Los cuatro jinetes del Apocalipsis : 1-04

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Primera Parte
IV - El primo de Berlín


El estudio de Julio Desnoyers ocupaba el último piso sobre la calle. El ascensor y la escalera principal terminaban ante su puerta. A sus espaldas, dos pequeños departamentos recibían la luz de un patio interior, teniendo como único medio de comunicación la escalera de servicio, que ascendía hasta las buhardillas.

Argensola, al quedarse en el estudio durante el viaje de su compañero, había buscado la amistad de estos vecinos de piso. La más grande de las habitaciones se hallaba desocupada durante el día. Sus dueños sólo volvían después de comer en el restaurante. Era un matrimonio de empleados, que únicamente permanecía en casa los días festivos. El hombre, vigoroso y de aspecto marcial, prestaba servicio de inspector en un gran almacén. Había sido militar en África, ostentaba una condecoración y tenía el grado de subteniente en el ejército de reserva. Ella era una rubia abultada y algo anémica, de ojos claros y gesto sentimental. En los días de fiesta pasaba largas horas ante el piano, evocando sus recuerdos musicales, siempre los mismos. Otras veces la veía Argensola por una ventana interior trabajando en la cocina, ayudada por su compañero, riendo los dos de sus torpezas e inexperiencias al improvisar la comida del domingo.

La portera tenía a esta mujer por alemana; pero ella hacía constar su condición de suiza. Desempeñaba el empleo de cajera en un almacén, que no era el mismo donde trabajaba su compañero. Por las mañanas salían juntos, para separarse en la plaza de la estrella, siguiendo cada uno distinta dirección. A las siete de la tarde se saludaban con un beso en plena calle, como enamorados que se encuentran por primera vez, y luego de su comida volvían al nido de la rue de la Pompe. Argensola se vio rechazado, en todos sus intentos de amistad, por el egoísmo de esta pareja. Le contestaban con una cortesía glacial: vivían únicamente para ellos.

El otro departamento, compuesto de dos piezas, estaba ocupado por un hombre solo. Era un ruso o polaco, que volvía casi siempre con paquetes de libros y pasaba largas horas escribiendo junto a una ventana del patio. El español le tuvo desde el primer momento por un hombre misterioso que ocultaba tal vez enormes méritos: un verdadero personaje de novela. Le impresionaba el aspecto exótico de Tchernoff: su barba revuelta, sus melenas aceitosas, sus gafas sobre una nariz amplia que parecía deformada por un puñetazo. Como un nimbo invisible le circundaba cierto hedor compuesto de vino barato y emanaciones de ropas trasudadas. Argensola lo percibía a través de la puerta de servicio: «El amigo Tchernoff que vuelve». Y salía a la escalera interior para hablar con su vecino. Éste defendió por mucho tiempo el acceso a su vivienda. El español llegó a creer que se dedicaba a la alquimia y otras operaciones misteriosas. Cuando, por fin, pudo entrar vio libros, muchos libros, libros por todas partes, esparcidos en el suelo, alineados sobre tablas, apilados en los rincones, invadiendo sillas desvencijadas, mesas viejas, y una cama, que sólo era rehecha de tarde en tarde, cuando el dueño, alarmado por la creciente invasión de polvo y telarañas, reclamaba el auxilio de una amiga de la portera.

Argensola reconoció al fin, con cierto desencanto, que no había nada misterioso en la vida de este hombre. Lo que escribía junto a la ventana eran traducciones, unas hechas de encargo, otras voluntariamente, para los periódicos socialistas. Lo único asombroso en él era la cantidad de idiomas que conocía.

-Todos los sabe -dijo a Desnoyers al describirle a este vecino-. Le basta oír uno nuevo para dominarlo a los pocos días. Posee la clave, el secreto de las lenguas vivas y muertas. Habla el castellano como nosotros y no ha estado jamás en un país de habla española.

La sensación del misterio volvió a experimentarla Argensola al leer los títulos de varios de los volúmenes amontonados. Eran libros antiguos en su mayor parte, muchos de ellos en idiomas que él no podía descifrar, recolectados a precios bajos en librerías de lance y en las cajas de los bouquinistes instaladas sobre los parapetos del Sena.

Sólo aquel hombre que tenía la clave de todas las lenguas podía adquirir tales volúmenes. Una atmósfera de misticismo, de iniciaciones sobrehumanas, de secretos intactos a través de los siglos, parecía desprenderse de estos montones de volúmenes polvorientos, algunos con las hojas roídas. Y, confundidos con los libros vetustos, aparecían otras de cubierta flamante y rojas, cuadernos de propaganda socialista, folletos en todos los idiomas de Europa y periódicos, muchos periódicos, con títulos que evocaban la revolución.

Tchernoff no parecía gustar de visitas y conversaciones. Sonreía enigmáticamente a través de su barba de ogro, ahorrando palabras para terminar pronto la entrevista. Pero Argensola poseía el medio de vencer a este personaje huraño. Le bastaba guiñar un ojo con expresiva invitación: «¿Vamos?» Y se instalaban los dos en la cocina del estudio, frente a una botella procedente de la avenida de Víctor Hugo. Los vinos preciosos de don Marcelo enternecían al ruso, haciéndolo más comunicativo. Pero, aun valiéndose de este auxilio, el español sabía poca cosa de su existencia. Algunas veces nombraba a Jaurès y a otros oradores socialistas. Su medio de vida más seguro era traducir para los periódicos del partido. En varias ocasiones se le escapó el nombre de Siberia, declarando que había estado allí mucho tiempo. Pero no quería hablar del lejano país, visitado contra su voluntad. Sonreía modestamente, sin prestarse a mayores revelaciones.

