Los hermanos Karamazov: Cuarta Parte: Libro XI

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Cuarta Parte (Libro XI)
Capítulo I: En casa de Gruchegnka
de Fiódor Dostoyevski


Aliocha se dirigió a la plaza de la Iglesia, donde vivía Gruchegnka, que aquella mañana le había enviado a Fenia para rogarle que fuera a verla lo antes posible. Aliocha supo por la sirvienta que Gruchegnka estaba agitadísima desde el día amterior.

Durante los dos meses que llevaba Mitia detenido, Aliocha había visitado con frecuencia la casa de Morozov, unas veces por impulso propio y otras atendiendo a los deseos de su hermano. Tres días después del drama, Gruchegnka cayó enferma de gravedad y hubo de guardar cama durante cinco semanas, la primera sin conocimiento.

Gruchegnka había cambiado mucho. Estaba más delgada y había perdido el color. Hasta quince días después de haberse puesto enferma no pudo salir a la calle. Para Aliocha, Gruchegnka estaba entonces más seductora. Durante sus conversaciones con ella, le encantaba que las miradas de los dos se cruzasen. Los ojos de la enferma habían cobrado un matiz de resolución, una expresión serena pero inflexible, que se manifestaba en todo su ser. Entre sus cejas había aparecido un ligero pliegue vertical que daba a su hermoso rostro una expresión reconcentrada y algo severa a primera vista. De su reciente frivolidad no quedaba el menor rastro.

Para asombro de Aliocha, Gruchegnka conservaba la alegría de siempre, a pesar de su infortunio ‑su compromiso matrimonial con un hombre al que momentos después detendrían como presunto culpable de un crimen horrendo‑ y pese también a su enfermedad y a que la condena del acusado parecía segura. De su mirada había desaparecido la altivez, para ceder su puesto a una especie de brillante dulzura a la que a veces se mezclaban maléficos resplandores. Esto ocurría cuando la asaltaba cierta inquietud, que, lejos de calmarse, se avivaba en su corazón. La causante del mal era Catalina Ivanovna, a la que Gruchegnka nombraba durante su enfermedad, en los momentos de delirio. Aliocha comprendió que la enferma estaba celosa, aunque Catalina no había visitado ni una sola vez a Mitia en la cárcel, cosa que podía haber hecho perfectamente. Todo esto ponía a Aliocha en un verdadero compromiso. Gruchegnka le confiaba todos sus problemas, cosa que no hacía con nadie, y le pedía consejo tras consejo. A veces, él no sabía qué decirle.

Aliocha llegó a casa de Gruchegnka visiblemente preocupado. Hacía media hora que la joven había vuelto de la prisión, y a él le bastó ver la prisa con que ella se levantaba a iba a su encuentro para deducir que lo estaba esperando con impaciencia.

En la mesa había una baraja y en el diván de cuero arreglado para servir de cama estaba recostado Maximov, enfermo, desfallecido, pero sonriente. Este viejo sin hogar había llegado hacía dos meses de Mokroie con Gruchegnka y no se había separado de ella desde entonces. Después del viaje sobre el barro y bajo la lluvia, se había sentado en el diván, petrificado por el frío y el miedo. Luego había dirigido a Gruchegnka una mirada silenciosa, acompañada de una sonrisa de imploración. La joven, abrumada por el pesar y por la fiebre que ya se había apoderado de ella y dominada por otras preocupaciones, no le hizo caso al principio; pero después, de pronto, le miró fijamente, y él le correspondió con un gesto de turbación y una sonrisa lastimosa. Gruchegnka llamó a Fenia y le dijo que le diera de comer. Durante todo el día, Maximov guardó una inmovilidad casi completa. Al anochecer, Fenia cerró las ventanas y preguntó a su ama:

‑¿Ha de quedarse a dormir este señor?

‑Sí ‑respondió Gruchegnka‑; hazle la cama en el diván.

Por las respuestas que recibió a sus preguntas, Gruchegnka comprendió que Maximov no tenía adónde ir.

‑El señor Kalganov, mi protector, me ha dicho francamente que no volverá a recibirme. Y me ha dado cinco rublos.

‑¡Qué le vamos a hacer! ‑exclamó Gruchegnka con una sonrisa de compasión.

Esta sonrisa conmovió al viejo, cuyos labios temblaron de emoción. Así fue como Maximov se quedó en casa de Gruchegnka en calidad de parásito. Ni siquiera durante la enfermedad de la joven dejó la casa. Fenia y su abuela ‑la cocinera‑ no lo echaron, sino que siguieron dándole de comer y haciéndole la cama en el diván. Gruchegnka se acostumbró a él, y cuando volvía de visitar a Mitia, al que había empezado a ir a ver apenas se repuso de su enfermedad, se entretenía comentando nimiedades con «Maximuchka» para olvidar sus penas. Resultó que el viejo tenía cierto talento narrativo; así que incluso llegó a no poder pasar sin él. Aparte Aliocha, cuyas visitas eran siempre breves, Gruchegnka apenas recibía a nadie. El viejo comerciante Samsonov estaba gravemente enfermo, «se iba», según la expresión que circulaba por la ciudad. Efectivamente, falleció tres días después de verse la causa contra Mitia.

Tres semanas antes de su muerte, presintiendo su próximo fin, Samsonov llamó a sus hijos, que acudieron con sus familias, y les pidió a todos que no se separasen de su lado. Seguidamente ordenó a los domésticos que no permitiesen la entrada a Gruchegnka, en caso de que se presentara con la intención de verle, y que le dijeran de su parte que le deseaba muchos años de vida feliz y que no lo olvidara por completo.

Pero Gruchegnka se limitaba a enviar casi todos los días a preguntar por él.

‑¡Al fin has llegado! ‑exclamó la joven alegremente al ver aparecer a Aliocha‑. Maximuchka me ha asustado diciéndome que no vendrías más. No te puedes figurar la falta que me haces. Siéntate. ¿Quieres café?

‑Desde luego ‑repuso Aliocha sentándose‑. Estoy hambriento.

‑¡Fenia, Fenia; café! Hace rato que está hecho... ¡Trae también empanadillas calientes...! Tengo que contarte algo sobre estas empanadillas, Aliocha. Se las he llevado a Mitia a la cárcel, y las ha rechazado. Incluso ha pisoteado una. Yo le he dicho: « Se las dejo a tu guardián. Si no las aceptas, habrás de alimentarte de tu maldad.» Luego me he marchado. Una vez más hemos reñido: cada visita una riña.

Gruchegnka hablaba con agitación. Maximov bajó los ojos, sonriendo tímidamente.

‑¿Pero cuál ha sido la causa de la riña de hoy? ‑preguntó Aliocha.

‑Algo completamente inesperado para mí. ¡Está celoso de mi primer amor! Me ha dicho que no sabe por qué he de alimentarlo, de gastar dinero con él. ¡Siempre está celoso! La semana pasada lo estuvo hasta de Kuzma.

‑Pero mi hermano conoce al polaco.

‑Claro que lo conoce. Está enterado de nuestras relaciones desde el principio. Hoy me ha insultado. Me da vergüenza repetir sus palabras. ¡El muy imbécil! Rakitka se marchaba cuando yo he llegado. Él debe de haber sido el causante de su excitación. ¿No lo crees también tú?

‑Te ama y ha perdido el dominio de sus nervios.

‑¿Cómo podía conservarlo sabiendo que lo van a juzgar mañana? Precisamente he ido a darle ánimos. Pues lo confieso, Aliocha, que me aterra pensar lo que mañana puede ocurrir. Dices que está nervioso. ¡También lo estoy yo! ¡Pensar en el polaco! ¡Qué imbecilidad! ¡Menos mal que Maximuchka no tiene celos!

‑También mi mujer estaba celosa ‑observó Maximov.

Gruchegnka se echó a reír sin poder contenerse.

‑¿Celosa de ti? ¿Y de quién tenía celos?

‑De las sirvientas.

‑¡Calla, Maximuchka! No tengo humor para bromas. Y no mires las empanadillas: te podrían sentar mal. Mi casa se ha convertido en un hospital.

Gruchegnka dijo esto sonriendo. Maximov lloriqueó:

‑No merezco sus cuidados; soy un ser insignificante. Dedique sus atenciones a quien pueda serle más necesario que yo.

‑¡Calla, Maximuchka! ¡Todos somos necesarios! Pero es muy dificil saber quién lo es más y quién lo es menos. ¡Si no existiera ese polaco...! También él dice que hoy está enfermo. He ido a visitarlo. Le mandaré empanadillas. Nunca lo había hecho, pero ya que Mitia me ha acusado de hacerlo, lo haré. Aquí viene Fenia con una carta. Será de los polacos; volverán a pedirme dinero.

Era el pan Musalowizc, en efecto, el que le escribía. En una larga y ampulosa carta le rogaba que le prestase tres rublos. Con la carta le enviaba un recibo en el que se comprometía a devolver en el plazo de tres meses la cantidad solicitada. El pan Wrublewski firmaba también. Gruchegnka había recibido ya de Musalowizc muchas cartas con reconocimientos de deuda semejante. Las peticiones habían empezado hacía dos semanas, al iniciarse la convalecencia de Gruchegnka. Ésta sabía que los dos panowie se habían presentado en la casa para preguntar por ella durante su enfermedad. La primera carta fue escrita en una hoja de gran tamaño y en ella figuraba un sello familiar. Era larga y prolija. Gruchegnka sólo leyó la mitad y la tiró sin haberla comprendido. Acabó por reirse de estas cartas. A la primera siguió otra un día después, en la que el pan Musalowizc pedía un préstamo de dos mil rublos. Gruchegnka la dejó, como la anterior, sin respuesta. A continuación recibió una serie de misivas en las que la suma solicitada iba disminuyendo gradualmente. De cien rublos bajó a veinticinco, y de veinticinco a diez. Finalmente, Gruchegnka recibió una carta en la que los panowie mendigaban un rublo y le enviaban un recibo firmado por los dos. La joven se compadeció de pronto y, al atardecer, fue a casa de los polacos. Los encontró en la más negra miseria: hambrientos, sin fuego, sin tabaco y en deuda con la patrona. Los doscientos rublos ganados a Mitia se habían esfumado rápidamente. Sin embargo, Gruchegnka fue recibida por los panowie ‑cosa que le sorprendió, como es natural‑ con gentil arrogancia. Esto le hizo gracia. Dio diez rublos a su «ex amor» y, entre risas, se lo contó todo a Mitia, que no demostró ni sombra de celos. Desde entonces, los panowie no dieron tregua a Gruchegnka: la bombardearon a diario con sus demandas de dinero, y ella siempre les enviaba algo. Y he aquí que, inesperadamente, Mitia se había mostrado ferozmente celoso.

Gruchegnka continuó, trivial y voluble:

‑Como una tonta, he pasado por casa de Musalowizc al saber que estaba enfermo, y luego se lo he contado entre risas a Mitia. «Mi polaco ‑le he dicho‑ me ha cantado, acompañándose con la guitarra, las mismas canciones que me cantaba en otro tiempo. Por lo visto, quería enternecerme.» Y entonces Mitia ha empezado a insultarme... Por eso voy a mandar ahora mismo empanadillas a los polacos... Fenia, da tres rublos a la muchacha que han enviado y entrégale también una docena de empanadillas envueltas en un papel. Y tú, Aliocha, ya le contarás esto a Mitia.

‑¡Eso nunca! ‑dijo Aliocha sonriendo.

‑¿Crees que le importa? ‑exclamó Gruchegnka, amargada‑. Se finge celoso, pero en el fondo se burla de mí.

‑¿De modo que sus celos te parecen una ficción?

‑¡Pues claro! ¡Qué ingenuo eres, Aliocha! Con todo tu talento, no comprendes nada. Sus celos no me ofenderían; lo que me ofende es que no los tenga. Yo soy así. Admito los celos, porque yo misma soy celosa. Lo que me molesta es que no me ame y, sin embargo, quiera darme celos. ¿Crees que soy ciega? No hace más que alabar a Katia en mi presencia: que si ha hecho venir de Moscú a un especialista famoso, que si ha llamado al mejor abogado de Petersburgo para que lo defienda... Estos elogios en mi presencia demuestran que la ama. Se siente culpable ante mí y se anticipa a acusarme para ocultar su culpa. «Has tenido relaciones con el polaco antes que conmigo. Por lo tanto, bien puedo tenerlas yo ahora con Katia.» No es más que esto. Quiere echar toda la culpa sobre mí. Por eso me insulta. Y yo...

No pudo continuar. Se llevó el pañuelo a los ojos y se echó a llorar.

‑Mitia no quiere a Catalina Ivanovna ‑dijo Aliocha firmemente.

‑Pronto sabré si la quiere o no ‑replicó Gruchegnka con voz amenazadora.

Su rostro se transfiguró. Ante su gesto de sombría indignación, Aliocha se sintió profundamente apenado.

‑¡No más tonterías! ‑exclamó Gruchegnka de pronto‑. No te he hecho venir para que soportes mis lágrimas. ¿Qué pasará mañana, mi querido Aliocha? Esto es lo que me inquieta. Estoy sola. Los demás no piensan en el juicio de Mitia: no les interesa. Pero a ti si que debe interesarte. ¿Cuál será el resultado, Señor? El asesino es ese lacayo. ¿Es posible que se permita condenar a Mitia, que nadie salga en su defensa? ¿Se ha pensado en Smerdiakov?

‑Lo han interrogado largamente, y todos han llegado a la conclusión de que no es el culpable. Desde que tuvo los últimos ataques está gravemente enfermo.

‑¡Dios mío! Debes ir a ver al abogado a informarlo de todo. Creo que ha costado tres mil rublos hacerlo venir de Petersburgo.

‑Sí, eso se le ha pagado. Entre Iván, Catalina Ivanovna y yo hemos reunido los tres mil rublos. Al especialista lo ha hecho venir Katia por su exclusiva cuenta, lo que le ha supuesto un gasto de dos mil rublos. El abogado, Fetiukovitch, habría pedido más si este asunto no se hubiera divulgado por toda Rusia; ha aceptado más por la gloria que por el dinero. Ayer fui a visitarlo.

‑¡Ah!, ¿sí? ¿Y qué te dijo?

‑Me escuchó en silencio. Luego me hizo saber que ya tiene formada su propia opinión, pero me prometió que tendría en cuenta cuanto le había dicho.

‑¡Que tendría en cuenta! ¡Qué cretinos! Perderán a tu hermano. ¿Para qué ha traído Katia al especialista?

‑Para que intervenga como perito. Pretenden demostrar ‑Aliocha sonrió tristemente‑ que Mitia está loco y que cometió el crimen en un ataque de demencia. Pero mi hermano no aceptará esta solución.

‑Eso podría admitirse si fuera él el asesino. Tu hermano estaba loco entonces, completamente loco... ¡Y todo por culpa mía! ¡Soy una infame!... Pero Mitia no es el asesino aunque todo el mundo lo crea. Incluso Fenia ha hecho una declaración que parece presentar a tu hermano como culpable. Y también le acusan los de la tienda, y ese funcionario, y los clientes de la taberna, que fueron los primeros en oír sus bravatas.

‑Sí ‑dijo Aliocha, amargado‑. Las declaraciones adversas son numerosas.

‑Y Grigori Vasilitch insiste en que la puerta estaba abierta y afirma que la vio. No hay medio de sacarlo de su ofuscación. He ido a hablar con él, a incluso me ha insultado.

‑Ciertamente, esa declaración es la que más perjudica a mi hermano ‑dijo Aliocha.

‑Yo creo que Mitia está verdaderamente trastornado ‑declaró Gruchegnka, preocupada y en un tono misterioso‑. Hace tiempo que quería decirtelo, Aliocha. Voy a verlo todos los días y esto desconcertada. Dime qué te parece a ti, qué significan esas cosa raras que ahora dice y repite. Al principio creí que se trataba d algo profundo y que estaba fuera de mis alcances, pero hoy ha sido distinto: me ha hablado de un «pequeñuelo». «¿Por qué es pobre esa criaturita? Por ella voy a ir a Siberia. Yo no he matado a nadie pero es preciso que vaya a Siberia.» ¿A qué criaturita se refiere. ¿Qué habrá querido decir? No he comprendido absolutament nada. Me he echado a llorar, y él ha llorado conmigo. Hemos llora do los dos, y él me ha besado y hecho sobre mí la señal de la cruz ¿Qué significa esto, Aliocha? ¿Quién es esa «criaturita»?

‑Rakitine lo visita casi a diario ‑dijo Aliocha sonriendo. Pero esto no es cosa de Rakitine. Ayer no fui a ver a Mitia. Iré hoy.

‑El que lo trastorna no es Rakitka, sino Iván Fiodorovitch Ha ido a visitarlo y...

Gruchegnka enmudeció repentinamente. Aliocha la miró, sorprendido.

‑¿Cómo? ¿Iván va a verlo? Mitia me ha dicho que no lo ha visto ni una sola vez.

‑¡Qué tonta soy! ‑exclamó Gruchegnka, enrojeciendo‑. Se me ha ido la lengua... En fin, Aliocha, ya que he empezado, te lo voy a contar todo. Iván ha ido dos veces a verle; la primera, apenas volvió de Moscú, y la segunda, hace ocho días. Lo ha visitado a escondidas y ha prohibido a Mitia que te lo dijera.

Aliocha estuvo un momento pensativo. La noticia lo había impresionado profundamente.

‑Iván no me ha dicho nada de Mitia. Bien es verdad que hablo poco con él. Cuando iba a verlo, tenía la impresión de que no me recibía a gusto; por eso no he ido a visitarlo desde hace tres semanas... ¿Dices que lo ha visto hace ocho días?... Pues hace precisamente una semana que Mitia ha cambiado.

‑Sí ‑dijo con vehemencia Gruchegnka‑. Tienen un secreto Mitia me lo ha dicho. Es un secreto que lo atormenta. Antes estaba siempre contento. Ahora sigue estándolo, pero cuando empieza mover la cabeza, a ir de un lado a otro, a retorcerse el pelo de la sienes, puedo decir con toda seguridad que está agitado. Por otra parte, incluso hoy estaba a ratos contento.

‑¿Has dicho que a veces está agitado?

‑Sí; unas veces agitado y otras contento. Francamente, Aliocha, tu hermano me sorprende. Sabiendo lo que le espera, se echa reír a veces por cualquier minucia. Se diría que es un niño.

‑¿De modo que te ha prohibido hablar con Iván?

‑Sí, pero a quien teme Mitia es a ti. Tienen un secreto: él mismo me lo ha dicho... Aliocha, mi querido Aliocha: procura saber qué secreto es ése y ven a decírmelo, para que yo conozca mi maldita suerte. Para eso lo he llamado.

‑¿Crees que ese secreto te afecta? Si fuera así, no te habría hablado de él.

‑Acaso no se atreve a decírmelo, y tampoco quiere dejar de advertirme. Lo cierto es que tiene un secreto.

‑En resumen, ¿tú qué opinas?

‑Yo creo que todo ha terminado para mi. Tres personas se han aliado en contra de mí. Katia forma parte del complot; es el elemento principal. Mitia me previene con alusiones. Piensa abandonarme: éste es el secreto. Mis tres enemigos son Mitia, Katia a Iván Fiodorovitch. Hace ocho días, Mitia me dijo que Iván está enamorado de Katia y que por eso va con tanta frecuencia a su casa. ¿Es esto verdad, Aliocha? Contéstame con franqueza.

‑Iván no ama a Catalina Ivanovna. Créeme; nunca te engañaré.

‑Eso mismo pensé yo en seguida. Mitia miente descaradamente. Y se muestra celoso para poder acusarme cuando llegue el momento. Pero es demasiado imbécil, y también demasiado franco, para saber disimular... ¡Me las pagará!.. «¡Crees que yo soy el asesino!» Hasta esto se atreve a reprocharme. ¡Que Dios lo perdone! Esa Katia se las verá conmigo ante los jueces. ¡Lo contaré todo! ¡No me callaré nada!

Se echó a llorar.

‑Lo que te puedo asegurar, Gruchegnka ‑dijo Aliocha levantándose‑, es que Mitia te ama más que a nada en el mundo. Y te ama sólo a ti. Puedes creerme; estoy completamente seguro. Y ahora te advierto que no trataré de arrancarle su secreto, y, si él me lo revela, le diré que te he prometido ponerte al corriente a ti. En este caso, volveré hoy mismo para informarte. Me parece que Catalina Ivanovna no tiene ninguna relación con este asunto; el secreto debe de referirse a otra cosa. Ya veremos. Adiós.

Aliocha le estrechó la mano. Gruchegnka seguía llorando. Aliocha advirtió que su amiga no creía en sus palabras de consuelo, pero lo cierto era que había conseguido aliviarla con su efusiva sinceridad. Le daba pena dejarla en aquel estado, pero se le hacía tarde: tenía aún muchas cosas que hacer.


Capítulo II: El pie hinchado
de Fiódor Dostoyevski


Aliocha quería ir primero a casa de la señora de Khokhlakov y terminar cuanto antes para no retrasar demasiado su visita a Mitia. La señora de Khokhlakov estaba indispuesta desde hacía una semana. Tenía un pie hinchado y, si bien no guardaba cama, pasaba el día en su gabinete, echada en una meridiana, envuelta en una elegante pero decorosa bata casera. Aliocha había observado, con una sonrisa inocente, que la señora de Khokhlakov coqueteaba, a pesar de su enfermedad: lucía lazos, cintas y otros vistosos adornos. Desde hacía dos meses, el joven Perkhotine la visitaba con frecuencia. Aliocha no había ido a verla desde hacía cuatro días. Al llegar se dirigió a las habitaciones de Lise, que el día anterior había enviado a decirle que fuera a verla sin pérdida de tiempo para tratar de un «asunto de gran importancia». Esta visita interesaba a Aliocha por ciertas razones. Pero mientras la doncella iba a anunciarlo, la señora de Khokhlakov, enterada de su llegada, lo requirió «sólo para un minuto». Aliocha consideró que lo mejor era atender en seguida a la madre, ya que, de lo contrario, estaría mandándole recados a cada momento. Tendida en la meridiana, vestida como para una fiesta, daba muestras de viva agitación. Acogió a Aliocha con gritos de entusiasmo.

‑¡Hace un siglo que no lo veo! ¡Una semana entera! ¡Ah! Sé que vino usted hace cuatro días, el miércoles pasado. Ahora va usted a ver a Lise. Estoy segura de que habrá entrado de puntillas para que yo no le oyese. ¡Si supiera usted lo inquieta que estoy por ella, mi querido Alexei Fiodorovitch! Esto es lo principal, pero ya hablaremos de ello después. Le confío enteramente a mi Lise. Desaparecido el starets Zósimo, que descanse en paz ‑y se santiguó‑, usted es para mí un asceta, aunque le sienta muy bien su nueva ropa. ¿Cómo ha podido encontrar un sastre tan bueno en nuestra localidad? Ya hablaremos de esto después; es un asunto sin importancia. Perdóneme que me permita llámarlo de vez en cuando, Aliocha. A una vieja como yo, todo se le puede consentir.

Sonrió, coqueta, y continuó:

‑Pero dejemos también esto para después. Lo que más me interesa es no olvidarme de lo principal. Le ruego que me avise si divago. Desde el momento en que Lise ha retirado su promesa..., una promesa infantil, Alexei Fiodorovitch..., de casarse con usted, habrá comprendido que su palabra fue un capricho de muchacha enferma, de jovencita que ha permanecido largo tiempo en un sillón. Gracias a Dios, ahora ya puede andar. El nuevo médico que Katia ha hecho venir de Moscú para el asunto de su infortunado hermano, al que mañana... ¿Qué pasará mañana? Sólo de pensarlo, me siento morir. Sobre todo, de curiosidad... El caso es que ese doctor vino ayer a ver a Lise... Le pagué cincuenta rublos por la visita. Pero esto no importa ahora. Como ve, me he armado un lío. No sé por qué he de apresurarme. Ya no me acuerdo de dónde estaba. Lo veo todo como una enredada madeja. Temo enojarlo y que usted se vaya. No hablo con nadie más que con usted... ¿Dónde tengo la cabeza, Dios santo? Ante todo, hemos de tomar café. ¡Trae café, Julia!

Aliocha se apresuró a darle las gracias y a decirle que acababa de tomarlo.

‑¿Dónde?

‑En casa de Agrafena Alejandrovna.

‑¿Ha tomado café con esa mujer? Ella es la causante de todo. Bien es verdad que he oído decir que su conducta actual es irreprochable; pero ya es un poco tarde. Esa conducta debió seguirla antes, cuando pudo serle de provecho. Ahora ya no le sirve para nada. Cállese, Alexei Fiodorovitch, pues tengo tantas cosas que decirle, que acabaré no diciendo ninguna... ¡Ese horrible proceso!... Yo iré sin falta; estoy dispuesta. Me llevarán en un sillón; puedo estar sentada. Ya sabe que estoy citada como testigo. ¿Qué diré? Lo ignoro. Hay que prestar juramento, ¿verdad?

‑Sí, pero me parece que no podrá usted ir.

‑Ya le he dicho que puedo estar sentada. ¡Oh, usted me aturde! Ese proceso, ese acto salvaje, esas personas que se van a Siberia, esas otras que se casan... ¡Y todo de prisa, de prisa! Y al fin todo el mundo envejece y mira hacia la tumba... ¡Ay, qué fatigada me siento! Esa Katia, cette charmante personne, me ha decepcionado. Se marchará con uno de sus hermanos a Siberia; el otro la seguirá y se instalará en la ciudad más próxima. Y todos ellos se amargarán la vida mutuamente. Todo esto me tiene trastornada. Pero lo que más me preocupa es la publicidad que se le ha dado. Se ha hablado del asunto miles de veces en los periódicos de Petersburgo y Moscú. E incluso se ha mezclado mi nombre con el de los protagonistas del suceso. Se ha dicho que yo era... una «buena amiga» de su hermano..., y digo «buena amiga» para no repetir el vil calificativo que se me ha aplicado.

‑¡Es increíble! ¿Dónde se ha publicado eso?

‑Lo va usted a ver. Ha aparecido en un periódico de Petersburgo que recibí ayer. Se titula Sloukhi, Rumores... Estos Rumores empezaron a publicarse hace meses. Como a mi me encanta la murmuración, me suscribí. Y ya lo ve: he quedado bien servida de rumores... Mire; aquí lo tiene; lea...

Entregó a Aliocha un periódico que sacó de debajo de la almohada.

La señora de Khokhlakov no estaba indignada, sino abatida. Como ella misma había dicho, en su cerebro reinaba la más completa confusión. El suelto era un buen ejemplo de murmuración periodística, y se comprendía que la hubiera impresionado. Pero, afortunadamente, en aquel momento era incapaz de concentrarse en nada; podía incluso olvidarse del periódico y pasar a otra cosa.

Aliocha estaba al corriente desde hacía tiempo de la resonancia que había adquirido el asunto en toda Rusia, y sólo Dios sabe las noticias imaginarias que, entre otras verídicas, había tenido ocasión de leer en los dos meses últimos sobre su hermano, sobre todos los Karamazov y acerca de él mismo. Un periódico incluso llegó a decir que Aliocha, aterrado por el crimen de su hermano, se había recluido en un convento. Otro desmentía este rumor y afirmaba que, en alianza con el starets Zósimo, había fracturado la caja del monasterio, tras lo cual se había dado a la fuga.

El suelto publicado en Sloukhi se titulaba: «Noticias de Skotoprigonievsk (éste es el nombre, que hemos ocultado hasta ahora, de la localidad en cuestión) sobre el proceso Karamazov.» La noticia era breve y el nombre de la señora de Khokhlakov no figuraba en ella. Se decía simplemente que el criminal al que se estaba a punto de juzgar con tanta ceremonia era un capitán retirado, insolente, holgazán y partidario de la esclavitud; que tenía enredos amorosos y contaba con la influencia de « ciertas damas a las que pesaba su soledad». Una de ellas, «viuda abrumada por el tedio» y que pretendía ser joven aunque tenía una hija mayor se había encaprichado de él hasta el extremo de ofrecerle, dos horas antes del crimen, tres mil rublos para partir en su compañía hacia las minas de oro. Pero el desalmado había preferido procurarse los tres mil rublos matando a su padre ‑contaba con la impunidad‑ que pasear por Siberia los encantos cuadragenarios de la dama. El alegre suelto terminaba, ¿cómo no?, con palabras de noble indignación contra la inmoralidad del parricida y de la servidumbre. Después de haber leído la noticia atentamente, Aliocha dobló el periódico y se lo devolvió a la señora de Khokhlakov.

