Los novios/XVII
CAPÍTULO XVII.
Si basta frecuentemente un solo deseo para privar á un bombre de su tranquilidad, ¿qué sucederá cuando una persona anhela por dos cosas que están en contradiccion? El pobre Lorenzo hacía muchas horas qne tenfa dos deseos contradictorios en el cuerpo, esto es, el de echar á correr, y el de permanecer escondido, y las malbadadas noticias del mercader los habian aumentado entrambos de repente hasta un grado extraordinario. Segun ellas, su aventura habia metido ruido, y suscitado el empeño de echarle la mano. ¿Y quién era capaz de saber cuántos esbirros andarian ya dándole caza? ¿Cuántas órdenes se habrian circulado para que hubiese la mayor vigilancia en las calles, caminos y posadas? Por otra parte, reflexionaba que los esbirros que le conocian eran úcicamente dos, y que él no llevaba el nombre escrito en la frente; pero le venian á la memoria cien historias diferentes que habia oido contar de fugitivos que fueron descubiertos por casualidades muy raras, ya por el modo de andar, ya por cierto continente sospechoso, en fin por otras mil cosas impensadas; de manera que todo le causaba recclo. Así es que á pesar de que tocaban las oraciones cuando salió de Gorgonzola, y la oscuridad disminuia cada vez más cualquiera peligro, emprendió de mala gana su marcha por el camino real, proponiéndose entrar por la primera senda que encontrase, y que á su parecer le encaminase al punto á que tanto deseo tenía de llegar.
—El posadero ha dicho que me faltan seis millas,-pensaba entre sí;-aunque tenga que andar ocho 6 diez por sendas y caminos excusados, las mismas piernas que han andado las demas andarán tambien éstas. Seguramente no voy i.ácia Mi!an; luego voy camino del Ada, y andando andando he de llegar à él tarde 6 temprano. Las aguas del Ada meten bastante ruidu, y cuando esté cerca no he de necesitar que nadie me le enseñe. Si hay alguna barca en que poder pasar, paso inmediatamente, y si no, me escondo hasta mañana en un monte 6 encima de un árbol como los pájaros; que más vale dormir sobre un árbol que en la cárcel.
Pronto se le presentó un sendero á mano derecha y se metió por él. A aquella hora no hubiera dejado de preguntar á cualquiera que se le hubiese presentado; pero no se oian pisadas de alma viviente.
Andaba, pues, por la senda adelante, é interiormente iba discurriendo por sí de esta manera:
—¿Conque yo he cometido mil diabluras, queriendo asesinar á todos los señores? ¿Conque traia un paquete de cartas? Y mis compañeros me estaban aguardando? Daria cualquier cosa por encontrarme cara á cara con aquel mercader de los diablos al otro lado del Ada (jay! ¡cuando llegaré á pasar ese nialdito rio!) para detenerle y preguntarle despacio de dónde habia sacado aquellos cuentos. Sepa usted, señor mio, le diria, que lo que ha sucedido ha sido esto y esto, y que las diabluras que he cometido no han sido otras, sino haber ayudado al señor Ferrer, como si fuera un hermano mio: sepa usted que aquellos bribones que le parece que eran amigos mios, porque una vez solté una palabra de buen cristiano quisieron jugarme unas chanzas muy pesadas: sepa, por fin, que mientras usted estaba guardando su tienda, á mí me estaban moliendo las costillas por libertar al tal señor Director de provisiones á quien no he visto en mi vida: ipero que aguarden á que yo me mueva otra vez para ayudar á señores! Es verdad que en conciencia debemos hacerlo... porque al fin son nuestros prójimos. ¿Y aquel paquete de cartas en que se contenia toda la maquinacion, y que sabe de cierto que abora se halla en manos de la justicia? ¿Qué apuesta usted à que se lo presento aquí sin necesilar para ello del auxilio del diablo? Vaya, quiere usted ver el tal paquete de cartas? Aquí está, y no es sino una sola carta, si usted quiere saberlo, escrita por un religioso que puede enseñarle la doctrina cristiana, por un religioso que, sin agraviar á usted, un pelo de su barba vale más que toda la de usted, y ha escrito estă carta á otro religioso que tambien es todo un hombre. Vea usted, pues, cuáles son los bribones de mis amigos, y aprenda para otra vez á bablar mejor, sobre todo cuando se trata del prójimo.
