Los novios/X
CAPÍTULO X.
Momentos hay en que el ánimo, especialmente el de los jóvenes. se halla dispuesto de manera que basta la más leve insinuacion para lograr todo lo que tiene apariencias de bien ó de sacrificio. Estos momentos, que deberian mirarse con timido respeto, son justamente aquellos que acecha la astucia para aprovecharse de el:os al vuelo y encadeuar una voluntad que no está sobre aviso.
Leyendo el Principe la carta de su hija, vió el camino abierto para el logro de sus antiguas y constantes miras.
Mandóla llamar inmediatamente, y se preparó para machacar el hierro en caliente. Llegó, con efecto, Gertrudis, y sin levántar los ojos á mirar á su padre, se echó á sus piés, teniendo apénas ánimo para decirle: «;Perdóneme usted!» El Principe la hizo señal de que se levantase, y con voz no muy propia para infundirle ánimo, le contestó que no bastaba desear el perdon y pedirle, pues cra cosa natural que así lo hiciese cualquiera que se considerase delincuente y temiese el castigo, sino que convenia merecerlc.
Gertrudis, con gran sumision y temblando, preguntó qué era lo que tenia que hacer. A esto el Principe (nos repugna en este momento darle el título de padre) no contestó direclamente, sino que empezó á hablar con extension de la culpa de Gertrudis, y sus palabras herian el corazon de la desgraciada á manera de una mano áspera que pesa sobre una llaga. Continuó diciendo que, áun cuando hubiese p0- di !o tener intencion alguna vez de colocarla en el siglo, ella misma habia puesto un obstáculo insuperable á semejante determinacion, pues una persona de su honradez jamás hubiera cometido la bastardía de entregar á un caballero una jóven que habia dado tan mala cuenta de sí misma. Anonadada estaba la infeliz Gertrudis; y suavizando el Principe la voz y el tono, prosiguió diciendo que, sin embargo, habia un remedio y una expiacion de toda culpa:
que la suya era de aquellas para las cuales el remedio estaba claramente indicado; y que debia considerar aquel triste acontecimiento como un aviso de que la vida del si - glo era para ella demasiado pe igrosa.
—iAh, si!-exclamó Gertrudis, sobresaltada por el temor, dispuesta por la vergüenza y movida de un arrebato instantáneo de ternura.
—jAb, tú tambien lo conoces!-prosiguió el Principe:- ea, pues, no se vuelva á hablar de lo pasado: todo se borró: has tomado el partido más honroso y el más conveniente que te quedaba; pero como lo has tomado de tu propia voluntad, á mí me ioca hacer que le encuentres en iodo y por todo agradable, y recaiga sobre ti todo el mérito y la utilidad de la resolucion. Yo me encargo de ello.
Diciendo esto, locó una campanilla que estaba sobre la mesa, y á un criado que entró, le dijo:
—Llámame á la Princesa mi esposa y al señorito.
Y prosiguió luégo en estos términos:
—Quiero que todos tomen parte en mi satisfaccion:
quiero que todos empiecen á tratarte como conviene: hasta aquí has encontrado up padre algo severo, pero en adelante encontrarás á uno tierno y amoroso.
Oyendo estaba Gertrudis como alelada este razonamienlo. Unas veces pensaba cómo sería que aquel sí, que se le habia escapado, pudiese influir tanto; otras discurria sobre si babia un medio de retractarle, 6 de alterar su sentido; pero la persuasion del Principe parecia tan completa, su gozo tan seguro y su benevoleneia tan condicional, que Gertrudis no se atrevió á pronunciar una palabra que pudiese incomodarle en lo más minimo.
Llegaron al momento la madre y el hermano, y viendo allí á Gertrudis, la miraron de un modo que indicaba incertidumbre y admiracion; pero el Príncipe, con rostro risueño y tono amoroso, que en cierto modo mandaba que otro igual empleasen los demas:
—Hé aqui-dijo-la ovejilla extraviada. Y quiero que esta sea la última palabra que recuerde lo pasado. Esta niña es el consuelo de su familia: Gertrudis ya no necesita de consejos: lo que nosotros deseamos para su bien lo ha elegido ella misma espontáneamente. Está resuelta; ya me lo ba indicado: está resuelta...
Aquí echó Gertrudis una mirada á su padre, entre temerosa y suplicante, como para pedirle que no terminara la frase; pero el Principe prosiguió sin detenerse:
—Está resuelta á tomar el velo.
—¡Bien! ¡muy bien!-exclamaron á una voz la madre y el hijo.
Y uno tras otro abrazaron á Gertrudis, la cual recibió semejantes demostraciones con lágrimas. Entónces el Príncipe se extendió hablando de lo que haria para que fuese lisonjera y ostentosa la suerte de su hija. Hizo mérito de las distinciones con que sería tratada en el convento y en todo el país; añadió que viviria como una reina, representando en algun modo á la familia; que apénas lo permitiese la edad, sería elevada á la dignidad suprema, y que entretanto sólo estaria subordinada en el nombre. La madre y el hermano repetian de cuando en cuando las congratulaciones y los elogios, y á Gertrudis le parecia que estaba soñando.
—Convendrá luégo-dijo el Prííncipe-fijar el dia para ir á Monza á entablar la solicitud con la Abadesa. Qué contenta estará! Y no hay duda de que todo el convento se penetrará de la honra. que le hace Gertrudis... Me ocurre ahora que pudiéramos ir hoy mismo; con eso tomaria Gertrudis un poco de aire.
—Vámonos,-dijo la Princesa.
—Voy á prevenirlo todo,-añadió el hijo.
—Pero...-dijo con voz sumisa Gertrudis.
—Poco á poco,-interrumpió el Principe;-dejemos que lo decida ella misma. Quizá no se halle hoy muy dispuesta y prefiera aguardar á mañana.
