Los cuatro jinetes del Apocalipsis : 2-04

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Segunda Parte
IV - Junto a la Gruta Sagrada


Argensola tuvo una nueva ocupación más emocionante que la de señalar en el mapa el emplazamiento de los ejércitos.

-Me dedico ahora a seguir al taube -decía a los amigos-. Se presenta de cuatro a cinco, con la puntualidad de una persona correcta que acude a tomar el té.

Todas las tardes, a la hora mencionada, un aeroplano alemán volaba sobre París, arrojando bombas. Esta intimidación no producía terror: la gente aceptaba la visita como un espectáculo extraordinario e interesante. En vano los aviadores dejaban caer sobre la ciudad banderas alemanas con irónicos mensajes dando cuenta de los descalabros del ejército en retirada y de los fracasos de la ofensiva rusa. ¡Mentiras, todo mentiras! En vano lanzaban bombas, destrozando buhardillas y matando o hiriendo viejos, mujeres y niños. «Ah bandidos!» La muchedumbre amenazaba con el puño al mosquito maligno, apenas visible a dos mil metros de altura, y después de este desahogo lo seguí con los ojos de calle en calle o se inmovilizaba en las plazas para contemplar sus evoluciones.

Un espectador de los más puntuales era Argensola. A las cuatro estaba en la plaza de la Concordia, con la cara en alto y los ojos bien abiertos, al lado de otras gentes unidas a él por cordiales relaciones de compañerismo. Eran como los abonados a un mismo teatro, que en fuerza de verse acaban por ser amigos. «¿Vendrá?... ¿No vendrá hoy?» Las mujeres parecían las más vehementes. Algunas se presentaban arreboladas y jadeantes por el apresuramiento, temiendo haber llegado tarde al espectáculo... Un inmenso grito: «¡Ya viene!... ¡Allí está!»

Miles de manos señalaban un punto vago en el horizonte. Se prolongaban los rostros con gemelos y catalejos; los vendedores populares ofrecían toda clase de artículos ópticos... Y durante una hora se desarrollaba el espectáculo apasionante de la cacería aérea, ruidosa e inútil.

El insecto intentaba aproximarse a la torre de Eiffel, y de la base de ésta surgían estampidos, al mismo tiempo que sus diversas plataformas escupían el rasgueo feroz de las ametralladoras. Al virar sobre la ciudad, sonaban descargas de fusilería en los tejados y en el fondo de las calles. Todos tiraban: los vecinos que tenían un arma en su casa, soldados de guardia, los militares ingleses y belgas de paso en París. Sabían que sus disparos eran inútiles, pero tiraban por el gusto de hostilizar al enemigo aunque sólo fuese con la intención, esperando que la casualidad, en uno de sus caprichos, realizase un milagro. Pero el único milagro era que no se matasen los tiradores unos a otros con este fuego precipitado e infructuoso. Aun así, algunos transeúntes caían heridos por balas de ignorada procedencia.

Argensola iba de calle en calle siguiendo el revuelo del pájaro enemigo, queriendo adivinar dónde caían sus proyectiles, deseando ser de los primeros que llegasen frente a la casa bombardeada, enardecido por las descargas que contestaban desde abajo. ¡No disponer él de una carabina, como los ingleses vestidos de caqui o aquellos belgas con gorra de cuartel y una borla sobre la frente!... Al fin, el taube, cansado de hacer evoluciones, desaparecía. «Hasta mañana -pensaba el español-. El de mañana tal vez sea más interesante».

Las horas libres entre las observaciones geográficas y las contemplaciones aéreas las empleaba en rondar cerca de las estaciones de ferrocarril -especialmente en las del Quai d'Orsay-, viendo la muchedumbre de viajeros que escapaba de París. La visión repentina de la verdad -después de las ilusiones que había creado el Gobierno con sus partes optimistas-; la certeza de que los alemanes estaban próximos, cuando una semana antes se los imaginaban muchos en plena derrota; los taubes volando sobre París; la misteriosa amenaza de los zepelines, enloquecían a una parte del vecindario. Las estaciones, custodiadas militarmente, sólo admitían a los que habían adquirido un billete con anticipación. Algunos esperaban días enteros a que les llegase el turno de salida. Los más impacientes emprendían la marcha a pie, deseando verse cuanto antes fuera de la ciudad. Negreaban los caminos con las muchedumbres que avanzaban por ellos, todas en una misma dirección. Iban hacia el Sur, en automóvil, en coche de caballos, en carretas de hortelano, a pie.

Esta fuga la contempló Argensola con serenidad. Él era de los que se quedaban. Había admirado a muchos hombres que presenciaron el sitio de París en 1870. Ahora su buena suerte le proporcionaba el ser testigo de un drama histórico, tal vez más interesante. ¡Lo que podría contar en lo futuro!... Pero le molestaba la distracción e indiferencia de su auditorio presente. Volvía al estudio satisfecho de las noticias de que era portador, febril por comunicarlas a Desnoyers, y éste le escuchaba como si no le oyese. La noche en que le hizo saber que el Gobierno, las Cámaras, el Cuerpo diplomático y hasta los artistas de la Comedia Francesa estaban saliendo a aquellas horas en trenes especiales para Burdeos, su compañero le contestó con un gesto de indiferencia.

Otras eran sus preocupaciones. Por la mañana había recibido una carta de Margarita; dos simples líneas trazadas con precipitación. Se marchaba: salía inmediatamente acompañando a su madre. ¡Adiós!... Y nada más. El pánico hacía olvidar muchos afectos, cortaba largas relaciones; pero ella era superior por su carácter a estas incoherencias de la ansiedad por huir. Julio vio algo inquietante en su laconismo. ¿Por qué no indicaba el lugar adónde se dirigía?...

Por la tarde tuvo un atrevimiento que siempre le había prohibido ella. Entró en la casa que habitaba Margarita, hablando largamente con la portera para adquirir noticias. La buena mujer pudo dar expansión de este modo a su locuacidad, bruscamente cortada por la fuga de los inquilinos y su servidumbre. La señora del piso principal -la madre de Margarita- había sido la última en abandonar la casa a pesar de que estaba enferma desde la partida de su hijo. Habían salido el día anterior, sin decir adónde iban. Lo único que sabía era que habían tomado el tren en la estación de Orsay. Huían hacia el sur, como todos los ricos.

