Os entiendo, respondió Castromerín, y juro que sólo será esposo de Blanca el que ha acreditado en este circo ser la mejor lanza de que se jacta Castilla.

La indicación del condestable fue más que suficiente para que el rey don Juan se apresurase a cumplir los deseos de su orgulloso favorito, y así publicaron por orden suya los heraldos vencedor del torneo al duque de Castromerín, en atención a haber sido el último que permaneció en la liza; y héroe de la jornada a don Pelayo de Luna que hizo morder la arena a mayor número de competidores. El pueblo, sin embargo, entusiasta siempre por lo grande y extraordinario, y no interesándose en los partidos que dividían las principales familias de la corte, hizo justicia al verdadero vencedor, y apenas vitoreó al hijo de don Álvaro, cuando tan numerosos y festivos habían sido las vivas que prodigara al caballero del Cisne.

Levantose en seguida el rey y salió del circo, acompañado de lo más noble y espléndido de su corte, y marcháronse también los innumerables espectadores que habían asistido a tan célebre torneo. Veíanse partir en diferentes grupos: oíase en alguno de ellos el canto de los poetas que ya celebraban las proezas de aquella inmortal jornada; y en otros a varios caballeros armados de punta en blanco disputando acerca del valor, serenidad o destreza de los que habían combatido. Unos se disculpaban a sí mismos por no haber entrado en la lid, otros por haber sido desgraciados en ella; aunque todos generalmente convenían en que el caballero del Cisne se había llevado el honor y la gloria de aquel día, no menos valiente en el acometer, que diestro y atinado en el arte de justar. No faltaba quien lo comparase a las más famosas lanzas de la cristiandad, que años antes fueran el terror de los infieles del Oriente, y de los árabes intrépidos que habitaban la Andalucía. También hubo quien le juzgase inferior a don Pelayo, atribuyendo la desgracia de este aplaudido paladín a circunstancias accidentales; pero de todas maneras hablose durante mucho tiempo del torneo de Segovia, y fueron sus grandes hechos de armas el objeto universal de la admiración de los pueblos, del respeto de los guerreros, y de la musa de los trovadores.


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Capítulo tercero[editar]

El ermitaño.


El siglo décimo quinto preparó con sus mismas disensiones y alborotos una serie de acontecimientos, cuyo resultado fue hacer de la España la nación más intrépida y belicosa de todo el orbe. Ardía la discordia entre los grandes de Castilla con el objeto de apoderarse del rey don Juan y reinar en su nombre, puesto que por su carácter tímido e irresoluto no podía vivir sin algún cortesano favorito. Todos aspiraban a tan alto honor: don Álvaro de Luna y los infantes de Aragón eran los que lo habían disputado con más poder y encarnizamiento, sin que por esto hubiesen dejado otros de alcanzar alguna parte de sus favores. Bien es verdad que cuando se celebró el famoso torneo de Segovia que acabamos de describir, el mayor de los infantes llamado don Enrique había muerto, y su hermano don Juan ocupaba el solio de Navarra; mas no resfriaron tales mudanzas el calor de los partidos, continuando a perseguirse con el mismo encono y pertinacia. El infante don Enrique había dejado un hijo del mismo nombre, harto capaz por su esfuerzo de reconquistar los estados que heredó de su padre en las tierras de Castilla; y el monarca de Navarra siempre estaba pronto a unirse con él, no sólo llevado de su ambición turbulenta, sino del odio que profesaba a don Álvaro de Luna.

A estas calamidades se juntaban otras no menos funestas, ominosos resultados de aquellas guerras civiles. Tales eran las desavenencias que frecuentemente tenían los reyes de Burgos y de Pamplona con sus dos hijos, el príncipe don Enrique, que sucedió a su padre en el mando, y el príncipe de Viana, cuya triste y prematura muerte causó un duelo universal a aragoneses y navarros. Muchedumbre de hombres de armas, bajo el mando de capitanes escogidos por ellos mismos entre valerosos y esforzados aventureros, corrían aquellos reinos ofreciendo sus servicios a los varones que más ventajosamente los comprasen; y si por casualidad no encontraban quien los quisiera ajustar, hacían la guerra por su cuenta, y asaltando pueblos y castillos, se procuraban lugares de refugio donde llevar el botín e inexpugnables baluartes donde burlarse de las leyes y resistir al ímpetu de sus enemigos. Sobre todo el reino de Navarra se hallaba infestado de estos mercenarios guerreros, que no sólo ponían las villas y los transeúntes a contribución, sino que arrebataban personas de importancia para las que exigían después un ventajoso rescate. Cuadrillas sangrientas y feroces, que formadas por el pestífero aliento de largas guerras y disensiones civiles, recogen en su seno la escoria más vil de la sociedad, como se vio pocos años después en las que desolaron la Francia, conocidas por los nombres de tondeurs y ecorcheurs, en las de los Condottieri que en el siglo décimo sexto devastaron la Italia, y en las que últimamente, bajo diversas denominaciones, talaban el norte de la España durante la guerra contra Napoleón Bonaparte.

A la sombra de estos partidos y calamitosos desórdenes no había noble que no aspirase a cierta independencia, según se lo permitía la distancia a que se hallaba de la corte, o el número de sus vasallos; y el tiempo que no invertía en proyectos tan contrarios a la paz del reino, lo pasaba guerreando con sus vecinos por las más necias pretensiones, por los más frívolos pretextos con una pujanza y brio dignos de más justa causa. No dejaban de desplegar en los torneos una esplendidez asiática, ni de usar en los alcázares y concurrencias un tono de galantería caballeresca; mas su lujo rayaba en prodigalidad, y su florido lenguaje en licencia y desenvoltura. El concurso y celebridad de los ingenios, los espíritus entusiasmados aún con las terribles visiones del Dante, o los dulcísimos versos del Petrarca, cierta chispa de pulidez que empezaba a disipar la niebla de los siglos bárbaros, y una disposición indefinible del ánimo hacia empresas vastas y sublimes anunciaban, es verdad, el tránsito de la ignorancia a la ilustración, de la ferocidad a la cultura que se verificó en el siglo siguiente; pero suavizaban apenas la ruda grosería del pueblo, el altivo desdén y la indómita ambición de aquellos varones semibárbaros.

Don Íñigo de Linares, conde de Pimentel, había inspirado a su hijo don Ramiro odio mortal al condestable de Castilla, y a cuantos seguían sus banderas en los frecuentes encuentros que tenía con los infantes de Aragón. Llevado el joven héroe de un espíritu de gloria que nada podía sufocar, tan idólatra de las leyes y prácticas caballerescas, como deseoso de honrar las canas del autor venerable de sus días; se arrojaba al peligro sin previsión, y tomaba parte en cuantas refriegas suscitaba la animosidad que había entre aragoneses y castellanos. Si calmaban algún tanto estas feroces pasiones, y no resonaba el clarín de las batallas en las fronteras de ambos reinos, aparecía Ramiro en los torneos que celebraba el rey don Juan humillando la audacia y la altivez de los enemigos de su patria. Famoso se había hecho el caballero del Cisne en las justas de Burgos, Valladolid y Toledo; pero nadie sospechaba que se ocultase bajo de aquella divisa el héroe mismo que en las fronteras de Aragón era el terror de las huestes castellanas. Subió de punto la cólera de sus contrarios cuando descubrieron semejante secreto al publicar su nombre los heraldos en el espléndido circo, y luchando con la vergüenza de verse derrotados por un joven que donde quiera se manifestaba su más terrible y encarnizado enemigo, se aprovecharon del odio que le tenía el duque de Castromerín para que tomase contra él la desesperada determinación de salir a retarlo. El inmenso gentío que acudía entonces a tales espectáculos, miraba al caballero del Cisne como una de las más acreditadas lanzas que ennoblecían los torneos de Castilla, y no dejó de manifestar, como se ha dicho, un justo descontento por haberse negado el premio a aquel triunfante adalid.

Iba marchando en tanto el valiente Ramiro de Linares por áspera y enmarañada senda, habiendo desaparecido del glorioso palenque para no tener que justar con el duque de Castromerín: verdad es que era irreconciliable enemigo del señor de Pimentel; pero sus canas ofrecían una victoria harto fácil al pundonoroso caballero del Cisne. A este motivo bastante fuerte en sí mismo, podía añadirse otro seguramente de más peso en el noble corazón de este guerrero, puesto que nada hay que tanto poder ejerza en nosotros a los veinte y tres años de la vida, como la magia de una hermosura angelical y melancólica. Así que vio el entusiasmado Ramiro la de Blanca de Castromerín sintió arder la violenta llama del amor en lo más profundo de su pecho, y ofreciéndose de pronto a su imaginación ardiente los obstáculos para dar pábulo a una pasión que se anunciaba con tanto brio; en medio del estrépito de los clarines, de la confusión de las voces, de los gritos de muerte y venganza que resonaban a su alrededor, sólo conservó la serenidad de no aumentarlos rompiendo nuevas lanzas con el padre de aquella célebre belleza.

Abismado en estas ideas, lleno de polvo y salpicada en sangre la deslucida armadura, seguía en su caballo la escabrosa senda de que hemos hablado, la que se abría paso por entre peñas enriscadas y salvajes. Descubríanse al occidente las lejanas cumbres de una cadena de montañas por encima de las cuales flotaban ligeras nubes ostentando los peregrinos colores de la púrpura y el oro. El sol se ocultaba lentamente marchando hacia su espalda, y sus rayos algo débiles reflejaban apacible lumbre en las puntas de las rocas y en la parte superior de las copas de los árboles, de suerte que estos objetos, aunque iluminados con modesto brillo, hacían singular contraste con las faldas de las sierras y las hondonadas de los valles ya lóbregamente sombrías.

El caballo de nuestro héroe habiendo vencido la aspereza de una pendiente algo rápida, empezaba a caminar por amena y espaciosa llanura. Vio entonces el caballero del Cisne que el círculo de montañas, que le llamó la atención al principio de su viaje, presentaba ante la vista un prolongado y caprichoso anfiteatro. Selvas de extraordinaria espesura empezando desde el llano iban a perderse al pie de aquellos encumbrados montes: cortábase a veces la imponente línea que formaban con su enorme masa, y veíase por entre una quebrada el terreno que se extendía a la otra parte, al parecer no menos silvestre, melancólico y pintoresco. Elevábanse de trecho en trecho por aquellos incultos campos encinas de pobladísima copa y robusta corpulencia, bajo cuya venerable sombra habían alternativamente descansado el guerrero cartaginés, el centurión de César y el descendiente de Ismael. Chocaban detrás de sus ñudosos troncos algunas piedras de agigantadas proporciones y color negruzco, guardando cierta simetría lóbrega con los bosques poco distantes llenos de árboles descortezados y denegridos. A su sublime aspecto deteníase el extranjero a contemplarlas, ignorando si veía en ellas el sepulcro de algún héroe, o el sitio donde los antiguos druidas celebraban sus sangrientos misterios.

Un poco más arrimado a la falda de los montes aparecía sobre una eminencia un soberbio alcázar alumbrado por el último rayo que lanzaba el sol desde la cumbre de la montaña. Sus enrojecidas murallas, y la gótica grandeza de su arquitectura, hacían de él un objeto algo lúgubre y siniestro, y no pocas veces al divisarlo repentinamente hacia la noche descollando sobre los silvestres olmos con sus agujas y puntiagudas almenas, creyó ver el asombrado peregrino un gigante etíope en medio de aquel espantoso desierto.

Llega en esto el valiente paladín a un sitio por donde cortaba otro sendero, elevándose en el centro de ambos una cruz ingeniosamente labrada, puesta sobre el tronco de una columna de piedra. Como ya empezaba a obscurecer, detuvo las riendas al caballo con el objeto de echar una ojeada al camino que le convenía elegir, cuando notó que venía detrás de él un caballero a toda prisa, cuyos arneses y bridón producían en medio de aquel universal solitario un extraordinario ruido.

-Por la roja cruz de Santiago, gritó al del Cisne a corta distancia, que ando corriendo detrás de ti desde que tan a deshora desapareciste del torneo. Vaya que muchachada como la que has hecho no se vio desde los tiempos de Oliveros. Después de haber volcado patas arriba aquella sarta de héroes lo propio que si fueran de alfeñique, temer a un viejo que temblaba sólo de verte... voto a brios, que has de dar cuenta a Roldán de no haber cargado con la rapaza, arrojando al babieca de tu suegro a tres lanzas de la barrera.

-¡Roldán! exclamó sorprendido el caballero del Cisne.

-El mismo, replicó el incógnito, a menos que hayas olvidado al amigo de tu padre, al que te enseñó primero que nadie a disparar un arco y blandir una lanza. Al llegar de Italia echeme de aventurero por las Castillas antes de volver a nuestros hogares, deseoso de cascar las liendres a esos fanfarrones, siempre dispuestos a marchar contra el Aragón, y a firmar treguas con los perros de Granada. Quise hallarme en el lúcido torneo que se preparaba en Segovia, y allí he visto triunfar a un discípulo mío, a un guerrero que me hace honor. Mal año para mí y para mis hijos, cuando los tuviere, si en el modo verdaderamente hostil de bajar la lanza no he descubierto en ti un alumno de mi escuela.

Dicho esto se abrazaron estrechamente ambos guerreros, mientras al resplandor de la luna se miraban con escrupulosa atención. Roberto de Maristany, a quien llamaron Roldán a causa de su intrepidez grosera y un carácter vehemente y atolondrado, malgastó en su primera juventud la módica herencia que le había dejado su padre, hijo segundo de una familia ilustre del condado de Urgel, sin que le quedasen otros títulos ni bienes que su valor y su lanza. Don Íñigo de Linares lo tuvo en su castillo de Aragón por la amistad que le había unido con el autor de sus días, hasta que fatigado el bullicioso Roldán de aquella vida flemática y holgazana, sentó plaza entre las tropas que siguieron al monarca aragonés a las campañas de Nápoles, donde tuvo frecuentemente lugar de dar pábulo a sus inclinaciones favoritas, echando copiosos brindis, hablando de altas proezas, y repartiendo descomunales cuchilladas.

De consiguiente, habían ya transcurrido algunos años desde que se despidió del caballero del Cisne, que por esto le miraba con una curiosidad abiertamente amistosa. Sus maneras y su modo de hablar no dejaban de resentirse de la ruda franqueza de un guerrero, lleno por otra parte de cierta jactancia militar que le había caracterizado en todos tiempos, pero el traje que llevaba era mucho más brillante que el que vestía en el castillo de Pimentel cuando adiestraba al joven don Ramiro en el manejo de las armas. Adornaba su cabeza un casco de bruñido acero, no coronado de penacho alguno, sino sosteniendo un ave jeroglífica, primorosamente labrada, que le servía de cimera. La edad sería poco más o menos de cuarenta años: la estatura alta, enjuto de carnes, y sus rasgos naturalmente toscos y desabridos daban la idea de un hombre endurecido en las fatigas de la guerra, más dispuesto a destripar botellas y repartir tajos y reveses, que a echar flores a las damas, o servir de adorno en los alcázares de los magnates. Sus manoplas eran del más pulido acero; y lo mismo la gola que coronaba la parte superior de la coraza: la cota de malla relucía formando mil plateados visos al resplandor de la luna, como brilla al despuntar la aurora el menudo aljófar sobre el césped de los prados: apoyaba en el estribo el cuento de acerada lanza; pendía a su lado izquierdo largo acero toledano, y remataba el adorno de tan gentil armadura una sobrevesta flotante, abierta por ambos lados como las que llevaban los heraldos, algo deslucida por las inclemencias del tiempo. Aunque el caballero del Cisne estaba acostumbrado a ver muchedumbre de guerreros equipados con la mayor magnificencia, no dejó de sorprenderle la que ostentaba el traje de Roldán, por cierto aire de elegancia y buen gusto que se admiraba entonces en los campeones que venían de la Italia. Cumplimentó sobre ello a su antiguo maestro, mientras le acariciaba este apretándole con tanta fuerza entre los brazos, e imprimiendo en sus mejillas tales besos, que hizo casi perder el mundo de vista al acongojado mancebo. Pasó en fin aquel torbellino de amistosas demostraciones, y pidiole noticias de la casa de Linares y de algunos parientes que había dejado en Cataluña. A esta postrera pregunta respondió tristemente don Ramiro que había muerto en las últimas escaramuzas tenidas con sus inquietos vecinos los Guiñarts y Rocabertís.

-Así me hubiera yo hallado en ellas, exclamó Roldán, y a lo menos vieran los zánganos de mi familia si merecía alguna consideración el pariente que despreciaron antes de marchar a Italia. Adelante, hijo mío; aligera ese buche y sigue contando como lo pasa mi hermana.

-También ha muerto, respondió dolorosamente el caballero.

-¡Ha muerto! repitió Roldán en tono que manifestaba más sorpresa que aflicción: ¿cómo diablos cometió tal locura? Por lo menos era más joven que yo de media docena de años, y en mi vida me he quejado de un dolor de cabeza. Vaya ¡con qué también mi pobre hermana!... ¿y sus dos hijos? ¿y el estafermo de mi cuñado?

-Todos habían perecido en el asalto que dieron los Rocabertís a su castillo de Alvesa, del cual ni tan siquiera han quedado los vestigios.

-¡Por vida de san Jenaro! He aquí lo que se llama un estupendo saqueo: los malditos Rocabertís fueron siempre muy perniciosos vecinos para la familia de Maristany, pero al fin todo ello no son más que vicisitudes de la guerra. ¿Y cuándo sucedió tan negro desastre, querido discípulo?

-Precisamente hizo un año en la noche del bienaventurado san Pedro.

-He aquí lo que yo te decía de las mudanzas a que están sujetas las cosas de la guerra, ¿no es bueno que en aquel propio día gané por asalto, con veinte de mis camaradas, el castillo de la Roca-Negra defendido por Bayaceto, perro pagano, enemigo capital de Georgio Castrioto, y capitán de lanceros al servicio de Amurates? Yo mismo de un revés, zas, lo maté en el umbral de la puerta, y arrojándome por los salones del edificio pude juntar oro suficiente para hacer labrar esta cadena que cuelga de mi cuello, harto luenga a la sazón para darme con ella cuatro vueltas; pero los tiempos andan famélicos, amado Ramiro, y cuando no había paga ni saqueo era preciso echar mano de sus eslabones si deseaba uno divertirse honradamente con sus compañeros en la taberna. Y bien: puesto que ya has enterrado a toda mi familia y reducido a cenizas el pobre castillo de Maristany; cuéntame, por vida tuya, en que has pasado el tiempo desde que me separé de ti, y por qué capricho no has querido romper un par de lanzas con el padre de la Reina del torneo, y arrojarle después las astillas por los hocicos.

-Cuando os quisisteis alistar por fuerza en las tropas del rey don Alonso, dijo el caballero del Cisne, mi propio padre continuó enseñándome no sólo el manejo de todas las armas, sino los modales y prácticas caballerescas. En esto, y en escuchar las lecciones de un anciano monje jerónimo que me enseñaba a leer y escribir, pasé los primeros años hasta que rompí mi primera lanza con un hidalgo de Castilla. Desde entonces todo han sido torneos, escaramuzas y batallas, género de ocupación que me conviene más que la del claustro a qué trató de inclinarme aquel santo religioso.

-¡Como fraile! exclamó Roldán; por la santísima cruz de Caravaca que nunca me pasó por las mientes semejante idea. No es eso lo más extraño, sino que a ninguno tampoco le habrá ocurrido, pues te juro que nadie me ha hablado de tal cosa en el discurso de mi vida. Y no deja de sorprenderme, ahora que doy en ello, porque quitado eso de leer y escribir que nunca pude aprender, lo del canto de la iglesia que siempre me ha parecido algo tétrico y gangoso, y la ropa talar que llevan los buenos padres con la que no dejaría de dar a cada paso de narices en tierra; por lo demás no veo qué diablos puede faltarme para ser un monje tan completo como mi mismo compadre el sacristán de santa Engracia. Con que tú según trazas no viniste bien en ceñirte el cordón y encajarte la cogulla, y preferiste empuñar la espada y embrazar la rodela ¿no es eso?

-Preferí dar gusto a mi padre que no tiene más hijo para perpetuar el nombre de su familia, preferí la vida cómoda y holgada a la austeridad de la vida religiosa, preferí por último ser un buen soldado a ser un eclesiástico poco grave y ejemplar.

-¡Bravo! dijo Roldán soltando una carcajada; es decir en plata, señor discípulo, que un vaso de vino, un buen camarada, cuatro porrazos a tiempo, y un par de ojos negros te parecieron más sabrosos que los cilicios y los ayunos. Lléveme Dios, iba a decir el diablo, si no eres un perro viejo y de tan buena casta como tu propio maestro. No me parece mal, según te explicas, sólo falta que me descifres el enigma de haber despreciado il bocato di cardinale que tenías más que medianamente engullido en el palenque de Segovia.

-Mejor sería, replicó el del Cisne, que buscásemos donde alojar esta noche.

-No hay que espantarse, señor marinero de agua dulce, que no muy lejos de este sitio conozco un sota-ermitaño en cuyo humilde albergue podremos con mucho donaire embaular tasajo como el puño.

-¿Pues no sería mejor dirigirnos a un castillo que se eleva hacia mano derecha, a muy poca distancia de esta cruz?

-Déjate gobernar por quien lo entiende, y escucha un importante aviso de la boca de tu maestro. Nunca para comer a tu sabor, o para dormir con sosiego vayas al castillo que denantes dijistes, menos que desees ser arrebatado por los demonios, o recibir recias cuchilladas, pues bien te acordarás de aquella manoseada trova:

Embraza el robusto, fortísimo escudo, La espada requiere, no olvides la lanza, Por más que con brazo potente y membrudo Al viejo corrieres castillo de Arlanza. Allí los demonios con ruda pujanza...

¡Por vida de mi padre! ¿Qué ha sido de ese desbarbado mozuelo? ¡Calle! pues él ha echado a correr sin que yo lo percibiera... lo mismo es dar avisos a esos rapaces barbilampiños que arrojar margaritas a los puercos: ni más ni menos; y por fortuna su caballo ha sido más cortés y aficionado a buenas coplas, sino me quedo sin auditorio.

Tenía razón de quejarse el honrado veterano: desde el principio de la conversación con su discípulo habíanse apeado de los respectivos caballos y sentádose amistosamente en las gradas de piedra que componían la base de la cruz, que según hemos dicho más arriba, anunciaba desde lejos aquella enredosa encrucijada. Habíanse colocado de manera que el tronco les resguardase las espaldas de un viento algo recio que venía de la parte del castillo de Arlanza, y sin embargo de que sus silbidos interrumpían el silencio de la noche, ellos trajeron a oídos del caballero del Cisne las voces sueltas de Blanca y Castromerín pronunciadas sin duda por gentes que estuviesen hablando algo más arriba. Sin curarse entonces de escuchar el aviso que iba a darle Roldán, deslizose bonitamente por los mismos escalones que le servían de asiento, dirigiéndose con lento y atentado paso a ocultarse entre unos arbustos, con el objeto de espiar a los que nombraron a la Reina del torneo. Entretanto, sin catarse de ello, seguía impertérrito su discurso el engreído Roldán recitando con aire teatral los versos que encerraban aquel importante consejo, pues, aunque sea dicho de paso, la echaba de inteligente en la materia. Quedose por esta razón algo mohíno y despechado cuando advirtió que dos caballos eran todo su auditorio; pero es preciso confesar, a fin de hacerle justicia, que una vez desahogada su bilis arrojando cuatro votos y pasando la mano por sus tupidos bigotes, lo que más sentía era ignorar qué había sido del caballero del Cisne, a quien siempre profesó un tierno cariño, que no pudo menos de aumentarse al verle combatir con tanta gallardía; mérito sin embargo que no dejó de atribuirse sin ceremonia, creyéndolo un resultado de las lecciones que le diera en otro tiempo. Pero en medio de su perplejidad, y cuando ya se disponía a levantar la voz para llamarlo, violo salir de entre unos árboles poco distantes, y que dirigiéndose hacia él le indicaba por señas que no gritase.

