Los cautivos de Argel (Versión para imprimir)

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Elenco
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Los cautivos de Argel Félix Lope de Vega y Carpio


Los cautivos de Argel

Félix Lope de Vega y Carpio

Los que hablan en ella son los siguientes:

 



FRANCISCO, morisco valenciano
DALÍ, moro
LEONARDO, cautivo
AJA, mora
FELIS, cautivo
MARCELA, cautiva
SOLIMÁN, moro
BRAHÍN, hebreo


BASURTO, cautivo
SAHAVEDRA, cautivo
DORANTES, cautivo
PEREDA, cautivo
HERRERA, cautivo
MÚSICOS MOROS
LUIS, muchacho


JUANICO, muchacho
ZULEMA
EL CAPITÁN CASTRO
CUATRO MOROS SOLDADOS
RIBALTA, soldado
AMIR
UN PREGONERO


LUCINDA, cautiva
BERNARDO, viejo cautivo
CIGALA, mora
MASOL, moro
EL REY DE ARGEL
FÁTIMA
UNA GUARDA





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Acto I
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Los cautivos de Argel Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


Sale FRANCISCO, morisco del reino de Valencia, en su hábito, como ellos andan, y DALÍ, turco de una galeota.
FRANCISCO:

  ¿Dónde la dejas?

DALÍ:

Francisco,
en esa ensenada, o cala,
por donde el mar se resbala
a las peñas deste risco,
  pienso que estará segura.
¿Tendré presa que llevar?

FRANCISCO:

El alboroto del mar,
y el hacer la noche escura,
  a sus pueblos recogió
los pescadores; no hay cosa
que pueda ser provechosa.

DALÍ:

¡Notable asalto nos dio!
  No estuvo de zozobrar
un dedo de galeota.

FRANCISCO:

Dalí, cuando se alborota,
es soberbia bestia el mar.
  Si antes de ayer allegaras,
hermosa prisión hicieras.


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Los cautivos de Argel Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


DALÍ:

¿Dónde quedan las galeras
de los Orias?

FRANCISCO:

Si reparas
  en la dicha que ha tenido
ese diestro ginovés,
con remos, alas y pies
no podrás ser defendido.
  A Barcelona sospecho
que bajaban.

DALÍ:

Destas playas
nos quitan las atalayas
las presas de más provecho.
  ¿Cómo le va de jinetes
a la costa?

FRANCISCO:

Bien le va,
pero no te quitará
la fuida que te prometes.

DALÍ:

  Más de una vez la ocasión
me ha quitado de gran presa
la roja cruz de Montesa
y de San Jorge el pendón.
  ¿Qué dicen de aquel Toledo?

FRANCISCO:

A llevar el Virrey fue.
No hay, Dalí, porque te dé
su ángel blanco y azul miedo.


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DALÍ:

  Por poco asiera una barca
de Génova, y por su mal.

FRANCISCO:

¿Dónde iba?

DALÍ:

A pescar coral,
a la fuerza desta barca,
  mas vi lejos otras tres
con viento, y volví las velas.

FRANCISCO:

La sangre me pone espuelas,
la ocasión y el interés
  para pasarme contigo,
que si cosario me hiciese
no pongas duda que fuese
de los cristianos castigo.
  Nací morisco en Valencia,
sé la tierra, y ocasión,
de hacer cualquiera prisión
con más segura experiencia.
  Sin esto, deseo, Dalí,
vivir en mi ley primera.

DALÍ:

Tu cobardía, ¿qué espera
teniendo tal muro en mí?
  Pásate a Argel, que vendrás
con dos o tres galeotas
de amigos, con que a las flotas
de España envidia pondrás,
  que no es tan cierta la plata
como en cristianos cautivos.


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FRANCISCO:

Unas casillas y olivos
en tierra que no es ingrata
  me han detenido hasta agora.

DALÍ:

Véndelo.

FRANCISCO:

Echarán de ver
que me voy.

DALÍ:

Si puede ser
trueco una gallarda mora,
  mi hermana, y seis mil ducados.
Deja la cristiana ley.

FRANCISCO:

¿Trátaos allá bien el Rey?

DALÍ:

Los nobles son respetados,
  los renegados tenidos
en alta veneración,
y siendo de la nación,
son mucho más admitidos.

FRANCISCO:

  ¿Qué tal es la tierra?

DALÍ:

Aquí
quiero pintártela.

FRANCISCO:

Creo
que me has de poner deseo.

DALÍ:

Escucha, Francisco.

FRANCISCO:

Di.


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Los cautivos de Argel Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


DALÍ:

  Entre la Mulvia, y el río
mayor, que en los mares bajos
de Bujía desemboca
bajando de montes altos,
y Tremecén en los llanos
fértiles de la marina,
de sierras ceñido al Austro,
abrazan cuatro provincias
a Tremecén todas cuatro.
De sus ciudades se nombren,
como el reino valenciano,
Fenecén, Fenez, Bujía
y Argel, mas solo ha quedado
Tenez agora, y el fuerte
Tremecén, que oprimen tantos,
es reino largo, y angosto,
porque hasta el mar mundano,
apenas por cuenta nuestra,
tiene quince millas de ancho.
Defiéndese mal con esto
de los continuos asaltos
que le dan árabes diestros
en lanza, adarga y caballo.
Diez y ocho mil fuegos tuvo,
más las guerras que siete años
le dio Yusaf, rey de Fez,
y después el quinto Carlos,
que en su protección la tuvo,
y últimamente los bravos
turcos, que agora la tienen,
su grandeza aniquilaron.


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Los cautivos de Argel Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


DALÍ:

Aquí tiene el rey de España
a Mazalquivir, gallardo
puerto, y a su lado Orán,
fortaleza que ganaron
un cardenal de Toledo
y el conde Pedro Navarro.
Aquel soldado, aunque fraile,
y este, aunque es humilde soldado,
tendrá diez mil españoles,
sin otros vecinos varios,
o allí, Francisco, nacidos,
[o] allí naturalizados.
Argel fue de Tremecén,
pero, por verse apretado,
se entregó al rey de Bujía,
que no supo conservarlo.
Estuvo después sujeto
al católico Fernando,
pero fue después de Horrubo,
que Barbarroja llamaron.
Cercole Carlos, y fue
el mar con Carlos tan bravo,
de una hechicera famosa,
según dicen, conjurado,
que fue la primer conquista
que perdió en el mundo Carlos,
porque contra el mar no hay armas,
experiencia, ni soldados.


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DALÍ:

Ha crecido tanto Argel
con los robo[s], que es su trato,
y el Rey, o el lugartiniente
del Turco, a quien respetamos,
que vale un millón de escudos,
que no se cuenta del Cairo
solamente el alcabala
del sustento necesario.
A las espaldas de un monte,
Francisco, está Argel sentado,
que en las espaldas le tiene
porque no pudo en los brazos.
De tres millas de contorno
viven, y están alojados,
más de ochenta mil vecinos,
sin sus familias y esclavos.
Dos puertas hay en Argel
con que Argel está guardado:
una al mar y otra a la tierra
de los intentos cristianos,
que después de Carlos fue
de sus murallas espanto,
de fuertes y balüartes
le tienen fortificado.


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DALÍ:

Aquí podrás, si tú quieres,
con hacienda y con regalos
vivir en tu ley primera,
y poblar del Rey los baños.
Enriquecerás, Francisco,
si Celindo y yo te damos
nuestras cuatro galeotas
de a tres remeros por banco,
y gozarás de una mora,
negro cabello, ojos garzos,
más blanca que nieve en copos,
más cándida que alabastro,
de quien serás recibido
con regalados abrazos
cuando vuelvas de correr
los márgenes valencianos.


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FRANCISCO:

Incitado me has de suerte
que en tus fragatas me parto.
Ni quiero casas ni padres,
viñas, güertas, montes, prados.
Adiós, España, que voy
al África en que habitaron
mis agüelos y mayores
en su ley por siglos tantos.
Ya no quiero ser Francisco,
desde hoy más Fuquer me llamo.
No conozco frailes tuyos,
gózalos tú si son santos.
Mis deudos prendes, España,
por la ley que profesamos;
allá no habrá qué temer.
Moros, a Argel me paso,
mas, ¡ay de ti!, que he de ser,
como en tu reino criado,
ladrón de casa, y robarte
tus hijos, hacienda, esclavos...
Guía, Dalí.

DALÍ:

¡Oh buen Fuquer,
dame primero esos brazos!

FRANCISCO:

Vamos al mar.

DALÍ:

Ven tras mí.
Esa plancha acosta el barco.


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(LEONARDO, cautivo.)
LEONARDO:

  ¡Fiera esclavitud esquiva,
del cielo el mayor castigo,
donde es dueño el enemigo
que de tanto bien os priva!
  ¡Argel, retrato en la tierra
del castigo del profundo,
porque tenga infierno el mundo
como en su centro se encierra!
  De ti es claro testimonio
que un infierno y muchos nacen
a donde los turcos hacen
el oficio del demonio,
  que si allá a los condenados
obligan a blasfemar,
aquí es más, que a renegar
fuerzan a los bautizados.
  Pues en dar igual tormento,
¿qué competencia mayor?


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LEONARDO:

Al alma con el rigor,
al cuerpo con el sustento,
  bizcocho duro mezclado
de lágrimas, que han de dalle
los ojos para ablandalle,
que ha de ir en agua bañado;
  [a]posento una fajena,
cama el suelo, y compañía
la desta cadena fría
que a todas las horas suene;
  en males tan excesivos
no hay otro reloj mejor,
porque es el despertador
el sueño de los cautivos;
  trabajar eternamente,
cortar leña, cultivar
los campos, edificar,
sufrir un dueño insolente,
  son aquí nuestros regalos,
que solamente se teme
que el pobre cautivo reme,
donde le dan tantos palos
  que, aunque no faltan acá,
es diferente el trabajo.


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(Sale AJA, mora.)
AJA:

A ver los cautivos va.
Dile tú que vuelvo ya.

LEONARDO:

  Esto pues, ¿no se compara
con el más crüel rigor?
Mi ama me tiene amor,
y amor que en mi muerte para.
  A que la goce me incita,
con que su fuego inhumano
a la espada del tirano
atada un cabello imita.
  Caer tiene sobre mí,
que será mi muerte creo.

AJA:

¿No me has visto?

LEONARDO:

Ya te veo.

AJA:

¿Qué estás hablando entre ti?

LEONARDO:

  ¿Parécete que no tengo
de hablar si preso estoy?

AJA:

Donde yo tu dueño soy
y a ser tu cautiva vengo,
  ¿de qué te puedes quejar
si no es de ti mismo, ingrato?
Trátasme mal, bien te trato,
¿aquel pretendes culpar?
  Aborrécesme y te adoro,
doyte el alma y huyes de mí,
vivo muriendo por ti
triste de ver que lloro,
  ¿cuál de los dos es cruel?
¿Quién a quien trata más mal?


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LEONARDO:

Mi amor fuera al tuyo igual
si hubiere igualdad en él,
  mas si nos ha dividido
el cielo en patria y en ley,
costumbres, gobierno, rey,
condición, lengua y vestido,
  ¿qué nos basta a conformar
de todo el poder del suelo?
Que lo que divide el cielo,
¿qué amor lo puede juntar?

AJA:

  Aunque bárbara nací,
nombre que allá nos ponéis,
¿por qué pensáis que nacéis
con otras almas que aquí?
  No quiero que de esa suerte
pienses que tienes razón
para probar tu intención.

LEONARDO:

Luego, ¿no es verdad?

AJA:

Advierte.
  ¿Dios no fue el autor primero
de cuanto vive?

LEONARDO:

Es sin duda,
ni habrá criatura tan ruda
que lo niegue.


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AJA:

Espera.

LEONARDO:

Espero.

AJA:

  ¿El alma tiene vestido?

LEONARDO:

No.

AJA:

¿Tiene patria?

LEONARDO:

Sí.

AJA:

¿Cuál?

LEONARDO:

El cielo, a todas igual,
que para esa patria han sido.

AJA:

  ¿Qué rey tienen?

LEONARDO:

Dios.

AJA:

¿Qué ley?

LEONARDO:

La de Dios.

AJA:

¿Qué centro?

LEONARDO:

Él mismo,
pero si van al abismo
tendrán diferente rey.


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AJA:

  ¿De quién son?

LEONARDO:

De Dios es obra.

AJA:

¿Qué lengua tienen?

LEONARDO:

Igual,
aunque en el cuerpo mortal
por sus instrumentos obra.

AJA:

  ¿Dónde está amor?

LEONARDO:

En las almas, si es pasión
del alma.

AJA:

Si iguales son,
si una patria se les da,
  si un rey, un príncipe, un centro,
si amor en ellas está
y en el hábito de acá
no se viste el alma adentro,
  ¿cómo dices que no quieres
quererme por desigual,
pues en el alma inmortal
tan igual, Leonardo, eres?
  ¿Ves cómo tratas engaño?
¿Ves cómo eres mal nacido?
¿Ves cómo ya te he querido
y tú procuras mi daño?
  ¿Qué respondes?


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LEONARDO:

Bien pudiera
deshacer tus argumentos.
Mi peligro considera.

AJA:

  Luego, ¿tienes temor?

LEONARDO:

Sí.

AJA:

Señas de que no hay amor,
que no tuvieras temor
cuando tuviera amor en ti.
  Ninguno que ama temió.

LEONARDO:

No es eso lo que más lloro.

AJA:

¿Pues qué?

LEONARDO:

¿Ves que ese Dios que adoro
no quererte me mandó?

AJA:

  ¿Por qué?

LEONARDO:

Porque en esta ley
se prohíbe.

AJA:

Eso es mentira,
que sé lo que manda, mira,
ese tu Dios y tu rey.


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LEONARDO:

  ¿Cómo, en este ciego abismo?

AJA:

¿No te manda, y con rigor,
que a tu prójimo traidor
lo quieres como a ti mismo?

LEONARDO:

  ¿No eres capaz de entender
el cómo eso se entiende?
Que antes nuestro Dios defiende
amar la ajena mujer.

AJA:

  Dime tú que no quisieras
la esclava por quien suspiras,
que tú...

LEONARDO:

¿Cómo esas mentiras,
cómo esas vanas quimeras,
  te hará ver con sus antojos
de la carga vista el amor?

AJA:

Si tú, dios, y tú, señor
cristiano, infiernas tus ojos,
  Dios con su ley soberana
y tu señor con temor.
Dime, ¿con tanto rigor
guardáis vuestra ley cristiana
  que allá jamás ningún hombre
ofende a Dios?


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LEONARDO:

Mucho escusa
ofendelle.

AJA:

¿Ni se usa
«¿Qué, rey?», ni hay allá tal nombre?

LEONARDO:

  Amor hay.

AJA:

¿A quién se tiene?

LEONARDO:

Tiénese a alguna doncella
para casarse con ella,
que con nuestra ley conviene.

AJA:

  ¿Nunca algún hombre se halló
que haya querido a casada?
¿Jamás ofendéis en nada
al Dios que esta ley os dio?

LEONARDO:

  Alguno habrá habido allá.

AJA:

¿Alguno no más, cristiano?
Miraldo bien.

LEONARDO:

Esto es llano.

AJA:

Al revés se suena acá,
  que allá ventanas tenéis,
aquí no se usan ventanas,
allá tardes y mañanas,
aun las noches, si queréis,
  las mujeres visitáis,
acá no se ve mujer.


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LEONARDO:

Esto todo viene a ser
para que en más nos tengáis,
  que esa licencia de allá
es porque son tan leales,
tan castas, tan principales,
pero si se usara acá
  y esa libertad os dieran,
no hubiera... Quiero callar,
dame licencia y lugar,
que otros esclavos me esperan,
  que voy por leña.

AJA:

No sé
qué más leña que tú mismo,
fuego de mi fuego mismo.

