Los mártires del Japón(Versión para imprimir)

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Elenco
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Los mártires del Japón Félix Lope de Vega y Carpio


Los mártires del Japón

Félix Lope de Vega y Carpio

Los que hablan en ella son los siguientes:

 



Tayco Soma
Emperador
Rey de Bomura
Alcaide


Rey de Amanqui
Rey de Siguén
Un indio
Un soldado


Mangazil
Tomás, niño
Quildora
Guale


Nerea
Rey de Singo
Un fraile agustino
Un fraile dominico


Un fraile franciscano


El fraile dominico es llamado, a partir de la jornada segunda, por su apellido, Navarrete.
El rey de Amanqui es llamado indistintamente así o de Amarque.


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Acto I
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Los mártires del Japón Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


Tocan cajas; sacan cuatro indios al EMPERADOR Jisonén en hombros, pónenle en un trono; delante de él salen cuatro reyes con sus coronas.
BOMURA:

  Emperador invicto del Poniente,
donde el sol soberano,
por coronar tu frente,
de nueva luz se ostenta más ufano:
setenta y cuatro reyes
a sujetarse vienen a tus leyes,
y en este campo ameno,
de variedad y de hermosura lleno,
como en este hemisferio
es costumbre heredada del Imperio,
para dar la obediencia,
estamos esperando tu presencia.

SINGO:

Goces por tantos siglos el gobierno,
que pases de mortal a ser eterno,
y por edades tantas
te sirvan de tapetes a tus plantas
tantas coronas bellas,
porque corones más que el sol estrellas;
cuando el honor de tu poder avises,
en carro de metal dichoso pises.


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AMANQUI:

Y a pesar del olvido,
vivas, cuanto adorado, obedecido.
(Pónenle los tres reyes las coronas a los pies en el trono, y el REY DE SIGUÉN se queda a un lado del tablado, sin llegar.)

EMPERADOR:

Rey de Siguén, ¿no llegas?
¿Cómo tú solo me obediencia niegas,
y tu corona en mi presencia tienes
sin rendilla a mis plantas con tus sienes?

SIGUÉN:

  Yo, Emperador, no me llego
porque no es bien que me humille
a quien con tirano imperio
el Japón hermoso rige.
Yo no vine a obedecerte,
aunque a aqueste tiempo vine;
que los vasallos leales,
a sólo su Rey se rinden.
Tayco Soma, que dichoso
en etérea mansión vive,
y al lado del sol eterno,
términos al cielo mide,
al tiempo que lo divino
de lo mortal se despide,
y su espíritu glorioso
al ajeno cuerpo asiste,
a Tayco, su hermoso hijo,
joven a quien toca libre
el cetro que agora ocupas
y la corona que ciñes,
siendo Rey, como nosotros,
te encargó, para que firme
estuviese en este Imperio,
a tus consejos humilde.


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SIGUÉN:

Tú, pues, que soberbio siempre,
de sola ambición te vistes,
notando que de seis años
era estorbarlo imposible,
le envías a aquesta torre,
que trepando altiva y libre
por las regiones del aire,
con las estrellas compite.
De su libertad tirano,
inocente le pusiste
donde con guardas le ocupas
y con prisiones le oprimes;
y en vez de dalle obediencia
como a Emperador insigne,
y verle tratar sin gente
que tu miedo le permite,
como a un bárbaro le tienes
solo, sin que comunique
igual a su nacimiento
las grandezas de su origen.
Quince años ha que es guardado,
y en este tiempo pudiste
atraerte a tu obediencia
tantos reyes invencibles.


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SIGUÉN:

Pero yo, aunque más triunfante
en este lugar te mire,
y más que en el campo flores,
corona de reyes pises,
la que mi cabeza adorna
jamás la verás rendirse
sino a legítimo dueño
de tantas islas felices.
Vuestro Rey es Tayco Soma;
y aunque como muerto vive,
no permitáis que un tirano
vuestro Emperador os quite;
dadles todos libertad,
y si queréis verle libre,
la torre de Usaca está:
seguidme todos, seguidme.
(Vase, y levántase el EMPERADOR en el trono.)


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EMPERADOR:

Espera, cobarde, espera;
que aunque la carrera limites
del sol, con mayor aliento
podrá mi furor seguirte;
industria, no tiranía,
estas glorias me permite,
y ninguno, por reinar,
nombre de traidor recibe.
¿Qué importa heredado imperio?
Heredado, honor, ¿qué sirve?
Quien por sí no lo merece,
de ajenas plumas se viste.
Y porque de mi poder
hoy el rigor abomines,
espera para tu muerte
que al arco la cuerda vibre.
Conocerás si es forzoso
que me adores y me envidies,
que me temas y obedezcas,
que me respetes y estimes.


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(Pone la flecha en el arco, y pónense delante.)
SINGO:

Espérate, Tayco Soma:
ni le apuntes ni le tires;
que no es bien que de su sangre
tantos reyes participen.

SIGUÉN:

Cuando mandaste llamarnos,
salvoconducto nos diste
de que volveremos todos
a ver nuestros reinos libres;
y si tu palabra falta,
faltaremos a servirte,
padeciendo aqueste Imperio
infames guerras civiles.

EMPERADOR:

¿Quién puede al Rey de Siguén
haber dicho que me prive
de esta gloria que merezco,
atropellando imposibles?
¿Quién contra mí le aconseja?

BOMURA:

Yo podré mejor decirte
la causa, porque la sé;
yo fui cristiano.


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EMPERADOR:

Prosigue.

BOMURA:

Por conocer nuevos dioses
dejé la ley que ellos siguen,
y así sé de los cristianos
los intentos y los fines.
Estos, al Rey de Siguén
y a todos los otros dicen
que eres tirano soberbio,
y que injustamente asistes
por señor de aqueste Imperio;
que del trono te derriben,
pues no puedes poseerle
mientras Tayco Soma vive.
Son, señor, estos cristianos,
en su condición, terribles,
soberbios, locos y altivos,
y que, fingiéndose humildes,
solicitan tus vasallos
con apariencias visibles,
hasta que dejan su ley
y la de Cristo reciben.
Las provincias del Japón
tienen hasta sus confines
pobladas de sacerdotes,
que sus doctrinas prediquen.
Destiérralos de tu Imperio,
verás qué seguro vives
de traiciones y de engaños
por muchos siglos felices.


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EMPERADOR:

  ¡Que el poder de mis manos
ignoren estos bárbaros cristianos,
y con bárbaro intento
iguale a mi poder su atrevimiento!
¡Que no teman mi furia!
mas con su sangre lavaré mi injuria;
y, ¡vive el sol!, de quien el ser recibo,
que no me ha de quedar cristiano vivo:
búsquense todos luego;
que los he de acabar a sangre y fuego.
Y tú, Rey de Bomura,
para que mi corona esté segura,
el cargo al punto toma,
oprime su cerviz, su cuello doma;
al español destierra,
no me quede ninguno en esta tierra;
y porque así sosieguen mis intentos,
para aquel que quedare
busca nuevos rigores y tormentos.


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BOMURA:

Por tu valor te juro
que ninguno de mí viva seguro,
y corriendo tu Imperio,
no ha de quedar en todo su hemisferio
sacerdote español que no persiga;
y todos los japones bautizados
serán atormentados
con cuchillo, con arcos y con fuego,
si, como yo, no renegaren luego;
veré si así me dejan:
inútilmente a un bárbaro aconsejan.
¡Que un sacerdote, un español, me impida
gozar mi misma vida,
estorbando mi amor, ¡qué desvarío!
Siendo mujer del que es vasallo mío;
mas yo me vengaré con estas manos,
bebiendo infame sangre de cristianos.

EMPERADOR:

Algo confuso quedo.

SINGO:

De esa inútil pasión desecha el miedo.
Con juegos diferentes
desmiente la tristeza
que en el pecho consientes.


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EMPERADOR:

Volaré de este campo algunas aves
de las muchas que en él con alto vuelo
remontadas se atreven hasta el cielo,
el viento matizando de colores
más oque al campo el abril le ha dado flores;
y en cristalina esfera
trasladada se ve la primavera,
pues confusos parecen
cuando a la vista admiración ofrecen,
que producen ufanos,
con variedades sumas,
el viento flores cuando el campo plumas.
¿Qué torre es ésta?

SINGO:

La que a Tayco oculta.
(Sale un ALCAIDE, indio viejo.)

EMPERADOR:

Mejor dirás que vivo le sepulta.

AMARQUE:

  Aqueste el Alcaide es
que con secreto y cuidado
a Tayco Soma ha criado.

ALCAIDE:

Dame, gran señor, tus pies.


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EMPERADOR:

  Levanta, alcaide, del suelo.

ALCAIDE:

Cuando tal ventura toco,
desde aquestas plantas, poco
será levantarme al cielo.
  ¿Qué novedad te ha traído
esta torre, donde tienes
Tayco preso? ¿A qué vienes?

EMPERADOR:

En la caza divertido,
  aquestos campos pisé;
que no vine con cuidado
alguno, y pues he llegado
adonde nunca pensé,
  decidme, ¿en qué se entretiene
en esta desierta casa,
Tayco? ¿En qué la vida pasa?
¿Qué talle o presencia tiene?
  ¿Es robusto o es hermoso?
¿Es apacible o es fiero?
Porque yo le considero
ya cobarde, ya animoso,
  ya muy humilde, ya altivo.
De bélica inclinación
y con varia condición,
ya noble, ya vengativo.
  ¿Es inclinado a la guerra?
¿Tiene buen entendimiento?


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ALCAIDE:

Señor, de tu pensamiento
esa confusión destierra;
  que no hay causa en él bastante
para que en cuidado estés.

EMPERADOR:

¿De qué manera?

ALCAIDE:

Porque es
un bárbaro, un ignorante;
  es un simple, un tonto, y tal,
que distinguirle podría,
la misma filosofía,
mal de un bruto irracional.
  Su discurso no consiente
actos al entendimiento,
porque sólo el sentimiento
tiene de ánima viviente;
  ni pregunta ni desea
saber más de lo que sabe,
porque ni tiene ni cabe
mayor concepto en su idea.
  Y aunque discurso tuviera,
tan bárbaro se ha criado,
en esta torre encerrado,
que casi imposible fuera
  saber más ni sentir más.


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EMPERADOR:

Quiero verle.

AMARQUE:

Por él voy.

EMPERADOR:

No quiero sepa quién soy,
y tráele aquí.

ALCAIDE:

Tú verás
  la forma que al alma informa;
no al alma, que no conviene
a quien discurso no tiene;
mas espera darte forma.
  No ha visto en su vida al sol,
ni sabe si hay noche o día,
ni cómo su luz envía
con su dorado arrebol;
  nunca ha visto de la tierra
los ejércitos de flores,
que a las fuentes con amores
publican gustosa guerra;
  nunca ha visto de la luna,
señor, la inconstante cara,
ni discurre ni repara
en admiración ninguna;
  y porque llegues a ver
lo bárbaro que ha vivido,
en su vida ha conocido
ni sabe lo que es mujer;
  que sólo, en aquesto fundo
su notable imperfección;
que sus ignorancias son
las cuatro partes del mundo.


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(Sale AMARQUE.)
AMARQUE:

  Hasta la estancia llegué
de Tayco, y como me vio,
tanto de mí se admiró,
que yo casi lo quedé;
  y entre muchas turbaciones
y un dudar tardo y prolijo,
al cabo de un rato dijo,
en mal formadas razones,
  que si acaso era yo Dios,
el mundo mayor hiciera
porque en el mundo cupiera,
pues sólo en él caben dos;
  mas ya a tu presencia viene
absorto, maravillado.
(Sale TAYCO vestido de piel.)

EMPERADOR:

¡Gran gusto en velle me ha dado!
¡Hermosa presencia tiene!

ALCAIDE:

  Confuso y ciego se admira,
porque, bárbaro ignorante,
siempre con igual semblante
al cielo y la tierra mira,
  al sol que en fuego le enciende,
atrevido a mirar llega,
y como su luz le ciega,
quitar los rayos pretende.
  ¡Tayco, Tayco!


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TAYCO:

¿Quién me nombra?

EMPERADOR:

A la Voz que le llamó,
inadvertido volvió,
y se espantó de su sombra.

TAYCO:

  ¿Quién eres que me persigues?
¿Quién eres que no me dejas?
Cuando me acerco, te alejas;
cuando me alejo, me sigues.

EMPERADOR:

  ¡Ah, Tayco!

ALCAIDE:

Grandes espantos,
de ver tres ha recibido.

AMARQUE:

Nuevo temor ha sentido.

TAYCO:

¿De cuándo acá somos tantos?
  ¿No éramos solos los dos?

ALCAIDE:

Este es mundo diferente;
aquí hay más luz y más gente.