Al día siguiente de la llegada de Julio Desnoyers, estaba Argensola, por la mañana, hablando con Tchernoff en el rellano de la escalera de servicio, cuando sonó el timbre de la puerta del estudio que comunicaba con la escalera principal. Una gran contrariedad. El ruso, que conocía a los políticos avanzados, le estaba dando cuenta de las gestiones realizadas por Jaurès para mantener la paz. Aún había muchos que sentían esperanzas. Él, Tchernoff, comentaba estas ilusiones con la sonrisa de esfinge achatada. Tenía sus motivos para dudar... Pero sonó el timbre otra vez y el español corrió a abrir, abandonando a su amigo.

Un señor deseaba ver a Julio. Hablaba el francés correctamente; pero su acento fue una revelación para Argensola. Al entrar en el dormitorio en busca de su compañero, que acababa de levantarse, dijo con seguridad:

-Es tu primo de Berlín, que viene a despedirse. No puede ser otro.

Los tres hombres se juntaron en el estudio. Desnoyers presentó a su camarada, para que el recién llegado no se equivocase acerca de su condición social.

-He oído hablar de él. El señor Argensola, un joven de grandes méritos.

Y el doctor Julius von Hartrott dijo esto con la suficiencia de un hombre que lo sabe todo y desea agradar a un inferior, concediéndole la limosna de su atención.

Los dos primos se contemplaron con una curiosidad no exenta de recelo. Los ligaba un parentesco íntimo, pero se conocían muy poco, presintiendo mutuamente una completa divergencia de opiniones y gustos.

Al examinar Argensola a este sabio le encontró cierto aspecto de oficial vestido de paisano. Se notaba en su persona un deseo de imitar a las gentes de espada cuando, de tarde en tarde, adoptan el hábito civil; la aspiración de todo burgués alemán a que lo confundan con los de clase superior. Sus pantalones eran estrechos, como si estuvieran destinados a enfundarse en botas de montar. La chaqueta, con dos filas de botones, tenía el talle recogido, amplio y largo el faldón y muy subidas las solapas, imitando vagamente una levita militar. El bigote rojizo sobre una mandíbula fuerte y el pelo cortado a rape completaban esta simulación guerrera. Pero sus ojos, unos ojos de estudio, con la pupila mate, grandes, asombrados y miopes, se refugiaban detrás de unas gafas de gruesos cristales, dándole un aspecto de hombre pacífico.

Desnoyers sabía de él que era profesor auxiliar de Universidad, que había publicado algunos volúmenes gruesos y pesados como ladrillos, y figuraba entre los colaboradores de un Seminario histórico, asociación para la rebusca de documentos, dirigida por un historiador famoso. En una solapa ostentaba la roseta de una Orden extranjera.

Su respeto por el sabio de la familia iba acompañado de cierto menosprecio. Él y su hermana Chichí habían sentido desde pequeños una hostilidad instintiva hacia los primos de Berlín. Le molestaba, además, ver citado por su familia como ejemplo digno de imitación a este pedante, que sólo conocía la vida a través de los libros y pasaba su existencia averiguando lo que habían hecho los hombres en otras épocas para sacar consecuencias con arreglo a sus opiniones de alemán. Julio tenía gran facilidad para la admiración y reverenciaba a todos los escritores cuyos argumentos le había contado Argensola; pero no podía aceptar la grandeza intelectual del ilustre pariente.

Durante su permanencia en Berlín, una palabra alemana de invención vulgar le había servido para clasificarlo. Los libros de investigación minuciosa y pesada se publicaban a docenas todos los meses. No había profesor que dejase de levantar sobre la base de un simple detalle su volumen enorme, escrito de un modo torpe y confuso. Y la gente, al apreciar a estos autores miopes, incapaces de una visión genial de conjunto, los llamaba Sitzfleisch haben (con mucha carne en las posaderas), aludiendo a las larguísimas asentadas que representaban sus obras. Esto era su primo para él: un Sitzfleisch haben.

El doctor von Hartrott, al explicar su visita, habló en español. Se valía de este idioma por haber sido el de la familia durante su niñez y al mismo tiempo por precaución, pues miró en torno repetidas veces, como si temiese ser oído. Venía a despedirse de Julio. Su madre le había hablado de su llegada, y no quería marcharse sin verlo. Iba a salir de París dentro de unas horas; las circunstancias eran apremiantes.

-Pero ¿tú crees que habrá guerra? -preguntó Desnoyers.

-La guerra será mañana o pasado. No hay quien la evite. Es un hecho necesario para la salud de la Humanidad.

Se hizo un silencio. Julio y Argensola miraron con asombro a este hombre de aspecto pacífico que acababa de hablar con arrogancia belicosa. Los dos adivinaron que el doctor hacía su visita por las necesidades de comunicar a alguien sus opiniones y sus entusiasmos. Al mismo tiempo, tal vez deseaba conocer lo que ellos pensaban y sabían, como una de tantas manifestaciones de la muchedumbre de París.

-Tú no eres francés -añadió, dirigiéndose a su primo-. Tú has nacido en Argentina y delante de ti puede decirse la verdad.

-¿Y tú no has nacido allá? -preguntó Julio, sonriendo.

El doctor hizo un movimiento de protesta, como si acabase de oír algo insultante.

-No; yo soy alemán. Nazca donde nazca uno de nosotros, pertenece siempre a la madre Alemania. Luego continuó, dirigiéndose a Argensola:

-También el señor es extranjero. Procede de la noble España, que nos debe a nosotros lo mejor que tiene: el culto del honor, el espíritu caballeresco.

El español quiso protestar; pero el sabio no le dejó, añadiendo con tono doctoral:

-Ustedes eran celtas miserables, sumidos en la vileza de una raza inferior y matizados por el latinismo de Roma, lo que hacía aún más triste su situación. Afortunadamente, fueron conquistados por los godos y otros pueblos de nuestra raza, que les infundieron la dignidad de personas. No olvide usted, joven, que los vándalos fueron los abuelos de los prusianos actuales.