A poco tiempo cedieron enteramente estos pensamientos y otros semejantes, pues las circunstancias actuales ocupaban exclusivamente todas las facultades del pobre peregrino. El temor de que le siguiesen y descubriesen, que tanto habia acibarado el viaje del dia, no le inquietaba por entónces; pero ¡cuántas cosas se reunian para hacerle aún más desagradable su caminata nocturna! Las tinieblas, la soledad, el cansancio que se iba aumentando y llegaba á ser penoso, un vientecillo que soplaba muy sutil y casi imperceptible, pero poco grato á quien estaba vestido con el mismo traje que se habia puesto para ir á la boda y volver despues triunfante á su casa que distaba pocos pasos, y lo que era peor de todo, aquel caminar á la ventura, olfateando, como suele decirse, un sitio donde poder descansar y estar seguro.
Cuando pasaba casualmente por algun lugarcito, iba con mucho silencio mirando si habia alguna casa abierta; pero nunca vió más señal de gente despierta que tal cual claridad que salia de algun postigo de ventana, y miéntras caminaba fuera de poblado, se paraba de cuando en cuando, y aplicaba el oido por si oia el deseado murmullo del rio; pero siempre inútilmente, pues no percibia otro sonido que el melancólico y amenazador aullido de algunos perros, que saliendo de caserías aisladas, venía atravesando el aire.
Luego que se acercaba á cualquiera de aquellas caserías, el aullido se convertia en un ladrar prolongado é iracundo, y al pasar por delante de la puerta oia y casi le parecia ver al animal doblar sus ladridos acereando el hocico á las rendijas, lo cual disipaba en él la tentacion de llamar y pedir hospedaje. Y áun cuando no hubiese habido perros, no hubiera tenido valor de hacerlo. «¿Quién es? ¿Qué quereis á estas horas? ¿Cómo habeis venido aquí? Decid vuestro nombre. No hay donde dormir.-Esto es lo que me preguntarán, decia entre sí, y será lo ménos malo que me pueda suceder, porque puede muy bien estar durmiendo dentro algun medroso que empiece á gritar ladrones! ¡ladrones ! En tal caso sería preciso responder inmediatader alguna cosa que satisfaciese; y qué he de responder? Al que oye ruido de noche no le ocurren sino ladrones y malhechores, y no le pasa por la imaginacion que un hombre de bien pueda hallarse caminando así á deshoras, á no ser un caballero en su carruaje.» Con estas reflexiones guardaba aquel partido para el último apuro, y seguia adelante con la esperanza de llegar aquella noche al Ada, aunque no pudiese pasarle, para no tener que andarle buscando de dia.
Yendo adelante, y adelante, Ilegó á un paraje en que el campo cultivado concluia en una llanura de helechos y palmitos, que le pareció, si no indicio seguro, á lo ménos probable de que habia rio inmediato, y por tanlo se metió en ella siguiendo la senda que la atravesaba. Habicndo andade algunos pasos, se detuvo á escuchar; pero inútilmente. Aumentaba el fastıdio del camino la aridez del sitio, pues no veia ni uc moral, ni una cepa, ni otra señal alguna de cultivo, que hasta enlónces le habian servido en cierto modo de compañia. Sin embargo, seguia adelante; pero como empezasen á suscitarse en su inmaginacion ciertas ideas de apariciones, que aún conservaba de las consejas que en otro tiempo le habian contado, para alejarlas, ó al ménos para distraerse, iba rezando por los difuntos al paso que camipabaie esta manera llegó poco á poco á unos matorrales, en donde, continuando su marcha con más iimpaciencia aún que coleridad, empezó á encontrar árboles más allos, y siguiendo siempre la misma senda, advirtió que iba á entrar en un bosque. Experimentó desde luégo cierla repugnancia á melerse en él; pero por último la venció, y prosiguió su camino de mala gana. Cuanto más se internaba en el bosque, tanto más se aumentaban sus molestas imaginaciones.
