Los hermanos Karamazov: Tercera Parte: Libro VIII

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Tercera Parte (Libro VIII)
Capítulo I: Kuzma Samsonov
de Fiódor Dostoyevski


Dmitri Fiodorovitch, al que Gruchegnka había enviado su último adiós cuando partió para una nueva vida, con el deseo de que se acordara siempre de una hora de amor, estaba en aquellos momentos luchando con graves dificultades. Como él mismo dijo más tarde, pasó dos días bajo la amenaza de una congestión cerebral. Aliocha no había conseguido verle el día anterior, y Dmitri no había acudido a la cita que tenía con Iván en la taberna. Cumpliendo sus instrucciones, los dueños del piso donde se hospedaba guardaron silencio. Durante los dos días que precedieron a la catástrofe, su estado fue francamente crítico. Según sus propias palabras, «luchó con su destino por su salvación». Incluso estuvo ausente de la ciudad varias horas para resolver un asunto inaplazable, a pesar de su temor a dejar a Gruchegnka sin vigilancia. Las investigaciones posteriores determinaron con exactitud cómo había empleado el tiempo. Nosotros nos limitaremos a registrar los hechos esenciales.

Aunque le hubiera amado durante una hora, Gruchegnka lo atormentaba despiadadamente. Al principio no pudo saber nada sobre sus propósitos. No los podía averiguar ni por medio de la dulzura ni mediante la violencia. Si hubiera utilizado uno de esos dos procedimientos, ella se habría enojado y apartado de él inmediatamente. Mitia sospechaba que Gruchegnka se debatía en la incertidumbre, sin conseguir tomar una resolución. Suponía, no sin razón, que ella lo detestaba a veces, y no sólo a él, sino también a su amor apasionado. Tal vez era así, pero Mitia no podía comprender exactamente de dónde procedía la ansiedad de Gruchegnka. En realidad, todas sus inquietudes quedaban dentro de esta alternativa: él o Fiodor Pavlovitch.

Al llegar a este punto, es conveniente anotar un hecho indudable. Dmitri estaba seguro de que su padre ofrecería el matrimonio a Gruchegnka ‑si no se lo había ofrecido ya‑ y ni por pienso creía que el viejo libertino confiara en arreglarlo todo con sólo tres mil rublos. Conocía el carácter de Gruchegnka. Por eso consideraba que su inquietud procedía de que no sabía por qué lado inclinarse, al ignorar en cuál de los dos hallaría más ventajas.

En el próximo regreso del «oficial», del hombre que había desempeñado un papel tan implacable en la vida de Gruchegnka, regreso que la joven esperaba con una mezcla de alegría y temor, Mitia ‑cosa extraña‑ no pensaba lo más mínimo. Verdad es que Gruchegnka había guardado silencio sobre este punto los últimos días. Sin embargo, Mitia estaba enterado de que, hacía un mes, su pretendida había recibido una carta de su seductor a incluso había leído parte de ella. Gruchegnka se la había enseñado en un momento de indignación, y quedó sorprendida al ver que él no le daba importancia. No es fácil comprender el motivo de esta indiferencia. Acaso era simplemente que, abrumado por la rivalidad con su padre, no podía imaginarse que hubiese nada peor en aquellos momentos. No acababa de creer en un novio salido de no se sabía dónde, después de cinco años de ausencia, ni en su próxima llegada, anunciada en términos muy vagos. La carta era confusa, enfática, sentimental, y Gruchegnka le había ocultado las últimas líneas, que hablaban más claramente del regreso. Además, Mitia recordó después la actitud desdeñosa con que Gruchegnka había recibido este comunicado de Siberia. La joven no había explicado nada más acerca de este nuevo rival. No es, pues, extraño que Mitia acabara por olvidarlo.

Mitia sólo creía en la inminencia de un conflicto con Fiodor Pavlovitch. En el colmo de la ansiedad, esperaba a cada momento la resolución de Gruchegnka, y opinaba que surgiría pronto, como una inspiración. Si Gruchegnka se presentaba a él y le decía: «Aquí me tienes; soy tuya para siempre», todo habría terminado. Se la llevaría lo más lejos posible, si no al fin del mundo, sí al fin de Rusia. Se casarían y vivirían donde nadie les conociera, ignorados de todos. Entonces él empezaría una nueva vida, virtuosa, de regeneración, sueño que acariciaba ávidamente. El cenagal en que se había hundido voluntariamente le producía verdadero horror y, como tantos otros de los que están en su caso, deseaba sobre todo cambiar de ambiente. Alejarse de la gente que lo rodeaba, de la atmósfera en que vivía, perder de vista aquel lugar maldito, sería una renovación completa, una existencia transformada. He aquí los pensamientos que le absorbían.

El caso tenía otra solución posible, otro desenlace, éste espantoso para él. Si ella le decía de pronto: «Vete. He escogido a Fiodor Pavlovitch. Me casaré con él. No te necesito...», entonces..., entonces... Mitia ignoraba lo que entonces podría suceder. Y lo ignoró hasta el último momento; hay que reconocerlo, hay que hacerle justicia. No tenía ningún propósito definido: el crimen no fue premeditado. Se conformaba con acechar, con espiar. Se atormentaba, pero preveía un feliz desenlace. Todas las demás ideas las rechazaba. Entonces empezó una nueva tortura, entonces surgió una nueva circunstancia, secundaria, pero fatídica, insoluble...

En caso de que Gruchegnka le dijese: «Soy para ti. Llévame contigo», ¿cómo se las compondría para llevársela? Las rentas que obtenía de las entregas que regularmente le hacía su padre se habían agotado. Cierto que Gruchegnka tenía dinero, pero, sobre este particular, Mitia era de un amor propio inflexible. Quería llevársela y empezar una nueva vida con sus propios recursos, no con los de su amada. La simple idea de recurrir al capital de Gruchegnka le producía un profundo malestar. No me extenderé sobre este hecho, no lo analizaré: me limito a anotarlo para que se sepa cuál era su estado de ánimo en aquellos momentos.

Este estado de ánimo podía proceder del secreto remordimiento que experimentaba por haberse apropiado del dinero de Catalina Ivanovna. « Para Catalina soy un miserable ‑se decía‑. También lo seré para Gruchegnka.» Así lo confesó más tarde. « Si Gruchegnka se entera ‑añadía para su fuero interno‑, no querrá saber nada de un individuo como yo. Por lo tanto, he de obtener ese dinero. ¿Pero de dónde lo sacaré? Si no lo consigo, me hundiré en el fracaso. ¡Qué vergüenza!»

Tal vez sabía dónde podía encontrar el dinero. Por ahora no diré nada más sobre este punto. Todo se aclarará cuando llegue el momento. Lo que sí quiero explicar, aunque sea en un breve resumen, es en qué consistía para él la peor dificultad. Para procurarse los recursos que necesitaba, para tener derecho a apropiárselos, lo primero que tenía que hacer era devolver a Catalina Ivanovna sus tres mil rublos. «De lo contrario seré un estafador, un bribón, y no quiero empezar así mi nueva vida.» Y decidió alterar todos sus planes si era necesario, con tal de poder restituir a Catalina Ivanovna la cantidad que le debía. Tomó esta decisión en las últimas horas de su vida, después de la conversación que había tenido con su hermano Aliocha en la calle. Cuando éste le explicó los insultos que Gruchegnka había dirigido a su prometida, Dmitri reconoció que era un miserable y rogó a Aliocha que se lo dijera así a Catalina «si consideraba que esto la podía consolar». Aquella misma noche se dijo, en su delirio, que sería preferible matar y desvalijar a cualquiera que no dejar de pagar a Katia lo que le debía. «Prefiero ser un asesino y un ladrón para todo el mundo, prefiero ir a Siberia, a que Katia pueda decir que le he robado para huir con Gruchegnka y empezar una nueva vida.» Así razonaba Mitia rechinando los dientes. Estaba a punto de sufrir una congestión cerebral, pero no abandonaba la lucha.

En esta tenacidad había algo curioso. Lo lógico era que, habiendo tomado semejante resolución, se sintiera desesperado. ¿Pues de dónde podía sacar aquella suma un pobre diablo como él? Sin embargo, esperó hasta el último momento procurarse aquellos tres mil rublos. Estaba en la creencia de que caerían en sus manos de un modo o de otro, incluso llovidos del cielo. Así ocurre a los que, como Dmitri, sólo saben despilfarrar su patrimonio, sin tener la menor idea de cómo se adquiere el dinero.

Desde su encuentro con Aliocha, sus ideas se embrollaban, como si en su cerebro se hubiera desencadenado una tormenta. Se comprende que empezara por la tentativa más extraña, pues suele ocurrir que en tales casos y a tales hombres parecen realizables las empresas más insólitas. Decidió ir a visitar a Samsonov, el protector de Gruchegnka, para proponerle un plan del que formaba parte el préstamo de la suma deseada. Estaba seguro de su proyecto desde el punto de vista comercial; su única duda era cómo acogería Samsonov el paso que iba a dar. Mitia sólo conocía de vista al comerciante; jamás había hablado con él. Pero tenía la convicción, desde hacía mucho tiempo, de que aquel viejo libertino, cuya vida se estaba acabando, no se opondría a que Gruchegnka rehiciera la suya casándose con un hombre enérgico, y que incluso desearía que esto sucediera. Es más, confiaba en que facilitaría las cosas si se presentaba la oportunidad de hacerlo. Ciertos rumores llegados a sus oídos y que coincidían con algunas insinuaciones de Gruchegnka le permitían deducir que Samsonov le prefería a Fiodor Pavíovitch para marido de Gruchegnka.

La mayoría de nuestros lectores considerarán un acto de cinismo que Dmitri Fiodorovitch esperase semejante ayuda y se aviniera a recibir una esposa de manos de su amante. Respecto a este punto, sólo diré que el pasado de Gruchegnka era para Mitia algo olvidado. Pensaba en él con un sentimiento de piedad, y, en el ardor de su pasión, juzgaba que tan pronto como Gruchegnka le dijese que lo amaba y que iba a casarse con él, los dos quedarían regenerados. Entonces se perdonarían mutuamente sus faltas y empezarían una nueva existencia. En cuanto a Samsonov, Mitia veía en él un ser fatídico en la vida de Gruchegnka, a la que jamás había amado; un ser que ya había pasado y al que no se debía tener en cuenta para nada. Aquel viejo débil, cuyas relaciones con Gruchegnka eran puramente paternales, por decirlo así, desde hacia ya casi un año, no podía hacer la menor sombra a Mitia. Fuera como fuese, Dmitri demostraba una gran ingenuidad, pues, a pesar de sus muchos vicios, era un hombre ingenuo. Llevado de esta candidez, creía que Samsonov, al ver que su fin estaba próximo, experimentaba un sincero arrepentimiento por su conducta con Gruchegnka, que no tenía en el mundo amigo ni protector más devoto que él, hombre decrépito a inofensivo.

Al día siguiente de su conversación con Aliocha, Mitia, que apenas había dormido, se presentó a las diez de la mañana en casa de Samsonov y se hizo anunciar. La casa era vieja, hostil, espaciosa. Tenía varias dependencias y un pabellón. En la planta baja habitaban los dos hijos casados de Samsonov, su hija y su hermana, mujer de avanzada edad. En el pabellón vivían dos empleados de escritorio, uno de ellos con una familia numerosa. Toda esta gente estaba falta de espacio; en cambio, el viejo vivía solo en el primer piso. No quería que habitara en él ni siquiera su hija, a pesar de que le cuidaba y tenía que subir la escalera, luchando con su incurable asma, cada vez que él la necesitaba.

El primer piso se componía de grandes y ostentosas habitaciones, amuebladas según la vieja usanza de los comerciantes, con interminables hileras de pesados sillones y sillas de caoba a lo largo de los muros, lámparas de cristal enfundadas y grandes espejos. Estas habitaciones estaban desocupadas, pues el viejo se pasaba el día en su reducido dormitorio, que estaba a un extremo del piso. Allí le servían una vieja doméstica, siempre cubierta con una cofia, y un muchacho que utilizaba como banco un arcón que había en el vestíbulo.

Como sus hinchadas piernas casi no le permitían andar, el viejo se levantaba muy pocas veces de su sillón para dar una vuelta por el cuarto, sostenido por la vieja sirvienta. Incluso con ella se mostraba Samsonov severo y poco comunicativo.

Cuando le anunciaron al «capitán», Samsonov se negó a recibirlo. Mitia insistió, y entonces el viejo preguntó qué aspecto tenía el visitante, si había bebido y si era uno de esos tipos alborotadores.

‑No, señor ‑repuso el muchacho‑. Es sólo que no quiere marcharse.

Tras una nueva negativa, Mitia, que lo tenía todo previsto, escribió con lápiz en un papel: «Para un asunto urgente relacionado con Agrafena Alejandrovna.» Y envió la nota al viejo.

Éste, después de reflexionar un momento, ordenó que hicieran pasar al visitante al salón y que dijeran a su hijo menor que subiera inmediatamente. En seguida llegó este joven alto y hercúleo, vestido y rasurado a la europea (el viejo Samsonov era hombre de caftán y barba). Como sus hermanos, temblaba al verse en presencia de su padre. Éste lo había llamado no porque temiera al capitán, pues no conocía el miedo, sino para que la conversación tuviera un testigo, por lo que pudiera ocurrir.

Acompañado de su hijo, que le rodeaba los hombros con un brazo, y del joven sirviente, Samsonov llegó al salón poco menos que a rastras. Es de suponer que sentía gran curiosidad.

La pieza donde esperaba Mitia era inmensa y lúgubre. Había en ella una galería, sus paredes eran de mármol de imitación y tenía tres enormes espejos enfundados.

Mitia, sentado cerca de la puerta principal, esperaba con impaciencia, preguntándose cuál sería su suerte. Cuando el viejo apareció por el extremo opuesto del salón, a unos veinte metros de distancia, Dmitri se levantó inmediatamente y fue a su encuentro, a largos pasos marciales. Mitia iba correctamente vestido. Llevaba abrochada la levita, el sombrero en la mano, las manos enfundadas por unos guantes negros, como dos días atrás, cuando se presentó en el monasterio para entrevistarse con su padre y sus hermanos en presencia del starets.

El viejo le esperaba de pie, con un gesto lleno de gravedad, y Mitia notó que lo observaba atentamente. Su rostro hinchado ‑esta hinchazón había aumentado últimamente‑ y su labio inferior colgante impresionaron a Dmitri. Saludó en silencio y gravemente al visitante, le indicó una silla y, apoyado en el brazo de su hijo, fue a sentarse, entre gemidos, en un sofá, exactamente frente a Mitia. Éste, al advertir sus dolorosos esfuerzos, sintió remordimiento, y también cierta turbación, en su insignificancia frente al importante personaje cuya tranquilidad había turbado.

Una vez se hubo sentado, el viejo preguntó con acento frío pero cortés:

‑¿Qué desea?

Mitia se estremeció, se levantó y volvió a sentarse en seguida. Empezó a hablar en voz muy alta, con vivos ademanes, palabra rápida y tono exaltado. Se vela que estaba desesperado y buscaba una salida, y también que deseaba terminar cuanto antes si fracasaba. Samsonov debió de advertir todo esto inmediatamente, aunque su semblante impasible no lo dejó entrever.

‑Usted, respetable señor, ha oído hablar más de una vez de mis querellas con mi padre, Fiodor Pavlovitch Karamazov, relacionadas con la herencia de mi madre. Esto justifica todas las habladurías. A la gente le gusta intervenir en los asuntos que no le incumben... También es posible que le haya informado a usted Gruchegnka..., ¡oh, perdone!..., Agrafena Alejandrovna, la honorable y respetable Agrafena Alejandrovna...

Así empezó Mitia, que se embrolló desde sus primeras palabras. Pero no repetiremos exactamente lo que dijo: nos limitaremos a resumirlo. El caso es que, tres meses atrás, Mitia había conferenciado en la capital del distrito con un abogado..., «un abogado famoso, Pavel Pavlovitch Korneplodov, del que usted debe de haber oído hablar... Frente despejada, talento comparable al de un hombre de Estado... Le conoce a usted..., tuvo para usted grandes alabanzas...». Otra vez se desvió del tema principal, pero no se detuvo por tan poca cosa, sino que siguió con ardor por el nuevo camino. Después de oír las explicaciones de Dmitri y de examinar los documentos (Mitia volvió, sin advertirlo, al tema que había dejado), el abogado opinó que se podía entablar un proceso acerca de la aldea de Tchermachnia, heredada por Dmitri de su madre, con objeto de bajar los humos al viejo energúmeno, ya que «no todos los caminos están cerrados y la justicia siempre encuentra alguna salida». En resumen, que se podía sacar a Fiodor Pavlovitch un suplemento de seis mil a siete mil rublos, «pues Tchermachnia vale lo menos veinticinco mil..., ¿qué digo veinticinco mil?..., veintiocho o treinta mil, señor Samsonov, y ese verdugo me ha dado menos de diecisiete mil. Dejé este asunto, por parecerme demasiado complicado, y, al llegar aquí, vi que se me había dirigido una reconvención ‑al llegar a este punto, Mitia volvió a armarse un lío y pasó a otra cosa‑. En fin, respetable señor Samsonov, que estoy dispuesto a cederle todos mis derechos sobre ese monstruo sólo por tres mil rublos. ¿Acepta? Piense que no arriesga usted nada, nada absolutamente: se lo juro por mi honor. Usted percibirá seis mil o siete mil rublos por los tres mil desembolsados... Lo que más me interesa es terminar este asunto hoy mismo. Iremos a la notaría, o... En fin estoy dispuesto a todo. Le puedo entregar cuantos documentos desee, firmaré todo lo que usted quiera. Esta misma mañana formalizamos el convenio y usted me entrega los tres mil rublos. Bien puede hacerlo, ya que es uno de los hombres más acaudalados de la localidad. Así me salvará y, a la vez, me permitirá realizar un acto sublime..., pues abrigo los más nobles sentimientos acerca de una persona que usted conoce perfectamente y a la que usted rodea de una solicitud paternal. De lo contrario, no habría venido. Podemos decir que se han encontrado tres frentes, pues el destino es algo terrible, señor Samsonov. Pero como usted está fuera de combate desde hace tiempo, quedamos sólo dos frentes. Acaso no me expreso bien, pero tenga en cuenta que no soy literato. Los dos frentes son el mío y el de ese monstruo. Por lo tanto, escoja usted: el monstruo o yo. Todo está ahora en sus manos: tres destinos, dos frentes... Perdóneme: me he armado un lío. Pero usted me entiende..., leo en sus ojos que me ha comprendido... De lo contrario, ahora mismo me marcharía. Esto es todo».

Con estas palabras, Mitia cortó en seco su extravagante discurso. Se levantó y esperó una respuesta a su absurda proposición. Al pronunciar su última frase tuvo la sensación de que había fracasado y, sobre todo, de que' su exposición había sido un verdadero galimatías. «Es extraño: vine aquí completamente seguro de mí mismo, y no he dado pie con bola.» Mientras él hablaba, el viejo había permanecido impasible, observándole con gesto glacial. Transcurrido un minuto, Samsonov dijo con una firmeza descorazonadora:

‑Perdone. Los negocios de ese género no nos interesan.

Mitia sintió como si las piernas se le escaparan de debajo del cuerpo.

‑¿Qué será de mí, señor Samsonov? ‑murmuró con una amarga sonrisa‑. Estoy perdido.

‑Perdone, pero...

Mitia, que permanecía de pie a inmóvil, observó un cambio en el rostro del viejo y se estremeció.

‑Verá usted, señor ‑dijo el anciano‑, esos negocios son peligrosos. Veo un proceso, abogado, el diablo y su corte. Pero hay una persona a la que se puede dirigir.

‑¡Dios mío! ‑balbuceó Mitia‑. ¿Quién es esa persona? Me devuelve usted la vida.

‑Esa persona no está aquí en este momento. Es un campesino, un traficante de madera llamado Liagavi. Lleva ya un año tratando de llegar a un acuerdo con Fiodor Pavlovitch para la compra del bosque de Tchermachnia. No se han entendido. Seguramente habrá oído usted hablar de esos tratos. Precisamente ahora está Liagavi allí. Se hospeda en casa del padre Ilinski, en la aldea de este nombre, a doce verstas de la estación de Volovia. Me ha escrito hablándome de este asunto y pidiéndome consejo. Fiodor PavIovitch quiere ir a verlo. Si usted va antes y hace a Liagavi la proposición que me ha hecho a mí, tal vez...

‑¡Una idea genial! ‑exclamó Mitia, entusiasmado‑. Es precisamente lo que necesita ese hombre. Quiere comprar, considera que el precio es excesivo, y con el documento que yo firme puede considerarse propietario del bosque. ¡Esto es magnífico!

Y‑Mitia lanzó una carcajada seca, inesperada, que sorprendió a Samsonov.

‑¡No sé cómo agradecérselo, Kuzma Kuzmitch!

‑No tiene usted que agradecerme nada ‑repuso Samsonov con una inclinación de cabeza.

‑¡Pero si me ha salvado usted! La Providencia me ha traído aquí... Iré a visitar a ese pope.

‑Le repito que no tiene usted por qué darme las gracias.

‑Iré a ver a Liagavi sin pérdida de tiempo... No quiero molestarle más... Nunca olvidaré el servicio que me ha hecho. Palabra de ruso que no lo olvidaré.

Intentó apoderarse de la mano del viejo para estrecharla, pero Samsonov le miró de tal modo, que Mitia retiró la mano, aunque en seguida se reprochó a sí mismo su desconfianza, diciéndose: «Debe de estar fatigado.»

‑Lo hago por ella, señor Samsonov, sólo por ella ‑dijo con énfasis.

Luego se inclinó, dio media vuelta y se dirigió a la puerta a grandes zancadas. Temblaba de entusiasmo. Pensaba: «Todo parecía perdido, pero mi ángel guardián me ha salvado. Cuando un hombre de negocios como Samsonov (¡qué noble es!, ¡qué empaque tiene!) me ha indicado este camino, no cabe duda de que tengo el éxito asegurado. Hay que obrar con rapidez. Volveré esta misma noche con la partida ganada... ¿Se habrá burlado de mí ese viejo?»

Así monologaba Mitia al volver a su casa. No veía más que estas dos posibilidades: o había recibido un buen consejo de un hombre experimentado que conocía a Liagavi (¡qué nombre tan chusco!), o el anciano se había burlado de él. Por desgracia, la última hipótesis era la verdadera. Mucho tiempo después de haberse producido el drama, Samsonov confesó entre risas que se había mofado del «capitán». Era un hombre burlón y de malos instintos, propenso a las aversiones morbosas. No sé lo que le indujo a obrar así, si el hecho de que Mitia hubiera creído, como se deducía de su entusiasmo, que él había tomado en serio un plan tan absurdo, o los celos que sintió al pedirle aquel loco tres mil rublos para llevarse a Gruchegnka. Pero lo cierto es que cuando Mitia permanecía ante él con las piernas temblorosas y diciendo estúpidamente que estaba perdido, él lo miró con un gesto de maldad y decidió hacerle una mala jugada.

Cuando Mitia se hubo marchado, Samsonov, pálido de cólera, se encaró con su hijo y le ordenó que tomase las medidas necesarias para que aquel bribón no volviera a poner los pies en la casa. De lo contrario...

No terminó la amenaza, pero su hijo le había visto enojado muchas veces y tembló de miedo. Una hora después, el anciano estaba todavía dominado por la cólera. Al atardecer se sintió indispuesto y mandó llamar al curandero.


