Los hermanos Karamazov: Cuarta Parte: Libro XII

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Cuarta Parte (Libro XII)
Capítulo I: El día fatal
de Fiódor Dostoyevski


A las diez de la mañana del día siguiente empezó la vista de la causa contra Dmitri Fiodorovitch.

Ante todo, advertiré que me es imposible relatar los hechos con todo detalle. Semejante exposición requeriría un grueso volumen. Ruego, pues, que no se me reproche que me limite a referir lo que me ha parecido más interesante. Tal vez haya tomado detalles secundarios por importantes y acaso haya suprimido algunos de éstos... Pero no tengo por qué excusarme: mi intención es hacer las cosas lo mejor posible, y estoy seguro de que los lectores lo advertirán.

Antes de entrar en la sala mencionaremos ciertos hechos que llamaron la atención de todos. Se sabía el interés que había despertado este juicio, la impaciencia con que se le esperaba, las discusiones y conjeturas que venía provocando desde hacia dos meses. No se ignoraba tampoco que el asunto era conocido en toda Rusia. Pero nadie esperaba que hubiera despertado un interés tan extraordinario fuera de nuestra localidad. Llegó gente no sólo de la capital del distrito, sino de otras ciudades, a incluso de Moscú y Petersburgo: juristas, personalidades de todas clases, damas... Las tarjetas de entrada se agotaron rápidamente. Para los visitantes de categoría se reservaron asientos, sillones detrás de la mesa del tribunal, cosa nunca vista. El elemento femenino era muy numeroso: lo menos la mitad del público estaba formado por damas. Los juristas abundaban también de tal modo, que no se sabía dónde colocarlos. Había sido necesario construir a toda prisa para ellos una especie de tribuna en el fondo de la sala, detrás del estrado. Algunos no tenían asiento, pero se felicitaban de haber podido entrar. Y lo mismo podía decirse del público que, en masa compacta, permanecía de pie en la sala, de la que se habían retirado todas las sillas, con objeto de que hubiera más espacio. Algunas damas aparecían en las tribunas ataviadas como para una ceremonia. Este caso se daba especialmente entre los forasteros. Pero la mayoría de ellas no se habían preocupado en absoluto por su atavío. En sus semblantes se leía una ávida curiosidad. Una de las particularidades más notables de este público femenino, particularidad que se evidenció en el curso de los debates, era la simpatía que la mayoría de las damas sentían por Dmitri, simpatía fundada, sin duda, por el éxito que el acusado había tenido siempre con las mujeres. El deseo general de las damas era que le declarasen inocente.

Se daba por segura la presencia de las dos rivales. Especialmente Catalina Ivanovna había despertado un interés general. Se decían cosas extraordinarias de ella, de su pasión avasalladora por Mitia aun después del crimen. Se hablaba de su orgullo (no visitaba a nadie) y de sus relaciones con el gran mundo. Se rumoreaba que Katia tenía el propósito de pedir al gobierno autorización para acompañar al criminal a presidio y casarse con él bajo tierra, en las minas. La aparición de Gruchegnka se esperaba con no menos interés. El encuentro de las dos rivales ‑la joven distinguida y la ramera‑ en la audiencia había despertado verdadera curiosidad. Las mujeres conocían mejor a Gruchegnka, que «había perdido a Fiodor Pavlovitch y a su hijo», y casi todos se extrañaban de que «una mujer tan ordinaria a incluso nada bonita» hubiera podido subyugar al padre y al hijo. Sé positivamente que en nuestra localidad se produjeron graves querellas familiares a causa de Mitia. Más de una mujer había disputado con su marido sobre el lamentable suceso, y es natural que estos esposos acudieran a la audiencia como enemigos del acusado. Hablando en términos generales, puede decirse que los hombres miraban al inculpado con hostilidad. Se veían rostros varoniles severos, ceñudos a incluso irritados. Y estos semblantes eran mayoría. Mitia había insultado a muchos hombres durante su estancia entre nosotros. No cabía duda de que algunos espectadores no sólo eran indiferentes a la suerte de Mitia, sino que se alegraban de verlo comprometido, aun estando interesados en el desenlace del asunto. La mayoría de ellos deseaban que se castigase al acusado, exceptuando a los juristas, que miraban el proceso desde el punto de vista jurídico, sin interesarse por el aspecto moral. La llegada del famoso Fetiukovitch causó sensación. No era la primera vez que iba a provincias para tomar parte en un proceso criminal resonante, de esos que no se olvidan fácilmente. Circulaban anécdotas sobre el procurador y el presidente del tribunal. Se decía que el procurador temía encontrarse con Fetiukovitch, con el que había tenido ciertas diferencias en Petersburgo al principio de su carrera. El susceptible Hipólito Kirillovitch, que se sentía mortificado porque no apreciaban debidamente su mérito, había cobrado nuevos ánimos al enfrentarse con el caso Karamazov y soñaba con fortalecer su debilitada reputación. Pero temía a Fetiukovitch. Estos rumores no eran del todo exactos. El procurador no era uno de esos hombres que se desalientan ante el peligro, sino todo lo contrario: ante el peligro, su amor propio aumentaba y le daba nuevos bríos. Era demasiado vehemente, demasiado impresionable. A veces ponía toda su alma en un asunto, como si de él dependieran su suerte y su fortuna. Este defecto hacía sonreír a sus compañeros del mundillo judicial, pero, gracias a él, nuestro procurador había adquirido una notoriedad superior a la que correspondía a su modesta posición en la magistratura. Lo que más hilaridad causaba era su pasión por la psicología. A mi entender, todos se equivocaban; su carácter era mucho más firme y serio de lo que se suponía. Lo que ocurría era que aquel hombre enfermizo no había sabido ponerse en su lugar ni al principio de su carrera ni después.

El presidente del tribunal era un hombre culto, humano, de espíritu abierto a las ideas más modernas. Toda su ambición se cifraba en que se le considerase como progresista. Estaba bien relacionado y era hombre rico. Pronto se advirtió que el caso Karamazov le interesaba vivamente, pero en líneas generales. Lo miraba como un fenómeno de nuestro régimen social, como una característica de la mentalidad rusa... El carácter particular del asunto, la personalidad de sus protagonistas, empezando por la del acusado, tenían para él un interés vago, abstracto..., cosa que, bien, mirado, tal vez convenía.

Desde mucho antes de comenzar la vista, la sala estaba repleta de público. Esta sala es la mejor de la localidad: la más espaciosa y bella, la de techo más alto y mejores condiciones acústicas. A la derecha de la plataforma del tribunal se habían colocado una mesa y dos hileras de sillas para el jurado. A la izquierda estaban los asientos del acusado y del defensor. En el centro, ante los jueces, había una mesa, en la que se exhibían los cuerpos del delito: la bata Blanca de seda, manchada de sangre, de Fiodor Pavlovitch; la mano de mortero de cobre, presunto instrumento del crimen; la camisa y la levita de Mitia, también manchadas de sangre, sobre todo la levita, en las proximidades del bolsillo en que Dmitri había guardado el pañuelo; este pañuelo, empapado de sangre que se había secado formando una costra; la pistola cargada por Mitia en casa de Perkhotine para suicidarse y que Trifón Borisytch le había quitado, sin que él se diera cuenta, en Mokroie; el sobre que había contenido los tres mil rublos destinados a Gruchegnka; la cinta rosa con que el sobre estuvo atado, y otros objetos que no puedo recordar. Más lejos, en el fondo de la sala, se habían colocado sillones para los testigos que debían quedarse después de declarar.

A las diez entró en la sala el tribunal, compuesto del presidente, un asesor y un juez de paz honorario. El fiscal, que no era sino nuestro procurador, llegó inmediatamente. El presidente era un hombre robusto, aunque de baja estatura. Tenía unos cincuenta años, congestionado el rostro y gris el cabello. Lucía varias condecoraciones. A todos les sorprendió la palidez del fiscal. Su cara era verdosa. A mí me pareció que había adelgazado súbitamente, pues lo había visto el día anterior.

El presidente preguntó al ujier si estaban presentes todos los jurados... Pero me es imposible continuar esta exposición minuciosa de los hechos, no sólo porque no recuerdo todos los detalles, sino también y principalmente porque no tengo tiempo ni espacio para hacer un relato detallado a integro. Diré solamente que la defensa y la acusación admitieron a casi todos los jurados. Éstos eran cuatro funcionarios, dos comerciantes y seis hombres más, entre campesinos y pequeños burgueses de nuestra localidad. Recuerdo que mucho tiempo antes de que se celebrase la vista, la formación del jurado se comentaba en las reuniones de sociedad y que, sobre todo las damas, decían: «Es inexplicable que un asunto de tanta complicación psicológica se someta a la resolución de simples funcionarios y personas de baja condición. ¿Qué criterio pueden tener?» Ciertamente, los cuatro funcionarios eran personas sin categoría y de edad madura ‑excepto uno‑, poco conocidas en nuestra sociedad y que habían vegetado con un sueldo mezquino. Sin duda, tenían esposas viejas que no gustaban de exhibir y un enjambre de hijos que tal vez fueran descalzos. Su pasatiempo preferido eran los naipes, y jamás habían leído nada. Los dos comerciantes tenían aspecto de hombres sosegados, pero siempre estaban inmóviles y pensativos. Uno iba rasurado y vestido a la europea; el otro ostentaba una barba gris, y de su cuello pendía una medalla. Y no hablemos de los pequeños burgueses y campesinos de Skotoprigonievsk. Los primeros se parecían a los segundos y trabajaban tan rudamente como ellos. Dos de estos seis jurados iban vestidos a la europea, con lo que parecían más sucios y descuidados que los otros. De aquí que, al verlos, uno no pudiera menos de preguntarse: «¿Cómo pueden comprender esos hombres un asunto como éste?» Sin embargo, sus rígidos y huraños rostros tenían una expresión imponente.

Al fin, el presidente anunció el comienzo de la vista y ordenó que se introdujera en la sala al acusado. Se hizo un silencio tan profundo, que se habría podido oír el vuelo de una mosca. Mitia me produjo una impresión sumamente desfavorable. Se presentó como un dandy. Llevaba un traje nuevo, una camisa finísima y unos guantes flamantes. Después supe que, expresamente para esta ocasión, había encargado una levita nueva a un sastre de Moscú, a su sastre de siempre, que tenía sus medidas. Avanzó a largos pasos, el cuerpo rígido, mirando hacia enfrente, se sentó y permaneció inmóvil. Acto seguido apareció el defensor, el famoso Fetiukovitch. Un discreto murmullo recorrió la sala. Era un hombre alto y seco, de piernas delgadas, dedos largos y finos, cabello corto, cara lampiña, cuyos labios se torcían a veces en una sonrisa sarcástica. Aparentaba unos cuarenta años. Su rostro habría sido agradable si no lo hubieran afeado sus ojos, inexpresivos y demasiado juntos sobre la nariz, larga y delgada. En una palabra, una cara de pájaro. Iba de levita y corbata blanca. Recuerdo perfectamente el interrogatorio de identificación. Mitia contestó en voz tan alta, que sorprendió al presidente. Después se dio lectura a la lista de testigos y peritos. Faltaban cuatro: Miusov, que había regresado a Paris, pero cuya declaración figuraba en el expediente; la señora de KhokhIakov y el terrateniente Maximov, que estaban enfermos, y Smerdiakov, fallecido repentinamente, según informe de la policía. La noticia de la muerte de Smerdiakov produjo sensación, pues muchos ignoraban aún que se había suicidado. Lo que más sorprendió a todos fue la exclamación de Mitia cuando se reveló el fallecimiento del sirviente:

‑¡Los perros mueren como perros!

El defensor lo hizo callar. El presidente le amenazó con tomar las más severas medidas si persistía en su actitud irrespetuosa. Mitia dijo varias veces a su abogado, aunque sin mostrar el menor arrepentimiento:

‑No lo volveré a hacer. No he podido contenerme. Le aseguro que no lo volveré a hacer.

Este incidente no le favoreció a los ojos del público ni de los jurados. Era una muestra de su carácter. En este ambiente, el secretario empezó a leer el acta de acusación. Era muy concisa y se limitaba a exponer los principales cargos que pesaban sobre Dmitri. Sin embargo, a mí me impresionó profundamente. El secretario leyó con voz clara y sonora. A través del acta, la tragedia aparecía con todo su relieve, como si se proyectara sobre ella una luz implacable. Después el presidente preguntó a Mitia:

‑¿Reconoce el acusado que es culpable?

Mitia se puso en pie.

‑Reconozco que soy culpable de embriaguez, de disipación, de holgazanería ‑repuso, exaltado‑. En el momento en que la adversidad se ensañó en mí estaba decidido a corregirme para siempre. Pero soy inocente de la muerte de ese viejo que era mi padre y mi enemigo. Tampoco le robé: soy incapaz de un acto semejante. Dmitri Fiodorovitch puede ser un libertino, pero no un ladrón.

Se sentó temblando. El presidente le dijo que debía limitarse a responder a las preguntas. Acto seguido se llamó a los testigos para que prestaran juramento, formalidad de la que se dispensó a los hermanos del acusado. Tras las exhortaciones del sacerdote y el presidente se hizo salir a los testigos. Ya se les iría llamando por turno.


Capítulo II: Declaraciones adversas
de Fiódor Dostoyevski


Ignoro si los testigos de cargo y descargo habían sido agrupados por el presidente y si se había decidido hacerlos comparecer por un orden determinado. Probablemente, así fue. El caso es que los primeros en declarar fueron los testigos de la acusación.

He de repetir que no tengo el propósito de reproducir in extenso los debates. Por otra parte, no hay necesidad de ello, ya que los discursos del fiscal y de la defensa y las declaraciones de los testigos resumieron claramente los hechos. Anoté íntegramente algunos pasajes de estos dos notables discursos, que ofreceré al lector oportunamente, y también referiré un hecho inesperado que indudablemente influyó en la fatídica sentencia.

Todos advirtieron desde el principio la solidez de la acusación y la debilidad de la defensa. Se vio como los hechos se agrupaban, se acumulaban, y como el crimen, con todo su horror, iba surgiendo a la luz. Era evidente que la causa estaba ya fallada, que no había la menor duda acerca del resultado, que la culpa del acusado estaba archidemostrada y que la vista se celebraba por pura fórmula. Yo creo que incluso aquellas damas que esperaban con tanta impaciencia la absolución del interesante reo estaban convencidas de su culpabilidad. Es más, me parece que habrían lamentado que esta culpa fuera menos evidente, ya que ello habría aminorado el efecto del desenlace. Aunque parezca extraño, todas las mujeres creyeron hasta el último instante que se declararía inocente a Mitia. «Es culpable ‑se decían‑, pero se le absolverá por humanidad, por respeto a las nuevas ideas. » Ésta era la razón de que hubieran acudido con el interés reflejado en el rostro.

A los hombres les interesaba especialmente la lucha entre el fiscal y el famoso Fetiukovitch. Todos se preguntaban qué podría hacer este letrado, a pesar de su fama, en una causa perdida de antemano. De aquí que fuera el centro de la atención general. Pero Fetiukovitch fue hasta el final un enigma. Los expertos presentían que se había trazado un plan, que perseguía un fin, pero no era posible deducir en qué consistía su estrategia. Su seguridad en sí mismo era evidente. Además, se observó con satisfacción que durante su breve estancia en nuestra ciudad se había puesto al corriente del asunto y lo había estudiado en todos sus detalles. Pronto pudo admirarse la habilidad con que desacreditó a los testigos de la acusación. Los desconcertó hasta el máximo y causó graves daños en su reputación moral y, por lo tanto, en sus declaraciones. Además, se suponía que esta táctica tenía algo de pasatiempo, de coquetería jurídica, por decirlo así, del deseo de exhibir todos sus recursos de abogado, pues nadie ignoraba, y él debía ser el primero en comprenderlo, que estos ataques no le proporcionaban ninguna ventaja positiva. Debía de tener alguna idea oculta, algún arma secreta que se proponía utilizar en el momento oportuno. En espera de este momento, se divertía, consciente de su fuerza.

Cuando se interrogó a Grigori Vasilievitch, el viejo sirviente de Fiodor Pavlovitch, que afirmaba haber visto abierta la puerta de la casa, el defensor aprovechó bien su turno, dirigiéndole una serie de preguntas extraordinariamente hábiles. Grigori Vasilievitch estaba perfectamente sereno; ni la majestad del tribunal ni la abundancia de público lo turbaban. Prestó su declaración con la misma naturalidad que si estuviera charlando con su mujer, sólo que más respetuosamente. No parecía posible confundirlo. El fiscal le hizo numerosas preguntas sobre la familia Karamazov. Las respuestas de Grigori interesaron a todos. Se veía claramente que el testigo era sincero a imparcial. A pesar del respeto que le inspiraba su difunto dueño, declaró que éste había sido injusto con Mitia. «No educaba a sus hijos como buen padre. Sin mis cuidados ‑añadió recordando la infancia del reo‑, Dmitri Fiodorovitch habría sido una criatura harapienta y piojosa. Además, lo perjudicó en el reparto de los bienes legados por la madre.» El fiscal le preguntó en qué se fundaba para afirmar que Fiodor Pavlovitch había perjudicado a su hijo en la transmisión de la herencia materna, y el testigo, ante el asombro general, no aportó ningún argumento convincente. Pero insistió en su afirmación de que el padre había sido injusto, ya que Mitia debía haber recibido «algunos miles de rublos más». El fiscal interrogó sobre este punto, con especial insistencia, a todos los testigos que podían estar enterados de la cuestión, sin excluir a los hermanos de Mitia, y ninguno de ellos pudo dar informes precisos: afirmaban que era verdad lo dicho por Grigori, pero no podían apoyar sus palabras con la más leve prueba.

El relato de la escena en que Dmitri apareció de pronto y golpeó a su padre, amenazándolo luego con volver para matarlo, produjo sensación. En ello influyó sin duda la calma y concisión con que el viejo criado relató el suceso y también su pintoresco lenguaje, que produjo gran efecto. Después manifestó que había perdonado hacía tiempo la agresión de Mitia, que entonces lo abofeteó y derribó. De Smerdiakov ‑nombre que pronunció santiguándose‑ dijo que tenía excelentes cualidades, pero que estaba deprimido por su enfermedad y que su mayor defecto era ser un impío, lo que se debía a la influencia de Fiodor Pavlovitch y de su hijo mayor. Defendió calurosamente su honradez, y refirió el episodio del dinero hallado y devuelto por Smerdiakov a su dueño, lo que le valió una moneda de oro y la confianza de éste. Mantuvo obstinadamente su declaración de que estaba abierta la puerta que daba al jardín. Se le hicieron muchas preguntas más, pero fueron tantas, que no puedo acordarme de todas. Al fin le tocó el turno a la defensa, que empezó por hablar del sobre en que, «según se decía», Fiodor PavIovitch había guardado tres mil rublos « para cierta persona». Y preguntó:

‑¿Vio usted ese sobre? Usted lo pudo ver, ya que gozaba de la confianza de su dueño y estaba en continuo contacto con él.

Grigori repuso que no se enteró de la existencia de aquellos tres mil rublos «hasta que todo el mundo empezó a hablar de ellos».

Fetiukovitch preguntó a todos los testigos por este sobre con el mismo interés que el fiscal había demostrado en la aclaración del reparto de la herencia materna. Todos respondieron que no habían visto el sobre, aunque la mayoría habían oído hablar de él.

Fetiukovitch siguió preguntando a Grigori:

‑¿Puede usted decirme de qué se componía aquel bálsamo, mejor dicho, aquella infusión con que se frotó los riñones al acostarse la noche del crimen, según se lee en el sumario?

Grigori miró al abogado como si no comprendiera y, tras unos instantes de silencio, murmuró:

‑En la mezcla había una planta llamada salvia.

‑¿Nada más?

‑Y otra planta: llantén.

‑Y pimienta, seguramente.

‑Sí, también había pimienta.

‑¿Y todo disuelto en vodka?

‑No, en alcohol.

Se oyeron risas en la sala.

‑¿De modo que no le faltaba alcohol? Y, después de frotarse la espalda, se bebió lo que quedaba en la botella, mientras su esposa murmuraba una oración que sólo ella conoce, ¿no es así?

‑Así es.

‑¿Bebió usted mucho? ¿Una copita, dos copitas?

‑Un vaso, aproximadamente.

‑¡Un vaso! Y a lo mejor fue vaso y medio.

Grigori no contestó. Empezaba a darse cuenta del significado de aquellas preguntas.

‑¡Vaso y medio de alcohol puro no es cualquier cosa! ¿No cree usted? Con esa cantidad de alcohol en el cuerpo, uno puede ver abiertas todas las puertas, incluso las del paraíso.

Grigori siguió guardando silencio. En la sala se oyeron nuevas risas. El presidente se agitó en su sillón.

‑‑¿Podría decirme ‑siguió preguntando Fetiukovitch‑ si estaba usted dormido cuando vio abierta la puerta del jardín?

‑Estaba levantado.

‑Eso no demuestra que no estuviera usted como dormido.

Nuevas risas.

‑Si le hubieran preguntado en aquel momento en qué año estábamos, ¿habría usted podido contestar?

‑No lo sé.

‑Bien. Diga ahora en qué año estamos, a partir del nacimiento de Cristo. ¿Lo sabe?

Grigori estaba aturdido y miraba fijamente a su verdugo. Que ignorase el año en que vivía causó general sorpresa.

‑Por lo menos, sabrá usted cuántos dedos tiene en las manos, ¿no?

‑Estoy acostumbrado a obedecer ‑dijo Grigori súbitamente‑. Si las autoridades quieren burlarse de mí, sé soportarlo.

Esta inesperada contestación desconcertó un poco a Fetiukovitch. El presidente le recordó que sus preguntas debían limitarse al asunto que se debatía. El abogado respondió respetuosamente que no tenía nada más que preguntar. Sin duda, la declaración de un hombre «que habría podido ver abiertas las puertas del paraíso» y que no sabía en qué año estaba despertó general desconfianza; por lo tanto, la defensa había logrado su objetivo.

El interrogatorio de Grigori Vasilievitch terminó con un incidente. El presidente preguntó al acusado si tenía que hacer alguna observación, y Mitia repuso:

‑Salvo en lo concerniente a la puerta del jardín, el testigo ha dicho la verdad. Le agradezco que me cuidara y que haya olvidado mis golpes. Este viejo fue siempre honrado con mi padre y le sirvió como un perro fiel.

‑¡Emplee el acusado un lenguaje más correcto! ‑le ordenó el presidente.

‑Yo no soy un perro ‑gruñó Grigori.

‑Entonces, el perro soy yo ‑exclamó Mitia‑. Si esto es una ofensa, la vuelvo contra mí. He sido brutal con él. Y también con Esopo.

‑¿Quién es Esopo? ‑preguntó con acento severo el presidente.

‑¿Quién ha de ser? Pierrot, mi padre, Fiodor Pavlovitch...

El presidente volvió a invitar a Mitia a expresarse en términos más correctos.

‑Hablar de ese modo no le favorecerá en el ánimo de los jueces.

El abogado defensor interrogó también con gran habilidad a Rakitine, uno de los testigos más importantes, especialmente para el fiscal. Rakitine sabía muchas cosas, lo había visto todo, hablado con mucha gente interesada en el asunto, y conocía a fondo la vida de Fiodor Pavlovitch y de todos los Karamazov. Declaró que solamente a Mitia había oído hablar de los tres mil rublos, pero, en compensación, describió detalladamente los actos y violencias de Dmitri en la taberna «La Capital». Repitió las palabras comprometedoras que Mitia había pronunciado allí y refirió el incidente de que fue víctima el capitán Snieguiriov. De lo que Fiodor Pavlovitch podía adeudar a su hijo, Rakitine no sabía nada; al hablar de ello, salió del paso con unas cuantas frases despreciativas como ésta: «No es fácil saber quién tenía razón. En el lodazal de los Karamazov es imposible orientarse.» Dijo que el crimen era una consecuencia del atraso y el desorden en que vivía Rusia, al carecer de las instituciones necesarias. Se le permitió discursear. Después del proceso empezó a adquirir renombre y a atraerse la atención del público. El fiscal sabía que el testigo preparaba un articulo sobre el crimen para cierta revista, y, como veremos más adelante, citó de él varios párrafos en su informe. La declaración del testigo fue francamente despiadada y trató de favorecer a la acusación. En general, la exposición de Rakitine fue del agrado del público por la independencia y la nobleza de sus ideas. Incluso se oyeron algunos aplausos cuando habló de la servidumbre y del desorden que reinaba en Rusia. Pero Rakitine, joven e impetuoso, cometió un error del que la defensa supo aprovecharse. Al preguntársele por Gruchegnka, el testigo, embriagado por su éxito y por el tono elevado de su oratoria, habló de Agrafena Alejandrovna con cierto desdén, diciendo que era «la amante del comerciante Samsonov». Pronto habría dado cualquier cosa por retirar esta acusación, ya que de ella se valió Fetiukovitch para atacarlo. Nunca habría creído Rakitine que el abogado pudiera enterarse en tan poco tiempo de detalles tan íntimos.

‑Permitame una pregunta ‑dijo el defensor, sonriendo amablemente‑. ¿Verdad que es usted el autor de ese folleto, editado por las autoridades eclesiásticas, que se titula Vida del bienaventurado padre Zósimo? Lo he leído hace poco con verdadero interés. Es una obrita edificante y rica en profundas ideas religiosas.

Rakitine murmuró, un poco desconcertado:

‑No la escribí para que se publicara. Apareció sin que me lo advirtieran.

‑Está muy bien. Un pensador como usted debe interesarse por los fenómenos sociales. Su folleto, gracias a la alta protección de que gozaba, se ha difundido ampliamente y ha prestado un excelente servicio... Pero lo que me interesa saber es si usted, como ha dejado entrever en su declaración, conocía íntimamente a la señorita Svietlov.

(Nota bene: Éste era el apellido de Gruchegnka, cosa que ignoré hasta entonces.)

Rakitine enrojeció.

‑No puedo responder de todas las personas a las que conozco. Soy demasiado joven. Por otra parte, creo que nadie, cualesquiera que sea su edad, puede responder de todas sus amistades.

‑Lo comprendo, lo comprendo perfectamente ‑dijo Fetiukovitch fingiéndose confuso y en el tono del que presenta excusas‑. Podía darse el caso de que usted, como cualquier hombre, estuviera interesado por una mujer joven y bonita que recibía en su casa a la flor de la juventud local. Mi propósito era puramente informativo. Sabemos que, hace dos meses, la señorita Svietlov mostró deseos de conocer al menor de los hermanos Karamazov: Alexei Fiodorovitch. Esa joven ofreció a usted veinticinco rublos si le llevaba a Alexei vestido con su hábito conventual. La visita se efectuó la noche misma del crimen que en este momento se está juzgando. ¿Puede usted decirme si ha recibido los veinticinco rublos de recompensa que le prometió la señorita Svietlov?

‑Fue una broma... No sé qué interés puede tener esto... Tomé los veinticinco rublos para devolverlos después.

‑O sea que usted los tomó. Tengo entendido que todavía no los ha devuelto. ¿Me equivoco?

‑Eso no tiene importancia ‑murmuró Rakitine‑. Desde luego, los devolveré.

El presidente intervino una vez más, pero el defensor dijo que ya no tenía que hacer más preguntas al señor Rakitine. Éste se retiró cabizbajo. Su prestigio había sufrido un rudo golpe. Fetiukovitch le siguió con la mirada, como diciendo al público: «Ya vea ustedes el valor que tienen las palabras de los acusadores.»

Mitia, indignado por el desprecio con que Rakitine había hablado de Gruchegnka, le gritó desde el asiento:

‑¡Bernard !

Y cuando el presidente le preguntó si tenía algo que decir, exclamó:

‑¡Ese hombre venía a visitarme a la cárcel para sacarme dinero! ¡Es un miserable, un ateo! ¡Engañó al padre Zósimo!

Naturalmente, Mitia fue llamado al orden. Pero Rakitine se había hundido ya. Aunque por causas distintas, la declaración del capitán Snieguiriov no tuvo más éxito. Se presentó andrajoso y sucio, y embriagado, a pesar del reconocimiento previo y de las medidas que se habían tomado para evitar que bebiera. Cuando se le habló de la ofensa que le había inferido Mitia, no quiso contestar,

‑Iliucha me lo ha prohibido ‑declaró‑. ¡Que Dios perdone a ese hombre! Ya hallaré la recompensa en el cielo.

‑¿Quién dice usted que le ha prohibido hablar?

‑Iliucha, mi hijito. «¡Oh papá! ¡Cómo te ha humillado!» Esto lo dijo ya al borde de la tumba. Se ha muerto.

Dicho esto, el capitán prorrumpió en sollozos y cayó de rodillas a los pies del presidente. En seguida se lo llevaron, entre las risas del público. Así, tampoco este testigo produjo el efecto que esperaba el fiscal.

El abogado defensor siguió utilizando todos sus recursos y asombrando al auditorio con su conocimiento del asunto hasta en sus menores detalles. La declaración de Trifón Borisytch produjo profunda emoción, naturalmente desfavorable al acusado. Dijo que Mitia, en su primera visita a Mokroie, despilfarró lo menos tres mil rublos.

‑Sólo entre los cingaros repartió qué sé yo cuánto dinero. Y a los mendigos no les dio unos copecs, sino lo menos veinticinco rublos. Además, sabe Dios lo que le robarían. Imposible identificar a los ladrones, que, naturalmente, no pregonaron sus hazañas. Estaba rodeado de bribones, de personas sin conciencia. Y muchachas que en su vida habían tenido un céntimo tienen ahora el bolsillo lleno.

