Los novios/XIV
CAPÍTULO XIV.
La gente que quedó atras empezó á dispersarse por várias partes; unos iban á sus negocios, otros se salian del concurso á respirar, despues de tantas horas de apreturas, y otros iban buscando á sus conocidos para charlar un poco acerca de las ocurrencias de aquel dia. Del mismo modo se iba despejando la calle en la extremidad opuesta, y sólo quedaba todavia formando corrillos una parte de la infima plebe; porque cierto número de vagabundos y gente perdida, disgustados al ver que el alboroto habia tenido un fin para ellos tan insulso, rabiaban y votaban consultando entre sí el modo de animarse recíprocamente, y ver si aún podian hacer alguna cosa, y como por ensayo empujaban de cuando en cuando aquella desgraciada puerta, que los de dentro babian atrancado otra vez del mejor modo posible.
Al llegar el piquete, se separó aquel populacho, dejando el puesto libre à los soldados, que le ocuparon acampándose en él para seguridad de la casa y de la calle; pero en las inmediaciones y en las plazuelas contiguas permanecian algunos corrillos. En donde habia dos personas se reunian tres, cuatro, veinte, y al paso que unos se separaban, se juntaban otros, á manera de aquellos nubarrones á veces despues del temporal quedan diseminados por que el campo azul del cielo, dando motivo á los que los miran para decir que todavía no está sentado el tiempo. Allí cada uno discurria á su manera; quién contaba con exageracion lo que habia visto en aquel dia; quién referia lo que él mismo habia hecho; quién se alegraba de que las cosas hubiesen acabado de aquel modo, y alabando al gran Canciller, pronosticaba que el Director tendria que sentir; quién con sonrisa maligna aseguraba que no le harian daño alguno, porque los lobos no se mucrden unos á otros; y quién, de genio más colérico que los demas, murmuraba diciendo que no se habian hecho las cosas como convenia, que era una engañifa, y que habia sido una locura meter tanta bulla, para luego dejarse chasquear de aquella manera.
El sol entretanto se habia puesto: las cosas todas iban volviéndose de un mismo color, y muchos, cansados ya y fastiados de hablar á oscuras, se retiraban á sus casas. Lorenzo, despues de haber cooperado á la marcha del coche, y pasado con él como en triunfo por las dos filas de los soldados, se alegró al verle correr sin embarazo alguno, anduvo algun poco con la chusma, y en el primer hueco que encontró, salió de ella para respirar con más libertad.
A los pocos pasos, agitado todavía por la idea de aquella borrasca y por tantos recuerdos recientes y confusos, se sintió con gana de comer y descansar, y comenzó á nirar hácia arriba por una y otra parte, buscando alguna muestra de hostería ó de taberna, pues le pareció tarde para ir al convento de los capuchinos. Cammando de este modo dió con un corrillo, en donde se hablaba de conjeturas, proyectos, y popuestas para el dia siguiente. Paróse un momento á escuchar, y persuadido de que él tambien podia echar su cuarto á espadas, tanto más que por lo que habia visto en aquel dia se le tiguraba que para lograr un intento bastaba con hacer que lo aprobasen los que andaban por las calles, metió su cucharada empezando en tono de exordio de esta manera:
—¿Quieren ustedes... señores, que yo tambien diga mi pobre parecer? Mi parecer es que no sólo se cometen iniquidades en el negocio del pan, sino tambien en otros muchos, y pues que hoy se iha visto que enseñando los dientes se consigue lo que es justo, es preciso ir adelante del mismo modo hasta que se renmedien todas las demas infamias, y se logre que el mundo ande más derecho. No les parece á ustedes, señores, que hay una gavilla de picaros que obran todo al contrario de lo que manda la ley de Dios; que se melen con los hombres de bien para hacerles daño, luégo tieren siempre razon? De estos debe haber tambien en Milan una buena porcion.
—jSi, señor, demasiado!-interrumpió uno delos circunstantes.
—Ya no lo dudaba yo,-replicó Lorenzo.-Tambien allá en nuestros pueblos sabemos lo que pasa por aqui: lo más extraño es que hay bandos y edictos muy buenos, en que van puestas con sus pelos y señales todas las picardías, y señalados los castigos; pero ¿de qué sirven? Allí se dice que no haya distincion de personas, y sin embargo, si ustedes acuden á los escribas y fariseos para obtener justicia contra algun poderoso, segun los edictos, les oyen á ustedes como quien oye ilover. Con esto se ve claramente que aunque el Rey y los que mandan quieren que se administre justicia, y que á todos se les mida con una misma vara, nada se hace; ¿luego hay quien se opone á tan benéficas miras? Esto es menester verlo. Mañana debemos ir á buscar al Sr. Ferrer, que es hombre de bien y amigo de los pobres; hemos de hacerle presente cómo están lás cosas:
yo por mi parte se las podré contar muy buenas, porque me han sucedido á mí mismo. Un abogado me enseñó un bando con unas armas muy grandes, puesto por tres señores, cuyos nombres estaban al pié del mismo bando, entre ellos el del Sr. Ferrer, y cuando le pedí que á tenor de loco. Estoy seguro que cuando el Sr. Ferrer sepa semejantes injusticias, pondrá remedio en ello, y más si estamos aquí nosotros para ayudarle como hemos hecho hoy, en el caso de que los prepotentes no quieran bajar la cabeza. No digo yo que ande todos los dias en coche para llevarse los pícaros á la cárcel, pues necesitaria pera ello el arca de Noé; pero bastará que mande á quien corresponda, no sólo aquí en Milan, sino tambien fuera, para que obedezcan los edictos, formando causa á todos los que cometen maldades, y donde dice cárcel, cárcel; y donde dicegalera, galera; y á los jueces, que cumplan con su obligacion, y de lo contrario, enviarlos á pasear. En fin, repito que estamos aquí nosotros para ayudarle. No digo bien, señores? Con tanto énfasis hablaba Lorenzo, que desde el principio una gran parte de los concurrentes suspendió toda discusion y se paró á escucharle, y al cabo todos fueron oyentes suyos. Acompañaron su arenga con muchos aplausos, y las expresiones confusas de «bravo, tiene razon, es demasiado cierto,» etc. No obstante, no faltaron sus críticasa¿Quién hace caso de serranos?» decia uno, y pasaba de largo.«Ahora, decia otro, cualquier pelagatos quiere echarla de político, y con atizar el fuego no se abaratará el pan, que es lo que importa.» Sin embargo, Lorenzo sólo hizo caso de los aplausos.
—¿Dónde?-preguntaban otros.
—Én la plază de la Catedralho bando se me ciese justicia, me trató de -Sf, s!, y haremos algun cosa.
¿Quién hay entre estos señores-añadió Lorenzo-que quiera hacer el favor de enseñarme una posada para tomar un bocado y buscar una cama medio decente?
—Allá voy yo á servir usted, amigito,-dijo uno de los que babian estado escuchando todo el sermon sin abrir su boca.-Conozco cabalmente una posada, que es la que os conviene, y os reconerdaré al dueño, que es amigo mio y hombre de bien.
— ¿Está cerca?-preguntó Lorenzo.
—No está léjos,-respondió el otro.
Separóse el corrillo, y Lorenzo, despues de muchos apretones de manos desconocidas, echó á andar con su compañero, dándole las gracias por la molestia que se tomaba.
—No bay de qué,-dijo aquel;-una mano lava la otra y las dos la cara. ¿No estamos obligados á hacer bien á nuestro prójimo? Y caminanc de estas manera:
—Perdone usted, amigo, me parece que está usted cansado. Se puede saber el pais de donde viene usted?...
—Vengo-contestó Lcrenzo-desde Lecco.
—Desde Lecco? ¿Luego es usted de Lecco?
—De Lecco, 6, por mejor decir, de su partido.
—Pobre jóven! Por lo que he podido entender, le han hecho á usted alguna mala pasada.
—jAy, amigo! he tenido que meterme á hablar de política por no contar en público lo que pasa... Pero basta; algun dia se sabrá, y entónees... Mas aquí veo una muestra de posada, y á la verdad, no tengo gana de ir más léjos.
—No, no, venga usted adonde le he insinuado, que ya falta muy poco,-dijo el desconocido;-aqui no estara usted bien.
—iCómo que no!-respondió el jóven;-yo no soy un señorito acostumbrado á dormir entre algodones; á mí me basta cualquiera cosa á la buena de Dios para llenar el pancho, y un jergon; lọ que me importa es encontrar presto uno y otro.
Diciendo esto, entró por una pucrta que tenía de muestra una luna llena.
—-Pues bien,-dijo el desconocido,-ya que así lo quiere usted, entraremos aquí.
Y siguió tras de él.
—No es necesario que usted se incomode mas,-dijo iba haciendo Lorenzo várias preguntas Lorenzo;-pero estimaré que me acompañe á echar un trago.
—Accpto su favor,-respondió aquel.
Y como más práctico de la casa, marchó adelante, se acercó á una puerta vidriera, levantó el pestillo, abrió y entró con su compañero en la cocina. Alumbrábanla dos candiles colgados de una de las vigas del techo. Mucha gente estaba sentada en bancos alrededor de una mesa ordinaria, estrecha, y tan larga, que ocupaba una gran parte de la pieza. En un lado habia servilletas extendidas, en otro platos con comida, en otro naipes cubiertos y descubiertos, en otro dados, y en casi todos botellas y vasos.
De cuando en cuando se veian correr berlingas, parpayolas y reales (1) que si hubiesen podido hablar, probablemente hubieran dicho: «Esta mañana estábamos en la hortera de algun panadero, ó en el bolsillo de algunos de los concurrentes, que, ocupados en ver cómo se arreglaban los negocios públicos, descuidaban los pequeños asuntos de su propia casa.» Grande era la confusion: un mozo daba mil vueltas corriendo y sirviendo la mesa de comida y de juego. El amo estaba sentado en un banquillo debajo de la campana de la chimenea, ocupado al parecer en formar en la ceniza con el badil ciertas figuras que sucesivamente iba deshaciendo; pero en realidad su ocupacion era observar con cuidado lo que pasaba. Levantóse al ruido del pestillo, presentándose á los dos que entraban, y al ver al compañero de Lorenzo, dijo para sí: «;Maldito seas! ique siempre has de venir aquí cuando ménos' te necesito!»
Echando luego la vista á Lorenzo, añadió: «No te conozco; pero viniendo con semejante cazador, no puedes ménos de ser perro ó liebre: ya te conoceré en cuanto te oiga dos palabras.» De este mudo soliloquio nada aparecia en la cara del huésped, que se conservaba inmóvil como una pintura.
Era su cara redonda y lúcia, con una barbilla espesa y rojiza, y lcs ojillos vivos y penetrantes.
—Señores,-dijo.-pidan ustedes.
—Ante testó Lorenżo,-y luégo cualquiera cosilla de comer.
Diciendo esto se sentó cn un banco á una extremidad de la mesa, echando un ¡ay! muy sonoro, como si dijese:
«;Qué bien sabe un poco de banco despues de tanto trabajar y estar de pié!» Pero acordándose al mismo tiempo del banco y de la mesa en que estuvo sentado poco ántes un buen jarro de vino sin bautizar,-con- (1) Monedas que corrian en aque! tiempo. con Inés y Lucía, arrojó un profundo suspiro; mas sacudiendo la cabeza como para desechar semejante pensamiento, vió venir al posadero con el vino. Su compañero, que se habia sentado enfrente de él, le echó de beber diciendo:
—Para humedecer la palabra.
Y llenando otro vaso, lo bebió de un golpe.
—¿Qué nos dareis de comer?-preguntó luégo al posadero.
—Un buen pedazo de carne en estofado,-contestó aquél.
—Corriente,-replicó Lorenzo;-un buen pedazo de carne en estofa o.
