Los duendes de la camarilla : 5

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-Aunque usted se enfade, aunque usted me pegue -contestó Lucila sacando las palabras del seno de su intensa amargura-, le digo... Domiciana, le digo que no he venido por la limosna que suele darme, para un día, o para tres... Ya sé que eso, su buen corazón no me lo niega... Domiciana, no vengo a eso... Pégueme, Domiciana, pero... yo le digo que estoy atribuladísima... Un miedo horrible, un presentimiento... Imposible guardar mucho tiempo más el escondite de Tolomín... Siento los pasos de la maldita policía... los siento aquí, en mi corazón... ¡pum, pum!... ya vienen... y si cogen al pobre Tolomín, yo, Domiciana... yo... Nada; pasará una de estas tres cosas: o me muero, o me mato... o mato a alguien. Créalo usted: soy una leona; pero una leona... Figúrese una madre a la que le quitan su hijo, un niño chiquitín... Pues Tolomé perseguido, condenado a muerte, herido y enfermo, es para mí como una criatura... Hasta me parece que le he dado la vida... Y se la doy, sí: yo me hago cuenta de que se muere todos los días, y que lo resucito con mis cuidados, con mis ternuras, y con este afán grandísimo de que viva y se salve... Domiciana, se lo digo a usted aunque me pegue. Se me ha ocurrido sacar a Tolomé de Madrid, ponerle en salvo, huyendo con él a Portugal o a Francia. Vea usted lo que he pensado... es una gran idea... Sí, dígame que sí, Domiciana, y dígame también que me ayudará a salvarle, a salir de este infierno. Vivir como vivimos es peor que la muerte... Usted me ayudará, usted me dará lo que necesito para hacer por ese hombre desgraciado lo que haría una madre y una hija, una hermana y una esposa, porque todo eso junto soy y quiero ser yo para él.

-Válgate Dios por lo enamorada -dijo la ex-monja mirándola con seriedad, en la cual no era difícil sorprender algo de admiración-. Bueno: pues dime ahora cuál es tu plan. ¿Conoces las dificultades de una fuga semejante? Tendréis que salir disfrazados. Y el dinero para esa viajata, que habrá de ser en coche, ¿dónde está? ¿Has creído que yo podré dártelo?

-Sí que podrá... Los gastos no subirán mucho, Domiciana. Le diré mi plan para que se vaya enterando. Lo primero ha de ser comprar un burro... ¿Se ríe? Todo lo tengo muy estudiadito... Un burro necesito, porque nos disfrazaremos de gitanos. La ropa no la tengo; pero sé dónde está y lo que ha de costarme, que es bien poco.

-Realmente, tú no harás mal tipo de gitana; pero él... ¿Es muy guapo?

-Mil veces he dicho a usted que es guapísimo, Domiciana, y nunca se entera.

-¿Pelinegro?

-Sí... Pero los ojos son azules. Tiene tal hechizo en el mirar -dijo Cigüela con ingenua sinceridad descriptiva-, que no puedo explicar a usted lo que una siente cuando Tomín habla de cosas que llegan al corazón...

-Ya, ya -murmuró Domiciana perdida la mirada en el espacio, en persecución de una imagen ideal, fugitiva-. Ojos azules, color trigueño... como nuestro Señor Jesucristo... Bueno: pues te digo que no haréis Tomín y tú pareja de gitanos, y no resultando el disfraz, corréis peligro de que os sorprendan en el camino y os maten... Conozco la manera de dar a la tez el color agitanado... Para esto se emplea el sándalo rojo, mezclado con vinagre fuerte dos veces destilado, y añadiendo alumbre de roca, molido... Para lo que no hay secreto de alquimia es para trocar en negros los ojos azules... y como saques a tu hombre con ojos azules y vestido de gitano, cátate descubierta y él preso y pasado por las armas».

Desconcertada, Lucila miró a su amiga, como pidiéndole que al rebatir y desechar una solución propusiese otra.

-Más seguro será, tontuela, que le disfraces de amolador -prosiguió la exclaustrada-. ¿No me has dicho que habla francés?

