Los hermanos Karamazov: Tercera Parte: Libro IX

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Tercera Parte (Libro IX)
Capítulo I: Los comienzos del funcionario Perkhotine
de Fiódor Dostoyevski


Piotr Ilich Perkhotine, a quien dejamos golpeando con todas sus fuerzas la puerta principal de la casa Mozorov, acabó, como es lógico, por conseguir que le abriesen. Al oír semejante alboroto, Fenia, todavía horrorizada, estuvo a punto de sufrir un ataque de nervios. Aunque había visto a Dmitri Fiodorovitch emprender el viaje, creyó que era él, que había vuelto, por juzgar que sólo un hombre como Mitia podía llamar de un modo tan insolente. Fenia corrió a ver al portero, al que el estrépito había despertado, y le suplicó que no abriese. Pero el portero, al oír el nombre del visitante y saber que deseaba hablar con Fedosia Marcovna de un asunto importante, decidió dejarlo pasar.

Piotr Ilitch empezó a interrogar a la joven y obtuvo en seguida el dato más importante: al salir en busca de Gruchegnka, Dmitri Fiodorovitch se había llevado una mano de mortero, y había vuelto con las manos vacías y manchadas de sangre.

‑La sangre goteaba ‑dijo Fenia, recordando, en medio de su turbación, este horripilante detalle.

Piotr Ilitch había visto las manos ensangrentadas de Mitia y le había ayudado a lavárselas. A Piotr Ilitch no le importaba saber si se le habían secado rápidamente; lo importante para él era averiguar si Dmitri Fiodorovitch había ido a casa de su padre con la mano de mortero. Piotr hitch insistió sobre este punto, y aunque no logró obtener aclaraciones precisas, quedó casi convencido de que Dmitri Fiodorovitch había visitado la casa paterna y, por consiguiente, de que algo debía de haber pasado en ella.

Fenia añadió:

‑Cuando volvió, yo se lo conté todo y le pregunté: «¿Por qué tiene las manos manchadas de sangre, Dmitri Fiodorovitch?» Él me respondió que la sangre era humana, que acababa de matar a una persona, y se fue corriendo como un loco. Yo pensé: «¿Adónde irá?» Y me respondí que sin duda se dirigiría a Makroie para matar a la señorita. Entonces salí corriendo en su busca para suplicarle que la perdonara. Al pasar ante la casa de los Plotnikov lo vi. Estaba preparado para partir y tenía las manos limpias...

La abuela confirmó el relato de la nieta. Piotr Ilitch salió de la casa todavía más confundido que cuando había entrado.

Lo más lógico era dirigirse inmediatamente a casa de Fiodor Pavlovitch para enterarse de si había ocurrido algo, y luego, sabiendo ya a qué atenerse, ir a visitar al ispravnik. Piotr Ilitch estaba decidido a proceder de este modo. Pero la noche era oscura, y la puerta de la casa, gruesa y maciza. No conocía apenas a Fiodor Pavlovitch. Si, a fuerza de dar golpes, conseguía que le abriesen y resultaba que no había ocurrido nada anormal, al día siguiente el malicioso Fiodor Pavlovitch iría contando por toda la ciudad ‑como quien cuenta una anécdota graciosa‑ que, a medianoche, el funcionario Perkhotine, al que no conocía, había llamado a su puerta para averiguar si lo habían matado. Sería un escándalo, y no había nada en el mundo que Piotr Ilitch detestara tanto como los escándalos. Sin embargo, los sentimientos que lo dominaban eran tan imperiosos, que, después de haber golpeado el suelo con la planta del pie para desahogar su cólera y de haberse insultado a sí mismo, se lanzó en otra dirección, hacia la casa de la señora de Khokhlakov. Si ésta, respondiendo a sus preguntas, decía que no había entregado tres mil rublos a Dmitri Fiodorovitch a hora tan intempestiva, él, Perkhotine iría a ver al ispravnik sin pasar por la casa de Fiodor Pavlovitch. De lo contrario, lo dejaría todo para el día siguiente y se volvería a casa. Salta a la vista que la resolución del joven funcionario de presentarse a las once de la noche en casa de una mujer mundana a la que conocía, haciéndola, tal vez, levantar de la cama, para interrogarla sobre un asunto tan singular, podía motivar un escándalo semejante al que trataba de eludir. Pero es frecuente que las personas más flemáticas adopten en tales casos resoluciones parecidas. No obstante, en aquel momento, Piotr llitch no se parecía en nada a un hombre flemático. Recordó durante toda su vida que la turbación insoportable que se había apoderado de él llegó a tener carácter de verdadero suplicio y lo llevó a obrar contra su voluntad. Por el camino no cesó de hacerse reproches por el estúpido paso que iba a dar. «¡Pero iré hasta el fin!», se dijo una y otra vez, rechinando los dientes. Y cumplió su palabra.

Estaban dando las once cuando llegó a casa de la señora de Khokhlakov. Le fue fácil entrar en el patio, pero el portero no pudo decirle con certeza si la señora estaba ya acostada, aunque era su costumbre estarlo a aquella hora.

‑Hágase anunciar, y ya verá si lo recibe o no.

Piotr Ilitch subió al piso, y entonces empezaron las dificultades. El criado no quería anunciarlo. Acabó por llamar a la doncella. Cortés pero firmemente, Piotr Ilitch rogó a la joven que dijera a su señora que el funcionario Perkhotine deseaba hablarle de un asunto importantísimo, tan importante, que justificaba que se permitiera molestarla a aquellas horas.

‑Anúncieme en estos términos ‑concluyó.

Esperó en el vestíbulo. La señora de Khokhlakov estaba ya en su dormitorio. La visita de Mitia la había trastornado, y presentía una noche de jaqueca, como solía ocurrirle en casos semejantes. Se opuso, irritada, a recibir al joven funcionario, aunque la llegada de aquel desconocido despertaba su curiosidad femenina. Pero Piotr Ilitch se obstinó como un mulo. Al recibir la negativa, insistió imperiosamente, solicitando que se dijera a la señora, palabra por palabra, «que el asunto podía calificarse de grave y que era muy posible que la señora se arrepintiera de no haberle recibido». La doncella lo miró, asombrada, y fue a dar el recado. La señora de Khokhlakov se quedó estupefacta, reflexionó un momento y preguntó qué aspecto tenía el visitante. Así se enteró de que «era un hombre de buena presencia, joven y muy fino». Digamos de paso que Piotr Ilitch no carecía de belleza varonil y que él lo sabía. La señora de Khokhlakov se decidió a dejarse ver. Iba en bata y zapatillas y se había echado un pañuelo negro sobre los hombros. Se rogó al funcionario que pasara al salón. Apareció la señora. Miró al visitante con expresión interrogadora y, sin hacerlo sentar, le invitó a que dijera lo que tenía que decir.

‑Me he permitido molestarla, señora ‑empezó Perkhotine‑, para hablarle de una persona a la que los dos conocemos. Me refiero a Dmitri Fiodorovitch Karamazov...

Apenas hubo pronunciado este nombre, el semblante de su interlocutora reflejó una viva indignación. La dama ahogó un grito y lo interrumpió, iracunda:

‑¡No me hable de ese horrible sujeto! Sólo oír su nombre es un tormento para mí. ¿Cómo se ha atrevido usted a molestar a estas horas a una dama a la que no conoce para hablarle de un individuo que hace tres horas y aquí mismo ha intentado asesinarme, ha pateado el suelo furiosamente y se ha marchado dando voces? Le advierto, señor, que presentaré una denuncia contra usted. ¡Salga de aquí inmediatamente! Soy madre y...

‑¿De modo que quería matarla a usted también?

‑¿Acaso ha matado ya a alguien? ‑preguntó en el acto la dama.

‑Concédame unos minutos de atención, señora, y se lo explicaré todo ‑repuso en tono firme Perkhotine‑. Hoy, a las cinco de la tarde, el señor Karamazov me ha pedido prestados diez rublos, y sé positivamente que en aquel momento no tenía un solo copec. Y a las nueve ha vuelto a mi casa con un fajo de billetes en la mano. Debía de llevar dos mil o tres mil rublos. Tenía el aspecto de un loco. Sus manos y su cara estaban manchadas de sangre. Le pregunté de dónde había sacado tanto dinero, y me contestó que se lo había dado usted, que usted le había adelantado la suma de tres mil rublos para que se fuera a las minas de oro. Éstas fueron sus palabras.

El semblante de la señora de Khokhlakov expresó una emoción súbita.

‑¡Dios mío! ‑exclamó enlazando las manos‑. ¡No cabe duda de que ha matado a su padre! ¡Yo no le he dado ningún dinero! ¡Corra, corra! ¡No diga nada más! ¡Vaya a casa del viejo! ¡Salve su alma!

‑Escuche, señora: ¿está usted segura de no haber entregado a Dmitri Fiodorovitch ningún dinero?

‑¡Ninguno, ninguno! No se lo he querido dar al ver que él no apreciaba mis sentimientos. Se ha marchado hecho una furia. Se ha arrojado sobre mí; he tenido que retroceder. ¿Sabe usted lo que ha hecho? Se lo digo porque no quiero ocultarle nada. ¡Me ha escupido!... Pero no esté de pie. Siéntese... Perdóneme que... ¿O prefiere usted ir a intentar salvar al viejo de una muerte espantosa?

‑Pero si ya lo han matado...

‑Cierto, Dios mío. ¿Qué podemos hacer? ¿Qué le parece a usted que hagamos?

Lo había obligado a sentarse y se había instalado frente a él. Piotr Ilitch le refirió brevemente los hechos de que había sido testigo; le habló de su reciente visita a Fenia y mencionó la mano de mortero. Estos detalles trastornaron a la dama, que profirió un grito y se cubrió los ojos con la mano.

‑Sepa usted que he presentido todo esto. Tengo este don. Todos mis presentimientos se cumplen. ¡Cuántas veces he observado a ese hombre temible pensando: «Terminará por matarme»! Y al fin se han cumplido mis temores. Y si no me ha matado todavía comb a su padre ha sido porque Dios se ha dignado protegerme. Además, la vergüenza lo ha frenado, pues yo le había colgado del cuello, aquí mismo, una medalla que pertenece a las reliquias de Santa Bárbara mártir... ¡Qué cerca estuve entonces de la muerte! Me acerqué a él para que me ofreciera su cuello. Mire usted, Piotr Ilitch (ha dicho usted que se llama así, ¿verdad?), yo no creo en los milagros; pero esa imagen..., ese prodigio evidente en mi favor, me ha impresionado y me inclina a renunciar a mi incredulidad... ¿Ha oído hablar del starets Zósimo?... ¡Ay, no sé dónde tengo la cabeza! Ese mal hombre me ha escupido aun llevando la medalla pendiente del cuello... Pero sólo me ha escupido, no me ha matado. Y luego ha echado a correr. ¿Qué hacemos? Dígame: ¿qué hacemos?

Piotr Ilitch se levantó y dijo que iba a contárselo todo al ispravnik para que éste procediera como creyese conveniente.

‑Lo conozco. Es una excelente persona. Vaya en seguida a verlo. ¡Qué inteligencia tiene usted, Piotr Ilitch! A mí no se me hubiera ocurrido nunca esa solución.

‑Estoy en buenas relaciones con él, y esto es una ventaja ‑dijo Piotr Ilitch, visiblemente deseoso de librarse de aquella dama que hablaba por los codos y no le dejaba marcharse.

‑Oiga, venga a contarme todo lo que averigüe: las pruebas que se obtengan, lo que puedan hacer al culpable... ¿Verdad que la pena de muerte no existe en nuestro país? No deje de venir aunque sea a las tres o las cuatro de la mañana... Diga que me despierten, que me zarandeen si es preciso... Pero no creo que haga falta, porque estaré levantada. ¿Y si fuera con usted?

‑No, eso no. Pero si declarase por escrito que no ha entregado ningún dinero a Dmitri Fiodorovitch, esta declaración podría ser útil...

‑¡Ahora mismo! ‑dijo la señora de Khokhlakov corriendo hacia su mesa de escribir‑. Tiene usted un ingenio que me confunde. ¿Desempeña usted su cargo en nuestra ciudad? Me alegro de veras.

Sin dejar de hablar y a toda prisa había trazado unas líneas en gruesos caracteres.

Declaro que no he prestado jamás, ni hoy ni antes, tres mil rublos a Dmitri Fiodorovitch Karamazov. Lo juro por lo más sagrado. KHOKHLAKOV.

‑Mire; ya está ‑dijo volviendo al lado de Piotr Ilitch‑. ¡Vaya, vaya a salvar su alma! Cumplirá usted una gran misión.

Hizo tres veces la señal de la cruz sobre él y lo condujo de nuevo al vestíbulo.

‑¡Qué agradecida le estoy! ¡No puede usted imaginarse cuánto le agradezco que haya venido a verme antes que a nadie! Siento de veras que no nos hayamos conocido hasta hoy. De ahora en adelante le agradeceré que me visite. He comprobado con satisfacción que cumple usted sus obligaciones con una exactitud y una inteligencia extraordinarias. Por eso nadie puede dejar de comprenderlo, de estimarlo, y le aseguro que todo lo que yo pueda hacer por usted... ¡Oh! Adoro a la juventud, me tiene robada el alma... Los jóvenes son la esperanza de nuestra infortunada Rusia... ¡Vaya, corra!...

Piotr Ilitch se había marchado ya. De lo contrario, la señora de Khokhlakov no le habría dejado ir tan pronto.

Sin embargo, la viuda había producido a Piotr Ilitch excelente impresión, tan excelente, que incluso amortiguaba la contrariedad que le causaba haberse mezclado en un asunto tan complicado y desagradable. Todos sabemos que sobre gustos no hay nada escrito. «No es vieja ni muchísimo menos ‑se dijo‑. Por el contrario, al verla, yo creí que era su hija.»

En cuanto a la señora de Khokhlakov, estaba en la gloria. «Un hombre tan joven, ¡y qué experiencia de la vida, qué formalidad!... Y, además, su finura, sus modales... Se dice que la juventud de hoy no sirve para nada. He aquí una prueba de que eso no es verdad.» Y seguía enumerando cualidades. Tanto, que llegó a olvidarse del espantoso acontecimiento. Ya acostada, recordó vagamente que había estado a punto de morir y murmuró: «¡Es horrible, horrible!...» Pero esto no le impidió dormirse profundamente.

Quiero hacer constar que no me habría entretenido en referir estos detalles insignificantes si tan singular encuentro del funcionario con una viuda todavía joven no hubiera influido en la carrera del metódico Piotr Ilitch. En nuestra ciudad todavía se recuerdan con asombro estos hechos, de los que tat vez digamos algo más al final de esta larga historia de los hermanos Karamazov.


Capítulo II: La alarma
de Fiódor Dostoyevski


El ispravnik Mikhail Makarovitch, teniente coronel retirado que había pasado a ser consejero de la corte, era una buena persona, y ya gozaba de las simpatías de todos por su tendencia a reunir a los elementos de la buena sociedad. Siempre tenía invitados en su casa, aunque sólo fuera un par de comensales en su mesa. Sin esto no habría podido vivir. Sus invitaciones se fundaban en los pretextos más diversos. La comida no era exquisita, pero sí copiosa; las tortas de pescado, excelentes; la abundancia de los vinos compensaba todas las deficiencias.

En la primera habitación había una mesa de billar, y en sus paredes, grabados de cameras inglesas con marcos negros, la que, como es sabido, constituye el ornamento de todas las salas de billar de los pisos de soltero.

Todas las tardes se jugaba a las cartas; pero lo corriente era que las clases distinguidas de nuestra localidad se reunieran en casa del consejero para entregarse al pasatiempo del baffle. Las madres acudían con las hijas. Mikhail Makarovitch, aunque era viudo, vivía en familia, con una hija mayor, que era viuda también, y dos hijas menores. Éstas habían terminado ya sus estudios, y eran tan simpáticas y alegres, que, a pesar de no tener dote, atraían a su casa a la juventud distinguida de la ciudad.

Aunque su inteligencia era limitada y escasa su instrucción, Mikhail Makarovitch desempeñaba sus funciones tan bien como el primero. Cierto que se equivocaba al juzgar ciertas reformas del reinado de la época, pero esto se debía más a la indolencia que a la incapacidad, pues no las había estudiado. «Tengo alma de militar más que de paisano», decía. Aunque poseía tierras en el campo, no tenía una idea clara de la reforma agraria, y la iba comprendiendo poco a poco, por sus resultados y contra su voluntad.

Piotr Ilitch estaba seguro de que se encontraría en casa del consejero con más de un invitado, y, en efecto, allí estaban el procurador, que había ido a jugar una partida, y el doctor Varvinski, perteneciente al zemstvo y que era un joven recién llegado de la Academia de Medicina de Petersburgo, donde había obtenido uno de los primeros puestos.

Hipólito Kirillovitch, el procurador ‑en realidad era el suplente, pero todos lo llamaban así‑, era un hombre de personalidad poco corriente, todavía joven ‑treinta y cinco años‑, predispuesto a la tuberculosis, que estaba casado con una mujer obesa y estéril, orgullosa a irascible, pero que poseía también excelentes cualidades. Para desgracia suya, se hacía demasiadas ilusiones respecto a sus méritos, lo que le mantenía en una inquietud constante. Tenía inclinaciones artísticas y cierta penetración psicológica respecto a los criminales y al crimen. Por eso estaba convencido de que no estimaban su valía en las altas esferas y consideraba que era víctima de una injusticia. En los momentos de decepción decía que iba a dedicarse a la abogacía criminalista. El asunto Karamazov lo galvanizó de pies a cabeza. Se dijo que era un caso que podía apasionar a toda Rusia... Pero no nos anticipemos.

En la habitación inmediata estaban las señoritas y el joven juez de instrucción Nicolás Parthenovitch Neliudov, llegado de Petersburgo hacía dos meses. Más tarde llamó la atención que los personajes citados estuvieran reunidos, como si lo hubiesen hecho adrede, en casa del poder ejecutivo la noche del crimen. Sin embargo, la reunión no podía ser más natural. La esposa de Hipólito Kirillovitch padecía desde el día anterior un fuerte dolor de muelas, y el procurador, para librarse de sus lamentos, se había ido a casa del ispravnik. El médico sólo pasaba a gusto las veladas ante una mesa de juego. Y Neliudov había decidido visitar aquella noche a Mikhail Makarovitch, fingiendo que lo hacía casualmente, a fin de sorprender a la hija menor del ispravnik, Olga Mikhailovna, que cumplía años aquel día, lo que mantenía en secreto, a juicio de Neliudov, para no verse obligada a ofrecer un baile: no quería revelar su edad, ya que era demasiado joven, y temía que la fiesta transcurriera entre alusiones burlonas. Y al día siguiente se hablaría de ello en toda la ciudad.

