Los hermanos Karamazov: Segunda Parte: Libro IV

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Segunda Parte (Libro IV)
Capítulo I: El padre Theraponte
de Fiódor Dostoyevski


Aliocha se despertó antes del alba. El starets ya no dormía y se sentía muy débil. Sin embargo, quiso levantarse y sentarse en un sillón. Conservaba la lucidez. Su rostro, aunque consumido, reflejaba un gozo sereno; su mirada alegre, bondadosa, atraía.

‑Tal vez no vea el final de hoy.

Quiso confesarse y comulgar en seguida. Su confesor habitual era el padre Paisius. Después le administraron la extremaunción. Acudieron los religiosos. La celda se fue llenando poco a poco. Había amanecido. Después del oficio, el starets quiso despedirse de todos y a todos los abrazó. Como la celda era tan poco espaciosa, los que llegaban primero tenían que salir para que pudieran entrar los otros. El starets volvió a sentarse y Aliocha permaneció a su lado. Hablaba a instruía en la medida que le permitían sus fuerzas. Su voz, aunque débil, era todavía muy clara.

‑Después de instruiros con mis palabras durante años, esto se ha convertido en mí en una costumbre tan inveterada, que, a pesar de lo débil que estoy, mis queridos padres, callar sería para mi más penoso que hablaros.

Así bromeaba el starets, mirando con ternura a los que se apiñaban en torno de él. Aliocha se acordó en seguida de algunas de sus palabras. Aunque la voz del padre Zósimo conservaba la claridad y cierta firmeza, su discurso resultó bastante deshilvanado. Habló mucho, como si en aquellos últimos momentos quisiera manifestar todo lo que no había podido decir durante su vida. Su propósito era no sólo instruir, sino compartir con todos su alegría y las delicias de su éxtasis, y expansionar por última vez su corazón.

‑Amaos los unos a los otros, padres míos ‑decía (según los recuerdos de Aliocha)‑. Amad al pueblo cristiano. Nosotros no somos más santos que los laicos por el mero hecho de haber venido a encerrarnos entre estos muros; al contrario, todos los que están aquí demuestran, por el mero hecho de su presencia, y así deben reconocerlo, que son peores que los demás hombres... Y cuanto más viva el religioso en su retiro, más claramente habrá de ver esta verdad. De otro modo, no valdría la pena que hubiera venido aquí. Cuando comprenda que no sólo es peor que todos los laicos, sino culpable de todo y hacia todos, culpable de todos los pecados colectivos a individuales, cuando esto suceda, y solamente cuando suceda, habremos conseguido la finalidad de nuestra unión. Pues han de saber, padres míos, que nosotros, seguramente, somos culpables aquí abajo de todo y hacia todos, no solamente a través de la falta colectiva de la humanidad, sino también de las faltas de cada hombre frente a todos sus semejantes. Este conocimiento de nuestra culpa es la coronación de la carrera religiosa, como es, por lo demás, la de todas las carreras humanas. Pues el religioso no es un ser aparte, sino la imagen de lo que deberían ser todos los hombres. Sólo cuando tengáis conciencia de ello, vuestro corazón se sentirá penetrado de un amor infinito, universal, insaciable. Entonces cada uno de vosotros será capaz de conquistar el mundo entero con su amor y de borrar los pecados con sus lágrimas. Que cada cual penetre en sí mismo y se confiese incansablemente. No temáis por vuestro pecado, por convencidos que estéis de él, con tal que os arrepintáis..., pero no pongáis condiciones a Dios. Os digo una vez más que no os enorgullezcáis ante los pequeños ni ante los grandes. No odiéis a los que os rechazan y os deshonran, os insultan y os calumnian. No odiéis a los ateos, a los maestros del mal, a los materialistas; no odiéis ni a los peores de ellos, pues muchos son buenos, sobre todo en vuestra época. Acordaos de ellos en vuestras oraciones: Decid: «Salva, Señor, a esos por los que nadie ruega; salva a esos que no quieren rogar por Ti.» Y añadid: «No te dirijo este ruego por orgullo, Señor, pues yo soy tan vil como todos ellos...» Amad al pueblo cristiano, no abandonéis vuestro rebaño a gentes extrañas, pues si os adormecéis en vuestros afanes, de todas partes vendrán a robar vuestro ganado. No os canséis de explicar al pueblo el Evangelio. No os entreguéis a la avaricia. No os dejéis seducir por el oro y la plata. Tened fe, mantened en alto y con mano firme vuestro estandarte...

El starets no se expresó exactamente así, sino de un modo más confuso. La exposición anterior se basa en las notas que Aliocha tomó acto seguido. A veces, el padre Zósimo se detenía como para tomar fuerzas. Jadeaba y permanecía en una especie de éxtasis. Todos le escuchaban con afecto, aunque a algunos les sorprendieran sus palabras y les parecieran oscuras. Después, todos las recordaron.

Aliocha dejó la celda por un momento y quedó sorprendido ante la agitación general, ante la actitud de espera de toda la comunidad hacinada en la celda del starets y en torno de ella. Esta espera era en algunos ansiosa y en otros grave y serena. Todos daban por seguro que se produciría algún prodigio inmediatamente después de la muerte del starets. Aunque esta creencia tenía un algo de frivolidad, incluso los monjes más severos participaban en ella. El semblante más grave era el del padre Paisius.

Aliocha había salido de la celda porque un monje le dijo de parte de Rakitine que éste le traía una carta de la señora de Khokhlakov. En ella la dama daba una noticia que llegaba con gran oportunidad. El día anterior, entre las mujeres del pueblo que habían acudido a rendir homenaje al starets y recibir su bendición, figuraba una viejecita de la localidad, Prokhorovna, viuda de un suboficial, que había preguntado al starets si se podía incluir en los rezos por los difuntos a su hijo Vasili, que se había trasladado a Siberia, a Irkutsk, por asuntos del servicio, y del que no tenía noticias desde hacía un año. El starets se lo había prohibido severamente, diciéndole que semejante proceder sería poco menos que un acto de brujería. Pero, indulgente ante la ignorancia de la pobre vieja, había añadido unas palabras de consuelo «como si leyera en el libro del porvenir» ‑así se expresaba la señora de Khokhlakov‑. El starets había dicho a la viejecita que su hijo vivía, que no tardaría en llegar o en escribirle, y que ella, por lo tanto, no tenía más que esperarle en su casa. «Y la profecía se ha cumplido al pie de la letra», añadía en su carta, entusiasmada, la señora de Khokhlakov. Apenas entró en su casa la buena mujer, se le entregó una carta que se había recibido de Siberia. Y en esta carta, escrita desde Iekaterinburg, Vasili decía que iba a regresar a Rusia en compañía de un funcionario, y que, transcurridas dos o tres semanas, podría abrazar a su madre.

La señora de Khokhlakov rogaba encarecidamente a Aliocha que comunicara « el nuevo milagro de la predicción» al padre abad y a toda la comunidad. «Deben saberlo todos», decía al final de la carta, escrita rápidamente y en la que la emoción se reflejaba en todas las líneas. Pero Aliocha no tuvo nada que comunicar a la comunidad, porque todos estaban ya al corriente de lo ocurrido. Rakitine, al enviar el recado a Aliocha, había dicho al mismo monje que se lo llevaba, que comunicara respetuosamente al reverendo padre Paisius que tenía que informarle sin pérdida de tiempo de un asunto importantísimo, y que le rogaba humildemente que perdonase su atrevimiento. Como el monje emisario había empezado por transmitir al padre Paisius la petición de Rakitine, Aliocha, una vez leída la carta, tuvo que limitarse a presentarla al padre como prueba documental. Este hombre rudo y desconfiado, al leer con las cejas fruncidas la noticia del «milagro», no pudo disimular su profunda emoción. Sus ojos brillaron y en sus labios apareció una sonrisa grave, penetrante.

‑Y no será esto lo único que veremos ‑dijo sin poder contenerse.

‑No, no será lo único ‑convinieron los monjes.

Entonces el padre Paisius frunció de nuevo las cejas y rogó a los religiosos que no hablaran del asunto a nadie hasta que obtuvieran la confirmación, pues las noticias del mundo pecaban siempre de ligereza, y el hecho podía haberse producido naturalmente. Así habló, como para descargar su conciencia, pero sin que él mismo creyese en su reserva, cosa que observaron sus oyentes.

Entre tanto, la noticia del «milagro» había corrido por todo el monasterio, a incluso llegó a oídos de algunos laicos que habían acudido a la misa. El más impresionado parecía aquel monje que había llegado el día anterior de San Silvestre, pequeño monasterio situado en el lejano norte, en las proximidades de Obdorsk; que había rendido homenaje al starets al lado de la señora Khokhlakov, y que había preguntado al padre Zósimo mientras le dirigía una mirada penetrante y señalaba a la hija de la dama:

‑¿Cómo puede usted hacer estas cosas?

No sabía qué creer, estaba perplejo. La tarde anterior había visitado al padre Theraponte en su celda privada, que se hallaba detrás del colmenar, y esta visita le había producido enorme impresión. El padre Theraponte era aquel viejo monje, silencioso y gran ayunador, que ya hemos citado como adversario del starets Zósimo y especialmente del staretismo, al que consideraba como una novedad nociva. Aunque no hablaba casi con nadie, era un adversario temible por la sincera simpatía que le testimoniaban casi todos los religiosos. También entre los laicos había muchos que le veneraban, viendo en él un hombre justo y un asceta, aunque lo tenían por loco. Y es que su locura cautivaba. El padre Theraponte no iba nunca a las habitaciones del starets Zósimo. Aunque habitaba en el recinto de la ermita, no se le imponían rigurosamente las reglas del monasterio, en atención a su simplicidad. Tenía setenta y cinco años, o tal vez más, y vivía a espaldas del colmenar, en un rincón que formaban los muros. Había allí un pabellón de madera que se caía de viejo. Se había construido hacia muchos años, en el siglo pasado, para otro gran ayunador y taciturno, el padre Jonás, que había vivido ciento cinco años y cuyas proezas se referían aún en el monasterio y sus alrededores. El padre Theraponte había conseguido que se le permitiera instalarse en esta casucha aislada, que parecía una capilla por la gran cantidad de imágenes que había en ella, acompañadas de lámparas que ardían continuamente. Estas imágenes eran donaciones recibidas por el monasterio, y el padre Theraponte estaba encargado de su vigilancia. Su único alimento eran dos libras de pan cada tres días, cantidad que nunca rebasaba. El pan se lo traía el guardián del colmenar, con quien casi nunca cruzaba una palabra. El padre abad le enviaba regularmente el alimento para toda la semana: cuatro libras de pan, más el pan bendito de los domingos. Todos los días se renovaba el agua de su cántaro. Asistía raras veces al oficio. Sus admiradores le habían visto en más de una ocasión pasar un día entero de rodillas, orando y sin mirar en torno de él. Si hablaba con ellos, se mostraba reticente, lacónico, extraño y muchas veces grosero. En algunos casos, muy poco frecuentes, se dignaba responder a sus visitantes, pero generalmente se limitaba a pronunciar una o dos palabras incomprensibles, que despertaban la curiosidad de sus interlocutores y que no explicaba nunca, por mucho que se le rogase. Jamás había sido ordenado sacerdote. Según un rumor extraño que circulaba, bien es verdad que entre las gentes más ignorantes, el padre Theraponte estaba en relación con los espíritus celestes y sólo con ellos hablaba, lo que explicaba su silencio ante los demás.

El monje de Obdorsk entró en el colmenar con el permiso del guardián, que también era un religioso lúgubre y taciturno, y se dirigió a la casucha del padre Theraponte.

El guardián le previno:

‑Tal vez consigas que hable contigo, ya que eres forastero, pero también puede ser que no logres arrancarle una palabra.

El monje forastero se acercó, como confesó después, francamente atemorizado. Era ya tarde. El padre Theraponte estaba sentado en un banco que había a la puerta del pabellón. Un olmo viejo y enorme movía suavemente sus ramas sobre la cabeza del anciano. Se notaba el fresco del atardecer. El visitante se arrodilló ante su colega y le pidió su bendición.

‑Levántate ‑dijo el padre Theraponte‑ si no quieres que me arrodille yo también ante ti.

El monje se levantó.

‑Siéntate aquí, hermano que recibes y las bendiciones. ¿De dónde vienes?

Lo que más sorprendió al forastero fue que el padre Theraponte, pese a su avanzada edad y a sus prolongados ayunos, tenía el aspecto de un viejo vigoroso de aventajada estatura y de complexión atlética. Su rostro, aunque demacrado, se conservaba fresco; tenía la barba y el cabello frondosos y todavía negros en algunos puntos; sus ojos eran grandes, salientes, de un azul luminoso. Hablaba acentuando con fuerza la letra «o». Su indumentaria consistía en un blusón rojizo de burdo paño, semejante al de los presos, con un trozo de cuerda a guisa de cinturón. Llevaba el cuello y el escote desnudos. Bajo el blusón se veía una camisa gruesa, casi negra, que no se había quitado desde hacia meses. Se decía que llevaba sobre su cuerpo treinta libras de cadenas. Calzaba unos zapatos destrozados.

‑Vengo de San Silvestre, el pequeño monasterio de Obdorsk ‑repuso humildemente el visitante observando al asceta con sus ojos vivos y llenos de curiosidad, aunque algo inquieto.

‑Conozco tu monasterio; he vivido en él. ¿Cómo os van las cosas?

El visitante se turbó.

‑Sois gente sobria ‑dijo el padre Theraponte‑. ¿Qué ayuno observáis?

‑Nuestra alimentación se ajusta a las antiguas costumbres ascéticas. Durante la cuaresma no tomamos ningún alimento los lunes, miércoles y viernes. Los martes y los jueves comemos pan blanco, una tisana con miel, moras silvestres, coles saladas y harina de avena. Los sábados, sopa de coles, fideos con guisantes y alforfón con aceite de cañamones. El domingo se añade a esto sopa de pescado seco y alforfón. Durante la Semana Santa, desde el lunes hasta el sábado, solamente pan, agua y una cantidad moderada de legumbres sin cocer. Entonces no comemos aún todos los días, sino que seguimos las normas de la primera semana. El Viernes Santo, ayuno completo; el sábado, ayuno hasta las tres, hora en que se puede comer un poco de pan y beber agua y un vasito de vino. El Jueves Santo tomamos alimentos cocidos sin manteca, bebemos vino y observamos la verofagia. El concilio de Laodicea nos dice respecto al Jueves Santo: « No conviene interrumpir el ayuno el jueves de la última semana, con lo que se deshonra toda la cuaresma.» Así nos alimentamos en nuestro monasterio.

Y el humilde monje, animándose, continuó:

‑¿Pero qué es esto comparado con lo que usted hace, eminente padre? Usted en todo el año, incluso en las Pascuas, no se alimenta más que de agua y pan. El pan que nosotros consumimos en dos días, a usted le basta para toda una semana. Su abstinencia es verdaderamente maravillosa.

‑¿Y los agáricos? ‑preguntó de pronto el padre Theraponte.

‑¿Los agáricos? ‑dijo el visitante, estupefacto.

‑Sí. Yo pasaría sin pan; no lo necesito para nada. Si fuese necesario, me retiraría a los bosques y me alimentaría de agáricos o de bayas. Pero ellos no pueden pasar sin pan: están aliados con el demonio. Hoy los incrédulos afirman que el ayuno riguroso no conduce a nada. Es un modo de razonar impío.

‑Es verdad ‑suspiró el monje de Obdorsk.

‑¿Has visto los diablos en ellos? ‑preguntó el padre Theraponte.

‑¿En quién? ‑preguntó el forastero tímidamente.

