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Los novios/XV

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Nota: Se respeta la ortografía original de la época

CAPÍTULO XV.

Viendo el posadero que la burla iba pasando de raya, y duraba más de lo regular, se acercó á Lorenzo, y pidiendo tambien con buen modo á los demas que le dejasen, le iba sacudiendo agarrado de un brazo, iratando de hacerle comprender y persuadirle que fuese á acostarse; pero Lorenzo volvia á la cantinela del nombre, apellido y bando:

sin embargo, las palabras cama y dormir, repetidas muohas veces á sus oidos, hicieron tanta impresion en su ánimo, que le dieron á conocer muy distintamente la necesidad de lo que significaban, y produjeron un momento de lúcido intervalo. La corta dósis de razon que recobró le hizo comprender que la mayor parte habia desaparecido, del mismo modo que la última luz de una iluminacion hace ver que las demas están apagadas. Tomó, pues, una resolucion; plants las manos sobre la mesa, procuró una y dos veces levantarse, suspiró, estuvo vacilante, y por fin á la tercera, ayudado por el posadero, se puso de pié. Sosteniéndole ei mismo posadero, le hizo pasar entre la mesa y el banco, y tomando con una mano una luz, con la otra le condujo lo 13 mejor que pudo, ó le arrastró hasta la escalera. Aquí Lorenzo, para corresponder á los ruidosos saludos que le hacía toda la chusma, se volvió tan aprisa, que á no estar tan listo su conductor en sostenerle por un brazo, bubiera pegado un zarpazo terrible, y con el brazo que le quedaba libre trazaba y describia en el aire ciertos saludos como bendiciones de clérigo loco.

—Vamos á la cama,-dijo el posadero.

Y metiéndole por la puerta, le fué tirando con gran trabajo por una angosta escalera, haciéndole entrar luégo en el cuarto que le tenía destinado. Viendo Lorenzo la cama que le aguardaba, se alegró, miró con cariño á su conductor con dos ojillos que ya bril aban más que nunca, y ya se eclipsaban como luciérnagas. Quiso sostenerse sobre las piernas, y alargó las manos hacia los carrillos del posadero para cogerle uno entre el indice y el dedo medio en señal de amistad y agradadecimiento; pero como no pudiese conseguirlo:

—Bravo,-dijo,-veo que eres hombre de bien: es una obra buena la de dar una cama á un mozo honrado; pero no lo era aquel empeño rabioso del nombre y del apellido:

lo bueno es que yo, gracias á Dios, tampoco soy lerdo.

El posadero, que conocia que Lorenzo no podria ya charlar mucho, y que por larga experiencia sabia cuán fáciles son los hombres en aquel estado de cambiar rápidamente de ideas y de opiniones, quiso aprovecharse de aquel lúcido intervalo para hacer una tentativa.

—Hijo mio,-le dijo con voz y cara halagüeñas;-yo no lo hice por incomodar á usted, ni saber sus negocios:

¿qué quiere usted? Alli está la ley, y nosotros debemos obedecerla; de otra manera, somos los primeros en pagar la pena; más vale ceder, y... últimamente, ¿de qué se trata? igran cosa! de dos palabras... Vaya, no por quien lo manda, sino por mf, aqui entre nosotros, digame usted su nombre, y luégo se acuesta con el corazon tranquilo.

—¡Ah bribon!-exclamó Lorenzo,-itraidor! ;cómo vuelves á acometerme con la iniquidad del nombre y apellido!

—Calla, borracho, métele en la cama,-dijo el posadero.

Pero el otro gritaba más recio:

—Ya te entiendo: tú tambien eres de la liga; aguarda, que yo te arreglaré.

Y dirigiendo la boca á la puerta de la escalera, chillaba más desaforadamente:

—Amigos, este picaro es de la... -Lo dije por chanza,-gritó el p0sadero, arrimándose á la boca de Lorenzo.

Y empujándole hácia la cama, continuaba diciendo:

—¿No oyes que lo dije por chanza?

—jAh, por chanza!-dijo Lorenzo:-ahora hablas bien:

una vez que lo dijiste por chanza... Es verdad que son cosas para reirse.

Y se dejó caer en la cama.

—Ea pues; á desnudarse aprisa,-dijo el posadero.

Y al consejo añadıó el auxilio, que bien era necesario.