—Al instante, scñores,-repuso el posadero.
Y volviendo al mozo, añadió:
—Ea; sirve presto à estos caballeros.
Diciendo esto se dirigió á la chimenea; pero deteniéndose de pronto, prosiguió volviéndose à Lorenzo:
—El caso es que hoy no tenemos pan.
—Por lo que toca al pan,-dijo Lorenzo en alta voz y riéndose,-lia surtido la Providencia.
Y sacando el tercero y último pan de los recogidos cerca de la cruz de San Dionisio, le levantó en el aire gritando:
—Aqui está el pan de la Providencia! Al oirlo se volvieron muchos, y viendo aquel triunfo, uno de ellos exclamó:
—Viva el pan barato!
—¿Barato?-dijo Lorenzo,-gratis et amore.
Mejor que mejor!
—Sí; pero no quisiera-añadió Lorenzo-que estos señores pensasen mal de mí. No erean que yo lo he birlado, como se suele decir: lo encontré en el suclo; y si pudiera hallar á su dueño, por cierto se lo pagaria.
—Muy bien! ;bravo!-gritaron riéndose á carcajadas los compañeros, de los cuales á uinguno le vino á las mientes que aquellas palabras expresaban sériamente un hecho y una verdadera intcncion.
—Piensan que me burlo, pero no es sino la pura verdad,-dijo Lorenzo á su compañero.
Y volviendo entre las manos aquel pan, añadió:
—Miren ustedes cómo le han puesto, parece una torta; ¡vaya si habia gente! Frescos estarian los que tuviesen los huesos un poco blandos.
Y arrancando luégo con los dientes, y tragando dos ó tres bocados uno tras otro, les echó encima olro vaso de vino, añadiendo: -Este pan no quiere ir abajo solo; jamás he tenido la garganta ian seca. ¡Válgame Dios! cuánto se ha gritado!
—Preparad-dijo el desconocido-una buena cama para este amigo, que quiere pasar aquí la noche.
—iQuiere usted dormir aqui?-preguntó el posadero á Lorenzo acercándose á la mesa.
—Sí,-contestó éste;-una cama cualquiera con tal que estén limpias las sábanas, porque, aunque soy un pobre artesano, estoy acostumbrado á la Jimpieza.
—iAy! en cuanto á eso,-dijo el posadero,-no hay cuidado.
Y despues de acercarse á un banquillo que estaba en un rincon de la cocina, volvió con un lintero y un pedazo de papel en una mano y una pluma en la otra.
—iQué significa eso?-exclamó Lorenzo tragando un pepedazo de carne que ya le habia servido el mozo y sonriendo luégo como admirado:-¿es esa la sábana limpia? Sin responder el posadero, puso el papel y el tintero sobre la mesa, se bajó luégo, y apoyando sobre la misma mesa el brazo izquierdo y el codo derecho, y con la pluma tiesa en la mano y la cara levantada hácia Lorenzo, dijo:
—Hágame usted el favor de decirme su nombre, apellido y patria.
—iQué significa eso?-replicó Lorenzo:-qué tienen que ver esas historias con la cama?
—Cumplo con mi obligacion,-respondió el posadero, fijando la vista en el desconocido.-Estamos obligados á dar noticia de todas las personas que vienen á parar en nuestras casas. «Nombre, apellido, nacion, qué negocios trae, si tiene armas, cuánto tiempo piensa permanecer en esta ciudad,» son palabras del mismo bando.
Antes de contestar, vió Lorenzo el fondo de otro vaso, que era el tercero, sin que luégo pudiesen contarse los demas, y dijo:
—Hola! ¿teneis el bando? Ya sé yo el caso que se hace de los bandos; que aquí donde me veis tengo intencion de hacerme doctor en leyes.
—Hablo con formalidad,-dijo el posadero siempre mirando al mudo compañero de Lorenzo.
Y habiéndose dirigido de nuevo al banquillo, trajo un gran pliego de papel, que era un ejemplar del bando, y lo extendió delante de Lorenzo, el cual exclamó diciendo:
—Ya lo veo, ya lo veo.