De nuevo intentó hablar Argensola; pero su amigo le hizo un signo para que no interrumpiese al profesor. Este parecía haber olvidado la reserva de poco antes, entusiasmándose con sus propias palabras.

-Vamos a presenciar grandes sucesos -continuó-. Dichosos los que hemos nacido en la época presente, la más interesante de la Historia. La Humanidad cambia de rumbo en estos momentos. Ahora empieza la verdadera civilización.

La guerra próxima iba a ser, según él, de una brevedad nunca vista. Alemania se había preparado para realizar el hecho decisivo sin que la vida económica del mundo sufriese una larga perturbación. Un mes le bastaría para aplastar a Francia, el más temible de sus adversarios. Luego marcharía contra Rusia, que, lenta en sus movimientos, no podría oponer una defensa inmediata. Finalmente, atacaría a la orgullosa Inglaterra, aislándola en su archipiélago, para que no estorbase más con su preponderancia el progreso germánico. Esta serie de rápidos golpes y victorias fulminantes sólo necesitaban para desarrollarse el curso de un verano. La caída de las hojas saludaría en el próximo otoño el triunfo definitivo de Alemania.

Con la seguridad de un catedrático que no espera ser refutado por sus oyentes, explicó la superioridad de la raza germánica. Los hombres estaban divididos en dos grupos: dolicocéfalos y braquicéfalos, según la conformidad de su cráneo. Otra distinción científica los repartía en hombre de cabellos rubios o de cabellos negros. Los dolicocéfalos representaban pureza de raza, mentalidad superior. Los braquicéfalos eran mestizos, con todos los estigmas de la degeneración. El germano, dolicocéfalo por excelencia, era el único heredero de los primitivos arios. Todos los otros pueblos, especialmente los del sur de Europa, llamados latinos, pertenecían a una Humanidad degenerada.

El español no pudo contenerse más. ¡Pero si estas teorías del racismo eran antiguallas en las que no creía ya ninguna persona medianamente ilustrada! ¡Si no existía un pueblo puro, ya que todos ellos tenían mil mezclas en su sangre después de tanto cruzamiento histórico!... Muchos alemanes presentaban los mismos signos étnicos que el profesor atribuía a las razas inferiores.

-Hay algo de eso -dijo Hartrott-. Pero aunque la raza germánica no sea pura, es la menos impura de todas, y a ella corresponde el gobierno del mundo.

Su voz tomaba una agudeza irónica y cortante al hablar de los celtas, pobladores de las tierras del Sur. Habían retrasado el progreso de la Humanidad, lanzándola por un falso derrotero. El celta es individualista, y por consecuencia, un revolucionario ingobernable que tiende al igualitarismo. Además, es humanitario y hace de la piedad una virtud, defendiendo la existencia de los débiles que no sirven para nada.

El nobilísimo germano pone por encima de todo el orden y la fuerza. Elegido por la Naturaleza para mandar a las razas eunucas, posee todas las virtudes que distinguen a los jefes. La Revolución francesa había sido simplemente un choque entre germanos y celtas. Los nobles de Francia descendían de los guerreros alemanes instalados en el país después de la invasión llamada de los bárbaros. La burguesía y el pueblo representaban el elemento galocelta. La raza inferior había vencido a la superior, desorganizando al país y perturbando al mundo. El celtismo era el inventor de la democracia, de la doctrina socialista, de la anarquía. Pero iba a sonar la hora del desquite germánico, y la raza nórdica volvería a restablecer el orden, ya que para esto la había favorecido Dios conservando su indiscutible superioridad.

-Un pueblo -añadió- sólo puede aspirar a grandes destinos si es fundamentalmente germánico. Cuando menos germánico sea, menos resultará su civilización. Nosotros representamos la aristocracia de la Humanidad, la sal de la Tierra, como dijo nuestro Guillermo.

Argensola escuchaba con asombro estas afirmaciones orgullosas. Todos los grandes pueblos habían pasado por la fiebre del imperialismo. Los griegos aspiraban a la hegemonía, por ser los más civilizados y creerse los más aptos para dar la civilización a los otros hombres. Los romanos, al conquistar las tierras, implantaban el derecho y las reglas de justicia. Los franceses de la Revolución y del Imperio justificaban sus invasiones con el deseo de libertar a los hombres y sembrar nuevas ideas. Hasta los españoles del siglo XVI, al batallar con media Europa por la unidad religiosa y el exterminio de la herejía, trabajaban por un ideal erróneo, oscuro, pero desinteresado.

Todos se movían en la Historia por algo que consideraban generoso y esba por encima de sus intereses. Sólo la Alemania de aquel profesor intentaba imponerse al mundo en nombre de la superioridad de su raza, superioridad que nadie le había reconocido, que ella misma se atribuía, dando a sus afirmaciones un barniz de falsa ciencia.

-Hasta ahora, las guerras han sido de soldados -continuó Hartrott-. La que ahora va a empezar será de soldados y profesores. En su preparación ha tomado la Universidad tanta parte como es Estado Mayor. La ciencia germánica, la primera de todas, está unida para siempre a lo que los revolucionarios latinos llaman desdeñosamente el militarismo. La fuerza señora del mundo, es la que crea el derecho, la que impondrá nuestra civilización, única verdadera. Nuestros ejércitos son los representantes de nuestra cultura, y en unas cuantas semanas librarán al mundo de su decadencia céltica, rejuveneciéndolo.

El porvenir inmenso de su raza le hacía expresarse con un entusiasmo lírico. Guillermo I, Bismarck, todos los héroes de las victorias pasadas, le inspiraban veneración, pero hablaba de ellos como de dioses moribundos, cuya hora había pasado. Eran los gloriosos abuelos, de pretensiones modestas, que se limitaron a ensanchar las fronteras, a realizar la unidad del Imperio, oponiéndose luego con una prudencia de valetudinarios a todos los atrevimientos de la nueva generación. Sus ambiciones no iban más allá de una hegemonía continental... Pero luego surgía Guillermo II, el héroe complejo que necesitaba el país.