—Si, mañana,-contestó con tristeza Gertrudis, á quien áun se le figuraba ganar mucho con tomarse aquel corto intervalo.
—Mañana, pues,-dijo el Principe con tono de decision;-Gertrudis quiere que sea mañana. Yo iré entretanto á pedir al Vicario de las monjas que señale dia para el exámen.
Dicho y hecho; salió el Príncipe, y efectivamente fué á verse con el Vicario, que convino en que fuese dentro de dos dias.
En todo el resto de aquel no tuvo Gertrudis dos minutos de descanso. Hubiera deseado recogerse en sí misma, examinar su corazon, meditar sobre lo que habia hecho y lo que le quedaba por hacer, saber ella misma lo que queria; en una palabra, detener aquella máquina, que, apénas puesta en movimiento, caminaba con tal precipitacior.; pero no fué posible, porque las ocupaciones se sucedian sın intermision unas á otras. Coneluido el solemne coloquio de que acabamos de hablar, la condujeron al gabinete de la Princesa su madre, para que ali la vistiese y ataviase su propia camarera. Aún no estaba concluida la operacion, cuando llamaron á la mesa. Pasó Gertrudis entre las reverencias de los criados, que manifestaban darle el parabien por su restablecimiento, y halló varios parientes de los mås cereanos que habian sido convidados à toda prisa para obsequiarla, felicitindola al mismo tiempo por las dos buenas noticias, esto es, la de haber recobrado la salud, y haber manifestado su vocacion.
La expósita (yue asi llamaban à las muechachas que iban á entrar monjas, y con este nombre acogieron á Gertrudis al entrar en el comedor), la expésita tuvo mucho que hacer para contestar á los cumplimientos que se le dirigian. Bien conocia que todas aquellas contestaciones eran otros tantos empeños; pero ¿cómo responder de otra manera? Levantados los manteles, llegó la hora de pasear. Gertrudis entró en el coche con su madrey con dos tios suyos, que habian asistido al convite. Despues del paseo acostumbrado, pararon en la calle Marina. que entónces cruzaba el lerreno que ocupan ahora los jardines públicos, y era el punto donde se reunian en coche los princpales del pueblo á recrearse. Los tios hablaron mucho á Gertrudis del asunto del dia, y uno de ellos, que al parecer tenia mayor conocimiento que el otro de todas las personas, de todos los coches, de todas las libreas, y que á cada paso se le ofrecia aigo que decir, ya de un caballero, ya de una dama, interrumpió de repente su relacion, y vuelto á la sobrina, le d:ijo:
—jAh, picaruela! tú lo entiendes: das un puntapié á todas estas fruslerias; nos dejas à nosotros los pobres mundanos en el atolladero; vas à hacer una vida feliz, y al paraíso en coche.
Al anochecer volvieron á casa, y bajando los criados las escaleras con las hachas encendidas, avisaron que habia muchas visitas esperando. Estaba ya divulgada la noticia, y los parientes y amigos iban á cumplir con los deberes de la urbanidad. Entro Gertrudis con los que la acompañaban en el salon de recibimiento, y la «expósita» fué el idolo, 6 por mejor decir, la víctima de aquella concurrencia. Cada uno se esmeraba en entretenerla: unos apalabraban los dulces, otros ofrecian visitarla: hab:a quien ha- 9. blaba de la madre tal, parienta suya; quién de la madre cual, su conocida; quién celebraba el hermoso cielo de MOnza; quién la lisonjeaba con el lugar distinguido que ocuparia. Otros que áun no habian podido acercarse, por estar Gertrudis casi sitiada, aguardaban la ocasion de aproximarse, y creian faltar si no la ofrecian sus respetos. Por último, se fué disipando poco á poco el concurso; todos salieron sin el escozor de no haber cumplido, y Gertrudis quedó sola con su familia.
—En fin,-dijo el padre,-he tenido el consuelo de ver á mi hija tratada conforme á su calidad; pero es preciso confesar que ella tambien se ha portado á las mil maravillas, y ha manifestado que no le costará trabajo hacer el primer papel y sostener el decoro de la familia.
Cenaron aprisa para recogerse presto y estar prontos á la madrugada del dia siguiente.
Gertrudis, triste, despechada, y al mismo tiempo envanecida con los obsequios que habia recibido en todo aquel dia, se acordó de lo que le hizo sufrir su carcelera, y viendo á su padre dispuesto á complacerla en todo á excepcion de una cosa, quiso aprovecharse del auge en que se hallaba para satisfacer á lo ménos una de las pasiones que la atormentaban; de consiguiente manifestó repugnancia en ser servida por aquella mujer, quejándose amargamente de sus modales.
—¿Cómo?-dijo el Principe.-Te ha faltado al respeto? Mañana, mañana le diré cuántas son cinco0: déjalo, que yo haré que te dé una completa satisfaccion. Entretanto, una hija que me tiene tan contento no debe ver á su lado una persona que le desagrada.
Con esto hizo que llamasen á otra criada, á quien mandó que sirviese á Gertrudis, la cual, saboreando la satisfaccion que acababa de recibir, se admiraba de hallar en ella tan poco placer, en comparacion de lo que la habia deseado. Lo que tambien ocupaba á pesar suyo su imaginacion, era el considerar los grandes progresos que habia hecho en aquel dia en el camino del claustro, y el reflexionar que para retroceder entónces se necesitaba más fuerza y resolucion que la que hubiera bastado pocos dias ántes, y que sin embargo no fué capaz de tener.
