Los duendes de la camarilla : 26

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Y no fue poca sorpresa de Lucila el oírle pasar, casi sin transición, de las lúgubres consideraciones antedichas a esta vulgar pregunta: «¿Y ese hombre, ese padre de usted, qué cantidad necesita?». Respondió la moza que de cuatro a seis mil reales... y añadió que el negocio de la tienda de huevos y semillas era de seguro rendimiento... «Es mucho, mucho dinero -murmuró Merino sacando el labio inferior y arqueando más la boca-. ¡Seis mil realazos!... digo, digo... eche usted reales... y en estos tiempos en que el dinero anda escondido para que no lo cojan las uñas moderadas... El poquito que ha escapado de esas uñas, tiénelo la soldadesca. Entre abogados y militronches, están dejando en los huesos a esta Nación... Pues no puedo, no puedo servirles...»

-Mi padre cumplirá bien; por eso no lo haga -dijo Lucila creyendo que no aflojaba la mosca sin hacerse de rogar-. Y dispénseme que no empezara por hablarle de mi padre; pero desde que Domiciana me hizo aquella trastada, he perdido el tino, y hablo todo al revés. A usted le consta lo mala que es la cerera, ¿verdad, D. Martín? ¿Quién lo sabe como usted?

-Me hablabas de tu padre...

-Decía que mi padre es hombre formal. Mi padre cumple.

-¿Y por qué no ha venido contigo, o no viene él solo? Si yo le hago el préstamo, él será quien me garantice, no tú; a él podré confiarle mi dinero, no a ti, que lo gastarás alegremente con tenientes o capitanes... ¡Ah! vosotras las enamoradas trastornáis a los hombres y les apartáis de su obligación; por vosotras, por vuestros perifollos, y el lujo... asiático que gastáis, están ahora los hombres públicos tan corrompidos; vosotras tenéis la culpa de todo este ladronicio... y luego os quejáis cuando os quitan algo.

-Yo no he trastornado a nadie; yo no he gastado lujo; yo no quiero más que paz, y el amor de un hombre...

-No sueñes con amor de hombre, ni con paz, ni con ningún bien, mientras no haya justicia y se dé a cada cual lo suyo... Espérate a que el mundo se arregle como es debido, y a que caigan todas las farsas y rueden los ídolos... Mientras eso no llegue, ¿qué hablas ahí de amor de hombre, si ahora, según estamos, nada es de nadie, y no se sabe a quién pertenece el hombre, ni la mujer tampoco? Donde no hay justicia, donde todo es iniquidad, ¿qué sacas de lamentarte? Escribes tus chillidos en el viento para que jueguen con ellos los pájaros... Todo es aquí tiranía, todo es dominio de los malos sobre los buenos, opresión del pobre por el rico, y del débil por el fuerte... ¿Dónde está el tuyo y el mío y el de cada cual? Los mandones le quitan a uno la camisa, y encima hay que darles las gracias porque no nos han quitado los calzones. Deja tú que todo se estremezca, y el día del derrumbamiento recobrarás lo tuyo, yo lo que me pertenece... eso es». Sin transición, saltó con esto: «Vaya, joven, ¿no te parece que hemos hablado bastante? Dile a tu padre que venga cualquier día... esta es buena hora: hablaremos, y... ya se verá...».

Lucila, que ya sentía un si es no es de temor, viendo el acento rencoroso que ponía en sus divagaciones, se despidió con las fórmulas corrientes, sin meterse en más dimes y diretes con la esfinge. Salió Dominga con el candilón, pues la escalera era como boca de lobo, y al llegar al pasadizo del Infierno, Cigüela se dijo, resumiendo la visita: «Bien se ve que conoce toda la historia y los enredos de Domiciana... Puede que también sepa dónde y cómo le tienen escondido... Pero no lo dirá... Estas cosas de amores y de hombres robados le interesan poco, nada... y las mira como cosa de juego... No piensa más que en el aquel de lo malo que está todo, y en el latrocinio del Gobierno, y en que moderados y militares no son más que sanguijuelas que le chupan a España toda la sangre...».