El apuesto Neliudov era un libertino. Así lo calificaban nuestras damas, sin que él se molestase. Pertenecía a la buena sociedad, a una familia honorable; se comportaba siempre con la mayor corrección, y, a pesar de su inclinación a los placeres, era completamente inofensivo. En sus frágiles dedos llevaba varias gruesas sortijas; era bajito y de complexión delicada. En el ejercicio de su cargo se comportaba con extrema gravedad, pues tenía un alto concepto de su misión y de sus obligaciones. Tenía la especialidad de confundir a los asesinos y malhechores de baja estofa en sus interrogatorios y provocaba en ellos cierto estupor, ya que no respeto a su persona.

Al llegar a casa del ispravnik, Piotr Ilitch advirtió que todo el mundo estaba al corriente de lo sucedido, lo que le sorprendió sobremanera. Se había suspendido el juego y se había entablado una discusión general sobre el suceso. Nicolás Parthenovitch mostraba una actitud belicosa. Piotr Ilitch se enteró, con profundo estupor, de que Fiodor Pavlovitch había sido asesinado aquella misma noche en su casa, asesinado y desvalijado. He aquí cómo se descubrió el trágico suceso.

Marta Ignatievna, la esposa de Grigori, se despertó de pronto de su profundo sueño, sin duda al oír los gritos de Smerdiakov, que se hallaba en la reducida habitación vecina. No había podido acostumbrarse a los gritos del epiléptico, aquellos gritos aterradores que precedían a los ataques. Todavía no despierta del todo, se levantó y entró en el cuarto de Smerdiakov. En la oscuridad, el enfermo respiraba penosamente y se debatía. Marta se asustó y llamó a su marido, pero en esto se acordó de que Grigori no estaba a su lado al despertar ella. Volvió a su habitación, tanteó el lecho y vio que estaba vacío. Corrió al soportal y llamó tímidamente a su esposo. La única respuesta que obtuvo fueron unos gemidos lejanos en el silencio de la noche. Aguzó el oído. Nuevos lamentos. Procedían del jardín... «¡Señor, parecen las quejas de Isabel Smerdiachtchaia! »

Bajó los escalones y vio que la puertecilla del jardín estaba abierta. «Por aquí debe de estar, el pobre.» Siguió avanzando y oyó claramente las llamadas de Grigori: «¡Marta, Marta!» Su voz era débil y estaba impregnada de dolor. «¡Ayúdame, Señor!», murmuró Marta Ignatievna mientras corría en busca de Grigori.

Lo encontró a unos veinte pasos del muro del jardín. Allí había caído. Al volver en sí, debió de ir arrastrándose largo trecho y perder el conocimiento varias veces. Marta se dio cuenta de pronto de que su marido estaba manchado de sangre y empezó a gritar. Grigori murmuró débilmente, con voz entrecortada: «Ha matado... matado a su padre... No grites:.. Corre, avisa...» Marta Ignatievna no se calmaba. En esto vio la ventana de la habitación de su dueño abierta a iluminada. Dirigió una mirada al interior de la habitación y descubrió un horrendo espectáculo: Fiodor Pavlovitch estaba tendido de espaldas, inerte. Su bata y su blanca camisa estaban impregnadas de sangre. La bujía que ardía sobre una mesa iluminaba la cara del muerto. Marta Ignatievna, enloquecida, salió corriendo del jardín, abrió la puerta principal y se dirigió como un rayo a casa de María Kondratievna. Las dos vecinas, madre a hija, estaban durmiendo. Los fuertes golpes dados en la ventana por la esposa de Grigori las despertaron. Con palabra incoherente, Marta Ignatievna les explicó lo ocurrido y les pidió ayuda. Foma, que tenía hábitos de vagabundo, dormía aquella noche en casa de las dos mujeres. Se le hizo levantar inmediatamente y todos se trasladaron al lugar del crimen.

Por el camino, María Kondratievna recordó haber oído, a eso de las nueve, un grito agudo. Este grito fue el de « ¡Parricida! » proferido por Grigori en el momento de coger la pierna de Dmitri Fiodorovitch, que ya estaba en lo alto del muro.

Cuando llegaron junto a Grigori, lo levantaron entre las dos mujeres y Foma y lo transportaron al pabellón. Al encender la luz vieron que Smerdiakov seguía presa de su ataque, los ojos en blanco y la boca llena de espuma. Lavaron la cabeza del herido con agua y vinagre, y esto lo reanimó en seguida. Lo primero que preguntó fue si Fiodor Pavlovitch estaba todavía vivo. Las dos mujeres y el soldado volvieron al jardín y vieron que no sólo la ventana, sino también la puerta de la casa, estaba abierta de par en par, siendo así que, desde hacía una semana, el barine se encerraba por las noches con dos vueltas de llave y no permitía ni siquiera a Grigori que le llamara bajo pretexto alguno. No se atrevieron a entrar, por temor «a las complicaciones». Por orden de Grigori, María Kondratievna corrió a casa del ispravnik para dar la voz de alarma. Llegó cinco minutos antes que Piotr Ilitch, de modo que éste, al aparecer, fue como un testigo de cargo que confirmó con sus declaraciones las sospechas contra el presunto autor del crimen, al que el funcionario se había resistido a considerar culpable.

Se decidió obrar con energía. Las autoridades judiciales se trasladaron al lugar de los hechos y realizaron una investigación en toda regla. El doctor del zemstvo, principiante en el ejercicio de su cargo, se ofreció a acompañarlos. Voy a resumir los hechos. Fiodor Pavlovitch tenía la cabeza abierta. ¿Pero qué arma había empleado el agresor? Seguramente la misma que había servido poco después para abatir a Grigori. Éste, una vez recibidos los primeros cuidados, hizo, a pesar de su debilidad, un relato coherente de lo que le había sucedido. Se buscó con una linterna en las cercanías del muro del jardín, y se encontró la mano de mortero de cobre en medio de una avenida. En la habitación de Fiodor PavIovitch todo estaba en orden, pero detrás del biombo, cerca del lecho, se encontró un gran sobre de papel fuerte, con esta inscripción: «Tres mil rublos para Gruchegnka, mi ángel, si viene.» Y Fiodor Pavlovitch había añadido más abajo: «Para mi pichoncito.» El sobre tenía tres grandes sellos de lacre, pero estaba abierto y vacío. También se encontró en el suelo la cinta de color de rosa con que había estado atado.

Del relato de Piotr Ilitch, lo que más llamó la atención a los magistrados fue la sospecha de que Dmitri Fiodorovitch se iba a suicidar a la mañana siguiente, según él mismo había declarado y como parecían confirmar la pistola cargada, la nota que Mitia había escrito y otros detalles. Piotr Ilitch añadió que le amenazó con denunciarlo para evitar que se suicidase, y que Dmitri le respondió con una sonrisa: « No tendrás tiempo.» Por lo tanto, había que dirigirse a toda prisa a Mokroie para detener al asesino antes de que se quitara la vida.

‑¡La cosa está clara, clarísima! ‑exclamó el procurador, acalorado‑. Todos esos locos proceden así: se divierten antes de poner fin a sus días.

Al enterarse de las compras que había hecho Dmitri, se enardeció más todavía.

‑Acuérdense, señores, del asesino del traficante Olsufiev, que robó a su víctima mil quinientos rublos. Lo primero que hizo fue rizarse el pelo. Después se dedicó a divertirse con las chicas y no se preocupó de ocultar el dinero.

Pero las formalidades de la investigación requerían tiempo. Se envió a Mokroie al isprvvnik Mavriki Mavrikievitch Chmertsoy, que habia llegado a la ciudad para cobrar su sueldo. Se le encargó la vigilancia del «asesino» hasta que llegasen las autoridades competentes. Debía procurarse la ayuda necesaria, etc., etc. Ocultando que obraba oficialmente, enteró de parte del asunto a Trifón Borisytch, conocido suyo desde hacía mucho tiempo. Entonces fue cuando Mitia, al dejar la galería, se encontró con el dueño del parador, que lo buscaba, y observó un cambio en su semblante y en su modo de hablar.

Mitia y sus compañeros ignoraban la vigilancia de que eran objeto. En cuanto a la caja de las pistolas, hacía rato que Trifón la había escondido en lugar seguro.

Nasta las cinco, o sea casi al amanecer, no llegaron las autoridades. Ocupaban dos coches. El médico se había quedado en casa de Fiodor Pavlovitch para hacerle la autopsia y, sobre todo, porque el estado de Smerdiakov le interesaba extraordinariamente.

‑Un ataque de epilepsia tan violento y largo como éste, que ya dura dos días, es sumamente raro a interesante desde el punto de vista científico ‑dijo a sus compañeros cuando los vio partir.

Y todos lo felicitaron, entre risas, por la oportunidad que se le había presentado inesperadamente. El médico afirmó que Smerdiakov no llegaría con vida a la mañana siguiente.

Tras esta digresión un tanto extensa, pero necesaria, reanudamos nuestra historia en el punto en que la dejamos.


Capítulo III: Las tribulaciones de un alma (Primera tribulación)
de Fiódor Dostoyevski


Mitia paseó por todos los presentes una mirada atónita, sin comprender lo que decían. De pronto se irguió, levantó los brazos al cielo y exclamó:

‑¡Yo no soy culpable de ese crimen! ¡Yo no he derramado la sangre de mi padre! Quería matarlo, pero soy inocente. ¡No he sido yo!

Apenas habla terminado de decir esto, Gruchegnka salió de detrás de la cortina y se arrojó a los pies del ispravnik.

‑¡Soy yo la culpable! ‑exclamó tendiendo hacia él los brazos y bañada en lágrimas‑. Lo ha matado por culpa mía. He torturado a ese pobre viejo que ya no existe. Soy yo la principal culpable.

‑¡Sí, criminal: tuya es la culpa! ‑vociferó el ispravnik amenazándola con el puño‑ ¡Eres una mala mujer, una libertina!

Lo hicieron callar en seguida. El procurador incluso lo cogió por la cintura para contenerlo.

‑¡Su actitud está fuera de toda regla, Mikhail Makarovitch! ¡Está usted dificultando la investigación! ¡Lo echa todo a perder!

La indignación lo ahogaba.

‑¡Hay que tomar medidas, hay que tomar medidas! ‑exclamó Nicolás Parthenovitch‑. ¡Esto no se puede tolerar!

‑¡Juzgadnos juntos! ‑continuó Gruchegnka, que seguía arrodillada‑. ¡Ejecutadnos juntos! ¡Estoy dispuesta a morir con él!

‑¡Grucha! ¡Mi vida, mi corazón, mi tesoro! ‑dijo Mitia arrodillándose junto a ella y rodeándola con sus brazos‑. ¡No la crean! ¡Es inocente!

Los separaron a viva fuerza y se llevaron a la joven. Mitia perdió el conocimiento y, cuando lo recobró, se vio sentado ante una mesa y rodeado de personas que ostentaban placas de metal. Frente a él, sentado en el diván, estaba Nicolás Parthenovitch, el juez de instrucción, que le invitaba con toda cortesía a beber un poco de agua.

‑El agua lo refrescará y lo calmará. No se inquiete. No tiene nada que temer.

A Mîtia le interesaron extraordinariamente las gruesas sortijas del juez, adornadas una con una amatista y la otra con una piedra de un amarillo claro, de hermosos destellos. Mucho tiempo después recordaría con estupor que estas sortijas lo fascinaban en medio de las torturas del interrogatorio, hasta el extremo de que no podía apartar los ojos de ellas. A la izquierda de Mitia estaba sentado el procurador; a la derecha, un joven que llevaba una chaqueta de cazador bastante deteriorada y que tenía delante un tintero y papel: era el escribano del juez de instrucción. En el otro extremo de la habitación, junto a la ventana, estaban el ispravnik y Kalganov.

‑Beba un poco ‑dijo por enésima vez y amablemente el juez de instrucción.

‑Ya he bebido, señores, ya he bebido. ‑Y añadió, mirándolos fijamente‑: ¡Aplástenme, condénenme, decidan mi suerte!...

‑¿De modo que sostiene usted que no ha matado a su padre, Fiodor Pavlovitch?

‑Lo sostengo. He derramado la sangre de otro viejo, pero no la de mi padre. Estoy apenado. He matado, pero es muy duro para mí verme acusado de un crimen horrible que no he cometido. Esta terrible acusación, señores, me produce el efecto de un mazazo. ¿Pero quién ha matado a mi padre? ¿Quién ha podido matarlo sino yo? Es algo inaudito, increíble.

‑Debe usted saber... ‑empezó a decir el juez.

Pero el procurador, después de cambiar una mirada con él, dijo a Mitia:

‑Deseche su preocupación por el viejo criado Grigori Vasilev. Está vivo. Ha recobrado el conocimiento y, a pesar del tremendo golpe que usted le ha asestado... (y digo tremendo fundándome en las declaraciones de la víctima y de usted), puede darse por seguro que se curará. Por lo menos, ésta es la opinión del médico.

‑¿Vivo? ¿Está vivo? ‑exclamó Mitia con el rostro resplandeciente y enlazando las manos‑. ¡Señor, gracias por tu magnífico milagro en favor de este malvado, de este pecador! ¡Gracias por haber escuchado mis oraciones! ¡Toda la noche he estado rezando!

Se santiguó tres veces. El procurador continuó:

‑Pero ese Grigori ha hecho una declaración que le compromete a usted gravemente; tanto le compromete, que...

Mitia le interrumpió, levantándose:

‑¡Por favor, señores; un momento, sólo un momento! ¡He de hablar con ella!...

‑Perdone, pero no puede marcharse ahora ‑dijo Nicolás Parthenovitch levantándose también.

Los testigos sujetaron a Mitia, que volvió a sentarse sin protestar.

‑¡Qué lástima! ¡Sólo quería que ella supiese que no soy un asesino, que la sangre cuyo recuerdo me ha torturado toda la noche está lavada! Señores, es mi prometida ‑dijo mirando a todos los presentes con gesto grave y respetuoso‑. Estoy muy agradecido a ustedes. Me han devuelto la vida... Ese viejo me llevó en brazos y me lavó en una artesa cuando yo tenía tres años y vivía en el mayor abandono. Hizo conmigo las veces de padre...

‑Pues resulta que... ‑continuó el juez.

‑Un minuto más, señores ‑le interrumpió Mitia acodándose en la mesa y cubriéndose la cara con las manos‑. ¡Déjenme reconcentrarme, respirar un poco!... Estoy trastornado. Golpear a un hombre no es golpear un tambor.

‑Beba un poco de agua.

Mitia descubrió su cara y sonrió. En sus ojos había un brillo vivaz; parecía transformado. También habían cambiado sus modales. Se volvía a sentir al mismo nivel que aquellos hombres que le rodeaban, todos antiguos conocidos suyos. Tenía la impresión de haberse encontrado con ellos en una fiesta de sociedad el día anterior, antes del suceso. Hay que advertir que Mitia había tenido relaciones cordiales con el ispravnik. Con el tiempo, este trato amistoso se había ido enfriando, y en el mes último apenas se habían visto. Cuando se encontraba con Mitia en la calle, el ispravnik arrugaba las cejas y lo saludaba sólo por pura fórmula, cosa que Dmitri no dejaba de notar. Al procurador lo conocía menos, pero a veces visitaba, sin saber por qué, a su esposa, mujer nerviosa y antojadiza. Ésta lo recibía siempre con amabilidad a interés. En cuanto al juez, sus relaciones con él se limitaban a haber sostenido un par de conversaciones sobre mujeres.

‑Usted, Nicolás Parthenovitch ‑dijo Mitia alegremente‑, es un juez de instrucción muy hábil, y yo lo voy a ayudar. Señores, me siento resucitado. No se molesten ante mi franqueza. Además, les confieso que estoy un poco bebido. Me parece, Nicolás Parthenovitch, que ya tuve el honor, el honor y el placer, de saludarlo en casa de mi pariente Miusov. Señores, yo no pretendo que me traten como a un igual. Comprendo mi situación ante ustedes. Según la acusación de Grigori, pesa sobre mí una culpa horrenda. Comprendo perfectamente mi situación. Pero estoy dispuesto a facilitarles el trabajo, y pronto habremos terminado. Como estoy seguro de mi inocencia, esto abreviará las cosas. ¿No les parece?

Dmitri hablaba de prisa, con toda franqueza, como si sus auditores fueran sus mejores amigos.

‑De momento ‑dijo gravemente Nicolás Parthenovitch‑, anotaremos que usted rechaza formalmente la acusación de asesinato.

Y a media voz dictó al escribano lo procedente.

‑¿Va usted a anotarlo? ¿Quiere anotar eso? De acuerdo; tienen mi pleno consentimiento, señores... Pero yo quisiera... Escriba esto también «Es culpable de graves violencias, de haber golpeado brutalmente a un pobre viejo.» Además, en mi fuero interno, en el fondo de mi corazón, yo siento esta culpa. Pero esto no hay que anotarlo, porque son secretos íntimos... Respecto al asesinato de mi padre, afirmo mi inocencia. Es una idea monstruosa. Lo probaré; pronto se convencerán ustedes. Incluso se reirán de sus sospechas.

‑Cálmese, Dmitri Fiodorovitch ‑dijo el juez‑. Antes de proseguir el interrogatorio, quisiera que me confirmara usted un hecho. Usted no quería a su difunto padre. Al parecer, tenía usted continuas querellas con él. Usted mismo ha manifestado hace un cuarto de hora, en esta habitación, que tenía la intención de matarlo. Ha dicho usted: «No lo he matado, pero he sentido el deseo de hacerlo.»

‑¿Yo he dicho eso? No me extraña, pues, en efecto, y desgraciadamente, he deseado matarlo.

‑¿De modo que lo ha deseado? ¿Quiere explicarnos los motivos de ese odio a muerte contra su padre?

‑¿Qué necesidad hay de explicar eso, señores? ‑dijo Mitia con semblante sombrío y encogiéndose de hombros‑. No he ocultado mis sentimientos; toda la ciudad los conoce. Hace poco, los expuse en el monasterio, en la celda del starets Zósimo. La noche de aquel mismo día golpeé a mi padre hasta dejarlo sin sentido, y juré ante testigos que lo mataría. Testigos no faltan. Llevo un mes diciendo a voces lo mismo... El hecho es patente, pero los sentimientos son otra cosa. Señores, yo estimo que no tienen derecho ustedes a interrogarme sobre esta cuestión. Pese a la autoridad de que están ustedes investidos, se trata de un asunto íntimo que sólo me concierne a mí. Pero, ya que no he ocultado anteriormente mis sentimientos, ya que incluso los pregoné en la taberna, no quiero mantenerlos , en secreto ahora. Escúchenme, señores: reconozco que hay contra mí cargos abrumadores; dije públicamente que lo mataría, y he aquí que lo han matado. ¿Cómo no he de parecer yo el culpable? Los excuso, señores; los comprendo perfectamente.

Estoy estupefacto. ¿Quién puede ser el asesino en este caso, sino yo? ¿Verdad? Si no soy yo, ¿quién puede ser? Señores, quiero saber, les exijo que me digan, dónde lo han matado, cómo, con qué arma...

Miró fijamente al juez y al procurador.