La mujer que se la destinó para que la acompañase en su habitacion era una vieja, aya en otro tiempo del primogénito, á quien recibió de los brazos del ama, y dirigió hasta la edad de la adolescencia. Como en él habia depositado todas sus esperanzas y su gloria, estaba sumamente contenta, mirando la decision de aquel dia como su propia fortuna, y Gertrudis, para que todo fuese completo, tuvo que aguantar las congratulaciones, las alabanzas y los pesados consejos de la vieja. Hablile ésta de una tia suya y otras parientas lejanas que se habian hallado muy bien con ser monjas, porque perteneciendo á aquelia familia, habian gozado siempre de los primeros honores, y teniendo mucha mano fuera, salieron desde su locutorio victoriosas de empeños en que habian quedado mal las primeras damas de la ciudad. Le habló de las visitas que recibiria, y de las aue le haria su hermano cuando se casase con una dama de la primera distineion, con lo que se á borotaria no sólo el convento, sino todo el pais. Esta conversacion tuvo la dueña miéntras desnudaba á Gertrudis, la coutinuó estando ésta en la cama, y ya dormia sin que la vieja hubiese cesado de hablar. La juventud y el cansancio tuvieron más fuerza que los cuidados; sin embargo, el sueño fué inquieto, penoso y acompañado de tristes ensuenos: pero nada le interrumpió sino la voz chiilona de la dueña que per la mañana temprano fmé á despertaria á lin de que se dispusiese para el viaje de Monza.
—Aprisa, aprisa, señora expósita. Ya es de dia claro, y para que usted s vista es menester mas de una hora. La señora está levantándose; la han despertado 'o ménos cuatro horas antes de le acostumbrado. El seiorito ha bajado va á la cabalieriza, ha vuelto á subir, y esta pronto para el viaje. Ese diablillo es más listo que una ardilla; era lo mismo de pequeñito; bien lo sé yo que lo he tenido en mis brazos; pero cuando está dispuesto, le incomoda mucho aguardar; asi es que, á pesar de ser de una excelente pasta, entónces se impacienta y se pone furioso. ¡Pobrecillo! Merece disculpa; es ef eto de su temperamento. ¡Triste dcl que le contradiga en tal ocasion! Ea, señorita, aprisa; ¿por qué me mira usted tan eseanalizada? A estas horas ya debia usted estar fuera del nido.
A la idea del señorito impaciente, todos los demas pensamientos que se habian aglomerado en la imaginacion de Gertrudis, se disiparon á manera de una bandada de gorriones al asomarse una ave de rapiña. Obedeció, pues, al instante, se vistió de prisa, se deió acicalar, y se presentó en la sala, donde estaban reunidos sus padres y su hermano. Hiciéronla sentar en una silla de brazos, y le trajeron una jicara de chocolate, lo que en aquel tiempo era lo mismo que el dar la toga viril entre los romanos.
Cuando avisaron que el coche estaba pronto, el Príncipe llamó aparte á su hija, y le habló en estos términos:
—Ea, Gerirudis, ayer te portaste muy bien, y hoy debes superarte á tí misma. Se trata de hacer tu entrada pública en el convento y en el país en donde has de hacer el primer papel. Ya te aguardan (es excusado decir que el Príncipe habia avisado á la Abadesa el dia ántes); ya te aguardan, y todos tendrán los ojos puestos en tí. Dignidad y desembarazo. La Abadesa te preguntará, por pura formalidad, qué es lo que quieres: debes responder que pides ser admitida á tomar el hábito en aquel convento en donde has sido educada con tanto esmero y amor, y has recibido tantos favores, en lo que no dirás sino la verdad. Cuidarás de pronunciar estas palabras con soltura y desembarazo, para que no se diga que te las han apuntado, por no saber hablar tú sola. Aquellas buenas madres ninguna noticia tendrán de lo ocurrido, pues ese es un secreto que debe estar sepultado en la familia. Sobre todo, cuidado con no poner una cara afligida que pueda infundir algunas dudas.
No desmientas tu sangre: modestia, buenos modales; pero sin olvidar que allí, å excepcion de tu familia, nadie hay superior á tí.
Sin aguardar respuesta echó á andar el Príncipe, y lo siguieron su esposa, Gertrudis y su hermano. Bajaron todos la escalera, y se meticron en el coche. Las molestias y los contratiempos del mundo, y la vida tranquila y feliz del claustro, principalmente para las jóvenes de alla nobleza, fueron los argumentos de toda la conversacion durante el viaje. Estando ya próximo el pueblo, repitió el Principe las instrucciones á su hija, con especialidad la fórmula de la respuesta. Al entrar en la ciudad, se le anubló á Gertrudis el corazon; pero la distrajo momentáneamente cierto número de caballeros, que, mandando detener el coche, arengaron al Principe con no sé qué especie de cumplimientos. Continuando luégo el camino, se dirigieron más lentamente al convento entre las miradas de los curiosos que en gran número acudian de todas partes. En cuanto paró el coche delante de aquellas paredes, se encogió más todavía el corazon de Gertrudis, la cual se apeó con los demas, entre dos filas de curiosos que los criados iban apartando; y como todos los ojos estaban puestos en ella, se veia la pobre en la precision de componer con estudio su semblante; pero de lodos aquellos ojos juntos, ningunos la reprimian tanto como los de su padre, á los cuales, por más que los temiera, no podia dejar de volver los suyos á cada instante. Atravesado el primer patio, entraron en el segundo, y allí se vió abierta de-par en par la puerta del claustro interior, y ocupada enteramente por monjas. Estaba en primera línea la Abadesa rodeada de ancianas; detras las demas monjas confundidas unas con otras, algunas de ellas de puntillas, y al último las legas subidas en bancos.
Veíanse asimismo de trecho en trecho brillar algunos ojillos, y asomar entre las tocas algunas caritas, y estas eran las educandas más diestras y atrevidas que habian sabido hallar un agujero para ver tambien ellas alguna cosa.