TAYCO:

¿Quién le crió?


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EMPERADOR:

Sólo Dios.

TAYCO:

  ¿Quién es Dios?

EMPERADOR:

El sol.

TAYCO:

¿Cuál es
el sol?

EMPERADOR:

Aqueste que hermoso,
dando esplendor luminoso,
sobre aqueste monte ves.

TAYCO:

  ¡Fuera!

EMPERADOR:

¿Dónde vas?

TAYCO:

No en vano
ser Dios como el sol pretendo,
pues por el monte subiendo,
lo alcanzaré con la mano,
  y seré Dios; que también
sabré yo dar resplandor.

AMARQUE:

¿Quién vio ignorancia mayor?


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EMPERADOR:

¡Que aquesto temiendo estén
  mis sentidos, y que guarde
a un bruto, tan reciamente!
Quien ni presume ni siente,
por fuerza ha de ser cobarde;
  y no quiero que encerrado
viva Tayco Soma ya,
y así el Imperio verá,
de su error desengañado,
  que yo tirano no soy,
ni ambiciones solicito,
pues un bárbaro les quito
y un Emperador les doy.
  Bien dices; la pena esquiva
de su prisión se limite,
y por los montes habite,
donde como bruto viva;
  que no temiendo los daños
de su arrogancia cruel,
mejor será dar con él
al Imperio desengaños.
(Quita al EMPERADOR la corona y no se la acierta a poner.)

TAYCO:

  ¡Ay, ay, qué cosa tan bella!

ALCAIDE:

¡Quita!


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AMANQUI:

¡Aparta!
..................................

EMPERADOR:

Deja, veré lo que hace.

TAYCO:

Pensé que había nacido con ella,
  viéndola en ese lugar.

ALCAIDE:

¿Qué es lo que quieres hacer?

TAYCO:

Yo no me la sé poner,
aunque la supe quitar.

AMANQUI:

  ¡Qué ignorancia!

EMPERADOR:

Loco estoy;
de contento pierdo el seso,
rey de Amanqui; yo confieso
que más consolado voy;
  ya no hay cosa que me impida,
si el cielo en darme se emplea
contrario que no desea,
segura tengo la vida.


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(Vase el EMPERADOR y el REY DE SIGUÉN.)
TAYCO:

  ¿Fuéronse?

ALCAIDE:

Sí, ya se fueron.

TAYCO:

Déjame echar a tus pies,
¡amparo de mi inocencia,
padre amado, amigo fiel!

ALCAIDE:

Álzate, Tayco; ¿qué haces?

TAYCO:

Deja que en el suelo esté,
porque sirviendo a tus plantas
no envidie las glorias de él;
esta industria tuya pudo
librarme de la cruel
saña de un fiero tirano,
y pues el remedio es
de mi vida tu lealtad,
en día que salgo a ver
el cielo, la tierra, el sol,
será justo que me des
más particular noticia
porque llegue a conocer
las cosas que imaginadas
confusamente formé;
simple me mandas fingir,
muy poco tengo que hacer,
pues sólo como ignorante
las verdades fingiré;
flores, luz, estrellas, rayos,
contemplo; pero no sé
sino los nombres, que ignoro
las propiedades del ser;
dime lo más importante,
porque a tu lealtad de fe,
como le debo la vida,
le deba el honor también.


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ALCAIDE:

Ya, Tayco, libre y confuso,
desde aqueste campo ves
tierra varia, cielo hermoso,
viento, nada al parecer.
La tierra nos da sus frutos,
piadosamente cortés;
produce las plantas bellas
que agora tus ojos ven.
Compone la primavera
un amoroso vergel,
que en variedad y hermosura
un cielo de flores es.
Verás de naturaleza
el apacible pincel
perderse entre los colores
que son de más interés.
Síguese el invierno, y luego
sujeto el campo al desdén
del viento, que licencioso
le roba todo su bien,
seco y pálido se muestra,
sin conservar ni tener
fino nácar en la rosa,
ni púrpura en el clavel.
Es el viento aquesta esfera
vaga, insensible, y en él
tienen estancia las aves
como en las aguas el pez.
Es el mar un monstruo horrible,
que aunque, soberbio y cruel,
pudiera cubrir la tierra,
guarda obediente la ley
del límite que le puso
el soberano poder
del sol, que en ardiente esfera
cercado de luz se ve.
Ya tú sabes que es el sol
padre universal que fue
de todo cuanto hay criado.


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TAYCO:

Eso quisiera entender,
por qué le llamamos Dios
al sol que miro.

ALCAIDE:

¿Por qué?
Porque todo lo ilumina
con su hermoso parecer.
El sol es quien nos alumbra,
y su luz hermosa fue
de Quien tomó ser el mundo;
verásla al amanecer
derramar lucientes rayos
de esplendor y rosicler,
juzgándose luminoso
de todas las cosas Rey.

TAYCO:

Aqueste nombre de Dios
ha puesto en mí un proceder
con temor o con respeto.
Perdone el sol esta vez;
que aunque ignorante, imagino,
Gualemo, que no ha de ser
Dios el que tan fácilmente
se ha dejado comprender.


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ALCAIDE:

¿Por qué no, si fue criado
para ser Dios?

TAYCO:

Pues si fue
criado, tuvo criador,
y no es justo que le den
nombre de Dios a la hechura
falsamente, sino a quien
le crió, pues quien le hizo,
bien le podrá deshacer:
¡bueno fuera que el autor
quisiese descomponer
su máquina, y se quedase
el mundo sin Dios después!
(Sale AMANQUI.)

AMANQUI:

¿Oyes?

ALCAIDE:

Disimula.

AMANQUI:

¿Dáislo?

TAYCO:

Dáislo ¿es algo de comer?

AMANQUI:

Dice que solo un instante
a Tayco no le dejéis,
sino que por estos campos
siempre con guardas esté.


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ALCAIDE:

Su mandamiento Real
es forzoso obedecer.

AMANQUI:

¿Qué es lo que quieres?

TAYCO:

Que un poco
de aquese daislo me déis.

AMANQUI:

¿Quién vio simpleza mayor?
(Vase.)

TAYCO:

Digo que, a mi parecer,
quien para mí ha de ser Dios,
de sí mismo ha de pender.

ALCAIDE:

Tuvo el sol en su principio.

TAYCO:

¿Tuvo el sol principio?

ALCAIDE:

¿Pues?

TAYCO:

Pues el que principio tuvo,
fin por fuerza ha de tener.

ALCAIDE:

Si el sol hubiera nacido
de sol, pudieras hacer
ese bárbaro discurso,
pero de sí mismo fue
causa y efecto, y no tuvo
otro autor para nacer;
que mal pudieran formalle
manos de hombre o de mujer.


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TAYCO:

Yo dudé, como ignorante,
mas hasme de responder
aquesta necia pregunta:
muchas, veces te escuché
de mujer el dulce nombre,
y engendra en mí cada vez
un amor que no es amor,
un temor que no es temer,
un deseo que no es nada.
Y al fin siento un no sé qué,
que, si no es Dios, es, sin duda,
bello animal la mujer.
Por el sol, por Dios te pido
que me des a conocer
aquesta deidad que ignoro,
o que me digas lo que es.

ALCAIDE:

La mujer es compañera
del hombre, es su mismo ser,
y sin ella no podía
conservarse el mundo.

TAYCO:

A fe
que sin miralla me admira,
en mis sentidos crié
agora nuevos deseos
con interno placer.


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ALCAIDE:

Ya, Tayco, que más capaz
y con libertad te ves,
escúchame un rato atento
y conocerás mi fe.
Aquesta torre que miras
ha sido de tu niñez
el ocaso; que tú solo
has nacido sin nacer.
Ya sabes con el recato
que yo en ella te crié,
obedeciendo forzado
mandamiento de mi Rey.
Ya sabes que en este tiempo
imposible cosa fue
que del sol la cara hermosa
salieses jamás a ver;
y bien sabes que, piadoso,
contra el mandato y la ley
que tenía por noticia,
varias cosas te enseñé;
pero agora que ya puedo
más libremente poner
en tus labios un secreto
que tantos años guardé,
decirte quiero quién eres,
porque no es razón que estés
ajeno de tus grandezas,
ignorante de tu bien:


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ALCAIDE:

tú, de Tayco Soma fuiste
único hijo, y a quien
de aqueste Imperio conviene
el invencible laurel;
ya por montes, ya por valles,
baña un arroyo los pies
del jacinto más humilde,
del más altivo ciprés;
pero cuando más soberbio,
en el mar entra, y en él
pierde el brío, porque todo
vuelve a su centro después;
tú, del mar de aqueste Imperio,
fuiste oculto arroyo ayer,
y del centro de la tierra
el mundo has salido a ver;
el sol vive, que por fuerza
a tu centro has de volver,
para que con esto tenga
más descanso mi vejez.

TAYCO:

Dame esos pies, padre mío,
confiado que si ves
el cetro en aquestas manos,
y todo el mundo a mis pies,
dueño de tantas grandezas
sólo lo quisiera ser
para dar, agradecido,
correspondencia a tus pies.


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(Vanse.)
(Sale el REY DE BOMURA y un CRIADO.)
BOMURA:

  Esta religión que alcanza
sólo un Dios, y muchos niega,
hoy ha de ver dónde llega
el brazo, de mi venganza;
  ese mar que forma soles
en las ondas que ha quebrado,
hoy se ha de ver agobiado
de cristianos españoles.

CRIADO:

  Aquí vive Mangazil,
un japón que sabe poco,
hombre ni cuerdo ni loco,
ni cristiano, ni gentil;
  de tal gusto y amor es,
que alegre con todo pasa,
y tiene siempre en su casa
españoles.

BOMURA:

Llama, pues.

CRIADO:

  ¡Mangazil, el Rey espera
de Bomura!


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(Dentro MANGAZIL.)
MANGAZIL:

¡Oh, casa honrada!
¡Como quien no dice nada!
¡Voy volando!

BOMURA:

De manera
  parecen en mí inmortales
la crueldad y los enojos,
que han de ser rayos mis ojos
contra españoles.

CRIADO:

¿No sales?

MANGAZIL:

  Tengo la memoria extraña:
¿qué Rey es? Ya ve que son
más los reyes del Japón
que los títulos de España.

CRIADO:

  De Bomura es este Rey.

MANGAZIL:

Por lo menos... ¡Voy volando!

BOMURA:

Hombres que están predicando
nuevo Dios y nueva ley,
  no tendrán vida segura
si los dioses inmortales
tienen en poco.


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CRIADO:

¿No sales?

MANGAZIL:

¿El mismo Rey de Bomura?

CRIADO:

  El mismo.

MANGAZIL:

¡Cuerpo de tal!...
¡Voy volando!

BOMURA:

Esos navíos
surcarán los mares fieros,
llevando a la India oriental
  esa gente que pregona
infierno y pena al gentil.
¡Mueran todos!

CRIADO:

¡Mangazil,
el Rey te espera!

MANGAZIL:

¿En persona?

CRIADO:

  Sí.

MANGAZIL:

Ya es mi casa palacio.
¡Voy volando!

CRIADO:

Flema tienes:
voy volando, y nunca vienes.


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(Sale MANGAZIL.)
MANGAZIL:

¿No ve que vuelo despacio?
  ¡Un Rey en la casa mía!
¡Mi dicha no tiene par!
Descálzome, para usar
la japona cortesía;
  más acomodada es
la que al español ensalza,
es la cabeza descalza,
y nosotros ambos pies.
  ¿No es mejor quitar bonetes
sin mostrar de rato en rato
trece puntos de zapato
y catorce de juanete?

BOMURA:

  ¿Tú eres gentil o cristiano?

MANGAZIL:

No haya por eso pesares:
yo soy lo que tú mandares,
que soy hombre cortesano.

BOMURA:

  ¿Qué Dios adoras?

MANGAZIL:

Ninguno,
para quitarme de duda
al pedir favor y ayuda;
dice el cristiano que hay uno,
  mil dice el japón, y estoy
con tan buenos pensamientos,
que, por tenerlos contentos,
de ninguna parte soy.


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Los mártires del Japón Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


BOMURA:

  ¿Qué cristiano solemniza
su ley en tu casa?

MANGAZIL:

Tres.

BOMURA:

¿De qué traje?

MANGAZIL:

El uno es
del color de la ceniza
  cuando caliente se saca;
...............................................
ni bien grulla, ni bien ciervo;
otro que parece urraca.

BOMURA:

  Llámales, pues.

MANGAZIL:

Es tan fuerte
tu voz, que ellos han salido
sin llamarlos.

BOMURA:

Han venido
a su destierro, a su muerte.