-No gritaré, no gritaré, dijo Roldán con un gesto algo grave, aunque me parece que debierais tener más respeto a un hombre de mi jaez, sobre todo cuando os iba a recitar versos del mayor mérito. Por esta vez no me enfadaré con vos, y para daros una prueba de mi mansedumbre tendré la condescendencia de repetir aquella excelente trova:


Embraza el robusto, fortísimo escudo...

-Por Dios, Roldán, ved que no se trata de trovas, y escuchadme un breve instante. Sabed que a poco trecho están hablando tres pícaros, cual no los produce la playa de Sanlúcar, y me conviene escuchar su conversación por si descubro alguna trama criminal contra personas de mi conocimiento.

-¿No valiera más que arremetiésemos con ellos, y atándolos al tronco de aquellas encinas arrojasen la ponzoña que tienen metida en el cuerpo?

-He aquí el modo de que nada supiésemos de positivo: creedme, amigo Roldán, mejor será que cuidéis vos de los caballos sin moveros de esta cruz, mientras voy a enterarme de su infernal conjuración.

-Enhorabuena; y en caso de que te veas en algún aprieto no tienes más que dar un silbido: yo te arrancaré, no digo de las manos de tres pícaros, sino de las de trescientos, aunque fuese cada uno más valiente que Amadís, y más astuto que Gayferos.

A pesar de que llevaba Ramiro la armadura, era tan suelto de miembros y ágil de pies, que bien podía prometerse recorrer aquellos sitios sin temor de ser descubierto con la escrupulosa diligencia del leal perdiguero cuando olfatea las pisadas de su víctima.

No muy lejos de la cruz corría un cristalino arroyo casi oculto entre los juncos, cañaverales y otras plantas acuáticas, que se criaban en su frondosa orilla. Precisamente en la margen misma de este escaso raudal bajo de un llorón, cuyas prolongadas ramas se inclinaban hasta besar las limpias ondas, se habían colocado los que hablaban de Blanca de Castromerín, muy ajenos de que a tal hora y en tal sitio alma viviente pudiese escuchar su conversación. Deslizose el caballero del Cisne por entre las plantas de la arboleda, y apoyándose de pechos en un robusto nogal que se elevaba en terreno superior, a poca distancia de los interlocutores; no sólo recogía todas sus palabras, sino que veía sus trajes y más leves movimientos. De los tres allí reunidos eran los dos de aventajada talla, fiero tosco gabán de piel de búfalo, sujeto con apretado cinto de baqueta: llevaban casco de hierro, y contra el árbol más vecino habían apoyado un par de lanzas que parecían una muestra de las que sirvieron para la guerra de los gigantes. En cuanto al otro personaje formaba extraña contraposición con los dos hombres de armas que acabamos de describir; pues sobre ser bajo de cuerpo, suelto de miembros, y en sus gestos y ademanes inquieto y vivaracho como un mico; llevaba un traje más semejante al de los moros que al de los fieles castellanos. Su turbante amarillo y túnica verde lo daban a conocer por uno de los bárbaros que en aquel siglo inundaron la Península, la Francia y la Inglaterra, conocidos en Castilla con el nombre de gitanos, los cuales embaucaban a los sencillos y crédulos diciéndoles lo que llamaban la buenaventura, cantaban letras impúdicas y ejercían finalmente ratera y baja rapiña con toda suerte de bellaquerías. El mismo resplandor de la luna que sirvió al caballero del Cisne para apuntar en su mente todas las menudencias que llevamos referidas, hízole notar que los sañudos rasgos de los dos lanceros eran sombreados por bigotes de extraordinaria espesura, y que el rostro casi mulato del africano remataba en una negra barbilla naturalmente rizada.

-Ya te he explicado, decía entonces a uno de los hombres de armas, cual era la voluntad de vuestro único y natural señor.

-Es decir, respondió el soldado, que en caso de que no saliese vencedor del torneo, te encargó que echásemos el guante a Blanca de Castromerín.

-Precisamente; y que aguardásemos para ello a que estuviera en el castillo de su padre, porque has de saber, honrado Bullanga, que a beneficio de la buenaventura y de cuatro untos y pomadas entro en él siempre y cuando se me antoja.

-¡Diablo! Respondió el lancero: entonces no hay más sino que nos introduzcas de noche, y mientras yo y mi camarada echamos mano a la rapaza, recoges tú por vía de pasatiempo el oro y las alhajas que topes por aquellos salones, que después lo partiremos aquí mismo como buenos amigos.

-No ha de ser como tú dices, pues en el recinto de aquellos muros hay más de un jayán tan capaz de defender la honra y las riquezas de su señora, como de apreciar a tres hombres cual nosotros en menos de dos ardites.

-¡Por san Jorge! gritó el lancero, que tu negra cobardía es lo que te hace hablar de esa suerte.

-Yo no soy más cobarde que tú, maese-Bullanga, respondió el gitano, pero no es mi oficio andar a porrazos: si aspiráis a tener un guía de mi genio y perspicacia, regiros habéis por mis consejos sin salir de la emboscada hasta que yo lo mande: ahora si queréis entrar ruidosamente y a mano armada, alto pues y buscad otros que os conduzca...

-No, no, amigo Merlín, interrumpió el guerrero, don Pelayo ha dicho que eres el pícaro más a propósito para que demos felice fin a tan peligrosa aventura; sin duda el señor de Arlanza te habrá recomendado a su amigo. Pero ahora que me acuerdo, quisiera hacerte una pregunta suelta: ¿cómo demonio siendo tan buen astrólogo que andas vaticinando a cada uno el día en que se ha de casar y el mal de que ha de morir, no se te alcanzó que habían de ahorcar a tu hermano?

-Mira, Bullanga, por el mismo que denantes jurastes te aseguro que si hubiese llegado a mi noticia que cometía la sandez de ser a un tiempo el espía de don Juan de Navarra y de don Álvaro de Luna, yo propio le habría aconsejado marcase el árbol, que le pareciere más a propósito para dar el último salto sin hacer guiños ni visajes, con toda comodidad y decencia.

-¿Con que quedamos en lo dicho? preguntó el otro lancero.

-Con tal que accedáis a las condiciones que he propuesto, respondió el gitano; y antes que os marchéis jurádmelo por el cuerpo del Apóstol que guardáis en Compostela, pues ya sé que vosotros no hacéis caso de otros juramentos.

-Eres un perro incrédulo y suspicaz, respondió Bullanga, pero en fin juro...

-Aguarda, interrumpió el gitano, vuélvete hacia la derecha a fin de que te oiga el patrón de las Castillas desde el sitio mismo donde reposan sus venerados restos.

Volviéronse los soldados y juraron solemnemente no separarse un ápice de lo que mandase Merlín, después de lo cual como se levantase para marchar, tomolo uno de ellos por el brazo, y sacudiéndolo le dijo:

-¿Osarías despedirte, gitanillo sucio y mal peinado, sin honrarme primero con un par de tragos del saludable licor de la bota que cuelga de mis hombros? Pero ¡ah! me olvidaba de que eres un macho, pues sólo bebes agua para dar gusto al zancarrón de Mahoma.

-Tú si que eres el macho en hacerte esclavo del frasco y de la botella, respondió el gitano: no sé como hay quien se fíe de un babieca para comisiones que piden de suyo despejado juicio y sangre fría.

Pronunciadas estas palabras tomó el africano por una senda que conducía hacia el castillo, y echaron los dos guerreros por un camino angosto que no se separaba de la margen florida del cristalino arroyuelo. Fuese Ramiro al sitio donde dejó a Roldán, resuelto a dirigirse desde el día siguiente al castillo de Castromerín, y estar de continuo a la mira, con el objeto de frustrar cualquiera proyecto que hubiese concebido el vengativo don Pelayo. Preguntole Roldán si era cosa de echar mano a las espadas y correr hacia los pícaros cuya conversación había ido a escuchar; pero respondiéndole el del Cisne que no era del caso la menor violencia, acarició con la mano sus bigotes, y mantuvo a raya los naturales ímpetus. Montaron a caballo, y dirigiendo siempre el intrépido Roldán, tomaron la vuelta de una ermita que se hallaba como una legua más arriba del castillo de Arlanza. Cuando pasaron por el pie de los altos torreones que defendían la puerta exterior, cuyas líneas colosales eran análogas a lo vasto y descompasado de este antiguo edificio; detuviéronse un momento a contemplarlo llevados de la secreta curiosidad que inspiran los objetos que dan pábulo a la imaginación por medio de supersticiosos terrores. Bien reparó Roldán en cierta cadena de hierro colgando de una especie de aspillera, practicada en la más próxima de las dos torres; mas no quiso llamar para que les abrieran, pues sabía que el castillo de Arlanza estaba lleno de maléficos espíritus, contra quienes no valían tajos ni cuchilladas. Algunos hombres de armas colocados en lo alto de los muros, ya parecían sombras errantes deslizándose en medio de la obscuridad, ya estatuas de bronce clavadas como por adorno en aquel sitio. Todo esto unido a la espesura de las paredes, de entre cuyas piedras algo desunidas colgaban pelotones de plantas silvestres, y al lúgubre carácter de aquella habitación tétrica y solitaria, formaba una romántica armonía con el amortiguado resplandor de la luna, el aullido de las aves nocturnas, y la profunda quietud de aquellos campos.

Dieron al fin espolazo a los bridones sin hablar palabra ambos guerreros, y pronto dejaron a sus espaldas el misterioso alcázar que acababan de admirar. Iban siguiendo su viaje en absoluto silencio como embebidos en serias meditaciones, y sólo después de largo rato rompió la conversación el caballero del Cisne preguntando a su compañero la causa de una taciturnidad tan contraria a su carácter.

-Puedo asegurarte, querido discípulo, respondió Roldán, que no las tengo todas conmigo cuando navego por estos alrededores.

-Pero en suma, ¿qué sabéis de positivo entre lo mucho que se cuenta?

-Que hay una parte del castillo sin que ningún cristiano pueda habitarla, y al fin al fin tendrán que abandonarlo del todo, lo que ya hubieran hecho gentes de mejor conciencia y conducta que el pícaro de su dueño.

-¿Tan perverso es el señor de Arlanza?

-Mil veces peor, respondió Roldán, que los osos y jabalíes que andan hambrientos por las revueltas casi laberínticas de esas montañas. Rodéale un enjambre de amigos, menospreciando como él toda idea de honradez, toda autoridad civil y religiosa, con cuyo crédito y auxilio comete en sus vasallos y vecinos las más sacrílegas violencias. Su carácter es feroz, sanguinario, y su figura indica todo el veneno y la impureza de su alma. ¡Plegue a Dios que la lanzada que le has asestado con tanta gallardía en el torneo de Segovia, lo ponga por mucho tiempo en estado de no vestir la armadura!

-Pues ya no extraño que sea tan camarada del adalid que sostenía, dijo el caballero del Cisne.

-Lo es, respondió Roldán, porque así conviene a sus miras ambiciosas; pero yo te juro por el santo Sepulcro, que si mañana cayera el condestable de Castilla, don Rodrigo de Alcalá sería el primero que diese de puñaladas a su primogénito para hacerse buen lugar con el nuevo favorito.

-¡Vive Dios! exclamó Ramiro, que si otra vez vengo a las manos con hidalgo tan infame, no lo suelte hasta purgar la tierra de semejante monstruo.

Llegaron en esto al pie de una ermita construida a la otra parte del camino real, dando idea en todo su aspecto de una simplicidad evangélica. Acercose el caballero del Cisne y llamando con un canto, contestaron desde adentro dos grandes perros con espantosos ladridos. No era a ellos a quienes deseaba despertar, por lo que repitió los porrazos con más fuerza, haciendo temer que si tardaban en abrirle, no resistiría por largo tiempo la puerta a tan furibundos golpes.

-¿Quién llama a tales horas? dijo entonces desde el fondo una voz desmayada y penitente.

-Un pasajero extraviado que pide la hospitalidad para esta noche.

-Pasad adelante, hermano, respondieron, y no interrumpáis a un pecador en sus pobres oraciones.

-¡Voto a brios! gritó el del Cisne, que si me hacéis pasar la noche al raso heme de divertir echando la puerta el suelo.

-No haréis tal, replicó el ermitaño, que os gritaré con tales señas para hallar buena posada; que os deis por más que medianamente satisfecho de mi voluntad y cortesía. Echad por el atajo de la derecha, hermano, y tened cuenta con no despeñaros en cierto barranco, a cosa de media legua de este sitio: algo más arriba se percibe el sordo rumor de un río precipitándose por un cauce muy profundo: pasaréislo por un puente roto en lo que daréis gallarda prueba de intrepidez y agilidad. Después de esto apenas hay peligro que vencer: no obstante guardaros habéis de una cuadrilla de bandoleros que...

-¡Por vida del salto que dio Luzbel del cielo a los abismos, gritó Roldán sin poder contenerse, que si no abres esa puerta de alcornoque, he de aporrear tu cuerpo con la cuerda misma que lo ciñe! Ven acá, ladrón descomulgado, ¿quién te ha dicho que a dos caballeros como nosotros los tires por un barranco, los precipites desde un puente, o los hagas dar en manos de salteadores de caminos? Abre te vuelvo a decir, por vida de san Jenaro, o reza el acto de contrición si lo sabes de memoria.

-Allá voy, amigo Roldán, respondieron de la ermita; ¡quién diantres había de sospechar en la honra de tan alegre huésped!

-Ya: dijo Roldán; como andaría perdido su reverencia en espirituales meditaciones, no se curaba mucho de socorrer a los caminantes descaminados.

-Y no solamente por eso, replicó abriendo el ermitaño, sino por no figurarme que personas de tan ilustre jaez pidiesen la hospitalidad a mi humilde puerta.

Entraron los dos guerreros en la ermita después de acomodar los caballos en un mal pesebre formado por el ingenioso anacoreta en uno de sus extremos. Pidió el caballero del Cisne algo para cenar, y colocando su huésped sobre una mesita cuatro puñados de avellanas y frutas secas, indicó por señas ser aquella la única comida que podía ofrecerles. Era nuestro ermitaño un motilón de regular estatura, largo de brazos, recio y robusto, ostentando la cerviz de un toro y unos puños capaces de meter miedo al mismo Milón de Crotona. Sus ojos negros y penetrantes, sus carrillos frescos y redondos, la nariz algo aplastada, y dos órdenes de dientes más a propósito para luchar con sendos tasajos de vaca y de carnero, que para emplearse en frutas y otras fruslerías semejantes; iban muy mal con la poblada barba, el aire de humildad y penitencia, la voz enfermiza y plañidera y la desaliñada túnica de color pardo.

Echó Roldán una ojeada de cólera a la frugal comida, y mirando de través al cenobita, no sé que murmuró entre dientes, que le hizo dejar por un momento su ademán compungido y religioso.

-Ya veo, dijo, que mi compadre Roberto pone desabrida cara a mis nutritivos alimentos: quiera Dios, añadió con cierta sonrisa, inspirarle el deseo de moderar su gula y mortificar su cuerpo comiendo legumbres y bebiendo agua-chirle.

-Mejor sería, respondió el guerrero, que pasarlo panza arriba sin probar lo uno ni lo otro. Sin embargo pareciérame del caso, padre mío, que hicieseis un reconocimiento por la ermita, a ver si aquel benefactor de marras, al piadoso guardabosque, ha dejado por ahí manjares más dignos de vuestras robustas quijadas.

-Antes de todo, interrumpió Ramiro, haced callar ese par de mastines que no cesan de gruñir y amenazarnos.

-Ya hubiera despachado uno de ellos, replicó Roldán, a no ser por la opinión en que estoy, de que harán paces con nosotros en cuanto vean que su amo nos trata como amigos. ¡Oh! su olfato y el mío corren parejas.

-Creed, nobles hidalgos, dijo el ermitaño, que si alguna vez he deseado los socorros de mi amigo el guardabosque es en la presente. Veré si ha quedado algún residuo de lo que últimamente puso en esta alacena, y no para mi recreo, pues sabe que rehúso al paladar bocados tan exquisitos, sino a fin de que pudiese regalar con ello a huéspedes de más ilustre cantera.

Mientras esto hablaba dirigiose a un armario abierto a pico con mucho disimulo en uno de los ángulos de la estancia, y púsose a registrarlo con afectada escrupulosidad. Vio dentro de él el caballero del Cisne varias armas ofensivas, instrumentos para cazar, y un arpa al parecer descuidada y polvorosa.

-En efecto, prosiguió el cenobita dando fin a su registro; Roldán tiene excelente olfato: todavía queda con que honrar a personas de importancia. Vaya, caballeros, añadió dirigiéndose a ellos: refocílense con esta liebre fiambre, mientras voy a calentar un par de perdices adobadas con su cebolla y sus garbanzos, dignas de presentarse al mismo Rey de Castilla. Ahora en cuanto a la bebida tendrán que alabar a Dios con el agua pura de un bendito manantial que corre a poca distancia de la ermita.

A todo eso había ya encendido lumbre y calentaba las perdices del guardabosque en la estrepitosa llama que empezaba a elevarse por la celda: púsolas después sobre la mesa halagando con ellas la vista y el olfato de sus despabilados huéspedes, que comían como suele decirse a dos carrillos. Sobre todo el bravo Roldán mascaba con la voracidad y apetito de un jaque que tuviese hambre canina, y no se le presentase con sobrada frecuencia un banquete tan opíparo y sabroso.

-Si mal no me acuerdo, padre mío, dijo con la boca llena, la otra vez que tuve la honra de ser obsequiado por vuesa reverencia quebrantasteis la costumbre de no probar más que legumbres, y aguzasteis mi apetito comiendo con gallardía y menudeando los brindis. Dígolo porque yo sé que holgara mi compañero de veros tomar parte en nuestra cena.

-Verdad es, respondió el cenobita; pero si supieras, hijo mío, las severas penitencias con que he castigado aquella culpa, no me tentarías para que volviese a cometerla.

-Bah, bah, dijo Roldán, sentaos en ese medio tronco de encina, y echad ese nuevo pecadillo en mi celada. Arrímolo porque no sois de tan duro corazón que paguéis mi urbanidad con un desaire.

-No, por el bienaventurado san Pacomio, respondió el ermitaño: yo espiraré a su tiempo con abundancia de ayunos y toda clase de abstinencias el pecado que me hacéis cometer a fuerza de cortesía.

Sentose a la mesa el robusto cenobita y empezó a comer con dificultad y melindre, cual si le costase mucho vencer la repugnancia de quebrantar su santa regla. No obstante, así que hubo engullido los primeros bocados, despertose su buen humor, y arremetiendo de nuevo con las perdices y la liebre, empezó a sazonar la comida con agudezas y donaires. Contemplábale absorto el caballero del Cisne, pero Roldán, que era el único que le hacía frente en los chistes y sales algo picantes de la conversación, no se admiraba ni hacía alto en tal mudanza, por creer que la cosa más natural del mundo era el comer cuando se presentaba ocasión de hacerlo, a pesar de la dieta que recomendara Hipócrates, o de la austeridad santa que predicó san Benito. Lo que sí le afligía con agudísimo dolor era la vista del jarro lleno de agua, que sin que nadie le hubiese hablado palabra a pesar de su recomendación milagrosa, elevábase sobre la mesa de aquel rústico banquete. Mirábalo el veterano con desencajados ojos, y casi le saltaban las lágrimas al pensar que al cabo al cabo habría de limpiarse la boca con aquel malditísimo brebaje. Notó su tristeza el compasivo ermitaño, y viendo al propio tiempo que le iba ya faltando por pegársele la lengua al paladar el caudal de coplas, bufonadas y sentencias, no pudo resistir por más que quiso a tan tierno y congojoso espectáculo.

-Por vida de mi padre, exclamó haciendo temblar de una puñada la endeble mesa, que me parece imposible no dejase el guardabosque algún poco de licor con que rociar estos sabrosos manjares.

Chispearon de alegría los ojos de Roldán al oír esto, y tendiendo los brazos al anacoreta, conjurole por cuantos santos moraban en el paraíso para que registrase de nuevo los rincones y escondrijos de la ermita, pues no era posible que un hombre, tan de bien y tan corriente como el guardabosque, no dejara en alguno de ellos con que alumbrar viandas tan exquisitas. Practicolo el ermitaño, y después de correr de un lado a otro removiendo los trastos de la celda y visitando sus huecos y madrigueras, volvió con aire triunfante llevando en la mano una vasija llena del aromático licor, capaz de satisfacer a una docena de medianos bebedores. Alargó el brazo Roldán cual si quisiera aligerar al cenobita de su peso, y arrimándola a las narices meneó la cabeza a un lado y a otro como aprobando la cantidad y la calidad del néctar que contenía.

-Eso sí que se llama tratarme a guisa de antiguo camarada, exclamó, y por cierto que no he de olvidar en toda mi vida tan señalado servicio. Lástima, santo varón, que no podáis seguir la milicia, pues con un carácter tan corriente y leal, sería su reverencia un muy bizarro guerrero. A vuestra salud, padre mío.

-Lástima, respondió el ermitaño, que cuatro escrúpulos de monja no te permitirían abrazar la religión que yo profeso, pues estoy cierto de que con ese genio impetuoso y entusiasta serías mejor anacoreta que yo mismo.

-¿Lo ves, discípulo, dijo Roldán alborozado al oír esto, como es verdad lo que te hablaba esta misma noche de las cualidades que reconozco en mí para honrar el cordón y la cogulla?

-Lo que realmente veo, respondió el del Cisne, es que si seguís tragueando con tanta frecuencia, ya puede ser que amanezcáis en Italia.

-Eres un mentecato, dijo Roldán, y te faltan todavía diez campañas para tener firme a igual número de botellas.

-No me precio de lidiar con tanto brio en la mesa del festín como en la arena del palenque, y por lo tanto mientras lucháis con su reverencia, yo le pediré permiso para descolgar un arpa que he visto dentro del armario, y ensayar en ella cierta canción báquica que aprendí en los juegos florales de mi tierra.

-Digo, respondió Roldán, que es de lo poco bueno que te he oído desde que hemos vuelto a vernos. Ea, hermano, alcanzadle el acordado instrumento, y que los acentos del nuevo trovador solemnicen el sonoro menudeo de los brindis.

Ya en esto tenía el arpa en la mano el caballero del Cisne haciendo lo posible para afinarla. Logrolo al fin, y con suma complacencia de su auditorio, cantó los siguientes versos al compás de los aplausos con que los interrumpían Roldán y el cenobita, que parecía echarla también de conocedor en la gaya ciencia.

Bramen sañudos los vientos
mientras bramen por defuera,
y resuene en mi cabaña
el trin, trin de las botellas.
Hiende la lluvia los aires;
retumba el trueno: la sierra
estremécese: mil rayos
relumbrando serpentean.
Desde el altivo Pirene
los torrentes se despeñan,
árboles, chozas arrastran,
roncos, indómitos ruedan.
Del honditonante río
al ímpetu airado tiembla
sobre sus hondos cimientos
robusto alcázar de piedra.
La velluda piel eriza
y hambriento bramido suelta
el oso de esas montañas,
desde su lúgubre cueva.
Brame sañudo en buenhora,
rayos caigan por defuera,
mientras se oiga en mi cabaña
el trin, trin de las botellas.

-¡Por los sagrados cielos, exclamó Roberto al oír la última copla, que me parece estar entre las sirenas de Nápoles! ¡Hombre! ¿cómo te lo has hecho para aprender este diluvio de cosas en tan breve tiempo? Preciso es confesar que en los muchachos de ahora hay más ingenio y travesura que en los de mi época: de antes no se confundían el arpa del trovador, el libro del religioso y la espada del caballero; pero ahí tenéis, reverencia, un perillán, que lee mejor que vos, y combate cual yo mismo.

-Decidme su nombre, exclamó el ermitaño, para que lo honremos también con una de nuestras libaciones.