De cuando en cuando salian de aquella muchedumbre exclamaciones, y se veian menearse manos y pañuelos en señal de parabien y de alegria. Llegados á la puerta, Gertrudis se halló cara á cara de la madre Abadesa, la cual, despues de los cumplimientos de estilo, le preguntó con un modo entre halagüeño y majestuoso, qué era lo que pedia en aquel sitio donde nada podia negársele.
—Aqui vengo...-empezó Gertrudis.
Pero al pronunciar las palabras que debian decidir casi irrevocablemente su suerte, titubeó un momento, quedando con los ojos fijos en la muchedumbre que tenía delante. Divisó en aquel punto á una de sus compañeras que la miraba con cierto aire de compasion, mezelado con un poquito de malicia, como si dijera: «Cayó por fin la que echaba tantas bravatas.» Despertando esta vista en ella sus antiguos sentimientos, le infundió tambien un poco de su antiguo ánimo; por manera que ya estaba buscando una respuesta cuaiquiera, diferente de la que le habian prescrito, cuando al levantar la vista hácia el Principe casi para experimentar sus fuerzas, advirtió en su aspecto una inquietud tan profunda y una impaciencia tan mal comprimida, que, decidiéndose por temor con la misma rapidez con que huiria á la vista de un objeto horribie, prosiguió:
—Aqui vengo á solicitar el hábito religioso en este convento en donde he sido educada con tanto cariño.
A esto respondió innmediatamente la Abadesa, que sentia mucho que el estatuto la impidiese en aquel caso darle al instante una respuesta que debia ser el resultado de los sufragios comunes de las madres, y á la cual debia preceder la licencia de los superiores; pero que Gertrudis con0- cia sobradamente la consideracion con que la distinguian en aquel sitio, para prever cuál sería dicha respuesta, y que entretanto ningun reglamento impedia á la Abadesa y á las demas religiosas mauifeslar el placer que les causaba - | semejante solicitud. Levantóse entónces un murmullo confuso de congratulaciones y de aplausos. Vinieron luégo grandes bandejas de dulces, que se presentaron primero á la expósita y despues á los padres, y miéntras algunas monjas la confundian á abrazos, otras cumplimentaban á la madre y otras al mayorazgo. La Abadesa hizo suplicar al Príncipe que pasase al locutorio, en donde le aguardaba.
Acompañábanla allí dos ancianas, y en cuanto le vió venir:
—Señor Principe,-dijo,-para obedecer á la regla y cumplır con una formalidad indispensable, aunque en este caso... pero debo decirle que siempre que una jóven pide el hábilo .. la Superiora, cargo que yo indignamente ocupo, tiene la obligaeion de advertir á los padres... que si por casualidad violentesen... la voluntad de su hija, incurririan en excom.union... Me perdonará...
—Muy bien, muy bien, reverenda madre! aplaudo su exactitud: es muy justo; pero usted no puede dudar...
—iSeguramente, señor Principe!... He hablado sólo por cumplir con mi obligacion precisa... Por lo demas...
—Cierto, cierto, madre Àbadesa...
Pronunciadas entre los dos interlocutores estas pocas palabras, se hicieron recíprocamente una profunda reverencia, separándose como si los dos sintiesen prolongar aquel coloquio, y cada uno se retiró á su puesto, el unofuera y el otro dentro del claustro.
—Ea,-dijo el Principe,-Gertrudis tendrá presto toda la comodidad para gozar de la compañía de estas buenas madres: ya las hemos molestado demasiado.
Y haciendo una reverencia, manifestó querer ausentarse:
la familia se puso en pié, se renovaron los cumplimientos y partieron.
A la vuelta no tenía Gertrudis mucha gana de hablar.
Asustada con el paso que habia dado, avergonzada por su cobardía é irritada contra los demas y contra sí misma, calculaba las ocasiones que todavía le quedaban para decir que nó, y se proponia débil y confusamente ser en una ú otra más fuerte y más decidida.
No tardaron en llegar á Milan, y entre comer, hacer algunas visitas, disfrutar algun poco del paseo y de la tertulia, se pasó enteramente aquel dia. Al concluirse la cena, puso el Príncipe á exámen un negocio importante, que era la eleccion de madrina. Así se llamaba, y áun se llama en el dia, la dama que, elegida por los padres, se constituye guarda y guía de la jóven que entra monja; y su encargo en el tiempo que media entre la solicitud y vestir el hábito, es el de emplearle con ella en visitar las iglesias, los establecimientos públicos, los santuarios, las concurrencias, y en una palabra, todas las cosas notables de la ciudad y de los alrededores, á fin de que las muchachas, antes de pronunciar un voto irrevocable, vean bien lo que van á dejar.
—Convendrá pensar en la madrina,-dijo el Principe,- porque mañana vendrá el Vicario para la formalidad del exámen, é inmediatamente propondrán la admision de Gertrudis en capitulo.
Pronunciando estas palabras, se dirigió á la Princesa, la cual, creyendo que pedia su dictámen, dijo se le podia hablar... pero la interrumpió el Principe prosiguiendo:
—No, no hay que hablar á persona alguna. Ante lodas cosas la madrina debe ser del agrado de la expósita, y aurque la costumbre deja la eleccion á los padres, Gertrudis tiene tanto juicio y talento que merece que se haga una excepcion.
Y volviéndose á la misma Gertrudis, en ademan de quien hace una gracia particular, continuó:
—Cualquiera de las damas que han asistido á la lertulia de esta noche posee las cualidades necesarias para ser madrina de una hija nuestra; y como no dudo de que cualquiera tendrá á mucha honra el ser preferida, á ti te toca élegir.
