Los hermanos Karamazov: Epílogo: Capítulo II

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Epílogo
Capítulo II: Mentiras sinceras
de Fiódor Dostoyevski


Aliocha se dirigió a toda prisa al hospital donde estaba Mitia. Dos días después de celebrarse el juicio se había puesto enfermo y lo habían llevado al departamento de detenidos del hospital. El doctor Varvinski, a ruegos de Aliocha, de la señora Khokhlakov, de Lise y de otras personas, había hecho trasladar al enfermo a una habitación independiente, la misma que había ocupado Smerdiakov hacia poco. En el fondo del corredor había un centinela y la ventana estaba obstruida por barrotes de hierro. Por lo tanto, Varvinski no tenía nada que temer de las posibles consecuencias de su acto de protección un tanto ilegal. Era un hombre de buenos sentimientos que comprendía lo duro que habría sido para Dmitri entrar sin transición en el mundo de la delincuencia, y decidió habituarlo gradualmente. Aunque las visitas estaban autorizadas bajo mano por el doctor, el guardián a incluso el ispravnik, sólo Aliocha y Gruchegnka iban a ver a Mitia. Rakitine había intentado visitarlo dos veces, pero el enfermo había suplicado a Varvinski que no le permitieran entrar.

Aliocha encontró a su hermano sentado en la cama, envuelto en una bata y llevando en la cabeza, a modo de turbante, una toalla empapada de agua y vinagre. El enfermo tenía un poco de fiebre. Dirigió a Aliocha una vaga mirada en la que se percibía cierta inquietud.

Desde que lo habían condenado, Mitia estaba casi siempre pensativo. A veces, cuando conversaba con Aliocha, estaba un rato sin decir palabra. Sus meditaciones eran tan dolorosas y profundas, que incluso se olvidaba de su interlocutor. Y cuando salía de su abstracción, su vuelta a la realidad era tan repentina, tan imprevista para él, que empezaba a hablar de cosas que no tenían ninguna relación con el tema del diálogo. A veces miraba a su hermano como si lo compadeciera, y parecía estar menos a sus anchas con él que con Gruchegnka. No se mostraba muy hablador con ella, pero, apenas la vela entrar, su semblante se iluminaba.

Aliocha se sentó a su lado en silencio. Dmitri lo había esperado con impaciencia, pero no se atrevió a preguntarle sobre lo que tanto deseaba saber. Le parecía imposible que Katia hubiera aceptado su petición de que fuera a verle. Sin embargo, estaba seguro de que su dolor sería intolerable si se negaba a visitarlo. Aliocha adivinaba los sentimientos que agitaban el alma de su hermano.

‑Trifón Borysitch ‑dijo febrilmente Mitia‑ casi ha echado abajo su fonda. Ha levantado todas las tablas del entarimado y ha destruido enteramente la galería, con la esperanza de encontrar el tesoro, esos mil quinientos rublos que el fiscal cree que escondí allí. Apenas regresó a Mokroie empezó a trabajar. No se merece nada mejor ese granuja. Todo esto me lo contó ayer un guardián que vive en Mokroie.

‑Oye ‑dijo Aliocha‑, Katia vendrá, pero no sé cuándo. Lo mismo puede venir hoy, que mañana, que dentro de unos días, pero vendrá, estoy seguro.

Mitia se estremeció. Estuvo a punto de contestar, pero se contuvo. La noticia lo había trastornado. Era evidente que, aunque deseaba conocer los detalles de la conversación de su hermano con Katia, no se atrevía a hacer preguntas. En aquel momento, una palabra cruel o desdeñosa de Katia habría sido para él como una puñalada.

‑Entre otras cosas, me ha dicho que tranquilizara tu conciencia respecto a la evasión. Si Iván sigue enfermo, ella se encargará de todo.

‑Eso ya me lo habías dicho ‑observó Mitia.

‑¿Se lo has contado a Gruchegnka?

‑Sí ‑repuso Dmitri, mirando tímidamente a su hermano‑. Gruchegnka no vendrá hasta el atardecer. Cuando le hablé de la ayuda de Katia, estuvo un momento callada, con los labios apretados. Después exclamó: «¡Está bien!» Sin duda comprendió la importancia del asunto. Yo no me atreví a hacerle ninguna pregunta. Creo que está ya convencida de que Katia no me quiere a mí, sino a Iván.

‑¿Tú crees?