Las plantas que veia á cierta distancia se le figuratan espectros extraños y disformes. No le agradaba tampoco la sombra de las copas de los árboles que, ligeramente agitadas por el aire, se presentaban trémulas en la senda iluminada por la luna, y hasta el ruido que sus mismas pisadas causaban en las hojas secas tenía algo de repugnanto á sus oid s. Experimentaba en sus piernas cierta áusia, cierto impulso de correr, al mismo tiempo que parecia que no podian ya 8oslener su cuerpo. Sentia en la frente y las mejillas la impresion del relente nocturno, que introduciéndose por entre los vestidos y la carne, penetraba agudamente hasta los buesos ateri bros el últino recurso de vigor. Llego un momento en que aquel horror inexplicable, contra el cual hacía algun tieumpo que luchaba su ánimo, llegó casi á sojuzgarle. Estaba ya para rendirse, pero más asustado de su propio temor que de otra cosa, reanimó todo su antiguo vigor y se docidió á emplearley agolaba en sus miem- 15 Animado, pues, de este modo, se paró á deliberar, y ya estaba delerminado á dejar aquel sitio, y, volviendo por el camino que habia andado, dirigirse al últımo pueblo de donde habia salido, á buscar olra vez habitaciones bumanas para proporcionarse en ellas un asilo, aunque fuese en la posada. Estando, pues, en esta situacion, sin hacer ruido con los piés en las hojas secas, y reinando en lorno el más profundo silencio, legó á sus oidos una especie de murmullo de agua corriente. Escucha, se cerciora, y exclama: «Es el Ada!» y aquel ruido fué para él el encuentro de un amigo, de un bermano, de un bienhechor. Con esto desapareció casi enteramente el cansancio, volvió á tomar su movimiento el pulso, y le pareció que la sangre corria más libre y caliente por sus venas. Aumentóse la confianza y se le figuró ménos ardua y peligrosa su situacion, de modo que no titubeó en proseguir internándose en el bosque en la direccion que le indicaba aquei lisonjero ruido.
Poco tardó en llegar á la extremidad de la llanura y á la orilla de un profundo ribazo, y mirando por entre las matas y malezas que le guarnecian, vió brillar allá bajo el agua corriente. Levantando despues la vista, divisó á la otra parte del rio una llanura sembrada de pueblos, y en último término a'gunos collados, distinguiendo en uno de los más más altos una mancha blanca, que le pareció ser una ciudad, y sin duda alguna la de Bérgamo. Bajó algun poco por la pendiente, y separando el ramaje con manos y brazos, miró si se movia por el rio alguna barquilla, y escuchó por si oia algun ruido de remos; pero nada vió ni oyó.
Si se hubiese tratado de algo ménos que del Ada, hubiera bajado Lorenzo inmediatamente para tentar el vado; mas no lo hizo, porque sabía que con aquel rio no se podian gastar semejantes chanzas.
Púsose. pues, á consultar consigo mismo muy sosegadamente qué parlido deberia tomar. Subirse á un árbol, y estar allí con tan ligera ropa y el ambiente que soplaba, esperando el dia por espacio de seis horas que aún podia tardar en venir, era lo más propio para helarse; dar vueltas arriba y abajo para mantenerse lodo aquel tiempo en ejercicio, además de ser corto auxilio contra el rigo: del sereno, era exigir demasiado de sus tristes piernas, que habian hecho ya más de lo que debian. Acordóse por furtuna que en uno de los campos más inmediatos al terreno inculto habia visto un cascinollo, nombre que los aldeanos de la vega de Milan dan á ciertas cabañas cubiertas de paja y construidas con troncos y ramas entretejidas y rellenas de tierra, las cuales en el verano sirven para depósitos del grano de la cosecha, y guarecerse los trabajadores por la noche, quedando abandonadas en las demas estaciones del año. Eiigióla, pues, para su asilo, volvió á emprender cl camino, atravesó el bosque, el matorral y la llanura, y cuando llegó al terreno cultivado, percibio la cabaña, é inmeuiatamente se dirigio á ella. Cerrabala una gran puerla carcomida y descompuesta, sin cerrojo ni llave en el postigo. Abrió Lorenzo, entró y vió suspendido en el aire, y 8ostenido por ramas relorcidas á manera de cuerdas, un enrejado, figurando una hamaca; pero no pensó en meterse en éi, sino que viendo en el suelo un poco de paja, creyó que áun allı sería agradable un buen sueño.
Mas antes de acostarse en aquel lecho que la Providencia le habia deparado, se arrodilló para darle gracias por semejante beneficio, y por todo el favor que le babia tado en aquel dia terrible: rezó despues sus oraciones acostumbradas, y cuando concluyó pidió perdon á Dios por haberle olvidado la noche anteriur, y por haberse acostado á dorair, segun decia, peor que un perro. Recogió despues toda la paja que habia alrededor, se la echó encima, procurando que le sirviese de colcha para amortiguar el frio, que áun alli dentro se dejaba sentir bastaute, y se acurrucó luégo con intencion de echar un buen sueño, pareciéndole que en aquel viaje le habia comprado aún más caro de lo justo.
Pero apénas cerró los ojos, cuando en su memoria 6 cn su fantasia, pues no es facil decir á punto fijo el paraje, empezó á pasar y repasar tanta gente, y de una manera tan continua, que abuyentó de él hasta la idea del sueño. El mercader, el escribano, los esbirros, el espadero, el posadero, Ferrer, el Director de provisiones, la reunion de la posada, toda la algazara de las calles, D. Abundo, D. Rodrigo..., y ninguno entre lantos que no trajese consigo recuerdos de desventuras ó resentimientos.