Y amplió sus revelaciones con la vaga noticia de que la hija se mostraba muy impresionada por los informes que había recibido del frente de la guerra. Alguien de la familia estaba herido. Tal vez era el hermano, pero la portera lo ignoraba. Con tantas novedades, sorpresas e impresiones, resultaba difícil enterarse de las cosas. Ella también tenía su hombre en el ejército y le preocupaban los asuntos propios.

-¿Dónde estará -se preguntó Julio durante el día-. ¿Por qué desea que ignore su paradero?...

Cuando en la noche le hizo saber su camarada el viaje de los gobernantes con todo el misterio de una noticia que aún no era pública, se limitó a contestar después de un reflexivo mutismo:

-Hacen bien... Yo saldré igualmente mañana, si puedo.

¿Para qué permanecer en París? Su familia estaba ausente. Su padre -según las averiguaciones de Argensola- también se había ido, sin decir adónde. Con la misteriosa fuga de Margarita él quedaba solo, en una soledad que le inspiraba remordimientos.

Aquella tarde, al pasear por los bulevares, había tropezado con un amigo algo entrado en años, un consocio del Círculo de esgrima, frecuentado por él. Era el primero que encontraba desde el principio de la guerra, y juntos pasaron revista a todos sus compañeros incorporados al Ejército. Las preguntas de Desnoyers eran contestadas por el viejo. ¿Fulano?..., había sido herido en Lorena y estaba en un hospital del sur. ¿Otro amigo?..., muerto en los Vosgos. ¿Otro?, desaparecido en Charleroi. Y así continuaba el desfile heroico y fúnebre. Los más vivían aún, realizando proezas. Otros socios de origen extranjero, jóvenes polacos, ingleses, residentes en París, americanos de las Repúblicas del sur, acababan de inscribirse como voluntarios. El Círculo debía enorgullecerse de esta juventud que se ejercitaba en las armas durante la paz: todos estaban en el frente exponiendo su existencia... Y Desnoyers apartó su vista, como si temiese adivinar en los ojos de su amigo una expresión irónica e interrogante. ¿Por qué no marchaba él, como los otros, a defender la tierra en que vivía?...

-Mañana me iré- replicó Julio, ensombrecido por este recuerdo.

Pero se marchaba hacia el Sur, como todos los que huían de la guerra. En la mañana siguiente, Argensola se encargó de conseguir un billete de ferrocarril para Burdeos. El valor del dinero había aumentado considerablemente. Cincuenta francos entregados a tiempo realizaban el milagro de procurarle un pedazo de cartón numerado, cuya conquista representaba, para muchos, días enteros de espera.

-Es para hoy mismo -dijo a su camarada-. Debes salir en el tren de esta noche.

El equipaje no exigió grandes preparativos. Los trenes se negaban a admitir otros bultos que los que llevaban a mano los viajeros. Argensola no quiso aceptar la liberalidad de Julio,, que pretendía partir con él todo su dinero. Los héroes necesitan muy poco, y el pintor de almas se sentía animado por una resolución heroica. La breve alocución de Gallieni al encargarse de la defensa de París la hacía suya. Pensaba mantenerse hasta el último esfuerzo, lo mismo que el duro general.

-¡Que vengan! -dijo con una expresión trágica-. ¡Me encontrarán en mi sitio!...

Su sitio era el estudio. Quería ver las cosas de cerca, para relatarlas a las generaciones venideras. Se mantendría firme, con sus provisiones de comestibles y vinos. Además, tenía el proyecto -así que su compañero desapareciese- de llevar a vivir con él a ciertas amigas que vagaban en busca de una comida problemática y sentían miedo en la soledad de sus domicilios. El peligro aproxima a las buenas gentes y añade un nuevo atractivo a los placeres de la comunidad, Las amorosas expansiones de los prisioneros del terror, cuando esperaban de un momento a otro ser conducidos a la guillotina, revivieron en su memoria «¡Apuremos de un trago la vida, ya que hemos de morir!...» El estudio de la rue de la Pompe iba a presenciar las mismas fiestas locas y desesperadas que un barco encallado con provisiones abundantes.

Desnoyers salió de la estación de Orsay en un compartimiento de primera clase. Alababa mentalmente el buen orden con que la autoridad lo había arreglado todo. Cada viajero tenía su asiento. Pero en la estación de Austerlitz una avalancha humana asaltó el tren. Las portezuelas se abrieron como si fuesen a romperse; paquetes y niños entraron por las ventanas lo mismo que proyectiles. La gente se empujó con la rudeza de una muchedumbre que huye de un incendio. En el espacio reservado para ocho personas se instalaron catorce; los pasillos se obstruyeron para siempre con montones de maletas, que servían de asiento a nuevos viajeros. Habían desaparecido las distancias sociales. La gente del pueblo invadía con preferencia los vagones de lujo, creyendo encontrar en ellos mayor espacio. Los que tenía billete de primera clase iban en busca de los coches peores, con la vana esperanza de viajar desahogadamente. En las vías laterales esperaban desde un día antes su hora de salida largos trenes compuestos de vagones de ganado. Los establos rodantes estaban repletos de personas sentadas en la madera del suelo o en sillas traídas de sus casas. Cada tren era un campamento que deseaba ponerse en marcha y mientras permanecía inmóvil, una capa de papeles grasientos y cáscaras de frutas se iba formando a lo largo de él.

Los asaltantes al empujarse, se toleraban y perdonaban fraternalmente. «En la guerra como en la guerra», decían como última excusa. Y cada uno apretaba al vecino para arrebatarle una pulgada de asiento, para introducir su escaso equipaje entre los bultos suspendidos sobre las personas con los más inverosímiles equilibrios. Desnoyers fue perdiendo, poco a poco, sus ventajas de primer ocupante. Le inspiraban lástima estas pobres gentes que habían esperado el tren desde las cuatro de la madrugada a las ocho de la noche. Las mujeres gemían de cansancio, derechas en el corredor, mirando con envidia feroz a los que ocupaban un asiento. Los niños lloraban con balidos de cabra hambrienta. Julio acabó por ceder su lugar, repartiendo entre los menesterosos y los imprevisores todos los comestibles de que le había proveído Argensola. Los restaurantes de las estaciones parecían saqueados. Durante las largas esperas del tren, sólo se veían militares en los andenes: soldados que corrían al escuchar la llamada de la trompeta para volver a ocupar su sitio en los rosarios de vagones que subían y subían hacia París. En los apartaderos, largos trenes de guerra esperaban que la vía quedase libre para continuar su viaje. Los coraceros, llevando un chaleco amarillo sobre el pecho de acero, estaban sentados, con las piernas colgantes, en las puertas de los vagones-establos, de cuyo interior salían relinchos. Sobre las plataformas se alineaban armones grises. Las esbeltas gargantas de los 75 apuntaban a lo alto como telescopios.

