Los cuatro jinetes del Apocalipsis : 1-05

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Primera Parte
V - Donde aparecen los Cuatro Jinetes


Los dos amigos vivieron en los días siguientes una vida febril, considerablemente agrandada por la rapidez con que se sucedían los acontecimientos. Cada hora engendraba una novedad -las más de las veces falsa-, que removía la opinión con rudo vaivén. Tan pronto el peligro de la guerra aparecía conjurado, como circulaba la voz de que la movilización iba a ordenarse dentro de unos minutos.

Veinticuatro horas representaban las inquietudes, la ansiedad y el desgaste nervioso de un año normal. Y lo que agravaba más esta situación era la incertidumbre, la espera del acontecimiento temido y todavía invisible, la angustia por el peligro que nunca acaba de llegar.

La Historia se extendía desbordada fuera de sus cauces, sucediéndose los hechos como los oleajes de una inundación. Austria declaraba la guerra a Servia, mientras los diplomáticos de las grandes potencias seguían trabajando por evitar el conflicto. La red eléctrica tendida en torno del planeta vibraba incesantemente en la profundidad de los Océanos y sobre el relieve de los continentes, transmitiendo esperanzas o pesimismos. Rusia movilizaba una parte de su Ejército. Alemania, que tenía tropas prontas con pretexto de maniobras, decretaba el estado de amenaza de guerra. Los austríacos, sin aguardar las gestiones de la diplomacia, iniciaban el bombardeo de Belgrado. Guillermo II, temiendo que la intervención de las potencias solucionase el conflicto entre el zar y el emperador de Austria, forzaba el curso de los acontecimientos declarando la guerra a Rusia. Luego, Alemania se aislaba, cortando las líneas férreas y las líneas telegráficas para amasar en el misterio sus fuerzas de invasión.

Francia presenciaba esta avalancha de acontecimientos sobria en palabras y manifestaciones de entusiasmo. Una resolución fría y grave animaba a todos interiormente. Dos generaciones habían venido al mundo recibiendo, al abrir los ojos de la razón, la imagen de una guerra que forzosamente llegaría alguna vez. Nadie la deseaba: la imponían los adversarios... Pero todos la aceptaban, con el firme propósito de cumplir su deber.

París callaba durante el día con el enfurruñamiento de sus preocupaciones. Sólo algunos grupos de patriotas exaltados, siguiendo los tres colores de la bandera, pasaban por la plaza de la Concordia para dar vivas ante la estatua de Estrasburgo. Las gentes se abordaban en las calles amistosamente. Todos se conocían sin haberse visto nunca. Los ojos atraían a los ojos; las sonrisas parecían engancharse mutuamente con la simpatía de una idea común. Las mujeres estaban tristes, pero hablaban fuerte para ocultar sus emociones. En el largo crepúsculo de verano, los bulevares se llenaban de gentío. Los barrios extremos confluían al centro de la ciudad, como en los días ya remotos de las revoluciones. Se juntaban los grupos, formando una aglomeración sin término, de la que surgían gritos y cánticos. Las manifestaciones pasaban por el centro, bajo los faroles eléctricos que acababan de inflamarse. El desfile se prolongaba hasta medianoche, y la bandera nacional aparecía sobre la muchedumbre andante, escoltada por las banderas de otros pueblos.

En una de estas noches de sincero entusiasmo fue cuando los dos amigos escucharon una noticia inesperada, absurda: «Han matado a Jaurès». Los grupos la repetían con una extrañeza que parecía sobreponerse al dolor: «¡Asesinado Jaurès! ¿Y por qué» El buen sentido popular, que busca por instinto una explicación a todo atentado, quedaba en suspenso, sin poder orientarse. ¡Muerto el tribuno precisamente en el momento que más útil podía resultar su palabra de caldeador de muchedumbres!... Argensola pensó inmediatamente en Tchernoff: «¿Qué dirá nuestro vecino?...» Las gentes de orden temían una revolución. Desnoyers creyó por unos momentos que iban a cumplirse los sombríos vaticinios de su primo. Este asesinato, con sus correspondientes represalias, podía ser la señal de una guerra civil. Pero las masas del pueblo, transidas d dolor por la muerte de su héroe, permanecían en trágico silencio. Todos veían más allá del cadáver la imagen de la patria.

A la mañana siguiente el peligro se había desvanecido. Los obreros hablaban de generales y de guerra, enseñándose mutuamente sus libretas de soldados, anunciando la fecha en que debían partir, así que se publicase la orden de movilización: «Yo salgo el segundo día». «Yo, el primero». Los del ejército activo que estaban con permiso en sus casas eran llamados individualmente a los cuarteles. Se sucedían con atropellamiento los sucesos, todos en una misma dirección: la guerra, los alemanes se permitían avanzar en la frontera francesa, cuando su embajador todavía estaba en París haciendo promesas de paz. Al día siguiente de la muerte de Jaurès, el 1 de agosto, a media tarde, la muchedumbre se agolpó ante unos pedazos de papel escritos a mano con visible precipitación. Estos papeles precedieron a otros más grandes e impresos llevando en su cabecera dos banderitas cruzadas. «Ya llegó, ya es un hecho...» Era la orden de movilización general. Francia entera iba a correr a las armas. Y los pechos parecieron dilatarse con un suspiro de desahogo. Los ojos brillaban de satisfacción. ¡Terminada la pesadilla!... Era preferible la cruel realidad a una incertidumbre de días y días que los prolongaba como si fuesen semanas.

En vano el presidente Poincaré, animado por una última esperanza, se dirigía a los franceses para explicar que la movilización no es la guerra y que un llamamiento a las armas sólo representaba una medida preventiva. «Es la guerra, la guerra inevitable», decía la muchedumbre con expresión fatalista. Y los que iban a partir en la misma noche o al día siguiente se mostraban los más entusiastas y animosos: «Ya que nos buscan, nos encontrarán. ¡Viva Francia!». El Canto de partida, himno de marcha de los voluntarios de la primera República, había sido exhumado por el instinto del pueblo, que pide su voz al arte en los momentos críticos. Los versos del convencional Chénier, adaptados a una música de guerrera gravedad, resonaban en las calles al mismo tiempo que La Marsellesa:

La République nous appelle,
sachons vaincre ou sachons périr;
un français doit vivre pour elle,
pour elle un français doit mourir.

La movilización empezaba a las doce en punto de la noche. Desde el crepúsculo circularon por las calles grupos de hombres que se dirigían a las estaciones. Sus familias marchaban con ellos, llevando la maleta o el fardo de ropas. Los amigos del barrio los escoltaban. Una bandera tricolor iba al frente de estos pelotones. Los oficiales de reserva se enfundaban en sus uniformes, que ofrecían todas las molestias de los trajes largamente olvidados. Con el vientre oprimido por la correa y el revólver al costado, caminaban en busca del ferrocarril que había de conducirlos al punto de concentración. Uno de sus hijos llevaba el sable oculto en una funda de tela. La mujer, apoyada en su brazo, triste y orgullosa al mismo tiempo, dirigía con amoroso susurro sus últimas recomendaciones.