‑Como usted ve ‑dijo la dama‑, el corresponsal se refiere a mí. En efecto, poco antes del crimen le aconsejé que se fuera a las minas de oro. ¿Pero quiere esto decir que le ofreciera mis «encantos cuadragenarios», como afirma ese informador? ¡Que el Juez Soberano le perdone esta calumnia como se la perdono yo! ¿Pero sabe usted de dónde ha salido todo esto? De su amigo Rakitine.

‑Es posible ‑convino Aliocha‑. Pero yo no he oído decir nada sobre ello.

‑No me cabe duda de que todo ha sido cosa suya. Por algo le eché de mi casa. ¿Está usted enterado de esto?

‑Sé que usted rogó que dejara de visitarla, pero los motivos exactos los ignoro. Por lo menos, no los sé por usted.

‑Entonces, lo sabe por él. Por lo visto, va hablando mal de mí.

‑En efecto; pero hay que tener en cuenta que él habla mal de todo el mundo. Rakitine no me ha dicho por qué lo echó usted de casa. Hablo con él raras veces. No somos amigos.

‑Bien. Se lo voy a contar todo. Hay un punto sobre el que estoy arrepentida, porque me siento culpable. ¡Claro que es un detalle insignificante!

La señora de Khokhlakov adoptó un aire juvenil y dejó escapar una sonrisa enigmática.

‑Yo sospecho que... Le advierto que le hablo como una madre... No, no; todo lo contrario: le hablo como una hija, pues una madre no pinta nada aquí... Mejor dicho, le hablo como le hablaría al starets Zósimo en confesión. La comparación es exacta, ya que acabo de llamarle asceta... Pues bien, he aquí que ese pobre muchacho... ¡Ah, no puedo enojarme con él!... En fin, en una palabra, ese atolondrado creyó..., por lo menos así me parece..., enamorarse de mí. Yo no me di cuenta de ello hasta algún tiempo después, hasta hace un mes aproximadamente. Entonces fue cuando empezó a visitarme con frecuencia. Antes ya nos conocíamos. Total, que yo no sospechaba nada, y de pronto tuve como un relámpago de clarividencia... Ya sabe usted que hace unos dos meses empecé a recibir en mi casa a Piotr Ilitch Perkhotine, ese hombre joven, cortés y modesto que es funcionario y desempeña su cargo en nuestra localidad. Usted se ha encontrado con él más de una vez. ¿Verdad que es un hombre inteligente y que va siempre bien vestido? A mí me encanta la juventud, Aliocha, cuando en ella se reúnen las dos cualidades de talento y modestia, como en usted... Perkhotine es poco menos que un hombre de Estado; hay que ver cómo habla. Lo recomendaría a cualquiera sin vacilar. Es un futuro diplomático. Aquel fatídico día casi me salvó la vida al venir a verme por la noche. En cambio, Rakitine va siempre arrastrando sus pesados zapatos por las alfombras... Bueno, el caso es que un día empezó a hacer ciertas alusiones. Una vez, mientras charlábamos, me apretó la mano con fuerza. Desde entonces tengo el pie malo. Ya se había encontrado con Piotr Ilitch én mi casa, y siempre, no sé por qué, sin motivo alguno, hablaba mal de él, lo censuraba implacablemente. Yo me limitaba a observarlos a los dos, riendo para mis adentros y preguntándome cómo terminaría la cosa. Un día en que me hallaba sola, más que sentada, echada, Mikhail Ivanovitch vino a verme, ¿y sabe usted lo que me trajo? Unos versos. Eran muy cortos y se referían a la enfermedad de mi pie. Escuche... ¿Cómo eran?... Me parece que...

»Ese piececito encantador está un poco hinchado...

»o algo parecido. No me acuerdo bien. Los tengo allí; ya se los enseñaré. Son muy bonitos. No hablan de mi pie solamente. Son muy decentes y tienen un algo delicioso que en este momento no recuerdo. En fin, que son dignos de figurar en un álbum. Naturalmente, le di las gracias, y él se sintió halagado. Aún no había terminado de dárselas, cuando entró Piotr Ilitch. Mikhail Ivanovitch se puso tan sombrío como la noche. Adverti que Piotr Ilitch le molestaba. Mikhail Ivanovitch quería decirme algo, no cabía duda, después de leerme los versos..., sí, lo presentí, y he aquí que en ese momento entra Piotr Ilitch. Yo mostré a éste los versos sin decir de quién eran, pero él lo supuso en el acto, estoy segura, aunque lo ha negado siempre. Piotr Ilitch se echó a reír y empezó a criticar. Los versos eran malos; parecían escritos por un seminarista audaz. Entonces su amigo, en vez de echarse a reír, se encolerizó. ¡Dios mío, creí que iban a llegar a las manos!

»‑Son míos ‑dijo el autor‑. Los he escrito por puro entretenimiento, pues a mí me parece ridículo escribir versos... Pero éstos son buenos. Se quiere levantar una estatua a Pushkin por haber cantado los pies de las mujeres. Mis versos tienen un matiz moral. Usted, en cambio, no es más que un reaccionario, un ser refractario al progreso de la humanidad, ajeno a la evolución de las ideas, un burócrata que toma propinas.

»Entonces yo empecé a gritar, a suplicarles que se reportaran. Piotr Ilitch, bien lo sabe usted, no es un hombre asustadizo. Adoptó una actitud digna, lo miró irónicamente y le presentó excusas.

»‑Ignoraba que fuera usted el autor ‑le dijo‑. De lo contrario, me habría expresado de otro modo: habría alabado sus versos. Sé que los poetas son personas irascibles.

»En resumen, ironías expresadas con toda seriedad. Él mismo me confesó más tarde que ironizaba, pero yo me dejé engañar. Entonces yo estaba echada como estoy ahora y pensaba: “¿Debo poner en la calle a Mikhail Ivanovitch por las palabras groseras que , ha dirigido a un amigo mío en mi casa?” Puede creerme: estaba echada, con los ojos cerrados y sin conseguir tomar una decisión. Estaba desesperada, mi corazón latía con violencia. ¿Debía gritar o no debía gritar? Una voz me decía: “Grita.” Y otra me aconsejaba: “No grites.” Apenas oí esta segunda voz, empecé a gritar. Después perdí el conocimiento. Naturalmente, fue una escena espantosa. De pronto me levanté y dije a Mikhail Ivanovitch:

»‑Lo lamento mucho, pero no quiero volver a verlo en mi casa.

»Éstas fueron las palabras con que lo puse en la calle. ¡Oh, Alexei Fiodorovitch! Sé muy bien que obré mal. Mentí: yo no estaba enojada contra él. Le despedí porque me pareció que la escena era muy apropiada a la situación... Desde luego, fue una escena muy natural, pues yo lloraba de veras, a incluso estuve varios días llorando. Al fin, un día después del desayuno me olvidé de todo. Hacía dos semanas que su amigo había dejado de visitarme. Yo me preguntaba: “¿Será posible que no vuelve más?” Esto fue ayer. Y he aquí que ayer mismo, por la tarde, recibí este ejemplar de Rumores. Lo leí y me quedé boquiabierta. ¿De dónde habría salido la noticia?... ¡De él! Apenas volvió a su casa, escribió esto y lo mandó al periódico. Reconozco que hablo atolondradamente, Aliocha; pero no lo puedo remediar...

‑Se me va a hacer tarde para ir a ver a mi hermano ‑balbució Aliocha.

‑Eso me recuerda una pregunta que quería hacerle. Dígame: ¿qué es la obsesión?

‑¿A qué obsesión se refiere? ‑preguntó Aliocha, sorprendido.

‑A la obsesión judicial, esa obsesión que da lugar a que todo se perdone. Cualquiera que sea el delito que uno comete, se le perdona.

‑¿Por qué me hace esa pregunta?

‑Se lo explicaré. Esa Katia es una criatura encantadora, pero ignoro de quién está enamorada. Estuvo aquí el otro día y no lo pude averiguar. Se limita a hablar en términos generales y especialmente de mi salud. Incluso adopta cierto tonillo afectado. Y yo me he dicho: «¡Alabado sea Dios!»... Bueno, volvamos a la obsesión. Ya sabe que ha venido de Moscú un doctor. Tiene que saberlo, puesto que lo ha traído usted... No, no: lo ha traído Katia. ¡Ah, siempre esa Katia! Bueno, a lo que íbamos. Un hombre es normal, pero de pronto sufre una obsesión; su lucidez era completa, se daba perfecta cuenta de sus actos, pero sufre una obsesión. Pues bien, esto es seguramente lo que le ha ocurrido a Dmitri Fiodorovitch. Es un descubrimiento y una ventaja de la nueva justicia. Ese doctor vino a visitarme y me hizo una serie de preguntas relacionadas con la noche fatídica, o sea sobre las minas de oro. «¿Cómo estaba entonces el acusado?» Yo le dije que no cabía duda de que estaba bajo los efectos de una obsesión. Esto era seguro, pues gritaba: « ¡Quiero dinero, quiero dinero! ¡Déme tres mil rublos!» Y después se marchó y cometió el asesinato. « ¡No quiero matar! ¡No quiero matar!», decía. Y, sin embargo, mató. Pero, aunque tratara, se le perdonará por su deseo de no matar.

‑Es que él no mató ‑replicó en el acto Aliocha, cuya agitación a impaciencia iban en aumento.

‑Ya lo sé. El asesino fue el viejo Grigori.

‑¿Grigori?

‑Sí, fue Grigori. Estuvo un rato sin conocimiento a causa del golpe que le propinó Dmitri Fiodorovitch.

‑¿Pero por qué?

‑Obró bajo el imperativo de una obsesión. Al volver en sí después de haber recibido el golpe en la cabeza, la obsesión le impulsó a cometer el crimen. Él dice que no lo cometió, pero puede ser que lo cometiera y no se acuerde... Pero, bien mirado, sería preferible que lo hubiera cometido Dmitri Fiodorovitch... Sí, aunque estoy acusando a Grigori, seguramente fue Dmitri el autor del delito, y esto es mejor, mucho mejor. Esto no quiere decir que yo apruebe que los hijos maten a sus padres. Por el contrario, creo que los hijos deben respetar a los autores de sus días. Pero es preferible que el culpable sea Dmitri, ya que en este caso no tendrá usted que preocuparse, puesto que habrá cometido el crimen inconscientemente, o tal vez conscientemente, pero sin saber por qué razón... Se le debe absolver, sería un acto humanitario, un ejemplo de los beneficios que se desprenden de la nueva justicia. Yo no sabía nada de esto. Me han dicho que es cosa antigua, pero yo no me enteré hasta ayer. Y me sentí tan impresionada, que de buena gana habría enviado en su busca en seguida. Si se le absuelve, lo invitaré a comer sin pérdida de tiempo, invitaré también a todas mis amistades y beberemos a la salud de los nuevos jueces. No creo que Dmitri sea peligroso; además, seremos tantos, que se le podría meter en cintura fácilmente si intentara cometer alguna locura. Andando el tiempo, podrá ser juez de paz o algo parecido, ya que los mejores magistrados son aquellos que han sufrido adversidades. El caso es que hoy en día no hay nadie que no tenga obsesiones. Las tiene usted, las tengo yo, y tantos y tantos otros... Un individuo se dispone a cantar una canción. De pronto, ve algo que lo enoja, empuña una pistola y mata al primero que llega. A este individuo se le absuelve. Lo he leído hace poco, y todos los doctores lo han confirmado. Ahora lo confirman todo. También Lise tiene obsesiones. Me hizo llorar ayer y anteayer. Hoy he comprendido que todo se debía a una simple obsesión... ¡Oh! Lise me preocupa mucho. A veces creo que ha perdido la razón. ¿Para qué le ha hecho venir? ¿O acaso ha venido por propia iniciativa?

‑Lise me ha llamado y voy a ver qué quiere ‑dijo Aliocha resueltamente y poniéndose en pie.

La señora de Khokhlakov se echó a llorar.

‑Hemos llegado al punto principal, mi querido Alexei Fiodorovitch. Bien sabe Dios que le confío sinceramente a Lise, y no me importa que le haya llamado a usted sin decírmelo. En cambio, a su hermano Iván..., usted me perdonará, pero no puedo confiarle así a mi hija, aunque lo considero como un ejemplo de caballerosidad entre los jóvenes de hoy. ¿Sabe usted que vino a ver a Lise sin que yo me enterase?

‑¿Es posible? ¿Cuándo? ‑exclamó Aliocha, estupefacto.

‑Se lo voy a contar todo. Aunque no me acuerdo bien, creo que por esto le he hecho venir. Iván Fiodorovitch me había visitado dos veces desde que llegó de Moscú. Primero vino simplemente para saludarme. La segunda visita ha sido reciente. Katia estaba aqui y él lo supo. Le advierto que yo no deseaba ver en mi casa con frecuencia a un hombre que tiene tan graves problemas con su hermano, vous comprenez, cette affaire et la mort terrible de votre papa. Pero, de pronto, supe que había venido nuevamente. Vino hace seis días, y no a verme a mi, sino a ver a Lise, con la que estuvo cinco minutos. Me enteré tres días después por una de mis sirvientas. La noticia me impresionó. Llamé en seguida a Lise, que se echó a reír.

»‑Creyó que estabas durmiendo ‑me explicó‑. Vino a preguntar por ti.

»Seguro que dijo la verdad. ¡Pero qué pena me da Lise, Dios mío! Hace cuatro días, por la noche, después de verlo a usted, tuvo un ataque de nervios. Gritaba, gemía... ¿Por qué no tendré yo nunca ataques de nervios? Al día siguiente y al otro se repitieron los ataques. Y ayer, la obsesión de que le he hablado. De pronto, empezó a gritar:

»‑¡Detesto a Iván Fiodorovitch! ¡Te exijo que no lo vuelvas a recibir, que le prohíbas la entrada en esta casa!

»Yo le contesté, estupefacta:

»‑¿Por qué tratar así a un joven que reúne tantos méritos, tan culto y además, tan desgraciado?

»Pues todas estas complicaciones son una desgracia más que otra cosa, ¿no le parece? Ella se echó a reír al oír mis palabras, se echó a reír con risa hiriente. Yo me alegré: creí que la había divertido y que los ataques cesarían. Por otra parte, yo había pensado poner, por mi propia iniciativa, punto final a las extrañas visitas que Iván Fiodorovitch había iniciado sin mi permiso. También me había propuesto pedirle explicaciones. Esta mañana, al despertar, Lise se ha enojado con Julia hasta el extremo de abofetearla. Comprenderá usted que esto es monstruoso. Yo trato de “usted” a mis sirvientas. Media hora después, mi hija abrazaba a Julia y le besaba los pies. Me envió a decir que no la esperase, que nunca más vendría a verme, y cuando fui, poco menos que arrastrándome, a sus habitaciones, se echó a llorar y me cubrió de besos. Después me empujó hacia la puerta sin decir palabra, de modo que no pude enterarme de nada. Ahora, querido Alexei Fiodorovitch, pongo todas mis esperanzas en usted. Mi destino está en sus manos. Le ruego que vaya a ver a Lise y aclare todo esto, como sólo usted sabe hacerlo, y luego haga el favor de venir a contármelo a mi, a la madre. Pues le aseguro a usted que si esto continúa me moriré o dejaré esta casa. No puedo más. Tengo mucha paciencia, pero podría perderla, y si la perdiese..., si la perdiese..., ¡ah, sería terrible!

De pronto, al ver entrar a Piotr Ilitch Perkhotine, exclamó radiante de alegría:

‑¡Gracias a Dios que llega usted, Piotr Ilitch! Se ha retrasado bastante... Bueno, siéntese y hable.. ¿Qué dice nuestro abogado?... ¿Adónde va, Alexei Fiodorovitch?

‑A ver a Lise.

‑¡Ah, si! Le suplico que no se olvide de mi encargo. Está en juego mi destino.

‑No lo olvidaré... Es decir, si es posible, pues voy a ver a su hija con gran retraso ‑murmuró Aliocha mientras se alejaba.

‑No admito ese «si es posible» ; ha de venir sin falta ‑gritó a su espaldas la señora de Khokhlakov‑. ¡Si no viene, me moriré!

Pero Aliocha había desaparecido ya.


Capítulo III: Un diablillo
de Fiódor Dostoyevski


Encontró a Lise recostada en el sillón en que la transportaban cuando no podía andar. Lise no se levantó al verlo aparecer, pero lo taladró con una mirada penetrante y ardiente. Aliocha se asombró del cambio que se había operado en ella desde que la había visto por última vez tres días atrás. Había adelgazado. Lise no le tendió la mano. Aliocha rozó con la suya los frágiles dedos, inmóviles sobre el vestido, y se sentó frente a ella sin decir palabra.

‑Ya sé que tiene usted prisa ‑dijo de súbito Lise‑. Ha de ir a la cárcel y mi madre lo ha retenido durante dos horas. Le ha hablado de Julia y de mí.

‑¿Cómo lo sabe?

‑Lo he escuchado. ¿Por qué me mira usted así? Cuando quiero, escucho, pues no hay ningún mal en ello. No voy a pedir perdón por tan poca cosa.

‑¿Está molesta por algo?

‑Nada de eso: me siento perfectamente bien. Hace un momento estaba pensando por enésima vez lo acertada que estuve al retirar la palabra de matrimonio que le di. Usted no me conviene como marido. Si me casara con usted y le pidiera que llevara una misiva a un pretendiente mío, usted lo haría, e incluso me traería la respuesta. Y, cuando tuviera cuarenta años, seguiría sirviéndome de cartero para cartas de esta índole.

Y se echó a reír.

‑Hay en usted algo maligno a la vez que ingenuo ‑dijo Aliocha sonriendo.

‑Precisamente porque soy ingenua no siento vergüenza ante usted. No sólo no siento vergüenza, sino que no quiero sentirla. Oiga, Aliocha: ¿por qué no lo respetaré a usted? Lo aprecio mucho, pero no lo respeto. Si lo respetara, no le podría hablar sin avergonzarme, ¿no le parece?

‑Sí.

‑Entonces, ¿cree usted que su persona no me inspira vergüenza?

‑No, no lo creo.

Lise se volvió a echar a reír nerviosamente. Hablaba muy de prisa.

‑He enviado unos bombones a su hermano Dmitri, a la cárcel. ¡Oh, Aliocha! ¡Qué amable es usted! Siempre le querré por haberme permitido con tanta facilidad dejar de quererlo.

‑¿Para qué me ha hecho venir?

‑Para hablarle de un deseo que se ha adueñado de mí. Ansío que alguien me haga sufrir; que se case conmigo, me torture, me engañe y, al fin, me abandone. No quiero ser feliz.

‑¿Está enamorada del desorden?

‑Sí, me gusta el desorden. Quisiera prender fuego a la casa. Me parece estar viendo la escena. Le prendo fuego disimuladamente, sin que nadie lo advierta. Se lucha por apagar el incendio. La casa arde. Yo sé por qué arde, pero me callo. ¡Ah, qué estupidez! ¡Y qué horror!

Hizo un gesto de repugnancia.

‑Usted vive como una persona rica ‑dijo Aliocha en voz baja.

‑¿Acaso es mejor vivir como pobre?

‑Si.

‑Eso se lo dijo su difunto starets, ¿verdad? Aunque sólo yo fuera rica y todos los demás pobres, comería golosinas, bebería licores y no invitaría a nadie. ¡No, no hable; no diga nada! ‑exclamó levantando la mano, aunque Aliocha no había abierto la boca‑. Eso ya me lo ha dicho muchas veces; lo sé de memoria... ¡Qué fastidio! Si yo fuera pobre, mataría a alguien..., y acaso mate siendo rica... ¡No se mortifique!... Quiero segar, segar campos de trigo... Seré su esposa y usted se convertirá en un campesino, en un verdadero campesino... Y tendremos un caballo, ¿no le parece? ¿Conoce usted a Kalganov?

‑Sí.

‑Sueña despierto. Dice: «¿Para qué vivir? Es preferible soñar.» Se pueden soñar las cosas más alegres; la vida, en cambio, es un fastidio... Pronto se casará. A mí también se me ha declarado. ¿Usted sabe hacer bailar una peonza?

‑Sí.

‑Pues él es como una peonza. Hay que ponerlo en movimiento, lanzarlo y no dejarlo parar. Si me caso con él, lo estaré haciendo bailar toda la vida. ¿Le da vergüenza estar conmigo?

‑No.

‑Usted está disgustado conmigo porque no hablo de cosas santas. Yo no quiero ser santa. ¿Cómo se castiga en el otro mundo el pecado más grave? Usted ha de estar bien enterado.

‑Dios condena ‑dijo Aliocha, mirándola fijamente.

‑Eso es lo que quiero. Llegaré, me condenarán y me echaré a reír en la cara de todos. Quiero, deseo vivamente prender fuego a la casa, Aliocha, ¡a mi casa! ¿No me cree usted?

‑¿Por qué no he de creerla? Hay niños que a los doce años sienten la necesidad de prender fuego a algo y lo prenden. Es una especie de enfermedad.

‑No es cierto, no es cierto. Hay muchos niños así, pero el motivo es otro.

‑Usted confunde el mal con el bien. Es un estado anormal pasajero, que procede sin duda de su reciente enfermedad.

‑Usted me menosprecia. Yo no quiero hacer ningún bien, sencillamente; quiero obrar mal. No hay ninguna enfermedad en esto.

‑¿Qué adelantará usted obrando mal?

‑Destruirlo todo. ¡Cómo me gustaría destruirlo todo! Huya, Aliocha. A veces me acomete el deseo de hacer grandes males, las cosas más viles, durante largo tiempo, a escondidas... De pronto, todos se enterarán, me rodearán y me señalarán con el dedo. Y yo los miraré a la cara. Será muy agradable. ¿Por qué me será tan agradable, Aliocha?

‑A veces se siente la necesidad de destruir algo bueno, de prender fuego a algo, como usted acaba de decir. Sí, eso suele suceder.

‑No me contentaré con decirlo: lo haré.

‑Lo creo.

‑¡Ah, cuánto le agradezco esas palabras! Lo creo»... Y estoy segura de que lo cree, porque usted no miente nunca. Pero acaso suponga que digo todo esto con el único fin de mortificarlo.

‑No, no he pensado en ello..., aunque reconozco que es usted capaz de sentir esa necesidad.

‑Hasta cierto punto, la siento ‑y añadió con un vivo resplandor en la mirada‑: A usted no le miento nunca.

Lo que más impresionaba a Aliocha era la seriedad con que hablaba Lise. No había la menor sombra de malicia ni de burla en su rostro, siendo así que otras veces, incluso en los momentos más graves, conservaba la alegría.

‑Hay momentos en que el hombre se siente atraído hacia el crimen ‑dijo Aliocha, pensativo.

‑Cierto; yo pienso como usted. Todo el mundo se siente inclinado al crimen, pero no sólo en algunos momentos, sino siempre. A mí me parece que debió de celebrarse alguna vez una asamblea general para tratar de este asunto, y se llegó al acuerdo de mentir. Desde entonces todos mienten: dicen que odian el mal, y lo quieren en sí mismos.

‑Usted sigue leyendo malos libros.

‑Si. Mi madre se los esconde debajo de la almohada, pero yo se los quito.

‑¿No se da usted cuenta de que se está destruyendo a si misma?

‑Quiero destruirme. En nuestra ciudad hay un chico que se echó entre los raíles y esperó a que le pasara un tren por encima. Lo envidio. Escuche: se va a juzgar a su hermano por haber matado a su padre. Pues bien, todo el mundo está contento de que lo haya matado.

‑¿Contento de que haya matado a su padre?

‑Sí, todos están contentos. Dicen que es espantoso, pero en el fondo están contentísimos. Y yo la primera.

‑En sus palabras hay algo de verdad ‑dijo lentamente Aliocha.

‑¡Oh, qué ideas tan magníficas tiene usted! ‑exclamó Lise, entusiasmada‑. ¡Y el que habla así es un monje! ¡No sabe usted cuánto lo respeto, Aliocha! ¡Usted no miente jamás! Oiga, quiero contarle algo ridículo: a veces, en sueños, veo a los demonios. Es de noche. Estoy sola en mi habitación, donde arde una vela. De pronto, salen los diablos de todos los rincones y de debajo de la mesa. Abren la puerta. Allí hay muchos más, que desean entrar para apresarme. Ya avanzan, ya se arrojan sobre mí. Pero me santiguo, y todos retroceden aterrados. No se van, se quedan en los rincones y en la puerta. De pronto, siento un irresistible deseo de blasfemar; empiezo a hacerlo y ellos avanzan en masa, alegremente. De nuevo ponen sus manos sobre mi; pero yo vuelvo a santiguarme y todos vuelven a retroceder. Es tan divertido, tan emocionante, que pierdo la respiración.

‑Yo también he tenido ese sueño ‑dijo Aliocha.

‑¿Es posible? ‑exclamó Lise, asombrada‑. Oiga, Aliocha; no bromee; esto es muy importante. ¿Puede ser que dos personas tengan un mismo sueño?

‑Sí, puede ser.

‑Le repito que esto es muy serio, Aliocha ‑dijo Lise en el colmo de la sorpresa‑. No es el sueño lo que importa, sino el hecho de que usted haya tenido el mismo sueño que yo. Usted que no miente nunca, no miente ahora. ¿Habla en serio? ¿No bromea?

‑Hablo completamente en serio.

Lise estaba atónita. Guardó silencio un instante.

‑Aliocha ‑dijo en tono suplicante‑, venga a verme con más frecuencia.

‑Vendré siempre, toda la vida ‑respondió firmemente Aliocha.

‑No puedo confiar en nadie más que en usted; usted es la única persona del mundo en quien puedo confiar. Le hablo con más sinceridad que a mí misma. No siento ninguna vergüenza ante usted, Aliocha, ninguna. ¿Por qué será? Aliocha, ¿es verdad que los judíos roban y estrangulan niños en las Pascuas?

‑No lo sé.

‑Yo tengo un libro donde se explica un proceso contra un judío que, después de cortar los dedos a un niño de cuatro años, lo clavó, lo crucificó en una pared. El culpable declaró ante el tribunal que el niño murió rápidamente, al cabo de cuatro horas. En verdad, es una muerte rápida. El niño no cesaba de gemir, mientras el asesino permanecía ante él, contemplándolo. ¡Esto está bien!

‑¿Bien?

‑Sí. A veces me imagino que soy yo quien lo ha crucificado. El niño gime. Yo me siento ante él y me pongo a comer compota de piña. Es un dulce que me gusta mucho. ¿A usted no?

Aliocha la miraba en silencio. De pronto, el rostro, de un amarillo pálido, de Lise se transfiguró y sus ojos llamearon.

‑Después de haber leído esa historia, me pasé llorando toda la noche. Creía oír los gritos y los lamentos del niño. ¿Cómo no había de gritar si sólo tenía cuatro años? Y la idea de la compota no se apartaba de mi pensamiento. A la mañana siguiente envié una carta a cierta persona, rogándole que viniera a verme sin falta. Vino y le conté todo lo referente al niño y a la compota, absolutamente todo. Luego le dije: « Esto está bien.» Él se echó a reír. Le pareció que, en efecto, estaba bien. Luego, al cabo de cinco minutos, se marchó. ¿Obró así porque me despreciaba? Diga, Aliocha: ¿cree usted que me despreciaba?

Se irguió en su sillón. Sus ojos centelleaban. Perdiendo la calma, Aliocha preguntó:

‑¿De modo que usted llamó a esa «cierta persona»?

‑Sí.

‑¿Le envió la carta?

‑Sí.

‑¿Lo hizo venir para contarle lo del niño?

‑No precisamente para eso pero cuando lo vi entrar se lo conté. Él se echó a reír y luego se fue.

‑Obró sinceramente ‑dijo Aliocha con calma.

‑¿Pero cree usted que me despreció? Ya le he dicho que se echó a reír.

‑No la despreció. A lo mejor, también él admite lo de la compota de piña. Está muy enfermo, Lise.

‑Sí, admite lo de la compota ‑afirmó Lise con ojos fulgurantes.

‑No desprecia a nadie ‑dijo Aliocha‑. Pero tampoco confía en nadie. Y yo me digo que si no confía, desprecia.

‑¿También a mí?

‑También a usted.

‑En eso hay un bien ‑exclamó Lise, furiosa‑. Cuando se marchó riéndose, advertí que en el desprecio había algo bueno. Tener los dedos cortados como ese niño es un bien; ser despreciado es igualmente un bien.

Miró a Aliocha con una sonrisita aviesa.

‑Oiga, Aliocha, yo querría... ¡Oh, sálveme!

Se irguió, se inclinó hacia él, lo estrechó en sus brazos.