-Mi maestro Lamprecht -dijo Hartrott -ha hecho el retrato de su grandeza. Es la tradición y el futuro, el orden y la audacia. Tiene la convicción de que representa la Monarquía por la gracia de Dios, lo mismo que su abuelo. Pero su inteligencia viva y brillante reconoce y acepta las novedades modernas. Al mismo tiempo que romántico, feudal y sostenedor de los conservadores agrarios, es un hombre del día: busca las soluciones prácticas y muestra un espíritu utilitario, a la americana. En él se equilibran el instinto y la razón.

Alemania, guiada por este héroe, había ido agrupando sus fuerzas y reconociendo su verdadero camino. La Universidad lo aclamaba con más entusiasmo aún que sus ejércitos. ¿Para qué almacenar tanta fuerza de agresión y mantenerla sin empleo?... El imperio del mundo correspondía al pueblo germánico. Los historiadores y filósofos, discípulos de Treitscke, iban a encargarse d forjar los derechos que justificasen esta dominación mundial. Y Lamprecht, el historiador psicológico, lanzaba, como los otros profesores, el credo de la superioridad absoluta de la raza germánica. Era justo que dominase al mundo, ya que ella sola dispone de la fuerza. Esta germanización telúrica resultaría de inmensos beneficios para los hombres. La Tierra iba a ser feliz bajo la dominación de un pueblo nacido para amo. El Estado alemán, potencia tentacular, eclipsaría con su gloria a los más ilustres imperios del pasado y del presente. Gott mit uns (Dios es con nosotros).

-¿Quién podrá negar que, como dice mi maestro, existe un Dios cristiano germánico, el Gran Aliado, que se manifiesta a nuestros enemigos los extranjeros como una divinidad fuerte y celosa?...

Desnoyers escuchaba con asombro a su primo, mirando al mismo tiempo a Argensola. Éste, con el movimiento de sus ojos, parecía hablarle. «Está loco

-decía-. Estos alemanes están locos de orgullo».

Mientras tanto, el profesor, incapaz de contener su entusiasmo, seguía exponiendo las grandezas de su raza.

La fe sufre eclipses hasta en los espíritus más superiores. Por esto el káiser providencial había mostrado inexplicables desfallecimientos. Era demasiado bueno y bondadoso. Deliciae generis humani, como decía el profesor Lasson, también maestro de Hartrott. Pudiendo con su inmenso poderío aniquilarlo todo, se limitaba a mantener la paz. Pero la nación no quería detenerse, y empujaba al conductor que la había puesto en movimiento. Inútil apretar los frenos. «Quien no avanza retrocede», tal era el grito del pangermanismo al emperador. Había que ir adelante, hasta conquistar la Tierra entera.

-Y la guerra viene -continuó-. Necesitamos las colonias de los demás, ya que Bismarck, por un error de su vejez testaruda, no exigió nada a la hora del reparto mundial, dejando que Inglaterra y Francia se llevasen las mejores tierras. Necesitamos que pertenezcan a Alemania todos los países que tienen sangre germánica y que han sido civilizados por nuestros ascendientes.

Hartrott enumeraba los países. Holanda y Bélgica eran alemanes. Francia lo era también por los francos: una tercera parte de su sangre procedía de germanos. Italia... (Aquí se detenía el profesor, recordando que esta nación era una aliada, poco segura ciertamente, pero unida todavía por los compromisos diplomáticos. Sin embargo, mencionaba a los longobardos y otras razas procedentes del Norte) España y Portugal habían sido pobladas por el godo rubio, y pertenecían también a la raza germánica. Y como la mayoría de las naciones de América eran de origen hispánico o portugués, quedaban comprendidas en esta reivindicación.

-Todavía es prematuro pensar en ellas -añadió el doctor modestamente-, pero algún día sonará la hora de la justicia. Después de nuestro triunfo continental, tiempo tendremos de pensar en su suerte... La América del Norte también debe recibir nuestra influencia civilizadora. Existen en ella millones de alemanes que han creado su grandeza.

Hablaba de las futuras conquistas como si fuesen muestras de distinción con que su país iba a favorecer a los demás pueblos. Éstos seguirían viviendo políticamente lo mismo que antes, con sus Gobiernos propios, pero sometidos a la dirección de la raza germánica, como menores que necesitan la mano dura de un maestro. Formarían los Estados Unidos mundiales, con un presidente hereditario y todopoderoso, el emperador de Alemania, recibiendo los beneficios de la cultura germánica, trabajando disciplinados bajo su dirección industrial... Pero el mundo es ingrato, y la maldad humana se opone siempre a todos los progresos.

-No nos hacemos ilusiones -dijo el profesor con altiva tristeza-. Nosotros no tenemos amigos. Todos nos miran con recelo, como a seres peligrosos, porque somos los más inteligentes, los más activos, y resultamos superiores a los demás... Pero ya que no nos aman, que nos teman. Como dice mi amigo Mann, la Kultur es la organización espiritual del mundo, pero no excluye el salvajismo sangriento cuando éste resulta necesario. La Kultur sublimiza lo demoníaco que llevamos en nosotros, y está por encima de la moral, la razón y la ciencia. Nosotros impondremos la Kultur a cañonazos.

Argensola seguía expresando con los ojos de su pensamiento: «Están locos, locos de orgullo... ¡Lo que espera el mundo con estas gentes!»

Desnoyers intervino para aclarar con un poco de optimismo el monólogo sombrío. La guerra aún no se había declarado: la diplomacia negociaba. Tal vez se arreglase todo pacíficamente en el último instante, como había ocurrido otras veces. Su primo veía las cosas algo desfiguradas por un entusiasmo agresivo.

¡La sonrisa irónica, feroz, cortante, del doctor!... Argensola no había conocido al viejo Madariaga, y, sin embargo, se le ocurrió que así debían de sonreír los tiburones, aunque jamás había visto un tiburón.

