Los bandos de Castilla - Tomo 3º (Versión para imprimir)

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Autor: Ramón López Soler[editar]



Capítulo XX[editar]

Los dos astrólogos.


Mientras se detenía el ejército de Aragón en poner sitio a la ciudad de Burgos, había llegado a Segovia el monarca de Castilla con don Álvaro de Luna, gran número de grandes y las reliquias del ejército derrotado por el infante don Enrique. No es fácil pintar el desaliento del rey don Juan, ni lo crítico de su situación. Por una parte las desavenencias domésticas; por otra los bandos que asolaban las Castillas. Los portugueses andaban como en busca de nuevos mundos, y navegando por mares desconocidos, ensanchaban maravillosamente los límites de su poder: el rey don Alonso practicando otro tanto hacia levante, encadenaba las más fértiles provincias de Europa al orgulloso carro de sus triunfos, y mientras se hacían célebres estos estados con belicosos laureles y espléndidas conquistas, huía el monarca de Castilla de un infante de Aragón, por no sacudir resuelto el dominante carácter de don Álvaro de Luna.

También este célebre favorito sufría amargas angustias con el recuerdo de la derrota, y con el temor de que el rey, viéndose al fin apurado y en vergonzosos aprietos, no se ladease a los consejos de sus particulares enemigos. Sacudió, sin embargo, obligado de la necesidad aquella especie de abatimiento; y, animando a unos, adulando a otros, y recompensando a todos, pudo juntar algún dinero, ordenar nuevas haces y persuadir al rey don Juan de que tentase por segunda vez la suerte de una batalla. Hallábase la cosa adelantada para recibir el ejército aragonés con bastante fuerza y ahínco, si tan atrevido fuera que intentase penetrar hacia Segovia, y, sin embargo, el corazón del condestable ardía en presa de inexplicables tormentos, nacidos de las desgracias que amenazaban su privanza y su persona.

Empezaba una de las breves tardes del mes de diciembre, y las noticias recibidas acerca de la marcha de los enemigos habían alarmado la Corte y echo que sé todo se dispusiese para salir animosamente a resistirlos, cuando se paseaba el condestable por uno de los aposentos de su gótico alcázar, resolviendo en su mente los más arriesgados proyectos para ver de acabar con todos sus émulos, o desviar a lo menos el temporal que tan turbio y revuelto corría. A veces daba vueltas a la estancia con veloces y descompasados pasos; a veces se detenía de repente en medio de ella juntando las manos, cruzándolas sobre el pecho o comprimiéndose las sienes. Parase al fin ante una ventana profunda practicada en el espeso muro del palacio, desde la cual se veían los floridos alrededores de aquella famosa ciudad. De pronto le ocurrió la idea del sosiego con que vive el labrador en su cabaña, y estuvo por envidiar la suerte de un zagal, que descubrió a lo lejos contemplando, apoyado en su bastón desde las riberas de un arroyo, cómo bebían tranquilamente sus ovejas. Pero estas reflexiones muy naturales al hombre ambicioso y turbulento cuando se ve amagado de alguna próxima desdicha, desaparecieron en breve de su imaginación ardiente para hacer lugar otra vez a mal concebidos planes de engrandecimiento y venganza.

-¡Y qué!, exclamó al fin, ¿desarme abatir de la fortuna mientras hay tantos que conspiran a la par para eclipsar mi nombre y oscurecer los timbres que esclarecen mi familia? Antes que tal suceda preciso será que corra la sangre de los Arnaldo y Pimenteles; Preciso será que se agite un dogal o brille un hacha en cada esquina para acabar con esta raza de perros que siguen las banderas del infante de Aragón. Voto a brios que les he de acechar los pasos como un viejo lebrel, y si no bastan los escuadrones que les hicieron correr tanta tierra en la batalla de Olmedo, las yerbas ha de bastar y los agudos puñales. ¿Qué se me da a mí verles expirar en el combate o sacudiendo las piernas al compás de lenta agonía, mientras el cuerpo les cuelgue del extremo de una soga?- Aquí soltó ruidosa carcajada cual si saborease el placer de semejante espectáculo; movió los ojos alegremente por la estancia, y un vivo calor animó sus tétricas facciones, después continuó su discurso: -Está resuelto, sea en dorada copa, en argentado plato, con el hierro de una lanza, o respirando el aire fétido de un calabozo, mis enemigos han de perecer. Años hace que los cuervos de estos campos no han envainado sus picos en tan robustos cadáveres: ¡con qué ansia espero ver los de esos mozalbetes de Aragón tendidos panza arriba en derredor de mis alcázares y castillos! Y si es verdad lo que me envía a decir el Arlanza por medio de su gitano, yo aseguro al fatuo señor de Urgel que no ha de morir sino en la plaza pública. ¡Habráse visto insolente más descarado que ese barón aventurero!, ¡destronar al rey don Juan! ¡Y de cuándo acá un miserable conde de aragón, un oso del Pirineo quita y pone reyes al solio de Castilla! El padre con ser tan bravo debió a mi conmiseración el no haber muerto como un perro pagano y descreído, danzado bajo el peso de maese Diego, el más listo de nuestros verdugos; y el hijo me lo agradece tan bien que trata de destronar a mi protector, para más a su salvo divertirse con mi cuerpo. Casi no lo creo... ese rodrigo es un toro indómito y brutal, una hiena sedienta de sangre que se complace en enconar mi espíritu para recrearse después con las víctimas de mi cólera. Yo preguntaré a ese gitano, moro o lo que fuere, que le sirve de espía en el campo aragonés, y mucho será que no le arranque la verdad. ¡Hola!-

Abrióse la puerta y se presentó un paje que aguardaba en la antesala las órdenes del condestable de Castilla.

-¿Por dónde anda ese racimo de la horca que acaba de llegar de Burgos?, ¿el gitano, quiero decir, que me envía el señor de Alanza?, preguntóle don Álvaro de Luna.

Por la galería del Cid diciendo la buenaventura a los criados y flecheros del alcázar.

-¡Ah! Sí: los tales vagamundos hacen gala de profesar la quiromancia y las ciencias ocultas; no importa, traelo inmediatamente a mi presencia.

A poco rato volvió a entrar el criado en el aposento con el extraño personaje de que le habló don Álvaro de Luna. Era de mediana estatura, y se notaba en sus menudas facciones cierto aire de independencia indómita y salvaje. Llevaba en la cabeza un turbante colorado sobre el que flotaban dos plumas desmayadas y marchitas, y ceñía su flexible cuerpo una túnica verde, orillada de mugrientos galones de oro, de hechura igual a las de los estradiotes, tropas que levantaban entonces los venecianos en las provincias situadas al oriente de su golfo. Cubríanle los muslos anchos calzones blancos sujetos con un lazo debajo de las rodillas, por lo que sus piernas enjutas, descarnadas y casi negras hubieran estado del todo desnudas, a no cruzar por ellas multitud de cintas con el objeto de acomodar a los pies un par de leves sandalias. Recogía la túnica en sutiles pliegues hacia la espalda un cinturón carmesí del que colgaba cierto alfanje morisco de hoja estrecha y afilada, a imitación de los que se fabrican en Damasco. En cuanto al rostro, era muy tostado de los rayos del sol, rematando en negra barba sucia, puntiaguda y revuelta. Con todo no dejaban de llamar la atención un par de ojos vivarachos y penetrantes, nariz aunque pequeña graciosa, y dientas blancos como el marfil, menudos y bien colocados. En resolución: toda su persona despojada de una carnosidad superflua, pero llena de nervios y músculos, dotados de extraordinaria flexibilidad y vigor, hubiera hecho pasar al gitano por un mozo bastante agraciado, a no ser el cabello áspero y cerdoso que sombreaba sus facciones, y cierto aire feroz que le asemejaba más a un gato montés que a un hombre civilizado.

-Acércate, bribón, díjole bruscamente el condestable, y ten cuenta con lo que te voy a preguntar, porque si titubeas en la respuesta, juro por el bienaventurado San Martín que echarás bendiciones con los pies desde la rama más alta de una encina. ¿Eres tú el pícaro que ha escogido por mensajero don Rodrigo de Alcalá?

-El propio soy, respondió gitano.

-¿Y te mantienes en lo mismo que le dijiste acerca de los altercados habidos entre los capitanes del campo aragonés?

-Y sin temor de ser desmentido, replicó osadamente el espía.

¿Y añades, señor barbinegro, que después del consejo de guerra no parecían tan amigos como antes Arnaldo el conde de Urgel y el caballero del Cisne?

-Y añado, satisfizo el africano, eso mismo que habéis dicho.

-¿Pues de quién hubiste semejantes noticias?

-Ese secreto es mío: cumplí con mi obligación revelandoos el de vuestros enemigos.

¡Perro infiel!, ¿ignoras que estás en mi poder?

-¿Y qué me importa estar en poder?... hiere y verás cuán poco temo la muerte.

-¿es decir, repuso con maligna sonrisa el condestable, que desempeñando el arriesgado oficio de espía, ya se te alcanza que ese cuerpo es carne para el verdugo?

-Lo que se me alcanza, respondió el mulato, es que nos tratan los cristianos como el mastín del pastor a los carneros y ovejas que defiende. Protégelos por algún tiempo, los lleva donde mejor parece, y acaba por conducirlos al matadero.

También muchas veces hacen lo mismo los reyes con sus favoritos, pensó interiormente el condestable, y cual si le hubiese mordido una víbora, púsose a dar veloces pasos por el aposento mientras los movimientos convulsivos de los labios y la barba, hacían patente la secreta inquietud que le oprimía. Calmóse algún tanto, y como si de repente le ocurriera otra idea, volvió a interrogar al gitano, bien que en tono áspero y desabrido.

-¿Es verdad que tu pueblo, aunque grosero e ignorante, tenga conocimiento de lo futuro, ciencia que no poseen los sabios y doctores de la Europa?

-No cabe duda, respondió, y es aún más natural ese talento entre nosotros que el furor de las disputas en los cristianos.

-¿Y cómo es posible, interrumpió don Álvaro, que el don celestial del vaticinio se haya concedido a linaje tan ruin y pordiosero como el vuestro?

-Yo no puedo decir porque así sea, replicó el gitano, por la razón misma que no me es posible explicar por qué el perro sigue las huellas del hombre por el olfato, mientras no puede el hombre olfatear las pisadas del perro. Esta facultad maravillosamente admirada de los europeos la posee nuestro pueblo por instinto; al través de las facciones del rostro y de las líneas de la mano vaticinamos tan fácil y positivamente la suerte de los demás como al ver un árbol en la primavera anunciáramos por la flor el fruto que debería producir a su tiempo.

-¿Y si te obligara a que me diese ahora mismo una prueba de tu decantado saber?

-Os diría, respondió sin titubear el africano, que cuando volvéis la cabeza tropiezan vuestros ojos con una horca más alta que la de Amán, o ven brillar en el arremangado brazo de un ministro el terrible instrumento de la venganza de los reyes sobre...

-Calla, calla, insolente, gritó atajándole don Álvaro entre colérico y atónito: no sé cómo no hago cumplir en tu malvada cabeza esa sangrienta profecía, a fin de enseñarte a elegir personas más a propósito para tus nigrománticos embelecos.

Don Álvaro volvió a dar vueltas por el aposento notablemente agitado, y mirábale el espía con insultante sonrisa y descarado aire de triunfo. Sus ojos montaraces y sombríos chispeaban de placer siguiendo los violentos ademanes del magnate, como los del cazador cuando se recrea en contemplar al oso luchando en balde para arrancarse la enarbolada saeta.

No era nada extraño se olvidara el condestable de tal suerte de sí mismo que hasta depusiese la serenidad y la grave arrogancia de sus maneras; pues acababa de acertar el espía con el hueco de su armadura, adivinando unos recelos que había días atormentaban su espíritu, cual si tuviese un vago presentimiento del aciago fin que había de probar en el mundo. Siempre procuró encerrarlos en lo más hondo de su pecho, y su rabia fue igual a su asombro cuando con tanta prontitud y desenfado se los echó en cara el insolente extranjero.

Difícil sería buscar en otra parte que en la preocupación de su siglo el origen de aquellos temores que derramaron como un sombrío vapor sobre el último periodo de su vida. Lo cierto es que aquel cortesano sagaz y astuto, aquel flexible y diestro favorito, aquel hombre en fin que tantos obstáculos venciera para remontarse con el vuelo rápido del águila experimentaba como otros muchos varones de osado ingenio, los embates de un humor tétrico y melancólico, siempre temible a la verdad, pero mucho más cuando empiezan a lucir las áridas auroras de la vejez, sin que tengamos el consuelo de una conciencia tranquila. A esta frenética disposición de su ánimo debe atribuirse el ansia de que dio muestras para que le profetizasen el fin de su vida, consultando a este efecto el más famoso astrólogo de aquellos tiempos. Habíale hecho venir a fuerza de regalos de las cortes de Hungría y de Viena, donde últimamente se fijara, a fin de pedirle parecer en las ocasiones arduas, y valido de su amistad con Rodrigo de Alcalá, señalóle una parte del castillo de Alanza, donde pudiera dedicarse libremente a sus sombríos estudios y horribles experimentos. Aterrado en el momento de que hablamos con la atrevida predicción del extraño personaje que tenía ante los ojos, y no sabiendo si dar crédito a su ciencia o atribuirlo todo a su impúdica osadía, detúvose otra vez delante de él, y siguióle interrogando en esta forma:

-¿De qué país eres?

-De ninguno.

-¿Qué quiere decir de ninguno?

-Que no soy de ningún país. Seré si os parece un cíngaro, un egipcio, un gitano, según nos llaman los europeos en sus diversas lenguas; pero no tengo patria.

-¿Eres cristiano?

Aquí hizo el extranjero con la cabeza un movimiento negativo.

¡Perro! Gritó don Álvaro, ¿adoras al falso profeta?

-Tampoco, repuso sin detenerse con tanta indiferencia como laconismo.

¿Eres pagano pues?, en una palabra, ¿cuál es tu secta?

¡Mi secta!, repitió el gitano; no soy de ninguna secta.

Horrorizóse don Álvaro de Luna, pues aunque había oído hablar de sarracenos e idólatras, jamás le pasó por las mientes que pudiese haber tal casta de hombres que no profesase ningún culto. No le impidió la sorpresa preguntar al africano donde tenía su domicilio.

-En los bosques, en las ciudades, en la ribera del mar, en la orilla de los ríos, y para acabar de una vez, en el sitio donde me encuentro.

-¿Y de qué manera conservas lo que posees?

-No teniendo más bienes que el caballo en que monto y la túnica con que me cubro.

-¿Cuáles son tus medios de subsistencia?

-Los que el azar pone en mis manos: como si me aguijonea el hambre y bebo cuando tengo sed; he aquí mi modo de vivir.

-¿Pero bajo qué ley?, ¿a quién conoces por señor?

-Al padre de la tribu cuando me da gana de obedecerle.

-¡Luego, exclamó don Álvaro admirado y confundido, vives sin los dulces lazos que unen en sociedad a los demás hombres; vives sin rey que te mande, sin leyes que te protejan, sin medios de subsistencia, sin domicilio ni hogar; vives, desgraciado de ti, sin el cariño que la patria nos inspira, y sin el consuelo de un Dios que nos ama y nos perdona! ¿Qué te resta pues? ¿A qué dicha aspiras privado de la religión, destituido de amor patrio y de toda doméstica felicidad?

-A la de una verdadera independencia, yo no me arrastro a los pies de los magnates; a nadie tengo obediencia ni temor, voy a donde me parece; vivo según mi capricho, y moriré con la indiferencia misma que he vivido.

-Puedes, no obstante, verte preso y condenado cuando menos te cates de ello.

-Enhorabuena, respondió el gitano; todo se reduce a morir algo más pronto.

-¡Infeliz!, te sepultarán en lóbrega e inmunda mazmorra, y entonces ¿dónde existe la libertad de que blasonas?

-En mis ideas: sujetas están las vuestras so la coyunda de las leyes, de la religión y de la patria, mientras vuela libre mi espíritu, aun cuando yazca mi cuerpo descoyuntándose en un potro.

Todo sería muy bueno, repuso el condestable, si con tan sabias reflexiones se rompiesen los grillos de los pies, o el dogal que acomoda el verdugo a la garganta.

-No creáis que por eso fuese menos idólatra de mis principios, acostúmbrase uno al peso de las argollas, y a no ver en la muerte sino un accidente inevitable.

-¿Y de dónde trae su origen tu pueblo errante y feroz?

-No lo sé, respondió el gitano.

-¿Cuándo desocupará estos reinos para volver al país de que ha salido?

-Cuando se cumpla el tiempo de su peregrinación.

-Pues qué, exclamó don Álvaro, ¿no desciende de las tribus de Israel que fueron llevadas cautivas más allá del río Éufrates?

Si tal hubiese, conservaríamos su fe, practicaríamos sus ritos.

-Pronto y agudo es tu juicio, repuso mirándole de hito en hito el condestable; muy suelta tienes la lengua..., ¿cómo te llamas?

-Sólo mis hermanos saben mi verdadero nombre, los que no viven en nuestras tiendas me conocen por el de Merlín.

-Paréceme que te explicas demasiado bien para un pícaro de tus miserables hordas.

-Es que siendo niño me cautivaron los de Francia y me vendieron a un sacerdote de Castilla, que se le metió en la cabeza instruirme en las ciencias europeas. Travieso y antojadizo no aproveché como él quería, pero algo se me pegó de aquel torbellino de necedades.

-¿Y cómo le dejaste?

-Robéle toda la plata, dijo Merlín con el mayor descaro, hasta la imagen de un Dios que él adoraba hecha del mismo metal. Descubriólo y me zurró; entonces para vengarme le atravesé de un navajazo, y eché a correr a los bosques.

-¡Aleve!, gritó don Álvaro echando involuntariamente mano a la daga, ¿te atreviste a asesinar a tu bienhechor?

-¿Y qué necesidad tenía yo de sus beneficios? ¿Por ventura era el joven cíngaro un perro acostumbrado a lamer la mano del que le oprime, y a alcanzar meneando la cola un pan mugriento en medio de puntapiés y de porrazos? No señor, era un tigre sujeto a la cadena, que la rompe enfurecido en la primera ocasión, bebe la sangre de su amo y huye otra vez al desierto.

Es probable que a no haber sido por la protección del señor de Alanza y los ventajosos servicios que les prometía la astucia e intrepidez de Merlín, no hubiese salido de aquel alcázar sin probar los efectos del enojo que su crueldad e impudencia habían inspirado a don Álvaro de Luna. Lo que dijo además a ese poderoso valido con respecto a las inquietudes de su pecho, habíale dado cierta importancia a sus ojos; importancia que, si de un lado estremecía al condestable, inspirábale por otro el deseo de aprovecharse de su diabólica ciencia. Por tanto, es igualmente presumible que el respeto supersticioso profesado por don Álvaro de Luna a cuantos hacían gala de estar iniciados en los horribles misterios de la magia y hechicería, fue una especie de broquel diamantino para el gitano Merlín, o si se quiere un salvoconducto que le permitió hablar ante aquel célebre magnate con alguna parte de la cínica osadía que atemorizaba a sus prosélitos. Encargóle don Álvaro que volviese al campo aragonés, espiase todas las acciones del conde de Urgel, objetivo particular de su aborrecimiento, y le diese parte de ellas. Regalóle después de esto, y lo despidió prometiéndole, si era capaz de guardar fidelidad, recompensas de más alto precio.

Volvióse aquedar solo el condestable de Castilla, y dar libre curso a sus ideas, aguijoneado más que nunca por supersticiosos temores. Habían éstos tomado tal incremento en su pecho, que la perspicacia y no la ciencia de Merlín los leyera en su semblante. Durante la noche las más lúgubres imágenes exaltaban su fantasía, por lo que veía acercarse con temor la hora en que gozan los mortales del suspirado reposo. La luz del sol sorprendíale en su lecho aterrado con lo que había creído ver, y anunciando con la alteración de sus facciones la lucha sangrienta en que se agitaba su espíritu. Y como estos fúnebres presagios acababan de cobrar nueva fuerza con las palabras de Merlín, para hallar remedio a su desesperación frenética, determinó consultarlos al astrólogo, que, según hemos dicho más arriba, hizo venir a fuerza de recompensas de muy remotas regiones. Llamábase Ben-Samuel, judío de nación, célebre por su tratado De rebus incognitis, y por la fama que tenía de leer los decretos del destino en el curso y combinaciones de los astros. Nunca se había atrevido el condestable a exigirle el terrible vaticinio de cuál sería el fin de sus grandezas; pero en la ocasión en que más encarnizados se mostraban sus enemigos, cuando llegaban al colmo de las zozobras que despedazaban sus entrañas, y hasta un miserable gitano, en medio de su vida errante y de sus andrajos, tenía el derecho de recrearse en su amargura, y de creerse más dichoso que el privado de don Juan el II; parecióle el único remedio la resolución de arrostrar aquella consulta criminal y arriesgada. Algo tranquilo con la esperanza de hallar la certidumbre de su futura suerte en las predicciones de aquel mago, envolvióse en su capa el condestable de Castilla, y haciéndose ensillar un caballo, salió por una puerta falsa y tomó la vuelta del castillo de Alanza, a pesar de que la noche cubría ya la ancha tierra con su tenebroso manto.

Soplaba el viento del norte mientras don Álvaro de Luna atravesaba corriendo aquellos campos en una situación la más incierta y aflictiva. La sola idea de que iba a saber cuál sería su fin, si análogo a la prosperidad de que gozaba, si conforme a los presentimientos que tuviera, infundía pánico terror a su atormentado pecho, sin que el aspecto de una noche húmeda y borrascosa dejase de contribuir a sus mortales angustias. ¡Cuántas veces los prolongados silbos del viento se le figuraron alaridos del demonio, y creyó distinguir en las nubes, que corrían rápidamente por el cielo, misteriosos caracteres o siniestras figuras! Llamó, sin embargo, en su ayuda aquel valor que nunca le abandonara en el discurso de su vida, sólo así pudo luchar con las congojas que oprimieron su espíritu durante el largo camino.

Doraban los primeros rayos del sol las altas cumbres de la sierra cuando llegó el favorito al fuerte alcázar de Alanza. Apeóse demudado y macilento, y se encaminó en el mismo instante a la estancia que ocupaba Ben-Samuel en una de las alas del vasto edificio. Si bien no era sobradamente espaciosa, la magnificencia de las tapicerías, las delicadas labores de las sillas de ébano y el prolijo adorno de los estantes donde tenía sus libros, manifestaban el buen gusto de aquel famoso judío. Dos puertas colaterales en una y otra parte de la biblioteca conducían la de la izquierda a un estrecho gabinete donde dormía aquel sabio, y la de la derecha a cierta escalerilla de ojo para subir al elevado torreón, que les servía de observatorio en sus cálculos astronómicos. Admirábase sobre la sólida mesa de cedro colocada en medio del aposento un bello tapiz de Turquía, parte de los despojos recogidos en la tienda de un Pachá después del reñido combate ganado contra los turcos por el monarca húngaro Matías Corvino, gran campeón de la cristiandad, y antiguo protector de nuestro mago. Campeaban en ella varios instrumentos de matemáticas y astrología tan preciosos por la delicadeza del trabajo, como por el valor de la materia: el astrolabio de plata era presente del emperador de Alemania, y la curiosa esfera cubierta con planchas del mismo metal, el espléndido regalo de otro monarca de Europa.

Alhajas, máquinas y utensilios de raras y caprichosas formas resplandecían colocados en los muros de la estancia. Chocaban en medio de tantos objetos dos armaduras completas, una de mallas y otra de acero, la obra maestra entrambas de artífice milanés, cierta espada toledana entre un sable de Escocia y una cimitarra turca, arcos y aljabas, multitud de armas guerreras, instrumentos de música, vasos sepulcrales de los tiempos antiguos, penates de bronce, y otras muchísimas cosas difíciles de describir, muchas de las cuales parecían destinadas al uso del arte mágica, según la supersticiosa opinión que de ella se tenía en aquel remoto siglo.

No menos extraña y variada era su copiosa biblioteca: manuscritos de autores clásicos con otros de filósofos árabes, algunos poetas persas, las máximas de Zoroastro, los cantos de los antiguos profetas, y los trabajos de aquellos sabios laboriosos, que cultivaban en absoluto retiro las ciencias químicas pretendiendo descubrir a sus prosélitos los misterios más ocultos de la naturaleza por medio de sutil filosofía, se hallaban confundidos o entremezclados sin orden en los pulidos estantes. Algunas de tales obras estaban escritas en orientales caracteres, obras en hebreo y en latín, y no pocas ocultaban su sentido místico, o los absurdos que aspiraban a enseñar, bajo el simbólico velo de figuras jeroglíficas y de signos cabalísticos.

Por lo demás todos los muebles y curiosidades del aposento ofrecían a los que entraban en él un extraordinario golpe de vista, calculado de antemano para herir la imaginación, a lo que contribuían mucho para formar cierta armonía con todo lo restante, el aire y los modales de nuestro astrólogo. No presentaba en su figura uno de aquellos descarnados profesores de las ciencias ocultas, cuyos rasgos lívidos y marchitos, cuyos ojos hondos y cadavéricos no sólo indican los meses que han pasado estudiando los misterios del arte en subterráneas cuevas, sino las muchas noches también contemplando la incierta luz de los cuerpos que figuran en el sistema planetario. Veíase muy al revés en el judío un hombre de alta talla, majestuoso y corpulento, frisando como en los cincuenta de la edad, sin estar por eso destituido de cierta lozanía y vigor. El turbante blanco como la leche sujeto con ardiente rubí en torno de su cabeza, la bala de seda forrada de armiños con presillas de oro, la túnica talar algo oscura, sembrada de lucientes estrellas, y el ancho cinturón carmesí donde brillaban sutilmente recamados los doce signos del zodiaco, daban a sus facciones, naturalmente severas un carácter de importancia muy conforme a la fama de su ciencia. Medio recostado entonces en ancho sillón de damasco, examinaba uno de los primeros ensayos hechos por Gutenberg con la máquina de la imprenta, que acaba de inventar. Recorríalo, pues, lleno de pasmo y placer cuando entró repentinamente en el aposento al condestable de Castilla. Levantóse el reverendo rabino, y lo saludó cortés con el ademán de un hombre harto acostumbrado a tratar con personas de alta jerarquía para turbarse en su presencia.

-Paréceme que os halláis ocupado, dijo el magnate; y a no engañarme, en contemplar ese nuevo modo de multiplicar los manuscritos por medio de una máquina. ¿Cómo es posible, padre mío, que objetos tan fútiles y terrestres interesen a un hombre a quien revelan los astros los arcanos del destino?

-Porque reflexionando en las consecuencias de esta invención, leo con tanta certidumbre en ellas, como en las combinaciones de los cuerpos celestes, las más terribles y prodigiosas mudanzas. Cuando pienso con qué lentitud y escasez nos ha traído sus aguas el manantial de las ciencias, las dificultades en que tropiezan los que andan sedientos de beberlas, y lo muy expuestas que las veo a tener que trazarse de nuevo vías ocultas y subterráneas para librarse del furor de la barbarie, no puedo dejar de exaltarme al considerar la dicha de las generaciones futuras, recibiendo a manos llenas el tesoro de la sabiduría, tesoro que civilizará los pueblos, suavizará las pasiones y elevará monumentos donde la estudiosa juventud aprenda a rectificar los abusos, que escaparon a la perspicacia de sus padres.

-Un momento, si os place, un momento, preguntó algo inquieto el favorito; ¿Todas esas revueltas que decís han de verificarse en nuestro siglo?

-No, hermano mío, respondió el filósofo, esta invención puede compararse al arbolillo que acaba de nacer. No es tiempo aún de que produzca el fruto que de ella se espera, fruto dulce y amargo a la vez, tan precioso y tan funesto como el del árbol de la vida, pues que dará a la especie humana el peligroso conocimiento del bien y del mal. Ilustrarán se las gentes, pero correrá la sangre de los pueblos, adelantarán las ciencias, pero descubriránse con su auxilio nuevos medios de destrucción... es harto cierto que es medio de ese vaivén de innovaciones será el hombre más rico, más cortes, más civilizado... no sabré, empero, deciros si se podrá alabar de más dichoso.

-Allá se las campaneen, padre mío, respondió don Álvaro, sobrado tenemos que hacer en el siglo en que vivimos para ocuparnos de los negocios del venidero. Cada día que luce me trae una nueva calamidad, y temo que arrastrado por una cadena de desgracias no me guarde la fortuna en el último eslabón un precipicio. Vos me habéis servido en diversas ocasiones con la prudencia de un sabio y el cariño de un hermano; a vuestros vaticinios debí la esperanza que me sostuvo en el último destierro, sin la cual no hubiera visto la muerte de mi más fiero enemigo. A ellos, padre mío, la certidumbre de recobrar la gracia del rey don Juan y nadar nuevamente en la opulencia. Hace tiempo, es verdad, que no he venido a consultaros, porque si es dulce al desdichado el anuncio de la felicidad, ¡cuán amarga ha de ser al que es dichoso la predicción de su desgracia! No obstante, prosiguió el condestable adelgazando la voz, vuelven como os decía a tomar mal aspecto los negocios, y hasta llego a recelar no sacuda el rey don Juan el yugo de mi tutela. Entonces, ¡ay!, entonces ¿qué fuera de nosotros?... ¡oh!, separaríame ahora mismo de ese monarca pueril, si supiese que mis contrarios me dejasen vivir tranquilamente en mis castillos...

Interrumpióse el condestable al decir estas palabras cubriéndose el rostro con ambas manos, cual si el peso de sus angustias le quitase hasta la fuerza de proseguir el discurso. Mirábale entre tanto Ben-Samuel, apoyada la mejilla sobre su brazo derecho, recreándose en el hervor de las pasiones que devoraban el corazón de aquel magnate, que, a pesar del orgullo con que trataba a los demás, venía como a humillarse y a confesar sus recelos a las plantas de un judío. Animóse después de un rato don Álvaro de Luna, y continuó su interrumpida relación de esta manera.

-No extrañéis, docto Samuel, la opresión que me agobia. Otras veces he venido a hablaros con la cabeza erguida y el semblante más alegre, pero no veía entonces en mis sueños como ahora los preparativos de un suplicio, ni tropezaban mis ojos donde quiera con un sangriento cadalso. Por esto, padre mío, deseo saber cuál será el fin de mis días: ¿las visiones con que lucho durante la noche son anuncios positivos de que he de morir como los traidores, o he de considerarlas solamente como delirios de una fantasía exaltada en fuerza del enojo que inspiran esos bandos, rivalidades y encuentros? Tal es la cuestión que someto a vuestra divina ciencia para que me decidáis, si os place, sin la más leve tardanza.