LEONARDO:

Señora, yo volveré.
  Suelta, que...

AJA:

Dame la mano.

LEONARDO:

¡Señora!

AJA:

¡Dámela, perro!

LEONARDO:

¿No ves, señora, que es yerro
querer?

AJA:

¡Ay, dulce cristiano!


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LEONARDO:

  No me puedo detener.

AJA:

¡Perro, yo te haré matar!
Hechizos te pienso dar,
por fuerza me has de querer.
  Ya sabes que hay quien te hará
que me quieras, y que dejes
tu ley.

LEONARDO:

No hay por qué te quejes
de mi intención.

AJA:

Tarde es ya,
  por fuerza te haré querer.

LEONARDO:

Oye.

AJA:

No me digas nada,
que soy mujer despreciada,
y soy principal mujer.
(Váyase muy enojada.)

LEONARDO:

  ¡Triste de mí! ¿No bastaba
mi esclavitud? ¿Qué consuelo
me queda, oh piadoso cielo?
Flechas son de una aljaba,
  mis pecados las merecen.
(Sale FELIS, sacerdote cautivo, con un almaizar blanco y una cadena al pie.)

FELIS:

Ya pensé no hallarte aquí.
¿Triste estás?


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LEONARDO:

Nunca me vi
más, tristes cosas se ofrecen
  que se atreven al valor
al ser hombre, al ser cristiano.
¡Ay Felis, resisto en vano
desta mujer el amor!
  No dudo de mi flaqueza,
mas de esa perseverancia,
aunque hay tan grande distancia
de su intento a mi firmeza.
  Vi en ésa grande ocasión;
sacerdote eres, y amigo.

FELIS:

Descansa el pesar conmigo,
en hombros de mi afición.
  ¿Trátate mal Solimán?
¿Vas acaso a la galera?

LEONARDO:

¡Ojalá, Felis, yo fuera
de esa galera galán!

FELIS:

  ¿Es algo de tu señora?

LEONARDO:

En eso estuvo mi mal.


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FELIS:

Amor es furor mortal,
fuego que el honor dé boca,
  ley que a naide guarda ley,
tirano del albedrío,
pues llega su señorío
a ser de las almas rey.
  Debes de haberte rendido,
o quiéreste ya rendir;
algo que temes cumplir,
Leonardo, le has prometido.
  Confiésate, que es gran medio
para enderezar tus pasos.
Llama a Dios, que en tales casos
es el más cierto remedio.
  Dime la verdad.


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LEONARDO:

No fuera
ella ni el mundo bastante
a volver este diamante,
Felis, en blanda cera.
  Vive la ley que profeso
que es fuerza que ha de vivir,
que en ella pienso morir
como Dios me guarde el seso.
  Y dígolo desta suerte
porque Aja juró aquí
que, quitándome ansí,
será causa de mi muerte.
  Ya sabes tú que en Argel
hay hechiceras que quitan
el seso y que a Circe imitan;
en transformaciones dél
  han hecho muchos cristianos
renegar, llenos del fuego
deste amor lacivo y ciego,
viendo sus intentos vanos,
  que al que no pueden vencer
con hechizos le transforman
en cera, y de cera forman
lo que dél quieren hacer.
  ¡Triste de mí, Felis mío!
Dame consejo, ¿qué haré?


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FELIS:

No hay cosa, y es cierta fee,
que fuerza el libre albedrío.
  Al demonio invocarán,
mas si el cristiano resiste,
¿qué fuerza tiene él?

LEONARDO:

¡Ay triste,
veneno darme podrán
  como me quiten el seso!

FELIS:

¿En qué?

LEONARDO:

En la comida.

FELIS:

Espera.
Tu señora persevera
y tú temes mal suceso.
  Tráeme un vaso de agua aquí.

LEONARDO:

¿Para qué?

FELIS:

Ya lo sabrás.

LEONARDO:

Voy.

FELIS:

Dios ha de poder más,
hoy vuelve el cielo por ti,
  hoy con dïurno trofeo,
que al cielo estas glorias dan,
dirá amor como Julián:
« Bonyistam Galileo.»


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(Sale LEONARDO con un vidrio de agua.)
LEONARDO:

  Aquí está el agua.

FELIS:

Ya sabes
que aunque al demonio le pesa
soy de la cruz de Montesa;
del cielo tengo las llaves
  porque sacerdote soy
de Cristo.

LEONARDO:

Basta esa cruz,
que fue llave de luz
en el peligro que estoy.

FELIS:

  Traigo al cuello, que he guardado,
Leonardo, toda mi vida
desta escuela esclarecida,
y del báculo sagrado
  con que el Patriarca santo
pasó el Jordán caudaloso,
de la vara que el precioso
fruto nos dio por bien tanto,
  del palo dulce que hizo
el agua amarga de Mara,
del holocausto y del ara
en que el Padre satisfizo
  aquel cordero inocente,
de aquel asta celestial
que la sierpe de metal
levantó divinamente,
  de la que fue aquellos días
la bendición de Efraín
del agua, bandera en fin,
que profetizó Isaías,
  al fin de la cruz sagrada
una parte, aunque pequeña,
del valor que toda.


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LEONARDO:

Enseña.

FELIS:

Detente, no digas más,
  no nos sientan estos perros,
pero en virtud de que Cristo
colgado en ella fue visto
por nuestro bien de tres hierros,
  en esta agua pura y clara
la pongo, y así serena
estos cristales, Jordán,
y ella, la divina, verás.
  Bebe un trago, y da a beber
a esa esclava que persigue
Solimán, porque mitigue
el daño que os piensa hacer.

LEONARDO:

  Retírate, que sospecho
que viene el mismo.

FELIS:

Ya voy
a donde acabando estoy
de aquel nuevo cuarto el techo,
  que sirvo de dar madera,
yeso y ladrillo estos días.
Si tienes lugar, podrías
verme allí.


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LEONARDO:

Si hoy salgo fuera,
  no dudes que vaya a verte
y a darte cuenta de mí.
(Vase FELIS.)

FELIS:

Fía en Dios.

LEONARDO:

Harelo ansí,
y por él vida es la muerte.
(Entre MARCELA, cautiva.)

MARCELA:

  Rato ha que espero un rato
en que descansar contigo.
¿Quién estaba aquí?

LEONARDO:

Un amigo
con quien mis desdichas trato;
  es Felis, que hacer profesa
por todo esclavo cristiano
del hábito de Montesa.
  Contele que Aja quería
darme hechizos, y mandome
que un trago de agua tomase,
por ventura, cada día,
  en que la reliquia santa
de la cruz puso.

MARCELA:

También
me vendrá, Leonardo, bien
tomarla en desdicha tanta,
  que Solimán ha jurado
hacer lo mismo conmigo.


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LEONARDO:

Pues contra el fiero enemigo
prueba este licor sagrado
  y no temas su veneno,
porque si a mí me lo dan,
sin esclavo quedarán,
y yo de descanso lleno,
  que me pienso fingir loco.

MARCELA:

Pues lo que te viere hacer
no dudes de que ha de ser
mi remedio.

LEONARDO:

Escucha un poco.

MARCELA:

  ¡Ay triste, que es Solimán!

LEONARDO:

Yo buscaré algún enredo.
(Sale SOLIMÁN.)

SOLIMÁN:

¿Juntos, perros?

MARCELA:

¡Muerta quedo!

LEONARDO:

Ducientos palos me dan,
  señor.

SOLIMÁN:

¿De qué estás turbado?

LEONARDO:

No me turbo, escucha.


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SOLIMÁN:

Di.

LEONARDO:

Pasando yo por aquí
de Marcela descuidado,
  la vi casi desmayada
de la nueva de saber
que es muerto su padre.

MARCELA:

Ayer
vino un fraile, ¡ay desdichada!,
  del Redentor compañero,
y hoy me lo dijo.

LEONARDO:

Yo fui
y truje este vidrio aquí.
Toma, bebe.

MARCELA:

Beber quiero.
(Bebe MARCELA.)

SOLIMÁN: :

  ¿No tengo mandado yo
que no entren papas a ver
mis esclavos?

MARCELA:

Llegó ayer
y, afende, me lo contó.
  Es mi padre, helo sentido.

SOLIMÁN:

No te pongo culpa a ti.
¿Y tú por qué entras aquí?


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Los cautivos de Argel Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


LEONARDO:

Sentí, señor, el ruido,
  y porque no la perdiese
la quise dar este trago,
no presumiendo que en pago
tales enojos me diese,
  pues confío en Dios que sea
esta bebida su vida,
porque está en esta bebida
el remedio que desea,
  que es contrayerba famosa
para desmayos de fe;
donde el unicornio fue
un ramo de palma hermosa,
  aquí una piedra bezar
tendrá tal virtud; no lo diga,
que le asegura la vida
que puedo a mil hombres dar;
  aquí un divino madero
que el palo santo retrata
y una tierra sigilata
con la sangre de un cordero,
  son contra todo veneno.

SOLIMÁN:

¿Sabes tú de confecciones?

LEONARDO:

¿No lo ves?

SOLIMÁN:

De mil pasiones
tengo, esclavo, el pecho lleno;
  muero de melancolía.
Hazme alguna confección
que me vuelva al corazón
la libertad que tenía.


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Los cautivos de Argel Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


LEONARDO:

  Yo le haré.

SOLIMÁN:

Pues vete agora,
que entre tanto en estos ojos
podrá templar sus enojos
el alma que los adora.

LEONARDO:

  Yo me iré.

SOLIMÁN:

Vete.

LEONARDO:

¡Ay de mí!,
(Váyase.)
aunque es amor de los cielos,
como son moros mis celos,
no tendrán fe para mí.

SOLIMÁN:

  Esclava, que mejor puedo
llamar dueño deste esclavo,
en inmortal prisión quedo.
  ¿Cuándo darás libertad
a ese corazón cautivo
de esos ojos por quien vivo
en tanta cautividad?
  ¿Cuándo, Marcela, mi suerte
será tan favorecida
que, mejorando tu vida,
des vida a mi injusta muerte?
  ¿No somos, cristiana, aquí
como allá, que los cristianos?
No son pensamientos vanos
estas promesas en mí,
  que, puesto que soy casado,
puedo hacerte mi mujer,
que si allá no puede ser,
no ha sido en mi ley vedado.
  ¿No hablas?


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Los cautivos de Argel Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


MARCELA:

¿Qué puedo hablar,
fendo, a persuasiones tuyas,
si de mi ley con las tuyas
me manda el cielo callar?
  ¿Qué puedo, aunque fueras rey
de Argel, Tripol y Biserta,
decir sin ofensa cierta
de la lealtad de mi ley?

SOLIMÁN:

  Perra, si al cristiano loco
que agora se va de aquí
no le quisieras ansí,
no me tuvieras en poco,
  que ni tu ley te obligara,
pues a muchas no ha obligado
que aquí en Argel le han dejado,
ni el mismo Dios te forzara.
  Pero si te fuerza Dios,
es amor, y si algún rey,
el gusto, y si alguna ley,
la que os ha puesto a los dos.
  Pues, perra, yo probaré
que la palabra me has dado
de renegar.


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(LEONARDO entre.)
LEONARDO:

Ya he pensado
la confección que te dé,
  y he menester, Solimán,
ir por unas yerbas.

SOLIMÁN:

Creo
que celos a tu deseo
esa confección te dan.
  Perro, ¿a qué vuelves aquí?

LEONARDO:

¿No me mandaste que hiciese
una bebida, y que fuese
para alegrarte?

SOLIMÁN:

Es ansí.

LEONARDO:

  Pues yo tengo prevenidas
esmeraldas y coral,
oro, perlas y cristal,
que pueden darte mil vidas.

SOLIMÁN:

  Necio, cuando están presentes
esmeraldas en sus ojos,
coral en sus labios rojos,
perlas en sus blancos dientes,
  cristal en aquellas manos,
oro en su mucho valor,
¿me das bebida de amor
hecha de celos cristianos?
  Anda, vete, y si jamás
osas volver.


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Los cautivos de Argel Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


LEONARDO:

Yo me iré
donde la bebida haré
del veneno que me das.
  Echaré en mi proprio llanto
celos, desesperaciones
del alma, que pasan tantos;
  todas son flechas de amor,
todas raíces de fruto
de amarte injusto tributo,
que paga el alma el saber.

SOLIMÁN:

  ¿No te has ido? ¡Viva Alá!

LEONARDO:

Señor, ya me voy.

SOLIMÁN:

¿Qué hacías?

LEONARDO:

Pensaba en que me decías
que no entrase más acá,
  y ponderaba entre mí
la obligación de un esclavo.

SOLIMÁN:

Que la ponderes alabo,
pero no ha de ser aquí.
  Vete allá donde te alojas.

LEONARDO:

Ya, fendo, me voy.

SOLIMÁN:

Acaba.
[.............................]


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Los cautivos de Argel Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


MARCELA:

¿Que sin ocasión te enojas
  y que, sin dártela yo,
me presumes levantar
que he querido renegar?

SOLIMÁN:

Testigos tengo.

MARCELA:

Eso no,
  que serán falsos testigos.

SOLIMÁN:

O falsos o verdaderos,
tú lo harás.

MARCELA:

No me haga fieros.
(AJA salga.)

AJA:

¿Tan juntos ya, y tan amigos?
  Dos mil años, Solimán,
goces la esclava española.

SOLIMÁN:

¿Por qué más de aquesta sola
que de las que en casa están?

AJA:

  Porque más bien te parece.

SOLIMÁN:

No estoy para celos.

AJA:

Baste.


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SOLIMÁN:

¿Qué se ha de hacer, si me enojaste,
y mi amor no lo merece?

AJA:

  Éntrate allá, vil esclava.

MARCELA:

¿Cómo os he de contar,
si he de saber y no he de saber?

SOLIMÁN:

Aquí con Leonardo estaba,
  y esto solo la reñía.

AJA:

¿Por qué con Leonardo estás?

MARCELA:

Porque no acierte jamás
tu gusto, señora mía.
  Si estoy con tu Solimán,
notables celos te doy,
y si con Leonardo estoy...

AJA:

Calla, infame, que dirán
  lo que te oyeren decir,
que de que os habléis me pesa,
siendo vuestra invención esa
y vuestro común mentir.
  A propósito sería,
por no dar qué sospechar,
que dejásemos hablar
los esclavos todo el día,
  pues aunque, perra, os valgáis
de esa invención, no penséis
que con Leonardo hablaréis,
aunque a Solimán habláis.
  Salid al punto de aquí
y os venderé a algún hebreo.


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MARCELA:

Solo servirte deseo.
(Váyase.)

SOLIMÁN:

¿Por qué la tratas ansí?

AJA:

  Esa palabra esperaba.

SOLIMÁN:

No es palabra sospechosa,
pues eres tú más hermosa,
y ella vil mujer esclava.

AJA:

  ¡Oh, qué contento me has dado!
Por eso abrazar te quiero.

SOLIMÁN:

Eres mi bien verdadero.
Vive, amores, sin cuidado
  y vende la esclava luego.
No tengas celos de mí.

AJA:

Quererte me tuvo ansí.
Ya sabes que amor es ciego,
  mas quiero darte una nueva
con que estos esclavos goces
con más gusto y menos voces.

SOLIMÁN:

¿Eso habrá más que te deba?

AJA:

  Ciertos hechizos me ha hecho
una amiga...


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SOLIMÁN:

Cuerda eres.

AJA:

... con que harán lo que quisieres.

SOLIMÁN:

¿Es bebida?

AJA:

Eso sospecho.

SOLIMÁN:

  Que fuesen moros deseo.

AJA:

Eso es lo menos que harán.

SOLIMÁN:

¡Por vida de Solimán,
que en esos ojos mi ver!
  Ven, y dales la bebida
sin que lo entiendan.

AJA:

Sí será.

SOLIMÁN:

[Aparte.]
Y mi esclava gozaré.