‑Tal vez me equivoque. Pero lo cierto es que Gruchegnka no vendrá esta mañana. Le he hecho un encargo... Oye, Aliocha: Iván es un hombre de inteligencia superior. Merece la vida más que nosotros. Estoy seguro de que se curará.

‑Katia no duda tampoco de que Iván sanará. Sin embargo, llora.

‑Entonces es que cree que morirá. Su convicción de que se curará es hija de su propio terror.

‑Iván es fuerte. Yo también tengo esperanzas ‑dijo Aliocha.

‑Aunque así sea, Katia está convencida de que morirá. Debe de sufrir mucho.

Hubo unos segundos de silencio. Era evidente que alguna grave preocupación atormentaba a Mitia.

‑Aliocha ‑dijo de pronto Dmitri con voz temblorosa a impregnada de lágrimas‑, quiero con delirio a Gruchegnka.

‑Por eso debes pensar que no le permitirán que te acompañe al presidio.

‑Tengo que decirte algo más ‑continuó Mitia con voz enérgica‑. Si me azotan por el camino o en el penal, no lo podré sufrir. Mataré y me fusilarán. Además, estoy condenado a ¡veinte años! Los guardianes de aquí ya me tutean. Toda la noche he estado pensando en esto, y me he dado cuenta de que no lo puedo soportar. Es superior a mis fuerzas. Yo que pretendía cantar un himno, no puedo sufrir que los guardianes me tuteen. Por amor a Gruchegnka. habría podido soportarlo todo..., menos los azotes...; pero como no le permitirán venir conmigo...

Aliocha tuvo una de sus bondadosas sonrisas.

‑Escucha, Mitia. Te voy a dar mi opinión sobre este asunto. Ya sabes que yo no miento nunca. Tú no estás preparado para llevar esa cruz: es demasiado pesada para ti. Además, no hay razón ninguna para que sufras semejante castigo. Si hubieras matado a tu padre, yo sería el primero en lamentar que eludieras la expiación. Pero eres inocente, y la cruz demasiado pesada para un hombre como tú. Querías sufrir para redimirte. Pues bien, ten siempre presente este deseo de regeneración, y eso bastará. El hecho de que hayas eludido la terrible prueba avivará en ti este afán, y este sentimiento contribuirá más a tu regeneración que si fueras a presidio. No, no soportarías los sufrimientos del penal. Protestarías y acabarías por decir a gritos que tienes derecho a ser libre. Tu defensor ha dicho la verdad cuando ha hablado de esto. No todos son capaces de soportar pesadas cargas: algunos sucumben... Querías conocer mi opinión; ya sabes cuál es. Si tu huida hubiera de costar cara a algunos oficiales y soldados del convoy, «no lo permitiría» ‑Aliocha sonrió de nuevo‑ que te escaparas. Pero el mismo jefe de la etapa ha dicho que si se hacen bien las cosas no habrá sanciones graves y que todos saldrán bien librados. Cierto que es una falta corromper las conciencias, incluso en un caso como éste, pero me guardaré mucho de juzgarte, pues si Iván y Katia me hubieran confiado un papel en este asunto, no habría vacilado en hacer use de la corrupción: te lo confieso porque quiero decirte toda la verdad. De modo que no soy quién para juzgar tu manera de proceder. Pero quiero que sepas que no te condenaré jamás. Además, ¿cómo puedo ser tu juez en este asunto? En fin, creo que ya he examinado todos los puntos de la cuestión.

‑Tú no me condenarás ‑exclamó Mitia‑, pero me condenaré yo mismo. Huiré; esto es cosa decidida. ¿Acaso Mitia Karamazov puede obrar de otro modo? Pero me condenaré y pasaré el resto de mi vida expiando esta falta... Creo que estamos hablando como hablan los jesuitas.

‑Exacto ‑dijo alegremente Aliocha.

‑Te quiero porque me dices siempre la verdad sin ocultarme nada ‑exclamó Mitia, radiante‑. Así, pues, he sorprendido a mi hermano Aliocha en flagrante delito de jesuitismo. ¡Me dan ganas de abrazarte! En fin, ‑sigue escuchándome: quiero terminar de explayarmee. Te voy a explicar todo lo que tengo planeado. Si consigo huir con dinero y pasaporte a América, me consolará la idea de que no obro para conseguir la felicidad, sino para vivir tal vez peor que en el presidio. Te aseguro, Alexei, que estoy convencido de ello. ¡Odio a esa América del diablo! Cierto que Gruchegnka me acompañará; pero mírala bien y dime si tiene aspecto de americana. Es rusa, rusa hasta la médula de los huesos; sentirá la nostalgia de su país, y yo la veré sufrir continuamente por mi culpa; la veré cargada con una cruz que no merece. Tampoco yo podré soportar a aquella gente, aunque todos valgan más que yo. Detesto a los americanos. Podrán ser grandes técnicos y todo lo que se quiera, pero no son los míos. Quiero a mi patria, Alexei; aunque soy un bribón, quiero al Dios ruso. ¡No podré soportar aquella vida!

