Los cuatro jinetes del Apocalipsis : 2-03

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La guerra había extendido uno de sus tentáculos hasta la avenida de Víctor Hugo. Era una guerra sorda, en la que el enemigo, blando, informe, gelatinoso, parecía escaparse de entre las manos para reanudar un poco más allá sus hostilidades.

-Tengo a Alemania metida en casa -decía Marcelo Desnoyers.

Alemania era doña Elena, la esposa de von Hartrott. ¿Por qué no se la había llevado su hijo, aquel profesor de inaguantable suficiencia, que él consideraba ahora como un espía?... ¿Por qué capricho sentimental había querido permanecer al lado de su hermana, perdiendo la oportunidad de regresar a Berlín antes que se cerrasen las fronteras?...

La presencia de esta mujer era para él un motivo de remordimientos y alarmas. Afortunadamente, los criados, el chófer, todos los de la servidumbre masculina, estaban en el Ejército. Las dos chinas recibieron una orden con tono amenazante. Mucho cuidado al hablar con las otras criadas francesas; ni la menor alusión a la nacionalidad del marido de doña Elena y al domicilio de la familia. Doña Elena era argentina... Pero a pesar del silencio de las doncellas, don Marcelo temía alguna denuncia del patriotismo exaltado, que se dedicaba con incansable fervor a la caza de espías, y que la hermana de su mujer se viese confinada en un campo de concentración como sospechosa de tratos con el enemigo.

La señora de von Hartrott correspondía mal a estas inquietudes. En vez de guardar un discreto silencio, introducía la discordia en la casa con sus opiniones.

Durante los primeros días de la guerra se mantuvo encerrada en su cuarto, reuniéndose con la familia solamente, cuando la llamaban al comedor. Con los labios fruncidos y la mirada perdida se sentaba a la mesa, fingiendo no escuchar los desbordamientos verbales del entusiasmo de don Marcelo. Este describía las salidas de las tropas, las escenas conmovedoras en las calles y estaciones, comentando con un optimismo incapaz de duda las primeras noticias de la guerra. Dos cosas consideraba por encima de toda discusión: la bayoneta era el secreto del francés y los alemanes sentían un estremecimiento de pavor ante su brillo, escapando irremediablemente. El cañón de 75 se había acreditado como una joya única. Sólo sus disparos eran certeros. La artillería enemiga le inspiraba lástima, pues si alguna vez daba en el blanco casualmente, sus proyectiles no llegaban a estallar. Además, las tropas francesas habían entrado victoriosas en Alsacia: ya eran suyas varias poblaciones.

-Ahora no es como en el setenta -decía blandiendo el tenedor o agitando la servilleta-. Los vamos a llevar a patadas al otro lado del Rin. ¡A patadas... eso es!

Chichí asentía con entusiasmo, mientras doña Elena elevaba sus ojos como si protestase silenciosamente ante alguien que estaba oculto en el techo poniéndolos por testigo de tantos errores y blasfemias.

Doña Luisa iba a buscarla después en el retiro de su habitación, creyéndola necesitada de consuelo por vivir lejos de los suyos. La Romántica no mantenía su digno silencio ante esta hermana que siempre había acatado su instrucción superior. Y la pobre señora quedaba aturdida por el relato que le iba haciendo de las fuerzas enormes de Alemania, con toda su autoridad de esposa de un gran patriota germánico y madre de un profesor casi célebre. Los millones de hombres surgían a raudales de su boca; luego desfilaban los cañones a millares, los morteros monstruosos, enormes como torres. Y sobre estas inmensas fuerzas de destrucción aparecía un hombre que valía por sí solo un ejército, que lo sabía todo y lo podía todo, hermoso, inteligente e infalible como un dios: el emperador.

-Los franceses ignoran lo que tienen enfrente -continuaba doña Elena-; los van a aniquilar. Es asunto de un par de semanas. Antes que termine agosto, el emperador habrá entrado en París.

Impresionada la señora Desnoyers por estas profecías, no podía ocultarlas a su familia. Chichí se indignaba contra la credulidad de la madre y el germanismo de su tía. Un enardecimiento belicoso se había apoderado del antiguo peoncito. ¡Ay, si las mujeres pudiesen ir a la guerra!... Se veía de jinete en un regimiento de dragones, cargando al enemigo con otras amazonas tan arrogantes y hermosas como ella. Luego, la afición al patinaje predominaba sobre sus gustos de cabalgadura, y quería ser cazador alpino, diablo azul de los que se deslizan sobre largos patines, con la carabina en la espalda y el alpenstock en la diestra, por las nevadas pendientes de los Vosgos. Pero el Gobierno despreciaba a las mujeres, y ella no podía obtener otra participación en la guerra que la de admirar el uniforme de su novio René Lacour, convertido en soldado. El hijo del senador ofrecía un lindo aspecto.

Alto, rubio, de una delicadeza algo femenil que recordaba a la difunta madre, René era un soldadito de azúcar, en opinión de su novia. Chichí experimentaba cierto orgullo al salir a la calle al lado de este guerrero, encontrando que el uniforme había aumentado las gracias las gracias de su persona. Pero una contrariedad fue nublando poco a poco su alegría. El príncipe senatorial no era más que soldado raso. Su ilustre padre, por miedo a que la guerra cortase para siempre la dinastía de los Lacours, preciosa para el estado, lo había hecho agregar a los servicios auxiliares del ejército. De este modo. Lacour, hijo, no saldría de París. Pero en tal situación, era un soldado igual a los que amasan panes o remiendan capotes. Únicamente yendo al frente de la guerra su calidad de alumno de la Escuela Central podía hacer de él un subteniente agregado a la artillería de reserva.

-¡Qué felicidad que te quedes en París! ¡Cuánto me gusta que seas simple soldado!...

Y al mismo tiempo que Chichí decía esto, pensaba con envidia en sus amigas cuyos novios y hermanos eran oficiales. Ellas podían salir a la calle escoltadas por un quepis galoneado que atraía las miradas de los transeúntes y los saludos de los inferiores.

Cada vez que doña Luisa, aterrada por los vaticinios de su hermana, pretendía comunicar su pavor a la hija, ésta se revolvía furiosa:

-¡Mentiras de la tía!... Como su marido es alemán, todo lo ve a gusto de sus deseos. Papá sabe más; el padre de René está mejor enterado de las cosas. Les vamos a largar la gran paliza. ¡Qué gusto que golpeen a mi tío en Berlín y a todos mis primos, tan pretenciosos!...

-¡Cállate -gemía la madre-. No digas disparates. La guerra te ha vuelto loca como a tu padre.

La buena señora se escandalizaba al escuchar la explosión de sus salvajes deseos siempre que hacía memoria del emperador. En tiempo de paz Chichí había admirado algo a este personaje. Es guapo -decía-, pero con una sonrisa muy ordinaria. Ahora todos sus odios los concentraba en él. ¡Las mujeres que lloraban por su culpa a aquellas horas! ¡Las madres sin hijos, las mujeres sin esposo, los pobres niños abandonados ante las poblaciones en llamas!... ¡Ah mal hombre!... Surgía en su diestra el antiguo cuchillo de peoncito, una daga con puño de plata y funda cincelada, regalo del abuelo, que había exhumado entre los recuerdos de su infancia olvidados en una maleta. El primer alemán que se acercase a ella estaba condenado a muerte. Doña Luisa se aterraba viéndole blandir el arma ante el espejo de su tocador. Ya no quería ser soldado de Caballería ni diablo azul. Se contentaba con que le dejasen un espacio cerrado frente al monstruo odioso. En cinco minutos resolvería ella el conflicto mundial.

-¡Defiéndete, boche! -gritaba, poniéndose en guardia, como lo había visto hacer en su niñez a los peones de la estancia.

Y con una cuchillada de abajo arriba echaba al aire las majestuosas entraòas. Acto seguido resonaba en su cerebro una aclamaciàon, el suspiro gigantesco de millones de mujeres que se veàian libres de la más sangrienta de las pesadillas gracias a ella, que era Judit, Carlota Corday, un resumen de todas las hembras heroicas que mataron por hacer el bien. Su furia salvadora le hacía continuar puñal en mano la imaginaria matanza. ¡Segundo golpe: el príncipe heredero rodando por un lado y su cabeza por otro! ¡Una lluvia de cuchilladas: todos los generales invencibles de que hablaba su tío huyendo con las tripas en las manos, y a la cola de ellos, como lacayo adulador que recibía igualmente su parte, su tío de Berlín!... ¡Ay, si se le presentase ocasión para realizar sus deseos!

-Estás loca -protestaba su madre-, loca de remate. ¿Cómo puede decir eso una señorita?...

Doña Elena, al sorprender fragmentariamente estos delirios de su sobrina, elevaba los ojos al cielo, absteniéndose en adelante de comunicarle sus opiniones, que reservaba enteras para la madre.