-Es la guerra -afirmó Hartrott-. Cuando salí de Alemania, hace quince días, ya sabía yo que la guerra estaba próxima.

La seguridad con que lo dijo disipó todas las esperanzas de Julio. Además, le inquietaba el viaje d este hombre con pretexto de ver a su madre, de la que se había separado poco antes... ¿Qué había venido a hacer en París el doctor Julius von Hartrott?...

-Entonces -preguntó Desnoyers-, ¿para qué tantas entrevistas diplomáticas? ¿Por qué interviene el Gobierno alemán, aunque sea con tibieza, en el conflicto entre Austria y Servia? ¿No sería mejor declarar la guerra francamente?

El profesor contestó con sencillez:

-Nuestro Gobierno quiere, sin duda, que sean los otros los que la declaren. El papel de agredido es siempre el más grato y justifica todas las resoluciones ulteriores, por extremadas que parezcan. Allá tenemos gentes que viven bien y no desean la guerra. Es conveniente hacerles creer que son los enemigos los que nos la imponen, para que sientan la necesidad de defenderse. Sólo los espíritus superiores llegan a la convicción de que los grandes adelantos únicamente se realizan con la espada, y que la guerra, como decía nuestro gran Treitschke, es la más alta forma del progreso.

Otra vez sonrió con una expresión feroz. La moral, según él, debía existir entre los individuos, ya que sirve para hacerlos más obedientes y disciplinados. Pero la moral estorba a los Gobiernos y debe suprimirse como un obstáculo inútil. Para un Estado no existe la verdad ni la mentira; sólo reconoce la conveniencia y la utilidad de las cosas. El glorioso Bismarck, para conseguir la guerra con Francia,, base de la grandeza alemana, no había vacilado en falsificar un despacho telegráfico.

-Y reconocerás que es el héroe más grande de nuestros tiempos. La Historia mira con bondad su hazaña. ¿Quién puede acusar al que triunfa?... El profesor Delbruck ha escrito con razón: «¡Bendita sea la mano que falsificó el telegrama de Ems!»

Convenía que la guerra surgiese inmediatamente, ahora que las circunstancias resultaban favorables para Alemania y sus enemigos vivían descuidados. Era la guerra preventiva recomendada por el general Bernhardi y otros compatriotas ilustres. Resultaba peligroso esperar a que los enemigos estuvieran preparados y fuesen ellos que la declarasen. Además, ¿qué obstáculos representaban para los alemanes el derecho y otras ficciones inventadas por los pueblos débiles para sostenerse en su miseria?... Tenían la fuerza y la fuerza crea leyes nuevas. Si resultaban vencedores, la Historia no les pediría cuentas por lo que hubiesen hecho. Era Alemania la que pegaba, y los sacerdotes de todos los cultos acabarían por santificar con sus himnos la guerra bendita, si es que conducía al triunfo.

-Nosotros no hacemos la guerra por castigar a los servios regicidas, ni por liberar a los polacos y otros oprimidos por Rusia, descansando luego en la admiración de nuestra magnanimidad desinteresada. Queremos hacerla porque somos el primer pueblo de la Tierra y debemos extender nuestra actividad sobre el planeta entero. La hora de Alemania ha sonado. Vamos a ocupar nuestro sitio de potencia directora del mundo, como lo ocupó España en otros siglos, y Francia después, e Inglaterra actualmente. Lo que esos pueblos alcanzaron con una preparación de muchos años lo conseguiremos nosotros en cuatro meses. La bandera de tempestad del Imperio va a pasearse por mares y naciones; el sol iluminará grandes matanzas... La vieja Roma, enferma de muerte, apellidó bárbaros a los germanos que le abrieron la fosa. También huele a muerto el mundo de ahora y seguramente nos llamará bárbaros... ¡Sea! Cuando Tánger y Tolón, Amberes y Calais, estén sometidos a la barbarie germánica, ya hablaremos de eso más detenidamente... Tenemos la fuerza, y el que la posee no discute ni hace caso de palabras... ¡La fuerza! Estos es lo hermoso: la única palabra que suena brillante y clara... ¡La fuerza! Un puñetazo certero, y todos los argumentos quedan contestados.

-Pero ¿tan seguros estáis de la victoria? -preguntó Desnoyers-. A veces el Destino ofrece terribles sorpresas. Hay fuerzas ocultas con las que no contamos y que trastornan los planes mejores.

La sonrisa del doctor fue ahora de soberano menosprecio. Todo estaba previsto y estudiado de larga fecha, con el minucioso método germánico. ¿Qué tenía enfrente?... El enemigo más temible era Francia, incapaz de resistir las influencias morales enervantes, los sufrimientos, los esfuerzos y las privaciones de la guerra: un pueblo debilitado físicamente, emponzoñado por el espíritu revolucionario, y que había prescindido del uso de las armas por un amor exagerado al bienestar.

-Nuestros generales -continuó- van a dejarla en tal estado, que jamás se atreverá a cruzarse en nuestro camino.

Quedaba Rusia, pero sus masas amorfas eran lentas de reunir y difíciles de mover. El Estado Mayor de Berlín lo había dispuesto todo cronométricamente para el aplastamiento de Francia en cuatro semanas, llevando luego sus fuerzas enormes contra el Imperio ruso, antes que éste pudiese iniciar su acción.

-Acabaremos con el oso, luego de haber matado al gallo -afirmó el profesor victoriosamente.

Pero adivinando una objeción de su primo, se apresuró a continuar:

-Sé lo que vas a decirme. Queda otro enemigo: uno que no ha saltado todavía a la arena, pero que aguardamos todos los alemanes. Ese nos inspira más odio que los otros porque es de nuestra sangre, porque es un traidor a la raza... ¡Ah, cómo lo aborrecemos!

Y en el tono con que dijo estas palabras latían una expresión de odio y un deseo de venganza que impresionaron a los dos oyentes.

Aunque Inglaterra nos ataque -prosiguió Hartrott- no por esto dejaremos de vencer. Este adversario no es más temible que los otros. Hace un siglo que reina sobre el mundo. Al caer Napoleón, recogió en el Congreso de Viena la hegemonía continental, y se batirá por conservarla. Pero ¿qué vale su energía?... Como dice nuestro Bernhardi, el pueblo inglés es un pueblo de rentistas y de sportsman. Su ejército está formado con los detritos de la nación. El país carece de espíritu militar. Nosotros somos un pueblo de guerreros, y nos será fácil vencer a los ingleses, debilitados por una falsa concepción de la vida.

El doctor hizo una pausa y añadió:

-Contamos, además, con la corrupción interna de nuestros enemigos, con su falta de unidad. Dios nos ayudará sembrando la confusión en estos pueblos odiosos. No pasarán muchos días sin que se vea su mano. La revolución va a estallar en Francia al mismo tiempo que la guerra. El pueblo de París levantará barricadas en las calles: se reproducirá la anarquía de la Commune. Túnez, Argel y otros posesiones van a sublevarse contra la metrópoli.

Argensola creyó del caso sonreír con una incredulidad agresiva.

-Repito -insistió Hartrott- que este país va a conocer revoluciones e insurrecciones en sus colonias. Sé bien lo que digo... Rusia tendrá igualmente su revolución interior, revolución con bandera roja, que obligará al zar a pedirnos gracia de rodillas. No hay más que leer en los periódicos las recientes huelgas de San Petersburgo, las manifestaciones de los huelguistas con pretexto de la visita del presidente Poincaré... Inglaterra verá rechazadas por las colonias sus peticiones de apoyo. La India va a sublevarse contra ella y Egipto cree llegado el momento de su emancipación.

Julio parecía impresionado por estas afirmaciones, formuladas con una seguridad doctoral. Casi se irritó contra el incrédulo Argensola, que seguía mirando al profesor insolentemente y repetía con los ojos: «Está loco, loco de orgullo». Aquel hombre debía de tener serios motivos para formular tales profecías de desgracia. Su presencia en París, por lo mismo que era inexplicable para Desnoyers, daba a sus palabras una autoridad misteriosa.

-Pero las naciones se defenderán -arguyó éste a su primo-. No será tan fácil la victoria como crees.

-Sí, se defenderán. La lucha va a ser ruda. Parece que en los últimos años Francia se ha preocupado de su Ejército. Encontraremos cierta resistencia; el triunfo resultará más difícil, pero venceremos... Vosotros no sabéis hasta dónde llega la potencia ofensiva de Alemania. Nadie lo sabe con certeza más allá de sus fronteras. Si nuestros enemigos la conociesen en toda su intensidad, caerían de rodillas, prescindiendo de sacrificios inútiles.

Hubo un largo silencio. Julius von Hartrott parecía abstraído. El recuerdo de los elementos de fuerza acumulados por su raza le sumían en una especie de adoración mística.

-La victoria preliminar -dijo de pronto- hace tiempo que la hemos obtenido. Nuestros enemigos nos aborrecen, y, sin embargo, nos imitan. Todo lo que lleva la marca de Alemania es buscado en el mundo. Los mismos países que intentan resistir a nuestras armas copian nuestros métodos en sus universidades y admiran nuestras teorías, aun aquellas que no alcanzaron éxito en Alemania. Muchas veces reímos entre nosotros, como los augures romanos, al apreciar el servilismo con que nos siguen... ¡Y luego no quieren reconocer que somos la esencia superior!

Por primera vez Argensola aprobó con los ojos y el gesto las palabras de Hartrott. Exacto lo que decía: el mundo era víctima de la superstición alemana. Una cobardía intelectual, el miedo al fuerte, hacía admirar todo lo de procedencia germánica, sin discernimiento alguno, en bloque, por la intensidad del brillo: el oro revuelto con el talco. Los llamados latinos, al entregarse a esta admiración, dudaban de las propias fuerzas con un pesimismo irracional. Ellos eran los primeros en decretar su muerte. Y los orgullosos germanos no tenían más que repetir las palabras de estos pesimistas para afirmarse en la creencia de su superioridad.

Con el apasionamiento meridional, que salta sin gradación de un extremo a otro, muchos latinos habían proclamado que en el mundo futuro no quedaba sitio para las sociedades latinas, en plena agonía, añadiendo que sólo Alemania conservaba latente las fuerzas civilizadoras. Los franceses, que gritan entre ellos, incurriendo en las mayores exageraciones, sin darse cuenta de que hay quien los escucha al otro lado de las puertas, habían repetido durante muchos años que Francia estaba en plena descomposición y marchaba a la muerte. ¿Por qué se indignaban luego ante el menosprecio de los enemigos?.. ¿Cómo no habían de participar éstos de sus creencias? ...

El profesor, interpretando erróneamente la aprobación muda de aquel joven que hasta entonces le había escuchado con sonrisa hostil, añadió:

-Hora es ya de hacer en Francia el ensayo de la cultura alemana, implantándola como vencedores.

Aquí le interrumpió Argensola: «¿Y si la cultura alemana no existiese, como lo afirma un alemán célebre?» Necesitaba contradecir a este pedante que los abrumaba con su orgullo. Hartrott casi saltó de su asiento al escuchar tal duda.

-¿Que alemán es ése?

-¡Nietzsche!

El profesor lo miró con lástima. Nietzsche había dicho a los hombres: «Sed duros», afirmando que «una buena guerra santificaba toda causa». Había alabado a Bismarck; había tomado parte en la guerra del 70; había glorificado al alemán cuando hablaba del león risueño y de la fiera rubia. Pero Argensola lo escuchó con la tranquilidad del que pisa un terreno seguro. ¡Oh tardes de plácida lectura junto a la chimenea del estudio, oyendo chocar la lluvia en los vidrios del ventanal!...

