Los cómicos en Cuaresma: 01

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda

Pág. 01 de 2
Los cómicos en Cuaresma Ramón de Mesonero Romanos


Y con todo esto, son

necesarios en la república, como

lo son las florestas, las alamedas y las vistas

de recreación, y como lo son las cosas

que honestamente recrean.

Cervantes. Lic. Vidriera


«Amigo mío: hallándome comprometido a quedarme en el presente con el teatro de esta ciudad, y conociendo la afición de usted a estas cosas, le ruego y espero de su amistad se sirva proporcionarnos una buena compañía, pues en esa donde se hallan actualmente la mayor parte de los actores, será cosa fácil, y más para usted. No me extiendo a más, porque usted comprende mi idea, y sólo me limitaré a manifestarle que el tiempo urge, y que no da ya lugar para una negativa. Adiós, amigo mío.»

Tal, punto por coma, fue la epístola con que los días pasados se me insinuó mi corresponsal de... poniéndome con su contenido en uno de los apuros mayores en que me vi en la vida; porque si bien es cierta mi afición al teatro, también lo es que nunca ha pasado más allá de la orquesta, y que para mí sus interioridades son tan desconocidas como las islas del polo. Pero en fin, después de haber cavilado tres cuartos de hora con la carta en la mano, hirió mi imaginativa el feliz recuerdo de don Pascual Bailón Corredera, el hombre más a propósito de este mundo para sacarme del empeño. Porque este don Pascual es un hombre de vara y tercia, que entra, sale y bulle por todas partes, y tan pronto se le halla en la antecámara de un ministro, como en los bastidores de un teatro; ya paseando en landó con una duquesa, ya sentado en una tienda de la calle de Postas; ora disponiendo una comida de campo, ora acompañando un entierro; o disputando en una librería, o pidiendo para los pobres del barrio a la puerta de una iglesia.

Este era el hombre en fin que yo necesitaba, y sin perder momento corrí a avistarme con él: halléle componiendo su itinerario del día (del que en gracia de la brevedad hago gracia a mis lectores); mas luego que le hube enterado de mi negocio, varió de plan, aceptó mi encargo, y convenidos en un todo, echamos a andar para desempeñarlo. Don Pascual, sin manifestarme a dónde me conducía, me persuadió de que al momento encontraríamos gente conocida entre los venidos de las provincias, y que de un golpe nos pondrían en el justo medio de nuestra negociación.

-Porque ya sabe usted, añadió, que durante la Cuaresma, en que se cierran todos los teatros, hasta el domingo de Pascua, en que empieza el nuevo año cómico, bajan a Madrid los autores o formadores de las compañías, los cómicos y acompañamiento, y realizados aquí los ajustes, salen para los puntos respectivos. Para formar una compañía, por lo regular el empresario, que suele ser un actor antiguo o individuo unido al teatro por lazos de consanguinidad, reúne las partes que le convienen, y sin más adelanto que el preciso para gastos del viaje y algunos días de asistencia a toda la compañía, cobra después durante las funciones de todo el año el veinte y cinco por ciento o más del capital adelantado; y para hacer el reparto del producto de aquéllas con proporción, se figura a cada individuo lo que se llama partido; verbi gracia A., primer galán, entra con partido de cuarenta reales; B. con treinta; y C. con veinte; siendo la entrada doscientos veinte y cinco reales tocará al primero cien reales, al segundo setenta y cinco, y cincuenta al tercero, a razón de dos partes y media; pero como el producto en las provincias es corto, por muchas causas, apenas llegan a cobrar más de media parte o un cuarterón del partido; así que no es de extrañar la miseria en que generalmente se ven los cómicos de la legua, y aun los de las primeras capitales de provincia. Sólo en Madrid, Barcelona y alguna otra ciudad pueden subsistir con decoro y dárselo también a la escena; las demás son compañías de pipirijaña, como ellos dicen.

-«¿Y hacen ellos esa distinción?»