Pasó la noche en el corredor, sentado en el borde una maleta, viendo cómo dormitaban otros con el embrutecimiento del cansancio y la emoción. Fue una noche cruel e interminable de sacudidas, estrépitos y pausas cortadas por ronquidos.. En cada estación las trompetas sonaban precipitadamente, como si el enemigo estuviese cerca. Los soldados procedentes del Sur corrían a sus puestos, y una nueva corriente de hombres se arrastraba por los carriles yendo hacia París. Se mostraban alegres y deseosos de llegar pronto a los lugares de la matanza. Muchos se lamentaban creyendo presentarse con retraso, Julio, asomado a una ventanilla, escuchó los diálogos y los gritos en estos andenes impregnados de un olor picante de hombres y mulas. Todos mostraban una confianza inquebrantable. «¡Los boches!... Muy numerosos, con grandes cañones, con muchas ametralladoras..., pero no había más que cargar la bayoneta y huían como liebres».

La fe de los que iban al encuentro de la muerte contrastaba con el pánico y la duda de los que escapaban de París. Un señor viejo y condecorado, tipo de funcionario en jubilación, hacía preguntas a Desnoyers cuando el tren reanudaba su marcha. «¿Usted opina que llegarán a Tours?» Antes de recibir contestación se adormecía. El sueño embrutecedor avanzaba por el pasillo sus pies de plomo. Luego, el viejo despertaba de pronto. «¿Usted cree que llegarán hasta Burdeos?» Y su deseo de no detenerse hasta alcanzar con su familia un refugio absolutamente seguro le hacía acoger como oráculos las vagas respuestas.

Al amanecer vieron a los territoriales del país guardando las vías. Iban armados con fusiles viejos; llevaban un quepis rojo como único distintivo militar. Seguían pasando en dirección opuesta los trenes militares.

En la estación de Burdeos, la muchedumbre civil, pugnando por salir o por asaltar nuevos vagones, se confundía con las tropas. Sonaban incesantemente las trompetas para reunir a los soldados. Muchos eran hombres de color, tiradores indígenas con amplios calzones grises y un gorro rojo sobre el rostro negro y bronceado. Continuaba hacia el Norte el férreo rodar de las masas armadas.

Desnoyers vi un tren de heridos procedentes de los combates de Flandes y Lorena. Los uniformes de fatigada suciedad se refrescaban en la blancura de los vendajes que sostenían los miembros doloridos o defendían las cabezas rotas. Todos parecían sonreír con sus bocas lívidas y sus ojos febriles a las primeras tierras del Mediodía que asomaban entre la bruma matinal, coronadas de sol, cubiertas de la regia vestidura de sus pámpanos. Los hombres del Norte tendían sus manos a las frutas que les ofrecían las mujeres, picoteando con deleite las dulces uvas del país.

Vivió cuatro días en Burdeos, aturdido y desorientado por la agitación de una ciudad de provincia convertida repentinamente en capital. Los hoteles estaban llenos; muchas personas se contentaban con una habitación de doméstico. Los cafés no guardaban una silla libre; las aceras parecían repeler esta concurrencia extraordinaria. El jefe del estado se instalaba en la Prefectura; los ministerios quedaban establecidos en escuelas y museos; dos teatros eran habilitados para las futuras reuniones del Senado y la Cámara popular. Julio encontró un hotel sórdido y equívoco en el fondo de un callejón humedecido constantemente por los transeúntes. Un amorcillo adornaba los cristales de la puerta. En su cuarto, el espejo tenía grabado nombres de mujer y frases intranscribibles, como recuerdo de los hospedajes de una hora... Y todavía algunas damas de París, ocupadas en buscar alojamiento, envidiaban tanta fortuna.

Resultaron infructuosas sus averiguaciones. Los amigos que encontró en la muchedumbre fugitiva pensaban en su propia suerte. Sólo sabían hablar de los incidentes de su instalación; repetían las noticias oídas a los ministros, con los que vivían familiarmente; mencionaban con aire misterioso la gran batalla que había empezado a desarrollarse desde las cercanías de París hasta Verdún. Una discípula de sus tiempos de gloria, que guardaba la antigua elegancia en su uniforme de enfermera, le dio vagas noticias. «¿La pequeña madame Laurier?... Se acordaba de haber oído a alguien que vivía cerca... Tal vez en Biarritz». Julio no necesitó más para reanudar su viaje. ¡A Biarritz!

La primera persona que encontró al llagar fue a Chichí. Declaraba inhabitables la población, por las familias de españoles ricos que veraneaban en ella. «Son boches en su mayoría. Yo me paso la existencia peleando. Acabaré por vivir sola». Luego encontró a su madre: abrazos y lágrimas. Después vio a su tía Elena en un salón del hotel, entusiasmada con el país y sus veraneantes. Podía hablar largamente con muchos de ellos sobre la decadencia de Francia. Todos esperaban de un momento a otro la noticia de la entrada del káiser en la capital. Hombres graves que no habían hecho nada en toda su vida criticaban los defectos y descuidos de la República. Jóvenes cuya distinción entusiasmaba a doña Elena prorrumpían en apóstrofes contra las corrupciones de París, corrupciones que habían estudiado a fondo velando hasta la salida del sol en las virtuosas escuelas de Montmartre. Todos adoraban a Alemania, donde no habían estado nunca o que conocían como una sucesión de imágenes cinematográficas. Aplicaban los sucesos a un criterio de plaza de toros. Los alemanes eran los que pegaban más fuerte. «Con ellos no se juega: son muy brutos». Y parecían admirar la brutalidad como el más respetable de los méritos. «¿Por qué no dirán eso en su casa, al otro lado de la frontera? -protestaba Chichí-. ¿Por qué vienen a la del vecino a burlarse de sus preocupaciones?,,, ¡Y tal vez se creen gentes de buena educación!»