‑El año pasado, en Pentecostés, fui a las habitaciones del padre abad, y ya no he vuelto. Durante mi visita vi un diablo escondido en el pecho del monje, debajo del hábito: sólo le asomaban los cuernos. Otro monje llevaba uno en el bolsillo, desde donde acechaba con sus vivos ojos, porque yo le daba miedo. Otro religioso daba asilo en sus entrañas impuras a un tercer diablillo. Y; en fin, vi otro suspendido del cuello de un monje, que lo llevaba así sin advertirlo.

‑¿De veras los vio usted? ‑preguntó el forastero.

‑Sí, te lo aseguro: los vi con mis propios ojos. Al salir de las habitaciones del padre abad vi otro diablo que se ocultaba de mí detrás de la puerta. Era un mocetón de más de un metro, con un rabo grueso y leonado, cuya punta se había encajado en la rendija de la puerta. Yo cerré el batiente con fuerza y le pillé la punta de la cola. El diablo empezó a gemir y a debatirse. Yo le hice tres veces la señal de la cruz y él reventó como una araña aplastada por un pie. Debe de estar pudriéndose en un rincón; sin duda, apesta; pero ellos ni lo ven ni perciben el olor. Ya hace un año que no voy por allí. Sólo a ti, que eres forastero, te revelo estas cosas.

‑Todo eso es horrible. Dígame, bienaventurado y eminente padre: se dice en tierras lejanas que usted está en relación permanente con el Santo Espíritu. ¿Es esto verdad?

‑A veces desciende hasta mí.

‑¿Bajo qué forma?

‑Bajo la forma de un pájaro.

‑¿De una paloma?

‑No, el que se presenta así es el Espíritu Santo. Yo me refiero al Santo Espíritu, que es diferente. Éste puede descender a la tierra en forma de golondrina, de jilguero, de paro...

‑¿Cómo puede usted reconocerlo?

‑Lo reconozco cuando habla.

‑¿Qué lenguaje emplea?

‑El de los hombres.

‑¿Y qué le dice?

‑Hoy me ha anunciado la visita de un imbécil que me haría una sarta de preguntas tontas. Eres muy curioso, hermano. ‑Sus palabras son inquietantes, bienaventurado y venerado padre.

El monje de Obdorsk asintió con un movimiento de cabeza, pero en sus ojos, llenos de temor, había aparecido la desconfianza.

‑¿Ves ese árbol? ‑preguntó el padre Theraponte tras una pausa.

‑Lo veo, bienaventurado padre.

‑Para ti es un olmo, pero para mí es otra cosa.

‑¿Qué es? ‑preguntó el monje con ansiedad.

‑¿Ves esas dos ramas? Pues por la noche suelen convertirse en los brazos de Cristo que se tienden hacia mí y me buscan. Yo los veo claramente, y entonces empiezo a temblar. ¡Es algo espantoso!

‑¿Espantoso Cristo?

‑Una noche me apresará y se me llevará.

‑¿Vivo?

‑Tú no sabes nada de la gloria de Elías. Se apodera de uno y se lo lleva.

Después de esta conversación, el monje de Obdorsk volvió a la celda que se le había asignado. Estaba perplejo, pero su corazón se inclinaba más hacia el padre Theraponte que hacia el padre Zósimo. Estimaba el ayuno por encima de todo, y no le extrañaba que un ayunador tan extraordinario como el padre Theraponte viera maravillas. Sus palabras parecían absurdas ‑esto era evidente‑, pero Dios sabía lo que significaban. A veces, los más inocentes, inspirados por su amor a Cristo, hablan y obran de un modo todavía más extraño. Le complacía creer sinceramente en el diablo y en su cola apresada, y no como algo alegórico, sino como en una forma material. Además, desde su llegada al monasterio tenía gran prevención contra el staretismo, por considerarlo, como tantos otros, como una innovación nociva. Durante el día que había pasado en el monasterio había escuchado las secretas murmuraciones de ciertos monjes de ideas ligeras que se oponían al staretismo. Además, era un carácter fisgón que sentía una ávida curiosidad por todo. La noticia del nuevo milagro del padre Zósimo le sumió en una profunda perplejidad. Más tarde, Aliocha recordó las continuas apariciones de este curioso huésped entre los religiosos que rodeaban al starets y a su celda, de este monje que se introducia en todas partes, lo escuchaba todo a interrogaba a todo el mundo. Aliocha no le prestó demasiada atención en aquellos momentos, porque tenía otras cosas en qué pensar. El starets, que había tenido que acostarse de nuevo debido a su extrema debilidad, se acordó de pronto de Alexei y reclamó su presencia. Aliocha acudió a toda prisa. Alrededor del enfermo sólo estaban entonces el padre Paisius, el padre José y el novicio Porfirio. El viejo fijó en Aliocha sus fatigados ojos y le preguntó:

‑¿Te esperan los tuyos, hijo mío?

Aliocha se turbó.

‑¿No lo necesitan? ¿Has prometido a alguno de ellos ir a verlo hoy?

‑He prometido ir a ver a mi padre, a mi hermano... y a otras personas.

‑Pues vete, vete en seguida y no te preocupes por mi. No moriré sin haber pronunciado ante ti mis últimas palabras. Te las dirigiré a ti, hijo mío, porque sé que tú me quieres. Ve, ve a cumplir tu palabra.

Aliocha se dispuso a obedecer inmediatamente, aunque le dolía alejarse. La promesa de oír las últimas palabras de su maestro, de recibirlas como un legado, le enajenaba de alegría. Se dio prisa, a fin de poder regresar cuanto antes, una vez cumplidos sus compromisos. Cuando salió de la celda, el padre Paisius, que le acompañaba, le dirigió sin preámbulo alguno unas palabras que le impresionaron profundamente:

‑Acuérdate siempre, muchacho, de que la ciencia del mundo, que se ha desarrollado extraordinariamente en este siglo, ha disecado nuestros libros santos y, tras un análisis implacable, no ha dejado en ellos nada en pie. Pero los sabios, enfrascados en la labor de disecar las partes, han perdido de vista el conjunto, con una ceguera realmente asombrosa. El conjunto se alza ante ellos tan inquebrantable como antes y el infierno no prevalecerá frente a él. El Evangelio cuenta con diecinueve siglos de existencia y vive tanto en las almas de los hombres como en los movimientos de las masas. Incluso subsiste, siempre inquebrantable, en las almas de los ateos destructores de todas las creencias. Pues esos que reniegan del cristianismo y se revuelven contra él permanecen, en el fondo, fieles a la imagen de Cristo, ya que ni su inteligencia ni su pasión han podido crear para el hombre una pauta superior a la trazada por Cristo. Toda tentativa en este sentido ha fracasado vergonzosamente. Acuérdate de esto, joven, ahora que tu starets te envía al mundo desde su lecho de muerte. Tal vez recordando este gran momento no olvides las palabras que te acabo de dirigir para bien tuyo, pues eres joven, y fuertes las tentaciones del mundo, tan fuertes que acaso tú no tengas la resistencia necesaria para hacerles frente. Y ahora márchate, pobre huérfano.

Dicho esto, el padre Paisius lo bendijo. Reflexionando sobre estos inesperados consejos, Aliocha comprendió que había hallado un nuevo amigo y un guía indulgente en aquel padre que hasta entonces le había tratado con rudo rigor. Sin duda, el starets, al sentirse a las puertas de la muerte, había encargado al padre Paisius el cuidado espiritual de su joven amigo. Aquella homilía atestiguaba el celo con que el religioso cumplía el encargo. El padre Paisius se había apresurado a armar al joven espíritu para la lucha contra las tentaciones, a preservar al alma joven que se le transmitía como un legado, levantando en torno de ella la muralla más sólida que le era posible construir.


Capítulo II: Aliocha visita a su padre
de Fiódor Dostoyevski


Aliocha empezó por ir a casa de su padre. Por el camino recordó que Fiodor Pavlovitch le había recomendado el día anterior que procurase entrar sin que Iván le viera.

«¿Por qué? ‑se preguntó‑. Aunque me quiera hacer alguna confidencia, esto no explica que yo haya de entrar furtivamente. Sin duda alguna quería decirme otra cosa, ¡pero estaba tan trastornado! ... »

No obstante, se alegró cuando Marta Ignatievna, que le abrió la puerta del jardín (Grigori estaba enfermo, en cama), le dijo que Iván había salido hacía dos horas.

‑¿Y mi padre?

‑Se ha levantado y está tomando el café ‑repuso la vieja.

Aliocha entró en la casa. Su padre, sentado ante la mesa, en zapatillas y con una chaqueta vieja, examinaba sus cuentas para distraerse y sin poner en ello gran interés. Su atención estaba en otra parte. Lo habían dejado solo en la casa, pues tampoco estaba Smerdiakov: se había ido a comprar lo que necesitaba para la cocina. Aunque se había levantado temprano y se hacia el valiente, era indudable que se sentía débil y fatigado. Su frente, en la que habían aparecido varios morados, estaba ceñida por un pañuelo rojo. La gran hinchazón de la nariz daba a su rostro una expresión agria y perversa, y Fiodor Pavlovitch se daba cuenta de ello. Al notar la presencia de su hijo le dirigió una mirada nada amistosa.

‑El café está frío ‑dijo secamente‑; por eso no te ofrezco. Hoy, querido, sólo comeré una sopa de pescado, y no invito a nadie. ¿A qué has venido?

‑Quería saber cómo estabas.

‑Claro. Además, yo te rogué ayer que vinieras. Fue una tontería. Te has molestado en balde... Estaba seguro de que vendrías.

Sus palabras reflejaban los peores sentimientos. Se acercó al espejo y se miró la nariz, seguramente por cuadragésima vez desde que se había levantado. Luego se arregló con coquetería el pañuelo rojo que protegía su frente.

‑El rojo me sienta mejor que el blanco ‑dijo con acento sentencioso‑. El blanco es un color de hospital. Bueno, ¿qué hay de nuevo? ¿Cómo va tu starets?

‑Está muy mal. Tal vez no pase de hoy ‑dijo Aliocha.

Pero su padre ya no le prestaba atención.

‑Iván se ha marchado ‑dijo de pronto Fiodor Pavlovitch, y añadió agriamente, con los labios contraídos y mirando a Aliocha‑: Quiere birlar la novia a Mitia. Por eso se ha instalado aquí.

‑¿Te lo ha dicho él?

‑Sí, hace ya tres semanas. Por lo tanto, no ha venido para asesinarme disimuladamente: busca otra cosa.

‑¿Por qué me dices eso? ‑preguntó Aliocha, aterrado.

‑No me pide dinero, verdad es. Por lo demás, aunque me lo pidiera, no se lo daría. Toma nota de esto, mi querido Alexei Fiodorovitch: tengo intención de vivir lo más largamente posible. Por lo tanto, necesito mi dinero. Y cuantos más años tenga, más lo necesitaré.

Fiodor Pavlovitch hablaba con las manos hundidas en los bolsillos de su chaqueta amarilla, llena de manchas.

‑A los cincuenta y cinco años ‑siguió diciendo‑, conservo la virilidad y espero que esto dure veinte años más. Pero envejeceré, mi aspecto será cada vez más repelente, las mujeres no vendrán a mí de buen grado y habré de atraérmelas por medio del dinero. Por eso quiero reunir mucho dinero y para mí solo, mi querido hijo Alexei Fiodorovitch. Te lo digo claramente: quiero llevar una vida de libertinaje hasta el fin de mis días. No hay nada comparable a ese modo de vivir. Todo el mundo lo censura, pero todos lo adoptan, aunque a escondidas. Yo, en cambio, llevo esta vida a la vista de todos. Esta franqueza explica que todos los bribones hayan caído sobre mí. En cuanto a tu paraíso, Alexei Fiodorovitch, has de saber que no quiero nada de él. Aun admitiendo que exista, no conviene en modo alguno a un hombre de hábitos normales. Allí se duerme uno y ya no se despierta. Haz decir una misa por mí si quieres; si no, vete al diablo. Ésta es mi filosofía. Ayer Iván habló de esto, pero entonces estábamos borrachos. Es un charlatán sin erudición. No es muy instruido, ¿sabes? Aunque no lo dice, se ríe de vosotros: a esto se reduce su talento.

Aliocha escuchaba sin despegar los labios. Fiodor Pavlovitch continuó:

‑¿Por qué no me habla sinceramente? Cuando me habla, se hace el malo. Tu Iván es un miserable. Si quisiera, se casaría con Gruchegnka en seguida. Pues, teniendo dinero, Alexei Fiodorovitch, tiene uno todo lo que quiere. Esto es lo que le da miedo a Iván. Me vigila y, para impedir que me case, incita a Mitia a que se me anticipe. Obra así para librarme de Gruchegnka, pues sabe que perdería su posible herencia si me casara. Por otra parte, si Mitia la hace su esposa, Iván podrá quedarse con su acaudalada prometida. Éstos son sus planes. Es un miserable tu Iván.

‑Estás irritado ‑dijo Aliocha‑. Son las consecuencias de lo ocurrido ayer. Debes acostarte.

‑Tus palabras no me molestan ‑declaró el viejo‑. En cambio, si vinieran de Iván, me habrían sacado de mis casillas. Sólo contigo tengo momentos buenos. Fuera de ellos, soy un hombre malo.

‑No es que seas malo, es que tienes trastornado el espíritu ‑dijo Aliocha sonriendo.

‑Pensaba hacer detener a ese bandido de Mitia, y ahora estoy indeciso. Sin duda, hoy se considera un prejuicio respetar a los padres. Sin embargo, la ley no autoriza a coger a un padre por los pelos y patearle la cara en su propia casa. Tampoco permite amenazarle ante testigos de volver para acabar con él. Si quisiera, podría hacer que lo detuviesen por la escena de ayer.

‑Entonces, ¿no piensas denunciarlo?

‑Iván me ha disuadido. A mí, Iván me tiene sin cuidado, pero me ha dicho algo interesante.

Se inclinó sobre Aliocha y continuó en tono confidencial:

‑Si hago detener a ese granuja, ella se enterará y correrá hacia él. En cambio, cuando ella sepa que Dmitri me ha agredido, a mí, viejo y débil, y que ha estado a punto de matarme, tal vez lo abandone y venga a mi. Tal es su carácter; es un espíritu de contradicción. La conozco muy bien... ¿No quieres un poco de coñac? Entonces toma café frío. Le añadiré un chorrito de coñac, la cuarta parte de una copita, y verás qué bien sabe.

‑No, gracias ‑dijo Aliocha‑. Prefiero llevarme ese panecillo, si me lo permites. ‑Y mientras se guardaba el blando panecillo en el bolsillo de su hábito, añadió, mirando tímidamente a su padre‑: No debes beber.

‑Tienes razón. El coñac me irrita. Pero sólo un vasito.

Abrió el aparador, llenó el vasito, volvió a cerrar el mueble y se guardó la llave en el bolsillo.

‑Con esto me basta. Por un vasito no voy a morirme.

‑Te veo mejor.

‑Aliocha, a ti te quiero incluso sin haber bebido coñac. En cambio, para los canallas soy un canalla. Iván no va a Tchermachnia. Se queda para espiarme. Quiere saber cuánto le doy a Gruchegnka si viene. Son todos unos miserables. Además, reniego de Iván: no lo comprendo. ¿De dónde ha salido? Su alma no es como la nuestra. Cuenta con mi herencia, pero te voy a decir una cosa: no dejaré testamento. A Mitia de buena gana le aplastaría como a un gusano. Todas las noches trituro algunos con mis zapatillas: a tu Mitia le pasará lo mismo. Digo «tu» Mitia porque sé que tú le quieres. Pero esto no me inquieta. Si le quisiera Iván, no estaría tranquilo. Pero Iván no quiere a nadie. No es de los nuestros. Los hombres como él, querido, no se parecen a nosotros: son como el polvo. Cuando el viento sopla, el polvo se dispersa... Ayer te dije que vinieras porque tuve una ocurrencia disparatada. Quería hacer una proposición a Mitia por mediación tuya. Mi deseo era saber si ese miserable, ese truhán, se avendría, a cambio de mil o dos mil rublos, a marcharse de aquí para cinco años, o, mejor aún, para treinta y cinco, y a renunciar a Gruchegnka...