Y levantando con una mano el vaso otra vez lleno, le apuró de nuevo. Extendiendo luégo la otra mano con el indice tieso hácia el bando abierto:
—Aquí tenemos-añadió-esta hermosa hoja de misal; me alegro mucho; conozco esas armas: sé lo que quiere decir esa cara de hugonote, con el dogal al pescuezo (1); quiere decir, mande quien pueda, y obedezca el que quiera.
Čuando esa cara haya enviado á galeras al señor D... ya sé yo... como dice otra hoja de misal igual á esta; cuando haya resuelto que un mozo hombre de bien pueda casarse con una muchacha honrada, que quiere ser su mujer, entónces no sólo diré mi nombre, sino que tambien le daré encima un beso. Si un bribon con otros bribones á sus órdenes, porque si fuese solo... (aquí concluyó la frase con un gesto expresivo) si un bribon, digo, quisiere saber dónde estoy para hacerme mal, pregunto yo: ¿esa cara vendria á s0- correrme? No es mala ocurrencia el que haya de contar yo mis negocios. Supongamos que haya venido á Milan á confesarme; siempre será con un capuchino, y no con un posadero.
Este callaba, mirando sin cesar al camarada de Lorenzo, el cual tampoco hablaba palabra. Lorenzo (nos pesa el decirlo) se tragó otro vaso de vino, y prosiguió:
—Te daré otra razon, amigo mio, que quizá llegará á convencerte. Si los bandos que se expiden en favor de los buenos cristianos nada valen, han de valer los que hablan contra ellos? Llévate, pues, todos estos embelecos, y tráete en su lugar otro jarro, porque éste ya está roto (diciendo esto le dió con un nudillo de la mano, añadiendo): ¿No oyes cómo suena á rayado? Esta vez el discurso de Lorenzo habia llamado la atencion de los demas; así que cuando acabó de hablar se levantó un murmullo general de aprobacion.
—Y yo qué arbitrio tengo?-dijo el posadero mirando al desconocido, que para él no lo era.
—Vaya, vaya,-gritaron algunos de los circunstantes:- tiene razon el forastero: todas son picardias, bribonadas, extorsiones. Ley nueva, ley nueva de aquí adelante.
Entre esta gritería, echando el desconocido una mirada como de reconvencion al posadero por su imprudencia, dijo:
(1) En la cabeza de los bandos que se publicaban entónces, se estampaban como en el dia las armas del capitan general; y las de Gonzalo de Córdoba tenian un rey moro encadenado por el cuello. -Déjele, pues, que haga lo que quiera, y no deis márgen á escándalos.
—He cumplido con mi obligacion,-dijo el posadero en voz alta, y añadió para sí:-ya estoy cubierto.
Récogió luégo su papel, la pluma, el frasco vacío para entregarle al mozo.
—Trae del mismo,-dijo Lorenzo,-que le echaremos á dormir con el otro, sin preguntarle su nombre, ni su apellido, ni á qué viene, ni cuánto piensa quedarse en esta ciudad.
—Del mismo,-dijo el posadero al mozo entregándole el frasco.
Y volvió á sentarse debajo de la campana de la chimenea, en donde renovando sus dibujos en la ceniza, decia entre si: «;Pobre diablo! ¡en qué manos ha caido! Si quieres perderte, piérdete, majadero, en buen hora; pero el dueño de la posada de la «Luna llena» no ha de pagar tus locuras.»
Dió Lorenzo las gracias á su compañero y á todos los que habian estado de su parte, y añadió:
—Amigos mios, ahora veo que todos los hombres de bien se dan la mano y se sostienen.
Y poniéndose de nuevo en ademan de arengar, prosiguió:
—Fuerte cosa es que todos los que tienen algun manejo para todo han de echar mano de la pluma y del tintero! ¡Siempre la pluma por delante! ;Qué mania!
—0id, amigo forastero; quereis saber la razon?-dijo riénd se uno de los jugadores que estaba ganando.