AJA:

[Aparte.]
Por Leonardo estoy perdida.

SOLIMÁN:

[Aparte.]
Finjo que esta loca ofrezco
el alma, téngola en poco.


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Los cautivos de Argel Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


AJA:

[Aparte.]
Finjo querer a este loco,
y en estremo le aborrezco.
(Vanse, y entran BRAHÍN, hebreo, y BASURTO, esclavo cristiano.)

BASURTO:

  Paréceme que te vi
en España.

BRAHÍN:

Sí verías,
que allá viví muchos días.

BASURTO:

¿Pues cómo veniste aquí?

BRAHÍN:

  Mi padre es noble, y cristiano,
pero fue mi agüela hebrea.

BASURTO:

Judía dirás.

BRAHÍN:

Que sea
ese nombre.

BASURTO:

Hablemos llano.
  ¿Tu agüela guardaba allá
la ley de Moisén?

BRAHÍN:

Si hacías
efectos, era judía,
pues esto es mi honra ya;
  criome, y desta crianza
resultó creer su ley;
temí la vara del Rey,
que donde sabes alcanza,
  y por no manchar la fama
de mis padres, me he pasado
a Argel, donde estoy casado.


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Los cautivos de Argel Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


BASURTO:

Yo sé bien cómo se llama
  tu padre.

BRAHÍN:

Calla, por Dios,
si estimas ya mi amistad.

BASURTO:

¿Vísteme en nuestra ciudad?

BRAHÍN:

Más de una vez, y aun de dos,
  tu cautiverio me pesa.
¿Cómo fue?

BASURTO:

Si es cosa muy larga,
de mi remedio te encargo.

BRAHÍN:

Téngolo por fuerte empresa.

BASURTO:

  Verdad es, porque mi amo
me estima.

BRAHÍN:

Escucha un enredo
con que libertar te puedo,
y conoce que te amo.

BASURTO:

  Sois los hebreos sutiles.

BRAHÍN:

Di que eras hebreo.

BASURTO:

¿Yo?


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Los cautivos de Argel Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


BRAHÍN:

Tú, pues.

BASURTO:

Brahín, eso no,
que son pensamientos viles.

BRAHÍN:

  ¿Pues no lo sabrás fingir
por ganar tu libertad?

BASURTO:

Supuesto que es liviandad,
sí haré, que va el vivir.

BRAHÍN:

  No puede ningún hebreo
ser esclavo; yo diré
que eras mi deudo.

BASURTO:

Y yo haré
por la patria, que deseo
  cuanto quisieres, Brahín,
trasformarme en perro, en galgo,
que aunque he nacido hijo de algo
seré diablo y puerco espín,
  y porque de puerco digo,
advierte que he de comer
tocino, y que he de beber
de aquel licor que bendigo.

BRAHÍN:

  Basurto, discreto eres,
procura tu libertad,
que en tu patria y en tu ciudad
comerás cuanto quisieres.
  Viendo Dalí que naciste
judío, te venderás
por vil precio.


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Los cautivos de Argel Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


BASURTO:

Bien está,
notable enredo finge este,
  pero cómprenme y seré tuyo
hasta pagarte el precio,
que dándome a menos precio
entre amigos lo hallaré.

BRAHÍN:

  Soy contento, y serás mío
hasta que puedas pagar.

BASURTO:

¡Qué gatazo le he de dar
a este bellaco judío!
  Pero es decir mal de mí
mientras su pariente soy.

BRAHÍN:

Pues, Basurto, a hablarle voy,
mas oye, que este es Dalí.
(Sale[n] DALÍ y el morisco que salió al principio, ya en hábito de moro, y llamado FUQUER.)

FUQUER:

  Paréceme mejor este vestido.

DALÍ:

Estás, Francisco, más galán al doble.

FUQUER:

No me llames Francisco.

DALÍ:

No es posible
llamarte de otra suerte hasta que vayas
a la mezquita y niegues, como suelen
los cristianos, la fe que allá tomaste.


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FUQUER:

Pues si yo era morisco.

DALÍ:

¿Eso qué importa?
Que en efecto te dieron el Bautismo.
Ve donde digo, porque juntos vamos
a la mezquita y nuestra seta jures.

FUQUER:

Pues voy a hablar al Faquí.

DALÍ:

Yo aguardo.

BRAHÍN:

Dalí, guárdete Alá.

DALÍ:

¿Qué es lo que quieres,
judío noble?

BRAHÍN:

A Jordali pasando
el Mesías, topé un cautivo tuyo.

DALÍ:

¿Es este?

BRAHÍN:

El mismo.

DALÍ:

¡Buena pieza!

BRAHÍN:

¿Buena?

DALÍ:

No hay quien le sufra en casa, a todos burla,
a todos hace mal, porque el sustento,
que es para todos, se lo come todo,
y eso estima, los palos que las voces,
y porque todos le aborrecen tanto,
le quiero bien.


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Los cautivos de Argel Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


BRAHÍN:

Has de saber que tiene
deudo conmigo.

DALÍ:

¿Cómo?

BRAHÍN:

Lo que oyes.

DALÍ:

¿Hebreo es este mozo, Alá divino?
¿Basurto, hebreo? ¿Qué es lo que me dices?

BRAHÍN:

Basurto, hebreo.

DALÍ:

¡Cómo!, ¿le conoces?

BRAHÍN:

Si somos de una patria, y de una sangre,
¿no quieres que conozca un primo mío?

DALÍ:

Ven acá, esclavo.

BASURTO:

¿Qué me quieres?

DALÍ:

Dime,
¿tú eres hebreo?

BASURTO:

Sí, señor.

DALÍ:

Pues, perro,
¿no te da vergüenza de decillo?


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Los cautivos de Argel Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


BASURTO:

Había
callado de vergüenza, y conociome
Brahín.

DALÍ:

¡Por Alá santo, que me pesa
que un hombre de tu talle y de tu ánimo
sea de aquesa gente! ¡Oh perro, escupe,
cierra los ojos, rabia que te acabe!
¡Mirad qué sin vergüenza que lo dice!

BASURTO:

Siendo desta manera, ya tú sabes
que no puedes tenerle.

DALÍ:

Dime, infame,
¿el nombre de Basurto fue postizo?
¿Cómo te lo llamaste?

BASURTO:

Mis pasados
iban, señor, a la prisión del huerto,
y aquel de quien deciende iba delante,
y al llegar a la puerta dijo Judas:
«Va sur to el escuadrón», y él respondiole:
«Va sur to», y los demás desde este día
le llamaran Basurto.

BRAHÍN:

¿Cuánto quieres
por lo que sabes que tener no puedes?


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Los cautivos de Argel Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


DALÍ:

Cien escudos no más, que por Mahoma
que, si fuese cristiano, que eran pocos
dos mil ducados.

BRAHÍN:

Esa bolsa lleva
cien escudos sencillos por tu Jesús.
(Váyase.)

DALÍ:

Voyme por no lo ver.

BRAHÍN:

Guárdete el cielo.
Ya serás mi esclavo. Acude luego a casa
en tanto que del zoco doy la vuelta.
(Váyase.)

BASURTO:

En grande obligación, Brahín, te quedo;
yo solicitaré los cien escudos.
¡Qué sutil invención! Pues vive el cielo
que os he de dar tal vida que si agora,
lo que vale dos mil, compráis por ciento,
que lo que vale ciento dais por uno.
(Sale[n] SAHAVEDRA, FELIS, DORANTES, LEONARDO, PEREDA, HERRERA, con haces de leña y segures.)

SAHAVEDRA:

Hablemos aquí un poco, antes que vamos,
cada cual a su casa, como puercos.


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Los cautivos de Argel Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


FELIS:

Temo que nos acusen.

LEONARDO:

¿Quién es este?

HERRERA:

Basurto, ¿no lo veis? Basurto, hermano.

BASURTO:

Dorantes, Felis, Sahavedra, Herrera,
Pereda, Leonardo.

DORANTES:

¿Dónde buena?

BASURTO:

De libertarme.

PEREDA:

¿Qué es lo que nos dices?
¿Vino la Redención, o han enviado
de España tu rescate?

BASURTO:

Peor que todo
cuanto me ha sucedido en esta vida.

DORANTES:

¿Hante vendido?

BASURTO:

Sí.

PEREDA:

¿Quién te ha comprado?

BASURTO:

Un judío español.

LEONARDO:

Cuéntate muerto,
mas tú le tratarás como tú sueles.


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Los cautivos de Argel Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


BASURTO:

¡Vive Dios que ha de darme por un cuarto
antes de cuatro días, porque pienso
darle humazos terribles como a diablo!

LEONARDO:

¿Con qué?

BASURTO:

Con hacer lonjas de tocino,
que yo sé un mercader que ha que las tiene...
¿Qué es esto? ¡Ay triste!

PEREDA:

Un renegado viene.
(Salgan todos los moros que pudieren en procesión, y detrás, si puede ser a caballo, y si no a pie, aquel FRANCISCO, morisco muy galán de moro, con una flecha grande en la mano.)

FELIS:

Señores, ¿qué aguardáis? ¿No veis que es vuestro
el día que reniega algún cristiano?
Dar mil palos a todos los cautivos,
por ver quién es, es justo que esperemos.

FUQUER:

  Alá, Ilé, Alá,
Mahomet resule Alá.
(Canten los músicos, como sombra, las mismas palabras.)

FELIS:

  ¿De qué tierra es este mozo?
¿De qué nación?

FRANCISCO:

Morisco de Valencia.


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Los cautivos de Argel Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


FELIS:

Eso no importa nada, compañeros.
Los ojos enjugad, dejad lágrimas;
morisco es este.

LEONARDO:

¡Oh cielos, alegrías!
Yo sé que en su seta viven todos
los más de aquellos reinos, pues castiga
el Santo Oficio tantos cada día.
(Tornen a cantar la zambra y danzarla, y denles entre tanto muchos palos a los cautivos con unos rebenques, con que acabe la primera jornada.)


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Acto II
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Los cautivos de Argel Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


FUQUER ya en las costas de Valencia con cuatro moros.
FUQUER:

  Bien queda en ese recaudo
la galeota escondida.

MORO:

La barca del propio modo
queda en la cala.

FUQUER:

No hay vida
como esta, miradlo todo.
Nadie parece en la playa
desde donde el agua raya,
margen en la blanda arena,
hasta donde a mano llena.

MORO:

Fuego enciende tu atalaya.

FUQUER:

  ¡Oh primera patria mía!
¡Valle antiguo de Segó!
¿Quién os dijera algún día
que viniera a veros yo
sin el traje que solía?
No hay árbol aquí, no hay risco,
que no conozca a Francisco
ya transfo[r]mado en Fuquer,
si no es que he trocado el ser
desde ser moro a morisco.
  En la ley de mis agüelos
vivo yo, Valencia hermosa,
desde mis mudanzas celos,
que con mi espada famosa
te han de castigar los cielos.


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Los cautivos de Argel Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


MORO:

  Así en las mismas entrañas
crio España a Julián.

FUQUER:

Yo haré las mismas hazañas.
¿Cuándo fuego haciendo están?
Pienso, Tafir, que te engañas.

MORO:

  No me engaño, fuego es aquel.
Haciéndolo está la posta.
(En alto con un hacha encendida una ATALAYA.)

ATALAYA:

Moros hay, moros de Argel.

FUQUER:

Los jinetes de la costa
vienen a los rayos dél.
  ¡Por Alá que habemos sido
sentidos!

MORO:

Camina al mar.
(Salgan algunos cristianos soldados de la costa con lanzas y adargas.)

CASTRO:

Tarde habéis, moros, venido.
Daos a prisión.

FUQUER:

¿Cómo dar?
¡Tente, cristiano atrevido!

CASTRO:

  A ellos, si no se dan.
¡San Jorge, soldados míos!


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Los cautivos de Argel Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


CRISTIANO:

A la mar huyendo van.

CASTRO:

Pero tú me muestras bríos.

FUQUER:

¿Quién eres?

CASTRO:

El capitán.

FUQUER:

¿Qué capitán?

CASTRO:

Castro soy.

FUQUER:

¿Don Diego?

CASTRO:

Sí.

FUQUER:

A ti me doy.

CASTRO:

Suelta la espada.

FUQUER:

¡Ay de mí!
(Entre RIBALTA.)

RIBALTA:

Dos se han muerto y dos prendí.

FUQUER:

En grande peligro estoy.


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Los cautivos de Argel Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


RIBALTA:

  Los demás a una barquilla,
que dos peñas escondieron,
saltaron desde la orilla,
puesto que apenas movieron
de sus arenas la villa;
  como cuando sobresaltan
aquel silencio sombrío
con que los bosques se esmaltan,
desde los juncos al río
las ranas parleras saltan.

CASTRO:

  Aquí su arráez quedó.
¿Quién eres, moro en Argel?

FUQUER:

No sé quién soy.

CASTRO:

¿Cómo no?
Déjale morir en él.

RIBALTA:

Este hombre conozco yo.
  ¿Tú no eras de Faura? Di.

CASTRO:

¡Habla, perro!

FUQUER:

¿Yo? ¿Qué dices?
De Argel soy, y de Argel fui.

RIBALTA:

¡Cómo!, ¿la lengua te desdices?
Morisco, en Faura te vi.
  Francisco es tu nombre, perro;
cristiano has sido.


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Los cautivos de Argel Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


FUQUER:

Señores,
mirad que es notable yerro.

CASTRO:

Todos estos son traidores,
su vida llaman destierro.
  El que se puede pasar
de Valencia a Argel se pasa;
después nos vuelve a robar,
que como ladrón de casa
sabe las costas del mar.
  Mejor es que se dé cuenta
al Santo Oficio.

RIBALTA:

Eso apruebo.

FUQUER:

Mi vida corre tormenta
en mar de peligro nuevo:
fuego el agua, el viento afrenta.
Señores, doleos de mí.

RIBALTA:

Tira, perro, por ahí.

FUQUER:

¡Ah patria, justo castigo,
pues vine a ser tu enemigo
y en tus entrañas nací!
(Váyanse, y entren ZULEMA y AMIR.)

ZULEMA:

  En Cerdeña fue, en efeto,
la galima, Amir amigo.


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Los cautivos de Argel Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


AMIR:

Tal gente traigo conmigo
que el mar me tiene respeto.
  No hay, Zulema, en todo Argel
galeotas como aquestas,
más bien armadas, más prestas.

ZULEMA:

Díjome ayer Moraicel
  que os habían dado caza
los Orias.

AMIR:

Traen gran peso.
Que las temí te confieso
y eran del corso la traza,
  que debieran ir ligeras
y llenas de mercadurías.
Pierden gente y gastan días.

ZULEMA:

¡Qué bien, Amir, consideras!
  Apenas se ve el estremo
del estandarte, o color
del guion, cuando el mejor
pone las manos al remo.

AMIR:

  Allá todo es gravedad;
acá, si el mismo Rey fuera,
enojando el ropa fuera,
dejaran la majestad
  las obras muertas. Bajaremos
donde hagan lastre, y no impidan,
para que los vientos midan
con las alas que llevamos.
  Tendemos para crujía
el árbol y la mesana,
con que su esperanza vana
dejemos el mismo día.
  Seguro estoy que podrán
a mí alcanzarme a lo menos.


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Los cautivos de Argel Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


ZULEMA:

¿Hay buenos esclavos?

AMIR:

Buenos.

ZULEMA:

¿Dónde los tienes?

AMIR:

Ya están
  vendiéndolos en el coso,
mas por aquí pasan ya.
(Salen un PREGONERO, dos o tres moros, BERNARDO, viejo, LUCINDA, su mujer, LUIS y JUANICO, muchachos cautivos.)

PREGONERO:

¿Quién da más? ¿Quién más me da?

MORO:

¿Lo que os doy por él es poco?

PREGONERO:

  Ciento por el más pequeño
me dan a luego pagar.
Ciento y diez os quiero dar.