‑Lo hemos encontrado tendido en el suelo, en su despacho, con la cabeza abierta ‑repuso el procurador.

‑¡Es horrible!

Mitia se estremeció, apoyó en la mesa los codos y se cubrió la cara con la mano derecha.

‑Continuemos ‑dijo Nicolás Parthenovitch‑. ¿Por qué motivo odiaba usted a su padre? Tengo entendido que usted ha dicho públicamente que la causa eran los celos.

‑Los celos y algo más.

‑¿Asunto de dinero?

‑Sí, el dinero ha sido también un motivo.

‑Creo que había en juego tres mil rublos de su herencia, que usted no recibió.

‑¿Cómo tres mil? Mucho más. Seis mil..., diez mil tal vez... Lo he dicho a todo el mundo, lo he pregonado por todas partes. Pero estaba resuelto, para terminar de una vez, a conformarme con tres mil rublos. Los necesitaba a toda costa. Yo consideraba como cosa propia, como algo que me habían robado, que era mío y sólo mío, el sobre destinado a Gruchegnka y escondido bajo una almohada.

El procurador cambió con el juez una mirada significativa.

‑Ya volveremos sobre este punto ‑dijo inmediatamente el juez‑. Ahora permítame registrar que usted consideraba ese sobre como cosa propia.

‑Escriban, señores, escriban. Comprendo que esto es un nuevo cargo contra mí, pero no siento ningún terror. Ya ven ustedes que empiezo por acusarme yo mismo; yo mismo, señores... Caballeros ‑añadió amargamente‑, ustedes tienen de mí un concepto completamente equivocado. El hombre que está ante ustedes posee un corazón noble; ha cometido muchas villanías, pero ha conservado la nobleza en el fondo de su ser... No sé cómo explicarlo... La sed de nobleza me ha atormentado siempre. La buscaba con la linterna de Diógenes. Sin embargo, sólo he cometido villanías. Como todos nosotros... ¿Pero qué digo? Como todos no, pues yo soy único en mi género... Señores, me duele la cabeza... Todo cuanto había en ese hombre me parecía detestable. Me repugnaban su aspecto, su grosería, su jactancia, sus payasadas, su desprecio hacia todo lo sagrado, su ateísmo... Pero ahora está ya muerto y pienso de otro modo.

‑¿Qué quiere decir con eso?

‑Realmente, no es que haya cambiado de modo de pensar. Lo que ocurre es que lamento haberlo odiado tanto.

‑¿Remordimiento?

‑No, no es remordimiento. Esto no lo anoten. Yo mismo, señores, no me distingo ni por mi bondad ni por mi belleza. Por lo tanto, no tenía ningún derecho a considerarlo repugnante. Esto lo pueden anotar.

Después de hablar así, Mitia cayó en una profunda tristeza que fue en aumento a medida que el juez prolongó su interrogatorio. En esto, se produjo una escena inesperada. Aunque se habían llevado a Gruchegnka, la habían dejado en la habitación inmediata. La acompañaba Maximov, que, abatido y aterrado, se aferraba a ella como a una tabla de salvación. Uno de los testigos de la placa metálica guardaba la puerta. Gruchegnka lloraba. De pronto, incapaz de sobreponerse a su desesperación, gritó: «¡Qué desgracia, qué desgracia!», y corrió a la habitación inmediata, hacia su amado, tan repentinamente, que nadie pudo detenerla. Mitia la oyó, se estremeció y fue precipitadamente a su encuentro. Pero les impidieron que volvieran a reunirse. Cogieron a Mitia del brazo y éste empezó a debatirse tan furiosamente, que hubieron de acudir tres o cuatro hombres para sujetarlo. Se llevaron también a Gruchegnka y él vio como le tendía los brazos mientras la arrastraban. Terminado el incidente, Mitia se vio en el sitio donde antes estaba, enfrente del juez.

‑¿Por qué la han de hacer sufrir? ‑exclamó‑. Es inocente.

El procurador y el juez hicieron todo lo posible por calmarlo. Así transcurrieron diez minutos.

Mikhail Makarovitch, que había salido, volvió y dijo, emocionado:

‑La han llevado abajo. ¿Me permiten ustedes, señores, decide dos palabras a este desgraciado? Desde luego, en presencia de ustedes.

‑Puede hacerlo, Mikhail Makarovitch ‑repuso el juez‑. No vemos en ello ningún inconveniente.

‑Escuche, Dmitri Fiodorovitch, mi desgraciado amigo ‑dijo el buen hombre, cuyo semblante expresaba una compasión casi paternal‑. Agrafena Alejandrovna está abajo, con las hijas de Trifón Borisytch. Maximov no se separa de ella. La he tranquilizado, le he hecho comprender que tenía usted que justificarse, que necesitaba estar sereno para no agravar la acusación que pesa sobre usted. ¿Comprende?... Ella se ha hecho cargo. Es inteligente y buena. A petición de ella vengo a tranquilizarlo. Conviene que diga a esa joven que usted no se inquieta por ella. Por lo tanto debe calmarse. He cometido una injusticia con Agrafena Alejandrovna. Es un alma tierna a inocente. ¿Puedo asegurarle, Dmitri Fiodorovitch, que no perderá usted la serenidad?

El buen hombre estaba conmovido por el pesar de Gruchegnka. Las lágrimas asomaban a sus ojos. Mitia se arrojó sobre él.

‑¡Perdón, señores! Permítanme esta interrupción. ¡Es usted un Santo, Mikhail Makarovitch! Muchas gracias. Estaré tranquilo y contento. Tenga la bondad de decírselo. Hasta me voy a echar a reír tanta es mi alegría al saber que usted vela por ella. Pronto pondré fin a esto y, apenas quede libre, correré a su encuentro. Que tenga un poco de paciencia. Señores, les voy a abrir mi corazón. Vamos a terminar este asunto alegremente. Acabaremos por reír todos juntos. Caballeros, esa mujer es la reina de mi alma. ¡Oh, permítanme decirlo! Yo creo que todos ustedes son hombres de nobles sentimientos. Esa joven ilumina y ennoblece mi vida. Si ustedes supieran... Ya han oído ustedes lo que ha dicho: «¡Iré contigo a la muerte!» ¿Qué puedo haberle dado yo, que no tengo nada para que me ame así? ¿Soy digno yo, un ser tan vil, de que ella me adore hasta el punto de estar dispuesta a seguirme al presidio? Hace un momento se arrastraba a los pies de ustedes por mí, a pesar de su orgullo y de su inocencia. ¿Cómo no venerarla, cómó no comer hacia ella? Perdónenme, señores. Ahora me siento consolado.

Se desplomó en una silla y, cubriéndose el rostro con las manos, rompió a llorar. Pero sus lágrimas eran de alegría. El viejo ispravnik estaba emocionado; los jueces, también. Advertían que el interrogatorio había entrado en una nueva fase. Cuando el ispravnik se hubo marchado, Mitia dijo alegremente:

‑Bien, señores; ahora estoy enteramente a su disposición. Si no entramos en detalles, nos entenderemos en seguida. Repito que estoy a la disposición de ustedes. Pero es preciso que refine entre nosotros una confianza mutua. De lo contrario, no terminaríamos nunca. Lo digo por ustedes. A los hechos, señores, a los hechos. Y, sobre todo, no hurguen en mi alma, no me torturen con bagatelas. Limítense a lo esencial, y les aseguro que quedarán satisfechos de mis respuestas. ¡Al diablo los detalles!

Así habló Mitia. Acto seguido, se reanudó el interrogatorio.


Capítulo IV: Segunda tribulación
de Fiódor Dostoyevski


‑No puede usted imaginarse, Dmitri Fiodorovitch ‑dijo Nicolás Parthenovitch, cuyos ojos, de un gris claro, ojos de miope, brillaban de satisfacción‑, hasta qué punto nos complace su buena voluntad. Acepto su opinión de que una confianza mutua es indispensable en asuntos tan importantes como éste, cuando el inculpado desea, espera y puede justificarse. Por nuestra parte, haremos todo cuanto nos sea posible. Ya ha visto usted cómo llevamos este asunto. ¿Está usted de acuerdo, Hipólito Kirillovitch?

‑Desde luego ‑aprobó el procurador, aunque en un tono un tanto seco.

Hay que advertir que Nicolás Parthenovitch, desde su reciente entrada en funciones, miraba al procurador con simpatía y respeto. Era casi el único que creía ciegamente en el talento psicológico y oratorio de Hipólito Kirillovitch, del que había oído hablar en Petersburgo. En compensación, el joven Nicolás Parthenovitch era el único hombre en el mundo que contaba con el afecto sincero de nuestro infortunado procurador. Por el camino se habían puesto de acuerdo acerca del asunto en que iban a intervenir, y, durante el interrogatorio, la aguda percepción del juez cazaba al vuelo cualquier señal o gesto, por insignificantes que fuesen, de su colega.

‑Señores ‑dijo Mitia‑, permítanme referir las cosas sin interrumpirme con trivialidades. Les aseguro que seré breve.

‑De acuerdo. Pero antes de escuchar su relato, le ruego que explique un detalle sumamente interesante para nosotros. Ayer por la tarde, a las cinco, usted tomó en préstamo diez rublos de su amigo Piotr Ilitch Perkhotine, dejando en prenda dos pistolas.

‑Cierto, señores; empeñé mis pistolas por diez rublos al regresar de mi viaje. ¿Qué más?

‑¿Al regresar de su viaje? ¿De modo que había salido usted de la ciudad?

‑Sí. Fue un viaje de cuarenta verstas, señores. ¿No lo sabían?

El procurador y el juez cambiaron una mirada.

‑Convendría que nos relatara usted metódicamente todo cuanto hizo ayer desde que empezó la jornada. Por ejemplo, ¿quiere usted decirnos por qué se marchó, y a qué hora, y cuánto tiempo estuvo ausente?

Mitia se echó a reír.

‑Ya veo que eso es para ustedes un asunto urgente. Si quieren, empezaré mi relato a partir de anteayer. Entonces comprenderán el porqué de mis idas y venidas. Aquel día, por la mañana, fui a visitar al traficante Samsonov para pedirle prestados tres mil rublos, ofreciéndole sólidas garantías. Necesitaba urgentemente esta suma.

‑Perdone un momento ‑le dijo cortésmente el procurador‑. ¿Para qué necesitaba usted con tanta urgencia esa suma?

‑¡Detalles y más detalles! Cómo, cuándo, por qué..., y por qué precisamente esa cantidad y no otra... Todo eso no es más que palabrería. Si seguimos ese procedimiento, no tendríamos suficiente ni con tres volúmenes, y aún habríamos de añadir un epílogo.

Mitia hablaba con el acento familiar del hombre animado de las mejores intenciones y deseoso de decir toda la verdad.

‑Señores ‑continuó‑, les ruego que perdonen mi brusquedad. Pueden tener la seguridad de que me inspiran un profundo respeto. No estoy ya borracho. Comprendo que entre ustedes y yo media cierta distancia. Para ustedes soy un criminal al que deben vigilar. Ya sé que no me pueden perdonar lo que he hecho a Grigori: no se golpea impunemente a un pobre viejo. Esto me costará de seis meses a un año de prisión, pero sin perjuicio para mis derechos civiles. ¿No es así señor procurador? Comprendo todo esto; pero comprendan también ustedes que desconcertarían al mismo Dios con sus preguntas. ¿Adónde has ido, cómo, cuándo, por qué? Así sólo lograrán confundirme. Tomarán nota y, ¿qué resultará? Que no han averiguado nada. Además, si yo hubiera empezado mintiendo, seguiría diciendo mentiras hasta el final, y ustedes me lo perdonarían dadas su cultura y la nobleza de sus sentimientos. Les ruego que renuncien a esos procedimientos oficiales que consisten en hacer preguntas insignificantes. «¿Cómo te has levantado? ¿Qué has comido? ¿Dónde has escupido?» Y cuando el acusado está aturdido, acabarlo de trastornar preguntándole: «¿A quién has matado? ¿A quién has robado?» ¡Ja, ja! Éste es el sistema clásico de ustedes. En él se funda toda la astucia de los jueces. Empleen ese procedimiento con los vagabundos, pero no conmigo. Yo he vivido mucho y tengo experiencia de la vida. No se enfaden conmigo, señores, y perdónenme mi insolencia.

Los miró a todos con una extraña amabilidad y añadió:

‑Mitia Karamazov merece más indulgencia que un sabio.

El juez se echó a reír. El procurador estaba muy serio y no apartaba los ojos de Dmitri: observaba atentamente sus menores gestos, los más insignificantes movimientos de su fisonomía.

‑Sin embargo ‑dijo Nicolás Parthenovitch sin cesar de reír‑, nosotros no le hemos molestado con preguntas sobre su manera de levantarse ni para saber lo que comió. Hemos ido derechos al final.

‑Comprendo y me complace la bondad de ustedes. Los tres somos hombres de buena fe. Debe reinar entre nosotros la confianza recíproca de los hombres de mundo ligados por la lealtad y el honor. Sea como fuere, permítanme que les mire como se mira a los buenos amigos en estas penosas circunstancias. ¿Les ofenden mis palabras, señores?

‑Nada de eso, Dmitri Fiodorovitch ‑repuso el juez‑. Creo que tiene usted razón.

‑Y demos de lado a los detalles ‑exclamó Mitia, acalorado‑, prescindamos de los procedimientos quisquillosos. De lo contrario, no iremos a ninguna parte.

‑Tiene usted toda la razón ‑dijo el procurador‑, pero mantengo mi pregunta. Necesitamos saber para qué necesitaba usted los tres mil rublos.

‑¿Qué importa que los necesitara para una cosa o para otra?... Los necesitaba para pagar una deuda.

‑¿A quién?

‑Me niego rotundamente a decirlo, señores. No lo hago por terror ni por cortedad, pues se trata de un detalle insignificante, sino por principio. Es una cuestión que atañe a mi vida privada y no permitiré a nadie intervenir en ella. Su pregunta no afecta a nuestro asunto, pues pertenece, como le he dicho, a mi vida privada. Les diré que mi deseo era pagar una deuda de honor, pero no mencionaré el nombre de la persona con la que tenía contraída la deuda.

‑Permítame anotar eso ‑dijo el procurador.

‑Sí, escriba usted que me opongo a mencionar el nombre del acreedor, por estimar que sería indigno hacerlo. Bien se ve, señor procurador, que no le falta tiempo para escribir.

‑Permítame recordarle, señor, o decirle, si usted lo ignora ‑replicó severamente el procurador‑, que time usted perfecto derecho a no responder a nuestras preguntas, y que, por otra parte, nosotros no podemos en modo alguno exigirle que nos responda en los casos que usted juzgue conveniente no hacerlo. Pero debemos llamarle la atención sobre los perjuicios que puede causarse a sí mismo negándose a hablar. Ahora, puede seguir hablando.

‑Señores ‑farfulló Mitia un poco confuso ante esta observación‑, no crean ustedes que estoy enojado... Yo... Verán. Me dirigía a casa de Samsonov y...

Como es lógico, no reproduciremos detalladamente su relato, en el que se exponen los hechos que ya conocen nuestros lectores. En su impaciencia, Dmitri quería contarlo todo con detalle y rápidamente. A veces, era preciso detenerlo. Dmitri Fiodorovitch se resignó a ello, renegando. «¡Señores, esto es para desesperar al mismo Dios!» «¡Caballeros, me están ustedes mortificando sin motivo!» Pero, a pesar de estas exclamaciones, conservaba su locuacidad. Explicó que Samsonov lo había engañado (ahora se daba cuenta). La venta del reloj por seis rublos, a fin de tener el dinero que necesitaba para el viaje, interesó vivamente a los magistrados, que ignoraban todavía esta operación. Ante la indignación de Mitia, se consideró necesario consignar detalladamente este hecho, que evidenciaba que el dfa anterior Dmitri estaba ya sin un céntimo. Poco a poco, Mitia se iba enfurruñando. Habló de su visita de la noche anterior a Liagavi en su isba, donde había estado a punto de asfixiarse; de su vuelta a la ciudad y de los celos que entonces empezaron a atormentarle a causa de Gruchegnka. Los magistrados le escuchaban atentamente y en silencio, y tomaron nota sobre todo del hecho de que, desde hacía macho tiempo, Mitia tenía un puesto de observación en el jardín de María Kondratievna, para ver si Gruchegnka iba a casa de Fiodor Pavlovitch, y que Smerdiakov lo informaba sobre este asunto. Esto fue mencionado en el momento oportuno. Habló largamente de sus celos, a pesar de la vergüenza que le producía exponer sus sentimientos más íntimos «al deshonor público», por decirlo así. Para ser verídico, se sobreponía a este bochorno.

La impasible severidad de las miradas fijas en él durante su relato acabó por producirle una profunda turbación. Pensó tristemente: «Este jovenzuelo con el que yo hablaba de mujeres hace unos días y este procurador enfermizo no merecen que les cuente todo esto. ¡Qué vergüenza!» Y concluyó para tomar ánimos: «Soporta, resígnate, cállate».

Cuando empezó a relatar su visita a la señora de Khokhlakov, recobró la alegría. Incluso trató de referir una anécdota reciente acerca de ella. Pero la anécdota no venía a cuento, y el juez lo interrumpió, invitándole a ceñirse al asunto. Acto seguido, habló de la desesperación que le dominaba en el momento de salir de casa de dicha señora. Tan desesperado estaba ‑así lo dijo‑, que incluso pensó en estrangular a alguien para procurarse los ties mil rublos. Inmediatamente lo detuvieron para registrar la declaración. Finalmente explicó cómo se había enterado de la mentira de Gruchegnka, que había salido enseguida de casa de Samsonov, después de haber dicho que estaría al lado del viejo hasta medianoche.

‑Si no maté entonces a Fenia, señores ‑dijo sin poder contenerse‑, fue porque no tenía tiempo.

También este detalle se anotó. Mitia esperó con gesto sombrío, y ya iba a explicar cómo había entrado en el jardín de su padre, cuando el juez lo interrumpió y, abriendo una gran camera que tenía cerca de él, en el diván, sacó de ella una mano de mortero de cobre.

‑¿Conoce usted este objeto?

‑¡Oh, sí! ¿Cómo no? Démelo: quiero verlo... Pero no. ¿Para qué?

‑¿Por qué no ha hablado usted de él?

‑Ha sido un olvido. ¿Cree que quería ocultárselo?

‑Haga el favor de explicar cómo se procuró esta arma.

‑Con macho gusto, señores.

Mitia explicó cómo se había apoderado de la mano de mortero, para salir corriendo con ella.

‑¿Con qué intención cogió usted este instrumento?

‑Con ninguna. Lo cogí y eché a correr.

‑¿Por qué salió corriendo si no tenía usted ningún propósito?

Mitia estaba cada vez más indignado. Miraba al «chiquillo» con una sonrisita sarcástica y se arrepentía de la franqueza con que había hablado a aquellos hombres de sus celos por Gruchegnka.