Iba Roldán a verificarlo, pero adelantose don Ramiro respondiendo con cierta sonrisa más maligna que sincera:

-Llámanme el caballero del pájaro; hay quien le añade el epíteto de medroso; pero nada creáis, os aconsejo, pues que antojos son del vulgo. Y a vos, padre mío, ¿cómo os llaman por la sierra?

-El ermitaño de Arlanza, replicó con el mismo aire socarrón el jovial anacoreta: hay quien le añade el epíteto de santo, pero nada creáis, os aconsejo, pues que antojos son del vulgo.

-Caiga sobre mí un convento, exclamó el veterano, si entiendo esa ridícula jerigonza. Roberto de Maristany me pusieron en la cuna, y llámanme Roldán por sobrenombre, no solamente el vulgo necio, sino hidalgos y plebeyos, hombres de ingenio y mentecatos.

Con tan festivas pláticas iban pasando la noche bajo aquel humilde techo, sin que Roldán ni el anacoreta se diesen todavía por vencidos, a pesar de estar casi apurada la vasija del precioso néctar, ni se cansase el caballero del Cisne de animarlos en su báquica contienda con donosos cantares que les arrancaban frecuentes vivas. Tenían ambos campeones brillantes los ojos, suelta la lengua, ardiente el rostro y algo destemplado el metal de la voz, pruebas de que iba haciendo su efecto el vigoroso licor que habían bebido; cuando interrumpieron a deshora su jovial pasatiempo dos golpes reciamente aplicados en la puerta de la ermita. Lo primero que hizo el anacoreta fue recoger la vasija y demás destrozos de aquel campo de batalla para encerrarlo en la alacena, mas no gastó tan poco tiempo en esta operación que no exaltase la impaciencia y desabrido humor de los que llamaban desde el campo.

-¿Abres, gritaban, ermitaño de los demonios? Bien decía yo que te había de pillar a tales horas más borracho que una cuba.

No sabían muy bien el cenobita aquellos familiares elogios, algo sonrojado de que los escuchasen sus huéspedes; pero al fin fue necesario abrir la puerta, por la que entraron los dos lanceros que había visto el caballero del Cisne hablando con el gitano Merlín. Sorprendioles al parecer el hallar a Roldán y su discípulo en la ermita, y estuvieron un momento llenos de perplejidad e indeterminación, no sabiendo a que atribuir aquella extraña ocurrencia. Murmuraron algo entre sí, y dirigiéndose después al ermitaño atrajéronlo a un rincón sin hacer caso de Maristany ni de Linares, y echándose de ver por lo que pasaba entre ellos, que enteraban a su huésped de algún importante secreto. Hablaban tan bajo al principio, que nada pudo entreoír el caballero del Cisne por más que procuraba inspirarles confianza, manifestando estar distraído con el instrumento que tenía delante; pero animose el diálogo de los tres interlocutores, y dejaron percibir las siguientes palabras, convencidos quizás de que no podía oírlas el hijo de Pimentel a causa de su distracción, y mucho menos Roldán que ya daba muestras de querer digerir lo que había engullido, con las piernas estiradas, la cabeza apoyada en la pared, los ojos casi cerrados, sacando un rostro de media legua de andadura, una boca muy abierta y aquella respiración gutural, propia de un hombre próximo a sepultarse en el más profundo sueño.

-Cuanto más pienso en ello, decía el anacoreta, menos me place la aventura. Dígote, hermano Bullanga, que el meternos en el castillo de Castromerín es tan arriesgado, como introducir la cabeza en la boca de un cocodrilo.

-Eres un pobre hombre, respondió el lancero, y paréceme que se te va pegando algo de ese beaterio que finges. Mejor fuera que no admitieses en la ermita a gente desconocida que negarte a casos de honra.

-Mira, Bullanga, repuso el ermitaño, yo no me niego a casos de honra; dígalo el haberme encargado del difícil papel de anacoreta para mejor servir a don Rodrigo y don Pelayo; pero a ti que te puedo hablar ingenuamente, te confieso como no me gusta que nos metan en descabelladas empresas. ¡Hum! eso me huele a licenciarnos para el otro mundo, pues, como suele decirse, cubre la yerba del cementerio los más recónditos secretos: soy perro viejo y basta.

-¿Y qué dirás, alma mezquina, insistió el soldado, cuando sepas que el mismo don Pelayo estará allí con nosotros?

-Diré que no tengo dificultad en seguirle. Con la ayuda de Merlín para fraguar el plan, y la presencia de don Pelayo para responder de sus resultas, hallo el negocio moneda corriente.

-Ea, pues, despeja la ermita de ese par de zánganos, y encájate el hábito de nuestra orden.

-¿Zánganos dijiste, amigo Bullanga? Sabe que aquel babieca que no hace más que bostezar, es capaz de habérselas con una docena de jayanes. En cuanto al otro me parece todavía algo novicio, pero los elogios de su compañero, y cierta discreción que he notado en él, hácenme sospechar que es hombre de pro, igualmente dispuesto a no dejarse aterrar por malandrines ni vestiglos. Deja pues que acaben de pasar la noche en nuestra ermita; que yo sé que echarán a correr en cuanto rompa la aurora.

-Muy bien dicho, compadre, replicó el otro lancero: que imprudente fuera en vísperas de un ataque armar sin más ni más otra jarana.

Dividiéronse aquellos tres hombres de bien, y habiéndose echado por los rincones de la celda, procuraron descansar lo poco que faltaba de la noche. Dormía en tanto Roldán con la misma holganza y frescura que si se hallase tendido en cama de blandas pieles, y velaba nuestro héroe por temor de que no parase en bien todo aquel diluvio de coloquios y extraordinarios sucesos. La conversación de los lanceros con el fingido ermitaño, que pudiera llamarse la segunda parte de la que tuvieron antes con el astuto Merlín; hizo que al despuntar el alba se apresurase a dispertar a Roberto, quien todavía a pierna suelta roncaba. Diole en el rostro con el cuento de la lanza, pero viendo que no entendía su amigo semejantes indirectas, asiole de un brazo y tiró con tanta fuerza, que habría bastado para dispertar un muerto.

-Reniego de tal alcaide, dijo Roldán soñoliento: con un adarme de compasión que tuviera, ayudárame a tragar tan malas nuevas con un frasco de aguardiente. Al fin, al fin, sólo una vez podrás ahorcarme, hermano verdugo, pero aquel judío deja mi gaznate más de ciento tan seco como un esparto.

-Levantáos, vive Dios, interrumpió en voz baja su discípulo agarrándole por la gola; enhoramala requebrasteis anoche la vasija para que todavía andéis soñando en ella.

-¡Quita esas manos, perro! prosiguió Roldán medio dormido: paréceme que tengo trazas de subir ligerito la escalera, sin necesidad de que me ayudes, loado sea Dios.

Abrió no obstante los párpados y mirando en torno lleno de torpe admiración, quedose con la boca abierta, fijando unos ojos desencajados en el caballero del Cisne.

-¡Pardiez! exclamó: ¿con qué eres tú, Ramiro? Mucho te lo agradezco, pues creí que me había echado el guante el señor de Arlanza y me colgaban por adorno en la puerta de su castillo. Oye, caro discípulo: agitábase delante de mí una soga en línea perpendicular; sentía acá en la garganta la maldita picazón de la golilla de esparto, y todo parecíame corriente para danzar al aire libre sin tocar con la punta de los pies de tres varas en el suelo.

-Basta de locuras, Roldán, díjole el del Cisne: el demonio de los borrachos a quien sin duda habéis vendido ese cuerpo...

-Y por poca cosa: diome por él un barril de Valdepeñas: el contrato se estipuló en una taberna, pero...

-Cuando iba a suplicaros, atajole con afligido tono don Ramiro, que me ayudaseis en cierto negocio del que depende la felicidad de mi vida; os empeñáis, amigo Roldán, en desesperarme: paréceme que no podremos volver juntos al castillo de mi padre como deseabais anoche: esas imprudencias acarrearían mi desgracia, y como tengo enemigos de consideración en Castilla no os perdonarían la generosa amistad que...

-Por Dios no hables de separarnos, hijo mío, interrumpió Roldán a su vez con enternecimiento: siento que de esa suerte te amohínes por una chanza y nada más. Ya ves que los que todo lo perdieron en medio de tantas guerras, y andan errantes por países enemigos sin más perspectiva que una cárcel, o recompensa que un suplicio; son acreedores a tu indulgencia si hacen por olvidar las horas junto un frasco del rancio y vigoroso Valdepeñas. En fin aquí me tienes, discípulo: dime a donde hemos de ir; y ya verás si merece ser tu camarada el que mereció en otro tiempo darte lecciones de esgrima.

El tono de franca y grosera ternura con que pronunció Roldán estas palabras, disipó todo el resentimiento del caballero del Cisne. Acordose de los cariñosos cuidados de que le era deudor, y apretándole la mano volviole toda su jovialidad y charlatanería. Ensillaron los caballos, y alejáronse de la ermita sin despedirse de los que quedaban en ella, al parecer sepultados en el sueño. De camino instruyó el hijo de Pimentel a su antiguo maestro de cuanto ocurría, por lo que dirigieron hacia el castillo de Castromerín para desbaratar cualquiera proyecto fraguado por el señor de Arlanza, o don Pelayo de Luna. A uno y a otro aborrecía de muerte Roberto de Maristany, no sólo por su orgullo y desenfreno, sino a causa también del empeño con que perseguían a su patria, y aprovechaban todas las ocasiones para ultrajar la casa de Pimentel. Testigo de la injusticia que hicieron a don Ramiro en el torneo de Segovia, ardía en deseos de vengarla, y daba gracias al cielo de que tan pronto le proporcionase ocasión para ello; aunque no dejaba de hacerle mella la idea de que sus esfuerzos hubiesen de redundar en beneficio de otra familia, igualmente enemiga de los Linares de Aragón. Verdad es que en la relación del discípulo entreveía sus amores con la Reina del torneo; pero Roldán se burlaba de esas niñerías, y estaba en la opinión de que la misma reina Ginebra no valía dos ardites al lado de un camarada, un combate, o un frasco de vino añejo.


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Capítulo IV[editar]

Doña Jimena.


Pasemos ahora cambiando de escena desde los solitarios alrededores del alcázar de Arlanza al país donde se elevaban las torres arabescas del castillo de Castromerín. Hallábase situado en el centro de una fértil llanura que terminaba por un lado con las montañas de Asturias, y en un río por el otro de adelgazada corriente. Las ventanas y galerías del castillo ostentaban en sus labores el cincel de primorosos artífices, lo cual hacía contraposición singular en cotejo de los toscos muros y otras partes del grandioso edificio, que manifestaban haber sido construidas en épocas más remotas. Pero lo que se hacía notar en él tanto por su frondosidad y extensión, como por ser regalo poco común en los alcázares de España, era un magnífico parque que sirviera de recreo en otros tiempos a los monarcas de León. Extendíase hasta alcanzar la falda de los montes asturianos, escarpados barrancos y apacibles llanuras, todo hecho a fuerza de trabajo e industria, para dar lances más variados y azarosos a la persecución de las fieras. Esta era la única selva que sombrease aquellos campos, a menos que se quisiera graduar de tal, un grupo de árboles bastante espesos que se elevaba hacia el río, y por entre cuyas hojas asomaban las campanas y la cúpula del venerable monasterio de san Mauro.

Tal era el hermoso castillo donde Blanca de Castromerín pasó los primeros años de la juventud: hallábase ahora recién llegada en él, pues aunque su padre una vez terminado el torneo quiso inmediatamente unirla con don Pelayo, el abatimiento en que la vio de resultas de la lucha interior que había agotado sus fuerzas en aquel famoso día, le hizo acceder a la súplica de la doncella reducida a que le permitiese recobrar la calma de su espíritu en los lugares testigos de los juegos de su infancia, al lado de su respetable maestra. Recibiola Leonor con maternal cariño, tanto más tierno a la sazón, cuanto se mezclaba a él la piedad que ya reclamaban de su pecho las desgracias de su amada discípula. No se ocultaba a su penetración el orgullo de Castromerín y lo deslumbrado que le tenían la opulencia y el poder del condestable: conocía la preponderancia del bando de este valido, y el odio del noble duque a la casa de Pimentel, y desesperaba por tanto de que pudiesen en ningún momento realizarse las esperanzas de su pupila. Razones tan poderosas inspiraron a la sensata dueña el deseo de sufocar en su pecho la pasión que empezaba a dominarlo, y con esta idea no abandonaba a Blanca en todo el día, halagándola de continuo con amorosa blandura. Viendo no obstante que nada podía desvanecer su tristeza, determinó servirse de medios más directos, pintándola francamente el peligro que reconocía en sus mal concebidas ilusiones. Por lo regular paseábase Blanca en los jardines del castillo cuando empezaba el sol a ocultarse en el horizonte, y seguíala constantemente Leonor espiando con tierno interés sus menores movimientos e involuntarios suspiros. Tal era a pesar de la angustia que la consumía, el resplandor de su hermosura, que al ver brillar por entre las aromáticas plantas la orla de su vestido blanco, cualquiera la hubiese tenido por la diosa de las selvas; y al sorprenderla al pálido rayo de la luna reclinada cabe un arroyo contemplando silenciosa el lento curso del astro de la noche, tomárala por el genio de los sepulcros, o el ángel de la melancolía. En esta última actitud hallábase la doncella a la caída de una tarde mientras los últimos reflejos del sol doraban con blanda lumbre los campos de Castromerín, cuando acercose a ella su indulgente amiga, y con muestras del más noble afecto le dijo:

-Paréceme, querida Blanca, que evitáis el encuentro de cuantas personas os tienen verdadero amor: ¿creéis por dicha que las ilusiones, acaso indiscretas de la juventud, sean preferibles a los halagos del amigo que nos dirige, o a los consejos de la madre que nos educa?

-Estoy pensando, respondió Blanca, en que perderé la madre y el amigo cuando me separen de vos.

-¡Separarnos! exclamó la dueña; no lo temáis; prometo seguiros a donde quiera que os conduzcan.

-Ya no puedo ocultaros, señora mía, lo que pasa en mi corazón: si me obligan a dar la mano a don Pelayo, no creo que esté en la vuestra la facultad de seguirme.

-¿Y por qué no? preguntó sonriéndose Leonor: ¿tan poco caballero le suponéis que me negase el único consuelo de mi vida?

-No me habéis comprendido: quise decir que ibais a perderme para siempre.

-Pues entonces haced más justicia al noble señor de Castromerín. Confesadle francamente esa invencible repugnancia y los justos motivos en que se apoya, y no tengáis miedo de que con su carácter naturalmente generoso os arrastre a un precipicio. El favor que logra en la corte don Pelayo, cierta apariencia de valentía y de marcialidad, y el crédito sobre todo de don Álvaro de Luna, convengo en que han preocupado a vuestro padre a favor suyo; pero no creáis tampoco que desconozca la arrogancia y la relajación de aquel guerrero. Por más que le cueste ahora acceder a vuestras súplicas, vendrá día en que lo contemple sin el bélico prestigio que lo engalana, y os agradezca esa respetuosa resistencia. Sin embargo cuidad de que nada tenga que echaros en cara, de que no pueda decir que nazca tal obstinación de secundario interés, sino que tuvo su origen en la rectitud del alma, en la nobleza misma de vuestro carácter.

-Os entiendo, y por mi desgracia nada os puedo prometer. Exigís un esfuerzo superior a mi ternura y a mis pocos años: mis ojos procurarán no verle, mis labios no pronunciarán su nombre; he aquí hasta donde puede llegar mi sacrificio: ahora por lo que toca a desterrarlo de mi pecho, os lo repito, Leonor, no puede ser...

-Pero venid acá, mal aconsejada joven, ¿por qué desgraciado empeño labráis la desdicha de vuestros amigos y vuestra propia desdicha? Allá en mis tiempos, amada Blanca, no era tan común en el día el odio que engendran las discordias civiles, y no obstante preferíase la muerte a la mano de un campeón, cuyo padre mantuviese con el nuestro alguna guerra feudal.

-¡Si le hubieseis visto como yo derribando con fuerte lanza los más valerosos héroes que cuenta la caballería! ¡Si después a mis plantas besándome la mano con ternura y entusiasmo, mientras ondeaban en torno de su frente los rizos de su luenga cabellera! ¡Si le oyerais decir con un acento que llegaba al corazón, no os olvidéis jamás del caballero del Cisne!... No en balde reunió naturaleza en un mismo ser las más brillantes cualidades: él sólo me ha defendido cuando me creí entregada a don Pelayo; su valor, su gentileza y cortesía habían turbado ya antes de conocerle la suave paz y la inocencia de mi alma. No es decir por esto que dé pábulo a un amor que se presenta bajo tan funestos auspicios: sufriré, lloraré en silencio; pero la familia de Castromerín no tendrá que reprenderme una inclinación desgraciada.

Quedose Leonor sorprendida al oír hablar con tanta energía a su discípula, admirándose secretamente de la fuerza de un afecto, que tan pronto desenvolvía el vigor hasta entonces oculto de aquel carácter. Sólo pasados algunos momentos soltó como maquinalmente estas palabras:

-¡Infeliz!... Con imaginación tan exaltada, con un pecho tan blando y cariñoso, temo mucho, amable Blanca, que el curso de vuestros días no sea muy digno de envidia!

Abrazola al decir esto y fingiendo alguna de sus habituales ocupaciones fuese al castillo, dejando a su discípula en los jardines para que reflexionase con más libertad sobre lo que acababa de decirla.

Entregada Blanca a sus ideas se fue alejando de aquel robusto edificio hasta llegar a la puerta del parque: entró por ella, y después de divagar sin objeto determinado cerca de una hora, se vio en medio de los enmarañados bosques que poblaban su vasto recinto. Había casi desaparecido el crepúsculo de la tarde, y la noche que venía a toda prisa se anunciaba con obscuridad espantosa. Veíase una luna amarillenta asomando de tiempo en tiempo su melancólica faz al través de grupos de amontonadas nubes, y empezaba a soplar con bastante violencia el arremolinado viento del septentrión. Echó de ver la pobre Blanca cuan indiscreta había andado en alejarse del castillo; y llamando a Beatriz, única doncella que la acompañaba, se apoyó en su brazo a fin de volver a Castromerín antes que del todo cerrase la noche.

-Yo no sé, le dijo Beatriz, por qué nos hemos separado tanto del alcázar: ignoráis sin duda las apariciones que hay frecuentemente en estos bosques.

-¿A qué viene eso? preguntó Blanca en tono de reprensión: deja tales cuentos y no te detengas.

-¡Cuentos, señora! exclamó sorprendida la crédula muchacha: ¡si oyerais hablar de ello a Lorenzo el antiguo mayordomo del castillo!... temblábannos las rodillas y se nos erizaban los cabellos, sobre todo cuando escuchamos de sus labios la singular historia ocurrida últimamente en estos sitios.

-¿De qué historia me hablas? interrumpió su señora ocultando la curiosidad bajo cierto aire de indiferencia.

-Todo lo sé, replicó Beatriz mirando en torno como azoraba; digo que Lorenzo nos lo refería cuando veníamos, bien que bajo palabra de que a nadie lo habíamos de revelar.

-Pues entonces haces mal de comunicarme ese secreto.

-Beatriz guardó un momento de silencio, y después dijo: ¡Oh! lo que es a vos, ya sé que puedo revelarlo todo.

-De esa manera, añadió Blanca sonriéndose, prometo callarlo con la misma escrupulosidad.

-Preciso es que sea así, repuso la doncella, y tomando cierto aire grave, dio principio a su discurso: ya sabéis que el castillo que habitamos es muy antiguo y fortificado, que ha sostenido diversos sitios, según cuentan, y no siempre perteneció a la familia de vuestro padre. Sólo había en eso que debía heredarlo Leopoldo, cuarto duque de Castromerín, si la dama moría sin casarse.

-¿Qué dama? preguntó Blanca con viveza.

-¡Oh! despacio que aún no hemos llegado a ella, replicó Beatriz: de la dama es precisamente de quien pretendo hablaros. Habitaba este castillo del que era absoluta dueña, y ya podéis suponer que tenía muchos criados que la sirvieran: el duque Leopoldo se enamoró de ella y trató de casarse, aunque fuesen algo parientes, pero había de malo en el proyecto que la dama estaba enamorada de otro, y despreció sus ofertas; lo cual dicen le irritó sobremanera, y es harto pública la fama de colérico y arrebatado que tenía el duque Leopoldo. Acaso le vio la señora alguna vez montado en ira, y por eso no le pareció bien para marido. En fin, como iba diciendo, ella estaba muy triste y parecía ser sumamente desgraciada... pero ¡Virgen santa! ¿qué ruido es este? ¿no oís detrás de aquel paredón arruinado a una persona que suspira.

-Es el viento que silba con más fuerza entre los árboles: prosigue tu historia, y por Dios no nos paremos un instante.

-Como iba diciendo era muy desgraciada: paseábase la pobre por los salones y las galerías del castillo llorando siempre de manera que enternecía a cuantos la miraban.

-Pero, muchacha, dime en sustancia lo que ocurrió sin más rodeos ni descripciones.

-Por Dios, todo quiere su tiempo. La dama se llamaba doña Jimena, y aunque ya no estuviese en la primera edad era muy hermosa, de donde hay quien asegura que tenía algunos asomos de altivez y arrogancia. Sea como se fuere, viendo el duque que no hacía caso de sus instancias y suspiros, dejó repentinamente de visitarla, y no se volvió a presentar en el alcázar. Todo esto era muy indiferente a la señora, porque no le podía sufrir como ya he dicho.

-¡Beatriz! interrumpió Blanca, descansemos un momento, pues el paso que llevamos, y la tempestad que ya nos alcanza, me quitan del todo las fuerza.

-¿Y qué hemos de hacer solas en ese bosque expuestas a la lluvia en medio de una noche tan tormentosa y oscura? exclamó la doncella.

-Es probable que salgan del castillo en nuestra busca, respondió Blanca: entretanto guarezcámonos en la capilla de los cazadores de las gruesas gotas que ya empiezan a caer, anunciando la tempestad.

Encamináronse a una capilla medio arruinada que se elevaba a mano izquierda, en la que oían misa los antiguos duques de Castromerín antes de dirigirse a la caza, en tiempos que habitaban de asiento en aquel castillo. Entrábase a ella por una puerta sobre cuyo arco de arquitectura gótica había una estatua de piedra, único y sencillo adorno de la fachada. Aplicó Blanca la trémula mano a un cerrojo lleno de hollín, y aún no había acabado de correrlo cuando una ráfaga de viento empujó la puerta con tal ímpetu, que abrió de repente entrambas hojas, sacudiéndolas contra las desmoronadas paredes del reducido santuario. Salieron al estruendoso golpe feas aves nocturnas dando espantosos aullidos, y tembló por un momento la ruinosa techumbre.

-Por Dios no entremos, exclamó Beatriz: vale más cien veces arrostrar los furores de la tormenta.

-¿Qué es lo que temes? dijo su pálida señora disimulando la turbación: entra conmigo y aguardaremos en este asilo a las gentes que sin duda ya vienen por nosotras.

Brilla en esto ante sus ojos la llama del primer rayo y estalla sobre su misma cabeza un horroroso trueno: inmóviles y despavoridas ya no tienen más recurso que entrar en la fúnebre capilla, y sentarse sobre un montón de escombros arrinconados en uno de sus ángulos. De cuando en cuando penetraba el lívido resplandor de los relámpagos por una especie de ventanas puntiagudas practicadas en lo alto de las paredes, cuyos vidrios pintados de diversos colores, rotos y mal unidos, formaban numerosas hendiduras. También el viento se introducía por ellas silbando al través de los arcos de la bóveda, y agitando las plantas silvestres que colgaban de los muros por la parte de afuera.

-En nombre de la Virgen no te asustes, Beatriz, y cree que no tardará a disiparse la tempestad. Luego volveremos tranquilamente a nuestro alcázar: pero ¡Dios mío! ¿qué es lo que tienes? prosiguió Blanca observando que temblaba la doncella: ya sabes que nada debemos temer; el parque está cerrado con una robusta reja de hierro.