MORO:

¿Qué nación?

BERNARDO:

Corso, y isleño.
  ¿Está sano este muchacho?

PREGONERO:

Miradle.


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JUANICO:

¡Ay madre!, ¿qué es esto?

AMIR:

Abre aquesa boca presto.
Abre, no tengas empacho.

JUANICO:

  Buenas las tengo, señor.
Ninguna me duele agora.

ZULEMA:

¡Bello muchacho!

JUANICO:

¿Señora?

ZULEMA:

  Menea esos brazos bien.
[...........................]

AMIR:

Con vós aceto el concierto
por menos que otros me den.

ZULEMA:

  Ciento y diez, Amir, os dan;
ciento y veinte os doy.

AMIR:

Ya es.
Ya es, que amistad os muestro.

ZULEMA:

Tristes los padres están.
  Si no, ven conmigo.


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Los cautivos de Argel Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


JUANICO:

¿Adónde?

ZULEMA:

A mi casa.

JUANICO:

¡Ay, madre mía!

LUCINDA:

Llegó de muerte el día.
Tierra, en tu centro me esconde.
  ¡Hijo!

AMIR:

¡Déjale!

LUCINDA:

Señora,
dejadme el mismo abrazar.

JUANICO:

Madre, ¿que me ha de llevar?

LUCINDA:

¡Ay hijo, estraño rigor!
  Mas, pues no puede ser menos,
mi Juan...

ZULEMA:

¡Oh, qué bríos! Juan dijo.

LUCINDA:

Mirad, mi bien, que sois hijo
de padres nobles y buenos.
  Muy tierno os llevan de mí;
abrid los ojos, amores.
Los regalos y favores
no os muden, hacedlo ansí.


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JUANICO:

  Sí, madre.

LUCINDA:

Dad la palabra.
Adiós.

JUANICO:

Palabra la doy
de estar en la fe que estoy
aunque la tierra se abra.

LUCINDA:

  Acordaos siempre, mis ojos,
de rezar, pues lo sabéis,
que si rezáis y ofrecéis
vuestras prisiones y enojos,
  aquel Santo Redemptor
de la Trinidad sagrada
y de la Merced fundada
en su soberano amor,
  él abrirá con la llave
de su cruz vuestra cadena.

JUANICO:

Señora, no tenga pena
si mi buen intento sabe,
  que ni el regalo ni el palo
me mudarán deste intento.

LUCINDA:

Hijo, aunque el castigo siento,
temo en estremo el regalo.

ZULEMA:

  Déjale ya, que mañana
ha de ser moro.


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LUCINDA:

Antes vea
su muerte.

LUIS:

En lo que desea
era su esperanza vana.
  Acuérdate, dulce hermano,
de que eras cristiano allá.

JUANICO:

Yo lo haré.

ZULEMA:

Déjale ya.

LUIS:

Pues haz, Juan, como cristiano.

JUANICO:

  Luis, ¿no me irás a ver?

LUIS:

Sí, hermano.

ZULEMA:

Suelta el muchacho.

LUCINDA:

Al cielo un ángel despacho.
Mártir, Juan, habéis de ser.

JUANICO:

  Madre, adiós.

LUCINDA:

Él te defienda
de los engaños crueles
destos perros infïeles.


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BERNARDO:

Paso, y ninguno te entienda,
  que se vengarán en él.
Hijo, adiós.

JUANICO:

Mi padre, adiós.

MORO:

Ya os concertaste[s] los dos.
Y este, ¿cuánto piden dél?

PREGONERO:

  Por este dan ciento y veinte.

AMIR:

¿Ya veis que es mayor?

MORO:

Quisiera
a otro aunque menor fuera.

AMIR:

Buscad otro que os contente,
  que a fe que habéis de pasar
de ducientos.

MORO:

No es razón.

PREGONERO:

Es una perla el garzón.
Dejádmele pregonar.

MORO:

  Quedo, que estoy en concierto.
¡Ea!, los docientos doy.


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AMIR:

Vuestro es.

LUIS:

¿Que vuestro soy?

MORO:

Sí.

LUIS:

Más quisiera ser muerto.

BERNARDO:

  Luis.

LUIS:

¡Padre de mi vida!

BERNARDO:

Vendido vas.

LUIS:

Voy sin vós.

BERNARDO:

¿Has de olvidarte de Dios?

LUIS:

¿Cuál hombre de Dios se olvida?
  Antes veréis las estrellas
como peces en el mar
y los delfines nadar
por donde relumbran ellas,
  antes la tierra pesada
sobre la esfera del fuego,
el sol en el limbo ciego,
cuerpo y peso a lo que es nada,
  antes veréis que el sol yerra
su curso...


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MORO:

¡Calla, rapaz!

LUIS:

... en los elementos paz,
entre dos humildes guerra,
  que ver mi padre sin fe.
Luis soy, tengo de imitalle.

MORO:

Eso de Lüis se calle
después que yo te compré,
  y Yuf y Zuf te apellida.

LUIS:

No, sino Lüis, señor.

MORO:

Con castigo y con amor
verás que el Luis se te olvida.

PREGONERO:

  ¿Queréis vós esta cristiana?

[MORO 2.º] :

¿Por cuánto me la darán?
(Entran SAHAVEDRA y HERRERA.)

SAHAVEDRA:

¿Qué? ¿Concertados están
de verse hoy por la mañana?

HERRERA:

  Aquí se quieren juntar.
Felis lo ha trazado ansí.

AMIR:

Otra no tan buena di
en más precio.


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[MORO 2.º] :

¿Esto he de dar?

AMIR:

  Agora bien la esclava es tuya.

PREGONERO:

Del viejo, ¿qué hemos de hacer?

AMIR:

Pues nadie le ha de querer
por ser larga la edad suya,
  en casa quedará
para andar una atahona.

LUCINDA:

¡Ay, mi Bernardo!

[MORO 2.º] :

Perdona,
que otro dueño tienes ya.
  ¿Cómo te llamas?

LUCINDA:

Lucinda.

[MORO 2.º] :

Pues Lucinda, tu marido
yo soy ya.

BERNARDO:

Que me divido
de ti sin que el alma rinda.

LUCINDA:

  Adiós, mi Bernardo.

BERNARDO:

Adiós,
prendas por mi mal perdidas.


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Los cautivos de Argel Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


AMIR:

Ven donde tu premio pidas.

PREGONERO:

Bien has ganado en los dos.
(Váyanse y queden SAHAVEDRA y HERRERA, cautivos.)

SAHAVEDRA:

  Si donde viene tan muerta
la cristiana religión,
con alguna devoción,
no resucita y despierta,
  vendrase a perder del todo.

HERRERA:

Ya está, Sahavedra, aquí.

SAHAVEDRA:

Esperada.
(Sale[n] PEREDA y DORANTES.)

PEREDA:

Amigos,
[..........................]
hoy se ha de ordenar el modo
  como mejor aliviemos
este Jueves Santo.

HERRERA:

Quiere,
Felis, quiere Dios no altere
a los amos que tenemos,
  que se haga una procesión
famosa de diciplina.


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Los cautivos de Argel Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


DORANTES:

No hay duda de que es divina,
más que hermana inspiración,
  porque haremos monumento
y mil cristianos dormidos
abriremos los oídos
en este santo instrumento.
  Oirá nuestras voces Dios
y nuestra sangre vertida
recibirá.
(BASURTO entre.)

BASURTO:

¿Que tal vida,
Basurto, pase por vós?
  ¿Esto se puede sufrir?
¿Soy hombre o bestia?

SAHAVEDRA:

¿Qué es esto?
Basurto, ¿con qué gesto?

DORANTES:

¿Dónde vas?

BASURTO:

Voy a morir.
  Topome el diablo, señores,
con un bellaco judío
que se hizo amigo mío,
y no hay contra nós mayores,
  que me compró de mi amo
fingiéndose mi pariente;
[..........................]
que como sabéis del amo,
  donde paso hambre mortal
y la desnudez que veis,
mirad si acaso tenéis
entre todos medio real,
  que estoy como perro en siesta
cuando el dueño no ha venido.


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Los cautivos de Argel Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


PEREDA:

¿Que tan mal te ha sucedido?

BASURTO:

Es propria ventura aquesta
  de los que son desdichados,
no hay miseria cual la mía.
Como a perro a mediodía
me ponen agua y salvado,
  y porque el sábado, que era
fiesta suya, eché en la olla,
donde estaba una polla
y un pedazo de ternera,
  dos deditos de tocino
rancio que me dio un francés,
por comérmelo después
con cuatro veces de vino
  que de limosna busqué
entre ciertos mercaderes,
fue mi dicha.

SAHAVEDRA:

¿Llorar queréis?

BASURTO:

El caldo entonces lloré,
  porque dándome con ella
el traidor, ¿quién tal pensara?,
lloré el caldo por la cara
que me virtieron por ella,
  mas como también me olía
y tanta lengua sacaba,
y lo que en la nariz topaba
en la boca lo metía,
  mas pagómelo.


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Los cautivos de Argel Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


DORANTES:

¿Cómo?

BASURTO:

Una cuerda que hallé
de vigüela corté
en pedacitos pequeños,
  y echéselos otro día
en la olla.

HERRERA:

¿Y al sacalla?

BASURTO:

Que dos mil gusanos halla
en ella se parecía,
  porque la cuerda cocida
todo parece gusanos.

DORANTES:

¿Quién duda que fue a tus manos
toda entera remitida?

BASURTO:

  Diómela, mas yo, fingiendo
asco, aún no quería vella,
y me forzaban a comella,
«¡Cómela, perro!», diciendo,
  «que estos gusanos que ves
te han de comer dentro vivo».
Yo decía: «¿Que a un cautivo
ponzoña y gusanos des?»;
  «¡Justicia del cielo, perro!»,
el judío replicaba,
«¡Come!». Yo, que no jarraba,
pero: «¡En fin con ella, perro!»,
  y diciendo: «¡Porque pierdas
el esclavo, vil hebreo,
tengo de ser el Orfeo!»,
  y siendo el pie de una polla,
ternera tierna y perdiz
debajo de la nariz,
me fui metiendo la olla.


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Los cautivos de Argel Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


PEREDA:

  ¿Y a eso tan triste vienes?

BASURTO:

Notables burlas le hago,
con que en esto me pago.

HERRERA:

¡Dichosa desdicha tienes!

BASURTO:

  ¿A qué os juntastes aquí?

SAHAVEDRA:

A honrar nuestro Jueves Santo,
que queremos hacer cuanto
hacen en España.

BASURTO:

¿Ansí?

SAHAVEDRA:

  Sí, Basurto. Procesión
de diciplina ha de andar.

BASURTO:

Esa podéis escusar,
pues tan ordinarias son,
  y hagamos el monumento.

PEREDA:

Esas que por fuerza son
no tienen la devoción,
que la que ordenar intento
  diciplinas ha de haber,
túnicas, andas y cera.


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Los cautivos de Argel Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


HERRERA:

¿Quién viene?
(FELIS entre.)

FELIS:

Quien os quisiera
juntos en España ver.

SAHAVEDRA:

  ¡Ah, Felis!, ¿ya está trazado
el hacer la procesión?

FELIS:

Mover vuestra devoción
es lo que tengo pensado,
  y que enternezcáis los pechos
destos fieros renegados
y algunos determinados,
por ejemplo de los hechos,
  que se quieren hacer moros.
¿Cómo llevarevos cera?

HERRERA:

Contribuyendo cualquiera
de aquesos pobres tesoros,
  más de alguna ama sé yo
que dará dinero.

PEREDA:

En todo
se buscará el mejor modo.

FELIS:

No hay túnicas.


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Los cautivos de Argel Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


PEREDA:

¿Cómo no?
  Aunque el chaleco se vuelva
lo de atrás para adelante.

FELIS:

Algún paso es importante
que en lágrimas nos resuelva.

HERRERA:

  ¿Qué paso?

FELIS:

La cruz a cuestas
mueve a grande devoción,
sacando a su obstinación
lágrimas si están dispuestas.

BASURTO:

  Haya alguno que el Dios mío,
que la cruz ha de llevar,
cristianos os quiera dar,
que yo os prestaré el judío.

FELIS:

  ¿En qué le harás?

BASURTO:

Ya está hecho.

DORANTES:

¿A tu amor?

BASURTO:

El mismo es,
y aun irá sin interés,
que no está bien satisfecho.


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FELIS:

  Agora bien, el guardián
viene por aquí; no es bien
que antes diciplina os den.

BASURTO:

¿Quereisme hacer sacristán
  destos pasos que veréis?
¿Qué andas llevaréis?

FELIS:

Una, mañana.

BASURTO:

¿Dónde?

FELIS:

En casa de Sultana.

BASURTO:

Adiós.

FELIS:

Allá me hallaréis.
(Váyanse, y entren SOLIMÁN y AJA.)

SOLIMÁN:

  ¿Qué les has dado, enemiga?

AJA:

Lo que Fátima me dio.

SOLIMÁN:

No es posible.

AJA:

¿Cómo no?
Celia, Solimán, lo diga.

SOLIMÁN:

  ¿Cómo están locos los dos?


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Los cautivos de Argel Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


AJA:

Tomaron más cantidad.

SOLIMÁN:

Aja, dime la verdad.

AJA:

Esta es la verdad, por Dios.
(Salgan, fingiéndose locos, MARCELA y LEONARDO.)

MARCELA:

  No hay qué tratar, ya he de ser
su esposa de Solimán.

LEONARDO:

Y yo soy de Aja galán.

MARCELA:

¿Quién es Aja?

LEONARDO:

Es mujer.

MARCELA:

  ¡Malos años para vós!
Aja no tendría migaja
de vós, porque yo soy Aja,
y haré raja a los dos.

SOLIMÁN:

  ¡Tente, loca!

AJA:

¡Tente, loco!

MARCELA:

¡Tente tú!

LEONARDO:

¡Tú también tente!


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Los cautivos de Argel Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


SOLIMÁN:

¡Qué locura!

AJA:

¡Qué accidente!

MARCELA:

¡Todo es nada!

LEONARDO:

¡Todo es poco!

SOLIMÁN:

  ¿Sabes que soy tu señor?

MARCELA:

¿Sabes que soy reina agora?

AJA:

¿Sabes que soy tu señora?

LEONARDO:

¿Sabes que soy el mayor
  de cuantos reyes han dado
ley al mundo?

SOLIMÁN:

Las prisiones
te harán cuerda.

MARCELA:

Si me pones
de yerro un monte labrado,
  no es peso para mis pies,
que soy espíritu.

AJA:

Esclavo,
¿sabes que el loco más bravo
por la pena no lo es?


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Los cautivos de Argel Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


LEONARDO:

  ¿Sabes cómo no hay más pena
que la que tengo en el alma?
Apretó amor con la palma,
y está la madera llena.
  ¡Viva España!

MARCELA:

¡Viva España!

SOLIMÁN:

Locos nos han de volver.

MARCELA:

Aun no debéis de saber
en qué para la maraña,
  pues sabéis que hay encubierta
una cosa contra vós,
que la trazamos los dos.

AJA:

¡Triste! ¡Mi desdicha es cierta!
  Esta debe de querer
decir que a Leonardo quiere.

SOLIMÁN:

Que por su hermosura muero
hoy le dice a mi mujer.
  ¿Oyes, Aja?

AJA:

¿Qué me quieres?
Estos son locos, no obligan
a crédito en cuanto digan.

SOLIMÁN:

Así es verdad, cuerda eres,
  que quien no tiene sentido
como el reloj siempre está,
que no entiende lo que da.


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Los cautivos de Argel Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


LEONARDO:

[Aparte.]
¡Cuerda la invención ha sido!

SOLIMÁN:

  Ea, Leonardo, hoy has de ir
al monte a hacer leña.