Circulaban con toda velocidad tranvías, automóviles y fiacres. Nunca se habían visto en las calles de París tantos vehículos. Y, sin embargo, los que necesitaban uno llamaban en vano a los conductores. Nadie quería servir a los civiles. Todos los medios de transporte eran para los militares; todas las carreras terminaban en las estaciones de ferrocarril. Los pesados camiones de la Intendencia, llenos de sacos, eran saludados por el entusiasmo general: «¡Viva el Ejército!» Los soldados en traje de mecánica que iban tendidos en la cúspide de la pirámide rodante contestaban a la aclamación moviendo los brazos y profiriendo gritos que nadie llegaba a entender. La fraternidad había creado una tolerancia nunca vista. Se empujaba la muchedumbre, guardando en sus encuentros una buena educación inalterable. Chocaban los vehículos, y cuando los conductores, a impulsos de la costumbre, iban a injuriarse, intervenía el gentío y acababan por darse las manos. «¡Viva Francia!» Los transeúntes que escapaban de entre las ruedas de los automóviles reían, increpando bondadosamente al chófer: «¡Matar a un francés que va en busca de su regimiento!» Y el conductor contestaba: «Yo también partiré dentro de unas horas. Este es mi último viaje». Los tranvías y ómnibus funcionaban con creciente irregularidad así como avanzaba la noche. Muchos empleados habían abandonado sus puestos para decir adiós a la familia y tomar el tren. Toda la vida de París se concentraba en media docena de ríos humanos que iban a desembocar en las estaciones.

Desnoyers y Argensola se encontraron en un café del bulevar cerca de la medianoche. Los dos estaban fatigados por las emociones del día, con la depresión nerviosa que sigue a los espectáculos ruidosos y violentos. Necesitaban descansar. La guerra era un hecho, y después de esta certidumbre, no sentían ansiedad por adquirir noticias nuevas. La permanencia en el café les resultó intolerable. En la atmósfera ardiente y cargada de humo, los consumidores cantaban y gritaban, agitando pequeñas banderas. Todos los himnos pasados y presentes eran entonados a coro, con acompañamiento de copas y platillos. El público, algo cosmopolita, revistaba las naciones de Europa para saludarlas con sus rugidos de entusiasmo. Todas, absolutamente todas, iban a estar al lado de Francia. «¡Viva!... ¡Viva!» Un matrimonio viejo ocupaba una mesa junto a los dos amigos. Eran rentistas de vida ordenada y mediocre, que tal vez no recordaba en toda su existencia haber estado despiertos a tales horas. Arrastrados por el entusiasmo, habían descendido al bulevar para ver la guerra más de cerca. El idioma extranjero que empleaban los vecinos dio al marido una alta idea de su importancia.

-¿Ustedes creen que Inglaterra marchará con nosotros?

Argensola sabía tanto como él; pero contestó con autoridad:

-Seguramente; es cosa decidida.

El viejo se puso en pie:

-¡Viva Inglaterra!

Y, acariciado por los ojos admirativos de su esposa, empezó a entonar una canción patriótica olvidada, marcando con movimientos de brazos el estribillo, que muy pocos alcanzaban a seguir.

Los dos amigos tuvieron que emprender a pie el regreso a su casa. No encontraron un vehículo que quisiera recibirlos: todos iban en dirección opuesta, hacia las estaciones. Ambos estaban de mal humor; pero Argensola no podía marchar en silencio.

-«¡Ah las mujeres!» Desnoyers conocía sus honestas relaciones desde algunos meses antes con una midinette de la rue Taibout. Paseos los domingos por los alrededores de París, varias idas al cinematógrafo, comentarios sobre las sublimidades de la última novela publicada en el folletón de un diario popular, besos a la despedida, cuando ella tomaba al anochecer el tren de Bois-Colombes para dormir en el domicilio paterno: eso era todo. Pero Argensola contaba malignamente con el tiempo, que madura las virtudes más ácidas. Aquella tarde habían tomado el aperitivo con un amigo francés que partía a la mañana siguiente para incorporarse a su regimiento. La muchacha lo había visto varias veces con él, sin que mereciese especial atención; pero ahora lo admiró de pronto, como si fuese otro. Había renunciado a volver esta noche a la casa de sus padres: quería ver cómo empieza una guerra. Comieron los tres juntos, y todas las atenciones de ella fueron para el que se iba, Hasta se ofendió con repentino pudor porque Argensola quiso hacer uso del derecho de prioridad, buscando su mano por debajo de la mesa. Mientras tanto, casi desplomaba su cabeza sobre el hombro del futuro héroe, envolviéndolo con miradas de admiración.

-¡Y se han ido!... ¡Se han ido juntos -dijo rencorosamente-. He tenido que abandonarlos para no prolongar mi triste situación. ¡Haber trabajado tanto... para otro!

Calló un momento, y, cambiando el curso de sus ideas, añadió:

-Reconozco, sin embargo, que su conducta es hermosa. ¡Qué generosidad la de las mujeres cuando creen llegado el momento de ofrecer!... Su padre le inspira gran miedo por sus cóleras, y, sin embargo, se queda una noche fuera de casas con uno a quien apenas conoce y en el que no pensaba a media tarde... La nación siente gratitud por los que van a exponer su existencia, y ella, la pobrecilla, desea hacer algo también por los destinados a la muerte, darles un poco de felicidad en la última hora..., y regala lo mejor que posee, lo que no puede recobrarse nunca. He hecho un mal papel... Ríete de mí; pero confiesa que esto es hermoso.

Desnoyers rió, efectivamente, del infortunio de su amigo, a pesar de que él también sufría grandes contrariedades, guardadas en secreto. No había vuelto a ver a margarita después de la primera entrevista. Sólo tenía noticias de ella por varias cartas... ¡Maldita guerra! ¡Qué trastorno para las gentes felices! La madre de Margarita estaba enferma. Pensaba en su hijo, que era oficial y debía partir el primer día de la movilización. Ella estaba inquieta igualmente por su hermano, y consideraba importuno ir al estudio mientras en su casa gemía la madre. ¿Cuándo iba a terminar esta situación?

Le preocupaba también aquel cheque de cuatrocientos mil francos traídos de América. El día anterior habían excusado su pago en el Banco por falta de aviso. Luego declararon que tenían el aviso, pero tampoco le dieron el dinero. En aquella tarde, cuando los establecimientos de crédito estaban ya cerrados, el gobierno había lanzado un decreto estableciendo la moratoria, para evitar una bancarrota general a consecuencia del pánico financiero.

¿Cuándo le pagarían?... Tal vez cuando terminase la guerra que aún no había empezado; tal vez nunca. Él no tenía otro dinero efectivo que dos mil francos escasos que le habían sobrado del viaje. Todos sus amigos se encontraban en una situación angustiosa, privados de recibir las cantidades que guardaban en los Bancos. Los que poseían algún dinero estaban obligados a emprender una peregrinación de tienda en tienda o formar cola a la puerta de los Bancos para cambiar un billete. ¡Ah la guerra! ¡La estúpida guerra!

En mitad de los Campos Elíseos vieron a un hombre con sombrero de alas anchas, que marchaba delante de ellos lentamente y hablando solo. Argensola lo reconoció al pasar junto a un farol: «El amigo Tchernoff». El ruso, al devolver el saludo, dejó escapar del fondo de su barba un ligero olor de vino. Sin invitación alguna arregló su paso al de ellos, siguiéndolos hacia el Arco del Triunfo.