‑Se lo preguntaré ‑murmuró Aliocha‑. Yo creo que por tres mil rublos, Dmitri...

‑No, no; ya no has de preguntarle nada. Lo he pensado mejor. Fue una locura que tuve ayer. No le daré nada, ni un céntimo. El dinero lo necesito para mí ‑repitió Fiodor Pavlovitch con expresivo ademán‑. De todas formas, le aplastaré como a un gusano. No, no le digas nada. Y como aquí ya no tienes nada que hacer, vete. Oye: ¿tú crees que Catalina Ivanovna, esa novia que Dmitri me ha ocultado siempre con tanto temor, se casará con él? Ayer fuiste a verla, ¿verdad?

‑No quiere dejarle de ningún modo.

‑Tales son los hombres de que se enamoran esas ingenuas damiselas: los libertinos, los bribones. Esas pálidas criaturas son unas infelices. Si yo tuviera la juventud de Mitia y la presencia que tenía de joven, no la suya, pues a los veintiocho años yo valía más que él vale ahora, tendría el mismo éxito... ¡El muy canalla! Pero no tendrá a Gruchegnka, no la tendrá. Lo aniquilaré.

Otra vez perdió el humor.

‑Y tú vete ‑dijo a Aliocha secamente‑. Hoy no tienes nada que hacer en mi casa.

Aliocha se acercó a él para despedirse y le dio un beso en el hombro.

‑¿Qué significa eso? ‑preguntó Fiodor Pavlovitch, sorprendido‑. ¿Crees acaso que no nos vamos a ver más?

‑No, no; lo he hecho sin pensar en nada.

‑Yo también he hablado por hablar ‑dijo el viejo mirándole. Y gritó a sus espaldas‑: ¡Oye, oye; vuelve pronto! ¡Te daré una sopa de pescado estupenda, no como la de hoy! Ven mañana, ¿oyes?

Apenas se hubo marchado Aliocha, volvió al aparador y se bebió medio vaso de coñac.

‑¡Basta ya! ‑gruñó entre resoplidos.

Cerró el aparador y se guardó la llave en el bolsillo. Después, ya en el límite de sus fuerzas, se fue a la cama y en seguida se durmió


Capítulo III: Encuentro con un grupo de escolares
de Fiódor Dostoyevski


«Ha sido una suerte que mi padre no me haya hecho ninguna pregunta sobre Gruchegnka ‑se decía Aliocha mientras se dirigía a casa de la señora de Khokhlakov‑. Si me hubiese preguntado, no habría tenido más remedio que contarle lo que pasó ayer.»

Juzgaba, no sin pesar, que durante la noche los adversarios habrían tomado fuerzas y sus corazones se habrían endurecido.

«Mi padre es irascible y malo. Continúa aferrado a su idea. Dmitri es también un intransigente y debe de tener algún plan. Es necesario que lo vea hoy mismo.»

Pero las reflexiones de Aliocha fueron interrumpidas por un incidente que, a pesar de su poca importancia, no dejó de impresionarle. Cuando estaba cerca de la calle de San Miguel, paralela a la Gran Vía, de la que está separada por un riachuelo ‑nuestra ciudad está llena de riachuelos‑, distinguió en la parte baja, junto al puentecillo, un pequeño grupo de escolares de nueve a doce años como máximo. Regresaban a sus casas después de las clases. Unos llevaban la cartera en bandolera y otros a la espalda a modo de mochila; algunos llevaban abrigo; otros, una simple chaqueta. No faltaban los que llevaban botas con vueltas, esas botas que a los padres acomodados les gusta que exhiban sus mimados hijos. El grupo discutía acaloradamente, al parecer reunido en consejo. A Aliocha le habían encantado siempre los niños ‑como había demostrado en Moscú‑, y aunque sus preferidos eran los pequeñuelos de no más de tres años, los escolares de diez a once también le atraían. De aquí que, a pesar de sus preocupaciones, decidiera abordarlos y entablar conversación con ellos. Al acercarse vio que tenían las caras congestionadas y una o dos piedras en la mano cada uno. Al otro lado del riachuelo, que se hallaba a unos treinta pasos, apoyada la espalda en una cerca, había otro colegial, con la cartera al costado. Tendría diez años a lo sumo. En su pálido semblante había una expresión de odio. Sus negros ojos llameaban. No apartaba la vista de sus camaradas ‑el grupo de seis escolares‑, con los cuales estaba evidentemente enojado. Aliocha se acercó al grupo y, dirigiéndose a un muchacho de pelo rubio y rizado y cara colorada, que llevaba una chaqueta negra, le dijo:

‑Cuando yo iba al colegio llevaba la cartera en el lado izquierdo. Así la podía abrir y cerrar con la mano derecha. Tú la llevas en el lado derecho, lo que me parece una incomodidad. Aliocha, aunque sin pensarlo, había iniciado la conversación con esta alusión a un detalle práctico. No debe proceder de otro modo el adulto que desee atraerse la confianza de un niño, y especialmente de un grupo de niños. Instintivamente, Aliocha había comprendido que había que hablar con toda seriedad y de cosas corrientes, a fin de colocarse en un plano de igualdad con aquellos muchachos.

‑Es que es zurdo ‑contestó inmediatamente otro, que debía de frisar en los once años y cuya mirada expresaba resolución. Los otros cinco miraron a Aliocha.

‑Tira las piedras con la mano izquierda ‑observó un tercero.

En este momento pasó una piedra junto a los niños, rozando al zurdo. Afortunadamente, aunque arrojada con destreza y vigor, no había dado en el blanco. La había lanzado el niño que estaba al otro lado del riachuelo.

‑¡Hala, Smurov! ‑gritaron todos‑. ¡A él!

El zurdo no necesitó más para replicar al agresor debidamente. Su piedra fue a dar en el suelo, lejos del objetivo. El adversario respondió con un guijarro que alcanzó a Aliocha en un hombro. A pesar de que el chiquillo estaba a treinta pasos de distancia, se veía que llevaba llenos de piedras los bolsillos de su gabán.

‑Le ha tirado a usted porque usted es un Karamazov –dijeron los del grupo echándose a reír‑. ¡Todos a la vez! ¡Fuego!

Volaron seis piedras al mismo tiempo. Alcanzado en la cabeza por una de ellas, el chiquillo cayó, pero se levantó al punto y respondió furiosamente. El bombardeo fue continuo por ambas partes. Casi todos los del grupo llevaban también los bolsillos llenos de piedras.

‑¿No os da vergüenza, muchachos? ‑exclamó Aliocha‑. ¡Seis contra uno! Lo vais a matar.

Y corrió a situarse delante del grupo, exponiéndose a los proyectiles, con objeto de proteger al muchacho del otro lado del río. Tres o cuatro suspendieron el combate momentáneamente.

‑¡Es él quien ha empezado! ‑gritó agriamente el chico que llevaba una blusa roja‑. Hace un rato, cuando estábamos en clase, ha herido a Krasotkine con un cortaplumas. Le ha hecho sangre. Krasotkine no ha querido decírselo al profesor. Hay que darle una paliza.

‑¿Por qué, si a vosotros no os ha hecho nada?

‑Además, le ha dado a usted una pedrada en el hombro ‑gritó uno de los niños‑. Ahora le está mirando a usted para tirarle una piedra. ¡Hula! Todos contra él. ¡No falles, Smurov!

El bombardeo se reanudó, esta vez implacable. El combatiente solitario recibió una pedrada en el pecho. Lanzó un grito, se echó a llorar y huyó cuesta arriba, hacia la calle de San Miguel. Uno del grupo gritó:

‑¡«Barbas de Estropajo» ha tenido miedo y ha echado a correr!

‑Usted no sabe, Karamazov, lo traidor que es. Matarlo sería poco.

‑¿Es un soplón?

Los chicos cambiaron miradas burlonas.

‑Si va usted por la calle de San Miguel ‑continuó el mismo muchacho‑, atrápelo. Mire: se ha parado y le está mirando. Le espera.

‑Sí, le está mirando ‑dijeron los demás.

‑Pregúntele si le gustan los estropajos de cáñamo. No deje de preguntárselo.

Todos los chicos se echaron a reír. Aliocha se quedó mirándolos y los niños lo miraron a él.

‑No vaya; le hará algo malo ‑dijo noblemente Smurov.

‑Amigos míos, no le hablaré de estropajos de cáñamo, pues sin duda es lo que vosotros le decís para mortificarlo. Lo que haré es procurar enterarme por él mismo de por qué le odiáis tanto.

‑¡Entérese, entérese! ‑gritaron los niños entre risas.

Aliocha cruzó el riachuelo por el puentecillo y subió la cuesta bordeando la empalizada, en direción al detestado colegial.

‑¡Cuidado! ‑le gritó uno de los del grupo‑. ¡Mire que no le teme! ¡Le atacará a traición como a Krasotkine!

El chico le esperaba sin moverse. Cuando llegó cerca de él, Aliocha se encontró ante un niño de nueve años, débil, endeble, de rostro ovalado, pálido y enjuto, cuyos ojos, oscuros y grandes, le miraban con odio. Llevaba un viejo abrigo que se le había quedado corto. Parte de sus brazos sobresalían de las mangas. En su pantalón, a la altura de la rodilla, había un gran remiendo, y en su zapato derecho, sobre el dedo pulgar, un agujero disimulado con tinta. Los bolsillos del abrigo reventaban de piedras. Aliocha se detuvo a dos pasos de él y le miró con expresión interrogadora. El rapaz, deduciendo de la mirada de Aliocha que éste no tenía intención de pegarle, se envalentonó y fue el primero en hablar.

‑¡Yo solo contra seis! ‑exclamó con ojos centelleantes‑. ¡Les zumbaré a todos!

‑Has recibido una pedrada que debe de haberte hecho daño ‑dijo Aliocha.

‑También yo le he acertado a Smurov en la cabeza ‑replicó el chiquillo.

‑Me han dicho que tú me conoces y que la pedrada que me has dado la has dirigido adrede contra mi.

El niño le miraba con expresión huraña.

‑Yo no lo conozco ‑siguió diciendo Aliocha‑. ¿Me conoces tú acaso?

‑¡Déjame en paz! ‑exclamó de pronto el niño, con voz áspera y mirada hostil.

Pero no se movía del sitio. Parecía esperar algo.

‑Bien. Ya me voy ‑dijo Aliocha‑. Pero conste que no lo conozco y que no lo quiero molestar, aunque me sería fácil, porque tus compañeros me han explicado cómo lo podría hacer.

‑¡Vete al diablo con tus sotanas! ‑gritó el niño, siguiendo a Aliocha con su mirada provocativa y llena de odio.

Acto seguido se puso a la defensiva, creyendo que el novicio se iba a arrojar sobre él. Pero Aliocha se volvió, lo miró y siguió su camino. Aún no había dado tres pasos cuando recibió en la espalda la piedra más grande que el niño había encontrado en el bolsillo de su gabán.

‑Conque por la espalda, ¿eh? Ya veo que es verdad lo que me han dicho: que atacas a traición.

Aliocha, que se había vuelto hacia el niño, vio que éste le arrojaba una piedra apuntándole a la cara. Hizo un rápido movimiento para eludir el disparo y la piedra le dio en el codo.

‑¿No te da vergüenza? ‑gritó‑. ¿Qué te he hecho yo?

El rapaz esperaba, silencioso y con gesto agresivo, seguro de que esta vez Aliocha iba a contestarle. Pero viendo que su víctima no se movía, se enfureció y se lanzó sobre él. Antes de que Aliocha pudiera hacer el menor movimiento, la fierecilla se había apoderado de su mano izquierda y le había clavado los dientes en un dedo. Aliocha profirió un grito de dolor y trató de retirar la mano. El chiquillo le soltó al fin y volvió al sitio donde antes estaba. El mordisco, próximo a la uña, era profundo. Brotaba la sangre. Aliocha sacó su pañuelo y se envolvió fuertemente la mano herida.

En esto empleó cerca de un minuto. Sin embargo, el bribonzuelo seguía esperando. Aliocha le miró con sus apacibles ojos.

‑Bueno ‑dijo‑, ya ves la dentellada que me has dado. Creo que es suficiente, ¿no? Ahora dime qué te he hecho yo.

El niño le miró asombrado. Aliocha continuó con su calma de siempre:

‑Yo no lo conozco: es la primera vez que lo veo. Pero sin duda te he molestado en algo: no es posible que me hayas agredido sin ninguna razón. Anda, dime qué es lo que te he hecho, qué falta he cometido contigo.

Por toda respuesta, el niño se echó a llorar y huyó. Aliocha le siguió lentamente por la calle de San Miguel y pudo ver que corrió un buen trecho sin cesar de llorar y sin volverse.

Se prometió a sí mismo buscar a aquel chiquillo cuando tuviera tiempo, a fin de aclarar el enigma.


Capítulo IV: Encuentro en la casa de Khokhlakov
de Fiódor Dostoyevski


Aliocha no tardó en llegar a casa de la señora de Khokhlakov. Esta casa, de piedra y de dos pisos, era una de las mejores de nuestra ciudad. La señora de Khokhlakov habitaba con más frecuencia una finca que poseía en otro distrito o en su casa de Moscú. La que tenía en nuestra población era una antigua propiedad de familia. Por lo demás, la mayor de sus tres haciendas estaba en nuestro distrito, pero la propietaria la había visitado muy pocas veces hasta entonces. Corrió al encuentro de Aliocha en el vestíbulo.

‑¿Ha recibido usted la carta en que le explico el nuevo milagro? ‑preguntó nerviosamente.

‑Sí, la he recibido.

‑¿Ha hecho correr la noticia? ¡Ha devuelto un hijo a su madre!

‑Seguramente morirá hoy ‑dijo Aliocha.

‑Ya lo sé. Estaba deseando hablar de esto con usted o con otro... No, con usted, con usted... ¡Qué contrariedad! ¡No poder ir a verlo!... Toda la ciudad está en tensión, esperando... Oiga, ¿sabe usted que Catalina Ivanovna está aquí, en nuestra casa?

‑¡Me alegro! ‑exclamó Aliocha‑. Tenía que ir a verla hoy.

‑Lo sé, lo sé. Me han contado detalladamente lo que ocurrió ayer en su casa..., la horrible escena con esa... mujer. C'est tragique. En su lugar, yo no sé lo que habría hecho. Y su hermano Dmitri..., ¡qué hombre, Dios mío! ¡Oh Alexei Fiodorovitch, estoy aturdida! No le he dicho que su hermano está aquí. No me refiero a ese hombre terrible, sino al otro, a Iván. Está hablando de cosas importantes con Catalina Ivanovna... ¡Si usted supiera lo que les sucede a los dos! ¡Es espantoso, desgarrador, increíble! ¡Se atormentan a conciencia! Lo saben, pero encuentran en ello una acerba satisfacción. Le esperaba a usted, estaba sedienta de su presencia. No puedo seguir soportando esta situación. Se lo voy a contar todo... ¡Ah! Me olvidaba de lo más importante. Lise sufre una crisis nerviosa. ¿Por qué? Está así desde que ha sabido que ha llegado usted.

‑Eres tú la que tiene los nervios de punta, mamá; no yo ‑dijo de pronto la voz de Lise desde la habitación vecina, a través de la estrecha abertura de la puerta.

