Los consuelos: 29

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= XXIX = [1]


Al clavel del aire


A Luisa


Sweet scented flower.
Kirke White




Flor fragante y vistosa,
que del seno de rosa
de mi amable hechicera
vienes, fiel mensajera
de su pasión ardiente,
a disipar las sombras de mi mente.
Dime ¿do fue tu aurora?
¿Quién te dio esa fragancia
eficaz, penetrante, encantadora,
y la hermosa elegancia
con que gentil descuellas
entre las flores bellas,
que orna y matiza la divina Flora?
¿Quién esa candidez y esa pureza,
adorno celestial de la belleza,
que mi pecho enamora?
Fue, por ventura, tu dichoso Oriente
en la región ardiente
donde naturaleza
ostenta más vigor y gentileza?
¿O acaso la inconstante
madre de los amores,
menospreciada de su ingrato amante,
le pidiera a la reina de las flores
te llenase de encantos seductores,
para que fueses poderoso hechizo
de aquel infiel que abandonarla quiso?
No, flor hermosa, no, que tú naciste,
para más alta gloria,
en la región que el Paraná famoso
baña en curso grandioso:
naciste de sus linfas,
para grato recreo
y halagüeño deseo
de sus hermosas Ninfas,
que al mirarte en tu cuna se gozaron,
y su flor predilecta te nombraron.


Tu trono digno y tu morada hiciste
del aire puro, y si las otras flores
reciben de la tierra su alimento;
tú del sereno viento,
del céfiro apacible,
que divaga invisible,
y del plácido aliento
que los Silfos exhalan voladores.


Con majestad sentada,
ya en la verde enramada,
ya en el frondoso espino,
ya en las rocas soberbias y jardines,
tu candor peregrino
ostentas, y te meces con donaire,
embalsamando el aire
con tu aroma divino.
El picaflor voltario,
en su círculo vario,
se deleita tan sólo en halagarte,
y no osa de tu seno
libar el suco ameno,
que te da vida, y tu vigor robarte.
No así la juventud; ella anhelante
siempre gira insconstante
de una flor a otra flor; todas codicia,
a todas acaricia,
y al fin bebe, inexperta, entre sus hojas
saciedad y congojas.


Émula del jazmín en la blancura,
lo eres también en la fragancia pura,
que de tu seno exhalas,
con que el cuerpo y espíritu regalas
de toda criatura:
cuando ostenta sus galas,
con majestad el sol en occidente,
entonces el ambiente
se llena de tu espíritu oloroso,
y se engolfa amoroso,
el corazón al apurar tu aliento
en un mar de delicias y contento.


Y cuando, más feliz, alguna hermosa
te arrebata con mano temerosa
de tu trono aerio,
para darte en su seno dulce abrigo,
o en su negro cabello;
brillas con el destello
de estrella rutilante,
y dilatas fragante
tu encantador imperio,
y de las flores reina entonces eres,
del amor, del deleite y los placeres.


¿Quién como tú en el aire
morase, respirando aura de vida,
y burlando el desaire
de la fortuna vil con frente erguida?
O trasformado en Silfo, o en Silfida [2]
¿Quién en tu cáliz albo,
encontrase guarida
donde ponerse en salvo,
del rigor de la suerte y sus mudanzas,
que siempre al infeliz tiende asechanzas?


Cuando feliz te miro
bella flor me parece,
que veo de mi amada el albo seno
de encantadora magia31 todo lleno,
la nieve sin mancilla
de su fresca mejilla,
y el candor celestial de su semblante;
y al aspirar tu espíritu fragante,
me parece que aspiro,
de su risueña boca
el delicioso aroma, que provoca
al deleite, al amor y la ventura;
y rebosando en júbilo y ternura
mi corazón palpita, y se abandona,
olvidando su pena,
a la dulce ilusión que lo enajena.


Notas del autor[editar]

  1. He oído llamar así, aunque no generalmente, a la flor blanca del aire.
  2. Silfos: espíritus aéreos, que han ilustrado Pope, Hugo y otros. Creo no se extrañará esta alusión, pues los espíritus son cosmopolitas.



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