Julio no había ido a Biarritz para vivir con los suyos... El mismo día de su llegada vio de lejos a la madre de Margarita. Estaba sola. Sus averiguaciones le hicieron saber que la hija vivía en Pau. Era enfermera y cuidaba a un herido de su familia. «El hermano..., indudablemente es el hermano», pensó Julio. Y reanudó su viaje, dirigiéndose a Pau.

Sus visitas a los hospitales resultaron inútiles. Nadie conocía a Margarita. Todos los días llegaba el tren con un nuevo cargamento de carne destrozada, pero el hermano no estaba entre los heridos. Una religiosa, creyendo que iba en busca de alguien de su familia, se apiadó de él ayudándole con sus indicaciones. Debía ir a Lourdes: eran muy numerosos los heridos y las enfermeras laicas. Y Desnoyers hizo inmediatamente el corto trayecto entre Pau y Lourdes.

Nunca había visitado la santa población cuyo nombre repetía su madre frecuentemente. Para doña Luisa, la nación francesa era Lourdes. En las discusiones con su hermana y otras damas extranjeras que pedían el exterminio de Francia por su impiedad, la buena señora resumía su opinión siempre con las mismas palabras: «Cuando la virgen quiso aparecerse en nuestros tiempos, escogió a Francia. No será tan malo este país como dicen... Cuando yo vea que se aparece en Berlín, hablaremos otra vez».

Pero Desnoyers no estaba para recordar las ingenuas opiniones de su madre. Apenas se hubo instalado en su hotel, junto al río, corrió a la gran hospedería convertida en hospital. Los guardianes le dijeron que hasta la tarde no podría hablar con el director. Para entretener su impaciencia paseó por la calle que conduce a la basílica, toda de barracones y tiendas con estampas y recuerdos piadosos, que hacen de ella un largo bazar. Aquí y en los jardines inmediatos a la iglesia sólo vio heridos convalecientes que guardaban en sus uniformes las huellas del combate. Los capotes estaban sucios a pesar de los repetidos cepillamientos. El barro, la sangre, la lluvia, habían dejado en ellos manchas imborrables, dándoles una rigidez de cartón. Algunos heridos les arrancaban las mangas para evitar un roce cruel a sus brazos destrozados. Otros ostentaban todavía en los pantalones las rasgaduras de los cascos de obús.

Eran combatientes de todas las armas y de diversas razas: infantes, jinetes, artilleros; soldados de la metrópoli y de las colonias; campesinos franceses y tiradores africanos; cabezas rubias, rostros de palidez mahometana y caras negras de senegaleses, con ojos de fuego y belfos azulados, unos, mostrando el aire bonachón y la sedentaria obesidad del burgués convertido repentinamente en guerrero; otros, enjutos, nerviosos, de perfil agresivo, como hombres nacidos para la pelea y ejercitados en campañas exóticas.

La ciudad, visitada a impulsos de la esperanza por los enfermos del catolicismo, se veía invadida ahora por una muchedumbre no menos dolorosa, pero vestidas de carnavalescos colores. Todos, a pesar de su desaliento físico, tenían cierto aire de desenfado y satisfacción. Había visto la muerte de muy cerca, escurriéndose entre sus garras huesosas, y encontraban un nuevo sabor a la alegría de vivir. Con sus capotes adornados de condecoraciones, sus teatrales alquiceles, sus quepis y sus gorros africanos, esta muchedumbre heroica ofrecía, sin embargo, un aspecto lamentable. Muy pocos conservaban en ella la noble vertical, orgullo de la superioridad humana. Avanzaban encorvados, cojeando, arrastrándose, apoyados en un garrote o en un brazo amigo. Otros se dejaban empujar tendidos en los carritos que habían servido muchas veces para conducir los enfermos piadosos desde la estación a la gruta de la Virgen. Algunos caminaban a ciegas, con los ojos vendados, junto a un niño o una enfermera. Los primeros choques en Bélgica y en el Este, media docena de batallas, habían bastado para producir estas ruinas físicas, en las que aparecía la belleza varonil con los más horribles ultrajes... Estos organismos que se empeñaban tenazmente en subsistir, paseando bajo el sol sus renacientes energías, sólo representaban una exigua parte de la gran siega de la muerte. Detrás de ellos quedaban miles y miles de camaradas gimiendo en los lechos de los hospitales y que tal vez no se levantarían nunca. Millares y millares estaban ocultos para siempre en las entrañas de una tierra mojada por su baba agónica, tierra fatal que al recibir una lluvia de proyectiles devolvía como cosecha matorrales de cruces.

La guerra se mostró a los ojos de Desnoyers con toda su cruel fealdad. Habían hablado de ella, hasta entonces, como hablamos de la muerte en plena salud, sabiendo que existe y que es horrible, pero viéndola tan lejos..., ¡tan lejos!, que no infunde una verdadera emoción. Las explosiones de los obuses acompañaban su brutalidad destructora con una burla feroz desfigurando grotescamente el cuerpo humano. Vio heridos que empezaban a recobrar su fuerza vital y sólo eran esbozos de hombres, espantosas caricaturas, andrajos humanos salvados de la tumba por las audacias de la ciencia; troncos con cabeza que se arrastraban por el suelo sobre un zócalo de ruedas; cráneos incompletos cuyo cerebro latía bajo una cubierta artificial; seres sin brazos y sin piernas que descansaban en el fondo de un carretoncillo como bocetos escultóricos o piezas de disección; caras sin nariz que mostraban, lo mismo que las calaveras, la negra cavidad de sus fosas nasales. Y estos medios hombres hablaban, fumaban, reían, satisfechos de ver el cielo, de sentir la caricia del sol, de haber vuelto a la existencia, animados por la soberana voluntad de vivir, que olvida confiada la miseria presente en espera de algo mejor.