Era una voz aguda que al parecer ocultaba un violento deseo de reír. Aliocha había visto aquella rendija y supuesto que por ella le observaba Lise desde su sillón.

‑Desde luego, tus caprichos podrían ocasionarme un ataque de nervios. Lo cierto es, Alexei Fiodorovitch, que ha estado enferma toda la noche... Fiebre, gemidos y... ¡qué sé yo! ¡Con qué impaciencia he esperado que se hiciera de día y viniese el doctor Herzenstube! El doctor ha dicho que no sabe lo que tiene y que hay que esperar. Siempre dice lo mismo. Cuando usted ha llegado, Lise ha lanzado un grito y ha dicho que la llevaran a su habitación.

‑Mamá, yo no sabía que había venido Alexei Fiodorovitch. Si he dicho que me llevaran a mi habitación no ha sido para huir de él.

‑Eso no es verdad, Lise. Julia estaba espiando y se ha apresurado a anunciarte la llegada de Alexei Fiodorovitch.

‑No está bien que digas eso, mamaíta. Mejor sería que le dijeses a nuestro amable visitante que ha demostrado tener muy poca cabeza viniendo a esta casa después de lo ocurrido ayer. Todo el mundo se burló de él.

‑Te estás pasando de la raya, Lise. Te aseguro que tomaré medidas rigurosas. Nadie se burla de Alexei Fiodorovitch. Y me alegro de veras de que haya venido, pues no sólo lo necesito, sino que me es indispensable. ¡Oh Alexei Fiodorovitch! ¡Qué desgraciada soy!

‑¿Por qué, mamaíta? ¿Qué te pasa?

‑Me están matando tus caprichos, tu inconstancia, tu enfermedad, tus horribles noches de fiebre, ese espantoso doctor Herzenstube que siempre dice lo mismo..., en fin, todo, todo... Además, ese milagro... ¡Cómo me ha impresionado, mi querido Alexei Fiodorovitch! ¡Cómo me ha conmovido!... ¡Y esa tragedia que se ha desarrollado en el salón..., mejor dicho, esa comedia!... Dígame: ¿cree que el starets Zósimo vivirá todavía mañana?... ¿Pero qué me ocurre, Dios mío? A cada momento cierro los ojos y me digo que esto es absurdo, completamente absurdo...

‑Le agradeceré ‑dijo de pronto Aliocha‑ que me dé un trapito para envolverme este dedo. Me he herido y me hace mucho daño.

Aliocha descubrió su dedo mordido y dejó ver el pañuelo manchado de sangre. La señora de Khokhlakov profirió un grito y cerró los ojos.

‑¡Dios santo, qué herida tan espantosa!

Apenas vio el dedo de Aliocha por la rendija, Lise abrió la puerta por completo.

‑¡Venga aquí! ‑le ordenó‑. ¡Basta ya de tonterías! ¿Por qué ha tardado usted tanto en decirlo? Habría podido desangrarse, mamá... ¿Cómo se ha hecho eso?... Ante todo hay que traer agua para lavar la herida. Meterá el dedo en agua fría para calmar el dolor y lo tendrá dentro del agua un buen rato... ¡Pronto, mamá: agua en una taza! ¡Pronto, pronto!

Hablaba con nerviosa celeridad. La herida de Aliocha la había impresionado profundamente.

‑¿Y si enviáramos en busca del doctor Herzenstube? ‑preguntó la señora de Khokhlakov.

‑¡Acabarás conmigo, mamá! ¿Para qué quieres que venga el doctor? ¿Para que diga que no comprende nada? ¡El agua, mamá; el agua, por el amor de Dios! Ve a ver qué hace Julia que no la trae. Esa mujer nunca llega a tiempo. ¡Corre, mamá!

‑¡Pero si no es nada! ‑dijo Aliocha, asustado ante la inquietud de Lise y su madre.

Llegó Julia con el agua. Aliocha sumergió el dedo.

‑¡Por favor, mamá; trae hilas y esa agua turbia que usamos para los cortes! No recuerdo cómo se llama. ¡Tenemos, mamá, tenemos! ¿Sabes dónde está? En tu dormitorio, en el armario, a la derecha. Allí hay un gran frasco. Y también están las hilas.

‑Ya voy, Lise, ya voy. Pero no grites, no te exaltes. Observa la serenidad con que Alexei Fiodorovitch soporta el dolor. ¿Cómo se ha hecho eso, Alexei Fiodorovitch?

Y se marchó sin esperar la respuesta. Lise no deseaba otra cosa.

‑Ante todo ‑dijo la joven rápidamente‑, contésteme a esta pregunta: ¿dónde se ha herido? Después hablaremos de otras cosas. ¡Hable!

Aliocha comprendió que no había tiempo que perder, a hizo un relato exacto, aunque resumido, de su encuentro con los colegiales. Lise le escuchó sin interrumpirle. Luego enlazó las manos.

‑¿Cómo se le ha ocurrido, y más vistiendo ese hábito, mezclarse con unos chiquillos? ‑exclamó, indignada, como si tuviera algún derecho sobre él‑. Me ha demostrado usted que es más chiquillo que ellos. Sin embargo, no deje de enterarse de quién es ese rapaz de malos instintos y cuéntemelo todo después. Ahí debe de haber algún secreto. Ahora, a otra cosa. ¿Puede usted hablar cuerdamente de nimiedades a pesar del dolor?

‑¡Claro que sí! Además, el dolor no es muy fuerte.

‑Porque tiene usted el dedo en el agua. Por cierto, que hay que cambiarla en seguida, antes de que se caliente. Julia, ve a buscar un poco de hielo a la cueva y otro tazón de agua... Ya se ha marchado. Voy a decirle lo que le quería decir. Mi querido Alexei Fiodorovitch, hágame el favor de devolverme inmediatamente mi carta. Mi madre volverá de un momento a otro y no quiero que...

‑No la llevo encima.

‑Eso no es verdad; sí que la lleva. Sabía que me daría usted esa contestación. Toda la noche he estado arrepintiéndome de mi estúpida broma. Devuélvame la carta en seguida. ¡Devuélvamela!

‑Me la he dejado en mi habitación.

‑Sin duda, después de la tontería que he cometido, usted habrá pensado que soy una niña. Perdóneme. Y devuélvame la carta. Si es de verdad que no la lleva encima, tráigamela hoy mismo.

‑Hoy me es imposible, pues he de volver al monasterio y quedarme allí. No podré venir a verla de nuevo hasta dentro de dos, de tres o tal vez de cuatro días. El starets Zósimo...

‑¿Cuatro días? ¡Qué disparate! Dígame: ¿se ha reído mucho de mí?

‑Nada absolutamente.

‑¿Por qué?

‑Porque creo ciegamente lo que me dice en la carta.

‑Me ofende usted.

‑Apenas la leí, me dije que todos sus deseos se realizarían. Cuando el starets Zósimo muera, tendré que dejar el monasterio. Luego acabaré mis estudios, me examinaré y, cuando tengamos la edad que señala la ley, nos casaremos. La querré mucho. Aunque no he tenido tiempo de pensar en ello, he comprendido que nunca hallaré una esposa mejor que usted. Tengo que casarme porque el starets me lo ha ordenado.

‑Soy una persona anormal, un monstruo ‑objetó Lise riendo y con las mejillas arreboladas‑. Han de llevarme en un sillón de ruedas.

‑Yo mismo empujaré el sillón. Pero estoy seguro de que entonces ya estará usted completamente bien.

‑¿Está usted loco? ‑exclamó Lise nerviosamente‑. ¡Forjar planes sobre una simple broma!... Aquí llega mamá. Oportunamente, por cierto... ¿Cómo has tardado tanto, mamá? Y aquí tenemos también a Julia con el agua.

‑¡Por todos los santos, Lise, no grites! La cabeza me va a estallar... La culpa de que haya tardado tanto es tuya: has cambiado de sitio las hilas... He estado mucho tiempo buscándolas... Sin duda lo has hecho expresamente.

‑¿Expresamente? ¿Es que yo sabía que Alexei vendría con un mordisco en un dedo? ¡Qué cosas tan chocantes dices, mamá!

‑Admito que sean chocantes; pero te aseguro que hablo con el corazón, al ver ese dedo de Alexei Fiodorovitch y todo lo demás que aquí está sucediendo. Mi querido Alexei Fiodorovitch, no son los detalles por separado lo que me trastorna, no es ese Herzenstube por si solo el que me inquieta, sino el conjunto. Esto es lo que no puedo soportar.

‑Deja en paz a Herzenstube, mamá ‑dijo Lise riendo alegremente‑, y dame el agua y las hilas. Esto es agua blanca, Alexei Fiodorovitch: ahora me acuerdo del nombre. ¡Un excelente remedio! Mamá, ¿sabes lo que ha hecho?: pelearse con unos chiquillos en la calle. Uno de ellos le ha mordido. ¿No te parece que esto demuestra que también él es un chiquillo? ¿Y crees que un joven que hace estas cosas puede casarse? Pues se quiere casar, ¿sabes? ¡Alexei casado! ¡Es para morirse de risa!

Y Lise reía con su risita nerviosa, mientras miraba a Aliocha maliciosamente.

‑¿Qué dices, Lise? No debes hablar así. Y menos teniendo en cuenta que ese bribonzuelo que le ha mordido puede estar rabioso.

‑¡Como si hubiera niños rabiosos!

‑¡Pues claro que los hay! A ese muchacho puede haberle mordido un perro rabioso. Entonces él ha contraído la rabia y ha mordido como el perro... ¡Qué bien lo ha curado mi hija, Alexei Fiodorovitch! Yo no habría sabido hacerlo como ella. ¿Le duele?

‑Muy poco.

‑¿No le da miedo el agua? ‑preguntó la joven.

‑¡Pero Lise! Porque se me ha ocurrido, sin duda imprudentemente, recordar que existe la hidrofobia, al hablar de ese muchacho, sólo Dios sabe lo que has supuesto... Oiga, Alexei Fiodorovitch: Catalina Ivanovna se ha enterado de su llegada y tiene gran interés en verle.

‑¡Oh mamá! Ve tú sola. Él no puede: le duele mucho la herida.

‑No me duele en absoluto ‑protestó Aliocha‑. Puedo ir perfectamente.

‑¿Conque quiere marcharse? Está bien.

‑Cuando haya terminado con ella, volveré y charlaremos cuanto le plazca. Quiero ver en seguida a Catalina Ivanovna, porque así podré regresar antes al monasterio.

‑¡Llévatelo, mamá! Alexei Fiodorovitch, no se moleste en venir a verme después de haber hablado con Catalina Ivanovna. Váyase en seguida al monasterio, pues allí está su vocación. Además, estoy deseando irme a dormir: no he pegado los ojos en toda la noche.

‑Ya veo que no hablas en serio, Lise ‑dijo su madre‑. Sin embargo, te convendría dormir un poco.

‑Si usted quiere ‑balbuceó Aliocha‑, me estaré aquí tres o cuatro minutos más, hasta cinco.

‑¡Llévatelo en seguida, mamá! ¡Es un monstruo!

‑¡Lise! ¿Has perdido el juicio? Vámonos, Alexei Fiodorovitch. Hoy está demasiado nerviosa y no quiero que se acalore más. Una mujer nerviosa es una verdadera desgracia... Pero acaso sea verdad que quiere dormir. Ha sido una suerte que su presencia haya bastado para que sienta sueño.

‑Eres muy amable, mamá. Te mando un beso por lo que acabas de decir.

‑Te lo devuelvo, Lise.

Y murmuró a Aliocha con acento misterioso, mientras se alejaban:

‑Alexei Fiodorovitch, no quiero anticiparle nada para no influir en usted. Usted mismo lo verá: es algo espantoso, el drama más desgarrador que se puede concebir. Catalina Ivanovna está enamorada de su hermano Iván y quiere convencerse a sí misma de que ama a Dmitri. Le acompañaré y, si me lo permiten, me quedaré.


Capítulo V: Escena en el salón
de Fiódor Dostoyevski


En el salón había terminado la conferencia. Catalina Ivanovna estaba agitadísima, pero conservaba su actitud resuelta. Cuando Aliocha y la señora Khokhlakov aparecieron, Iván Fiodorovitch se puso en pie para marcharse. Estaba un poco pálido. Su hermano le miró, inquieto. Acababa de hallar la solución de un enigma que le atormentaba desde hacia algún tiempo. En el mes último le habían insinuado varias veces que su hermano Iván estaba enamorado de Catalina Ivanovna y, sobre todo, decidido a « birlar» la novia a Mitia. Al principio, esto pareció a Aliocha una monstruosidad y le inquietó profundamente. Quería a sus dos hermanos y le intranquilizaba su rivalidad. Sin embargo, Dmitri le había dicho el día anterior que Iván le hacia un gran favor siendo su rival y que esta oposición le hacía feliz. ¿Por qué? ¿Porque se podría casar con Gruchegnka? Esto era un anhelo desesperado. Además, hasta la tarde anterior, Aliocha había creido firmemente en el amor vehemente y obstinado de Catalina Ivanovna por Dmitri. Juzgaba que Catalina Ivanovna no podía querer a un hombre como Iván y que amaba a Dmitri tal como era, a pesar de lo que este amor tenía de extraño. Pero a raíz de su escena con Gruchegnka había cambiado de opinión.

La señora de Khokhlakov había empleado la expresión «drama desgarrador», y Aliocha se estremeció al oírla, pues aquella mañana, al despertarse cuando amanecía, él había pronunciado dos veces la palabra «desgarradora» , seguramente obsesionado por sus sueños de aquella noche, que habían girado alrededor de la escena provocada por Gruchegnka. La afirmación categórica de la dama de que Catalina Ivanovna amaba a Iván y que su amor por Dmitri no era sino una ilusión, un penoso deber que se imponía a sí misma por gratitud había impresionado profundamente a Aliocha, que se decía que tal vez fuera verdad. Pero, entonces, ¿en qué situación quedaba Iván? Aliocha se decía que una mujer del carácter de Catalina Ivanovna necesitaba dominar, y este dominio lo podía ejercer sobre Dmitri, pero no sobre Iván. Dmitri podría someterse algún día a ella por su propia felicidad, y Aliocha deseaba que así fuese. En cambio, Iván, ni se sometería, ni esta sumisión podía hacerle feliz, según el concepto que Aliocha tenía de él.

Aliocha entró en el salón acosado por estos pensamientos. De súbito acudió a su mente otra idea: ¿y si Catalina Ivanovna no quisiera a ninguno de los dos? Hagamos constar que Aliocha se avergonzaba de estos pensamientos, que le asaltaban de vez en cuando desde hacía unas semanas. «¿Cómo puedo hacer estas deducciones no entendiendo nada del amor ni de las mujeres?», se decía cada vez que pensaba en ello. Sin embargo, la reflexión se imponía, y Aliocha comprendía que su rivalidad tenía una importancia capital en el destino de sus dos hermanos. «Los reptiles se devoran unos a otros», había dicho Iván el día anterior en un momento de irritación, refiriéndose a su padre y a su hermano. Así, tal vez desde hacía mucho tiempo, Dmitri era un reptil para Iván. ¿No habría nacido en él esta idea cuando conoció a Catalina Ivanovna? Sin duda, la frase se le había escapado, pero esto aumentaba su gravedad. En estas condiciones, ¿qué paz podía haber en la familia cuando surgieran nuevos motivos de odio? ¿Y a quién podía compadecer? Los quería a todos por igual, ¿pero qué podía desear a cada uno de ellos en aquel laberinto de contradicciones? Aliocha se perdía en aquel dédalo y su corazón no podía soportar la incertidumbre que lo agitaba, pues su amor tenía siempre un carácter activo. Al ser incapaz de querer pasivamente, su cariño se traducía siempre en ayuda. Mas para prestar esta ayuda era necesario tener una finalidad, saber lo que convenía a cada cual y obrar en consecuencia. Y él no podía encontrar ningún fin en medio de aquella confusión. Le habían hablado del afán de torturarse uno mismo. Pero tampoco esto lo comprendía. Decididamente, la clave del enigma no estaba a su alcance.