-Esa y otras muchas, aunque ya con el trascurso del tiempo van olvidándose, pero si quiere usted enterarse por menor de ello, lea usted al famoso Agustín de Rojas, quien en su Viaje entretenido nos dejó una graciosísima explicación de las ocho maneras de comparsas y representantes, a saber. Bululú, Ñaque, Gangarilla, Cambaleo, Garnacha, Bojiganga, Farándula y Compañía. Léale usted, pues, que es rato divertido.

-«Pero ahora no subsisten ya esas distinciones.»

-Sin embargo, con poca diferencia la cosa en el fondo es la misma; no es esto decir que en el día vayan forrados de carteles como el famoso Melchor Zapata del Gil Blas, pero también es la verdad que suelen andar sin forro de ninguna clase; y aun empeñado el año siguiente para comer el actual. En fin, ya llegamos al punto céntrico, y lo que en él vamos a ver suplirá mis explicaciones.

Al decir esto hicimos alto en la embocadura de la calle ancha de Peligros, y enfilamos por medio la espaciosa puerta del parador de Zaragoza y Barcelona, que según mi amigo es desde tiempo inmemorial el central depósito de toda gente de teatro advenediza; atravesamos el zaguán; subimos la escalera, y siguiendo lo largo de los corredores, se nos ofreció a la vista una multitud de habitaciones todas abiertas, todas disponibles y todas llenas de mujeres cantando, viejos que fumaban o chiquillos alborotadores. Acercámonos a una de donde oímos salir grandes voces, y creímos asistir a una pendencia de provecho; mas toda ella se reducía a un cigarro que había faltado de cierta petaca; aunque los interlocutores a fuer de damas y galanes nobles chillaban tanto y tan de recio, y accionaban con tal calor (fuerza de la costumbre), que al pronunciar una de las damas esta terrible amenaza,

«dame el cigarro, o las habrás con Roque,»

hubimos de entrar de partes de por medio para terminar aquella escena que podría figurar airosamente en uno de los dramas modernos. Arrancada que fue a la lid aquella heroína, restituida súbitamente a la calma por una de aquellas transiciones rápidas que son tan frecuentes en el mundo de cartón, separadas las melenas nada airosas que cubrían su pronunciada faz, y enjugados aquellos luceros que el coraje había eclipsado:

-¿Es usted, mi querida Narcisa? (exclamó don Pascual con un arrebato verdaderamente dramático).

-¡Don Pascual! usted... pues... ¡quién había de pensar!...

-¡Ingrata! ¡y qué poco ha conservado usted la memoria de mi cariño!

-¡Ingrato! ¡y cuán mal ha pagado usted mi amor!

La explicación iba siendo vehemente, y yo entre tanto hube de tomar el recurso de reconocer el vestuario, que pendía colgado de sendos clavos alrededor de las paredes del cuarto. Llamóme primero la atención un pantalón azul, un marsellés de calesero y una cortina de muselina blanca en forma de turbante, sobre cuyo atavío había un cartón que en letras gordas decía: «Traje de Otelo y demás moros de Venecia y de otras partes.» -Mas allá un tonelete, una coraza y una peluca a lo Luis XIV, llevaban por distintivo: «Traje de Carlos V sobre Túnez.» -Una mantilla de tafetán con lentejuelas y un vestido de percal francés: «Traje de Dido, y también de la viuda del Malabar, con un crespón negro.» -Un tontillo, una escofieta y un jubón con faldillas: «Traje de Semíramis, de la Esclava del Negro Ponto y demás comedias de Moratín.» -Un pantalón de mahón figurando carne, una camisa de mujer y un cinto de cuero: «Traje de Isidoro en el Orestes». -Y por este estilo iba siguiendo todo el equipaje hasta unos ocho o diez trajes de ambos sexos. Pero en llegando aquí, escuché claramente la voz de don Pascual, quien después de un buen rato de cuchicheo preguntaba a Narcisa por su marido: -No sé, contestó ella; ya sabes (y advierta de paso el lector que se habían apeado el tratamiento) que por aquella carta tuya con tu sortija, que me sorprendió, huyó de mí dejándome en Málaga, donde creo que se embarcó, y hace diez años que... -Pues luego, ¿esos trajes de moros y cristianos?... -Esos trajes son... son... -¿De quién, ingrata? -Del segundo galán.



>>>