‑Lo de la mano de mortero no tiene importancia.

‑Sin embargo...

‑La cogí para defenderme de los perros. Era ya de noche.

‑¿Siempre temió usted tanto a la oscuridad? ¿Siempre lleva un arma cuando sale de noche?

‑¡Por favor, señores! ¡No hay modo de hablar con ustedes!

La cólera le cegaba. Añadió, dirigiéndose al escribano:

‑¡Haga el favor de escribir esto! «Se apoderó de la mano de mortero para matar a su padre, para abrirle la cabeza.» ¿Están ustedes satisfechos? ‑terminó en un tono de desafío.

‑No podemos tener en cuenta esas palabras dictadas por la cólera ‑dijo secamente el procurador‑. Nuestras preguntas le parecen fútiles y lo irritan. Sin embargo, son sumamente interesantes.

‑¡Por favor, señores...! Yo cogí la mano de mortero... ¿Por qué se ha de coger nada en un caso como éste? Lo ignoro. El hecho es que la cogí y salí corriendo. Y nada más... Esto es bochornoso, señores. Passons; de lo contrario, les aseguro que no diré ni una palabra más.

Apoyó los codos en la mesa y la cabeza en la mano. Estaba sentado de lado a sus interrogadores, y tenía la mirada fija en la pared, esforzándose en sobreponerse a los malos sentimientos que lo asaltaban. Experimentaba un ávido deseo de levantarse y manifestar que no diría ni una palabra, aunque lo sometieran a tortura.

‑Óiganme, señores. Ahora, escuchándoles a ustedes, me parece estar bajo los efectos de una alucinación, semejante a las que he tenido otras veces... Con frecuencia tengo la impresión de que alguien me persigue, alguien que me inspira verdadero terror y que me acecha en las tinieblas. Entonces me escondo vergonzosamente detrás de una puerta o de un armario. Mi desconocido perseguidor sabe perfectamente dónde estoy escondido, pero finge ignorarlo, con objeto de prolongar mi tortura, de gozar de mi espanto... ¡Es lo que ustedes están haciendo ahora!

‑¿De modo que tiene usted alucinaciones? ‑inquirió el procurador.

‑Sí, las tengo... ¿Va usted a tomar nota?

‑No, pero debo decirle que esas alucinaciones son sumamente extrañas.

‑Pero lo de ahora no es una alucinación, señores, sino una realidad, un hecho de la vida. Yo soy el lobo y ustedes los cazadores.

‑La comparación es injusta ‑dijo el juez amablemente.

‑¡No lo es, señores! ‑replicó Mitia, iracundo aunque su explosión de cólera le había aliviado‑. Ustedes pueden resistirse a creer a un criminal o a un acusado al que torturan con sus preguntas, pero no a un hombre animado de nobles sentimientos. Perdonen mi osadía, pero ustedes no tienen derecho a obrar así. Sin embargo,

»Silencio, corazón mío. Soporta, resígnate, cállate...

»¿Hay que continuar todavía? ‑preguntó rudamente. ‑Sí; se lo ruego ‑repuso el juez.


Capítulo V: Tercera tribulación
de Fiódor Dostoyevski


Mientras hablaba y refunfuñaba, Mitia parecía aún más deseoso que antes de no omitir ningún detalle. Explicó cómo había escalado el muro, cómo se había acercado a la ventana y todo lo que entonces había ocurrido dentro de él. Con precisión y claridad, expuso los sentimientos que lo agitaban cuando ardía en deseos de saber si Gruchegnka estaba o no en casa de su padre.

El juez y el procurador lo escuchaban con extrema reserva y semblante sombrío, y ‑cosa extraña‑ muy pocas veces le interrumpieron con sus preguntas. Mitia no podía esperar nada de la expresión de sus rostros. Pensó: «Se sienten irritados y ofendidos. Peor para ellos.» Cuando dijo que había hecho a su padre la señal que anunciaba la llegada de Gruchegnka, los magistrados no prestaron la menor atención a la palabra «señal», como si no viesen la importancia que podía tener en circunstancias semejantes. Mitia observó este detalle. Cuando llegó, en su relato, al momento en que había visto a su padre con todo el torso fuera de la ventana, y declaró que, con un estremecimiento de odio, había sacado del bolsillo la mano de mortero, se detuvo súbitamente y como si lo hiciera a propósito. Miraba a la pared y sentía fijos en él los ojos de los magistrados.

‑Bien ‑dijo Nicolás Parthenovitch‑. Sacó usted el arma y... ¿qué hizo después?

‑¿Después? Cometí el crimen..., di a mi padre un fuerte golpe con la mano de mortero, que le partió el cráneo... Según ustedes, esto fue lo que hice, ¿no?

Sus ojos fulguraban; su apaciguada cólera se recrudecía hasta alcanzar una extrema violencia.

‑¿Según nosotros? Eso no importa. Lo importante es saber lo que ocurrió, según usted.

Mitia bajó los ojos a hizo una pausa.

‑Según yo, señores, según yo ‑continuó lentamente‑, he aquí lo que ocurrió. Mi madre rogaba a Dios por mí. Un espíritu celestial me besó en la frente en el momento crítico. No sé bien lo que sucedió, pero es lo cierto que el diablo fue vencido. Me alejé de la ventana; corrí hacia el muro del jardín. Entonces me vio mi padre y, lanzando un grito, retrocedió rápidamente: lo recuerdo muy bien... Cuando ya me encontraba en lo alto del muro, Grigori me atrapó...

Mitia levantó los ojos y vio que sus oyentes le miraban impasibles. Tuvo un estremecimiento de indignación.

‑¡Ustedes se burlan de mí!

‑¿De dónde ha sacado usted eso? ‑preguntó Nicolás Parthenovitch.

‑Ustedes no creen una sola de mis palabras. Comprendo que hemos llegado al punto fundamental del asunto. El viejo yace con la cabeza abierta, y yo he dicho que he sentido el deseo de matarlo y que ya había sacado la mano de mortero, cuando de pronto me he alejado de la ventana... Un buen tema para escribirlo en verso. Se puede creer en la palabra de un hombre tan sincero. ¡Son ustedes el colmo!

Se volvió rápidamente y la silla crujió.

‑Cuando se alejó usted de la ventana ‑dijo el procurador, simulando no advertir la agitación de Mitia‑, ¿no observó usted que la puerta que da al jardín estaba abierta?

‑No, no estaba abierta.

‑¿Seguro?

‑Al contrario, estaba cerrada. ¿Quién podía haberla abierto? Pero... ¡Espere! ‑Fue como si de pronto volviese en sí y se recobrara‑. ¿Han encontrado ustedes la puerta abierta?

‑Sí.

‑A menos que la abrieran ustedes, ¿quién pudo hacerlo?

‑La puerta estaba abierta y por ella entró y salió el asesino de su padre ‑dijo el procurador, subrayando las palabras‑. Esto está perfectamente claro para nosotros. Es evidente que el asesinato se ha cometido estando el agresor dentro de la habitación y no en la ventana. Esto se deduce del examen realizado en el lugar del suceso y de la posición del cadáver. Sobre este punto no existe la menor duda.

Mitia estaba confundido.

‑No lo comprendo, señores ‑exclamó, en su desconcierto‑. Les puedo asegurar que yo no entré y que la puerta estuvo cerrada durante todo el tiempo que permanecí en el jardín, y después, mientras corría hacia el muro... Yo estaba junto a la ventana y sólo vi a mi padre desde fuera... Recuerdo estos detalles perfectamente y hasta el último momento. Y aunque no me acordara, sería igual, pues sólo Smerdiakov, el difunto y yo conocíamos la contraseña, y si la llamada no hubiera sido la convenida, mi padre no habría abierto la puerta a nadie.

‑¿A qué contraseña se refiere? ‑preguntó con ávida curiosidad el procurador, cuya reserva desapareció repentinamente. Pero también se percibió en su pregunta cierta vacilación, al presentir que se hallaba ante un hecho importante y que Mitia podía negarse a explicarlo.

‑¿De modo que no lo sabe? ‑preguntó Mitia con una sonrisa irónica y guiñándole el ojo‑. ¿Y si yo no quisiera contestar? ¿Quién le daría a usted la explicación que desea? El difunto, Semerdiakov y yo somos los únicos depositarios del secreto. Dios también lo conoce, pero no espere usted que Él se lo diga. Es una situación curiosa. Se pueden imaginar mil soluciones sobre esta cuestión... Pero tranquilícense, señores: lo voy a contar todo. Ustedes no saber con quién están hablando. El acusado declara contra sí mismo. Pues yo soy todo un caballero, y ustedes no pueden decir lo mismo.

Tal era su deseo de oír las explicaciones de Dmitri, que el procurador se tragó estas píldoras sin rechistar. Mitia describió detalladamente la contraseña ideada por Smerdiakov, cómo eran los golpes que había que dar en la ventana. Incluso los reprodujo en la mesa. Nicolás Parthenovitch le preguntó si él había dado aquellos golpes que podían hacer creer a su padre que llegaba Gruchegnka, y Mitia respondió afirmativamente.

‑Ahora construya sobre eso una hipótesis ‑añadió secamente, y le volvió la espalda con un gesto de desdén.

‑¿De modo que sólo conocían esa contraseña su difunto padre, el sirviente Smerdiakov y usted? ‑preguntó el juez.

‑Sí. Y Dios: tome nota de esto. También tendrá que recurrir a Dios.

Se tomó nota, por supuesto. El procurador dijo, como obedeciendo a una idea repentina:

‑Ya que usted afirma que es inocente, ¿no habrá sido Smerdiakov el que ha conseguido que su padre le haya abierto la puerta, haciendo la señal convenida, para cometer el asesinato?

Mitia le dirigió una mirada cargada de ironía y de odio. Y esta mirada fue tan persistente, que el procurador bajó los ojos.

‑Otra vez ha creído usted que iba a cazar el zorro, después de pisarle la cola. Usted esperaba que yo me aferrase a su insinuación y me apresurase a gritar: «¡Sí, ha sido Smerdiakov el asesino!» Confiese que lo esperaba. Confiéselo y entonces continuaré.

El procurador no dijo nada. Esperó en silencio.

‑Pues se ha equivocado usted ‑dijo Mitia‑: no acuso a Smerdiakov.

‑¿Y no sospecha de él?

‑¿Es que usted sospecha?

‑Sí, también lo consideramos sospechoso.

Mitia bajó los ojos.

‑Basta de bromas. Escuchen. Desde el primer momento, apenas he salido de detrás de la cortina, he tenido esta idea: «¡Ha sido Smerdiakov!» Después, cuando ya he estado sentado ante esta mesa, la imagen de Smerdiakov me ha obsesionado. Ahora he vuelto a pensar en él, a inmediatamente me he dicho: «No, no puede ser Smerdiakov.» Ese hombre no puede haberlo asesinado, señores.

‑Si no ha sido él, ¿quién puede haber sido? ‑preguntó cautelosamente Nicolás Parthenovitch.

‑No lo sé. Pero estoy convencido de que no ha sido Smerdiakov ‑dijo Mitia con firmeza.

‑¿Por qué está usted tan seguro de que no ha sido él?

‑Por convicción: porque Smerdiakov es un ser vil y cobarde; mejor dicho, el conjunto de todas las miserias que andan sobre dos pies. Es hijo de una ramera. Cuando me habla, tiembla de esparto, creyendo que le voy a matar, cuando ni siquiera levanto la mano. Se arroja a mis pies llorando y me besa las botas, y me suplica que no lo asuste. Incluso he intentado obsequiarle. Es un pobre epiléptico un espíritu débil. Lo podría azotar un niño de ocho años. No, no ha sido Smerdiakov. No le atrae el dinero; ha despreciado mis regalos... No hay razón para que haya matado al viejo. ¿Saben ustedes que tal vez sea hijo natural de mi padre?

‑Sí, ya conocemos ese rumor. Pero usted es también hijo de Fiodor Pavlovitch, y ha dicho públicamente que quería matarlo.

‑Otro dato contra mí. ¡Esto es detestable! Pero no tengo miedo. Señores, deberían avergonzarse de decirme eso en la cara. Pues he sido yo el primero en hablar de ello. No sólo he querido matarlo, sino que he podido y he estado a punto de hacerlo. Pero mi ángel guardián me ha salvado del crimen. Esto es lo que ustedes parecen no querer comprender. Eso no es noble, ¡no es noble! Pues yo no he matado, ¡no he matado! ¿Oye usted, procurador? ¡No he matado!

Se ahogaba. En ningún momento del interrogatorio había demostrado una agitación tan profunda. Tras una pausa, preguntó:

‑¿Qué les ha dicho Smerdiakov, si puede saberse?

‑Usted puede interrogarnos acerca de todo cuanto concierna a los hechos ‑dijo fríamente el procurador‑ y nosotros tenemos que responder a sus preguntas. Hemos encontrado a Smerdiakov en la cama, sin conocimiento, presa de un fuerte ataque de epilepsia, el décimo tal vez desde ayer. El médico que nos ha acompañado ha dicho, después de haber reconocido al enfermo, que, a lo mejor, no pasa de esta noche.

‑Entonces ha sido el diablo el que ha dado muerte a mi padre ‑dijo Mitia, como si todas las dudas hubieran desaparecido de pronto.

‑Ya volveremos sobre este punto ‑dijo Nicolás Parthenovitch‑. Tenga la bondad de continuar su declaración.

Mitia solicitó una tregua para descansar y se le concedió con toda cortesía. Después reanudó su relato, pero con visible esfuerzo. Se sentía débil, herido, destrozado moralmente. Además, el procurador, como si lo hiciera adrede, lo irritaba a cada momento, deteniéndose en «minucias». Mitia explicó que, cuando estaba montado a horcajadas en el muro, golpeó con la mano de mortero la cabeza de Grigori, ya que éste se había asido a su pierna izquierda, y que después bajó y se acercó al herido. Entonces el procurador lo interrumpió para pedirle que explicara con más detalle cuál era su posición sobre el muro. Mitia lo miró asombrado.

‑Ya lo he dicho: estaba a horcajadas, con una pierna a cada lado.

‑¿Y qué me dice de la mano de mortero?

‑La tenía en la mano.

‑¿No la tenía en el bolsillo? ¿Recuerda bien este detalle? Usted tuvo que asestar el golpe desde arriba.

‑Seguramente. ¿A qué viene esa observación?

‑¿Quiere usted sentarse en la silla como estaba sentado entonces en el muro, para demostrarnos con toda claridad cómo y por qué lado dio usted el golpe?

‑¿Se burla usted de mí? ‑preguntó Mitia, midiendo con la mirada a su interlocutor.

Pero éste no replicó. Dmitri se sentó a caballo en la silla y levantó el brazo.

‑Así fue cómo golpeé, ¡cómo maté! ¿Está usted satisfecho?

‑Gracias. ¿Quiere usted explicarnos ahora por qué saltó nuevamente al jardín, con qué intención?

‑Pues... ¡no lo sé, demonio!... Para ver al herido.

‑¿Aun estando tan trastornado y deseoso de huir?

‑Sí, aun estando tan trastornado y deseoso de huir.

‑¿Pretendía prestarle ayuda?

‑Creo que sí. No lo recuerdo.

‑¿Acaso no se daba cuenta de sus actos?

‑Me daba perfecta cuenta. Lo recuerdo todo con los menores detalles. Salté, lo miré y le limpié la sangre con mi pañuelo.

‑Ya hemos visto su pañuelo. ¿Esperaba usted volverlo en sí?

‑Simplemente, quería saber si vivía.

‑¿Lo averiguó?

‑No soy médico y no pude juzgar. Creí que lo había matado y huí.

‑Bien; muchas gracias. Necesitaba conocer estos detalles. Haga el favor de continuar.

Aunque se acordaba perfectamente de que había bajado del muro impulsado por un sentimiento de piedad, y de que había pronunciado palabras de compasión ante la víctima ‑«El viejo ya lleva lo suyo. Por lo menos, que viva.»‑, ni siquiera le pasó por la imaginación decirlo. El procurador concluyó que el acusado había bajado del muro, a pesar de su turbación, sólo para saber si el único testigo de su crimen vivía. Ello demostraba hasta dónde llegaban la energía, la resolución, la sangre fría dé aquel hombre, etcétera. El procurador estaba satisfecho. «He irritado a este joven nervioso con minucias, y ha dicho lo que quería callar.»

Mitia continuó penosamente. Esta vez fue Nicolás Parthenovitch quien lo interrumpió.

‑¿Cómo se atrevió usted a ir a la casa de la sirvienta Fedosia Marcovna con las manos y la cara manchadas de sangre?

‑Yo no sabía que las llevaba manchadas.

‑Es muy posible ‑dijo el procurador, cambiando una mirada con Nicolás Parthenovitch‑. Eso suele suceder.

‑Estamos de acuerdo, procurador ‑aprobó Mitia.

Y pasó inmediatamente a hablar de su propósito de apartarse y «dejar el camino libre a los amantes».

Pero no se decidió, como poco antes, a exhibir sus sentimientos, a hablar de la reina de su corazón. Le repugnaba hacerlo ante aquellos hombres impasibles. A sus insistentes preguntas, respondió lacónicamente:

‑Estaba resuelto a suicidarme. ¿Para qué vivir? El antigua amante de Gruchegnka, su seductor, había llegado, al cabo de cinco años, para reparar su falta casándose con ella. Entonces me dije que todo había terminado para mí... A mis espaldas quedaba la vergüenza y esa sangre, la sangre de Grigori. ¿Para qué vivir? Fui a recobrar mis pistolas, decidido a alojarme una bala en la cabeza al amanecer.

‑Y esta noche, fiesta por todo lo alto.

‑Exacto. ¡Bueno, señores; terminemos cuanto antes! Estaba resuelto a suicidarme en las afueras de la ciudad a las cinco de la mañana. Incluso tengo en mi bolsillo una nota escrita en casa de Perkhotine, después de cargar mi pistola. Aquí la tienen; léanla; convénzanse de que no miento.

Dicho esto con acento desdeñoso, arrojó el billete sobre la mesa. Los jueces lo leyeron con ávida curiosidad y, ¿cómo no?, lo unieron al expediente.

‑¿Y no se le ocurrió lavarse las manos antes de ir a casa del señor Perkhotine? ¿No temía despertar sospechas?

‑¿Sospechas? ¿Qué me importaban a mí las sospechas? Iba a suicidarme a las cinco de la mañana, antes de que se me pudiese detener. Si mi padre no hubiera sido asesinado, ustedes no habrían sabido nada y no estarían aquí. Todo ha sido obra del diablo. Él ha matado a mi padre; él les ha informado a ustedes tan pronto. ¿Cómo han podido llegar tan rápidamente? ¡Es increíble!

‑El señor Perkhotine nos ha contado que usted ha entrado en su casa con una gran cantidad, un grueso fajo de billetes de cien rublos, en las manos..., en las manos manchadas de sangre. Su sirvienta también lo ha visto.

‑Eso es cierto, señores: lo recuerdo perfectamente.