Capítulo II: Liagavi
de Fiódor Dostoyevski


Pero había que «galopar», y Mitia no tenía dinero para el viaje: todo lo que le quedaba de su época de prosperidad eran veinte copecs. Tenía un viejo reloj de plata que no funcionaba desde hacía mucho tiempo. Un relojero judío que tenía una tienda en el mercado le dio siete rublos. «¡No lo esperaba!», exclamó Mitia, encantado (continuaba su euforia). Se fue en seguida a su casa, y allí completó la suma pidiendo prestados tres rublos a sus patrones, que se los dieron de buen grado aunque se quedaron sin nada, tan sincero era el afecto que sentían por su huésped. En su exaltación, Mitia les dijo que su suerte iba a decidirse y les explicó ‑en cuatro palabras, claro es‑ casi todo el plan que acababa de exponer a Samsonov, el consejo que éste le había dado, sus futuras esperanzas, etcétera. Sus patrones ya habían recibido de él muchas confidencias; lo consideraban como de la familia y como un noble nada orgulloso. Mitia envió por caballos de posta para trasladarse a la estación de Volovia. De este modo se pudo comprobar, y se recordó más tarde, que veinticuatro horas antes de que se produjera cierto acontecimiento, Mitia no tenía dinero y que, para procurárselo, había tenido que vender su reloj y pedir prestados tres rublos a sus patrones, todo ello ante testigos.

Pronto se comprenderá por qué anoto estos hechos.

Mientras el coche le conducía a Volovia, Mitia se sentía feliz ante la idea de que al fin iba a resolver sus embrollados asuntos, pero también temblaba de inquietud, preguntándose qué haría Gruchegnka durante su ausencia. ¿Decidiría ir a reunirse con Fiodor Pavlovitch? Por eso se había puesto en camino sin avisarla y, además, había recomendado a sus patrones que no dijeran nada del viaje si alguien iba a preguntar por él.

«Es necesario que regrese esta misma noche ‑se repetía entre los vaivenes del carricoche‑ y que me traiga a Liagavi para que quede firmada el acta.» Pero sus deseos, ¡ay!, no se cumplirían.

En primer lugar, empleó más tiempo que el previsto en el camino vecinal de Volovia, pues el recorrido no era de doce verstas, sino de dieciocho. Luego no encontró en su casa al padre Ilinski: se había marchado a la aldea vecina. Ya casi de noche y con los caballos agotados, Mitia partió en busca del pope.

El sacerdote, hombrecillo tímido y endeble, le explicó que Liagavi, al que, en efecto, había tenido hospedado en su casa, estaba entonces en Sukhoi Posielok y pasaría la noche en la isba del guardabosques, pues también traficaba en aquel lugar. Mitia le rogó insistentemente que lo condujera al lado del traficante sin pérdida de tiempo, añadiendo que de ello dependía su salvación, y el pope, tras vacilar un momento (y sintiendo cierta curiosidad), decidió acompañarlo a Sukhoi Posielok. Para desgracia suya, le aconsejó que fueran a pie, ya que no había sino poco más de una versta de camino. Mitia aceptó en el acto y, como era costumbre en él, echó a andar a largos pasos, lo que obligó al pobre padre Ilinski a hacer grandes esfuerzos para seguirlo.

El sacerdote era joven todavía y muy reservado. Mitia empezó inmediatamente a hablar de sus planes, y su boca no se cerró en todo el camino. No cesó de pedir consejos acerca de Liagavi, farfullando nerviosamente, pero el pope se limitaba a escucharle con atención, sin darle los consejos que Dmitri deseaba. Sus respuestas eran elusivas: «De eso no sé nada... ¿Cómo puedo saberlo?...» Cuando Mitia le habló de sus disputas con su padre acerca de la herencia, el sacerdote no pudo ocultar su inquietud, pues dependia en cierto modo de Fiodor Pavlovitch. Le sorprendió que Mitia llamara Liagavi al campesino Gorstkine, y le explicó que, aunque su nombre era efectivamente Liagavi, le hería profundamente que le llamaran así. «Habrá de llamarle Gorstkine si quiere que le escuche y desea obtener algo de él.»

Esto causó cierta sorpresa a Mitia, el cual explicó que Samsonov le había llamado Liagavi. Al saber esto, el pope cambió de conversación, no queriendo participar sus sospechas a Dmitri, sospechas consistentes en que el detalle de que Samsonov hubiera enviado a Mitia a ver al mujik, llamando a éste Liagavi, indicaba alguna mala intención oculta. Sin embargo, Mitia no tenía tiempo para detenerse en semejantes bagatelas. Seguía su camino, y hasta que llegó a Sukhoi Posielok no se dio cuenta de que había recorrido tres verstas en vez de poco más de una. No manifestó su contrariedad. Entraron en la isba. El guardabosques conocía al padre Ilinski. Ocupaba la mitad de la casa; en la otra mitad, separada de la primera por el vestíbulo, vivía el forastero. Se dirigieron a la habitación de éste alumbrándose con una bujía. La isba estaba excesivamente caldeada por la calefacción. En una mesa de pino había un samovar apagado, una bandeja con varias tazas, una botella de ron vacía, una garrafita de aguardiente en la que quedaba muy poco liquido y un pan blanco. El forastero descansaba en un banco, con una prenda de vestir enrollada debajo de la cabeza a modo de almohada. Roncaba; su sueño era pesado. Mitia se quedó perplejo mirándole.

‑Tendré que despertarlo ‑murmuró, inquieto‑. Es un asunto importante el que me ha traído aquí, y he venido a toda prisa porque quiero regresar hoy mismo.

Se acercó a Liagavi y lo zarandeó, pero sin conseguir despertarlo.

‑Está ebrio ‑dijo Mitia‑. ¿Qué hacer, Dios mío, qué hacer?

Impaciente, empezó a tirarle de las manos, de los pies, a incorporarlo, a sentarlo en el banco; pero tras estas tentativas sólo consiguió oír sordos gruñidos y enérgicas aunque confusas invectivas.

‑Lo mejor que puede usted hacer ‑dijo el sacerdote‑ es esperar. Ahora no logrará que le atienda.

‑Se ha pasado el día bebiendo ‑dijo el guardabosques.

‑¡Si supieran ustedes la situación en que estoy y la necesidad que tengo de hablar con él! ‑exclamó Mitia.

‑Le aconsejo que espere a mañana para hablarle ‑insistió el pope.

‑¿Hasta mañana? ¡Imposible!

Desazonado, se dispuso a seguir sacudiendo al traficante, pero no llegó a hacerlo, al comprender que sería inútil. El sacerdote permanecía mudo; el guardabosques se caía de sueño y su semblante era sombrío.

‑¡Qué tragedias nos reserva la vida! ‑exclamó Mitia, desesperado.

El sudor corría por su rostro. El sacerdote aprovechó un momento en que le vio calmado para hacerle comprender que, aunque consiguiera despertar al traficante, éste, debido a su embriaguez, no estaría en condiciones de hacer ningún trato.

‑Ya que el asunto que le ha traído aquí es tan importante, mejor será que lo deje tranquilo hasta mañana.

Mitia aceptó la sugerencia.

‑Me quedaré aqui, padre; esperaré hasta mañana. Apenas se despierte hablaré con él...

Dirigiéndose al guardabosques, añadió:

‑Ya te pagaré la bujía y mi estancia de una noche en tu casa. No olvidarás a Dmitri Karamazov... ¿Pero usted dónde se acostará, padre?

‑No se preocupe por mí. Regresaré a mi casa en el asno de este amigo ‑y señalaba al guardabosques‑. O sea que adiós y mucha suerte.

El sacerdote hizo lo que había dicho. Montó en el asno y se puso en camino, feliz de haberse librado de Mitia, pero vagamente inquieto, preguntándose si no debería informar al día siguiente a Fiodor Pavlovitch del singular asunto.

«Si no le digo nada, se enojará cuando se entere y me retirará su protección.»

El guardabosques, después de haberse rascado la cabeza, dio media vuelta y, sin decir palabra, se retiró a su dormitorio.

Mitia se sentó en el banco « para esperar la ocasión», según se dijo en su fuero interno. Una profunda angustia, semejante a una densa niebla, lo envolvía. Reflexionaba, pero no conseguía enlazar sus ideas. El cirio ardía, un grillo cantaba, el exceso de calefacción hacia la atmósfera irrespirable. De pronto vio con la imaginación el jardín y la puerta de la casa de su padre. La puerta se abría misteriosamente y Gruchegnka entraba corriendo.

Mitia se levantó de un salto.

‑¡Maldita sea...! ‑murmuró rechinando los dientes.

Luego se acercó maquinalmente al hombre dormido y lo examinó. Era un mujik esquelético, todavía joven, de cabello rizado y perilla roja. Llevaba una blusa de indiana y un chaleco negro, cruzado por la cadena de plata de un reloj oculto en uno de sus bolsillos. Mitia observó aquella cara con verdadero odio. Lo que más le exasperaba era los rizos, sabe Dios por qué. Le humillaba permanecer ante aquel hombre, con su negocio urgente, al que todo lo había sacrificado, mientras él, aquel holgazán, del que dependía su suerte, roncaba como si nada sucediera, como si acabara de llegar de otro mundo.

Mitia perdió la cabeza y se arrojó de nuevo sobre el borracho para intentar sacarlo de su sopor. Lo zarandeó con frenesí a incluso llegó a golpearlo, pero al cabo de unos minutos, viendo que todo era inútil, volvió a sentarse con una amarga sensación de impotencia.

‑¡Qué calamidad! ¡Qué desagradable es todo esto!

Empezaba a dolerle la cabeza.

‑¿Debo renunciar a todo y volver a la ciudad...? No, permaneceré aquí hasta mañana por la mañana... ¿Por qué habré venido? No sé cómo me las arreglaré para regresar... ¡Qué absurdo es todo esto...!

Su dolor de cabeza aumentaba. Mitia permanecía inmóvil. El sueño se iba apoderando de él insensiblemente. Al fin se durmió sentado. Dos horas después le despertó un dolor de cabeza intolerable. Las sienes le latían con violencia.

Tardó mucho en volver a la realidad y darse cuenta de lo que ocurría. Al fin comprendió que su mal consistía en un principio de asfixia debido a las emanaciones de la estufa y que había estado a punto de morir. El mujik seguía roncando. Del cirio quedaba ya muy poco. Mitia profirió un grito y, tambaleándose, corrió hacia el dormitorio del guardabosques. Éste se despertó en seguida y, al enterarse de lo sucedido, se dispuso a cumplir con su deber, pero con una calma que sorprendió y molestó a Mitia.

‑¡Está muerto! ‑exclamó‑. ¡Está muerto! ¡Qué complicación!

Abrieron las ventanas y desembozaron el tubo de la estufa. Mitia fue por un cubo de agua y se remojó la cabeza. Seguidamente empapó un trapo y lo aplicó a la frente de Liagavi. El guardabosques seguía mostrando una indiferencia desdeñosa. Después de abrir la ventana, dijo con acento huraño: « Todo arreglado.» Y volvió a su dormitorio, dejando a Mitia una linterna encendida. Durante media hora, Dmitri estuvo al cuidado del alcohólico. Le renovaba las compresas y estaba dispuesto a velarlo durante toda la noche. Al fin, agotadas sus fuerzas, hubo de sentarse a descansar. Los ojos se le cerraron. Inconscientemente, se echó en el banco y en seguida se sumergió en un profundo sueño.

Se despertó muy tarde, alrededor de las nueve. El sol entraba por las dos ventanas de la isba. El mujik de cabello rizado estaba sentado ante un samovar hirviente y ante otra garrafita de cuyo contenido ya había consumido más de la mitad. Mitia se levantó de un salto y advirtió que el traficante se había vuelto a embriagar. Estuvo un instante mirándolo con los ojos muy abiertos. El bebedor le miraba a su vez, con expresión astuta, flemática a incluso ‑así se lo pareció a Mitia‑ arrogante. Dmitri se arrojó sobre él.

‑¡Perdone!... ¡Escuche!... Ya le habrá dicho el guardabosques que soy el teniente Dmitri Karamazov, hijo del viejo con el que está usted en tratos para talar un bosque.

‑Todo eso... es mentira... ‑repuso inmediatamente el borracho.

‑¿Mentira? Usted conoce a Fiodor Pavlovitch, ¿no?

‑Yo no conozco a ningún Fiodor Pavlovitch ‑balbuceó Liangavi.

‑Usted quiere comprarle la tala de un bosque. Acuérdese, vuelva en sí. Me ha traído aquí el padre Pavel Ilinski. Usted ha escrito a Samsonov y él me ha aconsejado que viniera a verle.

Mitia jadeaba.

‑Todo eso... es mentira... ‑repitió Liangavi tartamudeando.

Mitia sintió que perdía las fuerzas.

‑Oiga, hablo en serio. Usted está bebido, pero puede hablar, razonar... Si no lo hace, seré yo el que acabará por no comprender nada.

‑Tú eres... tintorero.

‑No, no. Yo soy Karamazov, Dmitri Karamazov... Quiero hacerle una proposición, una proposición ventajosísima sobre la tala del bosque.

El beodo se mesaba la barba con un gesto de hombre importante.

‑Tú eres un bribón... Quieres... engañarme.

‑¡Está usted equivocado! ‑gritó Mitia retorciéndose las manos.

El campesino seguía acariciándose la barba. De pronto hizo un guiño y dijo con sorna:

‑Cítame una ley que... permita cometer villanías... Eres un bribón..., un redomado granuja.

Mitia retrocedió con la tristeza reflejada en el rostro. Tuvo la sensación de que había recibido un golpe en la frente, como él mismo dijo más tarde.

De súbito, todo lo vio con claridad. Inmóvil, aturdido, se preguntó cómo un hombre sensato como él había podido creer tantas sinrazones, lanzarse a una aventura tan disparatada, cuidar con tanto afán a Liangavi, ponerle compresas en la frente...

«Este patán está borracho y así estará toda la semana. ¿Para qué he de quedarme esperando? ¿Se habrá burlado de mí Samsonov? Y, a lo mejor, ella... Dios mío, ¿qué he hecho?»

El palurdo le miraba riéndose interiormente. En otras circunstancias, Mitia, incapaz de contener su furor, habría vapuleado a aquel imbécil; pero en aquellos momentos se sentía débil como un niño. Sin pronunciar palabra, cogió su abrigo del banco, se lo puso y pasó a la habitación inmediata. En ella no había nadie. Dmitri dejó sobre la mesa cincuenta copecs por la noche de hospedaje, la bujía y las molestias que había causado. Salió de la isba y se encontró en seguida en pleno bosque. Echó a andar a la ventura, pues ni siquiera se acordaba de si había llegado por el lado derecho o por el izquierdo: estaba tan preocupado, que no había reparado en este detalle.

No sentía ningún deseo de venganza, ni siquiera hacia Samsonov. Avanzaba por el estrecho sendero, trastornada la mente y sin prestar atención al camino que seguía. Un niño lo habría podido derribar, tal era su extenuación. Sin embargo, logró salir del bosque. Los campos segados, desnudos, se extendían hasta perderse de vista.

«Por todas partes la desesperación, la muerte», se dijo y se repitió mientras caminaba.

La suerte quiso que se encontrara en la carretera con un viejo mercader que se dirigía en coche a la estación de Volovia. Le pidió que lo llevara, y el comerciante accedió. En Volovia contrató los caballos que necesitaba para trasladarse a la ciudad. Advirtió que estaba hambriento. Mientras enganchaban los caballos le hicieron una tortilla, que devoró, además de una salchicha y un gran trozo de pan. Después se bebió tres vasitos de aguardiente.

Una vez repuesto, recobró las energías y la lucidez. Los caballos galopaban. Mitia no cesaba de apremiar al cochero mientras imaginaba un nuevo plan «infalible» para procurarse aquel mismo día «el maldito dinero».

‑¡A quien se diga que el destino de un hombre puede depender de tres mil miserables rublos...! ‑exclamó desdeñosamente‑. ¡Todo quedará resuelto hoy!

Si el recuerdo continuo a inquietante de Gruchegnka no se hubiera adueñado de él, incluso se habría sentido feliz. Pero ese recuerdo lo apuñalaba a cada instante.

Al fin llegó a la ciudad y corrió a casa de Gruchegnka.


Capítulo III: Las minas de oro
de Fiódor Dostoyevski


Ésta era la visita de que Gruchegnka había hablado a Rakitine con tanto temor. La joven esperaba un mensaje y se alegraba de que Mitia estuviese ausente, confiando en que éste no regresaría antes de que ella hubiera partido. Y he aquí que de pronto apareció. Ya sabemos todo lo demás. A fin de desorientarlo había ido a casa de Samsonov acompañada por él, con el pretexto de que tenía que hacer unas cuentas al viejo. Y, al despedirse de Mitia, le había hecho prometer que volvería por ella a medianoche. Esto tranquilizó a Dmitri, que se dijo: «Si está en casa de Samsonov, no irá a reunirse con Fiodor Pavlovitch.» Pero añadió en seguida: «A menos que me haya mentido. »

Mitia la creía sincera, pero, cuando estaba lejos de ella, los celos le llevaban a imaginarse que le hacia toda clase de «traiciones». Cuando volvía a su lado estaba trastornado, convencido de su desgracia; pero apenas veía el bello rostro de su amada, se operaba en él un profundo cambio, olvidaba sus sospechas y se avergonzaba de sus celos.

Volvió presuroso a su alojamiento. ¡Tenía tantas cosas que hacer...! Se sentía más animado.

«He de enterarme por Smerdiakov de lo que ocurrió ayer por la noche. ¿Iría Gruchegnka a casa de mi padre? Esto sería horrible.»

Así, aún no había llegado a su casa y ya apuntaban los celos en su inquieto corazón.

¡Los celos!... «Otelo no era celoso; era un hombre confiado», ha dicho Pushkin. Esta observación atestigua la profundidad de nuestro gran poeta. Otelo cree enloquecer cuando ve fracasado su ideal. Pero no acecha escondido, no escucha tras las puertas. Es un hombre confiado. Ha sido necesario que le abran los ojos, que le hablen de la traición con insistencia para que él crea en ella. El verdadero celoso no es así. Es increíble la degradación en que se puede hundir un celoso sin que se lo reproche su conciencia. Y no son siempre almas viles las que proceden de este modo, sino que personas de altos sentimientos y que sienten un amor puro y fervoroso son capaces de acechar desde un escondrijo, comprar miserables espías y entregarse ellas mismas al más innoble espionaje.

Otelo no se habría resignado jamás a sufrir la traición ‑no digo que hubiera perdonado, sino que no se habría resignado‑, aunque era inocente y bueno como un niño.

El verdadero celoso es muy diferente. Es difícil imaginar los extremos de indulgencia a que llegan estos hombres. Los celosos son los que más fácilmente perdonan, bien lo saben las mujeres. Son capaces de perdonar (tras una escena violenta, cierto) la traición casi flagrante, los abrazos y los besos que han visto por sus propios ojos, con tal que sea la última vez, que el rival desaparezca, yéndose al fin del mundo, o que ellos puedan irse con la mujer amada a un lugar donde el otro no pueda encontrarlos. Naturalmente, la reconciliación dura poco, pues, desaparecido el verdadero rival, el celoso inventará otro. ¿Qué valor tiene un amor que obliga a una vigilancia incesante? Ninguno. Pero esto no lo comprenderá jamás el típico celoso.

Como hemos dicho, entre los celosos hay hombres de gran sensibilidad, y lo más sorprendente es que, mientras permanecen al acecho, aun comprendiendo lo vergonzoso de su conducta, no se sienten avergonzados. Cuando se encontraba ante Gruchegnka, Mitia dejaba de ser un hombre celoso y se convertía en un ser noble y confiado, llegando incluso a reprocharse sus mezquinos sentimientos. Esto significaba, sencillamente, que Gruchegnka le inspiraba un amor más puro de lo que él creía, un amor en el que había algo más que sensualidad, algo más que la atracción carnal de que había hablado a Aliocha. Pero apenas se separaba de ella, Dmitri volvía a creerla capaz de cometer las mayores vilezas, las más perversas traiciones, sin sentir el menor remordimiento.

O sea que los celos le atormentaban nuevamente. Por otra parte, no podía perder ni un minuto. Ante todo tenía que procurarse algún dinero, pues los nueve rublos reunidos el día anterior se los había gastado en el viaje, y todos sabemos que sin dinero no se va a ninguna parte. Mitia había pensado en esto cuando regresaba en el carricoche, al mismo tiempo que forjaba su propio plan. Tenía dos excelentes pistolas que nunca había empeñado, por ser objetos de su predilección. En la taberna «La Capital» había trabado conocimiento con un funcionario joven, soltero, hombre acomodado y aficionadísimo a las armas. Compraba pistolas, revólveres, puñales y formaba con ellos panoplias que mostraba con orgullo, mientras explicaba el sistema de algún revólver o pistola, el modo de cargarlo, de disparar, etcétera.

Mitia fue a proponerle el empeño de las pistolas por diez rublos. El funcionario quedó encantado al verlas a intentó comprárselas, pero Mitia se opuso a venderlas. Entonces el funcionario le entregó los diez rublos y le anunció que no le cobraría ningún interés. Se separaron como dos buenos amigos. Mitia se apresuró a trasladarse al pabellón que estaba detrás de la casa de Fiodor Pavlovitch, con el propósito de hablar con Smerdiakov. Pero todo esto sirvió para que se pudiera comprobar nuevamente que tres o cuatro horas antes de producirse cierto suceso del que hablaremos oportunamente, Mitia no tenía dinero, como demostró empeñando sus preciadas pistolas, y que, después de ocurrir el hecho, estaba en posesión de miles de rublos... Pero no nos anticipemos.

Cuando llegó a casa de María Kondratievna, la vecina de Fiodor Pavlovitch, se enteró, consternado, de la enfermedad de Smerdiakov. Le explicaron su caída en el sótano, la crisis que siguió, la visita del médico, la solicitud de Fiodor Pavlovitch... Le informaron también de que su hermano Iván había salido para Moscú aquella misma mañana. Dmitri se dijo que Iván debía de haber pasado por Volovia antes que él. El caso de Smerdiakov lo inquietaba. ¿Qué haría? ¿A quién encargaría que vigilara para informarle? Preguntó ávidamente a las mujeres de la casa si habían observado algo anormal el día anterior. Ellas comprendieron perfectamente lo que quería decir y lo tranquilizaron. «No, no ha ocurrido nada extraordinario.»

Mitia reflexionó: «Hoy convendría vigilar también. ¿Pero dónde: aquí o en casa de Samsonov?» Por su gusto, habría espiado en las dos partes. Además tenía que ejecutar sin pérdida de tiempo el plan «infalible» que había imaginado por el camino. Mitia decidió dedicarle una hora. «En una hora te aclararé todo. Iré a casa de Samsonov para averiguar si Gruchegnka está allí. Después volveré, estaré aquí hasta las once y de nuevo iré a casa de Samsonov para recoger a Gruchegnka.»

Corrió a su casa y, después de haberse arreglado, fue a visitar a la señora de Khokhlakov. Éste era su gran plan. Había decidido pedir prestados tres mil rublos a esta distinguida dama, y estaba seguro de que ella no se los negaría. El lector se asombrará, sin duda, de que Dmitri no hubiera empezado por dirigirse a esta señora de su esfera, en vez de ir a visitar a Samsonov, con el que no había tenido ningún trato jamás. Pero es que, un mes atrás, casi había roto con ella. Además, la conocía poco y sabía que no podía sufrir que él fuese prometido de Catalina Ivanovna. Habría dado cualquier cosa a cambio de que la joven lo dejara y se uniese en matrimonio con Iván Fiodorovitch, «tan instruido y de tan finos modales». Las maneras de Mitia no le gustaban en absoluto. Dmitri se burlaba de ella. Una vez había dicho que la señora de Khokhlakov era tan vivaz y desenvuelta como inculta. Aquella mañana, en el carricoche, había tenido un chispazo de lucidez.