En una palabra, que se acordaba de todo a hizo una exposición detallada de los gastos de Mitia en su primera estancia en Mokroie. Esto destruyó la hipótesis de que sólo había gastado mil quinientos rublos y se había guardado en una bolsita los mil quinientos restantes.

‑Vi los tres mil rublos en sus manos, los vi con mis propios ojos. Dmitri Fiodorovitch y yo nos conocíamos bien.

Sin intentar refutar al fondista en su declaración, Fetiukovitch le recordó que el cochero Timoteo y el campesino Akim se habían encontrado en el vestíbulo de su fonda un billete de cien rublos perdido por Mitia en su primer viaje a Mokroie. Dmitri estaba ebrio, y Akim y Timoteo le habían entregado el billete a él, a Trifón Borisytch, que les dio un rublo a cada uno.

‑¿Devolvió usted esos cien rublos a Dmitri Karamazov? ‑preguntó el abogado.

Trifón Borisytch empezó por insinuar que no sabía nada de tal pérdida, pero una vez se hubo interrogado al cochero y al campesino, afirmó que había devuelto los cien rublos a Dmitri Fiodorovitch, como es propio de un hombre honrado, pero «que era muy probable que el señor Karamazov no lo recordara, ya que en aquellos momentos estaba embriagado». No obstante, como antes había negado el hallazgo de los cien rublos. su declaración de que los había devuelto fue acogida con desconfianza. Así, pues, uno de los testigos de cargo más temidos quedó eliminado.

Lo mismo sucedió a los polacos. Se presentaron con gran desenvoltura, afirmando que «habían servido a la Corona» y que «el pan Mitia les había ofrecido tres mil rublos a cambio de su honor». El pan Musalowicz intercalaba en sus frases términos polacos y, al advertir que con ello se atraía la consideración del presidente y del fiscal, se enardeció y empezó a hablar en polaco. Pero Fetiukovitch lo cogió en sus propias redes. Trifón Borisytch fue llamado de nuevo a declarar y, tras una serie de vacilaciones y rodeos, reconoció que el pan Wrublewski había cambiado la baraja de la casa por otra de su propiedad y que el pan Musalowicz, que era el banquero, hacía trampas. Esto fue confirmado por Kalganov, al que se interrogó seguidamente, y los panowie se retiraron avergonzados, entre las risas del público.

La misma suerte corrieron los demás testigos importantes de la acusación: Fetiukovitch consiguió desacreditarlos a todos sacando a relucir sus faltas. Despertó la admiración tanto en los profesionales de la ciencia jurídica como en los simples aficionados, aunque unos y otros se preguntaban qué provecho podría obtener de semejante táctica, ya que la culpa del acusado aparecía con creciente evidencia. Pero el tono en que hablaba el «mago del foro» denotaba una calma y una seguridad en sí mismo que hacían esperar algo. No se concebía que hubiera hecho el viaje desde Petersburgo por nada y que se resignara a regresar sin ningún resultado positivo.


Capítulo III: El peritaje médico y una libra de avellanas
de Fiódor Dostoyevski


El informe de los peritos médicos no fue favorable al acusado. Pero se veía claramente que Fetiukovitch no había depositado en él la menor esperanza. Este peritaje se verificó únicamente por haberlo solicitado Catalina Ivanovna, que había traído de Moscú a un médico eminente. La defensa, si bien no esperaba nada de este informe, también sabía que nada podía perder.

El desacuerdo entre los médicos motivó un incidente cómico. Los peritos eran el famoso especialista de que hemos hablado; el doctor Herzenstube, que ejercía en nuestra localidad, y el joven Varvinski. Los dos últimos estaban, además, citados como testigos por el fiscal. Primero se llamó al doctor Herzenstube, septuagenario canoso y casi calvo, de mediana estatura y robusta constitución. Era un hombre de conciencia, que gozaba de la estimación general, un corazón excelente, una especie de hermano moravo. Hacia mucho tiempo que vivía en nuestra ciudad. Era persona austera e inclinada a la filantropía. Visitaba a los pobres y a los campesinos en sus chozas, y no sólo no les cobraba nada, sino que les daba dinero para medicinas. En cambio, era testarudo como una mula: cuando se aferraba a una idea, no había medio humano de hacerle renunciar a ella. En la ciudad se sabía que el famoso especialista llegado de Moscú hacía poco se había permitido hacer observaciones francamente molestas sobre la capacidad del doctor Herzenstube. Aunque el doctor de Moscú no cobraba menos de veinticinco rublos por visita, no pocos aprovecharon su estancia en nuestra localidad para consultarlo. Los consultantes eran clientes del doctor Herzenstube, y el renombrado especialista criticó ante ellos los métodos curativos del doctor local. Llegó al extremo de preguntar a los pacientes apenas aparecía: «¿Quién lo ha engañado? ¿Herzenstube? ¡Ja, ja!» Como es natural, Herzenstube se enteró de esto.

Los tres médicos citados comparecieron como peritos. El doctor Herzenstube dijo que saltaba a la vista que el acusado «era un anormal». Después de exponer sus argumentos, añadió que esta anormalidad se evidenciaba no sólo en la conducta anterior del acusado, sino también en su actitud presente, y cuando se le rogó que se explicara, el viejo doctor declaró ingenuamente que Dmitri Fiodorovitch, al entrar en la sala, no tenía un aspecto adecuado a las circunstancias. «Avanzaba como un soldado, mirando hacia e frente, sin volver la vista a la izquierda, donde estaban las damas, cuya opinión debía preocuparle, ya que era un gran amante de bello sexo». Herzenstube se expresaba en ruso, pero con acento alemán, cosa que no le preocupaba. Siempre había creído que hablaba un ruso excelente, mejor que el de los mismos rusos. Le encantaba citar proverbios, y cada vez que mencionaba uno afirmaba que los proverbios rusos eran singularmente expresivos. Cuando conversaba con alguien, olvidaba a veces las palabras más vulgares. Las conocía perfectamente, pero huían de su memoria de pronto. Esto le sucedía tanto si hablaba en ruso como en alemán. Entonces agitaba la mano ante su rostro, como para atrapar la palabra perdida, y nadie en el mundo habría logrado que continuar si no daba con ella. El viejo contaba con la estimación de nuestra damas: sabían que aquel hombre que había permanecido soltero era piadoso y honesto en sus costumbres y consideraba a las mujeres como seres ideales y superiores. Sus inesperadas observaciones parecieron extravagantes y divirtieron a la concurrencia.

El especialista de Moscú declaró categóricamente que el acusado padecía una aguda perturbación mental. Se extendió en sabía consideraciones sobre la obsesión y la manía, y concluyó que, según todos los datos recogidos, en los días que precedieron a su detención, Dmitri Fiodorovitch sufría, sin duda alguna, una de la obsesiones que había descrito. Si había cometido el crimen, habría obrado involuntariamente, como arrastrado por una fuerza desconocida. Pero el doctor no había observado en el acusado únicamente el mal de la obsesión, sino también el de la manía, lo que constituía, a su entender, el primer paso hacia la demencia.

(N. B.: Refiero todo esto en lenguaje corriente. El doctor se expresaba con los tecnicismos propios de los sabios.)

‑Todos sus actos son contrarios a la lógica y al buen sentido ‑prosiguió‑. Sin hablar de lo que no he visto, es decir, del crimen y todo el drama que lo rodea, anteayer estuve hablando con el acusado y vi que tenía la mirada fija y extraña. Se echaba a reír repentinamente y sin motivo y era presa de una irritación continua inexplicable. Decía cosas extrañas, como «Bernard, la ética y otra cosas innecesarias».

El doctor vio un indicio de manía sobre todo en el hecho de que el acusado no pudiera hablar sin indignación de los tres mil rublos que a su juicio le habían robado, mientras conservaba la calma a recordar otras ofensas y otros fracasos.

‑Al parecer, siempre se ha enfurecido ante la menor alusión esos tres mil rublos. Sin embargo, se sabe que no es interesado ni codicioso. En cuanto a la opinión de mi eminente colega ‑terminó irónicamente el as de la medicina‑, según la cual el acusado debió mirar a las damas al entrar, es una nota graciosa, pero también un error. Estoy de acuerdo en que el acusado, al entrar en la sala donde se va a decidir su suerte, no debió mirar hacia delante fijamente y que esto puede revelar un trastorno mental, pero también afirmo que debió dirigir la vista no a la izquierda, donde están las damas, sino a la derecha, buscando la mirada de su defensor, del que depende su suerte.

El especialista se había expresado en tono firme y enérgico. El desacuerdo entre este perito y el doctor Herzenstube adquirió un matiz cómico al exponer el doctor Varvinski una tesis inesperada. Según él, el acusado había sido y seguía siendo un hombre perfectamente normal. El hecho de que antes de su detención hubiera dado pruebas de una excitación extraordinaria no quería decir nada, ya que tal estado podía proceder de causas tan evidentes como los celos, la cólera, la embriaguez continua... Desde luego, esta excitación nerviosa no tenía nada que ver con la obsesión de que acababa de hablar el doctor forastero.

‑En cuanto a la dirección en que debía mirar el acusado, mi humilde opinión es que debía hacerlo como lo ha hecho, es decir, hacia el frente, donde están los jueces de los que depende su futuro. Por lo tanto, Dmitri Fiódorovitch ha dado una prueba de que su estado es perfectamente normal.

‑¡Muy bien dicho, matasanos! ‑exclamó Mitia.

Se le hizo callar inmediatamente. Pero la opinión de Varvinski tuvo una influencia decisiva en el público y en el tribunal, como se verá muy pronto.

El doctor Herzenstube, al declarar como testigo, prestó un inesperado apoyo a Mitia. Al ser antiguo habitante de la localidad conocía a fondo a la familia Karamazov. Empezó por dar de ella informes de los que se aprovechó el fiscal; pero añadió:

‑Sin embargo, este desdichado merecía mejor suerte, pues tenía buen corazón, tanto cuando era niño como en su adolescencia: lo puedo asegurar. Un proverbio ruso dice: «Si tienes inteligencia, puedes estar satisfecho, y si un hombre inteligente se une a ti, tu satisfacción debe ser mayor, pues entonces sois dos inteligencias en vez de una...»

‑¡Claro! Dos pensamientos valen más que uno solo ‑exclamó el fiscal, perdiendo la paciencia, pues sabía que el viejo Herzenstube, enamorado de su abrumadora facundia germánica, hablaba con lenta prolijidad, sin importarle hacer esperar a sus oyentes.

‑Eso mismo digo yo ‑continuó Herzenstube obstinadamente‑. Dos inteligencias valen más que una. Pero él permaneció solo y perdió la suya... ¿Dónde la perdió? Pues... Se me ha olvidado la palabra ‑dijo agitando la mano ante sus ojos‑. ¡Ah, sí! Spazieren...

‑¿Paseando?

‑Eso quería decir. Su inteligencia empezó a vagabundear y se perdió. Sin embargo, era un joven agradecido y de fina sensibilidad. Me acuerdo perfectamente de cuando era un niño pequeño y correteaba por las cercanías de la casa de su padre, en el mayor abandono, descalzo y con un solo botón en los pantalones.

La voz del viejo se empañó de emoción. Fetiukovitch se estremeció como presintiendo que iba a ocurrir algo.

‑Entonces yo era todavía joven; tenía treinta y cinco años y acababa de llegar aquí. Me compadecí del niño y me dije: «Le voy a comprar una libra de...» Ahora no me acuerdo del nombre. Es ese fruto que gusta tanto a los niños y que se coge de cierto árbol...

El doctor volvía a agitar la mano ante sus ojos.

‑¿Manzanas? ‑le preguntaron.

‑No, las manzanas se venden por docenas, y lo que yo quiero decir se vende por libras. Es una cosa pequeña que se mete en la boca, y ¡crac!...

‑¿Avellanas?

‑Exacto, avellanas; no me ha dado usted tiempo a decirlo ‑aprobó el doctor imperturbable, como si no hubiera hecho ningún esfuerzo por buscar la palabra‑. Le llevé al niño una libra de avellanas. Nunca le había regalado ni una sola. Levanté el dedo y le dije:

»‑Hijo mío, Gott der Vater.

»Él se echó a reír y repitió:

»‑Gott der Vater.

»‑Gott der Sohn.

»De nuevo se echó a reír y murmuró:

»‑Gott der Sohn.

»‑Gott der heilige Geist.

»Al día siguiente, al verme pasar, me gritó:

»‑¡Señor, Gott der Vater, Gott der Sohn!

»Se había olvidado de Gott der heilige Geist. Pero yo se lo recordé, y otra vez lo compadecí. Se lo llevaron y ya no lo volví a ver. Veintitrés años después, cuando mi cabeza está ya cubierta de canas, apareció de pronto ante mi, en mi sala de consulta, un joven en la flor de la vida, al que no pude reconocer. El visitante levantó el dedo y dijo, echándose a reír:

»‑Gott der Vater, Gott der Sohn and Gott der hellige Geist!

Acabo de llegar y quiero darle las gracias por la libra de avellanas. Fueron las primeras que me regalaron.

»Entonces me acordé de mi feliz juventud y del pobre niño de pies descalzos. Y le dije:

»‑Eres una persona agradecida, ya que no has olvidado la libra de avellanas que te regalé cuando eras niño.

»Lo estreché en mis brazos y lo bendije, llorando. Él se reía, pues los rusos se rien a veces cuando tienen ganas de llorar. Pero acabó llorando también: yo lo vi. Y ahora, ya ven ustedes...

‑¡Y ahora ‑exclamó Mitia‑ estoy llorando, alemán! ¡Si, santo varón: ahora estoy llorando!

Este relato produjo una impresión favorable; pero lo que más favoreció al acusado fue la declaración de Catalina Ivanovna, de la que hablaré oportunamente. En general, la suerte sonrió a Dmitri cuando comparecieron los testigos à décharge, cosa que sorprendió a la misma defensa. Pero antes que a Catalina Ivanovna, se interrogó a Aliocha, el cual, por cierto, se acordó de pronto de un hecho que, al parecer, refutaba uno de los puntos clave de la acusación.


Capítulo IV: La suerte sonríe a Mitia
de Fiódor Dostoyevski


El hecho acudió a su memoria de improviso. Aliocha no prestó juramento y, desde el principio de su declaración, los dos bandos le demostraron una viva simpatía. Era evidente que la fama de sus excelentes cualidades le había precedido. Se mostró reservado y modesto, pero su afecto por su desgraciado hermano se percibió a través de sus palabras. Dijo que Mitia era sin duda una persona de carácter violento, que se dejaba arrastrar por las pasiones, pero también un hombre noble y generoso, capaz de cualquier sacrificio que se le pidiera. Además, reconoció que, últimamente, la pasión de Mitia por Gruchegnka y su rivalidad con su padre le habían llevado a una tensión de ánimo intolerable. Admitió que aquellos tres mil rublos habían acabado por constituir una obsesión para Dmitri, que no podía hablar de ellos sin enfurecerse, por considerar que su padre se los había apropiado fraudulentamente, ya que pertenecían a su herencia materna; pero rechazó indignado la hipótesis de que Dmitri hubiera podido cometer un parricidio para robar. Respecto a aquella rivalidad que había reconocido, respondió al fiscal con vaguedades, a incluso se negó a responder a algunas preguntas.

‑¿Le dijo su hermano que tenía el propósito de matar a su padre? ‑inquirió el fiscal. Y añadió‑: Puede usted dejar de contestar a esta pregunta si lo cree conveniente.

‑Directamente, nunca me lo dijo.

‑Entonces, ¿se lo dijo indirectamente?

‑Me habló una vez de su odio por nuestro padre, y de que temía llegar a matarlo en un momento de desesperación.

‑¿Y usted lo creyó?

‑No me atrevo a afirmarlo. Siempre creí que un alto sentimiento lo salvaría en el momento decisivo. Y así ocurrió, ya que no fue él quien mató a mi padre.

Aliocha dijo esto con seguridad y energía. El fiscal se estremeció como un caballo de batalla cuando la trompeta da la señal de ataque.

‑Le aseguro ‑dijo el acusador‑ que no pongo en duda su sinceridad ni que su declaración sea un acto independiente de su afecto fraternal por ese desdichado. El sumario nos ha informado ya de su opinión sobre el trágico episodio ocurrido en su familia. Pero no puedo menos de hacer constar que esta opinión de usted es única y está en contradicción con las declaraciones de los demás testigos. Por lo tanto, considero necesario rogarle que me diga en qué se funda para estar tan convencido de la inocencia de su hermano y de la culpabilidad de otra persona a la que mencionó usted en la instrucción del sumario.

‑Entonces me limité a responder a las preguntas que se me hacían ‑dijo Aliocha con calma‑. No acusé a Smerdiakov.

‑Sin embargo, lo nombró usted.

‑Repitiendo las palabras de mi hermano. Yo sabía que Dmitri, cuando lo detuvieron, acusó a Smerdiakov. Estoy convencido de la inocencia de mi hermano. Y si mi hermano es inocente...

‑El culpable es Smerdiakov. ¿Verdad que es eso lo que quiere decir? ¿Por qué acusa usted a Smerdiakov? ¿Y por qué está tan convencido de la inocencia de su hermano?

‑No puedo dudar de él. Sé que no miente. Leí en su rostro que me decía la verdad.

‑¿De modo que solo se funda en lo que leyó en su rostro? ¿No tiene más prueba que ésa?

‑No tengo ninguna más.

‑¿Tampoco de la culpabilidad de Smerdiakov tiene más pruebas que las palabras y la expresión del rostro de su hermano?

‑Tampoco.

El fiscal no insistió. Las respuestas de Aliocha defraudaron profundamente al público. Habían corrido rumores de que Aliocha podía demostrar la inocencia de su hermano y la culpabilidad de Smerdiakov... Sin embargo, no presentaba prueba alguna, sino una convicción de tipo moral que no podía ser más lógica en un hermano del acusado. Cuando le tocó el turno a la defensa, Fetiukovitch preguntó a Aliocha en qué momento le había hablado Dmitri Fiodorovitch de su odio a su padre y de sus absurdas tentaciones de matarlo.

‑¿Fue acaso en la última entrevista que tuvieron ustedes?

Aliocha se estremeció como si de pronto se acordara de algo.

‑Ahora recuerdo un detalle que había olvidado por completo. Entonces no lo vi claro, pero ahora...

Y Aliocha refirió con palabra vehemente que cuando vio a su hermano por última vez, ya de noche y debajo de un árbol, al regresar al monasterio, Mitia le había dicho, golpeándose el pecho, que disponía de un medio para salvar su honor, y que este medio estaba allí, en su pecho.

‑Entonces creí que se refería a su corazón, a la energía que podría desarrollar para librarse de una espantosa vergüenza que le amenazaba y que no se atrevía a confesarme. A decir verdad, al principio creí que aludía a nuestro padre, que se estremecía de horror al pensar que podía cometer algún acto de violencia contra él. Pero después advertí que se daba los golpes no en el corazón, sino más arriba, cerca del cuello, y entonces pensé que se refería a algo que llevaba sobre el pecho y que este algo podía ser la bolsita de cuero donde guardaba los mil quinientos rublos.

‑¡Exacto, Aliocha! ‑exclamó Mitia‑. Era la bolsita de cuero lo que yo señalaba.

Fetiukovitch le rogó que se calmase y volvió a dirigirse a Aliocha, que, enardecido por el inesperado recuerdo, expuso con vehemencia la hipótesis de que la vergüenza de su hermano procedía de que, pudiendo restituir aquellos mil quinientos rublos a Catalina Ivanovna para saldar la mitad de su deuda, había decidido compartirlos con Gruchegnka si ésta lo aceptaba.

‑¡Eso fue, eso fue! ‑exclamó Aliocha con creciente ardor‑. Mi hermano me dijo que podría borrar la mitad de su vergüenza..., así lo dijo: «la mitad». Lo repitió varias veces..., y añadió que la debilidad de su carácter se lo impedía... ¡Sabía de antemano que era incapaz de semejante acción!

Fetiukovitch le preguntó:

‑¿Está usted seguro de que se golpeaba la parte superior del pecho?

‑Segurísimo, pues me pregunté por qué se daría los golpes cerca del cuello, siendo así que el corazón estaba más abajo... Lo recuerdo perfectamente. No comprendo cómo he podido olvidarlo. Mi hermano señalaba su bolsita de cuero, los mil quinientos rublos que no se decidía a devolver. Por eso, cuando lo detuvieron en Mokroie, exclamó, según me han dicho, que el acto más bochornoso de su vida había sido quedarse aquellos mil quinientos rublos, prefiriendo aparecer como un ladrón a los ojos de Catalina Ivanovna que pagarle la mitad..., precisamente la mitad..., de lo que le debe.

‑¡Cómo le atormentaba esta deuda!

Naturalmente, el fiscal intervino. Rogó a Aliocha que describiera de nuevo la escena y le preguntó si verdaderamente Mitia parecía señalar algún objeto al golpearse el pecho.

‑Tal vez lo hiciera al azar, sin dirigir el puño hacia ningún punto determinado.

‑No se daba los golpes con el puño ‑replicó Aliocha‑, sino con los dedos, señalando aquí, muy arriba... ¡No comprendo cómo me he podido olvidar de este detalle!

El presidente preguntó al acusado si tenía algo que decir sobre esta declaración, y Mitia confirmó que señalaba la bolsita de cuero que contenía los mil quinientos rublos, y que la posesión de este dinero constituía para él una vergüenza.

‑¡Sí, una vergüenza, el acto más vil de mi vida! Pude devolver aquellos mil quinientos rublos, y no lo hice. Preferí que ella viese en mi un ladrón. Y lo peor es que yo sabía de antemano que procedería de este modo. ¡Has dicho la pura verdad, Aliocha! ¡Gracias!

Así terminó la declaración de Aliocha, que aportó un indicio de prueba de la existencia de la bolsita que contenía los mil quinientos rublos, y de que el acusado decía la verdad al declarar en Mokroie que hacía tiempo que poseía este dinero.

Aliocha estaba radiante de satisfacción. Sus mejillas se habían coloreado. Mientras ocupaba el asiento que se le indicó, se preguntaba: «¿Cómo se explica que me olvidara de este detalle? Es incomprensible que no me haya acordado hasta ahora.»

Seguidamente se llamó a Catalina Ivanovna. Su entrada en la sala produjo sensación. Algunas damas levantaron sus gemelos; los hombres se agitaron, y algunos incluso se pusieron en pie para ver mejor a la joven. Mitia palideció. Iba vestida de negro. Avanzó hasta la barandilla en actitud modesta, casi tímida. Su cara no revelaba ninguna emoción, pero la resolución brillaba en sus ojos oscuros. En aquellos momentos estaba muy hermosa. Habló sin levantar la voz, pero con gran claridad y serenamente, aunque tal vez se esforzara por aparecer serena. El presidente la interrogó con suma prudencia, como si temiese tocar alguna fibra sensible. Catalina Ivanovna empezó por manifestar que había sido la prometida del acusado hasta el momento en que éste la abandonó. Cuando se le preguntó por los tres mil rublos entregados a Mitia para que los enviara por correo a los padres de Catalina Ivanovna, ésta respondió con firmeza:

‑No le entregué esa cantidad para que la enviase inmediatamente. Sabía que Dmitri estaba entonces algo apurado. Le entregué los tres mil rublos para que los mandara a Moscú, si le parecía, en el espacio de un mes. No ha debido atormentarse por esta deuda.

Debo advertir que no reproduzco las preguntas y las respuestas textualmente, sino que me limito a exponer lo esencial.

‑Estaba segura ‑continuó‑ de que haría llegar esa suma a su destino tan pronto como la recibiera de su padre. He tenido siempre absoluta confianza en su honradez, para los asuntos de dinero. Dmitri Fiodorovitch contaba con que su padre le entregara esos tres mil rublos, según me dijo más de una vez. Yo sabía que estaban desavenidos y siempre creí que Fiodor Pavlovitch lo había perjudicado. No recuerdo que profiriese amenazas contra su padre, por lo menos en mi presencia. Si Dmitri Fiodorovitch hubiera venido a verme, lo habría tranquilizado respecto a esos malditos tres mil rublos. Pero no volvió, y yo... yo no podía llamarlo. Mi situación no me lo permitía... Por otra parte, no tenía ningún derecho a mostrarme exigente respecto a esta deuda, puesto que recibí de él un día una cantidad superior, y la tomé sin saber cuándo podría devolverla.

En su acento había algo de desafío. Entonces llegó para Fetiukovitch el momento de interrogarla.

‑Pero eso debió de ser al principio de sus relaciones, ¿no? ‑preguntó el abogado defensor, presintiendo que iba a ocurrir algo favorable a su cliente.

(Entre paréntesis, el abogado de Petersburgo, aunque llamado por Catalina Ivanovna, ignoraba el episodio de los cinco mil rublos entregados por Mitia y el detalle de la «profunda reverencia». Catalina se lo había ocultado, inexplicablemente. Parece lógico suponer que la joven esperaba alguna inspiración y que por eso no se atrevió a hablar hasta el último instante.)

Jamás olvidaré aquel momento. Catalina Ivanovna lo contó todo, relató enteramente los hechos referidos por Mitia a Aliocha, el detalle de la profunda reverencia y sus causas, el papel que en esto había desempeñado su padre... No hizo la menor alusión al detalle de que Dmitri pidió que fuera ella misma a recoger el dinero. Guardó sobre este punto un silencio magnánimo y dijo que había ido por su propio impulso a casa del oficial, aunque esperaba que no le entregaría el dinero sin ninguna compensación, sin bien no sabía en qué podía consistir ésta. Fue algo emocionante. Yo me estremecí al oírla; el público era todo oídos. En la conducta de Catalina Ivanovna había algo inaudito. Nunca se podía esperar, ni siquiera de una muchacha tan enérgica y altiva como ella, tanta franqueza y un sacrificio tan extraordinario.

¿Y por qué todo esto? Por salvar al hombre que la había traicionado y ofendido, por contribuir a sacarlo del atolladero, presentando una imagen favorable de él. En efecto, la figura de aquel oficial que entregaba cinco mil rublos, todo lo que poseía, a la inocente muchacha y se inclinaba respetuosamente ante ella, resultaba simpática en extremo.

Pero no pude menos de experimentar una profunda inquietud. Temi que este sacrificio fuera terreno abonado para la calumnia, y mis temores se cumplieron. Con perversa ironía, se hizo correr por la ciudad la opinión de que el relato de Catalina Ivanovna no podía ser exacto en cierto punto: el de que el oficial le permitiera marcharse con sólo un respetuoso saludo. Se afirmaba que aquí había una laguna. «Aunque todo hubiera ocurrido así ‑decían las más respetables de nuestras damas‑, no podría considerarse prudente la conducta de esa joven. Ni siquiera el propósito de salvar a un padre puede justificar semejante proceder.»

¿Es posible que Catalina Ivanovna, pese a su enfermiza perspicacia, no hubiera presentido estas habladurías? No, Catalina Ivanovna sabía lo que iba a suceder y, sin embargo, lo contó todo. Naturalmente, estas insultantes dudas sobre la veracidad del relato de Catalina Ivanovna no surgieron hasta más tarde: en el primer momento, la emoción fue general. Los magistrados escucharon la declaración con un silencio respetuoso. El fiscal no se permitió dirigir ni una sola pregunta sobre esta cuestión. Fetiukovitch se inclinó con reverencia ante Catalina. El defensor se sentía triunfante. Pretender que un hombre que, en un arranque de generosidad, se había desprendido de sus últimos cinco mil rublos, hubiera matado después a su padre para robarle tres mil, no tenía pies ni cabeza. Ahora Fetiukovitch podría, por lo menos, eliminar la acusación de robo. Las cosas tomaban un nuevo rumbo. Las simpatías se concentraban en Dmitri. Durante la declaración de Catalina Ivanovna, Mitia había intentado levantarse, pero, apenas iniciado el movimiento, había vuelto a dejarse caer en el banquillo, cubriéndose el rostro con las manos. Cuando la testigo terminó, Mitia exclamó tendiendo los brazos hacia ella:

‑¿Por qué me has perdido, Katia?

Prorrumpió en sollozos, pero se recobró en seguida y añadió: ‑¡Ahora estoy irremisiblemente condenado!

Y desde este instante permaneció rígido en su asiento, con las mandíbulas apretadas y los brazos cruzados.

Catalina Ivanovna se quedó en la sala de la audiencia. Estaba pálida y su mirada se fijaba en el suelo. Los que se hallaban a su alrededor contaron más tarde que temblaba como si tuviera fiebre. Le tocó el turno a Gruchegnka.

Ya explicaré por qué tenía razón Mitia al decir que estaba perdido. No me cabe duda ‑y todos los juristas acabaron por estar de acuerdo conmigo‑ que, de no haberse producido los incidentes que acabamos de referir, el culpable habría obtenido el beneficio de ciertas circunstancias atenuantes. Pero dejemos esto para más adelante; ahora hemos de hablar de Gruchegnka.