La indignación de don Marcelo tomaba otra forma cuando su esposa le repetía las noticias de su hermana. ¡Todo mentira!... En la frontera del este, los ejércitos franceses habían avanzado por el interior de Alsacia y Lorena anexionada.

-Pero, ¿y Bélgica invadida? -preguntaba doña Luisa-. ¿Y los pobres belgas?

Desnoyers contestaba indignado:

-Eso de Bélgica es una traición... Y una traición nada vale entre personas decentes.

Lo decía de buena fe, como si la guerra fuese un duelo donde el traidor quedaba descalificado y en la imposibilidad de continuar sus felonías. Además, la heroica resistencia de Bélgica le infundía absurdas ilusiones. Los belgas le parecían hombres sobrenaturales destinados a las más estupendas hazañas... ¡Y él, que no había concedido hasta entonces atención alguna a este pueblo!... Por unos días vio en Lieja una ciudad santa, ante cuyos muros iba a estrellarse todo el poderío germánico. Al caer Lieja, su fe inquebrantables encontró un nuevo asidero. Quedaban muchas Liejas en el interior. Podían entrar más adentro los alemanes; luego se vería cuántos lograban salir. La entrega de de Bruselas no le produjo inquietud. ¡Una ciudad abierta!... Su rendición estaba prevista; así los belgas se defenderían mejor en Amberes. El avance de los alemanes hacia la frontera francesa tampoco le produjo alarma. En vano su cuñada, con una brevedad maligna, iba mencionando n el comedor los progresos de la invasión, indicados confusamente por los periódicos. Los alemanes estaban ya en la frontera.

-¿Y qué? -gritaba don marcelo-. Pronto encontrarán a queien hablar. Joffre les sale al paso. Nuestros ejércitos estaban en el este, en el sitio que les correspondía, en la verdadera frontera, en la puerta de su casa. Pero éste es un enemigo traidor y cobarde, que, en vez de dar la cara, entra por la espalda, saltando las tapias del corral, lo mismo que los ladrones... De nada les servirá su traición. Los franceses ya están en Bélgica y ajustarán cuentas a los alemanes. Los aplastaremos para que no perturben otra vez la paz del mundo. Y a este maldito sujeto de los bigotes tiesos lo expondremos en una jaula en la plaza de la Concordia.

Chichí, animada por las afirmaciones paternales, se lanzaba a imaginar una serie de tormentos y escarnios vengativos como complemento de tal exposición.

Lo que más irritaba a la señora von Hartrott eran las alusiones al emperador. En los primeros días de la guerra, su hermana la había sorprendido llorante ante las caricaturas de los periódicos y ciertas hojas vendidas en las calles.

-¡Un hombre tan excelente..., tan caballero..., tan buen padre de familia! Éel no tiene la culpa de nada. Son los enemigos los que le han provocado.

Y su veneración a los poderosos le hacía considerar las injurias contra el admirado personaje con más vehemencia que si fuesen dirigidas a su propia familia.

Una noche, estando en el comedor, abandonó su mutismo trágico. Varios sarcasmos dirigidos por Desnoyers contra el héroe agolparon las lágrimas en sus ojos. Este enternecimiento le sirvió para recordar a sus hijos, que figuraban indudablemente en el ejército de invasión.

Su cuñado deseaba el exterminio de todos los enemigos. ¡Que no quedase uno solo de aquellos bárbaros con casco puntiagudo que acababan de incendiar Lovaina y otras poblaciones, fusilando a los paisanos indefensos, mujeres, ancianos y niños!...

-Tú olvidas que soy madre -gimió la señora de Hartrott-. Olvidas que entre esos cuyo exterminio pides están mis hijos.

Y rompió a llorar. Desnoyers vio de pronto el abismo que existía entre él y aquella mujer alojada en su propia casa. Su indignación se sobrepuso a las consideraciones de familia... Podía llorar por sus hijos cuanto quisieraa, estaba en su derecho. Pero estos hijos eran agresores y hacían el mal voluntariamente. A él sólo le inspiraban interés las otras madres que vivían tranquilamente en las risueñas poblaciones belgas y de pronto habían visto fusilados sus hijos, atropelladas sus hijas, ardiendo sus viviendas.

Doña Elena lloró más fuerte, como si esa descripción de horrores significase un nuevo insulto para ella. ¡Todo mentira! El kaiser era un hombre excelente; sus soldados, un ejemplo de civilización y de bondad. Su marido había pertenecido a este ejército; sus hijos marchaban en sus filas. Y ella conocía a sus hijos: unos jóvenes bien educados, incapaces de ninguna mala acción. Calumnias de los belgas, que no podía escuchar tranquilamente. Y se arrojó con dramático abandono en los brazos de su hrmana.

El señor Desnoyers se sintió furioso contra el destino, que le obligaba a convivir con esta mujer. ¡Qué cadena para la familia!... Y las fronteras seguían cerradas, siendo imposible desprenderse de ella.

-Está bien -dijo-; no hablemos más de eso: no llegaríamos a entendernos. Prtenecemos a dos mundos distintos. ¡Lástima que no puedas irte con los tuyos!...

Se abstuvo en adelante de hablar de la guerra cuando su cuñada estaba presente. Chichí era la única que conservaba su entusiasmo agresivo y ruidoso. Al leer en los diarios noticias de fusilamientos, saqueos, quemas de ciudades, éxodos dolorosos de gentes que veían convertido en pavesas todo lo que alegraba su existencia, sentía otra vez la necesidad de repetir sus puñaladas imaginarias. ¡Ay, si ella tuviese a mano uno de aquellos bandidos! ¿Qué hacían los hombres de bien que no los exterminaban a todos?...

A continuación veía a René con su uniforme flamante, dulce de maneras, sonriente, como si todo lo que ocurría sólo significase para él un cambio de vestimenta, y exclamaba con un acento enigmático:

-¡Qué suerte que no vayas al frente!... ¡Qué alegría que no corras peligro!

El novio aceptaba estas palabras como una prueba de amoroso interés.

Un día, don Marcelo pudo apreciar, sin salir de París, los horrores de la guerra. Tres mil fugitivos belgas estaban alojados provisionalmente en un circo, antes de ser distribuidos en provincias. Desnoyers percibió un hedor de muchedumbre enferma, miserable y amontonada, semejante al que se huele en un presidio o un hospital pobre. Vio gentes que parecían locas o estúpidas por el dolor. No conocían exactamente el lugar donde estaban; habían llegado hasta allí sin saber cómo. El horroroso espectáculo de la invasión persistía en su memoria, ocupándola por entero, no dejando lugar a las impresiones siguientes. Veían aún cómo entraba la avalancha de los hombres con casco en sus tranquilos pueblos: las casas, cubiertas mujeres, agonizando destrozadas bajo la aguda persistencia del ultraje carnal; los de llamas, repentinamente; la soldadesca, haciendo fuego sobre los que huían: las niños, deshechos a sablazos en sus cunas; todos los sadismos de la bestia humana enardecida por el alcohol y la impunidad... Algunos octogenarios contaban, llorando, cómo los soldados de un pueblo civilizado cortaban los pechos a las mujeres para clavarlos en las puertas, cómo paseaban a guisa de trofeo un recién nacido ensartado en una bayoneta, cómo fusilaban a los ancianos en el mismo sillón donde los tenían inmóviles su dolorosa vejez, torturándolos antes con burlescos suplicios.

Habían huido sin saber adónde iban, perseguidos por el incendio y la metralla, locos de terror, como escapaban las muchedumbres medievales ante el galopar de las horas de hunos y mogoles. Y esta fuga había sido a través de la Naturaleza en fiesta, en el más opulento de los meses, cuando la tierra estaba erizada de espigas, cuando el cielo de agosto era más luminoso y los pájaros saludaban con su regocijo vocinglero la opulencia de la cosecha.

Revivía la visión del inmenso crimen en aquel circo repleto de muchedumbres errantes. Los niños gemían con un llanto igual al balido de los corderos; los hombres miraban en torno con ojos de espanto; algunas mujeres aullaban como locas. Las familias se habían disgregado en el terror de la huida. Una madre de cinco pequeños sólo conservaba uno. Los padres, al verse solos, pensaban con angustia en los desaparecidos. ¿Volverían a encontrarlos?... ¿Habrían muerto a aquellas horas?...

Don Marcelo regresó a su casa apretando los dientes, moviendo su bastón de un modo alarmante. ¡Ah bandidos!... Deseaba de pronto que su cuñada cambiase de sexo. ¿Por qué no era un hombre?... Aún le parecía mejor que de repente pudiese tomar la forma de su marido von Hartrott. ¡Qué entrevista tan interesante la de los dos cuñados!...