Al ver a Aliocha, Catalina Ivanovna dijo vivamente a Iván Fiodorovitch, que se había levantado para marcharse:

‑¡Un momento! Quiero conocer la opinión de su hermano, en quien tengo plena confianza. Catalina Osipovna ‑añadió dirigiéndose a la señora de Khokhlakov‑, quédese usted también.

Ésta se situó al lado de Iván Fiodorovitch, y Aliocha enfrente, junto a Catalina Ivanovna.

‑Ustedes son amigos míos, los únicos que tengo en el mundo ‑empezó a decir la joven con voz ardiente, empañada de un dolor sincero que le atrajo de nuevo las simpatías de Aliocha‑. Usted, Alexei Fiodorovitch, presenció ayer aquella escena horrible. Ignoro lo que habrá pensado de mí, pero sé que si tal situación se repitiera, mi conducta y mis palabras serían las mismas. Usted recordará que tuvo que contenerme ‑y al decir esto enrojeció y brillaron sus ojos‑. Le confieso, Alexei Fiodorovitch, que estoy en un mar de confusiones. ¿Le quiero? Lo ignoro. Le compadezco, y esto es un mal indicio para el amor. Si todavía le amara, no sería piedad lo que ahora sentiría por él, sino odio.

Su voz temblaba; las lágrimas brillaban en sus pestañas. Aliocha estaba emocionado. «Esta muchacha es noble, sincera ‑se decía‑, y no quiere a Dmitri.»

‑Exacto, exacto ‑exclamó la señora de Khokhlakov.

‑Un momento, mi querida Catalina Osipovna. Aún no le he dicho lo más importante: la resolución que he tomado esta noche. Me doy cuenta de que esta decisión puede ser terrible para mí, pero advierto también que no la modificaré por nada del mundo. Iván Fiodorovitch, que es para mí un generoso y amable consejero, un confidente y el mejor amigo, ha aprobado enteramente y alabado mi resolución.

‑Sí, la apruebo ‑dijo Iván Fiodorovitch en voz baja pero firme.

‑No obstante, quiero que Aliocha..., ¡oh, perdone que le haya llamado así!..., quiero que Alexei Fiodorovitch me diga delante de ustedes si obro bien o mal.

Y exaltada, cogiendo con su ardiente mano la fría del joven, añadió:

‑Estoy segura, Aliocha, hermano mío (pues un hermano es usted para mí), de que su juicio, su aprobación, me tranquilizará, que sus palabras me traerán la calma y la resignación.

‑No sé lo que usted me pregunta ‑respondió Aliocha enrojeciendo‑. Lo único que puedo decirle es que cuenta usted con mi estimación y que deseo para usted más felicidad que para mi. Pero le advierto que no entiendo de esas cosas ‑se apresuró a decir sin saber por qué.

‑Lo principal en todo esto es el honor y el deber y también algo más elevado que supera tal vez al deber mismo. Mi corazón me ha impuesto un sentimiento pavoroso que me arrastra irresistiblemente. En una palabra, que he tomado una resolución irrevocable. Aunque se case con esa... mujer, a la que yo no podré perdonar nunca, no le abandonaré. ¡No, no le abandonaré jamás! ‑exclamó, presa de una exaltación morbosa‑. Pero no crean ustedes que tengo la intención de perseguirle, de imponerle mi presencia, de importunarle. ¡No, de ningún modo! Me iré a otra parte, a otra población cualquiera, y desde allí no dejaré de interesarme por él. Cuando sea desgraciado con la otra, cosa que no tardará en ocurrir, podrá volver a mi lado y encontrará en mí una amiga, una hermana... Sí, sólo una hermana, y para toda la vida, una hermana que le querrá y sacrificará por él su existencia entera. A fuerza de perseverancia, conseguiré que al fin me tenga afecto y me lo cuente todo sin sonrojarse.

Y exclamó como en un delirio:

‑Seré para él como Dios y me dirigirá sus oraciones. Es lo mejor que puede hacer para compensarme de su traición y de lo que tuve que soportar ayer por su culpa. Y verá que, a pesar de su traición, yo permaneceré fiel a mi palabra. No seré para él sino el medio, el instrumento que le asegurará la felicidad para toda la vida, ¡para toda la vida! Ésta es mi resolución. Iván Fiodorovitch la aprueba sin reservas.

Se ahogaba. Sin duda, su deseo había sido expresar su pensamiento más dignamente y con más naturalidad, pero lo había hecho precipitadamente y sin el menor disimulo. Hubo en sus palabras mucha excitación juvenil, algo de la irritación que le había producido la escena de la tarde anterior y cierta necesidad de mos asombró a Aliocha. La desdichada y herida joven que lloraba con el corazón desgarrado cedió en un instante su puesto a una mujer completamente dueña de sí misma y, además, tan satisfecha como si acabara de recibir una gran alegría.

‑No es su marcha lo que me alegra, desde luego ‑advirtió con una encantadora sonrisa de mujer mundana‑. Un amigo como usted no puede creer tal cosa. Por el contrario, su partida me apena de veras.

Se arrojó sobre Iván Fiodorovitch, se apoderó de sus manos y las estrechó calurosamente.

‑Lo que me alegra –continuó ‑es que podrá usted exponer a mi tia y a Ágata mi situación con todos sus horrores. A Ágata puede hablarle usted con toda franqueza, pero con mi querida tia sea más prudente. Usted sabe mejor que nadie cómo se hacen estas cosas. No puede usted imaginarse hasta qué punto me he torturado el cerebro ayer y esta mañana, tratando de hallar el modo de darles esta espantosa noticia. Su viaje me soluciona el problema, ya que usted podrá visitarlas y explicarles todo lo ocurrido. ¡Oh, qué feliz soy! Pero sólo por esta circunstancia, se lo repito, pues su presencia es para mí indispensable... Voy a escribir una carta ‑terminó, dando un paso hacia la puerta.

‑Se olvida usted de Aliocha ‑exclamó la señora de KhokhIakov en un tono en que el sarcasmo se mezclaba con la irritación‑. Usted ha dicho que anhelaba conocer la opinión de Alexei Fiodorovitch.

‑No lo he olvidado ‑repuso Catalina Ivanovna deteniéndose‑. ¿Pero por qué es usted tan dura conmigo en un momento como éste, Catalina Osipovna? ‑añadió en un tono de amargo reproche‑. Mantengo lo dicho: necesito conocer su opinión, mejor dicho, su decisión. La aceptaré como una ley. Esto, Alexei Fiodorovitch, le demostrará hasta qué extremo tengo sed de sus palabras... ¿Pero qué le pasa?

‑Nunca lo hubiera creído, de ningún modo me lo podía imaginar ‑dijo Aliocha, consternado.

‑¿Qué es lo que le sorprende?

‑Le dice que se va a Moscú y usted se muestra alborozada. Luego explica que no es su marcha lo que le alegra y que, por el contrario, su viaje la apena, porque pierde usted... un amigo. Pero esto es una ficción.

‑¿Una ficción? ¿Qué dice usted? ‑exclamó Catalina Ivanovna, atónita. Y enrojeció, frunciendo las cejas.

‑Aunque usted afirma que echará de menos a su amigo, ha dicho claramente que su partida la hacía feliz.

Aliocha, de pie junto a la mesa, jadeaba de emoción.

‑¿Qué quiere usted decir? No lo comprendo.

‑Ni yo mismo lo sé. Esto ha sido como un repentino relámpago de lucidez... Bien sé que no tengo facilidad de palabra, pero hablaré a pesar de todo ‑afirmó con voz trémula y entrecortada‑. Seguramente, usted no ha querido nunca a Dmitri... Él tampoco la ha amado a usted, creo yo; lo único que ha sentido por usted ha sido simple estimación... No sé cómo me atrevo a hablar de este modo. Pero alguien ha de decir aquí la verdad, ya que nadie se atreve a hacerlo.

‑¿Qué verdad? ‑exclamó Catalina Ivanovna, fuera de sí.

‑Lo que usted debe hacer ‑dijo Aliocha, con una resolución que para él fue como arrojarse al vacío‑ es enviar en busca de Dmitri. Yo lo encontraré si usted quiere. Que venga para coger la mano de usted y la de mi hermano Iván, y unirlas. Usted hace sufrir a mi hermano Iván porque lo quiere. Su amor por Dmitri es una dolorosa mentira en la que usted quiere creer a toda costa.

Aliocha se detuvo en seco.

‑Usted está loco, ¡loco! ‑exclamó Catalina Ivanovna, pálida y con los labios crispados.

Iván Fiodorovitch se levantó con su sombrero en la mano.

‑Estás en un error, mi querido Aliocha ‑dijo con una expresión que su hermano no había visto en él jamás, una expresión de sinceridad juvenil, de arrolladora franqueza‑. Catalina Ivanovna no me ha querido nunca. Sabe que yo la amo, y desde hace mucho tiempo, aunque no se lo he dicho, y no me ha correspondido jamás. Tampoco me ha considerado como un amigo en ningún momento: es demasiado orgullosa para necesitar mi amistad. Me retenía a su lado para vengarse en mí de las continuas ofensas que le infligía Dmitri, empezando por la de su primer encuentro, pues esta escena ha quedado grabada en su corazón como una ofensa. Mi papel junto a ella ha consistido simplemente en oír hablar de su amor por él... Me voy, Catalina Ivanovna. No le quepa duda: usted le ama a él y sólo a él. Y su amor está en proporción con sus ofensas. Esto es lo que la atormenta. Usted le ama tal como es, con su mal comportamiento. Si se enmendara, dejaría de amarlo inmediatamente y lo abandonaría. Usted lo necesita para contemplar en él su propia lealtad heroica y reprocharle su traición. Todo esto es orgullo. Se siente usted humillada, pero la culpa es de su orgullo. Soy demasiado joven y la amaba demasiado. Sé que no he debido hablar así, que mi conducta habría sido más digna si me hubiera limitado a dejarla a usted. Esto la habría herido menos. Pero me voy lejos y no volveré nunca. No quiero respirar esta atmósfera de exageraciones. Por otra parte, no tengo nada más que decirle... Adiós, Catalina Ivanovna. No me guarde rencor, pues mi castigo es cien veces más duro que el suyo, ya que consiste en no volverla a ver. Adiós. No quiero estrechar su mano. Me ha hecho usted sufrir demasiado y a sabiendas, para que ahora pueda perdonarla. Más adelante, tal vez; pero ahora no quiero su mano. Den Dank, Dame, begerh'ich nicht‑añadió, demostrando que podía citar a Schiller de memoria, cosa que Aliocha nunca hubiera creído.

Y se marchó sin ni siquiera saludar a la dueña de la casa. Aliocha enlazó las manos con gesto suplicante.

‑¡Iván! ‑le llamó, desesperado‑. ¡Iván!... No, ya no volverá. ¡Por nada del mundo! ‑exclamó, presa de un amargo presentimiento‑. ¡La culpa ha sido mía! Yo he sido el primero en hablar de esa cuestión, Iván no ha dicho lo que siente: ha hablado bajo el imperio de la cólera. ¡Es necesario que venga! ‑gritó como si hubiera perdido la razón.

Catalina Ivanovna pasó a una habitación vecina.

La señora de Khokhlakov murmuró calurosamente, dirigiéndose a Aliocha:

‑No tiene usted nada que reprocharse. Se ha conducido usted como un ángel. Haré todo lo posible para impedir que se vaya Iván Fiodorovitch.

La alegría iluminaba su semblante, lo que mortificaba cruelmente a Aliocha. Catalina Ivanovna reapareció de súbito con dos billetes de cien rublos en la mano.

‑Tengo que pedirle un gran favor, Alexei Fiodorovitch ‑dijo con perfecta calma, como si nada hubiera sucedido‑. Hace alrededor de ocho días, Dmitri Fiodorovitch cometió, sin poder contenerse, un acto injusto y escandaloso. En una taberna de mala fama se encontró con ese oficial de la reserva, ese capitán que el padre de ustedes utilizaba para ciertos asuntos. Indignado contra este oficial, fuera por lo que fuere, Dmitri Fiodorovitch lo cogió por la barba y lo arrastró hasta la calle, donde estuvo un buen rato zarandeándolo. Me han dicho que el hijo de este desgraciado, un colegial todavía, acudió llorando, pidió clemencia y rogó a los transeúntes que defendieran a su padre, pero que lo único que hizo la gente fue reírse. Perdóneme, Alexei Fiodorovitch, pero no puedo recordar sin indignación este acto vergonzoso del que sólo Dmitri Fiodorovitch es capaz cuando le ciegan la cólera y la pasión. No puedo darle detalles del suceso. Es una acción que me duele y me confunde. He pedido informes de ese desgraciado y he sabido que es muy pobre y que le llaman Snieguiriov. Cometió una falta en el servicio y lo destituyeron. Tampoco sobre esto puedo darle detalles. Lo que sé es que ahora, con toda su infortunada familia, con sus hijos enfermos y su mujer loca, según parece, ha caído en la más profunda miseria. Vive en esta ciudad desde hace mucho tiempo. Tenía un empleo de copista y lo ha perdido. He puesto los ojos en usted..., mejor dicho, he pensado que... ¡Ah, cómo me confunde este asunto!... Quería rogarle, mi querido Alexei Fiodorovitch, que fuera a casa de ese hombre con un pretexto cualquiera, y, delicadamente, prudentemente, como sólo usted es capaz de hacerlo ‑al oír esto Aliocha enrojeció‑, le entregara este donativo, estos doscientos rublos... Sin duda, los aceptará, pero, si se resiste, usted debe convencerle de que los tome. Sepa usted que esto no es una indemnización para evitar que él denuncie el caso..., cosa que quería hacer, según tengo entendido. Esto es simplemente una demostración de simpatía, el deseo de acudir en su ayuda. Los debe entregar usted en mi nombre, como prometida a Dmitri Fiodorovitch, y no en nombre de su hermano... Hubiera ido yo misma, pero he pensado que usted lo hará mejor que yo. Vive en la calle del Lago, en casa de la señora de Kalmykov. Por el amor de Dios, Alexei Fiodorovitch, hágame este favor... Estoy un poco... fatigada. Adiós.

Y desapareció tan rápidamente detrás de una puerta, que Aliocha no tuvo tiempo de decirle ni una palabra. Hubiera querido pedirle perdón, acusarse a sí mismo, pues su corazón rebosaba de arrepentimiento y él no quería marcharse así. Pero la señora Khokhlakov lo cogió del brazo y se lo llevó. Ya en el vestíbulo, lo detuvo.

‑Es orgullosa ‑dijo a media voz‑, lucha contra sí misma, pero en el fondo es buena, amable, generosa. Cada vez la quiero más; la alegría ha vuelto a mí. Querido Alexei Fiodorovitch, ¿sabe usted que todas nosotras, sus dos tías, yo a incluso Lise, sólo tenemos un deseo desde hace un mes? No cesamos de rogarle que deje a su hermano preferido, a Dmitri, que no la quiere en absoluto, y se case con Iván, ese excelente a instruido joven que la mira como a un ídolo. Hemos urdido un verdadero complot, y tal vez es el único motivo de que permanezca todavía aquí.

‑Pero ella ha llorado; se siente todavía ofendida ‑exclamó Aliocha.

‑No crea en las lágrimas de las mujeres, Alexei Fiodorovitch. En esto me pongo enfrente de las mujeres y al lado de los hombres.