‑¡Sálveme! ‑gimió‑. ¡A nadie le he dicho lo que acabo de decirle a usted! ¡He dicho la verdad, la pura verdad! Todo me es ingrato. ¡Me mataré, no quiero vivir! ¡Todo me inspira aversión, todo! ¡Oh Aliocha! ¿Por qué no me quiere usted? ¿Por qué no me quiere ni siquiera un poco?

‑¡Pero si yo la quiero! ‑dijo Aliocha con vehemencia.

‑¿Me llorará usted?

‑Sí.

‑¿Pero no sólo porque no he querido casarme con usted, sino por todo?

‑Sí.

‑Gracias. Me basta con sus lágrimas. Y que todos, absolutamente todos los demás, me torturen y me pisoteen. No quiero a nadie. ¿Lo oye? ¡A nadie! Por el contrario, los odio a todos... Y ahora váyase a ver a su hermano. Ya es hora de que se vaya.

Se retiró; ya no lo aprisionaba con sus brazos.

‑No puedo dejarla en ese estado ‑dijo Aliocha, inquieto.

‑Vaya a ver a su hermano. Se le hace tarde; no lo van a dejar entrar. Aquí tiene su sombrero. ¡Váyase, váyase! Dé un beso a Mitia de mi parte.

Empujó a Aliocha hacia la puerta. Él la miraba, apenado y perplejo. En esto notó que Lise ponía en su mano un papel doblado. Vio que era un sobre cerrado y leyó este nombre en él: «Iván Fiodorovitch Karamazov.» Luego dirigió una rápida mirada a Lise. Y vio que en su semblante había una sombra de amenaza.

‑¡No deje de entregárselo! ‑exclamó con una exaltación que la hacía temblar‑. ¡Lo ha de recibir hoy mismo, en seguida! ¡Si no lo recibe, me envenenaré! Por eso lo he hecho venir.

Y le echó la puerta a la cara. Aliocha se guardó la carta en el bolsillo y se dirigió a la salida, sin despedirse de la señora de Khokhlákov, de la que ni siquiera se acordaba.

Cuando Aliocha hubo desaparecido, Lise entreabrió la puerta, puso un dedo en la abertura y volvió a cerrar con todas sus fuerzas. Luego retiró la mano, y, lentamente, fue a sentarse en su sillón. Se miró el dedo ennegrecido y manchado de la sangre que salía de debajo de la uña. Los labios le temblaban. Se dijo a sí misma una y otra vez:

‑Vil, vil, vil...


Capítulo IV: El himno y el secreto
de Fiódor Dostoyevski


Era ya tarde (y los días son cortos en noviembre) cuando Aliocha llamó a la puerta de la cárcel. Anochecía, pero él estaba seguro de que le permitirían entrar. En nuestra pequeña ciudad ocurría lo que ocurre en todas. Al principio, una vez instruido el sumario, las entrevistas de Mitia, tanto con sus familiares como con los demás visitantes, se celebraban con arreglo a las normas establecidas. Pero pronto se exceptuaron de estas formalidades a algunos de los que iban a verlo asiduamente. Éstos llegaron a poder conversar con el preso sin trabas de ninguna índole. Bien es verdad que eran sólo tres los que gozaban de estas licencias: Gruchegnka, Aliocha y Rakitine.

El ispravnik Mikhail Makarovitch miraba con buenos ojos a Gruchegnka. Estaba arrepentido de la dureza con que le había hablado en Mokroie. Después, cuando estuvo bien informado de todo, su juicio sobre la joven había cambiado por completo. Por otra parte, aunque parezca extraño, aun estando seguro de que Mitia era culpable, lo trataba con cierta indulgencia desde que estaba encarcelado. Se decía: «Tal vez no tenga mal fondo; puede ser que el alcohol y la disipación lo hayan perdido.» En su alma había sucedido la piedad al horror. El ispravnik tenía gran afecto a Aliocha, al que conocía desde hacia mucho tiempo. Rakitine, otro de los que visitaban con frecuencia al preso, tenía gran amistad con las «señoritas del ispravnik», como él las llamaba. Además, daba lecciones en casa del inspector de la cárcel, viejo bonachón, aunque militar riguroso. Aliocha conocía desde hacía tiempo a este inspector, para el que no había nada mejor que él acerca de la «suprema sabiduría». El viejo respetaba, a incluso temía, a Iván Fiodorovitch, y especialmente a sus razonamientos, aunque también él era un gran filósofo... a su manera. Por Aliocha sentía una simpatía profunda. Llevaba un año estudiando los Evangelios apócrifos y daba cuenta de sus impresiones a su joven amigo. Cuando Aliocha estaba en el monasterio, iba a verle y estaba horas enteras conversando con él y con los religiosos. O sea, que si Aliocha llegaba demasiado tarde a la cárcel, pasaba antes por casa del inspector, y todo arreglado. Por otra parte, todo el personal, hasta el último guardián, estaba acostumbrado a verlo. El centinela, por supuesto, no le ponía ninguna dificultad: sabía que tenía el pase reglamentario, y esto le bastaba. Cuando alguien preguntaba por Mitia, éste bajaba al locutorio.

Al entrar en esta pieza, Aliocha vio que Rakitine se estaba despidiendo de su hermano. Los dos hablaban en voz alta. Mitia se reía y el otro parecía malhumorado. Sobre todo últimamente a Rakitine le desagradaba encontrarse con Aliocha. Hablaba poco con él a incluso lo saludaba con cierta frialdad. Al verlo entrar, frunció el entrecejo, desvió la vista y fingió absorberse en la tarea de abrocharse el abrigo de cuello de piel. Después empezó a buscar su paraguas.

‑No sé si se me olvida algo ‑dijo, no sabiendo qué decir.

‑No debes olvidar nada, con tal que sea tuyo ‑dijo Mitia, echándose a reír.

Rakitine se enfureció.

‑¡Eso recomiéndaselo a los Karamazov, familia de explotadores! ‑exclamó, temblando de cólera.

‑No te pongas así. Ha sido una broma.

Y añadió, dirigiéndose a Aliocha y señalando a Rakitine, que se dirigía a la puerta a toda prisa:

‑Todos son iguales. Se reía, estaba contento, y, de pronto, ya ves cómo se pone... Ni siquiera te ha saludado. ¿Estáis reñidos?... ¿Por qué has tardado tanto? Te he estado esperando todo el día con impaciencia. Pero no importa: ahora nos desquitaremos.

‑¿Por qué viene a verte con tanta frecuencia Rakitine? ¿Os habéis asociado?

‑No. Es un bribón. Y me cree un miserable. No comprende las bromas. No hay nada en su alma; me recuerda las paredes de esta cárcel cuando las vi por primera vez. Pero no es tonto... Oye, Alexei: ¡estoy perdido!

Se sentó en un banco a invitó a Aliocha a que se sentara a su lado.

‑Te comprendo, Mitia. Mañana se celebrará el juicio. ¿De veras no tienes ninguna esperanza?

‑¿El juicio? ‑preguntó Dmitri como si no comprendiera‑.

¡Ah, sí; el juicio! ¡Bah, eso no tiene importancia! Hablemos de lo que importa. Aunque me juzguen mañana, no pensaba en eso cuando he dicho que estoy perdido. No temo por mi cabeza, sino por lo que hay dentro. ¿Por qué me miras con ese gesto de desaprobación?

‑No sé lo que has querido decir, Mitia.

‑Me he referido a las ideas, si, a las ideas... ¡La ética! ¿Qué es la ética, Aliocha?

Alexei miró a Dmitri, desconcertado.

‑¿La ética?

‑Sí; sé que es una ciencia, ¿pero qué ciencia?

‑Desde luego, hay una ciencia que lleva ese nombre. Pero te confieso que no puedo decirte de ella nada más.

‑Rakitine sí que la conoce. Ese granuja es un sabio. No profesará. Piensa irse a Petersburgo y dedicarse a la crítica, una crítica de tendencia moral... Puede hacerse valer, llegar a ser alguien. ¡Con lo ambicioso que es!... Bueno, ¡al diablo la ética!... ¡Estoy perdido, Alexei, varón de Dios! Te quiero como no te quiere nadie; cuando pienso en ti, mi corazón se acelera... Oye, ¿quién es Carlos Bernard?

‑¿Carlos Bernard?

‑No; Carlos, no: Claudio, Claudio Bernard. Es químico, ¿no?

‑He oído decir que es un sabio, pero esto es todo lo que sé de él.

‑Yo tampoco sé nada. ¡Que se vaya al diablo! Seguramente está en la miseria. Todos los sabios están en la miseria. Pero Rakitine irá muy lejos. Se mete en todas partes. Es un Bernard en su género. Estos Bernard abundan.

‑¿Pero qué tienes que ver con Rakitine?

‑Pretende hacer su presentación como escritor con un articulo sobre mí. Por eso viene a verme: él mismo me lo ha dicho. Un artículo de tesis. «Tenía que matar: es una víctima del medio...», etcétera. Según me ha dicho, escribirá con cierta tendencia socialista. Me tiene sin cuidado. Detesta a Iván. Y tú no le eres simpático. Yo lo soporto porque tiene ingenio. ¡Pero qué orgulloso es! Hace un momento le he dicho: «Los Karamazov no somos cualquier cosa; somos filósofos, como todos los verdaderos rusos. Sin embargo, tú, con todo tu saber, no eres un filósofo, sino un patán.» Él ha sonreído, sarcástico. Y yo he añadido: De opinionibus non est disputandum. También yo conozco a los clásicos ‑terminó, echándose a reír.

‑¿Pero por qué dices que estás perdido?

‑Pues..., en el fondo..., observando el hecho en su conjunto, porque siento la falta de Dios.

‑No sé lo que quieres decir.

‑¿No? Verás. En la cabeza, mejor dicho, en el cerebro, hay nervios... Estos nervios tienen fibras, y cuando estas fibras vibran... Oye, cuando miro una cosa, las fibras empiezan a vibrar, y, apenas vibran, se forma una imagen. Bueno, no se forma en seguida, sino al cabo de un momento, de un segundo... Entonces aparece en la imaginación un momento..., no un momento, ¡qué disparates digo!..., aparece un objeto, una escena. Así se realiza la percepción. Y no podemos menos de decirnos que esto ocurre porque tenemos fibras, y no porque tenemos alma y estamos hechos a imagen y semejanza de Dios... Ayer mismo me habló de esto Mikhail. Y desde entonces me tortura esta idea. ¡La ciencia es magnífica, Alexei! El hombre progresa; esto es natural... Sin embargo, echo de menos a Dios.

‑Eso es bueno ‑dijo Aliocha.

‑¿Que eche de menos a Dios? ¡La química, hermano, la química! Perdóneme su reverencia, pero tendrá que apartarse un poco para dejar el paso libre a la química... Rakitine no ama a Dios; no, no lo ama. A todos los que son como él les ocurre lo mismo; pero lo disimulan, mienten. «¿Expondrás esas ideas en tus artículos?», le he preguntado. Y él me ha respondido, riendo: «No, no me lo permitirían.» Entonces yo le he dicho: « ¿Qué será del hombre sin Dios y sin inmortalidad? Se dirá que, como todo se tolera, todo es licito.» Y él me ha contestado: «Al hombre inteligente, todo se le permite. ¿No lo sabías? Con su inteligencia, sale siempre del paso. En cambio, a ti, por haber matado, lo prendieron y ahora estás pudriéndote en una cárcel.» Esto me ha dicho ese villano. Antes, a semejantes cerdos los mandaba al diablo; ahora los escucho. Además, Rakitine dice cosas acertadas y escribe bien. Hace ocho días me leyó un artículo suyo y anoté tres líneas. Las tengo aquí. Voy a leértelas.

Mitia sacó del bolsillo un papel y leyó:

‑«Para resolver esta cuestión hay que poner la propia persona frente a la propia actividad.»

»¿Comprendes esto? ‑preguntó Mitia.

‑No, no lo comprendo.

Aliocha escuchaba atentamente a su hermano y lo miraba con curiosidad.

‑Yo tampoco lo entiendo ‑dijo Dmitri‑. No está claro. Pero es ingenioso. Él dice que todos escriben así ahora, que este modo de escribir es un producto del medio. También compone versos. Ha cantado los pies de la señora de Khokhlakov. ¡Ja, ja!

‑Lo había oído decir.

‑¿Conoces los versos?

‑No.

‑Te los leeré; los tengo aquí. Alrededor de esto hay una historia interesante. ¡El muy canalla! Hace tres semanas me dijo para mortificarme: «Te has hecho encarcelar como un imbécil por tres mil rublos, y yo voy a tener ciento cincuenta mil. Estoy dando pasos para casarme con una viuda. Compraré una casa en Petersburgo. » Me explicó que hacía la corte a la señora de Khokhlakov, de la que dijo que en su juventud tenía poca cabeza y que a los cuarenta años la había perdido por completo. «Es muy sensible; de esto me valdré para conquistarla. Me casaré con ella, nos iremos a Petersburgo y allí fundaré un periódico.» Se relamía de gusto, claro que no porque iba a ser dueño de la señora de Khokhlakov, sino porque iba a disponer de sus ciento cincuenta mil rublos. Estaba muy seguro de si mismo. Venía a verme todos los días. «Su resistencia se va debilitando», me decía radiante. Y de pronto le echan de la casa. Perkhotine le puso una zancadilla. ¡Bien hecho! De buena gana daría un abrazo a esa viuda tonta por haberle puesto en la puerta. Entonces escribió la poesía. Me dijo: «Por primera vez me rebajo a componer versos para cautivar a una mujer, pero lo hago con una finalidad útil. Una vez en posesión de la fortuna de esa cabeza vacía, podré ser útil a la sociedad.» La utilidad pública es un buen pretexto para esos tipos. También me dijo que escribía mejor que Pushkin, ya que sabía expresar «en versos alegres su tristéza civica». Comprendo que censure a Pushkin, pues, si verdaderamente tenía talento, no debió limitarse a describir los pies. ¡Qué orgulloso estaba de sus versos ese perfecto truhán! ¡El amor propio de los poetas! «Por la curación del pie del objeto amado.» Éste es el título que puso a sus versos ese loco de Rakitine. Escúchalos:

»Le produce gran dolor su encantador piececito. Aumentan el sufrimiento los doctores que pretenden curarlo. No me dan lástima los pies, aunque los cante Pushkin; son las cabezas las que compadezco, las cabezas rebeldes a las ideas. Ella empezaba a comprender cuando el pie la distrajo. ¡Que sane pronto ese pie, ya que entonces la cabeza comprenderá!

Rakitine es un villano, pero estos versos tienen gracia. Y, en verdad, ha mezclado con el humor una tristeza «cívica». Estaba furioso; sus dientes rechinaban.

‑Ya se ha vengado ‑dijo Aliocha‑. Ha publicado un articulo contra la señora de Khokhlakov.

Y puso a Mitia al corriente de la noticia aparecida en el periódico Rumores.

‑Ha sido él ‑dijo Mitia, ceñudo‑. ¡Seguro que ha sido él! Esas informaciones... ¡Cuántas infamias ha escrito! Contra Gruchegnka..., contra Katia...

Iba y venía por la habitación con semblante sombrío.

‑Dmitri ‑dijo Aliocha tras una pausa‑, no puedo estar más tiempo contigo. Mañana es un día de gran importancia para ti. Se cumplirá el juicio de Dios. Por eso me asombra que, en vez de hablar de cosas serias, hables de nimiedades.

‑Pues no te debía sorprender. ¿Para qué hablar del asesino, de ese perro sarnoso? Ya he hablado bastante de él. No quiero oír nombrar a Smerdiakov, ese hijo hediondo de una mujer hedionda. ¡Dios lo castigará! Ya verás como lo castiga.

Se acercó a Aliocha y lo abrazó. Su emoción era sincera; sus ojos llameaban.

‑Rakitine no comprendía esto, pero tú sí que lo comprenderás. Por eso lo esperaba con tanta impaciencia. Hace tiempo que quería decirte muchos cosas entre estas inhóspitas paredes; pero cada vez que he hablado contigo me he callado lo principal, por parecerme que no había llegado aún el momento de sincerarme. He esperado hasta el último día para abrirte mi corazón. En este encierro, hermano mío, he sentido nacer en mí un nuevo ser. En mí existía un hombre nuevo que sólo podía manifestarse bajo el azote del infortunio. ¿Qué puede importarme trabajar hasta la extenuación en las minas durante veinte años? Esto no me asusta; lo que temo es otra cosa: que el hombre que acaba de nacer en mí me abandone... En las minas, en un forzado, en un asesino, podemos encontrar un hombre de corazón con el que entendernos; sí, también allá lejos podemos amar, vivir y sufrir; despertar el corazón dormido de un forzado y cuidarlo con solicitud; sacar de su oscura guarida y llevar a la luz a un alma grande regenerada por el sufrimiento; resucitar a un héroe. Hay centenares de seres así y todos somos culpables ante ellos. No soñé en vano con el «pequeñuelo»: fue una profecía. Por él iré a presidio. Todos somos culpables ante todos. Son muchos los niños desgraciados como aquél, aunque unos sean realmente niños y otros personas mayores. Iré a presidio por ellos; es necesario que se sacrifique uno por todos. No he matado a mi padre, pero acepto la expiación. Hasta que no he estado aquí, entre estas degradantes paredes, no me he dado cuenta de lo que te acabo de revelar. En el mundo hay centenares de hombres que empuñan el martillo. Nosotros viviremos encadenados, privados de libertad, pero, por obra de nuestro dolor, resucitaremos a la alegría, esa alegría sin la que el hombre no puede vivir ni Dios existir, ya que es Él quien nos la da, porque éste es su sublime privilegio. Señor, que el hombre se dedique a la oración en alma y vida. ¿Cómo podría yo vivir sin Dios en las profundas galerías de las minas? Rakitine miente. Si echan a Dios de la tierra, nosotros lo encontraremos bajo tierra. El hombre libre no puede pasar sin Dios; el forzado, menos aún. Los hombres subterráneos elevaremos un himno trágico a Dios y a su alegría. ¡Viva Dios y la alegría divina! ¡Amo a Dios!

Después de este extraño discurso, Mitia jadeaba. Estaba pálido, los labios le temblaban, las lágrimas fluían de sus ojos.

‑Todo está lleno de vida; la vida es desbordante incluso bajo tierra... No puedes figurarte, Alexei, cómo anhelo la vida ahora, hasta qué extremo se ha apoderado de mí la sed de vivir, precisamente desde que estoy encerrado entre estas siniestras paredes. Rakitine no comprende esto; sólo piensa en construir una casa y llenarla de inquilinos. Pero yo te esperaba a ti. ¿El sufrimiento? No le temo, por cruel que sea. Antes le temía, pero ahora no le temo. Tal vez mañana no diga nada ante el tribunal. Siento en mí una energía que me permitirá hacer frente a todos los sufrimientos, con tal que pueda decirme a cada momento: «¡Existo!» Incluso en el tormento, aun en las convulsiones de la tortura, existo. Y atado a la picota, sigo existiendo; veo el sol, y si no lo veo, sé que brilla. Y saber esto es vivir plenamente. ¡Oh Aliocha, mi buen Aliocha; la filosofía es mi perdición! ¡Al diablo la filosofía! Nuestro hermano Iván...

Aliocha trató de cortar su discurso, pero Mitia no pareció oírlo y prosiguió:

‑Antes no me asaltaban estas dudas. Las tenía bien encerradas en mi interior. Y tal vez precisamente por eso, porque dentro de mí hervían ideas ignoradas, me embriagaba, reñía con todos, me encolerizaba: era un modo de acallar esas ideas, de aplastarlas... Iván no es como Rakitine; Iván oculta sus pensamientos, no despega los labios, es una esfinge... Dios llena mi pensamiento, y esta idea me atormenta. ¿Qué ocurriría si Dios no existiera, si, como afirma Rakitine, fuera sólo un concepto creado por la humanidad? En este caso el hombre sería el rey de la tierra, del universo. Perfectamente. ¿Pero puede ser el hombre virtuoso sin Dios? ¿A quién amará? ¿A quién cantará himnos de agradecimiento? Rakitine se ríe de esto; dice que se puede amar a la humanidad sin Dios. Pero esto es algo que yo no puedo comprender. La vida es fácil para Rakitine. Hoy me ha dicho: «Lucha por la extensión de los derechos cívicos o por impedir que se eleve el precio de la carne. De este modo demostrarás más amor a la humanidad y le prestarás mejores servicios que con toda la filosofía.» A lo que yo he replicado: «Tú, al no creer en Dios, elevarás el precio de la carne y, si se te presenta la ocasión, ganarás un rublo por un copec.» Él se ha enojado. Pero dime, Alexei: ¿qué es la virtud? Yo no la concibo como los chinos. ¿Es una cosa relativa? Contesta: ¿lo es o no lo es? Es una pregunta inquietante. Te puedo asegurar que me ha quitado el sueño las dos noches últimas. No creo que se pueda vivir sin pensar en ello... Para Iván no hay Dios. Esta negación se funda en una idea que está fuera de mi alcance. Pero él no me dice qué idea es. Debe de ser masón. Se lo he preguntado y no me ha respondido. Me habría gustado poder beber en la fuente de su pensamiento, pero él lo oculta, se calla. Sólo una vez habló.

‑¿Qué dijo?

‑Yo le pregunté: «Entonces, ¿todo está permitido?» Y él me contestó: «Nuestro padre, Fiodor Pavlovitch, era un inmoral, pero también un hombre justo en sus razonamientos.» Éstas fueron sus palabras. Sin duda, es más franco que Rakitine.

‑Cierto ‑dijo Aliocha amargamente‑. ¿Cuándo vino?

‑Ya hablaremos de eso. Hasta ahora apenas había mencionado a Iván ante ti. Ya te lo contaré todo cuando haya terminado el juicio y se haya pronunciado el fallo. Hay en esto algo terrible que tendrás que juzgar tú. Pero ahora, ni una palabra sobre esto. Me has hablado del juicio de mañana. Aunque te parezca mentira, no sé nada de él.

‑Pero habrás hablado con tu abogado defensor.

‑Sí, y no he adelantado nada. Es un fino bribón de capital, un Bernard. Supone que soy culpable; esto se ve a la legua. «Entonces, ¿por qué se ha encargado usted de mi defensa?», le he preguntado. Me gusta zaherir a estos tipos. Los médicos quieren hacerme pasar por loco, pero yo no lo permitiré. Catalina Ivanovna se propone cumplir con su deber hasta el fin. Es inflexible. ‑Mitia sonrió amargamente‑. Es cruel como una gata. Sabe que dije en Mokroie que es propensa a los arrebatos de cólera. Alguien se lo ha contado. Las declaraciones se han multiplicado hasta el infinito. Grigori mantiene la suya. Es honrado, pero tonto. Hay muchas personas que son honradas por necedad. Así lo ha dicho Rakitine. Grigori va en contra de mí. En cambio, esa mujer quiere demostrarme su amistad y yo preferiría tenerla por enemiga. Me refiero a Catalina Ivanovna. Temo que explique en el juicio que se inclinó ante mí hasta casi besar el suelo cuando le presté los cuatro mil quinientos rublos. Querrá pagarme hasta el último céntimo. No quiero ver sus sacrificios. Me avergonzará en la sala de la audiencia. Ve a verla, Aliocha, y suplícale que no diga nada sobre esto. Tal vez no lo consigamos, pero entonces pasaré el bochorno y allá ella... El ladrón recibirá su merecido. Haré un discurso digno de escucharse, Alexei... ‑De nuevo sonrió amargamente‑. ¡Pero en todo esto, Señor, está mezclada Gruchegnka! ¡No merece sufrir como está sufriendo! ¡No puedo pensar en ella sin sentirme morir!

Dmitri tenía los ojos llenos de lágrimas.

‑Estaba aquí hace un momento.

‑Ya lo sé ‑dijo Aliocha‑. Ella misma me lo ha contado. Estaba muy apenada.

‑Sí, y la culpa ha sido mía, de mi maldito carácter. Le he hecho una escena de celos. Cuando se ha marchado, me he arrepentido. Le he dado un beso, pero no le he pedido perdón.

‑¿Por qué?

Mitia se echó a reír alegremente.

‑Que Dios te guarde, querido Alexei, de pedir perdón a la mujer amada. Por muy mal que te hayas portado con ella, no le pidas perdón. Tú no sabes cómo son las mujeres. Yo sí que lo sé. Si reconoces tus errores y les dices: «Pérdóname; me he equivocado», en el acto recibirás una granizada de reproches. Nunca obtendrás el perdón sencilla y francamente. Primero, la mujer te humillará, te reprochará faltas que no has cometido, y sólo entonces te dará el perdón. La mejor de ellas no pasará por alto tus más insignificantes errores. Hasta ese extremo llega la ferocidad de las mujeres, de todas de todos esos ángeles sin los cuales no podemos vivir. Oye, querido; no olvides esto: todo hombre decente ha de vivir bajo la zapatilla de una mujer. Estoy convencido de ello, mejor dicho, siento que es así. El hombre ha de ser generoso. Esto no es humillante ni siquiera para un héroe de la altura de César. Pero no pidas nunca perdón a una mujer; ¡nunca, por ningún pretexto! Recuerda siempre este consejo de tu hermano Mitia, al que han perdido las mujeres. Repararé los errores que he cometido con Gruchegnka, pero no le pediré perdón. La venero, Alexei, aunque ella no sabe verlo. A su juicio, nunca la quiero lo suficiente. Su amor es para mí un sufrimiento. Antes me atormentaban sus pérfidos desvíos. Ahora tenemos una sola alma para los dos y, gracias a ella, soy un hombre de verdad. ¿Permaneceremos unidos? Si nos separamos, me moriré de celos... ¿Qué te ha dicho de mí?

Aliocha le repitió las palabras de Gruchegnka. Mitia lo escuchó atentamente y quedó satisfecho.

‑¿O sea, que no se ha enfadado por mis celos? Así son las mujeres. Gruchegnka te ha querido demostrar que también ella sabe ser dura. Me gustan estos caracteres, aunque los celos me amargan la vida. Tal vez lleguemos a las manos, pero siempre la querré... ¿Se permite casarse a los presidiarios, Aliocha? Hermano mío, no puedo vivir sin ella.

Mitia iba y venía por el locutorio, con un pliegue entre las cejas. De pronto, se mostró inquieto.

‑¿De modo que Grucha te ha dicho que en todo esto hay un secreto, una conspiración contra ella, de «Katka» y otras dos personas? Pues no es así. Gruchegnka se ha equivocado como una tonta... Aliocha, mi querido Aliocha, voy a revelarte nuestro secreto.

Mitia miró en todas direcciones, se acercó a su hermano y empezó a hablar, a susurrar, aunque nadie podía oírlos. El viejo guardián dormitaba en un banco y los soldados de servicio estaban demasiado lejos.

‑Sí, voy a revelarte nuestro secreto ‑dijo, hablando precipitadamente‑. Estaba deseando hacerlo, pues no puedo tomar una resolución sin que tú me aconsejes. Tú lo eres todo para mí. Iván es superior a nosotros, pero tú eres mejor que él. E incluso es posible que seas superior a Iván. Quiero que la decisión sea sólo tuya. Es un caso de conciencia, un problema tan importante, que no puedo resolverlo sin tu ayuda. Sin embargo, no es todavía el momento de que dictamines. Mañana, inmediatamente después del juicio, decidiré mi suerte. Te voy a exponer únicamente la idea; prescindiré de los detalles. Pero ni preguntas ni gestos, ¿entendido? ¡Ah!, me olvidaba de tus ojos: aunque no hables, leeré en ellos tu decisión... ¡Oh Aliocha; estoy asustado! Escucha: Iván me ha propuesto huir. Como te he dicho, prescindo de los detalles. El caso es que todo está previsto y el proyecto se puede realizar. Calla. Se trata de huir a América, con Grucha, ya que no puedo vivir sin ella... Hay que pensar en que tal vez no le permitan que me siga al penal. ¿Pueden casarse los forzados? Iván dice que no. ¿Qué haría yo sin Grucha bajo tierra y con el pico en la mano? El pico sólo me serviría para abrirme la cabeza... Pero frente a todo esto está la conciencia. Eludiría el sufrimiento, me alejaría del camino purificador que se me ofrece. Iván dice que un hombre de buena voluntad puede ser más útil en América que trabajando en las minas. ¿Pero qué será entonces de nuestro himno subterráneo? América es también vanidad, la huida a América es un acto innoble, porque significa renunciar a la expiación. He aquí, Aliocha, por qué lo he dicho que sólo tú me podías comprender. Cualquier otro me hubiera mirado como a un loco o a un necio cuando le hubiera hablado del himno subterráneo. Y no soy un loco ni un imbécil. Estoy seguro de que Iván si que comprende lo del himno, pero no cree en él y se calla. No, no digas nada. Ya veo en tus ojos que has tomado una decisión. Perdóname, pero no puedo vivir sin Gruchegnka. Espera hasta después del juicio.