‑Una pregunta ‑dijo con extrema amabilidad Nicolás Parthenovitch‑., ¿Puede usted decirnos de dónde sacó ese dinero, siendo evidente que no tuvo usted tiempo de ir a su casa?

El procurador frunció las cejas ante esta pregunta hecha tan directamente, pero no interrumpió a Nicolás Parthenovitch.

‑Desde luego, no fui a mi casa ‑dijo Mitia con toda calma, pero bajando lós ojos.

‑Siendo así, permítame repetir la pregunta ‑dijo el juez‑. ¿De dónde sacó usted ese dinero en unos momentos en que, según sus propias palabras, había decidido que a las cinco de la mañana...?

‑Necesitaba diez rublos y empeñé mis pistolas al señor Perkhotine. Después fui a casa de la señora de Khokhlakov para pedirle prestados tres mil rublos que ella no me quiso dar, etc., etc. Pues sí, caballeros; estaba sin recursos, y, de pronto, se vio en mis manos un grueso fajo de billetes de cien. Sé muy bien, señores, que están ustedes inquietos. Ustedes se preguntan: «¿Qué sucederá si no quiere explicarnos la procedencia del dinero?» Pues bien, no la explicaré. Esta vez han acertado ustedes: no lo sabrán.

Mitia dijo esto último recalcando las palabras. Nicolás Parthenovitch replicó, amable y sereno:

‑Comprenda usted, señor Karamazov, que es importantísimo para nosotros conocer ese punto.

‑Lo comprendo, pero no lo conocerán.

El procurador recordó al acusado que podía no responder a las preguntas que le hacían, si tal era su deseo; pero que debía tener en cuenta el perjuicio que se causaba a sí mismo con el silencio, especialmente cuando las preguntas que se le hacían eran tan importantes, que...

‑¡Ya lo sé, señores, ya lo sé! ¡Estoy harto de esa cantinela! Comprendo la gravedad del asunto, comprendo que ése es el punto capital de la cuestión. Pero no hablaré.

‑Eso no puede afectarnos a nosotros ‑dijo, nervioso, Nicolás Parthenovitch‑. El mal se lo hace usted a sí mismo.

‑¡Basta de palabras vanas, señores! Desde el principio he sospechado que chocaríamos al llegar a este punto. Pero cuando he empezado mi declaración, todo en mi cerebro era vago y brumoso, e incluso he caído en la candidez de proponerles una confianza mutua. Ahora veo que este intercambio de confianza es imposible, ya que teníamos que llegar a la maldita barrera en que estamos en este momento. Pero no les reprocho nada: comprendo que ustedes no pueden creerme simplemente bajo palabra.

Mitia se detuvo, cabizbajo.

‑Aun sin renunciar a su resolución de guardar silencio sobre lo esencial, ¿querría usted explicarnos cuáles son los motivos, indudablemente muy poderosos, que le impulsan a encerrarse en el silencio en un momento tan crítico?

Mitia sonrió tristemente.

‑Como soy mejor que ustedes, señores, les expondré estos motivos, aunque no lo merecen. Me callo por pudor. La respuesta a la pregunta sobre la procedencia del dinero implicaría para mí una vergüenza mayor que si hubiera asesinado a mi padre para robarle. Ya saben ustedes por qué me callo. ¿Qué, señores; quieren anotar esto?

‑Si, vamos a anotarlo ‑farfulló Nicolás Parthenovitch.

‑No deben mencionar eso de la vergüenza. Si les he hablado de ello, pudiendo callarme, ha sido sólo por complacerlos... En fin, escriban ustedes lo que quieran ‑terminó Mitia, malhumorado‑. Conservo mi orgullo ante ustedes.

‑¿Quiere explicarnos de qué tipo es esa vergüenza? ‑preguntó tímidamente Nicolás Pamhenovitch.

Una vez más, el procurador frunció el entrecejo.

‑N‑i‑ni‑, c’est fini; no insistan. No vale la pena envilecerse. Ya me he envilecido por el contacto con ustedes. Ustedes no merecen que yo les hable sinceramente; ni ustedes ni nadie. Ya lo saben, señores: no diré nada más sobre este punto.

La respuesta era tan categórica, que Nicolás Parthenovitch no insistió. Pero el juez leyó en los ojos de Hipólito Kirillovitch que éste no había perdido las esperanzas.

‑¿Puede usted decir al menos, el dinero que tenía cuando llegó a casa del señor Perkhotine?

‑No, no puedo decirlo.

‑Usted ha hablado al señor Perkhotine de tres mil rublos recibidos en préstamo de la señora de Kokhlakov.

‑Es posible. No insistan, señores; no diré la cifra.

‑Bien. ¿Podemos preguntarle cómo ha venido a Mokroie y qué ha hecho usted desde su llegada?

‑Para saber eso les bastaría preguntar a las personas que hay aquí. Sin embargo, lo voy a explicar.

No reproduciremos su relato, rápido y seco. Pasó por alto la embriaguez de Gruchegnka y dijo que había renunciado a suicidarse, por «haber cambiado las circunstancias». Narraba sin exponer los motivos ni entrar en detalles. Los magistrados le hicieron pocas preguntas. El relato de Mitia tenía para ellos escaso interés.

‑Volveremos a esta cuestión cuando depongan los testigos, por supuesto en presencia de usted ‑dijo Nicolás Parthenovitch, dando por terminado el interrogatorio‑. Ahora, ¿quiere depositar en la mesa todo lo que lleva encima, y especialmente el dinero?

‑¿El dinero? Por supuesto, señores. A sus órdenes. Comprendo que es necesario. Me sorprende que no hayan pensado antes en ello. Aquí lo tienen. Cuenten, cuenten... Me parece que ya está todo.

Vació sus bolsillos de billetes y monedas y, finalmente, sacó dos piezas de diez copecs que le quedaban en uno de los bolsillos del chaleco. Se contó el dinero. Había en total ochocientos treinta y seis rublos y cuarenta copecs.

‑¿Ya está todo? ‑preguntó el juez.

‑Todo.

‑Según ha dicho usted, ha gastado trescientos rublos en «Plotnikov», y ha dado diez rublos a Perkhotine y veinte al cochero. Además, ha perdido doscientos jugando a las camas.

Nicolás Pamhenovitch hizo las cuentas con ayuda de Mitia. Se contó hasta el último copec.

‑Si a lo gastado añadimos estos ochocientos, resultará que usted debía de tener unos mil quinientos rublos.

‑Exacto.

‑Sin embargo, todos dicen que tenía mucho más.

‑Son dueños de pensar lo que quieran.

‑Y usted también.

‑Sí, yo también.

‑Las declaraciones de los testigos nos servirán para comprobar todo esto. Esté usted tranquilo respecto a su dinero. Se depositará en sitio seguro y se le devolverá cuando todo haya terminado..., si se demuestra que usted tiene derecho a ello. Ahora...

Nicolás Pamhenovitch se levantó y dijo a Mitia que estaba obligado a prestarse a una inspección completa de sus ropas y de todo él.

‑Bien, señores. Me volveré los bolsillos del revés si ustedes quieren.

Y así lo hizo.

‑Se ha de quitar la ropa.

‑¿Desnudarme? ¿Para qué, demonio? ¿No pueden registrarme vestido?

‑No, Dmitri Fiodorovitch. Es necesario que se quite usted la ropa.

‑Como ustedes quieran ‑accedió Mitia, contrariado‑. Pero no aquí, por favor: detrás de la cortina. ¿Quién me registrará?

‑Desde luego, la inspección se llevará a cabo detrás de la cortina ‑aprobó Nicolás Parthenovitch, cuyo pequeño rostro tenía una expresión de profunda gravedad, acompañando sus palabras con un movimiento afirmativo de la cabeza.


Capítulo VI: El procurador confunde a Mitia
de Fiódor Dostoyevski


Entonces se desarrolló una escena que Mitia no esperaba. Diez minutos antes, no habría sospechado ni remotamente que nadie osara tratarle a él, a Mitia Karamazov, de aquel modo. Se sintió humillado, expuesto a dejarse llevar de la arrogancia y el desdén. No le importó quitarse la levita, pero se le rogó que se desnudara por completo. Mejor dicho, se le ordenó. Mitia se dio perfecta cuenta de ello. Se sometió en silencio, con orgullo desdeñoso.

Al pasar al otro lado de la cortina, además de los jueces, le habían seguido varios patanes. «Sin duda, para prestar ayuda ‑pensó‑. O tal vez para algo más. »

‑¿He de quitarme también la camisa? ‑preguntó Mitia, de pronto.

Pero Nicolás Parthenovitch no le contestó. Tanto él como el procurador estaban enfrascados y vivamente interesados en el examen de la levita, de los pantalones, del chaleco y del gorro.

«¡Qué desfachatez! No observan ni siquiera la corrección reglamentaria. »

‑Les vuelvo a preguntar si he de quitarme la camisa ‑dijo Mitia, irritado.

‑No se inquiete por eso: ya le diremos si se la tiene que quitar ‑repuso Nicolás Parthenovitch en un tono que pareció autoritario a Dmitri.

El procurador y el juez hablaban a media voz. La levita presentaba, sobre todo el faldón izquierdo, grandes manchas de sangre coagulada, y lo mismo el pantalón. Además, Nicolás Parthenovitch examinó, en presencia de los testigos de la placa metálica, el cuello, las vueltas, las costuras, para cerciorarse de que no había en ellos dinero escondido. Esto hizo comprender a Mitia que se le consideraba capaz de todo. «Me tratan como a un ladrón, no como a un oficial», gruñó para sí.

Cambiaban impresiones en su presencia con toda franqueza. El escribano, que estaba también detrás de la corona, llamó la atención a Nicolás Parthenovitch sobre el gorro, que se examinó igualmente.

‑Acuérdese del escribiente Gridenka. En el verano fue a recoger los sueldos de todos los empleados de la cancillería, y, al regresar, dijo que se había embriagado y había perdido el dinero. ¿Dónde se encontró? En el ribete del gorro. Allí cosió, después de enrollarlos, los billetes de cien rublos.

El juez y el procurador se acordaron perfectamente de este hecho y sometieron el gorro a un examen tan minucioso como el que habían realizado en otras prendas.

‑Un momento ‑exclamó de pronto Nicolás Parthenovitch, al ver el puño de la manga derecha de la camisa de Mitia, vuelto hacia arriba y manchado de sangre‑. ¿Es sangre esto?

‑Sí.

‑¿De quién? ¿Y por qué está vuelta su manga?

Mitia explicó que se la había manchado al atender a Grigori, y que se había vuelto la manga en casa de Perkhotine, para lavarse las manos.

‑Tendrá que quitarse también la camisa. Puede ser una prueba importante.

Mitia enrojeció y gruñó:

‑Entonces tendré que quedarme desnudo.

‑No se preocupe por eso. Todo se arreglará. Tendrá que quitarse también los calcetines.

‑¿Habla en serio? ¿Es indispensable?

‑Hablo completamente en serio ‑replicó severamente Nicolás Parthenovitch.

‑Bien, bien. Si es necesario... ‑murmuró Mitia.

Se sentó en la cama y empezó a quitarse los calcetines. Estaba confuso y ‑cosa extraña‑, al permanecer desnudo, se sentía como culpable ante aquellos hombres vestidos. Incluso le parecía que tenían derecho a despreciarlo como a un ser inferior.

«La desnudez ‑pensó‑ no tiene nada de particular. La vergüenza nace del contraste. Esto parece un sueño; yo he tenido a veces, en sueños, sensaciones de esta índole. »

Se sonrojó al quitarse los calcetines, bastante sucios, como su ropa interior, cosa que todo el mundo estaba viendo. Nunca le habían gustado sus pies; siempre le habían parecido deformes sus pulgares, especialmente el derecho, aplanado y con la uña encorvada, y todo el mundo los estaba viendo. La vergüenza acrecentó su grosería. Se quitó la camisa con rabia.

‑¿No quieren ustedes mirar en otra parte, si no les da vergüenza?

‑No; por ahora no hace falta.

‑Entonces, ¿he de estar así, desnudo?

‑Sí; es necesario. Tenga la bondad de sentarse y esperar. Puede envolverse en la cubierta de la cama. Tengo que llevarme esta ropa.

Ya vistas las prendas de vestir y demás efectos por los testigos, y redactado el proceso verbal de su examen, el juez y el procurador salieron del dormitorio. Se llevaron las ropas y Mitia se quedó en compañía de varios campesinos que no apartaban de él los ojos. Tenía frío y se envolvió en la cubierta, que era demasiado corta para cubrirle los pies. Nicolás Parthenovitch tardó en volver.

«Me trata como a un pilluelo ‑dijo para sí Mitia, rechinando los dientes‑. Ese zoquete de procurador se ha marchado porque le repugnaba verme desnudo.»

Mitia creía que le devolverían las ropas después de examinarlas, pero vio, en el colmo de la indignación, que, siguiendo a Nicolás Parthenovitch, aparecía un mendigo que llevaba en las manos prendas de vestir que no eran las suyas.

‑Aquí tiene un traje y una camisa limpia ‑dijo el juez con desenvoltura y visiblemente satisfecho de su hallazgo‑. Se los presta el señor Kalganov, que, por fortuna, tiene ropa de repuesto. Puede volver a ponerse los calcetines.

‑No quiero ropas de los demás ‑exclamó Mitia, indignado‑. ¡Devuélvame las mías!

‑No puede ser.

‑¡Déme mi ropa! ¡Al diablo Kalganov y su traje!

No fue fácil hacerle entrar en razón. Se le explicó, mal que bien, que las prendas manchadas de sangre eran pruebas que los jueces debían retener. «En vista del cariz que ha tornado el asunto, no podemos permitirnos devolvérselas.»

Mitia acabó por comprenderlo, se calló y se vistió a toda prisa. Se limitó a observar que el traje que le prestaban era mejor que el suyo y que le sabía mal aprovecharse.

‑Además, es tan estrecho, que me da un aspecto ridículo. ¿Pretenden ustedes que vaya vestido como un payaso para divertirlos?

Le replicaron que exageraba. Cierto que el pantalón era un poco largo, pero la levita se le ajustaba a los hombros.

‑¡Uf! ¡Qué difícil es abrocharse! ‑refunfuñó Mitia‑. Hagan el favor de decir al señor Kalganov que yo no he pedido este traje y que me han disfrazado de bufón.

‑Él lo comprende y lo lamenta ‑dijo Nicolás Parthenovitch‑. Pero no es lo del traje lo que lamenta, sino lo sucedido.

‑No me importa que lo lamente o lo deje de lamentar. ¿Adónde hemos de ir ahora? ¿Hemos de quedarnos aquí?

Se le rogó que pasara al otro lado de la pieza. Mitia salió del dormitorio con el semblante sombrío y esforzándose por no mirar a nadie. Vestido de aquel modo extravagante se sentía humillado incluso ante los rudos campesinos y Trifón Borisytch, que acababa de aparecer en la puerta. «Viene para verme vestido de este modo», pensó Mitia. Se sentó en el mismo sitio de antes. Creía estar soñando; le parecía no hallarse en su estado normal.

‑Ahora dispongan que me hagan azotar. Es lo único que les falta.

Dijo esto al procurador. No quería mirar a Nicolás Parthenovitch, y menos dirigirle la palabra. « Ha inspeccionado minuciosamente mis calcetines, a incluso los ha vuelto del revés para que todos vieran que están sucios. Es un monstruo.»

‑Ahora hay que escuchar a los testigos ‑dijo el juez replicando a la ironía de Dmitri.

‑Sí ‑aprobó el procurador, absorto.

‑Dinitri Fiodorovitch, hemos hecho todo lo posible por usted ‑dijo Nicolás Parthenovitch‑; pero como usted se ha negado categóricamente a explicarnos la procedencia del dinero que se encontró en su poder, nos vemos obligados a...

‑¿Qué clase de piedra es la de esa sortija? ‑le interrumpió Mitia, como saliendo de un sueño y señalando una de las sortijas que adornaban la mano de Nicolás Parthenovitch.

‑ ¿Qué sortija?

‑Esa, la mayor, la de la piedra veteada ‑dijo Mitia en un tono de niño terco.

‑Esta piedra es un topacio ahumado ‑repuso el juez sonriendo‑. Si quiere usted verla mejor, me la quitaré.

‑No, no se la quite ‑exclamó Mitia, cambiando de opinión e indignado contra sí mismo‑. ¿Para qué se la ha de quitar? ¡Al diablo su sortija!... ¡Señores, ustedes me ofenden! ¿Creen que si hubiese matado a mi padre lo disimularía, que recurriría a la mentira y a la astucia? No, yo no soy así. Si fuese culpable, les aseguro que no habría esperado la llegada de ustedes. No me habría suicidado a la salida del sol, como era mi propósito, sino antes del amanecer. Ahora me doy clara cuenta de ello. En esta noche maldita he aprendido más que en veinte años... Además, ¿estaría como estoy, sentado cerca de ustedes, y hablaría como lo estoy haciendo, con los mismos ademanes y las mismas miradas, si fuera realmente un parricida, cuando la supuesta muerte de Grigori me ha atormentado durante toda la noche, y no por terror, por el solo terror del castigo? ¡Qué vergüenza! ¿Pretenden ustedes, hipócritas, que no ven nada ni creen en nada, que están ciegos como topos, que yo revele una nueva bajeza, un nuevo acto vergonzoso, aunque sea para justificarme? Prefiero ir a presidio. El que ha abierto la puerta para entrar en casa de mi padre es el asesino y el ladrón. ¿Quién es? En vano pretendo hallar la respuesta: lo único que puedo afirmar es que el asesino no es Dmitri Karamazov. Ya lo saben; no puedo decirles más. No insistan... Mándenme a un penal o al patíbulo, pero no me atormenten más. Ahora me callo. Llamen a los testigos.

El procurador había observado a Mitia mientras hablaba. De pronto le dijo con toda calma y refiriéndose al hecho más natural:

‑Respecto a esa puerta abierta que acaba usted de mencionar, hemos obtenido una declaración sumamente importante del viejo Grigori Vasiliev. Ese hombre asegura que cuando oyó el ruido y entró en el jardín por la puertecilla que estaba abierta, vio a su izquierda, también abiertas, la puerta y la ventana de la casa. Usted, en cambio, afirma que esa puerta estuvo cerrada todo el tiempo que permaneció en el jardín. Grigori no le había visto todavía en el momento en que usted, según ha declarado, se alejó de la ventana por la que estaba observando a su padre, para dirigirse al muro del jardín. No quiero ocultarle que Vasiliev está firme en su creencia de que usted salió por la puerta, aunque él no presenció este detalle. Grigori le vio a cierta distancia cuando usted corría ya junto al muro.

Mitia se levantó.

‑Eso es una vil mentira. Grigori no pudo ver la puerta abierta, porque estaba cerrada. Ese hombre ha mentido.

‑Me considero obligado a repetirle que la declaración de Grigori Vasiliev ha sido categórica a insistente. Lo hemos interrogado varias veces.

