Los duendes de la camarilla : 20

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Hallándose mejorada, recibió Lucila las visitas de su hermano y de su padre, el cual reiteró su contento por el buen acomodo que tenía en la casa del jefe de los guindillas; pero no habló nada de Domiciana. Esta preterición de la protectora le pareció a Cigüela un delicado tributo de Ansúrez al dolor de su amada hija. Sin duda el fiero castillano comprendía o sabía que las que fueron amigas hallábanse ya a un lado y otro de un espantoso abismo. No quería él meterse a medir la sombría cavidad, y callaba. Con interés real o fingido escuchó después Lucila las descripciones que hizo su padre de los primores cuya limpieza le estaba encomendada, y tomando pie de esto se procuró personales informes del Sr. Chico: si en su casa tenía el mal genio que desplegaba en la persecución de gente mala; si recibía con buenas palabras o con bufidos a las personas que iban a verle. Las opiniones de Ansúrez sobre estos particulares eran vagas. Desconocía completamente a su amo en las funciones policiacas. Sólo de pensar que ante él se veía como delincuente, como sospechoso, siquiera como testigo, le entraban temblores y se le descomponía todo el cuerpo. Terminó recomendando a su querida hija que no pensara en tal sujeto, al cuento de averiguar por él cosas que valía más dejar en el estado que tenían, cuidándose menos de descubrirlas que de olvidarlas. Esto fue, en substancia, lo que el innato filósofo celtíbero dijo a su amada Lucila.

La Capitana Rosenda, que también a la guapa moza visitaba muy a menudo, no le habló nunca con tan filosófico tino como el viejo castellano. Divagaba locamente en su charlar, a las veces gracioso. Deportado Castillejo, se había ido a vivir con una tía suya, en la Cava de San Miguel, señora de circunstancias, que tenían dos loros, una cotorra y cuatro jilgueros... En la misma casa, piso principal bajando del cielo, vivía el desesperado cesante D. Mariano Centurión, cuya familia se comunicaba con la de la tía de Rosenda por ser esta y la Centuriona del mismo pueblo. Los niños bajaban; la señora pajarera subía, y D. Mariano, cuando no tenía con quién desfogar, le contaba sus desventuras a la Capitana. Por él supo que la cerera se empingorotaba cada día más. En coche salía por Madrid, y en coche llegaban personajas a platicar con ella. Vestía muy elegante, los morros le habían crecido, y con ellos y con su entrecejo, cuando iba por la calle, parecía decir: «quítense, quítense, que paso yo». Rosenda la había visto salir una mañana de la Vicaría. Llevaba una falda con volantes, y tan ahuecada, que no cabía por la calle de la Pasa. Una manola que tuvo que meterse en un portal para darle paso, le dijo con desgarro insolente: «Madama, cuando paran los faldones guárdenos usté la cría...». Y otra vez: «Está tan echada a perder la cerera, que el mejor día la vemos de Ministra. ¿Pero no sabe usted lo que dicen? Pues que ha pedido a Roma dispensa de votos para casarse... Con influencias todo se consigue en la Curia Romana, y ella cuenta con el Embajador Castillo y Ayensa, con el Nuncio de acá, con las Madres, los Padres y el Rey Marido. Y se saldrá con la suya, que esta gente tiene la Santísima Trinidad en el bolsillo... ¿Qué... usted no lo cree?». Y el mismo día: «Si le dicen a usted, Lucila, que el desaparecerse Bartolomé es cosa de sus padres, y que estos, por medio de la policía, le cogieron para llevársele a Medellín y esconderle allá, no haga caso. El padre de Bartolomé, D. Manuel Gracián, no se ha movido de Medellín, y tiene a su hijo por cosa perdida. Lo sé por un sobrino de D. Manuel, tratante en ganado de cerda, con perdón. A Madrid llegó la semana pasada; le conocí cuando estuvimos de guarnición en Don Benito...». Y al día siguiente: «No esté usted tan alicaída, ni tome estas cosas con demasiada calentura... Ya parecerá el buen mozo cuando menos se piense. Calma, y ojo a la cerera, pues por los pasos de la gallina se ha de llegar a la nidada... Como esta es luz del sol, el Capitán está en la misma situación que estaba: sólo que ahora el encierro es más riguroso, y no faltarán guardianes y centinelas...»