Cuando terminó, Mitia tenía una expresión de extravío en la mirada. Había apoyado las manos en los hombros de Aliocha y lo miraba ávidamente.

‑¿Pueden casarse los forzados? ‑le preguntó una vez más, con acento suplicante.

Aliocha estaba sorprendido a impresionado.

‑Dime, Dmitri: ¿insiste Iván en que huyas? ¿De quién ha sido esta idea?

‑Suya, y no cesa de repetirme que debo huir. Llevaba mucho tiempo sin verlo. Hace ocho días, se presentó aquí y empezó por hablarme de la fuga. No propone, ordena. Está seguro de que lo obedeceré, aunque le he abierto mi corazón y le he hablado del himno. Me ha expuesto su plan. Volveremos a hablar de esto. Desea ardientemente que huya. Incluso me ofrece una suma considerable: diez mil rublos para huir y veinte mil cuando esté en América. Dice que con diez mil rublos se puede organizar una huida perfecta.

‑¿Te ha pedido que no me hables de esto?

‑Sí, me ha dicho que no le hable a nadie, y menos a ti. Teme que puedas ser algo así como la encarnación de mi conciencia. Te ruego que no le digas que te lo he contado todo.

‑Has dicho bien: no se puede tomar ninguna decisión antes de qué se pronuncie la sentencia. Cuando conozcas el fallo, habrá en ti un hombre nuevo capaz de tomar por sí mismo la determinación más conveniente.

‑Un hombre nuevo o tal vez Bernard que tomará la decisión propia de un Bernard.

Y añadió con una amarga sonrisa:

‑Me parece que también yo soy un vil Bernard.

Aliocha preguntó:

‑¿Cómo es posible que no esperes justificarte mañana?

Mitia movió la cabeza negativamente. De pronto, dijo:

‑Aliocha, es hora de que te vayas. Oigo los pasos del inspector en el patio. Pronto estará aquí y verá que hemos faltado al reglamento, ya que a estas horas están prohibidas las visitas. Despídete de mi ahora mismo. Dame un beso y haz ante mí la señal de la cruz para que me sea posible hacer frente al calvario de mañana.

Se abrazaron y se besaron.

‑Incluso Iván, que me propone huir, cree que he cometido el crimen.

Mitia sonreía tristemente.

‑¿Se lo has preguntado? ‑dijo Aliocha.

‑No; me propuse hacerlo, pero no me atreví. Lo sé porque lo he leido en sus ojos. Bueno, adiós.

Se besaron de nuevo. Cuando Aliocha se dirigía a la puerta, Mitia lo llamó.

‑Ponte ante mí; así.

Volvió a apoyar las manos en los hombros de Aliocha. Su cara se cubrió de una palidez mortal, sus labios se contrajeron, su mirada sondeó la de su hermano.

‑Dime la verdad, Aliocha; habla como si estuvieras ante Dios. ¿Crees que he cometido el crimen? No mientas; quiero saber la verdad.

Aliocha vacilaba. Sentía como si le estrujasen el corazón. Tan impresionado estaba, que apenas pudo murmurar:

‑Pero..., ¿qué dices?

‑¡Dime toda la verdad; no mientas!

‑Jamás, en ningún momento he creído que seas un asesino ‑respondió Aliocha, levantando la mano como si tomara a Dios por testigo.

El semblante de Mitia reflejó una infinita felicidad.

‑Gracias ‑dijo, suspirando profundamente. Y añadió‑: Me has vuelto a la vida. Incluso a ti, ¡a ti!, temía hacerte esta pregunta. ¡Vete, vete ya! Me has dado fuerzas para mañana. Que Dios te bendiga. ¡Vete!... ¡Y quiere a Iván!

Aliocha se marchó con los ojos llenos de lágrimas. La desconfianza de Mitia, incluso hacia él, revelaba que su desgraciado hermano era presa de una desesperación sin límites. Una infinita compasión se apoderó de él... «¡Quiere a Iván!» De pronto, acudieron a su memoria estas palabras de Mitia. Precisamente iba a casa de Iván, al que todo el día había estado deseando ver. Iván le inquietaba tanto como Mitia, y más ahora, después de su entrevista con Dmitri.


Capítulo V: Esto no es todo
de Fiódor Dostoyevski


Para ir a casa de su hermano tenía que pasar ante la de Catalina Ivanovna. Vio luz en las ventanas y se detuvo, decidido a entrar, no sólo porque hacia más de una semana que no había visto a la joven, sino porque se dijo que tal vez Iván estuviera con ella, ya que al día siguiente se tenía que juzgar a Dmitri. En la escalera, débilmente iluminada por una lámpara china, se cruzó con un hombre en el que reconoció a Iván.

‑¡Ah! ¿Eres tú? ‑dijo Iván Fiodorovitch secamente‑. ¿Vas a su casa?

‑Sí.

‑Yo de ti no iría. Está muy agitada y tu visita la trastornará más aún.

‑¡No no se vaya, Alexei Fiodorovitch! ‑gritó una voz desde lo alto de la escalera‑. ¿Viene usted de verlo?

‑Sí, lo acabo de ver.

‑¿Y tiene algo que decirme de su parte? Suba, Aliocha. Y usted también, Iván Fiodorovitch. ¿Oye?

La voz de Katia era tan imperiosa, que Iván, tras un instante de vacilación, decidió volver a subir con Alexei.

‑Estaba escuchando ‑murmuró Iván para sí. Pero Aliocha lo oyó.

Y al entrar en el salón, Iván dijo en voz alta:

‑Permítame que no me quite el abrigo. Sólo estaré con ustedes un minuto.

‑Siéntese, Alexei Fiodorovitch ‑dijo Catalina Ivanovna, permaneciendo de pie.

No había cambiado mucho. En sus oscuros ojos brillaba una luz maligna. Aliocha recordó más tarde que la joven le había parecido extraordinariamente hermosa en aquellos momentos.

‑¿Qué me tiene usted que decir de su parte?

‑Sólo esto ‑dijo Aliocha, mirándola a los ojos‑: que se domine usted y no hable en la audiencia de lo que... pasó entre ustedes cuando se vieron por primera vez.

‑¡Ah! De mi profunda reverencia para darle las gracias por el dinero ‑dijo Catalina Ivanovna, riendo amargamente‑. ¿Teme por él o por mí? Conteste, Alexei Fiodorovitch.

Aliocha la miró atentamente. Trataba de comprenderla.

‑Por los dos: por usted y por él.

Catalina Ivanovna enrojeció.

‑Usted no me conoce todavía, Alexei Fiodorovitch. Bien es verdad que tampoco yo me conozco a mí misma. Acaso me deteste usted mañana después de mi declaración como testigo.

‑Estoy seguro de que declarará usted lealmente ‑dijo Aliocha‑. No hace falta más.

‑Las mujeres no somos siempre leales. Hace una hora temía encontrarme con ese monstruo, con ese reptil. Sin embargo, sigue siendo para mi un ser humano... ¿Pero es un asesino? ‑exclamó volviéndose hacia Iván.

Aliocha comprendió en el acto que, antes de su llegada, Catalina había hecho esta pregunta una y otra vez a su hermano, y que habían terminado discutiendo.

‑He ido a ver a Smerdiakov ‑continuó Catalina Ivanovna‑. Me convenciste de que es un parricida. Te creí.

Iván sonrió un poco turbado. Aliocha se estremeció al oír el tuteo. No sospechaba que existiera entre ellos tal intimidad.

‑¡Bueno, basta! ‑exclamó Iván‑. Me voy. Hasta mañana.

Salió de la habitación y se dirigió a la escalera. Catalina Ivanovna se apoderó de las manos de Aliocha.

‑¡Sígalo! ¡Déle alcance! No lo deje un momento solo. Está loco. ¿No sabe que se ha vuelto loco? Me lo ha dicho el médico. ¡Corra!

Aliocha corrió hasta alcanzar a Iván, que sólo había recorrido unos cincuenta pasos.

‑¿Qué quieres? ‑preguntó Iván volviéndose hacia Aliocha‑. Te ha dicho ella que me sigas porque estoy loco, ¿verdad? ¡Lo sé! ¡Estoy seguro! ‑añadió, irritado.

‑En eso se equivoca, desde luego; pero no cabe duda de que estás enfermo. Hace un momento te miraba, Iván, y me horrorizaba de ver la mala cara que tienes.

Iván no se había detenido. Aliocha iba a su lado.

‑¿Cómo se vuelve loco uno, Alexei Fiodorovitch? ¿Lo sabes? ‑preguntó Iván.

Hablaba con calma y en su voz había un matiz de curiosidad.

‑No, no lo sé. Pero creo que hay muchas clases de locura.

‑¿Puede notar uno mismo que se vuelve loco?

‑Pues ‑repuso Aliocha un poco desconcertado‑ yo creo que uno no puede observarse a sí mismo en tales casos.

Iván estuvo callado un momento. De pronto, dijo:

‑Si quieres hablar conmigo, habremos de cambiar de conversación.

‑¡Ah, se me olvidaba! ‑dijo Aliocha tímidamente, entregando a su hermano la carta de Lise‑. Tengo esta carta para ti.

Estaban cerca de un farol. Iván reconoció la letra de Lise.

‑¡Demonio de chica!

Con una sonrisa maligna, hizo pedazos la carta sin abrir el sobre. El viento dispersó los trocitos de papel.

‑Aún no tiene dieciséis años, y ya se ofrece ‑dijo en un tono de desprecio.

‑¿Se ofrece? ¿Qué quieres decir?

‑¡Lo que he dicho, diablo: que se ofrece como una cualquiera!

‑¡No digas eso, Iván! ‑protestó Aliocha, profundamente apenado‑. ¡Es una niña; estás insultando a una niña! Esa muchacha está también muy enferma; acaso se vuelva loca. Yo tenía que entregarte su carta. Quiero salvarla y esperaba que tú me explicases...

‑No tengo nada que explicarte. Si ella es una niña, yo no soy su nodriza. ¡No, no insistas, Alexei! No quiero ni siquiera pensar en ella.

Hubo un nuevo silencio. Iván lo interrumpió, sarcástico:

‑Se pasará la noche rezando a la Virgen para saber lo que ha de hacer mañana.

‑¿Te refieres a Catalina Ivanovna?

‑Sí. ¿Salvará a Mitia con su declaración, o lo perderá? Pedirá a Dios que la ilumine. Aún no sabe lo que tiene que hacer; no ha tenido tiempo para prepararse. ¡Otra que me ha tomado por su nodriza! ¡Quiere que la meza en mis brazos!

Aliocha dijo tristemente:

‑Catalina Ivanovna te ama, hermano.

‑Es posible. Pero a mí no me gusta ella.

Aliocha replicó tímidamente:

‑Está atormentada... ¿Por qué le has dicho a veces cosas esperanzadoras? Sé que lo has hecho. Perdona que lo hable así.

‑¡Ya sé que debería hablarle francamente y romper con ella!‑exclamó Iván, arrebatado‑. Pero no puedo hacerlo. Hay que esperar a que juzguen al asesino. Si rompiera con ella ahora, mañana, por venganza, perdería a ese miserable. Lo odia y sabe que lo odia. Estamos representando una farsa. Mientras conserve la esperanza, Katia no perderá a ese monstruo, ya que sabe que yo quiero salvarlo. ¡Ansío que se pronuncie esa maldita sentencia!

Las palabras «asesino» y «monstruo» impresionaron a Aliocha profundamente.

‑¿Pero qué puede perder a nuestro hermano Mitia? ¿Qué puede haber de malo en su declaración?

‑Mucho. Posee una carta de Mitia que prueba su culpabilidad.

‑¡No es posible! ‑exclamó Aliocha.

‑¡Ah!, ¿no? La he leido con mis propios ojos.

‑Esa carta no puede existir ‑exclamó Aliocha con vehemencia‑, por la sencilla razón de que Mitia no es el asesino. Mitia no ha matado a nuestro padre.

‑Entonces, ¿quién crees que lo ha matado? ‑preguntó fríamente, con arrogancia.

‑Tú lo sabes perfectamente ‑dijo Aliocha, recalcando las palabras.

‑¿También tú crees en la fábula que circula sobre ese idiota, ese epiléptico de Srnerdiakov?

‑Lo sabes perfectamente ‑repitió Aliocha en el término de sus fuerzas, temblando, jadeando

‑¿Pero quién ha sido? ¡Dilo!

Iván estaba ciego de rabia; no era dueño de sí mismo.

‑Yo sólo sé ‑dijo Aliocha en voz baja‑ que tú no has matado a nuestro padre.

‑¿Que yo no lo he matado? No lo entiendo.

‑No, tú no lo has matado ‑repitió Aliocha con firmeza.

Hubo una pausa.

‑¡Pues claro que no! ¡Eso ya lo sé!

Iván estaba pálido y miraba a Aliocha con una sonrisa que tenía mucho de mueca. De nuevo se hallaban bajo la luz de un farol.

‑Eso no es cierto, Iván. Tú lo has dicho muchas veces que eres el asesino.

‑¿Yo? ‑exclamó Iván impresionado‑. ¿Cuándo he dicho eso? Yo estaba en Moscú. Contesta. ¿Cuándo he dicho eso?

‑Te lo has repetido infinidad de veces, estando solo, durante estos dos meses horribles.

Aliocha parecía hablar a la fuerza, como obedeciendo a una orden imperiosa.

‑Te has acusado ‑continuó‑. Has reconocido que el asesino no ha sido nadie más que tú. Pero estás equivocado. No has sido tú, ¿oyes?, no has sido tú. Dios me ha enviado a decírtelo.

Los dos guardaron silencio durante unos instantes. Estaban pálidos y se miraban a los ojos. De pronto, Iván se estremeció y cogió a Aliocha por los hombros.

‑Tú estabas en mi casa ‑murmuró con los dientes apretados‑, tú estabas en mi casa la noche en que «él» vino... ¿Lo viste?

‑No sé de quién me hablas ‑dijo Aliocha, sin comprender‑. ¿Te refieres a Mitia?

‑No, no me refiero a ese monstruo. ¡Que se vaya al diablo! ‑vociferó Iván‑. Dime: ¿cómo has sabido que «él» viene a verme?

‑¿Pero quién es «él»? ‑preguntó Aliocha, aterrado‑. No sé de quién me hablas.

‑Si que lo sabes. De lo contrario no sabrías que...

Se detuvo. Permaneció un momento pensativo. Una extraña sonrisa plegaba sus labios.

‑Iván ‑dijo Aliocha con una voz que la emoción hacía temblar‑, te he hablado así porque sé que me crees. Te lo digo y te lo repetiré toda la vida: ¡No has sido tú! ¿Oyes? ¡No has sido tú! Dios me ha inspirado estas palabras, y te las digo, aun a costa de atraerme tu odio eterno.

Iván volvía a ser dueño de sí mismo.

‑Alexei Fiodorovitch ‑dijo, sonriendo fríamente‑, bien sabes que no me gustan los profetas ni los epilépticos, y menos aún los enviados de Dios. En este momento rompo contigo, y para siempre. Te agradeceré que me dejes en esta esquina. Te vendrá bien, pues esta calle conduce a casa. Y sobre todo, oye esto bien: no quiero volver a verte hoy.

Dio media vuelta y se alejó con paso firme, sin volverse.

‑¡Iván! ‑gritó Aliocha‑. ¡Si hoy te pasa algo, piensa en mí!

Iván no le contestó. Aliocha permaneció en la esquina, cerca del farol, hasta que su hermano desapareció en la oscuridad. Luego echó a andar lentamente, camino de su casa. Ni Iván ni él habían querido vivir en la mansión solitaria de su padre. Aliocha había alquilado una habitación amueblada en una casa particular. Iván ocupaba un departamento, espacioso y cómodo, en casa de una dama de edad, viuda de un funcionario. Lo servía una vieja sorda y reumática, que se levantaba a las seis de la mañana y se acostaba a las seis de la tarde. Desde hacía dos meses, Iván Fiodorovitch se mostraba muy poco exigente. Además, le gustaba estar solo. Se arreglaba él mismo la habitación y era muy raro que saliera a las otras.

Al llegar al portal de casa, Iván cogió el cordón de la campanilla, pero no la hizo sonar. Había experimentado un repentino estremecimiento de cólera. Soltó el cordón en un arrebato de despecho y echó a andar hacia el otro extremo de la ciudad, hacia una casita de techo bajo que estaba a una media legua de distancia. En ella habitaba María Kondratievna, la antigua vecina de Fiodor PavIovitch, que solía ir a casa de éste a pedir un plato de sopa y a oír las canciones con que la obsequiaba Smerdiakov acompañándose de su guitarra. María Kondratievna había vendido su casa y vivía con su madre en una especie de isba. Smerdiakov, ya tan enfermo que parecía estar al borde de la muerte, se había ido a vivir con ellas. A esta casucha se dirigió Iván Fiodorovitch, obedeciendo a un impulso repentino, irresistible.


Capítulo VI: Primera entrevista con Smerdiakov
de Fiódor Dostoyevski


Era la tercera vez que Iván Fiodorovitch iba a hablar con Smerdiakov desde su regreso de Moscú. Lo había visto el mismo día de su llegada, después del drama, y lo había vuelto a ver dos semanas más tarde. Pero aquella noche hacía más de un mes que no había hablado con Smerdiakov ni sabía nada de él.

Iván Fiodorovitch había regresado de Moscú sólo cinco días después de la muerte de su padre y al siguiente de su entierro. Aliocha ignoraba la dirección de su hermano en Moscú y, para darle la noticia, había recurrido a Catalina Ivanovna, la cual había telefoneado a sus padres, creyendo que Iván Fiodorovitch los habría ido a visitar el mismo día de su llegada. Pero Iván no fue a verlos hasta cuatro días después. Entonces había leído el telegrama y regresado a toda prisa. Con el primero que habló del crimen fue con Aliocha, y se asombró de oírle decir que Mitia era inocente y que el asesino era Smerdiakov, afirmación contraria a la opinión general. Después visitó al ispravnik, y cuando se hubo informado con todo detalle de los interrogatorios y de los motivos en que se basaba la acusación, le pareció aún más inexacta la opinión de Aliocha y la atribuyó a un exceso de cariño fraternal. Expliquemos de una vez los sentimientos que experimentaba Iván por su hermano Dmitri. No sentía por él el menor afecto; la compasión que le inspiraba tenía algo de desprecio a incluso de aversión. Mitia le era en extremo antipático, incluso físicamente. Ante el amor de Catalina Ivanovna por este pobre diablo, Iván sentía verdadera indignación. Había visitado a Mitia inmediatamente después de su regreso de Moscú, y esta visita había reforzado su convicción. Dmitri se hallaba bajo los efectos de una agitación morbosa; hablaba mucho, pero con cierta incoherencia y sin prestar atención a lo que decía. Se expresaba con brusquedad, acusaba a Smerdiakov y se embrollaba. Repetía que el difunto le había robado tres mil rublos. «Este dinero me pertenecía ‑afirmaba‑. Aunque se lo hubiera robado, no se me habría podido tachar de injusto.» Apenas hablaba de los cargos que se le hacían, y cuando se refería a los hechos favorables, a su inculpabilidad, lo hacía confusa y torpemente, como si no quisiera justificarse ante Iván. Se enojaba, desdeñaba las acusaciones, se enfurecía, profería insultos. Se reía de que Grigori afirmara que la puerta estaba abierta. «¡La debió de abrir el diablo!», exclamaba. Pero no podía explicar satisfactoriamente este detalle. Incluso había ofendido a Iván al hablar de ello en su primera entrevista, diciendo de pronto que quienes sostenían que todo estaba permitido no tenían derecho a sospechar de él ni de interrogarlo. En resumidas cuentas, que había tratado a Iván sin la menor consideración.

Éste, después de su diálogo con Mitia, había ido a visitar a Smerdiakov. En el tren que le traía de Moscú no había cesado de pensar en este sirviente epiléptico y en la conversación que había tenido con él la víspera del día de su marcha. Recordó muchos detalles de la conducta de Smerdiakov que le parecían sospechosos. Pero, al declarar ante el juez de instrucción, Iván no había hecho la menor alusión a ellos. Antes de tocar esos puntos quería ver a Smerdiakov, que entonces estaba en el hospital. Herzenstube y el doctor Varvinski, médico del hospital, dijeron categóricamente a Iván, contestando a sus preguntas, que no cabía duda de que Smerdiakov era un epiléptico. Incluso se sorprendieron de que Iván les preguntase si el enfermo podía haber fingido el ataque que sufrió el día del drama. Le contestaron que el ataque había sido violentisimo y que se había repetido en los días siguientes, poniendo en peligro la vida del enfermo. Gracias a las medidas que se habían tomado, se podía afirmar que había pasado el peligro de muerte, pero el doctor Herzenstube añadió que el paciente tendría la razón trastornada durante mucho tiempo y que este trastorno podía ser incluso definitivo. Iván Fiodorovitch preguntó si había perdido la razón por completo, y le contestaron que no podía decirle si estaba loco, pero que presentaba ciertos síntomas de locura. Iván decidió entonces observar su estado directamente y obtuvo permiso para visitarlo. Smerdiakov estaba acostado en una habitación de dos camas. El otro lecho lo ocupaba un enfermo de hidropesía que no podía durar más de cuarenta y ocho horas. Por lo tanto, este desgraciado no podía ser un obstáculo para la conversación de Iván con Smerdiakov. Éste sonrió con desconfianza e incluso mostró cierta inquietud al ver a Iván Fiodorovitch. Por lo menos, ésta fue la impresión del visitante. Pero el paciente cambió de actitud en seguida, tanto, que Iván Fiodorovitch incluso se asombró de su serenidad. La evidente gravedad de su estado impresionó profundamente a Iván. Smerdiakov estaba exhausto, hablaba lentamente, con gran dificultad, había adelgazado mucho y su palidez era extrema. Durante los veinte minutos que duró la conversación se quejó sin cesar de que le dolían la cabeza y todos los miembros. Su cara de eunuco se había reducido. El cabello le caía revuelto sobre las sienes. Sólo un delgado mechón se levantaba a modo de tupé. Únicamente los continuos y nerviosos guiños del ojo izquierdo recordaban al Smerdiakov de siempre. Iván se acordó inmediatamente de su frase «da gusto hablar con un hombre inteligente». Se sentó en un taburete, junto a los pies de la cama. Smerdiakov se movió un poco entre gemidos, pero guardó silencio. No demostraba la menor curiosidad.

‑¿Podemos hablar? No te molestaré mucho tiempo.

‑Claro que podemos hablar ‑repuso Smerdiakov con voz débil‑. ¿Hace mucho que ha llegado? ‑añadió como para animar al visitante, que estaba algo cohibido.

‑He llegado hoy mismo... He venido para aclarar ciertas cosas.

Smerdiakov lanzó un suspiro.

‑¿Por qué suspiras? ‑preguntó Iván‑. ¿Sabes a qué me refiero?

‑¿Cómo no lo he de saber? ‑repuso Smerdiakov tras una pausa‑. Se veía claramente que la cosa terminaría mal, pero no se podía prever que acabara así.

‑Nada de subterfugios. Dijiste que te daría un ataque en cuanto bajaras a la bodega. Mencionaste la bodega claramente.

‑¿Lo ha dicho usted en su declaración? ‑preguntó Smerdiakov, impasible.

‑Todavía no, pero lo diré. Me debes ciertas explicaciones, querido, y te aseguro que no permitiré que te burles de mí.

‑¿Burlarme de usted? ¡Pero si sólo confío en usted, si confío en usted lo mismo que en Dios! ‑replicó Smerdiakov, inconmovible.

‑Hay un hecho indiscutible, y es que nadie puede prever un ataque de epilepsia. Me he informado; es inútil que pretendas engañarme. ¿Cómo pudiste, pues, predecir el día, la hora a incluso el lugar? ¿Cómo pudiste saber que sufrirías un ataque precisamente en la bodega?

‑Yo tenía que ir a la bodega varias veces al día ‑replicó lentamente Smerdiakov‑. También me caí del granero hace un año. Desde luego, no se puede prever el día y la hora de un ataque, pero uno puede tener un presentimiento.

‑¡Tú predijiste el día y la hora!

‑En lo que concierne a mi enfermedad, señor, acuda a los médicos. Ellos le dirán si es verdadera o fingida. Yo de esto no sé nada.

‑¿Pero cómo pudiste prever que sufrirías un ataque en la bodega?

‑La bodega lo obsesiona, señor. Cuando empecé a bajar la escalera, el miedo y la desconfianza se apoderaron de mi. Mi miedo se debía a que usted se había marchado y en la casa no quedaba nadie que me defendiera. Yo pensaba: «Te va a dar un ataque, vas a caer.» Esta misma aprensión formó un nudo en mi garganta. Y caí rodando por la escalera... Todo esto, así como la conversación que tuve con usted el día anterior, en el portal de la casa, cuando le comuniqué mis temores, sin dejar de mencionar la bodega, lo expliqué detalladamente al doctor Herzenstube y al juez de instrucción Nicolás Parthenovitch, que lo hizo anotar en el expediente. El médico del hospital, el doctor Varvinski, dijo que la simple aprensión podía haber provocado el ataque, y también esto se consignó en las actas.

Smerdiakov daba muestras de agotamiento y respiraba con dificultad.

‑¿De modo que ya has declarado todo eso? ‑preguntó Iván Fiodorovitch, un tanto desconcertado.

Iván pretendía atemorizar a Smerdiakov amenazándole con explicar la conversación que había tenido con él, pero el enfermo se le había anticipado.

‑¿Por qué no lo había de declarar? ‑dijo Smerdiakov, imperturbable‑. No tengo nada que temer y la verdad debe saberse.

‑¿Repetiste exactamente nuestra conversación en el portal?

‑Exactamente, no.

‑¿Dijiste que eres capaz de simular un ataque, como me confesaste a mí dándote importancia?

‑No.

‑Otra cosa. ¿Por qué tenías tanto interés en que me fuera a Tchermachnia?

‑No quería que se marchara usted a Moscú. Tchermachnia está más cerca.

‑Mientes. Lo que tú deseabas era alejarme. «Apártese del pecado», me dijiste.

‑Lo hice por amistad, por el afecto que le tengo. Presentía una desgracia y quería advertirle. Pero mi seguridad era para mí primero que usted. Por eso le dije: «Apártese del pecado.» Con esto quería darle a entender que iba a ocurrir algo grave y que usted debía quedarse aquí para defender a su padre.

‑¡Debiste hablarme con franqueza, imbécil!

‑¿Acaso podía? Yo estaba atemorizado. Además, pensé que usted podía enojarse. Se podía temer que Dmitri Fiodorovitch provocase un escándalo y se llevara ese dinero que él consideraba suyo, ¿pero quién iba a figurarse que cometería un asesinato? Yo creía que Dmitri Fiodorovitch se limitaría a apoderarse del sobre que contenía los tres mil rublos y que estaba escondido debajo del colchón. Pero no se conformó con robar, sino que asesinó. Esto no se podía prever.

‑En este caso, ¿cómo iba a preverlo yo y a quedarme? Esto no está claro.

‑Usted debió comprender por qué le pedí que fuera a Tchermachnia y no a Moscú.

‑Eso no prueba nada.

Smerdiakov hubo de hacer una nueva pausa. Parecía en el límite de sus fuerzas.

‑Usted debió comprender que si yo insistía en que fuera a Tchermachnia era porque deseaba tenerlo cerca, ya que Moscú está muy lejos. Sabiendo que estaba usted a dos pasos de aquí, Dmitri Fiodorovitch tal vez no se habría atrevido a hacer lo que hizo. Y, en caso necesario, usted habría acudido en mi ayuda, y más habiéndole advertido que Grigori Vasilievitch estaba enfermo y que yo temía que me diera un ataque. Además, le expliqué que, utilizando ciertas señales, se podía entrar en casa de Fiodor Pavlovitch, y que Dmitri Fiodorovitch conocía esta contraseña porque yo se la había revelado. Esto era otra razón para que yo creyese que usted, temiendo que su hermano se dejase llevar de su carácter violento, no se fuera ni siquiera a Tchermachnia, sino que se quedase aquí.

Iván se dijo: «Habla en serio, aunque balbucea. No comprendo por qué Herzenstube dice que tiene perturbado el juicio.»

‑¡No eres sincero, canalla! ‑exclamó.