La vocecita un tanto agria de Lise se oyó detrás de la puerta.

‑¡Lo mimas demasiado, mamá!

‑Yo he sido la causa de todo; he cometido una gran falta ‑dijo Aliocha cubriéndose la cara con las manos, dolorosamente avergonzado de su reciente intervención.

‑Por el contrario, ha obrado usted como un ángel; estoy dispuesta a repetirlo mil veces.

‑¿En qué ha obrado como un ángel, mamá? ‑preguntó de nuevo Lise.

‑Yo creía, no sé por qué ‑prosiguió Aliocha, como si no hubiera oído la voz de Lise‑, que ella quería a Iván, y he dicho esa tontería. ¿Qué ocurrirá ahora?

‑¿De qué habláis, mamá? ‑preguntó Lise‑. ¡Oh, mamá! ¡Me estás matando! Te pregunto y no me contestas.

En ese momento llegó la doncella a toda prisa.

‑Catalina Ivanovna está llorando. Tiene un ataque de nervios.

‑¿Qué pasa, mamá? ‑preguntó Lise, alarmada‑. ¡Ah! ¡A mí sí que me va a dar un ataque!

‑No grites, Lise, por el amor de Dios. Eres tú la que va a matarme a mí. Una muchacha de tu edad no puede saberlo todo como las personas mayores. Cuando vuelva, te contaré lo que te pueda contar. ¡Voy corriendo, Dios mío! Un ataque es buena señal, Alexei Fiodorovitch, muy buena señal. En estos casos voy siempre contra las mujeres, sus ataques y sus lágrimas. Julia, ve a decirle que ya voy. Si Iván Fiodorovitch se ha marchado, la culpa es de ella. Pero no se habrá marchado... ¡Lise, no grites, por el amor de Dios! ¿Pero qué digo? No eres tú la que gritas, sino yo. Perdona a tu madre. ¡Estoy encantada, entusiasmada! ¿Ha visto usted, Alexei Fiodorovitch, la desenvoltura con que ha salido su hermano de la habitación después de haberle dicho lo que le tenía que decir? ¡Un intelectual hablar con tanto calor, con una franqueza tan juvenil, con una inexperiencia tan encantadora! Todo esto es adorable... ¡Y ese verso alemán que ha citado! Me voy corriendo, Alexei Fiodorovitch. Cumpla el encargo de Catalina Ivanovna con la mayor rapidez posible y vuelva cuanto antes... ¿No necesitas nada, Lise? Por lo que más quieras, no retengas a Alexei Fiodorovitch. Volverá en seguida.

La señora de Khokhlakov se fue, al fin. Antes de marcharse, Aliocha fue a abrir la puerta que ocultaba a Lise.

‑¡No quiero verle, Alexei Fiodorovitch! ‑gritó la joven‑. ¡No, por nada del mundo! Hábleme a través de la puerta. ¿En qué se ha portado usted como un ángel? Esto es lo único que quiero saber.

‑¡He cometido una gran estupidez, Lise! Adiós.

‑¡Haga el favor de no marcharse así!

‑¡Lise, tengo un grave pesar! Volveré en seguida. Estoy profundamente apenado.

Y salió del vestíbulo corriendo.


Capítulo VI: Escena en la isba
de Fiódor Dostoyevski


Aliocha no había experimentado casi nunca una pena tan honda. Jamás debió cometer la torpeza de intervenir en un asunto sentimental. «¿Qué sé yo de estas cosas? La vergüenza que siento es un castigo merecido. Lo peor es que voy a ser la causa de nuevas calamidades... ¡Y pensar que el starets me ha enviado aquí para conciliar y aunar voluntades! ¿Es así como se une a las personas?» Entonces se acordó de que había hablado de «unir» las manos de Iván y Catalina Ivanovna, y otra vez se sonrojó. «Aunque haya obrado de buena fe, habrá que proceder con más inteligencia en el futuro», concluyó, sin ni siquiera sonreír ante la sutileza.

El encargo de Catalina Ivanovna lo condujo a la calle del Lago, y su hermano vivía precisamente en una callejuela vecina. Aliocha decidió pasar primero por casa de Dmitri, aunque presumía que estaría ausente. Sospechaba que su hermano huía de él, pero se dijo que había que encontrarlo a toda costa. El tiempo pasaba. La idea de que el starets se estaba muriendo no se había apartado de él ni un instante desde que había salido del monasterio.

En el relato de Catalina Ivanovna había un detalle que le interesaba extraordinariamente. Cuando la joven había hablado de un colegial, hijo del capitán, que había acudido llorando al lado de su padre, Aliocha había tenido repentinamente la ocurrencia de que este muchacho era el mismo que le había mordido en un dedo cuando él le preguntó en qué le había ofendido. Ahora estaba casi seguro de que no se equivocaba, aunque ignoraba por qué. Estas preocupaciones inexplicables desviaron su atención, y Aliocha decidió no volver a pensar en el mal que acababa de hacer y obrar en vez de atormentarse con el arrepentimiento. Esta idea le devolvió el coraje. Al entrar en la calleja donde vivía Dmitri notó que tenía apetito y sacó del bolsillo el panecillo que había tomado de la mesa de su padre. Se lo comió sin dejar de andar y se sintió reconfortado.

Dmitri no estaba. Los dueños de la casita ‑un viejo carpintero, su mujer y su hijo‑ miraron a Aliocha con desconfianza.

‑Hace ya tres días que pasa las noches fuera de casa ‑dijo el carpintero respondiendo a las preguntas de Alexei‑. No debe de estar en la ciudad.

Aliocha comprendió que el carpintero se había limitado a repetir lo que Dmitri le había pedido que dijese. Con deliberada franqueza, Alexei preguntó si Dmitri no estaría en casa de Gruchegnka o escondido en la de Foma, y observó que todos le miraban con inquietud. Entonces pensó: «Lo quieren, puesto que lo ayudan. Más vale así.»

Al fin encontró en la calle del Lago la casa de la señora de Kalmykov, pequeño edificio que se caía de viejo, con tres ventanas que daban a la calle y un patio sucio, por el que se paseaba una vaca. Del patio se pasaba al vestíbulo. A la izquierda habitaba la vieja propietaria con su hija, también entrada en años. Las dos eran sordas, como Alexei pudo comprobar. Cuando Aliocha hubo repetido varias veces la pregunta de dónde vivía el capitán, una de las mujeres comprendió al fin que el joven preguntaba por los inquilinos y le señaló con el dedo una puerta que daba paso a la mejor habitación de. la isba. En esta pieza consistía toda la vivienda del capitán. Ya iba a abrir Aliocha la puerta, cuando se detuvo, sorprendido por el gran silencio que reinaba en el interior. Sin embargo, el capitán tenía familia, según le había explicado Catalina Ivanovna. Alexei pensó: «Sin duda, están todos durmiendo. También puede ser que me hayan oído y estén esperando que abra la puerta. Será mejor que llame antes.» Llamó y, al cabo de unos diez segundos, se oyó una áspera voz varonil.

‑¿Quién es?

Aliocha abrió la puerta, franqueó el umbral y se encontró en una sala bastante espaciosa pero obstruida por un crecido número de personas y de trapos. A la izquierda, en primer término, había una gran estufa rusa. De ésta a la ventana de la izquierda habían tendido una cuerda que cruzaba toda la habitación y de la que pendían una serie de andrajos. A cada lado de la habitación había una cama con cubiertas de punto. Sobre una de ellas, la de la izquierda, se veían cuatro almohadas sobrepuestas, cada una más pequeña que la de abajo. En la cama de la derecha sólo había una almohada de escasas dimensiones. Más allá, una cortina ‑una simple tela‑ que colgaba de una cuerda tendida en el ángulo, aislaba el reducido espacio de un rincón. Detrás de esta cortina había un banco y una silla que hacían las veces de cama. Cerca de la ventana central había una mesa rústica, de forma cuadrada. Las tres ventanas, de vidrios empañados y revestidos de un moho verdoso, estaban cerradas herméticamente, y la atmósfera era asfixiante en la habitación sumida en la penumbra. En la mesa había una sartén con restos de huevos fritos, una rebanada de pan a la que faltaba un trozo y una botella de medio litro en la que quedaba un poco de aguardiente.

Al lado de la cama de la izquierda, sentada en una silla, había una mujer de aspecto distinguido, que llevaba un vestido de indiana. Era delgada en extremo y su rostro enjuto y pálido evidenciaba la falta de salud. Pero lo que más sorprendió a Aliocha de ella fue la mirada de sus grandes y oscuros ojos, interrogadora y arrogante a la vez. De pie al lado de la ventana de la izquierda había una joven de rostro antipático y cabellos ralos y rojos, que vestía pobremente aunque con gran pulcritud. Esta muchacha se había limitado a dirigir a Aliocha una mirada rápida y despectiva. A la derecha, sentada cerca de la cama, había otra mujer joven, una pobre criatura de unos veinte años, jorobada e inválida, de pies inertes, como le explicaron en seguida a Aliocha. Se veían sus muletas en un rincón, entre la cama y la pared. Los magníficos ojos de la pobre muchacha se posaron dulcemente en Aliocha.

Sentado a la mesa y dando fin a una tortilla había un hombre de unos cuarenta y cinco años, de pequeña talla y débil constitución, delgado, de pelo rojo y cuya barba rala tenía gran semejanza con un estropajo. Esta comparación, y sobre todo la palabra «estropajo», acudieron a la mente de Aliocha apenas fijó la vista en el comensal. Sin duda, era él quien había contestado a la llamada de Aliocha, pues no había otro hombre en la habitación. Cuando Alexei entró, el personaje se levantó de súbito, se limpió la boca con una servilleta agujereada y fue al encuentro del visitante.

‑Un monje que pide para su monasterio. ¡A buen sitio viene! ‑dijo la muchacha que estaba en el rincón de la izquierda.

El hombre que había avanzado hacia Aliocha giró sobre sus talones y replicó con voz contenida:

‑No, Varvara Nicolaievna; no viene a eso; te has equivocado. ‑Y volviéndose de nuevo hacia el visitante, le preguntó‑: ¿Qué le trae a este retiro?

Aliocha le observó atentamente. Este hombre al que vela por primera vez tenía un algo de punzante irritación. Estaba ligeramente bebido. Su rostro reflejaba un descaro connatural y, al mismo tiempo ‑cosa extraña‑, una evidente cobardía. Se veía en él al hombre que vivía desde hacía mucho tiempo en una sujeción forzosa y estaba ávido de hacer de las suyas, o, mejor todavía, a un hombre que ardía en deseos de golpearnos, aunque temiendo nuestros golpes. En sus expresiones y en el tono hiriente de su voz se percibía un humor extraño, unas veces maligno, otras tímido, intermitente y desigual. Había pronunciado la palabra «retiro» temblando, con los ojos muy abiertos y acercándose tanto a Aliocha, que éste dio maquinalmente un paso atrás. Llevaba un abrigo de algodón, de color oscuro, en pésimo estado, lleno de manchas y remiendos. Sus pantalones a cuadros, de un color muy claro en desuso desde hacía mucho tiempo, de una tela delgadísima y arrugada en los bajos, se le habían encogido de tal modo, que le daban el aspecto de un muchacho que había crecido.

‑Soy Alexei Karamazov ‑repuso Aliocha.

‑Ya lo sé ‑dijo el extraño individuo, demostrando que conocía la identidad del visitante‑. Yo soy el capitán Snieguiriov. Pero lo importante es saber a qué ha venido.

‑No he venido para nada importante... Pero tengo algo que decirle. De modo, que si usted me lo permite...

‑Aquí tiene una silla. Tenga la bondad de sentarse, como se decía en las comedias antiguas.

Con rápido movimiento, el capitán cogió una silla, una simple silla con asiento de madera, y la colocó casi en el centro de la habitación. Cogió otra para él y se sentó ante Aliocha. De nuevo se acercó tanto, que las rodillas de uno y otro casi se tocaban.

‑Soy Nicolás Ilitch Snieguiriov, ex capitán de segunda de la infantería rusa, envilecido por sus vicios, pero capitán al fin y al cabo.

Describió entre chistes y juegos de palabras su modesta posición y siguió diciendo:

‑Pero no ceso de preguntarme en qué he podido excitar su curiosidad. Como ve, mi modo de vivir no me permite recibir visitas.

‑He venido para tratar de cierto asunto que...

‑¿Qué asunto? ‑le interrumpió el capitán, impaciente.

‑Se trata de su encuentro con mi hermano Dmitri ‑repuso Aliocha, cohibido.

‑¿Qué encuentro? ¿No se referirá usted a «Barbas de Estropajo»?

Y esta vez avanzó tanto, que sus rodillas tocaron las de Aliocha. Sus labios apretados formaban una delgada línea.

‑¿Qué «Barbas de Estropajo» ? ‑murmuró Aliocha.

‑Ha venido a quejarse de mí, papá ‑dijo una voz detrás de la cortina, una voz que no era desconocida para Aliocha, la del niño con el que se había encontrado en la calle‑. Le he mordido en un dedo.

La cortina se apartó y Aliocha vio a su enemigo en el rincón, bajo los iconos, sobre un lecho improvisado con un banco y una silla. El niño estaba echado y envuelto en su corto gabán y en una cubierta acolchada. A juzgar por sus ojos enrojecidos, debía de tener fiebre. Miraba osadamente a Aliocha, como diciéndole: «Aquí no puedes hacerme nada.»

‑¿Qué dice? ‑exclamó el capitán‑. ¿A quién le ha mordido en un dedo? ¿A usted?

‑Sí, a mí. Hace un. rato estaba peleando a pedradas con sus compañeros de colegio. Iban seis contra él. Yo me he acercado y él me ha tirado una piedra. Después me ha tirado otra apuntando a la cabeza. Y cuando le he preguntado qué le había hecho, se ha arrojado sobre mí y me ha mordido en este dedo, sin que yo sepa por qué.

El capitán se levantó de un salto.

‑¡Le voy a azotar! ‑exclamó.

‑¡Pero si yo no me quejo! Le cuento lo que ha pasado, y nada más. No quiero que lo azote. Además, parece que está enfermo.

‑¿Cree usted que lo he dicho en serio? ¿Que iba a coger a Iliucha y a azotarlo en su presencia? ¿Acaso pretende usted que lo haga?

El capitán miraba a Aliocha con gesto amenazador, como si fuera a arrojarse sobre él.

‑Lamento lo de su dedo, señor, pero acaso prefiera usted que, antes de azotar a Iliucha, me corte cuatro dedos ante sus propios ojos con este cuchillo, para satisfacción suya. Yo creo que con cuatro dedos tendrá suficiente, pero tal vez me reclame usted el quinto para aplacar su sed de venganza.

Se detuvo de pronto, jadeante. Todas sus facciones se agitaban y se contraían. Su mirada era provocadora. Parecía un enajenado.

‑Ahora lo comprendo todo ‑dijo Aliocha triste y dulcemente, sin levantarse‑. Usted tiene un buen hijo, un hijo que ama a su padre y se ha arrojado sobre mí porque soy el hermano del hombre que le ha ofendido a usted. Sí, ahora lo comprendo todo ‑repitió, pensativo‑. Pero mi hermano Dmitri está arrepentido, no me cabe duda, y si pudiera venir aquí, o, mejor aún, si pudiera verle en el sitio del incidente, le pediría perdón delante de todo el mundo..., si así lo deseara usted.

‑O sea que, después de haberme tirado de la barba, me presenta sus excusas. ¿Cree que con eso es suficiente para que me dé por satisfecho?

‑No, no. Él hará todo lo que usted desee y como usted desee que lo haga.

‑¿De modo que si yo digo a Su Alteza Real que se arrodille ante mí en la misma taberna donde me atacó, esa taberna que se llama de la «Capital», o en medio de la calle, él lo hará?