LEONARDO:

Bien,
haced que presto me den
esa bestia en que salir,
  que he de traer seis encinas
para quemaros.

SOLIMÁN:

¿A mí?

LEONARDO:

¿Pues a quién mejor que a ti?

SOLIMÁN:

¿No adviertes que desatinas?
  Aja, gran mal me has causado.
Los dos esclavos mejores
he perdido.

AJA:

Estos rigores
de la fuerza han resultado.
  Principios son, no te espantes.
Vamos, pasará el furor.


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Los cautivos de Argel Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


SOLIMÁN:

¡Qué mal se conquista amor
con violencias semejantes!
  Amor de blandura nace,
de regalo y de amistad,
que es libre la voluntad
y vive en la ley que hace.
  Cuéntalos ya por perdidos.

AJA:

Déjalos estar un poco.

SOLIMÁN:

Tarde o nunca vuelve un loco,
Aja, a cobrar los sentidos.
(Váyanse AJA y SOLIMÁN.)

LEONARDO:

  ¿Quién eres tú?

MARCELA:

¿Quién? Yo soy
la reina de Trapisonda.

LEONARDO:

Da una vuelta a la redonda.

MARCELA:

Digo que una vuelta doy.

LEONARDO:

  Es verdad, la Reina eres,
¿mas quién dirás que soy yo?

MARCELA:

El primero [que] salió
por las murallas de Amberes.


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Los cautivos de Argel Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


LEONARDO:

  Pardiez, ¿no me has conocido
como vengo disfrazado?

MARCELA:

¿Quién eres?

LEONARDO:

Antón pintado.

MARCELA:

Cobra, mi bien, el sentido.

LEONARDO:

  Sí haré, pues a verte llego,
y tales mis llamas son,
que ya soy pintado Antón
por las que traigo de fuego.
  ¿Cómo, mis ojos, te ha ido
con la bebida cruel?

MARCELA:

El antídoto fïel
único remedio ha sido.
  Como aquel agua bebí
que el unicornio ha templado,
la ponzoña que me dio
fue epítima para mí.

LEONARDO:

  Lo mismo me ha sucedido,
que aquella vara divina
que revolvió la piscina
toda mi salud ha sido.
  Yo fui el pobre, el ángel fue
Felis, la vara, el madero,
leña de Isaac el cordero
que sobre el monte se ve,
  tan firme que vendrá día
en que nos den libertad.


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Los cautivos de Argel Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


MARCELA:

¿Qué soy de tu voluntad?

LEONARDO:

El dueño.

MARCELA:

Tú de la mía.

LEONARDO:

  Muero por darte un abrazo.

MARCELA:

Ya espero que tengas vida.
(Abrácela.)
(SOLIMÁN entre.)

SOLIMÁN:

¿Qué es esto?

LEONARDO:

¡Suelta, atrevida!

MARCELA:

¿Cómo?

LEONARDO:

Hanos visto el perrazo.

SOLIMÁN:

  ¿Aquí paró la locura?

LEONARDO:

Dice esta, y son embelecos,
que es la reina de Marruecos.

SOLIMÁN:

Sí puede, por hermosura.


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Los cautivos de Argel Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


MARCELA:

  Pues, ¿qué tengo yo de hacer
si él dice en esta ocasión
que es él un pintado Antón?

LEONARDO:

¿Le hago?

MARCELA:

No puede ser,
  que entonces fue desatino,
[.............................]
porque para ser Antón
os saltaba este cochino.

SOLIMÁN:

  ¿Cuál decís?

MARCELA:

Luego, ¿no os vais?
Pues dad una vuelta en cerco,
que vós mismo sois el puerco,
mas no, que no le comáis,
  y es linda transformación,
si bien lo consideráis,
que siendo perro os volváis
en puerco de San Antón.


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Los cautivos de Argel Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


SOLIMÁN:

  Bella esclava, hermosos ojos
que agora tenéis en calma
la mejor parte del alma
solo para darme enojos,
  ¿qué crüel estrella mía
os quitó el entendimiento?,
¿quién de tan rico aposento
osó desterrar el día?,
  ¿quién puso en este tesoro
un encanto semejante?,
¿quién desengastó el diamante
de tales esmaltes y oro?
  Tiros y vaina bordada
sin espada parecéis,
que a nadie servir podéis
mientras os falta la espada.
  Fuerte consejo me dio
Aja, mi loca mujer;
lo que yo pensaba hacer
con su invención me estorba,
  que con dos falsos testigos,
y con menos pesadumbre,
como es en Argel costumbre
jurar criados o amigos,
  que me dijiste probara
que queríades ser mora,
y lo fuérades agora,
y yo con vós me casara.
  Mas ya, ¿cómo puede ser?


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Los cautivos de Argel Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


LEONARDO:

Hola, galgo, no te entones,
ni digas esas razones
a la Reina, mi mujer,
  que cuando le levantaras
ese falso testimonio,
inducido del demonio
a renegar le llevaras,
  yo con mi ejército fuera
y la mezquita abrasara,
a la cristiana cobrara
y a las ancas la subiera
  de mi caballo hipogrifo,
y la llevara a París.

SOLIMÁN:

Perdido está.

LEONARDO:

¿Qué decís?

MARCELA:

Que soy sierpe.

LEONARDO:

Yo soy grifo.

MARCELA:

  Cierra con él.

SOLIMÁN:

Quedo, esclavos,
que os haré echar en prisión.

LEONARDO:

¡Oh, qué linda colación,
que no se me da dos clavos!


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Los cautivos de Argel Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


SOLIMÁN:

  Quiero dejarlos un poco,
que debe de ser temprano.

LEONARDO:

Prisiones al viento vano
es ponérselas a un loco.
  La mayor prisión del mundo
es la de la voluntad.

MARCELA:

Decís, Leonardo, verdad;
en la que tengo me fundo.

LEONARDO:

  El mayor rey de amor.

MARCELA:

La suya, ¿es fuerza, o es ley?

LEONARDO:

No lo sé, mas sé que es rey.

MARCELA:

No es rey.

LEONARDO:

¿Pues qué es?

MARCELA:

Atambor.

LEONARDO:

  ¿Qué dices?

MARCELA:

Lo que has oído.

LEONARDO:

¿Cómo pruebas que es verdad?


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Los cautivos de Argel Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


MARCELA:

Porque es todo vanidad,
y hace notable ruido.

LEONARDO:

  Bien dices, que el atambor
esta vacío de dentro,
y infama, y toca en el centro
de la hacienda, del honor,
  mas déjate de locuras
y háblame, mi bien, de veras.

MARCELA:

¿Qué veras, Leonardo, esperas
deste mi amor más seguras?
  Esclava, libre, en prisión
o en la patria, aquí en Argel
o en España, soy de aquel
que me cuesta estas prisiones.
  En estos brazos descansa;
este es mi centro, mi bien.
(Entre AJA.)

AJA:

Si estará ya tu desdén
llorado, templado y manso,
  ¿qué es esto, perros?

LEONARDO:

Desata
el lazo, Marcela mía.

AJA:

Tú eres la loca, desvía.


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MARCELA:

¡Oh, qué graciosa beata!
  ¿Sabéis vós lo que buscaba
en este hombre?

AJA:

Lo que yo
jamás hallé.

MARCELA:

¿Por qué no?

AJA:

Porque en ti, Marcela, estaba.

MARCELA:

  ¿Qué buscáis?

AJA:

La voluntad.

LEONARDO:

La voluntad ya se fue.

AJA:

Mi bien, ¿dónde la hallaré?

LEONARDO:

¿Quereisla hallar?

AJA:

Sí.

LEONARDO:

Escuchad.

AJA:

  Haz verdadero el retrato,
cristal, pues eres mi espejo.

LEONARDO:

En la cocina la dejo
colgada de un garabato.


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Los cautivos de Argel Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


AJA:

  ¡Ay loco del alma mía!,
si loca te conquistase,
no dudes de que intentase
esta cautiva este día.
  ¿Quién me dio tan mal consejo
que tal veneno te he dado?
Si yo la vena he quebrado,
¿por qué del cristal me quejo?
  Mas si cuerdo me aborreces,
¿cómo no me quieres loco?
Dudas lo mucho, y lo poco,
tienes el rigor que otra vez.
  Si ya no tienes sentido,
o el que tuviste a lo menos,
¿cómo están los tuyos llenos
de mi desdén y tu olvido?
  Si la memoria no mengua
como el seso, ¿qué es ser loco?

MARCELA:

Hola, galga, poco a poco,
que os haré cortar la lengua.
  ¿Sabéis que no habéis de hablar
en cosas que a mí me ofenda?

AJA:

¿Pues quién es este?

MARCELA:

Una prenda
que os quiso el cielo empeñar,
  guardalda, y no os sirváis della,
pues la tenéis empeñada,
que si vuelve maltratada,
no os darán un cuarto por ella.


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AJA:

  Agora bien, ningún provecho
se saca de que estéis juntos,
que crece el rigor por puntos
de que mis celos le han hecho.
  Vete, Leonardo, de aquí.

LEONARDO:

Vete tú, Marcela.

MARCELA:

Quiero
que este se vaya primero.

LEONARDO:

Luego, ¿tienes celos?

MARCELA:

Sí.

AJA:

  Lo que cuerda me negaba,
ya me lo confiesa loca.

MARCELA:

Es blando el amor de boca,
y si le corréis...

AJA:

Acaba.

MARCELA:

  Vete, Leonardo.

LEONARDO:

Por ti
yo me iré.


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Los cautivos de Argel Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


MARCELA:

Pues yo también.

LEONARDO:

Adiós, loca.

MARCELA:

Adiós, mi bien.
[.............................]

AJA:

  ¡Por Alá que he de venderos
por un real al Redentor!
¡De celos es rudo amor
fuego, y qué padres tan fieros!
(Vanse, y entren con algunas diciplinas y luces los cautivos que puedan, y BASURTO con un báculo.)

BASURTO:

  Ténganse los de adelante,
y esto vaya como ha de ir.
La orden se ha de seguir.
Poco a poco, Bustamante;
  llevad despacio el pendón,
no venga tan presto el paso.
(AMIR y ZULEMA.)

ZULEMA:

Digo que es notable caso.

AMIR:

¿Y qué es esto?

ZULEMA:

Procesión.
  Úsase esto en su tierra,
y que llaman Viernes Santo.


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Los cautivos de Argel Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


BASURTO:

Ya digo que no anden tanto.
(Entre DALÍ.)

DALÍ:

¿Qué es esto, canalla perra?

SAHAVEDRA:

  Quedo, nuestro amo ha venido.

DALÍ:

¿Quién fue desto el inventor?
Hablad presto.

FELIS:

Yo, señor.

DALÍ:

¿Tú, perro?

FELIS:

Yo he sido.

DALÍ:

  ¿Por qué mandas azotar
mis esclavos? ¿Qué te han hecho?

FELIS:

Bien estarás satisfecho,
que no lo puedo mandar;
  rogar sí, y si se azotan,
porque yo se lo he rogado.

DALÍ:

Y eso, perro, ¿no es pecado?
¿No ves que a Argel alborotan
  y que pueden enfermar
de la sangre que han vertido?
¿Hombre cristiano ha podido
mis esclavos castigar?


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FELIS:

  Esta es una imitación
de lo que en España hacemos
cuando celebrar queremos
de nuestro Dios la Pasión.
(Moros con alabardas, CIGALA y MASOL.)

CIGALA:

  Alá te guarde.

DALÍ:

Capitán, ¿qué queréis?
¿Con guardas en mi casa?

CIGALA:

Dalí, escucha.

DALÍ:

¿Quién os envía?

MASOL:

El Rey.

DALÍ:

El Rey, ¿qué quiere?

CIGALA:

¿Conociste a Francisco, aquel morisco
que se volvió a la seta de sus padres,
y se llamó Fuquer?

DALÍ:

Bien le conozco,
y sí, yo le truje, y la tomó a mi ruego,
y vuelve con mi gente y galeotas
a las playas y costas de Valencia.

MASOL:

Pues sabe que es perdido.

DALÍ:

¿Qué me cuentas?


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MASOL:

Perdiose entre las guardas de la costa,
y siendo conocido de un cristiano
fue llevado a la cárcel, que en España
le llaman el Santo Oficio, donde en breve
fue quemado en un palo. Al Rey lo escribe
una espía que vive en Alicante.
El Rey está informado que en tu casa
tienes un sacerdote valenciano
de la cruz de Montesa, y este pide,
para quemarle vivo por venganza.

DALÍ:

¿Quién es de mis esclavos sacerdote?

FELIS:

Yo soy.

DALÍ:

¿Qué es de la cruz que aqueste dice?

FELIS:

Debajo del alquicel la traigo siempre.
Vesla aquí en el chaleco.

DALÍ:

Pues llevadle.

FELIS:

Señor, ¿que tal ha sido mi ventura?
¡Oh, qué bueno que voy para imitaros!
Dadme, moros, el palo, y llevarele
sobre los hombros, ya que me habéis dado
estos azotes.

CIGALA:

Si llevarle quieres,
yo te daré ese gusto.


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FELIS:

Adiós, cristianos.
Amigo Sahavedra, adiós.

SAHAVEDRA:

No puedo
responderte de lágrimas.

FELIS:

Pereda,
quedaos con Dios. Adiós, Herrera amigo.
Todos me encomienden a Dios, y luego
los pobres vestidillos que tenía
daréis por Dios a los cautivos pobres.

DORANTES:

Yo haré lo que me mandas. Dios te quiere.

FELIS:

Basurto, adiós.

MASOL:

Acaba ya, perrazo.

ZULEMA:

Vámoslo a ver.

DALÍ:

Yo voy a ver su muerte
para vengarme de lo que he perdido.

CIGALA:

El Rey quiere pagarte lo que vale.

DALÍ:

¡Ay, mi amigo Fuquer!

SAHAVEDRA:

Vamos, amigos,
a llorar esa pérdida notable.


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BASURTO:

El paso que faltaba al fin se ha hecho.

PEREDA:

Sí, pues imite al sumo sacerdote
aqueste sacerdote valenciano.

HERRERA:

¡Padre perdemos!

DORANTES:

¡Dios nos dé consuelo!

SAHAVEDRA:

Hoy hay correo de la tierra al cielo.
(Éntrense, y salga JUANICO vestido de moro, y diga:)

JUANICO:

  Agora sí estoy contento,
bien vestido y regalado.
Basta lo que he porfiado,
pues era imposible intento.
  Dio Zulema en azotarme,
hízome por fuerza moro.
Verdad es que a Dios adoro,
de quien no puedo olvidarme,
  ¿pero cómo he de sufrir
tanto castigo tan tierno?
Mas si he de ir al infierno
cuando me venga a morir,
  creo que fuera mejor
dejarme matar del moro.
Mas, ¡qué lindo es este oro!
¡Qué rica tela y labor!
  Mas no quiero detenerme,
que hoy empalan a un cautivo
y querría verle vivo.


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(Su hermano LUISICO entre.)
LUIS:

Por aquí pienso esconderme
  hasta que pasar le vea.
Aquí hay un muchacho moro,
él me dirá de quien lloro,
y verle también desea.
  Niño, que te guarde Alá,
mas, ¡ay Dios!, ¿qués lo que he visto?
Juanico, ¿dejaste a Cristo?

JUANICO:

Lüisico, ven acá.
  ¿Cómo, Luisico, te ha ido?

LUIS:

¿Qué ropas son estas? Di.

JUANICO:

Mi fendo me puso ansí,
que me tiene mucho amor.

LUIS:

  ¡Quítate, perro! ¡Desvía!
¡No me toques!

JUANICO:

¿Por qué, hermano?
¿Piensas que no soy cristiano
y adoro en Cristo y María?

LUIS:

  Traidor, los más renegados
estáis en ese loco temor.
¿Morir no fuera mejor?
¡Ay mis padres desdichados!,
  ¿qué harán cuando así te vean?