Fue tal su impresión, que olvidó por algún tiempo el motivo que le había arrastrado hasta allí... ¡Si los que provocan la guerra desde los gabinetes diplomáticos o las mesas de un Estado Mayor pudiesen contemplarla, no en los campos de batalla, con el entusiasmo que perturba los sentidos, sino en frío, tal como se aprecia en hospitales y cementerios por los restos que deja tras de su paso!... El joven vio en su imaginación el globo terráqueo, como un buque enorme que navegaba por la inmensidad. Sus tripulantes, los pobres humanos, llevaban siglos y siglos exterminándose sobre la cubierta. Ni siquiera sabían lo que existía debajo de sus pies, en las profundidades de la nave. Ocupar la mayor superficie a la luz del sol era el deseo de cada grupo. Hombres tenidos por superiores empujaban estas masas al exterminio para escalar el último puente y empuñar el timón, dando al buque un rumbo determinado. Y todos los que sentían estas ambiciones por el mando absoluto sabían lo mismo...: ¡nada! Ninguno de ellos podía decir con certeza qué había más allá del horizonte visible, ni adónde se dirigía la nave. La sorda hostilidad del misterio los rodeaba a todos; su vida era frágil, necesitaba de incesantes cuidados para mantenerse; y, a pesar de esto, la tripulación, durante siglos y siglos, no había tenido un instante de acuerdo, de obra común, de razón clara. Periódicamente, una mitad de ella chocaba con la otra; se mataban por esclavizarse en la cubierta movediza, flotante sobre el abismo; pugnaban por echarse unos a otros fuera del buque; la estela de la nave se cubría de cadáveres. Y de la muchedumbre, en completa demencia todavía, surgían lóbregos sofistas para declarar que éste era el estado perfecto, que así debían seguir todos eternamente, y que era un mal ensueño desear que los tripulantes mirasen como hermanos que siguen un destino común y ven en torno de ellos las asechanzas de un misterio agresivo... ¡Ah miseria humana!

Julio se sintió alejado de sus reflexiones por la alegría pueril que mostraban algunos convalecientes. Eran musulmanes, tiradores de Argelia y de Marruecos. Estaban en Lourdes como podían estar en otra parte, atentos únicamente a los obsequios de la gente civil, que los seguía con patriótica ternura. Todos ellos miraban con indiferencia la basílica habitada por la Señora blanca. Su única preocupación era pedir cigarros y dulces.

Al verse agasajados por la raza dominadora de sus países, se enorgullecían, atreviéndose a todo, como niños revoltosos. Su mayor placer era que las damas les diesen la mano. ¡Bendita guerra, que les permitía acercarse y tocar a estas mujeres blancas, perfumadas y sonrientes, tal como aparecen en los ensueños las hembras paradisíacas, reservadas a los bienaventurados! «Madame... Madame», suspiraban, poblándose al mismo tiempo de llamaradas sus pupilas de tinta. Y no contentos con la mano, sus garras oscuras se aventuraban a lo largo del brazo mientras las señoras reían de esta adoración trémula. Otros avanzaban entre el gentío ofreciendo su diestra a todas las mujeres. «Toquemos mano». Y se alejaban satisfechos luego de recibir el apretón.

Vagó mucho tiempo Desnoyers por los alrededores de la basílica. Al amparo de los árboles se formaban en hilera las carretillas ocupadas por los heridos. Oficiales y soldados permanecían largas horas en la sombra azul viendo cómo pasaban otros camaradas heridos que podían valerse de sus piernas.

La santa gruta resplandecía con el llamear de centenares de cirios. La muchedumbre devota, arrodillada al aire libre, fijaba sus ojos suplicantes en las sagradas piedras, mientras su pensamiento volaba lejos, a los campos de batalla, con la confianza en la divinidad que acompañaba a toda inquietud. De la masa arrodillada surgían soldados con vendajes en la cabeza, el quepis en una mano y los ojos lacrimosos.

Subían y descendían por la doble escalinata de la basílica mujeres vestidas de blanco, con un temblor de tocas que les daba de lejos el aspecto de palomas aleteando. Eran enfermeras, damas de la caridad, guiando los pasos de los heridos. Desnoyers creyó reconocer a Margarita en cada una de ellas. Pero la desilusión que seguía a tales descubrimientos le hizo dudar del éxito de su viaje. Tampoco estaba en Lourdes. Nunca la encontraría en esta Francia agrandada desmesuradamente por la guerra, que había convertido cada población en un hospital.

Por la tarde sus averiguaciones no obtuvieron mejor éxito. Los empleados escucharon sus preguntas con aire distraído: podía volver luego. Estaban preocupados por el anuncio de un nuevo tren sanitario. Continuaba la gran batalla cerca de París. Tenían que improvisar alojamiento para la nueva remesa de carne destrozada.

Desnoyers volvió a los jardines cercanos a la gruta. Su paseo era para entretener el tiempo. Pensaba regresar a Pau aquella noche: nada le quedaba que hacer en Lourdes. ¿Adónde dirigiría luego sus investigaciones?...

Sintió de pronto un estremecimiento a lo largo de su espalda: la misma sensación indefinible que le avisaba la presencia de ella cuando se reunían en un jardín de París. Margarita iba a presentarse de pronto, como las otras veces, sin que él supiera ciertamente de dónde salía, como si emergiese de la tierra o descendiese de las nubes.

Después de pensar esto sonrió con amargura. ¡Mentiras del deseo! ¡Ilusiones!... Al volver la cabeza reconoció la falsedad de sus esperanzas. Nadie seguía sus pasos: él era el único que marchaba por el centro de la avenida. En un banco inmediato descansaba un oficial con los ojos vendados. Junto a él, con la diáfana blancura de los ángeles custodios, estaba una enfermera. ¡Pobre ciego!... Desnoyers iba a seguir adelante; pero un movimiento rápido de la mujer vestida de blanco, un deseo visible de pasar inadvertida, de ocultar la cara volviendo los ojos hacia las plantas, atrajeron su atención. Tardó en reconocerla. Dos rizos asomados al borde de la toca le hicieron adivinar la cabellera oculta; los pies calzados de blanco fueron indicio para reconstituir el cuerpo, algo desfigurado por un uniforme sin coquetería. El rostro era pálido, grave. Nada quedaba en él de los antiguos afeites, que le daban una belleza pueril de muñeca. Sus ojos parecían reflejar lo existente con nuevas formas en el fondo de unas aureolas oscuras de cansancio... ¡Margarita!

Se miraron largamente, como hipnotizados por la sorpresa. Ella mostró inquietud al ver que Desnoyers adelantaba un paso. No..., no. Sus ojos, sus manos, todo su cuerpo parecieron protestar, repelerle en su avance, fijarlo en su inmovilidad. El miedo a que se aproximase la hizo marchar hacia él. Dijo unas palabras al militar, que continuó en el banco, recibiendo sobre el vendaje de su rostro un rayo de sol que parecía no sentir. Luego se levantó, yendo al encuentro de Julio, y siguió adelante, indicándole con un gesto que se situase más lejos, donde el herido no pudiera escucharlos.

