Los hermanos Karamazov: Tercera Parte: Libro VII

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Tercera Parte (Libro VII)
Capítulo I: El olor nauseabundo
de Fiódor Dostoyevski


El cuerpo del padre Zósimo fue preparado para la inhumación de acuerdo con el rito establecido. Sabido es que a los monjes y a los ascetas que mueren no se les baña. El Gran Ritual dice: «Cuando un monje recibe la llamada del Señor, el hermano designado por la comunidad frota su cuerpo con agua tibia, después de trazar con una esponja una cruz en su frente, otra en su pecho, una en cada mano, otras dos en sus pies y dos también en sus rodillas. Y nada más. a El padre Paisius se encargó de esta operación. Después puso al difunto el hábito monástico y otra vestidura ritual, rasgándola, como está prescrito, en forma de cruz. En la cabeza se le ajustó un capuchón en cuya cúspide había una cruz de ocho brazos, se cubrió su cara con un velo negro y se le puso en las manos una imagen del Salvador. Una vez vestido así el cadáver, se le colocó, aquella misma mañana, en un féretro que estaba construido desde hacia mucho tiempo. Se decidió dejarlo todo el día en la gran cámara que se utilizaba como salón. Como el difunto tenía la categoría ieroskhimonakh, había que leer no el salterio, sino el Evangelio. Después de la ceremonia fúnebre, el padre José empezó la lectura. El padre Paisius, que quería sustituirle en seguida para el resto de la jornada y para toda la noche, estaba en aquel momento tan atareado como el superior de la ermita.

Entre los monjes y los laicos que acudieron en masa se advirtió una agitación inaudita, incluso inconveniente, una actitud de espera febril. El superior y el padre Paisius hacían todo lo posible para calmar los espíritus sobreexcitados. Cuando la claridad del día lo permitió, se vio llegar a los fieles, transportando a sus enfermos, casi todos niños. Esperaban una curación inmediata, y su fe les decía que el milagro iba a producirse sin duda alguna. Entonces se vio hasta qué punto había considerado la gente como un verdadero santo al starets. No todos los que formaban aquella muchedumbre, ni mucho menos, pertenecían a las clases inferiores. La ávida a impaciente espera de aquellos creyentes, exhibida sin reserva alguna, rebasaba las previsiones del padre Paisius y lo escandalizaba. Al encontrarse con otros monjes, todos profundamente conmovidos, les dijo:

‑Esta espera frívola a inmediata de grandes acontecimientos sólo es posible entre los laicos. A nosotros no nos puede afectar.

Pero apenas lo escuchaban, cosa que el padre Paisius advirtió con inquietud, y más al observar que él mismo, a pesar de su aversión a las esperanzas de realización inmediata, a su juicio cosas propias de personas ligeras y frívolas, las compartía secretamente y con la misma vehemencia que los demás. Sin embargo, ciertos encuentros lo contrariaban profundamente y despertaban en él grandes dudas. Entre la multitud que se hacinaba en el salón advirtió con repugnancia (y en seguida se reprochó este sentimiento) la presencia de Rakitine y del monje de Obdorsk, que no se decidía a dejar el monasterio. Los dos parecieron repentinamente sospechosos al padre Paisius, y no eran los únicos que despertaban sus sospechas. En medio de la agitación general, el monje de Obdorsk era el más bullicioso. Se le veía en todas panes haciendo preguntas, aguzando el oído y hablando en voz baja, con aire de misterio. Se mostraba impaciente y como irritado a causa de que el milagro esperado tanto tiempo no se hubiera producido.

Rakitine había llegado a la ermita muy temprano, cumpliendo las instrucciones de la señora de Khokhlakov, como se supo más tarde. Cuando esta dama, de buen corazón pero desprovista de carácter, que no tenía acceso al monasterio, se despertó y se enteró de la noticia, sintió tal curiosidad, que envió en seguida a Rakitine con el encargo de transmitirle cada media hora un informe escrito de todo lo que iba sucediendo. Consideraba a Rakitine como un joven ejemplarmente piadoso, tan insinuante era y tal arte tenía para hacerse valer a los ojos de las personas que le interesaban por algún motivo.

El día era hermoso. Multitud de fieles se agrupaban alrededor de las tumbas, la mayoría de las cuales estaban en la vecindad de la iglesia, hallándose las demás diseminadas una aquí y otra allá. El padre Paisius, que daba una vuelta por el monasterio para inspeccionarlo todo, pensó de pronto en Aliocha, al que hacía mucho tiempo que no había visto, y en este preciso momento lo distinguió en un rincón lejano, cerca del muro que limitaba el recinto, sentado en la tumba de un monje fallecido hacía muchos años y que había alcanzado fama por su abnegación ascética. Aliocha estaba de espaldas a la ermita, dando la cara al muro y casi oculto por la tumba. Al acercarse a él, el padre Paisius vio que se cubría el rostro con las manos y que los sollozos sacudían su cuerpo. Estuvo un momento mirándolo.

‑No llores más, hijo mío ‑le dijo al fin con afecto y simpatía‑; basta de lágrimas. ¿Qué razón hay para que llores? Por el contrario, debes alegrarte. ¿Acaso ignoras que hoy es un día sublime para él? Piensa en el lugar donde se halla ahora, en este momento.

Aliocha miró al monje, descubriendo su cara hinchada por el llanto, lo que le daba un aspecto infantil. Pero en seguida se volvió de espaldas y de nuevo ocultó su rostro entre las manos.

‑Tal vez hagas bien en llorar ‑dijo el padre Paisius, pensativo‑. Estas lágrimas te las envía el Señor. «Tus sentidas lágrimas darán descanso a tu alma y aliviarán tu corazón.»

Dijo esto último para sí, observando con afecto a Aliocha, y se apresuró a marcharse, notando que acabaría por echarse a llorar también si seguía mirándolo.

Pasaban las horas, los ritos fúnebres se sucedían. El padre Paisius sustituyó al padre José al lado del ataúd y continuó la lectura de los Evangelios.

Antes de las tres de la tarde se produjo el hecho de que he hablado al final del libro anterior, acontecimiento tan inesperado, tan contrario a lo que todos esperaban, que ‑lo repito‑ todavía se recuerda en la ciudad y en toda la comarca. Debo añadir que casi me repugna hablar de este suceso escandaloso, trivial y corriente en el fondo, y que lo habría pasado por alto si no hubiera influido decisivamente en el alma y el corazón del principal aunque futuro héroe de mi relato, Aliocha, provocando en él una especie de revolución íntima que agitó su pensamiento, pero que lo afirmó en el camino que conducía a determinado fin.

Antes de la salida del sol, cuando el cuerpo del starets se colocó en el ataúd y se transportó el féretro a la espaciosa cámara, alguien preguntó si se debían abrir las ventanas. Pero la pregunta quedó sin respuesta, pues pasó inadvertida para la mayoría de los presentes. Sólo la oyeron algunos, y éstos no podían concebir que semejante cadáver se corrompiera y oliese mal. La idea les pareció absurda y enojosa, y también cómica, por la frivolidad y falta de fe que encerraba. Todo el mundo esperaba precisamente lo contrario. A primera hora de la tarde empezó a percibirse algo extraordinario. Los primeros que lo notaron fueron los que entraban a cada momento en la gran cámara, pero guardaron silencio, pues ninguno se atrevía a participar su preocupación a los otros. A eso de las tres, el hecho fue tan evidente, que la noticia corrió por la ermita y se extendió por todo el monasterio, sorprendiendo a la comunidad entera.

Pronto llegó a la ciudad, causando honda impresión a creyentes e incrédulos. Estos se alegraron, y algunos de los creyentes se regocijaron más todavía, pues «la caída y afrenta del justo suele producir satisfacción», como había dicho el difunto en una de sus lecciones.

Lo sucedido fue que del ataúd empezó a salir un olor nauseabundo y cada vez más insoportable. Sería inútil buscar en los anales de nuestro monasterio un escándalo semejante al que se produjo entre los mismos religiosos cuando el hecho se comprobó y que en modo alguno se habría producido en otras circunstancias. Muchos años después, algunos monjes, recordando los incidentes de aquel día, se preguntaban horrorizados cómo había podido alcanzar el escándalo semejantes dimensiones. Pues anteriormente habían fallecido religiosos irreprochables y de reconocida sinceridad y de sus cuerpos había emanado el natural y repulsivo olor que se desprende de todos los cadáveres, sin que ello produjera el menor escándalo ni emoción.

Según la tradición, los restos de ciertos religiosos muertos en épocas anteriores se habían librado de la corrupción, misterio del que la comunidad guardaba un recuerdo impregnado de emoción, viendo en ello un hecho milagroso y la promesa de una gloria más alta, ya que procedía de la tumba, por la voluntad divina. Se recordaba sobre todo el caso del starets Job, famoso asceta y gran ayunador, fallecido en 1810 a la edad de ciento cinco años, cuya tumba se mostraba con unción a los fieles que llegaban por primera vez al monasterio, unción acompañada de alusiones llenas de misterio a las grandes esperanzas que despertaba aquella sepultura. Ésta era la tumba donde el padre Paisius había visto a Aliocha aquella tarde.

También se hablaba del padre Barsanufe, el starets al que había sucedido el padre Zósimo. Cuando vivía, todos los fieles que visitaban el monasterio lo consideraban como un «inocente». Según la tradición, estos dos monjes parecían seres vivos al ser colocados en sus ataúdes, se les había inhumado intactos a incluso emanaba cierta luz de sus rostros. Otros decían y repetían que sus cuerpos exhalaban un suave perfume. Pero estos sugeridores recuerdos no bastaban para justificar que se hubiera desarrollado una escena tan absurda, tan inaudita, junto al féretro del padre Zósimo.

Yo atribuyo esta escena a la acción conjunta de diversas causas. Una de ellas era el odio inveterado que muchos monjes profesaban al staretismo, por considerarlo como una innovación perniciosa. Otra causa importantísima era la envidia que despertaba la santidad del difunto, tan sólidamente cimentada durante la vida del starets, que no se admitía la discusión sobre este punto. Pues si bien el padre Zósimo se había captado gran número de corazones con su amor más que con sus milagros, y había formado una fuerte falange con los que amaba, también, y por esta razón, había despertado la envidia en muchos que llegaron a ser sus enemigos, tanto en el monasterio como entre los laicos. Aunque no había hecho ningún mal a nadie, algunos decían: «No sé en qué se fundan para considerarlo un santo.» Y estas palabras, a fuerza de repetirse, habían engendrado un odio implacable contra él. Por eso creo que muchos se alegraron al enterarse de que su cuerpo apestaba cuando aún no hacia veinticuatro horas que se había producido el fallecimiento. En cambio, ciertos partidarios del starets que lo habían reverenciado hasta entonces vieron en tal corrupción poco menos que un ultraje.