‑Cierto ‑confirmó Nicolás Parthenovitch‑. Del interrogatorio me he encargado yo.

‑¡Es falso falso! ¡Una calumnia o la visión de un loco! Creerá haber visto todo eso bajo los efectos del delirio cuando yacía herido en el sendero.

‑En el momento en que vio la puerta abierta aún no estaba herido: acababa de entrar en el jardín.

‑¡No es verdad, no puede serlo! ‑dijo Mitia, jadeante‑. Es una calumnia. Habla así por maldad. No ha podido verme salir por esa puerta porque no he salido.

El procurador se volvió hacia Nicolás Parthenovitch y le dijo:

‑Muéstreselo.

‑¿Sabe usted qué es esto? ‑preguntó el juez, depositando en la mesa un gran sobre en el que se veían aún tres sellos de lacre. Estaba vacío y abierto por un lado.

Mitia abrió los ojos desmesuradamente.

‑Es el sobre de mi padre, el que contenía los tres mil rublos... Vean si lo escrito en él es esto: «Para mi pichoncito.» Y añade: «Tres mil rublos.» ¿Verdad que dice « tres mil rublos»?

‑Sí, lo dice. Pero no hemos encontrado el dinero. El sobre estaba en el suelo, detrás del biombo.

Mitia estuvo un instante perplejo.

‑¡Ha sido Smerdiakov! ‑exclamó de pronto con todas sus fuerzas‑. ¡Él ha matado a mi padre! ¡Él le ha robado! Sólo él sabía dónde guardaba ese sobre el viejo. ¡Ha sido él: no me cabe duda!

‑Pero usted sabía también que ese sobre estaba escondido debajo de la almohada.

‑Yo no sabía nada. Es la primera vez que veo ese sobre, del que únicamente sabía lo que me había contado Smerdiakov. Sólo ese hombre conocía el escondrijo del viejo. Yo lo ignoraba.

‑Sin embargo, usted ha declarado hace un momento que el sobre estaba bajo la almohada del difunto, « bajo la almohada». Luego usted lo sabía.

‑Lo hemos anotado ‑confirmó Nicolás Parthenovitch.

‑¡Eso es absurdo! Lo ignoraba por completo. Además, tal vez no estuviera debajo de la almohada... Lo he dicho al azar... ¿Qué dice Smerdiakov? ¿Lo han interrogado ustedes? ¿Que dice? Eso es lo principal... Yo hablaba en broma cuando he dicho que estaba bajo la almohada. Y ahora ustedes... Ustedes saben muy bien que uno dice a veces inexactitudes. Sólo Smerdiakov sabía dónde estaba el dinero; sólo él y nadie más que él... Y Smerdiakov ha guardado el secreto sobre el escondite. Es él, no cabe duda de que es él el asesino. Esto es para mí de una claridad meridiana ‑exclamó Mitia con exaltación creciente‑. Apresúrense a detenerlo. Cometió el crimen mientras yo huía y Grigori yacía sin conocimiento. Esto es evidente... Hizo la señal y mi padre le abrió la puerta. Pues sólo él conoce la contraseña, y, sin la contraseña, mi padre no le habría abierto.

‑Vuelve usted a olvidar ‑observó el procurador sin perder la calma y con gesto triunfante‑ que no había necesidad de hacer señal alguna, porque la puerta estaba abierta cuando usted se hallaba aún en el jardín.

‑La puerta, la puerta... ‑murmuró Mitia mirando fijamente al procurador.

Se dejó caer en la silla y, tras una pausa, exclamó con una expresión de ferocidad en la mirada:

‑Sí, la puerta... ¡Es como un fantasma! ... Dios está contra mí.

‑Hágase usted cargo ‑dijo gravemente el procurador‑. Juzgue usted mismo, Dmitri Fiodorovitch. Por una parte, la declaración de Grigori, abrumadora para usted, sobre esa puerta abierta utilizada por usted para salir; por otra, su silencio incomprensible obstinado, relativo a la procedencia del dinero que tenía usted en su poder a las tres horas de haberse visto obligado a pedir diez rublos prestados con la garantía de sus pistolas. En estas condiciones, juzgue usted mismo a qué conclusión nos hemos visto obligados a llegar. No nos acuse de ser unos hombres fríos, cínicos, burlones, incapaces de comprender los nobles impulsos de su alma, Póngase en nuestro lugar.

Mitia experimentaba una emoción indescriptible. Palideció.

‑Bien ‑exclamó de pronto‑; voy a revelarles mi secreto, a decirles de dónde procede ese dinero... Me expondré a la vergüenza pública para que ni ustedes puedan acusarme a mí ni yo pueda acusarles a ustedes.

‑Le aseguro, Dmitri Fiodorovitch ‑se apresuró a decir, con, visible satisfacción, Nicolás Parthenovitch‑, que una confesión sincera y completa en estos momentos puede mejorar considerablemente su situación actual a incluso...

El procurador le tocó con el pie por debajo de la mesa, y el juez se detuvo. Pero era igual: Mitia no prestaba atención a Nicolás Parthenovitch.


Capítulo VII: El gran secreto de Mitia
de Fiódor Dostoyevski


‑Señores ‑empezó a decir emocionado‑, ese dinero... Voy a contarlo todo... Ese dinero era mío.

El juez y el procurador se irguieron: esta revelación era la que menos esperaban.

‑¿Cómo podía ser suyo ‑dijo Nicolás Parthenovitch‑, cuando a las cinco de la tarde, según usted mismo ha declarado...?

‑¡Al diablo esas cinco de la tarde, al diablo mi propia declaración! Todo eso poco importa... El dinero era mío... Bueno, no lo era, porque lo robé... Siempre llevaba encima mil quinientos rublos.

‑¿De dónde los había cogido?

‑Los llevaba en el pecho señores, en una bolsita pendiente de mi cuello. Desde hacía bastante tiempo, lo menos un mes, los llevaba conmigo como un testimonio de mi infamia.

‑¿Pero de quién era ese dinero que usted se apropió?

‑Usted quiere decir «robó». Dígalo francamente. Sí, no cabe duda de que es como si lo hubiera robado. Pero si usted prefiere la otra expresión, le diré que, en efecto, me los había «apropiado». Ayer por la tarde los robé definitivamente.

‑¿Ayer por la tarde? Pero si acaba usted de decir que hacía un mes que... que se los había procurado...

‑Sí. Pero tranquilícense: no se los robé a mi padre, sino a ella. No me interrumpan: déjenme contarlo todo. Es una vergüenza. Verán ustedes. Hace un mes, Catalina Ivanovna Verkhovtsev, mi ex prometida, me llamó... Ya la conocen ustedes.

‑¿Qué dice usted?

‑Estoy seguro de que la conocen. Un alma noble a carta cabal. Pero me odia desde hace mucho tiempo, y no sin razón.

‑¿Ha dicho usted Catalina Ivanovna? ‑preguntó el juez, estupefacto.

El procurador daba muestras también de profunda sorpresa.

‑No pronuncien su nombre en vano. He cometido una vileza al mencionar a esa mujer... Sí, hace ya tiempo que me di cuenta de que me odiaba; lo advertí la primera vez que Catalina vino a mi casa... Pero no diré nada más sobre esto: ustedes no merecen saberlo. ¿Para qué? Sólo les diré que hace un mes me entregó tres mil rublos para que se los enviara a una hermana suya y a otro pariente que vivían en Moscú. ¡Como si no hubiera podido hacerlo ella misma! Y yo me hallaba en un momento fatal de mi vida, pues... En una palabra, acababa de enamorarme de otra, de ella, de Gruchegnka, la joven que está en esta casa. La traje aquí, a Mokroie, y dilapidé en dos días la mitad de ese maldito dinero. El resto me lo guardé. Este resto, mil quinientos rublos, es lo que llevaba en el pecho como un amuleto. Ayer abrí la bolsita y empecé a gastar. Los ochocientos rublos que quedan están en poder de ustedes.

‑Perdone. Hace tres meses, usted despilfarró aquí tres mil rublos y no mil quinientos: todo el mundo lo sabe.

‑¿Usted cree que hay alguien que lo sabe? ¿Quién ha contado mi dinero?

‑Usted mismo ha dicho que gastó en aquella ocasión tres mil rublos.

‑Cierto: lo dije a todo el que me hablaba de ello, la noticia corrió y toda la ciudad aceptó la cifra. Sin embargo, sólo gasté mil quinientos rublos, y los otros mil quinientos los puse en una bolsita que me colgué del cuello. Ya saben ustedes de dónde procede el dinero que empecé a gastar ayer.

‑Todo eso es muy extraño ‑murmuró Nicolás Parthenovitch.

‑¿No habló a nadie de eso, de esos mil quinientos rublos restantes? ‑preguntó el procurador.

‑No, no hablé a nadie.

‑Es extraño. ¿De veras no lo dijo a nadie, a nadie en absoluto?

‑A nadie en absoluto.

‑¿Por qué ese silencio? ¿Qué razón le llevó a envolver este asunto en el misterio? Aunque a usted le parezca que cometió un acto vergonzoso, esa apropiación temporal de tres mil rublos es, a mi entender, un pecadillo de escasa importancia si tenemos en cuenta el carácter de usted. Admito que su proceder sea censurable, pero no vergonzoso... Por lo demás, muchos han sospechado la procedencia de esos tres mil rublos, aunque no la hayan revelado. Incluso yo he oído hablar de ello, y también Mikhail Makarovitch... En una palabra, es el secreto de Polichinela. Además, hay ciertos indicios, desde luego posiblemente erróneos, de que usted dijo a alguien que esos tres mil rublos procedían de la señorita Verkhovtsev. Por eso es incomprensible que envuelva usted en el misterio y que le produzca tanto horror haberse reservado una parte de esa cantidad. Cuesta creer que le sea tan penoso revelar este secreto. Usted acaba de exclamar: «¡Antes el presidio!»

El procurador se detuvo. Se había acalorado y lo reconocía, pero sin creer que había obrado mal.

‑No son esos mil quinientos rublos la causa de mi vergüenza, sino el hecho de haber dividido la suma ‑exclamó Mitia en un arrebato de orgullo.

‑Pero dígame ‑replicó, irritado, el procurador‑: ¿cómo puede usted considerar vergonzoso haber hecho dos partes de esos tres mil rublos que se quedó usted indebidamente? Lo que importa es que se haya apropiado esta cantidad y no el use que haya hecho de ella. Y ya que hablamos de esto, ¿quiere decirme por qué hizo esta división? ¿Qué es lo que perseguía? ¿Puede usted explicárnoslo?

‑Caballeros, lo que importa es la intención. Dividí en dos partes el dinero por vileza, o sea por cálculo; porque el cálculo en este caso es una vileza. Y esta vileza ha durado todo un mes.

‑Es incomprensible.

‑Me asombra que no lo comprenda. En fin, se lo explicaré. Acaso sea una realidad incomprensible. Escúcheme atentamente. Vamos a suponer que me apropio de tres mil rublos que se me entregan confiando en mi honor. Dilapido la cantidad entera entre jarana y jarana. A la mañana siguiente voy a casa de ella y le digo: «Perdón, Katia: me he gastado tus tres mil rublos.» ¿Está esto bien? No, es una vileza, el acto de un monstruo, de un hombre incapaz de dominar sus malos instintos. Pero esto no es un robo; convengan ustedes en que no es un robo directo. Yo he dilapidado el dinero, pero no lo he robado. Ahora hablemos de un caso todavía más perdonable. Presten mucha atención, pues la cabeza me da vueltas. Dilapido solamente mil quinientos rublos de los tres mil. A la mañana siguiente voy a casa de Katia para entregarle el resto. «Katia, soy un miserable. Toma estos mil quinientos rublos. Los otros mil quinientos los he despilfarrado, y éstos los despilfarraría igualmente. Líbrame de la tentación.» ¿Qué soy en este caso? Un malvado, un monstruo, todo lo que ustedes quieran; pero no un verdadero ladrón, pues un ladrón no habría devuelto el resto de la cantidad, sino que se la habría quedado. Ella vería, además, que, del mismo modo que le devolvía la mitad del dinero, procuraría devolverle todo lo demás, aunque para ello tuviera que trabajar hasta el fin de mis días. En este caso seré un sinvergüenza, pero no un ladrón.

‑Admitamos que existe cierta diferencia ‑dijo el procurador con una fría sonrisa‑. Pero es extraño que dé usted a esta diferencia una importancia tan extraordinaria.

‑Sí, veo una diferencia extraordinaria. Se puede ser un hombre sin escrúpulos, yo incluso creo que todos lo somos; pero para robar hay que ser un redomado bribón. Mi pensamiento se pierde en estas sutilezas. Desde luego, el robo es el colmo del deshonor. Piensen en esto: hace un mes que llevo encima este dinero. Podía haberlo devuelto cualquier día, y habría cambiado mi situación. Pero no me decidí a proceder de este modo, a pesar de que no pasaba día sin que me exhortara a mí mismo a hacerlo. Así ha pasado un mes. ¿Creen ustedes que está bien esto?

‑Admito que no está bien; eso no se lo discuto. Pero dejemos de polemizar sobre estas diferencias sutiles. Le ruego que vayamos a los hechos. Todavía no nos ha explicado usted los motivos que le han llevado a dividir en dos partes los tres mil rublos. ¿Con qué objeto ocultó usted la mitad? ¿Qué destino pensaba darle? Insisto en ello, Dmitri Fiodorovitch.

‑¡Es verdad! ‑exclamó Mitia, dándose una palmada en la frente‑. Perdónenme por haberlos tenido en tensión en vez de explicarles lo principal. De haberlo hecho, ustedes lo habrían comprendido todo en seguida, pues es la finalidad de mi proceder la causa de mi vergüenza. Miren ustedes, mi difunto padre no cesaba de acosar a Agrafena Alejandrovna. Yo tenía celos; creía que ella vacilaba entre mi padre y yo. Yo pensaba a diario: «¿Y si ella toma una resolución y me dice de pronto: “Te amo a ti; llévame al otro extremo del mundo”?» Yo no tenía más que veinte copecs. ¿Cómo llevarla a ninguna parte? ¿Qué podía hacer? Me veía perdido. Pues no la conocía aún y creía que no me perdonaría mi pobreza. Entonces aparté la mitad de los tres mil rublos, conté el dinero con calma, premeditadamente, lo guardé en la bolsita que cosí y colgué de mi cuello y me fui a gastar alegremente los otros mil quinientos rublos. Esto es innoble. ¿Lo comprenden ya?

Los jueces se echaron a reír. Nicolás Parthenovitch dijo:

‑A mi entender, no gastándolo todo, dio usted una prueba de moderación y moralidad. No considero que la cosa sea tan grave como usted dice.

‑La gravedad está en que he robado. Es lamentable que no lo comprendan ustedes. Desde que colgué los mil quinientos rublos de mi cuello, me decía a diario: «Eres un ladrón, un ladrón.» Este sentimiento ha sido la fuente de todas las violencias que he cometido durante este mes. Por eso vapuleé al capitán en la taberna y por eso golpeé a mi padre. Ni siquiera me atreví a revelar este secreto a mi hermano Aliocha; ello prueba hasta qué punto me consideraba un malvado y un bribón. Sin embargo, pensaba: «Dmitri Fiodorovitch, no eres todavía un ladrón, ya que puedes ir mañana mismo a devolver los mil quinientos rublos a Katia.» Y ayer por la tarde tomé la decisión de rasgar la bolsita. En ese momento me convertí indudablemente en un ladrón. ¿Por qué? Porque, al mismo tiempo que mi bolsita, destruí mi sueño de ir a decir a Katia: «Soy un sinvergüenza, pero no un ladrón.» ¿Lo comprenden ya?

‑¿Y por qué tomó esa resolución precisamente ayer por la tarde? ‑preguntó Nicolás Parthenovitch.

‑¡Qué pregunta tan tonta! La tomé porque me había condenado a muerte: me suicidaría a las cinco de la mañana, aquí mismo, a la luz del alba. Yo me decía: «¿Qué importa morir con honra o deshonra?» Pero vi que no era lo mismo. Créanme, señores, que lo que esta noche me ha torturado sobre todo no ha sido la muerte de Grigori ni el terror de ir a Siberia precisamente cuando sentía el triunfo de mi amor y el cielo se abría de nuevo ante mí. Desde luego, esto me ha atormentado, pero menos que la idea de haber sacado de mi pecho ese dinero maldito para dilapidarlo y haberme convertido así en un verdadero ladrón. Lo repito, señores: he aprendido mucho esta noche. He aprendido que no sólo es muy difícil vivir con el conocimiento de ser un hombre sin honor, sino también morir con semejante sentimiento... Es preciso ser honrado para afrontar la muerte.

Mitia estaba pálido.

‑Empiezo a comprenderlo, Dmitri Fiodorovitch ‑dijo el procurador amablemente‑; pero, la verdad, yo creo que todo eso es de origen nervioso. Usted está enfermo de los nervios. ¿Por qué razón, para poner fin a sus sufrimientos, no fue a devolver esos mil quinientos rublos a la persona que se los había confiado y a explicarle todo lo sucedido? Y luego, dada su desesperada situación, ¿por qué no dio un paso que parece sumamente natural? Después de haber confesado noblemente sus faltas, pudo pedirle la cantidad que era para usted tan necesaria. Dada la generosidad de la persona perjudicada y el grave conflicto en que se hallaba usted, estoy seguro de que esa señorita le habría hecho el préstamo deseado, sobre todo si usted le hubiera ofrecido las mismas garantías que al comerciante Samsonov y a la señora de Khokhlakov. ¿Acaso no considera usted que esa garantía sigue teniendo el mismo valor que antes?

Mitia enrojeció.

‑¿Tan vil me cree usted? ¡Usted no puede hablar en serio! ‑exclamó, indignado.

‑Hablo completamente en serio ‑dijo el procurador, no menos sorprendido que Dmitri‑. ¿Por qué lo duda usted?

‑Porque eso sería innoble. ¡Me están ustedes atormentando! En fin, lo diré todo, les revelaré hasta el fondo de mi pensamiento demoníaco, y entonces se sonrojarán ustedes al ver hasta dónde pueden descender los sentimientos humanos. Sepa que también yo pensé en la solución que usted me propone, señor procurador. Sí, señores: estaba casi decidido a ir a casa de Katia: hasta ese extremo llegó mi ruindad. Pero piense usted en lo que significaba ir a anunciarle mi traición y pedirle dinero para los gastos que esta traición imponía; pedírselo a ella, a Katia, y huir inmediatamente con su rival, con la mujer que la odiaba y la había ofendido... ¿Está usted loco, señor procurador?

‑No estoy loco ‑dijo el procurador sonriendo‑. Lo que ocurre es que no había pensado que pudieran existir esos celos de mujer... Si realmente existen, como usted afirma, podría, en efecto, haber algo de lo que usted dice.