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Los mártires del Japón Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


(Salen tres frailes de San Francisco, Santo Domingo y San Agustín.)
BOMURA:

  Ya, sacerdotes cristianos,
el supremo Emperador
ha cometido el furor
de su justicia a mis manos.
  Ya se logró mi esperanza,
ya dichoso siglo viene;
que un agraviado no tiene
más gloria que su venganza,
  desde este nuestro Poniente,
en sus espaldas el mar,
cristianos ha de llevar
a las Indias del Oriente.
  Salid luego desterrados
del Imperio del Japón,
y ¡viva la religión
que fue de nuestros pasados!

FRANCISCANO:

  Quien fue cristiano, ¿comete
delito tan capital?
Nuestro Padre provincial,
fray Alonso Navarrete,
  (a Santo Domingo estamos
obligados de mil modos)
hable, responda por todos;
voz y obediencia le damos.


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DOMINICO:

  Vuelve, Rey, vuelve en ti mismo;
no sigas dioses mortales;
no profanes los cristales
de la fuente del bautismo.
  Hombre que fue bautizado,
hombre que ha tenido nombre
de cristiano, y a Dios-Hombre
costó sangre del costado,
  ¿le ha de negar, siendo eterno
y el que vida y ser nos da,
sin temor de que abra ya
sus gargantas el infierno?
  Tú, porque cristiano fuiste,
más te abrasas, más te enciendes;
Judas fuiste, a Cristo vendes,
pues que su Iglesia vendiste.
  Darte a Dios, hacerte sabio,
¿merece tanta crueldad?
Enseñarte la verdad,
¿ha sido injuria ni agravio?

BOMURA:

  El Emperador solía
permitiros en su Imperio;
cansóse, y a otro hemisferio,
por ese mar os envía.
  Quiero dar a los navíos
el orden que han de guardar;
paciencia y no replicar.
¡Ah, pilotos!
(Vase.)


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MANGAZIL:

Padres míos,
  ya mi condición es clara,
nada me puede enojar;
pero a poderme pesar,
prometo que me pesara.

DOMINICO:

  Mangazil, páguete Dios
mi hospedaje, hágate un santo.

MANGAZIL:

No fuera malo, entretanto,
que lo pagáredes vos.

DOMINICO:

  Es Dios tan bueno... Él lo haga;
que la esperanza no pierdo
de verte cristiano y cuerdo.

MANGAZIL:

Pero, en esto de la paga,
  ¿qué tenemos?

DOMINICO:

Yo confío
que Dios te lo ha de pagar.

MANGAZIL:

Tampoco me he de enojar;
vaya con Dios, padre mío.
(Vase.)


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FRANCISCANO:

  Padre provincial ¿qué haremos?
En peligro y duda estamos;
a la cosecha nos vamos,
sazonada mies perdemos;
  lo sembrado en el Japón
se perderá en nuestra ausencia.

AGUSTINO:

No tema, padre, paciencia,
que ya está la religión
  bien fundada, y admitida.

DOMINICO:

Padres, paréceme a mí
que nos volvamos aquí,
aunque arriesguemos la vida;
  es quedar desconsolados
si salimos del Japón,
los que ya cristianos son
es fuerza, y los bautizados,
  si les falta la doctrina,
a sus ritos volverán.

FRANCISCANO:

Cuidado y pena me dan.

AGUSTINO:

Pues, padre, ¿qué determina?


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DOMINICO:

  Que procuremos volver,
en su traje disfrazados,
y estemos disimulados
como indios, para poner
  ánimo cuando nos echen.
En tierra volver podemos,
ya que su lengua sabemos;
nuestras vidas aprovechen
  a los japoneses fieles.

AGUSTINO:

Y ¿en qué vendremos?

DOMINICO:

Rey mundo
nos hará el cielo segundo;
las capas serán bajeles;
  la gente que nos estima,
sin duda nos seguirá,
y al golfo se atreverá
una chalupa; que anima
  mucho el religioso celo
en los indios ya cristianos.

FRANCISCANO:

Démonos los tres las manos
de volver a morir.

DOMINICO:

¡Cielo,
  danos favor, danos brío!


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AGUSTINO:

La vuelta al Japón ordena.

FRANCISCANO:

¡Vuelva yo a pisar la arena
de esta playa, Cristo mío!
(Sale TOMÁS, niño.)

TOMÁS:

  Deo gracias.

DOMINICO:

¡Oh, Tomás!
¿De qué tu tristeza es?

TOMÁS:

Padre, si se van los tres,
¿qué me puede afligir más?
  ¿Cómo ayudaré yo a misa?
¿Cómo seré buen cristiano?

DOMINICO:

Dios es Padre soberano:
vuelve en consuelo y en risa
  tus lágrimas, que ese mar
nos traerá a su playa presto.
(Clarín.)

FRANCISCANO:

Un clarín suena; ¿qué es esto?
Tocan a leva.


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(Dentro:)
[VOZ]

¡A embarcar!

DOMINICO:

  Vamos, padres,

FRANCISCANO:

¡Adiós, hijo!

DOMINICO:

No haya descuido, Tomás,
con el rosario.
(Vanse.)

TOMÁS:

Jamás
olvidé lo que me dijo,
  y si me dejare el llanto,
le rezaré cada día,
porque el nombre de María
es muy dulce, es nombre santo.
(Sale QUILDORA con arco y flechas.)

QUILDORA:

  Liseo, di, ¿por qué estás
tan triste? Llorar te veo.

TOMÁS:

Ya no me llamo Liseo;
llámeme, madre, Tomás,
  o deje de ser mi madre.

QUILDORA:

Muy cristiano estás.


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TOMÁS:

Si fuera
buen cristiano, no tuviera
madre gentil.

QUILDORA:

Y tu padre,
  ¿no murió en mi religión?

TOMÁS:

Por esto está en el infierno;
¡que no adore un Dios eterno
el Imperio del Japón!
  ¡Gran desdicha! Madre mía,
¿cuándo cristiana ha de ser?

QUILDORA:

Cuando iguale mi poder
al sol, que es padre del día;
  cuando yo emperatriz sea
de este Imperio, siendo agora
una humilde cazadora
que en esos montes pelea
  con las fieras, pues vivimos
de su rendida fiereza;
cuando ciña mi cabeza
oro, perlas a racimos;
  si esto es imposible, di,
¿cuándo podré ser cristiana?
(Dale la mano.)


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TOMÁS:

Acepto de buena gana
la condición, porque así
  no pierdo las esperanzas.
Déme la mano y la fe
de cumplirlo.

QUILDORA:

Sí haré:
término infinito alcanzas.

TOMÁS:

  Ver quiero embarcar agora
a mi padre Navarrete;
paz el agua les promete:
adiós, madre; adiós, Quildora.
(Vase.)
(Cantan GUALE y NEREA dentro.)

GUALE:

  Corzos que voláis por flores,
huid si tenéis temor,
que os buscan tres cazadoras
que matan con flechas
y mueren de amor.

QUILDORA:

  Guale me llama cantando:
responder así le quiero,
porque de su voz infiero
que así me viene buscando.
(Canta:)
  Cazadoras que matáis
con flechas del ciego dios,
ya que a todos les flecháis,
curadlos de celos, matadlos de amor.


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NEREA:

  Es hora que el monte vea,
dando a las fieras asombro,
flechar el arco del hombro.

QUILDORA:

¡Oh, Guale! ¡Amiga Nerea!
El sol os escuche y vea:
proseguid vuestra canción,
que los montes del Japón,
verdes columnas del cielo,
han sentido ya recelo
de tan hermoso escuadrón;
  Guale prosiga su canto
mientras que Polemo viene;
hiera tu voz, cuando suene,
como el aura crece el llanto;
que yo admiraré entretanto
la gloria que el sol envía
en esa dulce armonía
con que las penas ablandas.

GUALE:

Yo prosigo, pues lo mandas;
así la canción decía:
(Canta:)
  Corzos que voláis por flores,
huid si tenéis temor,
que os buscan tres cazadoras


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TODOS:

que matan con flechas de celos de amor.
De los ojos de Nerea
pudieran temblar mejor,
que iguala esta cazadora
en luz y belleza a los rayos del sol.
(TAYCO en alto.)

TAYCO:

  Fiero jabalí, ¿a qué parte
de las cerdas haces plumas
por no volar con espumas
que la sangre han de lavarte?
Ave soy para alcanzarte.

NEREA:

¿Quién da voces?

QUILDORA:

Cazadores
que flecharán pasadores
de algún corzuelo veloz;
no interrumpan esa voz
que escuchan vientos y flores.
(Canta GUALE)

GUALE:

Cuatro ninfas que parecen
hijas de ese blanco mar,
a la montaña se ofrecen
con arcos que flechan marfil y coral.


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TAYCO:

  ¡Oh, qué celestial grandeza
en este monte se ofrece!
Los rayos del sol parece
que imita naturaleza.
Esta divina belleza
tanto abrasa el pecho mío,
que entre el fuego y entre el frío,
contrarios que el pecho pasa,
todo el corazón se abrasa
y el alma confusa envío.
  Cuatro rostros celestiales,
sin conocer lo que sea,
me representan la idea;
son divinos, no mortales.
Nunca aquestos animales
he visto; debe de ser
esta la bella mujer
que no han querido que vea;
pero sea lo que sea,
esta vez me he de perder.

NEREA:

  Una fiera ha descendido
de aquel monte.

QUILDORA:

Pues que muera
a nuestras manos la fiera
que a tus ojos se ha atrevido.


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TAYCO:

Que no me tiréis, os pido,
con aspectos celestiales.

QUILDORA:

Donde nacen hombres tales,
¿mujeres te espantan, di?

TAYCO:

¿Luego sois mujeres?

QUILDORA:

Sí.

TAYCO:

¡Ah, qué bellos animales!
  No he visto en toda mi vida
otra ninguna mujer;
divino es vuestro poder.

QUILDORA:

Admiración nunca habida:
bárbaro, ¿quién eres?

TAYCO:

Vida
me da tu semblante airoso;
hombre soy, y tan dichoso
estoy de mirarte aquí
que hoy el poder conocí
de Dios en tu rostro hermoso.

NEREA:

  ¡Vámonos de aquí, Quildora;
no esperes más, por tu vida!


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TAYCO:

Mirad que lleváis mi vida;
mira que el alma te adora.

QUILDORA:

Dime quién te obliga agora
a más respeto y decoro.

TAYCO:

Vuestras deidades adoro,
pero en margen tan hermosa,
Venus son, y tú la rosa
que corona granos de oro.

QUILDORA:

  De tu extrañeza me espanto.

TAYCO:

De tu belleza me admiro.

NEREA:

Ven, Quildora.

TAYCO:

Ya suspiro.

QUILDORA:

¡Suéltame!

TAYCO:

De ti me espanto.

QUILDORA:

Mira que me esperan.


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TAYCO:

¿Tanto
rigor tienes?

QUILDORA:

Soy cruel.

TAYCO:

¿No eres constante?

QUILDORA:

Y fiel.

TAYCO:

Pues ¿por qué eres rigurosa?

QUILDORA:

Soy mujer.

TAYCO:

Siendo hermosa,
no fue perfecto el pincel.

QUILDORA:

  Amor es perfecto ansí.

TAYCO:

Y yo soy tuyo y constante.

QUILDORA:

Eres hombre.

TAYCO:

Soy tu amante.

QUILDORA:

Yo soy mujer.


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TAYCO:

¡Ay de mí!
Has de ser mía.

QUILDORA:

No y sí.

TAYCO:

No te entiendo.

QUILDORA:

Ahora no importa.

TAYCO:

Esas crueldades reporta:
no te vayas.

QUILDORA:

Ya no puedo.

TAYCO:

¿Me dejas?

QUILDORA:

Contigo quedo.

TAYCO:

Y yo sin vida.

QUILDORA:

No importa.
(Vase.)


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Acto II
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Salen TAYCO y el ALCAIDE.
ALCAIDE:

  Ya tienes, hijo, noticia
de las cosas que, en tu edad,
te han de enseñar la verdad
y han de vencer la malicia.
  Cuanto supe te enseñé;
cuanto me dio la experiencia
en largos años, a ciencia
lo reduje.

TAYCO:

Ya lo sé.

ALCAIDE:

  Resta agora que, fingiendo
rústica simplicidad,
encubras la majestad
de quien eres discurriendo
  por el Imperio y mostrando
a los reyes la justicia
que una tirana malicia
con poder te va usurpando.
  Sepan quién eres y vean
que, por divino misterio,
eres capaz del Imperio
que regularte desean.
  Sé modesto en las acciones,
porque dándote favor,
te aclamen emperador
supremo de los japones.