No dejaba Gertrudis de conocer que elegir era dar un nuevo consentimiento; pero le hacian la propuesta con tanto aparato, que el no admitirla pareceria desprecio, y eximirse desagradecimiento y necedad. bió, pues, este paso tambien, y nombró la dama que más le habia agradado en la tertulia, esto es, la que más la labia acariciado, la que la habia alabado más, la que la habia tratado con aquellas nianeras familiares y afectuosas, que, cuando por prinmera vez se conoce á una persona, son el remedo de una antigua amistad.
—¡Excelente eleccion!-exclamó el Príncipe, que esperaba y deseaba que recayese en aquella dama.
Fuese casualidad ó arte, lo cierto es que sucedió en esto lo que acontece cuando un titiritero haciendo juegos de manos pasa delante de la vista de los eircunstantes una baraja, diciendo que piensen una carta para luégo adivinarla él mismo, lo que no es dificil porque abre la baraja en términos que sólo deja ver una carta por entero, con lo cual regularmente la imaginacion de los que la ven se fija en aquella. En efecto, la dama elegida habia estado toda la noche al lado de Gertrudis, y tanto la habia entretenido, que hubiera sido necesario un esfuerzo de imaginacion para eiegir otra. Por otra parte, todo aquel esmero no era sin misterio, porque hacía tiempo que esta dama habia echado la vista al primogénito del Principe para hacerle su yerno; de aquí es que miraba todas las cosas de aqueila casa como suyas propias.
Él dia siguiente se despertó Gertrudis con la imaginacion ocupada en el Vicario examinador, y cuando estaba pensando cómo podria aprovecharse de esta ocasion para volverse atras, el Principe la mandó llamar.
— Vaya, bija,-la dijo,-hasta este punto te has portado perfectamente; se trata ahora de coronar la obra. Todo cuanto se ha hecho hasta aquí se ha hecho con consentimiento tuyo. Si en este intermedio te hubiese ocurrido alguna dudilla, alguna especie de momentáneo arrepentimienlo, 6 capricho de juventud, debias haberte explicado; pero segun el estado en que se hallan hoy las cosas, ya no es tiempo de hacer niñerías. El hombre virtuoso que ha de venir hoy por la mañana, te hará mil preguntas relativas á tu vocacion, acerca de si estás gustosa, por qué y cómo...
¿Y qué sé yo qué más? Si titubeas en responder, te tendrá en el aire ¡quién sabe hasta cuándo! lo que sería un fastidio y una incomodidad grandísima para tí; pero además podria resultar olro inconveniente mucho más grave. Despues de todos los pascs que se han dado, cualquiera leve perplejidad de tu parte, comprometeria mi honor, porque se podria creer que yo habia tomado una ligereza tuya por una firme resolucion, que me habia precipitado, y que hahia ¿qué sé yo? En este caso me veria en la dura necesidad de escoger entre dos partidos igualmente dolorosos, esto es, 6 dejar que el mundo formase mal-concepto de mi conducta, partido que por mi propio decoro no puedo adoptar, ó descubrir el verdadero motivo de tu resolucion, y...
Aqui, viendo que el rostro de Gertrudis se habia encendido, que sus ojos se arrasaban en lágrimas, y que sus facciones se inmutaban, cortó aquel discurso, y con tono de afabilidad, prosiguió diciendo:
—Vaya, vaya, todo depende de lí, de tu prudencia; sé que la tienes, y que no eres capaz de echar á perder una obra buena al liempo de concluirla. Pero yo debia prever lodos los casos posibles. No se hable más de esto, y quedamos de acuerdo en que responderás con tal franqueza, que no puedan nacer dudas en la cabeza de ese buen señor: y tú tambien con eso despacharás más presto.
Aquí, despues de haber sugerido várias respuestas á preguntas que púdieran hacérsele, entró en la conversacion acostumbrada de las dulzuras y placeres que gozaria Gertrudis en el convento, y con esto la estuvo entreteniendo hasta que un criado avisó que allí estaba el señor Vicario examinador. El Principe, despues de un breve recuerdo á su hija acerca de las prevenciones que acababa de hacerle, la dejó sola con el Vicario, segun estaba nıandado.
Venia el buen eclesiástico casi convencido de que Gertrudis tenía un gran vocacion al elaustro, porque así se lo habia dicho el Principe cuando fué á verle. Bien es verdad que, como sabía que la desconfianza era una de las cualidades más necesarias en su oficio, tenía por máxima andar despacio en dar crédito á semejantes aseveraciones, procurando no dejarse preocupar; pero rara vez sucede que las aserciones de persona autorizada no tiñan de su color la mente de quien la escucha. Despues de los cumplimientos de costumbre, dijo el Vicario:
—Señorita, yo vengo á hacer el oficio del demonio, porque vengo á poner en duda lo que usted en su súplica ha presentado como cierto; vengo á hacerle presente las dificultades, y á cerciorarme de si las ha meditado con reflexion. Permitame, pues, que le haga algunas preguntas.
—Pregunte usted lo que guste,-contestó Gertrudis.
Principió entonces el Vicario á interrogar en la forma prescrita en los reşlamentos, diciendo:
—¿Está usted'libre y espontáneamente resuelta á hacerse monja? ¿Se han empleado amenazas ó halagos? Hable usted sin reparo y con loda veracidad á una persona cuya obligacion es conocer su verdadera voluntad, para impedir que se la violente de modo alguno.
La verdadera respuesta á semejante pregunta se presentó á la mente de Gertrudis con un aspecto espantoso. Para darla era necesario entrar en una explicacion; nombrar al que la habia amenazado; en una palabra, referir una historia. Aterrada la infeliz, desechó semejante idea, y acudió á buscar cualquiera otra contestacion, la que mejor y más presto la sacase del conflicto.
—Entro monja-dijo ocultando su turbacion-por gusto mio, y por mi propia voluntad.