He aquí cómo se sucedieron los acontecimientos. Apenas se inició la descomposición, la simple actitud de los religiosos que penetraban en la cámara mortuoria dejaba entrever los motivos de la visita. El visitante salía inmediatamente y confirmaba la noticia al grupo que esperaba fuera. Entonces algunos monjes movían la cabeza tristemente, y otros no podían disimular su satisfacción: en sus ojos brillaba una maligna alegría. Nadie dirigía a éstos el menor reproche, nadie salía en defensa del difunto, cosa verdaderamente extraña siendo los partidarios del starets mayoría en el monasterio. Y es que éstos consideraban que el Señor había resuelto permitir a la minoría triunfar provisionalmente. Pronto aparecieron en la capilla ardiente los laicos. Todos eran hombres cultos, enviados como emisarios. Éstos no representaban a las clases humildes, que se limitaban a hacinarse junto al recinto de la ermita. Se vio claramente que la afluencia de laicos aumentó en gran medida después de las tres de la tarde, a causa de la sensacional noticia. Personas ‑algunas de elevada posición‑ que no tenían el propósito de visitar el monasterio aquel día, se acercaban a sus puertas.

Pero la discreción, las buenas formas, no se habían alterado todavía, y el padre Paisius seguía leyendo los Evangelios con semblante severo y voz firme, como si no se hubiera dado cuenta de lo que sucedía, aunque ya había advertido que estaba ocurriendo algo extraordinario. Pero pronto empezaron a llegar hasta él voces, primero tímidas y luego progresivamente más firmes y seguras.

‑Así, pues, el juicio de Dios no coincide con el de los hombres.

Esta frase fue pronunciada primero por un laico, funcionario que trabajaba en la ciudad, hombre de edad madura y reconocida ortodoxia. Este caballero no hizo más que repetir en voz alta lo que los religiosos llevaban ya horas diciéndose al oído. Lo peor era que los monjes pronunciaban estas palabras con satisfacción creciente. Pronto se prescindió del disimulo y todos obraron como basándose en un derecho.

Algunos decían, al principio como lamentándolo:

‑Es incomprensible. No era un hombre voluminoso. Estaba en la piel y el hueso. Es inexplicable que huela mal.

‑Es una advertencia de Dios ‑se apresuraron a decir otros, cuya opinión prevaleció‑, pues si el hedor hubiera sido natural, como el de todos los pecadores, se habría percibido más tarde, veinticuatro horas después por lo menos. Esta vez se ha adelantado y, por lo tanto, hay que ver en ello la mano de Dios.

El padre José, el bibliotecario y favorito del difunto, replicó a los murmuradores que la incorruptibilidad del cuerpo de los justos no era un dogma de la ortodoxia, sino sólo una opinión, y que en las regiones más ortodoxas, en el monte Athos, por ejemplo, se le da poca importancia.

‑No es la incorruptibilidad física lo que se considera allí como el signo principal de la glorificación de los justos, sino el color que toman los huesos después de haber permanecido muchos años en la tierra. Si los huesos son entonces amarillos como la cera, esto es indicio de que el Señor ha glorificado a un justo; pero si están negros, ello prueba que el Señor no ha considerado digno al difunto. Así se procede en el monte Athos, santuario donde se conservan en toda su pureza las tradiciones de la ortodoxia.

Pero las palabras del humilde padre José no causaron impresión, a incluso provocaron réplicas irónicas. Los monjes se dijeron unos a otros:

‑Todo eso es pura erudición, innovaciones que no vale la pena escuchar.

Algunos añadían:

‑Nosotros nos atenemos a los usos antiguos. No podemos admitir todas las novedades que vayan apareciendo.

Y los más irónicos manifestaban:

‑Nosotros tenemos tantos santos como ellos. El monte Athos está bajo el yugo turco, y allí todo se ha olvidado. Hace tiempo que la ortodoxia se ha alterado en el Athos. Allí no hay ni campanas.

El padre José renunció al debate, apenado. Había expresado su opinión sin ninguna seguridad y con poca fe. En medio de su turbación, preveía una escena violenta y un principio de rebeldía. Poco a poco, siguiendo al padre José, todos los monjes razonables enmudecieron. Como si se hubiesen puesto de acuerdo, todos los que habían querido al difunto y aceptado con sentida sumisión la institución del staretismo se sintieron aterrados, y desde este momento se limitaron a cambiar tímidas miradas cuando se encontraban.

En cambio, los enemigos del staretismo, los que lo rechazaban por considerarlo una novedad, levantaban la cabeza con un gesto de orgullo y recordaban con maligna satisfacción:

‑El padre Barsanufe no sólo no olía mal, sino que despedía un suave perfume. Esto justificó sus méritos, no su jerarquía religiosa.

A ello se sumaron las censuras, las acusaciones. Los más rutinarios decían:

‑Afirmaba que la vida es un gran placer y no una humillación dolorosa.

Otros aún más obtusos añadían:

‑Aceptaba las nuevas ideas: no creía en el fuego material del infierno.

Y las acusaciones se multiplicaban entre los envidiosos:

‑Como ayunador dejaba mucho que desear. Amaba las golosinas. Acompañaba el té con dulce de cerezas. Le gustaba mucho, y las damas se lo enviaban. ¿Es propio de un asceta tomar té?

Los más maliciosos recordaban, implacables:

‑El orgullo lo cegaba. Se creía un santo. La gente se arrodillaba en su presencia y él lo aceptaba como cosa natural.

‑Abusaba del sacramento de la confesión ‑murmuraban los más recalcitrantes adversarios del staretismo, entre los que abundaban los religiosos de más edad, inflexibles en su devoción, taciturnos y grandes ayunadores, que habían guardado silencio mientras el padre Zósimo vivía, pero que ahora no cesaban de hablar, con efectos perniciosos, pues sus palabras influían profundamente en los religiosos jóvenes y todavía vacilantes.

El monje de San Silvestre de Obdorsk era todo oídos. Suspiraba profundamente y movía la cabeza. «El padre Teraponte tenía razón ayer», se dijo. Y precisamente en este momento, como para aumentar su confusión, apareció el padre Teraponte.

Ya hemos dicho que este religioso apenas salía de su celda del colmenar, que incluso estaba mucho tiempo sin ir a la iglesia y que se le permitía esta conducta antirreglamentaria por considerar que estaba un poco trastocado. En verdad, era merecedor de esta tolerancia. Habría sido injusto imponer inflexiblemente la regla a un monje que observaba el ayuno y el silencio con tanto rigor como el padre Teraponte, que oraba noche y día, hasta el punto que más de una vez se había quedado dormido de rodillas. Los religiosos opinaban:

‑Es más santo que todos nosotros. Su austeridad rebasa la regla. Si no va a la iglesia es porque sabe cuándo debe ir. Tiene su propia regla.

Había otra razón para dejar tranquilo al padre Teraponte: la de evitar un escándalo.

A la celda de este monje, que, como todos sabían, era enemigo acérrimo del padre Zósimo, llegó la noticia de que «el juicio de Dios no estaba de acuerdo con el de los hombres, ya que el Altísimo había adelantado la corrupción del difunto». Es muy posible que el religioso de Obdorsk, al enterarse, horrorizado, de lo ocurrido, se hubiera apresurado a ir a comunicárselo al padre Teraponte.

Ya he dicho que el padre Paisius leía impasible los Evangelios al lado del cadáver, sin ver ni oír lo que ocurría fuera, pero que presintió lo principal, pues conocía a fondo el ambiente en que vivía. No experimentaba la menor turbación y, dispuesto a todo, observaba con mirada penetrante aquella agitación, cuyo resultado no se le ocultaba.

De pronto oyó en el vestíbulo un ruido insólito que hirió sus tímpanos. Era que la puerta se había abierto de par en par. El padre Teraponte apareció inmediatamente en el umbral.

Desde la celda se vela perfectamente al nutrido grupo de monjes que le había acompañado y a los laicos que se habían unido a los religiosos. Todos se aglomeraban al pie de la escalinata. No entraron, sino que esperaron el resultado de la visita del padre Teraponte, con el temor, pese a la audacia que estaban demostrando, de que el visitante no haría nada eficaz. El padre Teraponte se detuvo en el umbral y levantó los brazos, dejando al descubierto los penetrantes ojos del monje de Obdorsk, que, incapaz de contener su curiosidad, había subido tras el gran ayunador. En cambio, los demás, apenas se abrió la puerta estrepitosamente, retrocedieron, presas de un súbito temor. Con los brazos en alto, el padre Teraponte vociferó:

‑¡Vengo a expulsar a los demonios!

En seguida empezó a hacer la señal de la cruz, mirando, uno tras otro, a los cuatro rincones de la celda. Los que le acompañaban comprendieron perfectamente su conducta, pues sabían que, fuera a donde fuese, antes de sentarse para conversar ahuyentaba a los demonios.

‑¡Fuera de aquí, Satán! ‑exclamaba cada vez que hacía la señal de la cruz. Y gritó de nuevo‑: ¡Vengo a expulsar a los demonios!

Una cuerda ceñía a su cintura su burdo hábito. Su camisa de cáñamo dejaba ver su velludo pecho. Iba descalzo. Apenas agitó los brazos tintinearon las pesadas cadenas que llevaba bajo el hábito.

El padre Paisius suspendió la lectura, dio unos pasos y se detuvo ante el padre Teraponte en actitud de espera.

‑¿Por qué has venido, reverendo padre? ¿Por qué alteras el orden? ¿Por qué agitas al humilde rebaño? ‑exclamó al fin severamente.

‑¿Que por qué he venido? ‑respondió el padre Teraponte con cara de perturbado‑. ¿Tú me lo preguntas? He venido a ahuyentar a tus huéspedes, a los demonios impuros. Ya veremos los que has albergado durante mi ausencia. Voy a barrerlos.

‑Quieres luchar contra el diablo ‑dijo intrépidamente el padre Paisius‑, y lo que haces, tal vez, es servirlo. ¿Quién puede decir de sí mismo que es un santo? ¿Acaso tú?

‑Yo soy un pobre pecador y no un santo ‑bramó el padre Teraponte‑. Yo, ni me siento en un sillón ni quiero que se me adore como a un ídolo. Hoy los hombres arruinan la fe.

Se volvió hacia la multitud y añadió:

‑El difunto, su santo, ahuyentaba a los demonios. Tenía una droga contra ellos. Y he aquí que pululan alrededor de él como arañas en los rincones. Ahora su cuerpo apesta, y nosotros vemos en ello una advertencia del Señor.

Esto era una alusión a un hecho real. Tiempo atrás, el demonio se había aparecido a uno de los monjes, primero en sueños y otro día estando el religioso despierto. Este, aterrado, se apresuró a consultar al padre Zósimo, el cual le prescribió ayuno riguroso y rezos fervientes. Como esto no diera resultado, el starets le dio una poción, que debía tomar sin interrumpir las prácticas piadosas. No pocos monjes se sorprendieron de esta prescripción y la comentaron moviendo la cabeza con semblante sombrío. Uno de los principales murmuradores fue el padre Teraponte, al que ciertos detractores del padre Zósimo se habían apresurado a notificar la insólita medida.

