Los novios/XII
CAPÍTULO XII.
La cosecha infeliz de aquel año no era ya la primera.
Tambien la del precedente habia sido escasisima, y sólo con el auxilio de los acopios que se conservaban de tiempos más abundantes pudo suplirse la falta á duras penas, y bien 6 mal habia ido tiraudo la poblacion hasta el estío del año de 1628, á que pertenece nuestra historia. Pero al llegar la ansiada época de la recoleccion de las mieses, se vió que la cosecha era aún más miserable que la anterior, tanto por los malos temporales (y eso no sólo en el Milanesado, sino en gran parte del país circunvecino), cuanto por culpa de los hombres. Las talas y el destrozo causados por la guerra de que hemos hecho mencion eran tan grandes, que en las comarcas contiguas al paso de las tropas, se quedaban las campiñas más incultas y abandonadas de lo que solian, desamparando sus haciendas los labradores, los cuales, en vez de proporcionar con su trabajo el sustento propio y ajeno, se veian obligados á pedirlo por amor de Dios de puerta en puerta.
He dicho más de lo que solian, porque las insoportables gabelas impuestas sin concierto y arrebatadas con no ménos ruidosa rapacidad; la conducta habitual, áun en tiempos pacificos, de las tropas estacionarias, comparada en los iristes documentos de aquella edad con la de un ejército enemigo, y otras causas largas de referir, habian ido labrando lentamente de algunos años atras en todo el Milanesado la fatal penuria que le aquejaba: así las circunstancias particulares de que hablamos ahora pueden reputarse como una exacerbacion repentina de un mal crónico y antiguo. Apénas se acabó de recoger aquella tan miserable cosecha, cuando las provisiones para el ejército y el des- • órden que siempre las acompaña la redujo á tal extremo, que empezó á experimentarse la escasez, y tras ella su tan doloroso como seguro y á veces tan saludable resultado, la carestía.
Pero cuando la carestía llega á cierto punto, se levanta siempre (6 al ménos así lo hemos visto hasla abora; y si esto sucede en el dia despues de tantos y tan juiciosos escritos sobre esta materia, qué sucederia entónces?); digo que se levanta y acredita el rumor en el público de que no es la escasez quien la motiva. Se olvidan las gentes de que la temieron y vaticinaron; y suponen desde luégo que hay todo el grano que se necesita, y que el mal dimana de que no se vende lo suficiente para el consumo; suposiciones todas infundadas, pero que lisonjean al mismo liempo la cólera y la esperanza; se atrilbuye la carestia á los tratantes en granos, verdaderos ó imaginarios, á los propietarios de tierras que no lo vendian todo en un dia, á los panaderos que lo compraban; en una palabra, á cuantos por sus tráficos en estos articulos se supone que ocultan grandes acopios.
Estos eran el objeto de las quejas universales y de la ira de las personas bien 6 mal vestidas. Se citaban los almacenes, se decia dónde estaban los graneros llenos y apuntalados, se indicaban números excesivos de sacos, se hablaba como de cosa cierta de las inmensas cantidades
- de cereales que se enviaban furtivamente á otros pafses, en los cuales probablemente se clamaba con igual furor y certeza; suponiendo que su3 granos venian á Milan. Se imploraban de los magistrados aquellas providencias que á la muchedumbre parecen stempre, 6 á lo ménos han parecido, equitativas, sencillas y eficaces para hacer salir á la plaza el grano que suponian escondido, emparedado y sepultado en silos, y restablecer la abundancia. Los magistrados echaban mano de cuantos medios les dictaba aquel apuro, como el de fijar el precio máximo de algunos géneros, de imponer penas á los que se negaban á vender, y otros de la misma especie. Pero como la eficacia de las disposiciones humanas, por muy enérgicas que sean, no alcanza á disminuir la necesidad de comer, ni á producir cosechas fuera de tiempo; y las que se tomaban entónces no eran á la verdad las más oportunas para atraer los viveres de los puntos en que pudiese haber abundancia de ellos, el mal duraba y aumentaba de dia en dia. La muchedumbre lo atribuia á la falta ó á la flojedad de los remedios, y reclamaba á gritos otros más decisivos y eficaces. Por desgracia dió con un hombre á medida de su deseo.