Reunida con Ansúrez en la Plaza, le refirió la visita y las impresiones que en ella recibiera, que no eran malas en lo tocante al préstamo. Pensaba Cigüela que el clerizonte soltaría los cuartos; mas era preciso regatearle, que el hombre, en su tacañería y desconfianza, se fingía escaso de recursos para obtener mayor ventaja en el negocio. El viejo celtíbero acompañó a Lucila hasta su casa, y al retirarse se las prometía muy felices. Pero en los días siguientes, resultó que de tan buenas esperanzas había que quitar la mitad de la mitad. Para efectuar el préstamo había que esperar a que pagara un cliente moroso, que ya tenía fuera de tino al Sr. D. Martín, pues ni devolvía el principal, ni aflojaba los réditos de un año vencido. Todo se volvía prometer y dar largas, sin que le valieran al clérigo amenazas de demanda judicial. El deudor se reía. Por fin, hubo esperanzas fundadas de arreglo, pagando por el tal una señora, tía suya, y rebajando intereses. Si en efecto se cobraba, se realizaría el nuevo préstamo, obligándose Ansúrez a responder con todos sus bienes, y a más con la tienda que habían de traspasarle.

Entretanto que estas cosas del orden económico iban pasando, observaba Lucila que el grande afán suyo inextinguible por la pérdida de Tomín, ocupaba y desocupaba las regiones más grandes de su alma con cierto flujo y reflujo, como el del Océano que llena y vacía con el lento ritmo de las mareas. Tan pronto la pena honda se aliviaba, y la dolorida mujer entreveía reparación probable; tan pronto la pena tomaba mayor fuerza, colmando el alma hasta rebosar; y cuando subía de este modo la hinchada marea de su aflicción, Lucila deseaba la muerte, y aun acariciaba la idea de procurársela por su propia mano. Sólo la muerte era verdadero y eficaz descanso. Sólo el sueño eterno le daría paz, ya que no le diera el ver a Tomín en la región de allá, donde dormidos vivimos de nuevo... Lo más extraño era que este recrudecimiento del dolor recaía sobre la hija de Ansúrez cuando la Providencia enviaba sobre ella sus bendiciones.

Los obsequios cada día más valiosos de D. Vicente Halconero no llevaban ciertamente a Lucila por el camino del alivio. Eulogia no se cansaba de amonestarla con severidad o con burlas. «No sé qué más podrías desear. Viene Dios a verte y le pones cara de alcuza. ¡Vaya un orgullo! Te llueven tortas y torreznos, y en vez de ponerte a bailar, lloriqueas... Yo pienso en la vida que te esperaba con ese maldito Capitán si no te lo quitan de en medio... Y aun con indulto y todo, valiente pelo habrías echado de militara...». Sin negar que Eulogia tuviera razón, Cigüela también la tenía, que razones hay siempre para todo... Claro que no desconocía la inmensa gratitud que al Sr. Halconero debía, y se declaraba indigna de tanta bondad. ¡Vaya con el rico albillo que mandó D. Vicente en aquel Agosto y en aquel Septiembre, escogidos por él los racimos más hermosos, los más dorados, de uvas transparentes, finas, dulces! Al albillo acompañaba el arrope superior, hecho en casa del rico hacendado con todo esmero, y pollos y capones que en aquellos amplios corrales se criaban. Para el próximo Noviembre anunciábase ya el esquilmo suculento de la matanza, y para Diciembre irían los corderos lechales, amén de la muchedumbre de caza, y castañas y nueces.

Pero estas ricas ofrendas valían menos que otras del magnánimo señor. Había ordenado a Eulogia y Antolín que por cuenta de él fuera provista la guapa moza de todo lo correspondiente a una señorita de clase acomodada; que se encargasen a una buena costurera vestidos honestos y al gusto de Lucila, agregando cuanto de ropa interior decente necesitase para completar su atavío, todo esto sin lujo, mirando sólo a la buena calidad y finura de las telas, y al esmero de las hechuras. Un día se encontró la joven en su cuarto un tocador de caoba modestito y elegante, con todos los accesorios de porcelana y adminículos para su arreglo y limpieza, y a la semana siguiente apareció como por magia un corpulento armario para ropa con un gran espejo en la puerta, mueble precioso que fue el pasmo de toda la vecindad. Dígase que todo esto agradó mucho a Lucila, y elevó hasta lo increíble su gratitud.

Pero aún faltaba lo más hermoso de la generosidad del D. Vicente, la cual ya tocaba en los linderos de lo sublime, y fue que dispuso en carta muy extensa lo que se copia para mejor conocimiento: «Quiero que sin dilación se le ponga un maestro pendolista, que le enseñe el trazo de buena letra, y todo lo tocante a la ortografía y al uso de puntos y comas como es debido. No sea ese maestro un mequetrefe, sino hombre que sepa el oficio, maduro, y de bien probada honestidad, y la letra que le enseñe sea por Torío, no por Iturzaeta, y nada de esto que llaman bastardilla y rasgos a la inglesa. Póngasele también preceptor que le enseñe la Geografía, y la Aritmética hasta la regla de tres no más; y de Gramática nada, que eso es estudio baldío. Désele de añadidura algún conocimiento de Historia Sagrada y profana, pero no mucho, nada más lo preciso; y el Catecismo, por de contado, con las obligaciones del buen cristiano. Escójanse pasantes graves y circunspectos, sin reparar el coste... y que no sean del estado eclesiástico. De otra clase de enseñanza, tal como baile y música, nada; que todo este recreo de mozuelas se deja fuera de la puerta del santo matrimonio».

De cuanto regalaba y disponía el buen Halconero, estas órdenes, reveladoras de un interés profundo y de un cariño intenso, fueron las que más hondamente penetraron en el alma de Lucila. Eulogia le dijo: «Dios viene a ti; Dios ha hecho de la más desamparada la más amparada; y a la más pobre la rodea de bienes, y a la más triste le pone corona de felicidades. Dale las gracias, y dile: 'Señor, hágase tu voluntad...'».

Voluntad de Dios era sin duda, y manifiesta con tales signos, no había medio de rebelarse contra ella. En la red de estos beneficios tan hermosos como delicados, se veía cogida, sin evasión posible. Ya su compromiso no podía ser condicional, ni estar sujeto a definitiva resolución en un marcado plazo, ya debía darse por prometida y aún más por otorgada... En todo Enero del año siguiente, según se decretó en la Villa del Prado, sería Lucila la señora de Halconero.

El cual anunció su viaje a Madrid para Noviembre. Dos veces había estado en Madrid durante el verano, y Lucila le miraba como uno de tantos pretendientes, del cual más distante estaba cuando más cerca le tenía. Pero cuando vino Halconero en Noviembre, ya era otra cosa. Aplicando al caso toda su buena voluntad, vio en el que ya era su presunto marido menos fealdad y desagrado que en otras ocasiones viera; vio en extraordinaria magnitud su bondad, reflejada no sólo en sus nobles actos y dichos oportunos, sino hasta en su figura... Esta no le pareció a Lucila tan rechoncha y maciza como cuando en el pueblo se ofreció por primera vez a su atención, y los cuajados ojos de D. Vicente, redondos, claros y casi siempre húmedos, revelando parentesco con ojos de peces sacados de las aguas, ya tenían cierto brillo y aun vislumbres de gracia, efecto sin duda del amor, que en el alma escondida tras ellos había hecho su nido. En suma, que aunque el noble espíritu de D. Vicente se hallaba prisionero dentro de una gordura que iba en camino de la obesidad, Lucila no le encontraba absolutamente despojado de gallardía. Cierto que era una gallardía muy relativa, y casi casi puramente convencional. Halconero tenía la cabeza blanca, el rostro encendido, redondo, afeitado, la dentadura sana, los labios sensuales, la nariz aguileña, la frente despejada, y el ánimo, en fin, pacífico, amoroso, propenso a los arrebatos de ternura, así como el entendimiento claro, aunque tirando a lo imaginativo. Lucila vio en él un marido del tipo paternal, y creyó firmemente que reinaría en su corazón por la bondad y el tutelar cariño.