‑Lo soy ‑dijo Smerdiakov con firmeza‑. Francamente, en aquel momento creí que usted me había comprendido.

‑Si te hubiera comprendido, me habría quedado.

‑¡Y yo que pensé que usted se marchaba porque tenía miedo!

‑Por lo visto, crees que todos son tan cobardes como tú.

‑Perdóneme por haber creído que usted era como yo.

‑Desde luego, debo ser más previsor. Por otra parte, temí que cometieras alguna villanía. ‑De pronto tuvo un recuerdo que le hizo exclamar‑: ¡Mientes, mientes otra vez! Recuerdo que, cuando me despedí de ti, me dijiste: «Da gusto hablar con una persona inteligente.» Esa amabilidad era buena prueba de que te alegrabas de que me marchase.

Smerdiakov suspiró varias veces y pareció sentirse abochornado.

‑Yo me alegré ‑dijo haciendo un gran esfuerzo‑ de que decidiera usted ir a Tchermachnia y no a Moscú. Tchermachnia está más cerca. Pero mis palabras no eran de agradecimiento, sino de reproche. Usted no me comprendió.

‑¿Por qué eran de reproche?

‑Porque, aun presintiendo una desgracia, abandonaba usted a su padre. Además, me dejaba a mí indefenso, pues se me podía atribuir el robo de los tres mil rubios.

‑¡Vete al diablo! ¡Ah! Una pregunta: ¿hablaste a los jueces de la contraseña, de los golpes de llamada?

‑Sí, lo expliqué con todo detalle.

Iván Fiodorovitch tuvo de nuevo un gesto de asombro.

‑Lo único que pensé al marcharme fue que cometerlas alguna infamia. Creía a Dmitri capaz de matar, pero no de robar. ¿Por qué me dijiste que sabías fingir un ataque?

‑Fue una chiquillada. Jamás he simulado un ataque. Lo dije por presumir. Entonces lo quería a usted mucho y le hablaba con ingenuidad infantil.

‑Mi hermano te acusa. Dice que fuiste tú el que cometiste el robo y el crimen.

‑¿Él qué ha de decir? ‑replicó Smerdiakov con una amarga sonrisa‑. ¿Pero quién lo creerá, sabiéndose los cargos que pesan sobre él? Grigori Vasilievitch vio la puerta abierta. Es una prueba decisiva. En fin, que Dios le perdone. Tiene miedo y trata de salvarse.

Reflexionó un momento y añadió:

‑Es lo de siempre. Quiere descargar sobre mí la culpa del crimen. Ya lo había oído decir. ¿Pero le habría dicho yo a usted que podía simular un ataque de epilepsia si hubiese tenido el propósito de matar a su padre? ¿Habría cometido la necedad de ofrecer por anticipado semejante prueba y nada menos que al hijo de la víctima? ¿Es esto verosímil? Nadie, excepto Dios, está escuchando esta conversación, pero si usted la transmitiera al procurador y a Nicolás Parthenovitch, esto me favorecería, pues no es posible que un desalmado obre con tanta ingenuidad. Todo el mundo razonará de este modo.

‑Óyeme ‑dijo Iván Fiodorovitch levantándose, impresionado por este último argumento‑. No sospecho de ti. Sería una necedad acusarte. Incluso te agradezco que me hayas tranquilizado. Ya volveré, pero ahora me voy. Adiós; que te mejores. ¿Necesitas algo?

‑Gracias. Marta Ignatievna no me olvida, y como es tan buena, viene en mi ayuda siempre que me hace falta. Todos los días vienen a verme buenos amigos.

‑Hasta más ver. No diré que dijiste que sabías simular un ataque. Te aconsejo que tampoco tú vuelvas a hablar de ello ‑dijo Iván, sin saber por qué.

‑De acuerdo. Si usted no dice lo de la simulación, tampoco yo diré nada de nuestra charla en el portal.

Iván Fiodorovitch salió de la habitación. Cuando había dado unos diez pasos por el corredor se dio cuenta de que la última frase de Smerdiakov tenía algo de ofensivo para él. Por un momento pensó volver atrás, pero cambió de opinión, se encogió de hombros y salió del hospital.

Se había tranquilizado al saber que el culpable no era Smerdiakov, como parecía lógico suponer, sino Mitia. ¿Por qué había cometido su hermano el crimen? No intentó dilucidarlo; le repugnaban estos análisis psíquicos. Anhelaba olvidar. En los siguientes días acabó de convencerse de la culpabilidad de Mitia, al estudiar a fondo las pruebas que se acumulaban contra él. Personas tan humildes como Fenia y su madre habían hecho declaraciones abrumadoras. Y no hablemos de Perkhotine, los clientes de la taberna, los comerciantes Plotnikov y los testigos de Mokroie. Había detalles que eran cargos decisivos. El de la llamada mediante una serie de golpes convenida había impresionado al juez y al procurador casi tanto como la afirmación de Grigori de que la puerta estaba abierta. Marta Ignatievna, al interrogarla Iván Fiodorovitch, dijo que Smerdiakov había pasado la noche muy cerca de su lecho, al otro lado del tabique, y que más de una vez se había despertado al oír los gemidos del enfermo. «Se lamentaba sin cesar.» Iván habló también con el doctor Herzenstube y le expuso sus dudas acerca de la demencia de Smerdiakov, que a él le había parecido simplemente un hombre extenuado.

‑¿Sabe usted en qué se ocupa ahora? Escribe palabras francesas con caracteres rusos en un cuaderno y se las aprende de memoria.

Al fin desaparecieron hasta las últimas dudas de Iván. Ya no podía pensar en Dmitri sin experimentar cierta aversión. Sin embargo, le sorprendía la persistencia con que Aliocha afirmaba que el asesino no era Dmitri y que había «muchas probabilidades» de que fuera Smerdiakov. Iván había respetado siempre las opiniones de Aliocha, y ésta, la referente a la culpabilidad del epiléptico, lo desconcertaba. Otro detalle sorprendía a Iván: Aliocha no era nunca el primero en hablar de Mitia, sino que se limitaba a contestar a las preguntas que él le hacia sobre Dmitri. Además de éstas, Iván tenía otra preocupación: desde que había regresado de Moscú estaba locamente enamorado de Catalina Ivanovna.

No es éste el lugar a propósito para describir la gran pasión de Iván Fiodorovitch, una pasión que influyó decisivamente en su vida. En ella hay materia para una obra aparte, que tal vez escriba algún día. Me limitaré, pues, a hacer constar que cuando Iván dijo a Aliocha, al salir de casa de Catalina Ivanovna, que ésta no le gustaba, se mentía a si mismo. Iván sentía por ella un amor inmenso, aunque a veces la odiaba hasta el extremo de experimentar el deseo de matarla.

Esta pasión había nacido por diversas causas. Trastornada por la tragedia, Catalina Ivanovna se había arrojado sobre Iván Fiodorovitch como se arroja sobre su salvador el que está perdido. Se sentía ofendida y humillada, y he aquí que en esto veía aparecer al hombre que tanto la había amado ‑estaba segura de ello‑ y cuya inteligencia y sentimientos había apreciado siempre. Pero ella, inflexible en el cumplimiento de sus compromisos, no le había entregado enteramente su corazón, a pesar del ímpetu pasional, propio de un Karamazov, de su pretendiente y de la fascinación que ejercía sobre ella. Además, se reprochaba constantemente haber traicionado a Mitia, y así se lo decía a Iván, con toda franqueza, en sus frecuentes disputas. A esto se refería Iván cuando, hablando con Aliocha, había dicho que todo era una farsa entre ellos. Efectivamente había mucho de farsa en sus relaciones, lo que exasperaba a Iván Fiodorovitch. Pero no nos anticipemos.

Durante algún tiempo, Iván casi se olvidó de Smerdiakov. Sin embargo, quince días después de su primera visita al enfermo volvieron a atormentarle extrañas ideas. Se preguntaba con frecuencia por qué la última noche que pasó en casa de Fiodor Pavlovitch, antes de emprender el viaje, había salido en silencio, como un ladrón, a la escalera, para oír lo que hacia su padre en la planta baja. A la mañana siguiente, cuando se acercaba a Moscú se había acordado de esto, había sentido una repentina angustia y se había dicho: «Soy un miserable.» ¿Por qué se acusaba a si mismo?

Un día en que estaba dando vueltas en su imaginación a estos ingratos recuerdos y se decía que eran capaces de hacerle olvidar a Catalina Ivanovna, se encontró con Aliocha. Inmediatamente le preguntó:

‑¿Te acuerdas de aquella tarde en que llegó de pronto Dmitri y golpeó a nuestro padre? Después, en el patio, te dije que me reservaba «el derecho de desear». Dime: ¿pensaste entonces que yo deseaba la muerte de nuestro padre?

‑Si ‑repuso sencillamente Aliocha.

‑Verdaderamente, no era dificil deducirlo. ¿Pero pensaste también que yo deseaba que los reptiles se devorasen entre sí, o sea que Dmitri matara a nuestro padre? ¿Que yo incluso estaba dispuesto a ser su cómplice?

Aliocha palideció y fijó su mirada en los ojos de Iván.

‑¡Habla! ‑gritó Iván‑. ¡Quiero conocer tu pensamiento! ¡Necesito saber toda la verdad!

Jadeaba, miraba a su hermano con anticipada hostilidad.

‑Perdóname, pero también pensé eso ‑murmuró Aliocha, sin añadir ninguna palabra atenuante.

‑Gracias ‑dijo secamente Iván. Y continuó su camino.

Desde entonces, Aliocha observó que su hermano lo miraba con aversión y rehuía su trato, por lo que decidió no volver a visitarlo.

Inmediatamente después de su encuentro con Aliocha, Iván fue a ver de nuevo a Smerdiakov.


Capítulo VII: Segunda entrevista con Smerdiakov
de Fiódor Dostoyevski


Smerdiakov había salido ya del hospital. Vivía en aquella casita de techo bajo habitada por María Kondratievna. La vivienda tenía dos habitaciones, y entre ellas un vestíbulo. María Kondratievna y su madre ocupaban una de las habitaciones, y la otra Smerdiakov. Nadie sabía exactamente con qué títulos habitaba el epiléptico en aquella casa. Al fin se supuso que era el prometido de María Kondratievna y que no pagaba alquiler alguno. Tanto la madre como la hija le tenían gran afecto y lo consideraban superior a ellas.

Cuando le abrieron la puerta, Iván, siguiendo las indicaciones de María Kondratievna, se dirigió a la habitación de la izquierda, que era la ocupada por Smerdiakov. Una estufa de barro despedía un calor sofocante. Las paredes estaban cubiertas de un papel azul lleno de desgarrones y bajo el cual corrían las cucarachas con un rumoreo continuo. El mobiliario era muy simple: dos bancos a ras de las paredes y dos sillas junto a la mesa, sencilla y cubierta por un mantel rameado de color de rosa. Geranios en las ventanas: en un rincón, imágenes santas. En la mesa había un abollado samovar de cobre, una bandeja y dos tazas. El samovar estaba apagado; Smerdiakov se había tomado ya el té. Estaba sentado en un banco, escribiendo en un cuaderno. A su lado había un frasquito de tinta y una bujía en un candelero de metal. Al ver a Smerdiakov, Iván tuvo la impresión de que estaba completamente restablecido. Tenía la cara más llena y más lozana; el cabello, lustroso y bien peinado. Llevaba una bata de vivos colores, acolchada y no muy vieja. Usaba lentes, y este detalle irritó a Iván Fiodorovitch, que lo ignoraba. «¡Llevar lentes ese desgraciado!»

Smerdiakov levantó la cabeza, miró al visitante y se quitó los lentes. Después se puso en pie sin apresurarse, menos por respeto que por observar las reglas de la urbanidad. Iván advirtió al punto estos detalles y, sobre todo, la hostilidad y altivez que había en su mirada. «¿A qué vienes? ‑parecía decir‑. Tú y yo ya nos pusimos de acuerdo.» Iván Fiodorovitch apenas podía contenerse.

‑¡Qué calor hace aquí! ‑dijo desabrochándose el abrigo.

‑Quíteselo ‑sugirió Smerdiakov.

Iván Fiodorovitch se lo quitó. Después, con manos temblorosas, retiró un poco una de las sillas que había junto a la mesa y se sentó. Smerdiakov había ocupado ya su asiento.

‑Ante todo, una pregunta ‑dijo Iván‑. ¿Pueden oírnos?

‑No; ya habrá visto usted que entre esta habitación y la otra hay un vestíbulo.

‑Bien, escucha. Cuando me despedí de ti en el hospital, me dijiste que si yo no hablaba de tu habilidad para fingir ataques, tú no explicarías nuestra conversación en el portal. ¿Qué querías decir? ¿Era una amenaza? ¿Crees que existe un pacto entre nosotros? ¿Supones acaso que te temo?

Iván Fiodorovitch hablaba con indignación. Daba a entender claramente que detestaba los subterfugios y que le gustaba el juego limpio. Por la mirada de Smerdiakov pasó una nube maligna. Su ojo izquierdo empezó a parpadear nerviosamente. Parecía decirse: «¿Quieres que hablemos claro? Pues te voy a complacer.»

‑Lo que entonces quise decir fue que usted, aun previendo el asesinato de su padre, se marchó, dejándolo sin defensa. Y le prometí callar para evitar juicios desfavorables sobre sus sentimientos... y sobre otras cosas.

Smerdiakov pronunció estas palabras sin precipitarse, en el tono del que es dueño de sí mismo, pero también con provocativa aspereza. Luego se quedó mirando a Iván Fiodorovitch con insolencia.

‑¿Qué dices? ¿Estás en tu juicio?

‑Sí, por completo.

‑¿De modo que, según tú, yo sabía que se iba a asesinar a mi padre? ‑exclamó Iván dando un formidable puñetazo sobre la mesa‑. ¿Qué significa eso de «sobre otras cosas»? ¡Habla, miserable!

Smerdiakov enmudeció. Seguía mirando a Iván con insolencia.

‑¿Qué otras cosas son ésas, canalla?

‑Pues bien son... que usted tal vez deseara, anhelara, la muerte de su padre.

Iván Fiodorovitch se levantó y lanzó su puño con violencia contra un hombro de Smerdiakov. Este retrocedió hasta la pared tambaleándose, mientras las lágrimas bañaban su rostro.

‑¡Eso no está bien, señor! ¡Agredir a un hombre que no puede defenderse!

Se cubrió el rostro con su sucio pañuelo a cuadros y empezó a sollozar.

‑¡Basta! ‑dijo Iván volviendo a sentarse‑. ¡Deja ya de llorar y no me saques de quicio!

Smerdiakov apartó el pañuelo de sus ojos. Su rígido semblante expresaba un profundo rencor.

‑¿De modo, miserable, que tú crees que yo deseaba ponerme de acuerdo con Dmitri para matar a mi padre?

‑Yo no sabía lo que usted pensaba, y precisamente para sondearlo me detuve a hablar con usted.

‑¿Para sondearme? ¿Qué pretendías averiguar?

‑Sus intenciones respecto a su padre, es decir, si usted deseaba su inmediata muerte.

Lo que más irritaba a Iván Fiodorovitch era el tono impertinente de Smerdiakov.

‑¡Fuiste tú quien lo mató! ‑exclamó de pronto.

Smerdiakov sonrió desdeñosamente.

‑Usted sabe perfectamente que no fui yo. Y me extraña que un hombre inteligente como usted insista en semejante acusación.

‑¿Por qué sospechaste de mí?

‑Ya lo sabe usted: por miedo. Yo, debido a mi estado, desconfiaba de todo el mundo, y quería sondearlo a usted para saber si estaba de acuerdo con su hermano, ya que entonces me quedaría sin protección.

‑Hace quince días no hablabas así.

‑Pero le di a entender lo mismo con medias palabras, creyendo que usted prefería esto a que habláramos francamente.

‑¡Es el colmo!... Insisto en que me aclares una cosa: ¿cómo pudo tu alma vil concebir esas innobles sospechas?

‑Usted era incapaz de matar a su padre con sus propias manos, pero podía desear que otro lo hiciera.

‑¡Con qué aplomo hablas! ¿Pero por qué había de sentir yo ese deseo?

‑¿Cómo que por qué? ‑exclamó Smerdiakov pérfidamente‑. Por la herencia. La muerte de su padre suponía para cada uno de ustedes cuarenta mil rublos o más. En cambio, si daban tiempo a que Fiodor Pavlovitch se casara con Agrafena Alejandrovna, ésta, que no tiene un pelo de tonta, se habría apresurado a poner el dinero de su padre a su nombre, y no habría quedado nada para ustedes tres. Esto estuvo a punto de ocurrir. Habría bastado una palabra de Agrafena Alejandrovna para que Fiodor Pavlovitch la hubiese llevado al altar.

Iván Fiodorovitch tenía que hacer grandes esfuerzos para contenerse.

‑Bien ‑dijo al fin‑. Como ves, ni te he pegado ni te he matado. Por lo tanto, puedes continuar. ¿De modo que, según tú, yo contaba con mi hermano Dmitri y le había encargado ese trabajo?

‑Sí. Al ser un asesino, perdería todo sus derechos, se le degradaría y se le deportaría. Entonces su hermano Alexei Fiodorovitch y usted heredarían su parte, y ya no serían cuarenta mil rublos, sino sesenta mil, lo que les tocaría a cada uno. Es, pues, muy natural que usted pensara en Dmitri Fiodorovitch.

‑¡No sé cómo puedo contenerme! Óyeme, cretino: si yo hubiese tenido que contar con alguien, habría contado contigo, no con Dmitri. Y lo juro que presentí que cometerías alguna infamia: recuerdo que tuve esta impresión.

‑También yo pensé que usted contaba conmigo ‑dijo irónicamente Smerdiakov‑. O sea que cada vez se desenmascara usted más. Pues si usted se marchó a pesar de tener este presentimiento, esto equivalía a decir: «Puedes matar a mi padre: no me opongo.»

‑¡Miserable! ¿Eso creíste?

‑Razonemos. Usted quería marcharse a Moscú, y, a pesar de los ruegos de su padre, se negaba a ir a Tchermachnia. Pero de pronto, accediendo a mis ruegos, decide ir a ese lugar cercano. Para proceder de este modo era necesario que esperase usted algo de mí.

‑¡Eso no! ¡Lo juro! ‑gritó lván, rechinando los dientes.

‑¿Cómo que eso no? Usted era el hijo del dueño de la casa. En vez de atender a mis ruegos, debió entregarme a la policía, hacerme azotar o pegarme usted mismo en el acto. Pero usted ni siquiera se enfadó. Y se marchó, en vez de quedarse para defender a su padre. ¿Qué podía yo deducir de este proceder?

Iván tenía el semblante sombrío y los puños crispados sobre las rodillas.

‑Desde luego, siento no haberte dado una paliza ‑dijo con una sonrisa amarga‑. No me era posible llevarte a la policía, pues no me habrían creído sin pruebas. Pero fue un error no molerte a golpes; aunque esté prohibido que uno se tome la justicia por su mano, debí hacerte trizas la cara.

Smerdiakov le observó con visible deleite.

‑En los casos corrientes ‑dijo con evidente satisfacción y en un tono doctoral, como cuando hablaba de cuestiones religiosas con Grigori Vasilievitch‑, tomarse la justicia por las propias manos está vedado por la ley. Sí, se han terminado estas brutalidades. Pero en los casos excepcionales, no sólo en nuestro país, sino en todo el mundo, incluso en la República Francesa, se siguen empleando los puños, como en los tiempos de Adán y Eva. Y siempre será así. Pero usted, ni siquiera en uno de estos casos excepcionales se atrevió a hacer use de la acción directa.

‑¿Esto es lo que aprendes de las frases francesas que escribes ahí? ‑preguntó Iván señalando el cuaderno que estaba sobre la mesa.

‑¿Por qué no? Estoy completando mi instrucción. Pienso que tal vez tenga que visitar algún día los hermosos países de Europa.

‑Escucha, monstruo ‑dijo Iván, temblando de cólera‑, me tienen sin cuidado tus acusaciones. Declara contra mí todo lo que quieras. Si no te he dado ya una paliza es porque sospecho que eres un asesino y voy a entregarte a la justicia. Lo haré cuando consiga desenmascararte.

‑Yo creo que será mejor para usted callarse. ¿Qué puede usted decir contra un inocente? ¿Y quién lo creería? Además, si usted me acusa, yo lo contaré todo. Tengo que defenderme.

‑¿Crees acaso que te temo?

‑Aun admitiendo que la justicia no me crea, el público si que me creerá, y esto no será nada agradable para usted.

‑Ahora comprendo por qué dijiste que da gusto hablar con un hombre inteligente ‑dijo Iván, apretando las mandíbulas.

‑Sí, y usted debe demostrar su inteligencia.

Iván Fiodorovitch se levantó temblando de indignación, se puso el abrigo y, sin contestar a Smerdiakov, sin ni siquiera mirarlo, salió a toda prisa de la casa. El aire fresco de la noche lo despejó. Brillaba la luna. Las ideas y las sensaciones hervían en él. «¿Debo ir a denunciar a Smerdiakov? ¿Para qué, si es inocente? Si lo hiciera, sería él quien me acusaría a mi. ¿Cómo justificar mi viaje a Tchermachnia? Sin duda tiene razón: yo esperaba algo.» Por enésima vez se acordó de que la última noche que pasó en casa de su padre salió a la escalera para acechar, y esto le produjo una sensación tan dolorosa, que se detuvo en seco, como paralizado por una puñalada. «Sí, yo esperaba que ocurriera lo que ocurrió. ¡Ésta es la verdad! ¡Yo deseaba que se cometiera el asesinato!... Bueno, no sé lo que deseaba... ¡Es preciso que mate a Smerdiakov! ¡Si no tengo valor para hacerlo, no merezco vivir!»

Iván se fue derecho a casa de Catalina Ivanovna, que se asustó al ver su trastornado semblante. Iván le refirió, palabra por palabra, toda su conversación con Smerdiakov. Aunque Katia trataba de calmarlo, él iba y venía por la habitación, murmurando palabras incoherentes. Al fin se sentó, apoyó los codos en la mesa y la cabeza en las manos a hizo esta extraña reflexión:

‑Si no fue Dmitri, sino Smerdiakov, yo soy su cómplice, puesto que lo impulsé a cometer el crimen. ¿Pero lo impulsé verdaderamente? No lo sé todavía... Sin embargo, si es él el culpable y no Dmitri, también yo soy un asesino.

Al oír estas palabras, Catalina Ivanovna se levantó en silencio, se dirigió a su escritorio y sacó de una arquilla un papel que colocó ante Iván. Era la carta de que éste había hablado a Aliocha, diciéndole que era una prueba decisiva contra Dmitri. Mitia la había escrito en estado de embriaguez la tarde en que se encontró con Aliocha, cuando éste volvía del monasterio después de la escena en que Gruchegnka había insultado a su rival. Apenas se separó de Aliocha, Mitia corrió a casa de Gruchegnka. Ignoramos si la vio, pero lo cierto es que terminó la velada en la taberna «La Capital», donde bebió hasta emborracharse. En este estado, pidió pluma y papel y escribió una carta prolija, incoherente, digna de un borracho. Era como el hombre que llega a su casa cargado de alcohol y empieza a contar a su mujer y a cuantos la rodean que se ha encontrado con un canalla que le ha insultado, a él que es tan correcto, y que el atrevido sujeto se las pagará. El bebedor no cesa de hablar, reforzando su incoherente discurso con una serie de puñetazos en la mesa y llorando de emoción.

El papel de cartas que dieron a Mitia en la taberna era una hoja áspera y sucia, con operaciones aritméticas en el dorso. Como no tenía espacio suficiente para su palabrería de borracho, Mitia había tenido que llenar los márgenes y escribir las últimas líneas cruzadas sobre el texto. He aquí lo que decía la carta:

Fatal Katia: Mañana tendré dinero y te devolveré los tres mil rublos que te debo. Adiós, mujer iracunda. Y otro adiós para mi amor. ¡Hemos terminado! Mañana pediré dinero a todo el mundo. Y si nadie me lo da, palabra de honor que iré en busca de mi padre, le abriré la cabeza y le quitaré el dinero que tiene escondido debajo de la almohada. Así lo haré si Iván ha salido de viaje. ¡Iré a presidio, pero te devolveré tus tres mil rublos! ¡Adiós! Me inclino ante ti hasta besar el suelo. Soy un miserable. Perdóname. Pero no, no me perdones. Si no me perdonas, viviremos más a gusto los dos. Prefiero el presidio a tu amor, pues amo a otra. La has conocido hoy. No, no puedes perdonarme. ¡Mataré al que me ha robado! Os dejaré a todos para irme a Oriente. No quiero ver a nadie, ni siquiera a ella, pues no eres tú sola la que me hace sufrir. ¡Adiós!

Tu esclavo y enemigo, D. KARAMAZOV.

P. D. ‑ Te maldigo, pero te adoro. Siento latir mi corazón. En él queda una cuerda que vibra por ti. ¡Ah, que estalle cuanto antes! Me mataré, pero antes mataré al monstruo. Le quitaré los tres mil rublos y te los devolveré. Me podrás mirar como a un miserable, pero no como a un ladrón. Te daré los tres mil rublos. Están en casa de ese maldito perro. Los tiene debajo de! colchón, atados con una cinta de color de rosa. No se me podrá acusar de ladrón, pues mataré al hombre que me ha robado. No me desprecies, Katia: Dmitri será un asesino, pero no un ladrón. Dmitri matará a su padre y se perderá porque no puede soportar tu altivez. Y para no tener que amarte.

P. D. ‑ Te beso los pies. ¡Adiós!

P. D. ‑ Katia, pide a Dios que alguien me dé el dinero. Si me lo dan, no tendré que derramar sangre. Si no me lo dan, la derramaré.

Después de haber leído esta carta, Iván quedó convencido de que había sido su hermano y no Smerdiakov el que había cometido el crimen. Y si no había sido Smerdiakov, tampoco había sido él. Iván vio en este documento una prueba irrefutable: ya no tenía la menor duda de que el asesino había sido Mitia. Y como no podía admitir la complicidad entre Dmitri y Smerdiakov, ya que no estaba de acuerdo con los hechos, su tranquilidad fue completa. Al día siguiente, el recuerdo de Smerdiakov y sus ironías le producía un profundo desprecio. Transcurridos varios días, incluso se extrañó de haberse sentido tan mortificado por las sospechas del epiléptico. Y decidió no volver a pensar en él.

Así pasó un mes. Entonces Iván se enteró de que Smerdiakov estaba enfermo de cuerpo y de espíritu.

‑Este hombre se volverá loco ‑había dicho el doctor Varvinski.

En los últimos días de aquel mes, Iván se sintió también muy mal y consultó al médico que Catalina Ivanovna había traído de Moscú. Las relaciones entre Katia a Iván se habían agriado extraordinariamente. Eran como dos enemigos enamorados el uno del otro. Los « retornos» de Catalina Ivanovna a Mitia, pasajeros pero violentos, exasperaban a Iván. Aunque parezca extraño, Iván no había oído durante todo el mes una palabra de duda en labios de Catalina Ivanovna respecto a la culpabilidad de Mitia, a pesar de aquellos «retornos» que tanto le mortificaban. Estas dudas sólo las había expresado en la última escena que ambos tuvieron con Aliocha cuando éste regresaba de su visita a la cárcel. Otro detalle curioso era que Iván, cuyo odio hacia Mitia crecía sin cesar, se daba perfecta cuenta de que detestaba a su hermano no por los «retornos» de Catalina Ivanovna, sino por haber matado a su padre.

A pesar de este odio, diez días antes del juicio había ido a visitar a Mitia y le había propuesto un plan de evasión evidentemente estudiado hacía mucho tiempo. Este proceder se debía en parte al deseo de desmentir la insinuación de Smerdiakov de que él, Iván, tenía interés en que condenaran a su hermano, ya que así su parte en la herencia, lo mismo que la de Aliocha, aumentaría en veinte mil rublos. Y había decidido gastar treinta mil para facilitar la huida de Dmitri. Tras su visita a la cárcel, Iván estaba triste y amargado. Tuvo la súbita impresión de que no deseaba la evasión de Mitia solamente para salir al paso de la acusación de Smerdiakov. «¿Será también ‑se preguntó‑ porque, en el fondo, soy un asesino?» Se sentía vagamente inquieto y amargado. Durante aquel mes, su orgullo había recibido fuertes embates... Pero ya hablaremos de esto.