Se presentó también vestida de negro y con los hombros cubiertos por su magnífico chal. Avanzó hacia la barandilla con su paso silencioso y con un leve contoneo. Su mirada estaba fija en el presidente. A mi juicio, su aspecto era excelente y no estaba pálida, como dijeron las damas después. Se dijo también que tenía una expresión reconcentrada y maligna. A mi entender, sólo estaba molesta al sentir concentradas sobre ella las miradas despectivas y curiosas de un público ávido de escándalo. Era uno de esos caracteres altivos que no pueden sufrir el desdén ajeno y se dejan llevar de la cólera y el espíritu de resistencia apenas se ven despreciados. También había en ella, seguramente, algo de timidez y de la vergüenza de ser tímida, lo que explica la irregularidad de su voz, que oscilaba entre la irritación y el grosero desdén, y en la que a veces, cuando Gruchegnka se acusaba a sí misma, había una nota de sinceridad. En algunos momentos hablaba sin preocuparse por las consecuencias. «No me importa lo que venga después ‑pensaba‑. Diré lo que tengo que decir.» Al referirse a sus relaciones con Fiodor Pavlovitch, observó con acento tajante:

‑Eso son tonterías. Si se enamoró de mí, yo no tengo la culpa.

Y un momento después añadió:

‑La culpa fue mía. Me burlaba del viejo y de su hijo; les hice perder la cabeza a los dos. Yo he sido la causante de todo.

Cuando se le habló de Samsonov, replicó violentamente:

‑¡Eso no le importa a nadie! Ese hombre fue mi bienhechor. Él me recogió cuando los míos me echaron de casa y me encontré en la miseria.

El presidente le recordó que debía limitarse a responder a las preguntas que se le hicieran, sin entrar en detalles superfluos. Gruchegnka enrojeció y sus ojos relampaguearon. Luego declaró que no había visto el sobre de los tres mil rublos y que sólo sabía de él lo que le había dicho aquel «malvado».

‑¡Pero eso es una estupidez! ¡Ni por todo el oro del mundo habría ido a casa de Fiodor Pavlovitch!

‑¿A quién se refiere usted al decir «aquel malvado»? ‑preguntó el fiscal.

‑A Smerdiakov, ese lacayo que mató a su dueño y se ahorcó ayer.

Naturalmente, se apresuraron a preguntarle en qué se fundaba para formular una acusación tan categórica, pero resultó que tampoco ella sabía nada en concreto.

‑Me lo dijo Dmitri Fiodorovitch ‑repuso‑, y pueden ustedes creerle. Esa mujer lo perdió ‑añadió temblando de odio‑. Ella es la culpable de todo.

Se le preguntó a quién se refería y Gruchegnka contestó:

‑A Catalina Ivanovna. Me hizo ir a su casa y me obsequió con golosinas para seducirme. Es una sinvergüenza.

El presidente le rogó que se expresara con más moderación. Pero Gruchegnka no tenía freno: los celos la cegaban.

‑Cuando se detuvo a Dmitri Fiodorovitch en Mokroie ‑dijo el fiscal‑, usted llegó de la habitación inmediata gritando: «¡Yo soy la culpable de todo! ¡Iremos juntos a presidio!» Por lo tanto, en aquel momento usted creía que el acusado era culpable.

‑No recuerdo lo que pensaba entonces. Lo único que sé es que, al ver que todos lo acusaban, me sentí culpable, creyendo que Dmitri había cometido el crimen por mí. Pero cuando él me aseguró que era inocente, lo creí. Y siempre lo creeré. Dmitri Fiodorovitch no miente nunca.

Seguidamente, se concedió la palabra a Fetiukovitch, que interrogó a Gruchegnka sobre Rakitine y los veinticinco rublos de recompensa que le había ofrecido si llevaba a Alexei Fiodorovitch Karamazov.

Gruchegnka sonrió despectivamente.

‑Eso no tiene nada de particular ‑repuso‑. Venía a pedirme dinero con frecuencia. Algunos meses me sacó hasta treinta rublos. Y no por necesidad, pues no le faltaba para comer ni beber.

‑¿Por qué era usted tan generosa con el señor Rakitine? ‑preguntó Fetiukovitch, sin importarle la mirada de reprobación que le dirigió el presidente.

‑Porque somos primos. Nuestras madres eran hermanas. No lo dije nunca a nadie porque él me lo suplicó. Se avergonzaba de mí.

Esta revelación sorprendió a todo el mundo. Nadie, ni en la ciudad ni en el monasterio, tenía la menor idea de este parentesco. Rakitine enrojeció. Gruchegnka lo detestaba por haber declarado contra Mitia. La elocuencia de Rakitine, su fraseología sobre la servidumbre y el desorden cívico de Rusia perdieron todo su crédito en la opinión. Fetiukovitch estaba satisfechísimo: el cielo acudía en su ayuda. No se retuvo mucho tiempo a Gruchegnka, ya que pronto se vio que no podía hacer más revelaciones importantes. La testigo dejó en el público una impresión sumamente desfavorable. Multitud de miradas despectivas se fijaron en ella cuando, después de su declaración, fue a sentarse lejos de Catalina Ivanovna. Durante el interrogatorio de Gruchegnka, Mitia había permanecido en silencio, inmóvil, con la cabeza baja.

Compareció un nuevo testigo... Iván Fiodorovitch.


Capítulo V: Desastre repentino
de Fiódor Dostoyevski


Se le había llamado antes que a Aliocha, pero el ujier dijo al presidente que una súbita indisposición impedía comparecer al testigo, y que tan pronto como se hubiera repuesto acudiría a declarar. Su llegada pasó casi inadvertida; se le prestó muy poca atención. Los principales testigos, y especialmente las dos rivales, habían declarado ya, y la curiosidad había desaparecido casi por completo: no se esperaba nada nuevo de los demás testigos.

Iván avanzó con lentitud extraña, sin mirar a nadie, absorto y con la cabeza baja. Iba bien vestido. En su rostro se percibían las huellas de su enfermedad; su tez, de un matiz terroso, hacía pensar en las de los moribundos. Levantó la cabeza y paseó por la sala una mirada llena de turbación. Aliocha se levantó y lanzó una exclamación de la que nadie hizo caso.

El presidente recordó al testigo que no tenía que prestar juramento y que podía dejar sin respuesta aquellas preguntas que considerase conveniente no contestar, pero que debía prestar declaración de acuerdo con su conciencia. Iván lo miraba distraídamente. De pronto, una sonrisa iluminó su semblante y cuando el presidente, visiblemente sorprendido por este cambio, terminó de hablar, Iván se echó a reír.

‑¿Y qué más? ‑preguntó levantando la voz.

Silencio en la sala. El presidente tuvo un gesto de inquietud.

‑¿Se siente indispuesto todavía? ‑le preguntó, mientras buscaba con la suya la mirada del ujier.

‑Tranquilícese, señor ‑repuso Iván con calma‑. Estoy perfectamente y puedo referirle algo curioso.

‑¿O sea que tiene usted que decir algo importante? ‑preguntó el presidente, incrédulo.

Iván Fiodorovitch bajó la cabeza, guardó silencio durante unos segundos y respondió:

‑No, no tengo nada importante que decir.

Lo interrogaron. Contestó lacónicamente y con creciente resistencia, aunque sus respuestas fueron perfectamente sensatas. Ignoraba, según dijo, muchas de las cosas que le preguntaron, entre ellas las referentes a las cuentas de su padre con Dmitri.

‑Era un asunto que no me importaba lo más mínimo ‑dijo.

Declaró que había oído las amenazas del acusado contra su padre y que estaba enterado de la existencia del sobre por Smerdiakov.

De pronto, exclamó con un gesto de fatiga:

‑¡Siempre lo mismo! ¡No puedo decir nada más al tribunal!

‑Veo que está usted todavía trastornado y lo comprendo ‑dijo el presidente.

Y ya iba a preguntar al fiscal y al defensor si querían interrogar al testigo, cuando Iván dijo, extenuado:

‑Permítame su señoría que me retire: no me siento bien.

Dicho esto, y sin esperar la autorización del presidente, se dirigió a la salida. Pero, después de dar algunos pasos, se detuvo, quedó un momento pensativo, sonrió y volvió atrás.

‑Me parezco a esa joven campesina que decía: «Iré si quiero, pero si no quiero, no iré.» La vistieron para llevarla al altar y ella repitió lo que acababa de decir... Es una anécdota popular...

‑¿Qué significa eso? ‑preguntó con severidad el presidente.

En vez de responder a esta pregunta, Iván sacó un fajo de billetes y lo exhibió ante el tribunal.

‑¡Miren, miren! Son los billetes que estaban en ese sobre ‑dijo, señalando la mesa donde se hallaban los cuerpos del delito‑, los billetes por los que mataron a mi padre. ¿Dónde hay que depositarlos? Señor ujier, ¿quiere usted entregar este dinero a quien corresponda?

El ujier cogió el fajo y lo entregó al presidente. Éste preguntó, sorprendido:

‑¿Cómo se explica que haya traído usted este dinero..., si verdaderamente es el que estaba en el sobre?

‑Me lo entregó ayer Smerdiakov, el asesino. Estuve en su casa antes de que se ahorcase. Fue él quien mató a mi padre, no mi hermano. Él lo mató y yo lo instigué a matarlo... ¿Quién no desea la muerte de su padre?

‑¿Está usted en su juicio? ‑exclamó el presidente.

‑Sí, estoy en mi juicio, un juicio vil como el de ustedes, y como el de todos esos... papanatas.

Se había vuelto hacia el público al decir esto. Irritado y despectivo, añadió:

‑A lo mejor, han matado a sus padres, y ahora se fingen aterrados y se miran unos a otros haciendo aspavientos. ¡Farsantes! Todos desean la muerte de sus padres. Los reptiles se devoran unos a otros... Si de pronto supieran que aquí no ha habido parricidio, se marcharían, defraudados y furiosos. Panem et circenses!.. Pero yo no me quedo corto... ¿Tienen agua? ¡Por Dios, denme un vaso!

Hundió la cabeza entre las manos. El ujier se acercó a él, presuroso. Aliocha se puso en pie y gritó:

‑¡No lo crean! ¡Está enfermo! ¡Desvaría!

Catalina Ivanovna se había levantado también precipitadamente y miraba a Iván Fiodorovitch, aterrada a inmóvil. Mitia, con una sonrisa que más parecía una mueca, escuchaba ansiosamente a su hermano.

‑Tranquilícese ‑dijo Iván‑. No estoy loco. He cometido un crimen, y no se puede pedir elocuencia a un asesino ‑añadió, sonriendo.

El fiscal, visiblemente nervioso, habló en voz baja al presidente. Los magistrados cambiaban comentarios también en susurros. Fetiukovitch aguzó el oído. El público esperaba con ansiedad. El presidente se tranquilizó.

‑Debo advertirle ‑dijo‑ que se expresa usted en términos incomprensibles y que aquí no se pueden tolerar. Cálmese y hable..., si verdaderamente tiene algo que decir. ¿Podría usted demostrar todo lo que ha dicho, y así convencernos de que no está delirando?

‑El caso es que no tengo testigos. Ese miserable de Smerdiakov no les enviará a ustedes una declaración desde el otro mundo... dentro de un sobre. Ustedes desearían recibir más sobres: no les basta con uno... No, no tengo testigos... Aunque, bien mirado, tal vez tenga uno.

Quedó ensimismado, sonriendo.

‑¿Quién es ese testigo? ‑le preguntó el presidente.

‑Tiene rabo. Es algo que está al margen de toda la regla. Le diable n’existe point.

De pronto, dejó de reír y dijo en tono confidencial:

‑No le hagan caso: es un diablejo sin importancia. Debe de estar aquí, en la sala. Seguramente en la mesa de los cuerpos del delito. ¿En qué otra parte puede estar?... Yo le he dicho que no me callaría y él me ha hablado de un cataclismo geológico y de otras tonterías semejantes... Dejen al monstruo en libertad. Ha cantado un himno alegremente; es un ser optimista..., una especie de bribón borracho. «Para Piter ha partido Vanka», vocifera. Y yo, por sólo dos segundos de alegría, daría un cuatrillón de cuatrillones. Ustedes no me conocen. ¡Todo es necio entre ustedes!... En fin, deténganme. Para algo he venido... ¡Ah, cuánta estupidez hay en el mundo!

De nuevo paseó su mirada por la sala, como soñando. La emoción era general. Aliocha corrió hacia él. Pero el ujier había cogido ya a Iván del brazo.

‑¡Suélteme! ‑gritó éste, mirando fijamente al ujier.

De pronto, lo cogió por los hombros y lo derribó. Los guardias acudieron rápidamente. Lo sujetaron. Iván empezó a vociferar como un energúmeno. Mientras se lo llevaban, no cesó de proferir palabras incoherentes.

El tumulto fue extraordinario. No recuerdo bien los detalles, pues la emoción me impedía ser un observador atento, pero puedo afirmar que, una vez restablecida la calma, el ujier recibió una reprimenda, a pesar de que explicó a las autoridades que el testigo parecía hallarse perfectamente después de haberlo reconocido el médico hacía una hora, cuando se sintió indispuesto. Hasta el momento de comparecer, se había expresado con la más completa cordura, de modo que no podía preverse lo ocurrido. Pero antes de que los ánimos se hubieran apaciguado se produjo un nuevo incidente: Catalina Ivanovna sufrió un ataque de nervios. Gemía y sollozaba, y no quería marcharse; se debatía y suplicaba que la dejaran permanecer en la sala. De pronto, exclamó, dirigiéndose al presidente:

‑¡Tengo algo más que decir! ¡Y quiero decirlo ahora mismo!... ¡Lean esta carta, léanla! ¡La escribió ese monstruo! ‑señalaba a Mitia‑. ¡Es el asesino de su padre! ¡En esta carta confiesa su propósito de matarlo! Iván Fiodorovitch está enfermo; hace tres días que no cesa de desvariar.

El ujier cogió la carta y se la entregó al presidente. Catalina Ivanovna se dejó caer en el asiento, se cubrió el rostro con las manos y empezó a llorar en silencio, ahogando los sollozos por terror a que la expulsaran. La carta era la escrita por Dmitri en la taberna «La Capital», aquella carta que Iván consideraba como una prueba categórica. Y así, ¡ay!, se consideró. De no haberse presentado esta carta ante el tribunal, seguramente Mitia no habría sido condenado, o, por lo menos, la sentencia hubiera sido más benigna.

He de decir una vez más que no puedo describir esta situación detalladamente. Incluso ahora estas escenas acuden a mi memoria sin orden ni concierto. El presidente debió de poner en conocimiento de ambas partes y del juez el contenido de esta carta. Luego preguntó a Catalina Ivanovna si se había repuesto y ella contestó resueltamente:

‑Sí, ya estoy serena: puedo responder a sus preguntas.

Temía que no se la escuchara con la debida atención. Le rogaron que explicara detalladamente cuándo y cómo había recibido la carta de Dmitri Fiodorovitch.

‑La recibi el día anterior al del crimen. Como ven, está escrita en la taberna, en el reverso de una factura. Dmitri me odiaba entonces porque me debía tres mil rublos y porque había cometido la vileza de seguir a esa mujer. Su deuda y su villanía lo abochornaban. Les diré exactamente lo que ocurrió. Les ruego que me escuchen atentamente. Tres semanas antes de dar muerte a su padre, se presentó en mi casa. Yo sabía que necesitaba dinero y que lo quería para atraerse a esa mujer y retenerla a su lado. Yo sabía que me traicionaba, que tenía el propósito de abandonarme, y, sin embargo, le di ese dinero con el pretexto de que lo enviase a mi familia. Cuando se lo entregué, le dije, mirándole a los ojos, que podría mandarlo cuando quisiera, «aunque tardara un mes». Es extraño que él no comprendiera que esto equivalía a decirle: «¿Necesitas dinero para traicionarme? Aquí lo tienes; yo misma te lo doy. Tómalo si no te da vergüenza.» Mi intención era confundirlo, pero él se llevó el dinero y lo dilapidó en una sola noche con esa mujer. Sin embargo, Dmitri Fiodorovitch se había dado cuenta de que yo lo había comprendido todo y le ofrecía el dinero sólo para probarlo, para ver si cometía la infamia de admitirlo. Nuestras miradas se cruzaron, él me comprendió, y, no obstante, tomó el dinero y se fue.

‑¡Todo eso es verdad, Katia! ‑exclamó Mitia‑. Comprendí por qué me ofrecías ese dinero y, sin embargo, lo tomé. ¡Despreciadme todos! ¡Lo merezco porque soy un miserable!

El presidente lo amenazó con expulsarlo de la sala si decía una palabra más.

‑Ese dinero fue un tormento para él ‑continuó Katia precipitadamente‑. Quería devolvérmelo, pero lo retenía porque lo necesitaba para esa mujer. Aunque mató a su padre para pagarme, no me dio ni un céntimo: se fue con su amiga a Mokroie para gastárselo alegremente. Un día antes de cometerse el crimen me escribió esta carta, estando ebrio, cosa que deduje en seguida, y ciego de cólera. Era evidente que estaba seguro de que yo no se la enseñaría a nadie, aunque cometiera el crimen, pues, de lo contrario, no la habría escrito. Léanla, léanla con atención. Verán ustedes cómo se explica por anticipado todo lo que ha de suceder: cómo matará a su padre, dónde está escondido el dinero... Observen sobre todo que dice que cometerá el crimen apenas parta Iván. Por lo tanto, fue un crimen premeditado.

Catalina Ivanovna dijo esto pérfidamente. Se veía que había estudiado detalle por detalle la fatídica carta.

‑Estando despejado, no me la habría escrito, pero es evidente que la carta revela un plan.

En su exaltación, despreciaba las consecuencias posibles de sus palabras, actitud muy diferente de la de un mes atrás, cuando se preguntaba, temblando de ira, si debía entregar al tribunal la carta reveladora. Al fin, había quemado las naves.

El secretario leyó la carta, que produjo una impresión tremenda. Se preguntó a Mitia si la reconocía.

‑Sí, yo la escribí, aunque no la habría escrito si no hubiera bebido más de la cuenta... ¡Tú y yo, Katia, nos odiábamos por muchas razones; pero yo te amaba a pesar de mi odio, y tú a mí no!

Se había levantado y volvió a dejarse caer en el banquillo, retorciéndose las manos.

Tanto el fiscal como el defensor preguntaron a Catalina Ivanovna por qué no había hablado de aquella carta en su reciente declaración y a qué obedecía su cambio de actitud respecto al acusado.

‑Tienen ustedes razón: he mentido, faltando a mi honor y a mi conciencia. He obrado así porque quería salvarlo, y quería salvarlo porque me odiaba y me despreciaba. Sí, me despreciaba; me despreció siempre, desde que me incliné ante él para darle las gracias por el dinero que me entregó. Me di cuenta de ese desprecio en seguida, pero tardé mucho tiempo en convencerme. ¡Cuántas veces he leído en sus ojos estas frase: «Viniste en persona a mi casa»! No me comprendió, no fue capaz de deducir por qué fui a verlo. En su mente sólo cabe la vileza. Juzga a los demás a través de sí mismo...

Katia había llegado al colmo de la exaltación. La ira la cegaba.

‑Quería casarse conmigo ‑siguió diciendo‑ por el dinero, sólo por el dinero. Es un desalmado. Estaba seguro de que siempre, durante toda mi vida, me sentiría avergonzada ante él, y él podría manejarme a su antojo. Por eso quería casarse conmigo. Les estoy diciendo la pura verdad. Intenté vencerlo a fuerza de cariño, incluso estaba dispuesta a olvidar su traición; pero él no me comprendió, no comprendía nada. Es un monstruo. Recibí su carta al día siguiente por la tarde; hasta entonces no me la trajeron de la taberna. Pues bien, aquella misma mañana estaba dispuesta a perdonárselo todo, ¡incluso su traición!

El fiscal y el presidente procuraron calmarla. Estoy seguro de que les daba vergüenza aprovecharse de la exaltación de Katia para obtener las importantes declaraciones que estaban oyendo. Decían: «Comprendemos su pesar y lo compartimos.» Pero ello no les impedía escuchar las revelaciones de una mujer que había perdido el dominio de sus nervios. Finalmente, con una lucidez extraordinaria, como es frecuente en estos casos, explicó cómo se había trastornado en los dos meses últimos la razón de Iván Fiodorovitch, obsesionado por la idea de salvar a su hermano, el monstruo, el parricida.

‑Estaba atormentado. Pretendía atenuar la falta de su hermano diciéndome que él tampoco quería a su padre y que incluso deseaba su muerte. Tiene un exceso de conciencia, y ésta es la causa de sus sufrimientos. No tenía secretos para mí. Venía a verme a diario, porque soy su única amiga. Sí, tengo el honor de ser su única amiga ‑repitió en un tono de reto, con los ojos brillantes‑. Fue dos veces a visitar a Smerdiakov. Un día me dijo: «Si no fue mi hermano quien mató a mi padre si fue Smerdiakov, acaso sea también yo el culpable, pues Smerdiakov sabía que yo no quería a mi padre y acaso supusiera que deseaba su muerte.» Entonces le mostré esta carta y él quedó completamente convencido de la culpa de su hermano. Estaba aterrado; no podía soportar la idea de que su propio hermano fuera un parricida. Desde hace una semana está trastornado por estas inquietudes. Desvaría, le han oído hablar solo por la calle. El doctor que traje de Moscú lo reconoció anteayer y me dijo que estaba al borde de una grave perturbación mental. ¡Y todo por culpa de ese monstruo! El suicidio de Smerdiakov ha sido para él el golpe de gracia. ¡Todo a causa de ese mal hombre al que pretende salvar!

Generalmente, sólo se habla así una vez en la vida, cuando se está al borde de la muerte, al subir al cadalso, por ejemplo. Pero esta conducta estaba de acuerdo con el carácter de Katia. La Katia de aquel momento era la misma muchacha impulsiva que había corrido a casa de un joven libertino para salvar a su padre; la misma muchacha casta y altiva que hacía unos instantes había sacrificado su pudor virginal, refiriendo públicamente el «noble acto de Mitia», con el único fin de atenuar la suerte que le esperaba. Y ahora hacía el mismo sacrificio por otro al que tal vez hasta aquel momento no se había dado cuenta de que profesaba un profundo afecto. Se sacrificaba por él porque, de pronto, se había imaginado, aterrada, que lo había perdido con su declaración, al revelar que él, Iván, creía ser responsable de la muerte de su padre, en vez de serlo su hermano; se sacrificaba por Iván y por su reputación.

Una pregunta la atormentaba. ¿Había calumniado a Mitia al hablar del principio de sus relaciones con él? No, ella estaba convencida de que no mentía al decir que Dmitri la despreciaba por su profunda reverencia; creía sinceramente que Mitia la había adorado hasta aquel momento y que después su adoración se había convertido en burla y desprecio. Entonces se había sentido ligada a él por un amor que tenía algo de vanidad herida y que se parecía mucho a la venganza. Tal vez este falso amor se habría transformado en amor verdadero; tal vez Katia lo deseara; pero Mitia la había herido profundamente con su traición, y el alma de Katia no era de las que perdonan. De súbito, había llegado el momento de la venganza, y todo el rencor dolorosamente acumulado en el corazón de la mujer ofendida había hecho explosión en un instante. Acusando a Mitia, se acusaba a sí misma. Cuando hubo terminado, perdió el dominio de sus nervios, y una profunda vergüenza la invadió. Hubo que sacarla de la sala, presa de un nuevo ataque de nervios. Mientras se la llevaban, Gruchegnka corrió hacia Mitia gritando. Fue tan rápida su carrera, que no la pudieron contener.

‑¡Esa víbora lo ha perdido, Mitia! ¡Ya lo han visto ustedes! ‑exclamó, dirigiéndose al tribunal.

A una señal del presidente, la sujetaron y la condujeron hacia la puerta. Gruchegnka se debatía, tendiendo los brazos hacia Dmitri. Éste lanzó un grito a intentó correr hacia ella. Fue fácil detenerlo.

Estoy seguro de que las espectadoras quedaron satisfechas. El espectáculo fue realmente apasionante. El médico de Moscú, al que el presidente había mandado llamar para que asistiera a Iván Fiodorovitch, presentó su informe. Dijo que el enfermo atravesaba una grave crisis y que convenía llevarlo a su domicilio sin pérdida de tiempo. Dos días atrás, el paciente había ido a consultarlo, pero no había seguido el tratamiento, a pesar de la gravedad de su estado.

‑Me dijo que tenía alucinaciones, que se encontraba en la calle con personas fallecidas y que Satanás lo visitaba todas las noches.

La carta recibida por Catalina Ivanovna se añadió a la pieza de autos. Después de deliberar, el tribunal decidió proseguir los debates y hacer constar en las actas las inesperadas declaraciones de Catalina Ivanovna y de Iván Fiodorovitch.

Las declaraciones de los últimos testigos confirmaron las anteriores, añadiéndoles, además, ciertos detalles significativos. En el informe del fiscal, que vamos a oír a continuación, se habla de todo lo dicho.

Los incidentes que se acababan de producir habían puesto los ánimos en tensión. Se esperaban con impaciencia los discursos de la acusación y la defensa, y el veredicto. La declaración de Catalina Ivanovna había sobrecogido a Fetiukovitch. El fiscal, en cambio, se sentía triunfante.

La vista se suspendió para reanudarse una hora después. Eran las ocho de la noche cuando empezó a informar el fiscal.


Capítulo VI: El informe de la acusación
de Fiódor Dostoyevski


Cuando empezó su discurso, Hipólito Kirillovitch era presa de un temblor nervioso, tenía la frente y la sienes bañadas en frío sudor y lo sacudían frecuentes escalofríos, como él mismo confesó después. Consideraba este discurso como su chef‑d'oeuvre, su chant du cygne, cosa que justificó muriendo tuberculoso nueve meses después. Puso en este informe toda su alma y toda su inteligencia, revelando un sentido cívico inesperado y un vivo interés por las cuestiones sensacionales. Lo que más cautivó a su auditorio fue su sinceridad. Creía realmente que Mitia era culpable, y no obraba solamente por cumplir su deber, sino también llevado del deseo de salvar a la sociedad. Incluso las damas, generalmente hostiles a Hipólito Kirillovitch, admitieron que había causado excelente impresión. Empezó con cierta inseguridad, pero su voz se afirmó muy pronto y se hizo tan potente que llegó incluso al rincón más apartado de la sala. Pero apenas terminó, estuvo a punto de desvanecerse. Éste fue su discurso:

‑Señores del jurado: este asunto ha tenido resonancia en toda Rusia. Pero, bien mirado, no hay razón para que nos sorprendamos ni nos asustemos. ¿Acaso no estamos habituados a estos hechos? Ya casi no nos conmueven. Lo que nos debe inquietar es esta indiferencia y no la perversidad de tal o cual individuo. ¿A qué se debe que permanezcamos poco menos que insensibles ante estos hechos que nos presagian un sombrío porvenir? ¿Hay que atribuir esta indiferencia a la osadía, al agotamiento prematuro de la inteligencia y la imaginación de nuestra sociedad, joven todavía, pero ya débil; al relajamiento de nuestros principios morales o la ausencia total de tales principios? Dejo sin contestar estas preguntas que requieren la atención de todos los ciudadanos. Nuestra prensa, pese a su timidez, ha prestado buenos servicios a la sociedad, ya que, gracias a ella, todo el mundo está enterado de la inmoralidad y el desenfreno que reinan en nuestro país; todo el mundo y no sólo los que acuden a presenciar las audiencias, que han abierto sus puertas al público en el presente reinado. ¿Qué es lo que nos cuentan los periódicos? Atrocidades ante las cuales el asunto que nos ocupa palidece y resulta poco menos que una nimiedad. La mayoría de nuestras causas criminales demuestran una especie de perversidad general, un azote que se ha introducido en nuestras costumbres y que es sumamente difícil combatir. Aquí vemos a un joven y admirado oficial de la mejor sociedad, que asesina sin remordimiento alguno a un modesto funcionario, con el que está en deuda, y a su muchacha de servicio, para recobrar un pagaré. Y, además, roba el dinero que encuentra, para gastárselo alegremente. Después de cometer este doble crimen, pone una almohada debajo de la cabeza de cada una de sus víctimas y se marcha. En otro lugar, un héroe, joven también y de cuya bravura dan cuenta sus condecoraciones, estrangula, en una carretera, ni más ni menos que como un bandido, a la madre de su jefe, después de haber dicho a sus cómplices, para tranquilizarlos, que la buena señora no tomará ninguna precaución, ya que lo quiere como a un hijo y confía en él ciegamente. Estos asesinos, verdaderos monstruos, no son casos aislados. Otros no llegan a cometer crímenes, pero piensan como los criminales y, en su fuero interno, no son menos infames que ellos. Cuando se enfrentan con su conciencia, se preguntan: «¿Acaso no es un prejuicio el honor?» Tal vez se me objete que calumnio a nuestra sociedad, que desvarío, que exagero. Ojalá sea así; quiera Dios que me equivoque. No me creáis, miradme como se mira a un enfermo; pero no olvidéis mis palabras. Aunque no diga ni la vigésima parte de la verdad, esta pequeña parte es suficiente para que nos echemos a temblar. Observad cómo abundan los suicidas entre la gente joven. Y se matan sin preguntarse, como Hamlet, qué vendrá después. La inmortalidad del alma, la vida futura, no existe para ellos. Observad también nuestra corrupción. Fiodor Pavlovitch, la desdichada víctima de nuestro caso, es un niño inocente comparado con ellos. Todos lo conocíamos, porque vivía en esta población... Sin duda, la psicología del crimen en Rusia será estudiada algún día por hombres eminentes, tanto de nuestro país como de Europa, pues el tema es de gran importancia. Pero este estudio se realizará cuando todo haya pasado y se pueda proceder con calma, cuando la trágica incoherencia del momento actual no sea más que un recuerdo y pueda analizarse con una imparcialidad que hoy es imposible. Ahora nos horrorizamos o fingimos horrorizarnos, pero, al mismo tiempo, nos complacen las fuertes sensaciones que sacuden nuestro ocio; o, como los niños, escondemos la cabeza debajo de la almohada al ver pasar esos horribles espectros, y luego, en la inconsciencia de nuestras alegrías y nuestros placeres, los olvidamos. Pero un día a otro reflexionaremos, haremos examen de conciencia y nos daremos cuenta del estado de nuestra sociedad. Al final de una de sus obras maestras, un gran escritor de la generación pasada comparaba a Rusia con una impetuosa troika que galopaba hacia una meta desconocida, y exclamaba: «¡Ah, troika veloz como un ave! ¿Quién te ha inventado?» A continuación, decía en una explosiónn de entusiasmo que ante aquella troika sin freno todos los pueblos se apartaban respetuosamente. Admito, señores, que esto es admirable, pero, en mi humilde opinión, el genial poeta, o se dejó llevar de un ingenuo idealismo o temió a la censura de la época, pues tirando de la troika caballos tan poderosos como Sabakevitch, Nozdriov y Tchitchikov, sabe Dios adónde iríamos a parar, cualquiera que fuese el conductor. Y estamos hablando de corceles de otro tiempo. Ahora los tenemos mejores.