La voz le temblaba y sus ojos empezaron de pronto a relampaguear. Cuando se hubo calmado, continuó:

‑Bueno, Alexei; verás lo que tengo planeado. Tan pronto como llegue allí con Gruchegnka, los dos nos dedicaremos a trabajar la tierra en algún lugar solitario y lejano, entre animales salvajes. También allí hay rincones perdidos. Dicen que aún quedan pieles rojas. Bien, pues a esta región iremos; viviremos con los últimos mohicanos. Inmediatamente empezaremos a estudiar gramática inglesa, y al cabo de tres años conoceremos el inglés a fondo. Entonces diremos adiós a América y volveremos a Rusia como ciudadanos norteamericanos. No temas, que no vendremos a esta pequeña ciudad; nos ocultaremos en algún lugar del norte o del sur. Yo habré cambiado y ella también. Me compraré una barba postiza antes de salir de América, o me saltaré un ojo, o me dejaré crecer mi propia barba, que será gris, porque los sufrimientos hacen envejecer de prisa. De modo que no será fácil que nadie me reconozca. Y si me reconocen, ¡qué le vamos a hacer! Me deportarán y aceptaré mi destino... También aquí, en Rusia, trabajaremos la tierra en un rincón perdido, y yo me haré pasar por norteamericano. Así podremos morir en nuestra patria. Ésta es mi decisión irrevocable. ¿La apruebas?

‑Si ‑repuso Aliocha, que no quería llevarle la contraria.

Mitia permaneció un instante en silencio. De pronto exclamó:

‑¡Buena me la han hecho en la audiencia! Los prejuicios los han cegado.

Aliocha lanzó un suspiro.

‑Aunque no hubiera sido así, lo habrían condenado.

‑Sí, están hartos de mi ‑se lamentó Mitia‑. Que Dios los perdone. Pero esto es muy duro.

Nuevo silencio.

‑Aliocha, dime la verdad, por amarga que sea. ¿Vendrá Katia o no vendrá? ¡Habla! ¿Qué lo ha dicho?

‑Me ha prometido venir, pero no sé si vendrá hoy. Es un paso violento para ella.

Aliocha miraba tímidamente a su hermano.

‑Ya lo sé, Aliocha, ya lo sé. Me voy a volver loco. Gruchegnka no cesa de observarme. Advierte mi inquietud. ¡Dios mío, tranquilízame! ¿Acaso sé lo que deseo? Quiero ver a Katia, pero ¿para qué? ¡Es el ímpetu de los Karamazov! No, no puedo soportar el sufrimiento. ¡Soy un miserable!

‑¡Ahí viene! ‑exclamó Aliocha.

Katia apareció en el umbral. Se detuvo un instante y fijó en Mitia una mirada indefinible. Dmitri se levantó inmediatamente. Estaba pálido y en su semblante había una expresión de terror. Pero pronto se dibujó en sus labios una sonrisa tímida y suplicante, y de súbito, con un impulso irresistible, tendió los brazos a Katia. Ella corrió hacia él, le cogió de las manos, lo obligó a volverse a sentar en la cama y se sentó junto a él, sin soltarle las manos y apretándolas convulsivamente. Los dos intentaron varias veces hablar, pero no dijeron nada: se quedaron mirándose en silencio, con una extraña sonrisa. Así pasaron dos minutos.

‑¿Me has perdonado? ‑preguntó al fin Mitia. Y volviéndose hacia Aliocha, le gritó triunfalmente‑: ¿Has oído lo que le he preguntado? ¿Has oído?

‑Te quiero ‑dijo Katia‑ por la generosidad de tu corazón. Ni tú necesitas que yo te perdone, ni yo necesito que me perdones tú. Me perdones o no, nuestro mutuo recuerdo será una llaga en nuestras almas. Así debe ser.

Se detuvo. Le faltaba la respiración. De pronto prosiguió, vehemente y exaltada:

‑¿Sabes para qué he venido? Para besarte los pies, para estrujarte las manos hasta hacerte daño. Como en Moscú, ¿te acuerdas? He venido a decirte una vez más que eres mi dios, mi alegría, que te amo locamente...