Cuando Iván Fiodorovitch, después de su conversación con Aliocha y ya a la puerta de su casa, decidió de pronto ir a ver a Smerdiakov por tercera vez, obedeció a una indignación repentina. Se acababa de acordar de que Catalina Ivanovna había exclamado en presencia de Aliocha: «¡Tú me has convencido de que el asesino es Mitia!» Al recordar esto, Iván se quedó petrificado. No sólo no había dicho jamás a Catalina Ivanovna que el culpable era Mitia, sino que se había acusado a si mismo en presencia de ella al volver de casa de Smerdiakov. Y había sido ella la que le habla demostrado a él la culpabilidad de Mitia poniendo ante sus ojos la carta comprometedora. Luego Katia dijo que había ido a visitar a Smerdiakov. ¿Cuándo? Iván no sabía nada de esta visita, que demostraba que la convicción de Catalina Ivanovna no era muy firme. ¿Qué le habría dicho Smerdiakov? Iván tuvo un arrebato de ira. No comprendía cómo, hacia media hora, había podido oír las palabras de Katia sin replicar violentamente. Soltó el cordón de la campanilla y se dirigió a casa de Smerdiakov.

«¡Esta vez puedo llegar incluso a matarlo!», se iba diciendo por el camino.


Capítulo VIII: Tercera y última entrevista con Smerdiakov
de Fiódor Dostoyevski


Se levantó un fuerte viento, idéntico al que había soplado por la mañana, acompañado de una nevada fina, abundante y seca. La nieve caía sin adherirse al suelo, el viento la arremolinaba; pronto se desencadenó una verdadera tormenta. En la parte de la ciudad donde habitaba Smerdiakov apenas había faroles. Iván avanzaba en la oscuridad, guiándose por el instinto. Le dolía la cabeza, las sienes le latían, su pulso se había acelerado. Poco antes de llegar a la casita de María Kondratievna se encontró con un borracho que llevaba un caftán remendado. Iba haciendo eses y lanzando juramentos. A veces dejaba de vociferar para cantar con voz ronca:

‑Para Piter ha partido Vanka;

ya no lo esperaré.

Invariablemente, después del segundo verso interrumpía el canto y reanudaba las invectivas. Poco después, Iván Fiodorovitch sintió, sin saber por qué, un odio profundo hacia aquel hombre. Se dio cuenta de ello de pronto. Inmediatamente le asaltó un deseo irresistible de golpearlo. Precisamente en ese momento estaban el uno al lado del otro. El borracho, en uno de sus vaivenes, tropezó violentamente con Iván, y éste respondió con un furioso empujón. El del caftán cayó de espaldas sobre la helada tierra, donde, tras proferir un gemido, quedó mudo, inmóvil, inconsciente. «¡Se helará!», pensó Iván mientras reanudaba su camino.

Acudió a abrirle María Kondratievna con una bujía en la mano. Ya en el vestíbulo, María le dijo en voz baja que Pavel Fiodorovitch ‑es decir, Smerdiakov‑ estaba muy enfermo. Incluso había rechazado el té.

‑Supongo que no cesará de vociferar ‑dijo Iván.

‑Al contrario: nunca ha estado más tranquilo. No le entretenga demasiado.

Iván entró en la habitación.

Estaba tan caldeada como de costumbre, pero se observaban en ella algunos cambios: uno de los bancos había sido sustituido por un gran canapé de imitación a caoba, guarnecido de cuero y convertido en cama, con almohadas perfectamente limpias. Smerdiakov, vestido con su vieja bata, estaba sentado en el canapé, ante la mesa, trasladada allí. Estos cambios habían reducido el espacio libre. Sobre la mesa se veía un gran libro de tapas amarillas. Smerdiakov recibió a Iván con una mirada larga y silenciosa y no demostró la menor sorpresa al verlo. También su aspecto había cambiado, y mucho: tenía el rostro pálido y enjuto; los ojos, hundidos; los párpados inferiores, amoratados.

‑¿Estás verdaderamente enfermo? ‑inquirió Iván Fiodorovitch‑. No te molestaré mucho tiempo. Ni siquiera me quito el ábrigo. ¿Dónde puedo sentarme?

Acercó una silla a la mesa y se sentó.

‑¿Por qué estás tan callado? Sólo tengo que hacerte una pregunta. Pero te advierto que no me marcharé sin que me contestes. ¿Ha venido a verte Catalina Ivanovna?

Smerdiakov respondió con un ademán indolente y volvió la cabeza.

‑¿Qué quieres decir?

‑Nada.

‑¿Cómo que nada?

‑¡Bueno, pues sí: Catalina Ivanovna ha venido a verme! ¿Y qué? ¡Déjeme en paz!

‑Eso no lo esperes. Di: ¿cuándo vino?

‑No me acuerdo.

Smerdiakov dijo esto con una sonrisita desdeñosa. De pronto, ahora. se encaró con Iván y le dirigió una mirada cargada de odio, como la que le había dirigido hacia un mes.

‑También usted está muy enfermo ‑dijo‑. Tiene la cara chupada, y su aspecto es el de un hombre agotado.

‑No te preocupes por mi salud y responde a mi pregunta.

‑Tiene los ojos amarillos. No cabe duda de que algo le atormenta.

Tuvo una risita sarcástica. Iván exclamó, irritado:

‑¡Ya lo he dicho que no me marcharé sin una respuesta!

‑No comprendo su insistencia ‑dijo Smerdiakov‑. ¿Por qué se obstina en torturarme?

‑¡Lo que a ti te ocurra no me importa lo más mínimo! Contesta a mi pregunta y me voy.

‑No tengo ninguna respuesta.

‑Te advierto que te obligaré a contestar.

‑¿Por qué está tan inquieto? ‑preguntó Smerdiakov, mirando a Iván con más contrariedad que desdén‑. ¿Porque mañana se verá la causa contra su hermano? Esto no significa ninguna amenaza contra usted. De modo que cálmese. Váyase usted a su casa y duerma tranquilo. No tiene nada que temer.

‑No te comprendo ‑dijo Iván, sorprendido y repentinamente aterrado‑. ¿Por qué he de temer al juicio de mañana?

Smerdiakov lo miró de pies a cabeza.

‑¿De veras no me comprende? ¡Lo incomprensible es que un hombre inteligente finja como usted está fingiendo!

Iván lo miró en silencio. La arrogancia con que le hablaba su antiguo criado era algo inaudito.

‑Le repito que no tiene nada que temer. No hay pruebas y no declararé contra usted... Sus manos tiemblan. ¿Por qué? Vuelva a su casa. Usted no es el asesino.

Iván se estremeció y se acordó de Aliocha.

‑Ya sé que no lo soy ‑murmuró.

‑¿De veras lo sabe?

Iván se levantó y cogió a Smerdiakov por un hombro.

‑¡Habla, víbora! ¡Dilo todo!

Smerdiakov no se asustó lo más mínimo, sino que miró a Iván con un odio feroz.

‑Pues bien; ya que lo desea, se lo diré ‑repuso, furioso‑. Usted mató a Fiodor Pavlovitch.

Iván volvió a sentarse y quedó pensativo. Al fin, tuvo una sonrisa maligna.

‑¿Es el mismo cuento que la otra vez?

‑Sí, y usted lo comprendió entonces, como lo comprende ahora.

‑Lo único que comprendo es que estás loco.

‑Aquí estamos solos usted y yo. ¿Para qué fingir? ¿Para qué tratar de engañarnos? ¿Pretende usted cargarme a mí toda la culpa? Usted fue el autor del crimen, el principal culpable. Yo no fui más que su auxiliar, su dócil instrumento. Usted sugirió y yo cumplí.

‑¿Cumpliste? Entonces..., ¡eres tú el asesino!,..

Sintió como un estallido en la cabeza; le pareció que una corriente helada recorría todo su cuerpo. Smerdiakov lo contemplaba asombrado, impresionado por el efecto, evidentemente real, que habían producido en Iván sus palabras.

‑¿De modo que no lo sabía? ‑preguntó, receloso.

Iván lo seguía mirando fijamente. Parecía haber perdido el don de la palabra. De pronto, le pareció oír:

Para Piter ha partido Vanka;

ya no lo esperaré.

‑¿Sabes que te temo como a un fantasma? ‑murmuró.

‑Aquí no hay más fantasmas que usted, yo y... un tercero. Un tercero que sin duda está presente ahora.

‑¿Cómo? ¿Un tercer fantasma? ‑exclamó Iván, aterrado, mirando en todas direcciones.

‑El tercer fantasma es Dios, la Providencia. Está aquí. Pero es inútil que lo busque: no lo encontrará.

‑¡Has mentido! ‑rugió Iván‑. ¡Tú no eres el asesino! ¡Estás loco o te complaces en irritarme, como la otra vez!

Smerdiakov no experimentaba terror alguno: se limitaba a observar a su interlocutor atentamente; con visible desconfianza. Creía que Iván lo sabía todo y fingía ignorarlo, con objeto de que toda la culpa recayera sobre él.

‑Espere un momento ‑dijo al fin, en voz baja.

Sacó la pierna de debajo de la cama y se subió el pantalón. Llevaba medias blancas y zapatillas. Con toda la parsimonia, se quitó las ligas a introdujo la mano en la media. Iván Fiodorovitch tuvo un repentino estremecimiento de pánico.

‑¡Estás loco! ‑gritó.

Y, levantándose de un salto, retrocedió hasta tropezar con la pared, donde se quedó como clavado en el suelo, mirando fijamente a Smerdiakov. Éste, sin inmutarse, siguió rebuscando en su media. Al fin, Iván le vio sacar un paquete que depositó en la mesa.

‑Ahí tiene ‑dijo en voz baja.

‑¿Qué es eso?

‑Mírelo.

Iván se acercó a la mesa y empezó a deshacer el paquete. De pronto, retiró las manos como si hubiera tocado un reptil repugnante y temible.

‑Le tiemblan las manos ‑dijo Smerdiakov.

Y él mismo deshizo el envoltorio. Entonces aparecieron tres fajos de billetes de cien rublos.

‑Están los tres mil rublos; no hace falta contarlos.

Y añadió, señalando los billetes:

‑Tome los que quiera.

Iván se dejó caer en la silla. Estaba blanco como un cadáver.

‑Me has asustado cuando has empezado a buscar en tu media ‑dijo con una extraña sonrisa.

‑¿De veras no lo sabía usted?

‑De veras. Yo creía que había sido Dmitri..., ¡mi hermano, mi hermano!

Ocultó la cara entre las manos y añadió:

‑¿Lo hiciste sólo tú? ¿No te ayudó mi hermano?

‑Lo hice sólo con usted. Dmitri Fiodorovitch es inocente.

‑Bien bien; en seguida hablaremos de mí... No sé por qué tiemblo. Ni siquiera puedo articular las palabras.

‑Antes era usted un hombre audaz. «Todo está permitido», decía. Y ahora tiembla de miedo. ¿Quiere una limonada? La voy a pedir. Pero antes tendremos que ocultar esto.

Se refería a los billetes. Se acercó a la puerta, llamó a María Kondratievna y le dijo que trajera limonada. Luego trató de esconder el dinero. Empezó por sacar el pañuelo, pero, al observar lo sucio que estaba, cogió el gran libro de tapas amarillas que Iván había visto al entrar en la habitación y que se titulaba Sermones de nuestro santo padre Isaac el Sirio, y lo puso sobre los billetes.

‑No quiero limonada ‑dijo Iván‑. Siéntate y habla. ¿Cómo lo hiciste? Cuéntamelo todo.

‑Le aconsejo que se quite el abrigo. Si no lo hace; pronto estará bañado en sudor.

Iván Fiodorovitch se quitó el abrigo y, sin levantarse de su asiento, lo arrojó al banco.

‑¡Habla, por favor, habla!

Se había serenado. Estaba seguro de que Smerdiakov se lo iba a contar todo.

‑¿Que cómo lo hice? ‑dijo Smerdiakov, con un suspiro‑. Del modo más natural. Según sus propias palabras...

‑Ya hablaremos de mis palabras ‑le atajó Iván, pero esta vez sin irritarse, como si fuera enteramente dueño de sí mismo‑. Ahora limítate a referir, con todo detalle y en orden, cómo cometiste el crimen. No olvides los detalles, te lo ruego.

‑Usted había salido de viaje. Yo me desplomé en la bodega.

‑¿Fue un verdadero ataque, o lo fingiste?

‑Lo fingí. Bajé tranquilamente la escalera, me tendí en el suelo y empecé a gritar. Y, mientras me llevaban en brazos, simulé algunas convulsiones.

‑¿También fingías en el hospital?

‑No. A la mañana siguiente, cuando estaba todavía en casa, tuve un verdadero ataque, el más fuerte que he sufrido desde hace años. Estuve dos días sin conocimiento.

‑Bien. Continúa.

‑Desde la bodega, me trasladaron al pabellón y me acostaron en un catre detrás del tabique, cosa que yo esperaba, pues siempre que estaba enfermo, Marta Ignatievna me llevaba allí. Desde que nací ha sido buena conmigo. Durante la noche proferí leves gemidos de vez en cuando. Esperaba que llegase Dmitri Fiodorovitch.

‑¿Esperabas que fuera a verte?

‑No, esperaba que fuera a la casa; estaba seguro de que iría aquella misma noche, ya que no sabía nada de mí. Y tendría que entrar escalando la tapia.

‑¿Y si no hubiera ido?

‑Entonces no habría ocurrido nada, porque yo nada habría hecho sin él.

‑Bien, habla con calma, y, sobre todo, no pases por alto ningún detalle.

‑Yo estaba seguro de que su hermano mataría a Fiodor Paviovitch, pues lo había preparado para hacerlo, y, esto sobre todo, conocía la contraseña para que Fiodor Pavlovitch le abriese la puerta. Dado su carácter desconfiado y arrebatado, no cabía duda de que entraría en la casa. Yo contaba con ello.

‑Un momento. Si él hubiera matado a mi padre, se habría apoderado del dinero, cosa que sin duda comprendiste tú. O sea, que no habrías obtenido ningún beneficio... No veo esto claro.

‑Dmitri Fiodorovitch no podía encontrar el dinero. Yo le dije que estaba debajo del colchón y no era verdad. Primero estaba en una arquilla. Después dije a Fiodor Pavlovitch que lo escondiera detrás de los iconos, donde a nadie se le ocurriría buscarlo, y menos en un momento de prisa. Su padre no se fiaba de nadie más que de mí, y me hizo caso porque la idea le gustó. Guardar el dinero en una cajita, cerrar ésta con llave y esconderla debajo del colchón, habría sido una vulgar estupidez; pero precisamente por ser vulgar y estúpido lo ha creído todo el mundo. Una vez cometido el asesinato, Dmitri Fiodorovitch habría huido al menor indicio de alarma, como hacen todos los asesinos, o lo habrían sorprendido y apresado. Y yo habría podido ir al día siguiente, o aquella misma noche, a coger el dinero. El robo se habría achacado al asesino.

‑Pero, ¿y si Dmitri lo hubiera herido únicamente?

‑Si lo hubiera herido sin dejarlo inconsciente, no me habría apoderado del dinero. Pero yo contaba con que Dmitri Fiodorovitch golpearía a la víctima hasta dejarla sin conocimiento. Y en este caso podía llevarme los billetes y decir después a Fiodor Pavlovitch que el ladrón había sido el mismo que le había golpeado.

‑Escucha, hay algo que no entiendo. ¿Es Dmitrí el asesino y tú solamente el ladrón?

‑No, el asesino no fue Dmitri. Podría achacarle el crimen, puesto que usted me ha demostrado que no sabe la verdad, aunque se empeña en cargar toda la culpa sobre mí; pero no quiero mentir. No mentiré, porque el culpable es usted. Usted sabía que se iba a cometer el crimen; es más, usted me encargó de su ejecución, y, sin embargo, usted se fue de viaje. Estoy dispuesto a demostrarle que el asesino principal, el único, fue usted y no yo, aunque fui yo el que mató a su padre. En justicia, el asesino es usted.

‑¿Por qué? ¿Por qué soy el asesino? ‑no pudo menos de exclamar Iván Fiodorovitch, olvidando su resolución de no hablar de sí mismo hasta el final de la disputa‑. ¿Lo dices porque me marché a Tchermachnia? ¡Alto! Interpretaste mi viaje como un consentimiento. Pero, ¿quieres decirme para qué necesitabas mi consentimiento? ¿Qué explicación tiene esto?

‑Contando con su consentimiento, yo sabía que usted, cuando regresara, no armaría ruido sobre la desaparición de los tres mil rubios, si la justicia sospechaba de mí y no de Dmitri Fiodorovitch, o me creía cómplice de él. Por el contrario, usted habría salido en mi defensa. Además, podría darme una buena recompensa por haber heredado gracias a mí, ya que si su padre se hubiera casado con Agrafena Alejandrovna, usted se habría quedado sin nada.

‑¿De modo que tu propósito era tenerme atormentado toda la vida? ‑exclamó Iván con los dientes apretados‑. ¿Y si yo, en vez de marcharme, te hubiera denunciado?

‑¿Qué habría podido usted decir: que yo le había aconsejado que fuera a Tchermachnia? ¡Vaya acusación! Por otra parte, si usted no se hubiera marchado, no habría ocurrido nada: yo lo habría interpretado como una negativa y no habría hecho lo que hice. Pero se marchó, y entonces me convencí de que no me denunciaría y cerraría los ojos ante la desaparición de los tres mil rublos. Además, usted no habría podido perseguirme, pues ya habría dicho a los jueces, no que había cometido el crimen y el robo, sino que usted me había invitado a cometerlos y yo me había negado. Usted, falto de pruebas, no habría podido hacerme ningún mal. En cambio, yo habría revelado la avidez con que usted deseaba la muerte de su padre, y no le quepa duda de que todo el mundo me habría creído.

‑¿De modo que, según tú, yo deseaba la muerte de mi padre? ‑Sí, y su silencio me autorizaba a obrar.

Smerdiakov estaba muy débil; apenas tenía fuerzas para hablar. Pero una energía interior lo galvanizaba. Iván presentía que abrigaba algún propósito oculto.

‑Continúa.

‑Continúo. Cuando ya me habían acostado, oí gritar a su padre. Grigori había salido hacía un momento y, de pronto, empezó a dar voces. Después volvió a reinar la calma. Esperé inmóvil. El corazón me latía violentamente. Al fin, no me pude contener; me levanté y salí del pabellón. Vi a la izquierda la ventana de Fiodor Pavlovitch, que estaba abierta, me acerqué a escuchar y oí a su padre suspirar y moverse. «Está vivo», me dije... Me acerco a la ventana y lo llamo. «Soy yo.» Él me responde: «¡Dmitri ha venido y ha matado a Grigori!» Le pregunto dónde y me señala un rincón del jardín. «Voy a buscarlo. Ya vuelvo», le digo. Voy a explorar el rincón y, cerca de la tapia, tropiezo con el cuerpo de Grigori. Está cubierto de sangre a inconsciente. Entonces me digo que es verdad que nos ha visitado Dmitri Fiodorovitch, y resuelvo terminar cuanto antes. Grigori no verá nada aunque viva, ya que está sin conocimiento. El único peligro era que Marta Ignatievna se despertase. Me pareció oírla, pero me sentía tan frenético, que apenas podía respirar. Volví a la ventana.

»‑Agrafena Alejandrovna está allí y quiere entrar.

»Fiodor Pavlovitch se estremeció.

»‑¿Dónde?

»No me creía. Lanzó un suspiro.

»Allí ‑repetí‑. ¡Abra la puerta!

»El viejo miraba por la ventana, indeciso, sin atreverse a abrir.

» “¡Malo! ‑me dije‑ Me teme.”

»Entonces se me ocurrió dar la señal de la llegada de Gruchegnka. Su padre no me creía, pero cuando oyó los golpes que di en la ventana, ante sus propios ojos, corrió a abrir la puerta.

»Yo intenté entrar, pero él me cortaba el paso. ‑¿Dónde está, dónde está?

»Me miraba atemorizado. Su miedo hacia mi me inquietaba. Las piernas apenas podían sostenerme. Temía que no me dejara entrar, que empezara de pronto a dar gritos o que se presentase Marta Ignatievna. No recuerdo bien aquellos instantes, pero tengo la seguridad de que estaba muy pálido. Murmuré:

»‑Gruchegnka está allí, bajo la ventana. ¿Cómo es posible que no la haya visto?

»‑¡Tráela, tráela aquí!

»‑Tiene miedo. Sus gritos la han asustado. Está escondida en un macizo. Llámela usted mismo desde su habitación.

»Corrió a su cuarto y acercó la bujía a la ventana.

»‑¡Gruchegnka, Gruchegnka! ¿Estás ahí?

»No quería asomarse, temía darme la espalda.

»‑Está ahí ‑le dije‑, en el macizo. Le sonríe. ¿No la ve usted?

»Me creyó de pronto y empezó a temblar de emoción. Sacó todo el busto por la ventana para mirar. Yo cogí entonces el pisapapeles de metal que tenía en su mesa. Ya lo conoce usted; pesa sus buenas tres libras. Lo cogí y, poniéndolo de canto, le di un golpe en la cabeza con todas mis fuerzas. Cayó fulminado, sin un grito. Le di dos golpes más y noté que tenía el cráneo destrozado. Había caído boca arriba. Estaba bañado en sangre. Inspeccioné mis ropas y vi que no tenía ni una salpicadura. Limpié el pisapapeles y lo volví a poner en su sitio. Después cogí el sobre que estaba detrás de los iconos, saqué el dinero y arrojé al suelo el sobre y la cinta de color de rosa. Salí al jardín, temblando, y me fui derecho al manzano de tronco vacío que usted ya conoce. Yo había guardado allí un trozo de papel y una tira de tela. Empaqueté los billetes y puse el envoltorio en la cavidad. Allí estuvo quince días, hasta que salí del hospital. Una vez escondido el paquete, volví al pabellón y me acosté. Pensé, aterrado: «Si Grigori está muerto, puedo verme en un compromiso. Si vuelve en si, podrá favorecerme atestiguando que ha estado aquí Dmitri Fiodorovitch y afirmando que ha sido él el autor del crimen y del robo.» Tan inquieto me sentía, que empecé a gemir para despertar a Marta Ignatievna. Marta se levantó al fin, vino a ver qué me ocurría y, al advertir la ausencia de Grigori, fue a buscarlo al jardín. Al oírla gritar, recobré la calma.

Smerdiakov enmudeció. Iván lo había escuchado sin decir palabra, sin hacer el menor movimiento, sin apartar de él la vista. Smerdiakov miraba a Iván de vez en cuando, pero no de frente, sino de reojo. Al terminar su relato, estaba emocionado, respiraba con dificultad y tenía el rostro cubierto de sudor. No era posible deducir si sentía remordimiento.

‑Pero, ¿qué me dices de la puerta? ‑preguntó Iván Fiodorovitch tras reflexionar un momento‑. Si mi padre la abrió cuando tú se lo dijiste, ¿cómo es posible que Grigori la viera abierta antes?

Iván hizo estas preguntas con toda calma. Si alguien los hubiera estado observando desde el umbral en aquel momento, habría creído que charlaban tranquilamente de cosas sin importancia.

‑Grigori dice que vio la puerta abierta ‑respondió Smerdiakov con una sonrisa‑, pero no la pudo ver: fue sencillamente una alucinación. Es un hombre obstinado. Creyó ver la puerta abierta y nadie conseguirá sacarlo de ahí. Fue una suerte para nosotros que tuviera esa falsa visión, pues, al declarar ante los jueces, ha terminado de hundir a Dmitri Fiodorovitch.

‑Escucha, escucha ‑dijo Iván, que parecía nuevamente confundido‑. Tenía muchas cosas que preguntarte, pero se me han olvidado... ¡Ahora me acuerdo de una! ¿Por qué abriste el sobre y lo tiraste al suelo? ¿Por qué no te lo llevaste tal como estaba, con los billetes dentro? De lo relato he deducido que obraste así intencionadamente, pero no comprendo por qué lo hiciste.

‑Tenía mis motivos. Un hombre que, como yo, pudo haber introducido el dinero en el sobre y visto como su amo lo cerraba y escribía en él, no tenía por qué abrir el sobre una vez cometido el crimen, ya que sabía muy bien lo que contenía. Lo natural era que se lo echara al bolsillo y se fuera a toda prisa. En cambio, Dmitri Fiodorovitch debía proceder de otro modo: al conocer el sobre sólo de oídas, lo lógico era que se apresurase a abrirlo para ver si efectivamente contenía los billetes, y después, que lo echara al suelo, sin caer en la cuenta de que sería una prueba contra él, descuido muy propio de un ladrón no profesional. Esta conducta estaba de acuerdo con su propósito, manifestado públicamente, de ir a casa de Fiodor Pavlovitch, no a robar, sino a recobrar lo que era suyo, es decir, a tomarse la justicia por su mano. En mi declaración, sugerí esta idea al procurador, y lo hice con tanta habilidad, que creyó que la idea era suya, lo que le produjo gran satisfacción.

Iván Fiodorovitch lo miraba, atónito y de nuevo atemorizado.

‑¿Es posible ‑exclamó‑ que se te ocurriera todo eso sobre el terreno, en unos instantes?

‑¡Por favor! ¿Cómo puede usted creer que se piensen tantas cosas en un momento? Lo tenía todo planeado de antemano.

‑Bien, bien. Sin duda, te ayudó el diablo. No eres tonto; ere mucho más inteligente de lo que yo me imaginaba.

Se puso en pie para dar un paseo por la habitación; pero como apenas se podía pasar entre la mesa y la pared, dio media vuelta y se volvió a sentar. Sin duda, esto lo irritó, pues empezó a vociferar

‑¡Oye, miserable, monstruosa criatura! ¿No comprendes que, si no lo he matado todavía, es porque quiero que mañana respondas a las preguntas de los jueces?

Levantó la mano y añadió:

‑Dios es testigo. Tal vez yo sea culpable, tal vez haya deseado secretamente la muerte de mi padre; pero juro que no lo he inducido a cometer el crimen. ¡No y mil veces no! Sin embargo, estoy decidido a confesar mañana a la justicia mi parte de culpa. Lo diré todo. Pero tú vendrás conmigo. Acepto de antemano todo lo que puedas declarar contra mí, a incluso lo confirmaré. Pero también tú tendrás que confesarlo todo. ¡Vendrás conmigo y dirás la verdad, toda la verdad!

Iván se expresaba con tanta energía y gravedad, que bastaba mirarlo a los ojos para comprender que mantenía su palabra.

‑Usted está enfermo, muy enfermo: bien se ve ‑dijo Smerdiakov sin ironía, compadeciéndolo‑. Tiene los ojos amarillos.

‑¡Iremos juntos! ‑insistió Iván‑. Y si no me acompañas, iré solo y lo explicaré todo.

Smerdiakov reflexionó un momento. Luego dijo categóricamente:

‑No, usted no irá.

‑¡Iré!

‑Confesarlo todo sería una gran bochorno para usted. Por otra parte, su declaración sería inútil, pues yo negaría haber mantenido esta conversación. Diría que obraba usted así impulsado por su evidente enfermedad, o porque, compadecido de su hermano, quería sacrificarse por él... y sacrificarme a mí, que jamás he sido nada para usted. Además, no lo creerían; no tiene usted ninguna prueba.

‑¿Qué mejor prueba que ese dinero que tú mismo has puesto ante mis ojos para convencerme?

Smerdiakov retiró el libro y dejó al descubierto los billetes.

‑Tómelo ‑dijo suspirando.

‑¡Claro que lo tomaré!

Pero en seguida añadió, mirándolo con un gesto de extrañeza:

‑Lo que no comprendo es que me lo entregues, habiendo matado para apoderarte de él.

‑Ya no lo necesito ‑repuso Smerdiakov, y su voz temblaba‑. Al principio sí que lo quería. Tenía el propósito de establecerme en Moscú o en el extranjero. Éste era mi sueño, nacido de la idea de que, como usted decía, «todo está autorizado». Usted me enseñó a pensar así. Si Dios no existe, tampoco existe la virtud o, por lo menos, no sirve para nada. He aquí el razonamiento que me hacía.

‑Has llegado a esa conclusión por tu propia cuenta ‑dijo Iván un tanto turbado.

‑Bajo la influencia de usted.

‑¿Por qué devuelves el dinero? ¿Es que ahora crees en Dios?

‑No, no creo ‑repuso Smerdiakov.

‑Entonces, ¿por qué lo devuelves?

‑Dejemos eso ‑dijo Smerdiakov con un gesto de hastío‑. Usted se ha cansado de repetir que todo se permite en la vida. ¿Por qué está tan inquieto ahora? Pretende incluso entregarse a la justicia. Pero no hay peligro de que lo haga. No, no lo hará.