‑¡Vete! ‑dijo enérgicamente el padre Paisius‑. No somos los hombres los llamados a juzgar, sino Dios. Tal vez sea esto una advertencia, pero ni tú, ni yo, ni nadie, somos capaces de comprenderla. ¡Vete, padre Teraponte, y no agites más al rebaño!

‑No observaba el ayuno prescrito a los profesos. Ésa es la causa de la advertencia. La cosa está clara, y es un pecado disimular lo que se está viendo.

El fanático monje, dejándose llevar de su celo extravagante, continuó:

‑Adoraba las golosinas. Las damas se las traían en sus bolsillos. Lo sacrificaba todo a su estómago. Llenaba su cuerpo de bombones y su espíritu de arrogancias. Por eso ha sufrido esta ignominia.

‑Todo eso son futilezas, padre Teraponte. Admiro tu ascetismo, pero tus palabras son trivialidades semejantes a las que dicen en el mundo los jóvenes inconstantes y aturdidos. Vete, padre: te lo ordeno.

El padre Paisius dijo esto último con acento imperioso. El padre Teraponte, un tanto desconcertado pero conservando su irritación, repuso:

‑Ya me voy. Te envaneces de tu sabiduría ante mi ignorancia. Llegué aquí con una instrucción muy escasa y olvidé lo poco que sabía. Pero el Señor ha preservado a este pobre ignorante de tu sabiduría.

El padre Paisius permanecía ante él, inmóvil a inflexible.

El padre Teraponte guardó silencio unos instantes. De pronto se entristeció, se llevó la mano derecha a la mejilla y dijo con voz gimiente, mientras fijaba la vista en el ataúd del starets:

‑Mañana se cantará para él el glorioso himno «Ayuda y protección». En cambio, cuando muera yo, se me cantará solamente el modesto versículo « ¡Qué venturosa vida!»

Y rugió como un loco:

‑¡Os habéis engreído! ¡Este lugar está desierto!

Después agitó los brazos, dio rápidamente media vuelta y bajó corriendo la escalinata. El grupo que le esperaba tuvo un momento de vacilación. Algunos le siguieron inmediatamente; otros demostraron menos prisa. El padre Paisius había salido al pórtico y allí permanecía inmóvil, contemplando la escena. Pero el viejo fanático no había terminado aún. Habría dado unos veinte pasos cuando se volvió hacia el sol del atardecer, levantó los brazos y se desplomó, como la planta segada por la hoz, gritando:

‑¡Mi Señor ha vencido! ¡Cristo ha vencido al sol del ocaso!

Sus gritos eran desaforados. Dirigía los brazos al sol y su frente tocaba la tierra. Luego se echó a llorar como un niño. Los sollozos sacudían su cuerpo; barría con los brazos la tierra.

Todos acudieron a auxiliarle. Se oyeron llantos, exclamaciones... Una especie de delirio se había apoderado de aquellos hombres.

‑¡Es un justo, un santo! ‑gritaron algunos como desafiando a los que pudieran oírles.

Y otros exclamaban:

‑¡Merece ser starets!

Pero no faltó quien replicara:

‑No querrá serlo. Si lo nombran, no aceptará... No puede prestarse a una innovación maldita; nunca será cómplice de esas locuras.

No era fácil prever lo que habría ocurrido si en ese preciso momento la campana no hubiese anunciado el comienzo del servicio divino.

Todos se santiguaron. El padre Teraponte se levantó, se santiguó también y se dirigió a su celda sin volverse y murmurando palabras incoherentes. Algunos le siguieron, pero la mayoría se dirigió a la iglesia. El padre Paisius cedió su puesto al padre José y se marchó. Los clamores de los fanáticos no hacían mella en su ánimo, pero de pronto sintió que una gran tristeza invadía su corazón. Se dijo que este pesar procedía, por lo menos en apariencia, de una causa insignificante. Esta causa era que entre la agitada multitud que momentos antes se agrupaba ante el pórtico había distinguido a Aliocha, y recordaba que, al verlo, había sentido cierta amargura.

«No sabía que ocupaba un puesto tan importante en mi corazón», se dijo, sorprendido.

En este momento, Aliocha pasó por su lado. Iba de prisa. ¿Hacia dónde? El padre Paisius lo ignoraba, pero era evidente que no iba a la iglesia. Las miradas de ambos se encontraron. Aliocha volvió la cabeza y bajó la vista. Al padre Paisius le bastó ver su semblante para comprender el profundo cambio que se había operado en él.

‑¿También a ti te han embaucado? ‑preguntó el padre. Y añadió tristemente‑: ¿Te has unido a los hombres de poca fe?

Aliocha se detuvo, lo miró inexpresivamente y en seguida volvió la cabeza de nuevo y bajó los ojos. El padre Paisius lo observaba atentamente.

‑¿Adónde vas tan de prisa? Las campanas han sonado llamando al oficio.

Aliocha no respondió.

‑¿Piensas dejar la ermita sin pedir permiso? ‑volvió a preguntar el padre Paisius‑. ¿Vas a marcharte sin recibir la bendición?

De pronto, Aliocha sonrió levemente y dirigió una extraña mirada al padre que lo estaba interrogando. A él lo había confiado, antes de su muerte, el que había sido su director y el dueño de su corazón y de su alma: su venerado starets. Después, y todavía sin contestar, agitó la mano como si aquellas atenciones no le importasen y se dirigió a paso rápido a la salida de la ermita.

‑Volverás ‑murmuró el padre Paisius, siguiéndole con una mirada en la que se reflejaba una dolorosa sorpresa.


Capítulo II: El momento decisivo
de Fiódor Dostoyevski


El padre Paisius no se equivocó al decir que su «querido muchacho» volvería. Sin duda había sospechado, ya que no comprendido, el verdadero estado de ánimo de Aliocha. Sin embargo, confíeso que me sería extraordinariamente difícil definir con exactitud aquel extraño momento de la vida de mi joven y simpático héroe. A la pregunta que el padre Paisius dirigió, tristemente, a Aliocha ‑«¿Te has unido a los hombres de poca fe?»‑, yo podría contestar sin temor a equivocarme: «No, no se ha unido a ellos. » Era precisamente todo lo contrario: el trastorno intimo que se había apoderado en él procedía de la pureza y el fervor de su fe. Sin embargo, el trastorno existía, y era tan cruel, que mucho tiempo después Aliocha consideraba aún aquella jornada como una de las más amargas y funestas de su vida. Si me preguntaran: «¿Es posible que experimentara tanta angustia y turbación únicamente porque el cuerpo de su starets, en vez de producir curaciones, se había descompuesto con tanta rapidez?», mi respuesta sería inmediata. «Sí, eso fue. »

Ruego al lector que no se precipite a reírse de la simplicidad de nuestro joven. No solamente no considero que haya que pedir perdón por la ingenuidad de su fe, debida a su juventud, a los escasos progresos realizados en sus estudios y a otras causas parecidas, sino que declaro que su modo de sentir me infunde respeto. Es muy posible que otro joven, acogiendo con reservas los impulsos de su corazón, tibio y no ardiente en sus afectos, leal pero demasiado juicioso para sus años, es muy posible que este joven no hubiera hecho lo que hizo el mío. Pero en ciertos casos es más digno dejarse llevar de un impulso ciego, provocado por un gran amor, que oponerse a él. Y especialmente cuando se trata de la juventud, pues yo creo que un joven juicioso en todo momento no vale gran cosa.

‑Pero ‑razonarán los más sensatos‑ no todos los jóvenes deben tener tales prejuicios. El suyo no es un modelo para los demás.

A lo que yo respondo:

‑Mi joven posee una fe total, profunda. No pediré perdón para él.

A pesar de que acabo de declarar (acaso con excesiva precipitación) que mi héroe no necesita excusas ni justificaciones, advierto que se impone una explicación para que se comprendan ciertos hechos futuros de mi relato. Aliocha no esperaba con frívola impaciencia que se produjeran milagros. No los necesitaba para afirmar sus convicciones, ni para el triunfo de ninguna idea preconcebida sobre otra. No, de ningún modo. Ante todo, aparecía a su vista, en primer plano, la figura de su amado starets, de aquel justo al que profesaba verdadera devoción. Sobre él se concentraba a veces, y con sus más vivos impulsos, todo el amor que llevaba en su corazón joven «hacia todos y hacia todo». En verdad, este ser encarnaba a sus ojos desde hacía tiempo su ideal, que aspiraba a imitarle con todo su anhelo juvenil, y este afán le absorbía hasta el punto de que a veces se olvidaba de «todos y de todo». (Entonces se acordó de que en aquel funesto día se había olvidado de su hermano Dmitri, que tanto le había preocupado el día anterior, y también de llevarle los doscientos rublos al padre de Iliucha, como había prometido.) No era que echaba de menos los milagros, sino sólo la «justicia suprema», que a su juicio había sido violada, lo que llenaba su alma de aflicción. ¿Qué importa que esta justicia que Aliocha esperaba tomase, debido a las circunstancias, la forma de un milagro a través de los restos mortales del que había sido su idolatrado director espiritual? En el monasterio, todos pensaban en estos milagros y los esperaban; todos, incluso aquellos a los que él reverenciaba, como el padre Paisius. Aliocha conservaba intacta su fe, pero compartía las esperanzas de los demás. Un año de vida monástica lo había habituado a pensar así, a permanecer en aquella actitud de espera. Pero no tenía sed de milagros, sino de justicia. Aquel de quien él esperaba que se elevara por encima de todos, estaba humillado y cubierto de vergüenza. ¿Por qué? ¿Quiénes eran ellos para juzgar lo sucedido? Estas preguntas atormentaban a su alma inocente. Se sentía ofendido a indignado al ver al más justo de los justos entre las risas malignas de seres frívolos muy inferiores a él. Que no se hubiera producido ningún milagro, que hubieran sufrido una decepción los que esperaban, podía pasar. ¿Pero por qué aquella vergüenza, aquella descomposición, tan rápida que se había adelantado a la naturaleza, como decían los malos monjes? ¿Por qué aquella «advertencia» que representaba un triunfo para el padre Teraponte y sus seguidores? ¿Por qué se creían autorizados a exteriorizar semejante actitud? ¿Dónde estaba la Providencia? ¿Por qué se había retirado en el momento decisivo, como sometiéndose a las leyes ciegas a implacables de la naturaleza?

El corazón de Aliocha sangraba. Como ya hemos dicho, el starets Zósimo era el ser al que nuestro héroe más queria en el mundo. Y ahora lo veía ultrajado y difamado. Las lamentaciones de Aliocha eran triviales y absurdas, pero ‑lo repito por tercera vez y confieso que acaso demasiado ligeramente‑ me complace que mi protagonista no se mostrara juicioso en aquel momento, pues el juicio llega a su tiempo, a menos que el hombre sea tonto. En cambio, ¿cuándo llegará el amor si no existe en un corazón joven en ciertas ocasiones excepcionales? No obstante, hay que mencionar un fenómeno extraño, aunque pasajero, que se manifestó en el ánimo de Aliocha en aquel momento critico. A veces se revelaba como una impresión dolorosa, a consecuencia de la conversación que había mantenido el día anterior con su hermano Iván y que ahora lo obsesionaba. Sus creencias fundamentales estaban incólumes. A pesar de sus quejas, amaba a Dios y creía firmemente en Él. Sin embargo, en su alma surgió un confuso y penoso sentimiento de aversión que trataba de imponerse con fuerza creciente.