Levantóse el astrólogo al oír esto, y echando mano a varios de los instrumentos que había en aquella estancia, preparóse como para leer en las páginas de lo futuro. Fijando después en don Álvaro sus negros y vivaces ojos, contemplólo largo espacio cual si pretendiese analizar las muchas líneas que cruzaban por su rostro. Tomóle la mano diestra y examinó escrupuloso todas sus rayas sin hablar palabra alguna, observando con inalterable gravedad las prácticas y ceremonias prevenidas por las artes cabalísticas. Así que dio fin a estos preliminares, animó leve sonrisa sus majestuosos rasgos, y clavando otra vez la vista en la cara de don Álvaro de Luna, soltó reposadamente la voz a semejantes razones:

-Extraño mucho que agitado como estáis por ilusiones fantásticas, no hayáis venido más presto a buscar en este humilde aposento la tranquilidad de vuestro espíritu. Aunque émulo indigno de Galeotti y Nostradamus, no dejo de leer el destino de los hombres en las revoluciones de los astros, y, a menos que tuvieseis poca confianza en la lealtad o sabiduría de vuestro intérprete, no acierto por qué razón habéis descuidado hasta ahora mis consejos. No por eso dejaré de deciros lo que mi débil juicio alcance, puesto que el término adonde os ha de llevar vuestra opulencia ha sido no pocas veces el objeto de mis observaciones profundas. Sabed, por lo tanto, don Álvaro de Luna, que por la parte de Asturias leo el nombre de cadalso, y alejaros debéis de aquellos ángulos, si es que deseáis evitar el fin de vuestras grandezas.

-¿El hombre decís de cadalso, padre mío?, preguntó tranquilamente el condestable.

-He aquí las efemérides prosiguió el astrólogo: ved la posición de la Luna con respecto a Saturno, y el ascendiente de Júpiter sobre entrambos. Esta combinación es de feliz augurio para el que ha nacido debajo de su influencia; pero hallándose Saturno al propio tiempo en directa oposición, amenázale súbita y violenta muerte en edad algo avanzada y en determinado punto; no sabré decir de fijo si en un infame cadalso, aunque aseguraros puedo que veo indicado tan espantoso nombre hacia las regiones septentrionales de estos reinos. Por esto debéis rehusar el ir, o el que os lleven, hijo mío, a tan peligrosos sitios. Repasad ahora en vuestra mente la analogía que pueden tener tales indicaciones con los lances y particularidades de vuestra vida, y vendréis a conocer, al efecto de calmaros y alejarlo, el fin próspero o desastrado que os aguarda.

Es de pensar que nada comprendió don Álvaro de la explicación científica del filósofo; pero llevó en la imaginación muy impreso aquello de que moriría en cadalso. Cabalmente llamábase así uno de los muchos pueblos de sus dominios, y como por su posición inclinábase hacia el norte, dedujo de todo ello el condestable, que en él había de morir y no en la plaza pública, según creyó por sus sueños. La singular coincidencia que veía entre el nombre de este pueblo y el del objeto de sus continuos terrores, hízole dar mayor crédito a la predicción del astrólogo, a lo que se añadía la certidumbre en que estaba de no haber comunicado a persona alguna sus desesperadas visiones. Disimuló con todo la secreta alegría de su ánimo, metió la mano en el pecho, y sacando una bolsa púsola en las del judío en prueba de veneración y agradecimiento. Despidióse enseguida, y repitiéndole que no dejase de considerarle como su mejor amigo, salió del aposento y tomó sin más tardanza el camino de Segovia.

Violo partir el astrólogo desde una de las ventanas de su estancia, y seguro de que estaba harto lejos para volver hacia atrás, abrió la puerta por donde se subía al observatorio, e hizo salir de debajo las revueltas que formaba la escalera al gitanillo Merlín, ya bastante conocido de nuestros lectores.

-¿Veis cómo no os engañaba, dijo al judío Ben-Samuel dando un brinco desde su madriguera al aposento, cuando os aseguré ayer noche que vendría muy presto a consultaros?, ¿y qué decís de mi caletre y perspicacia para adivinar donde le pica la mosca?

-Que tienes excelente olfato, y una vez puesto en vereda no pierdes la buena pista. Por la descendencia de Abraham nunca hubiera creído que fuese tan simple ese orgulloso nazareno.

-Pues si hubierais visto ayer tarde cuando yo me divertía en irritarlo, diciéndole a sus mismas barbas el miedo que le consume, no podríais concebir cómo un hombre que hace largos años despotiza en estos reinos; un hombre, cuya audacia y valor han sido célebres, sucumba tan fácilmente a imaginarios terrores. Bien sospeché algo de lo que pasaba por la charlatanería de los criados; pero nunca me lo figuré con tal extremo hasta haberlo averiguado por mí mismo.

-¿Y dices que has de seguir las pisadas de aquel terrible nazareno llamado Arnaldo de Urgel?

-Así me lo encargó anoche el condestable de Castilla. También el señor de Alanza alimenta odio implacable contra tan fiero barón, y paréceme que ha de ser rica además la recompensa de ese valiente espionaje. Ya las huestes del infante marchan, según pública voz, con gentil compás de pies en dirección a la corte, y como tengo carta blanca para uno y otro ejércitos, no temo andar barajando entre los israelitas y los filisteos. Ello es harto positivo que un arcabuz disparado por inadvertencia, una flecha extraviada por azar, podrían darme recelo a tener menos viveza en los ojos y agilidad en las piernas..., pero quiero enseñar a mi tribu la manera de vengar la opresión que sufrimos, chupando el oro y la sangre de nuestros implacables verdugos.

-Veamos entretanto, dijo interrumpiéndole el astrólogo, que recompensa ha dejado aquel soberbio, pues es justo que también participes de ella. ¡Miserable avaro!, exclamó echando mano a la bolsa: estoy seguro de que cualquiera mujercilla me la diera más repleta para que le vaticinase la vuelta de su galán o la muerte del marido. ¡Miserable avaro!, ¿y no se había puesto en la cabeza adquirir algunas luces en esta ciencia sublime? Sí por cierto; cuando el hocicudo lobo, cuando el montaraz jabalí tendrán gusto por la música. ¡Miserable avaro!, ¡aspirar a leer en el glorioso blasón del firmamento!... más fácil sería al mochuelo mirar con ojos de lince... ¿y son tales sus presentes después de haberme tentado con tan pomposas ofertas para arrancarme de la corte del magnífico Matías, donde el huno y el turco, el nazareno y el idólatra, el Zar de Moscovia y el Kan de la Tartaria se esmeraban a porfía en ganar mi voluntad con espléndidos regalos? ¿Juzga en mal hora que soy hombre para vivir sepultado por indecente pensión en este viejo castillo, y que me ha de tratar como el jilguero que meten en jaula ruin y le hacen cantar cuando le silban? ¡No, por las aguas del Jordán!, primero pierdan los descendientes de Jacob la esperanza que les sostiene si...

Interrumpióse de repente Ben-Samuel, y volvió a tomar la bolsa que arrojara sobre el tapiz en los primeros impulsos de su cólera. -Quizás, murmuró entre dientes, se halle en el fondo algún diamante de alto precio; pues he oído decir que llega a ser generoso hasta la prodigalidad cuando lo exige su interés o le mueve su capricho.

Vacióla al ofrecérsele esta idea con curiosidad codiciosa, y no cayendo más ni menos que unas veinte medallas, irritóse nuevamente aquel avaro filósofo.

-Mira, mira, hijo Merlín, dijo al gitano, hasta donde llega su desvergüenza. ¿Piensa el viejo miserable que ha de gozar por salario vil de los frutos de la ciencia celestial que estudié con aquel armenio llamado Istrahoff, que no había visto el sol en más de cuarenta años; con el griego Dubravins, que tiene fama de haber resucitado los muertos, y con el hebreo Eba-Alí, a quien hube de buscar entre las grutas de la Tebaida? ¡No, por las torres de Sión! El bárbaro que desprecia la ciencia, perezca por su propia ignorancia. ¡Veinte medallas!, rubor me daría ofrecerlas a Raquel para comprarse un turbante.

Mientras de esta suerte hablaba, echó algunas a Merlín, y metió las restantes en un bolsillo de cuero pendiente de su cintura; bolsillo que la muchacha Raquel y otras de su errante tribu, hallaban con más facilidad el secreto de vaciarlo, que de proveerlo el filósofo, a pesar de su decantada ciencia.


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Capítulo XXI[editar]

Relación de Merlín.


No es nuestro intento, ni hace tampoco al plan que nos hemos propuesto, el seguir en sus varios sucesos a los e ejércitos de Aragón y de Castilla. Baste saber que al disponerse don Enrique a penetrar por tierras de Segovia, recibió órdenes del rey don Alonso para que revolviese hacia Barcelona con sus mejores soldados, donde debía tomar el rumbo de las costas de Sicilia.

Desde el famoso consejo de guerra de que dimos cuenta en el capítulo XIX, observóse alguna tibieza entre Arnaldo de Urgel y Ramiro de Linares. Enfurecido el primero al ver la destrucción del plan de venganza, que fraguara tiempo había contra el pusilánime don Juan de Castilla, no podía perdonar al del Cisne haber sido el autor de agravio semejante; y bien que no procediese hostilmente contra él, acaso le hubiera sido agradable la ocasión de un rompimiento. Y si no es fácil pintar el despecho que produjo en los capitanes aragoneses la inesperada noticia que les hacía renunciar a las esperanzas fundadamente concebidas en orden a los resultados de aquella guerra, es mucho más difícil, por no decir imposible, por no decir imposible, el dar idea del frenesí que se observó al haber de soltar la presa en el iracundo Arnaldo. Ciego de cólera, y luchando a la vez con las más embravecidas pasiones, llegó hasta tener la audacia de indicar que se desobedecieran las órdenes del monarca; y viendo que no había uno solo en el consejo que dejase de afearle aquel movimiento de rebeldía, casi perdió el uso de la palabra formando el mismo furor como un dogal en su garganta, y llevó involuntariamente la diestra a la empuñadura del puñal, mientras brotaban rabiosas lágrimas de sus ojos en noble desacato de la ilustre concurrencia.

Sin embargo, no quiso salir del reino el infante don Enrique sin sacar algún partido de las ventajas conseguidas en aquella campaña. Para esto entabló negociaciones de paz, proponiéndose con ellas dejar tranquilo el Aragón durante su ausencia, y recuperar una parte de los bienes que debía heredar en Castilla.

Felizmente no dejaron de ser oídas sus propuestas en la corte del rey don Juan. Empezaban a levantar la cabeza los enemigos del condestable a la sombra de las mismas guerras de aragón, y llenos de osadía por los reveses que habían probado los castellanos, indicaban sordamente a don Álvaro como la única causa de todos ellos. Crecían las hablillas y las murmuraciones, juntábanse en corros los descontentos, y advertíase en el rencor de los ánimos una conjuración venenosa, próxima a estallar sobre la cabeza del suspicaz favorito. Por esta razón érale conveniente alejar de cualquier modo los peligros de la guerra, y revolver contra los grandes que amenazaban de cerca su opulencia y su persona. Y como principió el infante las gestiones políticas antes de verificar su retirada ni hacer públicas las órdenes que del rey don Alonso tenía, fuele fácil lograr su pretensión; por manera que cuando tomó el rumbo de Cataluña, pudo manifestar a don Álvaro que solamente lo hacía en fuerza del tratado de paz ya próximo a publicarse. Esto no obstante los dos ejércitos no dejaban de espiarse mutuamente con apariencias hostiles, y aún eran muy frecuentes algunos choques sangrientos entre la retaguardia aragonesa y la vanguardia castellana.

En uno de ellos salió peligrosamente herido el caballero del Cisne, y no siéndole posible el seguir la marcha de sus banderas, retiróse con Roldán y varios vasallos suyos hacia la derecha del camino real, para buscar de buscar algún asilo donde curarse las heridas y aguardar la publicación de la paz, que, en vista de todo lo dicho, no podía retardarse. Discurriendo por los bosques, siempre llevando en los hombros al doliente caballero, llegaron a las tapias de un molino enteramente solitario. Elevábase en las orillas de un limpio arroyo, que se deslizaba por entre floridas riberas con sesga y apacible corriente, y ofrecía en su aspecto la habitación de una familia rústica, pero no del todo escasa en los bienes que llaman de fortuna. Salió el molinero a los gritos acompañado de una doncella, que según trazas era su hija, y algo tranquilo al observar la cortesía y llaneza de sus huéspedes, dioles franca y amistosa acogida con cuantos auxilios estuvo en su mano ofrecerles.

Varios días permanecieron en aquel cómodo retiro y cuando empezaba el Cisne a levantarse, y apoyado en el brazo de Roldán a dar vueltas por una huerta inmediata, vieron saltar la empalizada, que les servía de cerca, al gitanillo Merlín, a quien conocieran en el ejército aragonés en tiempo que a banderas desplegadas entraba por los campos de Castilla en alas del triunfo y de la gloria. Admiráronse de verle por allí, y aún más se sorprendieron al oírle decir que tenía que hablar sin tardanza a don ramiro.

-Pues no te parezca, gritó Roldán al ver que su discípulo se disponía a escucharle, que hayas de ir después con el cuento de nuestro hallazgo a los que te sueltan como un podenco para olfatear a los guerreros de fama; porque si tu embajada trae visos de superchería, ¡por el sacrosanto templo de Jerusalén!, que con la cuerda de aquel arco te he de hacer dar aquí mismo muchas más vueltas que un trompo.

Miróle el gitano de hito en hito sis pestañear siquiera, y volviéndose otra vez al caballero del Cisne, le dirigió la palabra en esta forma.

-Aunque en alguna ocasión me hayáis visto pasar por junto a vos entre los blancos pabellones del campo de don Enrique sin manifestar conoceros, sabed que tuve mis barruntos de espiar un momento en que participaros sin testigos la suerte de cierta hermosura, desde algún tiempo cautiva en el castillo de Alanza.

-¿Y se llama?..., preguntó con viveza el caballero.

-Matilde de Urgel...

-¡Matilde!, ¡y en el castillo de Alanza!, exclamó Ramiro.

Y oprimida y hostigada, replicó Merlín, y próxima a sucumbir bajo el riguroso yugo...

-¡Infeliz!... Explícate, vive Dios, y si en algo estimas la inmunda vida que arrastras, indícame los medios de liberar a Matilde.

-Poco a poco, respondió Merlín, esa impetuosidad de que hacen gala los cristianos, contribuye a que olviden casi siempre lo más esencial de los asuntos. Lo primero de todo conviene saber qué recompensa daréis al gitanillo si os pone en camino de salir airoso de tan negra aventura.

-Te perdonamos por el pronto, dijo Roldán adelantándose a su discípulo, la zurra que no hubieras dejado de llevar si fuese la noticia de menor quilate. ¿Te parece, señor bribón, que se me haya borrado de las mientes lo que hablaste cierta noche con otros dos pícaros de tu ralea, a la margen de un arroyo que baña el castillo de Alanza? Jurada te la tengo desde entonces, y como no trates de dar pruebas de honrado comportamiento en pro de la ilustre huérfana, yo haré que arrojes esa maldita ponzoña que te carcome los sesos.

-Sobre todo, prosiguió el del Cisne, cuenta por mi parte con un par de caballos negros como el ébano, arrogantes, erguidos y espumosos, de generosa raza, ondosas crines, descarnadas piernas, fervoroso pecho, resonante casco, y en fin...

-Basta, basta, interrumpió el gitano, por el brillante astro que adoro eso pido y barras derechas. Habéis, pues, de saber, señor caballero, que Matilde de Urgel fue presa por orden del señor de Alanza y don Pelayo de Luna, no sabré decir si por vengarse del conde Arnaldo, si por reprimir su condición altiva, o deseosos de pillar un cuantioso rescate. Así que llegó al alcázar, determinaron tratarla con más respeto que a las bellezas arrastradas a tan lóbrego edificio para los pasatiempos y deleites de aquella gente descomunal y soberbia. Desde luego no pudo resistir don Pelayo la tentación de ver si era tan linda cual la celebrada fama, y subiendo al aposento que le servía de cárcel, quedóse tan deslumbrado al resplandor de su belleza, que empezó a ponerse tétrico y pensativo sin ya tomar parte en las públicas revueltas, sin aspirar a los honores y a la gloria y pensando solamente en aquella melancolía hermosura. En balde sus amigos y satélites quisieron desvanecerle; en balde se empeñó su propio padre en que apresurase su unión con cierta dama de Asturias de quien anduvo en otro tiempo enamorado; todo fue inútil: viéronse desairados sus amigos, desobedecido don Álvaro, y suspensa la corte toda a tan siniestra y súbita mudanza, atribuyéndola a disparatadas conjeturas, sin dar en la verdadera por ignorarse en Castilla quienes fuesen los raptores de Matilde. Resistía entre tanto la noble dama las persecuciones de su impetuoso seductor, manteniéndose firme en que se daría la muerte primero que ser víctima.

Hace muy pocos días entró don Pelayo en su aposento, y le dio parte de la prisión de su hermano...

-¡Arnaldo!, interrumpió don Ramiro...

-Arnaldo, repuso Merlín, prendiéronle, según noticias, el mismo día en que vos desaparecisteis del ejército.

-¡Desgraciado conde!, exclamó el del Cisne; ¡cuál será la suerte que te espera habiendo caído en manos de sus mortales enemigos!

-Figuraos, prosiguió Merlín, el sentimiento de Matilde al oír que se hallaba su hermano a la merced del condestable, quien podía hacerlo morir antes de publicarse la paz con cierta apariencia de justicia, en razón de ser notorio el empeño que formó el conde de Urgel para destronar el rey don Juan. Quiso suavizar don Pelayo au amargura ofreciéndole defender al ilustre prisionero, pero como dejó traslucir en su alborozo la recompensa que exigía por tamaño beneficio, los ojos de Matilde que brillaran, al oírle con un rayo de esperanza, eclipsáronse de repente, y la sonrisa pronto a embellecer sus labios desapareció ligera, como los círculos formados en el terso cristal de un río por las amarillentas hojas que de los árboles caen a principios del otoño. Y al insinuarla después abiertamente el descomedido guerrero que hallar esperaba en su enlace y su cariño el galardón de tales esfuerzos; al irse empeñado en el cotejo de la vida holgada y opulenta que le podía proporcionar, con la oscura y oprimida en que ahora la veía, dejó caer la doncella la lánguida cabeza entre las manos, y vertió lágrimas ardientes de sus ojos, sintiendo desmayar toda su entereza e intrepidez, cual si viese ya extinguido el esplendor de su alcurnia.

Este recibimiento, no obstante, era benigno y bondadoso comparado con los que tuvo hasta entonces el caballero de Luna; por lo cual alegre sobremanera interpretólo como un primer paso hacia el amor, y un reclamo a su ternura y a su crédito.

Ya no disimuló cual antes el proyecto de unirse por formal vínculo con la hija de Armengol. Sus ideas y modales cambiaron súbitamente; no manifestaba a los amigos la misma benevolencia, y anunciábase en fin como un hombre subyugado por Matilde, muy capaz de venderlos a la menor insinuación de esta belleza, y de abandonar los intereses de la corona de Castilla. No podéis figuraros la cólera que causó a Rodrigo de Alanza y sus compañeros esta contradicción de don Pelayo: irritados hasta lo sumo por la audaz insolencia de que pensase en aliarse con la familia de Urgel, determinaron de mancomún, tanto por frustrar ese plan ese plan, como para que cesase la causa de tantas discordias, y no se hiciesen públicos en Segovia los crímenes cometidos en el castillo de Alanza, que pereciese Matilde por la copa o el puñal. Ocultaron tan negro proyecto a Mauricio de Monfort y al caballero y al caballero de Astorga, por saber de cierto que no suscribirían a él; pues aunque jóvenes relajados y adictos al bando del condestable, brilla en su pecho cierto espíritu de hidalguía que les hace mirar con horror, y fieramente oponerse a tan pérfidas violencias.

Subió en esto conmigo al aposento de Matilde el brutal señor de Alanza con el intento, a lo que presumo, de trasladarla a las cavernas del alcázar, donde fuese sacrificada a la ambición del partido, que fraguaba él mismo bajo la sombra de tantos desórdenes y de la protección que sin conocerle bien le dispensaba el favorito. Adelantóse a paso lento hacia ella, y fijó los ojos en su angelito semblante, cual si hubiese querido ejercer la diabólica influencia de aquellos verdinegros reptiles, que con sola la vista o el aliento fascinan y emponzoñan las aves. Detúvose en medio de la estancia algo cortado al aspecto de la divina beldad que tenía ante su vista; pero volviendo de su asombro levantó orgullosamente la cabeza, desplegando de este modo su prodigiosa estatura, y disponiéndose a hacer gala contra Matilde de todo el ascendiente de su alma pérfida, como el águila cuando eriza las plumas para lanzarse rabiosa sobre la indefensa víctima.

Cual si la pobre huérfana adivinase su intención, y leyese en la feroz fisonomía de Rodrigo el medio de amansar las iras de tamaño monstruo, apresuróse a decirle que estaba pronta a pagar por su rescate el caudal que le pidiera. Bien es verdad que no plugo mucho al de Alanza semejante ofrecimiento por las voces que corrían de que andaba preso el conde; más habiéndole contestado Matilde que eso no era obstáculo para que lo aprontasen sus vasallos, y aun el mismo infante don Enrique, si presto y forzoso fuera, marchóse a pesar en lo que mejor le estaba, gruñendo entre dientes, a guisa de selvático mastín cuando vacila entre acometer la presa u obedecer a su amo que le manda sosegarse. Mucho contribuí por mi parte a que adoptara el partido de pillar un buen rescate; y aún supe persuadirle, para que enteramente desistiese de dar la muerte a Matilde, observase tal conducta que pudiera serle fácil el enlazarse con ella y suplantar al de Luna, si al rigor de la actual tormenta cayese el fiero partido del condestable don Álvaro. De esa manera, añadíle, os hacéis independiente, puesto que podréis hallar consideración y riquezas en la hermana del conde Arnaldo, al tiempo que seguridad completa en Cataluña o en Nápoles.

Habléle con tanta osadía, ya por el grande prestigio que ejerzo con aquel magnate debido a mi rara ciencia, ya también porque yo sólo he sabido merecer su confianza. Semejante valimiento proporcionóme algunas veces tratar de cerca a la doncella cautiva, y de tal suerte admiraba su resignación virtuosa, que perdían mis facciones de su salvaje aspereza al ver aquella interesante criatura, que aunque sola y sin amigos, se defendía no obstante con sostenido valor y sin desdeñosa arrogancia. Prendado, pues, de la inalterable mansedumbre con que llegó a domeñara mi condición zafia e indómita; y descubriendo en ella a un ser que se interesaba por mi orfandad e infortunios, en vez de echármelos en cara y reír de ellos, como hasta entonces hicieran cuantos habitan la tierra, no pude contemplar sin compasión el destino de una virgen infeliz, tan digna por su generosidad y pureza de haber nacido en los blandos países que baña el Nilo con sus ondas.

-Mira, hijo Merlín, dagame un día el señor de Alanza; tú tienes la astucia de la serpiente y la travesura del galgo que sabe seguir sin desviarse la buena pista. Tú solo, pues, entrarás la comida a la dama que tengo encerrada en las galerías del norte. Oyes: procura ganar su confianza; insinúate halagando sus vanidades, sus caprichos, y..., harto me entiendes, bribón; haz que caliente y acaricie la víbora en su propio seno. Ya sé que eres como aquellos selváticos mastines que siempre le gruñen a la carne humana; por lo mismo te arrojo ese cordero..., pero no, no la maltrates: envaina las uñas; esconde por ahora los dientes; lame suavemente su mano, y dispón su pecho a favor de don Rodrigo. Cuenta con que me has de decir cuanto se le escape o te confíe, porque si la cosa se dispone de modo que no pueda llamarla mía... ¡por las voraces llamas del abismo!..., yo te juro que el pozo más hondo de mi alcázar recibirá nuevo huésped en su húmedo y cóncavo seno.

Pero en lugar de seguir los avisos de aquel tigre, determiné arrancar la cándida paloma de sus garras. A fin de conseguirlo y buscar quien me ayudase, hice valer cierto espionaje que me encargara don Álvaro de Luna en el campo aragonés. Concedióme el de Alcalá licencia para desquitarme de él, sobremanera orgulloso al notar que echaban mano de su lebrel favorito, y pude convencerle de que durante mi ausencia tratase a Matilde con blandura y cortesía, sin permitir que nadie la sirviese más que su propia doncella; para lo cual le hice sospechar que aspiraba por mí mismo a concluir felizmente el consejo ventajoso que le diera. Algo suavizada con esto la brutal aspereza del gigante, faltábame únicamente participar mis intentos a la desgraciada huérfana.

Subí una tarde a su aposento, y encontréla en cierta azotea que hay en él, apoyándose contra el antepecho que la resguarda y la ciñe. En su rostro levantado hacia la bóveda celeste había algo de sobrenatural que inspiraba admiración y respeto a una criatura tan baja como el gitano Merlín. Yo no sé qué creí ver en aquella joven tímida, resignada y doliente; su actitud era bella, suave su melancolía, y apenas podían contemplar sus ojos, ya lánguidos y amortiguados, el brillante firmamento de que en otro tiempo fueran la más limpia y candorosa imagen.

Estúvela mirando silencioso; pero pronto reparó en mí. -Merlín, me dijo, ¿vienes a anunciarme la muerte?, heme dispuesta a recibir de mis verdugos la copa o el puñal, cual si fueren un suspirado presente. -Así diciendo, dejó caer la cabeza entre las manos, lanzando un penetrante gemido que atravesó mi bárbaro corazón.

-En hora desusada venía, respondí, para aseguraros que deseo hacer algo por vuestra libertad. Noble señora, mi pecho se ha enternecido por la vez primera, y no dudéis un momento que si antes hubiera sido constante en despreciaros, lo será actualmente en serviros. Hasta ahora fui comparable a la hiena que revuelve con el inmundo hocico el polvo de los sepulcros, y sale de noche frenética a desterrar cadáveres; pero tanta resignación, tantas virtudes han apagado mi saña, han dulcificado mi aspereza y mi barbarie.

Con tardo movimiento, y no sin dificultad, levantó la suave frente dejándome ver un semblante ya pálido y cadavérico. Habíase extinguido la divina lumbre de sus ojos, y notábase en el desfallecimiento de sus miembros el pernicioso efecto de aquel alcázar húmedo e hipocóndrico. Con una de las manos comprimíase las sienes cual si percibiera en ellas agudísimos dolores, y se afianzaba con la otra en las almenas que coronaban el antepecho o el muro de aquella singular galería. Sin duda le inspiraron mis ofertas sensible agradecimiento; pues miróme con la sonrisa en los labios, y por un instante complacióse su alma pura en la idea de que aún había en el mundo quien se complaciese de la desgracia huérfana. Alargóme una mano que besé con respetuoso fervor, y díjome dulcemente buscase por el campo de Aragón algún noble paladín que quisiese libertarla.

-Y si acaso no le encuentras, o amigo mío, prosiguió, pueden ya llorar por mí las hijas de San Servando, como por la flor que pisa codiciosa espigadera. Puesto que gime en cárcel lóbrega el infeliz conde de Urgel, sólo conozco un guerrero capaz de luchar con los desalmados barones que habitan en este castillo... Ramiro de Linares, hijo del noble don Íñigo, a quien apellidan las gentes el caballero del Cisne, el cual creo que consentiría en romper una lanza por libertar a la huérfana Matilde. No dejes de rogárselo en mi nombre, y de decirle que aunque no le sea dable hacer este nuevo beneficio a la hija de Armengol, no por eso dejará de agradecerle los muchos que ya debe a su familia. Añádele también que no deseo la libertad para evitar una muerte, que un presentimiento triste ya me indica muy cercana, sino por buscar los medios de salvar la vida de mi dulcísimo hermano. Adiós, pobre Merlín, he aquí esa sortija para que mejores tu suerte, y te acuerdes de Matilde, y enseñes a mis amigos el lugar donde sepultan mis virginales despojos.

Faltóle de repente el momentáneo esfuerzo con que pronunciara estas palabras: quedóse pálida, y el lívido velo de la muerte marchitó, desencajó sus delicadas facciones dándome una idea rápida de lo que sería su cadáver. Escuchéla traspasado de amargura, y prometíla hasta con cierto entusiasmo, buscaros por todas partes recorriendo el olor de vuestro nombre el Aragón, la Navarra y la Castilla. Supe por los de mi tribu que desaparecisteis del campo aragonés la noche misma en que cayó prisionero el conde de Arnaldo, y como nadie ha hablado de que hubiese acaecido tal desgracia al caballero del Cisne, sospeché que andaríais oculto por estos alrededores, y no perdí con mi natural sagacidad la esperanza de encontraros. Ello es, que con la sortija de diamantes que me regaló Matilde, las medallas que sabré arrancar al montaraz jabalí de Alanza y los dos caballos que no dejaréis de darme a su tiempo, sacaré pingüe recompensa de este negocio, y además no sé qué género de satisfacción por haber procurado libertar a la única cristiana que se ha compadecido del vagabundo Merlín, y no le ha apellidado con arrogancia y desdén cíngaro, gitano y egipcio.

Atónitos estuvieron el del Cisne y su maestro a la relación de Merlín, y mientras revolvía el primero grandes pensamientos ren su imaginación para librar a la hermana del conde Arnaldo, penetrado el segundo de sus desgracias juraba a Dios y en su ánima, romper lanzas con el mismo Rodrigo de Vivar, cuanto más con don Rodrigo de alanza, en pro de su gentileza y donosura.

Puesto que te hallas en tan buena disposición para obrar siquiera una vez a derechas, dijo pasados algunos momentos Ramiro de Linares al gitano, ¿qué medios te parecen más adecuados al efecto de socorrer aquella desgraciada hermosura?

-Como no sé lo que ha ocurrido en el castillo desde el día de mi ausencia, mal os puedo aconsejar sobre este punto, respondió el gitano. Con todo, hallaos dentro de seis días al pie del torreón del ángulo que mira a la ermita de Alanza como a eso de la media noche. Yo tendré prevenida a Matilde, y aún dispondré la cosa de modo que podáis hablar con ella, y tratéis entre los dos el medio de libertarla, contando sin ninguna restricción con mi eficacia y mi astucia. Hacia el amanecer os esperaré sentado en las gradas de una cruz, que ya de lejos anuncia la célebre encrucijada que se encuentra tomando desde el alcázar el camino de Segovia.

-¿Y qué seguridad nos das, díjole entonces Roberto, para que prestemos crédito a toda esa algarabía de protestas?

Metió el mozo la mano dentro del pecho, y sacando una sortija preguntó a los dos guerreros si la conocían.

-La conozco, la conozco, respondió Ramiro; no pocas veces hela visto brillar en la mano de Matilde por las selvas de San Servando.

-Pues tal es mi garantía, dijo con cierta satisfacción el mensajero.

-¡Tu garantía!... ¡Oiga!..., repuso Roberto; sólo falta haya quien nos asegure haber llegado a tus manos por sano y regular conducto.

-De manera, respondió Merlín mirándole con sobrecejo, que si dudáis por capricho hasta ese extremo, púdrase en el calabozo la ilustre joven de Urgel, quedaos enhorabuena con esa flema tan ridícula en los guerreros que de valientes se precian, y más que pierda yo el par de caballos de arrogante condición y famosa raza.