—¿Qué tiempo bace-continuó el Vicario-que tiene usted ese pensamiento?
—Siempre lo he tenido,-contestó Gertrudis, más franca ya despues del primer paso para mentir contra sí misma.
—¿Pero cuál es el motivo principal que la induce á entrar monja? | Ignoraba el buen hombre cuán terrible era la cuerda que tocaba, y Gertrudis hizo un grande esfuerzo para que no se notase en su rostro el efecto que producia en su animo aquella pregunta.
—El motivo-contestó-es el de servir á Dios, y huir de de los peligros del mundo.
—;Seria acaso algun disgusto? algun... (usted perdone) algun capricho? A veces una cosa momentánea puede hacer una impresion que parezca perpétua; pero así que cesa la causa, y el ánımo se muda, entónces...
—No señor, no señor,-respondió precipitadamente Gertrudis;-la causa es la que he indicado.
El Vicario, más bien para cumplir con su obligacion que porque lo juzgase necesario, insistió en las preguntas; pero Gertrudis estaba resuelta á engañarle: porque además de la repugnancia que le causaba el descubrir su debilidad á aquel eclesiástico, que al parecer estaba muy léjos de sospechar de ella semejante cosa, no dejaba de ocurrirle que, aunque bien podia el Vicario impedir que fuese monja, allí acababa su auloridad sobre ella y su proteccion, y que en cuanto aquél se ausentase, se quedaria con su padre á solas. De todo lo que entónces tendria que sufrir nada sabria el Vicario, y áun sabiéndolo, lo más que podria nacer con toda su buena intencion seria compadecerla. En este supuesto, ántes que de mentir Gertrudis, se cansó de preguntar el examinador, el cual, viendo que todas las respuestas eran idénticas, y no teniendo motivo alguno para dudar de su veracidad, mudó de lenguaje, diciéndole todo lo que creyó conveniente para confirmarla en su buen propósito, y felicitándola acerca de su resolucion se despidió de ella.
Al atravesar las salas, á la salida, se encontró con el Principe, que al parecer pasaba casualmente por ellas, y le dió el parabien de las excelentes disposiciones de su hija. El Príncipe, que hasta entónces habia estado en una penosa ansiedad, respiró al oir semejantes noticia, y olvidando su gravedad acostumbrada, fué casi corriendo á ver á Gertrudis, colmándola de alabanzas, caricias y promesas con un placer verdaderamente cordial, y una ternura en gran parte sincera: tales son las contradicciones del corazon humano.
Nosotros no seguiremos á Gertrudis en aquella serie de continuadas fiestas y diversiones á que por ultima vez se entregaba, ni describiremos parcialmente y por órden progresivo todos los movimientos de su ánimo en aquel espacio de tiempo, porque sería una bistoria de penas y fluctua! ciones demasiado monótona, y.casi una repeticion de lo que hemos manifestado.
La amenidad de los sitios, la variedad de los objetos y la alegría de los campos hacian más odiosa la idea del paraje en que habia de ir á sepultarse para siempre. Todavía más penosas eran para ella las impresiones que recibia en las reuniones y concurrencias particulares. Causábale una envidia, una desazon inscportable la vista de las recien casa- 2 das, á quienes se daba el título lisonjero de esposas, y á veces, al ver algunos personajes, se figuralba que debia ser > el colmo de la felicidad el oirse aplicar dicho titulo.
Otras veces la magnificencia de los palacios, el lujo de los muebles y el bullicio festivo de las tertulias, excitaba en ella un deseo tan vivo de gozar tan envidiable vida, que i formaba el proyecto de retractarse y de sufrir cualquiera cosa más bien que volver á la triste monotonia del claustro; pero todas estas resoluciones se disipaban como el humo, al calcular con más detencion las dificultades, y con fijar la vista en su padre. Entre tanto, habiendo remitido el Vieario la certificacion correspondiente, y conseguidas las licencias necesarias, se celebró el capitulo. Concurrieron, como era de presumir, las dos terceras partes de los votos secretos que exigia la regla, y Gertrudis fué admitida.
Cansada ella misma de tan violenta situacion, pidió volver lo más pronto posible al convento. A la verdad que, como no habia quien se opusiese á semejante determinacion, adhirieron á sus deseos, y conducida en gran pompa al
- convento, tomó el hábito.
Despues de un año de noviciado en que se arrepintió mil veces, y mil veces se arrepintió de haberse arrepentido, llegó el momento de pronunciar un nó más dificultoso, más extraño, y nmás escandaloso que nunca, ó de repetir un sí tantas veces pronunciado. Repitióle con efecto, y monja fué para siempre.
Una de las facultades particulares é incomunicables de la region cristiana, es la de poder dirigir y tranquilizar al que en cualquiera situacion y término acude á ella. Si lo pasado iene remedio, lo prescribe, lo facilita, y suministra luces y fuerzas para ponerle por obra; si no tiene remedio, indica el modo de hacer de la necesidad virtud, como suele decirse vulgarmente: enseña á continuar con firmeza y acierto lo que se emprendió con ligereza; inclina el ánimo
- å abrazar con propension lo que impuso la violencia, y da á una eleccion que fué temeraria, pero irrevocable, toda la conformidad y el placer de la vocacion. Con este medio |
hubiera podido Gertrudis ser una monja santa, y vivir conforme y tranquila con su resolucion, como quiera que la hubiese tomado; pero la infeliz, al contrario, recalcitraba contra el yugo, y de este modo se le hacia más duro su peso. Un recuerdo repetido de la libertad perdida, un aborrecimiento implacable á su estado, y un vagar continuo en pos de deseos que jamás podrian satisfacerse, eran las ocupaciones principales de su ánimo.