Al anochecer, Rakitine, cuando se dirigía al monasterio a través del bosque de pinos, vio a Aliocha, echado de bruces debajo de un árbol. Estaba inmóvil; parecía dormido. Rakitine se acercó a él y le preguntó:

‑¿Eres tú, Alexei? ¿Pero es posible que...?

No terminó la pregunta. Quería decir: «¿Es posible que estés aquí?» Aliocha no volvió la cabeza, pero hizo un movimiento que indicó a Rakitine que el joven lo oía y lo comprendía.

‑¿Qué te pasa? ‑siguió preguntando en un tono de sorpresa. Pero en seguida apareció en sus labios una sonrisa irónica‑. Oye, te estoy buscando desde hace dos horas. Has desaparecido repentinamente. ¿Qué haces aquí? Mírame al menos.

Aliocha levantó la cabeza. Luego se sentó, apoyando la espalda en el tronco del árbol. No lloraba, pero en su semblante había una expresión de sufrimiento y en sus ojos se leía la indignación. No miraba a Rakitine, sino hacia un lado.

‑Tu cara no es la de siempre. Tu famosa dulzura ha desaparecido. ¿Estás enojado con alguien? ¿Has sufrido alguna afrenta?

‑¡Déjame! ‑dijo de pronto Aliocha, todavía sin mirarlo y con un gesto de hastío.

‑¡Hay que ver! ¡Un ángel gritando como un simple mortal! Con toda franqueza, Aliocha, estoy asombrado. Yo, que no me asombro de nada. Te creía más cortés.

Aliocha le miró al fin, pero distraídamente, como si no lo comprendiera.

‑Y todo ‑dijo Rakitine, sinceramente sorprendido‑, porque lo viejo huele mal. ¿De veras creías que podía hacer milagros?

‑Creía, creo y siempre creeré ‑respondió Aliocha, indignado‑. ¿Qué más quieres?

‑Nada, querido. Sólo decirte que ni los colegiales creen lo que crees tú. Estás furioso; te rebelas contra Dios... El caballero no ha recibido ningún ascenso, ninguna condecoración. ¡Qué ignominia!

Aliocha lo observó largamente con los ojos entornados. Por ellos pasó un relámpago. Pero no de cólera contra Rakitine.

‑Yo no me rebelo contra Dios ‑dijo con un esbozo de sonrisa‑. Es que no acepto su universo.

‑¿Que no aceptas su universo? ‑preguntó Rakitine tras un instante de reflexión‑. ¿Qué galimatías es ése?

Aliocha no contestó.

‑Bueno, dejemos estas naderías y vamos a lo positivo. ¿Has comido hoy?

‑No me acuerdo. Creo que sí.

‑Tienes que recobrarte. Estás agotado. Da pena verte. Por lo visto, no has dormido en toda la noche. Además, esa agitación, esa tensión... Estoy seguro de que llevas muchas horas sin probar un solo bocado. Tengo en el bolsillo un salchichón que me he comprado en la ciudad, por lo que pudiera ocurrir. Pero me parece que tú no querrás.

‑Sí que quiero.

‑¡Caramba! ¡Esto es la guerra abierta, las barricadas! Bien, hermano; no hay tiempo que perder... De buena gana me beberé un vaso de vodka para tomar fuerzas. Tú no quieres vodka, ¿verdad?

‑Sí, dame también.

‑¡Esto es extraordinario! ‑exclamó Rakitine, dirigiéndole una mirada de estupor‑. En verdad, pase lo que pase, ni el salchichón ni el vodka son dos cosas despreciables.

Aliocha se levantó sin pronunciar palabra y echó a andar en pos de Rakitine.

‑Si tu hermano Iván te viera, se quedaría boquiabierto. A propósito, ¿sabes que ha salido esta mañana para Moscú?

‑Sí, lo sé ‑dijo Aliocha en tono indiferente.

De pronto, la imagen de Dmitri surgió en su mente por un instante. Entonces recordó vagamente que tenía cierto asunto urgente, cierto deber que cumplir. Pero este recuerdo no le produjo ninguna impresión, apenas rozó su pensamiento, se esfumó inmediatamente. Tiempo después, permanecería largamente en su memoria.

«Tu hermano Iván ‑se dijo Rakitine en su fuero interno‑ me llamó una vez “estúpido liberal”. Tú mismo me diste a entender un día que yo era una persona sin escrúpulos... Bien; ahora veremos hasta dónde llega vuestro talento y vuestra honestidad.»

Y dijo en voz alta:

‑Oye, no vayamos al monasterio. Este camino nos lleva derechos a la ciudad... Tengo que pasar por casa de la Khokhlakov. Le he escrito explicándole los acontecimientos, y ella, que se pirra por escribir, me ha enviado una nota a lápiz en la que dice textualmente: «No esperaba que un starets tan respetable como el padre Zósimo se condujera así.» Como ves, también ella está indignada. Todos sois iguales... Oye, Aliocha.

Se había detenido de pronto, apoyando la mano en el hombro del joven. Su acento era insinuante y le miraba a los ojos. Era evidente que se hallaba bajo la impresión de una idea súbita que no se atrevía a expresar, pese a su ligereza, tanto le costaba creer en la nueva actitud de Aliocha.

‑¿Sabes adónde podríamos ir?

‑No me importa. Iré adonde tú quieras.

‑Pues podríamos ir a ver a Gruchegnka, ¿no te parece?

Rakitine esperó la respuesta, temblando de emoción. Aliocha contestó tranquilamente:

‑Ya te he dicho que iré adonde quieras.

Poco faltó para que Rakitine diera un salto atrás, tan inesperada le pareció la respuesta de Aliocha.

«iMagnífico!» , estuvo a punto de exclamar. Pero no lo hizo. Se limitó a coger a su amigo del brazo y a llevárselo rápidamente, temiendo que cambiara de opinión.

Fueron un buen rato en silencio. Rakitine no se atrevía a hablar.

« Se alegrará mucho», iba a decir, pero se contuvo a tiempo.

No era cierto que Rakitine pensara en dar una alegría a Gruchegnka al llevarle a Aliocha. Los hombres como él sólo obran por interés. Perseguía un doble fin: en primer lugar, presenciar la probable caída de Aliocha, del santo convertido en pecador, lo que le producía un placer anticipado. En segundo lugar, perseguía una ventaja material de la que hablaremos más adelante.

«No hay que perder esta oportunidad», se decía con perverso júbilo.


Capítulo III: La cebolla
de Fiódor Dostoyevski


Gruchegnka vivía en el barrio más animado de la ciudad, cerca de plaza de la Iglesia, en casa de la viuda del comerciante Morozov, en cuyo patio ocupaba un reducido pabellón de madera. El edificio Morozov era una construcción de piedra de dos pisos, vieja y fea. Su propietaria era una mujer de edad que vivía con dos sobrinas solteras y ya entradas en años. No tenía necesidad de alquilar ninguna habitación, pero había admitido a Gruchegnka como inquilina (cuatro años atrás) para complacer al comerciante Samsonov, pariente suyo y protector oficial de la muchacha.

Se decía que el celoso viejo había instalado allí a su protegida para que la viuda de Morozov vigilara su conducta. Pero esta vigilancia fue muy pronto inútil, ya que la viuda no veía casi nunca a Gruchegnka; de aquí que dejase de importunarla con su espionaje.

Cuatro años habían transcurrido ya desde que el viejo había sacado de la capital del distrito a aquella muchacha de dieciocho años, tímida, delicada, flacucha, pensativa y triste, y desde entonces había pasado mucha agua por debajo de los puentes. En nuestra ciudad no se sabía nada de ella con exactitud, y siguió sin saberse, a pesar de que muchos empezaron a interesarse por la espléndida belleza de la mujer en que se había convertido Agrafena Alejandrovna. Se contaba que a los diecisiete años había sido seducida por un oficial que la había abandonado en seguida para casarse, dejando a la desgraciada con su vergüenza y su miseria. También se decía que Gruchegnka procedía de una familia honorable y de profundo espíritu religioso. Era hija de un diácono que no ejercía, o algo parecido. En cuatro años, la desgraciada, tímida y enfermiza se había convertido en una belleza rusa, espléndida y sonrosada; en una persona de carácter enérgico, altivo, audaz; en una mujer avara y astuta que manejaba con habilidad el dinero y había conseguido reunir cierto capital con más o menos escrúpulos. De lo que no había ninguna duda era de que Gruchegnka se mantenía inexpugnable, de que, aparte el viejo, nadie había podido envanecerse durante aquellos cuatro años de haber conseguido sus favores. El hecho era indudable. Sobre todo en los dos últimos años, había tenido muchos galanteadores, pero todos fracasaron, y algunos hubieron de batirse en retirada, envueltos en el ridículo, ante la resistencia de la enérgica joven.

Se sabía también que se dedicaba a los negocios, especialmente desde hacía un año, y que demostraba tal aptitud para este trabajo, que algunos habían llegado a tacharla de judía. No prestaba dinero con usura, pero se sabía que durante algún tiempo se había dedicado, en compañía de Fiodor Pavlovitch Karamazov, a comprar pagarés por un precio insignificante, incluso por la décima parte de su valor, y que había conseguido cobrar algunos por la totalidad al cabo de poco tiempo. Desde hacia un año, el viejo Samsonov apenas se sostenía sobre sus hinchados pies. Era viudo y trataba tiránicamente a sus hijos, que eran ya hombres hechos y derechos. Poseía una fortuna y la avaricia le cegaba. Sin embargo, había caído bajo el dominio de su protegida, a la que al principio pasaba una cantidad irrisoria, tanto que algunos bromistas decían que la tenía a pan y agua. Gruchegnka había conseguido emanciparse sin dejar de inspirarle una confianza sin limites acerca de su fidelidad. Este viejo y consumado hombre de negocios poseía un carácter inflexible. En su avaricia, era duro como la piedra. A pesar de que estaba subyugado por Gruchegnka hasta el punto de que no podía pasar sin ella, nunca le había dado sumas de dinero importantes. Aunque su amada protegida le hubiera amenazado con dejarlo, él no se habría ablandado. Al fin, le entregó ocho mil rublos, cosa que sorprendió a todo el que lo supo.

‑No eres tonta ‑le dijo‑. Negocia con este dinero. Pero te prevengo que de ahora en adelante sólo recibirás la asignación anual de siempre y no heredarás de mí un solo céntimo.

Y mantuvo su palabra. Cuando murió, sus hijos, a los que había tenido siempre en su casa con sus mujeres y sus niños, se repartieron toda la herencia. A Gruchegnka no se la mencionó para nada en el testamento.