‑Verás como si.

‑No, no se entregará. Usted es demasiado inteligente. Adora el dinero y los honores. Es orgulloso y está loco por las mujeres. Y, sobre todo, es una enamorado de la vida independiente y cómoda. Usted no se amargará la existencia con esa confesión bochornosa. De todos los hijos de Fiodor Pavlovitch, es usted el que más se parece a él: sus almas son idénticas.

‑Desde luego, no eres tonto ‑repitió Iván con el mismo estupor que antes y enrojeciendo‑. Yo creía que lo eras.

‑Se lo hacía creer su orgullo. Tome el dinero.

Iván cogió los billetes y, sin contarlos, se los guardó en el bolsillo.

‑Los entregaré mañana al tribunal ‑afirmó.

‑Nadie lo creerá. Todo el mundo sabe que tiene usted dinero. Pensarán que lo ha sacado de su caja.

Iván se puso en pie.

‑¡Te repito que no te he matado ya porque mañana te necesito! ¡No lo olvides!

‑¡Máteme! ¿Por qué no me mata? ‑exclamó Smerdiakov, mirándolo con un gesto extraño. Y añadió, sonriendo amargamente‑: ¡No se atreve! ¡Ahora no se atreve a nada! ¡Tan valiente como era antes!

‑Hasta mañana.

Se dirigió a la puerta. Smerdiakov lo detuvo.

‑Espere. Enséñeme el dinero por última vez.

Iván sacó los billetes. Smerdiakov los contemplo durante unos segundos.

‑Bien; ya se puede ir.

Pero de nuevo lo detuvo.

‑¡Iván Fiodorovitch!

Iván, que yá iba a salir, se volvió.

‑¿Qué quieres?

‑Nada. Adiós.

‑Hasta mañana.

Iván salió a la calle. Continuaba la tormenta. Echó a andar con paso seguro, pero pronto empezó a tambalearse. «Esto es puramente físico», pensó sonriendo. Experimentaba una intima alegría. Sentía una resolución inquebrantable. Las vacilaciones que últimamente le habían atormentado, habían desaparecido. «Mi decisión es irrevocable», se decía, feliz. En este momento tropezó con algo y estuvo a punto de caer. Se detuvo y vio a sus pies al borracho que había derribado al llegar. Estaba aún en la misma postura, inerte. La nieve le cubría casi todo el rostro. Iván lo levantó y se lo cargó a la espalda. En esto vio luz en una casa próxima. Se acercó a la ventana, llamó y, cuando le contestaron, ofreció tres rublos por ayudarle a transportar al borracho a la comisaría. No referiré detalladamente cómo Iván Fiodorovitch consiguió su propósito a hizo reconocer al desgraciado por un médico, al que pagó generosamente la consulta. Diré solamente que hasta una hora después no quedó libre. Pero estaba satisfecho. Sus ideas se aclaraban.

«Si no hubiera tomado una resolución tan firme para mañana ‑pensó de pronto con profunda complacencia‑, no habría perdido una hora atendiendo a un borracho: habría pasado junto a él sin detenerme... He aquí la prueba de que puedo observarme a mí mismo. ¡Eso para que digan que me estoy volviendo loco!»

Cuando se acercaba a su casa, se detuvo.

«¿No sería mejor que fuera ahora mismo a ver al procurador y le revelara la verdad?... No, no; mañana lo haré todo de una vez.»

Cosa extraña: de pronto, se desvaneció su alegría. Cuando entró en su habitación, se apoderó de él una sensación extraña, glacial. Fue como si recordara algo penoso o repugnante, que había estado en su cuarto anteriormente y que volvía a estar. Se echó en un diván. La vieja doméstica le trajo un samovar y le hizo el té. Pero él no se lo tomó y despidió a la sirvienta hasta el día siguiente. Tenía vértigos, se sentía extenuado. El sueño se apoderaba dé él, pero empezó a pasear para ahuyentarlo. Tenía la sensación de que estaba desvariando. Cuando se recobró, empezó a mirar en todas direcciones como si buscara algo. Al fin, su mirada se fijó en un punto. Sonrió, pero enrojeciendo de cólera. Permaneció largo rato inmóvil, con la cabeza entre las manos, sin apartar la vista de aquello que estaba en el diván de enfrente. No cabía duda de que allí había algo que le inquietaba y le irritaba.


Capítulo IX: El diablo (visiones de Iván Fiodorovitch)
de Fiódor Dostoyevski


Al llegar a este punto, creo necesario, aunque no soy médico, dar algunas explicaciones sobre la enfermedad de Iván, Fiodorovitch. Digamos ante todo que estaba en vísperas de un grave trastorno mental: el mal acabó por imponerse a su organismo debilitado. Aun sin conocer los secretos de la medicina, me atrevo a exponer la hipótesis de que, mediante un extraordinario esfuerzo de voluntad, había conseguido retrasar la explosión del mal, con la esperanza, desde luego, de vencerlo definitivamente. Sabía que estaba enfermo, pero no quería entregarse a su enfermedad en aquellos días decisivos en que debía obrar y hablar resueltamente, «justificándose a sus propios ojos». Había visitado al médico traído de Moscú por Catalina Ivanovna. Éste, después de escucharlo y reconocerlo, diagnosticó un trastorno cerebral, y no se sorprendió de cierta confesión que el paciente le hizo contra su voluntad.

‑Las alucinaciones ‑dijo el doctor‑ son muy posibles en su estado, pero hay que controlarlas. Además, debe cuidarse mucho. De lo contrario, se agravará.

Pero Iván Fiodorovitch desoyó este prudente consejo. «Todavía tengo fuerzas para andar ‑se dijo‑. Cuando caiga, que me cuide quien quiera.»

Dándose cuenta, aunque de un modo vago, de que sufría una alucinación, miraba con obstinada fijeza aquello que estaba en el diván de enfrente. Era un hombre que había aparecido de pronto. Sólo Dios sabía cómo y por dónde había entrado, pues no estaba allí al llegar Iván después de su visita a Smerdiakov. Era un señor, un caballero ruso qui frisait la cinquantaine, de cabello largo y espeso que empezaba a encanecer y barba puntiaguda. Llevaba una chaqueta de color castaño, de buen corte, pero anticuada: hacia tres años que había pasado de moda. La camisa blanca, su largo pañuelo de seda, y todo en él hacía pensar en el hombre distinguido y elegante. Pero la camisa, vista de cerca, no aparecía tan limpia como vista a distancia, y el pañuelo estaba bastante desgastado por el uso. El pantalón a cuadros le sentaba bien, pero era demasiado claro y estrecho, o sea pasado también de moda. Lo mismo podía decirse de su sombrero de fieltro, blanco a pesar de la estación. Su aspecto, en fin, era el de un hombre distinguido, pero falto de desenvoltura. Parecía ser uno de aquellos terratenientes que prosperaban en los tiempos de la servidumbre. Entonces, nuestro caballero debió de vivir en el gran mundo. Después habría ido perdiendo su fortuna por obra de los despilfarros de la juventud y la suspensión de la servidumbre. Ya pobre, se habría convertido en un simpático parásito al que recibían sus antiguas amistades por su buen carácter y por ser un hombre bien educado, al que se puede reservar un puesto, aunque modesto, en la mesa. Estos parásitos, de carácter atrayente, que saben conversar y jugar a las cartas ‑y a los que molestan los encargos que con frecuencia les hacen‑, son generalmente viudos o solterones. Los viudos pueden tener hijos, que se han educado lejos de ellos, en casa de alguna tía, a la que el parásito, como si se avergonzara de estar emparentado con ella, no menciona nunca cuando está con sus buenas amistades. Poco a poco, el arruinado caballero se va desentendiendo de los hijos, que acaban por escribirle solamente el día de su santo o en las Navidades cartas de felicitación a las que el padre responde a veces.

Aquel inesperado visitante parecía más cortés que bondadoso, un hombre presto a ser amable si así lo exigían las circunstancias. No llevaba reloj, pero si unos lentes de concha sujetos con una cinto negra. El dedo cordial de su mano derecha ostentaba una sortija de oro macizo con un ópalo barato. Iván Fiodorovitch callaba, evidentemente dispuesto a no abrir conversación. El visitante esperaba, como el parásito que llega a la hora del té a una casa para hacer compañía a su dueño y encuentra a éste pensativo y preocupado. El parásito está dispuesto a entablar una amable charla, pero siempre que sea el dueño de la casa el que la inicie. De pronto, su semblante se ensombreció.

‑Óyeme ‑dijo‑. Perdona, pero quiero recordarte que has ido a casa de Smerdiakov para informarte de la visita de Catalina Ivanovna y lo has marchado sin averiguar nada. Seguramente te has olvidado.

‑¡Ah, sí! ‑exclamó Iván, preocupado‑. Lo olvidé... Pero no importa: lo dejaré todo para mañana.

De pronto, se encaró con el visitante y le dijo, irritado:

‑A propósito: hace un momento me ha inquietado esa idea. Ahora que te veo, comprendo que me la has sugerido tú.

‑No lo creas ‑dijo el caballero, sonriendo amablemente‑. La fe no se puede inculcar a la fuerza. En este terreno, incluso las pruebas materiales son ineficaces. Santo Tomás creyó porque quería creer, y no porque vio a Cristo resucitado. Algo así hacen los espiritistas. Yo les tengo verdadera estimación. Creen hacer un servicio a la fe, porque de vez en cuando el diablo les muestra sus cuernos. «He aquí una prueba material de la existencia del otro mundo», se dicen. ¡El otro mundo en estado material!: peregrina idea. En fin de cuentas, esto demostraría la existencia del diablo y no la de Dios. He pensado introducirme en una sociedad idealista para oponerme a sus teorías.

‑Escucha ‑dijo Iván Fiodorovitch, poniéndose en pie‑, me parece que estoy delirando. Di lo que quieras, pues no me importa lo que digas. No me irritarás tanto como la otra vez. Lo único que siento ahora es vergüenza... Voy a pasear por la habitación... A veces, no te veo ni te oigo, pero percibo todo lo que tú quieres decir, pues soy yo el que habla y no tú... No sé si la vez anterior te vi en realidad, o en sueños, por haberme dormido... Voy a ponerme en la cabeza un paño húmedo para ver si desapareces.

Iván buscó un paño a hizo lo que había dicho. Después empezó a pasear.

‑Estoy encantado de que nos tuteemos ‑dijo el visitante.

‑¿Esperabas que te hablara de usted, imbécil? Estoy dispuesto a conversar... El único inconveniente es que me duele la cabeza... Pero no te pongas a filosofar como la otra vez. Si no quieres marcharte, lo menos que puedes hacer es hablar de cosas alegres. Cuéntame chismes, ya que no eres más que un parásito... ¡Tenaz pesadilla!... Pero no te temo. Lograré imponerme a ti. ¡No me encerrarán en un manicomio!

‑«¡Parásito!» C'est charmant. En efecto, lo soy. Un parásito de la sociedad... Pero oye: estoy asombrado de oírte. Empiezas a ver en mí un ser real y no un producto de tu imaginación, como afirmabas la última vez.

‑¡Nunca te he considerado como un ser real! ‑exclamó Iván, furioso‑. Eres un fantasma, una visión de mi mente enferma. Pero no sé cómo deshacerme de ti. Ya veo que tendré que soportarte algún tiempo. Eres una alucinación, la encarnación de una parte de mi ser; la parte más vil de mis pensamientos y mis sentimientos. Si pudiera dedicarte algún tiempo, incluso podrías llegar a interesarme a pesar de tu condición.

El caballero replicó, con una sonrisa:

‑Te voy a confundir. Hace un rato, cuando estabas con Aliocha junto al farol, le has dicho: «¿Cómo sabes que viene a verme? Sólo por él puedes haberte enterado.» Te referías a mí. Por lo tanto, hablabas de mí como de un ser real.

‑Fue un momento de ofuscación. No puedo creer en ti. Acaso la última vez te vi solamente en sueños.

‑¿Por qué has sido tan duro con Aliocha? Es un muchacho encantador. He cometido alguna torpeza con él por culpa del starets Zósimo.

‑¿Cómo te atreves a hablar de Aliocha, canalla? ‑dijo Iván entre risas.

‑Me insultas alegremente. Buena señal. Desde luego, eres más amable conmigo que la vez anterior. Comprendo el motivo: tu noble resolución...

‑No me hables de eso ‑exclamó Iván, indignado.

‑Ya sé, ya sé... C'est noble, cest charmant. Mañana defenderás a tu hermano; lo sacrificarás. C'est chevaleresque...

‑O te callas o te echo a puntapiés.

‑En cierto modo, eso no me disgustaría, pues procediendo así, demostrarías que ves en mí un ser real, ya que no se dan puntapiés a los fantasmas... ¡Bueno, basta de bromas! Tienes derecho a insultarme, pero no estaría de más que me trataras con un poco de cortesía. ¡Que soy un imbécil, que soy un canalla! ¡Qué palabrotas!

‑Cuando te insulto, me insulto, pues tú eres yo, yo mismo bajo un aspecto diferente. Expresas mis propios pensamientos. Por lo tanto, no puedes decirme nada que yo no sepa.

‑Esta coincidencia mental es un honor para mí ‑dijo el caballero.

‑Pero escoges mis peores pensamientos. Eres estúpido y trivial. No puedo soportarte. No sé qué hacer ‑dijo finalmente Iván, como hablando consigo mismo.

‑Amigo mío, quiero seguir siendo un caballero y que se me trate como tal ‑dijo el visitante, herido en su amor propio, aunque con acento bondadoso y conciliador‑. Soy pobre, pero..., no, no puedo decir que sea honrado. Sin embargo, se admite generalmente como un axioma que soy un ángel caído. Confieso que no puedo imaginarme a mí mismo como ángel. Si realmente lo fui, ha pasado ya tanto tiempo, que no es raro que lo haya olvidado. Actualmente, lo único que me preocupa es mi reputación de hombre bien educado. Vivo de la generosidad ajena; por lo tanto, he de procurar ser agradable. Quiero de veras a los hombres. Me han calumniado mucho. Cuando vengo a la tierra, mi vida cobra una apariencia de realidad, y esto es una delicia para mí. Lo fantástico me inquieta tanto como a ti. Adoro la realidad terrestre. Aquí todo es concreto. Fórmulas..., geometría... Entre nosotros, en cambio, todo son ecuaciones indeterminadas... Aquí paseo, sueño... sí, me gusta soñar... Y me vuelvo supersticioso. No te rías: la superstición me encanta también. Adopto todas vuestras costumbres. Me complace ir a los baños públicos y mezclarme con los mercaderes y los popes. Mi sueño es encarnarme definitivamente en algún comerciante obeso y compartir todas sus creencias. Mi mayor anhelo es ir a la iglesia para encender un cirio. Lo haré de todo corazón, palabra. Entonces terminarán mis sufrimientos. También admiro vuestros medicamentos. La primavera pasada hubo una epidemia de viruela. Fui a vacunarme, y no puedes imaginarte la alegría que esto me produjo. Di diez rublos para «nuestros hermanos eslavos»... No me escuchas. Hoy no te sientes bien.

El caballero hizo una pausa.

‑Sé que ayer fuiste a consultar con ese médico famoso. ¿Qué te dijo?

‑¡Imbécil!

‑Ánimo no te falta. Otra vez los insultos. Mi pregunta no ha tenido ninguna segunda intención. Eres muy dueño de no contestarla. ¡Ay! Vuelve a torturarme el reuma.

‑¡Imbécil!

‑Tú padeces de reuma. Todavía me acuerdo de los ataques del año pasado.

‑¿Reuma el diablo?

‑¿Por qué no? Me he encarnado y he de sufrir todas las consecuencias. Satanas sum et nihil humani a me alienum puto.

‑¿Cómo? Satanas sum et nihil humani... Eso no es una tontería... para haberlo dicho el diablo.

‑Me alegro de haber conseguido al fin tu aprobación en algo.

‑Eso no ha sido cosa mía. Jamás he tenido ese pensamiento. Es extraño...

‑C'est du nouveau, nest ce pas? Esta vez voy a proceder lealmente y a explicártelo todo. Óyeme. En los sueños, sobre todo en esas pesadillas que proceden de un trastorno gástrico o de otra causa cualquiera, el hombre tiene a veces visiones tan bellas, presencia escenas de la vida tan complicadas, es testigo de una sucesión tan extraordinaria de acontecimientos y peripecias, de hechos de gran importancia y sucesos vulgares, que ni el mismo León Tolstoi las podría imaginar. Sin embargo, estos sueños los tienen no los grandes escritores, sino las personas corrientes: los funcionarios, los folletinistas, los popes... Un ministro me ha confesado que las mejores ideas acuden a él cuando sueña. Así ocurre ahora. Estoy diciendo cosas originales, que nunca han pasado por tu imaginación y que en este momento capta tu imaginación como a través de una pesadilla. Ten presente que yo soy sólo una alucinación tuya.

‑Estás desvariando. Tú mismo dices que eres un sueño, y pretendes convencerme de que existes.

‑Amigo mío, hoy he adoptado un método especial. Ya te lo explicaré... ¿Qué iba a decirte? ¡Ah, sí! Me he enfriado, pero no aquí, sino... allá.

Iván, desesperado, exclamó:

‑¿Allá? ¿Dónde?... Oye, ¿tardarás todavía mucho tiempo en marcharte?

Se sentó de nuevo en el diván y se cogió la cabeza con las manos. Luego se quitó el paño húmedo y lo tiró con ademán despectivo.

‑¡Qué mal tienes los nervios! ‑dijo el gentleman, con cierta insolencia, pero en tono amistoso‑. Estás indignado conmigo porque me he enfriado. Pero no lo he podido evitar. Tenia que acudir a una velada diplomática que se celebraba en casa de una gran dama de Petersburgo y a la que habían de asistir ministros vestidos de etiqueta, con guantes y corbata blanca. Pero entonces estaba... muy lejos y, para llegar a la tierra, tenía que cruzar el espacio. Desde luego, esto es para mí cuestión de un instante, aunque la luz del sol tarda ocho minutos. Sin embargo, mi levita y mi chaleco escotado abrigaban poco. Los espíritus no se hielan, pero como yo estoy encarnado... En una palabra, que he obrado a la ligera. En él espacio, en el éter, en el agua, hace tanto frío, que llamarle frío es poco. ¡Ciento cincuenta grados bajo cero! Todo el mundo conoce la broma de las lugareñas. Cuando la temperatura es de treinta grados bajo cero, las aldeanas proponen a algún bobalicón que lama un hacha. La lengua se hiela instantáneamente y se deja la piel en el hacha. ¡Eso sólo a treinta grados bajo cero! A ciento cincuenta, bastaría, sin duda, tocar un hacha con un dedo para que éste desapareciera... Claro que para eso sería preciso que hubiera un hacha en el espacio...

‑¿Pero es posible eso? ‑preguntó Iván Fiodorovitch, que luchaba con todas sus fuerzas para hacer frente a su delirio y no dejarse arrastrar a la locura.

‑¿A qué te refieres? ‑dijo el visitante, sorprendido‑. ¿A que haya un hacha en el espacio?

‑Sí, ¿qué le pasaría a ese hacha si estuviera allí? ‑insistió Iván, obstinado y furioso.

‑¡Un hacha en el espacio! Quelle idée! Si estuviera a la distancia debida, creo que empezaría a dar vueltas alrededor del planeta como un satélite. Los astrónomos calcularían las horas de su salida y de su puesta, y Gatsouk la registraría en su almanaque.

‑¡Eso es una necedad, una tremenda necedad! Di mentiras más ingeniosas o dejaré de escucharte. Quieres vencerme con procedimientos realistas, convenciéndome de que existes. ¡Pero yo no lo creo!

‑Sin embargo, no miento; te estoy diciendo la pura verdad. Por desgracia, la verdad no es casi nunca ingeniosa. Advierto que esperas de mi cosas grandes, tal vez hermosas. Lo siento, pero yo sólo doy lo que puedo dar.

‑¡Basta de filosofías, asno!

‑¿Crees que puedo filosofar teniendo todo el costado derecho casi paralizado por el reuma? He ido a la consulta de la facultad de medicina. Allí hay médicos que dan magníficos diagnósticos y explican perfectamente las enfermedades, pero son incapaces de curar. Un estudiante entusiasta me dijo: «Si se muere, sabrá usted con exactitud cuál es la enfermedad que padece.» Tienen la mania de enviar a los enfermos a los especialistas. «Nosotros nos limitamos a diagnosticar. Vaya a ver a Fulano y él lo curará.» Ya no se encuentran médicos que traten todas las enfermedades, como los que había antes. Ahora sólo hay especialistas que utilizan la publicidad. Si uno está enfermo de la nariz, te envían a un gran especialista de la capital francesa. Éste le examina la nariz y le dice: «Sólo le puedo curar la fosa nasal derecha, pues las fosas nasales izquierdas no entran en mi especialidad. Vaya a Viena, donde hay un especialista de fosas nasales izquierdas.» En vista de ello, he recurrido a los remedios de vieja. Un médico alemán me aconsejó que, después del baño, me frotara con una mezcla de miel y sal. Cuando iba a los baños por puro placer, me embadurnaba. El tratamiento fue inútil. Desesperado, escribí al conde Mattei, de Milán, el cual me envió un libro y unas píldoras. ¡Que Dios lo perdone! Al fin, me curé con el extracto de malta de Hoff. Lo compré al azar, tomé frasco y medio, y sané completamente. Por gratitud, decidí hacer público este éxito, pero esto fue harina de otro costal: ningún periódico quería insertar mi escrito. En uno me dijeron: «Esto es demasiado reaccionario. Nadie lo creerá, ya que le diable n'existe point. Publíquelo sin firma.» Pero, ¿qué fuerza puede tener un escrito anónimo? Bromeé con los empleados. «En nuestra época ‑dije‑, lo reaccionario es creer en Dios. Yo soy el diablo.» «Desde luego, todo el mundo se cree el diablo, pero lo que usted nos propone podría ser un perjuicio para nuestro programa. A menos que usted diera al asunto un tono humorístico.» Pero yo me dije que proceder así sería una indelicadeza. Y mi testimonio no se hizo público. Uno de los mejores sentimientos, el de la gratitud, quedaba anulado por una posición social.

‑Vuelves a caer en la filosofía ‑dijo Iván, indignado.

‑¡Dios me libre! Lo que ocurre es que, a veces, uno no puede menos de quejarse. Se me calumnia. Me estás llamando imbécil a cada momento. Bien se ve que eres joven. Amigo mío, en todo esto no hay más que humor. La naturaleza me ha proporcionado un corazón bondadoso y alegre. « Yo también he escrito vodeviles». Yo creo que me tomas por un viejo Klestakov, pero mi destino es mucho más serio. Por una especie de decreto incomprensible, tengo la misión de negar. Sin embargo, soy bueno a inepto para la negación. Me dicen: «Es preciso que niegues. Sin negación no hay crítica y, ¿qué sería de las revistas sin la crítica? Sólo quedaría de ellas un hosanna. Pero en la vida esto no es suficiente; es necesario que este hosanna pase por el crisol de la duda, etc., etc.» Por otra parte, yo no tengo ninguna responsabilidad en todo esto; yo no he inventado la critica. Fui un simple emisario; se me obligó a hacer crítica, y la vida empezó entonces. Pero yo, que comprendo esta comedia, deseo desaparecer. «No ‑me replican‑; es necesario que vivas, pues sin ti nada existiría. Si todo fuera buen juicio en la tierra, no pasaría nada. Sin tu intervención no se producirían acontecimientos, y los acontecimientos son necesarios.» Por eso, aun contra mi voluntad, cumplí mi misión de producir acontecimientos, y obedezco la orden de ir contra la razón. La gente toma esta comedia en serio, a pesar de su evidente humorismo. Para la gente es una tragedia. El sufrimiento de esos seres es indudable. En compensación, viven una vida real, no imaginaria, pues el sufrimiento es la vida. ¿Qué placer podría ofrecernos la vida si el sufrimiento no existiera? Parecería un Tedeum interminable. Esto es santo, pero tedioso. Yo, en cambio, sufro, pero no vivo. Soy la X de una ecuación desconocida, el espectro de la vida que ha perdido la noción de las cosas y olvida hasta su nombre. ¿Te ríes? No, no te ríes, estás enojado, como de costumbre. Siempre te faltará el humor. Pues bien, te lo repito: daría toda mi vida sideral, todos los grados y todos los honores, por encarnar en el alma de un comerciante obeso a ir a encender cirios en las iglesias.

‑Tú tampoco crees en Dios ‑dijo Iván, con una sonrisita de odio.

‑¿Hablas en serio?

‑¡Contesta! ‑exclamó Iván, furioso‑. ¿Existe Dios, o no existe?

‑Ya veo que hablas en serio. Amigo mío, Dios es testigo de que de eso no sé nada. Es todo lo que puedo decirte.

‑¡Tú si que no existes! ¡Eres yo mismo y nada más! ¡Eres una quimera!

‑Reconozco que mi filosofía es la misma que la tuya. Je pense, donc je suis. Pero, respecto a los demás, a esos otros mundos..., a Dios, al mismo Satán, no tengo ninguna prueba. ¿Poseen una existencia propia o son únicamente una emanación de mi ser, una expansión de mi yo, que existe temporalmente como persona?... No sigo, porque veo en lo cara que sientes deseos de pegarme.

‑Será preferible que me cuentes una anécdota.

‑Precisamente tengo una que se ajusta perfectamente al tema de nuestra conversación, pues es más una leyenda que una anécdota. Me reprochas mi incredulidad, pero no soy el único incrédulo. En mi mundo todos están trastornados a causa del progreso de vuestras ciencias. Cuando sólo se habla de átomos, de los cinco sentidos, de los cuatro elementos, la cosa podía pasar. Los átomos ya eran conocidos en la antigüedad. Pero últimamente habéis descubierto la molécula química, el protoplasma, y sabe el diablo cuántas cosas más. Al enterarse de todo esto, los nuestros se asustaron y hubo una verdadera epidemia de chismes y supersticiones. Tuvimos tantos como vosotros o más. Tampoco faltaron las delaciones. Y organizamos una sección de investigaciones secretas, en la que eran bien recibidas las informaciones de los particulares. Pues bien, esta leyenda de nuestra época medieval, de la nuestra, no de la vuestra, sólo halla algún crédito entre los comerciantes poderosos, los nuestros, no los vuestros. Todo lo que existe entre vosotros, lo tenemos nosotros también. Te revelo este secreto por amistad, rompiendo una rigurosa prohibición. La leyenda se refiere al paraíso. En la tierra había cierto filósofo que lo negaba todo: las leyes, la conciencia, la fe y, esto especialmente, la vida futura. Cuando murió, creyó que se iba a encontrar en las tinieblas de la nada, y he aquí que se vio ante la vida futura. Se asombró y se indignó. «Esto va contra mis convicciones», dijo. Y se le condenó por estas palabras... Perdóname, pero te lo cuento como me lo contaron a mi... Se le condenó a recorrer en las tinieblas un cuatrillón de kilómetros (también nosotros medimos por kilómetros ahora). Y cuando haya acabado este recorrido, las puertas del paraíso se le abrirán y se le perdonará todo.

‑¿Qué tormentos hay en el otro mundo además del «cuatrillón»? ‑preguntó Iván con una animación extraña.

‑¡No me hables! Antes los había para todos los gustos; ahora se recurre cada vez más al sistema de las torturas morales, al remordimiento y otras trivialidades por el estilo. Esto es lo que debemos a vuestra ocurrencia de suavizar las costumbres. ¿Quién se beneficia de ello? Sólo los que no tienen conciencia, ya que se rien del remordimiento. En cambio, las personas rectas, las que poseen el sentimiento del honor, padecen. Éste es el resultado de esas reformas realizadas sin la debida preparación y copiadas de instituciones extranjeras. Es un sistema sencillamente lamentable. Era preferible el fuego de antaño. Pues bien, el condenado al «cuatrillón» mira en todas direcciones y luego se echa en el camino. « Por principio, me niego a andar.» Toma el alma de un ateo ruso esclarecido, mézclala con la del profeta Jonás, que estuvo tres días y tres noches gruñendo en el vientre de una ballena, y obtendrás el tipo de nuestro recalcitrante pensador.

‑¿Sobre qué se echó?

‑Puedes estar seguro de que encontró algo en donde echarse.

‑¡Bien! ‑exclamó Iván, que seguía muy animado y escuchaba con inusitada curiosidad‑. ¿Y estará siempre echado?

‑No. Mil años después, se levantó y echó a andar.

‑¡Qué tonto!

Sonrió nervioso, y quedó pensativo.