En ausencia del gobernador 6 capitan general D. Gonzalo Fernandez de Córdoba, que se hallaba en el sitio del Casal de Monferrato, hacía sus veces en Milan el gran caneiller D. Antonio Ferrer. Persuadido (zy quién no lo estaria?) de que el precio moderado del pan sería una cosa excelente, se figuró (aqui está el error) que una órden suya bastaria para disininuirlo; y en este supuesto fijó la tasa del pan como si el trigo se vendiese al precio regular de treinta y treinta y tres liras la medida comun del país, siendo así que llegaba hasta á ochenta, haciendo con esto lo que haria una vieja que creyese rejuvenecer falsificando su fe de bautismo.
Ordenes ménos absurdas y ménos injustas habian quedado más de una vez sin efecto por la resistencia misma de ļas cosas; pero en la ejecucion de esta se interesaba la muchedumbre, que, viendo por fin convertido en ley su deseo, no sufriria ciertamente que quedase ilusoria.
En efecto, acudió en el momento á las panaderías á pedir pan al precio tasado, y acudió con aquella resolucion y aquel tono amenazador que inspiran las pasiones apoyadas en la ley y la fuerza. Los magistrados por una parte imponian penas, y por otra el pueblo estrechaba, y á la menor tardanza en ser complacido, murmuraba y amenazaba sordamente con una de sus sentencias, que son las peores de cuantas se ejecutan en el mundo; y así los pobres panaderos no tenian otro recurso sino el de amasar, cocer y vender sin descanso. Mas para seguir de aquella manera no bastaban ni las órdenes rigurosas ni el terrible miedo que los miserables tenian. Era pecesario que la cosa fuese posible, y hubiera dejado de serlo á poco más que durase aquel estado. Reclamaban sin cesar haciendo presente la iniquidad de la carga que se les habia impuesto y la imposibilidad de soportarla, y protestaban que echarian la pala al horno y se marcharian; pero entretanto iban siguiendo adelante del modo posible con la esperanza de que el gran Canciller llegaria á hacerse cargo de la justicia, de sus reclamaciones. Mas D. Antonio Ferrer, que era, segun la expresion actual, hombre de carácter, contestaba que los panaderos habian ganado mucho anteriormente, y que tambien ganarian mucho en adelante, mejorando los tiempos; que ya se veria y arreglaria tal vez el modo de resarcirles; y asi era menester que entretanto siguiesen abasteciendo la ciudad.
Ya fuese porque él mismo estuviera convencido de las razones que alegaba, 6 ya porque, conociendo por los efectos la imposibilidad de sostener aquella absurda providencia, quisiese dejar á otros la odiosidad de revocarla (pues no es fácil adivinar sus pensamientos), no varió en un átomo su resolucion. Finalmente, los decuriones (cuerpo municipa! compuesto de nobles, que se extinguió en 1796) dieron cuenta por escrito al Capitan general del estado dé las cosas, pidiéndole que indicase algun temperamento para su remedio.
Engolfado D. Gonzalo en los negocios de la guerra, nombró una Junta, á la cual confirió la facultad de poner al pan un precio arreglado á justicia, para conveniencia de ambas paries. Juntáronse los comisionados, y despues de cumplimientos, preámbulos, suspiros, relicencias y proposiciones, la necesidad imperiosa los obligó á tomar una determinacion. Conocian que era paso avenlurado, pero convencidos de que no habia otro arbitrio, acordaron aumentar el precio del pan, con lo cual respiraron los panaderos, y el pueb'o se puso furioso.
La noche que precedió al dia en que Lorenzo llegó á Milan, las calles y las plazas estaban llenas de hombres, que, arrebalados de indignacion, y animados de una misma idea, conocidos y no conocidos, se reunian en corrillos, sin acuerdo anterior y casi sin advertirlo, como se juntan en el punto á que las arrastra un mismo declive las canales de los tejados.