-Rosenda, por los clavos y las espinas de Nuestro Señor Jesucristo -dijo Lucila ronca de ira-, no me diga usted eso; no me encienda la sangre más de lo que la tengo... Mire que del corazón a la cabeza me suben llamas, y que le pido a Dios que me mate de enfermedad, no de ira. Rosenda, lo que usted dice no tiene sentido...».

Esto dijo y esto pensaba, aunque en el caos de su mente y en el delirio a que la conducía la tremenda desgarradura de su corazón, pensaba también otras cosas, de peregrina originalidad, algunas muy semejantes a lo que había expresado la Capitana. Todo su afán era examinar una tras otra las probables versiones del suceso, y escoger la más lógica después de bien pasadas por el tamiz dialéctico. Dígase en mengua del entender suyo, que a veces designaba por más lógica la más absurda.

Y tres días después, volvía con nuevos datos la tremenda cronista: «¿No le dice a usted nada el que la cerera no parece por aquí, y cumple mandando al avefría de su hermano con un recado y unas pesetillas envueltas en un papel? ¡Tan amigas antes, y ahora no viene a verla! Es el miedo... es la conciencia. Tan valentona para todo, y ahora se asusta de un cordero... Pues conmigo no le valía el esconderse... Bendito sea Dios, que soy de caballería, y si el que me la hace huye de mí, ya sé yo ir a buscarlo y ajustarle la cuenta. Mujeres como su amiga son poco para mí, y de esas necesito yo cuatro lo menos para enjuagarme la boca. No es mal trote el que yo le daría por encima de todos sus huesos... Le quitaría yo todo el pelo artificial, y si las muelas son naturales, pronto tendría que llevarlas postizas... ¡Ay! me figuro al pobrecito Bartolomé en la esclavitud de esa tarasca... Ya estará el hombre asqueado de aquellos morros como los de una vaca, y hará cualquier brutalidad por libertarse... Cogidito le tiene, y bien sujeto, con la amenaza constante de la espada que llaman de Demonocles, que es la sentencia del Consejo de Guerra, colgada sobre su cabeza. Porque el indulto será con su cuenta y razón, y ella lo da o lo quita según cumpla o no cumpla el bendito Bartolo... Mucho se adelantaría si supiéramos dónde ha metido la gavilana el gallito que se llevó entre sus uñas puercas.»

-Pronto lo sabré yo -dijo Lucila con el aplomo que le daban sus inquebrantables resoluciones-. Ya estoy buena; Dios me ha hecho la gran merced de dejarme con vida después de este horrible padecer... y con la vida me va dando salud y fuerza, señal de que no quiere que yo me deje pisotear... Estos días saldré a la calle, iré a buscar trabajo, pues de algún modo he de vivir...

-¿Trabajo ha dicho, para una mujer pobre y sola? Diga que va en busca de miseria... ¡Afanes, vida de perros! ¿para qué? ¿para un mal comer y para que se rían de una? Siga usted el consejo de una desengañada, que ha visto lo que dan de sí trabajitos y honradeces de poca lacha. Lo que tiene usted que hacer es vestirse decentita y bien apañadita, y darse aire por ahí, para que su mérito sea como quien dice, público. En los tiempos que corren no le aconsejaré que se vaya por los paseos y sitios mundanos, sino que frecuente dos o tres iglesias y haga en ella sus devociones, a la mira de los señores buenos, de asiento y juicio, que no por pertenecer a cofradías y ser buenos rezadores se olvidan del culto de Santa Debilidad... pues el hombre siempre es hombre, aunque peque de beato... Si no tiene usted ropa decente, más claro, si no quiere ponerse la que le dio la cerera, yo le facilitaré cuanto necesite, y aunque soy de más carnes y corpulencia, usted, que es buena costurera arreglará mis vestidos a su talle... Aquí me tiene usted a mí, que escarmentada de andar con loquinarios, barricadistas y patrioteros, que cuando no están presos los andan buscando, me voy por las mañanas muy bien arregladita, como viuda consolable, a San Justo o la Almudena, y por las tardes a las Cuarenta Horas de San Sebastián o San Ginés, parroquias de feligresía muy buena, superior. De seguro que allí me ven y estiman caballeros viudos respetables, de cincuenta y pico, o de los sesenta largos, que desean hablar con mujer ya sentada... No le digo a usted más... Piénselo, y escoja sus caminitos. Como la quiero a usted, por cincuenta coros de arcángeles le pido, amiga mía, que no se meta en trabajillos de aguja, quemándose las pestañas por dos reales y medio al día, porque en ese trajín se morirá de hambre, y se perderá con un albañil o un zapatero, que es la peor perdición que puede salirle».