-¡Ah! señora: ningún miedo tengo a moros ni a bandidos; pero si supierais toda aquella historia que empezaba a contaros no extrañaríais por cierto mis temores.

-Prosíguela pues, amiga mía; entretanto, repito, se apaciguará el temporal, y el descanso nos restituirá las fuerzas. Paréceme que la suspendiste cuando el duque mi bisabuelo dejó de visitar a la dama del castillo.

-Precisamente, continuó Beatriz en voz baja y arrimándose mucho a su señora: como iba diciendo, a doña Jimena no se le dio un ardite de la indiferencia del duque; mas no por eso dejaba de llorar y lamentarse, y andar sola por los campos a la última hora del día. En una de las breves tardes del mes de noviembre salió a su paseo ordinario y se metió por lo más revuelto de este bosque pensativa y melancólica. El viento era muy frío y la noche empezaba a manifestarse húmeda y obscura: una de sus doncellas que la vio a tal hora por estos sitios expuesta a todas las inclemencias de tan sañuda estación, quiso persuadirla que se volviera: pero ella gustaba de recorrer la selva en el silencio de la noche, y hallaba extraordinario placer en contemplar a la luz de la luna cual caían las hojas amarillentas de los árboles. Verdad es que entonces estaba el cielo encapotado de nubes; pero doña Jimena se deleitaba también en oír el sordo rumor del huracán, y en ver la pálida brillantez de los relámpagos.

Entretanto la campana del castillo había ya dado el toque de ánimas, y la dama no parecía. Pensaron los criados que le hubiese acometido algún accidente y salieron en tropel con el ansia de hallarla: buscáronla hasta romper la aurora... pero ¡ah! ni rastro encontraron de su cuerpo. Desde aquel terrible día no se ha oído hablar más de la pobre señora.

-¿Y es eso verdad, Beatriz? preguntó Blanca llena de asombro.

-¡Oh! no lo dudéis, respondió la atemorizada doncella.

-¿Y no se hicieron vivas diligencias para averiguar el paradero de aquella desgraciada?

-Infinitas: hasta que viendo que todo era inútil, el duque Leopoldo tomó posesión del castillo.

-¿Y fue en este mismo bosque? repuso Blanca dando un suspiro.

-En este bosque, respondió Beatriz, y he aquí lo que causa más horror. ¿No oís el viento, prosiguió con voz aún más apagada, cual nos da la idea de un prolongado y tristísimo gemido? Pues acaso sea la misma doña Jimena, porque habéis de saber que aparece a menudo por estos contornos vestida de blanco y despidiendo lúgubres ayes. ¡Virgen María! ¡qué trueno tan horrendo!... allí junto al altar está la losa de una antigua sepultura, bajo la cual suenan todavía los sollozos de la misteriosa dama. ¿Habéis oído algo?...

-Paréceme que no, respondió Blanca con voz balbuciente.

-Habrá como cerca de veinte años, prosiguió Beatriz, que vuestro padre había recogido en este mismo castillo a una señora joven, último vástago de la familia de doña Jimena. Llamábase doña Inés, y si hemos de juzgar por los retratos colgados en la galería azul, era muy semejante a la prodigiosa dama de quien descendía. Pasiones turbulentas, humor hipocóndrico y solitario formaban el carácter de esta joven. A veces efectivamente parecía dominada por una inclinación frenética hacia la soledad, a veces por los raptos de una fantasía tétrica y delirante. Amábala en extremo la duquesa vuestra madre y hacía lo posible para distraerla, para inspirarla más sosiego y dulzura. Pero por mucho que se lo repetía y siempre con el mayor cariño, la doncella no dejaba de dar pábulo a su tristeza. De noche venía a pasearse por estos bosques, o encerrada en su aposento cantaba desde la ventana algunas canciones provenzales con tal expresión de dolor, que arrancaba lágrimas.

La duquesa en tanto iba perdiendo la salud, de manera que alarmó a los habitantes del castillo. A medida que se debilitaban sus fuerzas notábase en ella cierta melancolía lúgubre, que nada podía suavizar. Cual si en fuerza de esta disposición de su ánimo se sintiese más dispuesta a sufrir el carácter áspero y salvaje de doña Inés, gustaba de pasear sola con ella y sentarse en los sitios más retirados de este parque: a menudo pasaban en él horas enteras y volvían como enajenadas al castillo, con los ojos hundidos y el semblante pálido y cadavérico. De aquí cundió la voz de que a entrambas se aparecía doña Jimena, y las aterraba con espantosas visiones. ¡Ay! cuantos la conocían lamentaban la suerte de la duquesa de Castromerín: la expresión más natural de su rostro dicen que era la de una angélica dulzura, mezclada con ciertos rasgos de abatimiento y resignación. Su sonrisa parecía bondadosa y melancólica y cuando levantaba al cielo los lánguidos ojos azules, expresaban todas sus facciones la más inocente ternura. En fin, a pesar de ser tan amable, hermosa y tierna; de no padecer ningún mal, de verse querida de su esposo, respetada de sus vasallos, admirada de los más ilustres caballeros; consumíase visiblemente en la flor de su edad, cual si una fuerza sobrehumana la arrastrase hacia el sepulcro.

-¡Oh! sí: interrumpió Blanca enternecida, todos repiten que era un ángel, y nadie me ha podido enterar de la naturaleza de su postrera dolencia. Beatriz continuó.

-Un día amaneció en que ya no pudo salir del lecho, y previno a su esposo que iba a morir. Lorenzo se acuerda bien de los clamores que lanzaba vuestro padre, y de las pruebas que diera del más profundo pesar. Ya moribunda admirose mucho la doliente de que no acudiese a asistirla doña Inés, y pidió por ella. Buscáronla los criados por todo el castillo, subieron a lo más alto de los torreones donde pasaba largos ratos aquella extravagante joven, anduvieron los jardines, llamáronla en alta voz por estos alrededores, pero todo en vano. Lorenzo la vio venir sola hacia este bosque, y en él había desaparecido la ilustre huérfana. ¡Ah! ¡tampoco se ha vuelto a saber cosa alguna de la desgraciada Inés!

-¡También Inés!... interrumpió Blanca estremeciéndose: siempre me han dicho que falleció de pesar por la muerte de su bienhechora.

-Muy al contrario, prosiguió la doncella: así que dijeron a la duquesa que por más que hacían no encontraban a su amiga, dio un grito de dolor y levantando los ojos al cielo rogó a los circunstantes que se retiraran, que la dejasen morir. Pidió al duque que la abrazase, vertió un diluvio de lágrimas sobre vos que aún estabais en la infancia, recompensó a los criados, señaló limosnas a los pobres, y exhaló el último suspiro en medio del llanto universal y de las bendiciones de todos sus vasallos.

-¡Madre mía! exclamó Blanca echándose en los brazos de Beatriz: ¡por qué no me ha concedido el cielo suavizar con mi cariño tus últimos momentos!

-En cuanto la campana del castillo, continuó la muchacha, anunció el fallecimiento de la duquesa, vinieron en tropel todos los mendigos de las cercanías, que vivían a expensas de su liberalidad, para tener el consuelo de llorar sobre su cadáver. Sin embargo ninguno de ellos pudo ver el cuerpo de vuestra madre: el duque lo había hecho encerrar en un magnífico ataúd que colocaron en medio del oratorio del castillo entre amarillas antorchas, y velado por los monjes del cercano monasterio de S. Mauro. Corría un vago rumor entre aquella muchedumbre de vasallos acerca de la misteriosa dolencia que acometiera a la infeliz duquesa, de la súbita desaparición de doña Inés, y de los prodigios que se habían observado en estos bosques. Y no sólo el bajo pueblo se ocupó de tales habladurías, sino que también cundieron entre gentes de más cuantía; por manera que la historia de doña Jimena, la singular muerte de vuestra madre, y las extravagancias de Inés, eran el tema favorito de los hidalgos y ricos-homes, que asistieron a las suntuosas honras de la señora.

A pesar de que todo esto se decía con aire de confianza y de misterio, el duque llegó a traslucir algo de lo que pasaba, y justamente enojado de que el nombre de su esposa anduviese en boca de las gentes, prohibió severamente que se hablase más de tales ocurrencias. Nadie cazó desde entonces en este parque, y llamando vuestro padre a una señora de su confianza para que atendiese al cuidado de educaros con esmero, se fue a Valladolid donde a la sazón residía la corte, al efecto sin duda de olvidar entre sus grandezas aquellos desgraciados sucesos. De cuando en cuando venía a este castillo para abrazaros y ser testigo de vuestros adelantos, hasta que ya más crecida comenzó a presentaros en los torneos y otras diversiones públicas. Ved aquí la razón por qué no había llegado a vuestros oídos la singular historia que acabo de relatar; y ved aquí también por qué me estremezco al aspecto de estas horrorosas soledades.

Atónita Blanca y despavorida por lo que acababa de referir su doncella, escuchaba en silencio el rumor de la tormenta, y pedía secretamente al cielo que le permitiese abandonar sin tardanza aquellos sitios. Tal era no obstante la violencia del temporal que a veces creían ambas que iba a desplomarse la polvorosa capilla donde estaban guarecidas, quedando sepultadas para siempre entre sus ruinas. El resplandor de los relámpagos seguía iluminando de tiempo en tiempo aquel tenebroso recinto, y entonces los objetos que descubrían en él acrecentaban su palidez y sus terrores. Pendían de la bóveda banderas medio destrozadas, adornaban las paredes cornetas y carcajes, confundidos con cabezas de lobos, jabalíes y otras feroces alimañas, ofrendas sin duda de intrépidos cazadores, y veíanse mover dos estatuas de tosca piedra puestas de rodillas sobre una urna sepulcral metida en un nicho, abierto a pico en el muro.

-¡Señora! exclamó Beatriz, se me erizan los cabellos al oír como tiembla la losa de aquella sepultura.

-¡Silencio! interrumpió Blanca: ¿no has visto al rápido vislumbre del rayo una especie de sombra que se desliza por debajo del arco de aquella capilla?

-¡Una sombra!... huyamos por Dios o desapareceremos como la malograda Inés.

-¿Y a dónde huir en medio de esa embravecida borrasca? Sálvate, querida Beatriz, si tienes aliento para hacerlo, y ven después a este mismo lugar a verter lágrimas sobre el cadáver de tu señora.

-¡Oh! no; no creáis que en tan terrible noche os abandone, respondió Beatriz: pongámonos de rodillas y roguemos al cielo que nos libre de la muerte.

-¡De la muerte! exclamó una voz desconocida.

Vuélvense temblando al oírla las dos jóvenes, y al reflejo pasajero de un relámpago, ven una figura pálida y descarnada, al parecer vestida de negro con tocas blancas en la cabeza, que las miraba atentamente puesta de pie en uno de los ángulos de la lóbrega capilla. A su aspecto doblan ambas las trémulas rodillas, la lengua entorpecida se les pega al paladar, y sin poder proferir una sola palabra, tienden los brazos hacia la terrible fantasma y caen sin sentido sobre las húmedas piedras de aquel tiempo.


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Capítulo V[editar]

Los dos rivales.


Mientras esto pasaba en los bosques del parque, reinaba el mayor desorden en el castillo de Castromerín. Desde que se hizo tarde Leonor envió varios criados por los jardines en busca de su amada discípula: volvieron uno tras otro sin haberla podido hallar, y el aya de Blanca empezó a concebir vivos temores acerca de lo que habría sido de esta melancólica doncella. Ocurriole que podría haber prolongado su paseo por el parque, aunque a tal hora de la noche no la juzgase capaz de tanto valor. Con todo no hallándola en los jardines, creyó que únicamente por allí se hubiese extraviado. Con esta idea llama al momento a las gentes de la casa, y envía a Lorenzo con dos de sus compañeros a fin de que recorriese con la mayor escrupulosidad todo el recinto.

Parten deseosos de encontrar a la hija de su señor a quien amaban en razón de su manso y templado carácter, e intérnanse por las revueltas del parque de Castromerín, a despecho de la tempestad que bramaba sobre sus cabezas.

-Extraño es que el viejo Lorenzo haya accedido a venir a tales horas por estos sitios, dijo Beltrán, uno de los flecheros del alcázar a su antiguo y desvencijado mayordomo.

-¿Te quieres callar? respondió este: ocúpate en lo que buscamos y deja lo demás. Vuelve la lámpara hacia la mano derecha: ¿no distingues cosa alguna?

-Nada, voto a mi cuerpo, respondió Beltrán. Vaya que tienen raros caprichos las damas de este castillo. Como si no supieran que anda suelta por ahí la dueña doña Jimena...

-Así te viera seca esa lengua, interrumpió Lorenzo: ¿no te he dicho, maldito de Barrabás, que no me nombres por estos andurriales a la tal señora?

-He aquí la cruz, dijo el otro criado, donde es fama que el duque Leopoldo mató en singular combate al conde de...

-De los infiernos; atajole el mayordomo; es fuerte cosa que no habéis de hablar más que de los que murieron: hombre, no vuelvas esa linterna hacia mí que me deslumbras... tampoco andéis tan despacio, y levantad la voz de cuando en cuando por si anda la hija de mi señor errante por esos bosques.

-Sí, respondió el criado, hallado os la habéis traspapelada entre unas matas. Así anda ella ya por ahí ni por parte alguna como mi padre. Y por lo que hace a eso de alzar la voz, grite enhorabuena el señor Lorenzo si es que gusta de que la dueña le eche el guante: en cuanto a mí no pienso llamar su atención de ningún modo, así tal vez salga con vida de esta peligrosa aventura.

-Y puedas más tarde visitar a tu sabor la bodega del castillo, añadió Beltrán.

-Calla, dijo su compañero: ¿no te parece oír un canto algo distante y melancólico?

-No oigo más, respondió Beltrán después de escuchar un instante, que el prolongado rumor de los truenos, y el mugido de los pinos agitados por el viento.

-Pues te digo, replicó el otro, que acaba de llegar a mis oídos un canto fúnebre y siniestro.

-¿De veras? preguntó Lorenzo medio temblando.

-¡Oh! no lo dudéis; dejad sino las linternas aquí en el suelo detrás de los matorrales, guarezcámonos de la lluvia debajo la copa de esta encina, y escuchemos.

Hicieron en efecto lo que el mozo les decía, y algo abroquelados con las ramas de un árbol venerable por su antigüedad y corpulencia, estuvieron aguardando el canto de aquella voz misteriosa y desconocida.

-Ya te decía yo que te silbaban las orejas, exclamó Beltrán viendo que nada se oía. Vaya, vaya, echa mano a tu lamparilla, y no nos vengas otra vez con esos cuentos.

-Por vida de san Cosme, te repito que es verdad: y aún más; lo que cantaban era cosa lamentable y plañidera; así como de entierro.

-Apuesto a que ese menguado, replicó Beltrán dirigiendo la palabra al mayordomo, se empeñará en hacernos creer que ha oído los alaridos de las brujas cuando bailan para divertir al diablo.

-No puede ser sino que tengas algún familiar en ese cuerpo, respondiole en voz baja el viejo Lorenzo: si conocieses mejor estos bosques no extrañarías por cierto tales prodigios.

Aquí llegaban de su diálogo cuando hirió efectivamente sus oídos el eco de una voz al parecer algo distante que cantaba cierto aire peregrino y melancólico. Perdíanse de cuando en cuando aquellos lúgubres sonidos entre los silbos de la borrasca, pero se fueron visiblemente acercando, y ya se pudieron distinguir con más claridad.

-A lo menos ahora, dijo el criado con muy apagado acento, no me diréis que sea ilusión.

-Yo no he dicho tal, respondió el mayordomo. Sabéis lo que conviene hacer, compañeros, volvernos al castillo para que vengan los demás criados y el padre Antonio también con ellos.

-¡Qué hablas de huir, villano! gritó Beltrán, juro a mi cabeza que no hemos de entrar en Castromerín hasta haber dado la vuelta por todo el parque. Ea, linterna en mano y sigamos nuestro camino por este mismo sendero.

Dice, y sus dos compañeros le siguen temblando sin atreverse a replicarle. Ambos vuelven y revuelven detrás de él por aquellas sendas tortuosas y encrucijadas, siempre alargando el cuello y aplicando el oído. Azorados y yertos de miedo invocan secretamente todos los santos del cielo, y se estremecen al escuchar las terribles blasfemias que profiere Beltrán. Pero llegan al colmo sus temores cuando ven que el flechero se para de repente y levanta su linterna.

-¿Qué es lo que has visto, le pregunta el mayordomo?

-Una mujer alta con tocas blancas y saya negra, que se ha metido entre aquellos árboles, responde el imperturbable guerrero.

-¡Perdidos somos! exclama Lorenzo.

-¡Perdidos! repite el otro criado.

-Poco temblar, cobardes, continua Beltrán. Convengo no obstante en que volvamos al castillo a lo que decíais, pues aunque gradúo de pueriles semejantes temores, hay en lo que acabo de ver algo de superior a mis rústicos alcances. Vaya, venid conmigo y no temáis que esa aparición, o lo que sea, me quite la serenidad.

Lorenzo y su compañero iban agarrados de la ropa de Beltrán: así anduvieron largo trecho hasta que al volver de una senda vieron delante de sí aquella horrorosa fantasma, sentada al pie de la cruz donde el duque Leopoldo había muerto en singular desafío al conde de Saldaña, si no mentían los antiguos romances. A su aspecto echan a correr Lorenzo y el otro criado dando agudos alaridos, y dejan solo al flechero, que permanece algunos instantes como clavado en aquel sitio contemplando la desagradable visión. La mujer en tanto yacía recostada en la misma base de la cruz, y los rayos de la linterna de Beltrán reflejando en su semblante, iluminaban unas facciones áridas y cadavéricas.

Levántase en esto, y dirigiéndose al soldado con lento y majestuoso paso, habló algunas palabras tendiendo los brazos hacia el castillo, que ya no pudo entender Beltrán, porque desde que el espectro se puso en pie sintió helársele la sangre en las venas, y perdida de todo punto la serenidad y la intrepidez, echó también a correr por lo más hondo y enmarañado de la selva. Sus compañeros llegaron sin aliento al castillo donde refirieron el lance con pasmo y terror de cuantos lo oyeron, asegurando que habían visto a la dueña doña Jimena como arrastraba tras de sí al incrédulo Beltrán, en castigo de su impiedad y de sus blasfemias.

Leonor aunque apesadumbrada hasta lo sumo, reunió cuantos criados y hombres de armas había en Castromerín para registrarlo todo en busca de la imprudente Blanca y de su doncella. Afeó al mayordomo su supersticiosa cobardía, bien que secretamente no dejaba de sentir algún temor a causa de la desaparición de Beltrán, en cuya audacia y bravura tuviera la mayor confianza. Animose sin embargo y corrió inmediatamente en busca de su discípula vertiendo abundosas lágrimas con el recelo de que fuese tardía su diligencia, en atención a que tales preparativos y sucesos habían hecho pasar gran parte de la noche sin que Blanca y su doncella hubiesen sido socorridas.

Ambas jóvenes permanecieron algún tiempo desmayadas sobre el frío pavimento de la capilla, y sólo volvieron a la vida para ser testigos de una escena si cabe más desagradable que la primera. Apenas recobraban los sentidos cuando notaron que entraban en aquel sitio tres caballeros armados de pies a cabeza, calada la visera, llevando uno de ellos una lámpara pendiente de una cadena de bronce. De pronto sintieron alguna alegría por verse en compañía de otras personas, pero cambiose sin tardanza en recelo y temor. Cogiéronlas con sus membrudos brazos aquellos feroces guerreros, y llevándolas al bosque montaron con ellas en los caballos que habían dejado allí amarrados de los árboles, y comenzaron a correr a todo escape para salir de las inmediaciones del castillo.

En tanto la pobre Blanca cubierto el rostro de mortal palidez, esparcidos al viento sus cabellos, inclinada la cabeza sobre el brazo del infame raptor, fijos los ojos en la bóveda celeste y vertiendo desesperado llanto, invocaba al cielo y a sus mismos enemigos con los más fervorosos clamores.

-Nada temáis, le dijo al fin el caballero que se la llevaba: estáis en los brazos de un hombre que tierno os ama, y a quien vuestro noble padre os destina para esposa.

-¡Cielos! exclamó la infeliz cediendo a la violencia de este golpe; ¡en brazos de don Pelayo de Luna!... ¿y a dónde osáis llevarme? Si alguna vez se ha enternecido vuestro pecho por las lágrimas de una hermana o las caricias de una madre, os ruego, señor caballero, que os apiadéis de las angustias de una tímida doncella. Volvedme a los brazos de Leonor, y os prometo agradecer toda mi vida semejante rasgo de generosidad.

Súplicas no menos tiernas hacía al mismo tiempo Beatriz al bárbaro que también la arrebataba, sin que tampoco pudiesen ablandar sus sollozos aquel corazón de acero.

Casi del todo se había apaciguado la tormenta: silbaba el viento con agradable mansedumbre: cesó la lluvia: iba menguando el ímpetu de los torrentes, y una nube ligera y adelgazada daba paso a los rayos de la luna, que comenzaba nuevamente a iluminar aquellas selvas, aunque con amortiguado resplandor.

Seguían los tres caballeros en su acelerado curso llevando con ellos a la ilustre heredera de Castromerín y su doncella, sin que sus exclamaciones les hubiesen proporcionado ningún defensor. Pero cuando iban a salir por la reja de hierro que cerraba el parque, abierta entonces de par en par, entraban por ella a todo escape dos campeones armados de punta en blanco, que dando un grito así que distinguieron los raptores y arrojándose con la lanza baja sobre ellos, arrancaron de la silla del primer bote al que se hallaba más en estado de defenderse por no ir embarazado con ninguna de las dos víctimas, y retaron en alta voz con desaforados denuestos al hijo del condestable y al otro compañero de su infamia.

No aguarda don Pelayo a que se los repitan: deposita a Blanca en brazos del otro guerrero y revolviendo contra el más atrevido de los dos que entraron por la reja del parque: prepárate, aleve, le dice; prepárate que llegó tu vez.

-Pues véngate, responde su contrario, de la lanzada que te hizo morder la tierra en el torneo de Segovia.

-¡Traidor! replica don Pelayo mordiéndose los labios de cólera; debiera haberte conocido en el modo de asaltarnos...

-¡A las armas! exclama atajándole el defensor de Blanca, y arrojando la pica lejos de sí para no pelear con ventaja, echa mano al acero y empieza con su rival el combate más encarnizado y rencoroso.

Habíase escapado Beatriz de las manos de su raptor ocupado en cuidar de su señora, y corría por los bosques con dirección al castillo de Castromerín, implorando socorro en cuanto se lo permitían sus fuerzas. Por lo que toca a Roldán acometió sin ceremonia al compañero de don Pelayo: arrancó de sus brazos la hija de Castromerín, persiguiole con un coraje sin igual, y después de haberle dejado tendido sin dar señales de vida, estúvose con mucha flema sosteniendo a la desanimada Blanca, y contemplando el combate de los héroes. Sólo de tiempo en tiempo soltaba alguna expresión de las de su escuela, o para animar a Ramiro, o para aplaudir los golpes que descargaba en el yelmo de su contrario.

Los dos caballeros continuaban acuchillándose más deseoso cada uno de verter la sangre de su enemigo, que de conservar su propia vida. A uno y a otro dominaban la rabia y el resentimiento: entrambos se sentían aguijoneados por terribles y sangrientas pasiones: los celos, el orgullo, la venganza cegaban al hijo de don Álvaro de Luna; el amor, la humanidad y la gloria enardecían la sangre de Ramiro de Linares: peleaba aquel con la ferocidad y la torcida intención del tigre: este con la bravura y la nobleza del león. Pero al resplandor de la luna vio casualmente don Pelayo a su amada en los brazos de Roldán, y lanzándose en el mismo punto fuera del parque aplicó una corneta a los labios haciéndola dar tres robustos comarcanos. Adivinó su intención el caballero del Cisne, y tomando a Blanca de los brazos de Roberto:

-¿Sois hombre, le dijo, para sostener mi retirada mientras llevo a esta infeliz a su castillo?