Cada discurso aumentaba la persuasion y la furia, no Bólo de los oyentes, sino tambien del que los pronunciaba.
11 Entre tantas personas habia algunas de sangre más fria, que se complacian en estar observando cómo se enturbiaba el agua; contribuian á revolverla cada vez más con los argumentos y cuentos que saben fraguar los bribones, y á los cuales ceden con facilidad los ánimos alterados; y teniendo presente el refran, á rio revuelto ganancia de pescadores, se proponian no dejar que se aclarase sin haber pescado ántes alguna cosa. En fin, miles de hombres se fueron á acostar con el pensamiento indeterminado de que era necesario hacer alguna cosa, y la conviccion de que algo se baria.
Antes de amanecer ya estaban las gentes en movimiento, y por todas partes se encontraban numerosas reuniones. Agolpábanse á la ventura muchachos, mujeres, jóvenes, viejos, trabajadores y mendigos. Aquí sonaban gritos diferentes y confusos, allf uno predicaba y otros aplaudian; más allá hacía uno á su vecino la misma pregunta que ántes le habian hecho á él; aquel repetia la exclamacion que acababa amenazas, y la materia de tantos discursos se reducia å un corto número de vocablos.
Faltaba sólo un asidero, un impulso cualquiera para pagar de las palabras á los hechos, y no tardó en verificarse.
Salian de las panaderias poco despues de amanecer los mozos que llevaban el pan á las casas; presentarse uno de aqueilos malhadados muchachos con su cuévano lleno de pan fué lo mismo que caer una chispa en un almacen de pólvora. «;Qué tal! ¿Hay pan ó no?» gritan cien voces á un tiempo. «Si, para los bribones!» exclama uno; «sí, para los pícaros que, nadando en la abundancia, quieren que nosotros muramos de hambre.» Al decir esto se acerca al muchacho, echa mano al asa del cuévano, y añade:
«Ahora lo veremos.» Se pone descolorido el muchacho; tiembla, quisiera decir, déjenme ustedes; pero se le añuda, la lengua. Afloja los brazos para soltar aprisa el peso, y entretanto gritan por todas partes: «;Abajo ese cuévano!»
Se arrojan á él muchas manos, vuela el paño que lo cubria, y se difunde en derredor una tibia y lisonjera fragancia. «Nosotros tambien somos cristianos y hemos de comer pan,» dice el primero; y coge uno de ellos: lo levanta, lo enseña á los demas y le hinca el diente. Entónces se echan todos encima como furias, y en un abrir y cerrar de ojos queda el cuéveno limpio como una patena. Aquellos á quienes nada pudo tocar, irritados al ver que otros habian disfrutado semejante hallazgo, y animados por la oir; por imo, dmiracion, quejas y era facilidad de la empresa, eorren á bandadas en busca de otros cuévanos, y cuantos encuentran tantos quedan despachados. Tampoco fué necesario dar el asalto; porque los que los llevaban, lo mismo era ver la turba que soltarlos en el suelo y poner piés en polvorosa. Sin embargo, los que quedaban en blanco eran los más; los mismos gananciosos no estaban satisfechos, y como confundidos unos y otros se hallaban allí los que habian contado con un desórden de mayor lucro, se empezaron á oir las voces. «jA los hornos! ¡A las panaderías!»
En la calle que se llama el Coso de los Servitas habia un un horno y lo hay todavía con el mismo nombre, nombre que en toscano significa el horno de la provision, y en milanes se compone de palabras tan extrañas, que no hay letras en el alfabeto para expresar su sonido (1). A aquel punto se dirigió la turba. Estaban los amos informándose del mozo que volvia saqueado, y que todavía trémulo, contaba tartamudeando su triste aventura, cuando oyeron á lo léjos los rumores del tropel que se acercaba, y á poce se dejaron ver sus precursores.
—Cerrad, cerrad pronto,-gritan unos: corren otros á pedir auxilio á la justicia; otros atrancan aprisa las puertas y ventanas, y entrelanto crece la turba delante de la casa gritando: «;Pan! ¡Pan! abrid esas puertas.»