Para la joven fueron de gran valor los consejos que le dio Samsonov acerca del modo de sacar provecho de sus ocho mil rublos. El viejo incluso le recomendó ciertos «negocios».

Cuando Fiodor Pavlovitch Karamazov, que había conocido a Gruchegnka con motivo de una de sus operaciones comerciales, se enamoró de ella hasta el punto de perder la razón, Samsonov, que tenía ya un pie en la tumba, se echó a reír de buena gana. Pero cuando apareció en escena Dmitri Fiodorovitch se le cortó la risa.

‑Si has de escoger entre los dos ‑dijo, muy serio, a la joven‑, quédate con el padre; pero siempre que este viejo granuja se case contigo y, antes de hacerlo, te asigne cierto capital. No hagas caso al capitán. Si lo eliges a él, no obtendrás ningún provecho.

Así habló el viejo libertino, presintiendo su próximo fin. No se equivocaba, pues murió al cabo de cinco meses. Digamos de paso que, aunque la grotesca y absurda rivalidad entre Dmitri y su padre no fue ningún secreto para buena parte de los habitantes de la ciudad, muy pocos sabían la clase de relaciones que padre a hijo sostenían con Gruchegnka. Incluso las sirvientas (tras el drama de que hablaremos) atestiguaron, como era justo, que Agrafena Alejandrovna recibía a Dmitri Fiodorovitch sólo por temor, ya que él la había amenazado de muerte. Las domésticas eran dos: una cocinera de edad avanzada, que estaba desde hacía mucho tiempo al servicio de la familia, mujer llena de achaques y sorda, y la nieta de ésta, avispada doncella de veinte años.

Gruchegnka habitaba en un modesto interior compuesto de tres piezas, en las que todos los muebles eran de caoba y de estilo 1820. Cuando llegaron Rakitine y Aliocha, era ya casi de noche, pero aún no se había encendido ninguna luz en la casa. La joven estaba en la salita, tendida en su canapé de cabecera de caoba forrada de un cuero ya desgastado y agujereado, y apoyada la cabeza en dos almohadas. Echada boca arriba y con las manos en la nuca, permanecía inmóvil. Llevaba una bata de seda negra y en la cabeza un gorro de encajes que le sentaba a maravilla. Cubría sus hombros con un pañuelo sujeto por un broche de oro macizo. Esperaba a alguien con visible impaciencia, pálida la tez, los labios y los ojos ardientes, y golpeando con su piececito el canapé como para medir el tiempo. Al oír entrar a los visitantes, saltó al suelo, a la vez que profería un grito de terror.

‑¿Quién es?

La doncella se apresuró a tranquilizarla.

‑No es él; no se asuste.

«¿Qué le habrá pasado?», se dijo Rakitine, mientras cogía del brazo a Aliocha y lo conducía a la sala.

Gruchegnka permanecía de pie. Aún quedaba un gesto de pánico en su semblante. Un grueso mechón de su cabello castaño se había escapado del gorro y le caía sobre el hombro derecho; pero ella ni lo advirtió ni volvió él mechón a su sitio hasta que reconoció a sus visitantes.

‑¡Ah! ¿Eres tú, Rakitka? ¡Qué susto me has dado! ¿Con quién vienes...? ¡Válgame Dios! ‑exclamó al ver a Aliocha.

‑Di que enciendan la luz ‑dispuso Rakitine, con el acento de quien es de casa y tiene derecho a dar órdenes.

‑Ahora mismo. Fenia, trae una bujía. Ahora ya puedes ir por ella.

Saludó a Aliocha con un movimiento de la cabeza y se arregló el pelo en el espejo. Parecía contrariada.

‑¿He sido inoportuno? ‑preguntó Rakitine, sintiéndose de pronto ofendido.

‑Me has asustado, Rikitka: eso es todo.

Gruchegnka se volvió hacia Aliocha. Sonreía.

‑No me tengas miedo, querido Aliocha. Estoy encantada de tu inesperada visita. Creí que era Mitia; me pareció que quería entrar a la fuerza. Lo he engañado; me ha jurado que me creía y yo le he mentido. Le he dicho que iba a la casa del viejo Kuzma Kuzmitch para ayudarle a hacer sus cuentas y que estaría con él toda la tarde. En efecto, voy una vez por semana. Cerramos con llave y él hace números y yo escribo en los libros. No se fía de nadie más que de mi. Me extraña que Fenia os haya dejado entrar. Fenia, ve a la puerta de la calle y mira si el capitán ronda por aquí. Puede estar escondido, espiándonos. Estoy muerta de miedo.

‑No hay nadie cerca de la casa, Agrafena Alejandrovna. Lo he mirado todo bien. Voy a cada momento a atisbar por las rendijas. Yo también tengo miedo.

‑¿Están cerrados los postigos? Fenia, corre las cortinas para que no pueda ver que hay luz en la casa. Hoy tengo verdadero pánico a tu hermano Mitia, Aliocha.

Gruchegnka hablaba con voz estridente. Estaba inquieta, nerviosa.

‑¿A qué viene ese pánico? ‑preguntó Rakitine‑. Nunca has temido a Mitia. Lo tienes dominado.

‑Hoy espero algo que lo hará cambiar todo. Estoy segura de que Mitia no cree que me haya quedado en casa de Kuzma Kuzmitch. Ahora debe de estar al acecho en el jardín de Fiodor PavIovitch. Bien mirado, esto es una suerte, pues, mientras vigile, no pensará en venir. He ido a casa del viejo, y Mitia lo sabe, porque me ha acompañado. Le he dicho que fuera a buscarme a la medianoche y él me lo ha prometido. Diez minutos después, salí de la casa y vine aquí corriendo. Temblaba sólo de pensar que podía encontrarme con él.

‑¿Por qué estás tan arreglada? Llevas un gorro curiosísimo.

‑Más curioso eres tú, Rakitka. Te repito que estoy esperando algo. Apenas lo reciba, saldré como un rayo y ya no me volverás a ver. Por eso estoy arreglada.

‑¿Adónde piensas ir?

‑Si alguien te lo pregunta, le contestarás que no lo sabes.

‑¡Qué alegre eres! Nunca te había visto así. Estás tan compuesta como si tuvieras que ir a un baile.

Mientras hablaba así, Rakitine la miraba boquiabierto.

‑¿De modo que sabes lo que son los bailes?

‑¿Tú no?

‑Sólo he visto uno. De esto hace tres años. Fue cuando se casó un hijo de Kuzma Kuzmitch. Yo asistí como espectadora... Pero no sé por qué demonio estoy hablando contigo cuando tengo un príncipe en mi casa... Querido Aliocha, no puedo creer lo que veo. Me parece mentira que hayas venido. Francamente, no lo esperaba: nunca creí que vinieras. Has elegido un mal momento. Sin embargo, estoy muy satisfecha de verte aquí. Siéntate en el canapé, querido... Aún no he salido de mi sorpresa... ¡Ah, Rakitka! ¿Por qué no lo trajiste ayer o anteayer...? En fin, el caso es que me alegro de verte aquí... y tal vez sea mejor que hayas llegado en este momento...

Se sentó al lado de Aliocha y se quedó mirándole con una expresión de éxtasis. No mentía: estaba verdaderamente contenta. Sus ojos fulguraban y en sus labios había una sonrisa llena de bondad. Aliocha no esperaba que Gruchegnka le recibiera con aquella bondadosa simpatía. Tenía de ella un pésimo concepto. Dos días atrás, la terrible réplica de Gruchegnka a Catalina Ivanovna le había producido una ingrata impresión. Estaba asombrado al verla tan distinta. Aun sin querer, y pese a las penas que lo abrumaban, la observó atentamente. Sus maneras habían mejorado. Las palabras dulzonas y los movimientos indolentes habían desaparecido casi por completo, cediendo su puesto a la simpatía, a los gestos espontáneos y sinceros. Sin embargo, era presa de gran excitación.

‑¡Qué cosas tan extrañas me pasan hoy! ¿Por qué me hace tan feliz tu presencia, Aliocha? Lo ignoro.

‑¿De veras? ‑dijo Rakitine, sonriendo‑. Pues antes no cesabas de insistir en que te lo trajera. Para algo querrías verle.

‑Sí, pero el motivo ya no existe. Ha pasado el momento. Ahora voy a darte el buen trato que mereces. Soy mejor de lo que era, Rakitka. Siéntate. Pero ya no es posible rectificar. Ya lo ves, Aliocha: está resentido porque no le he invitado a sentarse antes que a ti. Es muy susceptible. No te enfades, Rakitka. Ya te he dicho que ahora soy buena. ¿Por qué estás triste, Aliocha? ¿Me tienes miedo?

Gruchegnka sonreía maliciosamente, mirándole a los ojos.

‑Está apenadísimo. Ha sufrido una decepción.

‑¿Una decepción?

‑Sí; su starets huele mal.

‑Tú siempre con tus bromas. Aliocha, deja que me siente en tus rodillas. Así.

Se sentó. Como una gata mimosa, rodeó el cuello de Aliocha con su brazo derecho.

‑Ya verás como consigo hacerte reír, mi piadoso amigo.

¿Puedo seguir sentada en tus rodillas? ¿No te disgusta? Si te molesta, no tienes más que decirlo y me levanto en seguida.

Aliocha guardaba silencio. Permanecía inmóvil y no respondía a las palabras de Gruchegnka. Pero sus sentimientos no eran los que suponía Rakitine, que lo observaba con ojos suspicaces. Su profunda aflicción ahogaba todas las demás sensaciones. Si le hubiera sido posible analizar las cosas, habría advertido que estaba acorazado contra las tentaciones.

A pesar de la insensibilidad en que le tenía sumido su abrumadora tristeza, experimentó una sensación extraña que le produjo gran asombro: aquella desenvuelta joven no le inspiraba el temor que en su alma iba siempre unido a la imagen de la mujer; por el contrario tenerla sentada en sus rodillas y rodeándole el cuello con el brazo despertaba en él un sentimiento inesperado, una cándida curiosidad que no tenía relación alguna con el temor. Esto era lo que le sorprendía.

‑¡Bueno, basta de hablar por hablar! ‑exclamó Rakitine‑. Ahora venga el champán. Me lo prometiste.

‑Es verdad, Aliocha: le prometí invitarle a champán si te traía... Fenia, trae la botella que nos ha dejado Mitia. Date prisa. Aunque no soy despilfarradora, los invitaré. No lo hago por ti, Rakitine, pues tú sólo eres un pobre diablo, sino por Aliocha. No tengo humor para nada, pero beberé con vosotros.

‑¿Qué es lo que esperas, si puede saberse? ‑preguntó Rakitine, como si no advirtiese la mordacidad de Gruchegnka.

‑Es un secreto, pero tú estás al corriente ‑repuso Gruchegnka, preocupada‑. Mi oficial está a punto de llegar.

‑Eso he oído decir. ¿Está ya cerca de aquí?