-No, ¡por vida de San Jorge!, exclamó el del Cisne poniéndose en pie y dirigiendo la mano hacia la cruz de su espada: por esta insignia te juro que he de aguardar al pie del torreón que dices, desde que asomé la luna en el término preciso de seis días.

-Alto, pues, dijo levantándose el gitano, cerrado y concluido queda nuestro trato: corro desde este instante, a pesar de mis fatigas y asendereamiento, a disponer los ánimos en el alcázar de Alanza para que no echéis en balde ese viaje; y arranquemos a los verdugos de mi pueblo una víctima tan desgraciada como ilustre.

Desapareció al concluir estas palabras, y un altercado muy serio empezó entre maestro y discípulo acerca del plan que convenía adoptar en tan grave y arriesgado negocio. Roldán no quería abandonar al del Cisne alegando para ello el estado débil y vacilante en que le veía, y empeñábase Ramiro en marchar solo, tanto por no apartarse de las instrucciones de Merlín, como por creerse bastante firme para sobrellevar la armadura.

-Y sobre todo, decía al buen Roberto, según el giro que ha tomado nuestra empresa, más nos hacen al caso el poco aparato y el silencio, que el ruido y la muchedumbre. Dejad que el gitano haga que Matilde escape del castillo por alguna de las aspilleras o ventanas ocultas en las revueltas de sus muros; dadme que yo bravo y resuelto más que el paladín don Gaiferos la reciba en la grupa de mi bribón de batalla, y me bastan tres minutos para reírme de cuantos salgan a nuestro alcance.

-¡Muy bien!, ¡excelente idea!, respondió Roldán; pero si una punta del faldellín se clavara por azar en los hierros de la reja, mucho temo que no pillase el rey moro a don Gaiferos en el acto de robar las cautivas del serrallo. ¡Dios mío! ¿y qué sería de ti, pobre Babieca, si comenzara a decirte con blando y dulce meneo, con voz algo almibarada:


Caballero, si a Francia ides
por Gaiferos preguntad,
¿a quién hacen bravas lides
cautiva esposa olvidar?


No, no, reserva ese brío para ocasiones en que tu corazón corra menos riesgo; pues ya sé por experiencia que en oliendo algún lirio como ese de San Servando, te vuelves todo suspiros y te deslíes como el ámbar.

En fin, después de varias y porfiadas contestaciones, prevaleció la opinión del caballero del Cisne, reducida a que él partiría inmediatamente para el alcázar de don Rodrigo, al efecto de arrebatar con maña, ayudado de Merlín, la hermana del conde Arnaldo, y que Roberto, con los pocos soldados que se hallaban en el molino, tomaría después la vuelta del mismo punto para socorrer la tentativa o la retirada de su discípulo.


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Capítulo XXII[editar]

Lance nocturno.


La noche cubría la tierra con su manto, y su silencio profundo reinaba en derredor de las almenas de Alanza, levemente interrumpido por el sonoro murmullo del raudal que bañaba aquellos campos, bajando con manso ruido desde el centro de la sierra. Nubes densas y flotantes corrían por la estrellada bóveda del cielo: lanzaban luna creciente débil y argentada lumbre, y todo manifestaba la hora del universal descanso.

Salía entonces el caballero del Cisne vestido de todas armas de la más cercana selva, donde permaneciera oculto y dejara su bridón atado a los mismos árboles, y enderezaba el paso lento hacia aquel triste y misterioso edificio. Habiendo dado la vuelta en derredor de los muros, detúvose pensativo al pie de uno de sus erguidos torreones, y con los brazos cruzados sobre el pecho, contemplólo largo espacio mientras brillaba su alto yelmo al plateado vislumbre que despide el melancólico astro de la noche. Aguardaba, confiado en las promesas de Merlín, que le hicieran cierta seña desde la robusta torre, e iba atisbando sus claraboyas y rejas no sin agitación curiosa, deteniéndose algunas veces en su callado paseo, y otras aplicando el oído cual si anhelase percibir alguna voz que le llamara. Desvanecida, empero, esta presunción, volvía el paladín a su incertidumbre primera, hasta que el murmullo del arroyo o el suspiro del viento de la sierra engañaban nuevamente su acalorado deseo. Después de dos horas mortales la campana del castillo señaló la media noche: oyóse entonces el grito de las centinelas y un lejano rumor de pasos y armaduras, dando la idea de que iban a relevarlas. Pasó, no obstante, aquel momentáneo ruido; volvió todo a caer en un sepulcral silencio, y el ánimo del caballero en la indecisión y el desaliento que inspira el ver desvanecido un débil rayo de esperanza. Otra hora había lentamente corrido desde que sonó la que hemos dicho, y lleno de inquietud y zozobra iba a regresar a la selva, cuando le pareció distinguir el reflejo de una luz pálida en los aposentos superiores de la torre. Estúvola mirando con cierto enajenamiento cansado de verla brillar siempre inmóvil, y apoyándose contra un árbol corpulento que allí mismo se elevaba, sin nunca apartar los ojos de su llama moribunda, cantó con voz tímida y doliente este antiguo romance:


La vuelta del Cruzado.

Cubre del Albión los campos
noche silenciosa y triste,
y al pie de antiguo castillo
un paladín se distingue.
Lleva brillante armadura,
victoriosa espada ciñe,
y en su alto yelmo tremolan
plumas de varios matices.
Vuelve del mágico oriente
donde intrépido y felice,
fue terror de los infieles
en las más sangrientas lides.
Canta, empero, sus pesares
a la hermosa que allí vive:
pesares que el eco blando
muy tiernamente repite.
¡Ay!, ¡quién sabe si a sus cuitas
dejó ya de ser sensible!...,
que la porfía y la ausencia
mayores constancias rinden.
«Grata mi canción escucha,
gallarda joven, le dice,
y mis ardientes suspiros
eterna pasión te inspiren.
Ellos mi ardor mitigaban
en los áridos países,
que del Jordán milagroso
baña la corriente humilde.
Entregado allí mil veces
a memorias juveniles,
lágrimas de entrambos ojos
verter lánguido me hiciste.
Llevan tu plácido nombre
cien palmeras, y esculpíle
también por las altas peñas,
que aquel lugar santo ciñen.
Repitiéralo soberbio
al poner la lanza en ristre,
arremetiendo impetuoso
con pujantes adalides.
Luché, vencí; sin aliento
unos a mis plantas vide,
otros perdón alcanzaron
y en tu nombre fueron libres.
Mas, ¿de qué, fortuna ingrata,
a un desdichado le sirve
besar ausente los grillos,
que un tiempo arrastró felice?
La beldad por quien constante,
mísero amador, suspires,
ensálzanla trovadores
en voluptuosos festines.
Los requiebros allí escucha
de guerreros más gentiles,
y hónranla de nuevo amante
cien regalados rubíes.
¡Oh!, ¡nunca de Sión volvieran
en busca de prez tan triste
los sin ventura nacidos,
los burlados paladines!»
Así dijo el caballero,
porque la dama insensible
desoye un canto más dulce
que el del moribundo Cisne.
De nube sutil saliendo
la luna en tanto despide
un melancólico rayo,
que al héroe doliente aflige.
Del solitario castillo
las galerías distingue,
y hasta las lindas labores
de sus góticos perfiles.
Ya el paladín se marchaba;
mas vuelve a mirarlo y gime,
y una lágrima en su rostro
fugitiva se percibe.
De nuevo a la selva oscura
el lento paso dirige,
cruza en el pecho ambos brazos,
y sollozando repite:
«¡Nunca de Salen volvieran
en busca de prez tan triste,
los sin ventura nacidos,
los burlados paladines!»


Apenas finalizaba la última estancia, observó que le habían escuchado dos hombres de armas desde las plantas acuáticas del frondoso cuanto humilde riachuelo que iba lentamente humedeciendo aquellos prados. Dirigióse con altanería hacia ellos el caballero, y díjoles en tono bastante áspero:

-¿Quién va allá?, ¿es amigo o enemigo?

-Alto, detente, le gritaron; y si aprecias la vida dinos tú mismo quién eres.

-Adivínalo si te place en el modo de esgrimir una hoja toledana.

Echaron sin más ceremonia mano a las espadas, habiendo mandado el guerrero del bosque al otro que iba con él, que se mantuviese quieto. Pero el éxito no anduvo por largo tiempo indeciso: el caballero del Cisne se hallaba entonces sin fuerzas, y el que escuchó su romance parecía bastante diestro y vigoroso. De consiguiente derribólo a las primeras cuchilladas, y corriendo encima de él, mandóle con arrogancia que se rindiese y declarase el objeto que allí le traía, amenazándole de lo contrario con la muerte, para lo cual introducía la punta del acero por entre las barras de su calada visera. Viendo que nada le hablaba, mandó a su escudero que trajese agua del cercano arroyo, y empezó a rociarle el rostro después de haber desatado las correas de su yelmo. Escapándose entonces la luna de entre un grupo de nubes que la tuvieron momentáneamente oculta, derramaba sus limpios rayos sobre el lánguido semblante del desmayado adalid, a quien continuaba prodigando su contrario los más atentos y obsequiosos servicios.

-Corre, corre, dijo, repentinamente al escudero al distinguir las facciones del caballero del Cisne: vuelve por vida tuya al raudal y llena de agua mi propio casco. ¡Es posible que haya visto caer tan fácilmente la mejor lanza de aragón y de Castilla!, bien he pagado por cierto la cortesía de que usó conmigo en las justas de Segovia. Dame ese yelmo, Guzmán, prosiguió diciendo al escudero que ya volvía, dame ese yelmo, te digo, y sosténlo por la espalda mientras yo le baño el rostro. Ya vuelve, ya vuelve en sí: ánimo, hijo del ilustre de don Íñigo; nada temáis, en nombre del cielo os lo juro; la suerte os ha hecho caer en manos de Mauricio de Monfort, el más ardiente de vuestros admiradores..., pero ¡oh Dios!, todo fue ilusión..., mírale, oh Guzmán, mírale pálido y exánime a pesar de su denuedo y del glorioso renombre que lo hiciera tan famoso.

-Pues no hay más, señor, dijo el escudero, sino llevarlo al castillo donde veamos de curarle las heridas, y detener sobre todo la sangre que va saliendo por ellas.

-Dices bien, respondió el caballero, sólo recelo que le conozcan don Pelayo o don Rodrigo, y que no haya en el alcázar quien sepa razonablemente el arte de cirujano. No obstante, continuó dándose una palmada en la frente, como pudiera hacer de modo que Matilde de Urgel le viese y le cuidase..., no hay que preguntar si será diestra en arte tan precioso y divino, pues forma parte esencial de educación algo noble y esmerada, y la hija de Armengol la ha recibido muy culta en las monjas parisienses de San Dionisio. Por la virgen de Monserrate que si llego a conseguir esto, yo haré en cuanto a lo demás que pase el del Cisne por uno de mis amigos; a cuyo efecto ya tendrás cuenta, oh Guzmán, de esparcir esta voz por el alcázar, y aun de andar en derredor del aposento donde coloqué a don Ramiro, para alejar de allí a los curiosos e importunos.

Introdujo Monfort al ilustre herido en el castillo de Alanza, y haciéndolo pasar por cierto amigo que acababa de tener un desgraciado encuentro, acomodólo en estancia bastante bien alhajada, no lejos de la que entonces con su doncella ocupaba la dulcísima Matilde. Enseguida pudo enterar a esta joven de todo lo que ocurría, la cual no acababa de expresar su noble agradecimiento, al oír que la sería permitido cicatrizar las heridas del caballero del Cisne. Ya sabía por el gitano que el hijo de don Íñigo iba a enristrar la lanza para libertarla; pero el haberla destinado por aquellos días aposento más suntuoso en razón de las miras que secretamente tenían con ella don Pelayo y don Rodrigo, y la casualidad de emplear este último hasta muy entrada la noche el astuto y tracista Merlín, frustraron el plan concebido, y sumergieron nuevamente a Matilde en la desolación y el cautiverio.

Cuando acompañada de Monfort y de su doncella se acercó al lecho del caballero del Cisne, hallaron que aún no había recobrado el conocimiento. Examinó Matilde sus heridas, y ayudados por los dos que iban con ella delicadamente vendólas con cierto decoro y primorosa eficacia, que a tiro de arcabuz indicaban no sé qué agradable mezcla de compasión y de ternura. Sabido es que en aquellos siglos heroicos o caballerescos, las mujeres de alta clase estaban iniciadas en los secretos de la cirugía, y que era bastante común debiese un paladín la curación de sus heridas a los cuidados de la hermosa cuyos ojos habían abierto otra más profunda en su alma.

Así se pasó todo el día siguiente, y ya se ocultaba el sol entre los montes cuando recobró el caballero del Cisne el uso de sus sentidos. Cual si despertara de largo y confuso sueño, vagaba su débil espíritu entre mil ideas incoherentes y revueltas. Incapaz de recordar exactamente las circunstancias que habían dado margen a su último combate, ni de seguir la cadena de los acontecimientos que le traían a tan desagradable término, no sabía en qué fijarse, y aun dudaba si le estaban fascinando las ilusorias imágenes de algún momentáneo deliquio. Al dolor que le causaban las heridas, a su debilidad y pocas fuerzas, mezclábanse recuerdos vagos de enemistad y refriegas; veía ardientes caballos arrojándose unos contra otros, chocar y derribarse en la arena; oía el sonoro ruido de trompetas y armaduras, los gritos de los combatientes y el fragoso tumulto de una reñida batalla. En esto hizo un esfuerzo por apartar la cortina del lecho donde le habían colocado, y al lograrlo, aunque con bastante dificultad, hallóse lleno de sorpresa en aposento tan magnífico y suntuoso, que le confirmó la idea de que sólo la mágica oscilación de un sueño podía de repente transportarle desde ensangrentada pendencia a un encantado castillo. Ya se puede presumir que esta ilusión sería maravillosamente sostenida al ver entrar con silenciosos pasos en la misma estancia una dama cuya belleza y compostura indicaban desde lejos esmerada educación y el más noble nacimiento. Otra joven la seguía con las mismas precauciones, destinada, según pudo juzgar el doliente, a su particular servicio.

Lance tan singular e imprevisto era una especie de aparición celestial para el caballero del Cisne, quien al afecto de salir de la curiosidad y admiración con que luchaba, iba a dirigir la palabra a la más ilustre de ellas, cuando con el dedo en la boca le hizo seña de que guardase silencio. Entretanto descubrió la sirvienta el pecho de don Ramiro, y examinando sus llagas la ruborosa Matilde, vio con singular complacencia que le daban fundadas esperanzas de cicatrizarse en breve. Manifestó una modestia y simplicidad tan llenas de gracia y decoro en el desempeño de este servicio, que aun en siglos más civilizados habría desvanecido cuanto pudiese ofender la delicadeza de la más tímida doncella de su sexo. No era una verdad tierna inclinada sobre el lecho de gentil y lastimado caballero, a fin de catarle y vendar suavemente sus heridas..., desvanecíase esta idea para hacer lugar a la de un espíritu bienhechor que desviaba con angelical influjo la guadaña de la muerte. Dios Matilde algunas órdenes en su dialecto provincial a la sirvienta que iba con ella, la que habituada sin duda a ayudarla en lances de la misma especie, ejecutólas con notable prontitud e inteligencia.

Los acentos de una lengua extraña parecen regularmente duros a los oídos de aquel que no la comprende; pero saliendo limpios y sonoros de la boca de Matilde, produjeron el efecto mágico y novelesco que atribuye la imaginación a los encantos de aquellos genios, que se complace en crear durante sus más poéticos arrebatos. Verdad es que no eran inteligibles al doliente don Ramiro; pero el suave metal de la voz que los pronunciaba, y la mirada bondadosa y tímida que los ennoblecía, hacíanlos llegar hasta el corazón, y excitaban suavísima ternura. Dejóse vendar el hijo de don Íñigo sin abrir nunca los labios, y sólo se determinó a practicarlo al ver que le abandonaba el ángel a quien tantos favores debía.

-Celestial criatura, díjola sin conocerla a causa de su debilidad, del desorden de las ideas, y de la luz algo sombría que daban al aposento los pintados vidrios de la gótica ventana: celestial criatura, os doy las más sinceras gracias por tanta oficiosidad y cortesía; sólo deseara saber a quien debo esos singulares beneficios.

-Si logro la dicha de que os sean agradables, os suplico que observéis severo silencio, hasta tanto que lo podáis romper con mi permiso.

-Así diciendo, una sonrisa leve animó momentáneamente su hermosísimo semblante, en el cual se leían no sé qué indicios de un melancólico abatimiento.

-Yo callaré cuando sepa quien sois y el nombre de la generosa belleza que, según me plazco en creer, os ha enviado tan oportunamente a socorrerme. Desde ahora vuelvo a jurarla el justo reconocimiento a que su ternura y sus bondades le dan un derecho para siempre sagrado: desde ahora...

-No os fatiguéis, señor caballero, y desvaneced toda suerte de ilusiones peligrosas. A mí nadie me envía; os sirvo por amistad y por ley de agradecimiento. El héroe que a pesar de sus heridas arriesgóse a combatir por la desgraciada Matilde, es justo que sea curado y socorrido por ella. Aun prescindiendo de esta nueva obligación ¡cuántas, señor caballero, cuántas no os debe la antigua casa de Urgel para que de repente las olviden sus infelices herederos!

-¡Matilde!, exclamó el herido, ¿es posible que seáis vos? Ahora recuerdo los sucesos que han motivado mis heridas, aunque no puedo atinar como nos dejan estar juntos.

-Todo prometo explicároslo; pero aguardaremos para ello a que el descanso os restituya las fuerzas.

No podemos decir si la hermosa Blanca de Castromerin hubiera quedado muy complacida al ver la tierna emoción con que su caballero fijara los blandos ojos en las nobles facciones de Matilde, y en aquellos dulcísimos luceros que brillaban suavemente por entre sombríos párpados, lo que diera margen a un célebre trovador para compararlos a la estrella vespertina, vibrando sus trémulos rayos al través de una selva de jazmines. Pero Ramiro era demasiado buen amante para manifestar a otra dama que a la suya más que cortesanía y agradecimiento. Cual si la hija de Armengol lo hubiese previsto, apresuróse a desvanecer su error, haciéndole comprender que no lo cuidaba por particular encargo de ninguna otra persona interesada en su suerte; mas como a pesar de sus talentos y alma grande, no estaba exenta Matilde de algunas flaquezas peculiares a la especie humana, no pudo menos de suspirar secretamente al ver que la ternura y el enajenamiento manifestados por Ramiro a su bienhechora, cambiábanse de repente en amistoso respeto, sabiendo que los debía a la hermana del conde Arnaldo. Pensativa y bondadosa cedió a las impacientes súplicas del caballero, y refirióle los últimos acaecimientos enterándole de cuanto debía a la cortés correspondencia de Mauricio de Monfort, su admirador y su amigo.

-Una sola palabra, dijo el del Cisne después de haberla escuchado con la mayor atención; una sola palabra y prometo moderar mi curiosidad importuna. ¿Sabéis lo que ha sido de un guerrero veterano llamado Roberto de Maristany?

-Siento, respondió Matilde, no poder satisfacer a vuestra pregunta; pero estaré a la mira haciendo por enterarme de cuanto ha ocurrido y suceda. Entretanto acordaos de que no podéis hablar sin permiso de vuestro médico, el cual, puesto que ignora el arte de hacer las heridas, se precia de tal cual inteligencia en el modo de curarlas. Si os abandonaseis en manos de cualquiera de los guerreros que ejercen la cirugía en este castillo, estoy segura de que ni en cuatro meses os vestiríais la coraza.

-¿Y vos, generosa Matilde, cuánto tiempo necesitáis para ponerme en estado de ceñirla?

-Ocho días solamente, con tal que seáis dócil a mis mandatos.

-Lo seré, no lo dudéis; pues vivimos en un tiempo en que todo buen caballero debe desear hallarse en disposición de poner la lanza en ristre. Sabe Dios si apetezco montar a caballo para volar al socorro de mis amigos; libertaros a vos, cara Matilde; salvar al noble Arnaldo, y correr a la ilustre joven..., -aquí se detuvo temeroso de ofender a la hija de Armengol, nombrando a Blanca de Castromerin.

-A la ilustre joven queréis decir, continuó Matilde atando el hilo de su interrumpido discurso, por quien tan esforzadamente peleasteis en el torneo de Segovia.

A pesar de la sangre que había perdido nuestro héroe, encendiéronse en rápido fuego sus mejillas al ver que había dejado traslucir su cariño a la heredera de Castromerin, sin embargo de sus esfuerzos para ocultarlo; por lo que penetrando Matilde la lucha interior que lo agitaba, apresuróse con generosa ternura a suavizarla o distraerla.

Permitidme, le dijo, que haga valer la autoridad de médico para imponeros nuevamente el más profundo silencio: de otra manera no vería recompensadas mis oficiosas atenciones, ni agradecieras al caballero de Monfort lo mucho que arriesga en socorrernos.

Perdón, amable Matilde, vuelvo a decir que callaré, y que no tendréis motivo de reprenderme; pero ¿no es cierto que parezco destinado a causar la desdicha de cuantos me manifiestan algún interés? Honróme el conde de Urgel con su amistad, y aherrojado lo tiene el vengativo condestable de Castilla; funestas han sido mis miradas a la más linda de las damas de esta comarca; y por socorrerme el caballero Monfort, puede de un instante a otro perecer a las manos de un aleve. Ya veis, oh Matilde, cuán desgraciado es el guerrero a quien auxiliáis bondadosa: abandonadlo, abandonadlo al influjo de su estrella, o temed de lo contrario el peso de las desgracias que despiadadamente le persiguen.

-Mal interpretáis, señor caballero, los favores del Altísimo; con su ayuda humillasteis el orgullo de los enemigos de vuestro rey, cuando parecía haber llegado a su colmo; con su ayuda ennoblecisteis y ensalzasteis las banderas de aragón, y acabáis de hallar en medio de vuestros mismo verdugos quien os proteja y os cure. Alentaos, pues, y creed que os ha conservado el cielo para obrar por vuestro medio acciones dignas de aplauso y de recordación eterna. Así que toméis la bebida que os traerá mi doncella, procurad conciliar un apacible descanso desvaneciendo de vuestra imaginación toda idea que no os sea grata y deliciosa.

Dócil el caballero a los preceptos de Matilde, bebió el calmante que le había preparado con sus propias manos, el cual procurándole un sueño tranquilo dulcificó de tal suerte el hervor de su sangre, que la hija de Armengol hallóle al siguiente día sin ningún síntoma de calentura.


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Capítulo XXIII[editar]

Preparativos de un asalto.


Mientras Ramiro de Linares era tan esmeradamente cuidado en uno de los más retirados aposentos del edificio de Alanza, reuniéronse una mañana en el salón del mismo alcázar el noble Mauricio de Monfort y don Pelayo de Luna.

-Ya presumo, dijo el primero, que venís deseoso de saber lo que nos anuncia el eco del clarín que se acaba de oír en el puente levadizo. No sería malo que esos bárbaros de Aragón hubiesen vuelto a traspasar los lindes de Castilla.

-Indolencias siempre, respondió don Pelayo, de la maldita corte de Segovia. ¿Por qué diablos no publican de una vez la paz que ya está secretamente concluida? Reniego del hombre sin carácter por cuyas venas circula, en lugar de sangre ardiente, insustancial agua de fresa. Ayer mismo salí de aquella corte infernal por no serme ya posible el presenciar tamaña irresolución y falta de toda energía. No andan las cosas tan en popa como solían, y harto hay que temer que así que rompa esa embravecida borrasca se hunda para siempre nuestro barco.

-¡Qué decís!, interrumpió Monfort, ¿tan seria es la conjuración que amenaza al condestable?

-¡Seria!..., y aún mucho más de lo que os la pinto. Muy poco hay que esperar del rey don Juan: si nosotros mismos no nos reunimos para atacar con mano armada el bando de los contrarios; por Santiago, caballero Monfort, que nos arrojaran en parte donde nunca más embracemos la rodela. Pero, ¿en qué sótano se ha metido ese demonio de Alanza?... Sepamos de una vez lo que significa el son de aquella corneta.

-¿Qué significa?, dijo entrando don Rodrigo, ahí lo tenéis: acábame de entregar ese maldito pliego que a no engañarme es un cartel de desafío. -Al decir esto volvíalo por todos lados como si de esta manera hubiese querido penetrar su contenido; pero después de examinarlo tan minuciosamente por la superficie, lo puso en manos del caballero Monfort.

-Para mí son garabatos, dijo francamente Mauricio, quien participaba de la ignorancia general en los hidalgos de aquel siglo. Un sabio monje que había en el castillo de mi padre quiso enseñarme a escribir; pero viendo que por más que lo hacía no alcanzaba de mi diestra que formase letra alguna, sino el borronear corvos alfanjes y algunas puntas de lanza, cansóse de su trabajo y dejóme dar pábulo a mis inclinaciones favoritas.

-Venga acá ese papelucho, replicó el de Luna, pues me precio de unir algunos conocimientos a la profesión de las armas.

-Bravo, gritó Monfort, y díganos su reverencia lo que canta esa misiva.

-Un desafío formal, por vida de San Lorenzo: y os aseguro que es el más raro cartel que jamás haya pasado por un puente levadizo: por decir estoy que me parece una chanza.

-Pues desearía saber, interrumpió don Rodrigo, quién es el guapo que se atreve a chancearse conmigo en semejante materia..., leed, leed por vida vuestra, noble Pelayo de Luna.

-Que me place, dijo éste, y en alta e inteligible voz empezó de esta manera:

-«Yo, Roberto de Maristany, Roldán por sobrenombre, y yo, Pedro Gutierre, molinero de Navarra...»

-¿Estáis loco?, atajóle don Rodrigo.

Dígoos, voto a mí, que no leo más ni menos de lo que el mensaje canta. -Y atando el hilo de su lectura prosiguió diciendo:

-«Y yo Pedro Gutierre, molinero de Navarra, con auxilio de los que hacen con nosotros causa común en tan singular querella, sobre todo de un valiente caballero llamado por ahora el holgazán de San Servando, participamos a vosotros Pelayo de Luna, Rodrigo de Alanza, y cuantos sean vuestros aliados y cómplices, que en atención a que robasteis sin más ni más a una noble doncella llamada Matilde de Urgel y a otra que la servía, encerrándolas ilegal y violentamente en ese castillo, donde detenéis también a un célebre paladín que campea bajo el nombre del caballero del Cisne, os pedimos y requerimos que dichas nobles y libres personas, a saber: la ilustre Matilde con su doncella, y el famoso campeón del Cisne con los demás objetos a ellos pertenecientes, nos sean remitidos después de una hora de recibida la presente a nosotros mismos, o a aquellos a quienes facultaremos para recibirlos, sin que les sea hecho daño, injuria ni desaguisado alguno. De otra manera, desde ahora os declaramos malandrines y traidores, y haremos todo género de esfuerzo para aniquilarlos y para destruiros.

»Firmado por Nos, hoy día víspera de San Macario, en las gradas de la cruz que llaman de la encrucijada, entre las torres de Alanza y las murallas de Segovia».

Más abajo de este escrito veíase una lanza groseramente dibujada con una nota que decía ser aquella la firma del intrépido Roldán; después de tan respetable emblema, hallábase cierta cruz que servía de otro tanto al molinero, y un poco más adelante tropezaban los ojos con letras trazadas por mano menos delicada que atrevida, en las cuales se leía: «el holgazán de San Servando».

Atentos por demás estuvieron los dos caballeros a la lectura de esta singular epístola, y mirándose uno a otro cuando concluyó don Pelayo, como en muestras de la extrañeza que les causaba. Monfort fue el primero que rompió aquel silencio soltando una carcajada violenta, en lo que imitóle, aunque con más moderación, el hijo del condestable. Únicamente el de Alanza conservó la gravedad, y aun manifestóse algo colérico por aquella súbita y destemplada alegría.

-Sabéis lo que francamente os digo, caballeros, que obraríais mejor en pensar lo que debemos hacer, que en dejaros arrastrar de importunas risotadas.

-Nadie diría, respondió Monfort, sino que aún os silban por las orejas las saetas que nos dispararon en la batalla de Aivar. De otra suerte no os hiciese perder el buen humor un cartel de desafío enviado por un holgazán y un molinero.

-Por San Andrés, Mauricio respondió Rodrigo, quisiera que semejante aventura sólo concerniese a tu persona: sabed que no obrarán tales pícaros con ese atrevimiento, si no se viesen favorecidos por alguno capaz de sostenerlos. Por desgracia no faltan cuadrillas de salteadores en nuestras selvas, y yo sé que nada desean tanto como vengarse de mí, por lo muy riguroso que anduve en defender de sus dardos a las liebres y a los venados que las pueblan. Porque hice atar a uno de esos ladrones en las astas de un ciervo montés, que le dio la muerte en menos de cinco minutos, hanme arrojado más flechas que todo el ejército de Aragón en la última campaña.

-Y bien, ¿qué noticias traes?, dijo a un escudero que entraba en el salón, ¿has hecho el reconocimiento que te dije?, ¿pudiste calcular el número de esos vagabundos?

Según se puede colegir por los que se descubren desde la torre más alta, habrá como unos doscientos hombres.

-¡Valiente trago!, exclamó don Rodrigo: ¿ven aquí, señores míos, a lo que me ha expuesto la condescendencia de que sea siempre mi castillo el teatro de vuestros malditos planes? De tal manera y con tal sigilo los concebisteis y llevasteis a efecto, que reunido habéis en torno todas las abejas de la comarca.

-Los zánganos queréis decir, interrumpió Monfort, pues no merecen otro nombre las hordas de gente holgazana, que en vez de ganar honradamente su vida, pásanla por bosques y encrucijadas a expensas de los ciervos que matan, y de los pasajeros que limpian. Zánganos, repito, porque si bien parecen abajas, no tienen travesura ni aguijones.

-¡No tienen aguijones!, respondió el de Alanza, ¿pues qué nombre daréis a esas flechas de tras pies con las que atraviesan la armadura de más fino temple, excepto las mallas de Vizcaya, y que dan siempre en el blanco, aunque no les presente más campo que la línea de un cabello?

-Ea, basta, señor caballero, interrumpió don Pelayo; reunid la gente de vuestro alcázar, y salgamos a dispersarles. Un solo paladín, un hombre de armas siquiera, basta para poner en huida a veinte de esos cobardes.

-Basta y sobre, interrumpió Monfort, y si algún escrúpulo me queda, es el de enristrar la lanza contra canalla tan pérfida.

- No dejarais de tener razón si se hablase de los moros de Granada, caballero de Luna, o si tuviésemos que haberlas con franceses de la frontera, Mauricio de Monfort; pero se trata de paisanos de Castilla, bravos, valientes y tercos, de robusto puño y de brazo muy certero, contra quienes no tenemos más ventajas que las de nuestras armaduras y caballos, harto débiles por cierto si continúan abroquelándose en los bosques. Habláis de hacer una salida, y apenas tenemos el número necesario de guerreros para la defensa del castillo, estando mis mejores hombres de armas haciendo cada día generosa muestra de su denuedo y pujanza en la vanguardia del ejército.