Llega en este intermedio el Capitan de justicia, acompañado de sus alabarderos, diciendo: «;Señores! ¡señores! ¿Qué es esto? Alabarderos, abrid paso al Capitan de justicia.» Como no habia aún mucha gente rounida, pudieron los alabarderos con su jefe llegar, aunque desordenados, .basta la puerta del horno, y desde ella peroraba el Capitan en estos términos: «Señores, ¿qué hacen ustedes aquí? cada uno á su casa; ¿dónde está el temor de Dios? 1Qué .dirá el Rey nuestro señor? A nadie se trata de hacer daño; pero cada uno á su casa. ¿Qué diablos querrán ustedes hacer aquí? ¡Ea, á sus casas! ¡á sus casas!» Pero áun cuando hubiesen querido obedecer los que oian las palabras del Capitan, no hubieran podido hacerlo, porque ellos mismos eslaban estrechados y empujados por los que venian detras, como sucede con las olas, hasta la extremidad de la bulla que por momentos se iba aumentando. Como al mismo Capitan ya le empezaba á faltar la respiracion, decia á.los alabarderos:-«Por Dios, alejad á esa gente para que pueda respirar; pero á ninguno le hagais daño: veamos (1) Toda la novela está eserita en dialecto milanes. | cómo meternos en la casa: que se retiren algun poco.»
—«Atras, atras,» gritaban los alabarderos echándose sobro los más inmediatos y empujándolos con las astas de las alabardas.
Chillaban éstos reculando lo mejor que podian, y dando con las espaldas en los pechos, los codos en los vientres y los talones en las puntas de los piés á los que estaban detras, de donde resultaba tal desórden y apretura, que los que se hallahan en el medio se arrepentian de haberse metido en semejante confusion. Habiéndose con esto despejado algun tanto la inmediacion de la puerta, llamó el Capitan con grandes porrazos para que le abriesen.
Asomáronse á una ventana los de dentro, bajaron apresuradamente y abrieron. Entró el Capitan y tras de él los alabarderos uno á uno, conteniendo los últimos á la gente con las alabardas. Así que todos se hallaron dentro, corrieron aprisa el cerrojo, subió el Cap tan, se asomó á una ventana, y quedó atónito al ver aquella inmensa muchedumbre —Hijos,-empezó á gritar,-hijos, á vuestras casas; perdon general á los que se retiren al instante.
—Queremos pan, abranse las puertas,-eran las únicas palabras que en contestacion podian distinguirse en aquella desentonada griteria.
—¡Hijos, moderacion! mirad lo que haceis: aún estais á tiempo; vaya, retiraos á vuestras casas. Se os dará pan; pero este no es el modo de pedirle. Pero ¿qué cs lo que veo allí? iqué es eso? ¡Fuera esas herramientas! qué se diria de los milaneses, que en todo el mundo tienen fama de buenos? Escuchad, escuchad, buenos milaneses... ¡Ah canalla! Causó esta rápida mudanza de estilo una peladilla de arroyo, que salida de las manos de uno de aquellos buenos milaneses, fué á parar á la cabeza del Capitan.
—iCanalla! ¡canalla!-continuó gritando.
Pero se melió adentro, cerrando más que de prisa la ventana; y aunque habia voceado á gañote tendido, se habia llevado el viento sus palabras buenas 6 malas: lo que dijo que veia era el empeño de la gente por forzar las puertas y arrancar las rejas del piso bajo con piedras y herramientas de que se proveyó en el camino.
Muy adelantada estaba la obra, cuando lo amos y los mozos del horno, asomados á las ventanas altas con gran municion de guijarros de que se surtieron desempedrando el patio, gritaban á los agresores que desistiesen, enseñán| doles al mismo tiempo las piedras. Viendo que nada conseguian, empezaron á lanzarlas con tan irresistible acierto, que ninguna se perdia, pues estaba la gente de tal manera apiñada que no se hubiera desperdiciado un grano de alpiste.