‑En Mokroie. Desde allí me enviará un mensajero. Acabo de recibir una carta suya y espero su mensaje.

‑¿Y qué hace en Mokroie?

‑La explicación es larga. Confórmate con lo que te he dicho.

‑¿Lo sabe Mitia?

‑No sabe ni una palabra. Si lo supiera, me mataría. Por lo demás, ya no le tengo miedo. Bueno, Rakitka; no quiero oír hablar de Mitia. Me ha hecho demasiado daño. Preflero dedicar todos mis pensamientos y miradas a Aliocha... Sonríe, querido; no pongas esa cara de mal humor... ¡Oh! Ha sonreído. ¡Y con qué dulzura me mira! Yo creía que me detestabas por mi escena de ayer con esa... esa señorita. Estuve muy grosera. En fin, eso ya ha pasado ‑añadió Gruchegnka pensativa y con una sonrisita perversa‑. Mitia me ha dicho que esa joven gritaba: «¡Merecería que la azotasen!» La ofendí gravemente. Quiso seducirme con sus golosinas... En fin, sucedió lo mejor que podía suceder.

Volvió a sonreír.

‑Lo que sentiría es haberte disgustado a ti.

‑Ya lo ves, Aliocha ‑dijo Rakitine, sinceramente sorprendido‑. Te teme, teme a un tierno polluelo como tú.

‑Como un tierno polluelo lo tratarás tú, que no tienes conciencia. Yo lo quiero. Créelo, Aliocha: te quiero con toda mi alma.

‑¿Has visto qué desvergonzada? Se te ha declarado, Aliocha.

‑Bueno, ¿y qué? Lo quiero.

‑¿Y el oficial? ¿Y esa feliz noticia que esperas de Mokroie?

‑Son cosas muy distintas.

‑Ésta es la lógica de las mujeres.

‑No seas pesado, Rakitine. Ya te he dicho que son cosas diferentes. Quiero a Aliocha de otro modo. Te confieso, Aliocha, que no me eras simpático. Soy mala y violenta. Pero, a veces, veía en ti mi conciencia. En ciertos momentos, me decía: «¡Cómo debe de despreciarme! » Esto es lo que pensaba cuando salí de casa de esa señorita. Hace mucho tiempo que me fijé en ti, Aliocha. Mitia lo sabe y me comprende. Te aseguro que a veces me avergüenzo al mirarte. ¿Cuándo y por qué empecé a pensar en ti? No lo sé.

En esto apareció Fenia y depositó en la mesa una bandeja con una botella descorchada y tres vasos llenos.

‑¡Ha llegado el champán! ‑exclamó Rakitine‑. Estás excitada, Agrafena Alejandrovna. Cuando bebas, empezarás a bailar.

Luego exclamó:

‑¡Qué contrariedad! Las copas están llenas y el champán se ha calentado. Además, la botella no tiene tapón.

Vació su vaso de un trago y lo volvió a llenar.

‑¡Hay que aprovechar las ocasiones! ‑dijo, limpiándose los labios‑. ¡Hala, Aliocha; coge tu vaso y bebe! ¿Pero por quién o por qué brindaremos? Levanta tu vaso, Grucha, y bebamos a las puertas del paraíso.

‑¿Qué paraíso?

Alzó su vaso. Aliocha hizo lo mismo; pero tomó un sorbo y volvió a depositar el vaso en una bandeja.

‑Prefiero no beber ‑dijo con una dulce sonrisa.

‑Entonces, tu resolución de antes ha sido pura jactancia ‑exclamó Rakitine.

‑Si no bebe Aliocha, tampoco yo beberé. Puedes acabar con la botella, Rakitka.

‑Empiezan las efusiones ‑dijo Rakitine con sorna‑. ¡Y la niña, sentada en sus rodillas! Él está afligido, y es natural; ¿pero a ti qué te pasa? Aliocha se ha rebelado contra Dios: ¡iba a comer salchichón!

‑¿Por qué?

‑Porque su starets, el viejo Zósimo, el santo, ha muerto.

‑¿Ha muerto? ‑exclamó Gruchegnka, santiguándose‑. ¡Dios mío! ¡Y yo sentada aquí!

Se levantó de un salto y se sentó en el canapé.

Aliocha la miró sorprendido. Su semblante se iluminó.

‑No me irrites, Rakitine ‑dijo enérgicamente‑. Yo no me he rebelado contra Dios. Yo no tengo ninguna animosidad contra ti. Sé más comprensivo; correspóndeme. He sufrido una pérdida que me afecta profundamente y tú no eres quién para juzgarme en estos momentos. Toma ejemplo de Gruchegnka. Ya ves lo noble que ha sido conmigo. Yo, dejándome llevar de mis peores sentimientos, he venido aquí convencido de que me enfrentaría con un alma perversa, y me he encontrado con un ser lleno de bondad, con una verdadera hermana... A ti me refiero, Agrafena Alejandrovna. Has regenerado mi alma.

Aliocha hubo de detenerse: estaba tan conmovido, que le temblaban los labios.

‑Cualquiera diría que Gruchegnka te ha salvado ‑dijo Rakitine con una sonrisa burlona‑. ¿Pero sabes que quería perderte?

‑¡Basta, Rakitka! ¡Silencio los dos! Te lo digo a ti, Aliocha, porque tus palabras me sonrojan: me crees buena y soy mala. Y quiero que tú te calles, Rakitka, porque mientes. Yo me había propuesto perderlo, pero eso ya ha pasado. ¡No quiero volverte a oír hablar así, Rakitka!

Gruchegnka se había expresado con viva emoción.

‑Están furiosos ‑murmuró Rakitine, mirándolos, perplejo‑. Esto parece un manicomio. Pronto se echarán a llorar, no me cabe duda.

‑Sí, lloraré ‑dijo Gruchegnka‑. Me ha llamado hermana, y eso nunca lo podré olvidar. A pesar de lo mala que soy, Rakitka, he dado una cebolla.

‑¿Una cebolla? ¡Demonio, están locos de verdad!

La exaltación de sus dos amigos asombraba a Rakitine. Sin embargo, era evidente que en aquellos momentos todo contribuía a impresionarlos mucho más de lo normal, cosa que Rakitine debía haber advertido. Pero Rakitine, que poseía gran agudeza para interpretar sus propios sentimientos y sensaciones, era incapaz de descubrir los ajenos, tanto por egoísmo como por inexperiencia juvenil.

‑¿Has oído, Aliocha? ‑continuó Gruchegnka, con una risita nerviosa‑. Me he jactado ante Rakitine de haber dado una cebolla. Voy a explicaros esto con toda humildad. Se trata de una leyenda que la cocinera me contaba cuando yo era niña... Había una mala mujer que murió sin dejar a su espalda la menor sombra de virtud. El demonio se apoderó de ella y la arrojó al lago de fuego. Su ángel guardián se devanaba los sesos para recordar alguna buena obra de la condenada y poder referírsela a Dios. Al fin, se acordó de una y le dijo al Señor: «Arrancó una cebolla de su campo para dársela a un mendigo.» Dios le contestó. «Toma esta cebolla y tiéndesela a la mujer del lago para que se aferre a ella. Si consigues sacarla, irá al paraíso; si la cebolla se rompe, la pecadora se quedará donde está.» El ángel corrió hacia el lago y le tendió la cebolla a la mujer. « Toma ‑le dijo‑. Cógete fuerte.» Empezó a tirar con cuidado y pronto estuvo la mujer casi fuera. Los demás pecadores, al ver que sacaban a la mujer del lago, se aferraron a ella para aprovecharse de su suerte. Pero la mujer, en su maldad, empezó a darles puntapiés. «Es a mi a quien sacan y no a vosotros; la cebolla es mía y no vuestra.» En este momento, el tallo de la cebolla se rompió y la mujer volvió a caer en el ardiente lago, donde está todavía. El ángel se marchó llorando... Ésta es la leyenda, Aliocha. No me creas buena; soy todo lo contrario. Tus elogios me sonrojan. Deseaba tanto que vinieras, que prometí veinticinco rublos a Rakitka si te traía. Perdona un momento.

Fue a abrir un cajón, sacó su portamonedas y extrajo de él un billete de veinticinco rublos.

‑No hagas tonterías ‑dijo Rakitine, avergonzado.

‑Toma, Rakitka, quiero quedar en paz contigo. No rechaces lo que me pediste.

Y le arrojó el billete.

‑De acuerdo ‑dijo Rakitine, tratando de ocultar su confusión‑. Los tontos existen para provecho de los listos.

‑Cállate ya, Rakitka. Lo que tengo que decir no te interesa. Tú no nos quieres.

‑¿Por qué he de quereros? ‑repuso Rakitine brutalmente.

Confiaba en que Gruchegnka le pagase sin que lo viese Aliocha. La presencia del joven lo abochornaba y lo irritaba. Hasta entonces, por pura conveniencia, había aceptado la actitud dominadora de Gruchegnka, a pesar de sus ironías. Pero ya no podía sobreponerse a su cólera.

‑Se quiere por alguna razón. ¿Qué habéis hecho vosotros por mí?

‑Se puede amar por nada, como hace Aliocha.

‑¿De modo que él te ama? ¡Es chocante!

Gruchegnka estaba de pie en medio de la sala. Se expresaba con calor, con exaltación.

‑¡Calla, Rakitka! Tú no comprendes nuestros sentimientos. Y no me tutees; te lo prohíbo. Siéntate en un rincón y no abras la boca. Ahora, Aliocha, voy a confesarme a ti, a ti solo, para que sepas quién soy. Yo quería perderte. Tanto lo deseaba, que compré a Rakitine para que te trajera. ¿Por qué tenía yo este deseo? Tú, ni sabías nada ni querías nada conmigo. Cuando pasabas por mi lado, bajabas los ojos. Yo preguntaba a la gente por ti. Tu imagen me perseguía. Yo pensaba: «Me desprecia. Ni siquiera quiere mirarme. Al fin, me pregunté, sorprendida: « ¿Por qué temer a ese jovenzuelo? Haré de él lo que se me antoje.» Nadie podía faltarme al respeto, porque no tenía a nadie: sólo a ese viejo al que me vendí. No cabe duda de que fue Satán el que me unió a él. Estaba decidida a que fueses mi presa. Lo tomaba como un juego. Ya ves a qué detestable criatura has llamado hermana. Mi seductor ha llegado. Espero noticias suyas. Hace cinco años, cuando Kuzma me trajo aquí, el hombre que me sedujo lo era todo para mí. A veces me ocultaba para que nadie me viera ni me oyese. Lloraba como una tonta, me pasaba las noches en vela, diciéndome: «¿Dónde estará el monstruo? Debe de estar con otra, riéndose de mí. ¡Ah, si lo encuentro! Mi venganza será terrible.» Lloraba en la oscuridad, con la cabeza en la almohada, complaciéndome en torturarme. «¡Me las pagará!», gritaba. Y al pensar en mi impotencia, en que él se burlaba de mí, en que acaso me había olvidado por completo, saltaba del lecho y bañada en lágrimas, presa de una crisis nerviosa, empezaba a ir y venir por la habitación. Todo el mundo se me hizo odioso. Luego amasé un capital, me endurecí, engordé. Creerás que entonces era más comprensiva. Pues no. Aunque nadie lo sabe, muchas noches, como hace cinco años, rechino los dientes y exclamo entre sollozos: «¡Me vengaré!»... Ya lo sabes todo. ¿Qué piensas de mi? Hace un mes recibí una carta de él, anunciándome su llegada. Se ha quedado viudo y quiere verme. Esto me trastornó. ¡Dios mío, va a venir! Me llamará y yo acudiré, arrastrándome como un perro azotado, como quien ha cometido una falta. Pero ni yo misma estoy segura de que obraré así. ¿Cometeré la bajeza de correr hacia él? Últimamente he sentido contra mí misma una cólera más violenta que la que sentí hace cinco años. Ya ves lo desesperada que estoy, Aliocha. Te lo he confesado todo. Mitia sólo era para mi una diversión... Calla, Rakitka. Tú no eres quién para juzgarme. Antes de vuestra llegada, yo os estaba esperando y pensaba en mi porvenir. Nunca podréis imaginar cuál era mi estado de ánimo. Aliocha, dile a esa joven que no me tenga en cuenta lo que le dije. Nadie sabe lo que pasaba por mí entonces... A lo mejor, voy a verlo armada con un cuchillo. Aún no estoy segura.