-El filósofo ha dicho eso -contestó- y ha dicho otras cosas diferentes, como todos los que piensan mucho. Su doctrina es de orgullo, pero de orgullo individual, no de orgullo de nación ni de raza. Él habló siempre contra la mentirosa superchería de las razas.

Argensola recordaba palabra por palabra a su filósofo. Una cultura, según éste, era la «unidad de estilo en todas las manifestaciones de la vida». La ciencia no supone cultura. Un gran saber puede ir acompañado de una gran barbarie, por la ausencia de estilo o la confusión caótica de todos los estilos. Alemania, en opinión de Nietzsche, no tenía cultura propia por su carencia de estilo. «Los franceses -había dicho- están a la cabeza de una cultura auténtica y fecunda, sea cual sea su valor, y hasta el presente todos hemos tomado de ella». Sus odios se concentraban sobre su propio país. «No puedo soportar la vida en Alemania. El espíritu de servilismo y mezquinería penetra por todas partes... Yo no creo más que en la cultura francesa, y todo lo demás que se llama Europa culta me parece una equivocación. Los raros casos de alta cultura que he encontrado en Alemania eran de origen francés».

-Ya sabe usted- continuó Argensola- que, al pelearse con Wagner por el exceso de germanismo en su arte, proclamó la necesidad de mediterraneizar en música. Su ideal fue una cultura para toda Europa, pero con base latina.

Julius von Hartrott contestó desdeñosamente, repitiendo las mismas palabras del español. Los hombres que piensan mucho dicen muchas cosas. Además, Nietzsche era un poeta que había muerto en plena demencia, y no figuraba entre los sabios de la Universidad. Su fama la habían labrado n el extranjero... Y no volvió a ocuparse más de aquel joven, como si se hubiese evaporado después de sus atrevidas objeciones. Toda su atención la concentraba ahora en Desnoyers.

-Este país -continuó- lleva la muerte en sus entrañas. ¿Cómo dudar de que surgirá en él una revolución apenas estalle la guerra?... Tú no has presenciado las agitaciones del bulevar con motivo del proceso Caillaux. Reaccionarios y revolucionarios se han insultado hasta hace tres días. Yo he visto cómo se desafiaban con gritos y cánticos, cómo se golpeaban en medio de la calle. Y esta división de opiniones aún se acentuará más cuando nuestras tropas crucen las fronteras. Será la guerra civil. Los antimilitaristas claman, creyendo que está en manos de su Gobierno el evitar el choque... ¡País degenerado por la democracia y por la inferioridad de su celtismo triunfante, deseoso de todas las libertades!... Nosotros somos el único pueblo libre de la Tierra, porque sabemos obedecer.

La paradoja hizo sonreír a Julio. ¡Alemania único pueblo libre!...

-Así es -afirmó con energía von Hartrott-. Tenemos la libertad que conviene a un gran pueblo: la libertad económica e intelectual.

-¿Y la libertad política?...

El profesor acogió esta pregunta con un gesto de menosprecio.

-¡La libertad política!... Únicamente los pueblos decadentes e ingobernables, las razas inferiores, ansiosas de igualdad y confusión democrática, hablan de libertad política. Los alemanes no la necesitamos. Somos un pueblo de amos, que reconoce la jerarquía y desea ser mandado por los que nacieron superiores. Nosotros tenemos el genio de la organización. Este era, según el doctor, el gran secreto alemán, y la raza germánica, al apoderarse del mundo, haría partícipes a todos de su descubrimiento. Los pueblos quedarían organizados de modo que el individuo diese el máximo de su rendimiento en favor de la sociedad. Los hombres, regimentados para toda clase de producciones, obedeciendo como máquinas a una dirección superior y dando la mayor suma posible de trabajo: he aquí el estado perfecto. La libertad era una idea puramente negativa si no iba acompañada de un concepto positivo que la hiciese útil.

Los dos amigos escucharon con asombro la descripción del futuro que ofrecía al mundo la superioridad germánica. Cada individuo sometido a una producción intensiva, lo mismo que un pedazo de huerta del que desea sacar el dueño el mayor número de verduras... El hombre convertido en un mecanismo..., nada de operaciones inútiles que no proporcionan un resultado inmediato... ¡Y el pueblo que proclamaba este ideal sombrío era el mismo de los filósofos y los soñadores, que habían dado a la contemplación y la reflexión el primer lugar en su existencia!...

Hartrott volvió a insistir en la inferioridad de los enemigos de su raza. Para luchar se necesitaba fe, una confianza inquebrantable en la superioridad de las propias fuerzas.

-A estas horas, en Berlín todos aceptan la guerra, todos creen seguro el triunfo, ¡mientras que aquí! ... No digo que los franceses sientan miedo. Tienen un pasado de bravura que los galvaniza en ciertos momentos. Pero están tristes, se adivina que harían cualquier sacrificio por evitar lo que se les viene encima. El pueblo gritará de entusiasmo en el primer instante, como grita siempre que lo llevan a su perdición. Las clases superiores no tienen confianza en el porvenir, callan o mienten, pero en todos se adivina el presentimiento del desastre. Ayer hablé con tu padre. Es francés y es rico. Se muestra indignado contra los Gobiernos de su país porque le comprometen en conflictos europeos por defender a pueblos lejanos y sin interés. Se queja de los patriotas exaltados, que han mantenido abierto el abismo entre Alemania y Francia, imponiendo una reconciliación. Dice que Alsacia y Lorena no valen lo que costará una guerra en hombres y dinero... Reconoce nuestra grandeza; asegura que hemos progresado tan aprisa, que jamás podrán alcanzarnos los demás pueblos... Y como tu padre piensan muchos otros: todos los que se hallan satisfechos de su bienestar y temen perderlo. Créeme: un país que duda y teme la guerra está vencido antes de la primera batalla.