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TAYCO:

  Padre, que este nombre debo
a tu amor y a tu crianza,
pues por ti mi vida alcanza
nueva virtud y ser nuevo;
  una cosa no me enseñas:
sin ti la vi, y aprendiendo
que la siento y no la entiendo:
mas dirétela por señas:
  vi la divina belleza
de la que llamas mujer,
donde abrevió su poder
la madre naturaleza.
  Sentí, al verla, una pasión,
un cuidado, unos antojos,
que parece que a los ojos
se asomaba el corazón.
  En su presencia sentía
un placer si me miraba,
un dolor si se ausentaba,
una gloria si me vía.
  Vivo, cuando estoy sin ella,
con tristeza y con cuidado,
y el pecho, regocijado,
salta cuando vuelvo a ella.
  El corazón, si la veo,
todo es placer, todo gloria,
y si no, con la memoria
la imagino y la deseo.
  Dime, ¿qué es este temor
y esta animada osadía,
esta pena y alegría,
esta vida y muerte?


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ALCAIDE:

Amor:
  eso siente el hombre que ama.

TAYCO:

Dulce es amor y suave.

ALCAIDE:

Quien de su rigor no sabe,
dulce, como tú, le llama;
  pero gustando el veneno
de los celos, el amor
es semblante de traidor,
áspides tiene en su seno.

TAYCO:

  ¿Qué son celos?

ALCAIDE:

Un morir
por ver no queriendo ver,
que se sabe padecer
y no se sabe decir.
  Pocos amaron sin ellos;
tú sabrás después quién son,
cuando a la dulce ocasión
quieras coger los cabellos.
(Vanse.)


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(Salen QUILDORA y NEREA en lo alto del monte.)
QUILDORA:

  Antes de bajar al valle,
que ya tus ojos desea,
quisiera decir, Nerea,
un secreto.

NEREA:

No lo calle
  tu lengua, que si es de amor,
comunicado da gusto.

QUILDORA:

¿Viste aquel joven robusto
que, con rústico valor,
  anda de mí enamorado?
Sabe que le quiero bien.

NEREA:

Y ya mis ojos le ven
cruel fiera de este prado:
  ¿a un bárbaro el alma das?
¿Un medio bruto te agrada?


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QUILDORA:

Aun no estoy enamorada.
inclinada estoy no más;
  Ese bárbaro que ves
habla como sabio y cuerdo,
y con los ojos le pierdo.
............................................
  A sus fuerzas, a sus bríos,
yacen rendidos en tierra
los jabalís de la sierra,
los caimanes de los ríos.
  A sus flechas, que son rayos,
que penetran elementos,
no están libres en los vientos
los hermosos papagayos.

NEREA:

  Aunque alabanzas le des,
es un simple, es ignorante,
y al fin eliges amante
que no sabemos quién es.
(Salen TAYCO y el ALCAIDE.)

TAYCO:

  Si yo emperador me veo,
tan grandes vendrán a ser
tu riqueza y tu poder,
que igualen a tu deseo.


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ALCAIDE:

  Verte libre y sabio, es
para mí el mayor tesoro;
como a emperador, te adoro;
como a rey, beso tus pies.

QUILDORA:

  ¡Mira el honor indecente
que le dan; aquel honor,
al sol o al Emperador
se debe dar solamente.
  ¿Por qué ocasión un anciano
se le postra y sus pies besa,
y adorándole, confiesa
que es el rey más soberano?

NEREA:

  Hará burla de la amiga;
no puede ser otra cosa.

QUILDORA:

Calle mi pena amorosa,
padézcase y no se diga.

ALCAIDE:

  Tirando a las aves viene
el tirano Emperador;
disimula bien, señor.


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TAYCO:

Antes buscar me conviene
  la que estimo y la que adoro,
que amo y ardo sin sosiego;
lloro por matar el fuego,
y me enciendo más si lloro.
  Un caos, una confusión
siento en el alma sin ella:
adiós, padre, que la estrella
sigo de mi inclinación.
(Vase.)

ALCAIDE:

  Reverencia natural
le dan mis ojos al sol:
hasta el Imperio español,
por los campos de cristal,
  tu imperio alargue.
(Vase.)

NEREA:

Quildora,
sus pasos puedes seguir.

QUILDORA:

Antes quiero resistir
esta inclinación agora;
  descendamos, que después
que como al sol le vi dar
adoración singular,
imagino, amiga, que es
  un salvaje, un simple, un loco,
si por cuerdo le tenía.


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NEREA:

El amor te engañaría,
que se contenta de poco.
(Van bajando del monte; el EMPERADOR tirando al cielo un arco.)

EMPERADOR:

  Herido pájaro, subes
con plumas de tornasol,
para medïar al sol
dando púrpura a las nubes.
  ¿Dónde vas con la saeta
que te ha dejado sangriento?
Rastro dejas en el viento,
con que pareces cometa;
  mas ya se inclina su vuelo;
exhalación fuiste breve,
que la muerte no se atreve
a andar tan cerca del cielo.
  Ya bajas hecho un rubí,
de sangre tuya manchado;
ya pareces en el prado
una estrella carmesí;
  cogerla será el empleo
del arco que al sol consagro.
(Tópase con las dos.)
¿Sois mujeres? ¡Oh, milagro
que ha formado mi deseo!
  ¿En los campos, hay belleza
que con los cielos compita?
Mas dondequiera se imita
la misma naturaleza.
  Yo leí que una Diana
fue en las selvas cazadora,
más hermosa que el aurora
teniña de sangre y grana.
  Pensara que sois las dos
ninfas suyas, a no ser
la belleza en la mujer
bosquejo de la de Dios.
(Pónense de rodillas y tápanse los ojos.)


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QUILDORA:

  Ni responder ni mirar
al Emperador podemos.

EMPERADOR:

Esas son leyes y extremos
que se pueden dispensar.
  ¿En qué me habéis conocido?

QUILDORA:

Una inmensa majestad
es soberana deidad
que del cielo ha descendido.

EMPERADOR:

  No encubráis más el valor
de esos soles, yo lo mando.

NEREA:

Quildora, yo estoy temblando.

EMPERADOR:

¿Es respeto o es temor?

QUILDORA:

  Uno y otro.

EMPERADOR:

Levantad.
Descubrid esa luz pura;
porque sólo a la hermosura
se rinde la majestad.
  ¿Cómo os llamáis?


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QUILDORA:

Yo, Quildora;
ésta, mi amiga, Nerea;
nuestra patria es esta aldea,
nuestro caudal es agora
  lo que adquieren nuestras manos,
o cazando en esa sierra,
o cultivando la tierra,
oficio al fin de villanos;
  danos licencia, señor...
............................................
con dos rústicas mujeres
no estáis bien.

EMPERADOR:

Ese es rigor,
  Quildora, y no cortesía.

QUILDORA:

¡Qué han de saber dos villanas!

EMPERADOR:

Di dos hermosas mañanas,
dos albas hijas del día.

QUILDORA:

  Cualquier talle, cualquier brío,
parece en el campo bien;
ese nombre no nos dé
Su Majestad, señor mío.


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EMPERADOR:

  ¡Vive el sol, que eres hermosa!
El alma siento inclinada.

QUILDORA:

¿Qué mucho? También agrada
tal vez la silvestre rosa.
(Sale BOMURA.)

BOMURA:

  Ya con las pintadas plumas
cayó el pájaro, que fuera
sin alma una primavera,
bañado en sangre y espuma;
  vino a morir entre flores
porque Su Alteza lo vea:
¡Válgame el sol! ¿No es Nerea,
la que me mata de amores
  y por quien dejé la ley
del español que persigo?
¿No es éste el norte que sigo?
¡Ay de mí, si agrada al Rey
  soberano de este Imperio!
¡Ay de mí, si Dayso adora
la que es luz, la que es aurora
de todo aqueste hemisferio!
  ¡Ruego al amor que no sea
tan hermosa para él,
como es para mí cruel!


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(Dentro, TAYCO.)
TAYCO:

¡Quildora, Guale, Nerea!
  ¿Dónde estáis? ¿Qué selva o valle
encubre vuestra deidad?

BOMURA:

Antes que su voluntad
más empeñada se halle,
  quiero interrumpir sus labios.
¿Dónde permiten los cielos
que la voz produzca celos
y las palabras agravios?
  ¡Señor, ya cayó en el prado,
sacrificada a tu flecha,
y globo de plumas hecha,
el ave a quien has tirado!

EMPERADOR:

  ¿Qué importa?

BOMURA:

Él está con ellas
con gusto y entretenido:
fiero amor, ¿cuál habrá sido
la que más agrada de ellas?
  Otra vez intento hacer
que las deje, y muchas aves
de las nocturnas y graves
que osaron aborrecer
  el divino resplandor,
entre esas plantas no gimen.


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EMPERADOR:

¿Qué importa?

BOMURA:

Nada. Ya oprimen
celos y dudas mi amor.
(En alto, TAYCO.)

TAYCO:

  ¡Quildora, Guale, Nerea!
Responded a quien os llama,
esperad a quien os ama,
oid a quien os desea.
  No es la gloria que, conquisto
la que da hermosura al prado.
¡Vive el sol, que me he turbado
esta vez de haberla visto!
  El Emperador está
hablando con ella, y ella,
más enemiga y más bella,
nuevo tormento me da.
  Siento una pasión tan fiera,
un cuidado y un pesar,
que la quisiera matar,
cuando adorarla quisiera.
  No sé qué es esto: me inclino
con impulsos impacientes
a matarla con los dientes
por besarla de camino.


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TAYCO:

  No sé si es rabia o temor
esto que en mi pecho lidia;
parece que siento envidia,
parece que siento amor.
  Con un inculto misterio
aborrezco a Dayso agora,
más por hablar con Quildora,
que por quitarme el imperio.
  Mármol soy que no se mueve,
helado y ardiente estoy,
que me parece que soy
volcán cubierto de nieve.
  ¿Qué enfermedad es la mía?
¿Qué mal nuevo es éste, cielos?
¿Si serán estos los celos
que Polemo me decía?
  Sí, pues me siento morir;
sí, pues me siento perder;
sí, pues lo sé padecer;
sí, pues no lo sé decir.

EMPERADOR:

  Ya que violentas os tienen
majestades semejantes,
licencia y estos diamantes
os quiero dar.


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TAYCO:

Aquí vienen
  de golpe mis sentimientos;
aquí sí que mi mal llega
al alma, y ella se anega
en abismos de tormentos.
  Joyas les da; mi fatiga
llega al último pesar;
que quien da, quiere obligar,
y quien recibe, se obliga.
  Y ya que sufrir no puedo,
mal que en el alma no cabe,
cuando la pena es tan grave,
viene a ser vileza el miedo.
  Tío, tío, no les dé
los rayos del sol ansí:
mejores son para mí,
y amigo suyo seré.
  Porque estos dos le prometo,
que como sin barbas vienen,
que aunque más les dé, no tienen
vergüenza, amor ni respeto.

EMPERADOR:

  ¡Simple, aparta!

TAYCO:

No me llamo
ni aparta me diga, amigo;
Tayco dicen que me digo.


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EMPERADOR:

En señal y muestras que amo
  honestamente, tomad
dos diamantes que al nacer
del día pudieran ser
su hermosura y claridad.

QUILDORA:

  Las villanas, gran señor,
de diamantes no entendemos;
bástanos que visto habemos
al supremo Emperador.
  La gloria de haber mirado
tus deidades soberanas,
es majestad que a villanas
ricas deja.

TAYCO:

Habéis hablado
  como hombre de bien las dos:
si a matar habéis salido
aves que dejan el nido,
perdonad aquestas dos.

EMPERADOR:

  ¡Rey de Bomura!

BOMURA:

¡Señor!


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EMPERADOR:

Hoy he formado en el pecho
una malicia: sospecho
que este simple tiene amor.
  Siendo de celos capaz,
no es simple, de donde infiero
que en estos reinos espero
perturbación de la paz.
  Ponedle una guarda fiel
que, a sus acciones atento,
le examine el pensamiento,
y que no se aparte de él.

BOMURA:

  Haráse: di si es Quildora
la que tu amor quiere y precia.

EMPERADOR:

¡Qué curiosidad tan necia!
No lo sabréis por agora.

BOMURA:

  ¡Que no he podido entender
cuál le da cuidado, cielos!
(Vanse.)

TAYCO:

Terrible mal son los celos:
esto causa una mujer.
  Ya respiro; ya la vida
tiene su dominio entero,
habiendo estado primero
o dudosa o suspendida.
  Quildora, yo te agradezco
la constancia que has tenido,
el honor que has defendido
y el favor que no merezco.


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NEREA:

  ¿Cómo es esto? ¡Gran cordura
en el hablar muestra ya!

QUILDORA:

Debe de ser que tendrá
intervalos su locura.
(Salen el REY DE BOMURA y MANGAZIL.)

BOMURA:

  El supremo Emperador
lo ha mandado, y le has de ser
centinela, que has de ver
si es cuerdo o loco pastor;
  este mozo has de guardar,
sin apartarte un momento
de su lado.