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JUANICO:

Pues dime, ¿no se holgarán
de verme andar tan galán?

LUIS:

Desnudo verte desean,
  traidor, y puesto en un palo,
como el sacerdote de hoy.

JUANICO:

Yo, Luisico, bueno soy,
el vestido ha sido el malo.

LUIS:

  Si no viera tu inocencia
y que hablas con ignorancia,
[................................]
firme estaba en mi presencia.
  Trocárase en ese fin
de Abel la sangre fiel,
que yo fuera el justo Abel
y diera muerte a Caín,
  que puesto que eres menor
y ser Abel te tocaba,
ya eras Caín.

JUANICO:

No pensaba
que esto fue tan grande error.
  Antes, hermano, quería,
para que mi madre me viera,
buscar en saliendo afuera.


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Los cautivos de Argel Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


LUIS:

No le des tan triste día,
  desnúdate ese vestido
que te ha puesto Satanás.

JUANICO:

No pienso vestirle más.
Perdón, hermano, te pido.

LUIS:

  Desnuda, desnuda presto.

JUANICO:

Quítale, llévale allá,
si en este vestido está
la desdicha en que me ha puesto.

LUIS:

  Quita apriesa.

JUANICO:

Ya no hay más.

LUIS:

¿Y por fuerza te hizo moro?

JUANICO:

Estoy mejor sin el oro.

LUIS:

  ¡Cuán mejor estás desnudo!
Adiós, mi querido hermano.
Advierte que eras cristiano.
(Váyase LUIS con los vestidos, y entre ZULEMA.)

ZULEMA:

¡Qué bien en estos se emplea
  castigos de tal rigor!
¿Qué es esto, ay de mí?
¿Qué niño es el que está aquí?


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Los cautivos de Argel Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


JUANICO:

Tu Juanico soy, señor.

ZULEMA:

  ¿Mi esclavo?

JUANICO:

¿Pues no me ve?

ZULEMA:

¿Quién te ha puesto desta suerte?

JUANICO:

Pues escapé de la muerte,
no poca ventura fue.
  Un cristiano me ha robado
y me ha querido matar.

ZULEMA:

¿Pues cómo tuvo lugar?

JUANICO:

Un lienzo me tuvo atado,
  para que no diese voces.

ZULEMA:

¿Conocerasle?

JUANICO:

Muy bien.

ZULEMA:

Conmigo a los baños ven,
veamos si le conoces.
  Perros, por Alá supremo,
que ha de morir si es de moro
aunque valiese un tesoro,
y si del Rey, irá al remo.

JUANICO:

  ¡Cristo, mi rey soberano,
yo os adoro y reconozco!

ZULEMA:

¿Qué dices?

JUANICO:

Que le conozco
como Luisico, mi hermano.


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Acto III
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Los cautivos de Argel Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


Entre PEREDA, HERRERA y DORANTES, y unos morillos tras ellos.
PEREDA:

  ¿Queréis dejar, perros enemigos?

DORANTES:

¿Queréis dejarnos, perros, vil canalla?

HERRERA:

Siempre os halláis en nuestro mal testigos.

MORILLO:

  Rey Helipe morir, no rescatar, no fugir,
acá morir, acá morir.

PEREDA:

  Murió, perros, aquel que es bien que llama
prudente el mundo, y Salomón cristiano,
por quien España lágrimas derrama,
  pero vive su hijo, en cuya mano
quedó la misma España vencedora
del rebelde flamenco y africano.

MORILLO:

  Rey Helipe morir, no rescatar, no fugir,
acá morir, acá morir.

DORANTES:

  Murió aquel sol que ya los cielos dora,
pero dejó por su lugarteniente
otro Felipe, a quien España adora.
  Presto, perros, veréis la tierna frente
del laurel africano coronada
sobre el cristal del húmido tridente.


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Los cautivos de Argel Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


MORILLO:

  Rey Helipe morir, no rescatar, no fugir,
acá morir, acá morir.

HERRERA:

  Viva quedó la morisma. Espada
de Carlos Quinto, que a sus plantas tuvo
la rica Túnez, con gloriosa armada,
  destas murallas a la vista estuvo,
y si no las tomó fue porque el viento
de tantas glorias envidioso anduvo,
  que a no forzarle todo un elemento,
contra quien no hay valor el fuerte hado
derribar por tierra el fundamento.

PEREDA:

Pues si os pensáis arrepentir a todo
  y a los muchachos respondéis en seso,
les daréis ocasión.

HERRERA:

Pereda, hermano,
que no puedo sufrillos os confieso.
(Entre SAHAVEDRA.)

SAHAVEDRA:

  ¿Qué corazón, qué sufrimiento humano
podrá tener en tanto mal paciencia?
¿Qué pecho habrá con alma de cristiano?

DORANTES:

  ¿Qué es eso, Sahavedra?

SAHAVEDRA:

La violencia
de aquesta fiera, cueva de ladrones.

PEREDA:

Mas, ¿que han ejecutado la sentencia?


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SAHAVEDRA:

  Españoles, cristianos corazones
que gozáis libertad en vuestras tierras
libres de ver tan ásperas prisiones,
  pues no os tocan las lágrimas, las guerras,
la hambre y sed que aquí el cautivo pasa
en estas de piedad desiertas sierras,
  cuando llegare alguno a vuestra casa
a pediros limosna de cautivos,
cristianos, no la deis con mano escasa.

PEREDA:

  ¿Qué han hecho estos alarbes vengativos
en nuestro Felis Sahavedra?

SAHAVEDRA:

Intento
deciros sus martirios excesivos,
  y enlázame la lengua el sentimiento
que me baña cual veis en tierno llanto.

HERRERA:

Sosiega, di el suceso.


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Los cautivos de Argel Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


SAHAVEDRA:

Estame atento,
si piedad del alma puede tanto.
  Viendo los moros de Argel
que en España el Santo Oficio,
de los Católicos Reyes
intento heroico y divino,
había puesto en un palo
al valenciano morisco
porque renegó la fe
que recibió en el Bautismo,
movidos de sentimiento,
y de venganza movidos,
buscaron un español
que fuese de aquel distrito,
y hallaron al santo Felis,
que a su propósito vino,
caballero valenciano,
Castelví por apellido,
del hábito de Montesa
padre, hermano, amparo, abrigo
de los cautivos de Argel,
todos los sabéis, cautivos.


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Los cautivos de Argel Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


SAHAVEDRA:

Este que habiéndole dado
sus deudos y sus amigos
cuatro veces el rescate,
nunca rescatar se quiso,
y sino de aquel dinero
iba rescatando niños,
y son los que de perderse
tienen, como Luis, peligro;
este que nos confesaba,
y donde siempre tuvimos
reprehensiones y consejos,
católicos exorcismos;
este que se desnudaba
para darnos su vestido;
este que era fiel retrato
de un Leonardo, de un Paulino,
lleváronle al fin al Rey,
y azotado, porque a Cristo
en todo imitase Felis,
que en todo imitar le quiso,
atan como otro Pilato.
A Felis dio por Francisco,
por el morisco, al cristiano,
por el lobo, al corderillo,
por el ladrón, al fïel,
por el comprado, el vendido,
por el infame, el honrado
y por el traidor, el limpio.


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Los cautivos de Argel Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


SAHAVEDRA:

Hicieron un palo agudo,
¡ah triste!, labrando un pino,
porque sirviese de leño
al nuevo sacerdote ofrecido,
y en viéndole dijo: «Moros,
por último veros pido,
que me lo dejéis llevar
al altar del sacrificio.»
De buena gana le dieron,
que una burra habían traído
a quien quitaron el palo
por hacer lo que les dijo.
Besolo, y con mil abrazos
y amores enternecido,
le puso al hombro y tomó
de aquesta puerta el camino,
donde habiéndole fijado
entre dos ásperos riscos,
no le clavaron en él,
como su costumbre ha sido,
sino atándole, no más,
tomó un alarbe atrevido
el chaleco donde estaba
la roja cruz... No prosigo
de dolor, que ya no puedo.


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Los cautivos de Argel Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


PEREDA:

¡Ni quien te escucha sufrillo!

SAHAVEDRA:

Miró, en efeto, la cruz,
y queriendo el enemigo
hacer la misma en el pecho
que adoraba en el vestido,
otra le hizo (¡ay de mí!,
piedra soy, pues esto os digo)
con un cuchillo afilado,
que fue pincel el cuchillo.
La sangre dio la color,
la tabla el pecho bendito,
y así en cruz quedó en él
de esmalte rojo encendido.
Si le queréis ver, miralde,
al sacerdote divino,
ofreciendo a Cristo el alma
que es hostia del sacrificio.
(Descúbrase una pintura de lienzo y un risco, se vea el palo en que esté puesto FELIS, descubierto el pecho, y en él hecha la cruz de Montesa con sangre, y diga elevado:)

FELIS:

  A vós, ¡oh sacerdote soberano!,
que al Padre en aquel altar de aquel madero
os ofreciste, cándido cordero,
por el remedio del linaje humano,
yo, indigno sacerdote valenciano,
de la cruz de Montesa caballero,
mi sangre ofrezco, y confesando muero
el santo nombre militar cristiano.
Quisiera yo imitar esas guirnaldas
de espinas y esa cruz, mas no me han hecho
dignas de tales palmas y esmeraldas,
pero voy de una cosa satisfecho,
que si no la merezco en las espaldas,
ya muero en cruz, pues que la llevo al pecho.


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Los cautivos de Argel Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


SAHAVEDRA:

  ¡Felis santo, allá te acuerda
destos cautivos!

FELIS:

¡Oh amigos,
[los cielos] sean testigos
si lo haré luego que os pierda!
  Vivid bien, ninguno yerre,
ninguno niegue al buen Dios.

SAHAVEDRA:

Teniendo tal padre en vós,
que nuestras causas procura,
  ninguno hará tal.

FELIS:

Pues, hijos,
yo salgo de Argel también,
que voy a Jerusalén
con eternos regocijos.
  Uno de la Trinidad
me rescató, ya me voy;
con Fe y Esperanza estoy
de ver mi patria.

SAHAVEDRA:

Llorad,
  llorad, cautivos, el día
de vuestro mayor dolor.

FELIS:

En vuestras manos, señor,
encomiendo el alma mía.


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Los cautivos de Argel Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


PEREDA:

  Ya espiró, cubrid al punto
este espectáculo triste.

HERRERA:

¡Dichoso tú que naciste
como otro fénix difunto!
  ¡Que en vida a todos nos des,
y qué gloria a tu Valencia!

DORANTES:

Lloremos tu eterna ausencia,
pero cantémosla más,
  y quedad con Dios, hermanos,
no me echen menos.
(Váyase DORANTES.)

SAHAVEDRA:

Adiós.
(Váyanse PEREDA y HERRERA.)

PEREDA:

Vámonos también los dos,
que nuestros dueños tiranos
  nos habrán buscado, Herrera.

HERRERA:

Adiós, Sahavedra amigo,
que envidia llevo conmigo
del mártir que el cielo espera.


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(SAHAVEDRA solo diga:)
[SAHAVEDRA]:

  Si llegase, Felipe, a tus oídos
de veras nuestro llanto lastimoso,
y si tu augusto corazón piadoso
moviese el ay de tantos afligidos,
si de tu sol los rayos encendidos
tocasen este limbo temeroso
y el ceptro de tu brazo poderoso
fulminase estos bárbaros vencidos,
si a un risco a las cadenas prometeas
estos ladrones del mar atases,
sus viles naos fuesen las de Eneas;
si a sus lunas tus cruces enseñases,
¿quién duda, pues de Europa te laureas,
que africano, Felipe, te llamases?
(BASURTO entre, y BRAHÍN, hebreo, con un palo.)

BASURTO:

  No pongas en mí la mano,
Brahín, detenla, y detente,
que no es bien que tal vil gente
la ponga en ningún cristiano.
  ¡Por el Dios que tu agüelo
puso en la cruz!

BRAHÍN:

¡Vil cautivo!,
hoy de quien soy te apercibo
para que entiendas mi celo.
  No soy de capote humilde,
caballero hebreo soy.


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Los cautivos de Argel Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


SAHAVEDRA:

¿Qué es eso, Brahín?

BRAHÍN:

Estoy...

SAHAVEDRA:

¿Qué estáis? No le deis, reñilde,
  que basta que le riñáis,
pues no es vuestro, y aunque fuera
vuestro, ninguno os sufriera
la vida que vós le dais.

BRAHÍN:

  ¿Juntáis os a darme muerte,
perros?

SAHAVEDRA:

Yo no os hago mal,
pero no es castigo igual
a un hombre de vuestra suerte.

BRAHÍN:

  ¿Sabéis lo que ha hecho?

SAHAVEDRA:

No,
pero sé que está empeñado
en cien escudos.

BASURTO:

No he dado
causa.

BRAHÍN:

Mil causas me dio;
  cuanto a lo primero, en casa
no hay quien pueda ya comer.


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BASURTO:

¿Qué puede un esclavo hacer?
¿Que tal hombre en ello pasa?

BRAHÍN:

  Echa tocino en la olla
por comérsela después,
no he gozado en todo un mes
pichón, palomino o polla.
  Huevo, no hay tratar si fuera
para nuestras medicinas,
que pienso que mis gallinas
ponen en su faltriquera.
  Ayer tenía un conejo,
que es por lo que me he enojado,
y el perro un gato ha buscado
casi del mismo pellejo,
  y este me ha dado a comer,
y el conejo se ha comido.

SAHAVEDRA:

¿Halo hecho?

BASURTO:

Halo fingido.

SAHAVEDRA:

¿Créolo? No puede ser.
  ¿Para que le levantáis
testimonios?

BRAHÍN:

¡Bien, por Dios!
¡Bueno me pondréis los dos
si a darme pena os juntáis!
  Di, perro, ¿quién derritió
aquellos panes de cera
por debajo, de manera
que entre el pan se quedó
  hasta que lo eché de ver?


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Los cautivos de Argel Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


BASURTO:

¿Yo cera?

BRAHÍN:

¿Pues quién ha sido?

BASURTO:

Ni aun la tengo en el oído,
que Ulises quisiera ser
  para sirena tan fiera.

BRAHÍN:

Perro, de lo que has hurtado,
¿cómo no te has rescatado?

SAHAVEDRA:

No le habléis de esa manera,
  que es Basurto hombre de bien,
y os ha de matar un día.

BRAHÍN:

Esa amenaza es muy fría
y ese remedio también.
  No, aunque soy español
como ellos, y que mi hacienda
pondría a sus intentos rienda,
antes que hoy se ponga el sol.

SAHAVEDRA:

  ¿Qué harás?

BRAHÍN:

Luego lo verás.

BASURTO:

Ansí pues, espera.

BRAHÍN:

Di.


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BASURTO:

Hoy seré moro.

BRAHÍN:

¿Tú?

BASURTO:

Sí.

BRAHÍN:

¿Tus deudos qué dirán?

BASURTO:

  Digan, lloren, desatinen,
moro he de ser solo de efeto
de ponerte en tanto aprieto
que tus casas se arruinen,
  que tu dinero se gaste,
que tu crédito se pierda.

BRAHÍN:

De tus cosas se me acuerda,
y que siempre me engañaste.
  ¿Miedo me querías poner?
Ve, perro, que no lo harás.

BASURTO:

No, Brahín, hoy lo verás.

BRAHÍN:

Pues, ¡sus!, hoy lo quiero ver.
(Váyase BRAHÍN.)

BASURTO:

  ¡Vive a Dios que te he de dar
dos mil palos cada día!

SAHAVEDRA:

¿Hablas de veras?


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BASURTO:

Desvía,
que hoy tengo de renegar.

SAHAVEDRA:

  ¡Jesús, Basurto!, ¿qué dices?

BASURTO:

Pues, hermano, ¿qué he de hacer
viéndome en este poder?
No hay de qué te escandalizar;
  librareme de vivir
con tanta necesidad.