En este punto, el discurso de Hipólito Kirillovitch fue interrumpido por los aplausos. El liberalismo del símbolo de la troika gustó a la concurrencia. Pero los aplausos no fueron nutridos, por lo que el presidente no juzgó necesario amenazar al público con hacer evacuar la sala. No obstante, Hipólito Kirillovitch se sintió reconfortado. Nunca lo habían aplaudido; incluso se habían negado a escucharlo durante varios años. Y, de pronto, advertía que se iba a atraer la atención de Rusia entera.

‑Hablemos ahora de la familia Karamazov, de esa familia que ha adquirido repentinamente una triste celebridad. Tal vez exagere, pero creo que en ella se resumen ciertos rasgos de nuestra sociedad contemporánea. Se trata de un resumen microscópico, como el de una gota de agua respecto al sol. Observemos a ese viejo libertino, a ese padre de familia que ha tenido un fin tan lamentable. Era hijo de padres nobles, pero en los comienzos de su vida no fue más que un mísero parásito. Un matrimonio inesperado le proporciona algún dinero, pero sigue siendo un bribón, un payaso obsequioso y, sobre todo, un usurero. Andando el tiempo y a medida que su fortuna va aumentando, lo vemos conducirse con más seguridad en si mismo. Luego deja de ser un adulador rastrero y ya solo queda en él una cínica maldad y la tendencia a la burla y al libertinaje. No tiene el menor principio moral: sólo una sed de vida inagotable. Aparte los placeres sensuales, nada existe para él: he aquí la enseñanza que da a sus hijos. Como padre, no se considera obligado a nada; se ríe de sus deberes paternos, deja a sus hijos en manos de los criados y se alegra cuando se los llevan. Incluso llega a olvidarlos por completo. Su concepto de la moral se resume en esta frase: aprés moi, le déluge! Es todo lo contrario de un ciudadano: se aísla en la sociedad. «Perezca el mundo con tal que yo esté bien.» Y está bien; es feliz y desea llevar esta vida durante treinta años más. Estafa a su hijo, quedándose con parte de su herencia materna, y además de quitarle el dinero pretende arrebatarle la amante. No quiero dejar la defensa del acusado enteramente en manos del eminente abogado que ha venido de Petersbugo. También yo diré la verdad; también yo comprendo la indignación acumulada en el alma de ese hijo. Pero no hablemos más del infortunado viejo. Ya ha pagado su deuda. Pensemos, sin embargo, que era un padre, un padre moderno. ¿Es calumniar a la sociedad decir que hay muchos padres como él? La mayoría de ellos no se expresan con tanto cinismo, pues tienen más educación y más cultura, pero, en el fondo, piensan como pensaba Fiodor Pavlovitch. Perdonadme si soy demasiado pesimista. No me creáis, pero permitidme que os exponga mi pensamiento. Estoy seguro de que os acordaréis de lo que acabo de decir.

»Hablemos ahora de los hijos de ese hombre. Uno de ellos está ante nosotros, en el banquillo de los acusados. Me referiré brevemente a los otros dos. El mayor de éstos, o sea el segundo de los tres hijos, es un joven moderno, de gran cultura a inteligencia, pero que no cree en nada y ha renegado ya de muchas cosas, como su padre. Todos lo hemos oído. Fue recibido amistosamente en nuestra sociedad. No ocultaba sus opiniones, sino todo lo contrario. Por eso hablaré francamente, aunque sólo lo considere como miembro de la familia Karamazov.

»Ayer, lejos de aquí, en el límite de la ciudad, se suicidó un pobre idiota complicado en este asunto, sirviente y tal vez un hijo natural de Fiodor Pavlovitch: Smerdiakov. Este hombre me dijo entre lágrimas, al instruirse el sumario, que Iván Fiodorovitch lo horrorizaba con su nihilismo moral, que afirmaba que no había nada prohibido para el hombre. Esta doctrina debió de acabar de trastornar la mente del pobre idiota, ya afectada, sin duda, por su enfermedad y por el drama que se había desarrollado en casa de los Karamazov. Pero este desgraciado hizo una observación digna de una persona inteligente, y ésta es la razón de que hable de el. «De los tres hijos de Fiodor Pavlovitch ‑me dijo‑, el que más se parece a su padre por su carácter es Iván Fiodorovitch.» Por delicadeza pongo fin a mis consideraciones sobre este Karamazov. Nada más lejos de mi ánimo que extraer conclusiones de cuanto acabo de decir, para pronosticar la ruina de este inteligente joven. Ya hemos visto que el sentimiento de la verdad es todavía muy potente en su corazón y que los afectos familiares no han naufragado aún en la irreligión y el cinismo mental inspirados más por la ley de la herencia que por el dolor moral.

»El más joven de los hermanos, adolescente todavía, es modesto y piadoso. En oposición con las siniestras y disolventes ideas de su hermano, las suyas son de acercamiento a los «principios populares», como se dice en los medios intelectuales. Vivió en nuestro monasterio, donde estuvo a punto de profesar. A mi juicio, encarna inconscientemente la fatal desesperación que impulsa a infinidad de individuos de nuestra desgraciada sociedad ‑por temor a la corrupción y porque atribuyen erróneamente todos nuestros males a la cultura occidental‑ a volver, como ellos dicen, «al suelo natal, para arrojarse en los brazos de esta tierra nativa, como los niños aterrados por los fantasmas se refugian en el agotado seno materno para dormir en paz y librarse de las visiones que los atormentan. Mis mejores votos para este joven dotado de tan excelentes cualidades; le deseo que sus nobles sentimientos y sus aspiraciones respecto a los principios populares no degeneren, como ha ocurrido más de una vez, en un sombrío misticismo por el lado moral, y en un necio patrioterismo por la parte cívica, ideales ambos que amenazan a nuestro país con males tal vez más graves que esa perversión precoz nacida de un falso concepto de la cultura occidental, de que adolece Iván Fiodorovitch.

Sus alusiones al patrioterismo y al misticismo fueron acogidas con aplausos. Sin duda, Hipólito Kirillovitch se había dejado arrastrar por su entusiasmo, divagando sobre cuestiones que apenas tenían relación con el asunto que se debatía; pero el amargado tuberculoso anhelaba hacer oír su voz por lo menos una vez en su vida. Después se dijo que la sombría descripción que hizo de Iván Fiodorovitch obedecía a un propósito poco elegante; que lo movía un deseo de venganza, ya que el testigo le había vencido dos o tres veces en disputas en público. Ignoro si esta afirmación estaba justificada. Lo cierto es que todo esto era una especie de preámbulo para entrar en materia.

‑El otro hijo de esta familia moderna es el que está en el banquillo de los acusados. Su vida y sus hazañas no son un secreto para nadie. Ha llegado la hora en que todo salga a relucir. Sus dos hermanos son, el uno, un «occidentalista» y el otro, un «populista»; él representa a Rusia, a nuestra amada madrecita; la vemos, la sentimos, la oímos en él. Hay en nosotros una asombrosa mezcla de bien y de mal. Admiramos a Schiller y a la civilización y nos vamos a la taberna a beber, a divertirnos y a arrastrar, cogiéndolos por la barba, a nuestros compañeros de embriaguez. Perseguimos con entusiasmo los más nobles ideales con tal que podamos alcanzarlos fácilmente y sin molestias. No nos gusta pagar, pero nos encanta recibir. Dadnos felicidad y libertad y veréis qué amables somos. No somos codiciosos: dadnos una respetable cantidad de dinero y veréis con qué desprecio por el vil metal lo dilapidamos en una noche de orgía. Y si no se nos da dinero, demostraremos que sabemos procurarnos todo el que nos haga falta.

»Pero procedamos con orden. Primero es un niño andrajoso, abandonado, según ha dicho nuestro compatriota forastero. De nuevo no dejo enteramente en manos ajenas la defensa del acusado. Soy al mismo tiempo fiscal y abogado defensor. Somos seres humanos y sabemos perfectamente la influencia que ejercen en el carácter las primeras impresiones.

»Cuando el niño se hace hombre, lo vemos luciendo el uniforme de oficial. A causa de sus violencias y de un duelo, se le confina en una ciudad fronteriza. Como es propio de él, dilapida alegremente cuanto posee. Entonces surge la necesidad de dinero y, tras largas discusiones, se pone de acuerdo con su padre para recibir seis mil rublos por saldo de la herencia materna. Hay que tener en cuenta que este convenio consta en una carta firmada por Dmitri Fiodorovitch. Entonces conoce a una muchacha culta y de noble carácter. No necesito dar más detalles sobre este punto, pues la propia interesada nos los acaba de dar. Son unas relaciones en las que intervienen el honor y la abnegación. Por eso mismo me siento obligado a no decir nada más sobre este punto. La imagen del joven libertino que se inclina ante un alma noble y unas ideas superiores a las que él sustenta, se ha captado nuestra simpatía. Pero pronto hemos visto el reverso de la moneda. No quiero dejarme llevar de las conjeturas ni analizar las causas. Pero es evidente que estas causas existen. La misma testigo que nos ha mostrado la simpática imagen de Dmitri Fiodorovitch nos ha revelado, entre lágrimas de indignación reprimidas durante mucho tiempo, que su prometido la despreció por su acto noble y generoso, aunque tal vez impulsivo hasta la imprudencia... Cuando Dmitri se había comprometido ya a casarse con ella, la miraba con una sonrisa de burla que nuestra testigo habría podido soportar de cualquier otra persona, pero no de él. Aun sabiendo que él la traiciona (Dmitri Fiodorovitch creía que en el futuro tendría derecho a todo, incluso a la traición), le entrega tres mil rublos, dándole a entender claramente cuáles son sus intenciones. «¿Te atreverás a tomarlos?», le dice con su mirada penetrante. Él lee claramente en su pensamiento (lo ha confesado ante ustedes) y, sin embargo, toma los tres mil rublos para gastárselos en dos días con su nuevo amor. ¿A qué carta debemos quedarnos? ¿A la primera, la del generoso sacrificio de sus últimos recursos, en homenaje a la virtud, o a la segunda, al reverso de la moneda, a la vileza de aceptar el dinero para irse con otra? En los casos corrientes hay que buscar la verdad en el término medio, pero nuestro asunto está fuera de lo ordinario. Sin duda, Dmitri Fiodorovitch se ha mostrado tan noble la primera vez como vil la segunda. ¿Por qué? Porque es un alma de gran amplitud, un alma de Karamazov (he aquí el punto clave de la cuestión), capaz de todos los contrastes, de contemplar a la vez dos abismos: el de arriba, es decir, el de los ideales sublimes, y el de abajo, el abismo de la más innoble degradación. Recuerden ustedes la brillante idea expuesta hace un momento por el señor Rakitine, agudo observador que ha estudiado de cerca a toda la familia Karamazov. «Para estos temperamentos desenfrenados, la degradación es tan indispensable como la nobleza de sentimientos.» Es una gran verdad: esos espíritus necesitan en todo momento esta mezcla extraordinaria. No están satisfechos, sienten que les falta algo si no ven al mismo tiempo los dos abismos. Son almas tan amplias como nuestra madre Rusia y se acomodan a todo.

»Señores del jurado: voy a permitirme hacer unos comentarios sobre los tres mil rublos. Dmitri Fiodorovitch afirma que después de haber recibido este dinero, que supone para él la mayor vergüenza y la más profunda humillación, guardó la mitad en una bolsita y la llevó un mes entero encima, sobreponiéndose a todas las tentaciones. Ni en sus orgías, ni cuando se ausentó de la ciudad en busca del dinero que necesitaba para librar a su amada del acoso de su padre y rival, osó abrir la bolsita. Lo lógico habría sido que la abriera para no dejar a su amiga expuesta a los planes de seducción del viejo, del que estaba tan celoso; que emplease el dinero para mover a su amada a decirle: «Soy tuya», y entonces llevársela lejos de aquí. Pero no procedió así. ¿Por qué? ¿Con qué pretexto? Con dos. El primero, según él, es que debía reservar el dinero para el momento en que su amiga le dijera que estaba dispuesta a marcharse con él. El segundo pretexto es que el acusado (así nos lo había dicho él mismo) considera que mientras llevara encima los mil quinientos rublos sería un miserable, pero no un ladrón, ya que podría presentarse ante su prometida para devolverle la mitad de la suma que se había apropiado vergonzosamente, y decirle: «Como ves, he malgastado la mitad de tu dinero, lo que prueba que soy un hombre débil y sin conciencia, un miserable (para emplear los mismos términos que el acusado); pero no soy un ladrón, pues si fuese un ladrón, no te devolvería esa mitad, sino que me la habría gastado como la otra.» ¡Singular justificación! ¡Un hombre de temperamento impetuoso, sin carácter, que no ha podido resistir la tentación de aceptar tres mil rublos en condiciones deshonrosas, demuestra de pronto una energía estoica y lleva mil quinientos rublos pendientes de su cuello, absteniéndose de tocarlos! ¿Está esto de acuerdo con el carácter de Dmitri Fiodorovitch? No. Permitidme que os explique la conducta lógica del acusado, admitiendo que, verdaderamente, llevara encima esa suma. Para complacer a su amada, con la que había gastado ya la mitad del dinero, habría cedido a la primera tentación, abriendo la bolsita y sacando de ella, por ejemplo, cien rublos, pues, así lo pensaría, no era necesario guardar exactamente la mitad, sino que bastarían mil cuatrocientos rublos. Se diría: «Soy un miserable, pero no un ladrón, pues un ladrón se lo habría quedado todo, en vez de devolver mil cuatrocientos rublos, como voy a hacer yo.» Algún tiempo después habría sacado de la bolsita el segundo billete para dejar uno solo. Entonces se habría hecho esta reflexión: «Soy un miserable, pero no un ladrón. Me he gastado veintinueve billetes, pero devolveré uno. Un ladrón no procedería así.» Sin embargo, al fin, miraría el último billete y se diría: «¡Bah! No vale la pena guardar un solo billete. Gastémoslo como los otros.» Así habría obrado el Dmitri Karamazov que conocemos. El cuento de la bolsita está en completa oposición con la realidad. Cualquier suposición es admisible menos ésta. Ya volveremos a hablar de esto.

Hipólito Kirillovitch expuso a continuación todo cuanto constaba en el sumario respecto a las relaciones de padre a hijo y a sus disputas sobre intereses, llegando a la conclusión de que era imposible determinar quién había perjudicado a quién en el reparto de la herencia. Finalmente, el fiscal mencionó aquellos tres mil rublos que se habían convertido en una obsesión para Mitia y habló del peritaje médico.


Capítulo VII: Resumen histórico
de Fiódor Dostoyevski


‑Los peritos‑médicos pretenden demostrarnos que el acusado no está en su cabal juicio. Yo sostengo lo contrario, pero lo considero una desgracia para él, pues si no hubiera estado cuerdo, habría procedido de un modo menos disparatado. Acepto que sea un maníaco; pero sólo sobre un punto de los señalados por el peritaje: el de su furor cuando piensa en los tres mil rublos que, según él, le ha quitado su padre. Sin embargo, este furor puede tener una explicación mucho más lógica que la de la propensión a la locura. Comparto enteramente la opinión del más joven de los doctores, el cual afirma que el acusado goza y ha gozado siempre de sus facultades mentales y no es más que un hombre amargado y exasperado. Considero que su continua excitación no procedía sólo de la supuesta pérdida de tres mil rublos, sino que tenía otra causa: los celos.

Al llegar a este punto, el fiscal habló extensamente de la fatal pasión del acusado por Gruchegnka. Empezó su relato por el momento en que Dmitri Fiodor Pavlovitch se presentó en casa de Gruchegnka «con ánimo de pegarle», según sus propias palabras. Pero, en vez de maltratarla, cayó a sus pies.

‑Tal fue el comienzo de este amor ‑continuó el fiscal‑. Casi al mismo tiempo, el padre del acusado se prenda de Agrafena Alejandrovna. Coincidencia fatídica, y sorprendente, ya que los dos la habían conocido hacía algún tiempo. Los dos corazones se inflamaban de pasión, como es propio de los Karamazov. Nuestra joven ha dicho que se burlaba de uno y otro. De pronto se le ocurrió divertirse así y acabó por subyugarlos a los dos. El viejo, a pesar de su pasión por el dinero, decide entregar tres mil rublos a su amada si acude a su casa, y pronto cifra su felicidad en casarse con ella. Varios testigos nos han confirmado este anhelo. En cuanto al amor del acusado, todos sabemos lo que esta pasión le hizo sufrir. Era lo que ella deseaba. Nuestra sirena no dio ninguna esperanza a su infortunado pretendiente hasta el último momento, hasta que lo vio de rodillas ante ella y tendiéndole los brazos la noche en que lo detuvieron. Entonces exclamó sinceramente arrepentida: « ¡Llevadme a presidio con él! ¡Mía es la culpa! ¡Yo lo he empujado al mal!» El señor Rakitine, ese inteligente joven que ya he citado y que ha descrito el drama que es objeto de nuestra atención, nos ha presentado en pocas y certeras palabras el carácter de la heroína. «Un desengaño prematuro, la traición del novio que la seduce y la abandona, la miseria, la maldición de su familia, y, finalmente, la protección de un viejo rico al que todavía considera su bienhechor... En ese corazón joven, tal vez inclinado al bien, se acumula la cólera y se despierta el deseo de atesorar dinero. Es una mujer calculadora que odia a la sociedad y se mofa de ella.» Esto explica que Agrafena Alejandrovna se burlara del padre y del hijo por pura maldad. Durante todo un mes, Dmitri Fiodorovitch está enloquecido por una serie de contrariedades: su amor sin esperanza, el sentimiento de su traición y de su deshonra, y los celos que le inspira su padre. Para colmo de desdichas, el insensato viejo trata de atraerse a su amada por medio de los tres mil rublos que le reclama su hijo como parte de su herencia materna. Convengo en que todo esto es demasiado duro, que el acusado tenía sobrados motivos para enloquecer. No era el dinero en si lo que lo trastornaba, sino el repugnante cinismo con que su padre utilizaba ese dinero para destruir su felicidad.

A continuación, Hipólito Kirillovitch, basándose en los hechos, abordó la gestación del crimen en el espíritu del acusado.

‑Durante todo un mes se dedica a vociferar por las tabernas y a expresar cuantas ideas pasan por su imaginación, incluso las más subversivas. Es un hombre expansivo, pero, no se sabe por qué, exige que sus oyentes le testimonien una simpatía sin reservas, participando en sus penas, haciéndole coro, no contradiciéndole en nada. ¡Pobre del que le contradiga!

Refirió el incidente con el capitán Snieguiriov y prosiguió:

‑Los que vieron con frecuencia al acusado durante este mes, acabaron por convencerse de que no se limitaría a proferir amenazas contra su padre, sino que las cumpliría en un momento de desesperación.

Seguidamente describió la reunión familiar en el monasterio, las conversaciones de Mitia con Aliocha y la escandalosa escena que había provocado Dmitri en casa de Fiodor Pavlovitch, donde había penetrado impetuosamente después de la comida.

‑No estoy seguro ‑continuó‑ de que, antes de esta escena, el acusado estuviera ya decidido a matar a su padre; pero no cabe duda de que había pensado en ello: los hechos, los testigos y su propia declaración lo demuestran. Confieso, señores del jurado, que hasta hoy no he creído enteramente en la agravante de premeditación. Estaba convencido de que el acusado se había enfrentado mentalmente más de una vez con el acto del crimen, pero sin precisar la fecha ni el modo de ejecutarlo. Mis dudas han desaparecido ante ese documento abrumador que la señorita Verkhovtsev ha entregado hoy al tribunal. Se trata de una carta escrita en estado de embriaguez por el acusado, en la que se expone «el plan del crimen» , como ha dicho (ya lo habéis oído) la señorita Verkhovtsev. Es indudable que esta carta demuestra la existencia de la premeditación. Está escrita dos días antes del crimen y por ella sabemos que el acusado, cuarenta y ocho horas antes de la realización de su espantoso proyecto, juró que, si no conseguía un préstamo al día siguiente, mataría a su padre para apoderarse del dinero que el viejo tenía debajo de la almohada, en un sobre atado con una cinta de color de rosa, y precisó que lo haría cuando Iván se hubiera marchado. O sea, que lo tenía previsto, ya que todo ocurrió tal como se decía en su carta. Por lo tanto, no hay la menor duda de que existe la premeditación. El móvil del crimen fue el robo. Dmitri Fiodorovitch lo confiesa por escrito y con su firma. El acusado no ha negado que la firma sea suya. Tal vez se me diga que la carta está escrita por un hombre ebrio. Pero esto no importa. Ese hombre escribió borracho lo que pensó en perfecto estado de lucidez. De lo contrario, esa carta no tendría fundamento. Otra objeción que se me puede hacer es la de que Dmitri Fiodorovitch iba pregonando sus planes por las tabernas, cosa que no es propia del hombre que va a cometer un acto delictivo con premeditación, el cual se calla y guarda en secreto. Esto es verdad; pero hay que tener en cuenta que entonces el plan estaba en gestación en la mente del acusado: no había madurado todavía. Después, Dmitri Fiodorovitch se mostró más reservado. Una vez hubo escrito esa carta en la taberna «La Capital», en estado de embriaguez, permaneció silencioso y aislado, sin jugar al billar. Lo único que hizo fue zarandear a un empleado de la casa, pero inconscientemente, cediendo a una costumbre inveterada. Cierto que cuando se decidió a obrar debió de advertir que había cometido un error al pregonar sus intenciones, ya que su imprudencia sería una prueba contra él tras la ejecución de su criminal proyecto. Pero, ¿qué le iba a hacer? No podía retirar sus palabras. Sin embargo, confió en que su suerte lo sacaría del apuro. Esta confianza es corriente en el ser humano, señores.

»Hay que reconocer que el acusado hizo grandes esfuerzos para evitar el parricidio. «Pediré dinero a todo el mundo ‑escribe con su estilo pintoresco‑ y, si no me lo dan, correrá la sangre.» Y, en efecto, lo que dice estando borracho, lo cumple cuando la lucidez es completa.

Hipólito Kirillovitch describió entonces con todo detalle las tentativas de Mitia para procurarse dinero y no verse obligado a cometer el crimen. Refirió sus visitas a Samsonov y a Liagavi.

‑Al fin, regresa. Está desfallecido, defraudado, hambriento. Ha vendido su reloj para poder atender a los gastos del viaje (aunque lleva encima, según dice, mil quinientos rublos) y le atormentan los celos, pues teme que su amada, a la que ha dejado en la ciudad, haya ido, aprovechando su ausencia, a reunirse con Fiodor Pavlovitch. Se siente feliz al ver que su pretendida no ha ido a ver a su padre y la acompaña a casa de Samsonov, su protector y amante, sin sentir celos (observen ustedes este extraño detalle). Después se dirige a su puesto de observación y se entera de que Smerdiakov está en cama, presa de un ataque de epilepsia, y de que también el otro criado está enfermo. Tiene, pues, el campo libre. Conoce la contraseña que le permitirá entrar en la casa. ¡Qué tentación! Pero consigue sobreponerse a ella y se dirige a casa de una dama que todos respetamos: la señora de Khokhlakov. Esta señora, que lo compadece desde hace tiempo, lo aconseja prudentemente: debe renunciar a sus calaveradas, a su vergonzoso amor, a sus visitas a las tabernas, donde despilfarra inútilmente sus energías juveniles, y partir para las minas de oro de Siberia. Le dice que allí encontrará una válvula de escape para los impulsos que hierven en su ánimo, para su carácter novelesco y ávido de aventuras.

Después de explicar el resultado de la conversación, el momento en que el acusado supo que Gruchegnka no estaba en casa de Samsonov, y el furor que se apoderó del celoso Dmitri ante la idea de que su amada Grucha lo engañaba y estaba en casa de Fiodor Pavlovitch, Hipólito Kirillovitch continuó:

‑Si la doncella hubiera tenido tiempo de decirle que su adorado tormento estaba en Mokroie con su primer amante, nada habría ocurrido. Pero la pobre chica estaba trastornada, y si Dmitri Fiodorovitch no la mató, fue porque se lanzó inmediatamente en busca de la infiel. Pero observen ustedes este detalle: a pesar de estar fuera de sí, se apodera, al pasar, de una mano de mortero. Esto sólo puede hacerlo el que lleva muchos días planeando una agresión y sabe qué objetos puede utilizar como armas. O sea, que el acusado sabía muy bien lo que hacía al coger la mano de mortero.

»Ya está en casa de su padre, en el jardín. Nada se opone a sus planes: no hay testigos, una profunda oscuridad lo rodea. Los celos lo devoran; sospecha que ella está en la casa, en brazos de su rival. La sospecha se convierte en convencimiento: ya no le cabe duda de que ella está allí, detrás del biombo. El desgraciado se acerca a la ventana, dirige una mirada al interior, se resigna al infortunio y se aleja prudentemente, huyendo de la violencia, a fin de no cometer un disparate... ¡He aquí lo que pretende hacernos creer, a nosotros que conocemos el carácter del acusado y el estado de ánimo en que se hallaba en aquellos momentos, a nosotros que sabemos que conocía la contraseña que le permitiría entrar en la casa sin ningún impedimento!

Al llegar a este punto, el fiscal hizo un paréntesis en la acusación para hablar de Smerdiakov y terminar de una vez con las sospechas que recaían en el epiléptico. No se olvidó de ningún detalle, y, precisamente por esta minuciosidad, comprendió todo el mundo que daba gran importancia a la hipótesis que refutaba con aparente desdén.


Capítulo VIII: Disertación sobre Smerdiakov
de Fiódor Dostoyevski


‑Veamos ante todo de dónde proceden tales sospechas. El primero que denunció a Smerdiakov fue el acusado, el día en que lo detuvieron. Antes de este día no había hecho la menor alusión a la posibilidad de que el sirviente de su padre fuera culpable. Otras tres personas han confirmado esta opinión: los dos hermanos del acusado y Agrafena Alejandrovna Svietlov. Pero Iván Fiodorovitch no ha hablado de estas sospechas hasta hoy y bajo los efectos de un evidente ataque de demencia. Antes estaba convencido de que el autor del crimen era su hermano, y ni siquiera le pasó por la imaginación combatir esta idea. Ya volveremos a tocar este punto. El hermano menor ha declarado que no tiene ninguna prueba de la culpabilidad de Smerdiakov y que se basa únicamente en las palabras del acusado y en «la expresión de su semblante». Dos veces ha expuesto este argumento extraordinario.

» La señorita Svietlov se ha expresado de un modo todavía más extraño: ha dicho que debíamos creer al acusado porque es un hombre «incapaz de mentir» . Esto es todo lo que han alegado contra Smerdiakov estas tres personas evidentemente interesadas en la suerte del acusado. Sin embargo, la acusación contra Smerdiakov ha circulado persistentemente. ¿Podemos, en verdad, darle crédito?

Al llegar a este punto, el fiscal juzgó conveniente esbozar el carácter de Smerdiakov, del que dijo que había puesto fin a sus días en un ataque de locura. Manifestó que era un ser débil, de escasa cultura, trastornado por ideas filosóficas que no estaban a su alcance, aterrado por ciertas doctrinas modernas que le inculcaban, en la práctica, el ejemplo de la vida desordenada de Fiodor PavIovitch, su amo y tal vez su padre, y, en teoría, las extrañas disertaciones filosóficas de Iván Fiodorovitch, al que estas charlas servían de entretenimiento y diversión.

‑Él mismo me describió su estado de ánimo durante los últimos días que pasó en casa de su dueño, y otras personas que lo conocían perfectamente han atestiguado la verdad de sus palabras. Estas personas son el acusado, un hermano de éste y el sirviente Grigori. Además, padecía de epilepsia y era cobarde como una gallina. «Caía a mis pies y los besaba», nos dijo el acusado cuando aún no comprendía el daño que podía hacerle esta declaración. «Es una gallina epiléptica», añadió con su pintoresco lenguaje. Y he aquí que Dmitri Fiodorovitch, según su propia declaración, hace de él su hombre de confianza y lo intimida de tal modo, que consigue que sea su espía y su confidente. Smerdiakov, como buen soplón, traiciona a su dueño y revela al acusado la existencia del sobre repleto de billetes y la llamada que le permitirá entrar en la casa. ¿Pero acaso podía obrar de otro modo? «Me matará: estoy seguro», decía temblando, al declarar para la instrucción del sumario, cuando su verdugo estaba ya detenido y, por lo tanto, no podía molestarle. «Desconfiaba de mi, y yo, muerto de miedo, me apresuraba a aplacar su cólera comunicándole todos los secretos, a probarle mi buena fe para evitar que me matara.» Éstas fueron sus palabras: las anoté. También me confesó que, cuando oía gritar a Dmitri Fiodorovitch, solía arrojarse a sus pies.

»Gozaba de la confianza de su dueño, a quien había demostrado su honradez devolviéndole cierta cantidad de dinero que había perdido. Sin duda, el desdichado Smerdiakov se arrepintió amargamentee de haber traicionado a su querido bienhechor.

»Psiquiatras eminentes han observado que los enfermos afectados de epilepsia tienen la manía de acusarse a si mismos. Una sensación de culpabilidad los atormenta, experimentan remordimientos injustificados, exageran sus faltas a incluso se achacan delitos imaginarios. A veces llegan al extremo de cometer crímenes bajo la influencia del miedo. Por otra parte, Smerdiakov presentía una desgracia. Cuando Iván Fiodorovitch iba a partir para Moscú el mismo día del drama, él le suplicó que se quedase, pero sin atreverse (ya hemos dicho que era un cobarde) a participarle sus temores con toda claridad. Se limitó a expresarse con alusiones que no fueran comprendidas. Hay que advertir que Iván Fiodorovitch representaba para Smerdiakov una defensa, una garantía de que nada enojoso podía ocurrirle mientras lo tuviera cerca. Recuerden ustedes la frase de Dmitri Fiodorovitch en la carta que escribió bajo los efectos del alcohol: «Mataré al viejo cuando Iván se vaya.» De modo que la presencia de Iván Fiodorovitch representaba para todos los habitantes de la casa la calma y el orden.

»Se marcha Iván y, una hora después aproximadamente, Smerdiakov sufre un ataque, por cierto muy comprensible. Hemos de hacer constar que durante aquellos días Smerdiakov, presa de la desesperación y el miedo, presentía que iba a ser víctima de un ataque, ya que le acometían siempre en momentos de ansiedad y viva emoción. Es evidente que nadie puede prever el día y la hora en que va a sufrir un ataque, pero no es menos cierto que el epiléptico puede reconocer los síntomas que lo anuncian. Así lo dicen los médicos.

»Poco después de haberse marchado Iván Fiodorovitch, Smerdiakov, sintiéndose abandonado a indefenso, se dirige a la bodega y, al bajar la escalera, se le ocurre pensar que puede sufrir un ataque. Y precisamente este temor, este estado de ánimo provocan el espasmo de la garganta precursor del accidente. Smerdiakov rueda por la escalera sin conocimiento. Se ha pretendido ver en este ataque una simulación. Pero no puedo menos de preguntarme: ¿por qué fingió?, ¿qué adelantaba fingiendo?... Prescindo de la medicina. Me dirán que la ciencia se equivoca, que los médicos no saben distinguir la verdad de la simulación en estos casos. De acuerdo. Pero respondedme a esta pregunta: ¿qué motivo tenía Smerdiakov para fingir? ¿Puede admitirse que pretendiera atraer la atención sobre él, suponiendo que tuviera el propósito de cometer un asesinato...? Señores del jurado: había cinco personas en casa de Fiodor Pavlovitch, que, evidentemente, no fue el autor de su propia muerte; la segunda persona era el criado Grigori, que fue gravemente herido; la tercera, la esposa de Grigori, Marta Ignatievna, de la que sería disparatado sospechar. Sólo nos quedan dos: Smerdiakov y el acusado. Y como el acusado asegura que no es el asesino, forzosamente se ha de achacar la culpa a Smerdiakov, ya que no tenemos ninguna otra persona a la que culpar. He aquí todo el fundamento de la inaudita acusación dirigida contra el infeliz idiota que se suicidó ayer. No se tenía a nadie más a mano. Si hubiera existido una sexta persona a la que poder atribuir el más leve indicio de culpa, estoy seguro de que el acusado no se habría atrevido a culpar a Srnerdiakov, sino que habría dirigido su acusación contra esa sexta persona, ya que no cabe duda de que es perfectamente absurdo achacar el crimen a Smerdiakov.

»Señores: dejemos a un lado la psicología, la medicina a incluso la lógica; atengámonos a los hechos, exclusivamente a los hechos, y guiémonos por lo que éstos nos dicen. Admitamos que Smerdiakov ha matado. ¿Pero cómo? ¿Solo o en complicidad con el acusado? Empecemos por examinar el primer caso, es decir, el del asesinato cometido únicamente por Smerdiakov. Evidentemente, el crimen debe tener un móvil; pero como no puede ser ninguno de los que impulsan al acusado, es decir, el odio, los celos, etcétera, Smerdiakov solamente puede haber cometido el crimen para robar, para apoderarse de los tres mil rublos que su dueño había guardado en un sobre en su presencia. Y he aquí que, una vez decidido a cometer el crimen, comunica a otra persona, precisamente a la más interesada en el asunto, el acusado, todo lo concerniente al dinero (el sitio donde está escondido, la inscripción que hay en el sobre, el detalle de que está atado con una cinta de color de rosa) y, lo que es más importante, la contraseña que le permitirá entrar en la casa. ¿Por qué obra así? No podemos pensar que quiera traicionarse a si mismo. ¿Acaso para procurarse un cómplice que comparta sus deseos de apoderarse del sobre? Se me dirá que procedió así impulsado por el miedo. ¿Pero es eso posible? ¿Se comprende que un hombre capaz de concebir un acto tan audaz, tan feroz, y de cometerlo, haga semejantes revelaciones, que sólo él conoce y que nadie puede adivinar? No; por cobarde que sea, ese hombre, una vez dispuesto a cometer el crimen, no hablará a nadie del sobre ni de la contraseña, ya que ello equivale a traicionarse a si mismo. Si se ve obligado a dar algún informe, lo inventará: de ningún modo será sincero. Si no hubiera dicho nada del dinero y se lo hubiera apropiado después de cometer el crimen, nadie habría podido acusarlo de haber asesinado para robar, ya que él era el único que estaba enterado de la existencia de ese dinero. Aun en el caso de que se le hubiera atribuido el crimen, se habría pensado en un móvil distinto. Pero nadie habría sospechado que era él el asesino, puesto que todos sabían que gozaba del afecto y la confianza de su amo. Las sospechas habrían recaído en un hombre que tenía motivos para vengarse y que, lejos de mantener en secreto sus propósitos, los había pregonado jactanciosamente; en una palabra, se habría sospechado de Dmitri Fiodorovitch. Para Smerdiakov, asesino y ladrón, habría sido una ventaja que acusaran a Dmitri Fiodorovitch, ¿no es así? Pues bien, es precisamente a este hombre a quien Smerdiakov, después de haber planeado su crimen, habla del dinero, del sobre, de la contraseña... ¿Es esto lógico, tiene algún viso de realidad?

»Es el día del crimen. Smerdiakov, que lo tiene todo bien planeado, finge un ataque y cae por la escalerilla de la bodega. ¿Con qué objeto obra así? Veamos cuáles pueden ser las consecuencias de su simulación. Grigori, que tenía el propósito de acostarse, renuncia a hacerlo, en vista de que la casa queda sin vigilancia y debe vigilarla él. Fiodor Pavlovitch, viéndose abandonado y temiendo que se presente su hijo, cosa que ha confesado, siente crecer su desconfianza y redobla sus precauciones. Además, se transporta inmediatamente a Smerdiakov, desde un lugar donde está solo, a la habitación inmediata a la de Grigori y su esposa, piezas separadas sólo por un tabique, como se hace siempre que el sirviente es víctima de un ataque de epilepsia, porque así lo ha indicado el dueño de la casa, con la aprobación de la compasiva Marta Ignatievna. Una vez en esta habitación, Smerdiakov, para que no se dude de que está enfermo, se pasa la noche gimiendo y despertando a cada momento a Marta Ignatievna y a Grigori. ¿Es esto propio de un hombre que pretende levantarse furtivamente a ir a matar a su dueño?

» Tal vez se me diga que fingió el ataque precisamente para alejar de él las sospechas, y que reveló al acusado los secretos del sobre y la contraseña para impulsarlo a cometer el crimen. Bien. Ya está el crimen cometido. El acusado se retira con el dinero, y he aquí que entonces se levanta Smerdiakov para... ¿Para qué, señores? ¿Para asesinar de nuevo a Fiodor Pavlovitch y volverle a robar el dinero que ya le han robado? ¿Puede mantenerse una tesis tan disparatada? Sin embargo, esto es lo que afirma el acusado. Dmitri Fiodorovitch sostiene que, cuando ya se había marchado, tras haber abatido a Grigori y sembrado la alarma, Smerdiakov se levantó para asesinar y robar. Prescindamos de que Smerdiakov no podía calcular el desarrollo de los acontecimientos, la llegada de ese hijo desesperado pero que se limita a mirar respetuosamente por la ventana y se retira, abandonando la presa al sirviente, a pesar de que conoce la contraseña. Me limito a preguntar en qué momento cometió el crimen Smerdiakov. Y si no me contestan ustedes, habrán de admitir que la acusación contra el suicida no tiene ningún fundamento.

»Supongamos que el ataque no fue fingido. El enfermo recobra el conocimiento, oye un grito y sale del pabellón. ¿Qué hace entonces? Se da cuenta de que el momento no puede ser más propicio y se dice: «Voy a matar a mi amo.» ¿Pero cómo puede darse cuenta de la situación si hasta hace unos instantes ha estado sin conocimiento? ¡La fantasía tiene sus límites, señores!

» Los más suspicaces pueden creer que tal vez estuvieran los dos de acuerdo, que fueran cómplices y se repartieran el dinero una vez cometido el crimen.

»¿Tiene algún viso de realidad esta suposición? El acusado se encarga de todo, de matar y de robar, mientras Smerdiakov permanece en cama, presa de un ataque que siembra la alarma en la casa y quita el sueño a Grigori y a la víctima. Nos preguntamos qué razón podían tener los dos cómplices para urdir un plan tan absurdo.

»Examinemos ahora la hipótesis de que la complicidad de Smerdiakov fuera enteramente pasiva. El sirviente, atemorizado, se limita a no poner obstáculos al asesino y, presintiendo que se le acusará de haber consentido el asesinato, de no haber hecho nada por defender a su dueño, consigue que Dmitri Karamazov le permita permanecer en cama, simulando un ataque. Su posición equivale a decir: «Mátalo si quieres. Eso a mí no me importa. » Pero Dmitri Fiodorovitch sabía que el ataque pondría en estado de alarma a toda la casa y, por lo tanto, no pudo aceptar semejante convenio. Pero, aun suponiendo que aceptara, el acusado no deja de ser el asesino y Smerdiakov un simple y pasivo cómplice, un cómplice que, contra su voluntad y por temor, permite actuar al criminal.

» Veamos lo que ocurre después. Cuando lo detienen, el acusado echa todas las culpas a Smerdiakov: dice que ha cometido el crimen él solo; o sea, que no lo acusa de complicidad, sino de haber robado y matado con sus propias manos. ¿Habéis visto alguna vez que los cómplices se ataquen desde el primer momento? Observad el riesgo que corre Karamazov. Es él el asesino, el principal culpable, y, sin embargo, arremete contra su cómplice, que se ha limitado a permitirle obrar. Smerdiakov pudo enojarse y decir toda la verdad, aunque sólo fuera por instinto de conservación; pudo haber declarado: «Los dos somos culpables; pero yo no he cometido el crimen: yo me he limitado, por temor, a permitírselo cometer a él.» Smerdiakov pudo hacer esta declaración, no dudando de que la justicia determinaría fácilmente cuál era su grado de responsabilidad y le aplicaría un castigo mucho menos riguroso que el que aplicase al verdadero asesino. Además, Dmitri Karamazov se habría visto obligado a decir la verdad. Pero Smerdiakov no dice ni una palabra de su complicidad, a pesar de que el asesino lo señala insistentemente como el único autor del crimen.

»Por otra parte, al instruirse el sumario, Smerdiakov declaró espontáneamente que había hablado al acusado del sobre que contenía el dinero y de la contraseña que le podía abrir la puerta de la casa, y que, si no le hubiera hecho estas revelaciones, Dmitri Fiodorovitch no habría conocido tales secretos jamás.

»Y digo yo: ¿habría hablado así Smerdiakov, por su propia voluntad, si verdaderamente hubiera sido cómplice del asesino? No, habría hablado de modo muy distinto, habría falseado o atenuado los hechos. Es decir, que sólo un inocente que no teme ser acusado de complicidad pudo expresarse como lo hizo Smerdiakov.

»Trastornado por su reciente ataque de epilepsia y por el drama ocurrido en la casa donde vivía, Smerdiakov se ahorcó ayer, dejando escrita una nota que decía: « Pongo fin a mi vida voluntariamente. Que no se culpe a nadie de mi muerte. » ¿Qué le costaba haber añadido: «Soy yo el asesino, y no Karamazov?» Pero no añadió ni una palabra: tenía la conciencia tranquila.

»Hace unos momentos, uno de los testigos ha traído cierta cantidad de dinero al tribunal y ha declarado: «Estos billetes son los que estaban en ese sobre que perteneció a Fiodor Pavlovitch. Me los entregó ayer Smerdiakov.» Pero ya han presenciado ustedes, señores del jurado, la triste escena. No volveré a describir los detalles; me limitaré a recordar dos o tres de los más insignificantes para evitar que se olviden. Desde luego, fue el remordimiento lo que ayer impulsó a Smerdiakov a devolver el dinero y a ahorcarse: sólo así se explica que obrase de este modo. Es evidente que hasta ayer no confesó a nadie su crimen, como ha declarado Iván Fiodorovitch. Si éste hubiera recibido antes la confidencia, no se comprendería que se hubiese callado hasta hoy. Lo cierto es que Smerdiakov confesó. Y vuelvo a preguntarme por qué no diría toda la verdad en su última nota, sabiendo que veinticuatro horas después se había de juzgar a un inocente. El dinero solo no constituye ninguna prueba. Hace ocho días me enteré casualmente, a la vez que dos personas que están en esta sala, de que Iván Fiodorovitch cambió en la capital del distrito dos obligaciones al cinco por ciento de cinco mil rublos cada una, con lo que obtuvo diez mil rublos en total. Digo esto para demostrar que es posible procurarse dinero para una fecha determinada y que los tres mil rublos que se han entregado al tribunal pueden no ser los mismos que estaban en el interior del sobre. Otro detalle digno de mención es que Iván Fiodorovitch, aunque recibió ayer la confesión del verdadero asesino, después de oírla se fue a casa. ¿Por qué no denunció el hecho inmediatamente? ¿Por qué ha esperado hasta hoy? No es difícil deducir el motivo. Estaba enfermo desde hacia una semana, había confesado al médico que sufría alucinaciones y se encontraba en la calle con personas que habían fallecido; estaba, en fin, amenazado por la locura que se le ha declarado hoy. De pronto, se entera del suicidio de Smerdiakov y se hace este razonamiento: «Como Smerdiakov ha muerto, lo puedo acusar impunemente, y así salvaré a mi hermano. Tengo dinero. Presentaré al tribunal un fajo de billetes y diré que me los entregó Smerdiakov antes de morir.» Diréis que no es ninguna falta mentir para salvar a un hermano, y menos cargando la culpa a una persona que ha muerto. De acuerdo. Pero pensad que puede haber mentido inconscientemente, que su mente trastornada por la muerte repentina de Smerdiakov puede haber tomado por realidad lo que ha sido pura imaginación. Ya habéis visto el estado en que se hallaba ese hombre. Se mantenía de pie, hablaba; ¿pero dónde estaba su razón?

»A la declaración de Iván Fiodorovitch ha seguido la carta del acusado a la señorita Verkhotsev, escrita dos días antes del suceso y en la que se exponía un plan detallado del crimen. Huelga hablar de ese plan y de sus autores. Todo ocurrió como se anunciaba en la carta y hubo un solo autor. Sí, señores del jurado: todo sucedió tal como el acusado dijo por escrito que sucedería. Dmitri Fiodorovitch no se apartó respetuosamente de la ventana de la habitación donde suponía que estaba su amada con su padre. No, esto es absurdo, inverosímil. El acusado entró y llegó hasta el fin. Sin duda, al ver a su rival, se arrojó sobre él ciego de cólera, enarbolando la mano de mortero, y lo mató de un solo golpe. Pero después registra minuciosamente la habitación y, una vez convencido de que su amada no está allí, introduce la mano debajo de la almohada y se apodera de ese sobre, ahora abierto y vacío, que vemos entre los cuerpos del delito.

» Hablo de este sobre para que observen ustedes cierto detalle importante. Un asesino experto, sereno, que sólo pensara en el robo, no lo habría dejado en el suelo, cerca del cadáver. Incluso Smerdiakov se habría llevado el sobre cerrado, sin entretenerse en abrirlo, ya que estaría seguro de que dentro estaba el dinero, puesto que los billetes se habían introducido en él, y éste escondido en su presencia. Señores del jurado, convengan conmigo en que Smerdiakov no se habría dejado el sobre en el suelo. Esta conducta sólo es propia de un asesino incapaz de reflexionar, que no ha robado nunca y que se apodera del dinero, no como un vulgar malhechor, sino como el que recobra lo que cree que le pertenece, que es lo que ocurre con esos tres mil rublos que obsesionaban a Dmitri Fiodorovitch.

»El acusado, al tener en sus manos el sobre que ve por primera vez, lo abre para cerciorarse de que contiene el dinero, saca los billetes y huye con ellos, después de arrojar al suelo el sobre, sin sospechar que deja a sus espaldas una prueba abrumadora. Pues el culpable no es Smerdiakov, sino Karamazov, que ni reflexionaba ni en aquel momento tenía tiempo para reflexionar. El asesino huye, oye un grito de Grigori, el criado lo alcanza y lo sujeta, pero en seguida cae, al recibir un fuerte golpe con la mano de mortero. El acusado salta al suelo desde lo alto de la tapia. Según dice, lo hizo por compasión, para ver si podía hacer algo por el herido. ¿Pero es lógico que se enterneciera? No; Dmitri Fiodorovitch bajó de la tapia para ver si el único testigo de su crimen vivía aún. Ningún otro motivo, ningún otro sentimiento tendrían explicación. Se inclina sobre Grigori, le limpia la cabeza con el pañuelo, cree que está muerto, y entonces, trastornado, manchado de sangre, corre de nuevo a casa de su amada. ¿Cómo no se le ocurrió pensar que mostrarse en aquel estado era como denunciarse a sí mismo? El propio acusado nos ha dicho que en aquellos momentos no se daba cuenta de nada. Esto es natural, a todos los criminales les ocurre. Por una parte, el asesino pierde la facultad de razonar; por otra, está ofuscado por un complejo de ideas infernales. En aquel momento, Dmitri Fiodorovitch se hacía una sola pregunta: “¿Dónde estará Gruchegnka?” Ansioso de averiguarlo, corre a su casa y allí recibe una noticia imprevista y abrumadora: ella se ha ido a Mokroie para reunirse con su primer amante.


Capítulo IX: La troika desenfrenada
de Fiódor Dostoyevski


Hipólito Kirillovitch había escogido, evidentemente, el método de exposición rigurosamente histórica preferido por todos los oradores nerviosos, los cuales procuran desenvolverse en ámbitos limitados a fin de poner freno a su fogosidad. Al llegar a este punto de su discurso, habló extensamente del primer amante, «cuyo derecho es indiscutible», y expuso una serie de ideas interesantes. Karamazov, celoso de todos hasta la ferocidad, se retira y desaparece ante el primer amante, «el indiscutible».

‑Esto es sumamente extraño, sobre todo si tenemos en cuenta que antes no había prestado atención al peligro que para él suponía este poderoso rival. Ello se debe a que el acusado vela este peligro como algo remoto, y a él sólo le preocupan las cosas presentes. Sin duda, lo consideraba como una cosa irreal. Pero, de pronto, comprende que el reciente engaño de su amada procede del hecho de que el nuevo rival no es un mero capricho para ella, sino toda su esperanza y toda su vida, y entonces, al comprender esto, se resigna. Señores del jurado: no puedo dejar de mencionar esta actitud inesperada de Dmitri Fiodorovitch Karamazov, que experimenta de pronto una sed de verdad, la necesidad imperiosa de respetar a la mujer amada y reconocer los derechos de su corazón, precisamente en el momento en que por ella acababa de mancharse las manos con la sangre de su padre. Verdad es que esta sangre clamaba ya venganza, que el asesino, viendo perdida su alma y aniquilada su vida terrenal, debía de preguntarse en aquel momento: «¿Qué puedo ser ya para ella, para esa criatura a la que quiero más que a nada en el mundo, comparado con ese primer a "indiscutible" amante; con ese hombre que vuelve arrepentido al lado de la mujer seducida por él antaño; que vuelve con un nuevo amor, con propósitos nobles, con la promesa de una vida nueva y feliz?»

»Karamazov comprendió que su crimen le cerraba el paso, que era un asesino, que no se libraría del castigo y no merecía vivir. Esta idea lo abruma, lo aniquila. De pronto, se aferra a un plan insensato que, dado su carácter, le parece la única salida posible a su insoportable situación: el suicidio. Inmediatamente, se dirige a casa del señor Perkhotine para desempeñar sus pistolas y, por el camino, saca del bolsillo el dinero por cuya posesión se ha manchado las manos con la sangre de su padre. Nunca ha necesitado tanto el dinero como ahora. Va a morir, se va a matar y lo hará de modo que todo el mundo se acuerde de él. No en vano es un poeta, no en vano ha quemado su vida como una vela encendida por los dos extremos. Irá a reunirse con Gruchegnka y organizará una fiesta por todo lo alto, una fiesta nunca vista, que se recuerde siempre y de la que se hable durante mucho tiempo. Entre gritos salvajes, locas canciones y danzas de cíngaros, levantará su copa por la nueva felicidad de su amada, y ante ella, a sus pies, se matará de un tiro en la cabeza para expiar sus faltas. Así, Gruchegnka se acordará siempre de Mitia Karamazov, comprenderá lo mucho que la ama y se compadecerá de él. Está en plena exaltación novelesca; volvemos a hallarnos ante la sensualidad y el ímpetu salvaje de los Karamazov. Pero hay algo más, señores del jurado, algo que es como un mortal veneno: la conciencia, el remordimiento, el juicio que se avecina. Pero la pistola lo resuelve todo, es la única salida. En cuanto al más allá, ignoro si Dmitri Karamazov piensa en él, si es capaz de pensar como Hamlet. Pero no lo creo, señores del jurado: Hamlet es un ser de un pals lejano; aquí no tenemos todavía más que hombres como Karamazov.

Al llegar a este punto, Hipólito Kirillovitch presentó un cuadro detallado de las hazañas de Mitia. Describió sus escenas en casa de Perkhotine, en la tienda, con los cocheros; refirió una serie de conversaciones confirmadas por testigos, y convenció al auditorio. El conjunto de los hechos era impresionante. La culpa de aquel ser desorientado, al que no preocupaba su seguridad personal, saltaba a la vista.

‑¿Qué le importaba ser prudente? ‑confirmó el fiscal‑. Dos o tres veces estuvo a punto de confesarlo todo, a incluso empezó a hacerlo con alusiones, según han declarado varios testigos. Llegó al extremo de decirle al cochero por el camino: «¿Sabes que llevas en tu coche a un asesino?» Pero no podía decirlo todo: tenía que llegar a Mokroie y poner fin a su poema. No sabemos lo que esperaba encontrar en Mokroie. Lo cierto es que, al llegar a esta población, se da cuenta de que su rival no es un hombre irresistible. En fin, ya sabemos lo que ocurrió entonces, señores del jurado. El triunfo de Dmitri Fiodorovitch sobre su adversario es completo. Y entonces empezó para él una situación espantosa, la más horrible que ha conocido en su vida. No cabe duda, señores del jurado, de que las heridas morales constituyen un castigo más duro que todos los que pueda aplicar la justicia humana. Por otra parte, las penas que ésta impone alivian el sufrimiento que ocasionan las otras, y, a veces, incluso son necesarias para salvar de la desesperación al criminal. Pues no puedo imaginarme el horror y la desesperación de Karamazov al enterarse de que ella lo quería, de que rechazaba por él a su antiguo amante, de que lo invitaba a una vida honrada y feliz, cuando todo había terminado para él, cuando ya nada era posible.

»He aquí un detalle que explica el estado de ánimo del acusado en aquel momento: la mujer que era objeto de su amor se mantuvo inaccesible para él, aun dándose cuenta de la vehemencia con que la amaba su pretendiente, hasta el final, es decir, hasta el momento eri que Karamazov fue detenido. ¿Por qué no se había suicidado Dmitri Fiodorovitch cuando se veía despreciado por su amada? ¿Por qué había renunciado a este propósito a incluso se había olvidado de su pistola? Su ávida sed de amor y la esperanza de saciarla en seguida lo frenaron. En la embriaguez de la gesta, se aferra a su amada, que se divierte con él, más seductora que nunca. No la deja ni un momento y la admira tanto, que se deja eclipsar por ella. Esta pasión pudo incluso ahogar por un instante su remordimiento y el temor de ser detenido. ¡Pero sólo por un instante! En mi imaginación veo el estado de ánimo del criminal bajo el dominio de tres elementos de los que no puede liberarse. Uno es la embriaguez, las nubes de alcohol mezcladas con el bullicio de la danza y los cantos; otro ella, con la tez encendida por las libaciones, sonriéndole, cantando y bailando, ebria también; y, en fin, la idea consoladora de que el fatal desenlace está todavía lejos, que no lo prenderán hasta la mañana siguiente. Varias horas de tregua es mucho. En este tiempo pueden ocurrir infinidad de cosas. Sin duda, experimenta la sensación del condenado al que conducen al patíbulo. Hay que recorrer lentamente una larga calle ante millares de espectadores. De esta calle se ha de pasar a otra, al final de la cual está la plaza fatídica. Al principio del trayecto, el reo, en la ignominiosa carreta, se figura que aún le queda mucho tiempo de vida. Las casas se suceden, la carreta avanza; pero ¿qué importa? El patíbulo está todavía lejos, en la última esquina de la segunda calle. Mira con arrogancia a derecha a izquierda, a los miles de espectadores que lo observan con indiferencia, y le parece que es una persona como cualquiera de las que lo están mirando. La carreta entra en la segunda calle, pero el condenado no se inquieta: todavía falta un buen trecho para llegar. Ve desfilar las casas, pero se repite que el final está todavía lejos. Y ésta es su actitud hasta que llega a la plaza donde está preparada su ejecución. Esto es, sin duda, lo que experimenta Karamazov. Se dice: «Todavía no han descubierto el crimen. Aún tengo tiempo para urdir un plan de defensa. Ahora, ¡viva la vida! ¡Es tan deliciosa!...»

»Está trastornado a inquieto. Sin embargo, puede apartar la mirada de los tres mil rublos que ha robado de debajo de la almohada de su padre. Ya en Mokroie, adonde ha ido a divertirse, entra en una vieja casa de madera, de la que conoce todos los rincones. A mi juicio, poco antes de que lo detuvieran debió de ocultar esa parte de su dinero en alguna grieta, bajo una tabla del entarimado, en algún rincón, en cualquier lugar de la casa. Se me preguntará qué motivos tenía para obrar así. He aquí mi respuesta. Se avecina una catástrofe; no hemos pensado en afrontarla, por falta de tiempo; las sienes nos laten con violencia; ella nos atrae como un imán... Pero el dinero siempre es necesario; uno es siempre alguien si tiene dinero. Esta previsión en tales momentos tal vez les parezca a ustedes extraña; pero piensen que el propio acusado ha dicho que un mes atrás, en circunstancias igualmente criticas, apartó y guardó en una bolsita la mitad de tres mil rublos. Aunque esto sea una invención, como en seguida demostraré, es lo cierto que Karamazov lo ha pensado y se ha familiarizado con este pensamiento. Es más, al manifestar al juez de instrucción que había escondido mil quinientos rublos en una bolsita (que nunca ha existido), tal vez improvisó esta mentira precisamente porque hacía dos horas había ocultado la mitad de lo que poseía en algún lugar de la fonda de Mokroie, obedeciendo a una inspiración súbita, para no llevarlos encima, y pensando recogerlos a la mañana siguiente. Recuerden, señores del jurado, que Karamazov puede contemplar dos abismos a la vez.

»Hemos registrado inútilmente la fonda de Mokroie. Es posible que el dinero esté allí todavía; acaso desapareció al día siguiente y el acusado lo tenga ya en su poder. Lo cierto es que, cuando se le detuvo, estaba de rodillas al lado de su amante, que se había echado en un sofá. Dmitri Karamazov se había olvidado de todo hasta el punto de que no oyó a los que llegaban para detenerlo. Lo cogieron desprevenido y no tuvo tiempo de inventar ninguna respuesta.

»Y ahora vedlo ante sus jueces, ante los que van a decidir su futuro. Señores del jurado: en el ejercicio de nuestras funciones hay momentos en que incluso a nosotros nos da miedo la humanidad. Esto nos ocurre cuando advertimos el temor animal del culpable, que se ve perdido, pero que no cesa de luchar; esto nos sucede cuando se despierta en el criminal el instinto de conservación, y el desgraciado fija en nosotros una mirada penetrante, llena de ansiedad y angustia, tratando de leer en nuestro semblante, en nuestro pensamiento, y preguntándose desde qué punto partirá el ataque. En medio de su confusión, urde en un instante mil respuestas, pero no se atreve a dar ninguna: teme delatarse. Estos momentos de cruel humillación para el alma humana, este calvario, esta avidez irracional de salvación es algo verdaderamente espantoso, algo que hace temblar a veces a los miembros de un tribunal de justicia y despierta su compasión.

»Primero, aturdido y aterrado, deja escapar unas palabras comprometedoras. «¡Sangre! ¡Merezco este castigo!» Pero en seguida se contiene. No sabe todavía qué decir y sólo puede responder con una vana negativa: «¡No soy culpable de la muerte de mi padre!» Es el primer parapeto. Tras esta defensa, abre nuevas trincheras el acusado. Sin esperar a que se lo preguntemos, trata de explicar sus primeras exclamaciones comprometedoras, diciendo que sólo se considera culpable de la muerte del viejo criado Grigori. «He agredido a Grigori, pero ¿quién ha matado a mi padre?, ¿quién ha cometido este crimen que no he cometido yo?» Observen el detalle. Nos dirige esta pregunta a nosotros, que estamos aquí precisamente para hacérsela a él. ¿Comprenden el motivo de que se anticipe a decir que no es el autor del crimen? Es una trapacería, una ingenuidad, un acto de impaciencia digno de un Karamazov. Con ello pretende alejar de nosotros la creencia de que el culpable es él. Luego se apresura a manifestar: «Deseaba matarlo, señores, pero no lo he hecho: soy inocente.» Confiesa que deseaba cometer el crimen. Pero ¿con qué fin hace esta confesión? Con el de convencernos de que es sincero, ya que, si nos convence, habremos de creer en su inocencia. En estos casos, el criminal suele demostrar un aturdimiento y una candidez inauditos. Cuando se instruyó el sumario, se le hizo, con aparente indiferencia, esta pregunta: «¿No será Smerdiakov el asesino?» Y sucedió lo que esperábamos: el acusado se enojó al ver que nos habíamos adelantado a sus planes, cogiéndolo desprevenido y no dándole tiempo a elegir el momento más favorable para acusar a Smerdiakov. Su temperamento le lleva en el acto a adoptar una actitud extrema y afirma enérgicamente que Smerdiakov es incapaz de cometer un asesinato. Sin embargo, no hay que creerlo: es sólo una astucia. El acusado no renuncia a acusar a Smerdiakov, puesto que no hay otro al que poder achacar el crimen; pero lo hará más adelante, ya que por el momento su plan ha fracasado. Al día siguiente, o varios días después, dirá: «Ya saben ustedes que yo fui el primero en negar que el asesino fuera Smerdiakov. Ahora no tengo más remedio que aceptar que no puede haber sido nadie más que él.»

»Por el momento se limita a negar con vehemencia, y la cólera y la excitación nerviosa le sugieren las explicaciones más absurdas. Dice que observó a su padre a través de la ventana y que luego se alejó prudentemente. Ignoraba la importante declaración que iba a hacer Grigori. Cuando inspeccionamos sus ropas, esta operación lo exaspera, pero se tranquiliza al ver que sólo se encuentran mil quinientos de los tres mil rublos. Entonces, en estos momentos de indignación reprimida, acude a su mente por primera vez la idea de la bolsita. Sin duda, se da cuenta de la inverosimilitud de su revelación y trata de hacerla más aceptable inventando una novela que tenga más visos de realidad. En estos casos los magistrados no deben dar al culpable tiempo para reponerse; deben lanzar inmediatamente sobre él una serie de rápidos ataques: sólo así conseguirán que revele sus pensamientos más íntimos. El mejor procedimiento para hacer hablar a un criminal es revelarle de pronto, y como sin intención alguna, un hecho de extrema importancia que para él resulte una novedad por no haberlo advertido. Nosotros teníamos preparado un hecho de esta índole: la declaración del criado Grigori respecto a la puerta abierta por donde acababa de salir el acusado. Él se había olvidado de esta puerta por completo y no creía que Grigori se hubiera fijado en elia. El efecto de la alusión a la puerta fue extraordinario. Karamazov se levantó en el acto y exclamó: «¡Es Smerdiakov el asesino! ¡Estoy seguro de que es Smerdiakov!» Así expresa un íntimo pensamiento nacido del deseo de salvarse, idea absurda, pues no cae en la cuenta de que Smerdiakov, para cometer el crimen, tenía que haber esperado a que él abatiera a Grigori y huyese. Esto explica que Karamazov quedara paralizado de espanto cuando supo que Grigori había visto la puerta abierta antes de que él lo agrediera, y que el criado, al levantarse de la cama, había oído a Smerdiakov gemir al otro lado del tabique. Mi colega, el honorable a inteligente Nicolás Parthenovitch, me ha contado que en aquel momento su emoción fue tan profunda, que le faltó poco para echarse a llorar.

»Entonces, para salir del apuro, el acusado nos cuenta la historia de la famosa bolsita. Señores del jurado: ya he explicado a ustedes por qué esta historia me parece completamente absurda, la más extravagante que se pueda concebir en el caso que nos ocupa. Ni siquiera en una competición para premiar al joven que tuviera la idea más disparatada, habría surgido una idea como ésta. En estos momentos se puede confundir al triunfal narrador con los detalles, esos detalles que la realidad nos ofrece a montones y que el involuntario y desdichado farsante desdeña siempre, porque los cree inútiles a insignificantes. No cabe duda de que piensa así. Él tiene planes grandiosos y se le refutan con bagatelas. Pues bien; éste es el punto débil de la coraza. Se pregunta al acusado:

»‑¿De dónde sacó usted el material para la bolsita y quién se la cosió?

»‑Me la cosí yo mismo.

»‑Pero ¿de dónde sacó la tela?

»Esto molesta al acusado hasta el punto de que le es difícil disimularlo. Sí, se siente realmente ofendido. En estos casos todos son iguales.

» ‑Corté un trozo de una de mis camisas.

»‑Perfectamente. Por lo tanto, mañana encontraremos entre su ropa interior esa camisa a la que le falta un trozo de tela.

»Desde luego, señores del jurado, si se encontraba esta camisa, ello constituiría una prueba decisiva de la exactitud de la declaración del acusado, ya que si decía la verdad, la camisa tenía que estar en su cómoda o en su maleta. Pero él no se da cuenta de este detalle.

»‑Es que no recuerdo bien si corté el trozo de tela de una de mis camisas o de una cofia de mi patrona.

»‑¿De una cofia?

»‑Sí; la encontré abandonada como un trapo viejo.

»‑¿Está usted seguro?

»‑No, seguro no estoy.

»Y de nuevo se enoja. Sin embargo, ¿cómo es posible que no recuerde este detalle? Es uno de esos detalles que no se olvidan ni en los momentos más angustiosos, ni siquiera cuando le llevan a uno al patíbulo. Un reo puede olvidarlo todo, pero un tejado verde o un pájaro sobre una cruz vistos al pasar no se borran de su memoria. Dmitri Karamazov hizo la bolsita ocultándose de todos los demás habitantes de la casa. Debería recordar este temor de ser sorprendido las muchas veces que, con la aguja en la mano, debió de correr, al oír que alguien se acercaba, a esconderse detrás del biombo que dividía en dos su habitación... ¿Saben, señores del jurado, por qué me entretengo en dar estos detalles? Porque el acusado sigue manteniendo su absurda declaración. Durante los dos meses que han transcurrido desde aquella noche fatal, Karamazov no ha explicado sus fantásticas manifestaciones ni aportado ninguna prueba de que dijo la verdad. Dice que esto son nimiedades y que debemos creer en su palabra de honor. Ojalá pudiéramos creerlo; nuestro mayor deseo es dar crédito a su palabra de honor, pues no somos chacales sedientos de sangre humana. Que se nos indique un solo hecho en favor del acusado y lo acogeremos con alegría; pero un hecho real, una prueba tangible, y no las deducciones de su hermano, fundadas en la expresión del semblante y en el hecho de que Dmitri Fiodorovitch se golpeara el pecho con la mano, señalando, a juicio del declarante, la bolsita que aquél llevaba pendiente del cuello. Pueden creernos cuando decimos que nos alegraríamos de recibir esa prueba. En el acto retiraríamos nuestra acusación. Pero nos debemos a la justicia, y los hechos nos obligan a mantener nuestra acusación sin atenuarla lo más mínimo.

De aquí, el fiscal pasó a la peroración. Tenía fiebre. Con voz vibrante evocó la sangre vertida, el padre asesinado por el hijo «con el vil objeto de robarle». E insistió en la trágica y demostrativa ilación de los hechos.

‑Sean cuales fueren las palabras del célebre defensor del acusado, de ese hombre que con su patética elocuencia sabrá pulsar vuestra sensibilidad, no olvidéis que estáis en el santuario de la justicia. Pensad en todo momento que sois los defensores del derecho, la muralla protectora de nuestra santa Rusia, de los principios, de la familia, de todo lo que hay de sagrado en nuestra nación. Sí, en este momento representáis a Rusia. No sólo en esta sala se oirá vuestro veredicto; el país entero os escuchará, porque os considera sus defensores y sus jueces, y se sentirá reconfortado o consternado por la sentencia que vais a emitir. No lo defraudéis. Nuestra troika corre sin freno tal vez hacia el abismo. Hace ya mucho tiempo que multitud de rusos levantan los brazos con el deseo de detener esta loca carrera. Si otros pueblos no se apartan de la desenfrenada troika, no es por temor, como se imagina el poeta, sino por un sentimiento de horror y aversión: no lo olvidéis. Es una suerte para nosotros que se aparten. Peor sería que levantaran una sólida muralla en el camino de esa troika fantasmal para poner freno a nuestra licenciosa carrera, y así preservarse ellos y preservar a la civilización. En Europa empiezan ya a oírse voces de alarma; ya han llegado a nosotros. Guardaos de provocar a los occidentales, de alimentar su creciente odio mediante un veredicto de absolución en favor de un parricida.

En resumen, que Hipólito Kirillovitch se entusiasmó, terminó con un párrafo patético y produjo gran impresión. Se apresuró a salir de la sala y, al llegar a la pieza vecina, estuvo a punto de desvanecerse. El público no aplaudió, pero las personas serias estaban satisfechas. Las damas no lo estaban tanto. Sin embargo, las sedujo la elocuencia del fiscal, y más no temiendo a las consecuencias del discurso, ya que estaban seguras del éxito de Fetiukovitch. «Ahora va a tomar la palabra. Triunfará.»

Mitia era el centro de todas las miradas. Durante el discurso del fiscal permaneció mudo, con los dientes apretados y la mirada en el suelo. De vez en cuando levantaba la cabeza y prestaba atención. Así lo hizo cuando se habló de Gruchegnka. Al oír la alusión del fiscal a la opinión que Rakitine tenía de ella, Mitia sonrió desdeñosamente y exclamó de modo que todos lo oyeran: «¡Bernardo!» Cuando Hipólito Kirillovitch explicó cómo la había estrechado a preguntas en Mokroie, Mitia levantó la cabeza y escuchó con viva curiosidad. Llegó un momento en que estuvo a punto de levantarse para decir algo, pero se contuvo y se limitó a encogerse de hombros con un gesto despectivo. Las hazañas del fiscal en Mokroie provocaron los más diversos comentarios, en su mayoría irónicos. Se consideraba, en general, que no había podido resistir a la tentación de darse importancia.

La vista se suspendió para reanudarse un cuarto de hora o veinte minutos después, tiempo que aproveché para tomar nota de algunos comentarios que hizo el público.

‑Ha sido un discurso importante ‑dijo un señor en un grupo, frunciendo las cejas.

‑Demasiada psicología ‑dijo otro.

‑Pero ha dicho la verdad.

‑Ha estado muy hábil.

‑Ha puesto las cartas boca arriba.

‑También se ha referido a nosotros. Ha sido al principio, ¿recuerdan ustedes? Ha dicho que todos nos parecemos a Fiodor Pavlovitch.

‑También lo ha dicho al final, pero es mentira.

‑Se ha exaltado.

‑Pues eso no está bien.

‑No podía hacer otra cosa. Llevaba tres años esperando la ocasión de hablar y al fin se le ha presentado. ¡Je, je!

‑Ahora veremos lo que dice el defensor.

Y en otro grupo...

‑Ha cometido un error al atacar a Fetiukovitch diciendo que pulsaría nuestra sensibilidad. ¿Recuerdan ustedes?

‑Sí, ha sido una pifia.

‑Ha ido demasiado lejos.

‑Se ha dejado llevar de los nervios, ¿no les parece?

‑Nosotros nos reímos, pero habrá que ver cómo estará el acusado.

‑Sí, habrá que verlo.

‑¿Qué dirá el defensor?

Tercer grupo:

‑¿Quién es esa gruesa dama que está sentada en un rincón y usa lentes de teatro?

‑Es la esposa divorciada de un general. La conozco.

‑Se comprende que use lentes.

‑Es un modo de llamar la atención.

‑Cerca de ella hay una rubita que está muy bien.

‑Nuestro fiscal hizo un buen trabajo en Mokroie.

‑Desde luego. ¡Qué hablador ha estado! ¡Como si no hubiera hablado bastante en sociedad!

‑No ha podido contenerse. El afán de lucimiento.

‑Ha estado desconocido.

‑Mucha retórica y mucha ampulosidad.

‑Sí. Y observen ustedes que ha querido asustarnos. ¿Se acuerdan de eso de la troika? «Hamlet es de un país lejano. Nosotros tenemos que contentarnos con los Karamazov.» Eso no ha estado mal.

‑Ha sido una concesión a los liberales. Ese hombre tiene miedo.

‑También teme al defensor.

‑Es verdad. Veremos lo que dice Fetiukovitch.

‑Desde luego, no hablará como un palurdo.

‑Eso creo yo.

Y en el cuarto grupo...

‑La parrafada sobre la troika ha estado muy bien.

‑En eso de que en el extranjero están perdiendo la paciencia tiene razón.

‑¿Usted cree?

‑Estoy seguro. La semana pasada, un miembro del Parlamento inglés interpeló al gobierno sobre los nihilistas. «¿No les parece que ya es hora ‑dijo‑ de que prestemos atención a esa nación bárbara y procuremos enterarnos de lo que ocurre en ella?» A eso se ha referido Hipólito Kirillovitch. No me cabe duda, porque la semana pasada habló de ello.

‑Los ingleses no pueden hacer nada.

‑¿Por qué?

‑Porque si les cerramos el puerto de Cronstadt y no les damos trigo, no tendrán de dónde sacarlo.

‑Ahora también hay trigo en América.

‑¡Qué ha de haber!

En esto sonó la campanilla y cada cual volvió a su sitio. Fetiukovitch tenía la palabra.


Capítulo X: La defensa (un arma de dos filos)
de Fiódor Dostoyevski


Cuando empezó su discurso el famoso abogado, se hizo un silencio absoluto en la sala y todas las miradas se concentraron en él. Al principio se expresó con una simplicidad persuasiva, sin la menor suficiencia, sin pretensión alguna por ser elocuente ni patético. Se diría que estaba charlando con unos cuantos amigos íntimos. Tenía una voz fuerte y agradable, en la que se percibían la sinceridad y la espontaneidad. Pero todos los oyentes advirtieron al punto que podía alcanzar el grado más alto de patetismo y hacer latir los corazones con violencia extraordinaria. Hablaba menos correctamente que Hipólito Kirillovitch, pero con más precisión y frases más breves. Hubo en él algo que no gustó a las damas: el detalle de que se inclinaba, sobre todo al principio de su discurso, pero no como el que saluda a su auditorio, sino como el que se dispone a arrojarse sobre él. Su larga espalda parecía tener una bisagra en la parte central, que permitía al orador doblarse hasta casi formar un ángulo recto. Al iniciar su discurso, habló sin plan alguno, refiriendo los hechos al azar, para formar finalmente un todo. Su discurso se dividió en dos partes. La primera constituyó una crítica, una refutación al discurso del fiscal, a veces mordaz y sarcástica. En la segunda parte, el defensor cambió de tono y de actitud y se elevó repentinamente hasta alcanzar el más intenso patetismo. La sala, que parecía esperar este cambio, se estremeció de emoción.

Entonces Fetiukovitch abordó francamente el asunto, diciendo que, si bien estaba establecido en Petersburgo, se trasladaba con frecuencia a las provincias para defender a acusados cuya inocencia le parecía segura o probable.

‑Así he procedido esta vez ‑siguió diciendo‑. Apenas leí la prensa, advertí un detalle que favorecía sin duda alguna al acusado. Lo que me llamó la atención fue un hecho corriente en la práctica de la justicia, pero que jamás se había producido con tanta evidencia, con particularidades tan características. No debería mencionar este hecho hasta el final de mi discurso, pero quiero exponer francamente mi pensamiento desde el principio, abordar ahora mismo y directamente el asunto, sin pensar en el efecto que esta táctica pueda producir ni tratar de dirigir las impresiones del auditorio. Esto tal vez sea una imprudencia, pero no cabe duda de que es un acto de sinceridad. El camino que me ha conducido aquí es el que voy a exponer. Primero observé que existía una serie de cargos abrumadores contra el acusado, cargos tan decisivos que ninguno, examinado aisladamente, podía, al parecer, hacer frente a la crítica. Los rumores y los periódicos me afirmaban cada vez más en mi opinión. Y en esto recibo la proposición de encargarme de la defensa del acusado. Acepté en el acto, ya completamente convencido de la inocencia de Dmitri Kararnazov. Acepté porque estoy seguro de destruir ese fatídico encadenamiento de los indicios de culpabilidad y también de demostrar la falta de consistencia de cada uno de ellos considerado aisladamente.

Tras este exordio, Fetiukovitch prosiguió.

‑Señores del jurado: yo soy aquí un forastero accesible a todas las impresiones y libre de todo prejuicio. El acusado, pese a su carácter violento y a sus desenfrenadas pasiones, no me ha ofendido hasta ahora, aunque otras muchas personas de esta ciudad han sido víctimas de sus violencias, lo que justifica la atmósfera de prevención que reina en torno de él. Sí, reconozco que la indignación que ha despertado es justa. El acusado es un hombre violento, incorregible. Sin embargo, se le recibía en todas partes. Incluso se le agasajaba en el hogar de mi ilustre oponente.

Se oyeron en el público risas que se reprimieron muy pronto. Todos sabían que el fiscal recibía a Mitia en su casa sólo por complacer a su esposa, mujer honesta a carta cabal, pero un tanto fuera de la realidad y que a veces se complacía en llevar la contraria a su marido, sobre todo en cuestiones de poca importancia. Por lo demás, Mitia iba a casa del fiscal muy raras veces.

‑Sin embargo ‑prosiguió Fetiukovitch‑, me atrevo a suponer que incluso un hombre tan inteligente y justo como mi adversario puede haber concebido una prevención errónea contra mi cliente. Desde luego, esto sería lógico, pues el desgraciado bien lo merece. El sentido moral, y especialmente el sentido estético, son a veces inexorables. El elocuente discurso del fiscal nos ha expuesto un riguroso análisis del carácter y de los actos del acusado, desde un punto de vista rigurosamente crítico. Este discurso evidencia una penetración psicológica que mi ilustre oponente no había podido alcanzar si hubiera abrigado el menor prejuicio contra la personalidad de Dmitri Karamazov. Pero en estos casos hay cosas peores que la hostilidad preconcebida. Así ocurre, por ejemplo, cuando nos obsesiona un afán de creación artística, de invención novelesca, cosa que ocurre especialmente al que posee dotes extraordinarias de psicólogo. Antes de salir de Petersburgo me previnieron, aunque no hacía falta, pues yo ya lo sabía, que al llegar aquí habría de enfrentarme a un psicólogo profundo y sutil, conocido desde hacia mucho tiempo en el mundo judicial. Pero la psicología, señores míos, aun siendo una ciencia admirable, es como un arma de dos filos. He aquí un ejemplo tomado al azar del discurso de acusación. El acusado huye a través del jardín, bajo la noche, trata de saltar la tapia y derriba, golpeándolo con una mano de mortero, al criado Grigori, que lo sujeta por una pierna. Inmediatamente vuelve a bajar al jardín y permanece unos minutos junto a la víctima para averiguar si vive o está muerta. El acusador no cree en modo alguno la afirmación del acusado de que obró así por pura compasión. «Este sentimiento de piedad ‑dice‑ es inadmisible, está en contradicción con la conducta de Dmitri Karamazov en aquellos momentos. Él sólo quería averiguar si el único testigo de su crimen vivía aún, deseo que demostraba que había cometido el asesinato.» He aquí el resultado de los razonamientos psicológicos. Apliquémoslos también nosotros, pero por el lado contrario, y los resultados serán igualmente verosímiles. El asesino salta al jardín para averiguar si vive el único testigo de su crimen. Sin embargo, acaba de dejar en la habitación de su padre, según afirma el propio ministerio público, una prueba abrumadora, el sobre rasgado con una anotación que demuestra que contenía tres mil rublos. « Si el culpable se hubiera llevado el sobre, nadie se habría enterado de la existencia de esos tres mil rublos, ni, por lo tanto, del robo cometido por el acusado.» Así se ha expresado la acusación. Admitamos sus palabras. La psicología está llena de sutiles posibilidades. Ahora nos atribuye la ferocidad y la percepción del águila, y un instante después la ceguedad y la timidez del topo. Pero si se considera que tenemos la crueldad y la sangre fría necesarias para volver a bajar el muro con el exclusivo fin de comprobar si el único testigo de nuestro crimen vive todavía, ¿qué razón puede haber para que perdamos cinco minutos al lado de nuestra víctima, exponiéndonos a atraer la atención de nuevos testigos? ¿Y por qué tratar de contener con nuestro pañuelo la sangre que brota de la herida, no pudiendo ignorar que este pañuelo se ha de convertir en una prueba decisiva contra nosotros? ¿No habría sido más lógico seguir golpeando con la mano de mortero al único testigo de nuestro crimen hasta sellar sus labios definitivamente? Por añadidura, mi cliente deja otra prueba en el lugar donde ha abatido a su segunda víctima: la mano de mortero cogida en presencia de dos mujeres que pueden atestiguar que se ha apoderado de este objeto. Además, el presunto culpable no deja caer esta arma distraídamente, en su aturdimiento, en el lugar de la agresión, sino que la arroja a cinco metros de distancia. ¿Por qué procedió así?, nos preguntamos. Sólo cabe una explicación: Dmitri Karamazov sintió un profundo remordimiento al creer que había matado al viejo criado Grigori, y, con un gesto de desesperación, arrojó la mano de mortero lejos de si. Y si mi cliente pudo experimentar esta sensación de remordimiento, con ello demostró que no había matado a su padre. Un parricida, en vez de acercarse a su nueva víctima por compasión, sólo habría pensado en salvarse, y no hubiese intentado contener la hemorragia, sino que habría terminado de destrozar con la mano de mortero la cabeza herida. La piedad y los buenos sentimientos no pueden experimentarse si falta la tranquilidad de conciencia.

»He aquí, señores del jurado, otro resultado del método de deducción psicológica. He recurrido a esta ciencia con toda intención a fin de demostrar que este tipo de deducciones puede conducirnos a todas partes. El resultado depende de los propósitos de la persona que haga use del sistema. Permítanme ustedes, señores del jurado, hablarles del abuso que se hace de la psicología y de las consecuencias de tales abusos.

Se oyeron de nuevo risas de aprobación en el público.

Pero no reproduciré íntegramente el discurso de la defensa. Me limitaré a reproducir los puntos más importantes.


Capítulo XI: Ni dinero ni robo
de Fiódor Dostoyevski


Hubo un pasaje en el informe de la defensa que sorprendió a todos: aquél en que el abogado negó la existencia de los tres mil rublos y, por lo tanto, la posibilidad de que se hubiera cometido el robo.

‑Señores del jurado, lo más sorprendente de este caso es la acusación de robo, a la vez que la imposibilidad absoluta de indicar a ciencia cierta lo que se ha robado. Se dice que han desaparecido tres mil rublos, pero nadie sabe si este dinero ha existido realmente. Juzguen ustedes. Ante todo, ¿cómo nos hemos enterado de la existencia de esos tres mil rublos y quién los ha visto? Sólo sabemos lo que nos ha dicho el sirviente Smerdiakov: que estaban en un sobre en el que se habían escrito unas palabras. Smerdiakov habló de este sobre, antes del suceso, al acusado y a Iván Fiodorovitch. También informó a la señorita Svietlov. Pero ninguna de estas tres personas ha visto el dinero. De aquí que no podamos menos de preguntarnos: si este dinero ha existido verdaderamente, y, si Smerdiakov lo había visto, cuándo lo vio por última vez. Además, ¿no pudo ocurrir que Fiodor Pavlovitch, sin decírselo a su criado, retirase los billetes de su cama y los volviera a guardar en la cajita donde los tenía habitualmente? Observen ustedes que, según Smerdiakov, el sobre estaba escondido debajo del colchón. Por lo tanto, el ladrón tuvo que sacarlo de allí. Sin embargo, la cama estaba intacta, según se testifica en el sumario. ¿Cómo se explica esto? Y, sobre todo, ¿cómo es posible que unas manos ensangrentadas se introdujeran debajo del colchón sin manchar las finas a inmaculadas sábanas que se habían puesto en la cama aquella noche? «Pero el sobre estaba en el suelo», se me dirá. Hablemos de este sobre; vale la pena. Hace un momento, nuestro eminente acusador, al pretender demostrar que es absurdo achacar el asesinato a Smerdiakov, ha dicho estas palabras que han causado no poca sorpresa: «Si el culpable se hubiera llevado el sobre, nadie se habría enterado de la existencia de esos tres mil rublos ni, por lo tanto, del robo cometido por el acusado.» Así, pues, según reconoce el propio ministerio público, ese trozo de papel desgarrado y escrito es la única base de la acusación de robo formulada contra mi cliente. Y yo me pregunto si el simple hecho de que ese sobre estuviera tirado en el suelo de la habitación es suficiente para demostrar que contenía el dinero y que este dinero fue robado. «Smerdiakov vio los billetes en el sobre», se me objetará. Pero yo me pregunto: ¿cuándo los vio por última vez? Hablé con Smerdiakov, le hice esta pregunta y él me contestó que había visto el dinero en el sobre dos días antes del drama. Por lo tanto, no hay ningún inconveniente en suponer que el viejo Fiodor Pavlovitch, en su febril impaciencia mientras esperaba a su amada, sacó el sobre de su escondite y lo abrió. « Gruchegnka tal vez no me crea, pero cuando le enseñe el fajo de treinta billetes, el efecto será inmediato: se sentirá fascinada.» Y rasga el sobre y lo tira al suelo, después de sacar el dinero, naturalmente sin temor alguno a comprometerse. Señores del jurado, esta hipótesis es tan admisible como cualquier otra. Y si la admitimos, el móvil del robo deja de existir, ya que si no hay dinero, no hay robo. Se dice que el sobre abierto encontrado en el suelo de la habitación prueba la existencia del dinero; pero a mi nada me impide afirmar que el sobre estaba vacío antes de que lo viese el presunto ladrón, por haber sacado ya los billetes su propio dueño. «¿Pero adónde fue a parar ese dinero? ‑se me preguntará‑. Se hizo un registro y no se encontró.» En primer lugar, se encontró una parte de él en la cajita; en segundo, Fiodor Pavlovitch pudo retirarlo a la mañana siguiente de haberlo visto Smerdiakov, a incluso más tarde, para gastarlo o enviarlo a alguna parte. En una palabra, pudo cambiar de idea sin juzgar necesario dar cuenta de ello a su sirviente. Por poco verosímil que sea esta hipótesis, ¿acaso tiene más fundamento acusar a mi defendido categóricamente de asesinato seguido de robo? Esto pertenece a los dominios de la novela. Para afirmar que se ha robado una cosa, hay que señalar la cosa robada o, cuando menos, demostrar claramente que ha existido. Pero resulta que nadie ha visto los tres mil rublos. Recientemente, en Petersburgo, un vendedor ambulante de dieciocho años entró en el establecimiento de un cambista, mató a éste a hachazos con una audacia extraordinaria, y se llevó mil quinientos rublos. Cinco horas después fue detenido y se encontró en su poder toda la cantidad robada: sólo faltaban quince rublos que se había gastado. Además, el empleado de la víctima, que en el momento del crimen estaba ausente, indicó a la policía no sólo el importe de lo robado, sino el valor y el número de billetes y de monedas de oro que integraban la suma. Todo se encontró en poder del asesino, el cual, por añadidura, confesó de plano. A esto llamo yo una prueba, señores del jurado. Allí estaba el dinero; se podía tocar; nadie podía negar que existiese. ¿Ocurre lo mismo en el caso que estamos debatiendo? No. Sin embargo, de nuestro debate depende la suerte de un hombre. « De acuerdo –se me puede decir‑, pero el acusado pasó la noche de jarana y tiró el dinero. Todavía se le encontraron encima mil quinientos rublos. ¿De dónde los había sacado?» La respuesta es que precisamente el hecho de que sólo tuviera en su poder mil quinientos rublos, o sea la mitad de los tres mil, puede ser una prueba de que el dinero no procedía del sobre. Al instruirse el sumario se hicieron cálculos precisos de tiempo y se determinó que el acusado, después de su visita a las dos domésticas, se fue derechamente a casa del señor Perkhotine y que luego no estuvo solo un instante. Por lo tanto, no pudo ocultar en ninguna parte de la ciudad la otra mitad de los tres mil rublos. La acusación supone que el dinero está oculto en Mokroie, pero ¿por qué no sospechar que está en el castillo de Udolphe? La suposición del señor fiscal es realmente fantástica, novelesca. Sin embargo, señores del jurado, basta prescindir de esta hipótesis para que la acusación de robo se venga abajo. ¿Qué se ha hecho de esos mil quinientos rublos? ¿Cómo se explica que hayan desaparecido si se tienen pruebas de que el acusado no fue a ninguna parte? ¿Son suficientes estas deducciones novelescas para que estemos dispuestos a destrozar la vida de un hombre? Se me replicará que Dmitri Fiodorovitch no pudo explicar la procedencia del dinero que se le encontró encima y que todo el mundo sabía que antes de aquella noche no tenía ni un solo rublo. ¿Pero podemos aceptar que lo sabía todo el mundo? El acusado explicó con toda claridad de dónde procedía el dinero que estaba en su poder, y a mi juicio, señores del jurado, la explicación es perfectamente lógica y está de acuerdo con el carácter de mi cliente. La acusación se aferra a su propia novela. Dice que un hombre tan débil de carácter que se humilla a aceptar tres mil rublos de su prometida, no es lógico que retire la mitad de este dinero y lo conserve. Por el contrario, lo natural es que abra la bolsita cada dos días para sacar cien rublos, de modo que, al cabo de un mes, no quedará nada. Como recordarán ustedes, todo esto ha sido dicho en tono determinante. Pero si las cosas hubieran ocurrido de otro modo, el personaje creado por el señor fiscal sería falso. Así ha ocurrido. No faltará quien objete: «Hay testigos de que el acusado dilapidó de una vez en Mokroie los tres mil rublos que le prestó la señorita Verkhovtsev. Por lo tanto, no puede ser cierto que se guardara la mitad.» ¿Pero qué testigos son éstos? Ya hemos visto el crédito que se les puede prestar. Además, un pastel en manos ajenas parece siempre mayor de lo que es en realidad. Ninguno de estos testigos contó los billetes: todos calcularon la cantidad a simple vista. El testigo Maximov asegura que el acusado tenía en la mano veinte mil rublos. Como ustedes ven, señores del jurado, la psicología es un arma de dos filos. Permítanme que utilice el filo contrario: ya verán ustedes lo que resulta.

»Un mes antes del drama, la señorita Verkhovtsev entrega al acusado tres mil rublos para que los envíe por correo, ¿pero hace la entrega en condiciones tan humillantes como se ha dicho aquí hace unos momentos? La primera declaración de la señorita Verkhovtsev sobre este punto fue muy distinta de la segunda. En ésta se percibía la cólera, el afán de venganza, un odio largo tiempo disimulado. La acusación no ha mencionado este cambio novelesco; yo no lo comentaré tampoco. Sin embargo, me permitiré observar que si una persona tan honorable como la señorita Verkhovtsev es capaz de prestar en la audiencia una declaración completamente distinta de la que hizo al instruirse el sumario, con el propósito evidente de perjudicar al acusado, no es menos evidente que sus declaraciones pecan de parcialidad. No se puede negar que una mujer ávida de venganza está predispuesta a exagerar las cosas, y especialmente las condiciones humillantes en que fue entregado el dinero. Esta entrega debió de hacerse, por el contrario, del modo más aceptable, sobre todo para un hombre tan irreflexivo como nuestro cliente y que además, confiaba en recibir de su padre los tres mil rublos que le correspondían en el ajuste de cuentas. Esto era problemático, pero el acusado, con su alegre confianza, estaba seguro de que recibiría los tres mil rublos y podría devolver a la señorita Verkhovtsev la cantidad que le había prestado.

»Pero la acusación rechaza la versión de la bolsita. « Estos sentimientos son incompatibles con el carácter del acusado.» Sin embargo, el propio señor fiscal ha hablado de los dos abismos que Karamazov puede ver al mismo tiempo. En efecto, su carácter de dos caras puede llevarle a detenerse en medio de la más desenfrenada disipación, a causa de otra influencia. Y esta otra influencia existe en nuestro caso: fue el amor, un amor que se inflamó como la pólvora y para el que necesitaba dinero, más dinero aún que para divertirse con su amada. Si ella le dice: «Soy tuya: no quiero a Fiodor Pavlovitch» esto le bastará para entregarse totalmente a ella y desear llevársela lejos, cosa que no podrá hacer con los bolsillos vacíos. Así sucedió antes de que comenzara el jolgorio de aquella noche. Karamazov pensó que podía presentársele este problema, y este pensamiento fue lo que le llevó, por absurdo que parezca, a reservarse mil quinientos rublos. Pero pasa el tiempo y Fiodor PavIovitch no da al acusado los tres mil rublos. Por el contrario, corre el rumor de que los destina precisamente a seducir a la señorita Svietlov. El acusado piensa: «Si Fiodor Pavlovitch no me da el dinero, Catalina Ivanovna podrá decir que soy un ladrón.» Así nace en él la idea de ir a devolver a la señorita Verkhovtsev los mil quinientos rublos que sigue llevando en la bolsita pendiente de su cuello. Si procede de este modo podrá decirse: «Soy un miserable, pero no un ladrón.» He aquí una doble razón para que conserve ese dinero como algo precioso, en vez de abrir la bolsa a ir sacando billete tras billete. ¿Por qué negar al acusado el sentimiento del honor? Este sentimiento existe en él, tal vez mal comprendido, acaso erróneo, pero real y vehemente: Dmitri Fiodorovitch lo ha demostrado.

»La situación se complica, la tortura de los celos alcanza el paroxismo, y los dos problemas, siempre los mismos, obsesionan con fuerza creciente la imaginación del acusado. «Si devuelvo el dinero a Catalina Ivanovna, ¿cómo me podré llevar a Gruchegnka?» Si desde entonces no cesó de embriagarse y de alborotar en las tabernas fue precisamente porque se sentía amargado y no tenía valor para hacer frente a esta amargura. Aquellos dos problemas acabaron por ser para él tan irritantes, que le llevaron a la desesperación. Había enviado a su hermano menor a pedir por última vez los tres mil rublos a su padre, pero, sin esperar a recibir la respuesta, irrumpió en casa de Fiodor Pavlovitch y lo agredió ante testigos. Después de esto, ya nada podía esperar de su padre. Aquella misma noche se golpea el pecho, exactamente en el punto donde está su bolsita, y dice a su hermano que tiene un medio de borrar su vergüenza, pero que no lo utilizará, pues la debilidad de su carácter le impedirá dar ese paso. ¿Por qué se niega la acusación a aceptar la declaración de Alexei Karamazov, tan sincera, tan espontánea, tan lógica? ¿Por qué se obstina en imponer la versión del dinero oculto en una grieta de los sótanos del castillo de Udolphe?

»La noche misma de su conversación con su hermano, el acusado escribe la fatídica carta en que se basa principalmente la acusación de robo. En ella dice que pedirá el dinero a todo el mundo y que, si nadie se lo quiere dar, matará a su padre cuando Iván se haya marchado y se apoderará del sobre atado con una cinta de color de rosa, que Fiodor Pavlovitch tiene escondido en su cama. Refiriéndose a esta carta, el señor fiscal ha exclamado: «¡Aquí está el plan completo del asesinato! Todo ocurrió de acuerdo con lo que aquí se anuncia.» Pero, en primer lugar, hay que tener en cuenta que esta carta está escrita bajo los efectos del alcohol y de una desesperación extrema; en segundo, que habla del sobre sin haberlo visto, basándose sólo en las referencias de Smerdiakov; y, en fin, que aunque la carta exista, no puede probarse que lo que se dice en ella corresponda a los hechos que se produjeron después. ¿Encontró el acusado el sobre debajo del colchón? ¿Contenía este sobre el dinero? Además, ¿era el dinero lo que atraía al acusado? No, Dmitri Fiodorovitch no corrió como un loco para robar, sino para enterarse de dónde estaba la mujer que le había hecho perder la cabeza. No obró de acuerdo con un plan premeditado, sino impensadamente, en un arrebato de celos. «Sí, pero, después del asesinato, se apoderó del dinero. » ¿Después del asesinato? ¿Es que realmente lo cometió? Rechazo con indignación la hipótesis del robo, porque es evidente que no se puede hacer esta acusación sin señalar el objeto robado. ¿Pero hay pruebas de que el acusado cometiera el crimen, aunque no robase? ¿No será también esto una novela?


Capítulo XII: No hubo asesinato
de Fiódor Dostoyevski


‑No olviden, señores del jurado, que está en juego la vida de un hombre y, por lo tanto, debemos obrar con prudencia. Hasta hoy el ministerio público no se había atrevido a admitir la premeditación. Para admitirla ha necesitado de esa fatídica carta escrita en estado de embriaguez que se ha presentado hoy al tribunal. «Todo sucedió tal como el acusado anunció por escrito.» Pero repito que Dmitri Fiodorovitch sólo fue a casa de su padre para saber si estaba allí su amada. Esto es indudable. Si el acusado hubiera hallado a la señorita Svietlov en su propia casa, no habría dado ningún paso más. Fue a casa de Fiodor Pavlovitch sin más propósito que el de buscar a su amada, tal vez sin acordarse de la carta que había escrito. «Pero cogió una mano de mortero.» Efectivamente, cogió este objeto que como ustedes saben, ha dado lugar a deducciones psicológicas. Sin embargo, acude a mi mente esta simple idea: si la mano de mortero, en vez de estar al alcance del acusado, hubiera estado guardada en uno de los armarios de la cocina, Dmitri Fiodorovitch, al no verla, habría salido de allí con las manos vacías y no habría podido agredir a nadie. ¿Se puede deducir de esta conducta la premeditación? Ciertamente, el acusado había proferido en las tabernas amenazas de muerte contra su padre, y dos días antes del drama, la misma noche en que escribió su famosa carta, no daba muestras de excitación: sólo discutió con un empleado, « cediendo a una costumbre inveterada». A esto se puede contestar que si el acusado hubiera tenido el propósito de matar, de cometer un crimen de acuerdo con un plan trazado por él mismo, habría evitado esta discusión y, seguramente, ni siquiera hubiese ido a la taberna. En estos casos se desea la calma y la soledad, no se quiere llamar la atención, no sólo por cálculo, sino también por instinto.

»Señores del jurado, quiero decir una vez más que la psicología es un arma de dos filos y que también yo sé manejarla. Las amenazas proferidas a gritos en las tabernas durante un mes, no significan nada. ¡A cuántos niños y a cuántos borrachos les oímos lanzar gritos semejantes en sus disputas, sin que la cosa pase de ahí! Esa carta fatal, ¿no es también un producto de la embriaguez y de la cólera, el grito de un borracho que anuncia con voz amenazadora que va a cometer una atrocidad? ¿Por qué no ha de ser así? ¿Qué razón hay para que esa carta sea forzosamente fatal y no grotesca? La razón es que se encontró asesinado a Fiodor Pavlovitch, que una persona vio al acusado huyendo por el jardín y que esta persona fue agredida y derribada por mi cliente. De esto se deduce que todo sucedió tal como Dmitri Fiodorovitch había anunciado por escrito y éste es el motivo de que la carta no se considere grotesca, sino fatídica. Al fin, gracias a Dios, hemos llegado al punto crítico. «El acusado estaba en el jardín; por lo tanto, él fue el que cometió el crimen.» En la acusación abundan los «por lo tanto». ¿Pero y si éstos fueran infundados, pese a las apariencias de realidad? Desde luego, la trabazón de los hechos, las coincidencias, son elocuentes. Pero consideren ustedes los hechos por separado, sin dejarse impresionar por su conjunto. ¿Por qué la acusación se niega terminantemente a aceptar la declaración de mi cliente de que se alejó de la ventana de la habitación de su padre? Recuerden ustedes el sarcasmo con que el ministerio fiscal ha acogido la suposición de que ha habido prudencia y piedad en la conducta del acusado. ¿Pero por qué es imposible que mi cliente haya experimentado estos sentimientos? «Sin duda, mi madre rogó por mí en aquellos instantes», declaró Dmitri Fiodorovitch al instruirse el sumario. Se fue al comprobar que la señorita Svietlov no estaba en casa de su padre. El señor fiscal afirma que el acusado no pudo hacer tal comprobación desde la ventana. Pero yo no comparto esta opinión. La ventana se ha abierto al llamar en ella mi cliente de acuerdo con las instrucciones de Smerdiakov. Fiodor Pavlovitch puede lanzar un grito, decir algo que revela la ausencia de la señorita Svietlov. ¿Por qué aferrarnos a una hipótesis surgida de nuestra imaginación? Mil detalles pueden eludir la observación del novelista más sutil. «Pero Grigori vio la puerta abierta. Por lo tanto, el acusado debió de entrar en la casa, y si entró, cometió el crimen.» Hablemos de esta puerta, señores del jurado. Sobre ella no tenemos más testimonio que el de un hombre cuyo estado le impedía ver las cosas con claridad. Pero admitamos que la puerta estaba abierta y que la negativa del acusado sea una falsedad dictada por el lógico deseo de defenderse; admitamos que entró en la casa; ¿pero por qué el hecho de que entrase ha de implicar necesariamente que cometiera el crimen? Pudo entrar, recorrer las habitaciones, incluso golpear a su padre, y luego, una vez convencido de que la señorita Svietlov no estaba allí, marcharse, alegrándose de no haberla encontrado, ya que encontrarla habría significado para él la tentación de cometer un crimen. Si después volvió a bajar de la tapia para acercarse a Grigori, víctima de su furor, fue porque era capaz de compadecerse, porque, al haber triunfado de la tentación, le animaba esa alegría que sólo pueden sentir las almas puras. Con seductora elocuencia el señor fiscal nos ha descrito las emociones del acusado en Mokroie, cuando el amor aparece ante él, llamándolo a una vida nueva, precisamente en un momento en que ya no era posible amar, por tener a sus espaldas el cadáver ensangrentado de su padre y ante él la perspectiva del castigo. O sea, que el ministerio público admite el amor, aunque explicándolo a su manera: el estado de embriaguez, la tregua de alegría proporcionada al criminal, etcétera, etcétera. Pero insisto en mi pregunta, señor fiscal: ¿no ha creado usted un falso personaje? ¿Tan desalmado es mi cliente que en aquellos momentos y teniendo sobre su conciencia la sangre de su padre, pudo pensar en el amor y sentir alegría? ¡No y mil veces no! Si el acusado hubiera tenido realmente sobre su conciencia la sangre de su padre, estoy convencido de que, al saber que ella lo amaba y le ofrecía la felicidad, habría experimentado una necesidad imperiosa de suicidarse y se habría quitado la vida. No me cabe duda de que habría recordado dónde estaban las pistolas. Conozco bien al acusado y puedo afirmar que la brutal insensibilidad que se le atribuye no está de acuerdo con su carácter. Se habría matado: estoy seguro. Si no lo hizo, fue precisamente porque no había matado a su padre («su madre rogaba por él»). Aquella noche, en Mokroie, el acusado estaba atormentado únicamente por el recuerdo del viejo criado al que había herido, y pedía a Dios los librara, a Grigori de la muerte y a él del castigo. ¿Por qué no admitir esta versión? ¿Qué prueba tenemos de que el acusado miente? Otra razón que se nos da para atribuirle la muerte de su padre consiste en esta pregunta: si él huyó sin matar a Fiodor Pavlovitch, ¿quién puede ser el asesino?

»Otra vez nos enfrentamos con la lógica de la acusación: si no ha sido él, ¿quién ha cometido el crimen? No se puede sospechar de nadie más. Señores del jurado, ¿es esto cierto? ¿De veras no existe ningún otro posible asesino? El ministerio público ha citado a todos los que estaban, o estuvieron de paso, en la casa del crimen aquella noche. Éstos fueron cinco. Tres de las cinco personas deben quedar al margen de toda sospecha, lo reconozco: la víctima, el viejo Grigori y la esposa de éste. Por lo tanto, sólo quedan Karamazov y Smerdiakov. El señor fiscal ha exclamado patéticamente que el acusado ha denunciado a Smerdiakov como ultimo recurso, y que si hubiera existido una sexta persona, o solamente la sombra de ella, mi cliente se habría apresurado a acusarla. ¿Pero qué nos priva, señores del jurado, de razonar a la inversa? Tenemos enfrentados a dos individuos: el acusado y Smerdiakov. ¿Qué me impide afirmar que se acusa a mi cliente como último recurso? Pues se le acusa porque se ha excluido por anticipado a Smerdiakov de toda sospecha. En verdad, los únicos que han señalado a Smerdiakov como posible culpable han sido el acusado, sus dos hermanos y la señorita Svietlov. Pero hay otros testigos: la confusa emoción suscitada en la sociedad por ciertas sospechas, un vago rumor, una especie de ansiosa espera. Y también la coincidencia de ciertos hechos. Primero ese ataque de epilepsia que sufre Smerdiakov precisamente el día del crimen y que el ministerio público ha tenido que detenerse a justificar. Después el repentino suicidio de este sirviente el día antes de celebrarse el juicio. Y, en fin, la declaración, no menos inesperada, del hermano del acusado, que considera a éste culpable y, de pronto, trae los tres mil rublos y afirma que el asesino es Smerdiakov. Estoy convencido, señores del jurado, de que Iván Fiodorovitch es en estos momentos un enfermo mental, y sé que su declaración puede ser una tentativa desesperada, concebida en un momento de delirio, de salvar a su hermano, achacando las culpas a un difunto. Sin embargo, el nombre de Smerdiakov se ha pronunciado en esta sala y de nuevo tenemos la impresión de hallarnos ante un enigma. Se diría, señores del jurado, que aquí hay algo indefinido, que no se ha terminado de expresar. Tal vez se haga la luz al fin, pero no nos anticipemos.

»Ahora voy a permitirme oponer ciertos reparos a la descripción que del carácter de Smerdiakov ha hecho el señor fiscal con una sutileza muy propia de su talento. Pero, aun reconociendo que la descripción ha sido admirable, no puedo suscribirla en sus rasgos esenciales. Vi a Srnerdiakov, hablé con él, y creo que es muy distinto de como nos lo ha presentado la acusación. Cierto que era débil de cuerpo, pero no lo era de carácter. No, no era el ser débil que nos ha descrito el señor fiscal. Sobre todo, carecía de esa timidez que le ha achacado el ministerio público. No existía en él la ingenuidad, sino una extrema desconfianza disfrazada de candidez y una mente capaz de todas las premeditaciones. El ingenuo ha sido nuestro acusador al ver en Smerdiakov un hombre débil de espíritu. A mí me produjo una impresión clara y terminante; tuve el convencimiento de que me hallaba ante un ser lleno de maldad, insaciable en sus ambiciones, envidioso y vengativo. Además, indagué sobre su vida. Le avergonzaba su origen, no podía recordar sin un gesto de despecho que era hijo de una cualquiera. No respetaba al viejo Grigori ni a su esposa, a pesar de que lo habían tenido a su cuidado desde su infancia. Maldecía a Rusia, se burlaba de su patria y soñaba con trasladarse a Francia y nacionalizarse francés. Antes del crimen, dijo muchas veces que sentía no poder llevar a cabo sus planes por falta de recursos. Creo que se consideraba un ser superior y que no sentía estimación por nadie, excepto por sí mismo... Un buen traje, una camisa limpia y botas relucientes constituían para él la fórmula de la cultura. Creía ser (hay pruebas de ello) hijo natural de Fiodor Pavlovitch. Esto pudo llevarle a considerar irritante su situación frente a la de los hijos legítimos de su dueño, ya que para ellos eran todos los derechos y sería toda la herencia, mientras que él no pasaba de ser el cocinero de la casa. Me contó que había ayudado a Fiodor Pavlovitch a guardar los tres mil rublos en el sobre. No cabe duda de que lo mortificó el destino que se daba a esta suma que le habría bastado para hacer su soñado viaje. Además, vio los tres mil rublos formando un fajo de flamantes billetes. Lo sé porque se lo sonsaqué intencionadamente. No enseñéis nunca a un hombre orgulloso y propenso a la envidia una importante cantidad de dinero. Era la primera vez que Smerdiakov veía tantos billetes juntos. Esta visión pudo dejar en su mente huellas profundas, aunque en el primer momento la impresión no tuviera consecuencias.

»Mi eminente contradictor ha expuesto con notable sutileza una serie de hipótesis, en favor y en contra, de la acusación de asesinato contra Smerdiakov, y finalmente ha preguntado: «¿Qué interés podía tener Smerdiakov en fingir un ataque?» A esto respondo que el ataque pudo no ser fingido, que Smerdiakov pudo sufrirlo realmente y más tarde volver en sí. Aunque no del todo, como suele ocurrir a los epilépticos, pudo recobrar la razón. «¿En qué momento cometió el crimen?», preguntará la acusación. Es una pregunta muy fácil de contestar. Smerdiakov pudo volver en sí y levantarse después de un sueño profundo (los epilépticos suelen dormir profundamente tras los ataques), exactamente en el momento en que el viejo Grigori cogió al acusado por la pierna cuando éste cabalgaba ya sobre la tapia y gritó: «¡Parricida!» Este grito proferido en el silencio de la noche pudo despertar a Smerdiakov, cuyo sueño era ya, seguramente, más ligero. Entonces se levanta y, todavía medio dormido, va a ver qué ha pasado. Llega al jardín, se acerca a la ventana iluminada y se entera de lo ocurrido por boca de su amo, que se alegra de tenerlo junto a él. Fiodor Pavlovitch se lo cuenta todo detalladamente, y en la mente, aún no despejada, de Smerdiakov, surge una idea que va tomando cuerpo. Es una idea horrible, pero subyugadora y de una lógica irrefutable: matar, apoderarse de los tres mil rublos y dejar que todo el mundo culpe al hijo de la víctima. ¿Quién puede sospechar de él? ¿A quién se puede acusar sino a Dmitri Karamazov? Existen pruebas: están en el lugar donde se va a producir el hecho. La codicia y la confianza en la impunidad lo han dominado al mismo tiempo. La tentación de matar se presenta a veces de improviso, como una ráfaga. En resumen, que Smerdiakov pudo entrar en la casa y cometer el crimen. ¿Con qué arma? ¡Bah! Con la primera piedra que encontrara en el jardín. ¿Pero por qué? ¿Qué fin perseguía? Tres mil rublos son una fortuna, ¿no? Alguien pensará que me contradigo, pero no es así. El dinero pudo existir. Y acaso era Smerdiakov el único que sabía dónde lo podía encontrar. «¿Pero y ese sobre abierto abandonado en el suelo de la habitación?» Hace un momento, al decir el señor fiscal sutilmente que sólo un ladrón sin experiencia, precisamente como Karamazov, podía obrar así, y que Smerdiakov no habría dejado jamás tras él semejante prueba de culpa; hace un momento, repito, he recordado que este argumento no era una novedad para mi. La hipótesis de que sólo un hombre como Karamazov podía haber arrojado el sobre al suelo ya la había oído dos días antes de labios de Smerdiakov, cosa que, por cierto, me sorprendió extraordinariamente. Tuve la impresión de que Smerdiakov se hacía el ingenuo para inculcarme esta idea y que yo llegara a la misma conclusión por inspiración suya. ¿No procedería del mismo modo en la instrucción del sumario, consiguiendo imponer esta hipótesis al eminente representante del ministerio público? «¿Y la mujer de Grigori?», se me preguntará. «Estuvo oyendo gemir al enfermo toda la noche.» En efecto, así lo ha atestiguado ella. Pero este argumento es sumamente frágil. Un día, una señora amiga mía se quejaba de no haber podido dormir en toda la noche a causa de los ladridos de un perro. Sin embargo, el pobre animal, como pudo comprobarse, sólo había ladrado dos o tres veces. Estos errores son naturales. Una persona está durmiendo; oye gemir y se despierta renegando, para volver a dormirse en seguida. Dos horas después, nuevo gemido, otra vez se despierta y otra vez se duerme. Esto se repite dos horas más tarde. En total, ha ocurrido tres veces. Pero esa persona se levanta por la mañana quejándose de no haber dormido en toda la noche y diciendo que los gemidos han sido incesantes. Sin duda, esa persona cree sinceramente que ha sido así. Los intervalos de dos horas de sueño no se pueden recordar; sólo los minutos de vigilia se fijan en la memoria, dando la impresión de que las interrupciones del descanso han sido continuas.

»“¿Pero por qué ‑replica la acusación‑ no confesó Smerdiakov su crimen en la nota que dejó escrita antes de suicidarse? ¿Acaso su conciencia no llegaba a tanto?” Permítanme una observación. La conciencia va unida al arrepentimiento. Tal vez el suicida no estaba arrepentido, sino solamente desesperado. Son dos cosas muy diferentes. A la desesperación puede ir unida la maldad, y no es necesario que el desesperado sienta el deseo de reconciliarse con Dios. Es posible que el suicida, en sus últimos momentos, odiase más que nunca a aquellos a quienes había envidiado toda la vida.

»Señores del jurado, procuren no cometer un error judicial. ¿Hay algo inverosímil en mi tesis? Traten de encontrar un error, un detalle imposible, un hecho absurdo, y si no lo hallan, si consideran que en mis suposiciones hay un poco de verosimilitud, por insignificante que este poco sea, obren con prudencia. Les juro por lo más sagrado que creo con absoluta sinceridad en la versión del crimen que acabo de exponer. Lo que me inquieta es que entre el cúmulo de hechos contra mi cliente que nos ha ofrecido la acusación, no exista ni uno solo cuya exactitud y evidencia no puedan ponerse en duda. Ciertamente, el conjunto de los hechos es abrumador para el acusado: esa sangre que gotea de sus manos y que mancha sus ropas, el grito de «¡Parricida!» que resuena en la oscuridad de la noche, el hecho de que la persona que ha lanzado este grito se desplome con la cabeza abierta, y, además, el cúmulo de palabras, de declaraciones, de exclamaciones que se han oído aquí... Todo esto, señores del jurado, puede torcer una convicción, pero no la de ustedes. No olviden que se les ha conferido un poder ilimitado, que pueden hacer y deshacer. Pero cuanto mayor es el poder que se tiene, mayor debe ser el cuidado con que se ejerza. Mantengo firmemente todo lo que acabo de decir; pero voy a convenir por un momento con la acusación de que mi desventurado cliente se ha manchado las manos con la sangre de su padre. Esto no es más que una suposición, pues repito una vez más que no tengo la menor duda de que el acusado es inocente. Sin embargo, les ruego que me escuchen aunque adopte esta actitud. Tengo que decirles todavía algunas cosas que considero útiles para hacer frente al violento combate que se está librando ‑ésta es mi creencia‑ en sus corazones... Perdónenme esta alusión, señores del jurado; pero quiero ser sincero hasta el fin. ¡Seamos sinceros todos!

En este punto de su discurso, el abogado defensor fue interrumpido por una salva de aplausos. Fue tanta la emoción con que pronunció sus últimas palabras, que todos creyeron que verdaderamente tenía algo, y muy importante, que decir.

El presidente amenazó con hacer evacuar la sala si se repetían semejantes manifestaciones. Dicho esto, se dispuso a escuchar y Fetiukovitch reanudó la defensa con un acento de convicción muy distinto del que había empleado hasta aquel momento.


Capítulo XIII: Un sofista
de Fiódor Dostoyevski


‑No es solamente el conjunto de los hechos lo que abruma a mi cliente, señores del jurado; lo que más le perjudica es el hecho de que la víctima sea su padre. Si se tratara de un crimen corriente, ustedes, dada la duda que se cierne sobre este asunto cuando consideramos los hechos aisladamente, no mantendrían una actitud acusadora o, por lo menos, vacilarían en condenar a un hombre exclusivamente porque ocupe, con sobrados motivos, por cierto, el banquillo de los acusados. Pero estamos en presencia de un parricida. Esta palabra impone de tal modo, que fortalece, incluso en el ánimo más objetivo, los puntos fundamentales de la acusación. ¿Cómo perdonar a un hombre de un crimen tan horrendo? Si fuera verdaderamente culpable y quedara sin castigo... Éste es el sentimiento instintivo de todos. En verdad, es algo espantoso matar a un padre, al hombre que nos ha engendrado y amado, que no ha rehuido ningún sacrificio por nosotros, que nos ha atendido con angustia en las enfermedades de nuestra infancia, que ha sufrido para darnos la felicidad y sólo ha vivido para nuestras alegrías y nuestros éxitos. No, no se concibe que se pueda asesinar a un padre así. Señores del jurado, ¡qué grandeza encierra la palabra padre cuando se trata de un padre verdadero! Acabamos de dar una idea de lo que es un verdadero padre. Pero en nuestro caso, en este doloroso asunto, tenemos un padre, Fiodor Pavlovitch Karamazov, que no se parecía en nada al que acabo de describir. Pues hay ciertos padres que son una verdadera vergüenza. Analicemos las cosa, átentamente; no debemos detenernos ante nada, en vista de la gravedad de la decisión que hemos de tomar. No debemos tener miedo ni eludir ciertas ideas, «como si fuéramos niños o débiles mujeres», según la feliz expresión del eminente representante del ministerio público. Mi honorable adversario, en el curso de su ardoroso informe, ha exclamado varias veces: «No dejaré en manos de nadie la defensa del acusado: yo soy a la vez su acusador y su defensor.» Sin embargo, se ha olvidado de mencionar el detalle de que el abominable acusado ha conservado durante veintitrés años la gratitud por una libra de avellanas, la única golosina que saboreó en la casa paterna, y que, por lo tanto, mi cliente debe de recordar también que correteaba por la casa de su padre descalzo y con los pantalones abrochados por un solo botón, según nos ha revelado un hombre de tan buenos sentimientos como el doctor Herzenstube.

»Señores del jurado, no nos detengamos en los detalles de esta lamentable paternidad, ya que todo el mundo la conoce. ¿Qué ha encontrado mi cliente al llegar a casa de su padre? ¿Hay razón para que se le presente como un hombre sin corazón, como un ser egoísta, como un monstruo? Es impulsivo, violento como un salvaje: así se le considera. ¿Pero quién es el culpable de que sea de este modo si, a pesar de su inclinación al bien y de su corazón sensible y abierto a la gratitud, se ha hecho hombre en un ambiente tan monstruoso? ¿Le ha ayudado alguien a cultivar su razón, se ha cuidado alguien de educarlo, recibió algún afecto en su infancia? Mi cliente se ha desarrollado a la buena de Dios, como un animal selvático. Tal vez ardía en deseos de ver a su padre después de tantos años de separación; tal vez, acordándose de su infancia como a través de un sueño, apartó muchas veces de su corazón los odiosos fantasmas del pasado y deseó con toda su alma absolver y abrazar a su padre. ¿Pero qué ocurrió cuando volvió a verlo? Que lo recibió con cínicas sonrisas, con desconfianza, con ironías acerca de la herencia de su madre. Sólo oye palabras ofensivas, y, para que nada le falte, ve que su padre pretende arrebatarle la mujer amada, ofreciéndole el dinero que le pertenece a él. Señores del jurado: reconozcan que esto es atroz, repugnante. Además, este padre se queja ante todo el mundo de la falta de respeto y la violencia de su hijo, lo calumnia, pone en su camino toda clase de obstáculos, compra sus pagarés con el propósito de llevarlo a la cárcel. Hay hombres que parecen desalmados, violentos, impetuosos, como mi cliente, y son en realidad bondadosos; si parecen distintos es porque no han tenido ocasión de demostrar su bondad. No tomen a broma esta idea. El señor fiscal se ha burlado de mi cliente por considerarlo un apasionado de Schiller. Yo, en su lugar, no me habría burlado. Estos seres, permitidme defenderlos, suelen estar sedientos de ternura, de belleza, de justicia, precisamente porque, sin que ellos lo sospechen, estos sentimientos contrastan con la violencia y la dureza de su conducta. Por muy desalmados que parezcan, son capaces de amar hasta el sufrimiento, de sentir por una mujer un amor espiritual y profundo. Y esto es, créanme ustedes, lo que suele ocurrirles. Sin embargo, no pueden disimular su impetuosa rudeza, que es lo único que vemos de ellos, ya que su interior permanece oculto. Las pasiones de estos seres se apaciguan con facilidad. Cuando se ven ante una persona de sentimientos elevados, sus almas, aparentemente rudas y violentas, tratan de regenerarse, de corregirse, de ser nobles, rectas, «sublimes», por desacreditada que esté esta expresión.

»He dicho hace unos momentos que no comentaría las relaciones de mi cliente con la señorita Verkhovtsev. Sin embargo, puedo decir algo de este asunto. Hemos oído de sus labios no una declaración, sino el grito de una mujer exaltada que comete un acto de venganza. Esa mujer no tiene ningún derecho a acusar a mi cliente de traición, pues ha sido ella la que lo ha traicionado. Si hubiera podido reflexionar, no habría hecho semejante declaración. No la creáis. Mi cliente no es un monstruo, como ella lo ha llamado. El Crucificado, que amaba a los hombres, dijo en las angustias de la Pasión: «Soy el Buen Pastor que da su vida por sus ovejas; ninguna perecerá». No perdamos a un alma humana. Me he preguntado qué es un buen padre y he respondido que esta expresión designa algo noble y magnífico. Pero hay que aplicar el calificativo con exactitud, señores del jurado; hay que llamar a las cosas por su verdadero nombre. Un padre como el viejo Karamazov no merece llamarse padre. El amor filial injustificado es absurdo. No puede suscitar amor el que no da nada; sólo Dios puede sacar de la nada algo. «Padres, no irritéis a vuestros hijos», escribe el apóstol con el corazón inflamado de amor. Recuerdo estas santas palabras, no sólo por el padre de mi cliente, sino por todos los padres. ¿Quién me ha dado autoridad para aleccionarlos? Nadie. Pero yo me dirijo a ellos como hombre y como ciudadano: vivos voco. Permanecemos poco tiempo en la tierra. Nuestro actos y nuestras palabras suelen ser malos. Por lo tanto, debemos aprovechar los momentos en que nos reunimos para decirnos algo bueno. Esto es lo que hago yo: aprovechar la ocasión que se me ofrece. No es que la suprema autoridad me haya concedido esta tribuna, pero pienso que toda Rusia me está escuchando. No me dirijo únicamente a los padres que están en esta sala, sino a todos los padres. A todos les digo: «Padres, no provoquéis la ira de vuestros hijos.» Empecemos por cumplir los preceptos de Cristo: sólo así podremos exigir algo a los seres que hemos traído al mundo. Si no procedemos de este modo, no seremos sus padres, sino sus enemigos, y ellos verán en nosotros sus enemigos y no sus padres. Y la culpa será nuestra. «Con la medida que midáis se os medirá a vosotros». Esto no lo digo yo, sino los Evangelios. Medid con la misma medida con que se os mida. No podemos reprochar a nuestros hijos que hagan con nosotros lo que nosotros hacemos con ellos.

»Hace poco, en Finlandia, se acusó a una muchacha de haber dado a luz clandestinamente. La vigilaron y encontraron en el granero, oculta en un montón de ladrillos, su maleta y, dentro de esta maleta, el cadáver de un recién nacido. La propia madre era la autora del crimen. Se descubrieron los esqueletos de otros dos niños, a los que la misma madre había dado muerte después de haberlos traído al mundo, según confesó la propia culpable. ¿Es esto una madre, señores del jurado? Tuvo hijos, pero ¿puede haber alguien que se atreva a aplicarle el santo nombre de madre? Seamos audaces, señores, seamos incluso temerarios. En este momento tenemos el deber de serlo. No debemos temer a ciertas expresiones ni a ciertas ideas; no imitemos a los mercaderes de Moscú, que temen a las palabras «metal» y «azufre». Demostremos que el progreso de los últimos años ha influido en nosotros y digamos francamente: no basta engendrar para ser padre, hace falta además merecer este nombre. Sin duda, se da otro significado a la palabra padre, ya que se llama así al que ha engendrado hijos, aunque sea un monstruo y un enemigo declarado de ellos. Pero este significado es puramente místico, por decirlo así, choca con la inteligencia y sólo puede admitirse como artículo de fe. Lo mismo ocurre con otras muchas cosas incomprensibles en las que se cree porque la religión lo ordena. Pero en este caso, las cosas no pertenecen al dominio de la vida real. Dentro de este dominio, donde existen no solamente derechos, sino también importantes deberes, si queremos ser humanos, cristianos, tenemos que hacer use exclusivamente de las ideas justificadas por la razón y la experiencia y pasadas por el tamiz del análisis; tenemos, en una palabra, que proceder sensatamente y no de un modo extravagante, como en sueños o delirando, para no perjudicar al prójimo. Entonces obraremos como cristianos y no solamente como místicos, y realizaremos una labor racional y verdaderamente altruista...

En este momento se oyeron aplausos en varios puntos de la sala, pero Fetiukovitch hizo un ademán con el que dio a entender que suplicaba que no lo interrumpieran. Al punto se restableció el silencio y el orador continuó:

‑¿Creen ustedes, señores del jurado, que estas cuestiones pueden pasar inadvertidas a los hijos que llegan a la edad de reflexionar? No, de ningún modo. Y no debemos pedirles que se abstengan de lo que no se pueden abstener. Un padre indigno ‑indignidad que se puede advertir fácilmente si se compara a este padre con los padres de los amigos o los compañeros de colegio‑ inspira al muchacho, aunque no lo quiera, una serie de preguntas dolorosas. A estas preguntas se le responde superficialmente: «Te ha engendrado, llevas su sangre en tus venas. Por lo tanto, debes quererlo.» Cada vez más sorprendido, el muchacho se pregunta a pesar suyo: «¿Acaso me quería cuando me engendró? Entonces no me conocía, ni siquiera sabía cuál era mi sexo. En aquel momento de pasión tal vez estaba enardecido por el alcohol. Y yo he recibido como herencia la inclinación a la bebida: esto es todo lo que le debo. ¿Por qué tengo que amarlo? ¿Sólo porque me ha engendrado y a pesar de que él no me ha querido nunca?» Estas preguntas les parecerán a ustedes despiadadas, crueles, pero no se puede pedir demasiado a una inteligencia que empieza a despertar. Arrojad lo lógico y natural por la puerta, y lo veréis entrar por la ventana. Pero, sobre todo, no temamos al «metal» y al «azufre»; resolvamos esta cuestión de acuerdo con la razón y los sentimientos humanos, y no encerrándonos en ideas místicas. Que el hijo vaya a preguntar seriamente a su padre: «¿Por qué tengo que quererte? Demuéstrame que esto es un deber.» Si este padre es capaz de contestarle y darle la prueba que le pide, nos hallamos en presencia de una familia normal, verdadera, que no descansa solamente en prejuicios místicos, sino también en una base racional y rigurosamente humana. Pero si el padre no demuestra al hijo que debe amarlo, la familia no existe, el padre no es tal padre y el hijo queda en libertad y con derecho a considerar al autor de sus días como un extraño e incluso como un enemigo. ¡Nuestra tribuna, señores del jurado, debe ser la escuela de la verdad y de las ideas sanas!

Una salva de aplausos interrumpió al orador. No eran unánimes, pero no menos de la mitad de la sala aplaudía, y en esta mitad había padres y madres. De las tribunas ocupadas por las damas salieron gritos entusiastas. Incluso se agitaron pañuelos. El presidente hizo sonar la campanilla con todas sus fuerzas. Era evidente su enojo ante el escándalo, pero no se atrevió a cumplir su amenaza de hacer evacuar la sala. Incluso las autoridades y los viejos aplaudieron al orador. De aquí que, una vez calmados los ánimos, el presidente se limitase a repetir la amenaza que no había cumplido. Emocionado y triunfante, Fetiukovitch reanudó su discurso.

‑Recuerden ustedes, señores del jurado, aquella horrible noche de la que tanto se ha hablado aquí, aquella noche en que el hijo saltó la tapia del jardín de su padre y se encontró frente a frente con el enemigo que le había dado la vida. Insisto en que no fue el dinero lo que le atrajo allí; la acusación de robo es absurda por las razones que ya he expuesto. Tampoco era su intención matar. Si hubiera abrigado tal propósito, se habría provisto de una verdadera arma y no de una mano de mortero de la que se apoderó con un movimiento instintivo, sin saber por qué. Admitamos por unos momentos que engañó a su padre llamando con los golpes convenidos y que entró en la casa. Ya he dicho que no creo en esta fantasía, pero supongamos momentáneamente que ocurrió así. En este caso, señores del jurado, estoy completamente seguro de que si el rival de Dmitri Karamazov, en vez de ser su padre, hubiera sido un extraño, el acusado, después de comprobar que su amada no estaba allí, se habría apresurado a marcharse, sin hacer el menor daño o, a lo sumo, después de zarandearlo o golpearlo, ya que lo único que le interesaba era encontrar a Gruchegnka. Pero el rival era su padre, el que lo ha abandonado en su infancia, el monstruo al que considera como su peor enemigo. Al verlo, el odio lo ciega y anula su razón. Todas las ofensas recibidas acuden en tropel a su memoria. Es como un arrebato de locura, pero también un impulso natural, inconsciente, contra la transgresión de las leyes eternas. En este caso no se puede acusar al homicida de ser un verdadero criminal. No, no se le puede acusar. El supuesto asesino se ha limitado a levantar la mano de mortero en un impulso de indignación, de contrariedad, sin el propósito de matar, sin darse cuenta de que puede dar muerte a su enemigo. Si no hubiera tenido en sus manos esa fatídica mano de mortero, es posible que hubiera golpeado a su padre, pero no lo habría matado. Cuando huye, ignora si ha dado muerte al viejo que ha dejado tendido en el suelo. Un crimen así no puede llamarse crimen, no puede llamarse parricidio. La muerte de un padre como Fiodor Pavlovitch sólo pueden calificarla de parricidio aquellas personas a las que ciegan los prejuicios.

»¿Pero se ha cometido realmente este crimen que acabamos de describir, que acabamos de aceptar sin creer en él? Señores del jurado, si condenamos al acusado, él se dirá: «Estas personas no han hecho nada por mí, por educarme, por instruirme, por mejorar mi modo de ser, por hacerme hombre; me han negado su ayuda. Y ahora quieren enviarme a presidio. Estamos, pues, en paz: no debo nada a nadie. Son crueles; también lo seré yo.» Esto es lo que se dirá, señores del jurado. Les aseguro que, si lo declaran culpable, sólo conseguirán descargar su conciencia y procurarle una satisfacción, ya que, lejos de sentir remordimiento, maldecirá a la víctima de su crimen. Con este proceder, haréis imposible la remisión del culpable, que conservará su maldad y su ceguera hasta el fln de sus días. En cambio, si quieren ustedes infligirle el más duro castigo que puedan imaginar y al mismo tiempo regenerarlo para siempre, descarguen sobre él todo el peso de su clemencia. Entonces lo verán estremecerse y le oirán preguntarse: «¿Merezco esta ayuda, esta estimación?» Porque en el alma inculta de ese hombre, señores del jurado, hay un fondo de nobleza. Se inclinará ante vuestra bondad, anhela realizar una gran demostración de afecto. Su corazón se inflamará y su resurrección será definitiva. Hay almas tan mezquinas que acusan a todo el mundo. Pero colmad estas almas de misericordia, demostradles amor, y maldecirán sus obras, pues los gérmenes del bien abundan en ellas. El alma del acusado se abrirá como una flor ante la indulgencia divina, la bondad y la justicia de los hombres. Se sentirá arrepentido y le abrumará la inmensidad de la deuda contraída. Entonces no dirá que no debe nada a nadie, sino que es culpable ante todos y el más indigno de todos. Bañado en lágrimas de ternura, exclamará: «Hay hombres que valen mucho más que yo, pues podían perderme y me han salvado.» Os será fácil ser clementes, ya que, al no tener pruebas decisivas contra él, os resultaría penoso dar un veredicto de culpabilidad. Vale más dejar en libertad a diez culpables que condenar a un inocente. No olvidéis la voz poderosa que resonó el siglo pasado en nuestro país y que engrandeció nuestra historia. ¿Quién soy yo, pobre de mí, para recordaros que la justicia rusa no tiene como único fin castigar, sino también salvar a los seres perdidos? Que los demás pueblos observen la letra de la ley; observemos nosotros su espíritu y su esencia para la regeneración de los caídos. Si procedemos así, Rusia irá hacia adelante. No sintáis temor ante esas troikas desenfrenadas de las que otros pueblos se apartan con aversión. Ahora no se trata de una troika desbocada, sino de un carruaje majestuoso que avanza con solemne impasibilidad hacia su fin. Él destino de mi cliente, y también el del derecho ruso, está en vuestras manos. Para salvar y defender este derecho debéis mostraros a la altura de vuestra misión.


Capítulo XIV: El jurado se mantiene firme
de Fiódor Dostoyevski


Así terminó Fetiukovitch su discurso. El entusiasmo de sus oyentes no tuvo límites. No había que pensar en reprimirlo. Las mujeres lloraban; también derramaban lágrimas algunos hombres, entre ellos los dignatarios. El presidente se resignó y esperó unos momentos para hacer sonar la campanilla. Ante esta actitud, una de las damas comentó:

‑Interrumpir esta explosión de entusiasmo habría sido una profanación.

Incluso el orador estaba sinceramente emocionado.

Entonces se levantó Hipólito Kirillovitch para replicar. Se concentraron en él miradas de odio.

‑¿Cómo se atreve a contestar? ‑murmuraron las damas.

Pero ni estos rumores ni los de todas las damas del mundo, sin excluir a su esposa, habrían podido contener al fiscal. Estaba pálido y temblaba de emoción. Sus primeras palabras fueron incomprensibles. Jadeaba, se le trababa la lengua, no conseguía expresarse con claridad. Pero este segundo discurso fue breve. Me limitaré a citar algunos de sus párrafos.

‑...Se me acusa de que en mi discurso hay mucho de novela; ¿pero acaso no peca de lo mismo el informe del abogado defensor? Sólo le ha faltado hablar en verso. Fiodor Pavlovitch, mientras espera a su amada, rasga el sobre y lo arroja al suelo. La defensa incluso cita las palabras que el viejo pronuncia en este momento. ¿No es esto un poema? ¿Qué prueba hay de que sacó el dinero? ¿Quién oyó lo que dijo? Y ese imbécil de Smerdiakov convertidó en una especie de héroe romántico que odia a la sociedad por su condición de hijo ilegítimo, ¿no es un poema a lo Byron? El caso del hijo que entra en casa de su padre y lo mata sin matarlo, no es ya una novela ni un poema, sino un enigma planteado por una esfinge, que tal vez ni ella misma puede resolver. Si ha matado, ha matado. ¿Se puede admitir que no sea un criminal habiendo cometido un crimen? Después de haber dicho que nuestra tribuna debe ser la escuela de la verdad y de las ideas sanas, la defensa afirma que sólo por prejuicio se puede calificar de parricidio el asesinato de un padre. Si el parricidio es un prejuicio, si cualquier hijo puede preguntar a su padre por qué tiene el deber de quererlo, ¿qué será de la familia y de las bases de la sociedad? El parricida es el «azufre» de los mercaderes moscovitas. La defensa ha desnaturalizado las más nobles tradiciones de la justicia rusa, únicamente para conseguir la absolución de algo que no se puede perdonar. El defensor nos pide que colmemos de clemencia al criminal, pues esto es lo que necesita, y nos asegura que pronto veríamos el buen resultado de este proceder. Sin duda, ha sido muy modesto al contentarse con pedir la absolución del acusado. Podía haber solicitado la creación de un fondo para inmortalizar las hazañas de los parricidas y presentarlas como ejemplo de la juventud actual. El señor Fetiukovitch ha rectificado el Evangelio y la religión. « ¡Todo eso es misticismo! Sólo yo poseo la verdad del cristianismo, de acuerdo con el análisis, la razón y las ideas sanas.» Incluso nos ha presentado una falsa imagen de Cristo. «Te medirán con la misma medida que midas tú. » A esto le llama él proclamar la verdad. Ha leído el Evangelio el día antes de pronunciar su discurso, para exhibir una interpretación original y brillante en el momento en que más efecto ha podido producir. Sin embargo, Cristo nos prohíbe proceder de este modo que induce a la maldad. Lo que nos ordena que hagamos es no devolver mal por mal, sino ofrecer la mejilla y perdonar a los que nos ofenden. Esto es lo que nos enseña Dios y no que sea un prejuicio prohibir a los hijos que maten a sus padres. Guardémonos de corregir desde la tribuna el Evangelio de Dios, al que el señor Fetiukovitch solo llama «el Crucificado que ama a los hombres», enfrentándose con toda la Rusia ortodoxa que, cuando lo invoca, proclama: «¡Tú ere nuestro Dios!»...

En este momento intervino el presidente para rogar al orador que no exagerase, que permaneciera en los justos límites, etc., como todos los presidentes suelen hacer en estos casos. La sala era como un mar tormentoso. El público agitábase y profería exclamaciones de indignación. Fetiukovitch no contestó; se limitó a llevarse las manos ál corazón y a pronunciar en un tono de hombre ofendido algunas palabras llenas de dignidad. De nuevo aludió con ironía a la psicología y a la novela, y halló la oportunidad de lanzar esta pulla: «Júpiter, te has equivocado, puesto que te enojas», lo que hizo reír al público, ya que Hipólito Kirillovitch no tenía la menor semejanza con Júpiter. Como respuesta a la acusación de permitir el parricidio, manifestó dignamente que no quería responder. Respecto a lo de la «falsa imagen de Cristo» y al detalle de que no se había dignado llamarle Dios, sino solamente «el Crucificado que amaba a los hombres, lo que era contrario a la ortodoxia, Fetiukovitch contestó dando a entender que había llegado con la creencia de que en aquella sala estaría a salvo de acusaciones «que eran una amenaza contra un ciudadano recto y leal que...» . Pero el presidente cortó en este punto su réplica y Fetiukovitch se inclinó entre murmullos de aprobación. A juicio de las damas, Hipólito Kirillovitch había sido aplastado.

A continuación se le concedió la palabra a Mitia. Éste se levantó, pero apenas dijo nada. Había llegado al limite de sus fuerzas físicas y morales. La resolución y energía con que había entrado en la sala se habían desvanecido casi por completo. Durante aquella jornada parecía haber pasado una crisis decisiva que le había hecho comprender algo muy importante hasta entonces no comprendido. Habló con voz débil. En sus palabras se percibió la resignación y el abatimiento de la derrota.

‑¿Qué puedo decir, señores del jurado? Se me va a juzgar. Siento sobre mí la mano de Dios. Ha terminado mi vida de desorden. Como si me confesara ante Dios, os digo que no he vertido la sangre de mi padre. No, no fui yo quien lo mató. Yo era un libertino, pero me atraía el bien. Siempre deseé corregirme. He vivido como un animal salvaje. Doy las gracias al señor fiscal. Ha dicho de mí cosas que yo ignoraba; pero se ha equivocado al afirmar que he matado a mi padre. Doy las gracias también a mi defensor; su discurso me ha hecho llorar de emoción. Pero no ha debido admitir, ni siquiera como suposición, que yo haya podido matar a mi padre, porque esto es totalmente falso. No creáis a los médicos: conservo toda mi razón; mi único mal es que estoy agotado. Si me perdonáis, si me devolvéis la libertad, oraré por vosotros y seré un hombre mejor: os doy mi palabra, os lo juro ante Dios. Si me condenáis, yo mismo romperé mi espada y besaré los pedazos. Pero perdonadme, no me privéis de Dios, porque me conozco y sé que acabaré por rebelarme contra mi destino... Estoy aniquilado, señores. ¡Perdónenme!

Se desplomó en su asiento. Su voz se había quebrado; su última frase había sido un murmullo ininteligible. Acto seguido, el tribunal redactó las preguntas para el jurado y pidió las conclusiones a las dos partes. Momentos después, el jurado se dispuso a retirarse para deliberar. El presidente, que estaba extenuado, se limitó a decir: «Sean imparciales, no se dejen influir por la elocuencia de la defensa; pero mediten bien su decisión; no olviden la alta misión que se les ha confiado.»

Se retiró el jurado y se suspendió la vista. Los concurrentes pudieron dar una vuelta por el edificio, cambiar impresiones, restaurar sus fuerzas en el bar. Era ya muy tarde, alrededor de la una de la madrugada, pero nadie se fue. La tensión nerviosa no permitía pensar en el descanso. Todos esperaban el veredicto con la ansiedad de la duda. Sólo las damas estaban seguras del resultado que esperaban con impaciencia febril. «No cabe duda de que lo absolverán», afirmaban. Y se preparaban para el momento emocionante del entusiasmo general. También eran mayoría los hombres que estaban seguros de la absolución. Algunos se mostraban satisfechos, pero otros no disimulaban su contrariedad, prueba evidente de que consideraban culpable al acusado. Fetiukovitch estaba seguro de su éxito. Le rodeaba un grupo de admiradores que lo felicitaban efusivamente.

‑Hay ‑decía el famoso abogado, y sus palabras se divulgaron inmediatamente‑ una serie de hilos invisibles que unen al defensor con los miembros del jurado. Estos enlaces se establecen durante el discurso de la defensa. Sé que existen, porque los he sentido. Pueden estar tranquilos: tenemos ganada la causa.

Un señor grueso y picado de viruelas, de semblante ceñudo, propietario de los alrededores de la ciudad, se acercó a otro grupo y exclamó:

‑Veremos lo que deciden esos palurdos.

‑No todos son palurdos: hay cuatro funcionarios.

‑Sí, cuatro funcionarios ‑dijo un miembro del Zemstvo.

‑Oiga, Prochor Ivanovitch: ¿conoce usted a Nazarev, ese comerciante al que concedieron una medalla? Pues es uno de los miembros del jurado.

‑¿Y qué?

‑Es una de las lumbreras de la corporación.

‑Pero nunca despega los labios.

‑Mejor que mejor. Ningún petersburgués puede darle lecciones. Tiene nada menos que doce hijos.

En otro grupo preguntó uno de nuestros jóvenes funcionarios:

‑¿Creen ustedes posible que no lo absuelvan?

‑Estoy seguro de que lo absolverán ‑dijo otra voz en tono resuelto.

‑¡Sería vergonzoso que no lo absolvieran! ‑exclamó el funcionario‑. Aun admitiendo que haya cometido el homicidio, hay que tener en cuenta cómo era el padre al que dio muerte. Además, estaba enajenado. Pudo darle un golpe, uno solo, con la mano de mortero, y ser esto suficiente para que la víctima se desplomara... Creo que ha sido un error mezclar a Smerdiakov en el asunto. Ha sido una nota grotesca. Si yo hubiera estado en lugar del defensor, habría dicho simplemente: «Ha matado a su padre, ¡pero está libre de culpa, caramba! »

‑Pues eso ha hecho. La única diferencia es que no ha dicho «caramba».

‑No lo ha dicho, pero le ha faltado muy poco ‑intervino un tercero.

‑Oigan, señores; en la cuaresma se absolvió a una actriz que le había cortado el cuello a la mujer de su amante.

‑Sí, pero no se lo cortó del todo.

‑Eso es igual; el caso es que había empezado.

‑Lo que ha dicho de los hijos ha sido admirable.

‑Desde luego.

‑¿Y qué les ha parecido lo del misticismo?

‑Dejen en paz al misticismo ‑dijo otra vez‑ y piensen en lo que le espera a Hipólito Kirillovitch. Su esposa se va a vengar de lo que le ha hecho a Mitia.

‑¿Pero está aquí su mujer?

‑Por lo menos estaba. Ella es la que manda en la casa. ¡Y tiene un genio!

En otro grupo se comentaba:

‑Tal vez lo absuelvan.

‑Tal vez. Y mañana arrasará «La Capital» y cogerá una borrachera que le durará diez días.

‑Es un verdadero demonio.

‑Ya que nombra usted al demonio, observen que no hemos podido pasar sin él. En verdad, su presencia aquí está muy indicada.

‑Señores, la elocuencia es algo hermoso. Pero no se puede romperle la cabeza a un padre impunemente. ¿Adónde iríamos a parar?

‑El carruaje, ¿recuerdan ustedes?

‑Sí, ha hecho un carruaje de un carretón.

‑Mañana volverá a ser carretón el carruaje, si así lo exigen las circunstancias.

‑La gente se va volviendo desconfiada. ¿Es que ya no existe la verdad en Rusia?

Pero en esto se oyó la campanilla. El jurado había estado deliberando una hora exactamente. El público volvió a ocupar sus puestos y en la sala se hizo un silencio absoluto. Siempre recordaré la aparición del jurado. No citaré todas las preguntas, porque algunas se me han ido de la memoria. Lo que recuerdo perfectamente es la respuesta a la primera, que era la principal, pero cuyo texto exacto he olvidado también. La pregunta venía a ser: «¿Ha matado el acusado para robar y ha obrado con premeditación?» A lo que el funcionario que era presidente y el miembro más joven del jurado respondió con voz clara, en medio de un silencio de muerte:

‑Sí.

Y la misma respuesta se dio a todas las preguntas, sin la menor atenuante.

Nadie esperaba tanto rigor; todos contaban con que el jurado mostraría por lo menos cierta indulgencia.

Continuaba el silencio. El auditorio, tanto los partidarios de la condena como los de la absolución, estaban petrificados. Pero esta calma sólo duró unos minutos. Después se desencadenó un espantoso tumulto. Entre los hombres, algunos estaban tan satisfechos, que incluso se frotaban las manos. Los disconformes daban muestras de abatimiento; se encogían de hombros y murmuraban sin darse cuenta de lo que decían. La conducta de las damas fue muy diferente: creí que se iban a amotinar. Primero se quedaron perplejas, sin dar crédito a sus oídos. Luego, de pronto, empezaron a proferir exclamaciones. «¿Es posible?» « ¡Esto es inaudito!» Se levantaban a iban de un lado a otro. Sin duda, creían que se podía rectificar, empezar de nuevo. En este momento Mitia se puso en pie y exclamó con voz desgarrada y tendiendo los brazos hacia delante:

‑¡Juro ante Dios y en espera del Juicio Final, que no he matado a mi padre! ¡Katia, te perdono! ¡Hermanos, amigos, absolved a la otra!

No pudo continuar: se lo impidieron los sollozos. Su voz había cambiado; se diría que era la de otra persona; tenía un sonido extraño, venido de Dios sabía dónde. En las tribunas, en uno de los rincones más invisibles, resonó un grito agudo. El grito era de Gruchegnka. Había suplicado que la dejaran pasar y había entrado en la sala momentos antes de que la defensa empezara su informe.

Se llevaron a Mitia. La sentencia se dejó para el día siguiente. Los que tenían asiento se pusieron en pie. Todos murmuraban, pero yo ya no prestaba atención. Sólo recuerdo algunos comentarios que se hicieron en el pórtico.

‑Lo condenarán lo menos a veinte años de trabajos forzados en las minas.

‑Eso como mínimo.

‑Los palurdos del jurado se han mantenido firmes.

‑Y han ajustado las cuentas a Mitia.

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