«Esa señora se opone a mi matrimonio con Catalina Ivanovna. En esto se muestra irreductible. Por tanto, no me negará un dinero que me permitirá dejar a Katia a irme de la ciudad para siempre. Cuando a una de esas grandes damas acostumbradas a satisfacer todos sus caprichos se les mete una idea entre ceja y ceja, no se detiene ante nada para lograr sus fines. Además, ¡es tan rica...!»

En el fondo, el plan era el mismo que el anterior, ya que consistía en la renuncia a sus derechos sobre Tchermachnia, no con fines comerciales como en la oferta hecha a Samsonov, no para tentar a la dama con un buen negocio que podía reportarle miles de rublos, sino simplemente como garantía de la deuda. Al concebir esta nueva idea, Mitia se entusiasmó, como le ocurría siempre en el momento en que planeaba una empresa o tomaba una decisión. Todos los proyectos lo apasionaban en el instante en que se le ocurrían.

Sin embargo, al llegar a la escalinata del pórtico sintió un súbito estremecimiento. En este momento comprendió con claridad meridiana que se jugaba su última carta, que un fracaso le dejaría sin más salida que la de «estrangular a alguien para desvalijarlo». Eran las siete y media cuando llamó a la puerta.

Al principio, todo ocurrió a medida de sus deseos. Fue recibido inmediatamente. «Se diría que me esperaba» , pensó. Fue introducido en el salón. La dama apareció en el acto y le dijo que lo estaba esperando.

‑No sabía que tenía usted que venir, por supuesto; pero lo esperaba. Admire mi instinto, Dmitri Fiodorovitch. Contaba con que viniera usted hoy.

‑Es verdaderamente increíble, señora ‑dijo Mitia sentándose torpemente‑. He venido para un asunto muy importante; sí, de extraordinaria importancia..., por lo menos para mí... Verá usted...

‑Todo eso lo sé, Dmitri Fiodorovitch. No se trata de un presentimiento, de una anticuada creencia en los milagros... ¿Ha oído hablar de lo ocurrido al starets Zósimo?... Esta visita era inevitable; usted tenía que venir después de su comportamiento con Catalina Ivanovna.

‑Es un modo de pensar realista, señora... Pero permítame que le explique...

‑Usted lo ha dicho, Dmitri Fiodorovitch: un modo de pensar realista. El realismo es lo único que ahora tiene valor para mí. He perdido la fe en los milagros. ¿Se ha enterado usted de la muerte del starets Zósimo?

‑No, señora, no sabía nada de este asunto ‑repuso Mitia con gesto de sorpresa. Y en seguida pensó en Aliocha.

‑Ha muerto la noche pasada...

‑Señora ‑le interrumpió Mitia‑, yo sólo sé que estoy en una situación desesperada y que, si usted no me ayuda, todo se irá abajo, y yo seré el primero en hundirme. Perdone la vulgaridad de la expresión, pero la fiebre me abrasa.

‑Sí ya sé que está usted como en ascuas. No puede ser de otro modo. Todo lo que usted pueda decirme ya lo sé. Hace tiempo que pienso en su destino, Dmitri Fiodorovitch, que lo observo, que lo estudio. Soy una experimentada doctora en medicina, créame.

‑No lo dudo, señora ‑dijo Mitia, esforzándose en ser amable‑. En cambio, yo soy un enfermo experimentado, y creo que si es cierto que usted observa mi destino con tanto interés, no consentirá que sucumba... En fin permítame que le exponga mi plan..., lo que espero de usted... He venido, señora...

‑Esas explicaciones son innecesarias, carecen de importancia. No será usted el primero que ha recibido mi ayuda, Dmitri Fiodorovitch. ¿Ha oído usted hablar de mi prima Belmessov? Su esposo estaba en la ruina. Pues bien; le aconsejé que se dedicara a la cría de caballos y ahora tiene un próspero negocio. ¿Conoce usted la cría de caballos, Dmitri Fiodorovitch?

‑No, señora; en absoluto ‑exclamó Dmitri levantándose, sin poder reprimir su impaciencia‑. Le suplico que me escuche, señora. Permítame hablar sólo dos minutos para explicarle mi proyecto.

Y viendo que la impulsiva dama se disponía a intervenir de nuevo, Mitia añadió, levantando la voz cuanto pudo, a fin de ahogar la de su interlocutora:

‑¡Estoy desesperado! He venido a pedirle prestados tres mil rublos. Con garantía, con una garantía segura...

‑Ya hablaremos de eso después ‑dijo la señora de Khokhlakov levantando la mano‑. Sé todo lo que va a decirme. Usted me pide tres mil rublos. Yo le daré mucho más, yo lo salvaré, Dmitri Fiodorovitch. Pero tendrá que obedecerme.

Mitia se estremeció.

‑¿De veras hará eso por mi? ‑exclamó, temblando de emoción‑. ¡Dios mío! Ha salvado usted a un hombre de la muerte, del suicidio... Le estaré agradecido eternamente.

‑Le daré mucho más de tres mil rublos ‑repitió la señora de Khokhlakov, sonriendo ante el entusiasmo de Mitia.

‑No me hace falta más. Me basta con la fatídica suma de tres mil rublos. Se lo agradezco en el alma y le ofrezco una sólida garantía. Mi plan es...

‑¡Basta, Dmitri Fiodorovitch! ‑le interrumpió la dama con modestia triunfante de bienhechora‑. Le he prometido salvarle, y lo salvaré como salvé a Belmessov. ¿Qué opina usted de las minas de oro?

‑¿De las minas de oro? Jamás he pensado en eso.

‑Pero aquí estoy yo, que he pensado por usted. Hace un mes que lo vengo observando. Cada vez que le he visto pasar me he dicho: «He aquí un hombre enérgico, cuyo puesto está en las minas.» Me he fijado incluso en su modo de andar, y estoy convencida de que usted descubrirá algún filón.

‑¿Sólo por mi modo de andar, señora?

‑Pues sí. ¿Acaso no cree que se puede deducir el carácter de una persona por su manera de andar? Las ciencias naturales demuestran este hecho. Ya le he dicho que ahora sólo me atengo a la realidad. Desde que me he enterado de lo sucedido en el monasterio (suceso que me ha afectado profundamente), he adoptado el realismo. Desde ahora, siempre procederé con un sentido práctico. Estoy curada del mal del misticismo. «Basta», como ha dicho Turgueniev.

‑Bien, señora; ¿pero qué me dice de esos tres mil rublos que usted me ha ofrecido tan generosamente?...

‑No tiene nada que temer; es como si los tuviera en el bolsillo. Usted tendrá no tres mil, sino tres millones, y muy pronto. Le voy a exponer mi pensamiento. Usted descubrirá una Mitia, ganará millones y cuando regrese, será un hombre de acción capaz de guiarnos hacia el bien. ¡No debemos abandonarlo todo a los judíos! Usted construirá edificios, fundará empresas y se ganará la bendición de los pobres socorriéndolos. Estamos en el siglo del ferrocarril. Usted se atraerá la atención del Ministerio de Hacienda, que, como nadie ignora, está en situación apuradísima. La baja de nuestra moneda me quita el sueño, Dmitri Fiodorovitch. Usted no sabe lo que me preocupan estas cosas.

‑Oiga, señora ‑dijo Mitia, inquieto‑. Seguramente seguiré su prudente consejo... Iré allá lejos..., a las minas de oro..., y cuando vuelva hablaremos... Pero ahora necesito esos tres mil rubios que usted tan generosamente me ha prometido. De ellos depende mi salvación. He de tenerlos hoy mismo. No puedo perder ni siquiera una hora.

‑¡Basta, Dmitri Fiodorovitch basta! Una pregunta: ¿está dispuesto a ir a las minas de oro o no? Respóndame categóricamente.

‑Iré, señora, iré. Iré a donde usted quiera. Pero ahora...

‑Espere.

Se dirigió a una elegante mesa de despacho y empezó a buscar en los cajones.

«¡Los tres mil rublos! ‑pensó Mitia, incapaz de contener su excitación‑. Y me los va a dar ahora mismo, sin ningún documento, sin ninguna formalidad... ¡Qué grandeza de alma!... Es una mujer excelente. Su único defecto es que habla demasiado...»

‑¡Ya lo tengo! ‑exclamó la dama triunfante, mientras volvía al lado de Mitia‑. ¡Ya tengo lo que buscaba!

Era una medallita de plata, con un cordón, de esas que suelen llevarse debajo de la ropa.

‑Me la han mandado de Kiev ‑dijo en un tono de veneración la señora de Khokhlakov‑. Ha tocado las reliquias de Santa Bárbara, la megalomártir. Permítame que cuelgue yo misma esta medalla en su cuello y que lo bendiga en el momento de emprender una vida nueva.

Después de pasarle el cordón por la cabeza, la dama se consideró en el deber de colocar la medalla en el punto debido. Mitia, un tanto molesto, decidió ayudarla. Al fin, la medalla quedó en su sitio.

‑Ahora ya se puede marchar ‑dijo la dama con acento triunfal, y mientras volvía a sentarse.

‑Señora, estoy emocionado... No sé cómo agradecerle tanta atención. Pero... ¡tengo tanta prisa...! Esa suma que usted me ha ofrecido...

En este momento Mitia tuvo una inspiración.

‑Ya que es usted tan buena, señora, permítame que le diga algo que, a lo mejor, ya sabe usted... Amo a cierta joven. He traicionado a Katia, digo, a Catalina Ivanovna. He sido inhumano, innoble... Amo a otra, a una mujer que seguramente usted desprecia, pues la conoce, pero no puedo dejarla. Así, esos tres mil rubios... ‑Abandónelo todo, Dmitri Fiodorovitch ‑le interrumpió, tajante, la dama‑. Y especialmente a las mujeres. Su objetivo son las minas. En ellas no tienen ningún papel las mujeres. Más adelante, cuando usted vuelva célebre y rico, hallará una buena amiga en la más alta sociedad, una compañera joven, moderna, rica y sin prejuicios. Pues entonces el feminismo ya habrá triunfado y la mujer nueva habrá aparecido...

‑Bien, señora; pero no es eso, no es eso lo que... ‑empezó a decir Dmitri, uniendo las palmas de las manos con un gesto de súplica.

‑Sí, Dmitri Fiodorovitch; eso es precisamente lo que usted necesita, lo que le trastorna sin que usted se dé cuenta. A mí me interesa mucho el feminismo. Mi ideal se cifra en el progreso de la mujer, a incluso en su papel político en un porvenir inmediato. Tengo una hija, Dmitri Fiodorovitch, cosa que todos parecen olvidar. Una vez escribí a Chtchedrine hablándole del problema feminista. Este escritor me ha abierto tan amplios horizontes acerca de la misión de la mujer en la vida, que el año pasado le dirigí estas dos líneas: «Le estrecho contra mi corazón y le beso en nombre de la mujer moderna. ¡Adelante!» Y firmé: «Una madre.» Estuve a punto de firmar: «Una madre contemporánea», pero vacilé, y al fin me limité a escribir: «Una madre.» Resultaba más serio, Dmitri Fiodorovitch. Además, la palabra «contemporánea» habría podido recordarle El Contemporáneo, cosa desagradable, dado el rigor de la censura actual. Pero, por Dios, ¿qué le sucede?

De pie y con las manos enlazadas, Mitia suplicó:

‑Señora, si no quiere que me eche a llorar, entrégueme ya lo que tan generosamente...

‑¡Llore, Dmitri Fiodorovitch, llore! Las lágrimas le allanarán el camino que le espera. El llanto es un agradable desahogo. Más adelante, cuando vuelva de Siberia, reiremos juntos...

‑¡Oiga! ‑bramó Mitia‑. Le suplico por última vez que me diga si puede entregarme hoy mismo la cantidad prometida, o cuándo he de venir a buscarla.

‑¿Qué cantidad, Dmitri Fiodorovitch?

‑Los tres mil rublos que tan generosamente se ha comprometido a prestarme.

‑¿Prestarle tres mil rublos? ¡Yo no le he hecho tal promesa! ‑exclamó la dama, sorprendida.

‑¿Cómo que no? Usted me ha dicho que podía considerar que ya los tenía en el bolsillo.

‑¡Ah, ya caigo! Usted no ha comprendido, Dmitri Fiodorovitch. Me refería al producto de las minas. Le he prometido mucho más de tres mil rublos, pero sólo pensaba en las minas.

‑Entonces, ¿no puedo contar con los tres mil rublos?

‑No dispongo de esa cantidad. Ando muy mal de dinero; Dmitri Fiodorovitch. Incluso tengo ciertas dificultades con mi administrador. Me he visto obligada a pedir un préstamo de quinientos rublos a Miusov. Además, aunque los tuviera, no se los prestaría. Mi norma es no prestar dinero a nadie. Quien tiene deudores, tiene guerra. Y a usted, menos que a nadie le dejaría dinero, porque le aprecio y deseo salvarlo. Su salvación está en las minas, y sólo en las minas.

‑¡Al diablo! ‑aulló Mitia, dando un tremendo puñetazo en la mesa.

‑¡Dios mío! ‑exclamó la señora de Khokhlakov, corriendo a refugiarse en el otro extremo del salón.

En un arranque de despecho, Mitia escupió y salió precipitadamente de la casa. Iba a través de las tinieblas como un loco, golpeándose el pecho en el mismo punto en que se lo había golpeado dos días atrás, cuando se encontró con Aliocha en el camino. ¿A qué venían estos golpes idénticos y en el mismo sitio? ¿Qué significaban? Mitia no había revelado a nadie, ni siquiera a Aliocha, su secreto, que implicaba el deshonor, la perdición, a incluso el suicidio, ya que Dmitri había resuelto quitarse la vida si no encontraba los tres mil rublos que debía a Catalina Ivanovna, y si no podía saldar esta deuda, arrancando de su pecho, de aquel lugar de su pecho, el deshonor que gravitaba en él y torturaba su conciencia.

Todo esto se aclarará muy pronto. Fracasada su última esperanza, aquel hombre fuerte y enérgico se echó a llorar como un niño. Caminaba inconsciente secándose las lágrimas con el puño, cuando tropezó con alguien. Una vieja se tambaleó por efecto del choque, lanzando un grito agudo.

‑¡Lleve cuidado, hombre de Dios! Casi me mata.

Mitia, tras observar a la vieja en la oscuridad, exclamó:

‑¡Ah! ¿Es usted?

Era la sirvienta de Samsonov, la vieja a la que Dmitri había conocido el día anterior.

La buena mujer cambió de tono.

‑¿Y usted quién es, señor?

‑¿No sirve usted en casa del señor Samsonov?

‑Sí, pero no recuerdo quién es usted.

‑Oiga: ¿está en este momento en casa de su señor Agrafena Alejandrovna? Yo mismo la he llevado allí.

‑Ha ido, señor, pero se ha marchado en seguida.

‑¿Que se ha marchado?

‑Sí, ha estado poco tiempo. Ha divertido al señor Samsonov con uno de sus cuentos y se ha ido.

‑¡Mientes, arpía! ‑exclamó Mitia.

‑¡Señor! Yo... ‑balbuceó la vieja.

Pero Mitia había desaparecido ya. Corrió como un rayo a casa de Gruchegnka. Ésta había partido para Mokroie hacía un cuarto de hora. Fenia estaba en la cocina con la cocinera cuando llegó el «capitán». Al verle, Fenia lanzó un grito.

‑¿Por qué gritas? ‑preguntó Mitia‑. ¿Dónde está tu dueña?

Y sin esperar la respuesta de Fenia, que estaba paralizada por el terror, cayó de rodillas a sus pies.

‑¡Fenia, por Dios, por nuestro Señor Jesucristo, dime dónde está tu ama!

‑No lo sé, querido Dmitri Fiodorovitch; no lo sé en absoluto. Aunque me matara usted, no podría decírselo, porque no lo sé. Usted salió con ella de aquí...

‑Pero ha vuelto.

‑No, no ha vuelto: se lo juro por todos los santos.

‑¡Mientes! ‑rugió Mitia‑. Me basta verte temblar, para saber dónde está.

Y echó a correr. Fenia, que aún temblaba de espanto, se felicitó de haber salido tan bien librada, pues comprendía que la cosa habría sido mucho peor para ella si Mitia hubiera dispuesto de tiempo.

Cuando Dmitri se marchó, hizo algo que asombró a las dos mujeres. En la mesa había un mortero con su mano de cobre. Mitia, cuando ya había abierto la puerta, cogió la mano y se la guardó en el bolsillo.

Fenia gimió:

‑¡Dios mío! Ese hombre va a matar a alguien.


Capítulo IV: Tinieblas
de Fiódor Dostoyevski


¿Hacia dónde corría? No es difícil suponerlo.

‑¿Adónde puede haber ido sino a casa del viejo? Es evidente que desde el domicilio de Samsonov se ha trasladado al de mi padre. Toda esta intriga salta a la vista.

Las ideas entrechocaban en su mente. No pasó por el patio de María Kondratievna.

‑No conviene sembrar la alarma. Esa mujer debe de ser cómplice, lo mismo que Smerdiakov. ¡Todos están comprados!

Había tomado una resolución y no se volvería atrás. Dio un gran rodeo, pasó por el puentecillo y desembocó en una callejuela de la parte posterior. La calleja, deshabitada y desierta, estaba limitada por un lado por la cerca de un campo de cereales, y por el otro, por la empalizada que rodeaba el jardín de Fiodor Pavlovitch.

Para escalar esta empalizada, Mitia escogió el mismo sitio que había utilizado muchos años atrás, según se contaba, Elisabeth Smerdiachtchaia.

‑Si ella pudo saltar por aquí ‑se dijo Mitia‑, ¿por qué no he de poder yo?

De un salto, consiguió aferrarse a lo alto de la empalizada. Trepó y pronto se vio sentado a horcajadas sobre las maderas.

Cerca estaban las estufas, pero Mitia sólo observaba las ventanas iluminadas de la casa.

‑Hay luz en el dormitorio del viejo. Gruchegnka está alli.

Y saltó al jardín. Sabía que Grigori y Smerdiakov estaban enfermos, que nadie podía oírlo. Sin embargo, con instintivo impulso permaneció inmóvil y aguzó el oído. Un silencio de muerte le rodeaba. La calma era absoluta; no se movía ni una hoja... «Sólo se oye el silencio...» Este verso acudió a su memoria. Luego se dijo:

‑Con tal que no me haya oído nadie... Creo que, en efecto, nadie me ha oído.

Se deslizó por el césped con paso felino, aguzando el oído, sorteando los árboles y la maleza. Se acordó de que había debajo de las ventanas densos macizos de saúcos y viburnos. La puerta que daba acceso al jardín por el lado izquierdo estaba cerrada: lo comprobó al pasar. Al fin, llegó a los macizos y allí se escondió. Contenía la respiración. «Hay que esperar. Si me han oído, estarán escuchando. Quiera Dios que no me entren ganas de toser o estornudar. »

Esperó un par de minutos. El corazón le latía con violencia. Respiraba con dificultad.

‑Estas palpitaciones no cesarán. No puedo seguir esperando.

Permanecía en la sombra, tras un macizo iluminado a medias.

‑¡Qué rojas son las bayas de los viburnos! ‑murmuró maquinalmente.

Deslizándose como un lobo, se acercó a la ventana y se levantó sobre las puntas de los pies. Entonces pudo ver el dormitorio de Fiodor Pavlovitch. Era una habitación pequeña y dividida en dos por biombos rojos, «chinos», como les llamaba su propietario.

«Gruchegnka está detrás de los biombos», pensó Mitia.

Y se dedicó a observar a su padre. Éste llevaba una bata que Dmitri no había visto nunca. Era de seda, listada, y de su cintura pendían cordones rematados por borlas. El cuello, doblado y abierto, dejaba ver una elegante camisa de fina holanda y botones de oro. En la cabeza llevaba el pañuelo rojo con el que le había visto Aliocha. Mitia pensó: «Se ha puesto guapo.» Fiodor Pavlovitch estaba cerca de la ventana, pensativo. De pronto, se acercó a la mesa, se sirvió medio vaso de coñac y se lo bebió. Después lanzó un hondo suspiro y otra vez estuvo inmóvil unos instantes. Después se acercó, distraído, al espejo, y levantó el pañuelo para examinar los cardenales y las costras que tenía en la cabeza.

«Seguramente está solo.»

Fiodor Pavlovitch se separó del espejo y se acercó de nuevo a la ventana. Mitia retrocedió para refugiarse en la oscuridad.

«¿Estará Gruchegnka durmiendo detrás de los biombos?»

Fiodor Pavlovitch se retiró de la ventana.

«La espera a ella ‑se dijo Mitia‑. No hay razón para que aceche en la oscuridad. O sea, que ella no está aquí. La impaciencia devora al viejo.»

Mitia volvió a mirar por la ventana. Fiodor Pavlovitch estaba sentado ante la mesa. Su tristeza era evidente. Apoyó el codo en la mesa y la cara en la mano. Mitia lo observaba ávidamente.

«Está solo, completamente solo. Si Gruchegnka estuviera aquí, no estaría tan triste.»

Y, aunque parezca mentira, le molestó que Gruchegnka no estuviera allí.

«No es su ausencia lo que me inquieta ‑se explicó a sí mismo‑, sino no saber qué hacer.»

Posteriormente, Mitia recordó que discurría con perfecta lucidez en aquellos momentos y que se daba cuenta de todo.

Su ansiedad procedía de la incertidumbre que se había apoderado de él y que iba en continuo aumento.

« ¿Está aquí o no está?»

De pronto, tomó una resolución. Extendió el brazo y dio unos golpes en la ventana: primero dos golpes espaciados, después tres golpes que se sucedieron rápidamente: era la señal convenida con Smerdiakov para que éste anunciara al viejo la llegada de Gruchegnka. Fiodor Pavlovitch se estremeció, levantó la cabeza y corrió a la ventana. Mitia volvió a ocultarse en las sombras. Fiodor Pavlovitch abrió la ventana y se asomó.

‑Gruchegnka, ¿eres tú? ‑preguntó con voz alterada‑. ¿Dónde estás, querida, ángel mío? ¿Dónde estás?

Jadeaba de emoción. «Está solo», se dijo Mitia.

‑¿Dónde estás? ‑repitió el viejo, con todo el busto fuera de la ventana para poder mirar en todas direcciones‑. Ven. Tengo un regalo para ti. Ven y lo verás.

«El sobre con los tres mil rublos», pensó Dmitri.

‑¿Pero dónde estás? ¿Acaso en la puerta? Voy a abrir.

Fiodor Pavlovitch estuvo a punto de caer al exterior al mirar hacia la puerta que daba al jardín. Escrutaba las tinieblas. Se dispuso a ir a abrir sin esperar la respuesta de Gruchegnka. Mitia no vaciló. La luz interior permitía ver claramente el perfil detestado del viejo, con su prominente nuez, su nariz curvada, sus labios que sonreían en una espera voluptuosa. Una cólera infernal hirvió de pronto en el corazón de Mitia. «He aquí mi rival, mi verdugo.» Sintió un impulso irresistible: el arrebato de que le había hablado a Aliocha cuando conversaron en el pabellón.

‑¿Pero serías capaz de matar a tu padre? ‑había preguntado Aliocha.