-Sí: lo hablaba de niño, y aún le queda el acento. Su madre era francesa; se apellidaba Chenier. Él dice que por el nombre materno tiene la revolución en la sangre.

-Pues el habla francesa se apareja muy bien con los ojos azules, siempre que el pelo sea rubio. Aquí tengo yo la lejía para teñir de rubio los cabellos -dijo Domiciana mostrándole un frasco que contenía sustancia opaca-. Sé hacerla, y surto a dos señoras morenas que quieren ser rubias. Tomo dos libras de ceniza de sarmientos, media onza de raíz de brionia y otro tanto de azafrán de Indias; le añado una dracma de raíz de lirio, otra de flor de gordolobo, otra de estaquey amarillo; lo cuezo, lo decanto, y ya está. Lavando el pelo de Tomín seis o siete veces, se lo pondrás rubio como el oro; le afeitas para no tener que pintar la barba y bigote, y con esto y un poco de francés chapurrado, ya le tienes de perfecto amolador. Por poco precio, puedes proporcionarte la piedra de asperón y todo el aparato. Toma tu hombre unas lecciones de ese oficio, y salís por esos pueblos, él amolando y tú tocando el chiflo para pregonar la industria...

-Tomín no puede afilar por causa de la herida en la pierna -dijo Cigüela reflexiva, argumentando en contra, pero sin rechazar en absoluto la tesis amolatoria-. Gracias que se tenga en el burro, y que podamos caminar en jornadas cortas. Yo he de ir a pie, arreando... Además, los afiladores son mal mirados en los pueblos, y si diera la gente en, creer que llevamos algunos cuartos, nos haría alguna mala partida... Si él estuviera bueno, y pudiera, de pueblo en pueblo, amolar de verdad, cobrando poco, escaparíamos bien... Desde luego es mejor idea que la de agitanarnos. Pero de seguro habrá un tapadizo más seguro. Búsquelo, invéntelo, usted que discurre tan bien y tiene la cabeza fresca. La mía es un horno, y no saco de ella más que disparates».

Cambió el rostro de Domiciana, recobrando la orgullosa expresión de confianza en sí misma y de sábelo-todo. «Pues solución verdadera y segura no hay más que una, Lucila -le dijo levantándose-, y vas a saberla... Pero como la cosa es larga y tenemos que hablar mucho, bueno será que te quedes aquí toda la tarde... Ya no tienes que correr tras la pitanza, porque asegurada la tienes por mí. En pago de ella y del consejo que voy a darte para tu salvación y la de ese caballero, me ayudarás en mis tareas. Quítate el pañuelo de manta; ponte este delantal, siéntate delante de mí, coge el almirez, y entretente en moler estas dos onzas de almendras amargas, que ya están peladas, y una dosis de alcanfor, que voy a darte bien medida... Has de moler hasta que estén unidas las dos materias y formando una pasta... Yo prepararé un frasco de Leche de rosa, que me han encargado para hoy mismo... Trabajemos aquí las dos, y hablemos. Cuenta te tiene oírme, y más cuenta reflexionar en lo que me oigas».

Hizo Lucila cuanto Domiciana le ordenaba, y calló esperando la solución y consejo, no sin temor y ansiedad grandes, pues siempre que su amiga hablaba en aquella forma, era para proponer actos difíciles, si por un lado saludables, por otro dolorosos. Un rato estuvo la ex-monja trasteando junto a una credencia de la cual sacó botellas y tazas con diferentes líquidos. Después, sin hablar palabra, por tratarse de una mixtura que reclamaba toda su atención, midió diferentes porciones, ya con cucharillas, ya con cazos; coló el aceite de oliva, le añadió gotas de aceite de tártago, y cuando su labor parecía vencida en su parte más delicada, dijo a su amiga: «Esta es la Leche de rosa, que hago con todo escrúpulo y sin omitir gasto, para una señora Marquesa que la emplea como lo mejor que se conoce para la conservación de la tez. Con eso que tú mueles hago el jabón de tocador que llamamos de lady Derby, cosa rica, y por tanto un poquito cara. Te daré lección, si quieres; podrás hacer la Pasta de almendras para blanquear las manos, y el Agua de carne de ternero para calmar los picores de la piel... Con todo esto bien preparado y bien servido a los que saben y pueden pagarlo, se gana dinero, y se combate la ociosidad, que es la madre de todos los vicios...».

