Los duendes de la camarilla : 14

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda



-¡Pero este D. Mariano...! ¿No te parece que está loco?... Y esa noticia de militares, ¿qué será?... ¿Pues sabes que me ha dejado perpleja y con ganas furiosas de saber...? Es un perro... Cuando le da por callar, molesta más que cuando nos aturde con sus ladridos... No me sorprende que sepa cosas muy reservadas... Estos cesantes rabiosos se meten en todos los rincones para olfatear lo que se guisa, y lo mismo entran en las sacristías que en las logias... Cosa de militares dijo. ¿Será alguna intentona?... ¿Tendremos en puerta un pronunciamiento...?».

Esto decía Domiciana, en frases desgranadas, que revelaban su inquietud. Con paso inseguro fue de la puerta del pasillo a la ventana; miró a la calle, y al ver que en efecto salía Centurión, volvió junto a su amiga rezongando: «Disparado sale... Va echando demonios... Esa cosa militar ¿qué será? ¿Tú qué crees, Lucila?

-¿Yo qué he de creer?... Ya te sacará de dudas D. Mariano cuando vuelva.

Se puso en pie presentando la capa colgada de sus manos para que Domiciana viese el efecto del embozo. Resultaba muy bien, una prenda seria y poco llamativa, como para persona que durante algún tiempo no debía salir al público sin cierta reserva. Ya no faltaba más que acabar de coser la trencilla: la infatigable costurera se sentó de nuevo para proseguir la obra por una banda, mientras Domiciana trabajaba por otra.

-Sí que volverá, creo yo -dijo la cerera-, y si no vuelve le mandaré venir con cualquier pretexto. Hablemos de nuestras cosas.

Antes de la entrada de Centurión había Lucila dado cuenta a su amiga de las buenas condiciones de la vivienda en que se había instalado con Tomín. Se creían transportados de un infierno aéreo a un cielo terrestre. Con frase menos sintética y más vulgar expresó Lucila su pensamiento... Satisfecho estaba Tomín; sus ojos, hechos a la miseria desoladora, veían los vulgares muebles revestidos de una dorada magnificencia. Ya recobraba el apetito y el buen color; pero la inmovilidad a que todavía se le condenaba le tenía en gran desasosiego. ¿Cuándo podría salir?

Un rato tardó Domiciana en contestar a esta pregunta. Sin apartar los ojos del mete y saca de la diligente aguja, alargando los morros, dijo: «¿Qué prisa tiene? Ya saldrá. Conviene esperar un poco, hasta ver en qué para eso del Patriarca...».

La aguja de Lucila se paró, señalando el zenit. Turbación, estupor y silencio grave en el ambiente que mediaba entre las dos mujeres. ¿Qué tenía que ver la libertad de Gracián con el nombramiento del Patriarca de las Indias?

-Todas las cosas de este mundo -dijo Domiciana sin mirar a la otra-, vienen y van más enzarzadas de lo que parece. ¡Con este lío del Patriarca hay cada disgusto...! A donde quiera que una va, encuentra caras malhumoradas... y se oyen cosas que... Parece que están todos locos...

Conoció Lucila que no gustaba su amiga de aquella conversación, y puso punto en boca. Nombrando de nuevo a Tomín, Domiciana fue a parar a la promesa de solicitar para él el alta en el escalafón, y si las cartas venían bien dadas, un ascenso y pase al servicio activo. «En este caso -añadió-, ¿crees que Gracián se casará contigo?»... «¡Ay, no lo sé!» fue la única respuesta de Lucila. La cerera prosiguió así: «Nada tendría de particular que, volviendo las cosas a su nivel, Tomín se casara con una persona de su clase... Tú entonces, poniéndote en lo razonable, podrías casarte con un hombre de tu clase, y serías feliz... No te faltarían protección y ayuda en tu matrimonio». Dijo a esto Cigüela que tenía por absurdas las ideas de su amiga, y repitió su antigua cantinela de que Domiciana no entendía palotada de amor, y que continuaba tan muerta y amojamada como cuando salió del convento.

-Estás en lo cierto -replicó la exclaustrada-, y siempre que hablo de amores, o de amoríos, salen de mi boca desatinos muy garrafales; tan ignorante soy. Conozco al hombre en diferentes condiciones de vida: en la condición de avaro, de hipócrita, de cortesano, de astuto, de religioso; en la condición de enamorado no le he conocido nunca, ni sé lo que es. ¿Quieres más explicaciones? Pues allá van. Se ha dicho, y tú lo habrás oído tal vez, que yo me metí en el convento por desesperada de amor... la historia de siempre... un novio ingrato, una niña tonta que se vuelve mística... Pues no creas nada de eso, si de mí lo has oído. En mi caso no hubo despecho amoroso. Yo me arrojé al convento huyendo de mi madrastra, como me habría tirado a un pozo; llegué a la vida religiosa enteramente ayuna de amores, sin haber tenido novio, pues los que algo me dijeron no me interesaron nada, ni nunca les hice caso. Entró, pues, en el claustro mi corazón nuevecito, intacto de pasiones, y sin saber lo que era eso. Allí dentro, ya puedes suponer que no amé más que las hierbas. Naturalmente, como tú has dicho, con aquel vivir me marchité... El amar vago, que lo mismo puede fijarse en Dios que en personas de la Naturaleza, se fue secando; la voluntad se me iba tras de las cosas, no tras del hombre... Cuando salí, ya no era tiempo de pensar en melindres, ni me lo permitían los votos que hice y de que no estaré nunca desligada... Otra cosa te diré para que lo comprendas mejor. Yo, que soy bastante despierta, sé desenvolverme muy bien en una reunión de hombres, si tengo que departir con ellos de cualquier asunto; pero delante de un hombre solo, me entra tal cortedad, que no acierto ni a decir Jesús. Me ha sucedido alguna vez encontrarme sola frente a un hombre, el cual con la mayor inocencia y sin asomo de malicia venía para tratar conmigo de un negocio de cerería, o de hierbas, o de qué sé yo... ¿Pues sabes lo que me ha pasado? Que al verme sola con él me ha entrado no sé qué desazón... algo de repugnancia primero, de espanto después... y al fin no he tenido más remedio que echar a correr, dejándole con la palabra en la boca... Luego he tenido que mandarle recado, diciéndole que me dispensara, que me había puesto mala... Así soy yo. Y de veras te digo que muertecita está una mejor. ¿No crees que es una bendición ser así, y estar asegurada contra lo que, en mis circunstancias, no había de ser bueno?

Contestó afirmativamente Lucila, añadiendo que no se diera por asegurada tan pronto, pues no era vieja y conservaba lozanía, frescura... Recaída la conversación en Tomín y en las probabilidades de que reanudara pronto su brillante carrera, conquistando los puestos más altos, Domiciana preguntó a su amiga si era valiente el Capitán, de temple duro para la guerra.

-¿Que si es valiente? -dijo Lucila dando a su palabra tonos de entusiasmo-. Por mucho que yo te diga sobre eso no podrás tener idea de la bravura de Tomín y de su fiereza ante cualquier peligro. Cuando se emborracha de valor, no repara en si es uno o son veinte los enemigos que tiene delante.

-¡Vaya, vaya! Ahora que me acuerdo: me has dicho que es extremeño, de la tierra de Hernán Cortés y Pizarro. Todos los hijos de Extremadura son arrojados y valientes, menos mi padre que no es héroe más que para casarse.