—Oigámosla,-respondió Lorenzo.
—La razon es,-prosiguió el otro,-que como esos señores se comen los gansos, les quedan luégo tantas plumas que es preciso que busquen en qué emplearlas.
Riéronse todos, ménos el que perdia.
—iTate!-dijo Lorenzo,-este es poeta. Tambien teneis poetas por acá? Ya veo que en todas partes los hay.
Tambien yo suelo tener númen, y digo mis chistes; pero es cuando las cosas van bien.
Para comprender esta sandez del pobre Lorenzo es necesario saber que entre el vulgo de Milan, y con especialidad en las aldeas del contorno, la palabra poeta no significa, como entre la gente racional, un ingenio sublime, un habitante del Pindo, un alumno de las musas, sino un hombre raro y algun tanto estrafalario, en cuyos hechos y dichos campea más la originalidad y la agudeza que no la tintero, el bando y razon; tan grande es el atrevimiento del vulgo embrollador, que trastorna el sentido de las palabras, haciéndolas decir cosas disparatadas, y sin contexto con su legitimo significado.
—Pero la verdadera razon, la diré yo,-prosiguió Lorenzo;-y es porque la pluma está en sus manos, y asi sus palabras vuelan y desaparecen, y las que dice un hombre de bien las oyen con atencion para clavarlas en el papel, y hacerlas valer luégo cuando les convenga. Tienen además otra malicia, y es que cuando quieren enredar á un buen hombre que no entiende de papeles, pero que tiene un poco... un poco... de... yo bien nie entiendo... y advierten que ya empieza á comprender la farándula, plantan algunas palabrotas que llaman forenses, ó en latin, para trastornarle la cabęza. Basta; muchos son los malos usos que hay que desterrar. A buena cuenta hoy se ha hecho todo en romance sin papel, pluma ni tintero, y mañana, si la gente sabe gobernarse, se hará todavía más; pero se entiende, sin llegar á nadie al pelo de la ropa, y minos de justicia.
Entretanto, algunos de aquellos concurrentes habian vuelto á su juego; otros se habian puesto á comer, y otros á gritar: unos salian, otros entraban, y el posadero acudia á unos y otros, cosas todas que ninguna relacion tienen con nuestra historia. Tambien el compañero desconocido deseaba marcharse; ningun negocio tenia al parecer en aquel sitio; sin embargo queria, antes da irse, charlar otro poco á solas con Lorcuzo. Dirigiéndose, pues, á él, volvió al asunto del pan, y despues de alguna de aquellas frases más comunes entónces, manifestó su opinion sobre el particular, diciendo:
—En verdad que si yo mandara, muy pronto hallaria el modo de hacer que las cosas fuesen como deben ir.
—Y qué es lo que haria usted?-preguntó Lorenzo condos ojillos más relucientes que una estrella, y torciendo algo el hocico como para prestar más atencion.
—¿Qué haria?-dijo el oiro;-haria de modo que lbiese pan para todos, tanto para los pobres como para os ricos.
—Eso sí; eso sería muy bueno,- —Hé aquí cómo yo haria,-prosiguió el compañero.- Una tasa moderada que todos pudiesen pagar/ y luégo distribuir el pan en proporcion de las bocas, peirque hay imprudentes para los pobres. Distribuir, pues, el pan; y cómo? De esta manera. Se da un billete á cada familia en' proporcion de en tér- Lorenzoque todo lo quieren para sí, y luégo falta el pan los individuos para ir á sacar el pan del horno. A mí, por ejemplo, deberian darme un billete en estos términos: «A Ambrosio Fusella, de profesion espadero, con mujer y cuatro hijos en edad de comer pan, se le dará tanto pan, y para tantos, etc.» Así deberia hacerse el repartimiento, á tantos individuos tantas libretas. A usted, por ejemplo, deberian darle un billete para... įvuestro nombre?