‑No lo sé ‑había contestado Mitia‑. Tal vez lo mate, tal vez no. Temo no poder soportar la visión de su cara en algún momento. Detesto su nuez, su nariz, sus ojos, su sonrisa impúdica. Me repugnan. Esto es lo que me inquieta. No podré contenerme.

La repugnancia llegó a lo intolerable. Mitia, fuera de si, sacó del bolsillo la mano de cobre del mortero.

«Dios me salvó en aquel momento», dijo más tarde Mitia. Y así fue, pues en aquel preciso instante el dolor despertó a Grigori. Antes de acostarse se había aplicado el remedio de que Smerdiakov hablara a Iván Fiodorovitch. Después de haberse frotado, ayudado por su mujer, con una mezcla de aguardiente y una infusión secreta fortísima, se bebió el resto del brebaje mientras Marta Ignatievna murmuraba una oración. Ella también tomó algunos sorbos, y, como no tenía costumbre de beber, se durmió profundamente al lado de su marido. De pronto, éste se despertó, estuvo pensativo un momento y, aunque sentía un dolor agudo en los riñones, se levantó y se vistió a toda prisa. Tal vez le parecía vergonzoso estar durmiendo cuando la casa no tenía guardián en «momentos de peligro». Smerdiakov permanecía inmóvil, agotado. «No tiene ninguna resistencia», pensó Grigori mientras le dirigía una mirada. Y, gimiendo, salió al soportal. Sólo quería echar una mirada desde allí, pues no tenía fuerzas para ir más lejos, a causa del tremendo dolor que sentía en los riñones y en la pierna derecha. De pronto, se acordó de que no había cerrado con llave la puertecilla del jardín. Era un hombre minucioso, esclavo del orden establecido y de los hábitos inveterados. Cojeando y entre contorsiones de dolor, bajó las gradas del porche y se dirigió al jardín. La puerta estaba abierta de par en par. Entró maquinalmente. Había creído oír o ver a alguien. Pero miró a la izquierda y sólo vio la ventana abierta: en ella no había nadie. «¿Por qué la habrá dejado abierta? No estamos en verano», pensó Grigori.

En este momento vio frente a él, a unos cuarenta pasos, una sombra que corría velozmente. Alguien huía en la oscuridad. Grigori lanzó una exclamación y, olvidándose de su lumbago, emprendió la persecución del fugitivo. Como conocía el jardín mejor que el intruso, pudo ganar tiempo atajando. Mitia se dirigió a las estufas, las contorneó y llegó a la empalizada. Grigori, que no lo había perdido de vista, lo alcanzó en el momento en que empezaba a trepar por la cerca. Fuera de sí, Grigori profirió un grito y se aferró a una pierna de Dmitri. Su presentimiento se había cumplido. Reconoció al intruso en el acto: era él, el «miserable parricida».

‑¡Parricida! ‑gritó el viejo.

Pero no pudo decir nada más: un certero golpe, y Grigori se desplomó como fulminado. Mitia saltó de nuevo al jardín y se inclinó sobre el cuerpo inerte. Maquinalmente, se deshizo de la mano del mortero, que arrojó cayera donde cayese, y que quedó a dos pasos de él, en el sendero, expuesto a la vista de todos.

Grigori tenía la cabeza llena de sangre. Mitia le palpó el cráneo, preguntándose con ansiedad si se lo habría roto, o si el viejo sufriría una simple conmoción. La sangre tibia fluía, impregnando los dedos temblorosos del agresor. Mitia sacó del bolsillo el inmaculado pañuelo que había cogido para ir a visitar a la señora de Khokhlakov y lo aplicó a la herida con la insensata esperanza de contener la sangre. El pañuelo se empapó en seguida. «Bueno, ¿y qué? ¡Cualquiera sabe lo que tiene! Pero eso poco importa ahora... Desde luego, lleva lo suyo. Si lo he matado, peor para él.»

Dijo esto en voz alta. Acto seguido, trepó por la empalizada y saltó a la callejuela. Echó a correr, al mismo tiempo que se guardaba en el bolsillo de la levita el pañuelo ensangrentado que llevaba en su mano derecha. Algunos transeúntes recordaron más tarde que aquella noche se habían cruzado con un hombre que corría como alma que lleva el diablo.

Se dirigió de nuevo a casa de la señora de Morozov. Cuando se había marchado después de su primera visita, Fenia se había apresurado a hablar con el portero, Nazario Ivanovitch, para suplicarle que no dejara entrar a Dmitri ni aquel día ni el siguiente. Una vez enterado de todo, el portero prometió hacer lo que se le decía, pero hubo de subir a casa del propietario, que en aquel momento le llamó. Dejó al cuidado de la portería a un sobrino suyo, muchacho de veinte años, recién llegado del campo, pero se le olvidó advertirle que no debía permitir la entrada al capitán. El muchacho, que guardaba buen recuerdo de las propinas de Mitia, lo reconoció y le abrió la puerta. Con amable sonrisa, se apresuró a informarle de que Agrafena Alejandrovna no estaba en casa. Mitia se quedó clavado en el suelo.

‑Entonces, ¿dónde está?

‑Pronto hará unas dos horas que ha partido para Mokroie con Timoteo.

‑¿Para Mokroie? ‑exclamó Mitia‑. ¿Y a qué ha ido a Mokroie?

‑No lo sé exactamente, pero creo que a reunirse con un oficial que le ha enviado un coche.

Mitia irrumpió en la casa como un loco.


Capítulo V: Una resolución repentina
de Fiódor Dostoyevski


Fenia estaba en la cocina con su abuela. Las dos se disponían a acostarse. Confiando en el portero, no habían cerrado la puerta del piso. Apenas entró, Mitia cogió a Fenia del cuello.

‑¡Dime en seguida con quién está ella en Mokroie! ‑rugió. Las dos mujeres lanzaron un grito.

‑Se lo diré todo, querido Dmitri Fiodorovitch; se lo diré todo ‑farfulló Fenia, aterrada‑. No le ocultaré nada. La señorita ha ido a ver a un oficial.

‑¿A qué oficial?

‑Al que la abandonó hace cinco años.

Dmitri soltó a Fenia. Estaba pálido como un muerto y se había quedado sin voz. Las pocas palabras de Fenia habían sido suficientes para que lo comprendiera todo, para que adivinara incluso el menor detalle. La pobre Fenia era incapaz de darse cuenta de nada. Se había sentado en un cajón y alli permanecía temblorosa, con los brazos tendidos como para defenderse, sin hacer el menor movimiento. Con las pupilas dilatadas por el espanto, miraba a Mitia y a sus manos manchadas de sangre. Por el camino debía de habérselas llevado a la cara para limpiarse el sudor, pues tenía manchas de sangre en la frente y en el carrillo derecho. Fenia estaba a punto de sufrir un ataque de nervios. La vieja cocinera parecía que iba a perder el conocimiento. Tenía los ojos desorbitados como una loca. Dmitri se sentó maquinalmente al lado de Fenia.

Estaba sumido en una especie de estupor. Sus pensamientos erraban. Pero todo estaba claro para él. La misma Gruchegnka le había hablado de aquel oficial y de la carta suya que había recibido un mes atrás. Así, desde hacía un mes, la intriga amorosa se había urdido sin que él se diera cuenta. El oficial había llegado antes de que él le hubiera vuelto a dedicar un solo pensamiento. ¿Cómo se explicaba esto? La pregunta surgió ante él como un monstruo y lo dejó helado de espanto.

De pronto, olvidándose de que acababa de maltratar y horrorizar a Fenia, empezó a hablarle con gran amabilidad, a interrogarla con una precisión impropia del estado de turbación en que se hallaba. Aunque miraba con estupor las manos ensangrentadas del capitán, Fenia respondió a sus preguntas sin vacilar. Poco a poco, fue sintiendo cierta satisfacción al darle toda clase de detalles, y no para aumentar su pena, sino porque sentía un sincero deseo de prestarle un servicio. Le habló de la visita de Rakitine y Aliocha, mientras ella vigilaba, y le repitió el saludo que su dueña le había enviado a él, a Mitia, por medio de su hermano menor. «Dile que no olvide nunca que lo he querido durante una hora.»

Mitia sonrió. Sus mejillas se tiñeron de rojo. Fenia, en la que el temor había cedido el puesto a la curiosidad, se aventuró a decirle:

‑Tiene las manos manchadas de sangre, Dmitri Fiodorovitch.

‑Sí ‑dijo Mitia, mirándose las manos distraídamente.

Hubo un largo silencio. Mitia ya no estaba asustado. Acababa de tomar una resolución irrevocable. Se levantó, pensativo.

‑¿Qué le ha pasado, señor? ‑insistió Fenia, señalando las ensangrentadas manos.

La joven hablaba con acento compasivo, como le habría hablado una persona de la familia que compartiera su pesar.

‑Es sangre, Fenia, sangre humana... ¿Por qué la habré derramado, Dios mío?... Allí hay una barrera ‑dijo, mirando a la muchacha como si le planteara un enigma‑, una barrera alta y temible. Pero mañana, al salir el sol, Mitia la franqueará. Tú no sabes, Fenia, de qué barrera te hablo. No importa. Mañana lo sabrás todo. Ahora, adiós. No seré un obstáculo para ella: sé retirarme a tiempo... ¡Vive, adorada mía! Me has amado durante una hora. Acuérdate siempre de Mitia Karamazov.

Salió como un rayo, dejando a Fenia más asustada que poco antes, cuando se había arrojado sobre ella.

Diez minutos después estaba en casa de Piotr Ilitch Perkhotine, el funcionario al que había empeñado las pistolas por diez rubios. Eran ya las ocho y media, y Piotr Ilitch, después de haber tomado el té, acababa de ponerse la levita para ir a jugar una partida de billar. Al ver a Mitia con la cara manchada de sangre, exclamó:

‑¡Dios mío! ¿Qué quiere usted?

‑Se lo diré en dos palabras ‑farfulló Dmitri‑. He venido a desempeñar mis pistolas. Gracias. Démelas en seguida, Piotr Ilitch. Tengo mucha prisa.

Piotr Ilitch estaba cada vez más asombrado. Mitia tenía en su mano derecha un fajo de billetes. Lo hacía de un modo insólito, con el brazo extendido, como para mostrarlo a todo el mundo. Sin duda, lo había llevado así por la calle. Esto se deducía de lo dicho después por la joven sirvienta que le había abierto la puerta. Los billetes que exhibía con sus dedos ensangrentados eran de cien rublos. Piotr Ilitch explicó algún tiempo después a los curiosos que no pudo calcular con una simple ojeada cuántos billetes eran, que la suma lo mismo podía ser de mil que de tres mil rublos. Y de Dmitri dijo que «aunque no bebido, no se hallaba en estado normal. Daba muestras de agitación y estaba distraído, absorto, como si tratase de resolver algún problema sin conseguirlo. Todo lo hacía apresuradamente y sus respuestas eran rápidas y extrañas. En ciertos momentos no mostraba la menor aflicción, sino que, por el contrario, su semblante irradiaba alegría.»

‑¿Pero qué le ha pasado? ‑repitió Piotr Ilitch, que seguía mirándole con estupor‑. ¿Cómo se ha ensuciado de ese modo? ¿Se ha caído? Mire cómo va.

Lo llevó ante un espejo. Al ver su sucio rostro, se estremeció y frunció el entrecejo.

‑¡Esto me faltaba!

Pasó los billetes de su mano derecha a la izquierda y sacó el pañuelo. La sangre se había coagulado y pegado, de modo que el pañuelo era una bola compacta. Mitia lo arrojó al suelo.

‑¿Puede darme un trapo para que me limpie la cara?

‑¿De modo que no está herido? Lo mejor que puede hacer es lavarse. Venga; le daré agua.

‑Buena idea. ¿Pero dónde dejo esto?

Y señalaba, turbado, el fajo de billetes, como si Piotr Ilitch tuviera la obligación de decirle dónde debía ponerlos.

‑Guárdeselos en el bolsillo. O déjelos en la mesa. Nadie los tocará.

‑¿En el bolsillo? Es verdad... En fin, esto no tiene importancia. Ante todo, terminemos el asunto de las pistolas. Devuélvamelas: aquí tiene el dinero. Las necesito. Y tengo mucha prisa.

Separó del fajo el primer billete y se lo ofreció.

‑No tengo cambio ‑dijo Piotr Ilitch‑. ¿No lleva los diez rubios sueltos?

‑No.

Pero, de pronto, tuvo un gesto de duda y empezó a repasar los billetes del fajo.

‑Todos son iguales ‑dijo mientras dirigía a Piotr Ilitch una mirada interrogadora.

‑¿De dónde ha sacado usted esa fortuna? ‑preguntó el funcionario. Y añadió‑: Enviaré al muchacho a casa de los Plotnikov. Cierran tarde. Allí nos darán cambio. ¡Micha! ‑llamó, dirigiendo su voz al vestíbulo.

Mitia exclamó:

‑¡Buena idea! ¡A casa de los Plotnikov!

Y, encarándose con el muchacho, que acababa de llegar, continuó:

‑Mitia, corre a casa de los Plotnikov. Diles que Dmitri Fiodorovitch les envía un saludo a irá en seguida. Otra cosa. Di que me preparen champán, tres docenas de botellas, embaladas como la otra vez, cuando partí para Mokroie... Entonces me llevé cuatro docenas ‑continuó, dirigiéndose a Piotr Ilitch‑. De modo que ellos están al corriente, Micha. Que pongan también queso, pastas de Estrasburgo, tímalos ahumados, jamón, caviar y, en fin, todo lo que tengan. Un paquete de cien o ciento veinte rublos. Que no se olviden de poner bombones, peras, dos o tres sandías..., no, con una habrá bastante...; chocolate, caramelos...; en fin, como la otra vez. Todo esto y el champán debe de subir unos trescientos rublos... No te olvides de nada, Micha... Se llama Micha, ¿verdad? ‑preguntó a Piotr Ilitch.

‑Oiga ‑dijo el funcionario, inquieto‑, será mejor que vaya usted mismo a hacer esos encargos. Micha se armará un lío.

‑Tengo miedo... ¡Micha, te ganarás una buena propina! Si me haces bien el encargo, te daré diez rublos... Anda, ve en seguida... Que no se olviden del champán y que pongan también coñac, vino tinto y vino blanco..., en fin, todo como la última vez... Ellos ya saben lo que pusieron.

‑Escuche ‑dijo Piotr Ilitch, perdida la paciencia‑: el muchacho irá sólo a cambiar y a decir que no cierren. Después irá usted a hacer. sus encargos. Déle el billete. ¡Anda, Micha; ve a cambiarlo!

Piotr Ilitch tenía prisa en que se marchara, pues el muchacho miraba a Mitia con la boca abierta y los ojos más abiertos aún, al ver las manchas de sangre y el fajo de billetes en las manos temblorosas de Dmitri. Seguramente, apenas había comprendido las instrucciones de Mitia.

‑Y ahora va usted a lavarse ‑dijo enérgicamente Piotr Ilitch‑. Deje el dinero en la mesa o guárdeselo en el bolsillo... Así. Quítese la levita.

Le ayudó a quitársela y exclamó:

‑¡Mire! Su levita está manchada de sangre.

‑¡Bah! Una manchita en la manga y otra aquí, en el sitio del pañuelo. La sangre habrá atravesado el forro del bolsillo; al sentarme en casa de Fenia. Sin duda, me he sentado sobre el pañuelo.

Mitia hablaba en tono confiado. Piotr Ilitch lo escuchaba, ceñudo.

‑Pronto se le ha pasado a usted el disgusto. Porque ha habido pelea, ¿verdad? ‑preguntó el funcionario.

Tenía en la mano un jarro de agua que iba vertiendo poco a poco. Mitia se lavaba precipitadamente y mal. Sus manos temblaban. Piotr Ilitch le dijo que se volviera a enjabonar y que se frotara bien. Había cobrado sobre Mitia un ascendiente que aumentaba por momentos. Debemos advertir que el funcionario no tenía temor a nada ni a nadie.

‑Lávese bien las uñas... Y ahora la cara... Aquí, cerca de la sien... Y la oreja... ¿Con esa camisa va a salir a la calle? Tiene manchada toda la manga derecha.

‑Es verdad ‑dijo Mitia, mirándola.

‑Póngase otra.

‑No tengo tiempo... Pero verá lo que voy a hacer.

Dmitri hablaba en el mismo tono confiado. Se secó y se puso la levita.

‑Me doblaré el puño... Así. ¿Ve usted? Ya no se ve la mancha.

‑Ahora dígame qué le ha pasado. ¿Se ha vuelto a pelear en la taberna? ¿Ha vuelto a pegarle al capitán?

Piotr Ilitch dijo esto último en un tono de reproche. Añadió:

‑¿A quién ha vapuleado ahora?... ¿O ha matado?...

‑Eso no tiene importancia.

‑¿Usted cree?

Mitia se echó a reír.

‑No vale la pena. Acabo de liquidar a una vieja.

‑¿A una vieja? ¿Dice usted que la ha... liquidado?

‑No, a un viejo ‑rectificó Mitia, que miraba a Piotr Ilitch, riendo y gritando como si hablara con un sordo.

‑Sea viejo o vieja, el caso es que ha matado usted a una persona.

‑Después de luchar, nos hemos reconciliado. Hemos quedado buenos amigos... ¡Qué imbécil! Seguramente, a estas horas me ha perdonado. Si se hubiera vuelto a levantar, no me habría perdonado nunca.

Mitia guiñó un ojo y exclamó:

‑¡Que se vaya al diablo! ¿Oye, Piotr Ilitch?

Y terminó con acento tajante:

‑Dejemos esto. No quiero hablar por ahora de este asunto.

‑Permítame que le diga que usted está siempre dispuesto a pelearse con cualquiera, como se peleó aquella vez, por cosas insignificantes, con el capitán. Acaba usted de librar una de sus batallas, y sólo piensa en pasar una noche de jarana. Eso lo retrata... ¡Tres docenas de botellas de champán! ¿Para qué tanta bebida?

‑¡Bueno! Déme usted las pistolas. El tiempo apremia. Me encanta hablar con usted, querido, pero se me ha echado el tiempo encima... ¿Dónde he dejado el dinero, qué he hecho de él?

Se registraba los bolsillos.

‑Lo ha dejado en la mesa. ¿Ya no se acuerda? ¡Qué poca atención presta usted al dinero! Aquí tiene sus pistolas. Es extraño: a las cinco las empeña por diez rublos, y ahora tiene en su poder dos o tres mil.

‑Tres mil ‑dijo Mitia riendo. Y se guardó los billetes en un bolsillo.

‑Si los lleva ahí, los perderá. ¿Acaso ha encontrado usted una Mitia de oro?

‑¿Una Mitia de oro? ‑exclamó Dmitri, echándose a reír‑. ¿Quiere ir a las minas? Conozco a una dama que le dará tres mil rubios sólo por eso, por ir a las minas. A mi me los ha dado: ya ve usted hasta qué punto está chiflada por los filones. ¿La conoce usted? Es la señora de Khokhlakov.

‑Sólo la conozco de vista. Pero me han hablado mucho de ella. ¿De modo que esos tres mil rublos se los ha dado, sin más ni más, esa señora? ‑preguntó Piotr Ilitch, mirando a Mitia con un gesto de incredulidad.

‑Mañana, cuando salga el sol, cuando resplandezca el eternamente joven Febo, vaya, alabando a Dios, a casa de esa señora y pregúntele si me ha dado este dinero o no me lo ha dado. Así se convencerá.

‑Ignoro las relaciones que tiene usted con ella. Pero habla con tanta seguridad, que le creo... Ahora tiene usted dinero; no es, pues, fácil que Siberia le atraiga. Hablando en serio, ¿adónde va usted?

‑A Mokroie.

‑¿A Mokroie? ¡Pero si ya es de noche!

‑Lo tenía todo y ya no tengo nada ‑dijo Mitia con un repentino impulso.

‑¿Cómo que no tiene nada? Tiene miles de rublos. ¿A eso llama nada?

‑No hablo del dinero. El dinero me importa un comino. Me refiero a las mujeres... «Las mujeres son crédulas, versátiles, depravadas», dijo Ulises. Y tenía razón.

‑No le comprendo.

‑¿Acaso estoy borracho?

‑Su mal es más grave.

‑Hablo de la embriaguez moral, Piotr Ilitch, de la embriaguez moral... En fin, dejemos esto.

‑¿Pero qué hace? ¿Va a cargar esa pistola?

‑Sí, voy a cargarla.

Y así lo hizo. Abrió la caja y llenó de pólvora un cartucho. Antes de poner la bala en el cañón, la examinó a la luz de la bujía.

‑¿Por qué mira la bala? ‑preguntó Piotr Ilitch, sin poder contener su curiosidad.

‑Porque si. Se me ha ocurrido de pronto... ¿Es que usted, si fuera a alojarse una bala en los sesos, no la miraría antes de ponerla en la pistola?

‑No, ¿para qué?

‑Como me ha de atravesar el cráneo, me interesa ver cómo está hecha... Pero todo esto son tonterías... Ya está ‑añadió, después de colocar la bala y calzarla con estopa‑. ¡Qué absurdo es todo esto, Piotr Ilitch!... Déme un trozo de papel.

‑Aquí lo tiene.

‑No, un papel blanco: es para escribir... Éste va bien.

Mitia cogió una pluma y escribió dos líneas rápidamente. Después dobló y volvió a doblar el papel y se lo guardó en un bolsillo del chaleco. Luego colocó las pistolas en la caja y cerró ésta con llave. Con la caja en la mano, se quedó mirando a Piotr Ilitch, risueño y pensativo.

‑Vamos ‑dijo.

‑¿Adónde? No, espere.

Y preguntó, inquieto:

‑¿De modo que piensa usted alojarse esa bala en el cráneo?

‑¡Oh, no! ¡Qué tontería! Quiero vivir, adoro la vida. Adoro al dorado Febo y a su cálida luz... Mi querido Piotr Ilitch, ¿eres capaz de apartarte?

‑¿De apartarme?

‑Sí, de dejar el camino libre, tanto al ser querido como al odiado, y decirle: «Que Dios os guarde. Pasad. Yo...»

‑¿Usted qué?

‑Basta. Vamos.

‑Le aseguro que lo contaré todo para que no lo dejen salir de la ciudad ‑dijo Piotr Ilitch, mirándole fijamente‑. ¿A qué va a Mokroie?

‑A ver a una mujer... Y ya no puedo decirte más, Piotr hitch.

‑Oiga, aunque es usted un poco salvaje, me ha sido simpático y estoy inquieto.

‑Gracias, hermano. Dices que soy un salvaje, y es verdad. No ceso de repetírmelo: « ¡Salvaje, salvaje! »... ¡Hombre, aquí está Micha! Ya no me acordaba de él.

Micha llegó corriendo. Tenía en la mano un fajo de billetes pequeños y dijo que todo iba bien en casa de los Plotnikov. Se estaban embalando las botellas, el pescado, el té. Todo lo encontraría listo Dmitri Fiodorovitch. Éste entregó un billete de diez rublos al funcionario y ofreció otro a Micha.

‑No, no haga eso en mi casa. No hay que acostumbrar mal a la servidumbre. Administre bien su dinero. Si lo malgasta, mañana volverá a pedirme diez rublos prestados. ¿Por qué se los pone en ese bolsillo? ¿No ve que los va a perder?

‑Oye, querido; acompáñame a Mokroie.

‑No tengo nada que hacer en Mokroie.