MANGAZIL:

Buen tormento
es el que me quieren dar:
  si por ninguna ocasión
en mi vida me pudrí,
porque quiero ver ansí
cuánto vive un buen poltrón,
  ¿cómo guardaré un jumento?


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BOMURA:

. . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Ingenio tienes sutil;
a sus acciones atento
  has de estar.

TAYCO:

El gavilán,
pájaros busca, atrevido:
¡Ox, Palomas; ox, al nido!
Porque seguras no están
  con esta gente las aves:
Rey de poco más o menos,
en estos prados amenos,
¿qué buscáis?

BOMURA:

Lo que tú sabes.

TAYCO:

  Si vos buscáis lo que sé,
sin duda buscáis muy poco,
pues si dicen que soy loco,
bestia soy, nada sabré.

QUILDORA:

  ¿No te dije yo, Nerea?
Ya le vuelve la locura.

NEREA:

Y yo no estaré segura
con este Rey que desea
  darme enfados con su amor:
vámonos.


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BOMURA:

¡Espera, ingrata!

NEREA:

¡Cómo, si tu voz me mata!

BOMURA:

Ya vives con tu rigor.

QUILDORA:

  Vamos.

TAYCO:

Yo podré rogarte
que esperes.

QUILDORA:

No de esa suerte.

BOMURA:

¿Por qué huyes?

NEREA:

Por no verte.

TAYCO:

¿Por qué os vais?

QUILDORA:

Por no escucharte.
(Vanse las dos.)

TAYCO:

  Buenos quedamos los dos
con este claro desprecio:
yo soy simple, vos sois necio;
remédienos sólo Dios.


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BOMURA:

  Tayco, esta guarda te dejo,
que siempre estará contigo,
porque yo la sombra sigo,
sin razón y sin consejo,
  de un imposible de amor,
de una tirana mujer
que espanto pudiera ser
de las fieras su rigor.
(Vase.)

TAYCO:

  ¿Tú me has de guardar aquí?
¿Soy yo loco?

MANGAZIL:

Hombre es de seso:
no reñiremos por eso;
él me ha de guardar a mí.

TAYCO:

  Este Rey es bellacón,
no tiene lealtad ni fe.

MANGAZIL:

En mi vida porfié;
digo que tienes razón.

TAYCO:

  Mas, bien mirado, es mandado,
su condición no me asombre.

MANGAZIL:

Es verdad, él es buen hombre,
como dice, bien mirado.


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TAYCO:

  ¿Eres mi guarda?

MANGAZIL:

No y sí,
como mandare.

TAYCO:

Pues ven.

MANGAZIL:

Voy con él, que dices bien.

TAYCO:

No vengas.

MANGAZIL:

Quédome aquí.

TAYCO:

  Y ¿sabrásme tú alcanzar
cuando corro o cuando lucho?

MANGAZIL:

Me desacomodo mucho,
no sé correr ni luchar,
  no contradicen ninguno;
el otorgador me llaman.

TAYCO:

En los corazones que aman,
no cabe secreto alguno;
  mis celos dieron recelos,
sin duda, al Emperador;
disimulemos, amor;
finjamos locuras, celos.


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MANGAZIL:

  Iba por un haz de leña
al monte, y este cuidado
por pesadumbre me han dado.

TAYCO:

Si a éste dejo, se despeña;
  mi intención ya han de saber,
que tengo industria y valor;
si estoy con él, a mi amor
daré ausencias. ¿Qué he de hacer?
  Válgame el ingenio aquí:
¿quieres que en aqueste prado,
que a sueño, nos ha brindado,
durmamos un rato?

MANGAZIL:

Sí,
  que yo en ganas lo tenía;
pero lo tengo de atar,
porque me podrá costar,
si se va, la vida mía,
  que es la cosa que más precio;
dicen que es tormento esquivo
atar con un muerto un vivo,
y un discreto con un necio.

TAYCO:

  Ata y duerme, camarada,
que yo en la hierba me acuesto.


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MANGAZIL:

Ataré y dormiré presto,
que tengo bien sazonada
  la potencia dormitiva;
cátedra puedo leer
a un lirón.
(Átale con una cuerda a TAYCO, y duerme.)

TAYCO:

¡Que una mujer
de los sentidos nos priva!
  Muero ausente, amando muero,
sólo vivo a su luz.

MANGAZIL:

Ea,
atado está ya; ruin sea
quien despertare primero.

TAYCO:

  Si vasallos desleales
estos imperios me deben,
y las desdichas se atreven
a las personas Reales,
  ¿qué milagro que el amor
se me atreva? Y ya sospecho
que ha derramado en su pecho
su melancólico humor
  el sueño. Quieran los cielos
sacarme de este cuidado
que el Emperador me ha dado
con sospechas y recelos.
  Mientras en el campo está,
como es tirano y cruel,
no estaré seguro de él,
celos y pena me da.
  Ansí veré lo que pasa,
sin dar cuenta a este villano
de este prodigio inhumano
que me hiela y que me abrasa.


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(Ata el cordel a un laurel.)
MANGAZIL:

  ¿Dormimos? Sí, que el cordel
siento firme y bien atado.
¡Buen animal saqué al prado;
tan grande soy como él!
  ¡Si me pudro de guardallo!
(Sale el REY DE BOMURA.)

BOMURA:

Mangazil, advierte bien
que aunque recelos te den...

MANGAZIL:

Calle la bestia, pues callo.

BOMURA:

  ¿Ese es tu cuidado infiel?

MANGAZIL:

Duerma el simple, noramala.

BOMURA:

Ya tu simpleza le iguala.

MANGAZIL:

Eso sí, firme el cordel,
  atado está todavía.

BOMURA:

  El Rey soy: ¡mira!


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MANGAZIL:

Y ¡qué poco,
Rey de cabras y de bueyes,
los locos se fingen reyes!
Aunque yo conozco un loco
  tan simple, que maravilla,
y se tiene, ¡lindo humor!,
por el ingenio mayor
de la corte o de la villa.
(Levántase.)

BOMURA:

  ¿Cómo el simple se te huyó?

MANGAZIL:

Animal por animal,
aquí estoy yo, y otro tal
es quien de mí le fió.
  Cerca estoy de que me pese:
para mi poltronería,
desdicha grande sería...

BOMURA:

¿Te dormiste?

MANGAZIL:

El punto es ese.
  Dióme a merendar lirones
cocidos en escabeche
de beleño, vino y leche.
Como esta vez me perdones,
  otra dormiré a placer.


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BOMURA:

Detrás de él.

MANGAZIL:

Con pies veloces.
(Dice QUILDORA dentro.)

QUILDORA:

¡Ay de mí, Nerea!

BOMURA:

Voces
escucho de una mujer.

QUILDORA:

  ¡Nerea!

BOMURA:

Darán favor
a su voz las manos mías,
si ya no son tiranías
de este injusto Emperador.
(Vase.)


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(Salen los tres religiosos vestidos de japoneses.)
NAVARRETE:

  Tierra que espinas produces,
hoy de nuevo te saludo,
y espero en Dios que des flores,
que son premisas del fruto.
Ya, padres, que en este traje
salimos del mar profundo,
no perdamos tiempo; den
a Dios verdadero culto
estos bárbaros; la mies
copiosa, y no son muchos
los obreros; Dios propague
la cosecha en orden suyo.
Ea, compañeros míos,
bien disfrazados, y ocultos,
al Japón habemos vuelto:
todos parecemos unos;
quiera Dios que lo seamos
en la fe.

FRANCISCANO:

Diversos rumbos
elijamos, dilatando
la Iglesia por este mundo.

AGUSTINO:

Yo predicaré en Fixén
y en Angalaqui.


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NAVARRETE:

Yo cuido
de esta provincia en que estamos;
y quiera Dios, pues nos cupo
en suerte, de parecer
a los Apóstoles suyos.
Agora en él, dividirnos,
que un bosquejo y un rasguño
de esa caridad seamos.
(Vanse todos.)

FRANCISCANO:

Padre, adiós.

NAVARRETE:

El Trino y Uno
ponga eficaz elegancia
en Vuestras lenguas. No dudo,
¡Gran Señor! de tu piedad,
que estos idólatras rudos
a tu Iglesia ha de traer,
que es éste ligero curso.
Por estos campos he visto
romper dos humanos bultos
la esfera del viento; pienso
que es mujer, y algún insulto
va recelando su honor.
Entre estos cauces me encubro;
no es tiempo que me conozcan.


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(Encúbrese en unas ramas, y sale QUILDORA y el EMPERADOR .)
QUILDORA:

¿Cómo, cielos, estáis mudos,
sin dar voces a un tirano,
cuando rayos fueran justos?

EMPERADOR:

Quildora hermosa, detente;
¿no ves, no sabes que oculto
el mundo con mi poder,
como el sol, hermoso y rubio?
¿Quién de mí puede librarse?
El mismo cielo, presumo,
pues volví a encontrarle sola,
que ha correspondido al gusto
que tengo de estar contigo.
Óyeme agora.

QUILDORA:

El que es sumo
Emperador del Japón,
¿pierde así el decoro suyo?
Quien compite con los dioses,
¿imita acciones del vulgo?
Tanto es mayor tu delito.

EMPERADOR:

Pues sin razón ni discurso
te resistes al amor
del que es inmortal trasunto
de los dioses soberanos,
ya deben hacerme tuyo
la violencia y tiranía.


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QUILDORA:

¡Válgame el sol!
(Sale NAVARRETE, y pónese en medio de los dos.)

NAVARRETE:

Él no pudo
valer a nadie; su autor,
dueño y señor absoluto
del hombre, te ha de valer.
Monarca bárbaro, en cuyos
hombros estriba el imperio
de estos piélagos profundos;
¿cómo quebrantas las leyes
que la humana razón puso
a los hombres, siendo tú
quien sus fueros y estatutos
debe amparar?

EMPERADOR:

¿Tú te atreves,
como fiera, como bruto,
a mi alteza y majestad?
Romperá el acero duro
de esta flecha, un pecho aleve
en quien tal audacia cupo.

NAVARRETE:

La violencia y tiranía
aborrece Dios, y puso
a su cuenta la venganza
del humilde y pobre.


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Los mártires del Japón Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


 

EMPERADOR:

Dudo
que eres hombre; di quién eres
que con secretos impulsos,
me detienes el brazo,
o mis fuerzas quitas.

NAVARRETE:

Busco
la salvación de las almas.

EMPERADOR:

¿Eres, por ventura, alguno
de mis dioses?

NAVARRETE:

Hombre soy,
y son falsos y perjuros
tus dioses, y sólo el mío,
es verdadero.

EMPERADOR:

¿Qué escucho?
¿Cómo no te doy la muerte?

NAVARRETE:

No podrás, si el Dios que es sumo,
Él licencia no te da.

EMPERADOR:

¿Eres mágico?

NAVARRETE:

No supo
la magia lo que sé yo.


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EMPERADOR:

¿Qué celestiales influjos
me suspenden?

NAVARRETE:

Los de Dios.

EMPERADOR:

¡Tente!

NAVARRETE:

Escúchame.

EMPERADOR:

Me turbo
en tu presencia.

NAVARRETE:

Tu vida
pretendo sólo.

EMPERADOR:

Pues huyo:
no eres vida, sino muerte.

NAVARRETE:

¡Cómo! ¿Te vas?

EMPERADOR:

Voy confuso.

NAVARRETE:

¿No eres tú Emperador?

EMPERADOR:

No,
pues temo a un hombre.


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NAVARRETE:

¿Quién pudo,
sino Dios, vencerte?

EMPERADOR:

¡Cielos!
No soy Dayso si esto sufro
(Vase.)

NAVARRETE:

Tú, mujer, ¿quién imaginas
que te libra?

QUILDORA:

Eso pregunto.

NAVARRETE:

El Dios de los españoles,
cuyo sacerdote, cuyo
ministro soy del Dios bueno;
el que en una cruz se puso
para dar vida a los hombres.
(Sale TAYCO.)

TAYCO:

Los celos y amor presumo
que son veneno, que son
dioses de poder oculto
que me arrebatan el alma.
Siguiendo voy..., mas ¿qué busco
desengaños y quietud
tan en vano?

NAVARRETE:

Murió el Justo
para pagar por nosotros,
y con su sangre nos trujo
al poder del Padre Eterno.


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Los mártires del Japón Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


 

TAYCO:

No me han visto entre estos juncos,
saetas del campo: quiero
escucharlos.
(Llégase a ellos.)

NAVARRETE:

Si dispuso
tu remedio, bien te quiso;
tenle amor, y sin descuido
pídele mercedes, que es
dueño del cielo y del mundo;
rica serás si le quieres.