—Lorenzo Tramallino,-contestó el incauto jóven, que entusiasmado con el proyecto, no advirtió que todo estaba fundado sobre papel, pluma y tintero, y que para realizarlo, la primera cosa era apuntar los nombres de las personas.
Muy bien!-dijo el desconocido;-tiene usted mujer é hijos?
—A estas horas debiera ya tener... hijos no, que es muy pronto,-contestó Lorenzo;-pero mujer, si las cosas marchasen como era regular...
—¿Conque es usted solo? una porcion más pequeña, y paciencia.
—Es justo, pero presto con el favor de Dios... Basta...
¿Y si yo me casase?
—Entónces se cambia el billete y se aumenta la cantidad, como ya he dicho, siempre en proporcion de las bocas,-dijo el desconocido levantándose del banco.
—¡Eso si que sería bueno!-exclamó Lorenzo dando puñetazos sobre la mesa;-y por qué no habrán hecho una ley como esta?
—iQué quiere usted que le diga?-respondió el compañero.-Entretanto dóile áusted las buenas noches y me voy, porque ya me estarán aguardando mi mujer y mis hijos.
—Otro traguito! jotro traguito!-gritaba Lorenzo, llenando aprisa el vaso, y levantándose luégo y agarrando á su compañero de la chupa, tiraba para obligarle á que se sentase de nuevo:-otro trago; vaya, no me haga usted este desaire.
Pero el desconocido se desasió de un tiron, y dejando que Lorenzo continuase con instancias y reconvenciones, dijo de nuevo: «;buenas noches!» y se marchó. Así charlaba Lorenzo cuando ya el otro estaba en la calle, hasta que dejándose caer Inégo como un plomo sobre el banco, fijó la vista en el vaso que habia llenado, y viendo pasar al mozo, le detuvo, haciéndole una seña con la mano, como si tuvies9 que comunicarle algun negocio. Enseñóle el vaso, y con una pronunciacion algo torpe, sacando las palabras de un modo raro, dijo: -¡Ves este vaso? dispuesto estaba para aquel amigu:
zle ves? lleno, llenito, pues sin querer probar gota me dejó plantado. Vaya que algunas gentes tienen á veces ideas muy raras: ¿y yo qué le he de hacer? mi buena voluntad manifiesta estiaba. Ahora bien, ya que la cosa está hecha, no hemos de desperdiciar el vino.
Diciendo esto, tomó el vaso y lo vació en un soplo.
—Ya comprendo,-dijo el mozo, y se fué.
—jAb! jah! itambien tú has comprendido?-respondió Lorenzo:-luego es verdad? Cuando las cosas son justas...
Aquí es necesario todo el amor que profesamos á la verdad para obligarnos á prosegur fielmente una narracion tan poco honrosa para un personaje tan principal, y que casi pudiera llamarse el protagonista de nuestra historia. Por esta misma razon de imparcialidad debemos tambien decir que esta es la primera vez que á Lorenzo le sucedia semejante cosa, y justamente el no estar acostumbrado á estos extravíos, fué en gran parte la causa de que el primero fuese para él tan funesto. Los pocos vasos que contra su costumbre apuró al principio uno tras otro, parto para mitigar el ardor de su garganta, parte por cierta alteracion de ánimo que no le permitia hacer cosa con eosa, se le subieron inmediatamente á la cabeza, cuando á un bebedor algo ejercitado en el olicio no le hubieran hecho mella alguna. «Los buenos hábitos, dice un autor, tienen tambien la ventaja de que cuanto más arraigados están en un hombre, tanto más facilmente, si hace alguna cosa contraria á ellos, experimenta al momento tal daño é incomodidad, cuando ménos, que tiene que acordarse de ella largo tiempo, por manera que hasta un tropiezo le sirve de escuela.»