‑¡Vamos a vaciar una botella, a beber por la vida! ¡Tengo sed de beber contigo! Nunca hemos bebido juntos.

‑De acuerdo. Vamos a la taberna.

‑Vamos. Pero a casa de los Plotnikov, a la trastienda. ¿Quieres que te plantee un enigma?

‑Bueno.

Mitia sacó del bolsillo del chaleco el papel que había escrito y lo mostró al funcionario. En él se leía claramente: « Me castigo: he de expiar mi vida entera.»

‑Desde luego, lo contaré a alguien ‑dijo Piotr hitch.

‑No tendrás tiempo, querido. Anda, vamos a beber.

El establecimiento de los Plotnikov ‑ricos comerciantes‑ estaba cerca de casa de Piotr Ilitch, en una esquina de la misma calle. Era la mejor tienda de comestibles de la localidad. En ella había de todo, como en los grandes comercios de la capital: vino de las bodegas de los Hermanos leliseiev, fruta de todas las clases, tabaco, té, café, etcétera. Contaba con tres empleados y dos chicos para transportar los pedidos. Nuestra comarca se empobrecía, los propietarios se dispersaban, el comercio languidecía, pero la tienda de los Plotnikov no cesaba de prosperar, ya que sus productos eran indispensables para el público.

Estaban esperando a Mitia con impaciencia, pues se acordaban de que tres o cuatro semanas atrás había hecho compras por valor de varios centenares de rublos (al contado: a crédito no le habrían vendido nada). Aquella vez, como ésta, tenía en la mano un grueso fajo de billetes grandes que repartía a derecha a izquierda sin ajustar precios ni preocuparse por la importancia de las compras. En la ciudad se decía que en aquel viaje a Mokroie con Gruchegnka había despilfarrado tres mil rublos en veinticuatro horas y que había regresado sin un céntimo. Contrató a una orquesta de cíngaros que tenían su campamento en los alrededores de la ciudad, y los músicos se aprovecharon de su embriaguez para sacarle el dinero y beber sin tasa vinos de los mejores. Entre risas se contaba que en Mokroie había obsequiado con champán a los campesinos, y con bombones y pastas a las campesinas. Estos alegres comentarios se hacían sobre todo en la taberna, pero siempre en ausencia de Mitia, medida prudente, pues se recordaba que, según dijo el propio Dmitri, la única compensación que había obtenido de esta escapada con Gruchegnka había sido que ella «le permitiese besarle los pies».

Cuando Mitia y Piotr Ilitch llegaron al establecimiento, ya esperaba ante la puerta un coche tirado por tres caballos. Éstos llevaban collares de cascabeles y el coche estaba alfombrado. Lo conducía un cochero llamado Andrés. Ya se había llenado una caja de comestibles, y sólo se esperaba que llegase el comprador para cerrarla y cargarla en el coche.

Piotr Ilitch exclamó, asombrado:

‑¿Cómo es que está aquí esta troika?

‑Cuando iba a tu casa, me he encontrado con Andrés y le he dicho que viniera directamente aquí. No hay tiempo que perder. El viaje anterior lo hice con Timoteo, pero esta vez Timoteo ha partido ya con una maravillosa viajera. ¿Crees que nos llevan mucha delantera, Andrés?

‑Una hora a lo sumo ‑se apresuró a contestar Andrés, un hombre seco, de cabello rojo y que estaba en la plenitud de la edad‑. Sé cómo va Timoteo y le aseguro, Dmitri Fiodorovitch, que lo llevaré a la velocidad necesaria para que la ventaja no aumente.

‑Te daré cincuenta rublos de propina si llegamos sólo una hora después que Timoteo.

‑Le respondo de ello, Dmitri Fiodorovitch.

Mitia daba órdenes con visibles muestras de agitación, de un modo extraño a incongruente. Piotr Ilitch se preparó para intervenir en el momento oportuno.

‑Por valor de cuatrocientos rublos, como la vez pasada ‑dispuso Dmitri‑. Cuatro docenas de botellas de champán. Ni una menos.

‑¿Para qué tantas? ‑preguntó Piotr Ilitch‑. ¡Un momento! ‑exclamó seguidamente‑. ¿Qué hay en esa caja? No es posible que eso valga cuatrocientos rublos.

Los empleados lo rodearon deshaciéndose en amabilidades y le explicaron que en aquella primera caja sólo había «lo necesario para empezar»: media docena de botellas de champán, entremeses, bombones, etc. La parte principal del pedido se enviaría aparte, como la otra vez, en un coche de tres caballos que llegaría a Mokroie una hora después, a lo sumo, que Dmitri Fiodorovitch.

‑Que no pase más de una hora ‑dijo Mitia‑. Y pongan bombones y caramelos a discreción. A las muchachas de Mokroie les gustan mucho.

‑De acuerdo en que pongan una buena cantidad de caramelos. ¿Pero por qué cuatro docenas de botellas? Una habría sido suficiente.

El funcionario dijo esto un tanto enfurecido. Después empezó a regatear y exigió que se extendiera una factura. Sin embargo, sólo logró salvar un centenar de rublos. Los vendedores reconocieron que la mercancía comprada no valía más de trescientos rublos.

De pronto, pareció cambiar de opinión.

‑¿Pero a mí qué me importa todo esto? ‑exclamó‑. ¡Vete al diablo! ¡Derrocha esos billetes que has ganado sin ningún esfuerzo!

‑¡No te enfades, hombre! No hay que ser tan tacaño ‑dijo Mitia, llevándoselo a la trastienda‑. Vamos a beber. Me encantan los buenos chicos como tú.

Mitia se sentó ante una mesita cubierta por un mantel no del todo limpio. Piotr Ilitch se sentó frente a él y le sirvieron champán . Les preguntaron si querían ostras, las primeras que habían recibido. Estaban recién cogidas.

‑¡Al diablo las ostras! ‑exclamó groseramente Piotr Ilitch‑. No quiero ostras; no quiero nada.

‑No hay tiempo para comer ostras ‑dijo Mitia‑. Por otra parte, no tengo apetito. Ya sabes, amigo mío, que nunca me ha gustado el desorden.

‑¿Ah, no? ¡Válgame Dios! Tres docenas de botellas de champán para los vagabundos. ¡Eso es una locura!

‑No me refiero a ese orden, sino al orden superior. Un orden que en mí no existe... En fin, como todo ha terminado, no hay que preocuparse. Es demasiado tarde. Toda mi vida ha sido desordenada; ya es hora de que la ordene. Como ve, domino el retruécano.

‑Lo que veo es que estás divagando.

‑«¡Gloria al Altísimo en el mundo! ¡Gloria al Altísimo en mí!»... Estos versos, mejor dicho, estas lágrimas, se escaparon de mi alma un día. Sí, los compuse yo, pero no cuando arrastraba al capitán tirando de su barba.

‑¿A qué viene nombrar ahora al capitán?

‑No lo sé. ¡Pero qué importa! Cuando todo termina, todo va a parar al mismo total.

‑Tus pistolas me tienen preocupado.

‑¡Bah! Bebe y no pienses en nada. Amo la vida, y la he amado mucho, hasta el hastío. Bebamos por la vida, querido... ¿Cómo puedo estar contento? Soy vil, mi vileza me atormenta, y, sin embargo, estoy contento. Bendigo la creación, estoy dispuesto a bendecir a Dios y a sus obras, pero... he de destruir en mi un mal insecto que ataca a las vidas ajenas. ¡Bebamos por la vida, hermano! ¿Hay algo más hermoso? Bebamos también por la reina de las reinas.

‑Bien. Bebamos por la vida y por tu reina.

Vaciaron un vaso. Mitia, pese a su exaltación, estaba triste. Parecía presa de una abrumadora preocupación.

‑¡Micha! ¡Mira, es Micha! ¡Eh, ven aquí! Toma, querido. Bébete este vaso por Febo, el de los cabellos de oro, que aparecerá en el cielo mañana.

‑¡No tienes por qué invitarlo! ‑exclamó Piotr Ilitch, irritado.

‑Déjame, quiero hacerlo.

El funcionario gruñó. Micha bebió, saludó y se fue.

‑Así se acordará más tiempo de mí... ¡Amo a una mujer! ¿Qué es la mujer? La reina de la tierra. Estoy triste, Piotr Ilitch. Acuérdate de Hamlet. «Estoy triste, muy triste, Horacio... ¡Ay, pobre Yorick! » Tal vez yo sea Yorick. Sí, ahora soy Yorick, y muy pronto seré un cráneo.

Piotr Ilitch lo escuchaba en silencio. Mitia enmudeció también.

De pronto, Dmitri vio en un rincón un pequeño sabueso de ojos negros y preguntó distraídamente a un empleado:

‑¿Qué hace aquel perro allí?

‑Es el sabueso de Varvara Alexeievna, nuestra patrona ‑repuso el empleado‑. Se lo ha dejado aquí por olvido. Habrá que llevárselo a su casa.

‑Yo vi uno muy parecido en el cuartel ‑dijo Mitia, absorto‑. Pero aquél tenía rota una de las patas traseras... Oye, Piotr Ilitch; quiero hacerte una pregunta: ¿has robado alguna vez?

‑¿A qué viene eso?

‑Me refiero al dinero que se quita a otro, no al Tesoro Público, al que todo el mundo defrauda lo que puede, y tú el primero, sin duda...

‑¡Vete al diablo!

‑Dime: ¿has quitado el monedero del bolsillo a alguien?

‑No; lo que hice una vez fue quitar veinte copecs a mi madre. Entonces yo tenía nueve años. Estaban sobre la mesa. Los cogí disimuladamente y cerré la mano con todas mis fuerzas.

‑¿Y qué pasó?

‑Nadie había visto nada. Los tuve tres días. Después, avergonzado, lo confesé todo y los devolví.

‑¿Y entonces...?

‑Me dieron una paliza, naturalmente... Pero oye: ¿es que tú has robado?

‑Sí ‑dijo Mitia guiñando un ojo con expresión maligna.

‑¿Qué has robado?

‑Veinte copecs a mi madre. Yo tenía entonces nueve años. Los devolvítres días después.

Y se levantó.

‑Dmitri Fiodorovitch, dése prisa ‑gritó Andrés desde la puerta de la tienda.

‑¿Ya está todo preparado? Pues vámonos... Pero antes denle a Andrés un vaso de vodka. ¡En seguida! Y después coñac... Esta caja, la de las pistolas, hay que ponerla en el asiento... Adiós, Piotr Ilitch. No guardes mal recuerdo de mi.

‑¿Volverás mañana?

‑Sí, sin falta.

‑¿Quiere pagar, señor? ‑preguntó un empleado.

‑¿Pagar? ¡Claro que si!

Volvió a sacar del bolsillo el fajo de billetes, echó tres sobre el mostrador y salió. Todos lo acompañaron hasta la puerta para decirle adiós y desearle un buen viaje. Andrés, con la voz enronquecida por el coñac que acababa de beber, subió al pescante. Cuando el viajero iba a poner el pie en el estribo, apareció Fenia corriendo, jadeante. La joven enlazó las manos y se arrojó a los pies de Mitia.

‑¡Por Dios, Dmitri Fiodorovitch, no pierda a Agrafena Alejandrovna! ¡Y pensar que he sido yo la que se lo ha contado todo!... No haga ningún daño a ese hombre. Es su primer amor.

Ha vuelto de Siberia para casarse con ella. No destroce una vida. ‑Ahora lo comprendo todo ‑murmuró Piotr Ilitch‑. Va a haber jaleo en Mokroie. Dmitri Fiodorovitch, dame en seguida esas pistolas; demuéstrame que eres un hombre.

‑¿Las pistolas? No te preocupes. Las arrojaré a un charco por el camino... Fenia, levántate; no quiero verte a mis pies. Desde hoy, Mitia, ese necio, no volverá a hacer daño a nadie.

Subió al coche y, ya sentado, exclamó:

‑Te he ofendido hace unos momentos, Fenia. Perdóname. Y si no quieres perdonarme, allá tú... ¡A mi qué!... ¡En marcha, Andrés!

Restalló el látigo. Los cascabeles empezaron a sonar.

‑¡Hasta la vuelta, Piotr Ilitch! ¡Para ti mi última lágrima!

Piotr Ilitch se dijo en su fuero interno:

«No está borracho. Sin embargo, ¡qué tonterías dice!»

Tenía el propósito de permanecer allí para vigilar el envío del resto de las provisiones, sospechando que querían engañar a Dmitri; pero, de pronto, se indignó contra si mismo, escupió en un arranque de rabia y se fue a jugar al billar.

«Es un imbécil, pero, en el fondo, un buen muchacho ‑se iba diciendo por el camino‑. Ya he oído hablar de ese oficial de Gruchegnka. Si en verdad ha llegado... ¡Ah, esas pistolas!... ¿Pero qué diablo me importa a mi? ¿Acaso soy su ayo? ¡Que haga lo que quiera! Además, no pasará nada. Esos bravucones no hacen más que vociferar. Se pegarán cuando estén borrachos y luego harán las paces. ¡Vaya unos hombres de acción!... ¿Qué querrá decir eso de “apartarse” y de “castigarse”?... No, no hará nada. Estando bebido en la taberna, ha dicho mil veces cosas parecidas. Ahora está “embriagado moralmente”... ¿Acaso soy yo su mentor? Sin duda, se ha pegado con alguien. Tenía la cara manchada de sangre. ¿Con quién se habrá peleado?... Y aún estaba más manchado su pañuelo..., ese asqueroso pañuelo que ha estado en el suelo de mi habitación... ¡Puf!»

Llegó al café de pésimo humor. Empezó en seguida una partida de billar y esto le alegró un poco. Jugó otra partida y contó que Dmitri Fiodorovitch Karamazov volvía a tener dinero, que le había visto en las manos tres mil rublos, que Mitia se había ido por segunda vez a Mokroie para divertirse con Gruchegnka. Sus amigos le escucharon con gesto de grave curiosidad. Incluso interrumpieron el juego.

‑¿Tres mil rublos? ¿De dónde los habrá sacado?

Contestando a las preguntas de sus camaradas, dijo que el dinero se lo había dado la señora de Khokhlakov, cosa que no creyó nadie.

‑¿No habrá desvalijado a su padre?

‑¡Tres mil rublos! Eso es muy sospechoso.

‑Una vez dijo en voz alta que mataría a su padre. Todos los que estábamos aquí lo oímos. Y entonces habló de tres mil rublos.

Piotr Ilitch se mostró lacónico desde este momento. No dijo nada de la sangre que manchaba la cara y las manos de Mitia, aunque tuvo la intención de hablar de ello cuando se dirigía al café. Empezó la tercera partida. Poco a poco fueron cesando los comentarios sobre Mitia. Cuando esta partida terminó, Piotr Ilitch dijo que ya estaba cansado de jugar. Dejó el taco en su sitio y se marchó sin cenac, aunque había llegado decidido a hacerlo.

Cuando estuvo en la calle, se quedó perplejo. ¿Debía ir a casa de Fiodor Pavlovitch para enterarse de si había ocurrido algo? «No ‑decidió‑, no iré a despertar a la gente y a armar escándalo por una tontería como ésta. ¡Yo no soy al ayo de Dmitri, demonio!

Ya se dirigía a su casa, de muy mal humor por cierto, cuando se acordó de Fenia.

‑¡Qué tonto he sido! ‑exclamó mentalmente‑. Debí interrogarla. Así ya lo sabría todo.

Y experimentó un deseo tan vivo de ver a Fenia, de hablar con ella, de informarse de todo, que a medio camino cambió de rumbo y se dirigió a casa de la señora de Morozov, donde vivía Gruchegnka. Al llamar a la puerta, el golpe resonó en el silencio de la noche, lo que le produjo cierta irritación. Nadie contestó; todos los habitantes de la casa dormían profundamente.

‑Voy a alarmar a todo el barrio ‑se dijo.

Esta idea le desagradó; pero Piotr Ilitch, lejos de marcharse, siguió llamando. Los golpes resonaban en toda la calle.

‑¡Me han de abrir! ‑exclamó, indignado contra sí mismo y mientras repetía las llamadas con creciente violencia.


Capítulo VI: ¡Aquí estoy yo!
de Fiódor Dostoyevski


Entre tanto, Dmitri Fiodorovitch volaba hacia Mokroie. La distancia era de unas veinte verstas, y la troika de Andrés avanzaba tan velozmente, que no tardaría más de hora y cuarto en llegar al término de su viaje. La rapidez de la carrera tonificó a Mitia.

Soplaba un fresco vientecillo. El cielo estaba estrellado. Era la misma noche y tal vez la misma hora en que Aliocha, tendiendo los brazos sobre la tierra, juraba, exaltado, amarla siempre.

Mitia sentía una profunda turbación y una viva ansiedad. Sin embargo, en aquellos momentos sólo pensaba en su ídolo, al que quería ver por última vez. No tuvo un instante de duda. Parecerá mentira que aquel celoso no sintiera celos de aquel personaje recién llegado, de aquel rival surgido repentinamente. Tal vez no le habría ocurrido lo mismo con otro rival cualquiera, tal vez la sangre de éste habría manchado sus manos; pero por aquel primer amante no sentía odio, celos ni animosidad de ninguna especie. Verdad es que aún no lo había visto.

«Los dos tienen derecho a amarse, un derecho que nadie les puede discutir. Es el primer amor de Gruchegnka. Han transcurrido cinco años y ella no lo ha olvidado. Por lo tanto, durante este tiempo, Gruchegnka sólo lo ha amado a él. ¿Por qué habré venido a interponerme entre ellos?... ¡Apártate, Mitia! ¡Deja el camino libre! Por otra parte, todo ha terminado ya, todo habría terminado aunque ese oficial no hubiera existido.»

En estos términos había expresado sus sensaciones si hubiera podido razonar. Pero no estaba en condiciones de discurrir. Su resolución había sido espontánea. La había concebido y adoptado con todas sus consecuencias cuando Fenia había empezado a explicarle lo sucedido. Sin embargo, experimentaba una turbación dolorosa: aquella resolución no le había devuelto la calma. Lo atormentaban demasiados recuerdos. En algunos momentos esto le parecía incomprensible. Él mismo había escrito su sentencia: «Me castigo, expío» ... El papel estaba en un bolsillo de su chaleco; la pistola, cargada. Había decidido terminar al día siguiente, cuando los primeros rayos de «Febo, el de los cabellos de oro», iluminaran la tierra. Pero no podía borrar su abrumador pasado, y esta idea lo desesperaba. Hubo un momento en que tuvo la tentación de detener el coche, bajar, sacar la pistola y acabar de una vez, sin esperar a que llegase el día. Pero fue una idea fugaz. La troika devoraba kilómetros, y cuanto más se acercaba al final del viaje, más enteramente se apoderaba del corazón de Mitia el recuerdo de Gruchegnka, desterrando de su mente todos los pensamientos tristes. Anhelaba verla aunque fuese desde lejos.

«Veré ‑se decía‑ cómo se porta ahora con él, con su primer ampr. No necesito más.»

Nunca había amado tanto a aquella mujer fatal. Era un sentimiento nuevo, jamás experimentado, que iba desde la imploración, hasta el deseo de desaparecer ante ella.

‑¡Y desapareceré! ‑profirió de pronto, como soñando.

Hacia ya una hora que habían partido. Mitia callaba. Andrés, aunque era hablador, no había dicho palabra. Se limitaba a estimular a sus caballos bayos, flacos, pero animosos.

De pronto, Mitia exclamó, profundamente inquieto:

‑¿Y si están durmiendo, Andrés?

No había pensado en esta posibilidad.

‑No sería extraño, Dmitri Fiodorovitch.

Mitia frunció el ceño. Mientras él viajaba con los más nobles sentimientos, los otros dormían tranquilamente... Incluso ella..., y, a lo mejor, con él. La cólera hervía en su corazón.

‑¡Corre, Andrés! ¡Fustiga a los caballos!

‑Podría ser que no se hubieran acostado todavía ‑dijo Andrés tras una pausa‑. Hace un momento, Timoteo ha dicho que había allí mucha gente.

‑¿En la posta?

‑No, en el parador de los Plastunov.

‑Mucha gente. ¿Pero qué gente?

La inesperada noticia había afectado profundamente a Mitia. ‑Según Timoteo, todos son señores. Dos de la ciudad, que no sé quiénes son; dos forasteros, y me parece que otro. Creo que están jugado a las cartas.

‑¿A las cartas?

‑Por eso le digo tal vez que estén despiertos. No deben de ser más de las once.

‑¡Fustiga, Andrés, fustiga! ‑insistió Mitia, nervioso.

Nuevo silencio. Al fin, dijo Andrés:

‑Quisiera hacerle una pregunta, señor. Pero temo que se moleste.

‑Habla.

‑Hace un momento, Fedosia Marcovna le ha pedido de rodillas que no haga ningún daño a su señorita ni a otra persona; pero veo que no me parece usted muy dispuesto a hacer lo que Fedosia desea. Perdóneme, señor, si mi conciencia me ha llevado a decir una tontería.

Mitia lo aferró con violencia por los hombros.

‑Tú eres el cochero, ¿no?

‑Sí.

‑Entonces debes saber que es necesario dejar el camino libre. Porque sea uno cochero y quiera pasar, no tiene ningún derecho a atropellar a la gente. No, cochero, no hay que atropellar a nadie, no hay que destrozar las vidas ajenas. Si tú lo has hecho, si tú has roto la vida de alguien, castígate a ti mismo, ¡vete de este mundo!

Mitia hablaba con exaltación inaudita. A pesar de su asombro, Andrés siguió conversando.

‑Tiene usted toda la razón, Dmitri Fiodorovitch. No hay que hacer daño a nadie. Y tampoco a los animales, ya que también son criaturas de Dios. Pongamos los caballos como ejemplo. Hay cocheros que los maltratan brutalmente. No hay freno para su crueldad. Llevan una marcha infernal.

‑¡Infernal! ‑exclamó Mitia lanzando una repentina carcajada, y, cogiendo de nuevo al cochero por los hombros, añadió‑: Dime, Andrés, alma sencilla: ¿crees que Dmitri Fiodorovitch Karamazov irá al infierno?

‑No lo sé. Eso depende de usted... Oiga, señor: cuando murió el Hijo de Dios en la cruz, se fue derecho al infierno y libertó a todos los condenados. Y el demonio gimió ante la idea de que ya no iría al infierno ningún pecador. Entonces Nuestro Señor le dijo: «No te lamentes; albergarás grandes señores, políticos de altura, jueces, personas opulentas. Como siempre. Y así será hasta que Yo vuelva.» Éstas fueron sus palabras.

‑Bonita leyenda popular. ¡Fustiga al caballo de la izquierda!

‑Ya sabe, señor, quiénes están destinados al infierno. A usted le miramos como a un niño pequeño. Es usted un hombre violento, pero Dios le perdonará por su simplicidad.

‑¿Me perdonarás también tú, Andrés?

‑¿Yo? Usted no me ha hecho nada.

‑No me entiendes. Digo que si me perdonas tú solo en nombre de todos..., ahora, en el camino... Contesta, alma sencilla.

‑¡Oh señor; qué cosas tan raras dice! Me da usted miedo.

Mitia ni siquiera lo oyó. Exaltado, siguió diciendo:

‑Señor, recíbeme con toda mi iniquidad; no me juzgues. Permíteme pasar sin juicio, pues ya me he condenado yo mismo; no me juzgues, Dios mío, porque te amo. Soy vil, pero te amo. Incluso desde el infierno, si me envías allí, proclamaré este amor eternamente. Pero déjame terminar de querer aquí abajo..., sólo durante cinco horas más, hasta la salida de tu sol... Adoro a la reina de mi alma; es un amor que no puedo acallar. Tú me ves enteramente, tal como soy. Caeré de rodillas ante ella y le diré: «Tienes razón en querer seguir tu camino. Adiós; olvida a tu víctima; no te inquietes lo más mínimo por mí.»