Al oír esto la dama juntó las manos en tanto que murmuraba Roldán una respuesta, y mirándole tiernamente conjurole por cuanto amaba en el mundo para que no se opusiese a intención tan generosa.

-Cualquiera que seáis, exclamaba, tened compasión de una afligida doncella. Pero si rehusáis volverme a Castromerín, o nos acometen los enemigos antes que podáis verificarlo, os pido, señor caballero, que atraveséis mi pecho con esa daga para que no vuelva a caer en manos de aquel orgulloso hidalgo.

-¿Paréceos, dijo Roldán entre dientes, que sea yo el rey Herodes para andar sin más ni más degollando chiquillos?

Íbale a imponer silencio el del Cisne cuando volvió a entrar corriendo don Pelayo, seguido de ocho lanceros que habían acudido a la llamada. Vuelven a cruzarse las espadas y Roldán y su discípulo se ven cercados y acometidos por todas partes.

Colocáronse no obstante en una especie de claro formado por los árboles del bosque, desde donde se lanzaban como el rayo en medio de sus feroces enemigos. Abrían estos el paso algo desbandados y atónitos de tamaño esfuerzo y furor; pero cuando revolvían aquellos los caballos para ganar otra vez la posición primera, arrojábanse a su encuentro a manera de abejas provistas de alas para huir, y armadas de aguijones para vengarse.

-¡Cobardes! gritábales medio corrido don Pelayo: arrancad la dama que oprime aquel malandrín contra su pecho, y yo castigaré después su alevosía.

Disponíanse efectivamente a ejecutarlo llevados de las amenazas y el ejemplo que les daba su colérico capitán atacando a los defensores de Blanca con extraordinaria bravura: veíanles además fatigados, y al principal de los dos en varias partes herido. No obstante cuando echaba una ojeada a la tierna beldad, que yacía casi sin respiración en sus brazos, recobraba su pujanza, y defendíase de nuevo con el coraje de la leona a quien tratan de robar los cachorros. De todas maneras iban a sucumbir en tan desigual combate los dos magnánimos caballeros, si no se oyeran en aquel momento las voces de los criados y hombres de armas corriendo por aquellas selvas en busca de su señora, los cuales habiendo hallado en ellas a Beatriz, supieron de cierto el sitio donde se verificaba la mortal contienda. Alumbra de repente el campo de batalla multitud de teas o hachones formados de cierta madera resinosa; silban algunas saetas en torno de don Pelayo y sus satélites, y aparecen por distintos puntos paisanos intrépidos y soldados cubiertos de hierro.

A su imprevisto aspecto arrójanse por la reja del parque el hijo de don Álvaro y sus lanceros, visto que el número de los perseguidores era infinitamente superior, y escápanse a uña de caballo de la nube de saetas que les disparan, bien que no tan a tiempo que algunas de ellas dejen de clavarse resonando en su resplandecientes armaduras.

Sorprendida Blanca con el gozo de verse libre por último de tan notorios riesgos, derramaba en los brazos de Leonor dulces y abundosas lágrimas.

-Todo lo debo, decía, a esos valientes caballeros: sin su magnánimo esfuerzo nunca más me hubierais visto, pues quien sabe que habría sido de vuestra hija en poder del impío don Pelayo.

Los paisanos, la servidumbre y los hombres de armas, que habían acudido a socorrerla, se amontonaron a su alrededor para felicitarla de su libertad, y suplicar que no quisiese salir sin buena escolta cuando se alejase de los muros del alcázar.

A todos agradeció su buen deseo, pero manifestó un reconocimiento sin límites a los que combatieron largo rato contra don Pelayo y sus secuaces. Yacía entretanto a sus plantas el gentil caballero, que durante la refriega la estrechaba con respetuoso ardor contra su pecho, sin que pudiesen levantarle de ellas los cariñosos ruegos de la doncella, entonces suavemente reclinada en los brazos de Beatriz, y teniendo una de sus manos entre las de la complacida Leonor.

-Alzad por Dios, señor caballero, le decía: agradezco en el alma cuanto habéis hecho en mi defensa: en vista de vuestro valor, y más que todo de los nobles sentimientos de que hacéis alarde, paréceme que no es hoy la vez primera que os debo la libertad.

-Ante el cielo juro, respondió el incógnito poniéndose en pie y alzándose la visera, que sólo estimo la vida para consagrarla en vuestro servicio.

-Con todo, repuso Blanca, os debéis primero a vuestro rey, a la patria y a los infelices; corred pues a ensalzar vuestro monarca, corred a dar la victoria al reino de Aragón que os mira como su héroe: sólo desearía que no os hallase en las batallas del duque de Castromerín.

-No lo temáis, respondió el joven don Ramiro, primero pereciera a sus golpes y dejara de pelear en las querellas que nos suscita el condestable de Castilla. Noble señora, todo os lo quisiera sacrificar, hasta esa misma gloria que ha sido el ídolo de mi juventud, el móvil de mis acciones: y si creéis que no es demasiada osadía demandaros una gracia el caballero del Cisne...

-¡Infelices! exclamó Leonor interrumpiéndoles: ¿por qué os entregáis a vanas ilusiones? ¡Blanca! acordaos del duque de Castromerín, y vos, señor caballero, no echéis en olvido al conde de Pimentel. Ya que librasteis a esta joven del poder de don Pelayo, sed generoso para obrar de tal manera, que no le acarree la menor desgracia vuestro ardor caballeresco. Perdonad si os hablo con semejante franqueza: oblígame a ello el puro esplendor de vuestra fama, y el linaje que ennoblece la cuna de mi pupila.

-Ta, ta, dijo Roldán entre sí, mala pascua me dé Dios si ese mocoso de mi discípulo no maneja tan bien la lengua como la espada: y a lo que parece no le han gustado mucho los aspavientos de la dueña... con todo ya vuelve, bendito Dios, a dar el segundo asalto: ánimo, hijo mío; al fin, al fin la plaza te pertenece de derecho. No, pues la niña es hermosa como un oro: ¡y qué rica saya arrastra! Tomadme luego los dedos cuajados de sortijas, o las pulidas muñecas con brazaletes de perlas... ¡Roberto! ¡Roberto! y es posible que con esa facha rebosando de arrogancia y gallardía nunca tuvieras... ¡Vive Dios que soy un asno!

Mientras hacía Roldán estas sabias reflexiones empezaba a caminar toda la gente con dirección al castillo. Separose Leonor de su discípula a fin de dar a entender cuan segura estaba de los severos principios que ennoblecían al caballero del Cisne, a cuyo lado andaba lentamente Blanca de Castromerín, aunque apoyada en el brazo de su doncella. A la trémula luz de las antorchas notábase en su rostro pálido, en su marcha lánguida y poco firme la dolorosa impresión que hicieran en su pecho los aciagos sucesos de aquella noche. A corta distancia de ellos venía el bravo Roldán algo mohíno y cabizbajo llevando su caballo y el de Ramiro por las riendas: sospechamos que andaría atando cabos para atinar la razón por qué las damas y las princesas no se enamoraban de él; pero muy pronto se cansó, como buen soldado, de fijarse en la misma idea, y púsose a silbar con cierta indiferencia o resignación, a qué llamaríamos filosofía en este siglo, el tono de aquella copla:


Nunca hubiera caballero
de damas tan bien servido,
como el bravo Lanzarote
cuando de Bretaña vino.


-Me parece que vuestra aya es algo injusta conmigo, decía en tanto a su amada el hijo de don Íñigo rompiendo al fin el silencio: cree que trato de enemistaros con el duque, cuando únicamente aspiro a la honra de llamarme vuestro caballero.

-¿Y hacéis bien, respondiole, de rendir tal homenaje a Blanca de Castromerín?

-Sé que hago bien en tributarlo a lo que encierra el mundo de más puro y más perfecto: ¿por qué queréis, pues, que me atormente a mí mismo pensando en la enemistad de nuestros padres?

-Y sin embargo, dijo Blanca suspirando, es lo que debemos tener presente para no separarnos un ápice de nuestros deberes.

-¿Y vos también, exclamó dolorosamente el caballero, también vos, amada Blanca, os acordáis de las desavenencias que dividen desde más de un siglo las familias de Pimentel y de Castromerín? Pues qué ¿nunca han de cesar esos antiguos rencores? ¿Siempre por mezquinos enconos se ha de ver amancillada la gloria y la reputación de nuestras casas?

-Os puedo asegurar, señor caballero, que nunca he profesado el más leve rencor a los ilustres Pimenteles de Aragón: muy al contrario, aplaudo vuestro denuedo, admiro vuestra hidalguía, y si tuviera un hermano os propusiera a él como el modelo más cabal. Con todo no llevéis a mal que os diga que juzgo de mi obligación el respetar las opiniones del autor de mis días y no contradecirlas, a lo menos en cuanto sean compatibles con las leyes de la obediencia y del honor.

-Pues entonces, exclamó con viveza el caballero, yo me he equivocado arrancándoos de los brazos de don Pelayo de Luna.

Al escapársele esta expresión de resentimiento, observa que Blanca lo mira tiernamente, y se asoma por debajo de sus párpados una lágrima fugitiva. Figúrase leer en aquella mirada la más blanda reprensión, y siente tanto lo que ha dicho, que está casi resuelto a echarse a las plantas de aquella amable joven para pedirla perdón del indiscreto movimiento de enojo que acababa de manifestar. Iba efectivamente a ejecutarlo, pero Blanca lo detuvo diciéndole con angelical dulzura.

-No sé si he acertado en la explicación que acabo de haceros acerca de mi modo de pensar, pero si sé que de cuantas faltas pudieran achacarme ninguna me pareciera tan injusta como la de suponerme ingrata. Creed, don Ramiro, continuó poniendo la mano en el pecho, que este corazón palpitará siempre de agradecimiento por mi generoso libertador.

-Y el mío, celestial criatura, respondió enajenado el caballero, no amará otra deidad que vos, ni aspira a otro bien que al de morir en vuestro servicio.

-¿Y os olvidáis de la gloria, interrumpió Blanca con generoso entusiasmo? ¡Ah! a Dios no plazca que las gracias perecederas de una doncella amortigüen los brios del campeón más ilustre de la caballería. Nunca me perdonara a mí misma el haberos desviado, aunque involuntariamente, de la senda del heroísmo.

-No, no lo temáis, respondió el caballero: la sola idea de que la defensa de la humanidad y el laurel de las batallas entusiasman vuestra alma sublime y pundonorosa, me hará invencible cuando proteja la inocencia, me volverá furibundo cuando defienda mi patria. Y si llega algún día a vuestra noticia que de lo más sangriento de una refriega me han sacado mis amigos moribundo sobre un pavés, sabed que sólo a vos deberé el lauro que entonces orlará mis sienes, a vos, celestial hermosura, la gloriosa muerte de los héroes.

-No más, no más por Dios, exclamó enternecida la heredera de Castromerín: retiraos a descansar y a curaros esas heridas, aunque leves, que habéis recibido combatiendo por mi causa. No conviene a vuestra seguridad que permanezcáis por más tiempo en estos sitios, y si os es grato el afecto de una joven entusiasta por los nobles principios de que blasonáis, de una joven que se complace en veros rico de laureles y de timbres; cuidad también de conservar una vida que ya dos veces se ha querido sacrificar por defenderme.

-Según eso, preguntó modestamente el caballero, no desaprobáis el celo con que os he arrancado de...

-Antes bendigo el azar que os condujo tan a tiempo a socorrerme.

-¿Y os acordáis alguna vez del caballero del Cisne?

-Ya os he dicho, respondió Blanca con melancólica sonrisa, que me acordaré toda la vida de mi generoso libertador.

Detiénese al acabar estas palabras, y para indicarle que era ya hora de volverse, sin dejar que iluminase aquellos campos el día que empezaba a despuntar, levanta la mano con ademán lleno de gracia y nobleza y tomándosela al mismo tiempo el caballero imprime en ella los labios lleno de respetuoso fervor. Adiós, exclama con la mayor ternura, me habéis hecho el más feliz de los hombres, ahora debo hacerme a mí mismo algo digno de la más noble de las mujeres.

Dice, y montando en su caballo, mientras lo mismo practicaba Roldán, hácele sentir el acicate y desaparece. Síguele Blanca por breves instantes con dolorosa y tímida mirada, y no puede dejar de despedir un suspiro cuando ve perderse por entre los pinos y las encinas de aquellos bosques el blanco penacho que coronaba el yelmo del caballero.

Siguió después lentamente a Leonor y a los criados apoyada siempre en el brazo de Beatriz, y llegaron al castillo cuando puro y sereno asomaba el sol por el horizonte. Frente de la puerta por donde entraron vieron sentado al flechero Beltrán a guisa de hombre triste y meditabundo. Llamole a parte Leonor, y preguntándole con su discípula acerca de lo que le ocurriera aquella noche, quedaron atónitas al escucharlo descubriendo heladas de terror que no era mera ilusión lo que habían visto Blanca y Beatriz en la capilla de los cazadores, y los extraordinarios prodigios que Lorenzo refería de aquellas selvas. Por otra parte notábase ya en el flechero un grave y pensativo continente, muy distinto del hosco ademán y el tono de petulancia e intrepidez que había formado en todos tiempos la base de su carácter. Más adelante fue creciendo su austeridad y recogimiento, y encaminábase con frecuencia al monasterio de S. Mauro, donde por último tomó el hábito de monje con pasmo universal de los habitantes del castillo. Desde entonces su vida ejemplar, su regularidad de costumbres, cierto aire de mansedumbre y penitencia que se traslucía en su semblante, y más que todo los maravillosos rumores que circulaban donde quiera acerca de las apariciones que tuvo en el parque de Castromerín; le atrajeron tal veneración de parte de aquellos naturales, que se acercaban a él llenos de respetuoso temor, y recogían sus palabras cual si estuvieran dotadas de espíritu profético. Beltrán empero, más humilde cuanto más ensalzado, continuó dando el puro ejemplo de las virtudes monásticas, y sólo salía del claustro para ir a enjugar el llanto de los infelices y mezclar los místicos consuelos de la religión con los últimos suspiros de los moribundos.

Blanca de Castromerín se encerró otra vez en el castillo de sus padres, nunca salía a pasear por las arboledas del parque, ya en razón del horror que le causaba la memoria de la lúgubre aparición que había tenido en ellas, ya también por haberla hecho más cauta el último acaecimiento. Retirada en el recinto de los muros o andando lenta y silenciosamente a poca distancia de ellos, hallaba suave embeleso en recordar el peligro en que se había visto, y el favorable acaso que de él la libertara. El cuadro de una naturaleza brillante y caprichosa daba pábulo a sus tristes pensamientos, y el supersticioso terror de que se hallaba apoderada una encogida timidez a su persona y ademanes, que atraía de los demás la compasión y el deseo de servirla. Las blandas tintas de la aurora, el resplandor del astro del día, la luz de la luna argentando los campos débilmente en el sosiego de la noche elevaban el espíritu de la doncella a los raptos de un consolador abandono, inocente y puro como los deleites de los ángeles. Y si el solitario murmullo de un arroyo, o el silbido del céfiro entre las flores la hacían volver los ojos creyendo que iba a salir a su encuentro el caballero del Cisne jurándola un amor sin límites; suspiraba involuntariamente al desvanecerse esta ilusión; y apoyábase sin fuerzas en el brazo de su doncella. Si llegaban trovadores al castillo de Castromerín oíales cantar extasiada las claras proezas del hijo de Pimentel, y embellecía al mismo tiempo su semblante aquella fugitiva sonrisa, que tan ciertamente indica el pesar profundo y la melancolía del ánimo. Entonces su respetable aya rogaba al joven cantor, que probase el antiguo romance del conde de Saldaña, o el otro en que se hablaba de la intrepidez de Bernardo cuando venció en Roncesvalles al forcejudo Roldán. Obediente el hijo de Apolo a la insinuación de aquella dama, preludiaba en el arpa el aire de la nueva trova y daba principio a la historia del malogrado conde, admirado interiormente de que se escuchasen con indiferencia en aquel castillo las aplaudidas hazañas del Caballero del Cisne.

Este valeroso joven al dejar el parque de Castromerín había tenido cuenta con no seguir por el camino real, pues harto fundadamente sospechaba que no dejaría don Pelayo de correrlo para vengar en la sangre de su enemigo la afrenta que acababa de amancillar su opinión a todas luces poco recomendable.

-Quisiera para otra vez que se acordase mi señor discípulo de los pobretes que no tienen dueña a quien requebrar, mientras él echa flores a las damas. ¡Cuerpo de mí! ¿parecéos del caso, caballero del águila o del Cisne, que os siga el maestro de esgrima llevando el rocín del cabestro, para que andéis con gentil compás de pies al alcance de la liebre?

Esto decía Roldán al joven Ramiro mientras se metían por un sendero ya algo apartado de las tapias del parque, dirigiéndose al monasterio de san Mauro. Sin atender el hijo de Pimentel a los discursos de su maestro, iba abismado en agradables reflexiones inspiradas por los acontecimientos de la noche. Pero como viese Roldán que no le contestaba, creyó sin ceremonia que se hacía el sordo, y volviole a atacar resueltamente en esta forma.

-Como soy, discípulo, que si ahora has de dar en la tema de que andemos divagando por selvas y encrucijadas sin decir esta boca es mía, mejor será enderezar el rumbo hacia la ermita de Arlanza para reemplazar a mi compadre en el oficio de anacoreta.

-Eso fuera bueno, respondió Ramiro, cuando renunciase aquella plaza.

-Renunciando la ha mal que le pase, repuso Roldán.

-¿Cómo lo podéis saber? preguntó el del Cisne.

-¿Cómo? habiéndole dado yo mismo pasaporte para el infierno. ¿Te acuerdas del jayán que me tocó en suerte mientras peleabas con aquel malandrín a quien llaman don Pelayo? Pues bien, era mi compadre el ermitaño de Arlanza, al que, en verdad sea dicho, reputaba por hombre más de pro; pero esos gañanes si de algo sirven para andar con el puño o el garrote, no valen un cuerno para correr una lanza.

-Siento, amigo Roldán, la desgracia de aquel pobre diablo, que tan jovialmente nos hospedó la otra noche.

-Pues yo no lo siento nada: aprenda el grandísimo bribón a servirse del santo hábito para sus bellaquerías. Ya pudiera venir ahora con su voz nasal y plañidera a recomendarme la sobriedad y la mansedumbre: voto a tal que del primer puñetazo le habían de saltar los dientes, si ya no le hiciera el per signum crucis con el corte de un alfanje. Pero dejando a parte y en perpetuo reposo los huesos de mi compadre; dígame vuesa merced, señor discípulo, a donde le parece que alojemos tanto para evitar el encuentro de los pícaros, que sin duda nos andan buscando el bulto, como para catarle esas feridas, que, mala vieja me hechice, sino parecen rasguños de gato.

-A ese monasterio cuyas torres doradas por los primeros rayos del sol descuellan entre aquel grupo de encinas: allí ejercen los religiosos una hospitalidad franca y desinteresada, y ellos me pondrán en disposición de embrazar cuanto antes la rodela. Entretanto iréis al castillo de Pimentel a dar cuenta al anciano don Íñigo de mis últimas andanzas, favor para mí del mayor precio, pues carezco de sosiego pensando en la inquietud que causará a mi amado padre el ignorar tanto tiempo de mi suerte.

-Paréceme, caro discípulo nuestro, dijo Roldán acariciando con la mano sus bigotes, que en aciago día y peor sazón queréis licenciar a un camarada que sigue con tanta lealtad vuestras banderas.

-Os aseguro, amado Roldán, que me haréis un señalado servicio encargándoos de esta comisión. Por lo demás no creáis que pretenda alejaros de mi lado, antes os prometo irme a reunir con vos así que pueda, para emprender aventuras de más momento que la que dejamos concluida.

-Ahora bien, respondió Roldán, amanecerá Dios y medraremos.

Ya llegaban al decir esto frente del monasterio de san Mauro, situado en medio de encinares tan antiguos como las bóvedas góticas de su templo. El sol derramaba brillante lumbre sobre sus torres y cúpulas, mientras un céfiro suave, suspirando entre las flores, agitaba apenas las ondas del manso río, y reanimaba la atmósfera con deliciosos perfumes. Reponíase la naturaleza de los estragos de la noche con un hermosísimo día, y echábanse de ver en toda la comarca las reliquias del naufragio de que parecía haber escapado la tierra. Yacían por el suelo el alto pino y el robusto roble arrancados de raíz; hallábanse animales muertos en el hueco de las peñas, y era aún notoria la creciente de los arroyos y el rastro profundo que dejaran los torrentes.

Admirando el hermoso cuadro de mañana tan apacible y serena llamaron Roberto de Maristany y su discípulo al convento de san Mauro, donde fueron acogidos con benevolencia amistosa. Desde aquel instante dedicáronse los monjes a curar las heridas del caballero del Cisne, quien al despuntar la aurora del siguiente día abrazó a su maestro Roldán, que se despidió con mal disimulada ternura para empezar su viaje hacia el castillo del conde de Pimentel. Y aunque tan cariñosas emociones como poco comunes a su pecho, humedecerían sus ojos, quitasen algo a su lengua de la soltura que le era natural, no pudo arrancarse del lecho de su discípulo sin dirigirle entre grave y tierno, o si se quiere entre cuerdo y mentecato la amonestación siguiente:

-En nombre de san Jenaro y de la Trinidad de Gaeta, que pongas los pies en polvorosa así que saltes de ese cajón donde te han metido, y antes que acaben de entorpecer tu cabeza los negros vapores del encantado palacio, agorera habitación de la Reina del torneo. Por san Jorge, discípulo, que no sólo causarías la muerte de tu padre, sino la de tu maestro, como te dejases prender en la red que te tienden los enemigos. Eres todavía rapaz y necesitas de grave y experimentado varón que te aconseje y rija: por ende debes mirar mi encuentro como una providencia del Altísimo: como una providencia, digo, de las más excelentes, interminables y... (yo no sé lo que me hablo) en resolución, paréceme que me explico: pues bien; ¡voto a todos los diablos!... quiero decir, que si no vienes a cumplirme tu promesa, juro botar otra vez al agua mi galera, o lo que viene a ser lo mismo, hacer remar por tierra las estiradas piernas de mi caballo Tempesta hasta volver a dar contigo para pegarme a tu cuerpo ni más ni menos que si fuera su sombra.


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Capítulo VI[editar]

Rápida ojeada a la corte de Castilla


Cuando se multiplicó por la tierra la especie humana, los hombres para ser felices salieron del fondo de los desiertos y se juntaron en sociedad. Andando los tiempos como la torpeza, el encono y mil vergonzosas pasiones devastasen las ciudades; los descendientes de Adán corrieron otra vez a los desiertos en busca de aquel puro silencio, de aquella misma tranquilidad y templanza por la cual los abandonaran en otra época, reuniéndose amistosamente en domésticos hogares.

La corte de Castilla en la ocasión de que hablamos podía dar una idea del grado de corrupción a qué habían llegado las sociedades humanas. Bandos, divisiones entre los grandes y otras borrascosas revueltas alteraron los ánimos, anunciando sangrientas calamidades a aquel célebre país, desde principios del reinado de don Juan el II. Atizaban estos vergonzosos desórdenes por una parte don Juan y don Enrique, infantes de Aragón, y por otra don Álvaro de Luna, gran valido del monarca castellano. Favorecían a aquellos el almirante don Fadrique, el conde de Benavente, los hermanos Pedro y Fernando de Quiñones, el conde de Castro y el de Pimentel; y apoyaban los pérfidos manejos del privado, su propio hijo don Pelayo de Luna, el conde de Alba, el marqués de Villena, Rodrigo de Alcalá, el gran maestre de Calatrava, el arzobispo de Toledo, hermano del mismo don Álvaro, el marqués de Santillana y el duque de Castromerín. Muchos grandes del reino se agregaban a uno de estos partidos según eran inclinados por deudo, amistad o carácter; mientras otros menos ambiciosos o turbulentos se mantenían quietos en sus castillos, y lamentaban en secreto aquellos sangrientos desacatos.