Incapaz de poner freno a su emoción, Gruchegnka se detuvo, se cubrió el rostro con las manos y se desplomó en el canapé, llorando como un niño. Aliocha se levantó y se acercó a Rakitine.

‑Micha ‑le dijo‑, te ha dicho cosas muy duras, pero no te enfades. Ya la has oído. No se puede pedir demasiado a las almas. Hay que ser misericordiosos.

Aliocha pronunció estas palabras dejándose llevar de un impulso irresistible. Tenía necesidad de expansionarse y las habría dicho aunque hubiera estado solo. Pero Rakitine lo miró irónicamente y Aliocha enmudeció:

‑Alexei, varón de Dios ‑dijo Rakitine con una sonrisa de odio‑, tienes la cabeza llena de las ideas de tu starets y me hablas como me hablaría él.

‑No te burles de ese santo, Rakitine ‑dijo Aliocha con profundo pesar‑. Era superior a todos en la tierra. No te hablo como un juez, sino como el último de los acusados. Yo no soy nadie ante esta joven. Yo he venido aquí con viles propósitos, para perderme. Pero a ella, aun después de cinco años de sufrimiento, le ha bastado oír unas palabras sinceras para perdonar, olvidarlo todo y llorar. Su seductor ha vuelto, la ha llamado, y ella, que lo ha perdonado, correrá hacia él alegremente, sin ningún cuchillo. Yo no soy así, Micha, a ignoro si tú lo eres. He recibido una lección. Gruchegnka es superior a nosotros. ¿Sabías lo que me acaba de contar? Estoy seguro de que no, pues, si lo hubieras sabido, te habrías mostrado comprensivo con ella desde hace tiempo. También la perdonará la joven que ha sido ofendida por ella cuando lo sepa todo. Es un alma que no se ha reconciliado con Dios todavía. Hay que guiarla. En ella hay tal vez un tesoro.

Aliocha se detuvo, falto de aliento. A despecho de su irritación, Rakitine lo miraba con un gesto de sorpresa. No esperaba semejante perorata del apacible Aliocha.

‑Eres un gran abogado ‑exclamó entre insolentes carcajadas‑. ¿Te habrás enamorado de ella? Agrafena Alejandrovna, has vuelto del revés el alma de nuestro asceta.

Gruchegnka levantó la cabeza y sonrió dulcemente a Aliocha. Tenía el rostro hinchado todavía por las lágrimas que acababa de derramar.

‑Déjalo, Aliocha. Es un hombre mezquino. No merece que se le hable. Mikhail Ossipovitch, iba a pedirte perdón, pero me vuelvo atrás. Aliocha, ven a sentarte aquí.

Lo cogió de la mano mientras le dirigía una mirada radiante.

‑Dime: ¿amo a mi seductor o no lo amo? Antes me estaba haciendo esta pregunta en la oscuridad. Ilumina mi pensamiento. Haré lo que tú me digas. ¿Debo perdonarlo?

‑Lo has perdonado ya.

‑Es verdad ‑dijo Gruchegnka, pensativa‑. Soy cobarde. Voy a beber por mi cobardía.

Cogió un vaso, se lo bebió de un trago y después lo arrojó al suelo. Sonreía cruelmente.

‑Tal vez no haya perdonado todavía ‑dijo con acento amenazador, los ojos bajos, y como hablando consigo misma‑. Tal vez sea solamente que sueño con perdonar. Aliocha, eran mis cinco años de sufrimiento lo que me enternecía; mi dolor, no él.

‑No quisiera estar en su pellejo ‑dijo Rakitine.

‑No podrías estar nunca, Rakitka. Sólo puedes servirme para limpiarme los zapatos. Una mujer como yo no está hecha para ti. Y acaso tampoco para él.

‑Entonces, ¿por qué te has compuesto tanto?

‑No te burles de mi vestido, Rakitka. Tú no me conoces; tú no sabes por qué me lo he puesto. He pensado que podría ir a decirle: «¿Me has visto alguna vez tan hermosa?» Cuando me dejó, yo era una chiquilla de diecisiete años, enfermiza y llorona. Lo adularé y lo enardeceré. «Ya ves cómo soy ahora, querido. Bueno, basta de charla. Si esto te ha abierto el apetito, ve a saciarlo en otra parte.» Ya sabes, Rakitka, para lo que pueden servir todas estas galas... Estoy ciega de ira, Aliocha. Soy capaz de desgarrar este vestido, de desfigurarme a ir por las calles a mendigar. Soy capaz de quedarme en casa, de devolverle a Kuzma su dinero y sus regalos y ponerme a trabajar por un jornal. ¿Crees que no tendría valor para obrar así, Rakitka? Pues bastaría que me lo propusiera... Al otro lo despreciaré, me burlaré de él.

Después de referir estas palabras con vehemencia, se cubrió la cara con las manos y volvió a arrojarse sobre los cojines, llorando convulsivamente.

Rakitine se levantó.

‑Es ya tarde. Nos exponemos a que no nos dejen entrar en el monasterio.

Gruchegnka se sobresaltó.

‑¡Oh, Aliocha! ¿Vas a dejarme? ‑exclamó con amarga sorpresa‑. Piensa en mi situación. Me has trastornado, y ahora que llega la noche me quedaré sola.

‑No puede pasar la noche en tu casa ‑dijo Rakitine con maligna intención‑. Pero si quiere quedarse, me iré solo.

‑¡Calla, miserable! ‑exclamó Gruchegnka‑. Tú no me has hablado jamás como él acaba de hablarme.

‑No ha dicho nada extraordinario.

‑No sé si ha dicho algo extraordinario o no, pero lo cierto es que me ha llegado al corazón... Ha sido el primero, el único, que me ha compadecido. ¿Por qué no viniste antes, querido?

Y, en un arrebato de fervor, cayó de rodillas ante Aliocha.

‑Toda la vida he estado esperando que alguien como tú me

trajera el perdón. Siempre he creído que se me podía querer a pesar de mi deshonor.

‑¿Pero qué he hecho yo por ti? ‑dijo Aliocha, inclinándose hacia ella y cogiéndole las manos‑. Te he tendido una cebolla y de las más pequeñas: esto es todo.

Los ojos se le llenaron de lágrimas. En ese momento se oyó un ruido. Alguien había entrado en la casa. Gruchegnka se puso en pie, atemorizada. Fenia irrumpió en la sala.

‑¡Señora, señora mía ‑dijo alegremente, con respiración anhelante‑, ha llegado la diligencia de Mokroie, conducida por Timoteo! Van a cambiar los caballos. ¡Ha traído esta carta, señora!

Y blandía el sobre. Gruchegnka se apoderó de él y lo acercó a la luz. Dentro había un lacónico billete. Gruchegnka lo leyó en un instante.

‑¡Me llama! ‑exclamó.

Estaba pálida. En sus labios crispados había una sonrisa morbosa.

‑¡Me ha silbado! El perro acudirá arrastrándose.

Estuvo un momento indecisa. De pronto, su rostro enrojeció.

‑¡Me voy! ¡Adiós, mis cinco años de tormento! Adiós, Aliocha. La suerte está echada. ¡Apartad, marchaos todos! ¡No quiero volver a veros! Gruchegnka corre hacia una nueva vida... No me' guardes rencor, Rakitka. Tal vez vaya hacia la muerte. ¡Oh, estoy como ebria!

Entró apresuradamente en su dormitorio.

‑Ahora ya no nos necesita ‑gruñó Rakitine‑. Vámonos. La monserga podría empezar de nuevo, y ya estoy de ella hasta la coronilla.

Aliocha se dejó conducir maquinalmente.

En el patio, todo eran idas y venidas a la luz de una linterna. Se estaba cambiando el tiro de tres caballos. Apenas habían salido los dos jóvenes, se abrió la ventana del dormitorio y se oyó la voz sonora de Gruchegnka.

‑Aliocha, saluda de mi parte a tu hermano Mitia. Dile que no guarde mal recuerdo de mi. Repítele estas palabras: «Gruchegnka se ha ido con un hombre vil en vez de quedarse contigo, que eres una persona honorable.» Añade que le he querido durante una hora, sólo durante una hora; pero que se acuerde siempre de esta hora. Y que en lo sucesivo Gruchegnka... mandará en su pensamiento...

Los sollozos le impidieron continuar. Gruchegnka cerró la ventana.

Rakitine se echó a reír.

‑Deja a Mitia hecho un guiñapo y quiere que la recuerde toda la vida. ¡Qué ferocidad!

Aliocha no dio muestra alguna de haberle oído. Avanzaba a paso rápido al lado de su compañero. En su semblante se leía una profunda confusión.

Rakitine tenía la sensación de que le hurgaban en una llaga: al conducir a Aliocha a casa de Gruchegnka, esperaba un resultado muy distinto. Estaba profundamente decepcionado.

‑El oficial de Gruchegnka es polaco. Ahora ya no es oficial. Estaba empleado en la aduana de Siberia, en la frontera china. Debe de ser un pobre diablo. Dicen que ha perdido el empleo. Sin duda, se ha enterado de que Gruchegnka tiene sus ahorros y por eso ha venido. Esto lo explica todo.

Alioçha seguía, al parecer, sin comprender nada. Rakitine continuó:

‑Has convertido a una pecadora; has encauzado por el buen camino a una mujer descarriada. Has expulsado a los demonios. O sea, que los milagros que esperábamos se han cumplido.

‑¡Basta, Rakitine! ‑exclamó Aliocha, con el alma dolorida.