‑¡Makroie! ‑gritó Andrés señalando el pueblo con el látigo.

En medio de la oscuridad de la noche se percibía la masa negra de las casas, que ocupaban una extensión considerable. Makroie tenía dos mil habitantes, pero a aquella hora el pueblo dormía. Sólo algunas luces dispersas taladraban las sombras.

‑¡De prisa, Andrés; estamos llegando! ‑exclamó Mitia, defirante.

Andrés señaló el parador de los Plastunov, situado a la entrada del pueblo y cuyas seis ventanas, que daban a la calle, estaban iluminadas.

‑Allí hay gente despierta ‑dijo.

‑¡Sí, gente despierta! ‑afirmó Mitia, cada vez más excitado‑. ¡Haz mucho ruido, Andrés! ¡A galope! ¡Que se oigan los cascabeles! ¡Que todo el mundo sepa que llego yo! ¡Yo, yo en persona!

Acuciado por Andrés, la troika empezó a galopar y llegó con gran ruido al pie del pórtico del parador, donde el cochero detuvo a los rendidos caballos.

Mitia se apeó de un salto. En este preciso momento, el dueño del parador, que iba a acostarse, se asomó para ver quién llegaba con tanta prisa.

Aunque había amasado ya una fortuna, Trifón Borisytch se aprovechaba de la alegre generosidad de los disipadores. Recordaba que el mes anterior había ganado en un solo día trescientos rublos gracias a una de las francachelas de Dmitri Fiodorovitch con Gruchegnka. De aquí que ahora lo recibiera con alegría y servil amabilidad: presentía un nuevo negocio al ver la resolución con que Mitia se había dirigido a la entrada del parador.

‑Dígame, Dmitri Fiodorovitch, ¿a qué se debe el honor de tenerlo de nuevo entre nosotros?

‑Un momento, Trifón Borisytch. Ante todo quiero saber dónde está ella.

Trifón le dirigió una mirada penetrante. Comprendió la pregunta.

‑Se refiere a Agrafena Alejandrovna, ¿verdad? Está aquí.

‑¿Con quién?

‑Con varios viajeros... Uno de ellos es un funcionario polaco. Se deduce de su modo de hablar. Éste debe de haber sido el que la ha hecho venir. Hay otro que, al parecer, es su compañero de viaje. Son todos muy correctos.

‑¿Es gente rica? ¿Están de francachela?

‑No, Dmitri Fiodorovitch.

‑¿Quiénes son los demás?

‑Dos señores de la ciudad, que se han detenido aquí al regresar de Tchernaia. El más joven es pariente del señor Miusov. No me acuerdo de su nombre. Al otro debe de conocerlo usted. Es el señor Maximov, ese propietario que fue en peregrinación al monasterio de la localidad en que usted vive.

‑¿Eso es todo?

‑Eso es todo.

‑No necesito más, Trifón Borisytch. Ahora dígame: ¿qué hace ella?

‑Acaba de llegar y está con ellos.

‑¿Está contenta? ¿Se ríe?

‑No; más que contenta, parece aburrida... Hace un momento acariciaba el pelo del más joven.

‑¿Del polaco? ¿Del oficial?

‑Ese no es joven ni oficial. No, no me refiero a él, sino al sobrino de Miusov. No recuerdo cómo se llama.

‑¿Kalganov?

‑Eso es: Kalganov.

‑Bien, ya veremos lo que hago. ¿Están jugando a las cartas?

‑Han jugado. Después han tomado té. El funcionario ha pedido licores.

‑Con eso basta, Trifón Borisytch; con eso basta, querido. Ya veré lo que decido. ¿Hay cíngaros?

‑No se ven por ninguna parte, Dmitri Fiodorovitch. Las autoridades los han expulsado. Pero hay judíos que tocan la cítara y el violín. Aunque es tarde, los puedo llamar.

‑Eso: hazlos venir. Y que se levanten las chicas. Sobre todo, María, pero también Irene y Stepanide. Hay doscientos rublos para el coro.

‑Por doscientos rublos sería yo capaz de traerle al pueblo entero, aunque todo el mundo está durmiendo a estas horas. Pero no vale la pena malgastar el dinero por semejantes brutos. Usted repartió cigarros entre nuestros mozos, y ahora apestan, los muy bribones. En cuanto a las muchachas, están llenas de piojos. Prefiero hacer levantar gratis a las mías, que acaban de acostarse. Las despertaré a puntapiés, y ellas le contarán todo lo que usted quiera. ¡A quien se le diga que dio champán a los mendigos...!

Trifón Borisytch no tenía queja de Mitia. La vez anterior le había escamoteado media docena de botellas de champán y se guardó un billete de cien rublos que vio abandonado sobre la mesa.

‑¿Recuerda, Trifón Borisytch, que la otra vez me gasté más de mil rublos?

‑¿Cómo no me he de acordar? Contando todas las visitas, usted se ha dejado aquí lo menos tres mil rublos.

‑Pues bien, con una cantidad igual vengo esta vez. Mira.

Y puso ante los ojos de Trifón Borisytch su fajo de billetes de banco.

‑Y oye lo que voy a decirte: dentro de una hora llegarán toda clase de provisiones, vinos y golosinas. Tendrás que llevar todo esto arriba. En el coche traigo una caja. La abriremos en seguida, para que todo el mundo beba champán. Y, sobre todo, que no falten las chicas. María es la primera que debe venir.

Sacó de debajo del asiento del coche la caja de las pistolas.

‑Aquí tienes tu dinero, Andrés: quince rublos por el viaje y cincuenta de propina por tu buen servicio. Así te acordarás siempre del infantil Karamazov.

‑Me da miedo, señor. Cinco rublos de propina son más que suficientes. No tomaré ni un céntimo más. Trifón Borisytch será testigo. Perdóneme estas necias palabras, pero...

‑¿De qué tienes miedo? ‑le dijo Mitia mirándolo de pies a cabeza‑. ¡Bien, ya que así lo quieres, toma y vete al diablo!

Le arrojó cinco rublos.

‑Y ahora, Trifón Borisytch, llévame a un sitio desde donde pueda ver sin que me vean. ¿Dónde están? ¿En la habitación azul?

Trifón Borisytch miró a Mitia con inquietud, pero al fin decidió obedecerle. Lo condujo al vestíbulo, luego entró solo en una habitación inmediata a la que ocupaban sus clientes y retiró la bujía. Hecho esto, introdujo a Mitia y lo colocó en un rincón, desde donde podía observar al grupo sin ser visto. Pero a Mitia no le fue posible estar observando mucho tiempo. Apenas vio a Gruchegnka, su corazón se desbocó y se nubló su vista. La joven estaba sentada en un sillón cerca de la mesa. A su lado, en el canapé, el joven y encantador Kalganov. Gruchegnka tenía en la suya la mano de Kalganov y reía, mientras él hablaba, sin mirarla, con Maxilnov, que ocupaba otro asiento frente a la joven. En el canapé estaba él, y a su lado, en una silla, había otro hombre. El del canapé fumaba en pipa. Era de escasa estatura, pero fornido, de cara ancha y semblante adusto. Su compañero pareció a Dmitri un hombre de altura considerable... Pero Mitia no pudo seguir mirando. Le faltaba la respiración. No estuvo en su rincón más de un minuto. Dejó la caja de las pistolas sobre la cómoda y, con el corazón destrozado, pasó a la habitación azul.

Gruchegnka profirió un grito ahogado. Fue la primera que lo vio.


Capítulo VII: El de antaño
de Fiódor Dostoyevski


Mitiá se acercó a la mesa a grandes zancadas.

‑Señores ‑empezó a decir en voz muy alta, pero tartamudeando a cada palabra‑, yo... Bueno, no pasará nada; no tengan miedo.

Se volvió hacia Gruchegnka, que se había inclinado sobre Kalganov, aferrándose a su brazo, y repitió:

‑Nada, no pasará nada... Voy de viaje... Me marcharé mañana, apenas se levante el día... Señores, ¿me permiten ustedes que permanezca en esta habitación, haciéndoles compañía; sólo hasta mañana por la mañana?

Dirigió estas últimas palabras al personaje sentado en el canapé. Éste retiró lentamente la pipa de su boca y dijo con grave expresión:

‑Panie, esto es una reunión particular. Hay otras habitaciones.

‑¡Pero si es Dmitri Fiodorovitch! ‑exclamó Kalganov‑. ¡Bien venido! ¡Siéntese!

‑¡Buenas noches, mi querido amigo! ‑dijo Mitia al punto, rebosante de alegría y tendiéndole la mano por encima de la mesa‑. ¡Siempre he sentido por usted la más profunda estimación!

Kalganov profirió un «¡Ay!» y exclamó riendo:

‑¡Me ha hecho usted polvo los dedos!

‑Así debe estrecharse la mano ‑dijo Gruchegnka con un esbozo de sonrisa.

La joven había deducido de la actitud de Mitia que éste no armaría escándalo, y lo observaba con una curiosidad no exenta de inquietud. Había en él algo que la sorprendía. Nunca habría creído que se condujera de aquel modo.

‑Buenas noches ‑dijo con empalagosa amabilidad el terrateniente Maximov.

Mitia se volvió hacia él.

‑¿Usted aquí? ¡Encantado de verle!... Escúchenme, señores...

Se dirigía otra vez al pan de la pipa, por considerarlo el principal personaje de la reunión.

‑Señores, quiero pasar mis últimas horas en esta habitación, donde he adorado a mi reina... ¡Perdóneme, panie!... Vengo aquí después de haber hecho un juramento... No teman. Es mi última noche... ¡Bebamos amistosamente, panie!... Nos traerán vino. Yo he traído esto...

Sacó el fajo de billetes.

‑¡Quiero música, ruido...! Como la otra vez... El gusano inútil que se arrastra por el suelo va a desaparecer... ¡No olvidaré este momento de alegría en mi última noche!...

Se ahogaba. Su deseo era decir muchas cosas, pero sólo profería extrañas exclamaciones. El pan, impasible, miraba alternativamente a Mitia con su fajo de billetes y a Gruchegnka. Estaba perplejo. Empezó a decir:

‑Jezeli powolit moja Krôlowa ....

Pero Gruchegnka lo atajó:

‑Me crispa los nervios oír esa jerga... Siéntate, Mitia. ¿Qué cuentas? Te suplico que no me asustes. ¿Me lo prometes? ¿Si? Entonces me alegro de verte.

‑¿Yo asustarte? ‑exclamó Mitia levantando los brazos‑. Tienes el paso libre. No quiero ser un obstáculo para ti.

De pronto, inesperadamente, se dejó caer en una silla y se echó a llorar, de cara a la pared y asido al respaldo.

‑¿Otra vez la misma canción? ‑dijo Gruchegnka en son de reproche‑. Así se presentaba en mi casa, y me dirigía discursos en los que yo no entendía nada. Ahora vuelve a las andadas... ¡Qué vergüenza! Si hubiera motivo...

Dijo estas últimas palabras subrayándolas y en un tono enigmático.

‑¡Pero si no lloro! ‑exclamó Mitia‑. ¡Buenas noches, señores! ‑añadió volviendo la cabeza. Y se echó a reír; pero no con su risa habitual, sino con una amplia risa nerviosa y que lo sacudía de pies a cabeza.

‑Quiero verte contento ‑dijo Gruchegnka‑. Me alegro de que hayas venido. ¿Oyes, Mitia? Me alegro mucho. ‑Y añadió imperiosamente, dirigiéndose al personaje que estaba en el canapé‑: Quiero que se quede con nosotros; lo quiero, y si él se marcha, me marcharé yo también ‑terminó con ojos centelleantes.

‑Los deseos de mi reina son órdenes para mí ‑declaró el pan besando la mano de Gruchegnka. Y añadió gentilmente, dirigiéndose a Mitia‑: Ruego al pan que permanezca con nosotros.

Dmitri estuvo a punto de soltar una nueva parrafada, pero se contuvo y dijo solamente:

‑¡Bebamos, panie!

Todos se echaron a reír.

‑Creí que nos iba a enjaretar un nuevo discurso ‑dijo Gruchegnka‑. Oye, Mitia; quiero que estés tranquilo. Has hecho bien en traer champán. Yo beberé. Detesto los licores. Pero todavía has hecho mejor en venir en persona, pues esto es un funeral. ¿Has venido dispuesto a divertirte?... Guárdate el dinero en el bolsillo. ¿De dónde lo has sacado?

Los estrujados billetes que Mitia tenía en la mano llamaban la atención, sobre todo a los polacos. Se los guardó rápidamente en el bolsillo y enrojeció. En este momento apareció Trifón Borisytch con una bandeja en la que había una botella descorchada y varios vasos. Mitia cogió la botella, pero estaba tan confundido, que no supo qué hacer. Kalganov llenó por él los vasos.

‑¡Otra botella! ‑gritó Mitia a Trifón Borisytch.

Y olvidándose de chocar su vaso con el del pan, al que tan solemnemente había invitado a beber, se lo llevó a la boca y lo vació. Su semblante cambió inmediatamente: de solemne y trágico se convirtió en infantil. Mitia se humillaba, se rebajaba. Miraba a todos con tímida alegría, con risitas nerviosas, con la gratitud de un perro que ha obtenido el perdón tras una falta. Parecía haberlo olvidado todo y reía continuamente, con los ojos fijos en Gruchegnka, a la que se había acercado. Después observó a los dos polacos. El del canapé lo sorprendió por su aire digno, su acento y ‑esto sobre todo‑ por su pipa. «Bueno, ¿qué tiene de particular que fume en pipa?», pensó. Y le parecieron naturales el rostro un tanto arrugado del pan, ya casi cuadragenario, y su minúscula naricilla encuadrada por un fino y alargado bigote teñido que le daba una expresión impertinente. Ni siquiera dio importancia a la peluca confeccionada torpemente en Siberia y que le cubría grotescamente las sienes. «Sin duda es la peluca que necesita», se dijo.

El otro pan era más joven. Sentado cerca de la pared, los miraba a todos con semblante provocativo y escuchaba las conversaciones con desdeñoso silencio. Éste sólo sorprendió a Mitia por su elevada talla, que contrastaba con la del pan sentado en el canapé. Dmitri se dijo que este gigante debía de ser amigo y acólito del pan de la pipa, algo así como su guardaespaldas, y que el pequeño mandaba en el mayor. El « perro» no sentía ni sombra de celos. Aunque no había comprendido el tono enigmático empleado por Gruchegnka, notaba que lo había perdonado, ya que lo trataba amablemente. Al verla beber, se asombraba alegremente de su resistencia. El silencio general lo sorprendió. Paseé una mirada interrogadora por toda la concurrencia. «¿Qué esperamos? ¿Por qué estamos sin hacer nada?», parecía preguntar.

‑Este viejo chocho nos divierte ‑dijo de pronto Kalganov señalando a Maximóv, como si leyera el pensamiento de Mitia.

Dmitri los miró a los dos. Después se echó a reír con su risa seca y entrecortada.

‑¿De veras?

‑Palabra. Pretende que todos nuestros caballeros de los «años veinte» se casaron con polacas. Es absurdo, ¿verdad?

‑¿Con polacas? ‑dijo Mitia, encantado.

Kalganov no tenía la menor duda acerca de las relaciones de Mitia con Gruchegnka y adivinaba las del pan; pero esto no le interesaba lo más mínimo. Todo su interés se concentraba en Maximov. Había llegado al parador casualmente y en él había trabado conocimiento con los polacos. Estuvo en una ocasión en casa de Gruchegnka, a la que no fue simpático. Aquella noche, la joven se había mostrado cariñosa con él antes de la llegada de Mitia, pero sin conseguir interesarlo.

Kalganov tenía veinte años, vestía con elegancia y su cara era simpática y agradable. Poseía un hermoso cabello rubio y unos bellos ojos azules, de expresión pensativa, a veces impropia de su edad, aunque su conducta podía calificarse de infantil en más de una ocasión, cosa que, por cierto, no le inquietaba. Era un muchacho un tanto extraño y caprichoso, pero siempre amable. A veces, su semblante adquiría una expresión de ensimismamiento; escuchaba y miraba al que hablaba con él como absorto en profundas meditaciones. Tan pronto se mostraba débil a indolente como se excitaba por la causa más fútil.

‑Lo llevo a remolque desde hace cuatro días ‑continuó Kalganov, recalcando las palabras, pero sin la menor fatuidad‑. Desde que su hermano, el de usted, no le permitió subir al coche. ¿Se acuerda? Me interesé por él y lo traje al campo. Pero no dice más que tonterías. Sólo de oírlo se avergüenza uno. Voy a devolverlo...

‑Pan polskiej pani nie widzial, y dice cosas que no son ciertas ‑dijo el pan de la pipa.

‑Pero he tenido una esposa polaca ‑replicó Maximov echándose a reír.

‑Lo importante es que sepamos si ha servido en la caballería ‑dijo Kalganov‑. De eso debe usted hablar.

‑Tiene razón. ¡Diga, diga si ha servido en la caballería! ‑exclamó Mitia, que era todo oídos y miraba a los interlocutores como si esperase que de sus labios salieran palabras maravillosas.

‑No, no ‑dijo Maximov volviéndose hacia él‑; yo quiero hablar de esas panienki que, apenas bailan una mazurca con un ulano, se sientan en sus rodillas como gatas blancas, con el consentimiento de sus padres. Al día siguiente, el ulano va a pedir la mano de la joven, y ya está hecha la jugarreta. ¡Ja, ja!

‑Pan lajdak ‑gruñó el pan de alta estatura cruzando las piernas.

Mitia sólo se fijó en su enorme y bruñida bota de suela gruesa y sucia. Los dos polacos tenían aspecto de ser poco limpios.

‑¡Llamarle miserable! ‑exclamó Gruchegnka irritada‑. ¿Es que no saben hablar sin insultar?

‑Pan¡ Agrippina, este pan sólo ha conocido en Polonia muchachas de baja condición, no señoritas nobles.

‑Mozesz a to rachowac ‑dijo despectivamente el pan de largas piernas.

‑¿Otra vez? ‑exclamó Gruchegnka‑. Déjenle hablar. Dice cosas que tienen gracia.

‑Yo no impido hablar a nadie, pani ‑dijo el pan de la peluca, acompañando sus palabras de una mirada expresiva.

Y siguió fumando.

Kalganov se acaloró de nuevo, como si se estuviera tratando de un asunto importante.

‑El pan tiene razón. ¿Cómo puede hablar Maximov no habiendo estado en Polonia? Porque usted no se casó en Polonia, ¿verdad?

‑No. Me casé en la provincia de Esmolensco. Mi prometida había llegado antes que yo, conducida por un ulano y acompañada de su madre, una tía y otro pariente que tenía un hijo ya crecido. Todos eran polacos de pura cepa. El ulano me la cedió. Era un oficial joven y gallardo. Había estado a punto de casarse con ella, pero se volvió atrás al advertir que la joven era coja.

‑Entonces, ¿se casó usted con una coja? ‑exclamó Kalganov.

‑Si. Los dos me ocultaron el defecto. Yo creía que andaba a saltitos llevada de su alegría.

‑¿De su alegría de casarse? ‑preguntó Kalganov.

‑Si. Pero los saltitos obedecían a otras razones muy diferentes. Tan pronto como nos hubimos casado, aquella misma tarde, me lo confesó todo y me pidió perdón. Al saltar un charco siendo niña, se cayó y se quedó coja. ¡Ji, ji!

Kalganov se echó a reír como un niño, dejándose caer en el canapé. Gruchegnka se reía también de buena gana. Mitia estaba alborozado.

‑Ahora no miente ‑dijo Kalganov a Mitia‑. Se ha casado dos veces y lo que ha contado se refiere a la primera mujer. La segunda huyó y todavía vive. ¿Lo sabía usted?

‑¿Es verdad eso? ‑dijo Mitia, volviéndose hacia Maximov con un gesto de sorpresa.

‑Sí, tuve ese disgusto. Se escapó con un moussié. Antes había conseguido que pusiera mis bienes a su nombre. Me dijo que yo era un hombre instruido y que me sería fácil hallar el modo de ganarme la vida. Y entonces me plantó. Un respetable eclesiástico me dijo un día, hablando de esto: «Tu primera mujer cojeaba; la segunda tenía los pies demasiado ligeros.» ¡Ji, ji!

‑Sepan ustedes ‑dijo Kalganov con vehemencia‑ que si miente lo hace únicamente para divertir a los que le escuchan. No hay en ello ningún bajo interés. A veces incluso lo aprecio. Es un botarate, pero también un hombre franco. Tengan esto en cuenta. Otros se envilecen por interés; él lo hace espontáneamente... Les citaré un ejemplo. Pretende ser un personaje de Almas muertas, de Gogol. Como ustedes recordarán, en esa obra aparece el terrateniente Maximov, que es azotado por Nozdriov, el cual es acusado «de agresión con vergajos al propietario Maximov, en estado de embriaguez». Dice que se trata de él y que lo azotaron. Pero esto no es posible. Tchitchikov viajaba en mil ochocientos treinta a lo sumo. De modo que las fechas no concuerdan. En esa época no pudo ser azotado Maximov.

La inexplicable exaltación de Kalganov era sincera. Mitia, también con toda franqueza, opinó:

‑De todos modos, si lo azotaron...

Se echó a reir.

‑No es que me azotaran en realidad ‑dijo Maximov‑. Pero fue como si me azotasen.

‑¿Qué quiere usted decir? ¿Lo azotaron o no?

‑Ktora godzina, panie ? ‑preguntó con un gesto de hastío el pan de la pipa al pan de largas piernas.

Éste se encogió de hombros. Ninguno de los reunidos llevaba reloj.

‑Dejen hablar a los demás ‑dijo Gruchegnka en tono agresivo‑. Que ustedes no quieran decir nada no es razón para que pretendan hacer callar a los otros.

Mitia empezaba a comprender. El pan repuso, esta vez con franca irritación:

‑Pani, ja nic nie mowie przeciw, nic nie powiedzilem.

‑Bien. Continúe ‑dijo el joven a Maximov‑. ¿Por qué se detiene?

‑¡Pero si no tengo nada que decir! ‑exclamó Maximov, halagado y fingiendo una modestia que estaba muy lejos de sentir‑. Son tonterías. En Gogol, todo es alegórico, y los nombres, falsos. Nozdriov no se llama así, sino Nossov. Kuvchinnikov tiene un nombre que no se parece en nada al suyo, que es Chkvorniez. Fenardi se llama así, pero no es italiano, sino ruso. La señorita Fenardi está encantadora con sus mallas y su faldita de lentejuelas, y, desde luego, hace muchas piruetas, pero no durante cuatro horas, sino durante cuatro minutos... ¡Y todo el mundo encantado!

 Kalganov bramó:

‑¿Pero por qué lo azotaron?

‑Por culpa de Piron ‑repuso Maximov.

‑¿Qué Piron? ‑preguntó Mitia.

‑El famoso escritor francés. Bebimos con otros hombres en una taberna. Me habían invitado y empecé a recordar epigramas. «¡Hola, Boileau! ¡Qué traje tan raro llevas!» Boileau responde que va a un baile de máscaras, es decir, al baño, ¡ji, ji!, y mis oyentes tomaron esto como una alusión. Me apresuré a citar otro pasaje, mordaz y que todas las personas instruidas conocen:

»Tú eres Safo y yo Faon, desde luego, pero, y a fe que me pesa, del mar ignoras el camino .