TAYCO:

Aquí les cojo en el hurto
de mis dichas; éste, en nombre
del tirano cruel e injusto,
a Quildora solicita:
quiero escuchar.

NAVARRETE:

Si discurso
tienes de razón, Quildora,
ama a este Señor.

TAYCO:

¿Qué dudo?
El Emperador la adora,
y éste es su tercero.


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Los mártires del Japón Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


 

NAVARRETE:

Un punto
es la humana vida sólo;
eternos años y lustros,
inmortales siglos, vive
quien va a su reino: trasunto
del retrato soberano
del Señor que amor te tuvo,
he de darte, y pues has dado
en Tomás a Dios tal fruto,
que ya te conozco, toma.
(Déle una imagen de Cristo crucificado.)

TAYCO:

Aquí mi desdicha escucho,
aquí se me arranca el alma;
si responde bien, no dudo.
Trances de amor, vientos leves,
traed en orden confuso
a mis oídos su voz,
si ha de ser mi muerte.

QUILDORA:

Gusto
me ha dado escucharte; el tiempo,
que dando vueltas y turnos
todo lo vence, quizás
mudará mi pecho y culto;
daré el alma al Rey que dices,
a quien beso y a quien juzgo
por igual del sol.


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Los mártires del Japón Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


 

TAYCO:

¡Ah, cielos!
Ya con nuevas ansias lucho,
con la rabia y con la muerte:
árboles nunca desnudos
de las hojas que os vestís,
cristales blancos y puros,
¿cómo locuras no hago
cuando lágrimas produzco?
Daré voces a los vientos
porque en sus senos oscuros
formen rayos que me acaben;
pero a Quildora no culpo;
mi desdicha es solamente
quien me agravia.

NAVARRETE:

No procuro
darte enfado: adiós, Quildora,
estima esa imagen.
(Vase.)


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TAYCO:

Tuvo
la muerte en pálidas sombras.
Mas ¡horror, hados injustos!
¿Qué penas me destináis?
Falsa ingrata, en quien no cupo
firme honor, ¿cómo rendiste
las altiveces y puntos
vanagloriosos que amor
Con tal pompa, con tal triunfo...
¿No tiene ley ni es esclava
la voluntad? No lo dudo:
pudiste rendirte; pero
si me agravio, si me injurio,
si padezco, si te adoro,
no es mucho, ingrata, no es mucho
que lo sienta y que me queje.
Ese retrato, que suyo,
en tus manos, dice que es,
dará a mis ojos confusos
la venganza y el sosiego,
porque en este tronco duro
le he de clavar, ¡vive el cielo!

QUILDORA:

Estás loco; espera.

TAYCO:

Busco
mi remedio y mi venganza.


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(Quítale la imagen y clávala con la daga, y hácele sangre en la cara.)
QUILDORA:

¿Qué has hecho, bárbaro injusto?
Que es el Dios de los cristianos,
y aquel sacerdote suyo
que la ley me predicaba...
Loco estás.

TAYCO:

Dime difunto.
  ¡Válgame el sol soberano!
Es tu forma y ya se enoja,
reflejos de sangre roja,
rayos de púrpura humana,
ya de mi mano tirana
el mismo cielo se asombre.
¡Señor, perdonad, que el nombre
que tenéis yo no lo sé!
¿Qué mucho que muerte os dé
si venís en forma de hombre?
  Pero ya, si bien se advierte,
estáis vos crucificado
sin ser hombre desdichado:
¿quién os dió, Señor, la muerte?
Caso es duro, trance es fuerte,
que siendo vos solo y uno,
os den dolor importuno
en edad tan juvenil;
que acá tenemos diez mil,
y no matarnos ninguno.


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TAYCO:

  Ni yo os niego, ni yo os creo,
que, si no es para serviros,
no os conozco, y del error,
que me perdonéis deseo.
Enojado, Dios, os veo;
vuestras venas se rasgaron,
sangre viva me arrojaron;
mi cólera me engañó.
¿Qué mucho que os hiera yo,
si los vuestros os mataron?

QUILDORA:

  Quien esto sabe decir,
no es simple, sino discreto.

TAYCO:

Dios del cristiano, en secreto
un don os pienso pedir:
si me hacéis restituir
este imperio soberano,
tengo de hacerme cristiano.

QUILDORA:

¿Qué en secreto le dijiste?

TAYCO:

Que te adoro.


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QUILDORA:

Di que fuiste
muy celoso.

TAYCO:

Y muy tirano.

QUILDORA:

  El viejo que anda contigo,
buscándote viene: adiós;
que no quiero que a los dos
nos halle juntos.

TAYCO:

No sigo
  tu sol, hermosa, por ver
a qué Lepolemo vino.

QUILDORA:

Escucharlos determino.
Aquí me quiero esconder.
(Salen el ALCAIDE LEPOLEMO y el REY DE SIGUÉN.)

ALCAIDE:

  Hijo, buscándote viene
el Rey de Siguén, que es hombre
de valor, prudencia y nombre,
y amor de padre te tiene.
  Dél te fía, que desea
verte señor del Imperio.

SIGUÉN:

Dame tus pies.


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QUILDORA:

¿Qué misterio
es éste? ¡No hay quien lo crea!

TAYCO:

  Levanta, Rey, y los brazos
serán en nuestra amistad
lazos de la voluntad.

SIGUÉN:

Y serán eternos lazos.

TAYCO:

  Ya me ha dicho Lepolemo
que a mi padre amor tuviste,
y que obediente le fuiste.

SIGUÉN:

A mi Emperador supremo
  debo amor.

QUILDORA:

¡Válgame el cielo!
¿Se burlan de él? ¿Qué será?
Pero amor nuevo me da
ver que postrado en el suelo
  le habla un Rey.

SIGUÉN:

Tayco Soma,
que este nombre te es debido,
la ignorancia que has fingido,
a empresa heroica te llama.
  Finge bien, porque te den
la locura y el desprecio
imperios.


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QUILDORA:

Fingido necio,
con razón te quise bien.

SIGUÉN:

  Yo lo dispondré de modo
que muchos Reyes tomemos
las armas, y coronemos
tu persona Real.

QUILDORA:

En todo,
  la dicha y el bien me falta.
No es su igual la sangre mía.
Sólo cuerdo le quería,
mas no persona tan alta.

ALCAIDE:

  Tayco, advierte que el amor
te ha de dañar, porque ansí
tendrá recelos de ti
el tirano Emperador.
  Demás de esto, si te fias
de mujer, yo te prometo
que no te guarde secreto.

SIGUÉN:

Haces mal si no desvías
  esa pasión de tu pecho.
Reprímela, gran señor;
disimula, que el amor
muchos reinos ha deshecho.


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TAYCO:

  Advertido estoy muy bien;
yo lo he de hacer de esa suerte.

SIGUÉN:

A la noche vendré a verte.
(Vanse.)

TAYCO:

Pues adiós, Rey de Siguén.
  Perdonad, amor, que ya
enfreno vuestra pasión,
y el Imperio del Japón
alta esperanza me da.
  Perdonad, amor, que agora
pienso coronar mi frente
la beldad resplandeciente
de los ojos de Quildora.
  Perdone esta vez, amor,
que dais muerte con la ausencia;
. . . . . . . . . . . . . . . . . . .
cese ya vuestro rigor.

QUILDORA:

  ¡Tayco amigo!

TAYCO:

¡Amigo yo!
Engañarme quieres, boba.
¡Qué bien entiendo la trova!
Sospecho que no soy yo.


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Los mártires del Japón Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


 

QUILDORA:

  ¿En qué te puedo engañar,
si sabes que estimo mucho
tu persona?

TAYCO:

Si esto escucho,
mal podré disimular.
  Quildora, el Emperador
diz que te daba diamantes
al mismo sol semejantes:
tomallos fuera mejor.
  Ya me ha vuelto mi locura;
y cuando estoy más ajeno
de jüicio, estoy más bueno,
pues olvido tu hermosura.

QUILDORA:

  Tayco, no debes fingir
simplicidades agora
con la mujer que te adora.

TAYCO:

¡Qué bien lo sabes decir!

QUILDORA:

  Y sentirlo sé mejor.

TAYCO:

Luego, ¿tú bien me has querido?

QUILDORA:

Y ya te adoro.


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Los mártires del Japón Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


 

TAYCO:

Este ha sido
el primer gusto de amor.
  Quildora me quiere bien:
perdone el laurel supremo,
perdóneme Lepolemo,
perdone el Rey de Siguén.

QUILDORA:

  Temo que amor has fingido.

TAYCO:

Y, ¿por qué no lo creías?

QUILDORA:

Porque de mí no te fías.

TAYCO:

Luego, ¿tú nos has oído?

QUILDORA:

  Y me ha pesado.

TAYCO:

¿De qué?

QUILDORA:

De que hombre humilde no seas.

TAYCO:

¿Por qué ese mal me deseas?

QUILDORA:

Porque ansí te perderé.

TAYCO:

  No sabe de amor quien dice
que abomina del amor.


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QUILDORA:

Rica soy con tu favor.

TAYCO:

Amándote soy felice.

QUILDORA:

  Si reinas...

TAYCO:

Tuyo seré.

QUILDORA:

Si no reinas...

TAYCO:

Tuyo soy.

QUILDORA:

Tayco, esta rosa te doy.

TAYCO:

Vale más que un reino, a fe.

QUILDORA:

  Lisonja ha sido famosa.

TAYCO:

Llámala verdad suprema.

QUILDORA:

Si perdieres la diadema...


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Los mártires del Japón Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


 

TAYCO:

No perderé aquesta rosa.
  ¿Dónde podremos los dos
vernos siempre?

QUILDORA:

En estos prados.

TAYCO:

Contentos.

QUILDORA:

Y enamorados.

TAYCO:

Pues adiós, Quildora.

QUILDORA:

Adiós.


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Acto III
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Salen el FRAILE, MANGAZIL y NEREA, con hábitos.
FRANCISCANO:

  Ya que tuviste piedad
de la religión de España,
en el tiempo que acogías
religiosos en tu casa,
esos hábitos, amigo,
de tus tres huéspedes guarda,
porque mortajas tengamos
si el Emperador nos mata;
no hayas miedo que peligres
en guardarlos, porque amparan
a sus devotos los dueños
de sus religiosos santos.

MANGAZIL:

Ese amparo es menester,
porque es tanta mi desgracia,
que siendo guarda de un loco
me dormí con lindas ganas.
Huyóse el loco, y yo, agora
pudiera estar en la cama,
con los achaques de un miedo;
pero para todo hay traza:
si me buscan, me pondré
uno de éstos, si es que guardan
los hábitos, como dices,
a las personas honradas.


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FRANCISCANO:

Domingo, Agustín, Francisco,
son sus dueños.

MANGAZIL:

En un arca
los tendré, padre, guardados
si mi temor no los saca.

FRANCISCANO:

Nerea, ya que por ti
nos persiguen las tiranas
pasiones de un Rey injusto,
¿cuándo piensas ser cristiana?

NEREA:

No te puedo responder,
porque siguiendo la caza
o el amor de una Quildora,
suele venir Dayso Sama
al valle de estas aldeas.
Y pienso, si no me engañan
los recelos, que le he visto;
y huye, padre, si es que guardas
tu vida a mejor empleo.

FRANCISCANO:

Dices bien: que Cristo traiga
aqueste Imperio a su Iglesia.
(Vase.)


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NEREA:

Vosotras, flores y ramas,
que a las aves dais abrigo,
nido y sustento, sed causa
de que un fiero Emperador
no me ofenda, mudas plantas.
Ansí en diamantes de flores
y con verdes esmeraldas
de las hojas, os dé abril
hebras de líquida plata,
que me esconda en vuestros lazos.
(Escóndese, y sale el EMPERADOR.)

EMPERADOR:

Digo, pues, que ardientes llamas
de estos hornos han de ser
las que hoy me han de dar venganza.
Español era, sin duda,
el que con fuerzas bizarras
en mi pecho puso miedo:
sus imágenes sagradas,
que así las dicen, mandé
que a aqueste valle se traigan
y se abrasen.


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Los mártires del Japón Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


BOMURA:

Bien has hecho,
porque ya, señor, son tantas
las que dan a los japones,
que en nuestros ídolos faltan,
y el sol no ve sacrificios
en el cristal de sus aras.
También te aviso, señor,
que tengo evidencias claras
de que Tayco no está loco,
y Quildora y él se aman
con extremo.

EMPERADOR:

¡Vive el sol,
que si esa villana ingrata
quiere a Tayco y me desprecia,
que he de darles muerte airada
a los dos!

NEREA:

Dichosa he sido
en oír tales palabras:
Quildora daré aviso;
présteme el cielo las alas,
porque salir no me sientan.
(Vase.)


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EMPERADOR:

Si se finge simple, y trata
de cobrar su imperio Tayco...