Julio mostró cierta inquietud, como si pretendiese cortar la conversación.

-Deja a mi padre. Hoy dice eso porque la guerra no es todavía un hecho, y él necesita contradecir, indignarse con todo el que se halla a su alcance. Mañana tal vez dirá lo contrario... Mi padre es un latino.

El profesor miró su reloj. Debía marcharse: aún le quedaban muchas cosas que hacer antes de dirigirse a la estación. Los alemanes establecidos en París habían huído en grandes bandas, como si circulase entre ellos una orden secreta. Aquella tarde iban a partir los últimos que aún se mantenían en la capital ostensiblemente.

-He venido a verte por afecto de familia, porque era mi deber darte un aviso. Tçu eres extranjero y nada te retiene aquí. Si deseas presenciar un gran acontecimiento histórico, quédate. Pero mejor será que te marches. La guerra va a ser dura, muy dura, y si París intenta resistirse como la otra vez, presenciaremos cosas terribles. Los medios ofensivos han cambiado mucho.

Desnoyers hizo un gesto de indiferencia.

-Lo mismo que tu padre -continuó el profesor-. Anoche, él y tu familia me contestaron de igual modo. Hasta mi madre prefiere quedarse al lado de su hermana, diciendo que los alemanes son muy buenos, muy civilizados, y nada puede temerse de ellos cuando triunfen.

Al doctor parecía molestarle esta buena opinión.

-No se dan cuenta de lo que es la guerra moderna; ignoran que nuestros generales han estudiado el arte de reducir al enemigo rápidamente y que lo emplearán con un método implacable. El terror es el único medio, ya que perturba el entendimiento del contrario, paraliza su acción, pulveriza su resistencia. Cuanto más feroz sea la guerra, más corta resultará: castigar con dureza es proceder humanamente. Y Alemania va a ser cruel, con una crueldad nunca vista, para que no se prolongue la lucha.

Había abandonado su asiento, requiriendo el bastón y el sombrero de paja. Argensola lo miraba con franca hostilidad. El profesor, al pasar junto a él, sólo hizo un rígido y desdeñoso movimiento de cabeza.

Luego se dirigió hacia la puerta, acompañado por su primo. La despedida fue breve.

-Te repito mi consejo. Si no amas el peligro, márchate. Puede ser que me equivoque, y esta gente, convencida de que su defensa resulta inútil, se entregue buenamente... De todos modos, pronto nos veremos. Tendré el gusto de volver a París cuando la bandera del Imperio flote sobre la torre Eiffel. Asunto de tres o cuatro semanas. A principios de septiembre, con seguridad.

Francia iba a desaparecer; para el doctor, era indudable su muerte.

-Quedará París -añadió-, quedarán los franceses, porque un pueblo no se suprime fácilmente; pero ocuparán el lugar que les corresponde. Nosotros gobernaremos el mundo; ellos se cuidarán de inventar modas, harán agradable la vida al extranjero que los visite, y en el terreno intelectual los estimularemos para que eduquen actrices bonitas, produzcan novelas entretenidas y discurran comedias graciosas... Nada más.

Desnoyers rió mientras estrechaba la mano a su primo, fingiendo tomar sus palabras como paradojas.

-Hablo en serio -continuó Hartrott-. La última hora de la República francesa como nación importante ha sonado. La he visto de cerca y no merece otra suerte. Desorden y falta de confianza arriba; entusiasmo estéril abajo.

Al volver la cabeza vio otra vez la sonrisa de Argensola.

-Y nosotros entendemos un poco de esto -añadió agresivamente-. Estamos acostumbrados a examinar los pueblos que fueron, a estudiarlos fibra por fibra, y podemos conocer con una sola ojeada la psicología de los que aún viven.

El bohemio creyó ver a un cirujano hablando con suficiencia de los misterios de la voluntad ante un cadáver. ¡Qué sabía de la vida este pedante interpretador de documentos muertos!

Cuando se cerró la puerta fue al encuentro de su amigo, que volvía desalentado. Argensola ya no tenía por loco al doctor Julius von Hartrott.

-¡Qué bruto! -exclamó, levantando los brazos-. ¡Y pensar que viven sueltos estos fabricantes de sombríos errores!... ¡Quién diría que son de la misma tierra que produjo a Kant, el pacifista; al sereno Goethe, a Beethoven... Haber creído tantos años que formaban una nación de soñadores y filósofos ocupados en trabajar desinteresadamente por todos los hombres!

La farsa de un geógrafo alemán revivió en su memoria como una explicación: «El germano es un bicéfalo. Con una cabeza sueña y poetiza, mientras con la otra piensa y ejecuta».

Desnoyers se mostraba desesperado por la certidumbre de la guerra. Este profesor le parecía más temible que el consejero y los otros burgueses alemanes que había conocido en el buque. Su tristeza no era únicamente por el pensamiento egoísta de que la catástrofe iba a estorbar la realización de sus deseos y los de Margarita. Descubría de pronto, en esa hora de incertidumbre, que amaba a Francia. Veía en ella la patria de su padre y el país de la gran Revolución... Él, aunque no se había mezclado nunca en las luchas de la política, era republicano y había reído muchas veces de ciertos amigos suyos que adoraban a reyes y emperadores, considerando esto como un signo de distinción. Argensola pretendió reanimarle.

-¡Quién sabe! Este es un país de sorpresas. Al francés hay que verlo a la hora en que procura remediar sus improvisaciones. Diga lo que diga el bárbaro de tu primo, hay entusiasmo, hay orden. Peor que nosotros debieron de verse los que vivían antes de lo de Valmy. Todo desorganizado; como única defensa, batallones de obreros y campesinos que por primera vez tomaban un fusil. Y, sin embargo, la Europa de las viejas monarquías no supo cómo librarse durante veinte años de estos guerreros improvisados.



Los cuatro jinetes del Apocalipsis de Vicente Blasco Ibáñez
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