Detuvo su paso en un sendero lateral. Desde allí podían ver al ciego confiado a su custodia. Quedaron inmóviles frente a frente. Desnoyers quiso decir muchas cosas, ¡muchas!, pero vaciló, no sabiendo cómo revestir de palabras sus quejas, sus súplicas, sus halagos. Por encima de esta avalancha de pensamientos emergió uno, fatal, dominante, colérico:

-¿Quién es ese hombre?...

El acento rencoroso, la voz dura con que dijo estas palabras le sorprendieron, como si procediesen de otra boca.

La enfermera le miró con sus ojos límpidos, agrandados, serenos, unos ojos que parecían libres para siempre de las contradicciones de la sorpresa y del miedo. La respuesta se deslizó con la misma limpieza que la mirada.

-Es Laurier... Es mi marido.

¡Laurier!... Los ojos de Julio examinaron con larga duda al militar antes de convencerse. ¡Laurier este oficial ciego que permanecía inmóvil en el banco, como un símbolo de dolor heroico! Estaba aviejado, con la tez curtida y de un color de bronce surcado de grietas que convergían como rayos en torno de todas las aberturas de su rostro. Los cabellos empezaban a blanquear en las sienes y en la barba que cubría ahora sus mejillas. Había vivido veinte años en un mes... Al mismo tiempo parecía más joven, con una juventud que irradiaba vigorosa de su interior, con la fuerza de un alma que ha sufrido las emociones más violentas y no puede ya conocer el miedo, con la satisfacción firme y serena del deber cumplido.

Contemplándolo sintió al mismo tiempo admiración y celos. Se avergonzó al darse cuenta de la aversión que le inspiraba este hombre en plena desgracia y que no podía ver lo que le rodeaba. Su odio era una cobardía; pero insistió en él, como si en su interior se hubiese despertado otra alma, una segunda personalidad que le causaba espanto. ¡Cómo recordaba los ojos de Margarita al alejarse del herido por unos instantes!... A él no le había mirado así nunca. Conocía todas las gradaciones amorosas de sus párpados; pero su mirada al herido era algo diferente, algo que él no había visto hasta entonces.

Habló con la furia del enamorado que descubre una infidelidad.

-¡Y por eso te fuiste sin un aviso, sin una palabra!... Me abandonaste para venir en busca de él... Di ¿por qué has venido? ¿Por qué has venido?

No se inmutó ella ante su acento colérico y sus miradas hostiles.

-He venido porque aquí estaba mi deber.

Luego habló cómo una madre que aprovecha un paréntesis de sorpresa en el niño irascible para aconsejarle cordura. Explicaba sus actos. Había recibido la noticia de la herida de Laurier cuando ella y su madre se preparaban a salir de París. No vaciló un instante: su obligación era correr al lado de este hombre. Había reflexionado mucho en las últimas semanas. La guerra la había hecho meditar sobre el valor de la vida. Sus ojos contemplaban nuevos horizontes. Nuestro destino no está en el placer y las satisfacciones egoístas: nos debemos al dolor y al sacrificio.

Deseaba trabajar por su patria, cargar con una parte del dolor común, servir como las otras mujeres; y estando dispuesta a dar todos sus cuidados a los desconocidos, ¿no era natural que prefiriese a este hombre, al que había causado tanto daño?... Vivía aún en su memoria el momento en que lo vio llegar la estación completamente solo entre tantos que tenían el consuelo de unos brazos amantes al partir en busca de la muerte. Su lástima había sido aún más intensa al enterarse de su infortunio. Un obús había estallado junto a él, matando a los que le rodeaban. De sus varias heridas, la única grave era la del rostro. Había perdido un ojo por completo; el otro lo mantenían los médicos sin visión, esperando salvarlo. Pero ella dudaba; era casi seguro que Laurier quedaría ciego.

La voz de Margarita temblaba al decir esto, como si fuese a llorar; pero sus ojos permanecieron secos. No sentían la irresistible necesidad de las lágrimas. El llanto era ahora algo superfluo, como otras muchas cosas de los tiempos de paz. ¡Habían visto sus ojos tanto en pocos días!

.¡Cómo le amas! -exclamó Julio.

Ella le había tratado de usted hasta este momento, por miedo a ser oída y por mantenerlo a distancia, como si hablase con un amigo. Pero la tristeza de su amante acabó con su frialdad.

-No; yo te quiero a ti..., yo te querré siempre.

La sencillez con que dijo esto y su repentino tuteo infundieron confianza a Desnoyers.

-¿Y el otro?- preguntó con ansiedad.

Al escuchar su respuesta creyó que algo acababa de pasar ante el sol, velando momentáneamente su luz. Fue como una nube que se desliza sobre la tierra y sobre su pensamiento, esparciendo una sensación de frío.

-A él también lo quiero.

Lo dijo mirándole como si implorase su perdón, con la sinceridad dolorosa de un alma que ha reñido con la mentira y llora al adivinar los daños que causa.

Él sintió que su cólera dura se desmoronaba de golpe, lo mismo que una montaña que se agrieta. «¡Ah Margarita!» Su voz sonó trémula y humilde. ¿Podía terminar todo entre los dos con esta sencillez? ¿Eran acaso mentiras sus antiguos juramentos?... Se habían buscado con afinidad irresistible para compenetrarse, para ser uno solo..., y ahora, súbitamente endurecidos por la indiferencia, ¿iban a chocar como dos cuerpos hostiles que se repelen?... ¿Qué significaba este absurdo de amarle a él como siempre y amar al mismo tiempo a su antiguo esposo?

Margarita bajo la cabeza, murmurando con desesperación:

-Tú eres un hombre; yo soy una mujer. No me entenderás por más que hable. Los hombres no pueden alcanzar ciertos misterios nuestros... Una mujer me comprendería mejor.

Desnoyers quiso conocer su infortunio con toda su crueldad. Podía hablar ella sin miedo. Se sentía con fuerzas para sobrellevar los golpes... ¿Qué decía Laurier al verse cuidado y acariciado por Margarita?...

