Los consuelos: 32

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= XXXII =


La noche en el mar


La noche lóbrega y triste.
Moreto




¡Oh noche! ¡oscuridad! del alma mía
alimento precioso;
tu majestad sombría.
place a mi pensamiento borrascoso.


De anhelar con la turba fatigado
los bienes mentirosos
del mundo, deslumbrado
me acojo en tus asilos misteriosos.


Y, arrojando de mí los viles lazos
de las torpes pasiones,
encamino mis pasos
a menos vacilantes ambiciones.


En tu seno fecundo en armonía,
sereno, o espantoso,
busca mi fantasía
asaz ocupación sino el reposo.


Tempestades naced, fragosos vientos
dejad vuestras cavernas,
y que los elementos
quebranten sus murallas sempiternas.


Silben los huracanes inclementes,
lanzándose furiosos,
por los llanos fervientes
de los inquietos mares espumosos.


Como el bravo guerrero en la batalla
y ruidosa victoria,
su ardor bélico acalla
persiguiendo el fantasma de la gloria


O como águila audaz en las regiones
mas allá de la tierra,
burla los aquilones,
y ni la horrible tempestad la aterra.


Así, ante el espectáculo imponente
de la natura en juego,
se complace mi mente;
que allí se inflama de divino fuego.


Allí olvido deleites y pesares,
y todo lo mundano,
y sin temor de azares
vuelo altivo, cual genio sobrehumano.


Y mirando de faz el universo,
exento de conflito,
con sus genios converso;
mi pensamiento vaga en lo infinito.



Los consuelos de Esteban Echeverría

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