‑Sí, lo hará.

‑Eso me conmueve hasta casi hacerme llorar. La generosidad de su hermano me confunde. Permítame que le presente a mi familia: mis dos hijas y mi hijo, es decir, mi camada. ¿Quién los querrá si yo me muero? Y, mientras yo viva, ¿quién sino ellos me querrán, con todos mis defectos? El Señor ha hecho bien las cosas al hacer la especie humana, pues incluso un hombre de mi condición cuenta con el amor de algún otro ser humano.

‑Eso es una gran verdad ‑dijo Aliocha.

‑¡Basta de payasadas! ‑exclamó de pronto la joven que estaba en pie junto a la ventana, mientras dirigía a su padre una mirada de desprecio‑. Nos pones en ridículo ante el primer imbécil que llega.

Su padre la miró con un gesto de aprobación, pero le dijo con acento imperioso:

‑Un momento, Varvara Nicolaievna; permíteme que siga desarrollando mi idea. ‑Y añadió volviéndose hacia Aliocha‑: Es su carácter.

»Y en toda la naturaleza nada quería él bendecir»

Claro que habría que ponerlo en femenino. «Nada quería ella bendecir»... Y ahora permítame que le presente a mi esposa: anda, pero muy poco. Es de baja condición. Irene Petrovna, lo presento a Alexei Fiodorovitch Karamazov. Levántese, Alexei Fiodorovitch.

Cogió por un brazo a Aliocha y, con una fuerza que parecía imposible en él, lo levantó.

‑Se le va a presentar a una dama; por lo tanto, hay que ponerse en pie. Oye, esposa mía, este Karamazov no es aquel que..., bueno, ya me entiendes. Es su hermano, un ser rebosante de virtudes pacíficas. Permíteme, Irene Petrovna, permíteme, amor mío, que ante todo te bese la mano.

Besó la mano de su esposa con respeto, incluso con ternura. La joven que estaba junto a la ventana se volvió de espaldas con un gesto de indignación para no ver esta escena. El semblante altivo e interrogador de Irene Petrovna expresó de pronto gran afabilidad.

‑Tanto gusto ‑dijo‑. Siéntese usted, señor Tchernomazov.

‑Karamazov, querida, Karamazov... Somos de baja condición ‑murmuró de nuevo.

‑No me importa que sea Karamazov. Yo digo y diré siempre Tchernomazov... Siéntese. ¿Por qué se ha levantado? ¿Por una dama sin pies, como él dice? Tengo pies, pero están tan hinchados, que parecen dos cubos. Y yo estoy tan seca como una varilla. Antes estaba muy gruesa, pero ahora...

‑Somos de baja condición, de muy baja condición ‑repitió el capitán.

‑¡Por Dios, papá! ‑exclamó de súbito la jorobadita, que hasta entonces había guardado silencio, y se llevó el pañuelo a los ojos.

‑¡Payaso! ‑exclamó la joven que estaba junto a la ventana.

‑Ya ve lo que pasa en nuestra casa ‑dijo Irene Petrovna, señalando a sus hijas‑. Son como las nubes que pasan. Pasan las nubes y vuelve a oírse nuestra música. Antes, cuando éramos militares en activo, venían a vernos muchos visitantes como usted. No hago comparaciones, señor; creo que hay que querer a todo el mundo. A veces viene a vernos la mujer del diácono y dice:

«‑Alejandro Alejandrovitch es una buena persona, pero Anastasia Petrovna está a las órdenes de Satanás.

»‑Eso depende ‑respondo yo‑ de las simpatías de cada cual. En cambio, tú eres para todos un gusano infecto.

»‑A ti te falta un tornillo ‑dice ella.

»‑¡Pues mira que a ti...!

»‑Yo dejo entrar en mi casa el aire puro ‑me contesta‑. Y esta atmósfera está corrompida.

»‑Pregunta a los señores oficiales si la atmósfera está corrompida en mi casa ‑le digo yo.

»Cuando estoy pensando en todo esto con el corazón oprimido, y sentada aquí mismo, como estoy ahora, veo entrar a ese general que vino a pasar en nuestra ciudad las Pascuas.

»‑Oiga, excelencia ‑le digo‑. ¿Debe dejar entrar en su casa el aire de la calle una dama noble?

» ‑Sí ‑me responde‑. Debe usted abrir la puerta y las ventanas, pues la atmósfera de esta casa está enrarecida.

»Todos son iguales. ¿Por qué han de odiar a mi atmósfera? Peor huelen los muertos... No quiero corromper el aire de la casa. Me compraré unos zapatos y me iré. Hijos míos, no detestéis a vuestra madre. Nicolás Ilitch, esposo mío, ¿es que ya no te gusto? Sólo me queda el cariño de Iliucha cuando vuelve del colegio. Ayer me trajo una manzana. Perdonad a vuestra madre, hijos míos, perdonad a este ser abandonado. ¿Qué hay de malo en mi atmósfera?

Y la pobre loca estalló en sollozos. Estaba bañada en lágrimas. El capitán corrió hacia ella.

‑¡Basta, querida, basta! Tú no estás abandonada. Todos te quieren, todos te adoran.

Otra vez empezó a besarle las manos y a acariciarle la cara. Le enjugaba las lágrimas con una servilleta. También él tenía los ojos húmedos. Así, por lo menos, le pareció a Aliocha, hacia el que se volvió de súbito para decirle, indignado y señalando a la pobre loca:

‑¿Ha visto y comprendido usted?

‑Veo y comprendo.

‑¡Déjalo ya, papá, déjalo ya! ‑gritó el muchacho, incorporándose en su lecho y mirándole con ojos ardientes.

‑¡No hagas más el payaso! ‑gritó desde su rincón Varvara Nicolaievna, exasperada, incluso golpeando el suelo con la planta del pie‑. ¡Deja esas tonterías que no conducen a nada!

‑Esta vez comprendo tu indignación, Varvara Nicolaievna, y voy a procurar no seguir irritándote. Cúbrase, Alexei Fiodorovitch; yo también me pongo la gorra. Vámonos; tengo que hablarle en serio, pero no quiero hacerlo aquí... Esa joven que está sentada es mi hija Nina Nicolaievna. Se me ha olvidado presentársela. Un ángel encarnado que ha descendido a la tierra..., si es que usted puede comprender esto.

-¡Mirenlo! ¡Qué sacudidas! ¡Qué convulsiones! ‑dijo Varvara Nicolaievna, todavía encolerizada.

‑Y esa que ha golpeado el suelo con el pie y me ha llamado payaso es también un ángel encarnado. Me ha dado el nombre que merezco. Vamos, Alexei Fiodorovitch: pongamos fin a este asunto.

Y, cogiendo a Aliocha del brazo, lo condujo a la calle.


Capítulo VII: Al aire libre
de Fiódor Dostoyevski


‑Aquí el aire es puro. En cambio, en nuestra habitación no lo es, en ningún concepto. Andemos un poco, señor. Me encantaría atraerme su interés.

‑Tengo algo importante que decirle ‑manifestó Aliocha‑. Pero no sé cómo empezar.

‑Lo sospechaba. No era lógico que hubiera venido usted únicamente para quejarse de mi hijo. A propósito: en casa no he querido describirle la escena y voy a hacerlo ahora. Verá usted. Hace ocho días, el «estropajo» estaba más poblado. Me refiero a mi barba; la llaman así, sobre todo los chiquillos. Pues bien, cuando su hermano me cogió de la barba y me arrastró hasta en medio de la calle y allí siguió zarandeándome, todo por una nimiedad, era precisamente la hora en que los niños salían del colegio, y con ellos iba Iliucha. Apenas me vio en una situación tan desdichada, vino hacia mí gritando: « ¡Papá, papá! » Se abraza a mí, me aprieta, pretende libertarme, grita a mi agresor: « ¡Déjelo, déjelo! ¡Es mi padre! ¡Perdónelo!» Y lo rodeó con sus bracitos y le besó la mano, la misma mano que... Jamás olvidaré la expresión que tenía su carita en aquel momento.

‑Le aseguro ‑exclamó Aliocha‑ que mi hermano le expresará su arrepentimiento con toda sinceridad. Si es preciso, se arrodillará en el mismo lugar de la agresión. Le obligaré a ello. Si no lo quiere hacer, dejará de ser mi hermano.

‑¡Bah, bah! Eso no es más que un buen deseo. No ha salido de él, sino de usted, que es noble y generoso. Usted debió decírselo en seguida. Ahora permítame que le explique el espíritu caballeresco que su hermano demostró aquel día. Soltando mi barba, dejó de arrastrarme y me dijo: «Tú eres oficial y yo también. Si puedes encontrar como testigo un caballero, envíamelo. Me batiré contigo, aunque seas un bribón.» Ya lo ve: un espíritu verdaderamente caballeresco, ¿no? Iliucha y yo nos marchamos, y esta escena quedó grabada para siempre en la memoria del pobre niño. ¿De qué nos sirve pertenecer a la nobleza? Por otra parte, juzgue usted mismo. Acaba usted de salir de mi casa. ¿Qué ha visto usted en ella? Tres mujeres, de las que una está impedida y ha perdido el juicio; otra, inválida y jorobada, y la tercera, que está completamente sana, es demasiado inteligente: es estudiante y está deseando volver a Petersburgo para descubrir en las orillas del Neva los derechos de la mujer rusa. Y no hablemos de Iliucha. No tiene más que nueve años, y si yo muriese quedaría completamente solo, pues dígame usted qué sería de mi hogar si yo faltase. ¿Qué ocurriría si me batiera con su hermano y él me matara? ¿Qué sería de toda mi familia? Y si me dejara solamente lisiado, sería aún peor, pues yo no podría trabajar y no tendríamos qué comer. ¿Quién me alimentaría? ¿Quién nos alimentaría a todos? En vez de mandar a Iliucha a un colegio, tendríamos que enviarlo a pedir limosna. He aquí, señor, lo que para mí significaría batirme con su hermano. Sería un verdadero disparate.

‑Le pedirá perdón, se arrojará a sus pies en medio de la calle ‑exclamó una vez más Aliocha con ardiente vehemencia.

‑Pensé denunciarlo ‑continuó el capitán‑, pero abra usted nuestro código y dígame si puedo esperar una justa satisfacción de mi agresor. Además, Agrafena Alejandrovna me amenazó así: «Si lo denuncias, no pararé hasta que todo el mundo sepa que te castigó por la granujada que le hiciste. Y entonces serás tú el perseguido por la justicia.» Sólo Dios sabe quién fue el verdadero autor de esa granujada; sólo Dios sabe que obré por orden de ella y de Fiodor Pavlovitch. Aún me dirigió nuevas amenazas Agrafena Alejandrovna. «Además, te despediré y ya no podrás ganarte nada trabajando para mí. Y también te despedirá mi comerciante (así llama a su viejo), porque yo se lo diré.» Y si ella y su comerciante dejan de darme trabajo, ¿cómo me ganaré la vida? Son los dos únicos protectores que me quedan, ya que Fiodor Pavlovitch me ha retirado su confianza por otro motivo, a incluso pretende requerirme judicialmente, presentando mis recibos. Por estas razones no he dado ningún paso y me he quedado quieto en mi retiro, ese retiro que usted acaba de ver. Ahora dígame: ¿le ha hecho mucho daño Iliucha con su mordisco? No he querido hacerle esta pregunta en su presencia.

‑Sí, me ha hecho mucho daño. Estaba indignadísimo. Ahora comprendo perfectamente que se ha vengado en mí, un Karamazov, de la agresión de otro Karamazov contra usted. ¡Si lo hubiera visto usted batirse a pedradas con sus compañeros...! Estas pedreas son muy peligrosas. Los niños no saben lo que hacen. Una pedrada en la cabeza puede ser fatal.

‑Él ha recibido una, si no en la cabeza, en el pecho, encima del corazón. Ha entrado en casa gimiendo y llorando y, como ha visto usted, está enfermo.

‑Ha sido el primero en atacar. Lo que le ha ocurrido a usted lo ha impulsado al mal. Sus compañeros me han dicho que ha herido en un costado con un cortaplumas a un niño llamado Krasotkine.

‑Ya lo sé. Su padre sirvió aquí como funcionario, y esto puede traernos complicaciones.

‑Le aconsejo ‑dijo Aliocha con vehemencia‑ que no lo envíe al colegio en una temporada..., hasta que se tranquilice, hasta que le pase el arrebato de ira.

‑Usted lo ha dicho ‑manifestó el capitán‑: ha sido un arrebato de ira, un ataque de tremenda cólera en un pequeño ser... Usted no lo sabe todo. Permítame que se lo explique detalladamente. Después del suceso, sus compañeros empezaron a zaherirle, a llamarle « Barbas de Estropajo». Los niños de esta edad son despiadados. Tratados individualmente son unos ángeles, pero cuando se reúnen son crueles, sobre todo en el colegio. Iliucha, al verse perseguido, notó que se despertaba en él un noble sentimiento. Un chico corriente, siendo débil como es él, se habría resignado, se habría avergonzado de la humillación sufrida por su padre. Pero él se irguió contra todos para defender a su padre, a la justicia, a la verdad. Lo que ese muchacho ha sufrido desde que besó la mano de su hermano gritándole: «¡Perdone a mi padre, perdone a mi padre! », sólo Dios y yo lo sabemos. Así es como nuestros hijos, no los de ustedes; los nuestros, los de las personas indigentes, pero de noble corazón, descubren la verdad a la edad de nueve años. ¿Cómo pueden descubrirla los ricos? Los ricos no penetran nunca tan profundamente. En cambio, mi Iliucha ha sondeado la verdad en toda su magnitud en el momento en que besaba la mano que me estaba golpeando. Esta verdad ha penetrado en él y ha dejado en su alma una impresión imborrable ‑exclamó el capitán con vehemencia y semblante extraviado, mientras se golpeaba la mano izquierda con el puño derecho, como si quisiera dar una prueba material del impacto que la verdad había producido en Iliucha‑. Aquel día tuvo fiebre y deliró por la noche. Guardó silencio durante toda la jornada. Observé que me miraba desde su rincón. Fingía estar estudiando, pero su pensamiento estaba lejos del estudio. Al día siguiente, yo me sentía tan triste, que me olvidé de muchas cosas. Mi mujer, a la que tanto quiero, empezó a llorar como de costumbre. Entonces fue tanto mi dolor, que me emborraché con mis últimas monedas. No me desprecie, señor. En Rusia, los peores borrachos son las mejores personas, y viceversa. Yo estaba acostado y no pensaba en Iliucha, pero aquel día los chiquillos estuvieron divirtiéndose a costa de él desde por la mañana. «¡Eh, “Barba de Estropajo”! ‑le dijo uno‑. Cogieron a tu padre de la barba y lo sacaron a rastras de la taberna. Y tú corrías alrededor de él pidiendo clemencia.» Tres días después volvió del colegio pálido y abatido. «¿Qué tienes?» , le pregunté. Él no me contestó. No podíamos hablar en casa. Su madre y sus hermanas se habrían mezclado en la conversación en seguida. Las chicas se habían enterado de todo poco después de haber ocurrido. Varvara Nicolaievna empezó a gruñir:

» ‑¡Bufones, payasos! Sois incapaces de portaros decentemente.

»‑Es verdad, Varvara Nikolaievna: somos incapaces de portarnos decentemente.

»Esta vez logré salir del paso. Al atardecer me fui a pasear con el niño. Ha de saber que desde hace algún tiempo salimos a pasear todas las tardes por este mismo camino y llegamos hasta aquella enorme y solitaria roca que hay allá lejos, junto al seto donde empiezan los pastos comunales. Es un lugar desierto y encantador. Íbamos cogidos de la mano como de costumbre. Tiene unas manos pequeñas, de dedos delgados y fríos, pues sufre del pecho.