Así que Lorenzo consiguió quitarse la chupa, la tomó el posadero, metiendo inmediatamente las manos en el bolsi- Îlo para ver si estaba el gato. Encontróle en efecto; y haciéndose el cargo de que el dia siguiente lo ménos en que tendria que pensar su huésped sería en pagarle, y que aquel gato caeria probablemente en manos de donde no podria arrancarle ni con ganchos, quiso ensayar otra tenlativa.

—No es cierto-le dijo-que usted es un mozo honrado, un hombre de bien —Si; mozo honrado como el primero,-contestó Loren- 20, pleiteando lodavía con los botones de la ropa que áun no habia podido quitarse enteramente.

—Pues siendo así-continuó el posadero-no tendrá usted dificultad en pagarme la cuentecita, pues mañana debo salir temprano para evacuar algunas diligencias...

—Es muy justo,-dijo Lorenzo.-Yo soy muy tuno, amigo; pero hombre de bien, eso sí... Mas el dinero? ¿Cómo le buscamos ahora?

—Aquí está,-interrumpió el posadero.

Y valiéndose de toda su maña y su paciencia, logró por fin ajustar la cuenta y hacerse pago.

— Ayúdame á que me acabe de desnudar,-dijo entónces Lorenzo:-conozco que tengo un sueño que no puedo más.

Ayudóle efectivamente el posadero, le tapó muy bien, y áun no babia acabado de darle las buenas noches, cuando Lorenzo estaba roncando. Luégo, por aquella especie de complacencia que se experimenta en contemplar un objeto de incomodidad, lo mismo que otro de cariño, y que acaso no tiene más origen que el deseo de conocer lo que obra con fuerza en nuestro ánimo, se paró un momento á mirar á su incómodo huésped, dirigiendo hácia él la luz, haciéndola reflejar en su cara, á la manera sobre poco más ó ménos que pintan á Siquis contemplando furtivamente las facciones de su desconocido esposo, y para sí dijo al pobre dormido:

—Loco, majadero! ¡En buen berengenal te has metido! Mañana me lo dirás. ¡Mentecatos, que quereis andar por el mundo sin saber por dónde sale el sol, para caer despues y meter al prójimo en tales atolladeros! Dıcho y pensado esto, retiró la luz, echó á andar, salió del cuarto y cerró la puerta por fuera con llave. Llegado á la mitad de la escalera, llamó á su mujer, á quien mandó que dejando el cuidado de los niños á una mozuela que los servía, bajase á la cocina á cuidar de la casa.

—Es necesario-dijo-que yo salga por causa de un diablo de forastero que por mis pecados ha venido á hospedarse aquí. Cuidado con todo, y prudencia, especialmente en este maldito dia. Hay allá abajo una caterva de malas cabezas, que ya por la bebida, ya porque tienen la lengua larga, hablan mil disparates. Si algun atrevido...

—Vaya,-interrumpió la mujer,-soy yo alguna niña? Sé lo que hay que hacer: me parece que hasta abora...

—Bien, bien,-dijo el posadero,-y cuidado de que todo el mundo pague. En cuanto á lo que despotrican, hablando del Director de provisiones, del Sr. Ferrer, del Gobernador general, del Ayuntamiento, de España y de otras majaderías semejantes, hacer como que nɔ se oye, porque contradiciendo se puede salir mal desde luégo, y aprobando se puede tener que sentir despues. Ya sabes que á veces los que las sueltan más gordas suelen ser... En fin, cuando se oigan ciertas proposiciones, irse á otra parte como si llamara alguno. Yo volveré lo más presto que pueda.

Dicho esto, bajó con ella á la cocina para ver si habia novedad, descolgó de un clavo la capa y el sombrero, epilogó con otra mirada á la mujer las antleriores instrucciones, y salió de casa. Al hacer estas operaciones tomó en su mente el hilo del apóstrofe que habia empezado á la cabecera de la cama del pobre Lorenzo, y lo iba prosiguiendo en el camino.

—Terco serrano!-decia (porque por más que Lorenzo hubiese querido ocultar el lugar de su naciiniento, le descubrian sobradamente sus palabras, su pronunciacion, su cara y sus modales).-A fuerza de política y prudencia me habia zafado yo limpio de un dia como este; y parece que el demonio te ba metido en que vengas á descomponerlo todo. įFatan posadas en Milan para que te vinieras á tropezar con la mia? Si por lo ménos bubiese venido sólo, podria haber hecho yo por esta noche la vista gorda, y ma- đana te lo dirian de misas; pero, no señor, vienes acompañado; y jcon quién? con un maldito corchete, como quien dice, miel sobre hojuelas.

A cada paso encontraba el posadero personas solas 6 de dos en dos, ó cuadrillas de gente que caminaba cuchicheando. Al llegar á este punto de su muda alocucion, vió venir una patrulla de soldados, y apartándose á la acera los miró de reojo, y continuó diciendo entre sí:

—-Allí están los que las enderezan, y aquel zambombo por haber visto á cuatro alborotadores meler bulla por la calle, se figuró que se iba á cambiar el mundo, y con esto se ha perdido á sí mismo y queria tam.bien arruinarme á mf. Yo hacía cuanto podia para salvarle, y él tan bestia que por poco no me alborota la casa. Ahora verá cómo ha de salir del panlano; por lo que á mí toca, yo pondré remedio: ¡como si yo quisiera saber tu nombre por curiosidad! ¡4 mí qué me importa que te llames Tadeo 6 Bartolo! ¡A la verdad que tendré yo un gran gusto en estar siempre con la pluma en la mano! No sois vosotros solos los que ven las cosas como ellas son. Yo tambien sé que hay bandos que nada significan porque no se cumplen, y seguramente no es esta una gran noticia para que venga á dárnosla un patan de la sierra. Y no sabes tú que los bandos contra los dueños de fondas, posadas y hosterías se observan con rigor porque valen el dinero? ¿Y quieres andar por el mundo y hablar? ¿Sabes tú que el pobre posadero que pensase como tú, y no preguntase el nombre de los que le honran hospedándose en su casa, sabes tú, bestia, lo que le sucederia? «Bajo pena de trescientos escudos, »dice el bando., á cualquiera de dichos posaderos, taber- »neros y demas nombrados arriba.» No hay más que soltar trescientos escudos? ¡Y para emplearlos tan bien! «De »los cuales las dos tercias se aplicarán á penas de cámara, »y el resto al acusador 6 delator.» ;Qué buen sujeto! «Y en »caso de insolvencia, cinco años de galeras al arbitrio de »S. E.» ¡Ahí es un grano de anís! ¡Gracias, señor excelentísimo! Al concluir estas palabras, ya el posadero estaba en el umbral del palacio de Justicia. Alli, como en las demas secretarías, todo estaba en movimiento. En todas partes se trabajaba en expedir las órdenes que se creian las más oportunas para el dia siguiente, tanto á fin de quitar todo pretexto á los atrevidos que deseasen nuevos alborotos, como para poner la fuerza en las manos de los que estaban acostumbrados á haeer uso de ella. Se aumenió la tropa en casa del Director de provisiones; se atajaron las bocacailes con vigas y carros; se mandó á los panaderos que amasasen pan sin intermision; se despacharon propios á los pueblos inmediatos con órden de remitir trigo á la ciudad, y para cada horno se destinaron diputados nobles, que al amanecer se trasladasen á ellos, á fin de cuidar del repartimiento del pan y contener á los turbulentos con su autoridad y buenas palabras; pero para dar, como se suele decir, un golpe al caballo y otro á la silla, y bacer más eficaz la blandura con un poco de temor, se trató tambien de echar mano á algunos de los alboroladores, y esta era principa'mente la atribucion del Capitan de justicia, cuya disposicion respecto de las asonadas y de los sediciosos es fácil inferir cuál sería.

Sus lebreles ya estaban en campaña desde el principio del alboroto, y aquel famoso Ambrosio Fusella era, como lo dijo el posadero,, un esbirro disfrazado que recorria las calles con encargo de coger infraganti á alguno, seguirlo, apuntar su nombre y pescarle luégo por la noche cuando todo estuviese sosegado, 6 á la mañana siguiente. Habiendo oido cuatro palabras del sermon de Lorenzo, le señaló inmediatamenté, pareciéndole que aquel individuo era el más á propósito para su intento. Conociendo además que era forastero, pensó dar el golpe maestro de conducirle en caliente á la cárcel, como la posada más segura de la ciudad; pero por entónces se le volvió el sueño del perro, como hemos visto: pudo, sin embargo, llevar á sus jefes el nombre, apellido y patria, con otras muchas señas de conjetura; por manera que cuando llegó el posadero á dar razon de lo que sabía de Lorenzo, ya estaban allf mejor enterados que él. Entró, pues, en la oficina de costumbre, y dió su denuncia, diciendo que se habia hospedado aquella noche en su casa un forastero, el cual jamás quisó manifestar su nombre.

— Habeis cumplido con vuestra obligacion dándonos semejante aviso,-dijo un escribano soltando la pluma;-pero ya lo sabemos.

—Gran misterio!-dijo el posadero para sf;-ipor cierto es una gran habilidad!

—Ya sabemos tambien-continuó el Escribano-ese nombre tan misterioso.

—Qué diablo!-dijo el posadero en su interior;-eso del nombre ya pica en historia.

—Pero vos-replicó el otro con seriedad-no lo decís todo francamente. -¿Qué tengo que decir?

—Ya, ya! Sabemos muy bien que ese forastero llevó á vuestra posada una gran cantidad de pan robado 6 adquirido en la asonada.

—Viene un hombre con un pan en el bolsillo, y he de saber yo dónde lo ha tomado? Porque hablando como si estuviera en la hora de mi muerte, puedo jurar que no le ví sinu un solo pan.

—Bueno es disculpar y defender siempre á los bribones.

Segun vosotros, todos son hombres de bien. ¿Cómo podeis probar que aquel pan era bien adquirido?

—¿Qué he de probar yo? En eso no me meto. Mi oficio es el de posadero.

—Sin embargo, no podeis negar que ese vuestro parroquiano ha tenido la insolencia de proferir palabras injuriosas contra los bandos, y de cometer actos indecentes contra las armas de S. E.

—Digame useñoria por amor de Dios, ¿cómo puede ser parroquiano mio un hombre que lo veo por la primera vez? El diablo, perdone useñoria, es quien me lo trajo á mi casa.

Si yo le conociera, ¿habria tenido necesidad de preguntarle su nombre?

—Pero en vuestra casa, en vuestra propia presencia, se han dicho cosas horribles; ha habido palabras denigrativas, expresiones sediciosas, murmuraciones, gritos, alborotos.

—¿Cómo quiere useñoría que tenga yo.cuenta con todos los disparates que pueden decir tantos gritadores, que hablan todos á la vez? Yo soy un pobre, y debo cuidar de mis intcreses. y además, useñoría bien sabe que perro ladrador nunca fué mordedor.

—Si, si, déjalos que hagan y digan: 'mañana vereis cómo se les obliga á volver en su acuerdo. ¿No creeis que así sea?

— Yo, señor, nada creo.

—iQue la canalla se apodere de Milan?

—Disparate!

—Ya vereis lo que se arma.

—Ya entiendo: el Rey será siempre Rey: el que tenga que pagar pagará. Un pobre padre de familia en nada se mete. Useñorías tienen la fuerza, y á useñorías toca emplearla.

Teneis todavfa mucha gente en la posada? Muchisima.

Y ese vuestro parroquiano continúa alborotando? | —Ese forastero, querrá decir useñoría, se ha ido á la cama.

—¿Conque hay mucha gente?... Cuidado que no se escape.

Soy yo acaso esbirro?-dijo de botones adentro el posadero; pero no dió conteslacion alguna.

— Volved, pues, á vuestra casa, y tened juicio,-continuó el escribano.

—Yo siempre lo he tenido. Useñoría sabe que jamás ha habido queja contra mí.

—;Bien! ;bien! No creais que la justicia haya perdido su fuerza.

—Yo? Por amor de Dios, yo nada creo: solamente en mi oficio.

—Siempre la misma cantinela... ¿Teneis algo más que decir?

—¿Qué quiere useñoría que diga más? La verdad es una sola.

—Basta: si fuere necesario, informareis más por menor á la justicia.

—Yo nada más tengo que decir.

—Cuidado con dejar que se vaya.

—Espero que el señor Capitan de justicia sabrá que he venido inmediatamente á cunmplir con mi obligacion. Beso á useñoría las manos.

Al rayar el dia habia ya siete horas que Lorenzo roncaba, y todavía estaba en lo mejor de su sueño, cuando le despertaron dos fuertes sacudimientos en los brazos, y una voz que desde los piés de la cama gritaba: Lorenzo Tramallino. Movióse, sacudió los brazos, abrió con trabajo los ojos, y vió á los piés de la cama un hombre vestido de negro, y á otros dos armados, uno á cada lado de la cabecera.