Volvia y revolvia en su mente las amarguras del tiempo pasado; traia á su memoria todas las circunstancias que la habian condueido donde se hallaba: mil veces hacía y deshacía con el pensamiento lo que habia hecho con las obras; se culpaba á si misma de cobardia, y á los demas de violencia y perfidia, y se consumia en su interior. Idolatraba y deploraba al mismo tiempo su hermosura; lloraba su juventud destinada á destruirse en un lento martirio, y en algunos momentos envidiaba la suerie de cualquiera mujer que pudiera, fuese como fuese, gozar en el mundo de aquellos dotes.
Miraba con odio á todas aquellas monjas que habian cooperado á reduciria á semejanle situacion. Se acordaba de las artes y artficios que habian empleado, y se los pagaba con otras tantas descortesías, cavilosidades, y áun abierlas reconvenciones. Tenian éstas que aguantarlo todo, porque, aunque el Principe quiso tiranizar á su hija, nunea hubiera consentido que su sangre quedase desairada, y cualquiera pequeña queja que aquélla hubiese dado, pudiera haberles hecho perder la poderosa proleccion de su padre, y quizá convertir en enemigo á tal protector. Parecia regular que Gertrudis tuviese alguna propension á las otras monjas que ninguna parte tuvieron en aquellos funestos manejos, que, sin haberla deseado por compañera, la ama-..
ban como tal, y que virtuosas, ocupadas en sus labores, y alegres, le manifestaban con su ejemplo cómo allí se podia, no sólo vivir, sino tambien vivir agradablemente; pero á éstas las odiaba tambien por otro estilo. Sus semblantes, en que se notaba la piedad y el contento, eran para ella una especie de reconvencion con que se le echaba en cara su disgusto y su extravagante conducta, y así no perdia ocagion de burlarse de ellas por detras, calificándolas de gazmoñas y mojigatas. Quizá las hubiera despreciado ménos si hubiera sabido 6 sospechado que ellas fueron las que echaron aquellas pocas bolitas negras que se encontraron en la urna cuando se votó su admision.
No obstante, algun consuelo encontraba á veces en el mando, en verse obsequiada dentro y visitada con adulacion por las personas de fuera, en salir bien de varios empeños, en franquear su proteccion, y en que la diesen el dietado de señora; pero ;qué consuelo! Poco despues de su profesion, la nombraron maestra de X educandas. Figúrese cualquiera cómo estarian aquellas niñas bajo su direccion. Sus antiguas compañeras habian salido ya; pero ella conservaba todas las pasiones de aquel tiempo, y de un modo ó de otro las jóvenes debian sentir el peso de ellas. Cuando se acordaba de que algunas estaban destinadas á aquel çénero de vida á que ella nunca p0- dia aspirar, las miraba casi con rencor, las trataba con aspereza, y las hacía pagar anticipadamente la felicidad de que esperaban gozar algun dia.
Quien hubiese visto en aquellos momentos la aspereza magistral con que las reconvenia por cualquier pequeño descuido, la hubiera juzgado como una mujer irreprensible. Otras veces manifestaba de un modo enteramente opuesto: entinces no solamente toleraha las elamorosas diversiones de sus discípulas, sino que las provocaba, se mezelaba en sus juegos. y por ella llegaban á ser ménos arreglados; tomaba parte en sus conversaciones, y las llevaba más allà de la intencion con que aquellas las habian empezado.
Si por casualidad se hacia mencion de algun resabio de la madre Abadesa, la maestra les hablaba continuamente de él, convirtiéndole en una escena de comedia. Ya remedaba con gestos la eara de una monja, ya el porte de otra, riéndose de ellas á careajadas. De esta manera vivió algunos años, no habiéndosele proporcionado medio ni oportunidad para otra cosa, cuando quiso su desgracia que una ocasion se le presentase.
Entre los privilegios y distineiones que se le habian concedido para indemnizarla en algun modo de la imposibilidad de ser abadesa por su corta edad, gozaba la de tener habitacion separada. Contigua á aquel lado del convento se hallaba una casa en que vivia un jóven, malvado de profesion, uno de los muchos que en aquella época, con sus bravos y su union con otros malvados de la misma calaña, podian hasta cierto punto burlarse de la fuerza pública y de las leyes. En el manuscrito ya citado se le llama Egidio, v nada más. Este, desde una ventanilla stya; que cana á un patio de aquella parte del convento, habia visto algunas veces á Gertrudis pasear y dar vueltas por allí en momentos de ociosidad, y como los peligros y la impiedad de las misma aversion que tenia al elaustro se | empresas le halagaban en lugar de arredrarle, se aventaró un dia á dirigirle la palabra, á que contestó la desventurada.
Experimentó Gertrudis en aquellos primeros momentos un placer no enteramente puro, pero muy vivo, porque una ocupacion fuerle y contínua vino á llenar el perezoso vacío de su corazon; sin embargo, este placer era como la bebida fortificante que suministraba á los reos la estudiada crueldad de los anliguos, para animarlos á soportar los suplicios. Notóse al mismo tiempo una gran novedad en toda su conducta: se manifestó de improviso más mesurada y más tranquila, y no sólo cesaron los escarnios, sino que comenzó á producirse con modales más afables y cariñosos; por manera que lanto mayor era el contento de las monjas al ver tan feliz mudanza, cuanto más léjos estaban de figurarse que el verdadero motivo de aquella nueva virtud no era sino hipocresia agregada á sus antiguos defectos. Con todo, no duró mucho aquella apəriencia de mejora, á lo ménos con continua igualdad.
En efecto, no tardaron en producirse las acostumbradas descortesias y caprichos, y se oyeron de nuevo las imprecaciones y denuestos contra la sujecion del claustro, no pocas veces expresados en un lenguaje impropio de aquel sitio y de aquella boca. Pero á cada tropiezo acudia con una apariencia de arrepentimiento, procurando hacer olvidar su descuido á fuerza de halagos. Sufrian las monjas lo mejor que podian semejantes vicisitudes. atribuyéndolas al caricter extravagante y ligero de la señora.