‑¿Acaso no es igual estar echado eternamente que recorrer un cuatrillón de kilómetros? En esto se tardaría un billón de años.

‑Tal vez más. Si tuviéramos lápiz y papel, podríamos calcularlo. Terminó su viaje hace ya mucho tiempo. Y aquí empieza la anécdota.

‑¿Pero cómo ha podido llegar? ¿De dónde ha sacado el billón de años?

‑Hablas como si sólo hubiera existido la tierra actual. La tierra se ha reproducido lo menos un millón de veces. Se heló, se agrietó, se disgregó, se descompuso en sus elementos y de nuevo la cubrieron las aguas. Después volvió a ser un cometa, y luego un sol, de donde salió el globo. Este ciclo se ha repetido infinidad de veces del mismo modo, con todos sus detalles. Esto es horriblemente tedioso...

‑Bueno, ¿qué ocurrió cuando el pensador hubo recorrido el cuatrillón de kilómetros?

‑Entró en el paraíso, y apenas habían transcurrido dos segundos, reloj en mano (aunque creo que su reloj se descompondría en sus elementos durante el viaje), exclamó que por aquellos dos segundos se podían recorrer no sólo un cuatrillón de kilómetros, sino un cuatrillón de cuatrillones. En una palabra, que cantó el hosannu y exageró hasta el punto de que los pensadores más austeros le negaron el saludo durante algún tiempo. Se había pasado al conservadurismo con demasiada rapidez. Así es el temperamento ruso. Te repito que esto es una leyenda. Ya ves las ideas que corren sobre esas materias en nuestro país.

‑¡Ya te tengo! ‑exclamó Iván con alegría infantil y como si recobrase de pronto la memoria‑. ¡Esa leyenda del cuatrillón de kilómetros la ideé yo mismo! Entonces tenía diecisiete años y se me ocurrió en el colegio. En Moscú se la conté a un camarada llamado Korovkine. Es una leyenda muy característica. La había olvidado, pero la he recordado inconscientemente. No ha salido de ti. Algo semejante ocurre a los que van al suplicio y a los que sueñan: un aluvión de hechos pasados acude a su memoria. Tú eres sólo un sueño.

‑La violencia de tus negaciones prueba que crees en mi ‑dijo el caballero alegremente.

‑¡De ningún modo! ¡No te concedo ni una centésima de crédito!

‑¿Tampoco una milésima? Las dosis homeopáticas son a veces muy fuertes. Confiesa que me concedes, por los menos, una diezmilésima.

‑¡No! ‑replicó Iván, irritado‑. Sin embargo, quisiera creer en ti.

‑¡Eso es toda una confesión! Como soy generoso, voy a ayudarte. Yo sí que te tengo a ti. Te he contado esta leyenda para desengañarte definitivamente respecto a mí.

‑Mientes. La finalidad de tu aparición ha sido convencerme de tu existencia.

‑Precisamente. Pero las vacilaciones, las inquietudes, la lucha entre la duda y la fe suelen ser tan atormentadoras, que pueden llegar a hacer desear la muerte a un hombre tan escrupuloso como tú. Al saber que crees un poco en mi, te he contado esta leyenda para sumirte definitivamente en la duda. Tengo mis motivos para hacerte oscilar entre la incredulidad y la fe. Es un nuevo método que he adoptado. Te conozco y sé que cuando dejes de creer en mi por completo, empezarás a decir que no soy un sueño, que existo verdaderamente. Entonces habré alcanzado mi objetivo. Un objetivo noble, pues depositaré en ti un minúsculo germen de fe, del que nacerá una encina, una encina tan grande que será tu refugio. Entonces cumplirás tu vivo y secreto deseo de ser un anacoreta. Y vivirás en el desierto y te dedicarás de lleno a la salvación de tu alma.

‑¿Tú interesarte por mi salvación, miserable?

‑Hay que hacer alguna buena obra de vez en cuando. ¿Acaso te molesta?

‑¡Eres un bufón! ¿Pretendes hacerme creer que has tentado alguna vez a los que oran diecisiete años en el desierto, se alimentan de saltamontes y se cubren de musgo?

‑No he hecho otra cosa en mi vida. Uno se olvida de todo cuando se encuentra ante una de esas almas que son verdaderos tesoros, estrellas que valen por constelaciones enteras. También nosotros tenemos nuestra aritmética. Triunfar en estos casos es una gran victoria. Aunque no lo creas, algunos de esos solitarios te aventajan en intelecto. Pueden contemplar simultáneamente tales abismos de fe y de duda, que están a punto de sucumbir.

‑Pero tenías que retirarte con un palmo de narices.

‑Amigo mío ‑replicó sentenciosamente el visitante‑, más vale tener las narices largas que no tener nariz. Así lo decía recientemente un marqués enfermo (sin duda, estaba en manos de un especialista) al confesarse con un padre jesuita. Yo presencié la confesión. Fue muy divertido. «Devuélveme la nariz», decía el marqués, golpeándose el pecho. «Hijo mío ‑repuso el padre‑, todo está regulado por los decretos insondables de la providencia. Un mal visible conduce a veces a un bien oculto. Un destino cruel lo ha privado de su nariz, pero esto supone para usted la ventaja de que nadie podrá decirle que tiene la nariz demasiado larga.» El marqués repuso, desesperado: « ¡Eso no es un consuelo, padre mío! Por el contrario, me encantaría tener las narices largas, con tal que no me faltasen.» El padre suspiró y dijo: «Hijo mío, no se pueden pedir todos los bienes a la vez. Ha murmurado de la providencia, y ella, ni aun así lo ha abandonado, pues si usted desea, como acaba de decir, tener una nariz larga, su deseo se ha cumplido indirectamente, ya que, por el hecho mismo de carecer de nariz, tiene largas las narices...»

‑¡Eso es una estúpida incongruencia! ‑exclamó Iván.

‑Amigo mío, sólo pretendía hacerte reír. Te aseguro que ésta es la casuística de los jesuitas y que todo lo que te he contado es verdad. El caso, como te he dicho, es reciente, y me causó muchas preocupaciones. Ya en su casa, el desgraciado marqués estuvo toda la noche torturándose el cerebro, y yo no te abandoné hasta el último instante... Los confesionarios de los jesuitas son para mí una grata distracción en los momentos de pesar. He aquí una anécdota de estos últimos días. Una joven normanda, rubia, de veinte años, se presenta a un viejo padre para confesarse. La muchacha es una belleza y tiene un cuerpo magnífico. Se arrodilla, y, a través del enrejado, confiesa su pecado en voz baja. El padre exclama: «¿Cómo has podido volver a caer, hija mía? ¡Y con otro, Virgen santa! ¿Hasta cuándo va a durar esto? ¿No te da vergüenza?» Y la pecadora responde entre lágrimas: «Ah, mon pére, ça lui a fait tant de plaisir et a moi si peu de peine!» Analiza esta respuesta. Es un grito de la naturaleza y vale más que la inocencia más pura. Le dio la absolución, y ya me disponía a marcharme, cuando oí que citaba a la joven para aquella misma noche. Cualquiera que fuese su resistencia al pecado, el viejo había cedido a la tentación. La naturaleza, la verdad, se vengaron. ¿Por qué pones esa cara? ¿Todavía estás enojado? No sé qué hacer para serte agradable.

‑Déjame. Me obsesionas como una pesadilla ‑exclamó Iván vencido por su alucinación‑. Me aburres y me atormentas. Daría cualquier cosa por poder alejarte de mi.

‑Ten calma ‑dijo el caballero, con acento cautivador‑. Modera tus exigencias, no me pidas nada grande ni hermoso, y verás como llegamos a ser buenos amigos. Sin duda, te molesta que me haya presentado a ti como lo he hecho: no he aparecido envuelto en una luz roja, entre truenos y relámpagos, y con unas alas de color de fuego, sino modestamente vestido. Esto ha sido una ofensa, primero para tus gustos estéticos y después para tu orgullo. ¡Un gran hombre como tú recibir la visita de un diablo tan vulgar! Posees esa fibra romántica que ha ridiculizado Bielinski. ¡Qué le vamos a hacer! Hace un momento, viniendo hacia aquí, se me ha ocurrido, por puro pasatiempo, presentarme bajo la apariencia de un consejero de estado retirado. Me proponía lucir las condecoraciones de las órdenes del León y del Sol en vez de las medallas de la estrella Polar o de Sirio! Continuamente me estás llamando tonto. Desde luego, no pretendo tener tu inteligencia. Mefistófeles, al aparecerse a Fausto, afirma que desea el mal y sólo hace el bien. A mí me ocurre lo contrario. Yo soy tal vez el único ser en el mundo que ama la verdad y desea sinceramente el bien. Yo estaba presente cuando el Verbo crucificado subió al cielo, llevándose el alma del buen ladrón. Oí las aclamaciones gozosas de los querubines que cantaban el hosanna y los himnos de los serafines que hacían temblar el universo. Pues bien; te juro por lo más sagrado que de buena gana me habría unido a los coros y gritado «Hosanna!» Poco faltó para que lo hiciera. Ya sabes que soy muy sensible, a impresionable desde el punto de vista estético. Pero el buen sentido, que es la más desdichada de mis cualidades, me contuvo, y no aproveché el momento propicio. Y es que pensé qué sucedería si yo cantaba el hosanna. Todo se extinguiría en el mundo; nunca volvería a pasar nada. He aquí como los deberes de mi cargo y mi posición social me obligaron a rechazar un noble impulso y a continuar sumergido en la infamia. Otros se atribuyen todo el honor del bien; a mí sólo me dejan la infamia. Pero no envidio el honor de vivir a expensas del prójimo. No soy ambicioso. ¿Por qué he de ser yo la única criatura condenada a recibir las maldiciones de las personas honorables a incluso sus puntapiés, ya que, al haberme encarnado, he de sufrir reveses de esta índole? En esto hay un misterio. Nadie me lo quiere revelar por temor a que entone el hosanna, lo que motivaría que las indispensables imperfecciones desaparecieran. Esto significaría el fin de todo, incluso de los periódicos y revistas, que se quedarían sin abonados. Sé perfectamente que al fin me reconciliaré, recorreré el cuatrillón de kilómetros y se me revelará el secreto. Pero, entre tanto, cumplo, gruñendo y contra mi voluntad, mi misión de perder a miles de hombres para salvar a uno solo. Por ejemplo, ¡cuántas almas fue necesario perder y cuántas reputaciones hubo que manchar para obtener aquel hombre justo que se llamó Job y que utilizaron tan malignamente para atraparme, hace ya mucho tiempo! Hasta que se me revele el secreto, sólo habrá para mí dos verdades: la de allá lejos, la luz, que ignoro por completo, y la mía. Ya veremos cuál es la más pura... ¿Te has dormido?

‑No ‑gimió Iván‑. Estoy pensando que todo lo malo que hay en mí, todo lo que hace ya mucho tiempo digerí y eliminé como un excremento, tú me lo presentas como una novedad.

‑Entonces, he fracasado. Pretendía cautivarte con mi elocuencia. Lo del hosanna en el cielo no está del todo mal. ¿Y qué me dices de mi sarcasmo a lo Heine?

‑Yo no he tenido jamás espíritu de lacayo. No comprendo cómo ha podido producir mi alma un ser tan vil como tú.

‑Amigo mío, conozco a un simpático joven ruso, amante de la literatura y el arte, que ha escrito un prometedor poema titulado El Gran Inquisidor. A ese joven me dirigía.

‑¡Te prohíbo que hables de El Gran Inquisidor! ‑exclamó Iván, rojo de vergüenza.

‑Y el cataclismo geológico... ¿Te acuerdas?

‑¡Calla o te mato!

‑No, no me mates antes de que te explique algunas cosas. Precisamente he venido para procurarme este placer. ¡Oh, cómo me seducen los sueños de mis amigos jóvenes, fogosos, sedientos de vida! La primavera pasada, cuando te disponías a venir aquí, decías: «Allí viven hombres nuevos que lo quieren destruir todo y volver a la antropofagia. Esos necios no me han consultado. A mi juicio, lo único que hay que destruir es la idea de Dios en la mente del hombre. Por aquí hay que empezar. ¡Qué ciegos son! ¡No comprenden nada! Cuando la humanidad entera prefiere el ateismo (yo creo que esta era llegará a su debido tiempo, lo mismo que fueron llegando las épocas geológicas), desaparecerá, sin que haya que pasar por la antropofagia, la antigua concepción del mundo y, sobre todo, la antigua moral. Los hombres se unirán para extraer de la vida todos los goces posibles, pero sólo goces de este mundo. El espíritu humano se elevará hasta alcanzar un orgullo titánico: será como una humanidad divinizada. El triunfo continuo y grandioso y de la naturaleza, mediante la ciencia y la energía, constituirá para el hombre una alegría tan incesante a intensa, que sustituirá sobradamente en él a las alegrías del cielo. Todos sabrán que son perecederos sin esperanza de resurrección, y se resignarán a morir, con sereno orgullo, como dioses. Por dignidad, se abstendrían de murmurar de la brevedad de la vida y amarán al prójimo desinteresadamente. El amor sólo proporcionará una satisfacción limitada, pero el mismo sentimiento de su limitación reforzará su intensidad, tanto como ahora se debilita al diseminarse en la esperanza de un amor eterno, de ultratumba...» Etc., etc. ¡Era magnífico!

Iván se había tapado los oídos, miraba al suelo y temblaba de pies a cabeza. El visitante continuó:

‑El joven pensador seguía diciendo: «Pero nos preguntamos si esta época llegará. En caso afirmativo, todo quedará resuelto, y la humanidad se organizará definitivamente. Pero como, dada la necedad inveterada de la especie humana, esto tal vez no se realice hasta dentro de miles de años, todo hombre consciente de la verdad tiene derecho a reglamentar su vida como le plazca, ajustándola a los nuevos principios. Admitido esto, habrá que admitir también que ese hombre tiene derecho a todo. Es más: incluso aunque esta época no haya de llegar nunca, el hombre nuevo, sabiendo que Dios y la inmortalidad no existen, puede convertirse en un hombredios, aun en el caso de que sea el único que viva así. Ese hombre podría hacer caso omiso, sin la menor preocupación, de las reglas tradicionales de la moral, esas reglas a las que el ser humano está sujeto como un esclavo. Para Dios no hay leyes. En cualquier parte en que se encuentre, está en su sitio. En cualquier parte donde yo esté, me encontraré en el primer puesto... En una palabra: tengo derecho a todo.» Es un razonamiento encantador. Claro que si uno quiere trampear, ¿para qué necesita la verdad? Pero el ruso contemporáneo es así: adora de tal modo la verdad, que no se decide a utilizar el engaño como no pueda apoyarse en ella...

Arrastrado por su elocuencia, el visitante levantaba cada vez más la voz y miraba irónicamente a Iván Fiodorovitch. Pero no pudo continuar: Iván cogió de pronto un vaso que había sobre la mesa y se lo arrojó al orador.

‑Ah, mais c'est bête enfin! ‑exclamó éste, levantándose de un salto y secándose las ropas salpicadas de té‑. Sin duda, te has acordado del tintero de Martín Lutero. Pretendes ver en mi un sueño, pero esto no te impide arrojarme un vaso. Es un acto propio de una mujer. Ya me parecía a mi que fingías taparte los oídos y que, en realidad, me estabas escuchando.

En este momento alguien llamó a la ventana insistentemente. Iván Fiodorovitch se levantó.

‑¿Oyes? ‑dijo el visitante‑. Abre. Es tu hermano Aliocha, que viene a darte una noticia inesperada. Créeme.

‑¡Calla, impostor! ‑exclamó Iván‑. Sabía que era Aliocha el que llamaba. No necesitaba que me lo dijeses. Lo presentía, y es natural que traiga alguna noticia: no va a venir por nada.

‑Entonces, ve a abrirle. Es tu hermano y está nevando. Monsieur sait‑il le temps qu'il fait? C'est à ne pas mettre un chien dehors...

Seguían llamando. Iván quería correr hacia la ventana, pero seguía paralizado. Hacía grandes esfuerzos para romper las ligaduras que lo inmovilizaban; no lo conseguía. Los golpes en la ventana eran cada vez más fuertes. Al fin, las ligaduras se rompieron a Iván Fiodorovitch quedó en libertad.

Las dos bujías estaban llegando a su fin. El vaso que había arrojado al visitante volvía a estar sobre la mesa. En el diván de enfrente no había nadie. Se oían aún los golpes en la ventana, pero no tan fuertes como antes le habían parecido a Iván. Incluso podían calificarse de discretos.

‑¡No ha sido un sueño! ¡No, no ha sido un sueño! Todo ha sucedido realmente.

Corrió hacia la ventana y la abrió.

Al ver a su hermano, le gritó, furioso:

‑¿Por qué has venido, Aliocha? ¡Te prohibí que vinieras! Dime en dos palabras qué quieres. En dos palabras, ¿oyes?

‑Smerdiakov se ha ahorcado ‑dijo Aliocha.

‑Ve a la puerta. Voy a abrir.

Y salió corriendo de la habitación.


Capítulo X: «Él me lo ha dicho»
de Fiódor Dostoyevski


Aliocha explicó a Iván que, hacia aproximadamente una hora, María Kondratievna se había presentado en su casa para decirle que Smerdiakov se acababa de suicidar. Al entrar en su habitación con el samovar, lo había visto colgado de un clavo. Aliocha le preguntó si había denunciado el hecho, y ella le respondió que no había hablado con nadie antes de verle a él. Temblaba como una hoja. Aliocha la acompañó a su casa y vio a Smerdiakov colgado del clavo. En la mesa había un papel con estas palabras: «Pongo fin a mi vida por mi propia voluntad. Que no se culpe a nadie de mi muerte.» Aliocha dejó el papel en la mesa y se dirigió a casa del ispravnik.

‑Y de allí he venido aquí ‑terminó, mirando a Iván fijamente.

La expresión del rostro de su hermano le preocupaba. De pronto dijo:

‑Tú estás enfermo, Iván. Me miras como si no comprendieras lo que te estoy diciendo.

‑Has hecho bien en venir ‑dijo Iván, pensativo y como si no hubiera oído las últimas palabras de Aliocha‑. Sabía que Smerdiakov se había ahorcado.

‑¿Por quién lo has sabido?

‑No lo sé, pero lo cierto es que lo sabía... ¡Ah, ya sé por quién lo he sabido! Me lo ha dicho él. Sí, él me lo acaba de decir.

Iván estaba en medio de la habitación, abstraído, con la vista en el suelo.

‑¿Quién es él? ‑preguntó Aliocha, mirando involuntariamente en todas direcciones.

‑Se ha ido.

Iván levantó la cabeza y sonrió dulcemente.

‑Ha huido de ti porque te teme. Eres un querubín. Así te llama Dmitri: querubín. ¡Ah, el grito ensordecedor de los serafines!... ¿Qué es un serafin? Tal vez toda una constelación. Y una constelación acaso no sea más que una molécula química... Oye, ¿sabes si existen las constelaciones del León y del Sol?

‑Siéntate, Iván ‑dijo Aliocha, inquieto‑, siéntate en el diván, haz el favor. Estás delirando. Échate y apoya la cabeza en el cojín. Así. ¿Quieres que te ponga una toalla húmeda en la cabeza? Esto te aliviará.

‑Dame el paño que hay en la silla. Lo he echado hace un momento.

‑Aquí no hay nada. Pero no te preocupes, que aquí veo uno.

Aliocha se refería a un paño limpio y seco que había visto junto al lavabo.

Iván lo cogió y lo observó atentamente, con una extraña expresión en los ojos. De pronto dijo, incorporándose:

‑Hace un rato me he puesto en la cabeza este paño humedecido. Después lo he echado allí. ¿Cómo se explica que esté seco? No había otro.

‑¿Estás seguro de que te has puesto este paño en la cabeza?

‑Sí, y me he paseado por la habitación. ¿Cómo es que se han consumido las bujías? ¿Qué hora es?

‑Pronto serán las doce.

‑¡No, no ha sido un sueño! ‑exclamó Iván‑. Estaba aquí, en ese diván. Cuando tú has llamado a la ventana, le he arrojado un vaso, ese mismo que está en la mesa. Escucha, no ha sido la primera vez. Pero no son sueños, es realidad. Aunque estoy como dormido, ando, hablo, veo... Él estaba aquí, en ese diván... ¡Qué tonto es, Aliocha! ¡Es tonto de remate!

Iván se echó a reír y empezó a pasear por la habitación.

‑¿Quién es ese tonto? ‑preguntó ansiosamente Aliocha‑. ¿De quién hablas?

‑Del diablo. Viene a verme. Ha venido ya dos o tres veces. Está molesto conmigo. Cree que yo le desprecio por ser un simple diablo y no Satanás, el de las alas rojas, que aparece entre truenos y relámpagos. No es más que un impostor, un diablo de ínfima categoría. Va a los baños. Estoy seguro de que, si lo desnudáramoss, le veríamos una cola leonada de un metro de largo y tan pelada como la de un perro danés... Estás helado, Aliocha; la nieve ha caído sobre ti. ¿Quieres un poco de té? Está frío; voy a preparar el samovar... C'est à ne pas mettre un chien dehors...

Aliocha mojó el paño en el lavabo a toda prisa, convenció a Iván de que volviera a sentarse y le puso el paño en la cabeza. Luego se sentó a su lado.

‑¿Qué me decías hace un rato de Lise? ‑preguntó Iván, cuya locuacidad aumentaba por momentos‑. Lise me gusta. Pienso en mañana con temor, sobre todo por Katia, por el porvenir. Mañana me aplastará y me abandonará. Cree que voy a perder a Mitia por celos. Lo cree, pero no es verdad. Mañana habrá una cruz, no una horca. No, no me ahorcaré. Bien sabes, Aliocha, que yo no me ahorcaré jamás. ¿Por cobardía? No; no soy un cobarde. No me mataré porque amo la vida. ¿Cómo sabía yo que Smerdiakov se había ahorcado? ¡Ah, sí; me lo ha dicho él!

‑¿Estás seguro de que ha venido alguien aquí?

‑Sí; estaba sentado en ese diván. Sin duda, lo has echado tú. Sí, tú lo has hecho huir: ha desaparecido cuando tú has llegado... Me gusta tu cara, Aliocha. ¿Lo sabías?... Oye, él soy yo, yo mismo; él es todo lo que hay en mí de despreciable, de mezquino, de vil. Él sabe que soy un romántico; me lo dice como un insulto. Tiene la cabeza vacía; pero por eso mismo triunfa. Es astuto, brutalmente astuto, y sabe sacarme de mis casillas. Me ha herido diciéndome que creo en él, y así ha conseguido que lo escuchen. Me ha engañado como a un niño. Sin embargo, ha dicho por mi muchas verdades cosas que yo no me atreví a decirme a mí mismo jamás.

Iván bajó la voz y terminó, confidencialmente:

‑Quisiera que fuese realmente él y no yo.

‑Te ha fatigado ‑dijo Aliocha, compadecido.

‑Me ha molestado con gran habilidad. Ha dicho: «¿Qué es la conciencia? La conciencia la he inventado yo. ¿Por qué se siente remordimiento? Por costumbre, una costumbre que tiene la humanidad desde hace siete mil años. Librémonos de esta costumbre y seremos dioses.» Así lo ha dicho.

‑¡Pero no lo has dicho tú, no lo has dicho tú! ‑exclamó Aliocha con ojos resplandecientes‑. En fin, no pienses en eso, olvídalo. ¡Que se lleve consigo todo lo que ahora estás maldiciendo y que no vuelva más!

‑Es perverso ‑dijo Iván, estremeciéndose al recordar la ofensa‑. Me ha calumniado de mil modos. Me ha calumniado en mi propia cara. «Vas a realizar una noble acción ‑me ha dicho‑; vas a declarar que has sido tú el culpable del asesinato, que Smerdiakov mató a tu padre instigado por ti...»

‑¡Cálmate, Iván! Eso no es cierto. Tú no eres culpable.

‑Lo ha dicho él, y él lo sabe. «Vas a realizar una acción virtuosa y, sin embargo, no crees en la virtud: esto es lo que lo irrita y lo atormenta.» Así lo ha dicho.

‑Lo has dicho tú y no él. Estás delirando.

‑No, ha sido él, y él sabe lo que dice. «El orgullo va a dictar tus palabras. Dirás: “He sido yo quien lo ha matado. Ustedes mienten porque están horrorizados. Pero a mi no me importa la opinión de ustedes y me río de su horror”.» También me ha dicho: «Quieres atraerte la admiración pública, quieres que se diga: “Es un asesino, pero ¡qué nobleza de sentimientos la suya! Por salvar a su hermano se acusa a sí mismo”.» ¡Y eso no es verdad, Aliocha! ‑exclamó Iván con ojos centelleantes‑. No quiero la admiración del vulgo. Te aseguro que ha mentido. ¡Por eso le he arrojado el vaso a la cara!

‑¡Cálmate, cálmate!

Pero Iván continuó, como si no le hubiera oído:

‑Es cruel y experto en el arte de torturar. Apenas lo he visto, he comprendido sus intenciones. Me ha dicho que iba a declararme culpable por orgullo, pero con la esperanza de que Smerdiakov fuera desenmascarado y enviado a presidio, de que Mitia quedara en libertad y de que a mí me condenaran unos, pero sólo moralmente, y otros me admirasen. Y al decir esto se reía. « Pero Smerdiakov se ha suicidado ‑ha añadido‑. Te has quedado solo. ¿Quién te creerá ahora? Sin embargo, irás al juicio, has decidido ir. ¿Con qué fin, después de lo ocurrido?» ¡Qué extraño es todo esto, Aliocha! No puedo soportar semejantes preguntas...

‑Óyeme, Iván ‑le interrumpió Aliocha, aterrado aunque sin perder la esperanza de que su hermano volviera a la razón‑. ¿Cómo es posible que él te haya hablado de la muerte de Smerdiakov antes de mi llegada, cuando nadie lo sabía aún y él no había tenido tiempo de enterarse?

‑¡Me ha hablado de ello, a incluso ha insistido! ‑afirmó Iván‑. También ha repetido que yo no creía en la virtud, pero que obraría así por principio. «Eres un puerco que te mofas de la virtud, como se mofaba Fiodor Pavlovitch. ¿Para qué te has de sacrificar si tu sacrificio va a ser inútil? Es algo que ignoras tú mismo y que darías cualquier cosa por saber. Al parecer, estás decidido, pero no es así: pasarás la noche sopesando el pro y el contra. Sin embargo, irás, bien lo sabes, y también sabes que cualquier resolución que tomes no saldrá de ti. Irás porque no te atreves a obrar de otro modo. ¿Por qué no te atreverás? Adivínalo: es un enigma.» Entonces has llegado tú y él se ha marchado. Me ha llamado cobarde, Aliocha. Le mot de l’énigme es que soy un cobarde. Lo mismo me dijo Smerdiakov. Hay que matar a ese ser extraño. Katia me desprecia; hace un mes que lo noto. Lise empieza a despreciarme. «Irás para que te admiren...» ¡Es una detestable mentira! Y tú también me desprecias, Aliocha. Vuelvo a odiarte. Y también odio a ese monstruo. ¡Que se pudra en presidio! Iré mañana a escupirles en la cara a todos.

Iván se levantó, furioso, se quitó el paño húmedo de la cabeza y empezó a ir y venir por la habitación. Aliocha se acordó de que, hacía un momento, el enfermo le había dicho que a veces le parecía dormir despierto. «Ando, hablo, veo y, sin embargo, estoy dormido.» Poco después, Iván desvariaba por completo. Hablaba sin cesar. Se expresaba con incoherencia y articulaba mal las palabras. De pronto, su cuerpo vaciló, pero Aliocha llegó a tiempo para sostenerlo. Después de desnudar a su hermano mal que bien, lo metió en la cama. Iván se sumergió en un profundo sueño. La respiración era regular. Aliocha estuvo dos horas a su lado; luego cogió una almohada y se echó en el diván sin desnudarse. Antes de dormirse oró por sus hermanos. Empezó a comprender la enfermedad de Iván. «Son los tormentos de una resolución altiva, de una conciencia exaltada.» Iván no creía en Dios, pero la verdad divina se había impuesto en su corazón, todavía rebelde. « Muerto Smerdiakov, nadie creerá a Iván. Sin embargo, irá a declararse culpable: Dios vencerá ‑se dijo Aliocha con una dulce sonrisa. Y añadió amargamente‑: Iván tiene dos caminos: o elevarse a la luz de la verdad, o sucumbir al odio, vengándose de si mismo y de los demás por haber servido a una causa en la que no creía.»

Y rezó de nuevo por Iván.

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