‑¡Habría sido una bajeza incalificable! ‑bramó Mitia golpeando la mesa con el puño‑. Ella me habría dado el dinero por venganza, para testimoniarme su desprecio, pues también ella tiene un alma pronta a estallar en una cólera infernal. Yo habría tomado el dinero, seguro que lo habría tomado, y entonces habría estado toda la vida... ¡Dios mío! Perdónenme, señores, que hable en voz tan alta... No hace mucho que pensaba en esa posibilidad. Pensé la otra noche, mientras cuidaba a Liagavi, y durante todo el día de ayer (lo recuerdo perfectamente) hasta que se produjo el suceso.

‑¿Qué suceso? ‑preguntó Nicolás Parthenovitch.

Pero Mitia no le escuchó.

‑Les he confesado algo tremendo. Sepan apreciarlo, señores; compréndanlo en todo su valor. Pero si ustedes son incapaces de comprenderme, eso significará que me desprecian, y yo me moriré de vergüenza por haber abierto mi corazón a personas como ustedes. Sí, moriré... Ya veo que no me creen...

‑¿Cómo? ¿Van a tomar nota de esto?

‑Sí ‑repuso Nicolás Parthenovitch, sorprendido‑. Consignaremos que hasta el último momento pensó usted en ir a casa de la señorita Verkhovtsev para pedirle esos mil quinientos rublos. Esta declaración es importantísima para nosotros, Dmitri Fiodorovitch..., y más aún para usted.

‑¡Dios mío, señores: tengan al menos el pudor de no consignar eso! Les muestro mi alma al desnudo, y ustedes me corresponden rebuscando en eila. ¡Dios santo!

Se cubrió el rostro con las manos.

‑No se preocupe por eso, Dmitri Fiodorovitch ‑dijo el procurador‑. Se le leerá todo lo que se ha escrito y se modificará el texto en aquellos puntos en que usted no esté de acuerdo con lo consignado. Ahora le pregunto por tercera vez: ¿es verdad que nadie, ni una sola persona, ha oído hablar de ese dinero guardado en una bolsita?

‑Nadie, nadie. Ya lo he dicho. ¿Es que no me entiende? ¡Déjeme en paz!

‑De acuerdo. Pero este punto habrá de aclararse. Reflexione. Tenemos una decena de testigos que afirman que usted mismo ha dicho que iba a dilapidar tres mil rublos y no mil quinientos. Y al llegar usted aquí, muchos le han oído decir que tenía tres mil rublos para gastar.

‑Puede usted contar con centenares de testimonios análogos: un millar de personas me lo han oído decir.

‑O sea que todo el mundo está de acuerdo. Esto de «todo el mundo» significa algo, ¿no?

‑No significa absolutamente nada. He mentido, y todo el mundo ha repetido mi mentira.

‑¿Y por qué ha mentido?

‑¡Sabe Dios! Por jactancia seguramente, por conseguir la mezquina gloria de haber dilapidado una cantidad importante. O tal vez por olvidarme del dinero que me había apartado... Sí, por eso fue... ¡Y basta ya! ¿Cuántas veces me ha hecho usted esa pregunta? He mentido y no he querido rectificar: esto es todo... ¿Por qué mentiremos a veces?

‑Eso es fácil de explicar, Dmitri Fiodorovitch ‑dijo gravemente el procurador‑. Pero dígame: esa bolsita, como usted la llama, ¿era muy pequeña?

‑Bastante.

‑¿Qué tamaño tenía, aproximadamente?

‑Pues... el tamaño de medio billete de cien rublos.

‑Lo mejor será que nos muestre la bolsita hecha jirones. Supongo que la llevará usted encima.

‑¡Qué disparate! Ni siquiera sé dónde está.

‑Permítame una pregunta: ¿dónde y cuándo se la quitó del cuello? Usted ha declarado que no volvió a su casa.

‑Después de hablar con Fenia, me dirigí a casa de Perkhotine. Entonces desgarré la bolsita para sacar el dinero.

‑¿En la oscuridad?

‑No hacía falta ni la luz de una bujía: me fue fácil desgarrar la tela.

‑¿Sin tijeras y en medio de la calle?

‑Creo que estaba en la plaza.

‑¿Qué hizo de la bolsita?

‑La tiré.

‑¿Dónde?

‑¿Qué sé yo? En algún lugar de la plaza. ¿Qué importancia puede tener?

‑Tiene mucha importancia, Dmitri Fiodorovitch. Es una prueba en favor de usted. ¿No lo comprende? ¿Quién le cosió la bolsita hace un mes?

‑Nadie: la cosí yo mismo.

‑¿Sabe usted coser?

‑El que ha sido soldado tiene que saber. Por otra parte, no hay que ser un experto en el manejo de la aguja para hacer un cosido así.

‑¿De dónde sacó usted la tela, mejor dicho, el trozo de tela?

‑¿Está usted bromeando?

‑Nada de eso, Dmitri Fiodorovitch. Nuestro trabajo no nos permite bromear.

‑Pues no recuerdo de dónde lo tomé.

‑¿Cómo se explica que lo haya olvidado?

‑Le aseguro que no me acuerdo. Tal vez corté un trozo de mi ropa interior.

‑Es un dato interesante. Mañana se podrá encontrar en su casa la pieza, la camisa, de donde usted cortó el trozo. ¿De qué era ese jirón: de algodón o de hilo?

‑¿Qué sé yo?... Oigan: me parece que no corté nada. Creo que el género era algodón. Es posible que cosiera un resto del gorro de mi patrona.

‑¿Del gorro de su patrona?

‑Sí, se lo robé.

‑¿Se lo robó?

‑Sí; recuerdo que una vez robé un gorro para hacerlo pedazos con los que poder secar las plumas. Me apoderé de él furtivamente y sin ningún reparo, porque era un pingajo sin valor. Aproveché uno de esos trozos para hacer la bolsita, que cosí después de haber introducido en ella los mil quinientos rublos... Sí, creo que era un trozo de algodón viejo y lavado mil veces.

‑¿Está usted seguro?

‑Seguro no. Sólo me parece. Pero me da lo mismo una cosa que otra.

‑Piense que su patrona puede haber advertido la falta de ese trozo de tela.

‑No, no lo habría notado. Era un viejo andrajo que no valía ni un copes.

‑¿Y de dónde sacó la aguja y el hilo?

‑¡Basta! No diré nada más sobre eso ‑gruño Mitia.

‑Es extraño que no recuerde usted en qué lugar de la plaza tiró la bolsita.

‑Hagan barrer la plaza y tal vez la encuentren ‑replicó Mitia, y exclamó, abrumado‑: ¡Basta ya, señores, basta ya! Ustedes no creen ni una palabra de lo que les digo: lo estoy viendo. La culpa es mía y no de ustedes. No debí dejarme llevar por mis impulsos. ¿Por qué me habré rebajado a revelarles mi secreto? Esto les parece chusco; lo leo en sus ojos. Es usted el que me ha incitado, señor procurador. ¡Goce de su triunfo! ¡Malditos Sean, verdugos!

Inclinó la cabeza y se cubrió el rostro con las manos. El procurador y el juez se callaron. Transcurrió un minuto. Mitia levantó la cabeza y los miró, inconsciente. Su rostro expresaba una desesperación extrema.

Era preciso terminar; había que proceder al interrogatorio de los testigos. Eran las ocho de la mañana; hacía un buen rato que se habían apagado las bujías. Mikhail Makarovitch y Kalganov, que no habían cesado de entrar y salir durante el interrogatorio, no estaban en aquel momento en la habitación. El procurador y el juez daban muestras de fatiga. Hacía mal tiempo; el cielo estaba oscuro y caía una lluvia torrencial. Mitia, desde su asiento, miraba absorto a través de los cristales.

‑¿Puedo acercarme a la ventana? ‑preguntó a Nicolás Parthenovitch.

‑Naturalmente ‑repuso el juez.

Dmitri se levantó y se acercó a la ventana. La Iluvia azotaba los pequeños vidrios verdosos. A través de ellos se veía el camino lleno de barro, y más lejos las hileras de isbas, míseras y oscuras, que bajo la Iluvia parecían aún más pobres. Mitia se acordó de «Febo, el de los cabellos de oro», y de su propósito de suicidarse bajo los primeros rayos del astro del día. Mejor habría sido este amanecer. Sonrió amargamente y se volvió hacia sus «verdugos».

‑Señores, ya veo que estoy perdido. ¿Pero y ella? ¿Ha de correr la misma suerte que yo? Les suplico que me lo digan. Es inocente. Ayer, cuando se declaró culpable, había perdido la cabeza. No tiene culpa alguna. Después de esta noche de angustia, les ruego que me digan qué van a hacer con ella.

El procurador se apresuró a responder:

‑Tranquilícese, Dmitri Fiodorovitch. Por ahora no tenemos ninguna razón para molestar a esa persona que tanto le interesa. Y creo que lo mismo ocurrirá en lo sucesivo. Haremos cuanto nos sea posible en favor de esa joven.

‑Gracias, señores. Nunca he puesto en duda la honradez ni el espíritu de justicia de ustedes. Me han quitado un peso de encima... ¿Qué van a hacer ahora?

‑Hay que proceder sin pérdida de tiempo al interrogatorio de los testigos, lo cual, como ya le hemos dicho, debe efectuarse en presencia de usted.

‑¿Y si tomáramos un poco de té? ‑dijo Nicolás Parthenovitch‑. Creo que nos lo hemos ganado.

Decidieron tomar un vaso de té, permaneciendo donde estaban, sin interrumpir la investigación. Esperarían un momento más propicio para desayunarse.

Mitia, que en el primer momento había rechazado el vaso que le ofrecía Nicolás Parthenovitch, luego se apoderó de él y se lo bebió ávidamente. Parecía hallarse en el límite del agotamiento. Su robusta constitución parecía permitirle una noche de jolgorio, incluso acompañada de las más intensas emociones. Sin embargo, apenas se sostenía en su asiento, y a veces creía ver que todo le daba vueltas. «Estoy muy cerca de la inconsciencia y el delirio», pensaba.


Capítulo VIII: Declaran los testigos (El «Pequeñuelo»)
de Fiódor Dostoyevski


Empezó el interrogatorio de los testigos. Pero debemos advertir que no proseguiremos nuestro relato tan detalladamente como lo hemos hecho hasta ahora. Dejaremos a un lado la fórmula con que Nicolás Parthenovitch iba llamando a los testigos para decirles que debían exponer la verdad de acuerdo con su conciencia y repetir después su declaración bajo juramento, etc., etc. Nos limitaremos a decir que lo esencial para los jueces era averiguar si Dmitri Fiodorovitch había dilapidado tres mil rublos o sólo mil quinientos en su primera visita a Mokroie hacía un mes, a igualmente el día anterior.

Todas, absolutamente todas las declaraciones fueron desfavorables para Mitia. Algunos testigos incluso aportaron datos nuevos que apoyaban sus palabras y que constituían pruebas abrumadoras. El primero en declarar fue Trifón Borisytch. Compareció sin terror alguno y pletórico de indignación contra el acusado, lo que le confirió un aire de sinceridad y dignidad. Habló poco y con cierta reserva, esperando que le preguntaran y respondiendo con firmeza después de reflexionar. Dijo sin rodeos que, hacía un mes, el acusado había gastado alegremente lo menos tres mil rublos y que los campesinos afirmaban haber oído decir a Dmitri Fiodorovitch: «¡Cuanto dinero me han costado los músicos y las chicas! Pasa de los mil rublos.»

‑No les di ni siquiera quinientos ‑replicó Mitia‑. Lo que ocurrió fue que no los podía contar, porque estaba bebido. Fue una desgracia.

Dmitri escuchaba a los testigos con un gesto de pesar y fatiga. Parecía decir: «Contad lo que queráis: me es indiferente.»

Trifón Borisytch dijo:

‑Los cíngaros le costaron más de mil rublos, Dmitri Fiodorovitch. Usted tiraba el dinero sin contarlo y ellos lo recogían. Es una casta de bribones. Roban caballos. Si no los hubiese echado de aquí, tal vez habrían declarado a cuánto ascendían sus ganancias. Yo vi el fajo de billetes que llevaba usted en la mano. No me lo dio usted a contar, pero a simple vista calculé que había bastante más de mil quinientos rublos... Yo también manejo dinero.

En cuanto a la suma del día anterior, Dmitri Fiodorovitch había declarado a su llegada que llevaba encima tres mil rublos.

‑¿De veras dije que tenía tres mil rublos, Trifón Borisytch?

‑Sí, Dmitri Fiodorovitch; lo dijo usted delante de Andrés. Todavía está aquí; puede usted llamarlo. Y cuando estaba obsequiando a las chicas del coro, dijo usted a voces que estaba gastando su sexto billete de mil rublos, incluida la vez anterior, desde luego. Esteban y Simón lo oyeron. Piotr Fomitch Kalganov estaba entonces a su lado. Tal vez lo recuerde también.

La declaración de que gastaba el sexto billete de mil impresionó a los jueces y les encantó por su claridad. Tres mil la primera y tres mil la segunda sumaban seis mil.

Se interrogó a Esteban, a Simón y al cochero Andrés, y éstos confirmaron la declaración de Trifón Borisytch. Además, se tomó nota de la conversación que Mitia había tenido con Andrés, al que preguntó si iría al cielo o al infierno y si lo perdonarían en el otro mundo. El «psicólogo» Hipólito Kirillovitch, que había escuchado sonriendo, recomendó que se uniera esta declaración al expediente.

Cuando le tocó el turno a Kalganov, éste se presentó de mala gana, con semblante sombrío, y habló con el procurador y con Nicolás Parthenovitch como si fuese la primera vez que los veía, siendo así que los conocía desde hacía mucho tiempo. Empezó por decir que «no sabía nada y nada quería saber». Pero reconoció que había oído hablar a Mitia del sexto billete de mil y que estaba a su lado cuando le oyó decir esto. Ignoraba la cantidad que Dmitri podía tener y afirmó que los polacos habían hecho trampas jugando a las camas. Contestando a insistentes preguntas, dijo que expulsaron a los polacos de la sala y que entonces Mitia se había captado la admiración y el amor de Agrafena Alejandrovna, cosa que ésta había confesado. Al hablar de la joven se expresó en términos corteses, como si se tratara de una dama de la mejor sociedad, y ni una sola vez la llamó Gruchegnka. A pesar de la evidence aversión que Kalganov mostraba a declarar, Hipólito Kirillovitch lo retuvo largo rato, para tomar de sus palabras solamente aquello que constituía, por decirlo así, la novela de Mitia durante aquella noche. Dmitri no le interrumpió ni una sola vez, y Kalganov se retiró sin disimular su indignación.

Se hizo pasar a los polacos. Éstos se habían acostado en su reducida habitación, pero no habían conseguido pegar los ojos. Cuando llegaron las autoridades, se vistieron rápidamente, comprendiendo que los iban a llamar. Se presentaron con arrogancia, pero también con cierta inquietud. El pequeño pan, el más importante, era un funcionario de duodécima clase retirado. Había servido como veterinario en Siberia y se llamaba Musalowicz. El pan Wrublewski era dentista. Al principio, cuando les preguntaba Nicolás Parthenovitch, contestaban dirigiéndose a Mikhail Makarovitch, al que consideraban como el personaje más importante. Le llamaban pan pulkownik y repetían la expresión a cada frase. Al fin los sacaron de su error. Hablaban correctamente el ruso, fallando únicamente en la pronunciación de ciertas palabras. Al explicar sus relaciones con Gruchegnka, el pan Musalowicz se expresó con una seguridad y un ardor que exasperaron a Mitia hasta el punto de hacerle exclamar que no permitía a un «granuja» hablar así en su presencia. El pan Musalowicz protestó del calificativo y rogó que esta palabra se hiciera constar en el proceso. Mitia hervía de cólera.

‑¡Sí, un granuja! ‑exclamó‑. Pueden ustedes anotarlo. Esto no me impedirá repetir que es un granuja.

Nicolás Parthenovitch dio pruebas de un facto extraordinario en este enojoso incidente. Tras una severa amonestación a Mitia, renunció a hacer preguntas sobre la parte novelesca del asunto y se dedicó enteramente a lo esencial.

Los jueces mostraron gran interés al declarar los polacos que Mitia había ofrecido tres mil rublos al pan Musalowicz para que renunciara a Gruchegnka. De esta cantidad entregaría inmediatamente setecientos rublos, y el resto al día siguiente en la ciudad. Afirmó bajo palabra de honor que en aquel momento no poseía toda la suma.

Mitia replicó a esto que no había prometido pagar el resto al día siguiente, pero el pan Wrublewski confirmó lo dicho por su compatriota, y Dmitri, tras reflexionar un instante, aceptó que podía haber hecho tal promesa en un momento de exaltación.

El procurador dio gran importancia a estas palabras. La acusación podía deducir de ellas que parte de los tres mil rublos que Mitia había tenido en su poder estaba oculta en la ciudad o tal vez en el mismo Mokroie. Con ello quedaba explicado un punto que ponía en un aprieto a la acusación: el de que se hubieran hallado solamente ochocientos en poder de Mitia. Hasta entonces, ésta había sido la única prueba favorable, por poco que fuera, a Dmitri. Esta única prueba se había desvanecido. El procurador le preguntó:

‑¿De dónde pensaba usted sacar los dos mil trescientos rublos que prometió bajo palabra de honor entregar al pan al día siguiente, siendo así que usted mismo afirmó que sólo poseía quinientos en aquel instante?

A ello repuso Mitia que su intención era proponerle al pan transferirle ante notario sus derechos de propiedad sobre Tchermachnia, en vez de entregarle el dinero, oferta que ya había hecho a Samsonov y a la señora de Khokhlakov. El procurador sonrió ante «la ingenuidad del subterfugio»

‑¿Y cree usted que él habría aceptado esos «derechos» en sustitución de los dos mil trescientos rublos?

‑No me cabe duda. Pues habría recibido no dos mil, sino cuatro mil o seis mil. Sus abogados judíos y polacos habrían obligado al viejo a entregar el dinero.

Como es natural, la declaración del pan se consignó por escrito in extenso, tras lo cual los dos polacos pudieron retirarse. El detalle de que habían hecho trampas en el juego pasó por alto. Nicolás Parthenovitch les estaba agradecido y no quería molestarlos por una insignificancia, pues consideraba que todo se había reducido simplemente a una querella entre jugadores bebidos. Además, todo había sido escandaloso aquella noche. En resumidas cuentas, que los doscientos rublos se quedaron en los bolsillos de los polacos.

Acto seguido se llamó al viejo Maximov, que entró en la sala tímidamente, a pasitos cortos, con las ropas en desorden y el semblante triste. Durante los interrogatorios había permanecido sentado junto a Gruchegnka, en silencio, «lloriqueando y secándose los ojos con su pañuelo a cuadros» ‑así lo dijo Mikhail Makarovitch‑, hasta el punto de que era ella la que tenía que calmarlo y consolarlo. Con lágrimas en los ojos, el pobre viejo se excusó por haber pedido diez rublos prestados a Dmitri Fiodorovitch, obligado por su pobreza, y manifestó que estaba dispuesto a devolvérselos. Nicolás Parthenovitch le preguntó cuánta dinero tenía, a su juicio, Dmitri Fiodorovitch, ya que él debía de haberlo visto de cerca al pedirle prestados los diez rublos. Y Maximov repuso:

‑Veinte mil rublos.