—Ah infames ladrones!-exclamaban los de abajo;-jes este el pan que dais á los pobres?
—iAy, ay! iqué iniquidad!-decian unos.
Dios me valga!-gritaban otros.
—iAy, Dios, que me han muerto! Estas voces y otras semejantes se oian entre las demas de imprecacion y de ira. En efecto, muchcs fueron muy maltratados, y dos muchachos quedaron muertos. Pero con esto el furor aumentó las fuerzas de la muchedumbre, las puertas saltaron eu pedazos, se arrancaron las rejas, y los amotinados inundaron á manera de torrente toda la casa.
Viendo los de dentro la cosa mal parada, se acogieron á los desvanes; el Capitan de justicia, sus alabarderos y algunos de la familia quedaron cobijados debajo de las lejas, y otros saliendo por las buhardas, corrian como los gatos por los tejados.
Olvidando los vencedores con la vista del botin todo deseo de venganza, se arrojaban á los cajones, y el pan y la harina llevaban igual ca mino.
Otros, ménos hambrientos y más codiciosos, corren al mostrador, descerrajan los cajones, y despues de haber llenado los bolsillos à dos manos, salen cargados de dinero, con ánimo de volver por pan en el caso de que todavía quedase alguno. La turba se esparce por los almacenes, y se declara la guerra á los sacos. Unos los abren y arrojan parte de la harina para poder llevarlos: otros gritan:
«aguarda, aguarda,» y acuden con paños y hasta con sus vestidos para recoger las subras. Quién carga con la masa que por todas partes se les escapa, quién se lleva los mismos utensiios; quién sale, quién entra, quién va, quién viene; hombres, mujeres, niños, se encuentran, tropiezan, se empujan, y gritan, al paso que por todas parles se levanta una espesa nube de polvo blanco, que todo lo cubre y los envuelve á todos.
No es ménos el bullieio por la parte de afuera; dos filas opuestas se cruzan y obstruyen la entrada, formada la una por los que salen cargados de botin, y la otra por los que se apresuran para entrar á cogerle.
Miéntras saqueaban tan bárbaramente esta inmensa panadería, iguales escenas pasaban en las demas del pueblo; | pero en ninguna se aglomeró tanta gente que pudiese hacer con impunidad lo que queria. En unas los amos habian reunido varios amigos y parientes, y estaban á la defensa, y en otras, siendo ménos numerosos 6 más tímidos los dueños, entraban en convenio, distribuyendo pan á los que se reunian, con la condicion de que se marchasen, y éstos lo verificaban, no porque estuviesen contentos con lo que les daban, sino porque no osando los esbirros ni alabarderos acercarse al horno grande, se presentaban en otras partes con fuerza suficiente para contener aquellos pocos amotinados. Con esto el desórden y el alboroto se iban aumentando cada vez más en esta desgraciada panadería, porque todos aquellos á quienes punzaba la codicia 6 el ånsia de cometer alguna fechoría de provecho, acudian allf donde, siendo mayor el número de sus amigos, era más segura la impunidad.
Este era el estado de las cosas, cuando Lorenzo, como dijimos, acabando de comer su pedazo de pan, iba andando por el barrio de la Puerta Oriental, dirigiéndose sin saberlo al centro del mismo tumulto. Caminaba unas veces impelido, otras embarazado por la turba, y en el camino atisbaba y aplicaba el oido con el fin de ver si entre el discorde rumor del concurso llegaba á enterarse de lo que estaba pasando: y éstas poco más ó ménos fueron las razones que pudo comprender.
—Ya está conocida-decia uno-la impostura de esos bribones que sostenian que no habia ni pan, ni harina, ni trigo. Ya lo hemos visto, y á buen seguro que no nos engañan en adelante. ;Viva la abundancia!
—Con esto nada adelantamos,-decia otro;-es hacer un hoyo en el agua; y quizá será peor si no se hace un buen escarmiento. No hay duda de que abaratarán el pan; pero echarán en él veneno para que los pobres muramos como moscas: ya dicen que hay mucha gente de más: lohan dicho en la misma Junta, y yo lo sé, á no dudarlo, porque se lo he oido á mi comadre, que es amiga de un pariente de un mozo de cocina de los señores de la Junta.