Hizo los últimos trasiegos, se lavó las manos, y parándose con los brazos en jarras junto a Lucila, la contempló risueña, y aprobó con monosílabos expresivos su trabajo. La infeliz moza majaba en el almirez con fe y aplicación, acompañando el movimiento de la mano con hociquitos muy monos, sin apartar del fondo del mortero su atención sostenida. «¡Qué bien va eso, Lucila! Cuando lo acabes, te pondré a majar, en distinto mortero, jibiones, ladrillo rojo y palo de Rodas con otros ingredientes, para tamizarlo y hacer Polvo de coral...».

Era Domiciana de mediana estatura, bien dotada de carnes, airosa de cuerpo, desapacible de rostro, descolorida, ojerosa, negros los ojos, la ceja fuerte y casi corrida. Si de media nariz para arriba podría su cara pretender la nota de hermosura, del mismo punto hacia abajo ganaría fácilmente el premio de fealdad por la nariz un tanto aplastada y la conformación morruda de la boca, de labio gordo tirando a belfo. No era fácil designar su edad por lo que de ella se veía: declaraba treinta y ocho años. De la vida claustral le habían quedado los ademanes y compostura señoril, en visita o ante personas extrañas, y el habla fina, correcta, en muchas ocasiones atildada. Quedábale también la costumbre de expresar su pensamiento graduando la sinceridad por dracmas y hasta por escrúpulos, según le convenía. Entre lo adquirido al reaparecer en el mundo, se notaba la asimilación de algunas voces nuevas de reciente uso social y callejero, y el cuidado de la dentadura, buena por sí y mejorada con la Lejía jabonosa y los Polvos de coral. Era un excelente muestrario de su industria. Continuaba vistiendo modestamente de negro. En visita, nunca se desmintió la monja encogida que por graves motivos de salud había tenido que volver a la casa paterna, y su conversación copiaba el prontuario de todas las muletillas de respeto para cosas y personas, así humanas como de tejas arriba. Su voz no era gangosa, sino bien timbrada y de variadas inflexiones. Lo más bello de su cuerpo eran brazos y manos.

Pues como se ha dicho, Lucila machacaba en silencio, aguardando la ansiada solución, que la maestra no quería soltar sin preámbulos. Sentose Domiciana junto a la mesa que parecía de zapatero, frente al sitio que ocupaba Lucila, y se puso a dividir en pequeñas dosis, medidas con una conchita, ciertas cantidades de polvo de rosa, de iris en polvo, de goma molida, y a guardarlas en papelillos doblados a lo boticario. Luego formó dosis más grandes de nitro, de estoraque, de clavillo y canela, midiendo con cáscaras de nuez, y cuando estaba en lo más empeñado de su trajín rompió el silencio con estas palabras, que resultaron solemnes: «Si quieres salir pronto y bien de esa terrible situación, y salvar a tu hombre y salvarte tú, en tu mano está. El camino es corto, Lucila. No hace falta más que un poco de resolución y... Fuera miedo, fuera escrúpulos. Te vas al convento, pides ver a la Madre; la Madre te recibirá gozosa; te armas de valor, le cuentas tus penas; la Madre te oye como ella sabe oír; tú lloras un poquito, naturalmente: la Madre te consuela, te anima; le dices toda la verdad, todita, Lucila: quién es ese hombre, lo que ha hecho, la crueldad con que es perseguido... y para que no se te quede nada por decir, le cuentas cómo le conociste; haces la pintura de... de... lo guapo que es, del amor que le tienes, y... Hija, como hagas esto, según yo te lo digo, ten a tu Tomín por salvado...».

Lucila estupefacta, suspensa, miraba a su amiga como si dudara de lo que oía. Los morros de Domiciana, al soltar la palabra, le hacían el efecto de una trompeta de son estridente, desgarrador.