La guerra había despertado el sentimiento religioso de los hombres y aumentando la devoción de las mujeres. Los templos estaban llenos. Doña Luisa ya no limitaba sus excursiones a las iglesias del distrito. Con la audacia que infunden las circunstancias extraordinarias, se lanzaba a pie a través de París, yendo a la Magdalena, a Nuestra Señora o al lejano Sagrado Corazón, sobre la cumbre de Montmartre. Las fiestas religiosas se animaban con el apasionamiento de las asambleas populares. Los predicadores eran tribunos. El entusiasmo patriótico cortaba a veces con aplausos los sermones. Todas las mañanas, la señora Desnoyers, al abrir los periódicos, antes de buscar los telegramas de la guerra perseguía otra noticia. «¿Adónde irá hoy monseñor Amette?» Luego, bajo las bóvedas del templo, unía su voz al coro devoto que imploraba una intervención sobrenatural. «¡Señor, salva a Francia!» La religiosidad patriótica colocaba a Santa Genoveva a la cabeza de los bienaventurados. Y de todas estas fiestas volvía trémula de fe, esperando un milagro semejante al que había realizado la santa de París ante las hordas invasoras de Atila.

Doña Elena también visitaba las iglesias, pero las más cercanas a la casa. Su cuñado la vio entrar una tarde en Saint-Honoré d'Eylau. El templo estaba repleto de fieles; sobre el altar figuraban en haz las banderas de Francia y las naciones aliadas. La muchedumbre implorante no se componía únicamente de mujeres. Desnoyers vio hombres de su edad, erguidos, graves, moviendo los labios, fijando en el altar una mirada vidriosa que reflejaba como estrellas perdidas las llamas de los cirios... Y volvió a sentir envidia... Eran padres que recordaban las oraciones de su niñez, pensando en los combates y en sus hijos. Don Marcelo que había considerado siempre con indiferencia la religión, reconoció de pronto la necesidad de la fe. Quiso orar como los otros, con un rezo de intención vaga, indeterminada, comprendiendo en él a todos los seres que luchaban y morían por una tierra que él no había sabido defender.

Vio con escándalo cómo la esposa de Hartrott se arrodillaba entre estas gentes, elevando luego los ojos para fijarse en la cruz con una mirada de angustiosa súplica. Pedía al Cielo por su marido el alemán, que tal vez a aquellas horas empleaba todas sus facultades de energúmeno en la mejor organización del aplastamiento de los débiles; rezaba por sus hijos, oficiales del rey de Prusia, que, revólver en mano, entraban en pueblos y granjas, llevando ante ellos a la muchedumbre despavorida, dejando a sus espaldas el incendio y la muerte. ¡Y estas oraciones iban a confundirse con las de las madres que rogaban por la juventud encargada de contener a los bárbaros, con los ruegos de aquellos hombres graves y rígidos en su trágico dolor!...

Tuvo que contenerse para no gritar, y salió del templo. Su cuñada no tenía derecho a arrodillarse entre aquellas gentes.

«Debían expulsarla -murmuró indignado-. Coloca a Dios en un compromiso, con sus oraciones absurdas».

Pero, a pesar de su cólera, tenía que sufrirla cerca de él, esforzándose al mismo tiempo por evitar que trascendiese al exterior la segunda nacionalidad que había adquirido con su matrimonio.

Representaba un gran tormento para don Marcelo contener sus palabras cuando estaba en el comedor con la familia. Quería evitar la nerviosidad de su cuñada, que prorrumpía en lágrimas y suspiros a la menor alusión contra su héroe; temía igualmente las quejas de la esposa, pronta siempre a defender a la hermana como si fuese una víctima... ¡Qué un hombre de su carácter se viese obligado en la propia casa a vigilar su lengua y hablar con eufemismos!... La única satisfacción que podía permitirse consistía en dar noticias de las operaciones militares. Los franceses habían entrado en Bélgica. «Parece que los boches han recibido un buen golpe». El menor choque de caballería, un simple encuentro de avanzadas, lo glorificaba como un hecho decisivo. «También en Lorena nos los llevamos por delante...» Pero de repente pareció cegarse la fuente de optimismos. En el mundo no ocurría nada extraordinario, a juzgar por los periódicos. Seguían publicando historietas de la guerra para mantener el entusiasmo, pero ninguna noticia cierta. El Gobierno lanzaba comunicados de vaga y retórica sonoridad. Desnoyers se alarmó: su instinto le avisaba el peligro. «Algo hay que no marcha -pensaba-; debe de haberse roto algún resorte».

Esta falta de noticias coincidió con una repentina animación de doña Elena. ¿Con quién hablaba aquella mujer? ¿Qué encuentros eran los suyos cuando salía a la calle?... Sin perder su humildad de víctima, con la mirada dolorosa y la boca algo torcida, hablaba y hablaba traidoramente. ¡El tormento de don Marcelo al escuchar el enemigo albergado en su casa!... Los franceses habían sido derrotados a un mismo tiempo en Lorena y en Bélgica. Un cuerpo de ejército se había desbandado: muchos prisioneros, muchos cañones perdidos. «¡Mentiras, exageraciones de los alemanes!», gritaba Desnoyers. Y Chichí ahogaba con sus carcajadas de muchacha insolente las noticias de la tía de Berlín.

-Yo no sé -continuaba ésta con maligna modestia-; tal vez no sea cierto. Lo he oído decir.

Su cuñado se indignaba. ¿Dónde lo había oído decir? ¿Quién le daba tales noticias?...

Y, para desahogar su mal humor, prorrumpía en imprecaciones contra el espionaje enemigo, contra la incuria de la Policía, que toleraba la permanencia de tantos alemanes ocultos en París. Pero de pronto tenía que callarse, al pensar en su propia conducta. Él también contribuía involuntariamente a mantener y albergar al enemigo.

La caída del Ministerio y la constitución de un Gobierno de defensa nacional le hicieron ver que algo grave estaba ocurriendo. Las alarmas y lloros de doña Luisa aumentaron su nerviosidad. Ya no volvía la buena señora entusiasmada y heroica de sus visitas a las iglesias. Las conversaciones a solas con su hermana le infundían un terror que pretendía comunicar luego al esposo. «Todo está perdido... Elena es la única que sabe la verdad».

Desnoyers fue en busca del senador Lacour. Conocía a todos los ministros: nadie mejor enterado que él.

-Sí, amigo mío -dijo el personaje con tristeza-. Dos grandes descalabros en Morhange y en Charleroi, al Este y al Norte. Los enemigos van a invadir el suelo de Francia... Pero nuestro Ejército se mantiene intacto y se retira con orden. Aún puede cambiar la fortuna. Una gran desgracia, mas no está todo perdido.

Los preparativos de defensa de París eran activados... algo tarde. Los fuertes se armaban con nuevos cañones; desaparición bajo los picos de la demolición oficial de las casuchas elevadas en la zona de tiro durante los años de paz; los árboles de las avenidas exteriores caían cortados para ensanchar el horizonte; barricadas de sacos de tierra y de troncos obstruían las puertas de las antiguas murallas. Los curiosos recorrían los alrededores para admirar las trincheras recién abiertas y los alambrados con púas. El Bosque de Bolonia se llenaba de rebaños. Junto a montañas de alfalfa seca, toros y ovejas se agrupaban en las praderas de fino césped. La seguridad del sustento preocupaba a una población que mantenía vivo aún el recuerdo de las miserias sufridas en 1870. Cada noche era más débil el alumbrado en las calles. El cielo, en cambio, estaba rayado incesantemente por las mangas de luz de los reflectores. El miedo a una agresión aérea venía a aumentar las inquietudes públicas. Las gentes medrosas hablaban de los zepelines, atribuyéndoles un poder irresistible, con la exageración que acompaña a los peligros misteriosos.

Doña Luisa aturdía con su pánico al marido. Este pasaba los días en una alarma continua, teniendo que infundir ánimos a su mujer, temblorosa y lloriqueante.

-Van a llegar, Marcelo; me lo dice el corazón. Yo no puedo vivir así. La niña..., ¡la niña!

Aceptaba ciegamente todas las afirmaciones de su hermana. Lo único que ponía en duda era la caballerosidad y la disciplina de aquellas tropas, en las que figuraban sus sobrinos. Las noticias de las atrocidades cometidas en Bélgica con las mujeres le merecían igual fe que los avances del enemigo anunciados por Elena. «La niña, Marcelo..., ¡la niña!» Y el caso era que la niña objeto de tales inquietudes reía, con la insolencia de su juventud vigorosa, al escuchar a la madre.

-Que vengan esos sinvergüenzas. Tendría gusto en verles la cara.

Y contraía la diestra, como si empuñase el cuchillo vengador.