No expresó Lucila su conformidad con estas exhortaciones; pero tampoco las rechazó. Aceptado y agradecido el ofrecimiento de ropa, el mismo día le llevó la Capitana no pocas prendas, en cuyo arreglo se puso a trabajar para poder usarlas cuanto antes... Por fin se echó a la calle, y recorrió las que a su parecer frecuentaba Domiciana en su diario trotar de Palacio a la cerería o al Convento. No la encontró nunca. Acechando en la calle de Toledo, vio que la exclaustrada llegaba por la noche a casa en coche de dos caballos. El mismo coche iba en su busca al siguiente día y a variadas horas... Divagando topó Lucila una tarde con Centurión, que puso en su conocimiento pormenores de indudable interés. La señora Sarmiento de Silva estuvo en efecto malísima; algunas noches Domiciana dormía en Palacio; y tanto se había remontado en su orgullo la misteriosa hija de D. Gabino, que era preciso echarle memoriales para poder hablar con ella dos palabras. Últimamente, apiadada o aburrida, le había prometido colocarle en la Comisaría de Cruzada, ya que en Palacio no podía ser hasta mejor ocasión... Al despedirse del cesante, tomó Lucila el camino del Rastro, ávida de comprar algunas cosillas que le hacían mucha falta.

Una mañana fresca, luminosa y risueña, en que un sol artista iluminaba los alegres colorines de la calle de Toledo, y sobre la variedad infinita de gamas chillonas derramaba el oro y la plata, acechó Cigüela la cerería, desde la acera de enfrente, ocultándose entre la muchedumbre que sin cesar pasaba. Por una naranjera cuyo espionaje había comprado en días anteriores, supo que Domiciana estaba en casa. Llegó tempranito en carruaje de dos caballos. Sin duda pasó la última noche en la vela y guarda de Doña Victorina. Sabido esto, continuó la moza su vigilancia hasta que vio salir a D. Gabino y perderse calle arriba. Segura de que Ezequiel quedaba al cuidado de la tienda; contando con que Tomás estaría en el taller, entró decidida... «Dichosos los ojos -le dijo Ezequiel, encantado de verla-. Lucila, ¡qué soledad sin ti!». Fue la moza, en derechura, hacia la puerta que con la escalera comunicaba. El chico la contuvo expresando temor. «Aguarda. Ha dicho Domiciana que no suba nadie». Viéndole en actitud de interceptarle el paso, la mano puesta en la llave, Cigüela le desarmó con una frase cariñosa que al mismo recelo habría inspirado confianza. «Tontín, conmigo no va eso. Mi amiga es Domiciana, hoy como siempre. Vengo a pedirle un favor... ¿No sabes que estoy desamparada?». Vacilaba el mancebo. Para ganarle por entero, Lucila empleó una sonrisa pérfida; le pasó la mano por la cara, diciendo estas palabras de pura miel: «Déjame, rico».

Cedió Zequiel, y en aquel momento alguien que había entrado en la tienda daba golpes en el mostrador. «Vete a despachar, rico... -murmuró Lucila, y bonitamente quitó la llave, la puso por dentro, cerró con cuidado para no hacer ruido... Guardó la llave... con paso de gato se deslizó escalones arriba, diciendo: «No sale; no me ha sentido cerrar la puerta. Está dormida».