Julio sólo había cruzado silenciosos saludos con este amigo de Argensola al encontrarlo en el zaguán de la casa. Pero la tristeza ablanda el ánimo y hace buscar como una sombra refrescante la amistad de los humildes. Tchernoff, por su parte, miró a Desnoyers como si lo conociese toda su vida.

Había interrumpido su monólogo, que sólo escuchaban las masas de negra vegetación, los bancos solitarios, la sombra azul perforada por el temblor rojizo de los faroles, la noche veraniega con su cúpula de cálidos soplos y siderales parpadeos. Dio algunos pasos sin hablar, como una muestra de consideración a los acompañantes, y luego reanudó sus razonamientos, tomándolos donde los había abandonado, sin dar explicación alguna, como si marchase solo.

-... y a estas horas gritarán de entusiasmo lo mismo que los de aquí, creerán de buena fe que van a defender a su patria provocada, querrán morir por sus familias y hogares, que nadie ha amenazado.

-¿Quiénes son ésos, Tchernoff? -preguntó Argensola.

Lo miró el ruso fijamente, como si extrañase su pregunta.

-Ellos -dijo con laconismo.

Los dos entendieron... «¡Ellos!» No podían ser otros.

-Yo he vivido diez años en Alemania -continuó, dando más conexión a sus palabras al verse escuchado-. Fui corresponsal del diario en Berlín, y conozco a aquellas gentes. Al pasar por el bulevar lleno de muchedumbre he visto con la imaginación lo que ocurre allá a estas horas. También cantan y rugen de entusiasmo, agitando banderas. Son iguales exteriormente unos y otros; pero ¡qué diferencia por dentro!... Anoche, en el bulevar, la gente persiguió a unos vocingleros que gritaban: «¡A Berlín!» Es un grito de mal recuerdo y de peor gusto. Francia no quiere conquistas; su único deseo es ser respetada, vivir en paz, sin humillaciones ni intranquilidades. Esta noche, dos movilizados decían al marcharse: «Cuando entremos en Alemania les impondremos la República...» La República no es una cosa perfecta, amigos míos; pero representa algo mejor que vivir bajo un monarca irresponsable por la gracia de Dios. Cuando menos, supone tranquilidad y ausencia de ambiciones personales que perturben la vida. Y yo me he conmovido ante el sentimiento general de estos dos obreros, que, en vez de pensar en el exterminio de sus enemigos, quieren corregirlos, dándoles lo que ellos consideran mejor.

Calló Tchernoff breves momentos para sonreír irónicamente ante el espectáculo que se ofrecía a su imaginación.

-En Berlín, las masas expresan su entusiasmo en forma elevada, como conviene a un pueblo superior. Los de abajo, que se consuelan de sus humillaciones con un grosero materialismo, gritan a estas horas: «¡A París! ¡Vamos a beber champaña gratis!» La burguesía pietista, capaz de todo por alcanzar un nuevo honor, y la aristocracia, que ha dado al mundo los mayores escándalos de los últimos años, gritan igualmente: «¡A París!» París es la Babilonia del pecado, la ciudad del Moulin Rouge y los restaurantes de Montmartre, únicos lugares que ellos conocen... Y mis camaradas de la Socialdemocracia también gritan; pero a éstos les han enseñado otro cántico: «¡A Moscú! ¡A Petersburgo! ¡Hay que aplastar a la tiranía rusa, peligro de la civilización!» El káiser manejando la tiranía de otro país como un espantajo para su pueblo... ¡qué risa!

Y la carcajada del ruso sonó en el silencio de la noche como un tableteo.

-Nosotros somos más civilizados que los alemanes -dijo cuando cesó de reír.

Desnoyers, que lo escuchaba con interés, hizo un movimiento de sorpresa, y se dijo: «Este Tchernoff ha bebido algo».

-La civilización -continuó- no consiste únicamente en una gran industria, en muchos barcos, ejércitos y numerosas Universidades que sólo enseñan ciencia. Esta es una civilización material. Hay otra superior que eleva el alma y no permite que la dignidad humana sufra sin protesta continuas humillaciones. Un ciudadano suizo que vive en su chalet de madera, considerándose igual a los demás hombres de su país, es más civilizado que el Herr Professor, que tiene que cederle el paso a un teniente, o el rico de Hamburgo, que se encorva como un lacayo ante el que ostenta la partícula von.

Aquí el español asintió, como si adivinase lo que Tchernoff iba a añadir.

-Los rusos sufrimos una gran tiranía. Yo sé algo de esto. Conozco el hambre y el frío de los calabozos, he vivido en Siberia... Pero frente a nuestra tiranía ha existido siempre una protesta revolucionaria. Una parte de la nación es medio bárbara; pero el resto tiene una mentalidad superior, un espíritu de alta moral que le hace arrostrar peligros y sacrificios por la libertad y la verdad... ¿Y Alemania? ¿Quién ha protestado en ella jamás para defender los derechos humanos? ¿Qué revoluciones se han conocido en Prusia, tierra de grandes déspotas? El fundador del militarismo, Federico Guillermo, cuando se cansaba de dar palizas a su esposa y escupir en los platos de sus hijos, salía a la calle garrote en mano para golpear a los súbditos que no huían a tiempo. Su hijo, Federico el Grande, declaró que moría aburrido de gobernar a un pueblo de esclavos. En dos siglos de historia prusiana, una sola revolución: las barricadas en mil ochocientos cuarenta y ocho, mala copia berlinesa de la revolución de parís, y sin resultado alguno. Bismarck apretó la mano para aplastar los últimos intentos de protesta, si es que realmente existían. Y cuando sus amigos le amenazaban con una revolución, el junker feroz se llevaba las manos a los ijares, lanzando las más insolentes de sus carcajadas. ¡Una revolución en Prusia!... Nadie como él conocía a su pueblo.

Tchernoff no era patriota. Muchas veces le había oído Argensola hablar contra su país. Pero se indignaba al considerar el desprecio con que el orgullo germánico trataba al pueblo ruso. ¿Dónde estaba, en los últimos cuarenta años de grandeza imperialista, la hegemonía intelectual de que alardeaban los alemanes?... Excelentes peones de la ciencia; sabios tenaces y de vista corta, confinando cada uno en su especialidad; benedictinos del laboratorio, que trabajaban mucho y acertaban algunas veces a través de enormes equivocaciones dadas como verdades por ser suyas: eso era todo. Y al lado de tanta laboriosidad paciente y digna de respeto, ¡qué de charlatanismo! ¡Qué de grandes nombres explotados como una muestra de tienda! ¡Cuántos sabios metidos a hoteleros de sanatorio!... Un Herr Professor descubría la curación de la tisis, y los tísicos continuaban muriendo como antes. Descubría la curación de la tisis, y los tísicos continuaban muriendo como antes. Otro rotulaba con una cifra el remedio vencedor de la más inconfesable de las enfermedades, y la peste genital seguía azotando al mundo. Y todos estos errores representaban fortunas considerables: cada panacea salvadora daba lugar a la constitución de una Sociedad industrial, vendiéndose los productos a enormes precios, como si el dolor fuese un privilegio de los ricos. ¡Cuán lejos de ese bluff Pasteur y otros sabios de los pueblos inferiores, que libraban al mundo sus secretos sin prestarse a monopolios!