Sólo tres imágenes se le ponian delante exentas de amargas memorias, limpias de toda sospecha y enteramente halagürñas, y dos con especialidad muy desemejantes entre si, pero intimamente unidas en el corazon de Lorenzo; unas trenzas negras y una barba Llanca.
Pero áun el consuelo que experimentaba con fijar el pensamiento en aquellas imágernes estaba muy léjos de ser puro y tranquilo. Cuando recordaba el buen religioso, se avergonzaba de su fuga, de su intemperancia y del poco aprecio que habia hecho de sus paternales consejos, y prescuando contemplaha la imágen de Lucía, no intentaremos decir lo que experimentaba: el lector, que conoce las circunstancias, puede muy bien figurárselo. Tampoco se olvidaba de la bucna Inés, que le habia adoptado, y le consideraba ya como una misina cosa con su hija única, y que ánles de recibir de él el titulo de madre, le halbia manifestado el corazou y el lenguaje de tal, acreditándole con obras su carifño. Y no era lo que méncs le afligia el pensar que en pago de tan afectuosas demostraciones y de tanta benevolencia, la pobre mujer se encontraba fuera de su casa, errante, sin saber cuál sería su suerto, y sufriendo males y pesadumbres, dimanadas de donde esperaba haber encontrado en sus últimos años reposo y satisfacciones.
¡Qué noche! ¡Pobre Lorenzo! ;La noche que debia ser la quinta de su boda! ;Que habitacion! ;Qué tálamo nupcial! ¡Y despues de quó dia! ¡Y para esperar el siguiente, y luégo olros, y otros' Con decir: ¡sea lo que Dios quiera! procuraba hacer frente á sus tétricos pensamientos, que cada vez 1 más le mortificaban. «Dios sabe, proseguia, lo que hace en nuestro benefieio. Vaya todo en descuento de mis pecados.
¡Pobre Lucía, es tan buena!... Quizá no querrá Dios hacerla sufrir mucho tiempo.»
Con estos pensamientos, desesperado ya de coger el sueño, temblando de frio, y dando sin querer de cuando en cuando diente con diente, deseaha con ánsia que amaneciera, y contaba con impaciencia las horas, renegando de su lentitud: d go que contaba porque cada med á bora oia en aquel vasto silencio las campanadias de un rcloj, que sin duda debia ser el de Frezzo, pueblo de aquellas inmediaciones. Cuando por primera vez llegó á sus oidos aquel toque inesperado, sin idea alguna de donde pudiese venir, causó en su fantasía un efecto misterioso y grave como el que pudiera ocasionar el aviso de persona ocuita y voz desconocida. Finalmente, cuando aquel niartillo dió los cuatro golpes, que era la hora en que Lorenzo habia hecho ánimo de levantarse, se incorporó medio aterido, se arrodilló despnes, rezó con más devocion de la que acostumbraba, se puso de pié, estiró brazos y piernas, sacudió el cuerpo como para reunir todos sus mienibros que parecian separados, se sopló en ambas manos, las estregó, ahrió el postiguiilo de la cabaña, y lo primero que hizo fué sacar la cabeza, por ver si habia álguien por aquellas inmediaciones.
Viendo que nadie parecia, empezó á buscar con la vista la senda que habia seguido la noche anterior, y reconocida, á pesar de parecerle más clara y distinta de lo que se le figuró en la oscuridad de la noche, echó á andar inmediatamente por ella.