‑Me desprecias por los veinticinco rublos que me ha dado Gruchegnka. He vendido a un amigo. Pero ni tú eres Cristo ni yo soy Judas.

‑Te aseguro que no pensaba en eso. Lo había olvidado y me lo has recordado tú.

Pero Rakitine estaba furioso.

‑¡Que el diablo se os lleve a todos! ‑exclamó‑. No sé por qué demonio he hecho amistad contigo. De ahora en adelante, como si no nos conociéramos. Adiós; ya conoces el camino.

Dobló por una callejuela y Aliocha quedó solo en la oscuridad de la noche. Pero siguió adelante, salió de la ciudad y se dirigió al monasterio a campo traviesa.


Capítulo IV: Las bodas de Caná
de Fiódor Dostoyevski


Era ya tarde, para el régimen del monasterio, cuando Aliocha llegó al recinto de la ermita. El hermano portero abrió una puertecilla lateral. Habían sonado las nueve: la hora del descanso tras un día tan agitado. Aliocha abrió tímidamente la puerta y entró en la celda donde estaba el cuerpo del starets en su ataúd. Sólo había una persona en la celda: el padre Paisius, que leía los Evangelios junto al cadáver. Porfirio, el joven novicio, agotado por la conferencia de la noche anterior y las emociones de la jornada, dormía con el sueño profundo de la juventud echado en el suelo de la habitación vecina. El padre Paisius había oído entrar a Aliocha, pero ni siquiera volvió la cabeza. Aliocha se arrodilló en un rincón y empezó a rezar. Su alma estaba llena de sensaciones confusas que se perseguían unas a otras con una especie de movimiento giratorio uniforme. Experimentaba un extraño sentimiento de bienestar, que no le causaba ningún asombro. Contempló una vez más el cadáver de su querido starets, pero ya no sentía el pesar doloroso y sin consuelo que le había oprimido por la mañana. Al entrar, había caído de rodillas ante el féretro como se habría arrodillado ante un altar. Sin embargo, su alma estaba rebosante de alegría. Por la ventana abierta entraba un aire fresco. Aliocha pensó: «Han abierto la ventana porque el hedor ha aumentado.» Pero la idea de la corrupción ya no lo inquietaba ni lo irritaba. Oraba dulcemente. Pronto advirtió que lo hacía de un modo maquinal. En su cerebro surgían fragmentos de ideas semejantes a fuegos fatuos. En cambio, en su alma reinaba una certidumbre, una pasión de la que se daba perfecta cuenta. Oraba fervorosamente, lleno de gratitud y amor, pero pronto se desviaba su pensamiento, se entregaba a otras meditaciones, y al fin olvidaba las plegarias y las ideas que las habían interrumpido.

Prestó atención a la lectura del padre Paisius, pero la fatiga acabó por rendirlo y empezó a dormitar.

‑Tres días después se celebró una boda en Caná, Galilea, y la madre de Jesús estaba allí.

Y Jesús fue también invitado a la boda, con sus discípulos.

Boda... Esta idea trastornó el alma de Aliocha.

« Gruchegnka es también feliz... Ha ido a un festín... Desde luego, no ha pensado en el cuchillo. Esto ha sido solamente un grito de rabia. Hay que perdonar a quienes lanzan esos gritos. Son un desahogo, un consuelo. El dolor sería insoportable si no se profirieran... Rakitine se ha ido por la callejuela. Mientras se sienta agraviado, irá por callejuelas... Pero al fin está la gran avenida recta, clara, resplandeciente, llena de sol... ¿Qué está leyendo el padre Paisius? »

‑... Y el vino se terminó. La madre de Jesús le dijo: Ya no tienen vino...

«¡Ah, sí! No he oído el principio, y lo siento. Me gusta este pasaje: las bodas de Caná, el primer milagro... ¡Qué milagro tan hermoso! Se dedicó a la alegría, no al dolor... “El que ama a los hombres, ama también su alegría.” El starets repetía estas palabras a cada momento; era una de sus ideas fundamentales. “No se puede vivir sin alegría”, asegura Mitia. Todo lo que lleva consigo la verdad y la belleza, lleva también el perdón. Ésta era otra de las ideas del padre Zósimo.»

‑...Jesús le dijo: Mujer, ¿qué hay entre tú y yo? Aún no ha llegado mi hora.

»Su madre dijo a los que servían: Haced todo lo que él os diga.

«Quería que alegrara a aquella pobre gente. Muy pobre tenía que ser para que faltara vino en una boda. Los historiadores cuentan que en torno del lago de Genezareth habitaba la población más pobre que imaginarse pueda. Y la madre de Jesús, con su gran corazón, sabía que su hijo no estaba allí solamente para cumplir su sublime misión, sino también para compartir la ingenua alegría de las sencillas a ignorantes personas que le habían invitado a sus humildes bodas. “Aún no ha llegado mi hora.” Lo dijo con una dulce sonrisa... Sí, debió de sonreírle tiernamente al hablarle... Verdaderamente, no se concibe que viniese a la tierra para multiplicar el vino en unas bodas pobres. Pero hizo lo que su madre le pidió que hiciera.

‑...Jesús les dijo: Llenad de agua esas vasijas. Yellos las llenaron hasta los bordes.

»Entonces Jesús les dijo: Sacad un poco de agua y llevadla al mayordomo. Y ellos se la llevaron.

»Cuando el mayordomo probó el agua convertida en vino, no sabiendo de dónde había salido este vino, aunque los servidores que habían sacado el agua lo sabían muy bien, llamó al esposo.

»Y le dijo: Todos los hombres sirven primero el vino bueno, y después, cuando ya se ha bebido bastante, sirven el vino menos bueno. Pero tú has reservado el buen vino para ahora.

«¿Pero qué sucede? ¿Por qué oscila la habitación...? ¡Ah, sí! Las bodas, la fiesta... No cabe duda de que a esto se debe todo... Ahí están los invitados, los jóvenes esposos, la alegre multitud. Pero, ¿dónde está el mayordomo...? ¿Qué pasa? La habitación oscila de nuevo... ¿Quién se levanta de la gran mesa? ¿Cómo? ¿También él está aquí? ¡Pero si estaba en el ataúd...! Se ha levantado, me ha visto, viene hacia mí... ¡Dios mío...!»

Sí, el viejecito seco, de rostro surcado de arrugas, se acerca a Aliocha, sonriendo dulcemente. El ataúd ha desaparecido. El starets va vestido como el día anterior, cuando estaba reunido con sus visitantes. Tiene la cara descubierta, sus ojos brillan. ¿Es posible que también él tome parte en el festín, que le hayan invitado a las bodas de Caná?

El padre Zósimo dice con su dulce voz:

‑Estás invitado, querido, en toda regla. No tienes por qué permanecer en este rincón donde nadie te ve... Ven a nuestro lado.

Es su voz, la voz del starets Zósimo. ¿Cómo no ha de ir Aliocha con él, cuando él se lo dice? El starets le coge la mano y Aliocha se levanta.

‑Alegrémonos ‑prosigue el anciano‑. Bebamos el vino nuevo, el vino de la alegría. Mira a los invitados. Ahí tienes al novio y a la novia. Y al experto mayordomo que ha probado el vino nuevo. ¿Por qué te sorprende verme? He dado una cebolla y aquí estoy. La mayor parte de los que aquí ves, sólo han dado una cebolla, una diminuta cebolla. Éstas son nuestras obras hoy: dar una cebolla a un hambriento... Empieza tu obra, querido... ¿Ves nuestro sol? ¿Lo distingues?

‑No me atrevo a mirarlo ‑balbuceó Aliocha‑ Tengo miedo.

‑No le temas. Su majestad es terrible; su grandeza, abrumadora; pero su misericordia no tiene límites. Por amor se ha hecho semejante a nosotros y se divierte con nosotros. Convierte el agua en vino para que no cese la alegría entre los invitados. Espera a otros; los llama continuamente desde hace siglos... Mira, ya traen vino nuevo; ahí están las vasijas.

Aliocha sintió que el corazón se le inflamaba, que lo tenía colmado hasta el punto de parecerle que le iba a estallar. De sus ojos brotaron lágrimas de alegría. Tendió los brazos, profirió un grito y despertó...

Allí estaba el ataúd, la ventana abierta. Seguía la lectura lenta, grave, rítmica, del Evangelio. Se había dormido de rodillas y ‑cosa inaudita‑ se había despertado de pie. De pronto, como si le empujaran, se acercó al ataúd en tres rápidos pasos. Incluso dio un golpe con el hombro al padre Paisius sin advertirlo. El monje levantó la cabeza, pero en seguida volvió a la lectura. Había observado que el estado de Aliocha no era normal. El joven estuvo un momento con la vista fija en el ataúd, en el cadáver tendido en su interior, en el rostro cubierto, en el icono que el difunto tenía sobre el pecho, en la capucha rematada por la cruz de ocho brazos. Acababa de oír su voz: todavía resonaba en sus oídos. Prestó atención, esperó... De pronto dio media vuelta y salió de la celda.

Bajó los escalones del pórtico sin detenerse. Su alma tenía sed de espacio, de libertad. Sobre su cabeza, la bóveda celeste se extendía hasta el infinito. Las estrellas parpadeaban. La Vía Láctea destacaba con nitidez desde el cenit hasta el horizonte. La tierra estaba sumergida en la serenidad de la noche. Las torres blancas y las cúpulas doradas se recortaban en el zafiro del cielo. Alrededor de la casa, las magníficas flores de otoño se habían dormido para no despertar hasta el amanecer. Tengo despertar hasta el amanecer. La calma de la tierra se confundía con la del cielo. El misterio terrestre confinaba con el de las estrellas. Aliocha contemplaba todo esto inmóvil. De pronto, como segadas sus piernas por una hoz, cayó de rodillas.

Sin saber por qué, sentía un deseo irresistible de estrechar entre sus brazos a toda la tierra. La besó sollozando, empapándola de lágrimas, y se prometió a sí mismo, con ferviente exaltación, amarla siempre. «Riega la tierra con lágrimas de alegría y ámala.» Estas palabras resonaban dentro de él todavía. ¿Por quién lloraba? En su exaltación, lloraba incluso por las estrellas que temblaban en el cielo. Y se entregaba a esta emoción sin rubor alguno. Anhelaba perdonar a todos y por todo, y pedir perdón, no para él, sino para todos los demás y por todo. « Los demás pedirán el perdón para mí.» También acudieron a su memoria estas palabras. Con claridad creciente, de un modo casi tangible, advertía que un sentimiento firme, inquebrantable, penetraba en su alma; que de su mente se apoderaba una idea que no le abandonaría jamás. Al caer de rodillas, era un débil adolescente; se levantó convertido en un hombre resuelto a luchar durante todo el resto de su vida. Entonces tuvo conocimiento de su crisis. Y no olvidaría jamás este momento. «Mi alma recibió en este instante la visita reveladora», decía más tarde, con absoluta seguridad.

Tres días después, dejó el monasterio, de acuerdo con la voluntad del starets, que le había ordenado «permanecer en el mundo».

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