Parece que por algun tiempo ninguna llevó más adelante el pensamiento; pero un dia en que la señora, trabándose de palabras con una lega por cierta habladuría, se desató contra eila en improperios é insultos, la lega, despues de haber aguantado bastante, perdió al fin la paciencia, y se le escapó cierta indirecta indicando que sabia alguna cosa, y que á su tiempo hablaria. Desde entónces no halló Gertrudis sosiego; pero á poco tiempo sucedió que una mañana aguardaron en vano á la lega para el desempeño de sus tareas ordinarias. Buscáronla en su celda, la llamaron por todas partes; revolvieron de arriba albajo el convento, y todo inútilmente. Y quién sabe las conjeturas que se hubieran hacho, si prosiguiendo las diligencias no hubiesen descubierto en la cerca de la huerta un grande agujero, de que infirieron que por allí se habia escapado? Despacháronse propios en várias direcciones para alecanzarla, y se hicieron exquisitas investigaciones por fuera, sin haber podido adquirir jamás noticia de ella. Quizá algo se hubiera averiguado si, en lugar de buscarla léjos, hubiesen cavado el terreno más próximo. Despues de haber manifestado todas mucha admiracion, pues nadie creia á aquella mujer capaz de semejante exceso, y despues de muchos argumentos, se vino por fin á parar en que debió haber ido muy léjos; y porque á una monja se le ocurrió decir: «sin duda habrá ido á Holanda,» se dijo y se tuvo siempre por cosa cierta en el convento que se habia refugiado en aquel país.
No obstante, parece que la señora no estaba en ese entender, no porque manifestase no creerlo, 6 se opusiese á la opinion comun eon razones propias, pues si algunas tenía, jamás las disimuló mejor; por el contrario, de nada se abstenia tanto como de tocar semejante historia, y en lo que ménos pensaba era en averiguar aquel misterio; mas cuanto ménos hablaba de él, tanto más presente le tenfa.
¡Cuántas veces al dia se le presentaba la imágen de aquella monja, sin que pudiese apartarla de su mente! ;cuántas veces hubiera querido oir el agudo sonido de su verdadera voz, cualesquiera que hubiesen sido sus amenazas, más bien que tener siempre en el oido mental el susurro de aquella misma voz, y oir palabras á que no queria responder, repetidas con una pertinacia incansable, que jamás tuvo persona alguna viviente! Habria como cosa de un año que habia pasado esta aventura, cuando el padre Guardian de capuchinos presentó á Lucía á la señora, que tuvo con ella aquel coloquio en el cual suspendimos nuestra narracion. Multiplicaba Gertrudis las preguntas acerca de la persecucion de D. Rodrigo, y entraba en ciertos pormenores con un desembarazo que pareció, y debió parecer extraño á Lucía, quien jamás se imaginó que la curiosidad de las monjas pudiese extenderse á semejantes asuntos. No eran ménos extrañas las opiniones que dejaba traslucir, 6 que interpolaba con las preguntas. Parecia que casi se burlaba del terror de Lucia; preguntaba si D. Rodrigo era tan feo para causar tanto miedo, y casi daba á entender que tendria por ridiculo y necio el desden de Lucia, á no disculparla su preferencia por Lorenzo. Tambien acerca de este particular se extendió á tantas y tales preguntas, que provocaron la admiracion y el pudor de luégo que habia dejado correr la lengua iras los extravíos de la imaginacion, procuró enmendar lo mejor que pudo con interpretaciones sus imprudencias; pero no por eso inocente aldeana; pero, advirtiendo | dejó Lucía de quedar con cierta desagradable admiracion y confuso recelo, de modo que, en cuanto pudo haliarse á solas con su madre, le descubrió su ánimo con respecto á lo que habia pasado. Inés, como más experimentada, disipó en pocas palabras todas sus dudas, diciendo:
—No debes maravillarte de eso; cuando conozcas el mundo como yo, verás que estas son cosas de que no hay que admirarse. Los personajes, unos más, otros ménos, unos por un lado, otros por otro, todos tienen algo de locos; se les deja que digan, y no se hace caso: al contrario, el modo de conseguir de ellos lo que se quiere, es darles siempre la razon. No viste con qué orgullo se me echó encima, como si yo hubiera dicho algun despropósito? Mas yo no hice caso. Todos son lo mismo; con todo, debemos dar gracias á Dios de que, segun parece, la has agradado, y quiere protegerte de véras.
Él desco de servir al padre Guardian; la satisfaccion que se experimenta en dar amparo á un miserable; la idea del buen concepto que produciria una proteccion concedida con fin tan piadoso; cierta prevencion en favor de Lucía; el placer que causa el hacer bien á una inocente, el consolar y socorrer á los oprimidos, habian realmente determinado á la señora á tomar á su cargo la suerte de las dos emigradas. En virtud de órdenes que dió, y del cuidado que mostró por ellas, las colocaron en la habitacion de la demandadera, considerándolas como empleadas y dependientes del convento. Alegrábanse la madre y la hija por haber hallado tan presto un asilo tan seguro y honroso.
Hubieran tambien deseado que nadie tuviese noticia de ellas; pero esto era imposible en un convento como aquel, tanto más, cuanto habia una persona poderosa cmpeñada en saber el paradero de una de ellas, y en cuyo ánimo se agregaba á la pasion y al empeño primero, el coraje de haberse llevado chasco y haber sido engañado. Nosotros, dejando á las dos mujeres en su refugio, volveremos al palacio de D. Rodrigo, en la hora en que estaba aguardando con ánsia el resultado de su perversa comision.