Anunciaba el cielo un hermoso dia. A un lado la luna, aunque pálida y sin rayos, sobresalia en aquel campo inmenso de color cerúleo, que bajando hácia el Oriente, s8e iba convirtiendo poco á poco en un amarillo rojizo. Más abajo, y casi tocando al horizonte, se extendian en bandas desiguales unas pocas nubes, más bien azules que pardas, orladas las nás bajas con una cinta como de fuego, que cada vez se volvia más viva y brillante. Por la parte del Sur, otras nubecillas agrupadas entre si, ligeras, y por decirlo así fofa, se iban iluininando de mil diver3os colores: en fin, el cielo de la Lombardía. tan bermoso cuando está despejado, tan encantador y tan sereno. Si Lorenzo se hubiese hallado allí por diversion, ciertamenle hubiera levantado la vista y adımirado aquel hermosisimo amanecer, tan distinto del que estaba acostumbrado á ver entro sus montañas; pero sóio miraba al suelo y andaba de prisa, tanto para entrar en calor como para llegar pronto. Pasa los campos cultivados, la llanura inculta y los matorrales, y al atravesar el bosque mira alrededor, y pensando con una especie de lástima en el lerror que le habia causado algunas horas ántes, liega á lo mas alto de la orilla del rio; mira abajo, y entre las breñas descubre una barquilla de pescador que venia con lentitud contra la corriente casi tocando á la orilla. Baja por el camino más corto que halla entre las matas y zarzas, y al llegar cerca del agua, da una voz no muy fuerte al pescador; y aunque su intencion era la de apareotar que le pedia un servicio de poca importancia, le hace señas sin quererlo con ademan casi suplicante de que atraque. Da el pescador una mirada á lo largo de la orilla, mira atentamenie por el rio, tanto hácia arriba como bácia abajo, y oespues vuelve la proa á donde estaba Lorenzo, el cuál hallándose con un pié casi en el agua, echa una mano á la barquilla y salta en ella.
—Quisiera -dijo al pescador-que hicierais el favor, pagando lo que sea, de pasarme brevemente al otro lado.
El pescador, que se lo habia presumido, volvia ya la proa á la orilla opuesla, cuando Loreozo ve otro remo en el fundo de la barca, se baja y le echa mano.
—Poco á poco,-dijo el barquero; pero al ver el desembarazo con que el jóven se disponia á manejar aquel ins- årumento, añadió:-jah! jab! sois del oficio.
—Algo entiendo,-contestó Lorenzo. Y empezó á bogar con un vigor más que de aficionado, y mirando de liempo en tiempo con tristeza ya la orilla de que se alejaban, y ya con ánsia aquella á que se dirigian, se lamentaba de tener que ir oblicuamento por una línea més larga, por ser alli la corriente demasiado rápida para atravesarla en dereclhura.
Como acontece en todos los negocios algo oscuros y embrollados, que al principio sólo se presentan las dificultades en grande, y despues en la ejecucion van apareciendo las de los pormenores, así Lorenzo habiendo ya casi atravesado el Ada, estaba inquieto por no saber de fijo si aquel sitio era la frontera del Estado, si áun vencido aquel obstáculo, quedaria algun otro que superar. Por lo cual llamando la atencion del pescador, y señalándole con la cabeza la mancha blanquecina que habia observado la noche anterior, y que entónces se divisaba claramente, le dijo:
—¿Es Bérgamo el pueblo que se ve alli?
—Ši, señor, la ciudad de Bérgamo,-respondió el peseador.
—Y esta orilla del rio es de su término?
—És de San Márcos (1).
—¡Pues viva San Márcos!-exclamó Lorenzo, á que nada respondió el barquero.
Por último, llegan á la orilla, y Lorenzo salta en tierra, da las gracias á Dios en su corazon, y con la boca medio abierta hácia el barquero, mele la mano en el bolsillo y saca una berlinga, que atendidas las circunstancias, no era pequeño desprendimiento, y se la da al pescador, quien volviendo á mirar como ántes á la orilla del Milapesado y á todo el rio, alarga la maro, toma el dinero, le guarda, aprieta los labios, y cruzándolos con el dedo indice, y baciendo un gesto muy expresivo, dice á Lorenzo: «Buen viaje,» y se vuelve á la otra orilla.
Para que el lector no se admire de la pronta y directa cortesía del barquero con un hombre descopocido, deberemos advertirle que, acostumbrado á prestar semejante servicio á contrabandistas y malhechores, estaba habituado á ello, no tanto por la corta é incierta ganancia que podia resulta-le, cuanto por no 'granjearse enemigos enire aquelia clase de gentes, y lo ejecutaba siempre que eslaba seguro de que no le veian guardas, esbirros ó visitadores. De este modo, sin querer más á los unos que á los otros, procuraba satisfacerlos á todos con aquella im- (1) Esto es, Estado veneciano. parcialidad que acostumbra usar generalmente el que está obligado á tratar con ciertas gentes y liene que dar cuenta de sus acciones.
Delúvose Lorenzo un instante en aquella orilla á eontemplar la opuesta, y á suspirar por aquella tierra en que poco ántes hacía tan mal tiempo para él. «;Ah, gracias á Dios, ya estoy fuera! Allí está: ¡maldilo pais!» fué su primer pensamiento: la despedida de su patria fué el segundo; mas el tercero so dirigió á la que dejaba en aquella tierra, y entónces cruzó los brazos sobre el pecho, lanzó un suspiro, inclinó los ojos á mirar al agua que corria bajo sus piés, y dijo entre si: «¡Ha pasado por debajo del puente! (pues segun la costumbre de sus paisanos, liamaba así por antonomasia al de Lecco). ¡Ah mundo infame!... Basta:
sea lo que Dios quiera!»