SAHAVEDRA:

¡Qué buen ejemplo en verdad
del que acaba de morir!
  ¿Eso Felis te imprimió?
¿Eso su sangre este día
en tu alma a piedra fría,
Basurto amigo, escribió?
  ¿No le viste en aquel palo
morir confesando a Cristo?

BASURTO:

Sahavedra, ya le he visto,
a un mártir santo le igualo,
  yo nunca tan bueno fui
que eso merezca del cielo.
Dios conocerá mi celo
y se dolerá de mí,
  porque yo en el corazón
tendré su nombre y su fe.


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SAHAVEDRA:

¡Oh, cuánto ese engaño fue
causa de gran perdición,
  o cuántos hoy en Argel
que habiendo a Dios renegado,
porque en el alma han guardado
alguna memoria dél,
  porque se creen y adoran
dentro de su corazón,
porque esperan ocasión,
porque en secreto la hallaron,
  piensan que se han de salvar
y que se irán algún día
a España!

BASURTO:

¿Y ser no podría?

SAHAVEDRA:

¡Oh, cómo sabe enlazar
  aquí el demonio las almas,
triste de ti y de los tales,
que de esperanzas iguales
sombra hay aquí, ingratas palmas!

BASURTO:

  ¿Es mejor desconfiar?


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SAHAVEDRA:

No, Basurto, pero di,
los que renegáis aquí,
¿cómo os pretendéis salvar?
  Luego os casáis, luego amáis
la mujer, luego la hacienda,
que más que el alma estimáis,
  luego decís: «Si me voy
a España, seré afrentado,
llamaranme el renegado,
afrenta a mis deudos soy,
  nadie querrá andar conmigo.
Pues mis hijos, ¿qué se han de hacer
sin mí y mi amada mujer,
la hacienda, el gusto, el amigo,
  la libertad, el mandar?»
Que allá todo es sujeción,
y entre aquesta dilación
suele la muerte llegar,
  y llévanse los demonios
el alma que a Dios negó,
porque ese apóstol nos dio
evidentes testimonios,
  porque era muerte la fe
donde no hay obras, Basurto.


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BASURTO:

¿Qué he de hacer si cuanto hurto
deste que de aquí se fue,
  y cuanto con mil engaños
como a cristianos, no llega
a mi rescate?

SAHAVEDRA:

¿Eso ciega
tus ojos a tantos daños?
  Ya vendrá la Redención,
y cien ducados yo haré
que el mismo día los dé.

BASURTO:

Tenga hora cual confusión.

SAHAVEDRA:

  ¿Qué confusión?

BASURTO:

Di a entender.
a unos cautivos que había
un barco, y nos llevaría
a España.

SAHAVEDRA:

¿Sabeislo hacer?

BASURTO:

  No era con esa intención.

SAHAVEDRA:

¿Pues?

BASURTO:

El coger el dinero,
y hoy, Sahavedra, los espero.

SAHAVEDRA:

¿Esa es poca confusión?


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Los cautivos de Argel Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


BASURTO:

  ¿Pues cómo no, si me han dado
para clavos, lienzo y estopa,
brea y madera, sus ropas,
y el dinero que han ganado?

SAHAVEDRA:

  ¿Pues no lo tienes hoy?

BASURTO:

Algo dello.

SAHAVEDRA:

Pues yo haré
que lo demás se te dé.

BASURTO:

¡Ah triste!, a Dios ofendo.

SAHAVEDRA:

  Hinca la rodilla en tierra
y pide perdón al cielo.

BASURTO:

Perdón, señor.

SAHAVEDRA:

Besa el suelo.

BASURTO:

¡Tierra, en tu centro me encierra!
  Pero di, ¿cómo podré
vengarme deste judío?

SAHAVEDRA:

Álzate.

BASURTO:

¡Ay, amparo mío!,
esos pies te besaré.


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SAHAVEDRA:

  Tú tienes, Basurto hermano,
gran ingenio en invenciones,
a la que una vez te pones
no se te va de la mano.
  ¿Tú no le dijiste aquí
que querías renegar?

BASURTO:

Sí.

SAHAVEDRA:

Pues yo te quiero dar
vestido, escucha.

BASURTO:

Di.

SAHAVEDRA:

  Irás de moro vestido,
y lo que en Efes le dieras
muchos palos le darás.
Aquí estarás escondido
  hasta que la Redención,
que ya se suena que viene,
te rescate.

BASURTO:

Gente viene.

SAHAVEDRA:

Pues no más conversación.
  Quédate, Basurto, aquí,
que ha rato que falto allá.

BASURTO:

Dios supremo te dará,
cielo, que has hecho por mí.


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(SAHAVEDRA se vaya y entren SOLIMÁN y FÁTIMA, mora.)
FÁTIMA:

  Esto dirás a los cautivos luego
contra el veneno que les ha quitado
el sentido que dice que han perdido.

SOLIMÁN:

¿Y volverán con eso al que tenían,
Fátima sabia?

FÁTIMA:

Cuando no le cobren,
avísame, y sabré de qué procede.

SOLIMÁN:

Alá te guarde. ¡Y si yo tuviera
el que también perdí cuando di crédito
a las locuras de Aja, y gozara
mi bella esclava!
(Váyase SOLIMÁN.)

BASURTO:

Aquesta es una mora
que en todo Argel tiene notable fama.
Guárdete el cielo, Fátima.

FÁTIMA:

Basurto,
¿cómo te va con el hebreo dueño?
¿Tan mal estabas con Dalí?

BASURTO:

No estaba,
que es caballero en fin, en fin es noble,
hice aquella invención por su consejo,
y estoy desesperado de serville.
Di, por tu vida, ¿qué remedio es este
que dabas a este moro?


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FÁTIMA:

Dos esclavos,
que tiene Solimán, Leonardo el uno,
ya le conozco natural de España,
y una esclava que adora, están sin seso
de una bebida que a los dos han dado
para obligallos a su amor, que Aja
adora el español, y este a Marcela.

BASURTO:

Conozco los esclavos, y en el alma
me pesa del suceso, pero dime,
así los cielos tu ventura logren
y tengas mayor fama por tu ciencia
que la que tuvo allá aquella que tuvo,
alterando el mar la fuerte armada
del valeroso césar Carlos Quinto,
¿cómo podré salir destas prisiones,
y volver a mi patria?

FÁTIMA:

Si tú fueses
tan noble que en llegando a España dieses...

BASURTO:

¿Qué tengo, que no te diese?

FÁTIMA:

... a un hombre
que allá te diré yo, los cien escudos
en que estás empeñado en este hebreo,
para que él de prisión se rescatase,
yo te pondría en verdad.

BASURTO:

Señora,
fálteme el cielo si en llegando a España
no diera...


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FÁTIMA:

Cuando, y si a España llegas,
no solo me darás los cien escudos,
mas ni te acordarás de que he nacido.

BASURTO:

¿Quién es aquel esclavo, y adónde vive?

FÁTIMA:

Vive en la corte, y es Selín, mi hermano,
que cautivó don Pedro de Toledo
y envió desde Nápoles a España
el Virrey a sus hijos los marqueses.
Desearía a quien segurarle allá me escribe
de llevar una silla sirve.

BASURTO:

El cielo,
Fátima, me castigue por ingrato,
si allá no procurare su rescate
como quieran venderle esos señores.

FÁTIMA:

Él, con este dinero y el que tiene,
probará su ventura.

BASURTO:

¿De qué modo
podré librarme yo?

FÁTIMA:

Muy fácilmente.

BASURTO:

¿Cómo?

FÁTIMA:

Yo quiero darte una manzana,
que solo en llevarla puedes irte
por la puerta de Argel, por el camino,
que no toparás hombre que te vea.


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BASURTO:

¡Válame Dios!

FÁTIMA:

Será lo que te digo.
Ven a la noche a mi casa.

BASURTO:

Iré sin falta.
¡Notable ciencia, cielos! Si yo me libro
con lo que Adán perdió tanta ventura,
yo pongo por mis armas un manzano
y una letra que diga: «Adán Basurto ».
¿Mas quién ha de creer que iré invisible?
Sin duda me verán cuantos me quieran.
¡Oh, qué palos palpables que me esperan!
(Salen LEONARDO y AJA.)

LEONARDO:

  ¿Quiéresme dejar, arpía?

AJA:

¡Mi bien!, ¿con tanta crueldad?

LEONARDO:

¿Sabéis qué es la necesidad?

AJA:

¿Qué, amores?

LEONARDO:

Una porfía.

AJA:

  ¿Sabes tú qué es la locura?

LEONARDO:

¿Qué puede ser?


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AJA:

Una tema.

LEONARDO:

Cierra esa boca con nema.

AJA:

Si hubiese sello, sí haría.

LEONARDO:

  ¿Pues cuál sello?

AJA:

El de tus labios.

LEONARDO:

Con armas cristianas quiero
sellar tu boca.

AJA:

No alteres
la casa.

LEONARDO:

¿Hay tales agravios?

AJA:

  No son agravios, mi bien
y dulce esclavo mío,
que en mis deseos confío
que he de vencer tu desdén.
(Entre MARCELA.)

MARCELA:

  ¿Qué es esto que ven mis ojos?
¡Solos están, ay de mí!

LEONARDO:

¿Cómo hablaré desde aquí
a aquellos dulces enojos?
  Ya veo a Marcela; quiero
fingir que le digo amores
a esta mora.


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MARCELA:

¿Qué mayores
indicios? ¡De celos muero!
  ¡Ha, traidor!

LEONARDO:

(Haga que habla con la mora.)
Señora mía,
si está aquí, mi amor calla.
Porque nos miraba fue,
todo fue porque nos vía.
  Ya que mis ojos os ven,
cesarán estos enojos.

MARCELA:

¿Qué esto le diga a mis ojos?

AJA:

Cristiano, ¿quiéresme bien?

LEONARDO:

  Como la imagen que está
detrás de alguna cortina
a religión nos inclina
y luz como el sol nos da,
  así te adoro también,
y verte, señora, espero,
cuando ya el tiempo ligero
corre la cortina bien.

AJA:

  Sin duda el agua le ha hecho
provecho, y Fátima sabia.

MARCELA:

¿Que desta suerte me agravia?
Mi amor obliga a un despecho,
  haré locuras de veras,
diré «lo fui de burlas»,
pues que con mi honor te burlas.


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AJA:

¿Que merezco que me quieras?

LEONARDO:

  ¿Qué? ¿Cómo? ¿Quién
es nube del sol que adoro,
es arca de mi tesoro
y tesoro de mi bien?
  En ese vidrio por quien veo
un ángel que me ha guiado,
en camino tan errado
a la patria que deseo,
  eres un diamante fino,
que en el fondo está el valor,
y eres alba y resplandor
del sol que a alumbrar me vino.
  Llega, abrázame.

AJA:

¿Que yo
te abrace?
(Abraza AJA alargando los brazos para asir a MARCELA.)

LEONARDO:

Sí, que mis brazos
eran, que sobran abrazos
para quien llega.

MARCELA:

Eso no,
  ya no invenciones conmigo.

LEONARDO:

Llega pues.

AJA:

Ya no lo estoy.


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LEONARDO:

Llega, que tu esclavo soy.

AJA:

Dueño, dirás.

LEONARDO:

Llega, digo.

MARCELA:

  ¡Que no hay tratar de engañarme!
(SOLIMÁN entre.)

SOLIMÁN:

¿Qué es esto?

AJA:

Tengo deste loco,
que no fue tenerle poco.

SOLIMÁN:

¿Cómo?

AJA:

Ha querido matarme.

SOLIMÁN:

  ¿Matarte?

MARCELA:

No se lo creas,
los dos te engañan.

SOLIMÁN:

¿A mí?

LEONARDO:

¿Qué dices, Marcela?

MARCELA:

Aquí
quiero que mis celos veas.
  Nuestra locura es fingida,
los dos las habemos trazado.


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LEONARDO:

¡Marcela!

MARCELA:

Tarde has llegado.

LEONARDO:

¡Mi vida!

MARCELA:

Que ya no hay vida,
  ni quiero vida, ni honor,
ni patria, ni libertad.

SOLIMÁN:

Marcela, ¿eso es verdad?

MARCELA:

Esto es la verdad, señor.

AJA:

  Más loca debe de estar.
Notable es que se fíe en sí.

SOLIMÁN:

Con el cristiano te vi,
esto no puedes negar.

AJA:

  No fie en su atrevimiento,
porque matarme quería.

LEONARDO:

¿Qué has hecho, Marcela mía?
¿Dónde está tu entendimiento?
  Remedia, mi bien, el daño
que a los dos ha de venir.


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SOLIMÁN:

¿Que estos pudiesen fingir
tan de veras este engaño,
  y que Aja me ha tenido
este respeto?

AJA:

Si das
crédito a locos, podrás
dar a una piedra sentido.

SOLIMÁN:

  Luego, loca está Marcela.

AJA:

Pues no.

SOLIMÁN:

Dime, esclava hermosa,
¿has dicho acaso de loca
esta verdad, o es cautela?
  ¿Estás loca? Habla conmigo,
si otra causa te provoca.

MARCELA:

Pues si no estuviera loca,
¿dijera yo lo que digo?
  Loca estoy, loco es amor,
creció mi locura aquí,
porque vi, pero no vi,
que es ciego, Circe, el temor.
  Dejadme estar en mi estado,
que hoy el Rey me viene a ver.

AJA:

¿Es esto para creer?


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LEONARDO:

¡Qué bravo susto me has dado!

MARCELA:

  ¿Y tú qué me has puesto a mí?

LEONARDO:

Yo contigo hablando estaba
cuando con la mora hablaba.

MARCELA:

Creerelo, mi vida.

LEONARDO:

Sí.

SOLIMÁN:

  No quiero esta confusión.
¡Vive a Dios que he de vendellos!

AJA:

¿Y qué te han de dar por ellos?

SOLIMÁN:

Hoy viene la Redención
  por una pieza de grana;
por una holanda, un escudo
los he de dar.

AJA:

¡Poco pudo
durar mi esperanza vana!
(Entre DALÍ.)

DALÍ:

  El Rey me envía a llamarte.

SOLIMÁN:

¿Qué me quiere el Rey?

DALÍ:

No sé.


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SOLIMÁN:

Aja, a tu cuadra te ve.

AJA:

Dalí.

DALÍ:

¿Llamas?

AJA:

Oye aparte;
  Solimán quiere vender
estos esclavos.

DALÍ:

¿La esclava?

AJA:

¡Es loca, y furiosa, y brava!
Una merced me has de hacer
  de comprallos para mí,
que los dará en bajo precio.

DALÍ:

¿La esclava vendes tú, necio?

AJA:

Véndela porque está ansí.
  Allá los has de guardar.

DALÍ:

Yo te serviré.

SOLIMÁN:

¿No vamos?

DALÍ:

Voy.

SOLIMÁN:

¿Qué quiere?


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Los cautivos de Argel Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


DALÍ:

Que salgamos
hoy a holgarnos por el mar.

SOLIMÁN:

  Oye aparte.

DALÍ:

Di.

SOLIMÁN:

Yo quiero
vender estos esclavos,
no por furiosos ni bravos,
ni por falta de dinero,
  sino por echar de casa
a Leonardo, y con cautela
podré gozar a Marcela,
y a la tuya los pasa,
  y di que los has comprado.

DALÍ:

Yo lo haré, pero por Dios,
que he de burlar a los dos,
que la esclava me ha picado.

SOLIMÁN:

  Entraos vosotros de aquí.

LEONARDO:

Ya nos venden.

MARCELA:

Si es a un dueño,
era peligro pequeño,
porque no hay vida sin ti.


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AJA:

  Ya sin esta esclava estoy.

SOLIMÁN:

La esclava pienso gozar.

DALÍ:

A los dos pienso engañar.