El pobre, entre la sorpresa, el no estar bien despierto y el efecto del vino, quedó como encantado, y creyendo que soñaba, y no gustándole el sueño, se agilaba como para acabar de despertarse.

—Vamos, habeis oido? Lorenzo Tramallino,-dijo el hombre vestido de negro, que era el escribano de la noche anterior:-ea, pues, levantaos y venid con nosotros.

—¡Lorenzo Tramallino!-exclamó Lorenzo.-¿Qué significa esto? ¿Qué me quieren ustedes? ¿Quién les ha dicho mi nombre?

—Ménos palabras, y levantaos pronto,-dijo uno de los esbirros, agarrándole de nuevo por un brazo.

—¿Cómo? ¿qué tropelia es esta?-gritó Lorenzo retirando el brazo:-iposadero! jamigo posadero! -¿Nos le llevamos en camısa?-preguntó el misimo esbirro al escribano.

—Habeis oido?-dijo éste á Lorenzo;-y así se hará, si no os despachais á vestiro8 para venir al momento con nosotros.

—Pero y por qué?-preguntó Lorenzo.

—El por qué os lo dirá el señor Capitan de justicia.

Yo? Yo soy un hombre de bien; nada he hecbho, y me admiro...

— Tanto mejor, así despachareis al momento, y podreis marcharos á donde querais.

—Déjenme ustedes, pues, que me vaya desde ahora,- dijo Lorenzo:-nada tengo que ver con la justicia.

—Ea, acabemos,-griló uno de los esbirros —¿Nos lo llevamos de véras?-añadió el otro.

—įLorenzo de Tramallino!-dijo el Escribano.

—¿Cómo sabe useñoría mi nombre?

—Cumplid con vuestra obligacion,-dijo el Escribano á los esbirros, los cuales al punto se echaron sobre Lorenzo para sacarlo de la cama.

—¡Ea! no hay que poner las manos en un hombre de bien:

yo sé vestirme.

—Levantaos, pues, y vestíos al instante,-dijo el Escribano.

—Voy á levantarme,-respondió Lorenzo.

Y en efecto, iba recogiendo por aquí y por allí su repa como reliquias de un naufragio en la playa, y empezando á ponérsela, proseguia diciendo:

—No quiero ir á casa del Capitan de justicia; nada tengo que ver con él; y pues que se comete conmigo semejante tropelía, quiero ser presentado al Sr. Ferrer. A éste le conozco; es hombre justo, y me debe algunos favores.

—Sí, sí, hijo, serás conducido á casa del Sr. Ferrer,- contestó el Escribano.

En otras circunstancias se hubiera reido á carcajadas al oir semejante propuesta; pero aquella ocasion no era para reirse. Al ir á la posada habia visio en las calles cierto movimiento, que no dejaba discernir si eran restos de la sublevacion aún no reprimida, 6 principios de otra nueva. El salir temprano de su casa los habitantes, el juntarse unos con otros, el ir en tropel, el formarse en corrillos eran síntomas que no le agradaban; por tanto, ahora, sin aparentarlo, 6 tratando al ménos de que no se notase, tenía el oido atento, y le parecia que se aumentaba el murmullo:

con esto deseaba despachar; pero queria al mismo tiempo llevarse á Lorenzo á buenas, porque si se le declaraba la guerra, no se podia asegurar que llegados á la calle no se encontrasen tres contra uno: por esto hacía del ojo à los esbirros para que tuviesen paciencia y no exasperasen al mozo; y él tambien por su parte procuraba templarle con buenas palabras. Lorenzo entretanto iba vistiéndose poco á poco, y enlazando lo mejor que podia las especies inconexas del dia anterior, empezaba å creer que los bandos, su nombre y apellido debian ser la causa de aquel contratiempo. Pero ¿cómo diablos el hombre de la capa negra sabía su nombre? Y qué habria sucedido en aquella noche para que la justicia hubiese adquirido tantas noticias para venir en derechura á echar la mano á uno de los buenos que el dia ántes habian hecho tan honroso papel, y que al parecer no todos estaban dormidos, pues tambien él percibia en la calle cierto murmullo que crecia por instantes? Mirando despues la cara del Escribano, advertia, á pesar de su forzado disimulo, la turbacion que éste procuraba ocultar. Por lo cual, con objeto de aclarar sus conjeturas y descubrir tierra, como tambien para ganar tiempo é intentar un golpe maestro, dijo:

—Comprendo muy bien que el orígen de todo esto es mi nombre y apellido. Ayer noche, á la verdad, estaba yo algo más alegre de lo que acostumbro. Estos posaderos tienen á veces vinos tan traidores... y á veces... ya se sabe que cuando el vino ha pasado por el canal de las palabras, quiere él tambien decir sus cosas, pero cuando no se trate de otro asunto, estoy pronto á dar toda la satisfaccion que se quiera; y últimamente useñoría ya sabe mi nombre: por cierto que no sé quién diablos se lo ha dicho.