Dijo esto último en un sollozo. Aplicó ávidamente sus labios a la mano de Mitia y sus lágrimas fluyeron. Aliocha guardó silencio, desconcertado: no esperaba esta escena.

‑Nuestro amor se ha desvanecido, Mitia ‑continuó Katia‑; pero amo con dolor nuestro pasado. No olvides esto.

Sonrió extrañamente, miró a Mitia con un fulgor de alegría en los ojos y continuó:

‑Imaginémonos por un instante que es verdad lo que, aunque no lo sea, habría podido serlo. Ahora nuestro amor va hacia otros. Sin embargo, lo seguiré amando siempre y tú me seguirás amando a mí. ¿Lo sabías? Óyelo bien: ¡quiéreme siempre!

En su voz trémula había un algo de amenaza.

‑Sí, Katia ‑balbució Mitia penosamente, y añadió, deteniéndose después de pronunciar cada palabra‑. Te querré siempre... Hace cinco días..., aquella tarde en que caíste desvanecida en la audiencia... y se lo llevaron..., lo quería... Y así será siempre... Toda la vida lo querré.

Así era su diálogo. Cambiaban palabras absurdas, exaltadas, incluso mentían; pero eran sinceros y se creían el uno al otro sin reservas.

‑Oye, Katia ‑exclamó Mitia de pronto‑. ¿Crees que soy un asesino? No, ahora no lo crees, lo sé; pero ¿lo creías entonces, cuando lo dijiste ante el tribunal?

‑No, nunca lo creí. Entonces te detestaba y conseguí convencerme momentáneamente de que eras culpable. Pero, apenas hube dicho al tribunal mi última palabra, dejé de creer en tu culpa.

Hizo una pausa y, de pronto, dijo en un tono que no tenía la menor semejanza con el acento cariñoso empleado hasta entonces:

‑Me olvidaba de que he venido aquí para excusarme dignamente.

‑Yo veo lo duro que es esto para ti.

‑¡Basta ya! ‑exclamó Katia‑. Volveré. Ahora no puedo más.

Se había puesto en pie. De pronto lanzó un grito y dio un paso atrás. Repentinamente, sin producir el menor ruido, cuando nadie la esperaba, Gruchegnka había entrado en la habitación. Katia corrió hacia la puerta, pero se detuvo ante la recién llegada y, pálida como la cera, musitó:

‑¡Perdóneme!

Gruchegnka la miró a los ojos, guardó silencio un instante y exclamó con voz impregnada de amargura y de odio:

‑Las dos somos malas. No nos podemos perdonar la una a la otra. Sin embargo, si lo salva, toda la vida oraré por usted.

‑¿Cómo puedes negarte a perdonarla? ‑le reprochó Mitia vivamente.

‑Tranquilícese: lo salvaré ‑dijo Katia. Y se marchó.

‑¡Te ha pedido perdón y se lo has negado! ‑exclamó Mitia amargamente.

Aliocha se apresuró a intervenir.

‑No puedes reprocharle nada, Mitia: no tienes ningún derecho.

‑Es su orgullo y no su corazón el que habla ‑dijo Gruchegnka, despechada‑. Que lo salve y se lo perdonaré todo.

Calló. Aún no se había repuesto de su sorpresa. Se había presentado casualmente, sin sospechar, ni mucho menos, que pudiera encontrarse con Katia.

‑¡Corre tras ella, Aliocha! ‑dijo Mitia‑. Dile lo que te parezca, pero no la dejes marcharse así.

‑¡Volveré esta tarde! ‑gritó Aliocha, echando a correr para que Katia no se le escapase.

La alcanzó fuera del recinto del hospital. Katia tenía prisa. Dijo precipitadamente:

‑No, no puedo humillarme ante esa mujer. Le he pedido perdón, porque quería apurar el cáliz. Ella me lo ha negado. Se lo agradezco.

Hablaba con voz anhelante y en sus ojos brillaba un odio feroz.

‑Mi hermano ‑balbuceó Aliocha‑ no esperaba que se encontrasen ustedes. Estaba seguro de que esa joven no vendría esta mañana.

‑Lo creo... Pero dejemos eso ‑dijo resueltamente‑. Oiga: no puedo ir con usted al entierro. He enviado flores a la familia. Aún deben de tener dinero. Dígales que no los abandonaré nunca. Ahora le ruego que me deje. Se le va a hacer tarde. Ya suenan las campanas para la misa. Por favor, váyase.

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