El padre se cansó de esta situación. Le quedaba uno de sus automóviles monumentos, que podía guiar un chófer extranjero. El senador Lacour obtuvo los papeles necesarios para el viaje de la familia, y Desnoyers dio órdenes a su esposa con un tono que no admitía réplica. Debía irse a Biarritz o a las estaciones veraniegas del norte de España. Casi todas las familias sudamericanas habían salido en la misma dirección. Doña Luisa intentó oponerse: le era imposible partir sin su esposo. En tantos años de matrimonio no se habían separado una sola vez. Pero la hosca negativa de don Marcelo cortó sus protestas. Él se quedaba. Entonces la pobre señora corrió a la rue de la Pompe. ¡Su hijo! Julio apenas escuchó a la madre. ¡Ay, éste se quedaba también! Y, al fin, el imponente automóvil emprendió la marcha hacia el Sur, llevando a doña Luisa, a su hermana, que aceptaba con gusto este alejamiento de las admiradas tropas del emperador, y a Chichí, contenta de que la guerra le proporcionase una excursión a las playas de moda frecuentadas por sus amigas.

Don Marcelo se vio solo. Las doncellas cobrizas habían seguido en ferrocarril la fuga de las señoras. Al principio se sintió algo desorientado en esta soledad, le causaron extrañeza las comidas en el restaurante, las noches pasadas en unas habitaciones desiertas y enormes que guardaban aún las huellas de su familia. Los otros pisos de la casa estaban igualmente vacíos. Todos los habitantes eran extranjeros que habían escapado discretamente, o franceses sorprendidos por la guerra cuando veraneaban en sus posesiones del campo.

El instinto le hizo en sus paseos hasta la rue de la Pompe, mirando de lejos el ventanal del estudio. ¿Qué haría su hijo?... De seguro que continuaba su vida alegre e inútil. Para hombres como él, nada existía más allá de las frivolidades de su egoísmo.

Desnoyers estaba satisfecho de su resolución. Seguir a la familia le parecía un delito. Bastante le martirizaba el recuerdo de su fuga a América. «No, no vendrán -se dijo repetidas veces, con el optimismo del entusiasmo-. Tengo el presentimiento de que no llegarán a París. ¡Y si llegan...!» La ausencia de los suyos le proporcionaba el valor alegre y desenfadado de la juventud. Por su edad y sus dolencias no era capaz de hacer la guerra a campo raso, pero podía disparar un fusil, inmóvil en una trinchera, sin miedo a la muerte. ¡Qué vinieran!... Lo deseaba con vehemencia de un buen jugador ganoso de satisfacer cuanto antes una deuda antigua.

Encontró en las calles de París muchos grupos de fugitivos. Eran del norte y el este de Francia y habían escapado ante el avance de los alemanes. De todos los relatos de esta muchedumbre dolorosa, que no sabía adónde ir y no contaba con otro recurso que la piedad de las gentes, lo más impresionante para él eran los atentados a la propiedad. Fusilamientos y asesinatos le hacían cerrar los puños, prorrumpiendo en deseos de venganza. Pero los robos autorizados por los jefes, los saqueos en masa por orden superior, seguidos del incendio, le parecía inauditos, y permanecía silencioso, como si la estupefacción paralizase su pensamiento. ¡Y un pueblo con leyes podía hacer la guerra de este modo, lo mismo que una tribu de indios que parte al combate para robar!... Su adoración al derecho de propiedad se revolvía furiosa contra estos sacrilegios.

Empezó a preocuparse de su castillo de Villeblanche. Todo lo que poseía en París le pareció repentinamente de escasa importancia comparado con lo que guardaba en la mansión histórica. Sus mejores cuadros estaban allá, adornando los salones sombríos; allá también, los muebles arrancados a los anticuarios tras una batalla de pujas, y las vitrinas repletas, los tapices, las vajillas de plata.

Repasaba en su memoria todos los objetos, sin que uno solo escapase a este inventario mental. Cosas que había olvidado resurgían ahora en su recuerdo, y el miedo a perderlas parecía darle mayor brillo, agrandando su tamaño, infundiéndoles nuevo valor. Todas las riquezas de Villeblanche se concentraban en una adquisición que era la más admirada por Desnoyers, viendo en ella la gloria de su enorme fortuna, el mayor alarde de lujo que podía permitirse un millonario.

«La bañera de oro -pensó-. Tengo allá mi tina de oro».

Este baño de precioso metal lo había adquirido en una subasta, juzgando tal compra como el acto más culminante de su opulencia. No sabía con certeza su origen: tal vez era un mueble de príncipes; tal vez debía la existencia al capricho de una cocotte ansiosa de ostentación. Él y los suyos habían formado una leyenda en torno de esta cavidad de oro adornada con garras de león, delfines y bustos de náyades. Indudablemente procedía de reyes. Chichí afirmaba con gravedad que era el baño de María Antonieta. Y toda la familia, considerando modesto y burgués el piso de la avenida de Víctor Hugo para guardar esta joya, había acordado depositarla en el castillo, respetada, inútil y solemne como una pieza de museo... ¿Y esto se lo podían llevar los enemigos si llegaban en su avance hasta el Marne, así como las demás riquezas reunidas con tanta paciencia?... ¡Ah, no! Su alma de coleccionista era capaz de los mayores heroísmos para evitarlo.

Cada día aportaba una ola nueva de malas noticias. Los periódicos decían poco; el Gobierno hablaba con un lenguaje oscuro, que sumía el ánimo en perplejidades. Sin embargo, la verdad se abría paso misteriosamente, empujada por el pesimismo de los alarmistas y por los manejos de los espías enemigos que permanecían ocultos en París. Las gentes se comunicaban las fatales nuevas al oído: «Ya han pasado la frontera...» «Ya están en Lila...» Avanzaban a razón de cinco kilómetros por día. El nombre de von Kluck empezaba a hacerse familiar. Ingleses y franceses retrocedían ante el movimiento envolvente de los invasores. Algunos esperaban un nuevo Sedán. Desnoyers seguía el avance del enemigo yendo diariamente a la estación del Norte. Cada veinticuatro horas se achicaba el radio de circulación de los viajeros. Los avisos anunciando que no se expedían billetes para determinadas poblaciones del Norte indicaban cómo iban cayendo éstas, una tras otra, en poder del invasor. El empequeñecimiento del territorio nacional se efectuaba con una regularidad metódica, a razón de cincuenta kilómetros diarios. Con el reloj a la vista podía anunciarse a qué hora iban a saludar con sus lanzas los primeros ulanos la aparición de la torre de Eiffel en el horizonte. Los trenes llegaban repletos, desbordando fuera de sus vagones los racimos de gentes.

Y fue en estos momentos de general angustia cuando don Marcelo visitó a su amigo el senador Lacour para asombrarle con la más inaudita de las peticiones. Quería ir inmediatamente a su castillo. Cuando todos huían hacia París, él necesitaba marchar en dirección contraria. El senador no pudo creer lo que escuchaba.

-¡Está usted loco! -exclamó-. Hay que salir de París, pero con dirección al Sur. A usted se lo digo solamente y cállelo, porque es un secreto. Nos vamos de un momento a otro; todos nos vamos: el presidente, el Gobierno, las Cámaras. Nos instalaremos en Burdeos, como en mil ochocientos setenta. El enemigo va a llegar: es asunto de días..., de horas. Sabemos poco de lo que ocurre, pero todas las noticias son malas. El Ejército se mantiene firme, aún está intacto, pero se retira..., se retira, cediendo terreno. Créame, lo mejor es marcharse de París. Gallieni lo defenderá, pero la defensa va a ser dura y penosa... Aunque caiga París, no por eso caerá Francia. Continuaremos la guerra si es necesario hasta la frontera de España... Pero es triste, ¡muy triste!

Y ofreció a su amigo llevarlo con él en la retirada a Burdeos, que muy pocos conocían en aquellos momentos. Desnoyers movió la cabeza. No; deseaba ir al castillo de Villeblanche. Sus muebles,,,, sus riquezas..., su parque.

-Pero ¡va usted a caer prisionero! -protestó el senador-. ¡Tal vez lo maten!

Un gesto de indiferencia fue la respuesta. Se consideraba con energías para luchar contra todos los ejércitos de Alemania defendiendo su propiedad. Lo importante era instalarse en ella, ¡y que se atreviese alguien a tocar lo suyo!... El senador miró con asombro a este burgués enfurecido por el sentimiento de la posesión. Se acordó de los mercaderes árabes, humildes y pacíficos ordinariamente, que pelean y mueren como fieras cuando los beduinos ladrones quieren apoderarse de sus géneros. El momento no era para discusiones: cada cual debía pensar en su propia suerte. El senador acabó por prestarse al deseo de su amigo. Si tal era su gusto, podía cumplirlo. Y consiguió con su influencia que saliese aquella misma noche en un tren militar que iba al encuentro del ejército.