-En Medellín, como ese Cortés, nació mi Bartolomé Gracián. Su padre, caballero noble, tiene allí bastante hacienda, ganados... Su madre, que todavía no es vieja, conserva una hermosura superior. De ella sacó Tomín los ojos azules; de su padre la tez trigueña. El hermano mayor no se separa de los padres, y es el que hoy lleva las labores. Dos hermanitas tiernas siguen a Tomín. A este, desde muy niño, le llamaba la milicia; no jugaba más que a soldados, y él era el que a los otros chicos mandaba, llevándolos a correrías del diablo, asaltos de peñas, porfías de unos bandos con otros... Entró en el ejército el año 45, si no estoy equivocada, y al poco tiempo estuvo en la guerra de Cataluña contra Tristany y Cabrera. Las acciones en que peleó, las heridas que pusieron su cuerpo como una criba, y las hazañas... porque hazañas fueron... que hizo él solo, escritas están en alguna parte, no sé donde... y pueden dar fe de ellas el General Concha, el General Pavía, y un sin fin de brigadieres, coroneles y capitanes. Ya desde la guerra de Cataluña venía Tolomé, según él mismo me contó, dado a la política, con la cabeza encendida en esas cosas del Patriotismo y de la Libertad, y no se mordía la lengua para despotricar contra los Absolutos, Carlinos, Moderados, y demás gente que no quiere Constitución, sino Cadenas; en Madrid se hizo amigo de otros que aborrecían las Cadenas, y todos juntos iban a unas reuniones escondidas en no sé qué calle, y hacían allí sus santiguaciones, que paraban siempre en armar algún enredo para salir con los soldados gritando Libertad, Viva esto, Abajo lo otro. Hubo en Madrid hace dos años o tres... no me acuerdo de la fecha... una trifulca muy grande en la Plaza Mayor, tropa y pueblo contra tropa. Tolomín estaba en un regimiento que también debió salir sublevado, y no salió porque se echaron encima generales y jefes, y ello quedó así... Pero a mi hombre le traían ya entre ojos; su fama de liberal y algún mal querer de envidiosos o soplones le perdieron. Formada sumaria, le mandaron con dos tenientes a las Peñas de San Pedro, que es allá en la Mancha, pueblo con fortaleza, y fortaleza sin pueblo, como dice Tolomé. Mal lo pasaban allí los pobres oficiales deportados; pero Tomín, que es poco sufrido, y uno de los tenientes llamado Castillejo, de la piel del diablo, tramaron una conjura, en la que fueron entrando algunos más, para revolverse contra la guarnición y hacerse dueños de la plaza. Me ha contado él que todo lo hicieron con más arrojo que picardía, y que fue como si dijeran: «morir matando antes que morirnos de tristeza». La noche que intentaron desarmar a la guarnición fue noche de tronada y rayos en los aires, en la tierra de furor y rabia de los hombres. Muertos y heridos muchos... sangre corriendo... compasión ninguna. Pudo más la guarnición, y Tomín y Castillejo, viendo perdida la batalla, escaparon favorecidos del diluvio que empezó a caer cuando unos y otros, como demonios, se estaban matando... Huyeron armados; con algún dinero que llevaban se procuraron disfraz, caballerías, y por atajos, como Dios quiso, se vinieron a Madrid. Aquí se ocultaron, y escondidos supieron que estaban condenados a muerte por Consejo de Guerra... Pues Señor: vino a parar Tomín a casa de un tratante en leñas, José Perdiguero, amigo de su familia, calle Segovia, y para más disimulo de su escondite, le pusieron su vivienda en el mismo almacén de las leñas, que da a un patio grande, y en aquel patio vivía yo con mi padre y mi hermano chico...

-Y allí os conocisteis... Vamos, ya llegó ese momento de la historia, que yo esperaba. Sigue, que ahora entra lo más bonito.

-Bien feo era aquel patio, y más el almacén; pero a mí me pareció lo más bonito del mundo... te lo digo como lo siento: hablo con el alma, Domiciana. Bonito fue todo, cuando vi a Tomín tendido sobre un montón de leña, y más cuando él me preguntó cómo me llamo... El amo, que tenía que salir al campo, me mandó que hiciera cena para aquel hombre... «para este caballero», fue como me dijo. Hice la cena, y el caballero se negó a comerla si no cenaba yo con él. Yo dije que bueno. Me sentí, puedes creérmelo, arrebatada de una compasión que me encendía toda el alma, y apenas empezamos a cenar, aquel señor me dijo: «Soy muy desgraciado». Obsequioso y fino estuvo conmigo, sin decirme cosa ninguna que pudiera ofenderme... Yo le miraba, y cuando él me miraba a mí, tenía yo que bajar los ojos...

-De veras va siendo muy interesante la historia. Sigue, y no suprimas nada.

-Dos días pasaron así. Mi padre y mi hermanillo salían de sol a sol. El caballero y yo hablábamos, él a la otra parte del rimero de leña, yo a la parte de acá. Charla que charla, las tardes se me hacían horas, las horas minutos... Yo estaba como en la gloria.

-¡Y que no te diría cosas poco tiernas y...!

-Me decía... qué sé yo... vamos, lo contaré todo. Me decía que soy muy guapa... Esto lo había oído mil veces; pero nunca hice caso. Me decía que soy bella, bellísima... y más, más me decía.

-No lo calles, mujer.

-Que soy hechicera... y otra cosa más bonita...

-Dímela.

-Que tengo un alma más bella que mis ojos... Por mis ojos me veía él el alma... Yo también le veía la suya... Por fin me dijo que le quisiera, que le haría un gran bien queriéndole... que estaba dejado de la mano de Dios... Contome toda su historia: yo temblaba oyéndole. Luego me dijo que era para él grave caso de conciencia pedirme mi amor, y que antes de responder yo a su petición de amor, debía saber una cosa terrible: estaba condenado a muerte. ¿Sería yo capaz de amar a un condenado a muerte?

-Al pronto, y poniendo por delante un poco de puntillo, responderías que no.

-¡Ay, Domiciana! Si me hubiera dicho «soy rico, feliz, poderoso», le hubiera contestado con puntillo diciendo que no, que veríamos y qué sé yo... Pero diciéndome «soy condenado a muerte» le contesté que sí, con el alma, y me fui hacia él... ¡Ay, Domiciana, qué paso!... Llorando me abrazó Tomín, y yo le dije: «Que nos fusilen juntos».