Generalmente parecían injustas las ambiciosas pretensiones de los infantes de Aragón, pero de todas maneras más tolerables que el orgullo y la desenfrenada codicia de don Álvaro de Luna. La soberbia de este favorito había enconado de tal suerte los ánimos, que era por do quiera aborrecido como el tirano de su país y el enemigo de la prosperidad ajena. Fácil y repentinamente subió distintas veces a la cumbre de la grandeza y buenandanza, y si los vicios no hubiesen envilecido su carácter, acaso diera muestras de blanda condición, unida a noble esfuerzo y perspicacia. Era de ingenio vivo, de juicio agudo, concertado en las palabras y aunque algo impedido en el habla, feliz y sazonado en los donaires. No obstante a mañosa astucia y profundo disimulo, juntaba mayor soberbia, ambición y atrevimiento: bajo tenía el cuerpo, pero recio y a propósito para las fatigas de la guerra; menudas las facciones de su rostro, pero graves, expresivas, llenas de espíritu y majestad. Acostumbrado a mandar en el ánimo del rey, había casi treinta años que estaba de tal modo apoderado de la casa real, que ninguna cosa grande ni pequeña se hacía sino por su orden; y así es, que además de los muchos castillos y dignidades de que le hiciera merced don Juan el II, había conseguido ser nombrado condestable de Castilla en mengua de don Ruy López Dávalos, y posteriormente gran maestre de Santiago después de la batalla de Olmedo. Ufano con tal ilimitado poder, creyéndose cada día más seguro por haber salido libre distintas veces de los destierros y asechanzas que le armaron sus contrarios, por la privanza que tenía con el rey, por sus cargos y tesoros y haber ya fallecido el infante don Enrique de Aragón, uno de sus más encarnizados enemigos; subió en tanto grado su aspereza, que se dejaba visitar con dificultad, mostrándose descomedido en la cólera, fieramente desdeñoso en la alta opinión que tenía de sí mismo. Exasperado por otra parte con la animosidad de sus adversarios, así que se vio de nuevo en la cumbre de la grandeza, restituido a sus honores y autoridad, hizo sangrientos estragos con el deseo ardiente de vengarse, a guisa de fiera que agarrochean en la leonera, y después la sueltan contra aquellos mismos que antes la irritaban befándola y escarneciéndola.

Igual a su padre en orgullo y poder, superior a él en el desenfreno de las costumbres y relajación propia de la mocedad, descollaba don Pelayo entre los partidarios del favorito, y se hacía igualmente odioso a los pueblos y a la grandeza del reino. Diestro en el manejo de las armas, intrépido y bravo en batallas y torneos, no pocas veces puso en fuga las haces del rey de Granada, y los escuadrones del monarca de Aragón. La nombradía que adquiriera en estas andanzas y revueltas le valió entre sus secuaces el renombre de Aquiles castellano; hasta que apareciendo en la escena el caballero del Cisne, sus grandes hechos de armas eclipsaron algún tanto el esplendor de sus proezas. La fortuna reunió felizmente a estos dos guerreros en el brillante torneo de Segovia, y desde el célebre encuentro que tuvieron en él, muchos hubo que declararon mejor lanza al caballero del Cisne; por otra parte querido y ensalzado de los pueblos en razón de la nobleza de sus principios, franco desprendimiento, mansa y apacible condición.

Asociado el hijo de don Álvaro de Luna con Rodrigo de Alcalá, Raimundo de Monfort, Ramiro de Astorga y otros caballeros jóvenes y disolutos, cometían los mayores desaguisados y torpezas, so color de las enemistades de los grandes, y apoyados en la debilidad del rey y en el prestigio de que gozaba en la corte el primogénito del valido. De aquí podía decirse que era aborrecido don Álvaro como varón público, y su hijo como hombre privado: aquel se dejaba arrastrar de una ambición que no conocía freno, éste de bajas y lujuriosas inclinaciones: el primero sembraba discordias entre los grandes, suscitaba querellas y desolaba los reinos; el segundo insultaba los ancianos, no respetaba las vírgenes y cubría de luto las familias.

A pesar de algunos leves rumores acerca de estos desmanes y del carácter violento de don Pelayo de Luna, el duque de Castromerín estaba resuelto a casarlo con su hija, infatuado con el poder del condestable y su absoluta privanza. Conociendo don Álvaro las inmensas ventajas que semejante matrimonio acarrearía a su familia, y enterado de la pasión que inspiraba a don Pelayo la hija de Castromerín, había sabido lisonjear con maña la vanidad del duque, haciendo que el mismo rey se interesase en este casamiento, y le ofreciese brillantes mercedes y espléndidas dignidades. No dejaba de haber muchos que conociesen lo vergonzoso de esta alianza y las secretas causas que la hicieran entablar, pero eran cabalmente los que por su probidad, modestia y pundonorosa hidalguía no tenían favor en la corte, viviendo por lo tanto obscuros y retirados en sus posesiones o castillos. Lejos pues de conseguir cosa alguna contrariando este proyecto, sólo hubieran contribuido a acrecentar la insolencia de sus autores por medio de su propio vencimiento. Desde su pacífico retiro auguraban a la nación largos días de llanto y desventura si se afianzaba el bando del soberbio favorito por medio del proyectado enlace con la ilustre heredera de Castromerín. El partido de los infantes que sólo pudiera resistir y acaso desbaratar estos planes, parecía haber enflaquecido desde la batalla de Olmedo, y el del condestable haber cobrado nuevos brios y absoluto dominio en el mando. En vista de tal empeño llevado adelante a pesar de la oposición de Blanca, no había alma honrada y generosa que dejase de llorar la suerte de esta amable doncella, a quien la gente sensata deseara ver unida al caballero del Cisne, no sólo en favor de la justicia que asistía a este guerrero, sino también por haberse traslucido su pundonorosa conducta en el último atentado de don Pelayo, tanto más digna de elogio, cuanto más baja y criminal aparecía la de este jactancioso paladín. Con esto además desvanecíase del todo el general deseo de dar fin a los bandos de Castilla por medio de una alianza entre dos familias de la primera nobleza aragonesa y castellana, que hubiesen figurado en primer escalón durante aquellas ominosas revueltas, y fuesen capaces por sí solas de mantener a sus jefes y secuaces en los justos límites de una capitulación prudente y ventajosa.

Un rey de más carácter y firmeza que don Juan el II habría conjurado con sesudas y acertadas providencias todo este fecundo vértigo de disensiones y horrorosos elementos de discordia. Pero el monarca castellano, si bien tenía algunas buenas partes, era de suyo flojo y pusilánime, y con la muelle educación que le diera la reina doña Catalina, más acostumbrado a la caza y los placeres, que a sostener con fuerte mano las espinosas riendas del gobierno. Ejercitábase y lucía el ingenio con estudios de música y poesía española, y gustaba también de que sus cortesanos se distinguiesen en el arte de trovar, y cantasen sus amores en fluidos y elegantes versos. Por esto florecieron en su corte esclarecidos poetas entre los cuales descollaba Juan de Mena, oráculo de aquellos tiempos, honra y gala de los ingenios, a quien debiera su naciente lozanía, su primitivo esplendor la poesía castellana. No es extraño pues que las floridas y vigorosas rimas de este famoso vate corrieran de boca en boca, sin que las pudiesen hacer olvidar con su belicoso estruendo las sangrientas guerras de aquel reinado, durante el cual y aún en los siglos posteriores han sido celebradas con extraordinaria admiración y aplauso.

Tan a propósito era el monarca para atender a estos literarios ejercicios, como pequeño y menguado para sufrir las incomodidades y trabajos del arte de mandar a los hombres. A poco rato que se dedicase a ello se sentía oprimido y congojoso, y soltaba el gobernalle del estado abandonándolo en manos de sus favoritos para entregarse de nuevo a la molicie y blandura, conducta bien opuesta al espíritu guerrero, robusto y varonil que siempre manifestaran los soberanos de Castilla. La elevación del cuerpo y blancura de su color prevenían de repente a favor de su persona; pero al examinarlo de cerca se desvanecía esta primera opinión notando ser algo metido de hombros, y trasluciéndose en su lánguido mirar y desmayados ademanes toda la pusilanimidad y abatimiento de su ánimo. Rey bondadoso y clemente, que acaso hiciera feliz a su pueblo en épocas de prosperidad y holganza; pero que ni pudo hacerse feliz a sí mismo luchando con los disturbios y alteraciones, que a manera de impetuosas oleadas inundaban por todas partes las Castillas en el siglo décimo quinto.

En medio de esta terrible confusión de sucesos, apenas se divisaba algún débil rayo de esperanza para aquel desgraciado reino. Verdad es que los torneos y el canto de trovadores alternaban con las continuas enemistades y los reñidos encuentros; pero muy poco aliviaban al pueblo tales espectáculos, puesto que a ellos sucedían otra vez los alborotos y las devastaciones. De frívolas cosas se originaban eternas desavenencias, grande avenida y creciente de sañas y de enojos: los que marchaban al frente de los partidos eran varones de irascible corazón, y al paso que dispuestos a irritar los ánimos de sus contrarios, incapaces de sufrir leves demasías, ni dejarse ablandar por el lastimoso cuadro de tantas calamidades.

No obstante don Enrique de Aragón, hijo del infante del mismo nombre, que murió de una herida en la batalla de Olmedo, daba muestras de carácter más brillante, generoso y elevado. Heredara de su padre el odio al condestable de Castilla y sus pretensiones a diversos estados de aquel reino; pero en atención a su espíritu marcial y caballeresco era de esperar que hiciese valer sus derechos con más nobleza y desinterés, moviendo abiertamente la guerra como esforzado, sin recurrir a la cábala o la intriga. Su juventud, las gracias de su persona y las prendas del ánimo de que tendremos ocasión de hablar le valieron un sinnúmero de partidarios que corrieron a pelear bajo sus banderas a do quiera que los llevase, seducidos por su afable condición y el elogio que hacía la fama de su intrepidez y talentos. Pero don Álvaro de Luna, temiendo como era de ver el prestigio de este nuevo contrario, más terrible por sus recomendables cualidades, que por su poder el otro infante de Aragón, entonces rey de Navarra, levantara contra él súbita e implacable persecución, obligándole a retirarse a su estado de Ampurias desde donde se disponía a vengar tamaño ultraje entrando por las Castillas al frente de ordenados y lucidos escuadrones. Por lo demás si a los buenos de este reino quedaba alguna esperanza de ver derribado algún día el partido de don Álvaro de Luna, podían únicamente apoyarla en el esplendor de este joven, digno por tantos títulos de la estimación y entusiasmo de los pueblos. Tal era el estado de las cosas de Castilla en la época de que hablamos, y tal la necesidad de que se solidase la marcha del gobierno, arrancando la raíz el poderoso bando, cuya desmesurada ambición y orgullo transtornaba los cimientos del estado, enemistaba entre sí los soberanos de la España, y hacía que continuamente ardiese el volcán de la discordia.


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Capítulo VII[editar]

El abad.


Habiendo descansado de las innumerables fatigas que últimamente sufriera, y casi cicatrizadas las heridas que recibió peleando con don Pelayo y sus secuaces, disponíase el caballero del Cisne a salir del monasterio de san Mauro y encaminarse al castillo de Arlanza, con el deseo de averiguar si eran ciertos los vagos rumores que corrían acerca de las violencias que se ejecutaban en su recinto. El haber visto que Blanca no era indiferente a sus afectos, y estar penetrado hasta lo sumo de los hidalgos principios que exaltaban el pecho de esta célebre hermosura, impulsábale a hacerse digno de ella convirtiéndose en el campeón de los que en aquel tiempo de desórdenes y revueltas gemían so el desapiadado yugo de tiránicos varones. Tal vez con este medio, se decía a sí mismo, lograré que lleguen mis hazañas a oídos de la deidad que reina en este desierto, y atraeré sobre mi cabeza las lágrimas de su alma sensible, y las bendiciones de los hombres de bien.

Pero la violenta inclinación a la hija de Castromerín contrariada por las dificultades que viera en el logro de estos amores y el odio al bárbaro don Pelayo, infundíanle atroz despecho, sombrío frenesí, y le hacían desear en medio de sus proyectos de venganza, la agitación y los peligros de la guerra. Ardía por arrojarse de nuevo al encuentro de su rival, atravesar buscándolo por encolerizados escuadrones y recibir si no lo alcanzaba la palma y la muerte de los héroes.

Sin embargo no efectuó inmediatamente estos deseos, detenido por los ruegos y persuasivas instancias del respetable abad de san Mauro.

-¿A qué viene, le decía, toda esa precipitación cuando corréis el riesgo, si vestís tan de pronto la armadura, de que se abran las heridas que recibisteis?

-Padre mío, exclamaba el hijo de Pimentel, no sabéis lo que sufre el guerrero pasando en la ociosidad los momentos que debe consagrar a la gloria.

-¡Ah! replicaba el anciano: si alguna vez tenéis la dicha de suspirar por el silencio del claustro, ya veréis como la ligereza juvenil se va convirtiendo en solidez, y la impetuosidad en mansedumbre. Ese corazón ora tan desasosegado y turbulento hallará quizás un horroroso vacío en el fondo de sí mismo, que no podrá llenar la gloria vana; un horroroso vacío que le hará odiar la vida cuando más le rodeen sus delicias, y anhelar en medio de ellas una felicidad menos estrepitosa, menos veloz y más pura. ¡Cuántas veces una tristeza que os parecerá fuera de sazón irá a sorprenderos en medio de vuestros triunfos! ¡Cuántas veces una lágrima indiscreta, un fugitivo suspiro, un ansia desconocida os harán recordar las dulzuras de esta pacífica morada! Así también llamaba un ave misteriosa al elocuente Agustino, y el eco de la trompeta del juicio estremecía a Jerónimo entre los blandos deleites de la capital del mundo.

Algo templado el impetuoso joven con este lenguaje místico y afectuoso, no salía de aquel antiguo santuario aguardando para hacerlo la completa restauración de sus fuerzas. La desesperación iba dando insensiblemente lugar a una melancolía más suave, y ya la quietud de aquellos sitios no dejaba de acomodarse al temple de su ánimo, naturalmente pensativo y melancólico. En esta situación apacible del espíritu observaba tristemente cual silbaban los vientos por los claustros del monasterio, e iban a estrellarse en la puerta de una celda solitaria, como también se estrellaban allí las pasiones mundanas y las vanidades de los hombres. Acaso llena de majestad y sosiego inspirábale la noche un suavísimo deleite: cuando apenas se percibía el manso rumor de las olas del cercano río algo confundido con el susurro de los árboles, y derramaba la luna su amortiguado brillo por entre las elegantes hileras de arcos góticos; envidiaba el fervor de aquellos solitarios, cuyo corazón puro, entonces en perfecta armonía con la calma de la naturaleza, se entregaba a las espirituales meditaciones de la felicidad que Dios promete a los justos.

En esto el eco lúgubre de la campana daba un colorido más tierno a las meditaciones del caballero: veía después los cenobitas con sus túnicas blancas y el mayor recogimiento bajando uno tras de otro por un corredor distante hacia el coro, y dudaba si era aquello una aparición sobrenatural, hasta que interrumpían con su canto el curso de sus ideas y el profundo silencio de la noche.

Pero de todos los solitarios que habitaban aquel convento, ninguno le parecía tan respetable y acreedor a su aprecio como el que obtenía el título de abad, con quien había hecho conocimiento desde que calmó su efervescencia, persuadiéndole con tanta dulzura que no saliese de allí hasta la perfecta curación de sus heridas. Era un anciano prudente y cariñoso, digno ministro del evangelio por su templanza, ilustración y virtudes. Su apacible rostro, poblada barba, y majestuosa estatura le daban a conocer por el patriarca de aquel desierto. Tenía los ojos vivos, gratas las palabras como los perfumes de la feliz Arabia, y en su sonrisa había algo de candoroso e inocente que recordaba la sencillez de la infancia. Muchas veces paseando con el hijo de Pimentel por los bosques que rodeaban aquel solitario edificio, referíale con el candor de los padres del yermo las circunstancias que le hicieron tomar la senda del monasterio.

-No por despecho, no por consideración, le decía, me sentí inclinado a la vida religiosa. Lecturas santas, venerables amigos, divinos coloquios me obligaron a hacer el cotejo entre la quietud del claustro y las borrascas del siglo. Hijo de una familia ilustre empecé la carrera de la vida dedicándome como vos al ejercicio de las armas. Aún me acuerdo del terror que se apoderó de todos los habitantes de la tierra cuando el agigantado Tamorlán, allegador de gente baja, caudillo de un número grande y descomunal de soldados se levantó al improviso, rompiendo por las provincias de levante, a manera de caudaloso torrente que todo lo devastase y destruyese. Los partos, los egipcios, los turcos se postraron bajo su sangrienta cimitarra, y adoraron a aquel bárbaro endiosado con tantos triunfos y desmedido poder. Los pueblos de occidente temieron que también les alcanzase aquel azote del género humano, y yo fui uno de los embajadores nombrados por el rey don Enrique de Castilla para ir al campamento del feroz escita, y en su nombre felicitarle por sus terribles victorias.

-Perdonad mi ignorancia, padre mío, interrumpiole admirado el caballero del Cisne: ¿cómo había de creer hallar en este retiro uno de los famosos hidalgos que hicieron el viaje de que se cuentan tan maravillosos sucesos?

-Por eso, le respondió el anciano, no me admiro de que os seduzcan en edad tan vigorosa y juvenil las mágicas ilusiones de la gloria. Tal ¡ay! fuera en otros tiempos, pero los desengaños y las desgracias hiciéronme dar de mano al comercio de los hombres. Como me irritaba su aspecto me separé de las ciudades, y arrastrado de no sé que secreto impulso, perdíame por los bosques cual si hubiese de hallar en ellos alivio a mi saciedad y aburrimiento. Una tarde que andaba errando por lo más espeso de la selva, oí de repente el eco de una campana: acometiome cierta alegría desconocida, y acordeme de las dulces auroras de mi infancia, de los cariños de mi buena madre y de la consoladora religión en que me habían educado. Lágrimas saltaron de mis ojos con tan blandos recuerdos y encamineme taciturno al monasterio de donde salieran los misteriosos sonidos. No puedo pintar lo que por mí pasó mientras cantaron aquellos venerables solitarios los himnos de la tarde: oculto entre los arcos del templo, y viendo al través de las ventanas los estériles peñascos que circundan sus antiguos muros, figurábame estar en los desiertos de la Tebaida, oír a los Antonios y Macarios, y descubrirlos por entre las perfiladas columnas de aquel santuario, con su báculo blanco y su plateada barba. ¡Ah! desde aquel momento fui otro hombre: lloré y creí: dulcificose la violencia de mi desesperación, y sucedió a ella una agradable tristeza: medité día y noche las santas escrituras, y mi alma volvió insensiblemente la atención a objetos grandes, luminosos y sublimes.

Sentíase enternecido el caballero del Cisne al escuchar un lenguaje tan amoroso y puro. Miraba con cierta veneración aquel sacerdote de los tiempos antiguos, y se figuraba oír en él a uno de aquellos patriarcas de la familia de Abraham, cuya existencia iba sosegadamente a su fin como el curso majestuoso de los ríos que se deslizan por las llanuras fértiles del Asia.

-Nunca recorro las misteriosas páginas de aquel sagrado libro, continuó el santo monje con dulce entusiasmo, sin llenarme de sorpresa contemplando el orden y la creación del universo; de admiración sublime cuando a la voz del Criador divide el primer rayo de luz el tenebroso caos, y veo la tierra bordada de flores, los peces hendiendo las fugaces ondas, las aves atravesando los aires, y elevarse el hombre en medio de tantas maravillas como la obra maestra del Altísimo. Y no menos me sorprende aquel numeroso pueblo descendiente de santa y respetable familia, que prospera con la bendición del Señor en medio de las calamidades, se multiplica en las cadenas, y lleva la desolación y el espanto con terribles prodigios, con plagas ominosas al pecho de un rey soberbio y al corazón de vasallos no menos vengativos y feroces. Cámbiase empero la sorpresa en humillación y ternura, cuando al son del arpa oigo vaticinar a los profetas la elevación y caída de los imperios, y después de haberme deslumbrado con el cuadro de su viciosa prosperidad, hácenme sentar sobre las ejemplares ruinas de Menfis, Jerusalén y Babilonia. ¡Ah! ¡no sabéis cuanto suaviza los dolores del espíritu la profunda meditación de los libros santos!

-Veo, padre mío, díjole el caballero después de algunos momentos de silencio, que esas sabrosas pláticas calman el hervor de mi sangre y desvanecen la sombría desesperación que se había apoderado de mi espíritu. Hallo como un bálsamo consolador en la blanda persuasión que, semejante a un purísimo raudal, fluye de vuestros divinos labios. La religión os presta un carácter sagrado, y este desierto sublime, esta silenciosa inmensidad parece comunicar a vuestro acento la energía de los profetas y la dulzura de los ángeles. Acaso perseguido de la fortuna, aburrido también de las pompas y vanidades humanas, me veáis llamar algún día a las puertas de san Mauro, implorando de vuestra ardiente caridad algún consuelo. Si tal llegare, añadía casi con lágrimas, y si es en balde que se combata en la tierra por la humanidad y la virtud, no rehuséis entonces abrirme los paternales brazos y acogerme benignamente en el seno de estas soledades. Por lo demás sería un ingrato si os callase por más tiempo mi verdadero nombre: llámanme por las Castillas el caballero del Cisne...

-¡Qué oigo! exclamó el prelado: ¿el hijo del ilustre Pimentel? ¡Ah! ¡cuánto me complazco en estrecharos en mis brazos! ¡Cuánto en haber recibido bajo nuestro techo hospitalario al héroe de Aragón!

-Basta, padre, basta, decía Ramiro algo confuso con aquellos elogios; sólo deseo manifestar mi sincera gratitud a vuestra generosa acogida.

-El veros en estos sitios, continuó el anciano, me alegra y entristece al mismo tiempo. Sabed que he sido uno de los mejores amigos de vuestro padre: en nuestra juventud hicimos juntos la guerra contra Portugal, y desde entonces ni los años, ni la distancia han podido enflaquecer mi afecto. Algunas veces habreisle oído hacer mención de Gómez de Salazar.

-Nunca os apartáis de su memoria, respondiole el caballero, pero sin duda ignora que hayáis vestido los hábitos de Monje.

-Pues últimamente habrá llegado a su noticia. Hace no muchos días pasó por aquí un paladín aventurero diciendo que de su parte os buscaba por todo Castilla, tanto por el peligro que corréis en estas tierras, como porque os espera para abrir la campaña el infante don Enrique de Aragón. Iba de incógnito sin empresa en el escudo, a guisa de caballero novel, y habíale dicho el conde que sólo podía descubrirse al abad del monasterio de san Mauro. Sin duda supo que bajo de este sayal se oculta su antiguo amigo, y creería que acaso necesitase de mi auxilio aquel guerrero, si convenía a sus fines permanecer escondido en las inmediaciones de Castromerín.

-¿Y no indicó a qué punto debía dirigirme? preguntó Ramiro con impaciencia.

-Al castillo de san Servando donde reside el conde de Urgel. Ya os acordaréis de que el padre de este ilustre joven se atrevió a disputar al infante don Fernando de Castilla la corona de Aragón. Después de sangrientas lides, sitiáronlo en la ciudad de Balaguer, capital de su condado, donde por fin hubo de rendirse quedando su persona a merced del vencedor. Encerrole en un castillo el monarca aragonés, y allí acabó sus tristes días, dejando en la tierra dos infelices huérfanos. Arnaldo fue educado por orden del infante don Enrique en el mismo san Servando, edificio situado hacia la Francia en un rincón de Cataluña, única parte que le dejaran de la rica herencia de sus abuelos; y vuestro padre colocó a la joven Matilde en las monjas de san Dionisio de París, donde ha sido noblemente instruida a sus expensas.

-¿Según eso, replicó Ramiro, me habláis del bizarro joven cuya audacia en intrepidez han sido célebres en la guerra que la casa de Aragón hace en Italia?

-Precisamente, respondiole el buen prelado: allá fue siguiendo a su bienhechor, y en medio del estrépito de las armas, trabó estrecha amistad con su hijo, mozo de sus mismo años, el que para vengar la muerte del padre y recobrar los estados que le dejara en Castilla, emprende ahora la guerra contra don Juan el II, y os llama a fin de que le acompañéis en ella alagado sin duda por el esplendor de vuestra gloria. El intrépido Arnaldo conducirá la vanguardia, por lo cual el rey don Alonso de Aragón le restituye parte de sus bienes, y aún anda muy valido, que al concluirse la nueva lucha volverán a su poder las antiguas posesiones de los señores de Urgel.

-Muy amigo era mi padre del infeliz conde Armengol, mas no lo pudo salvar de su desgracia. De entonces se interesó tiernamente por los dos ilustres huérfanos, y diversas veces me ha hablado de las brillantes empresas de Arnaldo en las campañas de Nápoles.

-Pues ahora, según dijo también el mensajero, quiere que os reunáis con él para que juntos toméis la vuelta de Ampurias, residencia del esforzado don Enrique de Aragón. El noble infante trata de romper por las Castillas llevando la juventud más escogida y belicosa de aquel reino, y ved aquí por qué uno de los que más llaman su atención es el caballero del Cisne.

-Entonces hoy mismo me pondré en marcha para san Servando: siendo el condestable de Castilla el enemigo capital de los Pimenteles de Aragón, y contribuyendo con sus tramas a qué me arrebate su hijo la noble prez que yo ganara en el torneo de Segovia; no tengo menos motivos que el infante don Enrique para aborrecerlo de muerte y estar sediento de su sangre.

-Cuidad no obstante, le dijo el prudente religioso, de que no sospechen quien sois al atravesar por los estados del rey don Juan. Tiemblo por vos, amable joven, y si pereciereis a manos de un aleve, estoy seguro de que el conde de Pimentel no sobreviviera a tal desgracia. Mucho me entristecen las desavenencias que hay entre los grandes de la tierra, y si el sacrificio de mis canas pudiese ablandar la ira del Ser supremo, no dudaría un momento en inclinar sobre el ara mi culpable cabeza; pero Dios envía para castigar a los hombres la cólera de los reyes, y el brazo de su justicia pesa de continuo sobre los pueblos rebeldes. Con todo, hijo mío, justo es que corráis a la defensa de la patria, y honréis la ancianidad de mi valeroso amigo.


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Capítulo VIII[editar]

Un barón del siglo XV.


Aquella misma tarde recibió Ramiro de Linares la bendición del noble abad de san Mauro y dirigiose con un escudero al norte de la península. No sin graves riesgos pudo llegar a los estados de la corona de Aragón por donde continuó su marcha hacia el sitio en que habitaba el bravo Arnaldo de Urgel. A medida que se iba acercando al condado de este nombre, presentábase el terreno más salvaje y montuoso. El Segre corría silenciosamente por entre dos altas montañas describiendo caprichosos giros, y por el hueco que ellas formaban se descubría un edificio oscuro elevado en lo más áspero y silvestre de la sierra: era el castillo de san Servando. Sólo distaba una jornada de la ciudad de Balaguer, famoso a la sazón y muy conocido en aquella comarca por residir allí el heredero del antiguo conde. Y como muchos de los habitantes se habían armado para acompañarle a la guerra de Castilla, país considerado por ellos como su eterno y natural enemigo; veíanse varios pelotones de hombres de armas vadeando el río o ya subiendo por las áridas cumbres, cuyas sombrías facciones los hicieran tomar fácilmente por los bandidos de aquellos montes.

Guiado el hijo de Pimentel por ellos, poco antes del medio día divisó algunos perros corriendo tras de un lobo y a poco rato el caballero, que acompañado de un solo criado, iba en su persecución, hollando con ligera planta tan arduas y encumbradas selvas. Llegose el paje al escudero de Ramiro para preguntarle el nombre del paladín que al parecer se dirigía a san Servando, y así que lo supo corrió a decirlo a su señor, el cual mudando la dirección fuese inmediatamente al encuentro del extranjero, y tendiole la mano diciendo: bien llegado sea el caballero del Cisne a los estados de mis padres. Apeose al mismo punto el hijo de Pimentel, y mientras correspondía con noble cordialidad a las afectuosas demostraciones de Arnaldo, admiraba interiormente su hidalgo y cortesano porte. Era de mediana estatura, pero suelto, proporcionado, y un gabán de color oscuro orillado de ricas pieles, muy ceñido y largo solamente hasta las rodillas, realzaba la gentileza y elegancia de sus formas. Apretado botín del mismo color subía hasta la mitad de la pierna, y la graciosa gorra coronada de plumas que llevaba en la cabeza, de la que se desprendía en numerosos bucles la rizada cabellera, daba marcial expresión a sus ojos ardientes y perspicaces, y animaba las facciones de aquel rostro varonil. Salía del cinto de terciopelo carmesí, que sujetaba el gabán en derredor de su airoso talle, un puñal con rica empuñadura de oro, y el paje llevaba el arco y las flechas de que se servía el intrépido barón contra los jabalíes y otras fieras de aquellas hórridas montañas.

Aunque cierto aire de afabilidad y franqueza daba a primera vista mayor recomendación a las gracias de su persona, hábiles fisonomistas hallaran que criticar en él examinándolo de cerca. Las cejas y el labio superior anunciaban la costumbre del mando; los ademanes, aunque naturales y sencillos, la ventajosa idea que tenía concebida de su propia superioridad, y a veces el involuntario movimiento de los ojos, su carácter fiero, orgulloso y vengativo. Por otra parte la expresión de sus rasgos era tanto más fuerte, cuanto se veía que podía darles la que juzgase a propósito a sus miras, en razón de lo cual era algo parecido su primer encuentro a los hermosos días de verano, que al paso que nos embelesan, anuncian con señales casi imperceptibles que no desaparecerán del horizonte sin que amenace el huracán las mieses de las campiñas.

En la primera entrevista no tuvo lugar el caballero del Cisne para hacer todas estas observaciones, por cuanto recibiole Arnaldo de Urgel como un amigo y compañero de armas, manifestando la mayor satisfacción en hacer la próxima campaña con tan famoso guerrero.

-Si alguna vez, le decía, he alimentado la esperanza de recobrar los estados de mi malogrado padre combatiendo contra don Álvaro de Luna, es cuando voy a perseguirle con el que ha sido desde sus primeros años el terror de las falanges castellanas.

-Os suplico que me habléis del conde de Pimentel, le dijo atajándole el del Cisne: figúromelo lleno de entusiasmo por una guerra como la que vamos a emprender.

-¡Oh! no lo dudéis, respondió Arnaldo: inflámanle por una parte los alevosos manejos del condestable contra el reino de Aragón, y la reunión por otra de tantos caballeros jóvenes, entusiastas y bizarros.

-Y decidme, amado conde, ¿hace mucho tiempo que le hablasteis?

-Apenas un mes: gozoso por el triunfo que acababais de conseguir en el torneo de Segovia, aunque algo resentido de que no le hubieseis dado parte de vuestra última andanza, no se cansaba de hablar de vos, y ponderar cual sería la humillación de sus enemigos. Hice un viaje a su castillo a fin de suplicarle de parte del infante don Enrique que vinieseis a pelear bajo de nuestras banderas, y sensible el noble conde a distinción tan honrosa envió al momento uno de sus pajes para que en traje de aventurero os anduviese buscando por los reinos de Castilla.

Hablole en seguida de los preparativos de aquella guerra, de las hermosas cualidades de don Enrique, y de lo mucho que contribuyó don Álvaro de Luna a que el infante don Fernando, tío del rey don Juan el II, se sentase en el trono de Aragón, y encerrase perpetuamente en un castillo a Armengol de Urgel su desventurado rival.

Sin embargo, temiendo el conde el modo de pensar recto, a la par que franco, que a primera vista ya se echaba de ver en don Ramiro, calló que abrigase en el fondo de su corazón un proyecto de alguna más importancia que el de recuperar a fuerza de servicios y valor los estados de la casa de Urgel. Inclinado desde su más tierna infancia al joven don Enrique de Aragón, las prendas caballerescas de este príncipe, y las pruebas que le diera de la amistad con que lo distinguía, habían hecho concebir al atrevido Arnaldo el audaz proyecto de aprovecharse de los bandos y disensiones que dividían entonces la corte de Valladolid para colocarlo en el trono de Castilla. El ardiente entusiasmo con que lo había concebido, y la actividad que desplegara para su realización, traían su origen de la esperanza de participar de inmensos bienes y esclarecida gloria, al mismo tiempo que del deseo de vengarse de los enemigos de su linaje. He aquí porque había visitado a menudo desde su vuelta de Italia algunas principales familias del reino de Aragón, extinguido sus desavenencias, lisonjeado su avaricia u orgullo, y hécholas entrar con esto secretamente en sus planes.

Ya llegaban entonces los dos jóvenes caballeros al castillo de san Servando, vasto y grosero palacio sin ninguno de los prolijos adornos que hermoseaban en aquella época las moradas de poderosos barones. Los muros que lo rodeaban y las paredes del cuerpo del edificio eran de singular robustez: en todo se descubría la infancia del arte, y hasta las escasas labores que coronaban algunas de las ventanas, daban idea de una mano harto rústica y pesada. Elevábase en la cumbre de la sierra desde donde dominaba un dilatado país, tan áspero e inculto al parecer como la arquitectura de aquel alcázar solitario. No obstante la rudeza de los vasallos de san Servando era en algún modo compensada por un valor a toda prueba, y una fidelidad que jamás se vio desmentida. Zafios y feroces, pero robustos y esforzados, seguían a su señor al campo de batalla, y celebraban en versos provenzales, rebosando de energía sus inmortales proezas.

El caballero del Cisne fue agradablemente sorprendido de ver al entrar en el castillo más de cien montañeses perfectamente armados, que se ejercitaban en disparar el arco, blandir la lanza y disputarse el premio en la lucha y la carrera. Era por demás la agilidad y la astucia de que daban muestras en estos juegos gimnásticos: atravesaban con el dardo una hojita sutil a larga distancia, y despedían la pica con tal ímpetu y certeza, que haciéndola silbar por los aires, dejábanla temblando en el tronco del árbol donde clavaran el ojo.

Concluido este marcial espectáculo dijo el conde a su nuevo amigo que ya era hora de ir a comer. Extendíase el salón destinado para comedor en la parte baja del edificio, y una sólida mesa de encina casi lo ocupaba desde el uno al otro extremo. La comida fue abundante, pero algo tosca y sencilla: infinitos los convidados, algunos de ellos nobles barones de las cercanías, los restantes, ricos vasallos de la casa de Urgel, o capitanes de la vanguardia a cuya frente iba a colocarse el conde Arnaldo. Amén de estas prolongadas hileras de huéspedes, notábase sobre la yerba, más allá de la puerta grande del castillo abierta de par en par, multitud de montañeses que recibía las sobras del abundoso festín. Veíanse formando a lo lejos grupos inquietos y movedizos de mujeres, niños, soldados y mendigos, por entre los cuales igualmente se agitaban enormes perros de caza, prontos, obedientes y ligeros.

Si bien la hospitalidad del conde parecía tan pródiga como la de un príncipe, no dejaba de estar sujeta a las reglas de la más prudente economía. Habíase recurrido a la despensa reservada del castillo a fin de poder presentar al caballero del Cisne algunos platos dignos de tan ilustre huésped. Por lo demás proveíase el resto de la mesa con enormes pedazos de vaca y de carnero, sabrosos quesos, frutas aunque secas incitativas, pan medianamente blanco, y sendos jarros del vino, a la verdad algo flojo, que producen aquellas comarcas. Pero en medio de este laberinto de platos y diversidad de manjares, lo que más campeada en aquella mesa era un carnero que sobresalía en el centro asado con tan diestro artificio, que para ello no tuvo el cocinero necesidad de dividirlo. Sin duda a fin de dar una idea de sus talentos había hecho que conservase la pobre víctima su posición natural, rareza singular que no la salvó de la voracidad de aquellas gentes. Mirábanla rato había con ojo examinador cual si cada uno espiase el hueco por donde la debía herir, y en efecto a una señal del conde Arnaldo atacáronla vigorosamente con los puñales, sin que pasado un instante quedase otra cosa de ella que un limpio y desagradable esqueleto.

Mientras duraba el festín mezclábanse las ásperas consonancias de una música guerrera con la algazara y los vivas de los bulliciosos concurrentes. Producíala un grupo de clarineros colocado a calculada distancia, sin duda con el objeto de que los sonidos poco delicados de sus instrumentos no aturdiesen la sala del banquete con sus robustos ecos. Las proezas que recordaban aquellos belicosos aires a los valientes allí reunidos, el entusiasmo que ardía en sus pechos escuchando o refiriendo lances de grandes peligros, descomunales cuchilladas y reveses, y sobre todo el menudeo de los brindis y el vigor de los manjares; hacía que ya se hubiese como desencadenado la alegría, y se guardase menos moderación en las acciones y comedimiento en las palabras.

Pero en medio de tanto estrépito óyese de repente la voz del conde de Urgel, y callaron todos en el mismo punto para prestarle atención.

-¿Pues qué, amigos míos, no hay por aquí, les dijo, algún inspirado trovador que haga oír a nuestro huésped los grandes hechos de armas en que se señalaron nuestros mayores? ¿Es posible que ya no se eleven debajo de estas venerables bóvedas los acentos de un sublime cantor para enardecer los espíritus? No se diga de nosotros que miramos con desprecio las costumbres de nuestros padres: ellos escuchaban con ternura el elogio de los héroes, y este célebre caballero, aunque no tiene mayor motivo para entender la lengua provenzal, también prestará grato oído a las celestiales inspiraciones de nuestros poetas.

Apenas había dicho estas palabras, levantose un joven en medio de la tumultuosa asamblea, y al plácido son del arpa se puso a cantar con voz bastante débil, interrumpida por ardientes suspiros. Animándose luego por grados no sólo logró cual si verdaderamente fuese un mortal inspirado, sino advertir que su férvido entusiasmo comenzaba a conmover la concurrencia. Al principio tenía los ojos bajos, pero muy luego los revolvió fieramente por la estancia, exigiendo más bien que suplicando la atención de sus oyentes. La Sibila que en medio de tormentosa noche evoca los muertos con su canto desde el fondo de lúgubres cuevas, o la Pitonisa de Delfos agitándose sobre la trípode a fin de augurar el destino de los imperios, son débiles comparaciones para pintar la robusta expresión, la frenética energía del trovador que en el castillo de san Servando ensalzaba a los antiguos héroes de Cataluña.

Aunque entendiese muy poco el caballero del Cisne la lengua provenzal, tenía fijos los ojos en el Orfeo de aquellos desiertos. Parecíale al principio que lamentaba el desastrado fin de famosos guerreros, al paso que dirigiendo a otros la palabra les animaba con elogios, afeaba su cobardía con denuestos, o embravecíales con amenazas. De pronto creyó distinguir su nombre en los labios del joven cantor, y confirmole en esta idea el ver que los ojos de todo el concurso se volvieron hacia él por un rápido y espontáneo movimiento. Ya en esto la llama del poeta se había comunicado con la velocidad de un fuego eléctrico a todos los circunstantes: pintábase en sus figuras montaraces y ennegrecidas el furor de las pasiones; agitábanse sus músculos, y cualquiera hubiese dicho que de sus entreabiertos labios destilaba sangre impura. Arrebatados en fin de la fuerza y armonía de los versos corrieron a colocarse en torno del trovador; y levantando los brazos con una especie de éxtasis, los llevaban involuntariamente a la empuñadura de sus espadas. Entonces con los trajes guerreros, las plumas que tremolaban sobre sus cabezas, y los feroces rasgos de sus fisonomías formaban un grupo digno del vigoroso y sombrío pincel del Salvator Rosa. Sin embargo cesó el canto, reinó por algunos instantes el más profundo silencio, y se calmaron poco a poco aquellos bárbaros continentes, recobrando cada uno el carácter que le era propio.

El conde Arnaldo que durante esta escena se ocupara más en observar los efectos producidos por el poeta que en dejarse arrebatar él mismo de su mágica influencia, llenó de fuerte licor una copa de plata que cabía lo menos media azumbre, y presentándola al hijo de Apolo le rogó que la aceptase como muestra de su agradecimiento, así que hubiera bebido el espirituoso néctar que encerraba.

-Sabed, añadió, que os venero como al Píndaro de estas selvas, al más canoro cisne del país del arpa, y al más digno descendiente del celebrado Blondel de Nesle.

El regalo fue recibido con las más sinceras demostraciones de gratitud y cortesía, y no hubo uno solo de los caudillos y demás gente allí reunida, que no aplaudiese hasta las nubes la generosidad del noble conde.

Manifestole Ramiro un vivo deseo de penetrar el verdadero sentido del himno que acababa de producir en aquella reunión tan extraordinarios efectos.

-A vuestro taciturno aspecto, respondiole Arnaldo, me había sido fácil adivinar que os ocupaba semejante idea, e iba a proponeros si queríais subir a los aposentos de mi hermana Matilde, que tanto debe a la casa de Pimentel, a fin de que como más inteligente que yo en la gaya ciencia satisfaga vuestra natural curiosidad.

Aceptó gustoso el hijo de don Íñigo aquel ofrecimiento, y encaminose con su amigo a las estancias superiores del palacio donde habitaba la hermana del gallardo conde, después de haber dicho este algunas palabras a los convidados que estaban a su alrededor. Apenas habían salido de la sala del festín, oyeron como resonaban por mucho tiempo en ella mil fervorosos brindis en honor de Arnaldo y a la prosperidad de su casa, lo cual dio al caballero del Cisne una idea de lo mucho que lo estimaban sus vasallos.


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Capítulo IX[editar]

Los dos hermanos.


Las salas ocupadas por Matilde de Urgel y sus sirvientas tenían muy sencillos adornos, al paso que brillaba en ellos un pulidísimo aseo y el más exquisito gusto. Parece que se habían propuesto los dos hermanos gastar lo menos posible en ornatos lujosos, a fin de que no faltasen al conde los medios de ejercer con brillantez, y aún con profusión las virtudes hospitalarias, para aumentar de esta manera el número de sus vasallos y prosélitos. Sin embargo, no se advertía la misma simplicidad en las ropas de la nobilísima doncella: era su traje rico a la vez y elegante, y tanto en la forma como en la manera de llevarlo ostentaba la cultura de las costumbres de Venecia, y el aliño seductor de las damas de París. Caíanle los cabellos en luengos bucles sobre el seno y las espaldas, y una especie de diadema de oro, salpicada de diamantes, realzaba gallardamente su color de ébano, dando a toda su figura la apacible majestad de una reina asiática.

Matilde de Urgel tenía mucha semejanza con su hermano: igual forma de rostro, igual perfil a la griega, los brillantes ojos, las graciosas cejas, la penetrante ojeada; pero el conde estaba algo tomado del sol, y era Matilde más blanca que el alabastro: chocaba en Arnaldo un aire de marcialidad juvenil, y esta misma fiereza se veía en los rasgos de su hermana suavemente dulcificada con seductora sonrisa, y el metal de voz más sonoro y halagüeño. Cuando era de su gusto la conversación, no solamente sabía desplegar en ella los giros de una flexible elocuencia, sino tomar los tonos propios para persuadir, convencer, y hacerse escuchar sobre todo con interés y embeleso. La impetuosa mirada de Arnaldo parecía anunciar cierto despecho interior en razón de los obstáculos que había de vencer; pero pintábase en la de Matilde el irresistible encanto de una afectuosa tristeza.

Bien se descubría en estos síntomas que sólo respiraba el uno por el poder, las dignidades y la gloria, mientras la otra satisfecha con su suerte plañía de todo corazón a los que se dejaban dominar de la sed de las riquezas y los prestigios del orgullo. Entrambos ya por los principios en que se habían educado, ya por lo mucho que debían a sus ilustres bienhechores, miraban cual obligación sagrada el sacrificarse por ellos. Arnaldo como hombre que deseaba medrar, como guerrero criado entre el estruendo de las armas se inclinaba al infante de Aragón: Matilde aunque agradecida al joven príncipe la desinteresada amistad que profesaba al último vástago de su familia, creíase secretamente más obligada al señor de Pimentel: respetábalo como a un padre, y pedía de continuo al cielo en sus inocentes plegarias le permitiese consagrar sus días en beneficio de aquel anciano, y suavizarle las incomodidades de la vejez con su cariño filial. Así que supo que su famoso hijo era el objeto de las iras del condestable don Álvaro, y que por este motivo entraba el conde en los planes del infante de Aragón contra el monarca de Castilla, se alegró de ver reunidos los deseos de sus respetables protectores, y juró arrostrar toda suerte de obstáculos y hacer los más altos sacrificios para coadyuvar al feliz éxito de sus osados proyectos.

Harto se comprende por lo que acabamos de referir que su modo de pensar sobre este punto había de ser algo más generoso que el de su hermano. Acostumbrado este a los manejos de la corte, y siendo por naturaleza ambicioso, mezclábanse hasta cierto punto estas cualidades en la amistad que manifestaba al infante don Enrique. Ocupábase ante todo de su propio engrandecimiento, y a pesar del celoso fervor con que entonces reuniera sus vasallos y corría a ponerse al frente de la nueva expedición; no era fácil decidir si tenía mas parte en ello el agradecimiento a su augusto amigo, o el deseo de ensanchar sus dominios y volver a su familia la antigua y eclipsada pompa. Pero el corazón de Matilde ardía en el amor más puro y desinteresado por los que honraron la memoria del autor de sus días, enjugando las lágrimas de sus inocentes huérfanos. En obsequio de tan dulce recuerdo gran parte de una pensión, que recibía de la corte de Zaragoza, estaba consagrada a socorrer los enfermos y ancianos de los estados del conde, y era por lo mismo tan grande el amor de aquellas gentes, que la miraban como un serafín enviado del cielo para alivio de sus cuitas y miserias. En fin, los dones de que la colmó naturaleza, los elegantes modales de una fina educación, y lo mucho que entendía en la literatura italiana y provenzal, hacíanla muy superior no solamente a su hermano, sino también a todas las bellezas de los dominios de Aragón.

Y si nos fuese permitido trazar un paralelo entre las dos célebres beldades de aquel siglo Matilde de Urgel y Blanca de Castromerín, diríamos que esta parecía más tierna, y aquella más melancólica. Una y otra habían nacido para embellecer la sociedad y entusiasmar a los héroes; sin embargo, Blanca tenía más brillantez por haberse criado siempre en la opulencia, y Matilde más recogimiento por haber conocido la desgracia. Aquella lo debía casi todo a la naturaleza, esta debía mucho a la educación: si la una lloraba era porque en aquel momento se creía desdichada; pero vertía la otra lágrimas involuntarias de ternura sólo para dar pábulo a su tristeza habitual. Aunque ambas eran de carácter blando, primero se echaba de ver en Blanca la belleza que la dulzura, y esta cualidad en Matilde era aún más reparable que la de su rara belleza. La heredera de Castromerín amorosa, inocente, a veces jovial, era como el parto más risueño de la imaginación, el ser más lindo de la especie humana; la hija del infeliz conde de Urgel lánguida, pensativa y solitaria parecía en su tristeza misma ser superior a los hombres y participar de la naturaleza de los ángeles. ¡Ah! con un corazón igualmente tierno, igualmente formado para el amor, al parecer había de hallar Blanca la felicidad de su vida en esta pasión violenta, y en ella la sensible Matilde su desgracia por leerse en los rasgos de esta última aquella especie de fatalidad que apareció más tarde en los de María de Escocia.

Terminadas las ceremonias de esta presentación, tomó Arnaldo la palabra y dirigiéndose a su hermana: antes que yo baje, le dijo, a llenar los deberes que me impone la hospitalidad y la usanza de nuestros mayores, tengo el placer de participaros que el caballero del Cisne es un admirador entusiasta de los poetas provenzales, aunque con la desgracia de entender muy poco su lengua. Le he dicho que se hallaba en vos rara facilidad y talento para traducirlos en castellano, y desearía tuvieseis la condescendencia de recitarle en este idioma la composición provenzal, que Cabestany nos ha cantado en la comida. Y si no temiera vuestra inocente ira, no tendría reparo en decir a don Ramiro que sois como la musa de los trovadores, y que someten sus versos a vuestro examen antes de publicarlos.

-¿Cómo es posible que digáis eso, querido Arnaldo? Harto sabéis que mis traducciones pueden interesar muy poco a quien las oiga, aun cuando fuesen hechas con la maestría que habéis indicado.

-Yo juzgo de los demás por mí mismo: hoy me han costado los versos de Cabestany la mejor copa de plata que había en san Servando, porque ya os acordareis de aquel antiguo proverbio: «cuando la mano del barón se cierra, enmudece el trovador.»

-Muy bien dicho, Arnaldo, pero de aquí en adelante sed más prudente en guardar mis secretos si queréis que haga otro tanto con los vuestros...

-¡Bravo! carissima sorella: he aquí lo que se llama herir por los mismos filos; pero esperan mis convidados y os dejo para que habléis a vuestro sabor acerca de la belleza de los versos provenzales, sin ser incomodados por la presencia de un hombre enteramente profano a sus misterios.- Dijo, y salió del aposento.

Su amable hermana y el caballero del Cisne hicieron desde entonces el gasto de la conversación; pues aunque había en la misma estancia dos doncellas, destinadas al parecer a amenizar la vida solitaria y uniforme de Matilde, no tomaron parte alguna en el diálogo. Tuvo este por objeto el mismo tema que el conde había propuesto, y el entusiasmado Ramiro no experimentó menos sorpresa que satisfacción oyendo cuanto le refirió aquella hermosa joven acerca de la poesía de Provenza.

-Los habitantes de estas montañas, decíale Matilde, pasan las noches de invierno oyendo junto al hogar los versos en que se cuentan las guerras donde se hicieron célebres nuestros mayores, y las exageradas aventuras de los héroes. Tienen estas poesías cierto perfume de antigüedad que les da un afectuoso interés: por eso son tan conocidas en la Europa y las cantan nuestros poetas en los palacios de los reyes. Pero es preciso convenir en que pierden de su belleza cuando se traducen, y como si se evaporase el genio poético que las dictó, dan sólo una débil idea de la energía que brilla en la inspiración del trovador.

-¿Me atreveré a deciros, repuso tímidamente el caballero, que he creído oír mi nombre en los versos de Cabestany?

-Y no os habéis engañado, respondió Matilde: los poetas provenzales tienen el talento de improvisar, y como su lengua fluida, abundante y sonora se presta maravillosamente a los raptos de la fantasía; acontece que añaden por lo regular a sus cantos estrofas análogas a las circunstancias presentes.

-No sé qué daría por saber lo que le ha ocurrido decir acerca de un paladín como yo obscuro y desconocido.

-Pronto, respondió Matilde, será satisfecha vuestra curiosidad... y llamando a una de sus sirvientas, encargola que condujese al caballero a cierto paraje del bosque, más agradable que los floridos vergeles del oriente, prometiendo acudir también allí dentro de breves instantes.


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Capítulo X[editar]

El canto del trovador provenzal.


Hízolo salir la doncella por una puerta trasera, de donde oyeron a lo lejos el son de los clarines y los aplausos de los convidados, que aún no habían dejado la mesa del festín. Condújole después por un angosto sendero que se abría paso en medio de un valle más abajo del palacio, donde serpenteaba también un riachuelo cristalino. Habían andado cerca de un cuarto de hora, cuando llegaron a cierto sitio en qué la reunión de dos arroyos formaba el río poco caudaloso de qué acabamos de hablar. El más considerable de ellos venía del fondo del mismo valle, y parecía extenderse a largo trecho sin ser cortado por las rocas y colinas que se elevaban a cierta distancia como una majestuosa barrera. El otro traía su origen del seno de aromáticas montañas, y salía a borbotones de una gruta de granito que separaba en su falda dos empinados peñascos. Era el primero de blanda y apacible corriente y sus plateadas ondas si tal vez se derramaban como rociado con las perlas de la aurora; pero el segundo precipitábase rugiendo desde lo alto de las rocas, cubriéndolas a menudo de blanca y rabiosa espuma.

Hacia el nacimiento de este caprichoso manantial llevaba la hija del desierto al sorprendido guerrero, y un caminito recientemente arreglado a fin de que fuese más cómodo para Matilde, los condujo a una soledad mansa y deliciosa, absolutamente distinta de la que acababan de ver. Si los alrededores ásperos y descarnados del castillo tenían un carácter de uniformidad y desolación que abatía el espíritu, en cambio el cuadro que se desplegaba ahora ante sus ojos parecía realizar los más exaltados sueños de la imaginación y dar una idea del mágico país de los encantos.

Dos altas peñas cual terribles gigantes parecían defender la entrada de este misterioso retiro, y sólo al llegar junto a ellas advirtió el caballero que la senda por donde iba daba la vuelta en torno de sus masas imponentes. Las que se elevaban algo más lejos desde una y otra margen del arroyo inclinábanse tanto por lo más alto de su cumbre, que dos largos pinos cubiertos de musgo, colocados acaso sobre esta abertura formaban un puente rústico de más de ciento cincuenta pies de elevación sobre tres de ancho, suspendido al parecer entre la tierra y las nubes sin baranda ni apoyo alguno.

Al fijar la vista en aquel liviano tronco, que sólo parecía desde abajo una línea negra trazada en el vago espacio de la atmósfera, quedose como asombrado el caballero del Cisne; mas no pudo dejar de estremecerse descubriendo a Matilde y su doncella que semejantes a dos ninfas aéreas iban ligeramente a atravesarlo, sin que reparasen siquiera en aquel horroroso abismo. Y notando por azar la hermana del conde Arnaldo en el gentil caballero, detúvose en la mitad del frágil leño, y con ademán lleno de gracia y finura hízole desde allí un galán saludo moviendo el pañuelo blanco. Trémulo y pálido el hijo de Pimentel al contemplarla como suspensa en el aire, apenas tuvo valor, para corresponder a tal fineza, y sólo empezó a respirar cuando más veloz que el pensamiento viola correr a la opuesta orilla y ocultarse entre los árboles de sus bosques.

La otra joven hizo pasar a Ramiro por debajo del mismo puente que le había causado tanto susto.

Al paso que se acercaban al nacimiento del raudal hacíase más rápida la pendiente, terminando la pradera en un tosco anfiteatro donde estaban agradablemente confundidos el álamo blanco, la verde encina y los frondosos nogales. Comenzaba a ensancharse la garganta formada por aquellos montes, mas no por eso dejaban de ostentar las peñas sus erizados picos, ya pálidos y espantosos en su misma desnudez, ya cubiertos de zarzales y otros áridos arbustos. Haciendo un corto rodeo hallose repentinamente Ramiro ante una brillante cascada, más notable por el efecto pintoresco de su colocación que por la abundancia de las aguas o la altura de su caída. Producíala el mismo arroyo arrojándose desde la cumbre de una roca en profundo recipiente formado por la naturaleza, y aunque al estrellarse en él se deshacía en espuma y levantaba en torno como un ligero vapor, eran las ondas tan limpias y transparentes que se veía en el fondo hasta el más leve guijarro. Hinchábanse en aquella especie de espectáculo y corrían después con bastante mansedumbre a ocultarse por entre amontonadas peñas, de donde se veían precipitar más turbulentas hacia la pradera que últimamente atravesara el caballero del Cisne. Por los alrededores todo estaba en armonía con las bellezas de esta soledad majestuosa: bancos de césped colocados en el hueco cóncavo de las peñas, húmedas y sosegadas cuevas como practicadas en la vertiente misma de las colinas, sombrías arboledas inspirando silencioso temor cual si fuesen habitadas por las rústicas deidades; aumentaban el efecto de aquel plácido recinto, verdaderamente romántico y solitario.

Viendo Ramiro a Matilde en ademán de admirar el salto de las aguas se le figuró un ser formado por la emanación de su luminosa espuma, o el más querido de los ángeles contemplando la hermosura del universo en los primeros días de la creación. Su doncella la seguía con el arpa a poca distancia y el sol empezaba a ocultarse por la espalda de los montes. Sus débiles rayos derramando suave luz sobre los objetos daban más expresión a los ojos negros de Matilde y hacían resaltar la blancura de su tez y las dedicadas formas de su flexible cuerpo. El absorto joven convino interiormente en qué los delirios de su exaltada imaginación nunca le dieron la idea de una mujer tan perfecta, y en medio de su entusiasmo creíase transportado a los jardines del aromoso Edén.

Conociendo Matilde como toda mujer linda la influencia de sus gracias, no se le escapó la turbación del amable paladín, y diose prisa a cortar una escena que alarma siempre la delicadeza del pudor, sin manifestar haber comprendido las emociones que inspiraban sus encantos. Encaminose pues tranquilamente hacia una selva poco distante para que el ruido de la cascada no sufocase el son del arpa, sino que formase con ella una especie de armonía misteriosa. Sentose debajo de un arco aunque tosco muy gentil descrito por peñas cubiertas de blando musgo, y tomando el instrumento de manos de su doncella, volvió los ojos en torno cual si se complaciese en el cuadro que presentaba aquel agreste y apartado sitio.

-Ya veo, dijo después de algunos momentos de silencio, que acaso he abusado de vuestra condescendencia haciéndoos andar más de lo justo, pero me lo debéis perdonar en gracia de la buena intención que tuve en ello. No sólo creí que este sitio os podría embelesar, sino haceros indulgente en favor de una traducción inculta y desaliñada: mis versos por naturaleza rudos tienen necesidad de esos acompañamientos selváticos, y las musas provenzales, suspirando de continuo por las dulzuras de un silencioso retiro, gustan mezclar su voz con el ruido del torrente, y prefieren para su adorno las flores silvestres del desierto, a las brillantes guirnaldas de los jardines.

-¡Ah! respondió el caballero, nunca tuvieron las musas un intérprete tan digno de sus gracias y su genio.

-¿Por qué me habláis en ese tono de pura galantería? Matilde debe esperar más franqueza del hijo de su bienhechor. Por lo demás en medio de esa calma majestuosa me complazco en cantar las proezas de nuestros famosos abuelos. De ellas fueron testigos estos mismos lugares ora tan desconocidos y solitarios: ¡Berenguer de Prades! ¡Roger de Lluria! ¡Raimundo de Urgel! si vuestras almas vagando sobre nubes flotantes han escuchado mi débil canto muchas veces confundido con el agudo silbo de la tempestad, y si al compás de mis rústicas canciones se han agitado de placer con la memoria de sus grandes hechos; no olvidéis que aún existe un guerrero descendiente de vosotros, aspirando con sagrada emulación al empeño de imitaros.

-Ahora conozco por qué decía mi padre que el espíritu marcial y el deseo de gloria de todos los héroes de la casa de Urgel, se encerraban en el pecho de sus dos ilustres huérfanos. No, Matilde, no llevéis a mal que os hable en lenguaje que pudiera incomodaros, si no fuese el de la pura verdad. Hasta hoy no había tenido ocasión de conoceros, y sin embargo tanto por vuestra nombradía como por los enérgicos principios de que hacéis alarde, fácilmente hubiera descubierto en vos la hija del desgraciado Armengol.

-No dudo que hallareis en mis ideas algo de familiar con las vuestras porque todo lo debo a la casa de Pimentel. Desde mis tiernos años me colmó de beneficios, y hasta que el conde Arnaldo de vuelta de las campañas de Italia llevome consigo a uno de los castillos de mis padres, me sostuvo el vuestro con fastuoso decoro en las monjas de san Dionisio. ¡Con qué ansia deseo consagrar los días que me restan en obsequio del generoso barón, que tendió una mano piadosa a mi desamparada niñez!

-Tan fino agradecimiento sobrepuja el valor del obsequio. No volváis los ojos al cielo con esa tierna expresión, y olvidad por Dios las desgracias de vuestra familia: los esfuerzos de tantos guerreros, ya reunidos en san Servando, procurarán restituirle su amortiguado esplendor; también, noble Matilde, voy a enristrar la lanza para conseguirlo, y juro, aunque débil apoyo, poner a vuestros pies el laurel que recompense nuestros triunfos, o perecer gloriosamente en la demanda.

-Bien sabe el cielo que desearía desvaneceros de semejante idea, pues creo que obráis mal en exponer una vida tan sumamente cara a mi ilustre bienhechor. Halagárame, es verdad, ver en su brillantez primera la soberana casa de Armengol; pero prefiero bajar al sepulcro sin conseguirlo, a causar con ello la más leve desazón al señor de Pimentel. Cuando pienso en que el ser famoso y valiente no os libra de un funesto azar, que una flecha disparada por mano certera, una lanza que vuele por los aires sin que la veáis venir... ¡ah! perdonadme, noble señor, si os suplico que no os comprometáis en una empresa, que puede ser fatal a las canas de vuestro padre y a mi justo agradecimiento.

-¡Qué es lo que decís, Matilde! esa generosidad mal entendida acaso me librará de la muerte, pero ajaría el lustre de mi fama. Sabed que sería un vil si no me mostrase digno en esta ocasión de la hidalga conducta de mi padre: a imitación suya me jacto de amar la familia de Urgel, y combatiendo por ella peleo también contra los enemigos de la nuestra.

Matilde al oírle bajó los ojos y guardó triste silencio. Deseosa empero de templar la agitación del paladín paseó los ágiles dedos por las cuerdas del instrumento, y lo hizo suspirar tan blandamente, que no sólo logró calmarle, sino dispertar en su fantasía las vagas ilusiones de una dolorosa ternura. Conmovido y taciturno separose algún tanto para saborear mejor los ecos de aquella música celestial, y apoyándose contra un roble cruzó las manos sobre el pecho y escuchola con dulce arrebato. Desaparecía el crepúsculo vespertino, y la luna, dando principio a su lenta carrera, iluminaba con el más puro de sus rayos el lánguido rostro de Matilde. El acompañamiento monótono del trovador fue reemplazado por ella con un aire patético y doliente, muy propio para mezclarse con el lejano rumor de la cascada y el manso susurro del céfiro que silbaba entre las hojas. Soltó en seguida su voz blanda y sonora, y dio principio al canto.

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[1]Brilla la estrella de la noche suspendida en medio de un cielo azul, y baña en suave lumbre las riberas del Segre: los antiguos torreones de San-Telmo elevan hasta las nubes sus afiligranadas almenas: reina en torno un silencio sepulcral, y el sonoro ruido de espadas y armaduras ya no se oye so los arcos de su techo solitario.

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¡Fueron los días en qué los pálidos rayos de la luna reflejaban en los plateados yelmos de sus intrépidos barones! ¡Fueron los días en qué al abrigo de la húmeda noche atravesaban los campos cubiertos de resplandeciente acero!

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El astro nocturno era para aquellos héroes el brillante faro que los guiaba a las batallas, y el melancólico genio que les hacía suspirar de amor. ¡Ay de mí! ahora no es más que una antorcha fúnebre, que alumbra sus urnas sepulcrales desde la bóveda celeste.

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¡Estrella de la noche! ¿qué ha sido de su valor? ¿cómo se ha eclipsado su brillante audacia? Al furor que los animaba, al ardiente deseo de hacer célebre su nombre, furiosos ejércitos apenas contenían su ímpetu, y los ríos y los mares eran débiles barreras.

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¿No veis un paladín viniendo a todo escape de la parte de occidente? Lleva un caballo negro como el ébano, y los ecos de las cavernas repiten sus veloces pasos cuando hiere con férrea planta la dura superficie de las rocas. ¡Detente, detente, desgraciado campeón! en balde la tempestad brama sobre tu cabeza; más terrible es la que destroza tu rencoroso pecho, y la sufres sin embargo, y la ensañas de continuo con el deseo de nuevos crímenes.

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A pesar de los pocos años se leen en tu frente lívida las huellas de las bárbaras pasiones, que han envenenado tu espíritu: ¿por qué inclinas el ojo feroz hacia la tierra y velozmente pasas cual un meteoro de funesto augurio? ¡Berenguer de Entenza! mi corazón ha palpitado a tu tránsito, y mis ojos ya no te han desconocido.

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Fuiste a sembrar el terror por los campos de la enlutada Grecia con Roger de Lluria, Raimundo de Urgel, Feliu de Moncada y los Pimenteles de Aragón, sus hijos se postraron llorosos a tus plantas y ella misma envuelta en el antiguo manto, sosteniendo con las manos la urna de alabastro que encerraba el polvo de sus héroes te pidió misericordia... ¡ay de los vencidos! dijiste; y la noble matrona sin fuerzas para resistir este último ultraje, sepultó en el Eurotas su impotente despecho.

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Viniste desesperado para engruesar tu bando, y vuelves ya contra el implacable Roberto de Rocafort, que osa disputarle el imperio. Huyes de la dulce esposa y de la anciana madre, que sin fruto se asomaron largo tiempo a la más alta peña con el falaz deseo de descubrir a lo lejos las ondas del agitado mar. ¡Yo las vi cubiertas de lágrimas tendiendo los brazos hacia las playas de Oriente...!

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Al estrecharse en ellos ¡cuán otro te encontraron del que fueras cuando hacías sus delicias! Observaron en tu rostro tomado del sol y sombreado por los polvorosos rizos de tu negra cabellera, la sed de sangre que enardece tus fauces: el movimiento convulsivo de tus labios les reveló las impuras blasfemias que apenas podían reprimir, y en las móviles arrugas de tu frente leyeron el rencor de los tiranos y la fría indiferencia de los verdugos. En vano te conjuran para que no salgas del techo paternal; tu alma fiera suspira por los combates, por las sangrientas revueltas, y mira con insultante desdén las floridas cadenas del amor, y los blandos deleites de la holganza.

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Tal la ruina de las aves desprecia la suave llanura, y sólo detiene su vuelo sobre escarpadas rocas cubiertas de eternas nieves, o en tempestuosas playas donde se ve al náufrago luchando para salvar la vida rodeado de tablas, mástiles y cadáveres. Mientras suspira el dulce ruiseñor entre las flores, arrebata ella sus víctimas a la áspera cumbre del Caúcaso, y se complace el devorarlas en sus moribundos gemidos.

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¡O Grecia! preciso es que sucumbas a la pujanza de tantos valientes. El más terrible de ellos caerá en tu mismo seno para aplacar con su muerte los irritados manes de Temístocles; pero ¡cuántos de tus más dulces hijos habrá inmolado antes a su fulminante rencor! En balde te inmortalizan los anales, en balde mientras millares de reyes olvidados en la noche de los siglos dejan una pirámide sin nombre, ha respetado el tiempo la columna elevada cabe el sepulcro de tus héroes, o les ha dejado un monumento más duradero de su gloria en las montañas de su país natal... Entenza no se enternece, antes se burla con grosera arrogancia del esplendor de tus fastos y de tus antiguos laureles.

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¿Oís el marcial son de los clarines, el estruendo de las falanges, el relincho de los caballos?... ¡Estrella de la noche! tú alumbras débilmente al impío Roberto cuando acechaba a su feroz rival por las olorosas márgenes del Estrimon. Con pérfida y silenciosa planta espiaba el orden de sus haces y el número de los guerreros que iban en ellas: en tanto sus escuadrones permanecían ocultos en las concavidades de las peñas, sólo aguardando un grito del capitán para caer sobre sus valientes enemigos.

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¿Quién es el atrevido campeón que marcha a su frente? Cubre un sombrío penacho su inalterable faz, y las pobladas cejas que frunce, anuncian de lejos su mal reprimida cólera... ¡él es! reconocedlo en la palidez de sus rasgos, y en la siniestra ojeada que arroja en torno de sí... ¡muera! exclama Rocafort ardiendo en ira, y los escuadrones de Entenza rechazan animosamente el ímpetu de los contrarios.

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Cuando un río precipita en la mar el arrebatado curso de sus aguas, levanta el Océano las suyas en azuladas columnas para resistir soberbio la impetuosa corriente: avánzanse las ondas, y su terrible choque resuena en la estremecida ribera: brillan tal vez espumeantes y desaparece por un momento la superficie de las socavadas peñas, eternos límites de su eterno furor.

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Tal fue el encuentro de los dos héroes. Animados del mismo espíritu de venganza, cierran uno contra otro y pugnan para saciarse de sangre, anunciando el infernal deseo de celebrar su triunfo bebiéndola en el cráneo mismo de su contrario. No pelean sus soldados con menos encono: el crujido de las lanzas que se rompen, las amenazas de los que hieren, los ayes de los que expiran espantan los ecos del valle, sólo acostumbrados a repetir las canciones de algún pastor solitario.

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¡Ay! ninguno pide cuartel: todos descargan la diestra para vencer o morir. Los amigos se buscan y se separan; rompen fácilmente los amantes su frágil cadena de flores; pero sólo la muerte puede dividir a los que se odian si por desgracia llegan a agarrarse una vez. Raimundo traspasa a Lluria con tres lanzas, y Feliu de Moncada expira a los pies de Pimentel: cae en uno y otro bando la flor de los valientes, y cual si el demonio de las venganzas anduviese discurriendo por las filas, sólo se oyen denuestos, blasfemias e imprecaciones.

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Pero vuela en pedazos el acero de Berenguer de Entenza, y su diestra arrojada después a larga distancia del cuerpo, aún lo empuña con desesperado furor. El agigantado paladín yace tendido en el mismo sitio donde cayó, y en su torno se descubre la impresión sangrienta de la mano que le queda sobre la cual se apoyaba agitado por las últimas convulsiones de la vida. Tiene el rostro vuelto hacia las nubes, y su ojo entreabierto parece amenazar a su triunfante enemigo, cual si la muerte no hubiese podido extinguir el aborrecimiento que le tenía.

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¡Torres de San-Telmo! no volveréis a ver a vuestro último señor. Con la nueva del fatal suceso expiró también su cariñosa madre, y un veneno puso fin a los días de la tierna esposa. Desde entonces sólo interrumpen el silencio de aquel castillo desierto los acentos lamentables del pájaro, que pasa emigrando a otras riberas, o los vaivenes de alguna puerta agitada por el borrascoso aquilón. El extranjero que descubre con placer sus elegantes agujas huye al acercarse a ellas de tan espantosa soledad. ¡Ay! los cardos y la grama ocupan el lugar del vicioso césped: las ortigas esconden el rostro de Venus; los olmos y acebuches taladran con sus fuertes raíces hasta lo alto de las almenas, y cubre el verde musgo la graciosa urna de las náyades. ¡Torres de San-Telmo! en vano el piadoso peregrino quiere orar por los héroes que os habitaban: aunque contempla admirado los restos de su antigua opulencia, ninguna piedra sepulcral le indica sus nombres, ni el sitio do reposan tranquilamente sus cenizas.



Calló Matilde y fijos los ojos en el cielo estuvo como embelesada un breve espacio sin que nada interrumpiese su doliente actitud y tierna melancolía. Detuvo su mano trémula sobre el arpa mientras el viento del desierto continuaba vibrando sus cuerdas de oro, haciéndolas despedir algún tímido suspiro. El caballero la contemplaba con admiración respetuosa cual si viese en ella la amante del Petrarca suspirando los dulcísimos versos de este poeta bajo los mirtos, que sombrean la fuente de Valclusa, o la enamorada Safo entonando su canción de muerte en el promontorio de Léucade para arrojarse después desde su cumbre a ser presa de las ondas.



  1. Nos ha sido preciso valernos de esta especie de estancias en prosa para dar una idea en nuestro lenguaje moderno de la valentía y el fuego, que respiraban los versos que cantó Matilde.


FIN DEL TOMO PRIMERO


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