Vuellas las espaldas á tan tristes objetos, comenzó á caminar con direccion á la mancha blanquècina, que estaba en la pendiente del cerro, hasta que llegase algun con mayor cerleza le indicase el camino directo, y era de ver con qué desembarazo se acercaba á los caminantes, y sin tanto titubear, ni tanto buscar palabras indiferentes, proferia el nombre del país en que habitaba su primo, y preguntaba por el camino que guiaba á él. Por la primera persona que se lo indicó supo que todavía le quedaba que andar nueve millas.
Aquel viaje no fué ciertamente muy alegre. Sin contar los cuidados que llevaba Lorenzo consigo, contristaban su vista á cada instante objetos melancólicos que le hacian conocer que en el país en que se internaba hallaria la misma carestía que en el suyo. Por todo el camino, y especialmente en los pueblos y aldeas por donde pasaba, veia enjambres de mendigos, la mayor parte más por efecto de las circunstancias que por oficio, pues más bien manifestaban su miseria en el rostro que en el traje. Formaban este cuadro aldeanos, serranos, artesanos y familias enteras, y le acompañaban súplicas, quejas y gemidos.
Semejante vista, además de la dolorosa compasion que excitaba en su alma, le traia á la memoria sus propios trabajos.
—¿Quién sabe-iba meditando entre sí - si hallaré en qué ocuparme? Si habrá trabajo como los años pasados? En fin, Bartolo me queria bien; es buen muchacho, tiene dipero, y me ha brindado tantas veces con su casa, que debo creer que no me abandonará, y además la Providencia me ha favorecido hasta ahora, y no dejará de ayudarme de aquí en adelanteonb Entre tanto iba creciendo en razon del camino el apetito que ya de algun tiempo se dejaba sentir, y aunque Lorenzo cuando emperó á pensar sériamente en ello, conoció que áun podia aguartar hasta el fin de su viaje, que ya no podia durar arriba de dos millas, reflexionó sin embargo que no parecia bien presentarse á su primo como un niendigo, y que por primer saludo le dijese dáme algo de comer. Sacó, pues, del bolsillo todas sus riquezas, las recorrió, las contó en la palina de la mano, hizo su cálculo, aunque para hacerlo no era necesario ser grande aritmético, y halló que habia lo suficiente para tomar un bocado; entró, pues, en una hosteria á refocilarse, y despues de pagar su cuenta, áun le quedaron algunos sueldos.
Al salir vió junto á la puerta tendidas en el camino á dos mujeres, una ya de edad y otra más jóven con un niño pequeño, que despues de haber chupado inútilmente los dos pechos de la úlima, estaba llorando, y todos tres pálidos como la muerte. A su lado y en pié se hallaba un hombre en cuyo rostro y miembros se conocian aún las señales de su antigua robustez, casi destruida por la miseria. Todos alargaron la mano hácia aquel hombre que salia con pié firme y aspecto satisfecho; pero ninguno habló palabra:
¿qué más bubiera podido decir una súplica?
—Aqui está la Providencia!-dijo Lorenzo.
Y meliendo inmediatarente la mano en el bolsillo, le dejó limpio sacando aquellos pocos sueldos; los puso en la mano que vió más inmediata, y prosiguió su camino.