-La ciencia alemana - continuó Tchernoff- ha dado mucho a la Humanidad, lo reconozco; pero la ciencia de otras naciones ha dado mucho igualmente. Sólo un pueblo loco de orgullo puede imaginar que él lo es todo para la civilización y los demás no son nada... Aparte de sus sabios especialista, ¿qué genio ha producido en nuestros tiempos esa Alemania que se cree universal? Wagner es el último romántico, cierra una época y pertenece al pasado. Nietzsche tuvo empeño en demostrar su origen polaco y abominó de Alemania, país, según él, de burgueses pedantes. Su eslavismo era tan pronunciado, que hasta profetizó el aplastamiento de los germanos por los eslavos... Y no quedan más. Nosotros, pueblo salvaje, hemos dado al mundo en los últimos tiempos artistas de una grandeza moral admirable. Tolstoy y Dostoyevski son universales. ¿Qué nombres puede colocar enfrente de ellos la Alemania de Guillermo Segundo?... Su país fue la patria de la música; pero los músicos rusos del presente son más originales que los continuadores del wagnerismo, que se refugian en las exasperaciones de la orquesta para ocultar su mediocridad... El pueblo alemán tuvo genios en su época de dolor, cuando aún no había nacido el orgullo pangermanista, cuando no existía el Imperio. Goethe, Schiller, Beethoven, fueron súbditos de pequeños principados. Recibieron la influencia de otros países, contribuyeron a la civilización universal, como ciudadanos del mundo, sin ocurrírseles que el mundo debía hacerse germánico porque prestaba atención a sus obras.

El zarismo había cometido atrocidades. Tchernoff lo sabía por experiencia y no necesitaba que los alemanes vinieran a contárselo. Pero todas las clases ilustradas de Rusia eran enemigas de la tiranía y se levantaban contra ella. ¿Dónde estaban en Alemania los intelectuales enemigos del zarismo prusiano? Callaban o prorrumpían en adulaciones al ungido de Dios, músico y comediante como Nerón, de una inteligencia viva y superficial, que, por tocarlo todo, creía saberlo todo. Ansioso de alcanzar una postura escénica en la Historia, había acabado por afligir al mundo con la más grande de las calamidades.

-¿Por qué ha de ser rusa la tiranía que pesa sobre mi país? Los peores zares fueron imitadores de Prusia. En nuestros tiempos, cada vez que el pueblo ruso o polaco ha intentado reivindicar sus derechos, los reaccionarios emplearon al káiser como una amenaza, afirmando que vendría en su auxilio. Una mitad de la aristocracia rusa es alemana; alemanes de los generales que más se han distinguido acuchillando al pueblo; alemanes los funcionarios que sostienen y aconsejan la tiranía; alemanes los oficiales que se encargan de castigar con matanzas las huelgas obreras y la rebelión de los pueblos anexionados. El eslavo reaccionario es brutal, pero tiene el sentimentalismo de una raza en la que muchos príncipes se hacen nihilistas. Levanta el látigo con facilidad, pero luego se arrepiente, y, a veces, llora. Yo he visto a oficiales rusos suicidarse por no marchar contra el pueblo o por el remordimiento de haber ejecutado matanzas. El alemán al servicio del zarismo no siente escrúpulos ni lamenta su conducta: mata fríamente, con método minucioso y exacto, como todo lo que ejecuta. El ruso es bárbaro, pega y se arrepiente; el alemán civilizado fusila sin vacilación. Nuestro zar, en su ensueño humanitario de eslavo, acarició la utopía generosa de la paz universal, organizando las conferencias de La Haya. El káiser de la cultura ha trabajado años y años en el montaje engrasamiento de un organismo destructivo como nunca se conoció para aplastar a toda Europa. El ruso es un cristiano humilde, igualitario, democrático, sediento de justicia; el alemán alardea de cristianismo, pero es un idólatra como los germanos de otros siglos. Su religión ama la sangre y mantiene las castas; su verdadero culto es el de Odín, sólo que ahora el dios de la matanza ha cambiado el nombre y se llama el estado.

Se detuvo un instante Tchernoff, tal vez para apreciar mejor la extrañeza de sus acompañantes, y dijo luego con simplicidad:

-Yo soy cristiano.

Argensola, que conocía las ideas y la historia del ruso, hizo un movimiento de asombro. Julio insistió en sus sospechas: «Decididamente, este Tchernoff está borracho».

-Es verdad -continuó- que me preocupo de Dios y no creo en los dogmas; pero mi alma es cristiana como la de todos los revolucionarios. La filosofía de la democracia moderna es un cristianismo laico. Los socialistas amamos al humilde, al menesteroso, al débil. Defendemos su derecho a la vida y al bienestar, lo mismo que los grandes exaltados de la religión, que vieron en todo infeliz a un hermano. Nosotros exigimos el respeto para el pobre en nombre de la justicia: los otros lo piden en nombre de la piedad. Pero unos y otros buscamos que los hombres se pongan de acuerdo para una vida mejor: que el fuerte se sacrifique por el débil, el poderoso por el humilde y el mundo se rija por la fraternidad, buscando la mayor igualdad posible.

El eslavo resumía la historia de las aspiraciones humanas. El pensamiento griego había puesto el bienestar en la Tierra, pero sólo para unos cuantos, para los ciudadanos de sus pequeñas democracias, para los hombres libres, dejando abandonados a su miseria a los esclavos y los bárbaros, que constituían la mayor parte. El cristianismo, religión de humildes, había reconocido a todos los seres el derecho a la felicidad, pero esta felicidad la colocaba en el Cielo, lejos de este mundo, valle de lágrimas. La Revolución y sus herederos, los socialistas ponían la felicidad en las realidades inmediatas de la tierra, lo mismo que los antiguos, y hacían partícipes de ella a todos los hombres, lo mismo que los cristianos.

-¿Dónde está el cristianismo de la Alemania presente?... Hay más espíritu cristiano en el socialismo de la laica República francesa, defensora de los débiles, que en la religiosidad de los junkers conservadores. Alemania se ha fabricado un Dios a su semejanza, y cuando cree adorarlo, es su propia imagen lo que adora. El Dios alemán es un reflejo del Estado alemán, que considera la guerra como la primera función de un pueblo y la más noble de las ocupaciones. Otros pueblos cristianos, cuando tienen que guerrear, sienten la contradicción que existe entre su conducta y el Evangelio, y se excusan alegando la cruel necesidad de defenderse. Alemania declara que la guerra es agradable a Dios. Yo conozco sermones alemanes probando que Jesús fue partidario del militarismo.

El orgullo germánico, la convicción de que su raza está destinada providencialmente a dominar el mundo, ponía de acuerdo a protestantes, católicos y judíos.

-Por encima de sus diferencias de dogma está el Dios del estado, que es alemán: el Dios guerrero, al que tal vez llama Guillermo a estas horas mi respetable aliado. Las religiones tendieron siempre a la universalidad. Su fin es poner a los hombres en relación con Dios y sostener las relaciones entre todos los hombres. Prusia ha retrogradado a la barbarie, creando para su uso personal un segundo Jehová, una divinidad hostil a la mayor parte del género humano, que hace suyos los rencores y las ambiciones del pueblo alemán.