—Bien, amigo, bien,-contestó cariñosamente el Escribano:-veo que eres mozo de juicio, y créeme, pues yo entiendo estos negocios; tú eres más avisado que otros:

ese es el mejor modo de salir bien del pantano. Con tan buenas disposiciones, en un momento estás despachado y puesto en libertad: pero yo, ya ves, tengo las manos atadas, y no puedo soltarte aquí como quisiera. Ea, pues, despáchate, y ven sin miedo, que en cuanto vean quién eres...

además yo diré... descuida: en fin, veremos: vamos, pues, hijo, vamos.

—jAh! ya veo que useñoría no puede,-dijo Lorenzo al paso que continuaba vistiéndose, desechando con gesticulaciones las que hacian los eshirros para ponerle las manos encima á fin de apresurar la operacion. Pasaremos por la plaza de la Caledral?-preguntó luégo al Escribano.

—Por donde quieras; por el camino más corto, para que más presto puedas quedar libre,-contestó el Escribano, pensando responder con aquella contestacion á la misteriosa pregunta de Lorenzo, y todas las demas que pudieran séguirsele:-iqué desgracia!-dijo para sí,-qué desgracia! creia... Hé aquí un hombre que cantaria como un canario. ¡Ah! isi hubiese un poco de tiempo! asi extrajudicialmente, á manera de amistosa conversacion, se le haria confesar sin tormento lo que se quisiese. Este hombre iria á la cárcel ya confeso, sin que siquiera lo advirtiese. ¡Qué lástima que un hombre de esta especie caiga en mis manos en momentos tan críticos! Y no hay remedio,-continuaba para si el Escribano, y doblando el cuello, aplicaba el oido.

—No nay remedio: este dia va á ser peor que el de ayer.

Lo que le hizo pensar asf, fué oir que en la calle habia una bulla extraordinaria, por lo cual no pudo contenerse sin abrir un postigo de la ventana para dar una ojeada á fuera. Vió que quien alborotaba era un corrillo de paisanos, que, á la intimacion de separarse que les hizo una patrulla, respondieron al principio con invectivas, desbandándose luégo sin dejar de insultar á los soldados; y lo que el Escribano tuvo por señal mortal, fué el buen modo con que se conducia la tropa. Cerró el postigo, y estuvo un momento indeciso entre si llevaria á cabo la empresa, 6 si dejando Lorenzo al cuidado de los dos esbirros, correria á dar cuenta al Capitan de justicia de lo que sucedia. Pero le ocurrió inmediatamente que se le tacharia de cobarde y bajo, y se le reconvendria por no haber cumplido las órdenes que llevaba.

—Ya estamos metidos en la danza,-dijo para sí,-y es preciso bailar. ¡Malditos alborotos!... ¡mal haya el oficio! Ya Lorenzo estaba en pié, teniendo á cada lado uno de los satélites, á quien hizo sefñal el Escribano para que no le violentasen demasiado, y volviéndose á él, le dijo.

—Vamos, hijo, vamos aprisa.

Lorenzo sentia, veia y pensaba. Ya estaba casi del todo vestido, y sólo le faltaba el gaban que tenia con una mano, burgando con la otra en los bolsillos.

—iHola!-dijo mirando al Escribano con aire socarron:- aquí, señor mio, habia moneda y una carta.

—Todo se te devolverá puniualmente,-dijo el Escribano,-en cuanto se evacuen ciertas formalidades: vamos, vamos. -No,-contestó Lorenzo meneando la caheza;-esto no es conmigo; quiero lo que es mio; daré razon de mis acciones, pero venga mi carta y mi dinero.

—Quiero hacerte ver que me fio de ti; toma, y despacha,-dijo el Escribano, sacando del pecho con un suspiro, y entregando las cosas embargadas á Lorenzo, el cual entre dientes decia:

—Arre allá! como siempre andais entre ladrones, parece que entendeis algun tanto el oficio! Faltábales á los esbirros la paciencia; pero el Escribano los contenia con los ojos, diciendo para sí:

—-Si llegas á meter dentro los piés, te aseguro que las bas de pagar todas, y con creces.