Este viaje puso en contacto a don Marcelo con el extraordinario movimiento que la guerra había desarrollado en las vías férreas. Su tren tardó catorce horas en salvar una distancia recorrida en dos normalmente. Se componía de vagones de carga llenos de víveres y cartuchos, con las puertas cerradas y selladas. Un coche de tercera clase estaba ocupado por la escolta del tren: un pelotón de territoriales. En uno de segunda se instaló Desnoyers, con el teniente que mandaba este grupo y varios oficiales que iban a incorporarse a sus regimientos después de terminar las operaciones de movilización en las poblaciones que guarnecían antes de la guerra. Los vagones de cola contenían sus caballos. Se detuvo el tren muchas veces para dejar paso a otros que se le adelantaban repletos de soldados o volvían hacia París con muchedumbres fugitivas. Estos últimos estaban compuestos de plataformas de carga, y en ellas se apelotonaban mujeres, niños, ancianos, revueltos con fardos de ropas, maletas y carretillas que les habían servido para llevar hasta la estación todo lo que restaba de sus ajuares. Eran a modo de campamentos rodantes que se inmovilizaban muchas horas y hasta días en los apartaderos, dejando paso libre a los convoyes impulsados por las necesidades apremiantes de la guerra. La muchedumbre, habituada a las detenciones interminables, desbordaba fuera del tren, instalándose ante la locomotora muerta o esparciéndose por los campos inmediatos.

En las estaciones de alguna importancia, todas las vías estaban ocupadas por rosarios de vagones. Las máquinas, a gran presión, silbaban, impacientes de partir. Los grupos de soldados dudaban ante los diversos trenes, equivocándose, descendiendo de unos coches para instalarse en otros. Los empleados, calmosos y con aire de fatiga, iban de un lado a otro guiando a los hombres, dando explicaciones, disponiendo la carga de montañas de objetos. En el convoy que llevaba a Desnoyers los territoriales dormitaban acostumbrados a la monótona operación de dar escolta. Los encargados de los caballos habían abierto las puertas corredizas de los vagones, sentándose en el borde con las piernas colgantes. El tren marchaba lentamente en la noche, a través de los campos de sombra, deteniéndose ante los faros rojos para avisar su presencia con largos silbidos. En algunas estaciones se presentaban muchachas vestidas de blanco, con escarapelas y banderitas sobre el pecho. Día y noche estaban allí, reemplazándose, para que no pasase un tren sin recibir su visita. Ofrecían en cestas y bandejas sus obsequios a los soldados: pan, chocolate, frutas. Muchos, por hartura, intentaban resistirse, pero habían de ceder, finalmente, ante el gesto triste de las jóvenes. Hasta Desnoyers se vio asaltado por estos obsequios del entusiasmo patriótico.

Pasó gran parte de la noche hablando con sus compañeros de viaje. Los oficiales sólo tenían vagos indicios de dónde podrían encontrar a sus regimientos. Las operaciones de la guerra cambiaban diariamente su situación. Pero fieles al deber, seguían adelante, con la esperanza de llegar a tiempo para el combate decisivo. El jefe de la escolta llevaba realizados algunos viajes y era el único que se daba cuenta exacta de la retirada. Cada vez hacía el tren un trayecto menor. Todos parecían desorientados. ¿Por qué la retirada?... El Ejército había sufrido reveses, indudablemente, pero estaba entero, y según su opinión debía buscar el desquite en los mismos lugares. La retirada dejaba libre el avance del enemigo. ¿Hasta dónde iban a retroceder?... ¡Ellos, que dos semanas antes discutían en sus guarniciones el punto de Bélgica donde recibirían los adversarios el golpe mortal y por qué lugares invadirían a Alemania las tropas victoriosas!...

Su decepción no revelaba desaliento. Una esperanza indeterminada pero firme, emergía sobre sus vacilaciones: el generalísimo era el único que poseía el secreto de los sucesos. Y Desnoyers aprobó con el entusiasmo ciego que le inspiraban las personas cuando depositaba en ellas su confianza. ¡Joffre!... El caudillo serio tranquilo lo arreglaría todo finalmente. Nadie debía dudar de su fortuna: era de los hombres que dicen siempre la última palabra.

Al amanecer abandonó el vagón. «¡Buena suerte!» Y estrechó las manos de aquellos jóvenes animosos, que iban a morir en breve plazo. El tren pudo seguir su camino inmediatamente al encontrar por casualidad la vía libre, y dos Marcelo se vio solo en una estación. En tiempo normal salía de ella un ferrocarril secundario que pasaba por Villeblanche, pero el servicio estaba suspendido por falta de personal. Los empleados habían pasado a las grandes líneas abarrotadas por los transportes de guerra.

Inútilmente buscó con los más generosos ofrecimientos, un caballo, un simple carretón tirado por una bestia cualquiera, para continuar su viaje. La movilización acaparaba lo mejor, y los demás medios de transporte habían desaparecido con la fuga de los medrosos. Había que hacer a pie una marcha de quince kilómetros. El viejo no vaciló: ¡adelante! Y empezó a caminar por una carretera blanca, recta, polvorienta, entre tierras llanas e iguales que se sucedían hasta el infinito. Algunos grupos de árboles, algunos setos verdes y las techumbres de varias granjas alteraban la monotonía del paisaje. Los campos estaban cubiertos de rastrojos de la cosecha reciente. Los pajares abullonaban el suelo con sus conos amarillentos, que empezaban a oscurecerse, tomando un tono de oro oxidado. En las vallas aleteaban los pájaros sacudiendo el rocío del amanecer.

Los primeros rayos del sol anunciaron un día caluroso. En torno a los pajares vio Desnoyers una agitación de personas que se levantaban, sacudiendo sus ropas y despertando a otras todavía dormidas. Eran fugitivos que habían acampado en las inmediaciones de la estación, esperando un tren que los llevase lejos, sin saber con certeza adónde deseaban ir. Unos procedían de lejanos departamentos: habían oído el cañón, habían visto aproximarse la guerra, y llevaban varios días de marcha a la ventura. Otros, al sentir el contagio de este pánico, habían huido igualmente, temiendo conocer los mismos horrores... Vio madres con pequeños en los brazos; ancianos doloridos que sólo podían avanzar con una mano en el bastón y otra en el brazo de alguno de su familia; viejas arrugadas e inmóviles como momias, que dormían y viajaban tendidas en una carretilla. Al despertar el sol a este tropel miserable se buscaban unos a otros con paso torpe, entumecidos aún por la noche, reconstituyendo los mismos grupos del día anterior. Muchos avanzaban hacia la estación con la esperanza que nunca llegaba a formarse, creyendo ser más dichosos en el día que acababa de nacer. Algunos seguían su camino a lo largo de los carriles, pensando que la suerte les sería más propicia en otro lugar.

Don Marcelo anduvo toda la mañana. La cinta blanca y rectilínea del camino estaba moteada de grupos que venían hacia él, semejantes en lontananza a un rosario de hormigas. No vio un solo caminante que siguiese su misma dirección. Todos huían hacia el Sur, y al encontrar a este señor de la ciudad que marchaba bien calzado, con bastón de paseo y sombrero de paja, hacían un gesto de extrañeza. Le creían tal vez un funcionario, un personaje, alguien del Gobierno, al verlo avanzar solo hacia el país que abandonaban a impulsos del terror.

A mediodía pudo encontrar un pedazo de pan, un poco de queso y una botella de vino blanco en una taberna inmediata al camino. El dueño estaba en la guerra, la mujer gemía en la cama. La madre, una vieja algo sorda, rodeada de sus nietos, seguía desde la puerta este desfile de fugitivos que duraba tres días. «¿Por qué huyen, señor? -dijo al caminante-. La guerra sólo interesa a los soldados. Nosotros, gente del campo, no hacemos mal a nadie y nada debemos temer».

Cuatro horas después al bajar una de las pendientes que forman el valle del Marne, vio a lo lejos los tejados de Villeblanche en torno de su iglesia, y emergiendo de una arboleda las caperuzas de pizarra que remataban los torreones de su castillo.

Las calles del pueblo estaban desiertas. Sólo en los alrededores de la plaza vio sentadas algunas mujeres, como en las tardes plácidas de otros veranos. La mitad del vecindario había huido; la otra mitad permanecía en sus hogares, por rutina sedentaria, engañándose con un ciego optimismo. Si llegaban los prusianos, ¿qué podrían hacerles?... Obedecerían sus órdenes sin intentar resistencia y a un pueblo que obedece no es posible castigarlo... Todo era preferible antes que perder unas viviendas levantadas por sus antepasados y de las que nunca habían salido.

En la plaza vio, formando un grupo, al alcalde y los principales habitantes. Todos ellos, así como las mujeres, miraron con asombro al dueño del castillo. Era la más inesperada de las apariciones. Cuando tantos huían hacia París, este parisiense venía a juntarse con ellos, participando de su suerte. Una sonrisa de afecto, una mirada de simpatía, parecieron atravesar su áspera corteza de rústicos desconfiados. Hacía mucho tiempo que Desnoyers vivía en malas relaciones con el pueblo entero. Sostenía ásperamente sus derechos, sin admitir tolerancias en asuntos de su propiedad. Habló muchas veces de procesar al alcalde y enviar a la cárcel a la mitad del vecindario, y sus enemigos le contestaban invadiendo traidoramente sus tierras, matando su caza, abrumándolo con reclamaciones judiciales y pleitos incoherentes... Su odio al Municipio le había aproximado al cura, por vivir éste en franca hostilidad con el alcalde. Pero sus relaciones con la Iglesia fueron tan infructuosas como sus luchas con el estado. El cura era un bonachón, al que encontraba cierto parecido físico con Renán, y que únicamente se preocupaba de sacarle limosnas para los pobres, llevando su atrevimiento bondadoso hasta excusar a los merodeadores de su propiedad.