‑¿Ha visto usted alguna vez veinte mil rublos reunidos? ‑preguntó Nicolás Parthenovitch sonriendo.

‑¡Claro que los he visto!... Bueno, veinte mil no: siete mil. Vi esta suma cuando mi esposa hipotecó mi propiedad. Si he de serle franco, sólo me los enseñó de lejos. Formaban un grueso fajo de billetes de cien. Los billetes de Dmitri Fiodorovitch también eran de cien rublos.

No lo retuvieron mucho tiempo. Al fin llegó el turno a Gruchegnka. Los jueces estaban inquietos ante la impresión que la llegada de la joven pudiera producir a Dmitri, y Nicolás Parthenovitch le dirigió algunas palabras de exhortación, a las que respondió Mitia con un movimiento de cabeza que equivalía a asegurar que se comportaría correctamente.

Gruchegnka apareció acompañada por Mikhail Makarovitch. Sus facciones estaban rígidas, y su semblante, triste pero sereno. Se sentó frente a Nicolás Parthenovitch. Estaba pálida y parecía tener frío, pues envolvía sus hombros con un elegante chal negro. En efecto, recorrían su cuerpo los escalofríos de la fiebre, principio de la larga enfermedad que contrajo aquella noche. Su rigidez, su mirada franca y sería, sus ademanes pausados produjeron una impresión en extremo favorable. Nicolás Parthenovitch incluso se sintió cautivado. Algún tiempo después dijo que hasta entonces no se había dado cuenta de lo encantadora que era aquella mujer, en la que antes sólo había visto «una ramera de comisaría».

‑Tiene la finura de las personas de la mejor sociedad ‑dijo un día con entusiasmo en un círculo de damas.

La indignación fue general. Lo llamaron calavera, cosa que le encantó.

Gruchegnka, al entrar, dirigió a Mitia una mirada furtiva. Él la miró también, con un gesto de inquietud; pero su aspecto lo tranquilizó. Tras las preguntas consabidas, Nicolás Parthenovitch vaciló un momento y la interrogó con toda cortesía:

‑¿Qué clase de relaciones tenía usted con el teniente retirado Dmitri Fiodorovitch Karamazov?

‑Relaciones simplemente amistosas. Como amigo lo he recibido durante todo este mes último.

En respuesta a otras preguntas declaró francamente que entonces no amaba a Mitia, aunque le gustara «a veces». Lo había seducido llevada de su maldad: la encantaba jugar con aquel hombre de buen corazón. Los celos que tenía Mitia de Fiodor Pavlovitch y de todos los hombres la divertían. Jamás había pensado ir a casa de Fiodor Pavlovitch, que sólo era para ella un objeto de burla.

‑Durante todo este mes apenas he pensado en ellos. Esperaba a otro, al causante de mis males... Les ruego que no me pregunten sobre esto, porque no les contestaría. Mi vida privada no les incumbe.

Nicolás Parthenovitch dejó inmediatamente a un lado los detalles novelescos y abordó la cuestión principal: los tres mil rublos. Gruchegnka repuso que ésta era la cantidad que había gastado Dmitri hacía un mes en Mokroie, según él había dicho, pues ella no había contado el dinero.

‑¿Eso se lo dijo a usted en privado o en presencia de testigos? ¿O acaso lo ha oído usted decir a otras personas? ‑preguntó inmediatamente el procurador.

Gruchegnka contestó afirmativamente a las tres preguntas.

‑¿Se lo dijo particularmente una vez o varias?

Gruchegnka repuso que varias.

Hipólito Kirillovitch quedó sumamente satisfecho de esta declaración. Inmediatamente dedujo de ella que Gruchegnka sabía que el dinero procedía de Catalina Ivanovna.

‑¿No ha oído usted decir que Dmitri Fiodorovitch gastó entonces la mitad de los tres mil rublos y se guardó la otra mitad?

‑No, nunca he oído decir eso.

Y añadió que, por el contrario, durante el mes último, Mitia le había dicho varias veces que no tenía dinero.

‑Esperaba recibirlo de su padre ‑concluyó.

Nicolás Parthenovitch preguntó de pronto:

‑¿No dijo nunca delante de usted, por descuido o en un momento de irritación, que se proponía atentar contra la vida de su padre?

‑Sí, se lo oí decir.

‑¿Una vez o varias?

‑Varias. Y siempre en arrebatos de cólera.

‑¿Usted creía que llevaría a cabo este propósito?

‑Jamás lo creí ‑repuso Gruchegnka con absoluta convicción‑. Siempre tuve en cuenta la nobleza de sus sentimientos.

‑Un momento ‑exclamó Mitia‑. Permítanme decir en presencia de ustedes sólo unas palabras a Agrafena Alejandrovna.

‑Puede hacerlo ‑aceptó Nicolás Parthenovitch.

Mitia se levantó y dijo:

‑Agrafena Alejandrovna, lo juro en presencia de Dios que soy inocente de la muerte de mi padre.

Mitia se volvió a sentar. Gruchegnka se levantó y se santiguó devotamente ante el icono.

‑¡Alabado sea Dios! ‑exclamó fervorosamente. Y añadió, dirigiéndose a Nicolás Parthenovitch‑: Créalo. Lo conozco bien. Es capaz de decir cualquier cosa en broma o por obstinación; pero no habla nunca en contra de su conciencia. Ha dicho la verdad, no les quepa duda.

‑Gracias, Agrafena Alejandrovna ‑dijo Dmitri, y la voz le temblaba‑. Tus palabras me han dado valor.

Respecto al dinero del día anterior, Gruchegnka dijo que no sabía a cuánto ascendía la cantidad, pero que había oído decir a Dmitri repetidas veces que estaba gastando tres mil rublos. En cuanto a la procedencia de este dinero, Gruchegnka declaró que Mitia le había dicho confidencialmente que lo había robado a Catalina Ivanovna, a lo que ella había respondido que aquello no era un robo y que había que devolver el dinero al mismo día siguiente. El procurador quiso dejar bien sentado que Dmitri, al decir dinero robado, se refería al del día anterior y no al de un mes atrás, y Gruchegnka repitió que aludía al de las últimas veinticuatro horas.

Terminado el interrogatorio, Nicolás Parthenovitch se apresuró a decir a Gruchegnka que podía volver a la ciudad si así lo deseaba y que, si podía serle útil en algo ‑por ejemplo, en buscarle un tiro de caballos o en procurarle un acompañante‑, haría todo lo posible para...

‑Gracias ‑dijo Gruchegnka‑. Me acompañará el viejo propietario de esta casa. Pero si ustedes me lo permiten, permaneceré aquí hasta que hayan fallado el asunto de Dmitri Fiodorovitch.

Gruchegnka salió de la sala. Mitia se mostraba sereno y reconfortado. Pero esto sólo duró un instante. Un extraño desfallecimiento se apoderó de él y fue acrecentándose progresivamente. Sus ojos se cerraban a pesar suyo. El interrogatorio de los testigos terminó al fin. Se procedió a la redacción definitiva del acta. Mitia se levantó y fue a tenderse en un rincón, sobre un cofre tapizado. Se durmió en seguida y tuvo un sueño extraño, totalmente ajeno a las circunstancias.

Viaja por la estepa, por una región que ya había cruzado cuando estaba de servicio. Un campesino lo conduce en una carreta a través de la llanura cubierta de lodo. Hace frío. Es un día de principios de noviembre. La nieve cae en gruesos copos que se funden rápidamente. El carretero fustiga a sus caballos. Luce una larga barbas roja. Es un hombre de unos cincuenta años y lleva un deslucido caftán gris. Se acercan a una aldea donde se ven isbas negras, muy negras. La mitad se han quemado. De ellas sólo quedan postes carbonizados que se mantienen aún erguidos. En la carretera, a la entrada del pueblo, se ven largas hileras de mujeres esqueléticas y de rostros curtidos. Entre ellas se destaca una, alta y escuálida. Representa cuarenta años y, a lo mejor, no tiene más que veinte. Su alargado rostro time una expresión de angustia. Lleva en brazos a un niño pequeño que llora sin cesar y tiende sus bracitos desnudos, cuyas manitas cerradas están amoratadas por el frío.

‑¿Por qué llora? ‑pregunta Mitia cuando la carreta pasa velozmente.

‑Es un pequeñuelo ‑responde el carretero.

Mitia advierte que el carretero ha dicho «pequeñuelo», como es costumbre entre los campesinos, y no «pequeño». Esto le complace: el apelativo le parece más cariñoso.

‑¿Pero por qué llora? ‑vuelve a preguntar Mitia‑. ¿Por qué están desnudos sus bracitos, por qué no se los tapan?

‑Sus ropas están heladas y no le abrigarían.

‑¿Cómo es posible? ‑insiste Mitia, sin comprender aún.

‑Son muy pobres y sus isbas se han quemado. Esa gente no tiene pan.

‑No es posible, no es posible ‑repite Mitia en el mismo tono de incomprensión‑. Dime por qué están aquí estas desventuradas, por qué han de sufrir esa miseria tan espantosa, por qué llora ese pobre niño por qué ha de ser tan árida la estepa, por qué esas gentes no se abrazan y cantan alegres canciones, por qué tienen la piel tan negra, por qué no dan de comer al pequeñuelo...

Mitia sabe muy bien que sus preguntas son absurdas, pero también sabe que tiene razón, y no puede menos de preguntar. Además, advierte que una honda pena se va apoderando de él, que está a punto de echarse a llorar. Siente un vivo deseo de consolar al niño que llora y a la madre de senos exangües; anhela enjugar las lágrimas de todo el mundo y en seguida, sin detenerse ante nada, con todo el ímpetu de los Karamazov.

‑Estoy a tu lado y nunca me separaré de ti ‑le dice tiernamente Gruchegnka.

Su corazón se inflama y vibra frente a una luz lejana. Quiere vivir, avanzar por el camino que conduce a esta luz nueva, a esta luz que lo llama...

‑¿Qué pasa? ¿Dónde estoy? ‑exclamó abriendo los ojos.

Con una sonrisa radiante se incorporó sobre el cofre tapizado. Tenía la impresión de salir de un desmayo. Ante él estaba Nicolás Parthenovitch, que le invitó a escuchar la lectura del acta y a firmarla.

Mitia se dio cuenta de que había estado durmiendo más de una hora, pero no prestaba atención al juez. Le sorprendía haber encontrado bajo su cabeza un cojín que no estaba cuando se había echado, rendido, sobre el cofre.

‑¿Quién ha puesto aquí este cojín? ¿Quién ha tenido este rasgo de bondad? ‑exclamó con vehemencia, con voz henchida de emoción, como si se tratara de un acto de altruismo inestimable.

El ser magnánimo que había tenido esta atención permaneció en el anonimato, pero Mitia llegó a llorar de emoción. Se acercó a la mesa y dijo que firmaría todo lo que le pidiesen que firmara.

‑He tenido un hermoso sueño, señores ‑dijo con voz extraña y el semblante resplandeciente de alegría.


Capítulo IX: Se llevan a Mitia
de Fiódor Dostoyevski


Una vez firmada el acta, Nicolás Parthenovitch leyó solemnemente al acusado una «disposición» en la que se decía que el juez de instrucción había interrogado al detenido, y se citaban las principales acusaciones. Luego se explicaba que, aunque el acusado se declaraba inocente del crimen que se le imputaba, no había hecho nada por justificarse; que los testigos y las circunstancias le presentaban como culpable, y que, en vista de ello y ateniéndose a los artículos del código penal, ordenaba el encarcelamiento del presunto culpable, a fin de que no pudiera eludir el proceso ni el juicio. Se hablaba también de dar copia de la disposición al sustituto, etcétera. En una palabra: se declaró que Mitia debía permanecer detenido desde aquel momento y que se le iba a conducir a la ciudad, donde se le designaría un lugar de residencia nada agradable. Mitia se encogió de hombros.

‑Está bien, señores. Acato sus órdenes sin rencor alguno, Comprendo que ustedes no han podido obrar de otro modo.

Nicolás Parthenovitch le explicó que lo conduciría Mavriki Mavrikievitch, que ya esperaba a la puerta.

Con un impulso irresistible, Mitia interrumpió al juez y dijo a los presentes:

‑Señores, todos nosotros somos crueles, verdaderos monstruos. Hacemos llorar a las madres y a los niños. Pero yo soy el peor de los hombres. Todos los días me golpeaba el pecho y me juraba enmendarme, y todos los días cometía las mismas vilezas. Ahora comprendo que a los hombres como yo les hace falta el azote del destino y un lazo, una fuerza exterior que los sujete. Jamás habría podido volver a levantarme sin esta ayuda. El rayo ha caído. Acepto las torturas de la acusación y de la vergüenza pública. Quiero sufrir y redimirme con el sufrimiento. Tal vez lo consiga, ¿no les parece, señores? Oigan esto por última vez: yo no he derramado la sangre de mi padre. Acepto el castigo no por haberlo matado, sino por haberme propuesto matarlo y porque tal vez lo habría hecho. Sin embargo, estoy decidido a luchar contra ustedes: no lo oculto. Lucharé hasta el final, y luego será lo que Dios quiera. Adiós, señores. Perdónenme que me haya acalorado durante el interrogatorio. Entonces aún no estaba en mi juicio. Dentro de unos instantes seré un preso. Por última vez, Dmitri Karamazov les tiende su mano como hombre libre. Al decirles adiós, me despido del mundo.

La voz le temblaba. En efecto, había tendido su mano. Pero Nicolás Parthenovitch, que era el más próximo a él, ocultó la suya con un movimiento convulsivo. Mitia lo advirtió y se estremeció. Dejó caer el brazo.

‑La investigación no ha terminado ‑dijo el juez, un poco confuso‑, sino que va a continuar en la ciudad. Por mi parte, le deseo que consiga justificarse. Yo, personalmente, Dmitri Fiodorovitch, lo he considerado siempre más infortunado que culpable. Todos los que estamos aquí..., pues me atrevo a hablar en nombre de todos..., vemos en usted un joven noble en el fondo, pero que se deja arrastrar por las pasiones excesivamente.

Estas últimas palabras fueron pronunciadas por el pequeño juez con gran empaque. A Mitia le pareció que aquel chiquillo iba a cogerle del brazo para llevarlo a un rincón y continuar su última charla sobre jovencitas. Es chocante las cosas absurdas que se piensan a veces, incluso los criminales que van camino del suplicio.

‑Señores, ustedes son buenos, humanos. ¿Me permiten que le diga adiós por última vez?

‑Desde luego, pero en nuestra presencia.

‑De acuerdo.

Se trajo a Gruchegnka, pero el adiós fue lacónico y defraudó a Nicolás Parthenovitch. Gruchegnka, profundamente emocionada, dijo a Mitia:

‑Soy tuya, te pertenezco para siempre y te seguiré a todas partes. Sin ser culpable, lo has perdido. Adiós.

Lloraba; temblaban sus labios.

‑Perdóname, Grucha, por amarte, por haberte perdido con mi amor.

Mitia iba a decir algo más, pero se contuvo y salió de la estancia. Inmediatamente se vio rodeado de hombres que no lo perdían de vista. Al pie del pórtico, en el mismo sitio al que Mitia había llegado con tanto alboroto la noche anterior en la troika de Andrés, esperaban dos carretas. El rechoncho y atlético Mavriki Mavrikievitch, de rostro curtido, lanzaba gritos de desesperación a causa de un contratiempo inesperado. Con agrio acento, invitó a Dmitri Fiodorovitch a subir a la carreta. Mitia se dijo: «Antes, cuando te invitaba a beber en la taberna, este hombre me hablaba de un modo muy distinto.»

Trifón Borisytch bajó las gradas del pórtico. Ante la puerta de la casa se apiñaban mujeres andrajosas, arrieros y campesinos que miraban a Mitia.

‑¡Adiós, amigos míos! ‑les gritó Dmitri desde la carreta.

‑Adiós ‑respondieron dos o tres voces.

‑Adiós, Trifón Borisytch.

Éste estaba demasiado ocupado para volverse. Iba de un lado a otro profiriendo gritos.

El hombre designado para conducir la segunda carreta, donde tenía que viajar la escolta, decía a voces, mientras se ponía el caftán, que no era él quien debía partir, sino Akim. Y Akim no había llegado. Salieron en su busca a toda prisa. El campesino insistía, suplicaba que esperasen a Akim.

Trifón Borisytch exclamó:

‑¡Qué gente tan desvergonzada, Mavriki Mavrikievitch! Hace tres días, Akim te dio veinticinco copecs y te los bebiste. Ahora gritas. Me asombra tu gentileza con esos alegres mozos.

‑¿Qué necesidad tenemos de que nos acompañe otra troika? ‑dijo Mitia‑. Podemos viajar con esta sola, Mavriki Mavrikievitch. Te aseguro que no intentaré huir. ¿Para qué quieres escolta?

‑A mí no me hable así ‑gruñó Mavriki Mavrikievitch, satisfecho de poder desahogar su mal humor‑. No le admito que me tutee ni que me dé consejos.

Mitia enmudeció y enrojeció. Poco después sintió frío. La lluvia había cesado, pero el cielo seguía cubierto de nubes y el viento le azotaba el rostro. «Tengo escalofríos», pensó Mitia, ovillándose. Al fin, subió al vehículo Mavriki Mavrikievitch, atropellando a Mitia y fingiendo no advertirlo. La verdad es que no le gustaba lo mas mínimo la misión que le habían confiado.

‑¡Adiós, Trifón Borisytch! ‑gritó de nuevo Dmitri, dándose cuenta de que esta vez, y a pesar suyo, el grito no era amistoso, sino de cólera.

El posadero, con gesto arrogante y las manos en la espalda, dirigió a Mitia una severa mirada y no le contestó. Pero de pronto se oyó una voz.

‑¡Adiós, Dmitri Fiodorovitch!

Era Kalganov, que corría hacia la carreta con la cabeza descubierta. Tendió la mano a Mitia. Dmitri aún tuvo tiempo de estrecharla.

‑¡Adiós, amigo mío! ‑exclamó calurosamente‑. ¡Nunca olvidaré esta prueba de generosidad!

Pero la carreta partió y las manos de los dos amigos hubieron de desprenderse. Resonaban los cascabeles de los caballos. Se llevaban a Mitia.

Kalganov volvió corriendo al vestíbulo, se sentó en un rincón, inclinó la cabeza, ocultó el rostro entre las manos y lloró amargamente, como un niño. Estaba casi seguro de la culpabilidad de Mitia.

‑Esto demuestra que no valemos nada ‑murmuró amargamente.

Ni siquiera sentía el deseo de vivir.

‑¿Acaso vale la pena? ‑exclamó, desesperado.

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