BOMURA:

Así lo pienso.

SOLDADO 1.º:

No vaya
tan alegre, pues va preso.

SOLDADO 2.º:

Este hombre es español
y entre los japones anda
predicándoles su ley;
escondido entre unas hayas
de este valle le encontramos.

EMPERADOR:

Merecéis eterna fama:
agradezco este servicio.

BOMURA:

Quiero dar priesa a que traigan
imágenes y rosarios;
como que amparo la causa
los cristianos escondidos,
a defenderlos, y caigan
en el lazo del olvido;
también he de hacer que vayan,
cuando la noche despliegue
temores y sombras vanas,
confesión pidiendo algunos,
porque oyendo esta palabra
los ocultos sacerdotes,
saldrán luego de las casas
que los amparan, creyendo
que confesión les demandan
algunos cristianos.


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EMPERADOR:

Dime,
¿eres español?

FRANCISCANO:

Ni engañan
ni mienten los sacerdotes
de Dios. Sí soy.

EMPERADOR:

¿En qué tratas
en el Imperio?

FRANCISCANO:

En dar luz
de la verdad sacrosanta,
en enseñarle el camino
de la vida de las almas,
que éste es Cristo solamente.

EMPERADOR:

Un hombre de buena cara,
ojos grandes, y mediano
de cuerpo, que cuando habla
parece que tira flechas
rasgando pechos y entrañas,
de quien oí las razones,
y con fuerzas soberanas
me suspendió y me detuvo,
¿quién es?


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FRANCISCANO:

Si su voz te agrada,
por las señas le conozco.
Óyele.

EMPERADOR:

¿Cómo se llama?

FRANCISCANO:

Fray Alonso Navarrete;
hombre noble, que en España
tuvo ilustres ascendientes,
que en las letras y en las armas
a Dios y a su Rey sirvieron.
Las armas negras y blancas
de Domingo, español santo,
le agradaron, y en la casa
de Valladolid, famosa
porque fue corona y patria
de dos Felipes, segundo
y cuarto, vida sagrada
eligió, dejando el siglo,
que aún niño le despreciaba.
Creció en virtudes, y en letras;
y a la provincia que llaman
Filipinas, pasó un tiempo.
Enfermo volvióse a España,
y el celo de nuestra fe
y conversión de las almas.


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Los mártires del Japón Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


FRANCISCANO:

Del Japón se partió a Roma,
y la obediencia le manda
volver a las Indias luego
con más ministros. Son tantas
sus virtudes, que imposible
será a mi lengua contarlas:
es piadoso, es temeroso
de Dios, tiene las entrañas
llenas de gran caridad;
no reposa ni descansa
predicando el Evangelio;
si le prendes, si le matas,
vendrán infinitos luego
al honor de la guirnalda
del martirio, predicando
su ley, porque no acobarda
la muerte a los sacerdotes
de Cristo.

EMPERADOR:

Calla, repara
que crees mal tantas flores
con tu sangre matizadas:
llevadle preso, que pienso,
sin que su Cristo le valga,
dar muerte a ese Navarrete,
que con su nombre me espanta.


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SOLDADO 2.º:

Mangazil, señor, es hombre
que ocultar suele en su casa
cristianos; busquéle siempre,
y al momento se disfraza
con los hábitos de aquellos
que en el Japón predicaban,
y sin duda de ellos sabe.

EMPERADOR:

Llega Mangazil.
(Sale MANGAZIL con hábito negro, escapulario blanco y capilla de francisco.)

MANGAZIL:

¡Loada
sea la luz de los días,
si es lo mismo que Deo gracias!
Turbado estoy; por el loco
me han de preguntar; Dios haya
piedad de fray Mangazil.

EMPERADOR:

¿Cómo en ese traje estabas?

MANGAZIL:

Dormíme por mis pecados,
y soltóseme con rabia;
que yo atado le tenía.

EMPERADOR:

Los sacerdotes de España,
¿dónde están?


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MANGAZIL:

Yo le dije:
«Amigo, no se me vaya,
que se enojará el señor.»

EMPERADOR:

¿Cuántos tienes en tu casa?

MANGAZIL:

No hacen locos cosa buena,
y sin decirme palabra,
sin decir oxte ni moxte...

EMPERADOR:

¡Bestia! ¿No acabas
de entender lo que pregunto?

MANGAZIL:

No, señor, porque me tapa
el capirote frailuno
las orejas, y ésas malas.

EMPERADOR:

¿Qué cristianos has guardado?

MANGAZIL:

Yo, señor, no guardo nada;
que soy un hombre perdido.

EMPERADOR:

¿Qué ley sigues, qué ley guardas?

MANGAZIL:

No tengo ley con ninguno,
porque es traidora, es ingrata
mi condición.


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EMPERADOR:

¿Tuyo es
el traje español que sacas?

MANGAZIL:

Yo y el traje somos tuyos,
todo lo puedes y mandas;
aquí está para servirte.

EMPERADOR:

Vete, bestia, noramala.

MANGAZIL:

Para ti no hay resistencia;
voyme, pues que tú lo mandas.
(Vase, y salen los que pudieren con rosarios.)
(Salen TAYCO, BOMURA y TOMÁS.)

BOMURA:

Ya las imágenes vienen
al incendio condenadas.

TAYCO:

¿En qué ha podido ofenderos
gente que ni come ni habla?

EMPERADOR:

Ya el horno, como un volcán,
diluvios de fuego exhala;
no haya en mi Imperio señales
de esta religión cristiana.


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Los mártires del Japón Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


(Salen por un escotillón llamas, y echan rosarios e imágenes.)
NAVARRETE:

  ¡Bárbaros, sin Dios, sin ley!
¿Qué furia infernal os mueve?
¿Qué república se atreve
a los retratos de un rey?
  Como son justos espantos
respeto y temor perdido,
ansí os habéis atrevido
al de Dios y al de sus santos.
  A quien hundió, ¡oh pueblo ciego!,
con prólogos de agua el mundo,
y en el diluvio segundo
lloverá abismos de fuego,
  ¿os atrevéis de esa suerte,
sin que las nubes, con truenos
rasgando sus pardos senos,
fulminen rayos de muerte?
  ¿Del Dios de los elementos
echáis al fuego la imagen?
¡Iras de los cielos bajen
rompiendo esferas de viento!
  Mas no se eclipsan las luces
en prodigioso castigo,
pues que puede Dios conmigo,
sacar del fuego sus cruces.
  Daré espanto a esta Bolonia
del infierno con mi fe.
Sí, sí, guardado se ve
el horno de Babilonia.


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(Déjase caer dentro.)
TAYCO:

  Echóse dentro. ¡Oh, español!
¡O sois loco, o sois divino!

EMPERADOR:

A mi venganza se vino;
¡viven los rayos del sol!

TOMÁS:

  ¡Padre Navarrete, padre!
¿Es posible que esto he visto?
¡Ayúdele Jesucristo!
¡Pida favor a su Madre!
  ¡Ay de mí, que ya los dos
no nos habemos de ver!

EMPERADOR:

Cristiano debes de ser.

TOMÁS:

Sí, por la gracia de Dios.

EMPERADOR:

  ¿Qué esperas siendo cristiano?

TOMÁS:

Vida eterna.

EMPERADOR:

Si tu vida,
cuando apenas es nacida,
puede expirar a mi mano,
  ¿cómo podrás ser eterno?


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TOMÁS:

El alma, que es inmortal
tendrá vida celestial,
y la tuya en el infierno
  padecerá eternamente,
que será siempre morir.

TAYCO:

Eso nos sabéis decir;
no sois vos muy inocente.

EMPERADOR:

  ¡Por las celestes esferas
que en diáfanas regiones
de los dioses son balcones
con azules vidrieras,
  que el encantador cristiano
se sale vivo del fuego!
¡Daránle la muerte luego!
(Tocan. Sale NAVARRETE con una tunicela blanca sembrada de flores, y guirnalda, cargado de imágenes y rosarios.)

NAVARRETE:

Si mi Dios, con soberano
  poder, el fuego formó,
fuera mucho desacato
que se atreviera al retrato
del mismo que le crió.
  ¡Que vuestras manos airadas
este delito cometan,
cuando a los cielos respetan
las cosas inanimadas!


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NAVARRETE:

  Bárbaros, llenos de errores,
como a Dios respeto debe,
fuego produce la nieve,
y el fuego produce flores.
  Oro ha sido y más precioso
la fe del Dios español,
y este fuego fue crisol,
porque salga más hermoso.
  Estas imágenes bellas,
efectos del fénix hacen,
y entre las llamas renacen
más puras que las estrellas.

EMPERADOR:

  ¡Prendedle! ¡Muera!

TAYCO:

Eso no,
que si. a su Dios ha librado,
¡vive el sol que le he envidiado
y que he de librarle yo!
  Que compitiendo los dos,
es mi fuerza más inmensa,
pues que vengo a ser defensa
de quien defiende a su Dios.

EMPERADOR:

  ¡Mueran ambos!

TAYCO:

¡Vive el sol,
si Dios le debo llamar,
que este tronco ha de amparar
al sacerdote español!


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(Deshaga un tronco de un árbol y retíralos a todos.)
TOMÁS:

  ¡Déles, tío; déles, tío!

TAYCO:

No debéis de conocer
el admirable poder
de mi fuerza y de mi brío.

EMPERADOR:

  ¡Ténte, bárbaro!

TAYCO:

No puedo,
que soy monte despeñado.
¡Huye, sacerdote honrado!

NAVARRETE:

Con mi Dios no tengo miedo.

EMPERADOR:

  ¡Muera el traidor!

TAYCO:

Loco di,
pues intento defender
un Dios que tiene poder
para defenderse a sí.

NAVARRETE:

  No es locura, ese es buen celo.

TAYCO:

¡Huye, defiende tu vida!


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NAVARRETE:

A Dios la llevo ofrecida.

TAYCO:

¡Vete en paz!

NAVARRETE:

¡Guárdete el cielo!
(Vase cada uno por su puerta, y TAYCO retirando los demás.)

QUILDORA:

  Nerea, en mi tierno amor
tiene más por modo extraño
la muerte en tu desengaño,
que la vida en mi temor;
  desata silencios mudos,
vuelve otra vez a los labios
tu voz, y mátenme agravios
de toda piedad desnudos.

NEREA:

  Han dicho al Emperador...

QUILDORA:

La muerte en sospechas toco.

NEREA:

Dicen que Tayco no es loco.

QUILDORA:

Sí es, pues me tiene amor.


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NEREA:

  Hanle dicho que le adoras
con tan puro sentimiento,
que usurpa aljófar al viento
de las lágrimas que lloras;
  y que en amorosa unión,
de honesta correspondencia,
dais los dos dulce licencia
al poder de una afición;
  por el sol hermoso y puro
jura el fiero Emperador
que no ha de estar vuestro amor
ni aun en el cielo seguro;
  porque le quieres, condena
tu vida, y tu amante muere,
Quildora, porque te quiere.

QUILDORA:

Es tan inmortal mi pena,
  ¡que aun lugar para morir
no ha de haber, injustos celos!
ya que les debo a los cielos
fuerza de amor y sentir,
  templad su bárbaro fuego,
cielos, con sola una muerte;
caiga sobre mí la suerte,
pues a confesaros llego
  el más generoso amor
que ven vuestras luces bellas.


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NEREA:

Ya son vanas tus querellas,
que viene el Emperador.
(Salen el EMPERADOR y BOMURA, y sacan atado a TAYCO.)

EMPERADOR:

  ¡Villano! ¡Viven los cielos
que has de morir! Un engaño
ha de acreditar su daño
y la verdad de mis celos.

BOMURA:

  Ya entiendo tu pensamiento.

QUILDORA:

¡Cielos, piedad!

EMPERADOR:

Yo he sabido
como eres loco fingido,
y que tu bizarro aliento,
  disfrazado en tu simpleza,
encubre mayor misterio,
pues pretendes un imperio
coronando tu cabeza
  del laurel que de la mía
piensas quitar con mi muerte.

QUILDORA:

¿Ha habido trance más fuerte?
Llegó el desdichado día
  de las venganzas de amor.


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EMPERADOR:

El cielo librar me quiso;
Quildora me dió ese aviso;
mira si es vano el temor.

TAYCO:

  ¡Cielos! ¿Cómo puede ser
que Quildora me vendiera,
que tan poca fe tuviera?
No hay que dudar, es mujer.

EMPERADOR:

  ¿Quién satisfacer pudiera?
Celos son los que lo han hecho.
  Mas muero entre mis cautelas,
porque no sé si es Quildora
o Nerea quien le adora.

BOMURA:

Pues tanto el alma desvelas,
  ..........................................
¿qué te aflige, que las dos
tienes delante?