Echando espuma por la boca, decia cosas horrendas otro que venía sujetando con la mano á la cabeza un pingajo de pañuelo entre el cual se descubrian mechones de pelo descompuesto y ensangrentado: y las expresiones con que algunos le consolaban eran tan comedidas y decentes como las suyas.
—A un lado, señores: dejen pasar á un pobre padre de familia que lleva de comer á cinco hijos:-así decia uno que iba dando traspiés con un pesado saco de harina encima, y todos se apartaban para franquearle el paso.
—Yo me escurro,-decia otro á media voz á su compañero:-conozco el mundo y sé cómo van estas cosas. Ves la bulla que meten ahora esos badulaques? pues mañana 6 al otro dia los verás todos metidos en sus casas, llenos de miedo. Ya he visto yo ciertos pajarracos atisbando y haciendo la ronda: éstos todo lo notan, ven quién está y quién no está, y cuando cesa el alboroto se ajustan las cuentas, y el que paga paga.
—Quien protege á los panaderos,-grita uno con voz tan retumbante que llamó la atencion de Lorenzo,-es el Director de las provisiones.
—Todos son unos pícaros,-decia otro.
—Si; pero él es el jefe,-replicaba el primero.
—Picaros, sí, picaros;-exclama otro:-ipuede llegar á más la iniquidad? han tenido hasta la avilantez de decir que el gran Canciller es un viejo chocho, para desacreditarle y mandar ellos solos.
—Pan? ¿eh?-decia uno que iba muy de prisa:-no era mal pan por cierto; guijarros como puños; piedras de á libra que caian como granizo. ;Qué de cabezas, qué de costillas rotas!... En mi casa quiero yo verme.
Entre semejantes discursos que aturdieron más que informaron á Lorenzo, llegó éste por fin delante del horno.
Como la gente iba á ménos, pudo contemplar á su gusto eaquel destrozo de paredes, ventanas y puertas.
—A la verdad,-dijo para sí,-que esto no es muy bueno.
Si desbaratan de esta manera los hornos, ¿en dónde querran cocer el pan? En los pozos? De cuando en cuando salian de la casa algunos con tablas y sillas rotas, con pedazos de artesones y de bancos y otras cosas semejantes, y gritando, «apartarse, señores,»
pasaban entre la gente, dirigiéndose todos á un mismo punto. Deseoso Lorenzo de ver tambien qué historia era aquella, siguió á uno que, despues de haber hecho un grande atado de astillas y tablas rotas, se lo echó al hombro, t0- mando como los demas la calle que va por el lado septentrional de la iglesia mayor, y se llama de las Gradas, por más que ántes habia y ya no existen.
Por más gana que tuviese el serrano de ver lo que pasaba, no pudo ménos de detenerse un momento mirando con la boca abierta de arriba abajo aquel inmenso edificio; apresuró luégo el paso para alcanzar al que iba delante, volvió la esquina, dió tambien un vistazo å la fachada de la misma catedral, rústica en aquel tiempo y sin concluir, y prosiguió tras de su conductor, que se dirigia al medio de la plaza. Cuanto más adelantaba, tanto más apiñada estaba la gente; pero el hombre de la leña se habria paso entre las oleadas del pueblo, y metiéndose Lorenzo por la senda que aquél abria, Ilegó con él al centro de la muchedumbre. Habia allí un grande espacio despejado, y en el medio, inmen- 80 cúmulo de ascuas, residuo de los muebles de que hemos hecho mencion. Alrededor, todo era palmadas, aplausos, gritos de triunfo y salvas de maldiciones.
El hombre del lio le arrojó al fuego, con una pala medio quemada atizó las ascuas por uno y otro lado hasta que se levantó la llama, aumentåndose con ella la gritería, los aplausos y las voces «;viva la abundancia! ¡mueran los logreros! ¡muera la junta! ¡muera la provision! ;viva el pan!»