»Entonces se sintieron aún más ofendidos y empezaron a decirme estupideces. Lo peor fue que yo, queriendo arreglar las cosas, les conté que Piron, que no había conseguido que lo nombraran miembro de la Academia, hizo grabar en la losa de su tumba, para vengarse, este epitafio:

»Aquí yace Piron, que no fue nada, ni siquiera académico.

»Entonces fue cuando me azotaron.

‑¿Pero por qué?

‑Por lo mucho que sé. Hay numerosos motivos para azotar a un hombre ‑terminó Maximov, sentencioso.

‑Basta de tonterías ‑dijo Gruchegnka‑. Estoy ya harta. ¡Y yo que creía que iba a divertirme!

Mitia, asustado, dejó de reír. El pan de las piernas largas se levantó y empezó a ir y venir por la habitación, con la arrogancia del hombre que se aburre con una compañía que no es de su agrado.

‑¡Qué modo de andar! ‑comentó Gruchegnka despectivamente.

Mitia se sintió inquieto. Además, había observado que el pan de la pipa lo observaba con un gesto de irritación.

‑¡Panie, bebamos! ‑exclamó.

Invitó también al que paseaba y llenó de champán tres vasos.

‑¡Por Polonia, panowie; bebo por vuestra Polonia!

‑Bardzo mi to milo, panie, wypijem‑dijo el pan de la pipa, jactancioso pero amable.

‑Que beba también el otro pan. ¿Cómo se llama? Toma un vaso, Jasnie Wielmozny.

‑Pan Wrublewski ‑dijo el otro.

Pan Wrubleski se acercó a la mesa contoneándose.

‑¡Por Polonia, panowie! ¡Hurra! ‑exclamó Mitia levantando su vaso.

Bebieron y Mitia llenó de nuevo los tres vasos.

‑Ahora por Rusia, panowie, y considerémonos hermanos.

‑Dame un vaso ‑dijo Gruchengka‑. Quiero beber por Rusia.

‑Y yo también ‑intervino Maximov‑. Yo también quiero beber por la abuelita.

‑Beberemos todos a su salud ‑exclamó Mitia‑. ¡Hostelero, otra botella!

Éste trajo las tres botellas que quedaban.

‑¡Por Rusia! ¡Hurra!

Todos bebieron menos los panowie. Gruchegnka vació su vaso de un trago.

‑¿Qué hacen ustedes, panowie?

Pan Wrublewski levantó su vaso y dijo con voz aguda:

‑¡Por Rusia en sus límites de mil setecientos setenta y dos!

‑O te bardzo picknie! ‑aprobó el otro pan.

Bebieron los dos.

‑¡Son ustedes unos imbéciles, panowie! ‑estalló Mitia.

‑Panie! ‑exclamaron los dos polacos irguiéndose como gallos.

El más indignado era pan Wrublewski.

‑Ale nie moznomice slabosc do swego kraju?.

‑¡Silencio! ¡No quiero riñas! ‑exclamó enérgicamente Gruchegnka dando con el pie en el suelo.

Tenía la cara encendida y los ojos llameantes. La bebida había hecho efecto. Mitia se asustó.

‑Perdónenme, panowie. Toda la culpa es mía. Pan Wrublewski, no lo volveré a hacer.

‑¡Calla y siéntate, imbécil! ‑ordenó Gruchegnka.

Todos se sentaron y se estuvieron quietos.

‑Señores ‑dijo Mitia, que no había comprendido la salida de Gruchegnka‑, yo he sido el culpable de todo... Bueno, ¿qué vamos a hacer para divertirnos?

‑Verdaderamente, esto es un aburrimiento ‑dijo Kalganov con un gesto de hastio.

‑¿Y si volviéramos a jugar a las cartas? ¡Ji, ji!

‑Bien pensado ‑dijo Mitia‑. Si les parece bien a los panowie...

‑Pozno, panie ‑repuso, fastidiado, el pan de la pipa.

‑Tiene razón ‑apoyó pan Wrublewski.

‑¡Qué compañeros tan fúnebres! ‑exclamó Gruchegnka‑. Emanan aburrimiento y quieren imponerlo a los demás. Antes de tu llegada, Mitia, no han despegado los labios. Lo único que hacían era darse importancia.

‑Mi diosa ‑repuso el pan de la pipa‑, co mowisz to sie stanie. Widze nielaskie, jestem smutny.

Y dijo a Mitia:

‑Jestem gotow.

‑Empecemos, panie ‑dijo Dmitri sacando el fajo de billetes y separando de él dos de cien rublos que depositó en la mesa‑. Quiero que gane usted mucho dinero. Tome las cartas: usted tiene la banca.

‑Debemos jugar con la baraja de la casa ‑dijo el pan de escasa estatura.

‑To najlepsz y sposob‑aprobó el pan Wrublewski.

‑De acuerdo, con la baraja de la casa. Eso está bien pensado, panowie. ¡Un juego de cartas, Trifón Borisytch!

Éste trajo una baraja, empaquetada y sellada, y anunció a Mitia que habían llegado varias chicas, que los judíos estaban a punto de llegar, pero que del coche de las provisiones no se tenía noticia. Mitia se apresuró a pasar a la habitación vecina para dar las órdenes. Sólo habían llegado tres muchachas, entre las que no figuraba María. Aturdido, sin saber qué hacer, dijo que se repartieran entre las chicas las golosinas de la caja.

‑¡Y déle vodka a Andrés! ‑añadió‑. Lo he ofendido.

Maximov, que lo había seguido, lo tocó en el hombro y murmuró:

‑Présteme cinco rubios. Quiero jugar. ¡Ji, ji!

‑Bien. Toma diez. Si pierdes, vuelve a recurrir a mí.

‑De acuerdo ‑murmuró alegremente Maximov dirigiéndose a la sala.

Mitia llegó poco después, excusándose de haberse hecho esperar. Los panowie se habían sentado ya y habían abierto el paquete de las cartas. Tenían un aspecto más amable y alegre. El pan de baja estatura había vuelto a cargar su pipa y se disponía a barajar. En su rostro había un algo solemne.

‑Na miejsca, panowie! ‑exclamó el pan Wrublewski.

‑Yo no juego ‑dijo Kalganov‑. Antes he perdido cincuenta rublos.

‑El pan ha tenido mala suerte ‑dijo el pan de la pipa‑, pero su fortuna puede cambiar.

‑¿Cuánto hay en la banca? ‑preguntó Mitia.

‑Slucham, panie, moze sto, moze dwiescie; en fin, todo lo que usted quiera jugarse.

‑¡Un millón! ‑exclamó Mitia echándose a reír.

‑Sin duda, el capitán ha oído hablar del pan Podwysocki.

‑¿De qué Podwysocki?

‑Una casa de juego en Varsovia. La banca acepta todas las apuestas. Llega Podwysocki. Ve miles de monedas de oro. Se dispone a jugar. El banquero le dice:

»‑Panie Podwysocki, ¿va a jugar con oro o con honor?

»‑Na honor, panie ‑responde Podwysocki.

»‑Mejor.

»Empieza el juego. Podwysocki gana y empieza a recoger las monedas de oro.

»‑Espere, panie ‑dice el banquero.

»Abre un cajón y entrega un millón a Podwysocki.

»‑Tenga. Esto es lo que ha ganado.

»La banca era de un millón.

»‑No sabía lo que había en la banca ‑dice Podwysocki.

»‑Panie Podwysocki: los dos hemos jugado con honor.

»Y Podwysocki toma el millón.

‑Eso no es verdad ‑dijo Kalganov.

‑Panie Kalganov, w slachetnoj kompanji tak mowic nieprzystoi.

‑Un jugador polaco no da un millón así como así ‑dijo Mitia. Pero rectificó en seguida‑: Perdón, panie. De nuevo he dicho una tontería. Desde luego que dará un millón con honor, por el honor polaco. Diez rublos a la sota.

‑Y yo un rublo a la dama de copas, la pequeña y linda panienka ‑dijo Maximov, y, acercándose a la mesa, hizo disimuladamente la señal de la cruz.

Mitia ganó; Maximov también.

‑¡Doblo! ‑exclamó Dmitri.

‑Y yo me juego otro rublo, otro insignificante rublo ‑dijo en voz baja y con acento satisfecho Maximov, tras haber ganado.

‑¡Pierdo! ‑exclamó Mitia‑. ¡Doblo otra vez!

Y perdió de nuevo.

‑¡No juegue más! ‑dijo de pronto Kalganov.

Pero Mitia siguió doblando y perdiendo. En cambio, el de los «insignificantes rublos» ganaba siempre.

‑Ha perdido usted doscientos rublos ‑dijo el pan de la pipa‑. ¿Sigue jugando?

‑¿Cómo? ¿Doscientos rublos ya? Bueno, van otros doscientos.

Mitia iba a poner los billetes sobre la dama, pero Kalganov cubrió la carta con la mano.

‑¡Basta! ‑exclamó con su potente voz.

‑¿Qué le pasa? ‑preguntó Mitia.

‑¡No lo consiento! ¡No jugará usted más!

‑¿Por qué?

‑¡Déjelo ya y váyase! ¡No le permitiré que siga jugando!

Mitia lo miró asombrado.

‑Sí, Mitia ‑intervino Gruchegnka en un tono extraño‑. Kalganov tiene razón: has perdido demasiado.

Los dos panowie se pusieron en pie, visiblemente ofendidos.

‑Zartujesz, panie? ‑dijo el pan de menos estatura mirando severamente a Kalganov.

‑Jak pan smisz to robic? ‑preguntó, también indignado, Wrublewski.

‑¡No griten, no griten! ‑exclamó Gruchegnka‑. ¡Parecen gallos de pelea!

Mitia los miró a todos, uno a uno. El semblante de Gruchegnka tenía una expresión que lo sorprendió. Al mismo tiempo, una idea nueva y extraña acudió a su pensamiento.

‑Pani Agrippina! ‑exclamó el pan de la pipa, rojo de cólera.

Mitia, obedeciendo a una idea repentina, se acercó a él y le dio un golpecito en el hombro.

‑Jasnie Wielmozny, ¿quiere escucharme un segundo?

‑Czego checs, panie.

‑Pasemos a la antesala. Quiero decirle algo que le gustará.

El pan rechoncho miró a Mitia con una mezcla de asombro a inquietud. Sin embargo, aceptó al punto, con la condición de que el pan Wrublewski le acompañara.

‑¿Es tu guardaespaldas? Bien, que venga. Además, su presencia es necesaria. ¿Vamos, panowie?

Gruchegnka, inquieta, preguntó:

‑¿Adónde van?

‑Volveremos en seguida ‑repuso Dmitri.

En su rostro se leía la resolución y el coraje. Tenía un aspecto muy distinto del que ofrecía al llegar hacia una hora. Condujo a los panowie no a la habitación de la derecha, donde estaban las muchachas, sino a un dormitorio en el que había dos grandes camas, montones de almohadas y multitud de maletas y baúles. En un rincón, sobre una mesita, ardía una vela. El pan de la pipa y Mitia se sentaron frente a frente. El pan Wrublewski se situó junto a ellos, con las manos en la espalda. Los dos polacos estaban serios y sus semblantes tenían una expresión de curiosidad.

‑Czem mogie panu slut yo? ‑preguntó el pan de escasa estatura.

‑Seré breve, panie. Mire este dinero ‑y exhibió el fajo de billetes‑. Si quiere tres mil rublos, tómelos y váyase.

El pan lo miró fijamente.

‑Tres tysiance, panie?.

Cambió una mirada con Wrublewski.

‑Tres mil, panowie, tres mil. Escuche, usted es un hombre inteligente. Acepte los tres mil rublos y váyase al diablo con Wrublewski. Pero en seguida, ahora mismo y para siempre. Saldrá usted por esta puerta. Yo le traeré su abrigo o su pelliza. Engancharán una troika para usted, y buenas noches.

Mitia esperaba la respuesta, seguro de lo que iba a oír. El rostro del pan cobró una expresión resuelta.

‑¿Dónde está el dinero?

‑Aquí, panie. Le daré quinientos rublos por adelantado, y los dos mil quinientos restantes, mañana, en la ciudad. Le doy mi palabra de honor de que mañana tendrá ese dinero, aunque fuera preciso sacarlo de debajo de la tierra.

Los polacos cambiaron una nueva mirada. El rostro del más bajo cobró una expresión hostil.

‑Setecientos, setecientos ahora mismo ‑dijo Mitia advirtiendo que la cosa no iba bien‑. ¿No se fía de mi, panie? No le puedo dar los tres mil rublos de una vez. Volvería a su lado mañana mismo. Por otra parte, no los llevo encima.

Empezó a balbucear. Perdía el valor por momentos.

‑Los tengo en la ciudad, palabra; en un escondrijo...

En el rostro del pan de la pipa resplandeció un sentimiento de orgullo.

‑Czynie potrzebujesz jeszcze czego? ‑preguntó irónicamente‑. ¡Qué vergüenza!

Escupió, asqueado. El pan Wrublewski hizo lo mismo.

‑Escupes, panie ‑dijo Mitia, amargado por su fracaso‑, porque crees que vas a sacar más de Gruchegnka. ¡Sois idiotas los dos!

‑Jestem do z ywego dotkniety? ‑dijo el pan de la pipa, rojo como un cangrejo.

Y salió de la habitación, indignadísimo, con Wrublewski, que andaba contoneándose. Mitia los siguió, confuso. Temía a Gruchegnka, presintiendo que el pan iba a quejarse a ella. Así ocurrió. En actitud teatral, el pan se plantó ante Gruchegnka y repitió:

‑Pani Agrippina, jestem do z ywego dotkniety!

Gruchegnka se sintió herida en lo más vivo, perdió la paciencia y exclamó, roja de ira:

‑¡Habla en ruso! ¡No me fastidies con tu polaco! Hace cinco años hablabas en ruso. ¿Tan pronto lo has olvidado?

‑Pani Agrippina...

‑Me llamo Agrafena. Soy Gruchegnka. Habla en ruso si quieres que te escuche.

Sofocado, con una indignación que le hacía farfullar, el pan exclamó:

‑Pani Agrafena, he venido para olvidar el pasado y perdonarlo todo hasta el día de hoy.

‑¿Qué hablas de perdonar? ¿Has venido a perdonarme? ‑exclamó Gruchegnka irguiéndose.

‑Sí, pani. Soy generoso. Pero ja bylem sdiwiony del proceder de tus amantes. El pan Mitia me ha ofrecido tres mil rublos para que me vaya. He escupido al oír esta proposición.

‑¿Cómo? ¿Te ha ofrecido dinero por mí? ¿Es eso verdad, Mitia? ¿Has tenido la osadía de considerarme como una cosa que se vende?

‑Panie, panie! ‑exclamó Mitia‑. Gruchegnka es pura y yo no he sido su amante jamás. Ha mentido usted...

‑¡Qué valor tienes! ¡Defenderme ante él! No me he conservado pura por virtud ni por temor a Kuzma, sino sólo para poder llamar miserable a este hombre. ¿De veras ha rechazado el dinero que le has ofrecido?

‑Al contrario: lo ha aceptado. Pero quería los tres mil rublos en el acto, y yo sólo le he ofrecido un adelanto de setecientos.

‑La cosa está clara: se ha enterado de que tengo dinero, y por eso quiere casarse conmigo.

‑Pani Agrippina, soy un caballero, un szlachcic polaco y no un lajdak. He venido para casarme contigo, pero no he encontrado a la misma pani. La que ahora veo es uparty y procaz.

‑¡Vete por donde has venido! Diré que te arrojen de aquí. He cometido una estupidez al torturarme durante cinco años... Pero no es que me atormentara por él, sino que acariciaba mi rencor. Por otra parte, mi amante no era como es ahora. Ahora parece el padre de aquél. ¿Dónde te han hecho esa peluca? Aquél reía, cantaba y era un ciclón; tú eres solamente un pobre hombre. ¡Y pensar que he pasado por ti cinco años bañada en lágrimas! ¡Qué necia he sido!

Se desplomó en el sillón y se cubrió el rostro con las manos. En este momento, en la habitación vecina, el coro de muchachas, reunido al fin, empezó a entonar una atrevida canción de danza.

‑¡Esto es detestable! ‑exclamó pan Wrublewski‑. ¡Hostelero, despida a esas desvergonzadas!

Trifón Borisytch, que estaba al acecho desde hacía rato, al sospechar por los gritos que sus clientes disputaban, apareció en el acto.

‑¿Qué voces son ésas? ‑preguntó a Wrublewski.

‑¡Calla, bruto!

‑¿Bruto? Dime con qué cartas has jugado. Yo he traído una baraja nueva. ¿Qué has hecho de ella? Has hecho el juego con cartas señaladas. ¿Sabes que por esto te podrían mandar a Siberia? Lo que has hecho es lo mismo que fabricar moneda falsa.

Se dirigió al canapé, introdujo la mano entre el respaldo y un cojín y sacó el juego de cartas sellado.

‑Vean mi juego. Está intacto.

Levantó el brazo para que todos vieran la baraja.

‑He visto a este hombre cambiar sus cartas por las mías. Tú eres un bribón y no un pan.

‑Y yo lo he visto hacer trampa dos veces ‑dijo Kalganov.

Gruchegnka enrojeció.

‑¡Cómo se ha envilecido, Señor! ¡Qué vergüenza!

‑Ya lo sospechaba ‑dijo Mitia.

Entonces, el pan Wrublewski, confundido y exasperado, gritó a Gruchegnka, amenazándola con el puño:

‑¡Prostituta!

Mitia se arrojó sobre él, lo cogió por la cintura, lo levantó y se lo llevó a la habitación donde habían estado poco antes. Pronto regresó, y dijo jadeante:

‑Lo he dejado tendido en el suelo. El muy canalla se debate, pero no podrá volver.

Cerró una de las hojas de la puerta y, con la mano en la otra, dijo al pan rechoncho:

‑Jasnie Wielmozny, le ruego que vaya a reunirse con él.

‑Dmitri Fiodorovitch ‑dijo Trífón Borisytch‑, recobre su dinero. Se lo han robado.

Kalganov declaró:

‑Yo les regalo mis cincuenta rublos.

‑Y yo mis doscientos. Que tengan algún consuelo.

‑¡Bravo, Mitia! ¡Tienes un gran corazón! ‑exclamó Gruchegnka en un tono que dejaba traslucir una viva indignación.

El pan de la pipa, rojo de cólera pero conservando toda su arrogancia, se dirigió a la puerta. De pronto se detuvo y dijo a Gruchegnka:

‑Panie, jezeli chec pojsc za mno, idzmy, jezeli nie, bywaj sdrowa.

Herido en su orgullo, salió de la pieza a paso lento y grave. Su extremada vanidad le hacia esperar, incluso después de lo sucedido, que la pani lo seguiría. Mitia cerró la puerta.

‑Dé la vuelta a la llave ‑le dijo Kalganov.

Pero la cerradura rechinó por la parte interior: los polacos se habían encerrado ellos mismos.

‑¡Perfectamente! ‑exclamó Gruchegnka, implacable‑. ¡Ellos lo han querido!


Capítulo VIII: Delirio
de Fiódor Dostoyevski


Entonces empezó una fiesta desenfrenada, que rayaba en la orgía. Gruchegnka fue la primera en pedir bebida.

‑Quiero embriagarme como la otra vez. ¿Te acuerdas, Mitia? Fue cuando nos conocimos.

Mitia era presa de una especie de delirio. Presentía su felicidad. Gruchegnka lo enviaba a la habitación vecina a cada momento.

‑Ve a divertirte. Diles que bailen y que se diviertan ellas también. Como la otra vez.

Estaba excitadísima. En la habitación de al lado se oía el coro. La pieza donde estaban era exigua, y una cortina de indiana la dividía en dos. Tras la cortina había una cama con un edredón y una montaña de almohadas. Todas las habitaciones importantes de la casa tenían un lecho. Gruchegnka se instaló junto a la puerta. Desde allí estuvo viendo bailar y cantar al coro en la primera fiesta. Ahora estaban allí las mismas muchachas; los judíos habían llegado con sus violines y sus citaras, y también el carricoche de las provisiones. Mitia iba y venía entre la concurrencia. Llegaban hombres y mujeres que se habían despertado y esperaban ser obsequiados espléndidamente como la vez anterior. Mitia invitaba a beber a todos los que iban llegando y saludaba y abrazaba a los conocidos. Las muchachas preferían champán; los mozos, ron o coñac, y sobre todo ponche. Dmitri dispuso que se hiciera chocolate para las mujeres y que se mantuvieran hirviendo toda la noche samovares para dar a los hombres tanto té y tanto ponche como quisieran. En suma, que fue un jolgorio extravagante.

Mitia estaba en su elemento y se animaba cada vez más a medida que aumentaba el desorden. Si alguno de los clientes le hubiese pedido dinero, él habría sacado el fajo y repartido billetes a derecha a izquierda. A esto se debía indudablemente que Trifón Borisytch, que no se había acostado, no se separase de él. El fondista bebió muy poco, un vaso de ponche como total de todas sus libaciones, para poder velar, a su modo, por los intereses de Mitia. Cuando era necesario, lo frenaba, zalamero y obsequioso, y lo sermoneaba, aconsejándole que no repartiera cigarros y vinos del Rin, y menos dinero, entre los desharrapados, como había hecho la otra vez. Se indignaba al ver a las muchachas comiendo golosinas y saboreando licores.

‑Están minadas de piojos, Dmitri Fiodorovitch. Si les diera un puntapié en cierta parte, aún les haría un honor.

Mitia se acordó de Andrés y dijo que le llevaran ponche.

‑Lo he ofendido ‑repitió apenado.

Kalganov, al principio, no quiso beber y las canciones del coro le desagradaron; pero cuando se había bebido dos vasos de champán sintió una alegría desbordante y todo le pareció magnífico, tanto los cantos como la música.

Maximov, beatífico y achispado, no se movía de su sitio. A Gruchegnka se le había subido el vino a la cabeza. Señalando a Kalganov, dijo a Mitia:

‑¡Qué muchacho tan gentil!

Y Mitia corrió a abrazar a los dos hombres.

Dmitri presentía muchas cosas, pero Gruchegnka no le había dicho nada aún: retrasaba el momento de las confesiones. De vez en cuando le dirigía una mirada ardiente. De pronto, Gruchegnka lo cogió de la mano y lo hizo sentar junto a ella.

‑¡Si vieras cómo has entrado aquí! Me has asustado. ¿De veras te conformas a que lo prefiera a él?

‑No quiero turbar tu felicidad.

Gruchegnka ya no lo escuchaba.

‑Ve a divertirte. No llores. Después volveré a llamarte.

Dmitri se fue. Gruchegnka se dedicó de nuevo a escuchar las canciones y ver las danzas, pero sin dejar de observar a Mitia. Al cabo de un cuarto de hora lo llamó.

‑Siéntate aquí y cuéntame cómo te has enterado de mi marcha. ¿Quién te ha dado la noticia?

Mitia empezó a contarlo todo. Su relato era incoherente. A veces fruncía el entrecejo y callaba.

‑¿Qué te pasa? ‑le preguntaba Gruchegnka.

‑Nada. He dejado allí un enfermo. Por su salud, por saber que sanará, daría diez años de vida.

‑No pienses en ese enfermo. ¿De modo que querías suicidarte mañana? ¡Qué tontería! ¿Por qué? Me gustan los calaveras como tú ‑dijo con cierta dificultad‑. ¿De modo que estabas dispuesto a todo por mí?... ¿De veras querías terminar mañana?... Espera; tal vez te diga algo agradable... No hoy, mañana... Ya sé que preferirías que te lo dijera hoy, pero no quiero decírtelo hasta mañana. Anda, ve a divertirte.

Una de las veces lo llamó con semblante preocupado.

‑¿Por qué estás triste, Mitia? ‑le preguntó mirándole a los ojos‑. Pues tú estás triste. Por mucho que abraces a los mujiks y vayas de un lado a otro, advierto tu tristeza. Ya que yo estoy contenta, debes estarlo tú también. Amo a uno de los que están aquí. ¿Sabes a quién? Mira, el pobre se ha dormido. Se le ha subido el alcohol a la cabeza.

Se refería a Kalganov, que dormitaba en el canapé, bajo las brumas de la embriaguez y presa de una angustia indefinible. Las canciones de las muchachas, más lascivas y desvergonzadas a medida que las cantantes iban bebiendo, acabaron por repugnarle. Y lo mismo le ocurrió con las danzas. Dos jóvenes disfrazadas de oso actuaban bajo el mando de Stepanide, una fornida moza armada de bastón.

‑¡Hala, María! ¡Si no, pobre de ti!

Los dos osos rodaron por el suelo, adoptando posturas indecentes, entre las risas del grosero público.

‑¡Que se diviertan, que se diviertan! ‑dijo Gruchegnka sentenciosamente y en una especie de éxtasis‑. Es su día. ¿Por qué no se han de divertir?

Kalganov dirigió al coro una mirada de desagrado.

‑‑‑ ¡Qué bajas son las costumbres populares! ‑dijo apartándose de la puerta.

Le llamó sobre todo la atención una canción «nueva», que tenía un estribillo alegre.

El señor que iba de viaje pregunta a las chicas:


‑El señor preguntó a las muchachas:

Me queréis, me queréis, jovencitas?

Estas consideran que no lo pueden querer.

‑El señor me azotará.

Yo no lo puedo amar.

Después aparece un cíngaro, que no tiene más éxito.

El cíngaro robará. Y yo me hartaré de llorar.

Desfilan otros personajes, haciendo la misma pregunta. Incluso un soldado, que es rechazado con desprecio.

-El soldado llevará el saco. Y yo, detrás de él...

Seguía a esto un verso soez, cantado con impúdica franqueza, que hizo furor en el auditorio. Finalmente aparece el comerciante.

‑El mercader pregunta a las muchachas:

¿Me queréis, me queréis, jovencitas?

Y ellas dicen que lo adoran, porque

‑El mercader traficará. Y yo seré el ama.

Kalganov no disimuló su enojo:

‑Es una canción reciente. ¿Quién demonios la habrá enseñado a esas chicas? Sólo falta en ella un judío o un contratista de ferrocarriles. Los dos habrían ganado a todos los demás.

Francamente contrariado, manifestó su aversión, se echó en el canapé y quedó dormido. Su bello rostro, un poco pálido, reposaba en un cojín.

‑Mira, Mitia, qué guapo es ‑dijo Gruchegnka‑. Le he pasado la mano por el cabello. Parece lino...

Se inclinó hacia Kalganov en un impulso de ternura y lo besó en la frente. Kalganov abrió en seguida los ojos, la miró, se levantó y preguntó, preocupado:

‑¿Dónde está Maximov?

‑¡Lo echa de menos! ‑dijo Gruchegnka entre risas‑. Quédate un poco conmigo. Mitia irá a buscar a tu Maximov.

Maximov sólo se separaba de las muchachas del coro para ir a beberse una copa. Se había tomado dos tazas de chocolate. Se presentó con la nariz enrojecida, los ojos húmedos, la mirada dulce, y dijo que iba a bailar la danza de los zuecos.

‑En mi infancia me enseñaron esos bailes mundanos.

‑Vete con él, Mitia. Yo os veré bailar desde aquí.

‑Yo voy con ellos para verlos de cerca ‑dijo Kalganov, rechazando ingenuamente la invitación de Gruchegnka a que se quedara a su lado.

Todos pasaron a la estancia contigua. Maximov bailó, como había prometido, pero con escaso éxito. Sólo Mitia lo aplaudió. La danza consistió en una serie de saltos, con abundantes contorsiones y levantando los pies hasta enseñar las suelas, en las que daba una palmada a cada salto. A Kalganov no le gustó el baile. Mitia, en cambio, abrazó al bailarín.

‑Gracias por tu exhibición. Debes de estar fatigado. ¿Quieres alguna golosina? ¿Prefieres un cigarro?

‑Un cigarrillo.

‑¿Y nada de beber?

‑Ya he bebido licores. ¿Hay bombones?

‑Encontrarás un montón en la mesa. Y de los mejores, querido.

‑Prefiero los de vainilla. Ya sabes que los viejos... ¡Ji, ji!

‑De ésos no hay, hermano.

‑Oye ‑dijo el viejo acercando su boca al oído de Mitia‑: quisiera conocer a esa joven llamada María... ¡Ji, ji!... Si fueras tan amable que...

‑¿Habráse visto?... ¿Hablas en serio, amigo?

‑No creo que haya en ello ningún mal para nadie ‑murmuró tímidamente Maximov.

‑De acuerdo. Aquí todos nos conformamos con el canto y el baile; pero el corazón te manda otra cosa... Entre tanto, recréate, diviértete, bebe... ¿Necesitas dinero?

‑Tal vez luego... ‑murmuró Maximov con una sonrisita.

‑Está bien.

A Mitia le echaba fuego la cabeza. Salió a la galería que rodeaba parte del edificio. El aire fresco lo despejó. Ya solo y en la oscuridad, se oprimió la cabeza con las manos. Sus ideas dispersas se agruparon de pronto y la luz se hizo en su mente con un fulgor espantoso...

«Si me he de matar ‑se dijo‑, ahora o nunca.»

Podía cargar una de sus pistolas y poner fin a todo en aquel rincón envuelto en sombras. Estuvo vacilante durante uno o dos minutos. Había llegado a Mokroie con un peso en la conciencia: el robo que había cometido, la sangre que había derramado. Sin embargo, experimentaba cierto alivio ante la idea de que todo había terminado, de que Gruchegnka pertenecía a otro y ya no existía para él. No le había sido difícil tomar esta resolución. Además, no podía hacer otra cosa. ¿Para qué, pues, seguir viviendo? Pero la situación había cambiado. Aquel horrible fantasma, aquel hombre fatal, el antiguo amante, había desaparecido sin dejar rastro. La horripilante aparición se había convertido en un títere irrisorio al que se encerraba bajo llave. Gruchegnka estaba avergonzada y él leía en sus ojos hacia quién iba su amor. Bastaba poder vivir, pero esto, ¡maldición!, ya no era posible. «Señor ‑rogaba mentalmente‑, resucita al que yace junto al muro del jardín. Líbrame de este amargo cáliz. Tú has hecho milagros por otros pecadores como yo... ¿Y si el viejo viviera todavía? ¡Oh! Entonces lavaría la vergüenza que pesa sobre mí, devolvería el dinero robado, aunque hubiera de sacarlo del fondo de la tierra. Así, la infamia sólo habría dejado huellas en mi corazón, aunque fuera para siempre... Pero no, esto es un sueño irrealizable. ¡Maldición!»

Sin embargo, en las tinieblas apareció un rayo de esperanza. Volvió precipitadamente a la habitación. Iba hacia ella, hacia la que sería su reina eternamente.

«Una hora, un minuto de su amor valen más que todo el resto de mi vida, aunque esta vida haya de transcurrir bajo la tortura de la vergüenza... ¡Verla, oírla, no pensar en nada, olvidarlo todo, aunque sólo sea esta noche, durante una hora, por un solo instante... ! »

Al entrar se encontró con el dueño de la casa, que estaba triste y preocupado.

‑¿Me buscabas, Trifón?

Éste se mostró un tanto confuso.

‑No. ¿Por qué lo había de buscar? ¿Dónde estaba usted?

‑¿Qué significa esa cara de pocos amigos? ¿Estás enojado? Mira, puedes ir a acostarte. ¿Qué hora es?

‑Más de las tres.

‑Ya terminamos, ya terminamos...

‑Eso no tiene importancia. Diviértase tanto como quiera.

«¿Qué le pasa a este hombre?», se dijo Mitia mientras corría a la sala de baile.

Gruchegnka no estaba allí. En el cuarto azul, Kalganov dormitaba en el canapé. Mitia miró detrás de la cortina. Allí estaba Gruchegnka, sentada en un cofre, con la cabeza apoyada en el lecho, derramando lágrimas y haciendo esfuerzos para ahogar los sollozos. Por señas dijo a Mitia que se acercara y se apoderó de su mano.

‑¡Mitia, Mitia, yo lo amaba! No he dejado de quererlo durante estos cinco años. ¿Era amor o rencor? Era amor, amor por él. ¡He mentido al decir lo contrario!... Mitia, yo tenía diecisiete años entonces. Él era cariñoso, alegre y me cantaba canciones... ¿O era que yo, chiquilla ilusa, lo veía así?... Ahora es muy distinto. Ha cambiado tanto, que, al entrar, no lo he reconocido. Durante mi viaje hacia aquí no he cesado de pensar: «¿Cómo lo abordaré? ¿Qué le diré? ¿Cómo nos miraremos?» Desfallecía. Y, al verlo, he sentido como si arrojasen sobre mí un cubo de agua sucia. Me ha producido la impresión de un pedante maestro de escuela. Me he quedado sin saber qué decir. Al principio me he preguntado si la presencia de su compañero, ese tipo larguirucho, lo cohibiría. Mirándolos a los dos, me decía: «¿Cómo es posible que no sepas de qué hablarle?»... Sin duda, lo echó a perder su esposa, aquella mujer por la que me abandonó. Lo cambió por completo. ¡Qué vergüenza, Mitia! ¡Toda la vida me durará este bochorno! ¡Malditos sean estos cinco años!

Se echó a llorar de nuevo, sin soltar la mano de Mitia.

‑No te vayas, Mitia, mi querido Mitia ‑murmuró levantando la cabeza‑. Quiero preguntarte algo. Dime: ¿a quién amo? Yo quiero a alguien que está aquí. ¿Quién es?...

Una sonrisa iluminó su rostro, hinchado por el llanto.

‑Cuando te he visto entrar, he sentido un dulce desfallecimiento. Y mi corazón me ha dicho: «Ahí tienes al que amas.» Has aparecido tú y todo se ha iluminado. «¿A quién teme?», me he preguntado. Pues tenías miedo; no podías hablar. «No son ellos los que lo asustan, pues ningún hombre puede atemorizarlo. Soy yo, sólo yo. » Fenia, la muy simple, te habrá contado que yo he dicho a voces a Aliocha desde la ventana: «Amé a Mitia durante una hora. Me voy porque amo a otro.» ¡Oh Mitia! ¿Cómo he podido creer que amaría a otro después de haberte amado a ti? ¿Me perdonas, Mitia? ¿Me quieres? ¿Me quieres?

Se levantó y le puso las manos en los hombros. Mitia, mudo de felicidad, contempló los ojos y la sonrisa de Gruchegnka. De pronto la estrechó en sus brazos. Ella exclamó:

‑¿Me perdonas por haberte hecho sufrir? Os torturaba a todos por maldad. Por maldad enloquecí al viejo. ¿Te acuerdas del vaso que rompiste en mi casa? Hoy me he acordado, porque he hecho lo mismo, al beber « por mi vil corazón»... ¿Por qué dejas de besarme, Mitia? Después de darme un beso te quedas mirándome, escuchándome. ¿Por qué! Bésame más fuerte. Así. No hay que amar a medias. Desde ahora seré tu esclava. ¡Bésame! ¡Hazme sufrir! ¡Haz de mí lo que quieras! ¡Hazme sufrir! ¡Espera!... ¡Quieto!... Después...

Lo apartó de sí con repentino impulso.

‑Vete, Mitia. Voy a beber; quiero embriagarme; quiero bailar ebria... ¡Lo deseo, lo deseo!...

Se desprendió de los brazos de Dmitri y se fue. Mitia la siguió, vacilante. «Cualquiera que sea el final ‑se decía‑, daría el mundo entero por este instante.» Gruchegnka se bebió de una vez un vaso de champán. En seguida le produjo efecto. Se sentó en un sillón. Sonreía feliz. Sus mejillas se colorearon y su vista se nubló. Su mirada llena de pasión fascinaba. Incluso Kalganov, incapaz de hacer frente al hechizo, se acercó a ella.

‑¿Has sentido el beso que te he dado hace un momento mientras dormías? ‑murmuró Gruchegnka‑. Ahora estoy ebria. ¿Y tú? Oye, Mitia, ¿por qué no bebes? Yo ya he bebido...

‑Ya estoy embriagado... de ti, y quiero estarlo de bebida.

Apuró un vaso y, para sorpresa suya, se emborrachó inmediatamente, él que había resistido hasta entonces. Desde este momento, todo empezó a darle vueltas. Le pareció que estaba delirando. Iba de un lado a otro, reía, hablaba con todo el mundo, no se daba cuenta de nada. Como recordó más tarde, sólo se percataba de que una sensación de ardor crecía en su interior por momentos, hasta el punto de que creía tener brasas en el alma.

Se acercó a Gruchegnka. La contempló, la escuchó... Gruchegnka estaba en extremo locuaz. Llamaba a alguna de las muchachas del coro, la besaba, le hacia a veces la señal de la cruz y la despedía. Estaba al borde de echarse a llorar. El «viejecito», como llamaba a Maximov, la divertía extraordinariamente. A cada momento iba a besarle la mano, y terminó por ponerse a danzar de nuevo, al ritmo de una vieja canción de gracioso estribillo:

‑El cerdo, gron, gron, gron; la ternera, mu, mu, mu; el pato, cuau, cuau, cuau; la oca, croc, croc, croc. El polluelo corría por la habitación y se iba cantando: pío, pío, pío.

»Dale algo, Mitia. Es pobre. ¡Oh los pobres, los ofendidos! ¿Sabes una cosa, Mitia? Voy a entrar en un convento. Te lo digo en serio. Me acordaré toda la vida de lo que me ha dicho hoy Aliocha. Ahora bailemos. Mañana, el convento; hoy, el baile. Voy a hacer locuras, amigos míos. Dios me perdonará. Si yo fuera Dios, perdonaría a todo el mundo. «Mis queridos pecadores, os concedo el perdón a todos.» Os imploro que me perdonéis. Perdonad a esta ignorante, buena gente. Soy una fiera, una fiera y sólo una fiera... Quiero rezar. Una miserable como yo quiere orar... Mitia, no les impidas que bailen. Todo el mundo es bueno, ¿sabes?, todo el mundo. La vida es hermosa. Por malo que uno sea, le gusta vivir. Somos buenos y malos a la vez... Por favor, Mitia, dime: ¿por qué soy tan buena? Pues yo soy muy buena...

Así divagaba Gruchegnka, presa de una embriaguez creciente. Repitió que quería bailar y se levantó vacilando.

‑Mitia, no me des más vino aunque te lo pida. El vino me trastorna. Todo me da vueltas, hasta la estufa. Pero quiero bailar. Vais a ver lo bien que bailo.

Estaba decidida a hacerlo. Sacó un pañuelo de batista, que cogió por una punta, para agitarlo mientras danzaba. Mitia se apresuró a colocarse en primera fila. Las muchachas enmudecieron, dispuestas a entonar, a la primera señal, las notas de una danza rusa.

Maximov, al enterarse de que Gruchegnka iba a bailar, lanzó un grito de alegría y empezó a saltar delante de ella mientras cantaba:

‑Piernas finas, curvas laterales, cola en forma de trompeta.

Gruchegnka lo apartó de si, golpeándolo con el pañuelo.

‑¡Silencio! ¡Que todo el mundo venga a verme!... Mitia, ve a llamar a los de la habitación cerrada. ¿Por qué han de estar encerrados? Diles que voy a bailar, que vengan a verme...

Mitia golpeó fuertemente la puerta de la habitación donde estaban los polacos.

‑¡Eh!... Podwysocki. Salid. Gruchegnka va a bailar y os llama.

‑Lajdak ‑rugió uno de los polacos.

‑¡Tú sí que eres un miserable! ¡Canalla!

‑No ultrajes a Polonia ‑gruñó Kalganov, que estaba también embriagado.

‑¡Oye, muchacho! Lo que he hecho no va contra Polonia. Un miserable no puede representarla. De modo que cállate y come bombones.

‑¡Qué hombres! ‑murmuró Gruchegnka‑. No quieren hacer las paces.

Avanzó hasta el centro de la sala para bailar. El coro inició el canto. Gruchegnka entreabrió los labios„agitó el pañuelo, dobló la cabeza y se detuvo.

‑No tengo fuerzas ‑murmuró con voz desfallecida‑. Perdónenme. No puedo. Perdón...

Saludó al coro; hizo reverencias a derecha a izquierda.

Una voz dijo:

‑La hermosa señorita ha bebido demasiado.

‑Ha cogido una curda ‑dijo Maximov, con una sonrisa picaresca, a las chicas del coro.

‑Mitia, ayúdame... Sosténme...

Mitia la rodeó con sus brazos, la levantó y fue a depositar su preciosa carga en el lecho. «Yo me voy», pensó Kalganov. Y salió, cerrando a sus espaldas la puerta de la habitación azul.

Pero la fiesta continuó ruidosamente. Una vez acostada Gruchegnka, Mitia puso su boca sobre la de su amada.

‑¡Déjame! ‑suplicó la joven‑. No me toques antes de que sea tuya... Ya te he dicho que seré tuya... Perdóname... Cerca de él no puedo... Sería horrible.

‑Tranquilízate. Ni siquiera te faltaré con el pensamiento. Amarnos aquí es una idea que me repugna.

Manteniendo sus brazos en torno a ella, se arrodilló junto al lecho.

‑Aunque eres un salvaje, tienes un corazón noble... Tenemos que vivir decentemente de hoy en adelante... Seamos honestos y nobles; no imitemos a los animales... Llévame lejos de aquí, ¿oyes? No quiero estar en esta tierra; quiero irme lejos, muy lejos...

‑Si ‑dijo Mitia estrechándola entre sus brazos‑, te llevaré muy lejos, nos marcharemos de aquí... ¡Oh Gruchegnka! Daría toda mi vida por estar sólo un año contigo... y por saber si esa sangre...

‑¿Qué sangre?

‑No, nada ‑dijo Mitia rechinando los dientes‑. Grucha, quieres que vivamos honestamente, y yo soy un ladrón. He robado a Katka. ¡Qué vergüenza!...

‑¿A Katka? ¿A esa señorita? No, no le has robado nada. Devuélvele lo que le debes. Tómalo de mi dinero... ¿Por qué te pones así? Todo lo mío es tuyo. ¿Qué importa el dinero? Somos despilfarradores por naturaleza. Pronto iremos a trabajar la tierra. Hay que trabajar, ¿oyes? Me lo ha ordenado Aliocha. No seré tu amante, sino tu esposa, tu esclava. Trabajaré para ti. Iremos a saludar a esa señorita, le pediremos perdón y nos marcharemos. Si se enoja, peor para ella. Devuélvele su dinero y ámame. Olvídala. Si la amas todavía, la estrangularé, le vaciaré los ojos con una aguja...

‑Es a ti a quien amo, sólo a ti. Te amaré en Siberia.

‑¿Por qué en Siberia?... En fin, si quieres que sea en Siberia, allí será... Trabajaremos... En Siberia hay mucha nieve... Me gusta viajar por la nieve... Me encanta el tintineo de las campanillas... ¿Oyes? Ahora suena una... ¿Dónde?... Pasan viajeros... Ya ha dejado de sonar.

Cerró los ojos y quedó como dormida. En efecto, se había oído una campanilla a lo lejos. Mitia apoyó la cabeza en el pecho de Gruchegnka. No advirtió que el tintineo dejó de oírse y que en la casa sucedió un silencio de muerte al bullicio y a los cantos. Gruchegnka abrió los ojos.

‑¿Qué ha pasado? ¿Me he dormido?... ¡Ah, sí! La campanilla... He empezado a pensar que viajaba por la nieve, mientras la campanilla tintineaba, y me he dormido... Íbamos los dos a un lugar lejano... Yo te besaba, me apretaba contra ti. Tenía frío, brillaba la nieve... No me parecía estar sobre la tierra... Y ahora me despierto y veo a mi amado junto a mí. ¡Qué felicidad!

‑¡Junto a ti! ‑murmuró Mitia cubriendo de besos el pecho y las manos de Gruchegnka.

De pronto, Mitia observó que Gruchegnka miraba fija y extrañamente por encima de su cabeza. Su rostro expresaba sorpresa y temor.

‑Mitia, ¿quién es ese que nos mira?‑‑preguntó la joven en voz baja.

Mitia se volvió y vio la cara de alguien que había apartado la cortina y los observaba. Se levantó y avanzó a paso rápido hacia el indiscreto.

‑Venga conmigo, se lo ruego ‑dijo una voz enérgica.

Mitia pasó al otro lado de la cortina y se detuvo al ver la habitación llena de personas que acababan de llegar. Se estremeció al reconocerlos a todos. Aquel viejo de aventajada estatura, que llevaba abrigo y ostentaba una escarapela en su gorra de uniforme, era el ispravnik Mikhail Markarovitch. Aquel petimetre «tuberculoso, de botas irreprochables», era el suplente. «Tiene un cronómetro de cuatrocientos rublos. Me lo ha enseñado.» De aquel otro, bajito y con lentes, Mitia había olvidado el nombre, pero le conocía de vista: era el juez de instrucción recién salido de la Escuela de Derecho. También estaba allí el stanovoi Mavriki Mavrikievitch, al que conocía. ¿Qué hacía allí toda aquella gente que lucía insignias de metal? Además, había varios campesinos. Y en el fondo, junto a la puerta, estaban Kalganov y Trifón Borisytch...

‑¿Qué ocurre, señores? ‑empezó por preguntar Mitia. Y añadió en seguida con voz sonora‑: ¡Ya comprendo!

El joven de los lentes avanzó hacia él y le dijo con un aire de superioridad y un tono de impaciencia:

‑Tenemos que decirle dos palabras. Tenga la bondad de acercarse al canapé.

‑¡El viejo! ‑exclamó Mitia, enloquecido‑. ¡El viejo ensangrentado! Ahora comprendo...

Y se dejó caer en una silla.

‑¿De modo que comprendes? ‑exclamó el ispravnik acercándose a Mitia. Fuera de si, enrojecido el semblante, temblando de cólera, añadió‑: ¡Parricida, monstruo! ¡La sangre de tu anciano padre clama contra ti!

‑Pero eso es imposible ‑dijo el petimetre‑. ¡Jamás habría esperado, Mikhail Makarovitch, que fuera usted capaz de proceder de este modo!

‑¡Esto es el delirio, señores, el delirio! ‑continuó el ispravnik‑. Miradlo: ebrio y manchado de la sangre de su padre, pasa la noche con una mujer alegre. ¡Esto es el delirio!

‑Le ruego encarecidamente, mi querido Mikhail Makarovitch ‑dijo el hombrecillo «tuberculoso»‑, que ponga freno a sus sentimientos. De lo contrario, me veré obligado a...

Interrumpiéndole, el joven juez de instrucción dijo con acento firme y grave:

‑Señor teniente de la reserva Karamazov, debo advertirle que está usted acusado de ser el autor del asesinato de Fiodor Pavlovitch, cometido esta noche.

Dijo algo más. El suplente habló también. Pero Mitia no los comprendió: los miró a todos con una expresión de extravío.

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