Como quiera que sea, cuando los primeros humos subieron al cerebro de Lorenzo, vino y palabras continuaron •andando, el uno abajo y las otras arriba sin modo ni órden, y en el punto que le dejamos estaba ya de remate. Experimentaba un violento deseo de bablar; no faltaban oyentes, y en un principio las palabras iban saliendo tal cual ordenadas; pero poco á poco el negocio de acabar las frases empezó á serle terriblemente dificultoso. El pensamiento que se habia presentado vivo y limpio en su mente, se enturbiaba y desaparecia en un instante, y la palabra, despues de haber tardado algun tanto en dar con ella, no era ya la que convenia. En semejante angustia, por uno de aquellos falsos instintos que en tantos casos picrden á los hombres, acudia al maldito frasco; ¿pero de qué provecho podia serle este recurso? dígalo quien tenga una pizca de seso.
Nosotros referimos sólo algunas de las muchisimas palabras que se le escaparon en aquella nalhadada noche; las demas las omitimos porque no vendrian al caso, pues no sólo carecian de sentido, sino hasta de la apariencia de tenerle, y en un libro que ha de verse impreso, esta es una condicion indispensable.
—iAb! posadero, posadero,-empezó mirando alrededor de la mesa, ó hácia la chimenca: å veces dirigiéndole la palabra á donde no estaba, seguia charlando en medio de la algazara de los concurrentes.-Qué bueno eres!... No puedo tragarla... la pasada del nombre y del apellido, y negocios que traia... A un mozo de mis circunstancias!...
No te has portado como convenia... ¿Digo bien, señores? Los posaderos debian ser siempre en favor nuestro... Oye, amigo; quiero hacerte una comparacion... por el motivo...
¡Hola! įse rien ustedes? Estoy algo alegre; ¿no es verdad?.
Pero hablo en razon. Díme; iquién te sostiene la casa? La gente honrada como nosotros; estos cuatro mosquitos: ¿no digo bien? ¿Vienen alguna vez á tu casa esos señores de los bandos á humedecerse las fauces?
—Es toda gente que bebe agua,-dijo uno de los concurrentes.
—Quieren no perder la cabeza para poder mentir mejor,-añadió otro.
—jAh!-exclamó Lerenzo;-veo que es el poeta el que ahora ha hablado... luego tambien el poeta entiende mis razones. Respóndeme, pues, posadero de los diablos.
¿Ferrer, que es el mejor de todos, ha venido aquí nunca á echar un brindis; á gastar la mitad del sueldo? Y ese perro ascsino de D... callo porque... En fin, estoy contento con que no haya corrido sangre; ese es oficio que debe dejarse al verdugo... Pan, eso si... qué empujones, qué ccdazosme han dado! Yo tambien he distribuido bastantes... Allí hubiera yo querido ver al señor Cura... y á fe que sé muy bien lo que tengo en el pensamiento.
Al pronunciar estas palabras, bajó la cabeza y estuvo algun tiempo como pensativo y cavilando; dió luégo un suspiro, y levanti la cabeza con ojos encandilados, y tan decaido, que hubiera sido lástima que le hubiese visto la persona que ocupaba entónces su imaginacion; pero aque- İla gentualla, que ya habia empezado á divertirse con su expresiva elocuencia, se burlaba todavía más al verle compungido. Los más inmediatos llamaban á los demas para que le mirasen, y con esto vino á ser el juguete de toda aquella chusma, y no porque todos estuviesen en sano juicio, sino porque, á decir verdad, ninguno le habia perdido tanto como el pobre Lorenzo, teniendo además la desgracia de ser forastero. Ya uno, ya otro, empezaron á hostigarle con preguntas impertinentes y groseras, y Lorenzo unas veces se escandalızaba, otras tomaba la cosa á risa, otras, sin hacer caso de lo que decian, hablaba de cosas distintas, otras respondia, otras preguntaba, y siempre á pausas y disparatadamente.
Por fortuna, en ian completo desvarío le habia quedado bastante instinto para ocultar los nombres de las personas, de suerte que ni siquiera profirió aquel que debia estar más grabado en su memoria, porque å la verdad, hubiéramos sentido que dicho nombre, que merece nuestro. respeto, bubiese andado en aquellas bocas asquerosas, y hubiese sido objeto de diversion para aquellas lenguas impuras.