Luego, Tchernoff explicaba a su modo la creación de este Dios germánico, ambicioso, cruel, vengativo. Los alemanes eran unos cristianos de l víspera. Su cristianismo databa de seis siglos nada más, mientras que el de los otros pueblos de Europa era de diez, de quince, de dieciocho siglos. Cuando terminaban ya las Cruzadas, los prusianos vivían aún en el paganismo. La soberbia de raza, al impulsarlos a la guerra, hacía revivir a las divinidades muertas. A semejanza del antiguo Dios germánico, que era un caudillo militar, el Dios del Evangelio se veía adornado por los alemanes con lanza y escudo.

-El cristianismo en Berlín lleva casco y botas de montar. Dios se ve movilizado en estos momentos, lo mismo que Otto, Fritz y Franz, para castigue a los enemigos del pueblo escogido. Nada importa que haya ordenado: «No matarás», y que su Hijo dijese en la Tierra: «Bienaventurados los pacíficos». El cristianismo, según los sacerdotes alemanes de todas las confesiones, sólo puede influir en el mejoramiento individual de los hombres y no debe inmiscuirse en la vida del estado. El Dios del estado prusiano es el viejo Dios alemán, un heredero de la feroz mitología germánica, una amalgama de las divinidades hambrientas de guerra.

En el silencio de la avenida, el ruso evocó las rojas figuras de los dioses implacables. Iban a despertar aquella noche al sentir en sus oídos el amado estrépito de las armas y en su olfato el perfume acre de la sangre. Tor, el dios brutal de la cabeza pequeña, estiraba sus bíceps, empuñando el martillo que aplasta ciudades. Wotan afinaba su lanza, que tiene el relámpago por hierro y el trueno por regatón. Odín, el del único ojo, bostezaba de gula en lo alto de su montaña, esperando a los guerreros muertos que se amontonaran alrededor de su trono. Las desmelenadas valquirias, vírgenes sudorosas y oliendo a potro, empezaban a galopar de nube en nube, azuzando a los hombres con aullidos, para llevarse los cadáveres, doblados como alforjas, sobre las ancas de sus rocines voladores.

-La religiosidad germánica -continuó el ruso- es la negación del cristianismo. Para ella, los hombres no son iguales ante Dios. Este sólo aparecía a los fuertes, y los apoya con su influencia para que se atrevan a todo. Los que nacieron débiles deben someterse a desaparecer. Los pueblos tampoco son iguales: están divididos en pueblos conductores y pueblos inferiores, cuyo destino es verse desmenuzados y asimilados por aquéllos. Así lo quiere Dios. Y resulta inútil decir que el gran pueblo conductor es Alemania.

Argensola le interrumpió. El orgullo alemán no se apoyaba sólo en su Dios: apelaba igualmente a la ciencia.

-Conozco eso -dijo el ruso sin dejarle terminar-: el determinismo, la desigualdad, la selección, la lucha por la vida... Los alemanes, tan orgullosos de su valer, construyen sobre terreno ajeno sus monumentos intelectuales, piden prestado al extranjero el material de cimentación cuando hacen obra nueva. Un francés y un inglés. Gobineau y Chamberlain, les han dado los argumentos para defender la superioridad de su raza. Con cascote sobrante de Darwin y de Spencer, su anciano Hæckel ha fabricado el monismo, doctrina que, aplicada a la política, consagra científicamente el orgullo alemán y reconoce su derecho a dominar el mundo, por ser el más fuerte. No, mil veces no continuó con energía después de un breve silencio-. Todo eso de la lucha por la vida con su cortejo de crueldades puede ser verdad en las especies inferiores, pero no debe ser verdad entre los hombres. Somos seres de razón y de progreso, y debemos libertarnos de la fatalidad del medio, modificándolo a nuestra conveniencia. El animal no conoce el derecho, la justicia, la compasión; vive esclavo de la lobreguez de sus instintos. Nosotros pensamos, y el pensamiento significa libertad. El fuerte, para serlo, no necesita mostrarse cruel; resulta más grande cuando no abusa de su fuerza y es bueno. Todos tienen derecho a la vida, ya que nacieron; y del mismo modo que subsisten los seres orgullosos y humildes, hermosos o débiles, deben seguir viviendo las naciones grandes y pequeñas, viejas y jóvenes. La finalidad de nuestra existencia no es la lucha, no es matar, para que luego nos maten a nosotros, y que, a su vez, caiga muerto nuestro matador. Dejemos eso a la ciega Naturaleza. Los pueblos civilizados, de seguir un pensamiento común, deben adoptar el de la Europa mediterránea, realizando la concepción más pacífica y dulce de la vida que sea posible. Una sonrisa cruel agitó las barbas del ruso.

-Pero existe la Kultur, que los germanos quieren imponernos y que resulta lo más opuesto a la civilización. La civilización es el afinamiento del espíritu, el respeto al semejante, la tolerancia de la opinión ajena, la suavidad de las costumbres. La Kultur es la acción del estado que organiza y asimila individuos y colectividades para que la sirvan en su misión, Y esta misión consiste principalmente en colocarse por encima de los otros Estados, aplastándolos con su grandeza, o lo que es lo mismo, orgullo, ferocidad, violencia.

Habían llegado a la plaza de la Estrella. El Arco del Triunfo destacaba su mole oscura en el espacio estrellado. Las avenidas esparcían en todas direcciones una doble fila de luces. Los faroles situados en torno del monumento iluminaban sus bases gigantescas y los pies de los grupos escultóricos. Más arriba se cerraban las sombras, dando al claro monumento la negra densidad del ébano.

Atravesaron la plaza y el Arco. Al verse bajo la bóveda, que repercutía, agrandando, el eco de sus pasos, se detuvieron. La brisa de la noche tomaba una frialdad invernal al deslizarse por el interior de la construcción. La bóveda recortaba las aristas de sus extremos sobre el difuso azul del espacio. Instintivamente volvieron los tres la cabeza para lanzar una mirada a los Campos Elíseos, que habían dejado atrás. Sólo vieron un río de sombra en el que flotaban rosarios de estrellas rojas entre dos largas escarpaduras negras formadas por los edificios. Pero estaban familiarizados con el panorama, y creyeron contemplar en la oscuridad sin ningún esfuerzo, la majestuosa pendiente de la avenida, la doble fila de palacios, la plaza de la Concordia en el fondo con su aguja egipcia, las arboledas de las Tullerías.

-Esto es hermoso -dijo Tchernoff, que veía algo más que sombras-. Toda una civilización que ama la paz y la dulzura de la vida ha pasado por aquí.

Un recuerdo enterneció al ruso. Muchas tardes, después del almuerzo, había encontrado en aquel mismo lugar a un hombre robusto, cuadrado, de barba rubia y ojos bondadosos. Parecía un gigante detenido en mitad de su crecimiento. Un perro lo acompañaba. Era Jaurès, su amigo Jaurès, que antes de ir a la Cámara daba un paseo hasta el arco desde su casa de Passy.

-Le gustaba situarse donde nos hallamos en este momento. Contemplaba las avenidas, los jardines lejanos, todo el parís que se ofrece a la admiración desde esta altura. Y me decía conmovido: «Esto es magnífico. Una de las perspectivas más hermosas que pueden encontrarse en el mundo...» ¡Pobre Jaurès!

El ruso, por una asociación de ideas, evocaba la imagen de su compatriota Miguel Bakunin, otro revolucionario, el padre del anarquismo, llorando de emoción en un concierto luego de oír la sinfonía con coros de Beethoven, dirigida por un joven amigo suyo que se llamaba Ricardo Wagner. «Cuando venga nuestra revolución -gritaba estrechando la mano del maestro- y perezca lo existente, habrá que salvar esto a toda costa».

Tchernoff se arrancó a sus recuerdos para mirar en torno y decir con tristeza:

-Ellos han pasado por aquí.

Cada vez que atravesaba el Arco, la misma imagen surgía en su memoria. Ellos eran miles de cascos brillando al sol; miles de gruesas botas levantándose con mecánica rigidez todas a un tiempo; las trompetas cortas, los pífanos, los tamborcillos planos, conmoviendo el augusto silencio de la piedra; la marcha guerrera de Lohengrin sonando en las avenidas desiertas ante las casas cerradas.

Él, que era un extranjero, se sentía atraído por este monumento, con la atracción de los edificios venerables que guardan la gloria de los ascendientes. No quería saber quién lo había creado. Los hombres construyen creyendo solidificar una ida inmediata que halaga su orgullo. Luego sobreviene la Humanidad de más amplia visión, que cambia el significado de la obra y la engrandece, despojándola de su primitivo egoísmo. Las estatuas griegas, modelos de suprema belleza, habían sido en su origen simples imágenes de santuario regalados por la piedad de las devotas de aquellos tiempos. Al evocar la grandeza romana, todos veían con la imaginación el enorme Coliseo, redondel de matanzas, o los arcos elevados a la gloria de césares ineptos. Las obras representativas de los pueblos tenían dos significados: el interior e inmediato que le daban sus creadores, y el exterior, de un interés universal, que les comunicaban luego los siglos, haciendo de ellas un símbolo.

-El Arco -continuó Tchernoff- es francés por dentro, con sus nombres de batallas y generales que se prestan a la crítica. Exteriormente, es el monumento del pueblo que hizo la más grande de las revoluciones y de todos los pueblos que creen en la Libertad. La glorificación del hombre está allá abajo, en la columna de la plaza Vendôme. Aquí no hay nada individual. Sus constructores lo elevaron a la memoria del Gran Ejército, y ese Gran Ejército fue el pueblo en armas esparciendo por toda Europa la revolución. Loa artistas, que son grandes intuitivos, presintieron el verdadero significado de esta obra. Los guerreros de Rude que entonaron la Marsellesa en el grupo que tenemos a la izquierda no son militares de oficio, son ciudadanos armados que marchan a ejercer su apostolado sublime y violento. Su desnudez me hace ver en ellos unos sans-culottes con casco griego... Aquí hay algo más que la gloria estrecha y egoísta de una sola nación. Todos en Europa despertamos a una nueva vida gracias a estos cruzados de la Libertad... Los pueblos evocan imágenes en mi pensamiento. Si recuerdo a Gracia, veo las columnatas del Partenón; Roma, señora del mundo, es el Coliseo y el Arco de Trajano; la Francia revolucionaria es el Arco de Triunfo.

Era algo más, según el ruso. Representaba un gran desquite histórico: los pueblos del Sur, las llamadas razas latinas, contestando después de muchos siglos a la invasión que había destruido el poderío romano; los hombres mediterráneos esparciéndose vencedores por las tierras de los antiguos bárbaros. Habían barrido el pasado como una ola destructora, para retirarse inmediatamente. La gran marea depositaba todo lo que envolvían sus entrañas, como las aguas de ciertos ríos que fecundan inundando. Y al replegarse los hombres, quedaba el suelo enriquecido por nuevas y generosas ideas.

-¡Si ellos volviesen! -añadió Tchernoff con un gesto de inquietud-. ¡Si pisasen de nuevo estas losas!... La otra vez eran unas pobres gentes asombradas por su rápida fortuna, que pasaron por aquí como un rústico por un salón. Se contentaron con dinero para el bolsillo y dos provincias que perpetuasen el recuerdo de su victoria... Pero ahora no serán soldados únicamente los que marchen contra París. A la cola de los ejércitos vienen, como iracundas cantineras, los Herr Professor, llevando al costado el tonelito de vino con pólvora que enloquece al bárbaro, el vino de la Kultur. Y en los furgones viene, igualmente, un bagaje enorme de salvajismo científico, una filosofía nueva que glorifica la fuerza como principio y santificación de todo, niega la libertad, suprime al débil y coloca al mundo entero bajo la dependencia de una minoría predilecta de Dios, sólo porque dispone de los procedimientos más rápidos y seguros de dar la muerte. La Humanidad debe temblar por su futuro si otra vez resuenan bajo esta bóveda las botas germánicas siguiendo una marcha de Wagner o de cualquier Kapellmeister de regimiento.

Se alejaron del Arco, siguiendo la avenida de Víctor Hugo. Tchernoff marchaba silencioso, como si le hubiese entristecido la imagen de este desfile hipotético. De pronto continuó en alta voz el curso de sus reflexiones.

-Y aunque entrasen, ¿qué importa?... No por esto moriría el Derecho. Sufre eclipses, pero renace; puede ser desconocido, pisoteado, pero no por esto deja de existir, y todas las almas buenas lo reconocen como única regla de vida. Un pueblo de locos quiere colocar la violencia sobre el pedestal que los demás han elevado al Derecho. Empeño inútil. La aspiración de los hombres será eternamente que exista cada vez más libertad, más fraternidad, más justicia.

Con esta afirmación el ruso pareció tranquilizarse.

Él y sus acompañantes hablaron del espectáculo que ofrecía París preparándose para la guerra. Tchernoff se apiadaba de los grandes dolores provocados por la catástrofe, de los miles y miles de tragedias domésticas que se estaban desarrollando en aquel momento. Nada había cambiado aparentemente. En el centro de la ciudad y en torno de las estaciones se desarrollaba un movimiento extraordinario, pero el resto de la inmensa urbe no delataba el gran trastorno de su existencia. La calle solitaria ofrecía el mismo aspecto de todas las noches. La Brisa agitaba dulcemente las hojas de los árboles. Una paz solemne parecía desprenderse del espacio. Las casas dormían; pero detrás de las ventanas cerradas se adivinaban el insomnio de los ojos enrojecidos, la respiración de los pechos angustiados por la amenaza próxima, la agilidad trémula de las manos preparando el equipaje de guerra, tal vez el único gesto de amor, cambiado sin placer, con besos terminados en sollozos.

Tchernoff se acordó de sus vecinos, de aquella pareja que ocupaba el otro departamento interior detrás del estudio. Ya no sonaba el piano de ella. El ruso había percibido el rumor de disputas, choque de puertas cerradas con violencia y los pasos del hombre, que se iba en plena noche, huyendo de los llantos femeniles. Había empezado a desarrollarse el drama al otro lado de los tabiques: un drama vulgar, repetición de otros y otros que ocurrían al mismo tiempo.

-Ella es alemana -añadió el ruso-. Nuestra portera ha husmeado bien su nacionalidad. Él se habrá marchado a estas horas para incorporarse a su regimiento. Anoche apenas pude dormir. Escuché los gemidos de ella a través de la pared; un llanto lento, desesperado, de criatura abandonada, y la voz del hombre, que en vano intentó hacerla callar... ¡Qué lluvia de tristezas cae sobre el mundo!