-Sin embargo, dijo el de Luna, no creo que debamos temer que asalten este castillo.

-No lo temo porque les falta un capitán que les mande, porque carecen de máquinas guerreras, y porque están destituidos de conocimientos militares; pero como pudiesen contar con alguno de estos recursos, no dejaríamos de hallarnos en presto y notable aprieto. Añadid a eso que ocupaba la corte de sí misma, y aburrida con el continuo espectáculo de tantas luchas y guerras intestinas, no hace caso de semejantes contiendas, y hállase sobrado débil para impedir que se tomen a viva fuerza los alcázares.

Y es tal, sobre todo, dijo don Pelayo, la persecución que en el día arman a nuestro partido, que en vez de darnos socorro, verían nuestra destrucción los grandes con extraordinario júbilo.

-Pues enviad un mensaje a los amigos, diciéndoles que preparen sus gentes para correr al auxilio de tres caballeros sitiados en el castillo feudal de don Rodrigo, por un molinero y un vagabundo.

-La chanza no es de sazón, noble Mauricio: ¿a quién diablos queréis que me dirija?... Astorga y Castromerin se hallan en el ejército, y Villena y Santillana al lado de don Enrique para concluir esa perezosa paz que nunca acabará de publicarse.

-Pues lo mejor que hay que obrar en tan singular apuro, dijo el de Luna, es enviarles un mensaje, intimándoles que se retiren, a ver si se gana algún tiempo y cambian de aspecto los asuntos.

-Cuando dais ese consejo, respondió el de Alanza, supongo que sabréis de escribir. No nos falta quien se encargue del pliego, pero sí lo necesario a fin de extender la carta. Vive Dios, que si fuera posible hallar el escritorio del antiguo capellán del alcázar, que se murió por no poder tolerar mis malas mañas, estaríamos medianamente socorridos.

-A lo que presumo, dijo el escudero, está en el último aposento de la torre que mira a la ermita de Alanza, pues lo conservaba la pobre Bárbara como un recuerdo de aquel santo hombre.

-¿Allí donde murió hace pocos días esa carcomida vieja?, preguntóle don Rodrigo.

-Precisamente, prosiguió el soldado, y donde se halla aún su desagradable esqueleto, arrojando inmunda peste.

-¡Pícaro!, gritó el de Alanza, ¿y tienes el insolente descaro de decirlo en mi presencia?

-Es que la otra noche subí una luz a la torre para alumbrar el cadáver que yo mismo había envuelto en una sábana blanca; pues bien..., pero, señor, os suplico no os alteréis en manera alguna...

-Prosigue, holgazán, prosigue: y como no acabes pronto ese desventurado cuento, yo haré que vengan a refrescarte la memoria.

-Dejé la luz junto al cadáver de la vieja, y quise rezarla un rato a fin de que perdonase las indecentes injurias que le dije el otro día para hacerla salir de la estancia donde hilaba. Apenas había empezado mi plegaria silenciosa, parecióme que se movía el cadáver debajo de la sábana, y oí una voz peregrina que en medio de la quietud de la noche entonaba cierta canción misteriosa y melancólica. A tan desusado incidente temblé, me estremecí; y aunque al través de una aspillera quise averiguar si el canto venía de persona humana, no descubrí alma viviente en todo el campo, y salí con precipitación del aposento, sin que después de esta ocurrencia se haya atrevido a entrar en él ninguno de mis camaradas.

-Miserable cobarde, dijo don Rodrigo, ¿y eres tú aquel valiente Bullanga que acometía el primero los más erguidos alcázares? Vete de mi presencia, poltrón, y como no me traigas la escribanía que te digo, hete de arrancar los ojos y meter en lugar de ellos un par de ascuas ardiendo.

-Iré, dijo Bullanga entre dientes y encaminándose a la torre; pero Merlín me ha asegurado mil veces que he de morir a las manos de un desalmado hechicero; y cuando le conté mi negra aventura confirmóme que sin duda era el diablo el que cantaba. Voy a probar si le encuentro y me hace la merced de subir por el tintero, pues nada tiene que recelar de parte del demonio, si es cierto lo que por ahí dicen que es ahijado suyo.

Prepárese el señor de Luna a escribir una respuesta a ese atrevido cartel, conforme voy a dictársela, dijo Rodrigo en cuanto salió el escudero.

-Más gustaría responderles con la punta de la lanza; pero no habiendo otro recurso, aquí me tenéis dispuesto a todo lo que gustaréis.

Trajeron dentro de un rato la escribanía que pidieran; y sentóse ante una mesa el hijo del condestable mientras dictábale su amigo una carta concebida en los términos siguientes:

«D. Rodrigo de Alcalá, señor del alcázar de Alanza, y los caballeros de hidalga cuna que en su compañía se hallan, no reciben carteles provocativos de siervos ni de vasallos. Si hay entre ellos alguno que aspire al derecho de caballero, debe saber que se degrada con mezclarse entre gentes de baja y perversa ralea. Por lo que respecta a los prisioneros que hemos hecho, usaremos de ellos según nuestra voluntad y talante, sin aguardar el beneplácito de salteadores de caminos, a quienes participamos por un movimiento por un movimiento de caridad cristiana, que hemos elevado una horca de cuarenta codos en el patio grande de nuestro castillo, a fin de que luzcan su habilidad y se gallardeen en ella a medida que los vayamos cazando».

Una vez cerrado el pliego, mandáronlo llevar al paisano que trajera el de Roldán y sus camaradas, y esperaba la respuesta a poca distancia del castillo.

Habiendo desempeñado este audaz mensajero su comisión de la manera que se ha dicho, volviese al cuartel general de las tropas aliadas, establecido, según se manifestaba en la demanda, al pie de la cruz poco distante de aquel ominoso alcázar. Hallábase en ella Roberto de Maristany con algunos de los vasallos de Ramiro, el molinero que había dado acogida al caballero del Cisne, y varios amigos y dependientes suyos que acudieron recelosos de que no hubiese acaecido algún desmán a tan célebre guerrero. Veíase también entre ellos un paladín cubierto de armas negras con la visera caída, llevando el séquito de unos ochenta hombres de armas, robustos, obedientes y resueltos. Era el caso que habiendo hallado a Roldán con la tropa que le obedecía, hablóle privadamente, y enterado sin duda del objeto de su expedición, quiso acompañarle en ella y coadyuvar con todas sus fuerzas al logro de tan osada y recomendable empresa. Además de tales gentes, notábase asimismo gran número de los flecheros que andaban divagando por aquellos campos, los cuales, como temiera el de Alanza, aprovechaban gustosos la ocasión de acometerle. Si bien los soldados de Roldán ofrecían en su aspecto un aire imponente y guerrero, no dejaba de observarse igual marcialidad en los que determinadamente seguían al paladín que hemos dicho, y se firmaba en la carta el holgazán de San Servando. Y sea por el mayor número de hombres de armas que iban a sus órdenes, ya por ciertos indicios de pericia militar y elevado nacimiento que se traslucían en él, profesábanle cierto respeto, y obedecíanle todos con absoluta confianza. Hasta los mismos paisanos de las selvas se manifestaban a su presencia disciplinados y comedidos, dando bien a comprender que solo de su valor esperaban el buen éxito de su temerario arrojo. A él, pues, y al buen Roberto dirigióse el mensajero, y presentóles la respuesta que le habían entregado en el castillo de Alanza.

-Por el báculo de San Macario, gritó Roldán, aquel báculo digo que llevó más ovejas al redil que ningún otro cayado sea de mitrado abad o de reverendo obispo, desearía comprender lo que canta ese pergamino viejo. Pero siempre encomendaba al diablo al que cuando era más joven quiso enseñarme a leer, y más me alegraba el corazón la vista de un zafio lencero, que la de un tieso doctor con sus hábitos de ceremonia.

-Dijo, y entregó la carta al molinero, el cual, abriendo extraordinariamente los ojos y la boca, pasóla al campeón de las armas negras, como si fuese para él un animal del otro mundo.

-¡Con que al fin he de ser yo el escribiente y el intérprete!, dijo el caballero, vaya, pues, estadme atentos mientras leo lo que contiene el tal escrito.

-¡disponer a su talante de la doncella de Urgel, y del caballero del Cisne!, exclamó Roldán así que acabó el incógnito la lectura: ¿estáis bien seguro, noble señor, de que dice ese mensaje lo mismo que nos leísteis?

-Segurísimo, honrado Roberto, y aún más lo estoy de que son muy capaces de obrar con la misma ferocidad y arrogancia que se explican.

-Pues no hay, dijo el molinero, sino apoderados del castillo, aunque hubiésemos de arrancar con nuestras propias manos cada una de sus piedras.

-No obstante, repuso el incógnito, tal vez sea un ardid para ganar tiempo; pero si no me engaño ahí tenéis al gitano Merlín, que viene a darnos cuenta de lo que pasa en Alanza.

-Acércate, hijo del diablo, gritóle Roldán, y mira a que desesperado término nos traen tus ponzoñosos avisos. Bien haces en volver los ojos tiernamente hacia ese roble, porque entre sus altas ramas echarás ahora mismo la última cabriola.

-No será antes de librar a la hija de Armengol y al noble campeón del Cisne, respondió Merlín. Sabed que cuando cumplió la cita que yo le dí al pie del torreón donde guardaban entonces a la inocente Matilde, tuvo la maldita ocurrencia de cantarnos un romance a eso de la media noche. Venía de Segovia el caballero Monfort, y acudiendo a los ecos de aquella música intempestiva y nocturna, estúvolo escuchando desde muy corta distancia. En cuanto lo reparó don Ramiro fuese arrogante hacia él preguntándole quién era, y después de no sé qué dimes y diretes, cometieron la sandez de echar mano a las espadas y acuchillarse muy a su sabor, cual si fuesen dos mortales enemigos. El del Cisne estaba herido, el de Monfort es robusto, y aquel cayó por lo tanto sobre la ensangrentada yerba exánime y sin aliento. Su contrario trató de rociarle el rostro, y al levantarle la visera reconoció fácilmente las varoniles facciones de Ramiro de Linares. Allí fueron los lamentos y el renegar de sí mismo; mas no pudiendo remediar el mal que estaba ya hecho, mandólo subir al castillo, donde sis revelar su nombre atiende a su curación, en agradecimiento a la mucha cortesía de que ha usado con él en varias justas y torneos. De consiguiente corre el peligroso riesgo de que descubran quién es, y se venguen en su sangre el de Alanza y el de Luna.

-No se vengarán, por vida de San Jenaro, mientras mi brazo pueda empuñar una espada, dijo Roldán poniéndose en pie y mirando con inflados ojos a los soldados y flecheros que acudieron impacientes a saber la decisión de aquel consejo de guerra.

-¿Y cómo es, preguntó a Merlín el de las armas sombrías, que nada nos dices con referencia a Matilde?

-Matilde, respondió el gitano, ha logrado por medio de Monfort el poder curar las llagas del caballero del Cisne, y parece como resuelta a morir desde que la desgracia de este único amigo se agrega a la prisión del conde Arnaldo. Ella me envía a deciros, que no perdonéis diligencia para asaltar el alcázar y libertar al héroe del aragón, que actualmente se halla en él por haber querido socorrerla.

¿Lo oís?, ¿lo oís, bravos y ardientes amigos?, gritó el caballero a la multitud que le rodeaba: preparaos a la vez y arrojémonos contra aquella perniciosa guarida, mientras nos prometen ocasión algo oportuna el retardo de la paz y las jaranas de Segovia.

-Harto preparados y resueltos nos hallamos, respondió el de Maristany: llevadnos, noble señor, al duro asalto; llevadnos donde muramos por Linares y Matilde, o les demos la suspirada libertad gloriosos y triunfantes.

Percibióse en esto un murmullo de voces y un ruido de armaduras que anunciaba el entusiasmo de aquellos guerreros. ¡Pimentel!, clamaban unos; ¡Matilde!, respondían otros; ¡muerte al de Alanza y al de Luna!, gritaban todos ardiendo en bélica saña.

-ánimo, hijos míos, exclamó el paladín de los lúgubres arneses: ese marcial movimiento es el presagio feliz de nuestro triunfo: hoy daremos al mundo un ejemplo de generosa amistad, y purgaremos esta comarca de los monstruos que la infestan.

Alzaron aquellos valientes mil bulliciosos clamores, y retiróse el caballero don Roberto y el gitanillo Merlín para enterarse algo a fondo de la situación del castillo, y ver de combinar el plan más favorable y la hora más conveniente de atacarlo.

Tan prontas y ejecutivas fueron las hostiles disposiciones que tomaron, que no sin justísima causa, desde el romper de la aurora hubieron de alarmar súbitamente a los jefes y guarnición del fuerte alcázar de Alanza.

-Venid, venid con mil diablos, decía don Rodrigo al de Luna y a Monfort; corred y veréis desde esta ventana el alarde que hacen esos pícaros de avanzar y acometernos. Por Santiago juraría que levantan parapetos enfrente de las murallas, mientras aquellas muchedumbre de flecheros que aparece entre las primeras líneas de los árboles del bosque, ya indica la negra nube precursora del granizo.

Acudieron los dos caballeros a las voces de Rodrigo, y en tanto que observaban los movimientos de los sitiadores, tocó la corneta el de Alanza, y reuniendo sus gentes mandóles correr a las murallas y ocupar el puesto que ya tenían señalado.

-Mauricio, añadió volviéndose al de Monfort, encargarte debes del lado que corresponde al oriente: tú, noble don Pelayo, defenderás el opuesto; y yo con veinte y cinco de mis mejores soldados recorreré incesantemente todo el muro. Obre todo, amigos míos, no os ciñáis a la defensa de un solo sitio; preciso es que nos hallemos en ciento; que nos multipliquemos, por decirlo así, de tal manera, que nuestro brazo siembre por mil partes la confianza en nuestras gentes y el terror en los contrarios. Escasos somos en número; pero la actividad, la pericia y el valor, pueden darnos admirables ventajas sobre una turba de villanos y bandidos. ¡Hola! ¡Anselmo!, manda hervir calderas de aceite y de pez para rociar los cráneos de esos rebeldes: amontónense las piedras, ármense las ballestas, y enarbólese en la torre más alta del castillo la antigua bandera de los señores de Alanza: poco saben esos bribones a qué casta de pájaros andan buscando quimera. Encerrad todas las mujeres en la capilla del alcázar para que no nos aturdan con sus gritos, y recen tranquilamente en ella en disposición de escarmentarlos para siempre.

-En cuanto hubo dicho esto fuéronse los tres barones a los muros del castillo, donde aguardaron con grave calma e imponente esfuerzo el recio y denodado ataque que les estaba amenazando.


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Capítulo XXIV[editar]

Continuación.


Comúnmente en los momentos del peligro es cuando se abandona el corazón a dulcísimas confianzas. Una agitación general nos hace manifestar a pesar nuestro ciertas emociones, que en tiempos naturalmente tranquilos hubiéramos disimulado sin duda, puesto que no nos fuera posible el sacudirlas. Sorprendióse Matilde de la secreta satisfacción que sentía hallándose junto a Ramiro en un instante en que todo anunciaba el peligro y la desesperación en torno de ellos. Así es que al tomarle el pulso, al preguntarle por su salud, era tan blando, tan afectuoso su acento, que en él se echaba de ver tomaba por el herido un interés más vehemente del que acaso se figuraba ella misma. Temblábale la mano, espiraba la palabra entre sus labios, y sólo la fría pregunta de Ramiro; ¿sois vos, buena Matilde?, pudo hacerla volver en su acuerdo y disipar su ilusión, recordándola que el afecto que sentía no hallaba por su mal la menor correspondencia. Escapóle una leve sonrisa; pero apenas entendióse lo que respondió al caballero, mientras las preguntas que le dirigió desde entonces volvieron a tomar el carácter grave y poco sensible de una amistad respetuosa.

-Encuéntrome, le dijo el del Cisne, mucho más aliviado de lo que pudiera prometerme, gracias a vuestra ciencia y esmero, amada Matilde.

Llámame amada Matilde, pensó interiormente la hija de Armengol; pero en tono tan poco tierno, que no guarda la menor armonía con la dulzura de estas palabras. Su casco de acero, su perro favorito le serán quizás más apreciables que la huérfana infeliz de San Servando.

-Los dolores de mi cuerpo, continuó el hijo de Pimentel, son leve cosa comparados con las inquietudes de mi espíritu. Según el diálogo de dos hombres de armas que se han detenido frente de la puerta de mi cuarto, veo que el de Alanza y el de Luna se hallan en el castillo y no en la corte o el ejército donde yo les suponía. Y si es esto así, ¿cómo me será posible tomar la vuelta de Asturias adonde me llaman imperiosos deberes?

Ya no habla de Arnaldo ni de Matilde, pensó nuevamente la huérfana; ya no ocupamos en su pecho sino un lugar secundario: el cielo me castiga con justicia por haber fijado tanto tiempo mis ideas en ese buen caballero.

Después de haberme acusado tan generosamente a sí misma, enteróle de que don Rodrigo y don Pelayo se disponían a hacer frente a una tropa de guerreros y paisanos que tenían sitiado aquel castillo.

-¿Y por dicha no sabéis de dónde vienen?, siguió preguntándola el del Cisne: decid, Matilde, ¿no os es conocido su objeto, ni bajo qué ilustre campeón se reúnen y acometen, ni reparasteis tampoco en los timbres de las banderas que tremolan?

-Nada he visto, nada sé, respondió suavemente la hermana del conde Arnaldo: sólo me ocupa el interés de serviros, y de que cuanto antes veáis satisfechos vuestros más dulces deseos.

No tuvo tiempo de responderla el caballero, porque el ruidoso y marcial movimiento que rato había empezara a percibirse en el alcázar, efecto de los preparativos de defensa que se hacían, subió considerablemente, cambiándose en volcánico tumulto y en continuos clamores. Los veloces pasos de los hombres de armas que corrían a las murallas resonaban por los ángulos, por los corredores, por las escaleras de altas torres, y por las prolongadas galerías. Veíanse los barones del alcázar animando a los guerreros, indicándoles lo que debían hacer; y sus voces eran frecuentemente sofocadas por el estrépito mismo de las armas, y por los gritos de guerra en que prorrumpían los soldados. Por muy terrible que fuese semejante escena, y sin embargo de que aumentase su horror la idea de la que iba por momentos a seguirla, mezclábase en ella cierto impulso heroico y sublime, al cual se prestaba el espíritu exaltado de Matilde aun en aquellos instantes de confusión y peligro. Brillaban sus negros ojos, a pesar de que perdieran sus mejillas los suavísimos colores, y resplandecía en su semblante y ademanes no sé qué mezcla de temor y entusiasmo, mientras iba repitiendo en voz baja aquel sagrado texto: «ya se ven brillar los escudos de acero, ya se percibe el silbido de las flechas, el sacudimiento de los venablos y lanzas, y distínguese la imperiosa voz del capitán en medio de los gritos de mil y mil combatientes.»

Pero el caballero del Cisne, semejante al belicoso caballo de este sublime pasaje, ardía de impaciencia al verse sujeto y detenido en el lecho a causa de sus heridas, y hubiera dado cuanto poseía para poder tomar parte en el combate atroz que ya le estaba anunciando aquel espantoso tumulto.

-¡Ah!, ¿si pudiese arrastrarme, exclamó, arrastrarme siquiera hasta aquella ventana, para ver los nobles hechos con que van a distinguirse tantos valientes!... ¡Si pudiera a lo menos disparar una ballesta, o levantar una maza, aunque únicamente fuese para descargar un solo golpe!... ¡Vive Dios!, ¡vive Dios!, ¡me arrancaría las entrañas al verme en situación tan crítica encadenado y sin fuerzas!

-En nombre del cielo moderad esa inquietud, díjole Matilde; templad esa amargura: el estrépito ha de repente cesado, y acaso ya no tendrá lugar el combate que temíamos.

-Nada entendéis en eso, Matilde, respondió el caballero con tono de impaciencia, este silencio solamente prueba que los hombres de armas ya coronan los altos muros, aguardando con imponente calma el embravecido asalto. Lo que oíamos entonces no era más que el bramido precursor del huracán; ahora, empero, está próximo a estallar sobre nuestras propias cabezas..., no hay remedio, quiero probar el asomarme a la ventana.

-No lo lograréis, dijo Matilde con interés y dulzura, y tales esfuerzos retardarán vuestro restablecimiento. Pero al ver su inquietud y su desasosiego:

-Yo misma me colocaré en ella, añadió resuelta, y os iré enterando de cuanto ocurra.

-Os lo prohíbo, Matilde, os lo prohíbo, exclamó con viveza el caballero; cada ventana, cada claraboya va a servir de blanco a los flecheros, y una saeta disparada al azar...

-¡Oh Dios!, yo la bendeciría..., dijo la noble virgen en voz baja, y subiendo un par de escalones construidos debajo de la ventana gótica.

-¡Matilde!, ¡amada Matilde!, prosiguió Ramiro, ved que no se trata ahora de pasatiempos de doncellas: no os expongáis a recibir alguna herida, tal vez, ¡ay de mí!, alguna herida mortal...; ¿quisierais, imprudente niña, que hubiese de echarme en cara el haber sido la causa de vuestra temprana muerte, y que semejante recuerdo envenenase el resto de mis días?... ¡Oh Dios!, no me escucha..., ¡en nombre de la Virgen, cubríos siquiera con aquel escudo, y mostrad el cuerpo lo menos que pudiereis!

Siguió Matilde este último consejo, y descolgando el escudo de que le hablaba el caballero, colocóse en la ventana de manera que sin correr un gran peligro podía observar cuanto pasaba en el campo, e instruir a Ramiro acerca de la audacia, intrepidez y pericia de los sitiadores. La situación, por otra parte, del aposento no podía ser más ventajosa para ello; pues colocado en un ángulo del cuerpo principal del edificio, no sólo dominaba todo el país donde se había elevado su gran mole, sino también las fortificaciones exteriores, contra las cuales parecían dirigirse los primeros esfuerzos de los contrarios. Consistían éstas en una especie de barbacana o reducto, ni muy ancho, ni muy elevado, que servía de defensa y parapetó a la principal puerta del alcázar. Sin embargo, un foso bastante profundo lo separaba de él, por manera que aun en el caso de que cayese en manos del enemigo, era fácil cortar toda la comunicación, retirando algunas tablas que formaban un puente provisional y endeble. Había también en el parapeto una puerta de socorro practicada con bastante disimulo en el muro de su espalda, la que venía a caer frente de la del castillo, y rodeándolo en toda su circunferencia espesas, robustas y puntiagudas estacas. Del número de guerreros destinados a la defensa de este punto, dedujo la generosa Matilde que temían los de Alanza ser atacados por él, cuyo recelo confirmaron desde poco los sitiadores moviendo todas sus fuerzas hacia la misma barbacana de que hablamos. Comunicó la doncella todas esas observaciones a Ramiro de Linares, añadiéndole que una nube de flecheros aparecía junto al bosque, cuyo número no era fácil de calcular, en razón de que la mayor parte de ellos se ocultaba entre los árboles.

-¿Bajó qué bandera marchan, bajo qué insignias campean?, preguntó el caballero.

-La verdad es, respondió Matilde, que no descubro insignia ni bandera alguna.

-¡Cosa bien extraña por cierto!, replicó el del Cisne: ¿quién vio atacar a ordenados escuadrones fuerte castillo feudal sin marchar a banderas desplegadas? ¿Y podréis decirme a lo menos cuáles son sus capitanes?

-Un caballero cubierto de negros arneses es el más notable entre ellos, pues que cuantos le rodean respetan y obedecen sus órdenes.

-¿Y qué armas ostenta su escudo?

-Paréceme distinguir una joven puesta de rodillas, brillando en campo de plata con las manos levantadas y la cabellera tendida.

-¡Doncella en campo de plata!, repitió admirado el caballero del Cisne: a la verdad que no acierto quién haga ostentación de una insignia, que en el lance en que me veo pudiera adoptar por mía ¿Y os sería fácil leer lo que dice la divisa, Matilde?

-Imposible: aun para reconocer la empresa he tenido que espiar el momento en que los rayos del sol hiriesen el limpio escudo.

-Decidme, ¿no distinguís otros jefes?

-Desde esta ventana sólo se descubre el que os he dicho: acaso se hallen por la opuesta parte del alcázar, donde también es probable estén preparando otro asalto; pero helos allí que ya avanzan... ¡Dios de Israel, protegednos!, ¡qué espectáculo tan terrible!, los que marchan en la primera línea van cubiertos de anchos broqueles, e impelen delante de ellos una especie de muro de tablas: síguenles sus compañeros armando sendas ballestas con flechas largas y agudas... ¡Perdona, oh Dios de los ejércitos, perdona a las débiles criaturas que te ofrecen la ira de sus corazones, en vez del pío holocausto de su recíproco amor y de su reconocimiento!

Aquí fue interrumpida por la señal del ataque que repentinamente dieron las trompetas del incógnito y las bocinas de los flecheros, a las que contestaron los de don Rodrigo con timbales y clarines tocando cierta marcha oriental, adoptada por los moros en el acto de trabarse la pelea. Los gritos de ambos partidos aumentaban el tumulto: ¡San Jorge!, decían los sitiadores, y ¡Alanza!, los que desesperadamente defendían el alcázar de este nombre.

Golpes, ardides y esfuerzos siguieron súbitamente a esas demostraciones hostiles. Los flecheros de aquellos bosques acostumbrados a hacer uso del arco contra los venados, lobos y jabalíes que andaban por la sierra, y en las guerras intestinas que se suscitaban todos los días entre poderosos barones, tenían un ojo tan certero, que todas las aberturas de las murallas donde aparecía alguno de los soldados de Alanza, eran el blanco de infinitas saetas, muchas de las cuales no dejaban de penetrar silbando por las angostísimas aspilleras. No es decir por esto que las disparasen al azar: cada flecha llevaba su particular destino bien hacia lo alto de las almenas, bien al través de las claraboyas o boquerones donde se movía un penacho, o donde suponían que pudiese ocultarse algún guerrero. Descargas tan cuerdamente asestadas y sostenidas mataron a dos o tres hombres de la guarnición, e hirieron a otros muchos; mas no por eso lograron los de fuera infundirles desaliento; pues llenos de confianza en su propia intrepidez y en el abrigo que les procuraba el alcázar, mostraban una obstinación en defenderse igual al encarnizamiento de los que les acometían. Hacían llover sobre ellos robustas piedras, dardos y calderas de pez e hirviente aceite, con lo que causaban al enemigo más estragos de los que recibir podían en el murado recinto. Manifestábase tal el coraje y el odio de ambos partidos, que el silbar de las flechas y venablos era sólo interrumpido por los grandes gritos que alzaban los combatientes, cuando experimentaban alguna notable pérdida de sus contrarios.

-¿Y es posible, exclamó Ramiro, que haya de permanecer en este lecho como un perro sujeto a al cadena, mientras otros están disputando una victoria de tal peso para nosotros, que nos puede procurar la libertad y librarnos de la muerte? Subid, subid otra vez a la ventana, buena y generosa Matilde, teniendo el cuidado de cubriros bien con el escudo: subid y decidme por vida vuestra si continúan avanzando llenos de entusiasmo y fervor los sitiadores.

Con un valor fortificado por cierta súplica que dirigiera mentalmente al cielo durante aquel intervalo, volvióse a colocar Matilde en la peligrosa ventana, tomando las posibles precauciones para no ser vista desde fuera.

-Y bien: ¿qué es lo que descubrís, Matilde?

-Nubes de flechas que deslumbran mis ojos, y no me dejan distinguir siquiera los hombres que las disparan.

-¡Flechas!, ¡flechas!, interrumpió el caballero, ¿qué diablos de mal pueden hacer con ellas a esas murallas de piedra? ¡Ah!, no tremolarán sus insignias en las torres de Alanza, si no tratan de asaltarlas a viva fuerza. Pero, Matilde, buscadme al paladín de la virgen, y decidme de su denuedo y conducta, pues por el carácter del capitán vendremos en conocimiento del valor de los soldados.

-No le veo, no le veo, respondió la doncella.

-¡Cobarde!, ¡mal caballero!, interrumpió el del Cisne; ¿sería capaz de soltar el gobernalle cuando brama más recio el huracán?

-No tal, respondió Matilde, no lo suelta, don Ramiro; claramente le descubro marchando a la cabeza de un denodado escuadrón hacia la estacada del parapeto. Ese ruido son los hachazos con que derriban y rompen los aguzados troncos que la forman El negro penacho del caballero ondea sobre los soldados, que se inclinaron para esta operación, como el cuervo que ya vuela por encima de un campo de batalla aguardando el momento de verlo cubierto de cadáveres. Abrieron una brecha..., arrójanse a ella..., recházanlos..., el barón de Alanza pelea al frente de los que defienden el reducto: reconózcolo en la clava que maneja, en la furia con que avanza y en la agigantada estatura. Pero revuelven los sitiadores contra los sitiados; a palmos, a palmos es la brecha atacada y defendida; combaten furiosamente los guerreros cuerpo a cuerpo... ¡Dios mío!, ¡qué cuadro tan sangriento y espantoso!..., ¡se asemejan en su cólera a dos ensañados océanos que impeliese el uno contra el otro el ímpetu de cien huracanes!

Volvió un momento la cabeza la tímida hermana de Arnaldo, por no estar sus ojos acostumbrados a tan horrorosas y desesperadas escenas.

-No los perdáis de vista, Matilde, díjola impaciente el del Cisne, y sin ocurrírsele cuál podía ser la causa que la obligaba a retirarse: ya no se disparan tantas flechas desde que han venido a las manos; el peligro no es tan grave, el interés es mayor; continuad por Dios diciéndome lo que ocurre.

Resignada y obediente volvió a subir Matilde el escalón, que por un impulso maquinal bajara retrocediendo, y otra vez fijó la vista en el campo de batalla.

-¡Virgen santa!, exclamó, Rodrigo de Alanza y el paladín de las armas negras luchan como dos atletas sobre lo más alto de la brecha en medio de la gritería de los feroces soldados, que los atizan y hostigan como se hace con los perros y los toros. Bien se echa de ver en tan bárbaros clamores la importancia que cada partido espera del éxito de ese singular combate. ¡Proteja el cielo la causa del aherrojado y del cautivo!

-Y elevando entonces un doloroso grito: -¡Cayó!..., dijo Matilde.

-¿Quién?, preguntó vivamente el caballero; ¡en nombre de San Cervantes!, decidme, ¿quién ha caído?

-El de los negros arneses, respondió la doncella consternada y angustiosa; pero alzando al mismo tiempo un clamor de júbilo: -No, no, dijo, ¡gloria al Dios de los ejércitos!, ya se levanta el héroe; ya está en pie; ya combate como si tuviese su brazo la pujanza de veinte guerreros. ¡Cielos!, vuela su espada en mil pedazos; pero echa mano al hacha de un soldado y cierra contra el de Alanza sin darle tiempo de respirar si quiera. Tiembla el gigante..., vacila, como una robusta encina bajo la segur del leñador..., ¡cayó!, ¡cayó!...

-¿Quién, vuelvo a decir?, ¿el brutal barón de Alanza?, exclamó Ramiro.

-El de Alanza, sí, el de Alanza. Arrojándose sus soldados a socorrerle llevando a su frente a don Pelayo de Luna: arrebatan al herido de las garras de sus contrarios, y entran lo exánime en el alcázar mientras el campeón de la virgen se ve detenido en su gloriosa victoria.

-Pero los sitiadores, preguntó el del Cisne, ¿han logrado colocarse en la parte interior de la estacada?

-Lo lograron, lo lograron..., y estrechan a los sitiados en las últimas barreras: fijan las escalas para asaltarlas, y suben unos sobre la espalda de otros, llenando la tela del muro como un enjambre de abejas. Arrójanles desde arriba piedras, aceite hirviendo, troncos de árboles, y cuando hieren alguno, otro ocupa inmediatamente el sitio que defendía. ¡Poderoso Dios!, ¿has criado al hombre a imagen tuya para verlo destruir por mano de sus semejantes?

-No penséis en eso, amiga mía; el momento no es a propósito para dar cabida a tales ideas. Decidme qué partido es el que queda vencedor.

-Dóblanse las escalas debajo de los que subían por ellas, prosiguió Matilde; caen en el suelo heridos, moribundos o maltrechos, y los del castillo han vuelto con esto a recuperar la ventaja.

-¡Por la lanza de San Jorge!, ¿serían tan cobardes los sitiadores que ya les hiciese desmayar este primer contratiempo?

-No, no, que ya vuelven al asalto con más encono y bravura. ¡Válgame Dios!, siempre el caballero negro combate en primera fila: acércase ahora con el hacha en la mano a la puerta del reducto... ¿oís los tremendos golpes que descarga en ella?, ellos por sí solos sofocan el tumulto de las armas y los desesperados clamores de tan fieros combatientes: Llueva sobre el casco del audaz campeón furiosa granizada de piedras, flechas y troncos; pero él hace tanto caso de eso como si fuesen leves plumas o balsámicos aromas.

-¡Por vida de San Crisóstomo!, dijo enérgicamente el del Cisne incorporándose en el lecho; no conozco más que un hombre en toda España capaz de descargar unos golpes tan recios y furibundos. Continuad, Matilde.

-Cede la acerada puerta; rómpela el paladín de la virgen; húndese con ruido infernal; todos se precipitan por ella, y el reducto cae en manos de los sitiadores. ¡Dios mío!, ¡Dios mío!, ahora arrojan al foso a los infelices que lo defendieron. Yo les veo dando vueltas y estrellándose de cabeza contra las mismas piedras del muro: ¡oh hombres!, ¡si sois verdaderamente tales, economizad la sangre de los que ya no pueden resistiros!

-Pero el puente, interrumpióla don Ramiro, el puente que comunica con el castillo ¿ha caído también en poder de los que atacan?

-Nada de eso: don Pelayo, después de haber entrado en el alcázar con unos cuantos de los de su comitiva, ha logrado quebrantar las tablas que lo formaban. ¿oís, noble don Ramiro, oís los gritos que anuncian el triste destino de aquellos que no han podido seguirle? ¡Ay de mí!, ¡ya veo que ofrece la victoria un espectáculo más doloroso aún que el combate mismo!

Y ahora, ¿qué es lo que hacen?, observadlo bien, Matilde, pues en momentos como estos el derramamiento de sangre no debe causarnos impresión ni oscurecer nuestros ojos.

-Parece que cesó la matanza, satisfizo la doncella: nuestros amigos se hacen fuertes en la barbacana que han ganado, y les ofrece un abrigo contra las flechas que disparan desde lo alto del alcázar.

-No, no creo que abandonen una empresa tan gloriosamente comenzada: grande confianza me inspira el bravo campeón cuya hacha ha derribado al de Alcalá y ha hecho astillas la puerta. ¡Jamás hubiera creído que hubiese dos hombres dotados de tal ímpetu y pujanza! ¡Una virgen en campo de plata, con el cabello tendido y las manos en alto implorando la misericordia del cielo! Si no estuviera preso diría, al ver su coraje y su divisa, que no puede ser otro que él mismo.

-Escuchad, Matilde, ¿no podéis distinguir en el caballero negro ninguna otra señal por la que vengamos a rastrear su verdadero nombre?

-Nada más distingo en él. Oscuros y sombríos son los arneses que lleva como las alas del murciélago sin que otra insignia resplandezca en su persona; pero después de haberle visto desplegar tan gallardamente en la pelea su vigor y su bravura, reconocerle quisiera entre cien mil combatientes. Lánzase con tanta serenidad a lo más revuelto de la refriega, como si se tratara de las delicias de un festín. Brilla en su aire y movimientos algo de más noble e imponente que la fuerza corporal: toda la elevación de un grande espíritu, toda la energía de un héroe resplandece en cada uno de los golpes con que amedrenta, desbarata y aniquila a sus contrarios. ¡Cuánto recuerdan a mi corazón sensible estas nobles cualidades el carácter impetuoso y brillante de mi hermano!... ¡perdónele Dios, no obstante, la sangre que ahora ha vertido! De todas maneras hay algo de sobrenatural y sublime en el espectáculo de un solo hombre, aterrando con la fuerza de su brazo a inmensa y desalmada muchedumbre!

-¡Matilde!, con tales palabras acabáis de pintar a un héroe. Por lo demás no penséis que tomen los sitiadores algunos momentos de reposo sino para recobrar las fuerzas, y revolver otra vez contra esos lóbregos muros. Conducidos por un jefe tan valiente, ni el temor ni los peligros podrán hacerles desistir de una empresa, que las dificultades mismas hacen más grande y gloriosa. Juro por la señora de mis pensamientos, que consintiera sufrir diez años de cautiverio, por el goce de pelear un solo día al lado de ese paladín triunfante, en una lucha tan noble cual la que ahora se presenta.

-¡Ay de mí!, exclamó Matilde bajando de la ventana y acercándose al lecho del herido, esa indiscreta impaciencia, esa sed de gloria que os agita en medio de la debilidad y la flaqueza retardan en gran manera vuestra cura. ¡Cómo pensáis en hacer heridas a los demás, antes que se hallen las vuestras perfectamente cerradas!

-¡Oh Matilde!, vos no podéis comprender lo que sufre el hombre, a quien alienta el verdadero espíritu de la caballería, al verse encadenado y en inacción vergonzosa como un monje o una dueña, mientras oye el belicoso rumor de victoriosas hazañas. La afición a los combates es la esencia de nuestra vida, y el polvo que se eleva en medio de las batallas la atmósfera donde más libremente respiramos. Sólo apreciamos la existencia en cuanto nos proporciona ocasiones de ceñir brillantes lauros y adquirir grande renombre. Tales son, noble doncella, las leyes de la caballería, leyes que juramos obedecer, y a las que sacrificar debemos lo que tiene el hombre de más precioso y de más caro.

-Y todo eso que decís, oh valiente caballero, ¿no pudiera interpretarse como un sacrificio al genio de la vanagloria, una ofrenda pasada por llama impura para colocarla en las impías aras de Moloc? Cuando rompe la muerte la lanza del hombre guerrero, cuando lo derriba con golpe mortal de su caballo de batalla, ¿qué le resta, decidme, en premio de la sangre que ha vertido, de las fatigas que ha pasado, de las amargas lágrimas que sus temerarias proezas han hecho derramar en el mundo?

-¡Qué le resta!, exclamó Ramiro, ¡qué le resta!..., la gloria, o joven, la gloria que inmortaliza su nombre y hace respetable y sagrada la losa de su sepulcro.

-¡La gloria!, repuso Matilde: ¡ay de mí!..., ¿el trofeo queréis decir de armas cubiertas de orín, pendientes del árbol silvestre que sombrea la tumba de un héroe? Y si no consiste en eso, ¿consistirá en la inscripción medio borrada por el tiempo, que el más hábil de los monjes puede descifrar apenas al curioso peregrino? ¿Y es esa recompensa suficiente para consagrar a sus aras los más suaves afectos de la vida, y desgraciadamente pasarla en sumergir cien familias en el luto y la miseria? ¡Oh Dios!, ¿es posible que los desaliñados versos de un bardo errante, que las proclamas de un heraldo vagabundo, hayan de tener tanto prestigio que les sean sacrificadas la paz, la felicidad, las más dulces emociones? ¡Quién diría que tal pudiese el deseo de figurar en una de esas incultas poesías que los trovadores cantan en magníficos festines, mientras entusiasman a los convidados las protestas y los brindis!

-Por San Andrés, Matilde, exclamó impaciente el caballero, que habláis en orden a materias, para vos según vislumbro absolutamente desconocidas. En vano quisierais extinguir la pura llama del valor caballeresco, aquella llama que distingue al noble del plebeyo, y al caballero del villano, que nos hace anteponer el limpio honor a la vida, sobrellevar mil fatigas, sufrimientos y asperezas, y que nos enseña a no tener miedo sino a la vileza y a la infamia. Pues que, Matilde, ¿no podéis apreciar en su justo valor el sublime fuego que hace palpitar a una doncella ilustre, cuando ejecuta su amante célebres proezas que justifican el cariño que ella le tiene? ¡La caballería!, ¡la caballería!..., he aquí lo que alimenta en pecho hidalgo la generosidad y el heroísmo; he aquí la que socorre al desvalido, protege al huérfano, y hace impotente y odiosa la tiranía y la barbarie. Sin ella fuera la nobleza un nombre vano, y nadie hallaría protección en su broquel y en su lanza.

-En efecto, dijo Matilde, mis ideas no estarán nunca conformes con las de los que hacen gala de esos marciales sentimientos, porque los varones más esclarecidos de mi linaje perecieron en el campo de batalla, o en calabozos oscuros por dejarse arrebatar de esa pasión impetuosa. Hace ya tiempo que no suena la campana de San Servando para convocar a mil guerreros en torno del señor feudal, porque sus fieles vasallos gimen bajo la coyunda de ominosa servidumbre. Tenéis razón, señor caballero; hasta tanto que la bandera de mis padres vuelva a ondear triunfante en los muros de Balaguer o en los torreones de Lérida, la pobre huérfana de Armengol no debe hablar de heroicos hechos ni de sangrientos combates.

Pronunció Matilde esas palabras con cierta sensibilidad y fiereza realzadas por un acento algo patético, muy conveniente a la aflicción que le causaba la memoria del eclipsado esplendor de su familia, y el haberla supuesto el caballero del Cisne incapaz de penetrarse de aquel sublime entusiasmo, que en la carrera del ingenio y de las armas produce los grandes hombres.

-¡Cuán poco, cuán poco conoce la hidalguía de mi pecho, pensaba interiormente la doncella, si lo cree capaz de bajeza y cobardía porque no apruebo esa sed de venganza y de gloria, que sofoca en el ánimo de un guerrero toda venturosa idea de felicidad doméstica! ¡Pluguiese al cielo que mi sangre derramada gota a gota pudiera restablecer la paz entre Aragón y Castilla! ¡Pluguiese al cielo que tuviese la virtud de romper las cadenas de mi hermano, y las de ese mismo joven que tanto me menosprecia!... Entonces viera si la hija de Armengol, aunque sin brillantez ni opulencia, sabría morir con tanto valor por él como esa dama de Austrias que llamaba el otro día en medio de sus delirios!

-¡Fijó entonces los ojos en el caballero del Cisne, y contemplándolo tiernamente, prosiguió con voz muy suave diciendo de esta manera:

-Ya duerme: el cansancio y la fatiga le han procurado un reposo que trataba él de evitar, y que le es tan necesario. ¡Ay de mí!, ¿seré culpable en mirarle, quizás por la vez postrera? ¡Quién sabe!, ¡acaso dentro muy breves instantes no serán ya animadas esas varoniles facciones por el alma fogosa e intrépida, que les presta aún en el sueño mismo una dignidad tan noble! ¡Acaso se verá súbitamente extinguido el resplandor de sus ojos, borrado el carmín de sus entreabiertos labios, pálidas esas mejillas, y al más vil de los impíos satélites que defienden el alcázar arrastrando con los pies sus ensangrentados miembros!... ¡Oh Arnaldo! ¡Oh hermano mío!, ¿es posible que me hagan olvidar de tu ternura las gracias de un paladín que no corresponde a mis afectos?, ¡qué dirías, oh valiente guerrero, si te refiriese alguno en el negro calabozo donde te habrán sumergido, las lágrimas que derrama, y no por ti, la desconsolada Matilde! ¡y qué sé yo si todas las desgracias que nos suceden no son más que el castigo de ese desnaturalizado cariño! Pero he de hacer un esfuerzo para destruir tal flaqueza, aunque tan áspera lucha hubiese de costarme la vida.

Envolvióse en su velo y se sentó a poca distancia del lecho del herido, volviéndole la espalda y armándose de valor, no solamente para sobrellevar los peligros que la amenazaban, sino al efecto de resistir los amorosos movimientos de su pecho, aún más terribles para ella que el cautiverio y la muerte.


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Capítulo XXV[editar]

La muerte del impío.


Cuando descansaban del primer ataque sitiadores y sitiados, y mientras ocupábanse aquellos en sacar partido de las ventajas conseguidas y en procurarse aquestos nuevos medios de resistencia, reuniéronse a conferenciar en el salón del castillo Mauricio de Monfort y don Pelayo de Luna.

-¿Por qué no se halla con vos Rodrigo de Alcalá?, preguntó el primero: ¿sería verdad que lo hubiesen muerto, como me han dicho, en el ángulo que yo defendía?

-Todavía vive, respondió fríamente don Pelayo; pero aunque hubiera tenido la cabeza de un toro, y la llevase resguardada con siete planchas de acero, no pudiera resistir el último hachazo que le ha descargado el negro de la virgen. Dentro de muy pocas horas ya estará el señor de Alanza en la tumba de sus padres: ¡sensible pérdida por cierto para el bando del condestable de Castilla!

-Y ganancia limpia para el reino de Satanás: he aquí lo que sucede a los que hacen burla de los santos, y mandan tirarlos a la cabeza de esos pícaros flecheros.

-¡Necio!, interrumpió el de Luna: tu sandía superstición corre parejas con la brutal impiedad de don Rodrigo.

-Mil gracias, señor catedrático; pero hacedme la merced de no meterme en comparaciones odiosas. Me precio de mejor cristiano que vos; y aún si hemos de dar crédito a ciertas voces, más puntas tenéis de gentil que de miembro de la iglesia.

-Oyes: no te des la menor pesadumbre por esos vagos rumores, y tratemos de los medios más a propósito para defender este alcázar, que es lo que nos tiene en cuenta. ¿Qué tal se han portado los perros que nos sitian por la parte que mandabais?

-Como demonios del infierno. Avanzaron hasta el pie de las murallas conducidos por un veterano guerrero, valiente como un Cid, y no destituido de pericia militar. Las flechas han sido tantas que a no cubrirme esa malla vizcaína del más fino temple, mil veces atravesáranme con ellas: me las dirigían con más encono y astucia que si fuera yo un hambriento lobo de esas montañas.

-No obstante, vos habéis sabido tener firme de aquel lado, mientras por la parte que defendía don Rodrigo hemos perdido la barbacana, a pesar del refuerzo con que yo traté de socorrerle.

-No deja de ser la tal pérdida gravísimo contratiempo, en razón del abrigo que proporciona aquel fuerte a los enemigos que nos cercan. Y lo peor de todo es que si no observamos la más estrecha vigilancia, podrán introducirse por cualquiera ventana o descuidada claraboya, puesto que con tan poca gente no nos es dado cubrir todos los puntos. Por San Andrés os juro que si llegasen a meterse en el castillo, una legión de demonios no podría resistirles. Añadid a eso el desaliento que observa en nuestros soldados al ver que no pueden mostrarse en parte alguna sin ser el blanco de un enjambre de saetas, que el de alcalá se muere, que no podemos contar con su brutal y robustísima pujanza, y convendréis conmigo, noble Pelayo de Luna, en hacer ahora mismo de la necesidad virtud, entrando en capitulación con esos pícaros para restituirles la dama por quien pelean.

-¡Quita allá, Mauricio de Monfort!, ¿es posible que haya pronunciado tu labio tal afrenta? ¡Ser donde quiera el objeto de las hablillas y murmuraciones, y dar margen a que todos nos señalen con el dedo por no haber sabido mantenernos en alto y fuerte castillo, contra molineros y jayanes, la escoria más vil del género humano! Vergüenza me da el pensarlo, y me sepultaré entre los escombros del alcázar antes que consentir en capitulación tan innoble y vergonzosa.

-Pues a las murallas, repuso Monfort con algún despecho, y a ver si hay alguno que sea más pródigo de su sangre que yo mismo. Sin embargo, no creo que juzguéis indecoroso el echar a menos en tal conflicto treinta de mis buenas lanzas. ¡Oh, amigos míos!, ¡si supierais el apuro en que se encuentra vuestro hidalgo capitán, muy poco tardaríais en desplegar mi gloriosa bandera y en arremeter con los miserables que le acosan!

Lamentaos cuanto quisiereis; pero defendámonos como desesperados con los hombres de armas que nos quedan. Son la mayor parte de los que servían al de Alanza en sus tropelías y violencias; por lo cual los aborrecen de muerte las gentes de esta comarca.

-Tanto mejor, así estarán convencidos de que más les trae a cuenta el morir peleando como buenos soldados, que exponerse a la venganza de esos villanos y aventureros. Ea, pues, cada uno a su puesto, don Pelayo: ahora observareis si Mauricio de Monfort sabe acreditar su reputación y su linaje.

-¡A las murallas!, exclamó el de Luna.

-Y así diciendo, ambos subieron a ellas a fin de tomar todas las medidas que su experiencia les sugería para la defensa de aquel solitario castillo. Convinieron al momento en que el sitio más expuesto era el que caía enfrente del reducto tomado por los sitiadores. Verdad es que un profundo foso los separaba del alcázar, y que les era imposible llegara la puerta del muro sin vencer primero este obstáculo; pero a pesar de eso pensaron el de Monfort y el de Luna, que se esforzarían en atraer por medio de un ataque impetuoso todas las fuerzas de Alanza hacia aquella parte, al mismo tiempo que tratarían de entrar en él por diverso punto. En vista de la escasa guarnición con que contaban, todo lo que pudieron hacer para frustar este ardid de guerra, fue el colocar de trecho en trecho soldados de centinela, encargándoles que gritasen al arma a la menor apariencia de peligro. Acordaron también que Mauricio defendiese la puerta principal del edificio, mientras don Pelayo, al frente de un cuerpo de reserva compuesto de veinte guerreros, estuviese pronto para correr a cualquiera punto donde necesitasen de su ayuda.

Otro inconveniente traía la pérdida de la barbacana: tal era el que sin embargo de la elevación superior de las murallas, no podían los sitiados enterarse tan exactamente como antes de las operaciones del enemigo, por cuanto una de las dos puertas que tenía confinaba con los primeros árboles del bosque. Por esta razón no sólo era fácil a los contrarios introducir nuevas fuerzas por allí sin que nadie lo notase, pero aún sin estar expuestas a los dardos del castillo. No sabiendo, pues, hacia qué ángulo descargaría el nublado, ni el número de enemigos con que tenían que haberlas, viéronse precisados los dos campeones a tomar medidas generales para precaver toda clase de asechanzas y de insultos. En medio de tamaña incertidumbre, y luchando con la irresolución de no saber cuál fuese el plan más ventajoso de defenderse, reanimaron con enérgicas arengas el ánimo de los soldados, que a pesar de muy valientes, empezaban a sentir aquel desaliento que trae consigo el verse uno cercado de enemigos, ignorando por qué punto se adelantan a atacarle.

Entretanto yacía tendido en el lecho el dueño criminal de aquel castillo, sufriendo agudísimos dolores en el cuerpo, y luchando con los remordimientos del espíritu. Oprimiendo por la aciaga memoria de sus crímenes, carecía de confianza para dirigir al cielo sus plegarias, y hacía por apartar de la imaginación los castigos que amenazaban a su alma, buscando aquel adormecimiento espantoso que precede muchas veces a la muerte.

Como era la avaricia el vicio más dominante de don Rodrigo, no le ocurrió siquiera que podía distribuir grandes caudales en limosnas y obras pías para alcanzar del Altísimo un sincero arrepentimiento. Había llegado el instante en que los placeres y los tesoros iban a desvanecerse ante aquel orgulloso magnate, y aunque era su corazón mucho más duro que un canto, probó por la vez primera un estremecimiento de horror cuando quisieron penetrar sus ojos en el sombrío abismo de la eternidad. Como la fiebre que lo consumía aumentaba la agitación y el despecho de sus últimas agonías, veíase en aquel hombre colosal la horrorosa mezcla de remordimientos nuevos y de envejecidas pasiones pugnando por sofocarlos. ¡Situación terrible únicamente comparable a la que se experimenta en aquellas lóbregas mansiones, donde los llantos son sin esperanza, las iras sin arrepentimiento, y a la agudeza de los males presentes se añade la desesperada certidumbre de que no pueden cesar y no pueden disminuir!

-¿Dónde se hallan ahora, exclamó rechinando los dientes, esos clérigos que regalan hasta al vasallo más vil las indulgencias y las absoluciones? ¿Dónde están aquellos hambrientos canes para quienes fundó el viejo Leopoldo de Alanza el convento de San Cervantes, robándome a mí, su legítimo heredero, cien aranzadas de tierra de mis posesiones más pingües? ¿Dónde están que no vienen a dar consuelo al hidalgo por quien tienen obligación de rogar y decir misas?... ¡Ingratos!, ¡dejarme morir sin confesión e indulgencia lo mismo que el perro rabioso que arrojan a la basura! ¡Ah!, ¡voto a todos los demonios del infierno!, si los convidase a mis propios funerales andarían más listos y despabilados que un suelto escuadrón de cabras... Pero acuérdome de haber oído decir a algunos hombres ancianos, que se puede pedir perdón de las culpas sin necesidad de presbíteros ni de persona viviente... ¡pedir perdón!, ¿y a quién he de pedir perdón si no hay quien tenga poder bastante para lavar mis delitos? No, mi soberbia no se atrevería a tanto...

-¿Y vive el señor de Alanza para confesar que hay cosa a la que no se atreve su soberbia?, exclamó junto a su lecho una voz cascada y trémula.

Debilitado por la sangre que manaban sus heridas y por sus propios remordimientos, creyó que el mismo demonio le interrumpía en su soliloquio para que no tuviese lugar de implorar la misericordia del cielo. Estremecióse al pronto y cubrió sus miembros un frío sudor; pero recobrando muy luego su feroz altanería volvióse hacia el ángulo del lecho desde donde le habían dirigido la pregunta, y dijo con la arrogancia que le permitían sus fuerzas:

-¿Quién anda por ahí?, ¿quién eres, o tú, que a repetir te atreves mis palabras con más funesto graznido que el de las aves nocturnas? Acércate de manera que yo pueda distinguirte.

-Soy tu ángel malo, Rodrigo respondió la voz.

-Pues toma tal forma que te haga visible a mis ojos, respondió el moribundo caballero, y no tengas la jactancia de presumir que tu vista pueda en manera alguna intimidarme. Voto a los cuernos de Satanás, que si me fuese dado luchar con los horrores que me cercan, como bravamente luché con los peligros del mundo, ni el cielo ni el infierno vanagloriarse podrían de hacerme retroceder un solo palmo.

-¡Acuérdate de tus crímenes, Rodrigo! Rebeliones, asesinatos, saqueos, violencias... ¿Quién animaba al príncipe don Enrique a rebelarse contra su propio padre, y quién atizó la llama de la discordia entre don Juan de Castilla y los infantes de Aragón?

-Aunque seas el mismo Satanás, te digo a tus mismas barbas que mientes como un pícaro bellaco. No soy yo el que aguijonea al rey don Juan y al príncipe don Enrique, o por lo menos no soy solo. Más de cincuenta barones, la flor de la caballería, las mejores lanzas del cristianismo han hostigado al uno contra el otro como se hace con los perros. ¿Y debo yo ser responsable de las faltas de todos ellos? Ea, ya puedes echar a correr, pues sabes muy poco para disputar conmigo. Si eres un mortal, déjame morir en paz; si eres un demonio, aún no llegó la hora de que me eches el guante.

-No, no morirás en paz: presentes has de tener en la hora de la muerte cuantos crímenes y atrocidades cometiste. Acuérdate de las doncellas que violaste, y de los usureros encerrados en las cavernas de Alanza: acuérdate de aquella dama que por despreciar tus amores envenenaras con yerbas; acuérdate...

-No te figures atemorizarme con espantajos, respondió Rodrigo soltando una carcajada convulsiva: los muchos moros que ha degollado mi acero favorecerán mi causa con el cielo, y si entre ellos se mezcla tal cual acreedor cristiano, también cayó no pocas veces algún usurero judío. ¡Ah!, ah, ah!, ya ves que la balanza está casi en equilibrio, y que no puedes acertar con el hueco de mi armadura.

-Por él he de meterte el puñal hasta ensangrentar mis dedos. Sí, detestable parricida: ¡acuérdate también del fiero autor de tus días, de su lastimosa muerte, de la sala tenebrosa donde comió la ver postrera teñida en su propia sangre alevosamente derramada por la mano pérfida de su hijo!

-¡Ah, puesto que sabes ese horrible secreto, ya no me cabe duda de que tú eres el príncipe de las tinieblas! Yo creía que semejante asesinato yaciese oculto en lo profundo de mi pecho, y en el de otra persona mi tentadora y mi cómplice. Déjame, demonio, y vete a encontrar la bruja Inés que es quien te puede decir lo que solamente nosotros dos hemos visto. Corre, corre en busca de aquella que borró las sangrientas huellas de mi crimen, que lavó con una esponja las heridas del cadáver, vistióle negra mortaja, y dio a una muerte violenta las apariencias de una muerte natural: corre en busca de aquella que no cesó de hostigar mi encarnizamiento y mi barbarie, y haz que pruebe como yo mismo un anticipado martirio de los tormentos que nos reserva el infierno.

-Hace tiempo que lo prueba, dijo sor Brígida corriendo las cortinas del lecho, y mostrándose súbitamente a los desencajados ojos de Rodrigo: hace ya tiempo que bebe en semejante copa; pero hállala menos amarga desde que también mojas tus labios en ella. No rechines los dientes, Rodrigo de Alcalá, no revuelvas esos ojos, ni tomes un aire arrogante; tu brazo, antes tan formidable y terrible, yace actualmente sin fuerzas, y aquella misma Inés que te atreviste a menospreciar, te desprecia e insulta en tus últimos momentos.

-¡Malvada! ¡Furia del abismo!, exclamó el de Alanza; ¿vienes a recrearte con el espectáculo de mis postreros dolores?

-Sí, bárbaro don Rodrigo; Inés, la desventurada Inés viene a reclamar de ti su honor y su inocencia. Tú fuiste el que me inspiró con falsas promesas y con pérfidas caricias amorosos pensamientos. Bien hallada con mi humor algo tétrico y solitario, nunca aspiré sino a dar pábulo a semejante inclinación, hasta que tus ponzoñosos consejos hiciéronme cometer el mayor de los delitos. ¡Acuérdate de aquella infeliz que sacrificaste por mi mano a tu rabiosa venganza!...

-Calla, calla, espíritu malhechor..., ¿por qué vienes a ejercer tu diabólico prestigio contra un desgraciado barón a quien dejan revolcar por el lecho con tanto abandono y desprecio como si fuera el animal más soez y más inmundo?

-¡Pobre duquesa de Castromerin!, prosiguió sor Brígida: no era acreedora por cierto a un fin tan desgraciado y prematuro. Su alma angelical y tímida se horrorizó al oír las desenvueltas palabras con que quisiste seducirla: resistiólas llena de pureza y mansedumbre, y aún probó si podría hacerte entrar en la senda del honor y la virtud..., ¡bárbaro!, ¿y era eso una razón para sacrificarla a tu orgullo? Ni su inalterable dulzura, ni su divina belleza hallaron cabida en tu corazón brutal..., pude verla tendida sobre el féretro cuando aún no aparecían por su rostro las señales de la ponzoña; pero mancháronlo muy pronto convirtiéndola en espantosa figura. ¡Rodrigo, Rodrigo!, ¡cuántas veces te hablé de ella al darme el mal tratamiento que al fin me hizo prestar atención a las amonestaciones del suave abad de San Mauro, y encerrarme en retirado monasterio!...

-¿Acabaste, bruja de Barrabás?, gritóle interrumpiéndola el impío señor de Alanza.

-Súfreme, vil seductor, continuó la monja, desespérate al eco de tus infernales recuerdos. Hace ya tiempo que vivo frenética y demente a causa de mis remordimientos, mientras tú nadabas en la opulencia y en el cebo de vergonzosos placeres. Varias veces se me ha aparecido la imagen de mi desgraciada amiga, y una de ellas en la capilla de los cazadores del parque de Castromerin, allí mismo donde pusiste en mis manos la copa que debía envenenarla ¡Ay de mí!, la capilla está abierta, y era la noche muy borrascosa y oscura, andaba yo errante por las revueltas del parque, habiendo huido del convento en uno de mis delirios para rogar a Dios en aquellos parajes donde cometí mis crímenes..., la misma tempestad empujóme con fuerza sobrenatural hacia el lóbrego recinto, y..., ¡oh Rodrigo!, levantóse del sepulcro nuestra desventurada víctima...

-Huye de mí, insaciable verdugo: vete a recrear con el cadáver de la hedionda Bárbara a quien aborrecías de muerte porque era tu rival.

-La aborrecí cuando recelé que te hiciera olvidar la solemne palabra que te hiciera olvidar la solemne palabra que me dieras; pero compadecíla como a una compañera de infortunio por ser víctima de suerte aún más infausta que la mía. Su edad era mayor que la nuestra, ¡oh Rodrigo!, y no por eso la tuviste respeto ni consideración: la pobre vio morir a todos sus parientes bajo su propio puñal y el del autor de tus días, y esta es la disculpa que tiene en haberme sugerido el diabólico pensamiento de enseñar tus pasiones indómitas contra el forcejudo barón que te había dado la existencia. Una vez cometido tan horroroso delito, su fatal memoria esparció lúgubre velo sobre mis angustias y placeres: mi vida nada tuvo desde entonces de repugnante ni atractivo: la alegría había perdido sus encantos y la aflicción sus amarguras. En semejante estado de insensibilidad o indiferencia, sólo causáronme alguna impresión las amonestaciones del prelado de San Mauro. Sospechó la causa de mi huida, y enterado del inquieto refugio que buscara entre tus brazos, vino, me amonestó, diome consuelos, y aprovecháronse de lo muy desgraciada que me hacías, púdome persuadir que pusiese entre los dos impenetrables barreras. Antojadiza y estúpida fui feliz en San Bernardo, hasta la llegada de un trovador que en versos llenos de número y vehemencia pintó la fuerza de la desesperación y el poder de los remordimientos. Temblé al oírle... representáronse en mi mente las horribles escenas de Castromerin y de Alanza, y hube de ceder a frenéticos delirios, y empecéme a desesperar viéndome del todo indigna de la clemencia del cielo. Tú fuiste mi mal ángel, ¡oh Rodrigo!, ahora quiero ser yo el tuyo, y sólo al son de mis maldiciones despedirás el último suspiro.

-No has de lograrlo, infernal oprobio de tu sexo! ¡Hola! Clemente, Gil, Sancho, Bullanga, corred a mis voces y tirad a esa bruja en el pozo grande del castillo donde luché con las culebras y las sabandijas que tanto se le parecen. Ea, arrastradla por los cabellos, y recreaos en la música de sus trémulos clamores... Pero, ¿qué es esto?, pícaros desleales, ¿cómo no acudís a mis voces?

-Bien puedes llamarlos, oh valiente don Rodrigo, dijo sor Brígida soltando sardónica risotada: amenázales con la prisión o la muerte que no por eso has de recibir asistencia ni socorro. Escucha, señor de Alanza, añadió interrumpiéndose; ¿no percibes el ruido de las armaduras y el grito de mil combatientes? ¿Y no te indica ese tumulto el desesperado asalto que están dando en el alcázar? ¡La pujanza de los ricos homes de Alcalá, aquella pujanza cimentada a fuerza de tropelías y de crímenes, está próxima a desplomarse bajo el peso de los enemigos que más despreciaron en vida! ¡Los aragoneses, don Rodrigo, los aragoneses pugnan para derribar los muros! ¿Y tú, orgulloso barón, yaces en ociosas tablas mientras do quiera retumba el estruendo del combate?

-¡Espíritus del abismo!, exclamó el hostigado caballero enarcando las cejas y con crujimiento de dientes; volvedme un instante las fuerzas y dejadme arrojar a lo más recio de la refriega, donde reciba una muerte digna de mi glorioso nombre.

-No pienses en ello, bravo campeón, pues no eres digno de acabar tus días con la muerte de los héroes: aquí morirás abandonado como el lobo carnívoro y cobarde preso en el rústico lazo que les arman los villanos de la aldea.

-Mientes, indecente bruja: mis hombres de armas sabrán tener firme contra esos viles enemigos: robustas son las murallas de mi alcázar, y capaces de burlarse el de Monfort y el de Luna de cuantos guerreros cuenta la corte de Zaragoza. ¿Oyes su grito valiente anunciando la victoria? Nuestro es el triunfo: ¡Alanza! ¡Alanza!... Voto el bridón de Santiago..., la hoguera que encenderemos para celebrar nuestros lauros te ha de consumir hasta los huesos. Sí, yo me recrearé oyendo crujir entre las llamas el armazón de tu esqueleto, y viéndote pasar de los fuegos de este mundo a los fuegos del abismo. En su más ardiente saña nunca ha vomitado el infierno un demonio tan execrable y rabioso como tú, maldita hechicera.

-Pues goza de esa esperanza, dijo Brígida con venenosa sonrisa..., pero no, añadió de repente interrumpiéndose; conoce desde ahora mismo el destino que te aguarda, destino que tu pujanza y tu soberbia no podrán desviar de ti aunque te haya sido preparado por esta mano tan descarnada y tan débil. ¿No echas de ver una especia de vapor denso que va llenando la estancia?, acaso lo atribuyes a que ya se oscurezcan tus ojos y empiece tu respiración a sentirse entorpecida..., pues no, Rodrigo de Alanza, no es nada de eso: ¿te acuerdas del depósito de leña que tienes almacenado debajo de ese mismo aposento?...

-¡Mujer!, exclamó el barón: ¿habríasle pegado el fuego?... Sí, ¡por los santos del paraíso!, humo de leña es lo que huelo..., ¡arde mi antiguo castillo!, ¡no tardarán mucho las llamas a penetrar hasta mi lecho!

-En efecto, respondió Brígida con la mayor indiferencia, y si tus guerreros quieren apagar el incendio, yo misma avisaré a los sitiadores para que no desperdicien tan favorables instantes. Hace ya días que huí del monasterio, y andaba errante por tus dominios con el objeto de vengarme de ti, y de que acabasen en el mundo tus desafortunados crímenes. ¡Muere, miserable parricida; muere como los animales feroces, mientras te recuerdan esas bóvedas las puñaladas que diste al fiero autor de tus días! ¡Que su sombra y la de tantas víctimas, dignas de mejor suerte, inmoladas a tu ambición y a tus placeres, se agiten ahora en derredor de ti, y te presenten frenéticas las hondas heridas que les abriste! ¡Que la sangre que vertieron a raudales, enrojezca tus labios y tus ojos, y te eche en cara en los últimos momentos tus atrocidades y violencias! ¡Ay, aún así será muy suave la venganza de la humanidad, y nunca llegará tamaño castigo al menos atroz, o monstruo, de todos tus delitos!

Dicho esto salió del aposento, y oyó Rodrigo de Alcalá las dos vueltas de la llave y el ruido que hacía para sacarla de la cerradura y quitarle de este modo hasta la más remota esperanza. Desesperado el barón levantó el grito llamando a sus amigos y criados que no podían oírle.

-Anselmo, Clemente, Merlín, Bullanga, ¿dejaréisme perecer desesperado y rabioso en medio de tanto incendio?... ¡Socorro, socorro, noble Pelayo de Luna! ¡Socorro, bravo Mauricio de Monfort!, ¡vuestro amigo y camarada se halla en el más horrible trance! ¿Abandonaríais a un hermano de armas, caballeros desleales y perjuros?... Y vosotros, vasallos pérfidos, esclavos viles, ¿os haréis sordos a las órdenes de vuestro dueño? ¡Caigan sobre vuestras cabezas las torres de este castillo!, ¡malrayo disloque y rompa vuestros pestíferos miembros!... Pero ¡no me oyen!, ¡no pueden oírme!, ¡el tumulto del combate sofoca el eco de mi voz ya menos robusta!, ¡oh rabia de lo que ostentase solía! ¡Vuélvese el humo más denso!..., ¡ah!, si pudiese respirar por un instante el aire puro, reanimárase tal vez mi desalentado espíritu... ¡Voto a brios!, ya la llama penetra por entre las piedras; ya se levanta estallando como un bárbaro gigante; ya viene el demonio hacia mí bajo las banderas de su estrepitoso elemento..., huye, huye, ángel rebelde; sin mis pérfidos amigos no hayas miedo que te siga..., todos los vivientes que encierran estas murallas son cosecha de tu imperio. ¡Imbécil!, ¿querías arrastrar solo al impávido señor de Alanza?, no: el impío don Pelayo, el libertino Monfort, la infame Inés, mis soldados, mis satélites, cuantos me han ayudado en las violencias que he cometido, deben seguirte también a tus tenebrosas bóvedas ¿No será una caravana brillante, muy digna de alborotar los infiernos?

Al decir esto, soltó una estrepitosa risotada, que repitieron los ecos de la espaciosa estancia.

-¡Hola!, prosiguió, ¿quién es el que se atreve a reírse? ¿eres tú, mala hechicera? Sólo tú o el mismo Satanás sois capaces de reíros luchando con tan rabiosos tormentos... Ven, ven a mis brazos; dame el consuelo de que te vea arder antes que yo; de que pueda oprimirte, estrujarte en ellos, y azotar tu inmundo cuerpo con el látigo sangriento que descargué tantas veces en las carnes de mis esclavos...

Pero sería una impiedad sacrílega el no correr un velo sobre la muerte de aquel impío barón, blasfemador y parricida.


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Capítulo XXVI[editar]

El incendio.


Merlín se había vuelto a meter en el castillo de don Rodrigo, después de haber prometido a los jefes de los que lo tenían sitiado hacer lo posible desde dentro para facilitarles la entrada, espiando una ocasión favorable. En vista de esto, y animados por un espíritu de encono y de entusiasmo, determinaron los sitiadores arrostrar pronto el general asalto, temerosos de la suerte que podía caber a los prisioneros del feroz barón de Alanza.

-La sangre de Armengol está en peligro, decía el caballero negro.

-La vida de mi discípulo corre riesgo, respondíale Roberto de Maristany.

-Y aunque sólo se tratase de salvar al pobre Merlín que tan fiel y diligente se nos muestra, interrumpió el molinero, consentiría en que me cortasen un brazo, antes que permitir le arrancaran un cabello.

-Eso es hablar como un héroe, por vida del rey don Alonso, exclamó Roldán; pues si bien Merlín es perro gitano, cuando se encuentra uno de ellos que como por caprichoso ostente tamaña lealtad e ingenio, digno le juzgo de que beba a su salud un hombre honrado un jarro de vino añejo, y aun de que haga la salva con él a huesos de blando jamón, sabrosos y entretenidos. Mala pascua me diere Dios si no tuve mis tentaciones de ahorcarle; pero ahora digo, hermanos míos, que nunca ha de faltar en el mundo quien brinde por su salud, mientras pueda mi garganta entonar alguna trova y mi brazo empinar una botella.

-Bravo, maese Roberto, dijo el incógnito: el mismo buen Lancerote, a quien reverendas dueñas escanciaban el vino, no pudiera expresarse con más eficacia y energía. Paréceme, no obstante, que si el gitano Merlín puede darse por más que medianamente complacido de los numerosos brindis que acabáis de prometerle, Matilde y el de Linares exigen de parte nuestra otro género de obsequios.

-No cabe duda, respondió el molinero: corramos al asalto, que por mi parte os prometo dirigir con Roldán a ésos perillanes de las flechas, y arrancar la barbacana de su asiento, si en efecto queréis empezar por ella el ataque del alcázar. Mucho ha cautivado su voluntad el caballero del Cisne; pero como buen navarro teníale ya grande ley por el valor que desplegara, humillando en cien encuentros a los orgullosos campeones de Castilla.

-Aplaudo tanto denuedo, repuso el Negro de la virgen, y si los hombres de armas que nos ayudan quieren seguir a un caballero, ¡por los derechos que tengo a semejante título!, heles de conducir al asalto con toda la experiencia que me han dado diez campañas.

Después de esta conferencia, y habiéndose encargado Roldán de acometer con los flecheros mientras seguido de los soldados verificaba el incógnito el ataque del reducto, lograron apoderarse de él como han visto los lectores.

En el tiempo que medió desde el primero al segundo asalto, hizo construir el paladín de las armas negras un puente de troncos de árboles para colocarlo sobre el foso, y atravesar el espacio que había desde la poterna de la barbacana a la puerta grande del castillo. Semejante trabajo no dejó de ocupar algunas horas, y aunque los jefes de los sitiadores se desesperaban de ver el precioso tiempo que perdían, no tuvieron en realidad motivo de llorarlo, por cuanto en aquel intervalo pegó fuego la demente Brígida a los almacenes de leña del alcázar, y anduvo la llama sordamente minando por lo más recóndito de sus sótanos y bóvedas, para elevarse después estrepitosa, voraz e inextinguible sobre las más altas torres, burlándose de los esfuerzos que se hicieron para apagarla.

-No hay que perder tiempo, dijo el caballero negro así que acabaron el puente, marcha el sol hacia su ocaso, y es indispensable apresurar el instante de entrar dentro del castillo. Paréceme imposible que no venga cuanto antes algún escuadrón de Segovia a socorrer los sitiados, por lo cual apresúrense los flecheros a figurar un asalto en la parte opuesta del alcázar, mientras vosotros, oh valientes veteranos, vendréis conmigo al verdadero ataque. Ea, todo consiste en arrojar el puente sobre el foso, osadamente seguirme en cuanto se abra la puerta de la barbacana para atravesarlo, y después forcejar conmigo a fin de romper la que debe facilitarnos la entrada en el vasto edificio. Y si hay alguno entre vosotros que no se crea competentemente armado para una acometida de este género, colóquese en lo más alto del reducto y dispare desde allí tantas flechas como pueda a los que asomen por las almenas de Alanza. Bravo Roberto, ¿queréis encargaros de mandar a los flecheros?

-Lo que yo quiero, respondió Roldán, es la gloria de seguiros a dos dedos de distancia, y que me sepulten las ruinas de ese castillo si me separo de vos en tan porfiada pendencia. Y obedecen los flecheros a sus propios capitanes, entre quienes se baraja y gallardea nuestro molinero insigne.

-A la mano de Dios, exclamó el caballero, abrid pronto la poterna, y en nombre de San Jorge arrojad el tosco puente.

La puerta que desde el reducto conducía al foso colocada enfrente de la principal del castillo, como dijimos arriba, abrióse entonces de golpe, y en el mismo instante cayó el puente con descomunal estruendo, llenando el espacio que mediaba entre ambas, bien que sólo podían marchar sobre sus tablazones dos guerreros pareados. Convencidos de cuanto importaba aprovecharse de la sorpresa del enemigo, precipitóse en él sin la más leve tardanza el paladín de la sombría armadura, a quien siguió Roldán desesperado y resuelto, y llegaron brevemente a la parte opuesta. Empezaron a descargar grandes hachazos en la puerta del castillo, hallándose al abrigo de las flechas y los cantos a beneficio de unas piedras que empezaban a formar el viejo puente, mandado destruir por don Rodrigo, las cuales quedaban aún suspendidas en el muro, indicando el arranque del arco antiguo. Como los que se arrojaron detrás de ellos carecían de semejante resguardo, cayeron los dos primeros dentro del foso acribillados de flechas, y los demás volvieron a entrar precipitadamente en el reducto.

Muy crítica era entretanto la situación de Roldán y del caballero negro, y hubiéralo sido más aún si los flecheros de la barbacana no hubiesen asaeteado continuamente a los que se divisaban por las almenas del muro, impidiéndoles de esta suerte el aplicar todos sus esfuerzos contra los dos aislados campeones. Sin embargo, no dejaba de ser muy grande su peligro, e ir cada instante en aumento.

-¡Qué vergüenza!, exclamó Monfort dirigiéndose a los soldados que le rodeaban; os preciáis de saber disparar una flecha, y sufrís que dos hombres solos se mantengan impunes al pie de las mismas murallas del castillo. Arrancad las piedras del arco roto si no sois buenos para otra cosa, y dejadlas caer sobre la cabeza de ese par de aventureros. Ea, vengan picos y azadones, y empecemos por la base de esa almena, añadió señalándoles una piedra enorme en la que estribaba el puente de que hemos hablado, la cual precisamente caía sobre la puerta del edificio.

Viose flotar en aquel momento un estandarte negro en la torre más lata del alcázar. El molinero fue quien lo descubrió primero, y extrañando la ocurrencia, dejó una parte de las gentes que mandaba para continuar el fingido ataque, y con los más valientes corrió a tomar parte en el ataque verdadero.

¡Al asalto, flecheros!, gritó al verse entre los hombres de armas de Roldán y del incógnito: ¿cómo podéis sufrir que aquel bravo paladín y aquel jovial veterano ataquen solos la puerta? Ea, muchachos, San Jorge y a ellos: nuestro es el castillo; acordaos del botín, de las víctimas que gimen en aquel recinto, y haced el último esfuerzo para que caiga en nuestras manos.

Al decir esto armó su arco y atravesó de un flechazo a uno de los guerreros, que obedeciendo a Monfort, forcejeaba para arrancar la enorme piedra, y hacerla caer sobre la cabeza de Roldán y del incógnito. Otro soldado tomó el férreo pico de las manos de su moribundo compañero, y púsose a continuar la obra comenzada; pero una segunda flecha hendió silbando los aires, clavóse trémula en su cráneo, e hízole dar mil vueltas desde lo alto de los muros hasta lo más profundo del foso. Retrocedieron aterrados los demás, y ninguno se atrevió a reemplazarles, porque cada dardo de los enemigos hería mortalmente una víctima.

-¡Cobardes!, gritóles Mauricio de Monfort, ¿no hay ya quien se atreva a hacer frente a los contrarios?, malditos sean los muros que así afeminan y amilanan a los que se jactan de valientes. Dadme acá una palanca; venga y dejadme operar a mí solo en nombre de España y Santiago.

Dijo; y con mucho afán puso manos a la obra. Era la piedra de tan descomunal tamaño, que no sólo hubiera aplastado a Roldán y al caballero, sino roto en mil pedazos el puente construido por los sitiadores. Aunque éstos conocieron el peligro, tampoco hubo quien se atreviese a poner los pies en aquel liviano tronco: tres flechas lanzó uno de ellos y todas se despuntaron en la impenetrable armadura de Mauricio de Monfort.

-Llévese el diablo tu malla vizcaína, dijo el villano con el mayor despecho: a buen seguro que si la hubiese forjado un armero de otra tierra atravesáranla mis saetas como si fuese de hojas de plátano.

-¿Qué murmuras entre dientes?, interrumpió el molinero: más valiera que tratases de acorrer a los dos osados campeones.

Y volviéndose entonces hacia éstos púsose a gritar con todas sus fuerzas:

-¡Camaradas!, ¡amigos!, ¡caballero negro!, ¡valiente Roldán!, a la espalda, a la espalda, notad, pecador de mí, que os va a caer encima una piedra tal que puede servir de cimiento a gruesas torres.

Pero sus gritos no pudieron ser oídos, por cuanto los redoblados golpes que descargaban en la puerta de Roldán y su compañero bastaban a sofocarlos. En vista de tal peligro, el honrado molinero se precipitó en el puente para avisar a los dos jefes; pero su diligencia hubiera sido tardía: arrancada la piedra de sus quicios por los reiterados esfuerzos de Monfort, empezaba a vacilar, y hallábase ya en el punto de perder el equilibrio, cuando la voz de don Pelayo detuvo su brazo próximo a precipitarla.

-Todo se ha perdido, Monfort; el alcázar se convierte en una hoguera.

-¡Qué decís!, respondió medio confuso el caballero.

-En menos de dos minutos veréis las llamas envolviendo la torre del oriente: mis esfuerzos para apagarlos han sido vanos.

Don Pelayo de Luna comunicó en breves palabras a su compañero todas las circunstancias de tan aciago suceso con aquella sangre fría que formaba la base de su carácter; pero Mauricio de Monfort no lo oyó con la misma indiferencia.

-¡En nombre de todos los santos del cielo!, dijo entre colérico y pasmado; ¿qué hemos de hacer en tal conflicto? Un candelero de oro purísimo ofrezco a San Marcos Evangelista si nos saca de este apuro y...

-Buena ocasión, vive Dios, para ofrecer candeleros, interrumpióle flemáticamente don Pelayo; dejad ese maldito atolondramiento y oídme con calma y atención un breve instante. En medio de tantos peligros nos resta un rayo de esperanza: reunid los hombres de armas, y haced una salida por la puerta grande; sólo ese infernal caballero y uno de sus secuaces encontraréis junto a ella; precipitadlos al foso, y atravesando el puente atacad con desesperación la barbacana. En tanto llamaré bajo mis banderas el resto de la guarnición del alcázar, y saliendo por la puerta del otro lado correré a daros auxilio atacando a los bandidos por la espalda. Si nos es posible reconquistar el reducto, aún podremos mantenernos en él hasta ver si nos llega algún socorro, o alcázar de lo contrario capitulación noble y honrosa.

-Apruebo, dijo Monfort, y os prometo desempeñar el encargo que acabáis de confiarme; ¿pero vos, señor de Luna, seréis exacto y leal en desquitaros del vuestro?

-Os lo juro a fe de caballero: lo que importa, vive Dios, es no perder un minuto.

Reunió Monfort su gente y corrió a la puerta grande; mas no tuvo necesidad de hacerla abrir, por cuanto cediendo entonces a los reiterados porrazos de Roldán y el caballero, caía una parte de ella con estrepitoso ruido. Los dos campeones atacaron vigorosamente a los primeros que se les opusieron, y el terrible brazo del incógnito derribó a tres hombres de armas, y mantuvo a raya los restantes que se apartaron a razonable distancia, sin que se atreviesen a acercársele.

-Villanos, les dijo Monfort, ¿sufrir podéis sin moriros de vergüenza que nos cierren dos hombres solos la última esperanza que nos queda?

-Ése no es hombre, respondió un veterano mientras paraba con el escudo las recias cuchilladas del incógnito, ése es un diablo contra el cual de nada sirven la robustez y la osadía.

-Y aun cuando sea más diablo que Belcebú, respondió Mauricio, ¿es cordura el huir de él para echarnos al infierno? Arde el alcázar, miserables; combatid por desesperación si quiera, ya que no por valentía, o retiraos a un lado mientras peleo yo mismo con ese atrevido guerrero.

Mauricio de Monfort sostuvo en tan reñido encuentro la reputación que adquiriera en las guerras civiles de aquel siglo. Combatían los dos campeones bajo la misma bóveda de la puerta, que repetía con robustos ecos los mandobles y cuchilladas que se descargaban furibundos: la espada de Monfort no pudo hacer frente por largo tiempo al hacha que manejaba diestramente su contrario. Al fin dirigióle éste tal porrazo, que si bien un recio escudo de siete cercos de bronce quiso detener su ímpetu, no dejó de penetrar hasta el yelmo del paladín del alcázar, que aturdido y vacilante cayó a las plantas del Negro, cual si le hubiese herido un rayo.

-Ríndete, Mauricio de Monfort, dijo el incógnito inclinándose sobre él y apuntándole la daga por el hueco que dejaba la coraza; ríndete, vuelvo a decir, socorrido o no socorrido.

-Pues dime tu nombre, o mátame: no se publicará en parte alguna que Mauricio de Monfort se haya rendido a un incógnito.

El caballero habló entonces algunas palabras al oído de su contrario.

-Ahora digo que me rindo, y que socorrido o no socorrido ya soy vuestro prisionero, respondióle Monfort convirtiendo su tono de arrogancia en el de cierta sumisión respetuosa.

-Corred, pues, a la barbacana, repúsole con cierta autoridad el extranjero, y aguardad allí mismo mis órdenes.

-Antes quisiera deciros que Matilde y el caballero del Cisne perecerán en el incendio si no os dais priesa a socorrerles.

-¡Matilde y el caballero del Cisne perecer en el incendio!, gritó dando una gran voz el paladín misterioso: las vidas de cuantos hay en el castillo me responderán de las suyas. ¿Dónde están, Mauricio?

-Aquella escalera de rojo que se descubre hacia el ángulo de la derecha, os llevará al corredor en que se hallan sus estancias.

-Está bien: aguardame en el reducto, y nada temáis por vuestra seguridad: En vuestro propio vencedor hallado habéis un amigo.

Desapareció al decir esto, y siguióle con los ojos Mauricio de Monfort avergonzado y confuso.

-¡Un amigo!, repitió con mal reprimida cólera, ¡arrebátasme el honor, empañas mi ilustre nombre, y quieres llamarte amigo! Pero ¿no tengo bien merecido ese castigo del cielo?... Recogió su espada, quitóse el casco en muestra de su vencimiento, y dirigióse lentamente a la puerta del reducto.

Durante el combate que se acaba de referir, y el rápido diálogo que le siguió, había pasado Roldán el puente a la cabeza de gran número de flecheros, que derramándose por todo el castillo, empezaron a perseguir de muerte a sus desesperados defensores. Unos pedían cuartel, ensayaban otros una resistencia inútil, y muchos tomaban la huida hacia el patio grande de aquella fortaleza feudal.

Entre tanto, a medida que iban undulando las llamas de aquel incendio, fuese haciendo algo visible en el aposento donde cuidaba Matilde al doliente don Ramiro. Había despertado al héroe el tumulto del segundo asalto, y a su ruego la hija de Armengol volvióse a colocar en la ventana para darle relación de lo que acontecía. Pero las nubes de humo muy denso que flotaban en derredor del alcázar impidiéndole muy pronto el ver las ocurrencias de aquel campo de batalla; y los gritos de ¡fuego!, ¡fuego!, sobrepujaron de repente los clamores y denuestos de los que seguían luchando.

-Arde el alcázar, dijo Matilde: todo Alanza es ya pavesas, amado Ramiro..., ¿quién podrá salvarnos de esta última desgracia?

-Huid, Matilde, huid, exclamó el del Cisne, salvad una vida tan inocente y preciosa: en cuanto a mí ya no hay poder humano que me pueda sacar de este peligro.

-¡Huid!, no, no huiré, respondió Matilde; o juntos nos salvaremos o pereceremos juntos. ¡Ah!, si mi brazo tuviese la pujanza de un guerrero yo os sacaría por en medio de las llamas y de las humeantes ruinas.

Abrióse entonces la puerta del aposento, y viose entrar en él a don Pelayo de Luna con aire arrogante y resuelto. Su aspecto tenía algo de sañudo y de terrible: rota llevaba en mil partes la perfilada armadura: en las manos y en el rostro veníanse algunas manchas sangrientas, y habían chamuscado las llamas el luciente penacho de su yelmo.

-Al fin te hallé, dijo a la agitada huérfana mirándola con centelleantes ojos: mira, oh Matilde, cómo sé cumplir la palabra que te di de correr contigo una misma suerte. Sólo resta una esperanza; y cuando sepas que he despreciado millares de riesgos para venir y hacerte participar de ella, por fuerza has de ver en mí el hombre que más te adora. Levántate y sígueme.

-¡Ah!, no he de seguiros sola, respondió Matilde; si sois hijo de mujer; si alimenta vuestro pecho algún resto de la caridad cristiana; si no es vuestro corazón tan duro como la coraza que lo cubre, salvad a ese pobre herido cuyas heroicas virtudes son dignas de mejor suerte.

-Matilde, respondió el de Luna con su imperturbable calma; un paladín debe saber despreciar la muerte, ora la vea en un incendio o en la punta de una espada; pero ¿a qué diablos pretendes que me encargue de un herido?, déjale que arda en Alanza, mientras logremos nosotros alejarnos de sus muros.

-¡Hombre feroz!, exclamó Matilde; yo moriré en el incendio antes que deber a tu brazo tan aborrecido auxilio.

-Eso será si te dejo la libertad de que elijas, respondió el de Luna: escapásteme una vez; pero ningún mortal se me escapó la segunda.

Dijo; y tomándola en sus brazos, llevóla fuera de la estancia como si fuese un objeto de muy liviano peso, sin parar la atención en sus clamores ni tampoco en las amenazas e imprecaciones de Ramiro, que con voz de trueno le gritaba:

-¡Bárbaro, vil seductor, oprobio de los caballeros, deja a esa ilustre doncella o he de beber tu sangre!...

-¡Cuerpo de mí!, dijo Roldán entrando en el aposento; a no haber sido por tus voces nunca me fuera posible topar con tu madriguera.

-Si os precias de caballero, siguió gritando el del Cisne, no os acordéis de darme auxilio: corred al alcance de aquel pérfido barón que acaba de llevarse a la más generosa doncella.

-Linda flema, por vida de San Jenaro, exclamó Roldán: ¿es posible que nunca hayas de sentar esa cabeza? ¡Con qué vengo a librarte de las llamas, y en vez de abrazar al caro maestro sales con la niñería de que cargue con alguna de las muchas que alucinas! A cada puerco llegará su San Martín, señor discípulo, y ahora déjate llevar por mí, mal que te pese, si no quieres morir chamuscado como el murciélago que cae por su desgracia en manos de algún chiquillo.

Y sin aguardar más tomólo en sus brazos, y cargado de este peso corrió a una de las poternas del alcázar, confiólo a sus propios vasallos para que lo llevasen a descansar en la barbacana, y volvióse a meter en el castillo a fin de favorecer las pesquisas del incógnito.

Aunque el fuego se había comunicado a todos los ángulos del edificio no hacía muy rápidos progresos, en razón de la solidez de las bóvedas y de la profundidad de los muros. Pero aquellos sitios donde no ejercía el incendio sus estragos, eran el teatro de un espectáculo no menos horroroso, puesto que las pasiones del hombre desplegaban en ellos sus furores. Perseguían aún los aragoneses y los flecheros de aposento en aposento a los defensores del castillo, y apagaban en su sangre la venganza y el encono en que ardían contra ellos desde muchísimo tiempo. Vanamente algunos habían pedido cuartel; no fue posible alcanzarlo, lo cual obligó a muchos de ellos a defenderse y vender caras las vidas hasta el postrimero instante. Resonaban donde quiera las cuchilladas, los denuestos y los gritos, e inundaba el pavimento la sangre que derramaban heridos y moribundos.

En medio de estos lances de confusión y de lástimas, andaba como frenético el paladín de las armas negras en busca de la cándida Matilde. Alguno le dijo que la acababa de ver en el patio grande del alcázar, y corriendo el héroe hacia aquel punto, ofrecióse a su vista otro cuadro de luchas, resistencias y combates. Gran parte de los soldados de la guarnición, unos a pie, otros a caballo, habíase reunido en torno de don Pelayo de Luna a fin de abrirse con las armas en la mano una brecha por donde huir al través de los enemigos que les acosaban. Colocóse por lo mismo multitud de éstos frente de la puerta grande a fin de cortarles el paso, mientras por el lado opuesto atacábanles otros varios de los que habían entrado en el castillo por diversos puntos. Animado por la desesperación, y enardecido con el ejemplo del invencible capitán que lo mandaba, hizo prodigios de valor aquel puñado de guerreros, y como eran sólidas y completas las armaduras que vestían logró más de una vez rechazar los enemigos, a pesar de ser un número notablemente mayor. Montado en soberbio bridón de batalla, veíase a don Pelayo descollando en medio de sus satélites, y protegiendo a Matilde, a quien sostenía al lado del noble campeón un escudero igualmente cabalgando en alazán enérgico y orgulloso. A cada instante volvía el insigne paladín junto a la ilustre doncella, y cubríala con el escudo olvidando su propia defensa para defender bizarro al ídolo de su cariño. Alzando después súbita e inesperadamente su clamor de guerra, arrojábase como el rayo en medio de la refriega, derribaba a los más audaces enemigos, hacíales retroceder hasta el umbral de la puerta, y colocábase de nuevo al lado de la exánime Matilde.

-¡Renegado!, exclamó entonces uno de sus más valientes enemigos; deja en libertad aquella doncella ilustre, o defiéndete de mí, perjuro y mal caballero.

-¡Perro!, respondióle don Pelayo rechinando los dientes; yo te enseñaré a blasfemar de los hidalgos de Castilla.

Y levantóse sobre los estribos contra el soldado de Aragón para dar más fuerza a su diestra, descargóle cuchillada tan tremenda, que hendió su casco y su cráneo.

-¡Alanza!, ¡Alanza!, exclamó don Pelayo: así perezcan cuantos empañan la gloria de los nobles castellanos.

Y aprovechándose de la consternación que causó tamaño tajo a los sitiadores, dijo dando un grande grito:

-¡Síganme los que salvarse desean!

E iba a abrirse camino por en medio de las filas enemigas, cuando presentóse corriendo el caballero negro, y echando mano a las riendas de su bridón cortóle el rápido impulso con extraordinaria fuerza.

-¡Bárbaro!, le dijo: ¿arrebatar contigo pretendías a mi hermana Matilde?... Acuérdate de aquel guante que me echase antes de la batalla de Aivar, y que me trajo un faraute con descomedida arrogancia... He aquí la ocasión de satisfacer tu deseo: defiéndete, vil impostor, defiéndete del conde de Urgel, mientras tu pérfido padre va a perecer en un patíbulo en la ciudad de Segovia.

-¡Mi padre!... ¿a qué valerte, oh Arnaldo, de indignos medios para amedrentar mi espíritu?...

-Lo juro por la sangre de Armengol... Ahora mismo acaba de llegar, con objeto de pretenderte y de llevarse también a don Rodrigo de Alanza, un escuadrón de la corte.

-¡Oh Dios!..., exclamó el de Luna: ¡oh Matilde!..., ya no me resta sino morir..., todos quedaréis vengados: con risotadas y brindis celebraréis tal desgracia, y dejando mi cadáver sin honores ni sepulcro. Pero no creas, oh Arnaldo, que don Pelayo se rinda..., no sé que aciago destino me hace pelear contra ti, cuando respetarme quisiera como al hermano de esa infeliz que ves pálida y moribunda en brazos de mi escudero. ¡Matilde!, ¡dulcísima Matilde!, yo siento debilitar mi pujanza al tenerla que emplear contra tu querido Arnaldo!

Pero había llegado el momento en que don Pelayo de Luna, a pesar de su valor, de su alta jerarquía y de su brillante renombre sufriese una muerte que no dejaba de tener bien merecida. Ello es que el cansancio de toda aquella jornada, los innumerables riesgos que hubo de vencer, la lucha que sentía por haber de pelear con el hermano de Matilde, y la inesperada noticia del aciago fin que aguardaba a su padre el condestable de Castilla, despertó cien encontradas pasiones en su rencoroso pecho, que le cortaron el brío y aquel indómito aliento de que diera tales muestras en el discurso de su juventud guerrera. Con flaca diestra anduvo parando los golpes del conde de Urgel, y todos echaron de ver que el audaz señor de Luna se había repentinamente convertido en otro hombre. Sus ojos no se separaban del rostro pálido de Matilde, y parecía como que desease morir embebido en contemplarla. Al fin pronunciando su nombre cayó del cabello en que montaba, habiéndolo más bien derribado la volcánica fuerza de sus propias pasiones, que los ataques y los golpes de su mortal enemigo. Mandó el infatigable Arnaldo que le quitasen el yelmo por ver si daba señal de vida, y oyéronsele murmurar sordas palabras parecidas a un lejano graznido de aves nocturnas. Abrió un instante los ojos ya desmayados y sin brillo; eclipsóse el fuego de sus mejillas; lívido color de muerte cubrió su altivo semblante, y pereció finalmente en aquel campo de batalla, víctima de su ardiente amor y de sus muchos errores.

El conde de Urgel mandó respetar su cadáver, y asimismo que no fuesen perseguidos los pocos guerreros de Alanza que habían quedado con vida. Corriendo luego impaciente a dar socorro a Matilde, estrechábala contra su pecho, y decíale mil fraternales caricias, mientras el buen Roldán andaba dando órdenes por el castillo, y repartía el botín con imparcialidad y justicia entre cuantos tuvieron parte en la gloriosa contienda. Ya el fuego en aquellos momentos dominaba el espacioso edificio que se veía en medio de un bosque de llamas, al tiempo que ocultaba el sol sus rayos de oro en los montes de occidente. Desmoronábanse las paredes; temblaban sobre sus cimientos los más robustos torreones, y venían ruidosamente abajo las elevadas almenas y antiquísimas techumbres. A veces abrían las mismas llamas una especie de boquerón, al través del cual se divisaban a lo lejos los aposentos más interiores del alcázar, aguardando el instante de ser también consumidos por el general incendio. De entre un montón de escombros, atropellando las piedras y atravesando por en medio de ondeantes llamas, viose salir a deshora a un mozo alto y corpulento huyendo de una muerte horrorosa, guiado por el gitano Merlín, e implorando ya desde lejos la conmiseración de los vencedores. El humo había ennegrecido su turbante, y las llamas apagaron el resplandor de las estrellas y medias lunas que brillaban antes de su oriental vestidura. Los soldados al verle alzaron un grito contra él y recibiéronlo a silbidos, asegurando ser el demonio que tanto aterraba a las gentes en el castillo de Alanza; y es de creer, que sin la intervención del gitano y lo mucho que hizo para que Roldán y el conde lo protegieran, el judío Ben-Samuel habría sido víctima de aquel popular tumulto. Por lo demás él había dado margen a la opinión supersticiosa de los habitantes de aquella comarca; pues el ruido de sus máquinas, la llama que elevaban a veces sus experimentos nocturnos y el manifestar de tiempo en tiempo por alguna galería retirada su grave y misteriosa figura, hiciéronles pensar que la parte del alcázar donde vivía estuviese dominada por infernales espíritus.

Y cuando el fuego no tuvo ningún ángulo que conquistar, sino que ejercía igualmente en todos ellos su devoradora influencia; semejante a una de las furias pintadas por los antiguos poetas, apareció la delirante Brígida cantando en la cumbre de la torre más alta cierta letra áspera y furibunda que entonaban los antiguos castellanos en el momento de arrojarse a los infieles. Notábase en sus ojos el furor de la demencia y la embriaguez de la venganza: sus cortos y entrecanos cabellos formaban una especie de diadema en derredor de su frente, y con la mano derecha agitaba un velo negro suspendido en una vara, con el que había querido anunciar anteriormente a los sitiadores la muerte del señor de Alanza, y que su alcázar iba prontamente a convertirse en estéril monte de ruinas. Por tradición se han conservado algunas estrofas del himno bárbaro que cantaba aquella infeliz, próxima a recibir la muerte, con cierto ademán de triunfo:

Corre, corre a las playas del norte do Tarif ha incendiado mil pueblos; sangre claman sus áridas ruinas, y con sangre vengarlas debemos. Caiga humilde a tus plantas el moro, y en lugar de atender a su ruego, una vez y otra vez con tu lanza atraviese su bárbaro pecho. No en la cuja, oh guerrero, descanse tremolando listones al viento, contra el ristre valiente la afirma y amedranta al feroz agareno. Corre, corre a las playas del norte do Tarif ha incendiado mil pueblos; sangre claman sus áridas ruinas, y con sangre vengarlas debemos.

Elevábanse las llamas hasta la bóveda del cielo a manera de brillantes columnas, y podíase divisar fácilmente desde muchas leguas de distancia. Cada torre, cada parte del edificio iba sucesivamente desplomándose, y obligados los vencedores a cesar en el codicioso saqueo, consideraban admirados y taciturnos aquellas voraces pavesas, cuyo amarillento reflejo daba un siniestro color a sus rostros y armaduras. Los soldados de Alanza que buscaron en el mismo alcázar un asilo contra el furor de los del bosque, cayeron sepultados bajo de los humeantes escombros. La torre del centro fue la última que tuvo firme contra la violencia de la llama, y por largo tiempo se vio a sor Brígida en su cumbre extendiendo los brazos y haciendo con cierta arrogancia salvajes y repugnantes gestos, como si se jactase de indicar por arte mágica la dirección y el ímpetu al indómito elemento. Por último vino también aquella torre al suelo con horroroso estampido, y la infeliz demente pereció en el suplicio mismo que había devorado a su pérfido tirano. Un silencio de terror reinó en los espectadores después de ese tristísimo lance, apresuróse a romperlo el conde de Urgel temeroso de que no flaquease el ánimo de los soldados, en vista de tamañas calamidades y horrores.

-¡Flecheros y hombres de armas!, alzad un grito de júbilo por la conseguida victoria: destruida para siempre ha sido esa morada de crímenes; y sepultáronse entre sus ruinas los tiranos que la habitaban. La llama que aún se eleva de en medio de sus escombros es la hoguera de nuestro triunfo, y el astro que nos ilumina en tan célebre como tenebrosa noche. Cesen desde hoy las guerras de esta comarca, e inmortales sean nuestros nombres por ese resplandeciente esfuerzo de venganza y de justicia.


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Capítulo XXVII[editar]

La muerte de don Álvaro de Luna.


Después que con tales palabras volvió el conde Arnaldo la jovialidad y la valentía a los diversos soldados que componían su corto ejército, retiróse con el capitán de los lanceros que habían llegado de Segovia, para detenidamente enterarse de la caída y prisión del condestable de Castilla. Supo entonces de su labio que se aguardaba en la corte al caballero del Cisne, al efecto de unirlo con Blanca de Castromerin, y cumplirle con este enlace el rey don Juan las condiciones que se habían publicado con el célebre torneo de Segovia. Y como el partido, que a la sazón triunfaba de don Álvaro tenía un particular interés en que cesasen los alborotos de Castilla, y se destruyese la proyectada alianza entre las familias de Luna y Castromerin, hiciera todos los esfuerzos imaginables, no sólo para persuadir al padre de la hermosa Blanca a que depusiese su ira contra los Pimenteles de Aragón, sino para mover el ánimo del rey don Juan en favor de los dos amantes. Contóle asimismo como la publicación de la paz ya estaba hecha, y que la corte de Castilla interponía su mediación poderosa con el rey don Juan de Navarra, a fin de que no abrigase rencor ni tomase venganza alguna del apreciable príncipe de Viana, el cual iba a quedar sin el mejor se sus protectores, así que se embarcase el infante don Enrique.

En vista de esto llevó Arnaldo al hidalgo de Castilla a la presencia del caballero del Cisne, que aún permanecía recogido en la barbacana, y manifestáronle uno y otro que debía abrazar una ocasión tan propicia para obtener la mano de la heredera de Castromerin.

-Os agradezco, nobles señores, esas favorables nuevas y el consejo que me dais de aprovecharlas, díjoles Ramiro de Linares; pero recelo que mi ilustre padre se oponga a tan suspirada unión.

-No lo temáis, caballero del Cisne, respondió el hidalgo: para remover ese obstáculo y apresurar vuestra venida, enviáronle un mensaje los grandes de Castilla, invitándole a que hiciese el noble esfuerzo de olvidar sus particulares enemistades en beneficio de la paz de entrambos reinos.

-¿Y creéis, señor capitán, preguntóle con voz débil el del Cisne, que esos mensajeros que decís podrán persuadir a don Íñigo?

-Lo creo en razón de la mucha confianza que nos inspiran. El principal de ellos es el respetable y suavísimo abad de San Mauro, antiguo y fiel amigo del conde de Pimentel.

-En efecto, replicó Ramiro: Gómez de Salazar es el varón más a propósito para semejante embajada: sus virtudes, su condición mansa y persuasiva atraen el respeto de los demás, y apaciguan fácilmente las pasiones de los hombres. El cielo que de golpe derrama sobre mi cabeza tan singulares beneficios, acabará de completarlos con la aprobación de don Íñigo. Encerrado y mal herido encontrábame en Alanza, y un ángel del cielo, la dulcísima Matilde, suavizó el encono de mis llagas: entusiasmados amigos vinieron inesperadamente a libertarme, y he hallado entre ellos a mi hermano de armas, el bravo conde de Urgel, ejecutando altas proezas de valor en mi defensa, cuando le suponía gimiendo en subterránea mazmorra. Pero ¿dónde está Matilde, amado conde?

-Bajo la vigilancia de Roldán en una de las alquerías más inmediatas a ese arruinado castillo. Así que rompa la aurora iré a buscarla, y vendremos a daros gracias de cuanto hicisteis por ella.

-No digáis eso, amigo mío, sino que nos hemos mutuamente socorrido a guisa de leales y amantísimos hermanos. Y vos, valiente conde, ¿cómo habéis podido escapar de la prisión en que os hallabais?

-Equivocado anduvisteis en semejante opinión, hermano mío, respondió Arnaldo. Yo no caí prisionero, sino que al ver la retirada de nuestro ejército, escogí como ochenta de mis vasallos más fieles para correr las Castillas en busca de la pobre Matilde. La casualidad hízome encontrar al buen Roberto cuando venía a socorreros, y él me instruyó de que mi hermana se hallaba igualmente presa en el castillo de Alanza. Lo demás ya lo sabéis: ahora sólo os resta tomar la vuelta de Segovia, donde os podréis restablecer y esperar el resultado de las negociaciones pendientes.

-Cierto, interrumpió el capitán; y yo me adelanto a prevenir todo para que seáis bien alojado y servido. Los buenos de Castilla tendrán nuevo beneficio que agradeceros, desde que sepan que vinisteis a pelear contra el de Alanza y el de Luna, así como se creerán igualmente en deuda con el noble conde de Urgel, en cuanto publique la fama que su terrible brazo ha librado a nuestro reino de aquellos turbulentos y descomedidos barones. Voyme, pues, nobles hidalgos, y dejo una parte de mis lanceros, a fin de que pongan orden en los paisanos de esta comarca que han cooperado a la toma del castillo, mientras se arreglan las cosas de manera que dejen la vida licenciosa que les habían hecho adoptar los disturbios civiles y las persecuciones de don Rodrigo de Alanza.

Desapareció el capitán al decir esto, y Arnaldo de Urgel, dejando al del Cisne en medio de sus vasallos, se encaminó a la alquería donde su amable hermana tomaba leve descanso después de tantos peligros y agitaciones violentas. Comunicóle el conde las noticias recibidas por el capitán de lanceros, y la felicidad que iba al fin a coronar la constancia y los esfuerzos del noble campeón del Cisne. La infeliz Matilde parecía no atender a los razonamientos de Arnaldo, y reclinando su cabeza en el robusto pecho de héroe, derramaba abundancia de lágrimas al mismo tiempo que amorosamente lo ceñía entre sus brazos.

-¡Oh Arnaldo!, castígueme el Dios que adoro si no posee tu amigo toda la gratitud, toda la ternura de mi pecho... Yo le manifestaré un día mi hidalgo afecto; afecto nacido del corazón y cimentado en las brillantes cualidades que engalanan el carácter de tal héroe. Por lo demás vuelvo a suplicarte, oh hermano mío, que no conduzcas a la turbada Matilde a la presencia de aquel que ha generosamente lidiado con la resolución de verla libre, o de perecer en la demanda.

-¡Pobre y sensible Matilde!, exclamó enternecido el conde Arnaldo; ya me parece comprender el motivo de esa inesperada resistencia. Enjuga tus lágrimas, levanta la hermosa frente y vámonos a San Servando, donde olvides la desagradable impresión que te causa este último infortunio. Tan discreta como hermosa, tan llena de mansedumbre y ternura, ¿es posible que hayas de ser en el mundo para siempre desdichada? Ven, ven, paloma tímida y solitaria, ven a embellecer con tus melancólicos recuerdos aquellos antiguos bosques célebres todavía con las hazañas de nuestros padres: ven a respirar en ellos bajo la protección de un hermano que te admira, y cuyo noble cariño no te faltará a lo menos durante tu peregrinación en la tierra.

Matilde no respondió palabra alguna, pues sólo pudo manifestar su agradecimiento estrechando entre las suyas las manos del noble conde. Dentro de pocas horas partieron los dos hijos de Armengol con los guerreros de Urgel que habían contribuido a tomar el alcázar de Alanza; y aunque el caballero del cisne extrañó aquella marcha súbita, dijéronle que el conde se había visto precisado a emprenderla en el momento para dar inmediatamente cobro a la salud de Matilde.

El mismo día que se siguió al ataque del castillo, tomó el caballero del cisne con su maestro Roldán el camino de Segovia. Había dado libertad a Mauricio de Monfort, quien sabiendo la muerte de don Pelayo y la caída de don Álvaro de Luna, marchóse hacia la Francia para pelear en las guerras civiles que entonces ardían dentro de aquel territorio. Bien recompensado Merlín por el conde de Urgel y Ramiro de Linares, fuese a reunir después con las hordas de su tribu, temeroso de que los castellanos quisiesen vengarse de él como a espía y mensajero de los capitanes del bando a quien cupo la desastrada suerte de vencido; y por iguales razones creyó prudente el astrólogo judío comenzar con gentil compás de pies el viaje hacia Viena, en cuya espléndida corte prometíase otra vez hallar la más ventajosa acogida. Los flecheros de aquellos bosques reunidos con los hombres de armas que habían acudido desde Segovia, permanecieron aún escudriñando las ruinas del castillo de Alanza, de entre las cuales levantóse durante algunos días, una manga de humo que iba adelgazándose a medida que se consumían las materias combustibles revueltas con tantos escombros. Ya el buen molinero de la frontera, a quien dieron gran parte del botín, había tomado con los suyos el camino de Navarra, después de haberse tiernamente despedido del caballero del Cisne, considerado por él como el modelo de los paladines, la flor y la nata de cuantos quisieran hacer gala de heroicos y generosos sentimientos. Por indicación de Ramiro, y a ruegos del gitanillo Merlín, accedió en conducir sano y salvo al judío Ben-Samuel hasta el territorio de Francia, con el objeto de evitar al grave astrólogo todo pernicioso encuentro.

Aunque las heridas del hijo de don Íñigo sólo estuviesen levemente curadas, no quiso que le llevaran en litera, lisonjeando de que atendida la poca distancia que había de allí a Segovia, fuérale fácil llegar a esta población montado en caballo pacífico y pasicorto. Con la idea de entrar en ella sin el menor aparato que pudiese llamar la atención de sus moradores, envió delante de sí, a larguísimo trecho, los vasallos de su padre, mientras les iba siguiendo lenta y pausadamente con su imperturbable amigo el veterano Roldán. Andaba el discípulo bastante silencioso y absorto en sus meditaciones, lo cual movía al maestro a dirigirle la palabra con frecuencia, ya para preguntarle por su salud, ya para reprenderle francamente y sin rebozo aquella taciturnidad. Y cuando veía que a pesar de sus discursos y punzantes reprensiones, seguía el del Cisne cavilando y sin hacer mayor caso de su peregrina elocuencia, soltaba algo mohíno y picando las riendas de su bridón, y poníase a cantar con cierto aire indiferente alguna de sus trovas favoritas. Al fin tuvo Ramiro compasión de su despecho o aburrimiento; pues en el instante de que hablamos para dar campo a su humo parlero y bullicioso, empezábale a dirigir la palabra en los términos siguientes:

-Sabéis lo que pienso, maese Roldán, que si hallamos por este camino alguno de los ínclitos ballesteros que atacaron bajo vuestra dirección el castillo de Alanza, le he de regalar el rocín en que monto, a ver si con el aguijón de una flecha le hace empinar esas orejas tan mustias y alicaídas.

-Valiente pensamiento para salirnos con él a cabo de rato, respondió Roldán. ¿Con que después de una hora que lo andabas discurriendo se te ha ocurrido el rogar a Dios para que topemos con aquella brava gente? Muy bien: empieza por echar mano a tu bolsillo y averiguar si tienes con qué satisfacer el derecho de pasaje.

-¿Qué queréis decir con eso?, preguntó el del Cisne.

-Nada, por vida de mis pecados, respondió Roldán mirando en torno con aire inquieto y receloso: por semejantes andurriales suelen las matas y los arbustos tener dos pares de orejas. Pero ven acá, y pues eres tan discreto, a ver si aciertas en qué ocasión es preferible hallarse un hombre honrado con la bolsa y la calabaza vacías, que llenas de rancio néctar y de amarillentas doblas.

-En ninguna por el bienaventurado San Jorge, repuso sin detenerse el caballero del Cisne.

-Ahora te digo por el mismísimo que juraste, que mereces no verlas en tu vida medianamente provistas por tan sandía respuesta. Pues, ¿cómo no se te alcanza que la calabaza y la bolsa es bueno que estén vacías cuando se brinda a un borrachón con la primera, y se viaja por solitarios senderos con la segunda?

-Entiendo, entiendo, amigo mío; queréisme decir, según trazas, que vuestros camaradas de las ballestas son ladrones de esos caminos reales.

-Pongo a esos árboles por testigos de no haber hablado tal cosa, replicó Roldán elevando algún tanto la voz. Muchas veces se hace un beneficio al pasajero descargándole de un peso inútil, y no debemos por lo mismo injuriar a los que desempeñan tan amistosos deberes. Lo único que puedo decirte es que si se rodeasen las cosas de modo que topase por esas encrucijadas con tales hombres de bien, no me sabría mal haber dejado la bolsa n la posada para quitarles el engorro de tener que cargar con ella.

-A pesar de la buena fama con que les honráis, amigo Roldán, no hay duda en que les somos deudores de muy grande beneficio.

-Y estoy por lo mismo en rogar a Dios por su salud y buenandanza; mas no quisiera haberlo de practicar en medio de los bosques y a la fuerza, como sucedió a mi compadre el sacristán de Santa Engracia. En cuanto le echó mano esa gente alegre, maleante y juguetona, amarrólo contra un árbol y divertíase en hacerle cantar como el gallo de noche buena, mientras andaba repasando a sus mismas barbas su flaca y humilde valija.

-Pues si tan perversa es la intención que les anima, ¿cómo diablos se interpreta la generosa bravura de que han dado tantas muestras en los asaltos de Alanza?

-¡Ah!, ¡ah!, ¡ah!, ¡y qué poco sutil es mi discípulo!..., ¿no echas de ver que tal procedimiento es un rasgo de la cuenta que tienen abierta con el cielo?

-¡Cuentas con el cielo! Por San Juan Bautista suplico que os expliquéis lisa y llanamente sin ningún género de rodeos, digo como no me haya de quedar en ayunas de cuanto andéis ensartando.

-Pues no puede ser más listo y llano de como lo voy diciendo. Establecen con el cielo una especie de cargo y data, semejante a la de aquel viejo judío que me anduvo prestando buenas doblas mientras me quedaron fincas con que poder asegurarlas. De la misma manera que el usurero de que te hablo, dan muy poco y toman mucho, y sin embargo el fiel de la balanza, según ellos, se halla siempre en equilibrio, porque exigen de los empréstitos un exorbitante premio.

-Mejor será, Roldán amigo, que me deis un ejemplo algo palpable de tales préstamos, balanzas y usuras entre el cielo y los ladrones, sin lo cual dificulto que consigáis el objeto de hacerme comprender esa diabólica jerga.

-¡Válgame Dios!, dijo Roldán dando un grito: ¡y qué menguado y obtuso tienes hoy ese caletre!, ¡no parece sino que las heridas hayan oscurecido aquel apacible y desenfadado entendimiento que mostrar solías, así como no habrán dejado de debilitar su estómago!, ¿y es posible no comprendas que esas honradas gentes casan y contrapesan una buena acción con otra que no lo es tanto? Por ejemplo, si pillan cien doblas a un hidalgo, dan dos maravedís a un mendigo: si roban el anillo de un obispo, regalan una vela a San Antonio; y si torcean y hacen burla de una vieja en el camino público, acarician linda muchacha en las revueltas de un despoblado.

-¿Y cuál de esas acciones es la buena, y cuál la que no lo es tanto, señor maestro?

-¡Gracioso chiste!, ¡excelente!, mal año para el bufón del rey don Alonso. Ello dicen bien que para saber sazonar las pláticas con gracias y agudezas no hay mejor cosa que acompañarse con los que a cada paso las siembran y derraman, de donde encaja perfectamente el manoseado refrán: Dime con quién andas y a decirte voy quién eres. Apuesto la armadura que me regaló don Íñigo, a que en tu vida has proferido gracia tan original y a tiempo. Pero volviendo a nuestro asunto, repito para que me comprendas, que cuando los ballesteros de que hablamos incendian un castillo, construyen una cabaña: si desadornan una iglesia, alargan pobre limosna para reparar una capilla: si asesinan a un alcaide, dan la libertad a un preso; y en fin si hacen arder en ardiente hoguera a un perverso hidalgo de Castilla, dan socorro inesperado a un paladín extranjero. Ya ves, ramiro, que en su singular sistema todo tiene cierta compensación, por lo cual convendrás en la idea de que maguer ladrones algo honrados, y villanos un poco caballeros, es bueno topar con sus mercedes cuando se inclina la balanza por el cielo, y nunca en el caso contrario.

-¿Y por qué, si os place?

-Porque entonces para meterla en equilibrio tienen que añadir algo que pese en el platillo de las acciones laudables. Yo te aseguro, discípulo, que después de la que han hecho ante los muros de Alanza, se creerán facultados para dejar más limpio que una patena al primer pasajero que caiga en sus rampantes garras.

-Pues siendo así mucho me alegro, dijo el del Cisne, de que la pobre Matilde haya ido escoltada por los soldados del conde.

-También me complazco en ello, respondió Roldán, aunque a decir verdad no llegó a comprender la razón de su marcha repentina. Pero no hay rosa sin espinas, ni hermosura sin caprichos: todas las hembras son de suyo antojadizas, casquivanas, y nada tiene de extraño que le suceda lo mismo a la hermana de nuestro intrépido y asendereado conde. He aquí la razón, señor barbilindo, porque no me curo de echar flores como tú a bichos de tan pícara ralea; y por cierto más quisiera hender gigantes, descabezar vestiglos, arrastrar rinocerontes y cometer otras mil insolencias dignas de claro renombre y escritura, que vivir avasallado por canalla tan fraudulenta, disimulada y serpentina.

-¿Y es posible que un hombre que ha brillado en cien campañas, un hombre que se precia de valiente y caballero, hable de las damas en esos denigrativos términos, e injurie a la generosa y angélica Matilde?

-No hay que amohinarse ni andar buscando quimera por tan frívolo pretexto, repuso Roldán interrumpiéndole: excluiremos del número a las que honras con tu lanza, y la paz quedará para siempre establecida entre nosotros.

Con tan festivas y sabrosas pláticas íbanse acercando a las puertas de Segovia. Supieron al entrar por ellas que la corte se hallaba en Valladolid, seriamente ocupada en sentenciar el proceso de don Álvaro de Luna; con cuyo motivo andaban solícitos y desencadenados los grandes de Castilla, deseosos de ver por tierra el orgullo y la osadía del antiguo favorito. Dejámosle nosotros en el capítulo XX de nuestra historia, luchando con el triste presentimiento del aciago fin en que debía terminar una vida tan llena de opulencias y de triunfos, pasada entre los tumultos, los alborotos, los escándalos, las guerras civiles, y siempre figurando en medio de tantos desórdenes como uno de los principales perturbadores de la tranquilidad pública. Por esto le acusaban ahora de haber enconado el ánimo del rey contra su propio hijo el príncipe don Enrique, y contra los grandes que siguieron a los infantes de Aragón: de haberse valido de su ascendiente para hacer de don Juan el II un monarca perplejo, espantadizo y menguado, obligándole con insaciable codicia a concederle mercedes de notabilísima importancia, incompatibles muchas de ellas con el estado seglar de don Álvaro de Luna. Pero lo que acabó de echar el sello al resentimiento del rey y al oído de los grandes, fue el haber dado bárbara muerte a un dependiente de la cas real, llamado Alfonso de Vivero, por sospechas de ser enemigo suyo. Sin consideración a su clase, al favor de que gozaba en palacio, ni a lo sagrado del día, que era el de viernes santo, ciego, disimulado y colérico atrájolo mañosamente a una de las más altas torres del alcázar donde habitaba, y mandólo arrojar desde su cumbre. Aquel infeliz anduvo volteando por los aires despidiendo tales alaridos que hacían erizar los cabellos; y dando en fin de cabeza contra los pilares de un puente que se apoyaba en la misma habitación del condestable, rompióse en mil pedazos, y quedáronse los sesos horrorosamente clavados en las ensangrentadas piedras.

En vista de tan sacrílego desacato, púsose de acuerdo el rey don Juan con el conde de Plasencia, enemigo mortal del condestable, para que viniese desde su castillo con buen número de lanzas a prenderle. Resistióse don Álvaro de Luna desde su propio alcázar, mientras no creyó desesperada la defensa; pero al ver la poca gente que tenía consigo, y el número excesivo de los que le sitiaban, hubo de resistir de su resolución valerosa y entregarse, bajo ciertas capitulaciones que después no le cumplieron, en manos del enojado monarca. Mandóle encerrar el rey con buena guarda, y que entendiesen al mismo tiempo en su causa algunos varones escogidos entre lo más docto e ilustre de la corte de Castilla.

Esto acontecía en Valladolid mientras descansaba de sus trabajos el caballero del Cisne en la ciudad de Segovia, e íbanse poco a poco cicatrizando las heridas que le dieron junto al castillo de Alanza. Bien que tratara de permanecer incógnito, no dejó de cundir la voz de su llegada, por lo que fueron a cumplimentarle las personas de más noble jerarquía, sumamente complacidas de ver que al fin le adjudicaban el premio que ganara allí mismo un año antes en el más célebre torneo de aquel siglo. Y como ya se ha dicho que la grandeza y el pueblo consideraban la unión de Blanca de Castromerin y el caballero del Cisne como la base de la alianza que había de poner término a los bandos de Castilla, era general el contento que manifestaban por su llegada, y lo mucho que ardían en deseos de verle dispuesto para partir a la corte, donde debía pública y magníficamente celebrarse aquel suspirado enlace.

Aunque no pudo esto ser tan pronto por el débil estado del doliente, no era de sentir esta tardanza en atención a que la causa del condestable traía alborotados e inquietos los ánimos de los habitantes de Valladolid, recelosos unos de que se levantasen los secuaces de don Álvaro, y dispuestos otros a sostener con todas sus fuerzas la sentencia que contra él fallara el consejo de los jueces. Al fin, bien discutido aquel asunto tan grave, pronunciaron la de muerte que debía ser ejecutada en la misma plaza de Valladolid, queriendo dar con semejante providencia mayor publicidad a tan famoso acto de justicia. Lleváronlo desde Portillo, donde le tenían preso, a la antigua población, residencia entonces de la corte, y por el camino hízosele encontradizo un religioso franciscano, llamado Alonso de Espina, varón de mucho saber y singular elocuencia; el cual del mejor modo que pudo, diole a entender el amargo trance en que se hallaba. Óyele el condestable con resignado talante, y suplicóle que le preparase para despedir como esforzado caballero y buen cristiano el último suspiro de su vida.

Desde que amaneció el día en que debía darse cumplimiento a la terrible sentencia, el pueblo de Valladolid, y el de muchos lugares circunvecinos, corría tumultuosamente las calles, y colocábase en la espaciosa plaza preparada de antemano para recibir al noble reo. Andaba también por aquellos sitios gran número de ballesteros y hombres de armas de los que obedecían a los más ínclitos capitanes del bando que se había manifestado contrario a la ambición desmedida del condestable don Álvaro. Y aunque este poderoso valido era generalmente odiado, no se advertía en los semblantes la complacencia del triunfo o el gozo de la venganza satisfecha, sino mustio y compasivo silencio, cual si tan notable escarmiento llenase de desconocido terror sus corazones.

En tanto permanecía el condestable en la torre de su prisión aguardando la hora de ser conducido al cadalso. Veíasele escuchando en ella a veces cejijunto, a veces compungido, las amonestaciones del docto religioso, quien no cesaba de recordarle que debía olvidar toda idea mundana para únicamente fijarlas en la misericordia divina.