-Ignora quién soy... Me cree una enfermera igual a las otras, que se apiada de él viéndole solo y ciego, sin parientes que le escriban y lo visiten... En ciertos momentos he llegado a sospechar si adivina la verdad. Mi voz, el contacto de mis manos, le crispaban al principio con un gesto de extrañeza. Le he dicho que soy una dama belga que ha perdido a los suyos y está sola en el mundo. Él me ha contado su vida anterior ligeramente, como el que desea olvidar su pasado odioso... Ni una palabra molesta para su antigua mujer. Hay noches en que sospecho que me conoce, que se vale de su ceguera para prolongar la fingida ignorancia, y esto me atormenta... Deseo que recobre la vista, que los médicos salven uno de sus ojos, y al mismo tiempo siento miedo. ¿Qué dirá al reconocerme?... Pero no; mejor es que vea, y ocurra lo que ocurra. Tú no puedes comprender estas preocupaciones, tú no sabes lo que yo sufro.

Calló un instante para reconcentrarse, apreciando, una vez más las inquietudes de su alma.

-¡Oh, la guerra -siguió diciendo-. ¡Qué de cambios en nuestra vida! Hace dos meses, mi situación me hubiese parecido extraordinaria, inverosímil... Yo cuidando a mi marido, temiendo que me descubra y se aleje de mí, deseando al mismo tiempo que me reconozca y me perdone... Sólo hace una semana que vivo a su lado. Desfiguro mi voz cuanto puedo, evito frases le revelen quién soy... Pero esto no se puede prolongar. Únicamente en las novelas resultan aceptables estas situaciones.

La duda ensombreció de pronto su resolución.

-Yo creo -continuó- que me ha reconocido desde el primer momento... Calla y finge ignorancia porque me desprecia..., porque jamás llegará a perdonarme. ¡He sido tan mala!... ¡Le he hecho tanto daño!...

Se acordaba de los largos y reflexivos mutismos del herido después de algunas palabras imprudentes. A los dos días de recibir sus cuidados había tenido un movimiento de rebeldía, evitando el salir con ella a paseo. Pero, falto de vista, comprendiendo la inutilidad de sus resistencia, había acabado por entregarse con una pasividad silenciosa.

-Que piense lo que quiera- concluyó Margarita animosamente-, que me desprecie. Yo estoy aquí, donde debo estar. Necesito su perdón; y si no me perdona, lo mismo seguiré a su lado... Hay momentos en que deseo que no recobre la vista. Así me necesitaría siempre, podría pasar toda mi existencia a su lado, sacrificándome por él

-¿Y yo? -dijo Desnoyers.

Margarita lo miró con ojos asombrados, como si despertase. Era verdad: ¿y el otro?... Enardecida por su sacrificio, que representaba una expiación, había olvidado al hombre que tenía delante.

-¡Tú! -dijo tras de una larga pausa-. Tú debes dejarme... La vida no es como la habíamos concebido. Sin la guerra, tal vez hubiésemos realizado nuestros ensueños; pero ¡ahora!... Fíjate bien. Yo llevo por el resto de mi existencia una carga pesadísima y al mismo tiempo dulce, pues cuanto más me abruma, más grata me parece. Nunca me separaré de ese hombre, al que he ofendido tanto, que se ve solo en el mundo y necesita de protección como un niño. ¿Por qué vas tú a participar de mi suerte? ¿Cómo vivir en amores con una eterna enfermera, al lado de un hombre bueno y ciego, al que ultrajaríamos continuamente con nuestra pasión?... No; mejor es que te alejes. Sigue tu camino solo y desembarazado. Déjame; tú encontrarás otras mujeres que te harán más dichoso que yo. Tú eres de los destinados a encontrar una nueva felicidad a cada paso.

Insistió en sus elogios. Su voz era calmosa; pero en el fondo de ella temblaba la emoción del último adiós a la alegría que se aleja para siempre. El hombre amado sería de otras. ¡Y ella misma lo entregaba!... Pero la noble tristeza del sacrificio le infundió serenidad. Era una renuncia más para expiar sus culpas.

Julio bajo los párpados, perplejo y vencido. Le aterraba la imagen del futuro esbozada por Margarita. Él viviendo al lado de la enfermera, aprovechándose de la ignorancia del ciego para inferirle todos los días con sus amores un nuevo insulto. ¡Ah, no! Era una villanía. Se acordaba ahora con vergüenza de la malignidad con que había mirado poco antes a este hombre desgraciado y bueno. Se reconocía sin fuerzas para luchar con él. Débil e impotente en aquel banco de jardín, era más grande y respetable que Julio Desnoyers con toda su juventud y sus gallardías. Había servido en su vida para algo; había hecho lo que él no osaba hacer.

Esta convicción de su inferioridad le hizo gemir como un niño abandonado.

-¿Qué será de mí?...

Margarita, considerando el amor que se iba para siempre, las esperanzas desvanecidas, el futuro iluminado por la satisfacción de su deber cumplido, pero monótono y doloroso, murmuró igualmente:

-¿Y yo?... ¿Qué será de mí?...

Desnoyers pareció reanimarse, como si hubiese encontrado de pronto una solución.

-Escucha, Margarita: yo leo en tu alma. Amas a ese hombre, y haces bien. Es superior a mí, y las mujeres se sienten atraídas por toda superioridad... Yo soy un cobarde. Sí, no protestes; soy un cobarde, con toda mi juventud, con todas mis fuerzas. ¿Cómo no habías de sentirte impresionada por la conducta de ese hombre?... Pero yo recuperaré lo perdido... Este país es el tuyo, Margarita: yo me batiré por él. No digas que no...

Y, enardecido por su repentino entusiasmo, trazaba un plan de heroísmos. Iba a hacerse soldado. Pronto oiría hablar de él. Su propósito era quedar tendido en el campo al primer encuentro o asombrar al mundo con sus hazañas. De un modo u otro resolvería su vergonzosa situación: el olvido de la muerte o la gloria.

-¡No! -exclamó ella, interrumpiéndole con angustia-. Tú, no. Bastante hay con el otro... ¡Qué horror! Tú también herido, mutilado para siempre, tal vez muerto... No; vive. Prefiero que vivas, aunque seas de otra. Que yo sepa que existes, que te vea alguna vez, aunque me hayas olvidado, aunque pases indiferente, como si no me conocieses.

En su protesta gritaba el amor ardoroso, el amor irreflexivo y heroico, que acepta con estoicismo todas las penas a cambio de que el ser preferido siga existiendo.

Pero a continuación, para que Julio no sintiese el engaño de una falsa esperanza, añadió:

-Vive, tú no debes morir. Sería para mí un nuevo tormento... Pero vive sin mí. Olvídame. Es inútil cuanto hablemos: mi destino está marcado para siempre al lado del otro.