Aquella misma tarde, al salir de casa, la había encontrado frente a su puerta. Parecía otra mujer, con un aire de vejez, como si en unas horas hubiese vivido quince años. En vano había intentado animarla, recomendándole que aceptase con serenidad la ausencia de su hombre, para no hacer daño al otro ser que llevaba en sus entrañas.

-Porque esta infeliz va a ser madre. Oculta su estado con cierto pudor, pero yo la he sorprendido desde mi ventana arreglando ropitas de niño.

La mujer lo había escuchado como si no le entendiese. Las palabras eran impotentes ante su desesperación. Sólo había sabido balbucir como si hablase con ella misma: «Yo alemana. Él se va; tiene que irse... Sola..., ¡sola para siempre!...»

Piensa en su nacionalidad, que le separa del otro; piensa en el campo de concentración al que le llevarán con sus compatriotas. Le da miedo el abandono en un país hostil que tiene que defenderse de la agresión de los suyos... Y todo esto cuando va a ser madre. ¡Qué miserias! ¡Qué tristezas!

Llegaron a la rue de la Pompe, y al entrar en la casa se despidió Tchernoff de sus acompañantes para subir por la escalera de servicio. Desnoyers quiso prolongar la conversación. Temía quedarse a solas con su amigo y que resurgiese su mal humor por las recientes contrariedades. La conversación con el ruso le interesaba. Subieron los tres por el ascensor. Argensola habló de la oportunidad de destapar una botella de las muchas que guardaba en la cocina. Tchernoff podía volver a su casa por la puerta del estudio que daba a la escalera de servicio.

El amplio ventanal tenía las vidrieras abiertas; los huecos sobre el patio interior estaban abiertos igualmente; una brisa continua hacía palpitar las cortinas, balanceando los faroles antiguos, las banderas apolilladas y otros adornos del estudio romántico. Tomaron asiento en torno de una mesita, junto al ventanal, lejos de las luces que iluminaban un extremo de la amplia pieza. Estaban en la penumbra, vueltos de espaldas al interior. Tenían ante ellos los tejados de enfrente y un enorme rectángulo de sombra azul perforada por la fría agudeza de los astros. Las luces de la ciudad coloreaban el espacio sombrío con un reflejo sangriento.

Bebió dos copas Tchernoff, afirmando con chasquidos de lengua el mérito del líquido. Los tres callaban, con el silencio admirativo y temeroso que la grandiosidad de la noche impone a los hombres. Sus ojos saltaban de estrella a estrella, agrupándolas en líneas ideales, formando triángulos o cuadriláteros de fantástica irregularidad. A veces el furor parpadeante de un astro parecía enganchar al paso el rayo visual de sus miradas, manteniéndolas en hipnótica fijeza.

El ruso, sin salir de su contemplación, se sirvió otra copa. Luego sonrió con una ironía cruel. Su rostro barbudo tomó la expresión de una máscara trágica asomando entre los telones de la noche.

-¡Qué pensarán allá arriba de los hombres! -murmuró-. ¿Estará enterada alguna estrella de que existió Bismarck?... ¿Conocerán los astros la misión divina del pueblo germánico?

Y siguió riendo.

Algo lejano e indeciso turbó el silencio de la noche deslizándose por el fondo de una de las grietas que cortaban la inmensa planicie de tejados. Los tres avanzaron la cabeza para escuchar mejor... Eran voces. Un coro varonil entonaba un himno simple, monótono, grave. Más bien lo adivinaban con el pensamiento que lo percibían en sus oídos. Varias notas sueltas llagadas hasta ellos con mayor intensidad en una de las fluctuaciones de la brisa permitieron a Argensola reconstruir el canto breve rematado por un aullido melódico, un verdadero canto de guerra.

C'est l'Alsace et la Lorraine,
C'est l'Alsace qu'il nous faut
¡Oh, oh, oh, oh!

Un nuevo grupo de hombres iba a lo lejos, por el fondo de una calle, en busca de la estación de ferrocarril, puerta de la guerra. Debían de ser de los barrios exteriores, tal vez del campo, y al atravesar París envuelto en silencio, sentían el deseo de cantar la gran aspiración nacional, para que los que velaban detrás de las fachadas oscuras repeliesen toda perplejidad sabiendo que no estaban solos.

-Lo mismo que en las óperas -dijo Julio siguiendo los últimos sonidos del coro invisible, que se perdía..., se perdía, devorado por la distancia y la respiración nocturna.

Tchernoff siguió bebiendo, pero con aire distraído, fijos los ojos en la niebla rojiza que flotaba sobre los tejados. Adivinaban los dos amigos su labor mental en la contracción de su frente, en los gruñidos sordos que dejaba escapar como un eco del monólogo interior. De pronto, saltó de la reflexión a la palabra, sin preparación alguna, continuando en voz alta el curso de sus razonamientos.

-... Y cuando dentro de unas horas salga el sol, el mundo verá correr por sus campos los cuatro jinetes enemigos de los hombres... Ya piafan sus caballos malignos por la impaciencia de la carrera; ya sus jinetes de desgracia se conciertan y cruzan las últimas palabras antes de saltar sobre la silla.

-¿Qué jinetes son ésos? -preguntó Argensola.

-Los que preceden a la Bestia.

Encontraron los dos amigos tan ininteligible esta contestación como las palabras anteriores. Desnoyers volvió a repetirse mentalmente: «Está borracho». Pero su curiosidad le hizo insistir. ¿Y qué bestia era aquélla?

Lo miró el ruso como si extrañase la pregunta: Creía haber hablado en alta voz desde el principio de sus reflexiones.

-La del Apocalipsis.

Se hizo un silencio; pero el laconismo del ruso no fue de larga duración. Sintió la necesidad de expresar su entusiasmo por el soñador de la roca marina de Patmos. El poeta de las visiones grandiosas y oscuras ejercía influencia, a través de dos mil años, sobre este revolucionario místico refugiado en el último piso de una casa de París. Todo lo había presentido Juan. Sus delirios, ininteligibles para el vulgo, encerraban el misterio de los grandes sucesos humanos.

Describió Tchernoff la bestia apocalíptica surgiendo de las profundidades del mar. Era semejante a un leopardo, sus pies iguales a los de un oso, y su boca un hocico de león. Tenía siete cabezas y diez cuernos. De los cuernos pendían diez diademas, y en cada una de las siete cabezas llevaba escrita una blasfemia. Estas blasfemias no las decía el evangelista, tal vez porque eran distintas según las épocas, modificándose cada mil años, cuando la bestia hacía una nueva aparición. El ruso leía las que flameaban ahora en las cabezas del monstruo: blasfemia contra La Humanidad, contra la justicia, contra todo lo que hace tolerable y dulce la vida del hombre. «La fuerza es superior al derecho...» «El débil no debe existir...»«Sed duros para ser grandes...» Y la bestia, con toda su fealdad, pretendía gobernar al mundo y que los hombres le rindiesen adoración.

-Pero ¿los cuatro jinetes...? -preguntó Desnoyers.

Los cuatro jinetes precedían la aparición del monstruo en el ensueño de Juan.