-Sí, padre mío, díjole tiernamente el condestable; vuestras palabras vierten en mi pecho el bálsamo de la consolación; pero para que suba al patíbulo con sereno rostro y el ánimo dispuesto a hacerse digno de la clemencia del cielo, prometedme amparar a los criados de mi casa que han permanecido fieles a su infelicísimo señor. Si los arrojaren de sus míseras moradas los satélites de mis enemigos, acordaos de mis últimos momentos, y haced de modo que los alcancéis del rey don Juan la benevolencia que me niega. ¡Ah!, como me fuese posible dejaros en herencia el amor de esos desgraciados, los únicos tal vez que derramarán alguna lágrima sobre mi tumba, yo sé que me agradecierais algún día esta fineza. Ellos han sido los solos amigos del condestable de Castilla: conmigo se resistieron leal y desesperadamente, y conmigo estaban resueltos a perecer antes que verme en manos de los que me han traído a tan desgraciado término. Pero, ¡ay de mí!, añadió vertiendo algunas lágrimas; vos no podéis ser para ellos lo que ha sido don Álvaro de Luna: vuestro estado os impide llevarlos a pelear por el rey y por la patria, al paso que os obliga a predicar la paz y a dar el ejemplo de inalterable mansedumbre... Sin embargo, cuando os llegue la hora moriréis santa y tranquilamente en vuestra celda, y a mí después de tanto valor y opulencia, arrástranme a perecer como un bandolero en medio de la plaza pública.

El buen religioso les exhortó a que se ocupase de ideas más pacíficas.

Sí, sí, respondió don Álvaro: sólo os pido un instante para los negocios de este mundo, y veréisme después manso y dócil como un cordero... ¿Qué pensáis, padre mío, acerca de las predicciones y profecías de los astrólogos? Uno de ellos me dijo, no ha mucho tiempo, que moriría en cadalso, y dentro dos horas habráse ya cumplido su sangriento vaticinio... Más piadoso fue conmigo que esos encarnizados barones que ni despedir me dejan de don Pelayo de Luna..., ¡desventurado hijo mío!, ¡cuál será tu desesperación cuando sepas que la cabeza de tu padre ha rodado desde lo alto de un patíbulo, sin que hayas volado a socorrerlo!..., ¿abandónasme también como los muchos desleales que olvidaron en mi desgracia los beneficios que les hice?... ¡Ah! no, no es posible: ellos te habrán enterrado en espantosa mazmorra para que no pelees por mi libertad, ni dulcifiquen tus consuelos mis últimas agonías.

Reclinóse al decir esto sobre la misma camilla donde estaba sentado, y oyó con bastante fervor las persuasivas y edificantes palabras, que con la mayor unión y dulzura íbale diciendo el venerable religioso. Interrumpióles el eco de los clarines y el ruidoso movimiento de caballos y armaduras, causado por los que iban a buscar al condestable para custodiarlo hasta el lugar del suplicio.

-¿Los oís, oh padre?, exclamó don Álvaro de Luna: aquella trompeta lúgubre y plañidera será la última señal militar a que obedecerá en la tierra el vencedor de la batalla de Olmedo. Os suplico que no me abandonéis y queráis disculpar las demostraciones de flaqueza arrancadas por el amor que profeso a los que se me muestran fieles, y por la sensible pérdida de mi honra. Ahora, empero, cubridme, oh padre, con vuestro sangrado manto, y disponedme para que suba cándido y puro a la presencia del Altísimo.

Oyéronse en esto los cerrojos de la torre y el tropel de los caballos que entraban en el patio del castillo. En el mismo punto metióse en la prisión de don Álvaro Diego López de Estúñiga, acompañado de varios hombres de armas, y ordenóle que descendiese; después de lo cual hízole cabalgar en la mula que ya tenía para este objeto con tristísimos jaeces aderezada.

De esta manera lenta y acompasadamente anduvieron marchando por las calles de Valladolid hasta la fatal plaza donde habían levantado un cadalso cubierto de negras alfombras, y en medio de él una cruz con dos antorchas a los lados. Iban tocando los clarines en triste y desapacible son, y levantábase de tiempo en tiempo, en medio del tétrico y universal silencio, la clara voz del pregonero, declarando que iban a degollar a aquel hidalgo, porque con grande orgullo e injuria de la majestad, se apoderará del rey y usurpaba el lugar que no era suyo, cometiendo en notable deservicio de la república, diversos crímenes, tiranías y cohechos.

Al llegar a la plaza, llena de un gentío inmenso, descabalgado de la mula el infeliz condestable de Castilla, y subió con bastante desembarazo los escalones del patíbulo. Cuando estuvo encima de él hizo reverencia a la cruz, y entregó a un paje suyo el anillo de sellar y el sombrero que llevaba, diciéndole que aquella era la última demostración de cariño que en el mundo le podía hacer. Prorrumpió el mozo en grandes gritos acompañados de sollozos y de llanto, ocasión que hizo verterlo a muchos de los circunstantes, que no podían dejar de plañir el espectáculo de tal desgracia, comparado con las opulencias de la pasada felicidad. Con semblante tranquilo y apacible preguntó don Álvaro al verdugo para qué habían puesto un garfio de hierro que vio clavado en la punta de un madero; y habiéndole respondido que al efecto de colgar su cabeza en él, repuso el condestable sin inmutarse, que después que lo hubiese muerto hiciera de su cuerpo lo que mejor le pareciese, por cuanto al varón ínclito y esforzado no le servía el patíbulo de afrenta, ni el desmedido rigor le amilanaba el espíritu.

-Lo único que te ruego, añadióle, es que desempeñes tu oficio de un solo golpe, sin que me tengas luchando con las bascas de la muerte.

-No tengáis miedo, respondió el sayón haciendo un gesto: hasta ahora no se ha dicho de ninguna de mis víctimas que haya suspirado dos veces bajo el filo de mi cimitarra. Lo que conviene para asegurar el porrazo, es que os sujete los pulgares con esa soga que traigo aquí prevenida.

-Aguarda, hermano, interrumpióle con un movimiento de repugnancia el condestable, aguarda y átalos con esa cinta que cuelga acá de mi pecho. Pero deja primero que me desabroche el vestido, a fin de dejar más campo a tu cuchilla.

Hízolo así con ánimo imperturbable y sereno, mientras le exhortaba fervorosamente el religioso a que ofreciese al cielo las amarguras de un trance tan aciago. Despidióse de él don Álvaro de Luna con muestras de piedad y agradecimiento, e inclinando resuelto la cabeza sobre el madero, descargó el verdugo el golpe mortal en su garganta. Oyéronse en el mismo instante sordos y mal reprimidos sollozos de aquel inmenso gentío, que se aumentaron notablemente en cuanto vieron enarbolar la cabeza del magnate, ya descolorida y cadavérica, y fijarla en lo alto del palo, puesto allí como hemos dicho con tan sanguinario objeto. El cuerpo quedó tendido sobre la negra alfombra, alumbrando por las antorchas que ardían junto la cruz, y en uno de los ángulos del patíbulo colocada una bacía, a fin de recoger limosna para enterrar a un hombre que poco antes se igualaba con los reyes. El pueblo, los grandes y hasta los mismos enemigos de aquel varón célebre permanecieron como suspensos y mudos de terror: los unos no cesaban de admirar la instabilidad de las cosas humanas; los otros sacaban de aquel ruidoso escarmiento ejemplos contra las guerras civiles; y los últimos, cual si viesen en ello un sueño engañador, volvían los ojos al enlutado patíbulo, y asombrábanse de su propia victoria.

En esto vinieron a parar tantas vanidades, tanto poder e insolencias en esto aquel carácter colérico, aquella fiera y descompuesta arrogancia con que ponía pavor y enardecía el encono de sus contrarios. Tales son los portentosos sucesos con que place de cuando en cuando al Ser supremo mover el ánimo ensoberbecido de los prepotentes hacia sentimientos más generosos y pacíficos; tal fue el aciago fin de don Álvaro de Luna.


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Capítulo XXVIII[editar]

Conclusión.


Pocos días después de la muerte de don Álvaro de Luna, cuando habían ya dado sepultura a su mutilado cadáver en la misma capilla donde enterraban a los ajusticiados, y cuando comenzaban los trovadores de aquella era a cantar en lamentables versos aquel grande ejemplo de las vicisitudes humanas, oyéronse en una de las puertas de Valladolid alegres vivas y numerosos vítores prodigados por el pueblo a dos guerreros, que armados de punta en blanco, iban entrando por ella. Entre los personajes ilustres que los acompañaban distinguíase al noble duque de Castromerin, marchando al lado de uno de los nuevos campeones, objeto particular de aquella aclamación festiva por haber reconocido en él los habitantes de Valladolid al animoso Ramiro de Linares, cuyo denuedo tantas veces ensalzaran en los torneos de Castilla. Correspondía el caballero del Cisne a tan lisonjeras demostraciones con afable y risueño semblante, mientras satisfecho de sí mismo y rebosando de júbilo y complacencia miraba su maestro Roldán aquel tumulto de honores, como un homenaje debido a su propio mérito, y al que también resplandecía en el amado discípulo.

De esta suerte marchando en medio de un brillante grupo de caballeros, y seguidos de innumerable muchedumbre, llegaron al rico alcázar del rey don Juan el II. Descabalgaron en el primer patio, subieron a besar la mano del complaciente monarca, y a medida que se iban acercando a su trono, recibía el caballero del Cisne elogios y enhorabuenas de parte de los ilustres cortesanos que ocupaban las antesalas y galerías. Prodigóselos después el mismo rey, no sólo por el esfuerzo que desplegó en varias ocasiones, sino también por haber abogado su causa en el consejo de guerra, que celebraron los aragoneses al conseguir la victoria de Aivar. Anuncióle que era su voluntad el que se celebrase cuanto antes en la corte misma su enlace con la heredera de Castromerin, añadiéndole que ya para este objeto se habían logrado vencer las dificultades que ofreciera la enemistad de ambas familias. Apenas concluía de decir esto, adelantóse hacia el solio el abad venerable de San Mauro, y después de haber saludado afectuosamente a don Ramiro, participóle el consentimiento del conde de Pimentel, a quien acababa de dejar en su castillo de Aragón, y puso en sus manos una carta de aquel noble anciano en que le manifestaba lo mismo con la más cariñosa ternura. Aquí hubo en el salón un murmullo general aplaudiendo la constancia y la próxima felicidad de aquellos dos amantes, y el momento en que con su unión se diese fin a los partidos que traían alborotado el reino.

Con esto mandó el rey levantar la conferencia, dando permiso al caballero del Cisne para que marchase al convento de San Bernardo. En él permanecía aún Blanca de Castromerin esperando el feliz momento de ver a ramiro de Linares; pues ya había ido por mandado del duque a juntarse con ella su aya Leonor y enterarla de los últimos acaecimientos a cuya influencia benigna debía el colmo de sus deseos y el término de sus pesares. Quería el noble duque acompañar al impaciente hijo de don Íñigo; pero viendo el caballero que semejante ceremonia retardaría su viaje algunos días, rogó encarecidamente al señor de Castromerin, que le permitiera partir en aquel mismo momento, y aguardarle en el monasterio de San Bernardo. En él permanecía aún Blanca de Castromerin esperando el feliz momento de ver a Ramiro de Linares; pues ya había ido por mandado del duque a juntarse con ella su aya Leonor y enterarla de los últimos acaecimientos a cuya influencia benigna debía el colmo de sus deseos y el término de sus pesares. Quería el noble duque acompañar al impaciente hijo de don Íñigo; pero viendo el caballero que semejante ceremonia retardaría su viaje algunos días, rogó encarecidamente al señor de Castromerin, que le permitiera partir en aquel mismo momento, y aguardarle en el monasterio de San Bernardo. Considerando los retardos y perjuicios que le había causado con sus ambiciosos proyectos, no pudo negarle el duque esta primera demanda, y diole su bendición paternal, sobremanera complacido de ver que sin mengua de sus esperanzas cortesanas, cabía a la tierna Blanca un esposo tan ilustre y preferible a don Pelayo de Luna. El abad de San Mauro, encargado de sentar las bases de aquella suspirada alianza, dijo al caballero del Cisne que volase a los brazos de su amante enteramente tranquilo dejando a su amistad y experiencia el cuidado de arreglar los intereses de las dos ilustres familias.

El sol lanzaba sus rayos desde la mitad de su carrera, cuando emprendió el caballero del Cisne con su maestro Roldán el camino de San Bernardo. Admirábase el veterano de los raros y peregrinos incidentes que habían concluido un matrimonio entre los Castromerines de Castilla y los Pimenteles de Aragón, y no se pasó mucho rato sin que se lo manifestara abiertamente a su satisfecho discípulo.

-Por el siglo de mi abuela que nadie hubiera conseguido sino tú el apagar los envejecidos rencores de tu padre y de tu suegro. Vaya, hombre, no te ladees tanto sobre la silla, y deja al pobre animal que ande con paso más comedido, pues de lo contrario dudo mucho de que llegues sano y salvo a las plantas de la reina del torneo.

-No parece, respondió el del Cisne, sino que nunca haya palpitado un corazón debajo de la malla que os cubre.

-¡Oiga!, ¿ni cuándo me has visto pelear a tu lado resuelto a triunfar o a perecer contigo?

-No digo eso, respondió Ramiro: harto sé cuán noble sea la ternura con que me ama Roberto de Maristany...

-Pues entonces, ¿qué es lo que dices?

-Que me parece no habéis amado en vuestra vida a ninguna de las hijas de Eva.

-Te diré lo que hay en eso, señor discípulo; pero tira un poco de las riendas a ese rocín, para que podamos hablar holgadamente, y no se crean los transeúntes que andemos a tomar por asalto ese decantado monasterio. Has de saber que un zapatero de mi tierra, hombre capaz de alzar una figura al mismo rey don Alonso, vaticinó a mi padre que se le morirían todos los hijos, de manera que sólo le había de sobrevivir el que pudiese escapar de la muerte. En efecto, por esta razón le hemos sobrevivido mi hermana y yo, aunque, según tú me dijiste, la pobre muchacha no ha podido cantar victoria por largo tiempo. Pero sea como fuere, viendo el raro caletre de maese Crispín, y la buena manderecha que le diera Dios para eso de los vaticinios, fuime a él en cierta ocasión llevándole media docena de quesos y una bota de vino, con la pretensión de que me revelase cuál había de ser mi suerte en este desventurado mundo. Mi hombre guardó rumbos, observó las esferas, espió la marcha de los planetas, y metiéndome en lo más retirado de su tienda, aseguróme después a fe de profeta honrado, haber leído en los astros que Roberto de Maristany haría su fortuna por medio de un matrimonio. Confiado en esa predicción, y seguro de que no puede faltar, estoy aguardando tranquilamente que me presente el destino la mujer con quien deberé unirme; y por eso la guardo todo el caudal de mi cariño, sin desperdiciarlo a cada paso como indiscretamente has hecho.

-¿Y pensáis aguardar mucho tiempo?, preguntó el del Cisne.

-De manera, respondió Roldán, que como es la dama la que se ha de enamorar de mí, eso me da que sea ahora que de aquí a un año.

-¡Calle!, ¿con quién estáis tras de la mata esperando bonita y pasitamente a que pase la figura que os levantó el zapatero, que será, no lo dudo, muy hermosa además, e irá montada en soberbio palafrén, ricamente aderezado, para que tampoco os disguste? Voto a tal, maestro, que es el modo más nuevo y peregrino de efectuar un casamiento que de muchos siglos acá se haya visto. Bien haya maese Crispín que os quitó el fastidio de tener que luchar con rivales y parientes; digo, si es que no los ha de tener la princesa.

-¿Qué princesa?, preguntó Roldán un poco colérico.

-¡Por San Jorge!, la que os prometió el zapatero.

-Pues, ¿he yo nombrado princesa en todo el cuento de mi vaticinio, señor boquiblando?

-Ya; pero le corresponde semejante jerarquía, repuso el del Cisne, para que se cumpla la predicción de que por su medio hagáis una gran fortuna.

-Vive Dios, discípulo, que hay veces hablas de tal suerte que no parece sino que ayer te hubiesen calzado la espuela y dieran la pescozada. Cuando despuntas de agudo ante las damas y los reyes, no creo que seas el mismo que dice tantas sandeces por los caminos reales. ¿De dónde viniste a sacar en limpio que un hombre tan discreto como maese Crispín hubiese querido juntar una belleza de alta esfera con pobre maestro de esgrima? No señor: ruin con ruin casan en Dueñas, y todo lo más que me ha de traer la dama de mis pensamientos será un castillejo medio desmoronado, del que se nombre Roldán a un mismo tiempo el barón y el alcaide.

-Pues tan moderadas son las esperanzas que concebisteis, os cedo desde ahora el de Miranda, con las tierras a él pertenecientes, para que vivas holgado y orgulloso y satisfecho. Os acordaréis, supongo, de que confina con el que habita mi padre el conde de Pimentel, lo cual será un poderoso motivo para no desdeñar ese presente.

-¿Cómo desdeñar?..., lo acepto, lo acepto, exclamó alborozado Roldán: bien haya maese Crispín que columbró desde su tienda la benigna estrella que había de influir en mis destinos. Verdad es que no ha venido el regalo de parte de hermosa dama, ni de complaciente amiga; pero al fin hay castillo y medios con que sostenerle, que es lo que importa; y bien sabe Dios si doy por bien recompensadas todas mis andanzas e interminables aventuras. No obstante, mientras tu buen padre viva he jurado no abandonarle, y de más peso es para mí su ancianidad y mi promesa, que toda la independencia que me ofrece el castillo de Miranda.

-Muy bien, querido maestro; yo os ayudaré a endulzar las penalidades que acarrea la vejez al benemérito don Íñigo, y viviremos siempre unidos, sin que por eso deje de perteneceros el alcázar que ya teníamos destinado para vos desde muchísimo tiempo.

Sería por demás el empeñarnos en manifestar lo agradecido que se mostró el jovial Roberto de Maristany, y los sabrosos diálogos que hubo con este motivo entre el discípulo y el maestro. Durante el viaje dieron pábulo a la estimación que mutuamente se inspiraban, y fueron tales las cosas que Roldán dijo, y tales sus amonestaciones y disparatados consejos, aunque nacidos siempre de un carácter abierto y un corazón bondadoso, que Ramiro se propuso tener toda la vida junto a sí aquel amigo tan franco, honrado y valiente.

Ahora es necesario que se preste el condescendiente lector en trasladarse con nosotros al locutorio de las monjas de San Bernardo. Consistían en una sala abovedada y algo oscura, llenando todo el muro de enfrente la espaciosa reja que correspondía a la parte interior del monasterio. Notábanse en las dos paredes colaterales algunas ventanas góticas, cuyos prolongados arcos describían hacia el techo la línea curva de la bóveda, y sólo cuatro bancos de piedra y un crucifijo adornaban aquella antigua, lúgubre y misteriosa estancia.

Ya el sol se iba ocultando entre los montes cuando entró en el locutorio el caballero del Cisne, después de haber prevenido que avisasen, para que saliese a él Blanca de Castromerin. Detúvose entre tanto en medio de la sala y con los brazos cruzados sobre el pecho, fijos los ojos en la reja, aguardaba impaciente el momento en que vería correr la cortina morada que por la parte interior de arriba a abajo la cubría. Como el aposento del monasterio tenía más luz que la sala del locutorio, vio el caballero al través de aquel sutilísimo velo ligeramente deslizarse la figura de una mujer alta, flexible y bien proporcionada, semejante a las aéreas imágenes de la belleza ideal que nos ofrecen las peregrinas ilusiones de la primavera de la vida, o a las sombras de los justos errando por el delicioso jardín de los Elíseos.

-¡Blanca!, ¡querida Blanca!, exclamó Ramiro adelantándose hacia la reja; ¿es posible que al fin te vuelva a ver?... ¡Blanca!...

-¡Suspiráis, amiga mía!..., prosiguió enajenado el hijo de don Íñigo: en nombre del cielo, oh Blanca, haz que desaparezca esa cortina, y dime que aún merece tu indulgencia este infeliz caballero.

Al pronunciar la última palabra desapareció en efecto el largo lienzo, y tan pálida como las tocas que la cubrían, presentóse a los ojos del pasmado don Ramiro la infeliz Matilde de Urgel. Ya no se veía en ella la brillante joven nacida para enardecer la imaginación del trovador y coronar a los héroes, y tampoco aquel ángel de dulzura al parecer descendido del cielo para indicar a los afligidos una vía de consolación..., ¡ah!, ¡era una estatua de mármol vestida con un sayal penitente!... El negro color del velo y de la túnica dábale cierto aire lánguido y abatido, que hacía verter lágrimas y resaltar de un modo maravilloso la extremada blancura de su piel. Sus lindos pies iban encubiertos debajo del hábito, y sus descarnadas manos parecían ser del alabastro más puro y limpio.

-¡Cielos!, ¡qué veo!, ¡Matilde!, exclamó retrocediendo don Ramiro; pero no, no puede ser ella..., su pálida sombra..., tal vez su cadáver..., ¡Oh Dios!, ¿te habrían dado muerte al abandonar con Arnaldo las cercanías de Alanza?... ¡Ah!, si desciendes de las moradas celestiales, añadió doblando una rodilla y extendiendo los brazos hacia la cándida doncella, si desciendes de las celestiales mansiones para implorar de mi amistad el reposo de tu espíritu...

-¿Tan demudada me halláis, amado Ramiro, interrumpióle la hija de Armengol, para creerse ya lo que voy a ser en breve tiempo? ¡Y sin embargo esta es la última vez que os hablará en la tierra la pobre Matilde de Urgel!..., ¡la última vez!...

-¿Y por qué la última vez?... No, Matilde: yo te arrancaré de ese sombrío recinto, yo pelearé para colocarte en el antiguo palacio de tus mayores; no querré ser feliz hasta que tú lo seas...

-¡Ah!, no lo permita Dios: cúmplanse nuestros destinos: a vos os espera un tálamo nupcial, y a mí el consuelo de la tumba. ¿Veis esa frente, don Ramiro, esa frente destinada a ceñir con arrogancia una brillante diadema en los estados de Armengol?, pues ahora se inclina bajo el humilde velo de las vírgenes que renunciaron a las pompas del mundo ¿Y qué halago podrían ya tener para un alma sensible, bárbaramente burlada cual la mía, las opulencias del magnate, el esplendor de un rey, o las coronas cívicas de un guerrero? No eran por cierto los engañadores sueños de la ambición aquellas cavilaciones que me sedujeron un día en los desiertos de San Servando: ideas más pacíficas, escenas tumultuosas rodaban por mi imaginación, prometiéndome en la tierra un destino correspondiente a mi malhadada ternura.

-¿Y qué destino era ése, o Matilde?, preguntó vivamente el caballero: habla; yo te lo ruego en nombre de tu ilustre padre..., si pueden los hombres conseguirlo, si es dado a la amistad más vehemente vencer los obstáculos que se opongan a ello, me echaré a las plantas del monarca, correré lanza en ristre cuantos países se encierran desde el estrecho de Bizancio hasta el de Hércules, plantaré en la más alta torre de San Servando la soberana bandera de los señores de Urgel.

Al decir esto fijaba Ramiro sus ojos centelleantes en el inanimado semblante de Matilde. La doncella la escuchaba con melancólica calma, aunque no sin cierta complacencia, y sus apagados ojos volvieron por un instante a animarse al dirigirle tiernamente estas razones.

-¡Siempre impetuoso y valiente!, ¡siempre aspirando a los lauros de la lid, al bien de la humanidad, y al aplauso de la victoria! En balde quise apagar el ardor de vuestro pecho, ese ardor que tanto me seducía y deslumbraba, al mismo tiempo que mi labio..., ¡Oh Dios!, yo me olvido de que no he venido aquí para hablaros de una infeliz en quien se ensañó la desgracia, sino para suplicar al hijo de mi bienhechor, que en cuanto se lo permitan sus nuevos deberes, corra a suavizar la amargura de mi generoso hermano. Él ha quedado solo en el mundo por haberme yo metido en un convento; y según su desesperación y su angustia, temo, amado don ramiro, que se dé la muerte o la busque en los combates.

-¿Y no me explicaréis, oh Matilde, el incomprensible arcano de tan súbitas mudanzas?

-¡Ramiro!, ¡amado Ramiro!, respetad mi dolor y mi silencio..., cuando la campana del monasterio anuncie a las gentes de la comarca el último suspiro de la hija de Armengol, os lo dirá de mi parte el abad respetable de San Mauro..., hay secretos que matan, y los hay que quitan a un alma generosa, cual la vuestra, la tranquilidad y el sosiego... ¡Ramiro!, acordaos alguna vez de la huérfana de San Servando..., ¡ah!, quería decir que no olvidaseis la petición que os hice de consolar y desvanecer a vuestro amigo el conde de Urgel. Creed que os ama como a un hermano, y que vos sois el único que puede reemplazar en su corazón el lugar que ocupaba Matilde.

-Pero cualesquiera que sean vuestras desgracias, ¿no las pasaríais mejor en medio de las personas que tanto os aprecian? No dudéis, noble doncella, que nos esmeraríamos en ablandar la agudeza de vuestros pesares.

-¡Oh!, no lo dudo; pero ya no hay dicha, ya no hay tranquilidad en el mundo para la infeliz Matilde. Corrí al santo asilo que la religión me ofrece, como la paloma tímida que se acoge al seno de una matrona ilustre. He deseado imitar a aquella virgen de Israel, que viendo próximo el instante de su muerte quiso llorarla algunos días en la soledad de una montaña. Adiós, amado ramiro; conservad esa cruz que siempre llevaba consigo mi buena madre, y que pendiente de esa misma cadena habréis varias veces colgando sobre mi pecho. ¡Ojalá os sirva de talismán contra las secretas turbulencias del corazón!

Faltóle la voz, y algunas lágrimas escaparon de sus ojos: veíanlas correr el caballero del Cisne por aquel pálido semblante, y sintió un peso indefinible en su corazón, y un vehemente deseo de acompañarla en ellas. Al fin, temiendo que se desmayara, preguntóla si quería que tocase la campana del locutorio para llamar a las religiosas.

-No hagáis tal, respondió Matilde con aquella expresión de profunda melancolía que tanto interesaba en sus facciones y en el metal de su voz: na hagáis tal, amado Ramiro, pues me parece que podré llegar sin ayuda de nadie a mi solitaria celda. Por lo que a vos respecta no salgáis del locutorio: yo haré que avisen a Blanca de Castromerin, y os ruego que me perdonéis entrambos el haberos retardado el momento de tan suspirada entrevista. ¡Ay de mí!..., sed felices, sin que emponzoñen vuestras delicias las desgracias de aquella que no cesará de pedir al cielo el perdón de sus errores... ¡adiós otra vez!...

-No, no, interrumpió condolido el caballero: no os marchéis sin revelar a vuestro amigo la verdadera causa de tales cuitas, y sin permitirle arrancaros de esa lóbrega mansión que en breve sería vuestro sepulcro.

-¡Desgraciado!..., ¡para qué deseáis saberlo!..., volved el rostro: ¿no distinguís la brillante estrella de la noche por entre el arco de aquella ventana?..., pues bien, amado Ramiro, ella habrá visto el último momento de felicidad que ha disfrutado Matilde...

Sobresaltado el caballero por la especie de temblor y mal reprimida ternura que se notaba al articular estas palabras en el acento de la virgen, revolvió los ojos de la estrella vespertina para elevarlos en la reja; pero ya el locutorio estaba desierto: Matilde había desaparecido. Entonces cual si un rayo de funesta luz hubiese herido su acalorada fantasía, recorrió rápidamente los postreros acaecimientos de su vida, y parecióle vislumbrar la misteriosa causa de las angustias de aquella angelical hermosura. Sombrío y meditabundo permanecía inmóvil en la lóbrega estancia, sin apenas acordarse del objeto que le trajo a ella. Cierta melancolía vaga, cierta pesadumbre profunda le inclinaba a solitarias reflexiones, y sin embargo un presentimiento inexplicable hacíale temer los nuevos e inesperados movimientos de su pecho. Al fin la presencia de Blanca desvaneció algún tanto su tristeza; cuando en medio de los raptos de su felicidad le confesó inocentemente la doncella que sentía dejar en San Bernardo una joven novicia, a quien era deudora de la más blanda ternura; el corazón del caballero latió con desconocida violencia, mientras hubo de apoyar la frente contra los mismos hierros del locutorio.

Parece que Matilde había preferido aquel monasterio para conocer a Blanca de Castromerin, y tener ocasión de recomendar su hermano al caballero del Cisne. No obstante, de nada sirvieron las instancias del hijo de Pimentel en orden a mitigar la desesperación del conde Arnaldo. Desde que Matilde tomó el velo desapareció de su carácter aquella brillante impetuosidad que le hiciera famoso en las campañas de Nápoles y en la última guerra de Castilla: a veces se enfurecía amenazando derribar los muros de San Bernardo para arrancar de allí a la más linda doncella de Aragón, a la dama más discreta de la España y de la Italia; pero en cuanto se templaba su frenético entusiasmo, caía de nuevo en desesperada tristeza.

Solía acusarse a sí mismo de las desgracias de su hermana, y ver un justo castigo del cielo en su abandono, por el tenaz espíritu de venganza que siempre opuso a las pacíficas insinuaciones de Matilde. Imaginábase odiado de las gentes, perseguido por la irritada sombra de Armengol, y no pudiendo resistir a la ardentísima vehemencia de tantos delirios, huyó de su alcázar, y volvióse a Italia donde acabó gloriosamente sus días en las guerras intestinas de los Adornos y los Fregosos, favorecidos aquellos por Alonso de aragón, y éstos por el duque de Lorena, hijo de Renato de Anjou. Pudiera aplicársele con poca diferencia lo que se dijo cerca de tres siglos después de Carlos XII de Suecia: «el destino lo llevó a que pereciese por mano desconocida lejos de su país natal; y aquel célebre nombre, que tanto hizo temblar a los enemigos de su patria, sólo sirve para ofrecernos un triste ejemplo contra la ambición desmedida de la gloria, o para adornar con su prestigio las páginas de una novela».

El rey don Alonso mandó recoger sus restos y enviarlos al monasterio de San Bernardo, a fin de que se cumpliese la última voluntad del héroe en quien desgraciadamente acababa la antigua y celebrada casa de los señores de Urgel. Matilde, recibió ya casi exánime la urna que los contenía, y derramando las postreras lágrimas de su vida sobre el fúnebre presente, suplicó a sus compañeras, de quienes era amada y compadecida en extremo, que le enterrasen con aquellos fríos y amadísimos despojos.

Indiscreto sería el empeño de averiguar si la memoria del último coloquio con aquella joven delicadísima y sublime turbó en alguna ocasión la tranquilidad del caballero del Cisne; pero ello es cierto que vivió respetado y feliz con Blanca de Castromerin, y que Roberto de Maristany envejeció a su lado lo bastante para poder dar lecciones de esgrima a los nietos de su discípulo. Por lo demás la boda de los dos amantes habíase celebrado con la mayor pompa y esplendidez en la corte de don Juan el II: ella unió a la grandeza de entrambos reinos, y cual si les augurase el próspero e inesperado enlace de sus dos coronas, restableció entre ellos los vínculos de sagrada alianza, poniendo un término feliz a Los Bandos de Castilla.


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