¡Cuán lejanas le parecían ahora las luchas sostenidas hasta un mes antes!... El millonario experimentó una gran sorpresa al ver cómo el sacerdote, saliendo de su casa para entrar en la iglesia, saludaba al pasar al alcalde con una sonrisa amistosa.

Después de largos años de mutismo hostil se habían encontrado en la tarde del día 1 de agosto al pie de la torre de la iglesia. La campana sonaba a rebato para anunciar la movilización a los hombres que estaban en los campos. Y los dos enemigos, instintivamente, se habían estrechado la mano. ¡Todos franceses! Esta unanimidad afectuosa salía también al encuentro del odiado señor del castillo. Tuvo que saludar a un lado y a otro, apretando manos duras. Las gentes prorrumpían a sus espaldas en cariñosas rectificaciones. «Un hombre bueno, sin más defecto que la violencia de su carácter...» Y el señor Desnoyers conoció por unos minutos el grato ambiente de la popularidad.

Al verse en el castillo dio por bien empleada la fatiga de la marcha, que hacía temblar sus piernas. Nunca le había parecido tan grande y majestuoso su parque como en este atardecer de verano; nunca tan blancos los cisnes que se deslizaban dobles por el reflejo sobre las aguas muertas; nunca tan señorial el edificio, cuya imagen repetía invertida el verde espejo de los fosos. Sintió necesidad de ver inmediatamente los establos con sus animales vacunos; luego echó una ojeada a las cuadras vacías. La movilización se había llevado sus mejores caballos de labor. Igualmente había desaparecido su personal. El encargado de los trabajos y varios mozos estaban en el Ejército. En todo el castillo sólo quedaba el conserje, un hombre de más de cincuenta años, enfermo del pecho, con su familia, compuesta de su mujer y una hija. Los tres cuidaban de llenar los pesebres de las vacas, ordeñando de tarde en tarde sus ubres olvidadas.

En el interior del edificio volvió a congratularse de la resolución que le había arrastrado hasta allí. ¡Cómo abandonar tales riquezas!... Contempló los cuadros, las vitrinas, los muebles, los cortinajes, todo bañado en oro por el resplandor moribundo del día, y sintió el orgullo de la posesión. Este orgullo le infundió un valor absurdo, inverosímil, como si fuese un ser gigantesco procedente de otro planeta y toda la Humanidad que le rodeaba un simple hormiguero que podía borrar con los pies. ¡Que viniesen los enemigos! Se consideraba con fuerzas para defenderse de todos ellos... Luego, al arrancarle la razón de su delirio heroico, intentó tranquilizarse con un optimismo falto igualmente de solidez. No vendrían. Él no sabía por qué, pero le anunciaba el corazón que los enemigos no llegarían hasta allí.

La mañana siguiente la pasó recorriendo los prados artificiales que había formado detrás del parque, lamentando el abandono en que estaban por la marcha de sus hombres, intentando abrir las compuertas para dar un riego al pasto, que empezaba a secarse. Las viñas alineaban sus masas de pámpanos a lo largo de los alambrados que les servían de sostén. Los racimos repletos, próximos a la madurez, asomaban entre las hojas sus triángulos granulados. ¡Ay, quién recogería esta riqueza!...

Por la tarde notó un movimiento extraordinario en el pueblo. Georgete, la hija del conserje, trajo la noticia de que empezaban a pasar por la calle principal automóviles enormes, muchos automóviles, y soldados franceses, muchos soldados. Al poco rato se inició el desfile por una carretera inmediata al castillo, que conducía al puente sobre el Marne. Eran camiones cerrados o abiertos que aún conservaban sus antiguos rótulos comerciales bajo la capa del polvo endurecido y las salpicaduras de barro. Mucho de ellos ostentaban títulos de Empresas de París; otros, el nombre social de establecimientos de provincias. Y junto con estos vehículos industriales requisados por la movilización, pasaron otros procedentes del servicio público que causaban en Desnoyers el mismo efecto que unos rostros amigos entrevistos en una muchedumbre desconocida. Eran ómnibus de París que aún mantenían en su parte alta los nombres indicadores de sus antiguos trayectos: «Madelaine-Bastille, Passy-Bourse», etc. Tal vez había viajado él muchas veces en estos mismos vehículos, despintados, aviejados por veinte días de actividad intensa, con las planchas abolladas, los hierros torcidos, sonando a desvencijamiento y perforados como cribas.

Unos carruajes ostentaban redondeles blancos con el centro cortado por la cruz roja; otros tenían como marca letras y cifras que sólo podían entender los iniciados en los secretos de la administración militar. Y en todos los vehículos, que únicamente conservaban nuevos y vigorosos sus motores, vio soldados, muchos soldados, pero todos heridos, con la cabeza y las piernas entrapajadas, rostros pálidos que una barba crecida hacía aún más trágicos, ojos de fiebre que miraban fijamente, bocas dilatadas como si se hubiese solidificado en ellas el gemido del dolor. Médicos y enfermeros ocupaban varios carruajes de este convoy. Algunos pelotones de jinetes lo escoltaban. Y entre la lenta marcha de monturas y automóviles pasaban grupos de soldados a pie, con el capote desabrochado o pendiente de las espaldas lo mismo que una capa; heridos que podían caminar y bromeaban y cantaban, unos con un brazo fajado sobre el pecho, otros con la cabeza vendada, transparentándose a través de la tela el rezumamiento interior de la sangre.

El millonario quiso hacer algo por ellos; pero apenas intentó distribuir unas botellas de vino, unos panes, lo primero que encontró a mano, se interpuso un médico, apostrofándole como si cometiese un delito. Sus regalos podían resultar fatales. Y tuvo que permanecer al borde del camino, impotente y triste, siguiendo con ojos sombríos el convoy doloroso... Al cerrar la noche ya no fueron vehículos cargados de hombres enfermos los que desfilaban. Vio centenares de camiones, unos cerrados herméticamente, con la prudencia que imponen las materias explosivas; otros con fardos y cajas que esparcían un olor mohoso de víveres. Luego avanzaron grandes manadas de bueyes, que se arremolinaban en las angosturas del camino, siguiendo adelante bajo el palo y los gritos de los pastores con quepis.

Pasó la noche desvelado por sus pensamientos. Era la retirada de que hablaban las gentes de París, pero que muchos no querían creer; la retirada llegando hasta allí y continuando su retroceso indefinido, pues nadie sabía cuál iba a ser su límite. El optimismo le sugirió una esperanza inverosímil. Tal vez esta retirada comprendía únicamente los hospitales, los almacenes, todo lo que se estaciona a espaldas de un ejército. Las tropas querían estar libres de impedimenta, para moverse con más agilidad, y la enviaban lejos por ferrocarriles y carreteras. Así debía de ser. Y en los ruidos que persistieron durante toda la noche sólo quiso adivinar el paso de vehículos llenos de heridos, de municiones, de víveres, iguales a los que habían desfilado por la tarde.

Cerca del amanecer, el cansancio le hizo dormirse, y despertó bien entrado el día. Su primera mirada fue para el camino. Lo vio lleno de hombres y de caballos que tiraban de objetos rodantes. Pero los hombres llevaban fusiles y formaban batallones, regimientos. Las bestias arrastraban piezas de artillería. Era un ejército..., era la retirada.

Desnoyers corrió al borde del camino para convencerse mejor de la verdad.

¡Ay! Eran regimientos como los que él había visto partir de las estaciones de París..., pero con aspecto muy distinto. Los capotes azules se habían convertido en vestiduras andrajosas y amarillentas; los pantalones rojos blanqueaban con un color de ladrillo mal cocido; los zapatos eran bolas de barro. Los rostros tenían la expresión feroz, con regueros de polvo y sudor en todas sus grietas y oquedades, con barbas recién crecidas, agudas como púas, con un gesto de cansancio que revelaba el deseo de hacer alto, de quedarse allí mismo para siempre, matando o muriendo, pero sin dar un paso más. Caminaban..., caminaban..., caminaban. Algunas marchas habían durado treinta horas. El enemigo iba sobre sus huellas, y la orden era de andar y no combatir, librándose por ligereza de pies de los movimientos envolventes intentados por el invasor. Los jefes adivinaban el estado de ánimo de sus hombres. Podían exigir el sacrificio de su vida, pero ¡ordenarles que marchasen día y noche, siempre huyendo del enemigo cuando no se consideraban derrotados, cuando sentían gruñir en su interior la cólera feroz, madre del heroísmo!... Las miradas de desesperación buscaban al oficial inmediato, a los jefes, al mismo coronel. ¡No podían más! Una marcha enorme, anonadadora, en tan pocos días, ¿y para qué?... Los superiores, que sabían lo mismo que ellos, parecían contestar con los ojos, como si poseyesen un secreto: «¡Ánimo! Otro esfuerzo... Esto va a terminar pronto».