Los siete sellos del libro del misterio eran rotos por el cordero en presencia del gran trono donde estaba sentado alguien que parecía de jaspe. El arco iris formaba en torno de su cabeza un dosel de esmeralda. Veinticuatro tronos se extendían en semicírculo, y en ellos veinticuatro ancianos con vestiduras blancas y coronas de oro, Cuatro animales enormes cubiertos de ojos y con seis alas parecían guardar el trono mayor. Sonaban las trompetas, saludando la rotura del primer sello.

«¡Mira!», gritaba al poeta visionario con voz estentórea uno de los animales... Y aparecía el primer jinete sobre un caballo blanco. En la mano llevaba un arco y en la cabeza una corona: era la Conquista, según unos; la Peste, según otros. Podían ser ambas cosas a la vez. Ostentaba una corona, y esto era bastante para Tchernoff.

«¡Surge!», gritaba el segundo animal removiendo sus mil ojos. Y del sello roto saltaba un caballo rojizo. Su jinete movía sobre la cabeza una enorme espada. Era la Guerra. La tranquilidad huía del mundo ante su galope furioso: los hombres iban a exterminarse.

Al abrirse el tercer sello, otro de los animales mugía como un trueno: «¡Aparece!» Y Juan veía un caballo negro. El que lo montaba tenía una balanza en la mano para pesar el sustento de los hombres. Era el Hambre.

El cuarto animal saludaba con un bramido la rotura del cuarto sello. «¡Salta!» Y aparecía un caballo de color pálido. «El que lo monta se llama la Muerte, y un poder le fue dado para hacer perecer a los hombres por la espada, por el hambre, por la peste y por las bestias salvajes».

Los cuatro jinetes emprendían una carrera loca, aplastante, sobre las cabezas de la Humanidad aterrada.

Tchernoff describía los cuatro azotes de la Tierra lo mismo que si los viese directamente. El jinete del caballo blanco iba vestido con un traje ostentoso y bárbaro. Su rostro oriental se contraía odiosamente, como si husmease las víctimas. Mientras su caballo seguía galopando, él armaba el arco para disparar la peste. En su espalda saltaba el carcaj de bronce lleno de flechas ponzoñosas que contenían los gérmenes de todas las enfermedades, lo mismo las que sorprenden a las gentes pacíficas en su retiro que las que envenenan las heridas del soldado en el campo de batalla.

El segundo jinete, el del caballo rojo, manejaba el enorme mandoble sobre sus cabellos, erizados por la violencia de la carrera. Era joven, pero el fiero entrecejo y la boca contraída le daban una expresión de ferocidad implacable. Sus vestiduras, arremolinadas por el impulso del galope, dejaban al descubierto una musculatura atlética.

Viejo, calvo y horriblemente descarnado, el tercer jinete saltaba sobre el cortante dorso del caballo negro. Sus piernas disecadas oprimían los flancos de la magra bestia. Con una mano enjuta mostraba la balanza, símbolo del alimento escaso, que iba a alcanzar el valor del oro.

Las rodillas del cuarto jinete, agudas como espuelas, picaban los costados del caballo pálido. Su piel apergaminada dejaba visibles las aristas y oquedades del esqueleto. Su faz de calavera se contraía con la risa sardónica de la destrucción. Los brazos de caña hacían voltear una hoz gigantesca. De sus hombros angulosos pendía un harapo de sudario.

Y la cabalgada furiosa de los cuatro jinetes pasaba como un huracán sobre la inmensa muchedumbre de los humanos. El cielo tomaba sobre sus cabezas una penumbra lívida de ocaso. Monstruos horribles y disformes aleteaban en espiral sobre la furiosa razzia, como una escolta repugnante. La pobre humanidad, loca de miedo, huía en todas las direcciones al escuchar el galope de la Peste, la Guerra, el Hambre y la Muerte. Hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, se empujaban y caían al suelo en todas las actitudes y gestos del pavor, del asombro, de la desesperación. Y el caballo blanco, el rojo, el negro y el pálido los aplastaban con indiferencia bajo sus herraduras implacables: el atleta oía el crujido de sus costillajes rotos, el niño agonizaba agarrado al pecho maternal, el viejo cerraba para siempre los párpados con un gemido infantil.

-Dios se ha dormido, olvidando al mundo -continuó el ruso-. Tardará mucho en despertar, y mientras Él duerme, los cuatro jinetes feudatarios de la Bestia correrán la Tierra como únicos señores.

Se exaltaba con sus palabras. Abandonando su asiento, iba de un lado a otro con grandes pasos.. Le parecía débil su descripción de las cuatro calamidades vistas por el poeta sombrío. Un gran pintor había dado forma corporal a estos terribles ensueños.

-Yo tengo un libro -murmuraba-, un libro precioso.

Y repentinamente huyó del estudio, dirigiéndose a la escalera interior para entrar en sus habitaciones. Quería traer el libro para que lo viesen sus amigos. Argensola lo acompañó. Poco después volvieron con el volumen. Había dejado abiertas las puertas tras de ellos. Se estableció una corriente de aire más fuerte entre los huecos de las fachadas y el patio interior.

Tchernoff colocó bajo una lámpara su libro precioso. Era un volumen impreso en 1511, con texto latino y grabados.

Desnoyers leyó el título: Apocalipsis cum figuris. Los grabados eran de Alberto Durero: una obra de juventud, cuando el maestro sólo tenía veintisiete años. Los tres quedaron en extática admiración ante la lámina que representaba la loca carrera de los jinetes apocalípticos. El cuádruple azote se precipitaba con un impulso arrollador sobre sus monturas fantásticas, aplastando a la Humanidad, loca de espanto.

Algo ocurrió de pronto que hizo salir a los tres hombres de su contemplación admirativa; algo extraordinario, indefinible: un gran estrépito que pareció entrar directamente en su cerebro sin pasar por los oídos; un choque en su corazón. El instinto les advirtió que algo grave acababa de ocurrir.

Quedaron en silencio, mirándose: un silencio de segundos, que fue interminable.

Por las puertas abiertas llegó un ruido de alarma procedente del patio: persianas que se abrían, pasos atropellados en los diversos pisos, gritos de sorpresa y de terror.

Los tres corrieron instintivamente hacia las ventanas interiores. Antes de llegar a ellas, el ruso tuvo un presentimiento.

-Mi vecina... Debe de ser mi vecina. Tal vez se ha matado.

Al asomarse vieron luces en el fondo: gentes que se agitaban en torno de un bulto tendido sobre las baldosas. La alarma había poblado instantáneamente todas las ventanas. Era una noche sin sueño, una noche de nerviosidad, que mantenía a todos en dolorosa vigilia.

-Se ha matado -dijo una voz que parecía surgir de un pozo-. Es la alemana, que se ha matado.

La explicación de la portera saltó de ventana en ventana hasta el último piso.

El ruso movió la cabeza con expresión fatal. La infeliz no había dado sola el salto de muerte. Alguien presenciaba su desesperación, alguien la había empujado... ¡Los jinetes! ¡Los cuatro jinetes del Apocalipsis!... Ya estaban sobre la silla; ya emprendían su galope implacable, arrollador.

Las fuerzas ciegas del mal iban a correr libre por el mundo.

Empezaba el suplicio de la Humanidad bajo la cabalgada salvaje de sus cuatro enemigos.



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