Miéntras Lorenzo se ponia el gaban y tomaba el sombrero, el Escribano hizo señal á uno de los esbirros para que marchase delante por la escalera; siguió detras el preso, luego el salélite, y, por último, echó á andar él despues de todos. Así que llegaron á la cocina, miéntras Lorenzo decia «gy este bendito posadero dónde se ha metido?» el Escribano hizo otra señal á los dos esbirros, los cuales agarraron el uno la mano derecha de Lorenzo, y el otro la izquierda, y en un abrir y cerrar los ojos le ataron las mumuñecas con cierto instrumento, por la hipócrita figura retórica llamado manillas. Consistian éstas (sentimos descender á particulares impropios de la gravedad histórica, pero así lo requiere la claridad) en un cordelito algo más largo que la circunferencia de una muñeca de un hombre, y que remataba en dos palitos á manera de muletillas. Ei cordelito ataba la muñeca del preso, y los pedacitos de madera, pasando entre el dedo medio y el anular del esbirro, le quedaban en el puño, de manera que retorciéndolos apretaba á su arbitrio la atadura, con lo cual no sólo tenía el medio de asegurar al preso, sino tambien el de martirizar al que se resistiera, para cuyo efecto el cordelito estaba regularmente lleno de nudos.

Lorenzo brega y forcejea gritando:

—¿Qué traicion es esta? ¡A un hombre de bien!...

Pero el Escribano, que para cada infamia tenía sus palabritas suaves, decia:

—Ten paciencia; todas son formalidades indispensables; nosotros no podemos tratar á la gente seguu nuestro buen corazon: si no hiciésemos lo que nos mandan, estaríamos frescos, peor que tú, y asi ten por Dios paciencia.

Miéntras de este modo hablaba el Escribano, retorcieron los dos esbirros el cordelito, y Lorenzo se sosegó como un caballo lozano que siente el freno, y exclamó:

«jpaciencia!»

Bien, hijo!-dijo el Escribano,-este es el modo de salir bien. ¿Qué quieres? Yo conozco que es cosa bastante pesada; pero comportándote bien, sales presto del enredo... Ya que veo que procedes como hombre honrado, estoy dispuesto á favorecerte, y quiero darte un consejo para tu bien. Créeme, que yo entiendo estas cosas: anda derecho, sin mirar alrededor, sin darte á conocer; de esta manera nadie repara en ti, nadie nota que vas preso, y conservarás tu estimacion. Dentro de una hora ya estás puesto en libertad. Hay tanto que hacer, que los señores iendrán ellos mismos prisa de despacharte, y sobre todo yo hablaré... irás á tus negocios, y nadie sabrá que has estado en manos de la justicia... Y vosotros,-prosiguió con tono de autoridad, volviéndose á los esbirros,-cuidado con hacerle daño, porque yo le protejo. Cumplir con vuestra obligacion es justo, pero no olvideis que éste es un hombre de bien, un mozo honrado, que como dentro de poco estará en libertad, le conviene conservar su buen concepto. Que nada llame la atencion, como si fuérais tres amigos que van de paseo.-Y concluyó diciendo: ¿Habeis entendido? Volviéndose luégo á Lorenzo cop calma y rostro sereno, le repitió de nuevo:

—¡Vaya, juicio! Haz lo que yo te digo; ffate de quien te quiere bien, y vamos andando.

Y con esto echaron á andar todos.

Pero de tantas palabras melosas nada creyó Lorenzo: ni que el Escribano le quisiese como decia, ni que se tomase tanto interes por su reputacion, ni que tuviese intencion de favorecerle; nada de esto. Conocia muy bien que aquel zorro viejo, temiendo que se presentase en el camino alguna ocasion favorablo para escapar, empleaba todas aque- İlas zalanerías á fin de distraerle é impedir que se aprovechase de ella: por manera que semejantes exhortaciones no sirvieron sino para confirmar más á Lorenzo en lo que allá en su cabeza se habia propuesto, que era hacer todo lo contrario.

De aquí nadie debe inferir que el Escribano fuese un principiante y novicio, porque se equivocaria: era un belaco matriculado, dice nuestro historiador; pero en aquella ocasion estaba muy temeroso y confuso. En otra situacion sin duda se hubiera burlado del que para inducir á otro á hacer una cosa de suyo sospechosa, se lo hubiese sugerido é inculcado con la trivial apariencia de darle un consejo de amigo; pero los hombres generalmente por cierta tendencia natural, cuando están agitados y en angustias, y les 0curre lo que otros pudieran hacer para salir del apuro, se lo preguntan con grande empeño y bajo de mil pretextos, y los más diestros en iguales circunstancras caen en igual falta. Las mismas invenciones magistrales, las tramas con que suelen vencer, que para ellos se han convertido ya en una segunda naturaleza, y que empleadas á tiempo y dirigidas con la serenidad necesaria, dan el golpe con feliz éxito y ocultamente, y áun descubiertas luégo, logran el aplauso general; cuando las emplean hombres sencillos, que se hallan en apuros, lo hacen con tan poco tino, y tan sin maña, que mueven á lástima á lo3 que los miran; y aquelias mismas personas á quienes pretenden engañar, aunque sean ménos astutas, descubren su intencion, y de sus mismos artificios sacan partido contra ellos: por esto los bellacos de profesion procuran conservar siempre su sangre fria, y lc que es mejor, no hallarse jamás en circunstancias extremas.

Lorenzo, pues, apénas llegados á la calle, empezó á mirar alrededor, á extender el cuello, á sacar la cabeza y aplicar el oido. Sin embargo, no veia concurrencia alguna extraordinaria, y aunque en la cara de muchos que pasaban se notaba con facilidad cierta señal de sedicion, cada uno seguia su camino, y lo que es sedicion verdadera no la habia.

—iPrudencia! ijuicio!-decia al paño el Escribano;-tu honra, hijo, tu honra.

Pero cuando Lorenzo, columbrando á tres que se acercaban con cara encendida, oyó hablar de un horno, de harina ocultada y de justicia, empezó á hacer señas con la cabeza, y á toser de un modo que indicaba algo más que resfriado. Miraron aquellos la comitiva, y se pararon; con ellos se pararon tambien otros que iban llegando, y otros que habian pasado, oyendo la bulla, se volvian y aumentaban la concurrencia.

—Cuidado, hijo! iprudencia! por tí haces; no empeores tu causa, tu estimacion,-iba diciendo el Escribano con disimulo.

Lorenzo lo hacía peor. ¿Quién no se equivoca? Le apretaron las manillas.

—iAy! jay!-gritó el preso.

A este grito se agolpó la gente, acudiendo otra de todas partes, de modo que la comitiva se halló sitiada. -Es un malhechor,-decia el Escribano en voz baja á los que le estaban encima:-es un ladron cogido infraganti; retírense ustedes y den paso á la justicia.

Pero Lorenzo, viendo la suya, y que las caras da los esbirros se ponian de color entre blanco y amarillo, asi no me ayudo ahora, dijo en su mente, estoy perdido;» y levantando la voz prosiguió:

—Amigos, me llevan á la cárcel, porque ayer clamé por pan y justicia. Nada he hecho, soy un mozo honrado; favorecedme, no me abandoneis, amigos.

Levantóse desde luégo una contestacion, un murmullo favorable, y en seguida gritos más decisivos. Los esbirros al principio mandan, despues piden, y por último, ruegan á los más inmediatos, para que se retiren, y dejen libre el paso; pero la turba, al contrario, apremiaba con más ahinco. Viendo los esbirros la cosa mal parada, sueltan las manillas y sólo tratan de meterse entre la muchedumbre para escurrirse sin ser notados. Deseaba el Escribano hacer lo mismo, pero le vendia la capa negra. El pobre diablo, con la cara descolorida y el corazon encogido, procuraba achicarse haciendo esguinces para salir de aquella apretura; pero no podia levantar la vista, sin verse á lo ménos veinte brazos encima. Se esforzaba por parecer un extraño, que pasando por aquel punto se habia visto encerrado entre aquella gente, y encontrándose cara á cara con uno que le miraba con más ceño que los demas, puso un gesto de risa, y preguntó:

—¿Qué bulla es esta?

—jAnda cuervo! igavilan!-le respondió aquél.

—jGavilan! igavilan!-repitieron mil voces á un tiempo.

A los gritos se agregaron los empujones, tanto, que ya con sus propias piernas, ya con los codos ajenos no tards en conseguir lo que más deseaba entónces, que era el verse fuera de aquella apretura.