Las bestias vigorosas, pero desprovistas de imaginación, resistían menos que los hombres. Su aspecto era deplorable. ¿Cómo podían ser los mismos caballos fuertes y de pelo lustroso que él había visto en los desfiles de París a principios del mes anterior? Una campaña de veinte días los había envejecido y agotado. Su mirada opaca parecía implorar piedad. Estaban flacos, con una delgadez que hacía sobresalir las aristas de su osamenta y aumentaba el abultamiento de sus ojos. Los arneses, al moverse, descubrían su piel con los pelos arrancados y sangrientas desolladuras. Avanzaban con un tirón supremo, concentrando sus últimas fuerzas, como si la razón de los hombres obrase sobre sus oscuros instintos. Algunos no podían más y se desplomaban de pronto, abandonando a sus compañeros de fatiga. Desnoyers presenció cómo los artilleros los despojaban rápidamente de sus arneses, volteándolos hasta sacarlos del camino para que no estorbasen la circulación. Allí quedaban, mostrando su esquelética desnudez, disimulada hasta entonces por los correajes, con las patas rígidas y los ojos vidriosos y fijos, como si espiasen el revoloteo de las primeras moscas atraídas por su triste carroña.

Los cañones pintados de gris, las cureñas, los armones, todo lo había visto don Marcelo limpio y brillante, con ese frote amoroso que el hombre ha dedicado a las armas desde épocas remotas, más tenaz que el de la mujer con los objetos del hogar. Ahora todo parecía sucio, con la pátina del uso sin medida, con el desgaste de un inevitable abandono: las ruedas estaban deformadas exteriormente por el barro, el metal oscurecido por los vapores de la explosión, la pintura gris manchada por el musgo de la humedad.

En los espacios libres de este desfile, en los paréntesis abiertos entre una batería y un regimiento, corrían pelotones de paisanos: grupos miserables que la invasión echaba por delante; poblaciones enteras que se habían disgregado siguiendo al ejército en su retirada. El avance de una nueva unidad los hacía salir del camino, continuando su marcha a través de los campos. Luego, al menor claro en la masa de tropas, volvían a deslizarse por la superficie blanca e igual de la carretera. Eran madres que empujaban carretones con pirámides de muebles y chiquillos; enfermos que se arrastraban; octogenarios llevados en hombros por sus nietos; abuelos que sostenían niños en sus brazos; ancianas con pequeños agarrados a sus faldas como una nidada silenciosa.

Nadie se opuso ahora a la liberalidad del dueño del castillo. Toda su bodega pareció desbordarse hacia la carretera. Rodaban los toneles de la última cosecha, y los soldados llenaban en el chorro rojo el cazo de metal pendiente de la cintura. Luego, el vino embotellado iba saliendo a luz por orden de fechas, perdiéndose instantáneamente en este río de hombres que pasaba y pasaba. Desnoyers contempló con orgullo los efectos de su munificencia. La sonrisa reaparecía en los rostros fieros; la broma francesa saltaba de fila en fila; al alejarse los grupos iniciaron una canción.

Luego se vio en la plaza del pueblo, entre varios oficiales que daban un corto descanso a sus caballos antes de reincorporarse a la columna. Con la frente contraída y los ojos sombríos hablaban de esta retirada inexplicable para ellos. Días antes, en Guisa, habían infligido una derrota a sus perseguidores. Y, sin embargo, continuaban retrocediendo obedientes a una orden terminante y severa. «No comprendemos... -decían-. No comprendemos». La marea ordenada y metódica arrastraba a estos hombres que deseaban batirse y tenían que retirarse. Todos sufrían la misma duda cruel: «No comprendemos». Y su duda hacía aún más dolorosa la marcha incesante, una marcha que duraba día y noche con sólo breves descansos, alarmados los jefes de cuerpo a todas horas por el temor de verse cortados y separados del resto del ejército. «Un esfuerzo más, hijos míos. ¡Ánimo!, pronto descansaremos». Las columnas, en su retirada, cubrían centenares de kilómetros. Desnoyers sólo veía una de ellas. Otras y otras efectuaban idéntico retroceso a la misma hora, abarcando una mitad de la anchura de Francia. Todas iban hacia atrás con igual obediencia desalentada, y sus hombres repetían indudablemente lo mismo que los oficiales: «No comprendemos... No comprendemos».

Don Marcelo experimentó de pronto la tristeza y la desorientación de estos militares. Tampoco él comprendía. Vio lo inmediato, lo que todos podían ver; el territorio invadido sin que los alemanes encontrasen una resistencia tenaz: departamentos enteros, ciudades, pueblos, muchedumbres, quedando en poder del enemigo a espaldas de un ejército que retrocedía incesantemente. Su entusiasmo cayó de golpe, como un globo que se deshincha. Reapareció el antiguo pesimismo. Las tropas mostraban energía y disciplina; pero ¿de qué podía servir esto si se retiraban casi sin combatir, imposibilitadas, por una orden severa, de defender el terreno? «Lo mismo que el setenta», pensó. Exteriormente había más orden, pero el resultado iba a ser el mismo.

Como un eco que respondiese negativamente a su tristeza, oyó la voz de un soldado hablando con un campesino:

-Nos retiramos, pero es para saltar con más fuerza sobre los boches. El abuelo Joffre se los meterá en el bolsillo a la hora y en el sitio que escoja.

Se reanimó Desnoyers al oír el nombre del general. Tal vez este soldado, que mantenía intacta su fe a través de las marchas interminables y desmoralizante, presentía la verdad mejor que los oficiales razonadores y estudiosos.

El resto del día lo pasó haciendo regalos a los últimos grupos de la columna. Su bodega se iba vaciando. Por orden de fechas continuaban esparciéndose los miles de botellas almacenadas en los subterráneos del castillo. Al cerrar la noche fueron botellas cubiertas de polvo de muchos años lo que entregó a los hombres que le parecían débiles. Así como la columna desfilaba iba ofreciendo un aspecto más triste de cansancio y desgaste. Pasaban los rezagados, arrastrando con desaliento los pies en carne viva dentro de sus zapatos. Algunos se habían librado de este encierro torturante y marchaban descalzos, con los pesados borceguíes pendientes de un hombro, dejando en el suelo manchas de sangre. Pero todos, abrumados por una fatiga mortal, conservaban sus armas y equipos, pensando en el enemigo que estaba cerca.

La liberalidad de Desnoyers produjo estupefacción en muchos de ellos. Estaban acostumbrados a atravesar el suelo patrio teniendo que luchar con el egoísmo del cultivador. Nadie ofrecía nada. El miedo al peligro hacía que los habitantes de los campos escondiesen sus víveres, negándose a facilitar el menor socorro a los compatriotas que se batían por ellos.

El millonario durmió mal esta segunda noche en su cama aparatosa de columnas y penachos que había pertenecido a Enrique IV, según declaración de los vendedores. Ya no era continuo el tránsito de tropas. De tarde en tarde pasaba un batallón suelto, una batería, un grupo de jinetes, las últimas fuerzas de la retaguardia que había tomado posición en las cercanías del pueblo para cubrir el movimiento de retroceso. El profundo silencio que seguía a estos desfiles ruidosos despertó en su ánimo una sensación de duda e inquietud. ¿Qué hacía allí, cuando la muchedumbre en armas se retiraba? ¿No era una locura quedarse?... Pero inmediatamente galopaban por su memoria todas las riquezas conservadas en el castillo. ¡Si él pudiese llevárselas!... Era imposible, por falta de medios y de tiempo. Además, su tenacidad consideraba esta huida como algo vergonzoso. «Hay que terminar lo que se empieza», repitió mentalmente. Él había hecho el viaje para guardar lo suyo, y no debía huir al iniciarse el peligro.

Cuando en la mañana siguiente bajó al pueblo, apenas vio soldados. Sólo un escuadrón de dragones estaba en las afueras para cubrir los últimos restos de la retirada. Los jinetes corrían en pelotones por los bosques, empujando a los rezagados y haciendo frente a las avanzadas enemigas. Desnoyers fue hasta la salida de la población. Los dragones habían obstruido la calle con una barricada de carros y muebles. Pie a tierra y carabina en mano, vigilaban detrás de este obstáculo la faja blanca del camino que se elevaba solitario entre dos colinas cubiertas de árboles. De tarde en tarde sonaban disparos sueltos, como chasquidos de tralla. «Los nuestros», decían los dragones. Eran los últimos destacamentos que tiroteaban a las avanzadas de ulanos. La Caballería tenía la misión de mantener a retaguardia el contacto con el enemigo, de oponerle una continuada resistencia repeliendo a los destacamentos alemanes que intentaban filtrarse a lo largo de las columnas.

Vio cómo iban llegando por la carretera los últimos rezagados de Infantería. No marchaban; más bien parecían arrastrarse, con una firme voluntad de avanzar, pero traicionados en sus deseos por las piernas anquilosadas, por los pies bañados en sangre. Se habían sentado un momento al borde del camino, agonizantes de cansancio, para respirar sin el peso de la mochila, para sacar sus pies del encierro de los zapatos, para limpiarse el sudor, y al querer reanudar la marcha les era imposible levantarse. Su cuerpo parecía de piedra. La fatiga los sumía en un estado semejante a la catalepsia. Veían pasar como un desfile fantástico todo el resto del ejército: batallones y más batallones, baterías, tropeles de caballos. Luego, el silencio, la noche, un sueño sobre el polvo y las piedras sacudido por terribles pesadillas. Al amanecer eran despertados por los pelotones de jinetes que exploraban el terreno recogiendo los residuos de la retirada. ¡Ay! ¡Imposible moverse! Los dragones, revólver en mano, tenían que apelar a la amenaza para reanimarlos. Sólo la certeza de que el enemigo estaba cerca y podía hacerlos prisioneros les infundía un vigor momentáneo. Y se levantaban tambaleantes, arrastrando las piernas, apoyándose en el fusil como si fuese un bastón.

Muchos de estos hombres eran jóvenes que habían envejecido en una hora y caminaban como valetudinarios, ¡Infelices! No irían muy lejos. Su voluntad era seguir, incorporarse a la columna; pero al entrar en el pueblo examinaban las casas con ojos suplicantes, deseando entrar en ellas, sintiendo un ansia de descanso inmediato que les hacía olvidar la proximidad del enemigo.

Villeblanche estaba más solitario que antes de la llegada de las tropas. En la noche anterior, una gran parte de sus habitantes había huido, contagiada por el pavor de la muchedumbre que seguía la retirada del ejército. El alcalde y el cura se quedaban. Reconciliado con el dueño del castillo por su inesperada presencia y admirado de sus liberalidades, el funcionario municipal se acercó a él para darle una noticia. Los ingenieros estaban minando el puente sobre el Marne. Sólo esperaban para hacerlo saltar a que se retirasen los dragones. Si quería marcharse, aún era tiempo.

Otra vez dudó Desnoyers. Era una locura permanecer allí. Pero una ojeada a la arboleda, sobre cuyo ramaje asomaban los torreones del castillo, finalizó sus dudas. No, no... «Hay que terminar lo que se empieza».

Se presentaban los últimos grupos de dragones saliendo a la carretera por diversos puntos del bosque. Llevaban sus caballos al paso, como si les doliese este retroceso. Volvían la vista atrás, con la carabina en una mano, prontos a hacer alto y disparar. Los otros que ocupaban las barricadas estaban ya sobre sus monturas. Se rehizo el escuadrón, sonaron las voces de los oficiales, y un trote vivo con acompañamiento de choques metálicos se fue alejando a espaldas de don Marcelo.

Quedó éste junto a la barricada, en una soledad de intenso silencio, como si el mundo se hubiese desplomado repentinamente. Dos perros abandonados por la fuga de sus amos, rondaban y oliscaban en torno de él, implorando su protección. No podían encontrar el rastro deseado en aquella tierra pisoteada y desfigurada por el tránsito de miles de hombres. Un gato famélico espiaba a los pájaros que empezaban a invadir este lugar. Con tímidos revuelos picoteaban los residuos alimenticios expelidos por los caballos de los dragones. Una gallina sin dueño apareció igualmente para disputar su festín a la granujería alada, oculta hasta entonces en árboles y aleros. El silencio hacía renacer el murmullo de la hojarasca, el zumbido de los insectos, la respiración veraniega del suelo ardiente de sol, todos los ruidos de la Naturaleza, que parecía haberse contraído temerosamente bajo el paso de los hombres en armas.

No se daba cuenta exacta Desnoyers del paso del tiempo. Creyó todo lo anterior un mal sueño. La calma que le rodeaba hizo inverosímil cuanto había presenciado.

De pronto vio moverse algo en el último término del camino, allí donde la cinta blanca tocaba el azul del horizonte. Eran dos hombres a caballo, dos soldaditos de plomo que parecían escapados de una caja de juguetes. Había traído con él unos gemelos, que le servían para sorprender las incursiones en sus propiedades, y miró. Los dos jinetes, vestidos de gris verdoso, llevaban lanzas, y su casco estaba rematado en un plato horizontal... ¡Ellos! No podía dudar: tenía ante su vista los primeros ulanos.

Permanecieron inmóviles algún tiempo, como si explorasen el horizonte. Luego, de las masas oscuras de vegetación que abullonaban los lados del camino fueron saliendo otros y otros, hasta formar un grupo. Los soldaditos de plomo ya no marcaban su silueta sobre el azul del horizonte. La blancura de la carretera les servía ahora de fondo, subiendo por encima de sus cabezas. Avanzaban con lentitud, como una tropa que teme emboscadas y examina lo que le rodea.

La conveniencia de retirarse cuanto antes hizo que don Marcelo dejase de mirar. Era peligroso que le sorprendiesen en aquel sitio. Pero al bajar sus gemelos, algo extraordinario pasó por el campo de visión de las lentes. A corta distancia, como si fuese a tocarlos con la mano, vio muchos hombres que marchaban al amparo de los árboles por los lados de la carretera. Su sorpresa aún fue mayor al convencerse de que eran franceses, pues todos llevaban quepis. ¿De dónde salían?... Los volvió a examinar sin el auxilio de los gemelos, cerca ya de la barricada. Eran rezagados, en estado lamentable, que ofrecían una pintoresca variedad de uniformes: soldados de línea, zuavos, dragones sin caballo. Y revueltos con ellos, guardias forestales y gendarmes pertenecientes a pueblos que habían recibido con retraso la noticia de la retirada. En conjunto unos cincuenta. Los había enteros y vigorosos; otros se sostenían con un esfuerzo sobrehumano. Todos conservaban sus armas.

Llegaron hasta la barricada, mirando continuamente atrás para vigilar al amparo de los árboles, el lento avanzar de los ulanos. Al frente de esta tropa heterogénea iba un oficial de gendarmería, viejo y obeso, con el revólver en la diestra, el bigote erizado por la emoción y un brillo homicida en los ojos azules velados por la pesadez de los párpados. Se deslizaron al otro lado de la barrera de carros, sin fijarse en este paisano curioso. Iban a continuar su avance a través del pueblo, cuando sonó una detonación enorme, conmoviendo el horizonte delante de ellos, haciendo temblar las casas.

-¿Qué es eso? -preguntó el oficial mirando por primera vez a Desnoyers. Este dio una explicación: era el puente, que acababa de ser destruido. Un juramento del jefe acogió la noticia. Pero su tropa, confusa, agrupada al azar del encuentro, permaneció indiferente, como si hubiese perdido todo contacto con la realidad.

-Lo mismo es morir aquí que en otra parte- continuó el oficial.

Muchos de los fugitivos agradecieron con una pronta obediencia esta decisión, que los libertaba del suplicio de caminar. Casi se alegraron de la voladura que les cortaba el paso. Fueron colocándose instintivamente en los lugares más cubiertos de la barricada. Otros se introdujeron en unas casas abandonadas, cuyas puertas habían violentado los dragones para utilizar el piso superior. Todos parecían satisfechos de poder descansar, aunque fuese combatiendo. El oficial iba de un grupo a otro comunicando sus órdenes. No debían hacer fuego hasta que él diese la voz.

Don Marcelo presenció tales preparativos con la inmovilidad de la sorpresa. Había sido tan rápida e inaudita la aparición de los rezagados, que aún se imaginaba estar soñando. No podía haber peligro en esta situación irreal; todo era mentira. Y continuó en su sitio sin entender al teniente, que le ordenaba la fuga con rudas palabras. ¡Paisano testarudo!...

El eco de la explosión había poblado la carretera de jinetes. Salían de todas partes, uniéndose al primitivo grupo. Los ulanos galopaban con la certeza de que el pueblo estaba abandonado.

-¡Fuego!...

Desnoyers quedó envuelto en una nube de crujidos, como si se tronchase la madera de todos los árboles que tenía ante sus ojos.

El escuadrón impetuoso se detuvo de golpe. Varios hombres rodaron por el suelo. Unos se levantaban para saltar fuera del camino, encorvándose con el propósito de hacerse menos visibles. Otros permanecían tendidos de espaldas o de bruces, con los brazos por delante. Los caballos sin jinete emprendieron un galope loco a través de los campos, con las riendas a rastras, espoleados por los estribos sueltos.

Y después del rudo vaivén que le hicieron sufrir la sorpresa y la muerte, se dispersó, desapareciendo casi instantáneamente, absorbido por la arboleda.



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