Desnoyers volvió a entregarse al desaliento, adivinando la ineficacia de ruegos y protestas.

-¡Ah, cómo le amas!... ¡Cómo me engañaste!

Ella, como suprema explicación, volvió a repetir lo dichos al principio de la entrevista. Amaba a Julio... y amaba a su marido. Eran amores distintos. No que quería decir cuál resultaba más ardiente; pero la desgracia la impelía a escoger entre los dos, y aceptaba el más doloroso, el de mayores sacrificios.

-Tú eres hombre, y no podrás entenderme nunca... Una mujer me comprendería.

Julio, al lanzar una mirada en torno de él, creyó que la tarde había sufrido los efectos de un fenómeno celeste. El jardín seguía iluminado por el sol, pero el verde de los árboles, el amarillo del suelo, el azul del espacio, las espumas blancas del río, todo le pareció oscuro y difuso, como si cayese una lluvia de ceniza.

-Entonces..., ¿todo ha terminado entre nosotros?

Su voz temblorosa, suplicante, cargada de lágrimas, hizo que ella volviese la cabeza para ocultar su emoción.

Luego, en el penoso silencio, las dos desesperaciones formularon la misma pregunta, como si interrogasen a las sombras del futuro. «¿Qué será de mí?», murmuró el hombre. Y como un eco, los labios de ella repitieron: «¿Qué será de mí?»

Todo estaba dicho. Palabras irreparables se alzaban entre los dos como un obstáculo que había de ensancharse por momentos, impeliéndolos en opuestas direcciones. ¿Para qué prolongar la entrevista dolorosa?... Margarita mostró la resolución pronta y enérgica de toda mujer cuando desea cortar una escena:

«¡Adiós!» Su rostro había tomado una palidez amarillenta, sus pupilas estaban mortecinas, humosas, como los vidrios de una linterna cuya luz se apaga. «¡Adiós!» Debía volver al lado de su herido.

Se marchó sin mirarlo, y Desnoyers, por instinto, caminó en dirección opuesta. Cuando, al serenarse, quiso volver sobre sus pasos, vi cómo se alejaba dando el brazo al ciego, sin volver la cabeza una sola vez.

Tuvo la convicción de que ya no la vería más, y una angustia de asfixia oprimió su garganta. ¿Y con esta facilidad podía separarse eternamente dos seres que días antes contemplaban el Universo concretado en sus personas?...

Su desesperación al quedar solo le hizo acusarse de torpeza. Ahora acudían sus pensamientos en tropel, y cada uno de ellos le pareció suficiente para convencer a Margarita. Indudablemente no había sabido expresarse: necesita hablar con ella otra vez... Y decidió permanecer en Lourdes.

Pasó una noche de tortura en el hotel, escuchando el rebullir del río entre las piedras. El insomnio le tuvo entre sus mandíbulas feroces, royéndole con un suplicio interminable. Encendió la luz varias veces, pero no pudo leer. Sus ojos miraron con estúpida fijeza los dibujos del empapelado, las láminas piadosas de este cuarto que había servido de albergue a los peregrinos ricos. Permaneció inmóvil y abstraído como los orientales que piensan en su carencia absoluta de pensamientos. Una idea única danzaba en el vacío de su cráneo: «Y no la veré más... ¿Es esto posible?»

Se adormeció algunos instantes, para despertar con la sensación de un estallido horroroso que lo enviaba por los aires. Y siguió desvelado, con sudores de angustia, hasta que en la sombra de la habitación se fue destacando un cuadrado de luz láctea. El amanecer empezaba a reflejarse en las cortinas de la ventana.

La caricia aterciopelada del día pudo, al fin, cerrar sus ojos. Al despertar, bien entrada la mañana, corrió a los jardines de la gruta... ¡Las horas de espera temblorosa e inútil, creyendo reconocer a Margarita en toda dama blanca que avanzaba guiando a un herido!

Por la tarde, después de un almuerzo cuyos platos desfilaron intactos, volvió al jardín en busca de ella. Al reconocerla dando el brazo al oficial ciego experimentó una sensación de desaliento. Parecía más alta, más delgada, con el rostro afilado, dos oquedades de sombra en las mejillas, los ojos brillantes de fiebre, los párpados contraídos por el cansancio. Adivinó una noche de suplicio, de pensamientos escasos y tenaces, de estupefacción dolorosa, igual a la suya en el cuarto del hotel. Sintió de pronto todo el peso del insomnio y la inapetencia, toda la emoción deprimente de las sensaciones crueles experimentadas en las últimas horas. ¡Cuán desgraciados eran los dos!...

Ella avanzaba con precaución, mirando a un lado y a otro, como el que presiente un peligro. Al descubrirle se apretó contra el ciego, lanzando a su antiguo amante una mirada de súplica, de desesperación, implorando misericordia... ¡Ay esta mirada!

Sintió vergüenza; su personalidad parecía haberse desdoblado: se contempló a sí mismo con ojos de juez. ¿Qué hacía allí el llamado Julio Desnoyers, hombre seductor e inútil, atormentando con su presencia a una pobre mujer, queriendo desviarla de su noble arrepentimiento, insistiendo en sus egoístas y pequeños deseos, cuando la Humanidad entera pensaba en otras cosas?... Su cobardía le irritó. Como el ladrón que se aprovecha del sueño de la víctima, él rondaba en torno de un hombre bueno y valeroso que no podía verle, que no podía defenderse, para robarle el único afecto que tenía en el mundo y que milagrosamente volvía hacia él. ¡Muy bien, señor Desnoyers!... ¡Ah canalla!

Estos insultos exteriores le hicieron erguirse, altivo, cruel, inexorable, contra aquel otro yo digno de su desprecio.

Ladeó la cabeza: no quiso encontrar los ojos suplicantes de Margarita; tuvo miedo a su mudo reproche. Tampoco se atrevió a mirar al ciego, con su uniforme rapado y heroico, con su rostro envejecido por el deber y la gloria. Le temía como a un remordimiento.

Volvió la espalda al grupo; se alejó. ¡Adiós, amor! ¡Adiós, felicidad!...

Marchaba ahora con paso firme; un milagro acababa de realizarse en su interior: había encontrado un camino.

¡A París!... Una ilusión nueva iba a poblar el inmenso vacío de su existencia sin objetivo.


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