EMPERADOR:

Algún dios,
piadosamente obligado,
  las trujo, ¡dulce ocasión!
No hay más bien que amor espere;
sabremos la que le quiere;
pues tan manifiestas son
  de este fingido villano
las traiciones que sabéis,
blanco de flechas haréis
su pecho . . . . . . . . . . . . . . .
  Atadle a un árbol.


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BOMURA:

Bien presto
serás despojo cruel
de la muerte.

QUILDORA:

Si por él
no muero con manifiesto
  amor, ¿para qué me precio
de fe constante? ¡Ay de mí!
Si mi amor le digo aquí,
será sentimiento necio,
  porque será confirmar
su muerte. ¡Ay Dios! Si Nerea
quisiera...

NEREA:

Pues ¿qué desea
tu gusto?

QUILDORA:

Quiero estorbar
  que muera Tayco, y no sé
el modo si no me ayudas.

NEREA:

No ha merecido esas dudas
mi amistad; blanco seré
  de las flechas, para dar
la vida al que tanto estimas.


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QUILDORA:

Con eso a vivir me animas.

NEREA:

Bárbaros fieros, ¿qué hacéis?
Bajad los arcos villanos;
  ¿no advertís que es esta vida
la que a mí me presta aliento?
Templad el feroz intento,
y no la mano homicida.
  Matadme a mí, no quebréis
el espejo en que mis ojos
se miran; nuevos despojos
en mi corazón tenéis;
  abridle con puntas fieras,
aunque si Tayco está en él,
la petición es cruel,
pues alcanzarán ligeras.

EMPERADOR:

  ¡Tiradle!

BOMURA:

¡Mujer, desvía!

NEREA:

¡Oh, tirano, Emperador!
¡Oh, Rey cruel! ¿Qué furor
os mueve? Esta vida es mía,
  y no cometió delito.
Pues ¿por qué me la quitáis?
¿A qué monstruos imitáis
en la fiereza? No os quito
  a vosotros el rigor,
ministros viles; tirad
a Nerea.


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EMPERADOR:

Esto es verdad;
resucite, pues, mi amor:
  no es quien le quiere Quildora.

QUILDORA:

Dime, Nerea, ¿estás loca?
¿Qué ciego amor te provoca
para despeñarte así?
  Necia, tu vida aventuras,
por nadie deja que muera;
darle mi vida quisiera.

TAYCO:

Estrellas de luces puras,
  hijas del sol, no salgáis
a ver la crueldad mayor
que cupo en pecho traidor;
pues sus voces escucháis,
  daré voces, no soy loco;
Emperador, cuerdo estoy,
trazando tu muerte voy;
mira si te estimo en poco.

QUILDORA:

  O Tayco está sin seso,
o yo por él le perdí.


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TAYCO:

  Pues Quildora me ha vendido,
escuche el cielo mis voces;
librad los arcos feroces;
que me deis la muerte os pido;
  encaminad a mi pecho
el pasador más cruel;
mirad que me viene en él
el corazón muy estrecho.

NEREA:

  ¿Quién le ha turbado el sentido?
¿Veránle mis ojos muerto?

EMPERADOR:

La verdad he descubierto;
dichosa cautela ha sido,
  y más dichoso mi amor,
pues vive ya sin recelos.

BOMURA:

Ya han confirmado mis celos
el desprecio y el temor:
  a Tayco adora Nerea;
pero tarde ha de lograr
su intención; has de aguardar
a que ese bárbaro sea
  el verdugo de tu vida.


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EMPERADOR:

Temo la suya perdida;
que yo a mi frente la quito
  el laurel, que aunque mis leyes
justamente le condenan,
temo la traición que ordenan
contra mí los demás Reyes;
  porque si él se ha descubierto,
es fuerza darle favor.

QUILDORA:

Yo le mataré, señor.

EMPERADOR:

  Quildora, yo premiaré
tu favor; no seas ingrata.

QUILDORA:

  Sólo por salvar tu vida
le pienso matar.

EMPERADOR:

El cielo
te guarde.

QUILDORA:

¡Piadoso celo
me ha de hacer fiera homicida!

BOMURA:

  (Aparte.)
Así encubres tu venganza,
y yo ejecuto la mía.
(Vanse.)


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TAYCO:

Mujer, si ha llegado el día
para cumplir tu esperanza
  con mortal ejecución,
¿qué aguardas? ¿Cómo no tiras?
Dispara el arco si aspiras,
Quildora, a nueva traición.

QUILDORA:

  ¡Mi bien, el alma te adora!

TAYCO:

Dígalo el Emperador
no me desates.

QUILDORA:

Amor
es quien me finge traidora.
  Qué, ¿no me quieres oír?

TAYCO:

No pienso verte jamás.

NEREA:

Tayco, espera; ¿dónde vas?

TAYCO:

¡A matarme!

QUILDORA:

¡Y yo a morir!
(Vanse.)


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(Sale el EMPERADOR con una daga desnuda tras el ALCAIDE, y el REY DE BOMURA.)
EMPERADOR:

  La lengua te sacaré,
pues de Tayco me decías
que era simple, y no sabías
quién era, como mandé.
  El juramento quebraste;
morirás como alevoso.

ALCAIDE:

Si este consejo celoso,
lo que tú le preguntaste,
  ni rompí los dos secretos,
ni merezco ese rigor.
Las fieras tienen amor,
los celos hacen discretos;
  pero si tu ofensa trata,
por ti le daré veneno.

BOMURA:

Acepta; el partido es bueno
si Quildora no le mata.

EMPERADOR:

  Hazlo así; mas no me deben
paz los dioses soberanos.
Si hay en mi Imperio cristianos
que a sus ídolos se atreven,
  ¡mueran todos! Lleva luego
mi guarda y la de esta tierra.
Tóquense cajas; la guerra
se publique a sangre y fuego.
  Prended a ese Navarrete,
que en prodigios me acobarda;
vaya a prenderlo mi guarda.


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Los mártires del Japón Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


BOMURA:

Larga vida te promete
  el sol, si a tu religión
das amparos soberanos.

EMPERADOR:

¡Mueran todos los cristianos,
que perturban el Japón!
(Vanse los dos.)

ALCAIDE:

  Tú morirás si no muero,
pues a los dioses agrado
en que viva coronado
el legítimo heredero.
(Sale TAYCO.)

TAYCO:

  ¡Padre!

ALCAIDE:

¿Para qué me llamas
padre, si no me obedeces?
Nombre de traidor mereces.
Tu divina sangre infamas
  si consejos no recibes.
No soy tu padre, y advierte
que solicitas tu muerte
cuando enamorado vives.
  Ya te dije que no fía
de la mujer el secreto;
el prudente y el discreto...


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TAYCO:

Dices bien, la culpa es mía.

ALCAIDE:

  Aguárdame aquí; que voy
a solicitar que vengan
nuestros amigos, y tengan
estos dos imperios hoy
  nuevo señor; ya han armado
gente de guerra en tu nombre.

TAYCO:

Casi eres Dios, no eres hombre.

ALCAIDE:

Es mi amor quien te ha criado.
(Vase.)

TAYCO:

  No me nombres al amor,
porque es un monstruo que temo,
tan prodigioso y supremo,
que aún es dulce su rigor.
  Ofendióme el de Quildora,
y en medio de estos agravios,
desdenes siento en los labios,
pero el alma es quien la adora.
(Tocan.)
  Militares instrumentos
suenan; yo quiero escuchar
rumor que puede turbar
la paz de los elementos.


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(Van saliendo los que pudieren, armados, y traen presos a NAVARRETE y a TOMÁS tocando cajas de guerra si pareciere, por palenque.)
MANGAZIL:

  Mi padre, pues me perdona,
yo le digo en confesión,
que aunque parezco sayón,
no tengo el alma sayona,
  y su amigo soy mental.

NAVARRETE:

Yo voy con mucha alegría,
a que me amanezca el día
más hermoso y celestial;
  pero dos cosas te pido.

MANGAZIL:

Trescientas puedes pedir.

NAVARRETE:

Recado para escribir,
y el hábito que has tenido
  en tu casa, porque muera
en el Orden que profeso.

MANGAZIL:

Harélo, padre...

TOMÁS:

Yo beso
la cruz que llevo de cera,
  mil veces, que alegre voy
a morir también.


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NAVARRETE:

¡Tomás,
a vida dichosa vas!
Ten buen ánimo.

TOMÁS:

Sí; soy
  soldado de Jesucristo.
Aunque tengo poca edad,
soy valiente.

BOMURA:

Caminad,
subid al monte.
(Tocan y vanse.)

TAYCO:

¿Qué he visto?
  ¿Qué escucho? ¿Tanta alegría
da al morir la ley de España?
No se engaña, no se engaña
quien tanto de Dios se fía.
  Si temor no da la muerte
a un niño, y morir estima
por su Dios, su Dios le anima;
su Dios es divino y fuerte.
  La palabra cumpliré
que le di; y a no ser tantos
los que llevan estos santos,
llenos de amor y de fe,
  los defendiera; no puedo:
armados, y muchos son,
y me priva de esta acción
lo imposible, mas no el miedo.


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(Sale el EMPERADOR.)
EMPERADOR:

  No se templará mi saña
mientras mis ojos no vieren
ese Monte levantado
de mi venganza y su muerte.
Esos que a Cristo predican,
de tal manera me encienden
en ira, que soy volcán,
y mi sed rabiosa crece
si ya no bebo la sangre
que sobre esas peñas vierten.
Derribad las enramadas,
porque mis ojos se alegren
con la venganza que he dado
a mis dioses.
(Tócase una trompeta y vuélvese el monte, y parece entre peñas TOMÁS crucificado; a los pies, NAVARRETE con la cabeza en las manos y un hacha que la parte; el FRANCISCANO al lado derecho de la cruz con una flecha en el pecho, y el FRAILE AGUSTINO al lado, atravesado con lanza.)

TOMÁS:

No mereces
aun mirar los cuerpos santos
de estos padres.

EMPERADOR:

¿Cómo tienes
vida tú, y ellos han muerto?


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TOMÁS:

El camino me previenen
del cielo, y delante van.
(Tocan al arma, y sale BOMURA.)

BOMURA:

Al arma, señor, previene,
que tu Imperio, rebelado,
quiere quitar los laureles
de tu frente; huye a ese monte,
que vienen cincuenta Reyes
con ejército copioso;
hasta las mismas mujeres
vienen con arcos y flechas,
y algún prodigio parece
de estos muertos españoles.

EMPERADOR:

Contra los dioses se atreven,
pues cuando les sacrifico
esos cuatro, son aleves.
(Tocan al arma, y salen el ALCAIDE, QUILDORA y GUALE, y armados los que pudieren.)

ALCAIDE:

¡Muera este tirano, muera!
¡Viva Tayco!

TODOS:

¡Viva y reine!


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ALCAIDE:

Este es el mortal veneno
que doy a Tayco.

EMPERADOR:

Si quieren,
agradecidos los dioses,
darme la huida, bien pueden;
sus alas me preste el viento.

TAYCO:

No te librará, aunque vueles.
(Va tras el EMPERADOR.)

NEREA:

¡Morirán a nuestras manos!

QUILDORA:

¿Cómo no vengo la muerte
de un hijo solo que tengo?

TOMÁS:

¡Madre, madre, no se vengue!
Cristo perdonó en la cruz.
Pues mi martirio parece
al suyo, perdón le pido
para aquellos que me ofenden.


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(Parece TAYCO, y el EMPERADOR arriba.)
TAYCO:

Precipitado, del monte
has de bajar, a que beses
la sangre que has derramado
de españoles inocentes.

EMPERADOR:

¡Dioses, si poder tenéis,
haced agora de suerte
que a Cristo y a sus ministros
coja entre mis brazos; denles
en mi muerte, muerte fiera,
para que de ellos me vengue!
¡Ah, cristianos! Este mal,
de vuestras manos me viene,
consolado muero en ver
que es ya muerto Navarrete,
que mi fin pronosticó,
y no lo ve.
(Cae despeñándose.)

NAVARRETE:

No te alegres;
que sí lo veo.

EMPERADOR:

¡Ay de mí!
¡Rabiando muero!


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TAYCO:

Si sientes
la muerte de un hijo tuyo,
Quildora, a un esposo tienes:
dame tu mano.

QUILDORA:

Seré
tu obediente esclava siempre.
(Danse las manos.)

TOMÁS:

Los cielos me han dado vida
amada madre, hasta verte
Emperatriz del Japón.
Cumple tu palabra.

TAYCO:

¿Quieres
decirme qué prometiste?

QUILDORA:

Ser cristiana.

TAYCO:

Y lo prometes
con mi gusto, y yo también;
pero el secreto se quede
hasta reinar, y con esto
el perdón y fin se deben
al suceso del Japón
del año que está presente.

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