La refaccion y la buena obrd (pues somos un compuesto de cuerpo y alma) babian exaltado y alegrado sus pensamientos, y cierlamente el haberse desprendido de aquel modo del último dinero que le quedaba, le hahia inspirado más confianza para lo sucesivo, que la que le hubiera dado el ballar diez veces más. Porque si la Providencia habia destinado el último dinero de un extranjero prófugo, distante de su casa é incierto acerca de los medios de su subsistencia, para alimentar un dia á aquellas infelices que estaban desmayándose en el camino, ¿cómo podia imaginar que quisiese dejar pereser al mismo de quien se habia servido, y á quien habia inspirado una idea tan viva y de suyo tan eficazć irresistible? Tal era en sustancia el pensamiento de Lorenzo, aunque algo más confuso de como le presentan mis palabras. Durante el resto del camino, volviendo á repasar en su imaginacion los puntos y circunstancias que le habian parecido más oscuros y enredados, todo lo iba suponiendo fácil. Segun sus cálculos, la carestía y miseria habian do acabar presto 6 tarde, pues todos los años hay que segar; 8e acordaba de que entretantn lenía á su primo Bartolo, su propia habi idad, y, por refuerzo, algun dinerillo ahorrado, que euviaria á pedir inmediatamente, y con él, á todo librar, viviria economizándolo mucho hasia la próxima cosecha. «Vuelto finalmente el buen tiempo,-proseguia Lorenzo en su imagınacion,-renace la fuerza de los trabajos, los fabricantes se desviven por encontrar trabajadores milaneses, que son los que mejor saben su oficio, levantan éstos la cabeza, y como el que tiene gente hábil es preciso que la pague, se gana para vivir, y áun para ahorrar algun poco, se arregla una casita, y se escribe á las mujeres que vengan. Y si no, para qué esperar tanlo? ¿No es cierto que con aquel poco dinero' hubiéramos vivido hasla el invierno? Pues lo mismo viviremos aquí. Curas hay en todas parles: vienen, pues, aquellas dos mujeres tan queridas, y se pone casa. ¡Qué placer ir paseando todos juntos per este mismo camuo, llegar en un carro hasta el Ada, y imerendar á la orilla, á la misma orilla, y enseñar á Inés y á Lucia el sitio en que me embarqué, el paraje por donde bajé, y el puesto en que me detuve á mirar si habia alguna barca!»
Llegado por fin al pueblo de su primo, y al entrar, 6 por mejor decir, ántes de entrar, ve una casa bastante alta con varios órdenes paralelos de largas ventanas sobrepucstas unas á otras, y entre los órdenes un espacio más pequeño que el que se requiere para la division de las piezas. Conoce que aquel edificio es una fabrica de hilados, entra en ella, pregunta con voz alta entre el ruido de agua que corria y el de las ruedas que daban vuelta, si vivia alli Bartolo Castañeri.
—El Sr. Bartolo? allí está.
—El señor! bu ena señal,-dijo entre sf Lorenzo.
Y viendo á su primo, corrió hácia él. Volvióse éste, y al ver á Lorenzo que le dice: «aquí estanmos todos,» prorumpió en un joh! de sorpresa, y echándole los brazos al cuello, ambos se abrazaron afectuosamente. Despues de este primer recibimiento, se Ilevó Bartolo á su primo á otro cuarto léjos del estrépito de los tornos y de los ojos de los curiosos, y le dijo:
—Te veo en mi casa con el mayor placer; pero eres un terco. Te brindé tautas veces, y nunca quisiste venir, y abora llegas en un momento algo enbarazoso.
—Y qué quieres?-contestó Lorenzo:-ahora tampoco he venido por mi gusto. Y con la mayor brevedad que le fué posible, pero no sin conmoverse, le contó su dolorosa historia.
—Esa ya es harina de otro costal,-dijo Bartolo.-Pobre Lorenzo! Pero has contado conmigo, y ciertamente no te abandonaré. A la verdad no se necesitan ahora operarios; apénas conserva cada fábrica los suyos para no perderlos, y para ir manteniendo el oficio; pero el auno me aprecia:
no deja de tener fondos, y te diré, sin que sea jaciancia, que se los debe en gran parte á su dinero y á la razonable babilidad de eslas manos. Has de saber que soy el maestro; que nada se hace sin mi, y en una palabra, que soy el factotum. ¡Pobre Lucia Mondella! Ne acuerdo de ella como si fuese ayer. ¡Buena muchacha! Siempre la más modesta en la iglesia, y cuando uno pasaba delante de su casita...
Me parece que la estoy viendo fuera del pueblo con una higuera muy hermosa que sobresalia por eucima de las tapias.
—Mira, no hablemos de eso.
—Quiero decir que cuando se pasaba delante de aquella casita se oia siempre el aspa dar vueltas y más vueltas. Y aquel D. Rodrigo?... Ya en mi tiempo empezaba á sacar los piés de las alforjas; pero ahora por lo que veo hace mil diabluras, miéntras que Dios le deja la rienda suelta.:. Conque, como te iba diciendo tambien, aquí se padece un poco de estrechez. A buena cuenta, ¿cómo te hallas de apetito?
—He comido abora poco en el camino.
Y cómo estamos de dinero? Abrió Lorenzo la mano derecha, dió en ella un soplo ligero.
—No importa,-dijo Bartolo,-yo tengo. Anímate, que ántes de mucho, si Dios quiere, se ban de cambiar las cosas, y me los volverás, y áun ganarás para ti.
—Tengo algun dinerillo depositado, y escribiré que me lo envien.