LEONARDO:

¿Cúya serás?

MARCELA:

Tuya soy.
(Sale BASURTO, vestido de moro gracioso, dando de palos a BRAHÍN.)

BRAHÍN:

  ¿Por qué me matas, perro renegado?

BASURTO:

¿Acuérdaste, Brahín, de la crüel vida
que en esta casa sin razón me has dado,
mala cena, peor cama, ruin comida?
Pues hoy por castigarte me he tornado
moro. Miento, ¡por Dios!, porque es fingido
el almalafa, cocas y bonete.

BRAHÍN:

¡Basta, por Dios, no más! Déjame y vete.

BASURTO:

  ¿Que te deje? ¡Oh, qué lindo! Dame luego
cien ducados. ¡Juro por Mahoma,
que pues le juro, bien creerás que llego
a la furia que viéndote me toma,
que si no me los das, te ponga en fuego,
y como a puerco de tus carnes coma!


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BRAHÍN:

¿Cien ducados?

BASURTO:

¿Es poco cien ducados?

BRAHÍN:

¡Qué licencia de infames renegados!
  Que afrentaste, Basurto, a tu linaje.

BASURTO:

Y tú has honrado el tuyo, ¡vive el cielo!,
que he de escribir, y para mayor ultraje,
tu infamia hebrea honro, patria y suelo,
y que todas las tardes que el sol baje
desta montaña al mar bañado,
yo te he de venir a dar sesenta palos.

BRAHÍN:

¡Renegados al fin! ¡Cristianos malos!
  ¿Qué nombre te has llamado?
{{Pt|BASURTO:|
Si él importa,
yo Muley Arambel me llamo.

BRAHÍN:

Espera.
Toma esta bolsa y tu crueldad reporta.

BASURTO:

¿Qué lleva?

BRAHÍN:

Cien cequíes.

BASURTO:

Mil quisiera.

BRAHÍN:

¡Dios me libre de ti!


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BASURTO:

La lengua acorta,
ya me voy; lo que has hecho considera.

BRAHÍN:

Quejarme tengo al Rey sobre tu robo,
mas es pedir el corderillo al lobo.
(Váyase.)

BASURTO:

  ¡Por el rancio pernil del gran Profeta!
Si no te vas, la mosca le he cogido,
conque me voy, y el hábito y la seta
fingida dejo aquí, con el vestido.
(Desnúdese, y quede con el hábito.)
Esto de la manzana me inquieta;
sacar la quiero y ver si burla ha sido.
¡Oh manzana, si fuésedes la estrella
que me guiase hasta mi España bella!
(Sale AMIR dando de palos a BERNARDO, viejo cautivo.)

AMIR:

  ¡Camina, perro!

BERNARDO:

Señor,
duélete de mi vejez.

AMIR:

Acabarás desta vez
y cesará mi rigor.

BERNARDO:

  Si fuera en mi mocedad,
con más fuerzas te sirviera.
[.............................]


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Los cautivos de Argel Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


BASURTO:

Para probar si es verdad,
  que parece desatino,
que con llevar en la mano
esta manzana esté llano
para España el camino,
  mas, ¿qué la pierde en pasar?
¡Vive a Dios que no me ve!

AMIR:

¿Quién va?

BASURTO:

¡Ay, triste engaño fue!

AMIR:

¿Dónde vas?

BASURTO:

Voyme a embarcar.

AMIR:

  ¿A qué parte vas?

BASURTO:

A España.

AMIR:

Vete en buena hora.

BASURTO:

¿Hay tal cosa?
¡Oh manzana bella, hermosa,
que ya dicha me acompaña!
  Si todos dicen así,
por tierra a España me voy.
(Salen DALÍ y LUCINDA, su mujer.)

DALÍ:

El cargo della te doy.


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LUCINDA:

Para servirte nací.

DALÍ:

  Hela comprado a desprecio
porque dicen que está loca.
Su hermosura me provoca,
por su donaire la precio.
  Tú has de saber qué pasión
la obliga a tal desvarío.

LUCINDA:

Yo la hablaré, señor mío,
y le diré tu afición.

BASURTO:

  Pasar quiero por Dalí
para confirmar si puedo
salir de Argel. Tengo miedo.

DALÍ:

Paso, ¿quién va?

BASURTO:

Yo.

DALÍ:

¿Tú?

BASURTO:

Sí.

DALÍ:

  ¿Dónde vas?

BASURTO:

A España voy.

DALÍ:

¿A España?


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BASURTO:

Sí.

DALÍ:

Alá te guarde.

BASURTO:

Cielos, ¿de qué estoy cobarde
cuando tan seguro estoy?
  Yo parto a España por tierra
con mi manzana en la mano.
¡Bendiga el cielo el manzano
que tan linda fruta encierra!
(Váyase.)

DALÍ:

  ¿Lucinda?

LUCINDA:

¿Fende?

DALÍ:

Ya voy
por la bellísima esclava.

LUCINDA:

Yo te aguardo.

AMIR:

Parte, acaba,
contento de aquesta voz.

BERNARDO:

Flaco y desmayado estoy,
  y de mil palos molido.
Déjame tomar aliento.


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LUCINDA:

¡Ay cielo, la voz que siento
de Bernardo, mi marido!
  ¿No bastaba, ay de mí,
ver mis dos hijos cautivos,
que apenas sé si están vivos,
según los tratan aquí
  para que se vuelvan moros,
sino ver su padre triste,
preso y herido?

AMIR:

¿Tú fuiste
por quien perdí mil tesoros,
  negándome que eran nobles
los cautivos que vendí?
Pues a desprecio los di.

BERNARDO:

¿No ves que eran tratos dobles
  y en España infames son
los que a los amigos venden,
los que van con los que prenden
dando causa a la prisión,
  tanto, que no es el verdugo
más vil que el que da noticia
de un delito a la justicia?
(LUIS entre, el hijo destos dos.)

LUIS:

¡Ojos que nunca os enjugo,
  no os llaméis ojos ya más,
llamaos fuentes, pues corréis
del alma sin que ceséis
de vuestro llanto jamás!
  ¿Si está aquí mi triste madre?


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LUCINDA:

¡Luis mío!

LUIS:

Madre querida,
¿qué es esto?

LUCINDA:

La triste vida
que dan a tu amado padre.

LUIS:

  Esto más faltaba aquí.

LUCINDA:

Pues, ¿hay otro más?

LUIS:

Tan grave
que cuando el dolor me acabe
no hará milagros en mí.
  Juanico estaba en poder
de Zulema, harto cercano
de dejar de ser cristiano.
Vínolo el Rey a saber,
  y estimando su hermosura,
con grandes galas, señora,
le llevaba a su baño agora.

LUCINDA:

¡Triste mujer, suerte dura!
  Allí un marido azotado,
allá un hijo vuelto moro,
otro que en prisiones llora
y yo en miserable estado,
  ¿qué he de hacer?


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LUIS:

¿Qué es esto, Amir?
¿Cómo no mudas consejo
de tratar tan mal a un viejo
que ya no puede servir?
  ¡Pluguiera a Dios yo pudiera
servir en su lugar!

AMIR:

¡Ah perro,
[...............................]
sin ser flojo persevera
  que le castigue y maltrate!

LUIS:

Esa flojedad no es vicio,
sino edad.

AMIR:

Dé tanto indicio
de que quiero su rescate,
  y mientras no me le dé
le he de hacer estos regalos,
y aquí le daré cien palos
no más de por quien lo ve.

LUIS:

  Deja el palo, Amir, detente.
Dámelos a mí por él.

AMIR:

Después de dar ciento a él,
te daré a ti ciento y veinte.

LUIS:

  No, sino todos a mí.


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AMIR:

Esas lágrimas son vanas.

LUIS:

Respeta, Amir, esas canas.

AMIR:

Arrancarelas por ti.

LUIS:

  ¡Suelte, Amir, que vive Dios...!

LUCINDA:

Hijo, ¿qué haces?

LUIS:

No quiero
vida.

AMIR:

¡Ah, mi perro!, ¿qué espero
que no os doy muerte a los dos?

LUIS:

  Esa te daré yo aquí.
(Dale con un cuchillo.)

BERNARDO:

¡Hijo, no estés pertinaz!

AMIR:

Cielo, ¿a manos de un rapaz
vengo a morir ansí?
(Éntrese cayendo.)

BERNARDO:

  ¿Qué has hecho?

LUIS:

Padres, adiós.

BERNARDO:

¿Adónde vas?


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LUIS:

A esa sierra.

LUCINDA:

Hijo, ¿sabes tú la tierra?

LUIS:

Madre, y se van otros dos,
  que saben bien el camino,
hasta tierra de Orán.
Huir, porque os matarán
si os hallan.

BERNARDO:

¡Qué desatino!

LUIS:

  No es, que pensado había
huirme para envïar
con que os poder rescatar
a vós padre y madre mía.
  Aunque de limosna sea,
seré a todos importuno.

BERNARDO:

Huyamos, no venga alguno
que con el cuerpo nos vea.
(Acompañamiento de moros, y detrás AJÁN, rey de Argel, y JUANICO, vestido de turco a su lado, siéntase en estrado con autoridad.)

REY:

  Decid que entre a quejarse el que quisiere,
que para hacer justicia y gobernaros
me envía el gran señor.


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SOLIMÁN:

Habla, Zulema;
si el gran señor a gobernar te envía
y si el hacer justicia es el oficio
de los reyes autores de las leyes,
¿qué justicia nos guardas? ¿Qué gobiernas
si las haciendas sin razón nos quitas?

REY:

¿Qué hacienda te he quitado?

ZULEMA:

Este esclavo.

REY:

Este no te lo quito, que lo quiero
para enviar al gran señor, Zulema,
de quien tengo una carta en que me manda
que le compre muchachos españoles.
¿Cuánto quieres por él?

ZULEMA:

Diez mil ducados.

REY:

Ningún hombre puede pedir, vendiendo,
sino el justo valor.

ZULEMA:

Vendo a mi gusto,
y mi gusto no tiene precio humano.

REY:

Tu gusto al gran señor, ¿de qué le sirve?
El muchacho no más es lo que compra.

ZULEMA:

Yo no vendo el garzón.


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REY:

Ya respondiste
que le vendías, y pediste precio,
y pues que le pediste, lo que vale
se te ha de dar.

ZULEMA:

Él vale lo que digo.

REY:

Perro, ¿de esa manera me respetas
representando al Gran señor del mundo?
¡Llevalde a un calabozo!

ZULEMA:

¡Eres tirano!

REY:

¡Llevalde, digo!

ZULEMA:

Yo sabré escribirle
que robas los esclavos en su nombre.

REY:

¡Matalde!

SOLIMÁN:

¿Señor?

REY:

¿Qué esclavos son estos dos que tienes?

SOLIMÁN:

No son míos, que a Dalí los vendí.

REY:

Dalí, ¿qué son dellos?

DALÍ:

Están locos.


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REY:

¿De qué?

DALÍ:

De algún veneno
que Solimán les dio para obligarlos
a su gusto.

REY:

Pues, perro, ¿a los cautivos
das veneno, y los fuerzas de ese modo?
¡Delito has cometido!

SOLIMÁN:

¿Qué delito,
si en bien de nuestra ley lo hice?

REY:

Al punto
me traed los esclavos.

DALÍ:

Voy por ellos.
(El GUARDIÁN del Caño, y SAHAVEDRA y PEREDA, HERRERA y DORANTES.)

GUARDIÁN:

  Pasá, perros, adelante.

HERRERA:

¿Qué es esto?

GUARDIÁN:

Un gracioso cuento.

HERRERA:

¿Cómo?


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Los cautivos de Argel Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


GUARDIÁN:

En fiestas del aumento
de las colas de Levante
  estos perros se han juntado,
y en tu baño, en partes varias,
han puesto mil luminarias
y mil romances cantado.
  Hallelos juntos, pensé
lo que esta junta sería,
por dos veces en un día,
y respondiéronme.

HERRERA:

¿Qué?

GUARDIÁN:

  Que prueban una comedia
allá a la usanza de España,
pero temo que es maraña
y que su peligro remedia,
  porque deben de trazar
alguna barca en que se huir.

REY:

¿Cómo eso sabrán fingir?
¿Quién mejor sabe engañar?
  Español, ¿quién más fingir?
Español, ¿quién se levanta?
Español, ¿quién no se espanta?
Español, ¿quién se ve huir?
  Español, ¿quién rico esclavo?
Español, ¿quién nos da muerte?
Español, ¿quién es más fuerte?
Español, que siempre es bravo,
  decid, ¿qué ha tenido España
que tanto os regocijáis?


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SAHAVEDRA:

A Denia enfrente miráis,
que este mismo mar la baña,
  donde desde Argel se ven
en sus castillos los fuegos
entre los nublados ciegos
de la noche.

REY:

¿pues por quién?

SAHAVEDRA:

  Porque Felipo Tercero,
que Dios muchos años guarde,
ha estado en Denia estos días,
que fue a Valencia a casarse.
Hale hecho allí el Marqués
fiestas, rey de Argel, tan grandes,
que se han visto desde aquí,
y no es mucho que el mar pasen,
que los fuegos del castillo
del mar, donde en los cristales
los mostraba, como espejo
que muestra la propria imagen;
vino un cautivo español
que nos dijo que una tarde
la Serenísima Infanta,
archiduca que fue en Flandes,
entró en el mar para ver
una cueva (¡qué combate
a donde agua suele hacer
tu amigo Morate Arraes!),
y trújonos dos retratos
de las personas reales,
a cuyas nuevas, señor,
y copias tan semejantes
habemos hecho estas fiestas
como vasallos leales,
puesto que en Argel cautivos.


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REY:

Disculpa tienen bastante.
Id por los retratos luego.

PEREDA:

Aquí Solimo los trae,
que nos los tomó señor.
(El retrato del REY con un tafetán.)

REY:

El rostro del Rey mostradme.
¡Gallardo mancebo!

MORO 1.º:

¡Hermoso!

MORO 2.º:

¡Fuerte!

REY:

Conocí a su padre.
Dios os le guarde, cautivos.

HERRERA:

Alá por eso te guarde.
(El de la señora Reina.)

REY:

¿Es este el de vuestra reina?

PEREDA:

Sí, señor.

REY:

¡Parece un ángel!
Gran virtud muestra y valor;
mil años viva, tapalde.
Id en buena hora, cautivos,
y sin que os estorbe nadie
haced fiestas ocho días.


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SAHAVEDRA:

Mahoma, señor, te ensalce,
Gran Turco vengas a ser
y nunca de tu linaje
salga esta gran monarquía.
(Salen DALÍ, LEONARDO y MARCELA.)

DALÍ:

Los esclavos que llamaste
están aquí.

REY:

Di, español,
¿eres hombre de rescate?

LEONARDO:

Noble soy, verdad te digo,
y rico de hacienda y sangre,
y esta mujer lo es también.

REY:

¿Pues cómo lo confesaste?
Que todos soléis negar
vuestro nacimiento y patria
por rescataros por menos.
Pero debe de faltarte
el sentido, como dicen.


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LEONARDO:

¡No quiera Dios que me falte!
Nunca fui loco, señor,
que por poder rescatarme
esta locura fingí.
Y si no quise negarte
la nobleza que hasta agora
he negado en tantas partes,
fue porque siendo tú rey,
como a noble me obligaste
a decirte la verdad,
que el Rey nunca miente a nadie,
y por guardar el decoro
a tu Majestad, quise antes
quedarme esclavo en Argel.

REY:

Hidalgo, valor mostraste.
¿En efeto no estás loco?

LEONARDO:

No, señor.

REY:

Pues si tú honraste
con decir verdad al Rey,
bien es que el Rey te lo pague.
A los dos libertad doy
fïando vuestro rescate,
que enviaréis a Solimán.

LEONARDO:

Eres rey, como rey haces.

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