»‑Papá ‑me dijo‑. Papá...

»‑¿Qué? ‑le pregunté. Sus ojos llameaban.

»‑¡Cómo te trató!

»‑¿Qué le vamos a hacer, Iliucha?

»‑No hagas las paces con él, papá; no las hagas. Mis compañeros dicen que te ha dado diez rublos para que calles.

»‑No, hijo mío. Por nada del mundo aceptaré dinero de él ahora.

»Él empezó a temblar. Cogió mi mano entre las suyas y me abrazó...

»‑Papá, desafíalo. En el colegio me dicen que eres un cobarde, que no te batirás con él, que aceptarás sus diez rublos.

»‑No puedo desafiarlo, Iliucha ‑le respondí.

»Y le expliqué en cuatro palabras lo que acabo de decirle a usted sobre esto. Él me escuchó hasta el fin.

»‑De todos modos, papá, no hagas las paces con ese hombre. Cuando yo sea mayor, lo desafiaré y lo mataré.

»En sus ojos había un resplandor intenso. Sin embargo, soy su padre y tuve que decirle la verdad.

»‑Matar, incluso en duelo, es un pecado, Iliucha.

»‑Papá, cuando yo sea un hombre, lo tiraré al suelo, lo desarmaré, me arrojaré sobre él con el sable en alto y le diré: “Podría matarte, pero lo perdono.”

»Ya ve usted, señor, lo que ha absorbido ese espíritu infantil durante estos días. No hace más que pensar en la venganza, y sin duda ha hablado de ella durante su delirio. Anteayer, cuando volvió del colegio con las huellas de haber sido cruelmente golpeado, me enteré de todo. Tiene usted razón. No volverá nunca al colegio. Se enfrenta con todos los alumnos, a todos los desafía. Está desesperado. Su corazón arde de odio. Temo por él. Reanudamos nuestro paseo.

»‑Papá ‑me dijo‑, ¿son los ricos las personas más poderosas del mundo?

»‑Sí, Iliucha: no hay nada más poderoso que un rico.

»‑Pues yo me haré rico, papá. Seré oficial y venceré a todos los enemigos. El zar me recompensará, y entonces vendré a reunirme contigo y ya nadie se atreverá a...

»Guardó silencio unos instantes. Después, con los labios temblorosos como hacía un momento, dijo:

»‑Papá, ¡qué vil es nuestra ciudad!

»‑Sí, Iliucha, es una ciudad vil.

»‑Vámonos a vivir a otra parte, papá. A donde nadie nos conozca.

»‑Eso me parece bien, Iliucha. Pero necesitamos dinero.

»Me complacía poder distraerlo así de sus sombríos pensamientos. Empezamos a hacer cábalas sobre nuestro traslado a otra ciudad. Tendríamos que comprar un caballo y un carro.

»‑Tu madre y tus hermanas irán en el carro. Las taparemos bien y nosotros iremos a pie al lado. De vez en cuando, tú subirás al carro, pero yo seguiré yendo a pie, pues no hay que cansar al caballo. Así viajaremos.

»Él estaba encantado, sobre todo de tener un caballo. Como usted sabe muy bien, para un. muchacho ruso no hay nada mejor que un caballo. “Alabado sea Dios ‑pensé‑. Lo has distraído y lo has consolado.” Pero ayer volvió del colegio más abatido que nunca. Por la tarde, durante el paseo, no despegaba los labios. Hacía viento, el sol se ocultó. Se percibía el otoño en la penumbra que nos rodeaba. Los dos estábamos tristes.

»‑Bueno, muchacho; vamos a hacer los preparativos para el viaje.

»Intentaba reanudar la charla del día anterior. Él no dijo ni una palabra, pero su menuda mano temblaba en la mía. “Malo ‑me dije‑. Algo nuevo ha ocurrido.” Llegamos hasta esta piedra que ahora estamos viendo. Yo me senté en ella. En el aire se veían lo menos treinta cometas que el viento azotaba sonoramente. Es ahora el tiempo de remontarlas.

»‑También nosotros podríamos hacer volar las cometas del año pasado, Iliucha. Las repararé. ¿Qué has hecho de ellas?

»Él seguía mudo y volvía la cara para no mirarme. De pronto, el viento empezó a zumbar, levantando nubes de tierra. Iliucha se arrojó sobre mí, me rodeó el cuello con los brazos y me estrechó entre ellos. Así suele ocurrir, señor. El niño taciturno y orgulloso retiene largo tiempo sus lágrimas, pero cuando, al fin, la fuerza del dolor las hace brotar, corren en torrentes. Sus lágrimas ardientes inundaron mi rostro. Sollozaba entre convulsiones, me apretaba contra su pecho.

»‑¡Papá ‑exclamó‑, mi querido papá! ¡Cómo te humilló ese hombre!

» Entonces yo también me eché a llorar, y los dos sollozamos abrazados sobre esta gran piedra. Nadie nos vela: sólo Dios. Tal vez me lo tenga en cuenta. Dé las gracias a su hermano, Alexei Fiodorovitch. No, no azotaré a mi hijo por el mal que le ha hecho a usted.

Así terminó su extraña y enrevesada confidencia. Aliocha, tan conmovido que sus ojos estaban húmedos de lágrimas, comprendía que aquel hombre tenía confianza en él y que no se habría franqueado con cualquiera.

‑¡Cómo me gustaría hacer las paces con su hijo! ‑exclamó‑. Si usted quisiera intervenir...

‑Lo haré ‑murmuró el capitán.

‑Pero no es eso lo que nos interesa ahora. Escuche. Tengo un encargo para usted. Mi hermano Dmitri ha ofendido también a su novia, una muchacha noble de la que usted debe de haber oído hablar. Tengo derecho a revelarle esta afrenta; es más, tengo el deber de hacerlo, pues esa joven, al enterarse de la humillación sufrida por usted, me ha encargado hace un momento... de entregarle un dinero de su parte, no en nombre de Dmitri, que la ha abandonado, ni de mí, su hermano, ni de nadie; de ella y únicamente de ella. Le suplica a usted que acepte su ayuda... A los dos los ha ofendido la misma persona. Esa joven ha pensado en usted únicamente porque ella ha recibido una afrenta tan grave como la que usted ha sufrido. Es como una hermana que acude en ayuda de su hermano. Me ha pedido que le convenza a usted de que acepte estos doscientos rublos de su parte, como los aceptaría de una hermana que conociera su desdichada situación. Nadie se enterará; no tiene usted que temer a las murmuraciones de los malintencionados. He aquí los doscientos rublos. Acéptelos, créame. De lo contrario, habría que admitir que en el mundo sólo tenemos enemigos. Y eso no es verdad: hay también hermanos... Usted debe comprenderlo porque tiene un alma noble.

Y Aliocha le ofreció dos billetes de cien rublos completamente nuevos. El capitán y él estaban entonces precisamente junto a la gran roca cercana al seto. No había nadie en torno a ellos. Los billetes produjeron en el capitán profunda impresión. Se estremeció, aunque al principio el estremecimiento fue sólo de sorpresa: de ningún modo esperaba que el suceso tuviera semejante desenlace; jamás había ni siquiera soñado que pudiera recibir ayuda alguna. Cogió los billetes y durante casi un minuto fue incapaz de responder. Una expresión nueva apareció en su rostro.

‑¡Doscientos rublos! ¿Es para mí todo este dinero? ¡Dios Santo! Hacía cuatro años que no veía doscientos rubios juntos. Ha dicho que es como una hermana mía. ¡Vaya si lo es!

‑Le juro que todo lo que le he dicho es la pura verdad ‑afirmó Aliocha.

El capitán enrojeció.

‑Escuche, señor, escuche: si acepto, ¿no seré un cobarde, no se lo pareceré a usted? Escuche, escuche ‑repetía a cada momento, tocando a Aliocha‑: usted me pide que acepte el dinero, ya que es una «hermana» quien me lo envía; pero si lo tomo, ¿no me despreciará usted, aunque no lo manifieste?

‑¡No y mil veces no! ¡Se lo juro por la salvación de mi alma! Además, esto no lo sabrá nadie nunca, nadie más que nosotros: usted, ella, yo... y una dama que es gran amiga suya.

‑Todo eso importa muy poco. Óigame, Alexei Fiodorovitch; es indispensable que me oiga. Usted no puede comprender lo que representan para mí estos doscientos rublos ‑continuó el infortunado capitán, del que se había ido apoderando poco a poco una tremenda exaltación y que se expresaba con la impaciencia del que teme que no le dejen decir todo lo que desea‑. Dejando aparte el hecho de que este dinero es de procedencia limpia, ya que viene de una respetable «hermana», ha de saber usted que ahora podré cuidar a mi esposa y a Nina, mi angelical jorobadita. El doctor Herzenstube vino a mi casa desinteresadamente, impulsado por la bondad de su corazón; la estuvo reconociendo durante una hora y me dijo: «No comprendo nada en absoluto.» Sin embargo, el agua mineral que recetó a mi mujer la alivia mucho. También le prescribió baños de pies con ciertos remedios. Las botellas de agua mineral valen treinta copecs cada una, y se ha de beber unas cuarenta. Yo cogí la receta y la puse en la mesita que hay debajo del icono. Allí está. A Nina le ordenó baños calientes en una solución especial, dos veces al día, mañana y tarde. ¿Cómo es posible seguir semejante tratamiento viviendo realquilados y sin servidumbre, sin agua, sin los utensilios necesarios y sin la ayuda de nadie? La pobre Nina está imposibilitada por el reumatismo. No se lo había dicho todavía, ¿verdad? Por las noches siente fuertes dolores en todo un costado y sufre horriblemente, pero disimula para no inquietarnos, y, para que no nos despertemos, de sus labios no se escapa la menor queja. Comemos lo que buenamente llega a nuestras manos. Pues bien, ella se queda con el último bocado, algo que ni los perros querrían. Es como si dijera: «Ni siquiera este bocado merezco, pues os privo de él a vosotros, a cuya costa vivo.» Eso dice con su mirada de ángel. La atendemos, y ello le pesa. « No merezco estos cuidados. Soy una persona inútil.» ¡No merecerlos ella, cuya dulzura angelical es una bendición para todos! Sin su dulce presencia, nuestra casa sería un infierno. Ha conseguido incluso suavizar el carácter de Varvara. No condene a Varvara. Es también un ángel, un ser desgraciado. Llegó a casa el verano pasado con dieciséis rublos que había ganado dando lecciones y estaban destinados a pagar su regreso a Petersburgo en el mes de septiembre, es decir, ahora. Pero nos hemos comido su dinero y no podía marcharse: ésta es la causa de su mal humor. Por otra parte, no se podía ir, porque está tan ocupada en la casa, que parece una condenada a trabajos forzados. Hemos hecho de ella una acémila. Se ocupa en todo: remienda, lava, barre, acuesta a su madre. Y su madre es caprichosa y llorona, en fin, una perturbada... Ahora, con estos doscientos rublos, podremos tener una sirvienta y no faltarán cuidados a esos dos seres a los que tanto quiero. Enviaré a Varvara a Petersburgo, compraré carne, estableceré un nuevo régimen de vida. ¡Señor, si esto parece un sueño!

Aliocha estaba encantado de haber sido portador de tanta felicidad y de ver que aquel pobre diablo admitía aquel medio de ser feliz.

‑Espere, Alexei Fiodorovitch, espere ‑continuó el capitán, aferrándose a un nuevo sueño‑. Sepa que Iliucha y yo podremos llevar a cabo nuestro proyecto. Compraremos un caballo y un carro; un caballo negro, pues así lo quiere él, y nos marcharemos, como decidimos anteayer los dos. Conozco a un abogado en la provincia de K..., un amigo de la infancia. Me he enterado por una persona digna de crédito de que, si me presentara allí, me daría una plaza de secretario. A lo mejor, es verdad que me la da... Mi mujer y Nina irían dentro del carro, Iliucha conduciría y yo iría a pie. Así viajaríamos toda la familia. ¡Señor! Si yo supiera que iba a tener una credencial, esto bastaría para que hiciéramos el viaje.

‑¡Lo harán, lo harán! ‑exclamó Aliocha‑. Catalina Ivanovna le enviará más dinero, tanto como usted quiera. Yo también tengo dinero. Acepte lo que le haga falta. Se lo ofrezco como se lo ofrecería a un hermano, a un amigo. Ya me lo devolverá, pues usted se hará rico. No se le ha podido ocurrir nada mejor que este viaje. Será la salvación de ustedes, sobre todo la de su hijo. Deben marcharse en seguida, antes del invierno, antes de los fríos. Ya nos escribirá desde allí; seguiremos siendo hermanos... ¡No, esto no es un sueño!

Aliocha estaba tan contento, que de buena gana habría abrazado al capitán. Pero al fijar la vista en él, quedó paralizado. El capitán, con el cuello estirado y la boca saliente, pálido y lleno de exaltación el semblante, movía los labios, como si quisiera hablar, pero sin emitir ningún sonido.

‑¿Qué le ocurre? ‑preguntó Aliocra con un repentino estremecimiento.

‑Alexei Fiodorovitch..., le voy a... ‑balbuceó el capitán mirando a Aliocha con un gesto extraño y feroz, el gesto del hombre que va a lanzarse al vacío, al mismo tiempo que sus labios plasmaban una sonrisa‑. Le voy a... ¿Quiere usted que le haga un juego de manos? ‑murmuró acto seguido, con acento firme y como obedeciendo a una súbita resolución.

‑¿Un juego de manos?

‑Ahora verá ‑dijo el capitán, crispados los labios, guiñando el ojo izquierdo y taladrando a Aliocha con la mirada.

‑¿Qué le pasa? ‑exclamó Alexei, francamente aterrado‑. ¿Qué dice usted de juegos de manos?

‑¡Mire! ‑gritó el capitán.

Le mostró los dos billetes, que mientras hablaba había sostenido entre los dedos pulgar a índice, y de pronto los estrujó cerrando el puño.

‑¿Ve usted, ve usted? ‑exclamó, pálido, frenético. Levantó la mano y, con todas sus fuerzas, arrojó los estrujados billetes al suelo.- ¿Ve usted? ‑vociferó nuevamente, señalándolos con el dedo‑‑. ¡Ahí los tiene!

Empezó a pisotearlos con furor salvaje. Jadeaba y exclamaba a cada pisotón:

‑Mire lo que yo hago con su dinero. ¡Mire, mire!

De súbito dio un salto atrás y se irguió mirando a Aliocha. De todo su cuerpo emanaba un orgullo indecible.

‑¡Vaya a decir a los que le han enviado que el «Barbas de Estropajo» no vende su honor! ‑exclamó con el brazo extendido.

Después giró rápidamente sobre sus talones y echó a correr. Cuando había recorrido unos cinco pasos se volvió y dijo adiós a Aliocha con la mano. Avanzó cinco pasos más y se detuvo de nuevo. Esta vez su rostro no estaba crispado por la risa, sino sacudido por el llanto. En un tono gimiente, entrecortado, farfulló:

‑¿Qué habría dicho a mi hijo si hubiese aceptado el pago de nuestra vergüenza?

Dicho esto, echó a correr de nuevo, ya sin volverse. Aliocha le siguió con una mirada llena de profunda tristeza. Comprendió que hasta el último momento el desgraciado no supo que estrujaría y arrojaría los billetes. Aliocha no quiso perseguirlo ni llamarlo. Cuando perdió de vista al capitán, cogió los billetes, arrugados y hundidos en la tierra, pero intactos todavía. Incluso crujieron cuando Aliocha los alisó. Luego los dobló, se los guardó en el bolsillo y fue a dar cuenta a Catalina Ivanovna del resultado de su gestión.

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