—Está bien, y entretanto cuenta conmigo. Dios me ha dado lo que tengo para mis p"rientes y amigos, á quien se lo he de hacer?
—Si lo dije yo, que la Providencia!...-exclamó Lorenzo apretando afectuosamente la mano de su primo.
—¿Conque en Milan-dijo éste-ha babido todas esas diabluras que cuentan? Me parcce que esa gente es algo loca. Ya se habia dicho por aquí alguna cosa; pero deseo que me lo cuentes todo por menor. jAb! tenemos muchas cosas que hablar. Acá todo marcha con más sosiego, y NO hacen las cosas con algun juicio. La ciudad ha comprado acercó á la boca y haga bien, y si no lo hago á dos mil cargas de trigo á un comerciante de Venecia, trigo que viene de Turquía, porque cuando se trata de comer no se repara en frioleras; pero mira lo que sucede. Las autoridades de Verona y de Brescia cierran el camino, y se empeñan en que por allí no ha de pasar trigo alguno. Qué hacen entónces los bergamascos? Despachan á Venecia un hombre que sabe hablar: éste se presenta al Dux, y le pregunta que queria decir aquella majadería, y le hace un discurso, jpero qué discurso! Dicen que podia publicarse en letras de molde. ¡Lo que vale tener un hombre que sepa hablar! Al momento sale una órden para que se deje pasar el trigo, y las autoridades no sólo han tenido que dejarle pasar, sino que le han hecho escoltar, y ya estå en camino. Tambien se ha pensado en la gente del campo. Un hombre de bien ha hecho presente al Senado que las gentes de fuera de la ciudad padecian hambre, y el Senado ha mandado comprar cuatro mil fanegas de maiz, que tambien sirve para hacer pan. Y, sobre todo, si no tencmos pan, comeremos otra cosa. Dios.me ha dado algun bienestar como le be dicho. Ahora te presentaré al amo; le he hablado tantas veces de ti, que te recibirá muy bien. Es un hombre excelente, un bergamasco chapado á la antigua y con el corazon muy grande. A la verdad no le esperaba abora; pero cuando sepa tu historia... y además sabe hacer aprecio de los artesanos, porque la carestía pasa y el comercio dura. Pero ántes de todo es preciso que te informe de una cosa: įsabes cómo nos llaman en este país á los del Estado de Milan?
· -Cómo nos llaman?
—Nos llaman gansos.
—Pues á la verdad el nombre nada tiene de lisonjero.
—Tanto monta. El que ha nacido en el ducado de Milan, y quiere vivir en territorio de Bérgamo, es preciso que lo sufra. Para esta gente lo mismo es llamar ganso á un milanés, que tratar de usía á un caballero.
—Supongo que se lo dirán á quien se lo quiera dejar decir.
—Pues, hijo mio, si no te hallas dispuesto á tragar el apodo de ganso á todo pasto, cuenta que no has de poder vivir aquí. Sería preciso estar sicmpre con la navaja en la mano, y cuando hubieras muerto, supongamos, á dos, tres, cuatro, l:egaria uno que te despacharia á ti, y mira qué gusto presentarle ante el tribunal de Dios con tres ó cuatro muertes encima.
—Y un milanés que tenga un poco de... (aquf se tocó la frente con el dedo, como hizo en la posada de la Luna llena} quiero decır uno que sepa su oficio?
—Es lo mismo: aqui no pasa de ganso. Sabes lo que dice el amo cuando habla de mí? Aquel ganso ha sido un ángel del cielo para mis asuntos; si no tuviese á ese ganso, me veria bien alarugado. Esta es la costumbre.
—Pues es costumbre muy tonta, y al ver lo que sabemos hacer, porque al cabo hemos sido nosotros los que bemos traido acá este oficio, y los que le sostenemos, ges posible que no se hayan enmendado?
—Hasta abora no; tal vez con el tiempo se corregirán los muchachos que vayan creciendo; pero en cuanto á los hombres bechos, no hay remedio, han tomado esa maña, y no pueden dejarla. Y últimamente, qué vale eso? Algo peores eran las galauterfas que te han hecho y te querian hacer nuestros queridos paisanos.
—Ya se ve: es verdad, si no hay otro mal...
—Ahora que ya te has convencido de eso, verás cómo te va bien. Vamos á ver al amo.
Efectivamente todo fué bien, y tan conforme con lo que Bartolo babia prometido, que nos parece inútil referir los pormenores. Y verdaderamente fué efecto de la Providencia, porque los ahorros que Lorenzo habia dejado en su casa, veremos muy preslo cuán poco podia.contar con ellos.