A la verdad el descubrir los hornos y el arruinar á los panaderos no son los medios más propios para que viva el pan; pero esta es una de aquellas melafisicas que no entran en la cabeza de la multitud. Sin embargo, Lorenzo, sin ser gran metafisico, como no estaba acalorado como los demas, hacia la misma reflexion, sin atreverse á manifestarla, porque las caras de los eircunstantes no indicaban estar de humor de escuchar reflexiones.
Habiase apagado de nuevo la llama, nadie acudia con más combustibles, y la gente comenzaba á fastidiarse, cuando se oyó decir que en el Cordusio estaba puesto el sitio á olro borno. En ciertas cireunstancias el anunciar un - suceso es causa de que se verifique. Con aquella voz se difundió en la muchedumbre la gana de ir al Cordusio, y ya se oian por lodas partes los gritos de «alla voy yo: ¿quieres venir? ¡vamos! vanmos!» Con esto se exaltó más la gente, y todos se dirigieron al horno indicado. Lorenzo quedaba atras casi sin moverse sino en cuanto le arrastraba la chusma, recapacitando si saldria de la bulla é iria á buscar al padre Buenaventura, ó si seguiria con los demas, por ver en qué paraba aquello: por último venció la curiosidad:
sin embargo, determinó no meterse en lo más espeso de la zambra, sino ver los toros desde la barrera, para no salir con los huesos molidos ó algo peor. En este supuesto, hallándose ya un poco distante, sacó el segundo pan, le echo el diente, y fué marchando á la cola del ejército tumultuario. El cual desembocando por el ángulo de la plaza, se habia ya introducido por la corta y angosta calle de la Pesquería vi ja, y desde allí por el arco de la plaza de los Mercaderes. Aquí pocos habia que, al pasar delante del nicho que promedia el balconaje del edificio, que entónces se llamaba el colegio de los dociores, no echase una mirada á la estatua colosal de Felipe lI, cuyo ceño adusto, áun de mármol, imponia respeto, parcciendo que con tono severo decia:
¡Aquí estoy yo, bribones! El nicho en el dia está vaeío por una circunstancia particular. A los ciento sesenta años de haber sucedido lo que estamos refiriendo, un dia ciertas gentes cambiaron la cabeza de la estatua, en vez del cetro le pusieron un puñal en la mano, y al nombre de Felipe sustituyeron el de Marco .
Bruto. Como cosa de un par de años estuvo la estatua trasformada del modo dicho, hasta que una mañana algunos que no eran muy afectos á Marco Bruto, 6, por mejor decir, que le tenian tirria, le echaron una soga al cuello y dieron con ella en el suelo: mutiláronla de mil maneras, y reducida á un trozo desfigurado, la arrastraron por las calles, hasta que bartos y cansados la echaron en no sé qué parte. ¿Quién se lo diria al famoso Andrés Riffi, cuando la estaba esculpiendo? Desde la plaza de los Mercaderes se metió la turba alborotada por la callejuela de los Fustaneros, y de allí se extendió por el Cordusio. Al desembocar, todos se dirigian á mirar háeia el horno; pero en lugar de ver á los amigos que esperaban encontrar, veian sólo á unos cuantos papanatas charlando á mucha distancia del horno, el cual estaba cerrado y las ventanas ocupadas por gente armada en ademan de defenderse si fuese necesario. Varios se paraban entónces para informar á los que llegaban, y preguntar qué partido tomarian, y otros se volvian 6 quedaban atras, de donde resultaba un murmullo confuso de preguntas, respuestas, consultas, exclamaciones y pareceres. En esto sale de la turba una maldita voz, diciendo: «Cerca está la casa del Director de provisiones; vamos á ella, vamos á hacer justicia.» Esta voz fatal pareció más bien que una propuesta el recuerdo de un convenio establecido; tanta fué la unanimidad con que todos á la vez gritaron: «;A casa del Director! já casa del Director!» Con esto se puso en me vimiento la turba furibunda, dirigiéndose en tropel hácia la casa en tan mal punto nombrada: