Los novios/XX
CAPÍTULO XX.
Estaba fundado el tal castillo sobre un angosto valle en la más alta cima de un cerro que procedia de una escabrosa cordillera de montañas, sin que fuese fácil determinar si estaba unido con ella, ó separado por hondonadas y derrumbaderos, y por un laberinto de cavernas y precipicios, tanto por la espalda como por los costados. El Îrente que miraba al valle era el único practicable, pues formaba el terreno una pendiente no tan áspera, cubierta de pastos en su altura, cultivada en la falda, y con várias chozas de trecho en trecho. Era el fondo del terreno una madre de piedras y guijarros, por la cual corria, segun la estacion, un riachuelo ó un torrente que entónces servia de límite á los dos Estados. Las montañas que cerraban el valle por la parte opuesta declinaban tambien en una falda de no mucha extension, cultivada en partes, aunque interrumpida por enormes peñascos, y subidas escabrosas sin senda alguna, ni más vegetacion que tal cual matorral en las hendiduras ó en los picos más encumbrados.
Desde la altura de su denegrido castillo dominaba el selvático caballero, como el águila desde su nido sangriento, todo el territorio en que pudieran estamparse huellas humanas, no teniendo nada que temer por la parte posterior de su guarida. De una sola mirada recorria todo aquel recinto con sus hondonadas, cumbres y veredas. La más ancha de éstas, que entre varios recodos y revueltas conducia al castillo, semejaba desde lo más alto una cinta serpenteando á modo de culebra. Desde las ventanas y troneras podia el dueño contar los pasos de los que subian, asestando contra ellos sus tiros: en términos que con la fuerte guarnicion de bravos que le acompañaban, le era fácil defenderse de un número considerable de gente armada, despeñando á muchos ántes que uno lograse llegar arriba. Aunque, por otra parte, ninguno que no estuviese bien con el amo se atrevia, no digo á subir, sino á dar un paseo por el valle: y al esbirro que se hubiera dejado ver en aquel sitio, le habria cabido la suerte que á un espía enemigo en tiempo de guerra. Contábase en el país la historia trágica de los últimos que lo intentaron; pero ya era historia antigua, y ninguno de los aldeanos se acordaba de haber visto por allí ningun ministro de justicia ni vivo ni muerto.
Esta es la descripcion que de aquel paraje nos dejó el autor anónimo ya citado, aunque sin expresar el nombre de su dueño. Léjos de eso, para no dejarnos rastro por donde pudiéramos formar conjeturas, nada nos dice del viaje de D. Rodrigo, sino que de golpe nos le presenta en el valle, á la falda del cerro, y á la entrada del tortuoso y empinado camino en donde habia una especie de venta, å que pudiera darse el nombre de cuerpo de guardia, sobre cuya puerta pendia una antiquísima muestra, en la cual estaba pintado por ambas partes un sol radiante: si bien la voz pública, que á veces repite los nombres segun se los enseñan, y á veces los desfigura á su antojo, no daba á semejante albergue otro nombre que el de la mala noche.
Al ruido de las pisadas de su caballo se presentó á la puerta un moceton, armad nocido el terreno, entró á avisar á tres bravos, que con unos naipes abarquillados y mugrientos jugaban en el zaguan. Levantóse el que parecia jefe, se asomó á la puerta, y viendo que el que llegaba era un amigo del amo, le saludó con respeto. Volvióle D. Rodrigo el saludo con mucha eortesía, preguntándole si el caballero se hallaba en el castillo, y babiendo recibido respuesta afirmativa, se apeó D. Rodrigo y entregó la brida al Tiraderecho, uno de los de su escolta. Quitóse luégo del hombro la carabina, dándosela á Serranillo, otro de los suyos; y aunque al parecer lo hizo como para alivio del peso y mayor comodidad de la subida, la razon verdadera fué tener entendido que á nadie se permitia subir con armas de fuego. Sacó despues algunas monedas y se las dió al Enticrravivos, otro de su comitiva, diciendo: «Aguardadme aquí vosotros, divirtiéndoos entretanto con esa buena gente.» Por último, puso en manos del cabo unos cuantos escudos, insinuándole que la mitad era para él y la otra para repartir entre sus compañeros. Hecho esto, empezó á subir la cuesta en compañía del Canoso, que tambien habia dejado su escopeta. Entretanto, los tres bravos referidos y el Rompehues08, que era el cuarto (;qué lindos apodos para que los conserve la historia!), se quedaron con los tres del señor del castillo y con aquel moceton, aspirante á la horca, á jugar, emborracharse y contar sus respectivas hazañas.
Otro maton del caballero anónimo que subia la cuesta, alcanzó á D. Rodrigo, le miró, y habiéndole conocido, se cuchillo y pistolas, y recoincorporó con él, ahorrándole de este modo la molestia de decir su nombre y dar razon de su persona á cuantos fuera encontrando y no le conociesen. Llegado al castillo é introducido en él, quedándose fuera el Canoso, le hicieron atravesar un laberinto de corredores oscuros y varios salones, cuyos adornos eran carabinas, escopetas, trabucos, pistolas y sables. Habia un bravo de guardia en casi todas las piezas, y despues de saludar al último y aguardar un breve rato, fué admitido en la que ocupaba el dueño.
Acercóse éste á recibirle, correspondiendo á su saludo, y mirándole al mismo tiempo de piés á cabeza, y en especial á la cara y las manos, como por hábito lo hacía casi involuntariamente con cuantos se le presentaban, áun euando fuese el más antiguo de sus amigos. Era un hombre alto, flaco y calvo. Esta última circunstancia, la blancura de su escaso cabello y las arrugas del rostro, indicaban en él una edad más avanzada que la de sesenta años que apénas habia cumplido. Su aire, sus modales, la dureza visible de sus facciones y el fuego concentrado que resplaneia en sus ojos indicaban cierto vigor de cuerpo y alma, que hasta en un jóven hubiera parecido notable.
Díjole D. Dodrigo que iba á pedirle consejo y auxilio, pues hallándose empeñado en un negocio dificil, de que por su propio honor no podia retroceder, se habia acordado de las ofertas de un sujeto que siempre cumplia más que prometia; y en seguida se puso á contarle su infame tramoya. El caballero, que ya tenía indicios, aunque confusos, del tal negocio, le escuchó con la mayor atencion, tanto por lo que le agradaban semejantes historias, cuanto por estar complicado en aquella un nombre conocido y odiado en extremo, cualera el de fray Cristóbal, enemigo declarado de los poderosos que abusaban de su autoridad y fuerza, contra los cuales hablaba y obraba siempre que podia. Continuó despues D. Rodrigo ponderando la dificultad de la empresa... la distancia... un convento... la señora... Al oir esta palàbra, le interrumpió el caballero del castillo como si un demonio metido en su corazon se lo hubiese mandado, y 'añadió que tomaba á su cargo la empresa. Apuntó el nombre de la pobre Lucía, y despidió á D. Rodrigo con la promesa de que dentro de poco le daria aviso de lo que se hubiese adelantado.
Nuestros lectores, que probablemente se acordarán de aquel perverso Egidio que vivia cerca del convento en que estaba recogida Lucía, han de saber ahora que el tal personaje era uno de los más intimos amigos y camarada de iniquidades del caballero sin nombre, por cuya razon soltó con tanta facilidad su palabra. Sin embargo, apénas se halló sólo, se arrepintió de haberla dado, impacientándose de su ligereza. Habia ya algun tiempo que sus fechorias le causaban, si no remordimientos, al ménos cierta desazon importuna. Las muchas que conservaba aglomeradas en su memoria,'más bien que en su conciencia, se le presentaban vivamente al comeler una nueva maldad, pareciéndole harto incómodo su recuerdo, y abrumándole su excesivo número, como si cada una agravase sobre su corazon el peso de las anteriores. Empezaba ya á sentir otra vez aquella repugnancia que experimentó al cometer los primeros delitos, y que vencida despues, habia dejado de importunarle por espacio de muchos años. Pero si en los primeros tiempos la idea de un porvenir indefinido y de una vida larga y vigorosa llenaban su ánimo de una confianza irreflexiva, ahora por el contrario, la consideracion de lo futuro era la que le presentaba más desagradable lo pasado.
¡Envejecer!... ;Morir!... Y luégo? ;Cosa admirable! La imágen de la muerte, que en un peligro inmediato, delante de un enemigo, aumentaba el animo de aquel hombre, añadiendo el valor á la ira, la misma imágen ofreeiéndosele durante el silencio de la noche, en la seguridad de su castillo, le causaba una extraordinaria consternacion, porque no era un riesgo que provenia de otro hombre tambien mortal, ni una muerte que pudiera repelerse con mejores armas y brazos más vigorosos, sino que venia por si sola, estaba dentro de sí mismo, y áun cuando tal vez se hallase lejana, se acercaba por momentos paso á paso: y euanto más se esforzaba por alejarla la imaginacion, se aproximaba más y más cada dia. En lcs primeros años, los ejemplares sobrado frecuentes, y el espectáculo incesante, digámoslo así, de violencias, venganzas y asesinatos, inspirándole una atroz emulacion, le servian al mismo tiempo de disculpa, y áun de autoridad para adormecer los clamores de su conciencia; pero ahora se despertaba en él de cuando en cuando la idea confusa, aunque terrible, de un juicio individual y de una razon independiente del ejemplo.
Por otra parte, el haberse distinguido de la turba vulgar de los malhechores, siendo solo en su especie, excitaba en su espíritu la idea de un espantoso aislamiento. Representábasele tambien la idea de Dios, aquel Dios de quien habia oido hablar, pero á quien desde tiempo muy antiguo no pensaba ni en negar ni en reconocer, ocupado únicamente en vivir como si no existiera. Y ahora en ciertas ocasiones de abatimiento, sin causa de terror, sin fundamento conocido, le parecia que en su interior le gritaba:
Yo eaisto. En el fervor juvenil de sus pasiones, la ley que habia oido anunciar á nombre de ese mismo Dios, la hubiera juzgado aborrecible; pero ahora, cuando la memoria se la recordaba, su razon la admitia, á pesar suyo, come cosa practicable y áun obligatoria. Sin embargo, léjos de dejar traslucir ni en obras ni en palabras algo de esta nueva inquietud, la ocultaba cuidadosamente, y disfrazándola con las apariencias de una más intensa y profunda ferocidad, trataba por este medio de ocultársela á sí mismo 6 de disiparla. Envidiando (ya que no le era dado aniquilarlos ni olvidarlos) aquelos tiempos en que solia cometer maldades sin remordimientos, y sin más cuidado que el de su feliz éxito, hacía los mayores esfuerzos á fin de que volviesen, y de robustecer de nuevo aquella antigua voluntad resuelta, orgullosa, imperturbable, persuadiéndose á sí mismo que era todavía el hombre de entónces.
Esta fué la causa de haber empeñado su palabra inmediatamente para cerrar la entrada á toda reflexion que pudiera hacerle titubear. Pero apénas salió D. Rodrigo, cuando conociendo que se debilitaba su resolucion, y que poco á poco le ocurrian pensamientos que le inclinaban á faltar á su palabra, exponiéndole á quedar mal con un amigo y cómplice suyo; para cortar de una vez tan penosa lucha, hizo llamar al Gavian, uno de sus más arrojados y diestros satélites, y el mismo de quien se valia para su correspondencia con Egidio, y con tono resuèlto le mandó que montase al momento á caballo, marchase en derechura á Monza, é informando á Egidio del compromiso en que se hallaba, le pidiese dictámen, medios y cooperacion para salir de él con lucimiento.
Volvió el perverso mensajero más presto que lo que su amo esperaba, diciéndole de parte de Egidio que la empresa era segura y fácil, para lo cual convenia que enviase un coche que no fuese conocido, con dos 6 tres bravos disfrazados, y que todo lo demas quedaba de su cuenta.
Con esta contestacion el caballero del castillo, pasase lo que pasase en su interior, dió inmediatamente la órden al mismo Gavilan para que todo lo dispusiese al tenor de la respuesta de Egidio, y marchase á la expedicion con otros dos que le designó por compañeros.
Si Egidio, para prestar el horrible servicio que se le pedia, hubiese contado con sus medios ordinarios, seguramente no hubiera dado con tanta facilidad una contestacion tan terminante; pero en aquel mismo asilo en donde al parecer todo debia ofrecer obstáculos insuperables, tenía el pervers0 jóven un medio que él solo conocia; y lo que para otros hubiera sido una de las mayores dificultades, era para él un instrumento de ejecucion de su proyecto. Ya hemos referido cómo la desgraciada Gertrudis dió una vez oido á sus palabras, y el lector debe haber conocido que aquella vez no fué la última, sino el primer paso en una carrera de perversidad y de sangre. Habiendo aquellas mismas palabras adquirido un predominio absoluto sobre Gertrudis, 6 diré mejor, una autoridad irresistible para el delito, le impusieron en esta ocasion inocente puesta bajo su patrocinio.
Horrorizóse Gertrudis å semejante propuesta. Hubiérala parecido una desgracia perder á Lucía por un acontecimiento imprevisto, y sin culpa suya; pero deshacerse de ella por medio de una atroz perfidia, era un delito que repugnaba á su corazon, aunque corrompido. Para eximirse, pues, de tan horrendo mandato empleó todos los medios posibles, á excepcion del único infalible que estaba en su mano; porque sojuzgada su voluntad, no sabía resolverse á un rompimiento. El delito es un dueño rigido é inflexible, contra el cual sólo es fuerte el que se decide á una completa rebelion. A esta no pudo determinarse Gertrudis, y obedeció.
Era llegado el funesto dia, y se acercaba ya la hora señalada. Retirada Gertrudis con Lucía en su locutorio privado, la acariciaba más de lo regular, y la inocente jóven recibia y pagaba con excesiva ternura aquellas caricias, como la oveja que, balando bajo la mano del pastor que la palpa y suavemente la arrastra, se vuelve á lamer aquella misma mano, sin imaginar que fuera del redil la aguarda el carnicero, á quien acaba de venderla el mismo que la halaga.
—Necesito-le dijo Gertrudis-que me hagas un favor:
tú sola puedes bacérmelo, pues aunque tengo mucha gente que me sirva, ninguna es para mí de tanta confianza como tú. Por un asunto mio de mucha importancia, que te contaré despues, necesito hablar inmediatamente al padre Guardian de los capuchinos, el mismo que te ha traido aquí. Tambien me importa mucho, querida Lucía, que nadie sepa que yo le mandé llanmar, y tú sola puedes secretamente llevar este recado...
Aterró á Lucía semejante propuesta, y con su natural sacrificio de la sencillez, pero sin dejar de manifestar admiracion, alegó inmediatamente para excusarse, todas las razones que la monja debia conocer y haber previsto por sf misma: es decir, el haber de caminar sola sin su madre, sin persona alguna que la acompañase, en un paraje tan solitario, y en país desconocido... Pero Gertrudis, aleccionada en una escuela infernal, manifestó disgusto é igualmente admiracion de encontrar tanta resistencia de parte de una persona á quien habia hecho tantos beneficios, y aparentó tener por vanas las disculpas, alegando el ser de dia claro, corta la distancia, el camino andado poco ántes por Lucía, y tan fácil, que con pocas señas no lo erraria cualquiera que jamás lo hubiese visto; y en fin, tanto dijo, tanto peroró, que la pobre Lucia, no ménos por encogimiento que por gratitud, dejó caer esta expresion:
—Y bien, ¿qué es lo que he de hacer?
—Véte al convento de los capuchinos (y aquí le dió de nuevo la Guardian, y le dirás que venga á verme al momento, sin dejar traslucir qne es á peticion mia.
—Y qué podré decir á la demandadera, que no habiéndome visto salir nunca, me preguntará dónde voy?
—Harás lo posible por salir sin que te vea; pero si no pudiese ser, le dirás que vas á tal iglesia, á que has prometido ir á rezar una estacion.
El mentir fué una nueva dificultad para Lucía; pero la señora se mostró tan afligida de su resistencia, le afeó tanto el que antepusiese un vano escrúpulo á la gratitud, que la infeliz muchacha, más atolondrada que convencida, y arrastrada sobre todo por las últimas palabras, respondió:
—Bien, iré; Dios me ayude.
Y echó á andar.
Cuando Gertrudis, que inquieta la seguia con los ojos desde la reja, la vió poner el pié en el umbral, impulsada por un sentimiento irresistible, llamó diciendo:
—Oye... Lucía.
Volvió ésta la cabeza, se acercó á la reja; pero ya el pensamiento dominante habia ocupado de nuevo la triste imaginacion de Gertrudis; la cual aparentando no estar bien satisfecha de las señas que habia dado á Lucía, le trazó otra vez el camino que debia seguir, y la despidió diciendo:
—Vaya, haz bien mi encargo y vuelve presto.
Salió Lucia sin ser vista, tomó el camino con los ojos del camino), har queal padre bajos, y muy arrimada á la pared, y halló por las señas, y lo que se acordaba, la puerta del arrabal; salió por ella, y marchando toda metida en sí y algo trémula por el camino real, llegó y conoció el que conducia al convento. Este camino era y es todavía muy hondo, como el cauce de un riachuelo con árboles á los lados, que á nanera de bóveda casi lo cubren. Al entrar en él Lucia, y viéndole tan solitario, se aumentó su miedo, y comenzó á apresurar el paso; pero á corta distancia cobró algun ánimo al divisar un coche de camino, parado, y delante de la portezuela abierta, dos viajeros que miraban de un lado á olro, como si temiesen haber errado el camino. Habiéndose acercado más, oyó á uno de los dos que decia: «Aquí viene una buena mujer que nos enseñará el camino.» En efecto, llegada al coche, el mismo hombre con más agrado que lo que anunciaba su cara, se volvió y le dijo:
—Niña, quiere usted enseñarnos el camino de Monza?
—Van ustedes de todo punto extraviados... Monza está hácia aquella parte, contestó la pobrecilla, volviéndose para señalar con el dedo, cuando el otro compañero, que era el Gavilan, cogiéndola de repente por la cintura, la levantó del suelo. Aterrada Lucía, volvió la cabeza, dió un grito, y el perverso la metió en el coche. Cogióla otro que estaba dentro al vidrio, y á pesar de sus esfuerzos y gritos, la plantó sentada en la testera delante de si, al paso que otro tapándole con un pañuelo la boca, ahogó su voz y sus gemidos. Al momento se metió tambien el Gavilan en el coche, se cerró la portezuela, y echaron á andar á carrera tendida, quedando en tierra el que la habia hecho aquella traidora pregunta, el cual miró arrebatadamente todo alrededor, y viendo que nadie habia, se puso de un salto en el alto de la orilla, se aseguró de una rama de un seto que guarnecia el camino, brineó al otro lado, y entrando en unos matorrales que largo trecho, se ocultó en ellos, para que no le viesen la gentes que hubiesen podido acudir á los gritos. Era este up satélite de Egidio, que apostado cerca de la puerta del convento, vió á Lucía salir, le tomó las señas, y por un atajo marchó á aguardarla al punto convenido.
¿Quién podrá ahora describir la angustia de aquella desgraciada, y dar una idea de lo que pasaba en su corazon? Espantada abria los ojos para conocer su horrible situacion, y al punto los cerraba por la repugnancia y el terror que le infundian aquellos monstruos.
A veces forcejaba; pero por todas partes estaba sujeta:
extendian por otras reunia todas sus fuerzas, intentando arrojarse á la portezuela; pero la tenian como clavada en la testera del coche dos robustos brazos, y cuatro groseras manos la empujaban hácia ella. En euanto hacía el menor esfuerzo para dar un grito, el pañuelo se le ahogaba en la boca: entretanto tres bocas de infierno, con la suavidad que su bronca voz les permitia, no cesaban de repetir: «Calla, calla, no tengas miedo; no tratamos de hacerte mal.» Despues de algunos momentos de tan penosa lucha, pareció tranquila, soltó los brazos, dejó caer la cabeza atras, levantó con trabajo los parpados, sus ojos quedaron inmóviles, y aquellas horrendas caras le parecieron un conjunto confuso de monstruos; faltóla el color del rostro, que se le cubrió de un sudor helado, y perdió el uso de los sentidos.
—jAnimo! jánimo!-decia el Gavilan.-Ánimo! jánimo!- repetian los otros dos bribones; pero la falta de sentido libraba á Lucía de oir las voces de consuelo de aquella canalla.
—iQué diablos!-dijo uno,-parece muerta. ¿Si habrá muerto de véras?
—Vaya,-contestó el otro;-es uno de aquellos accidentes que padecen las mujeres. Yo sé que cuando he querido enviar al otro mundo algun penitente, hombre 6 mujer, muy diferente eran sus visajes.
—Basta,-dijo el Gavilan;-piense cada uno en cumplir con su obligacion, sin tantas bachillerías. Sacad de debajo de los almohadones los trabucos por tencrlos listos, porque en ese bosque en que vamos á entrar hay siempre algunos bribones apandados; pero no en la mano de esa manera: ¡qué diablos! ponedlos á la espalda tendidos. ¿No veis que esta muchacha es una gallina que de todo se asusta? Si ve armas, es capaz de morirse de véras. Cuando vuelva en sí, cuidado con meterle miedo: ni la toqueis, sino cuando yo os haga una seña. Yo solo basto para tenerla: callad, pues; dejadme que hable yo solo.
Con esto el coche habia entrado ya en el bosque.
Al cabo de algun tiempo la pobre Lucía empezó á volver en si, como si despertara de una profunda pesadilla, y abrió los ojos. Tardó algun tanto en distinguir los fieros objetos que la rodeaban, y en coordinar sus ideas; pero al fin comprendió de nuevo su espantosa situacion.
El primer uso que hizo de sus pocas fuerzas recobradas fué el arrojarse håcia la portezuela del coche; pero la contuvieron, y no consiguió sino ver un instante la silvestre soledad por donde pasaba. Levantó de nuevo la voz; mas alzando el Gaoilan su manaza con el pañuelo, le dijo con la mayor dulzura que pudo:
—Vaya, estáte quieta, que será mejor para tí. No tratamos de bacerte mal; pero si no callas, nosotros te baremus callar.
—iDejadme! iquiénes sois vosotros?... A dónde me llevais? ¿por qué me habeis detenido? dejadme, dejadme.
—Te repito que no tengas miedo. Ya no eres una niña, y bien debes conocer que no queremos hacerte mal. įNo ves que si fuera mala nuestra intencion, ya te hubiéramos podido matar cien veces?
—No, no, dejadme que me vaya mi camino. Yo no os conozco.
—Nosotros te conocemos á tí.
—Ay, Virgen bendita! ¡Dejadme ir por amor de Dios! ¿quiénes sois vosotros? ¿por qué me habeis preso?
—Porque nos lo han mandado.
Quién, quién ha podido mandároslo?
—jChiton!-dijo el Gavilan con ceño.-A nosotros no se nos preguntan esas cosas.
Otra vez intentó Lucía arrojarse de improviso á la portezuela; pero viendo que era inútil, acudió de nuevo á las súplicas, y con el rostro inclinado y las mejillas bañadas en lágrimas, la voz interrumpida con los sollozos, y las manos juntas delante de los labios, decia:
—jAy de mi! jdejadme marchar por amor de Dios! ¡por los dolores de María Santísima, dejadme marchar! ¿Qué mal he hecho yo? Yo soy una infeliz que á nadie he hecho daño. El que me habeis hecho os lo perdono de todo corazon, y rogaré á Dios por vosotros. Ši teneis una hija, una esposa ó una madre, reflexionad lo que sufriria si se hallase en mi lugar. Acordaos que todos hemos de morir, y que un dia deseareis que el Señor use con vosotros de misericordia. Dejadme ir, 6 dejadme aquí, que el Señor hará que encuentre mi camino.
—No podemos.
—No podeis? Y por qué? ¿A dónde quereis llevarme?
—No podemos decirlo: todo es inútii. No tengas miedo; ningun daño te hemos de hacer. Estáte quieta, y nadie te tocará.
Angustiada Lucía, desalentada y llena de terror al ver que sus palabras no producian efecto alguno, se dirigió al que tiene en sus manos el corazon de los hombres, y puede cuando quiere enternecer á los más endurecidos.
Acurrucóse, pues, en el rincon del coche, cruzó los brazos sobre el pecho y oró fervorosamente en su corazon, y sacando luégo el rosario, empezó á rezarle con más fe y devocion que nunca. Esperando de tiempo en tiempo haber alcanzado la divina misericordia, se volvia á suplicar otra vez á sus verdugos; pero siempre inútilmente. Volvia á perder el uso de los sentidos, y los recobraba luégo para padecer nuevas angustias. Pero ya nos falta el ánimo para continuar describiendolas más tiempo. La compasion nos apresura á que lleguemos al término de aquel viaje, que duró más de cuatro horas, y despues del cua! tendremos que pasar otras tambien de angustias. Trasladémonos, pues, al castillo, en donde aguardaban á la desgraciada.
Aguardábala el dueño con un interes y una suspension de ánimo no acostumbrado. ;Cosa particular! el que con espiritu imperturbable habia dispuesto de tantas vidas, y en todas sus fechorías siempre tuvo en nada las congojas que habia hecho sufrir, menos cuando alguna vez por espíritu de venganza se gozaba en ellas, ahora a! cometer este atentado contra una miserable aldeana, experimentaba cierta especie de repugnancia, de disgusto, y áun pudiéramos decir de miedo.
Habia algun tiempo que desde una ventana de las más altas del castillo estaba en acecho mirando hácia la entrada del valle, cuando apareció el coche, que venía con mucha lentitud, porque la primera carrera á galope tendido habia debilitado la fuerza de los caballos. Aunque desde la altura en que estaba en observacion, parecia el coche uno de aquellos de carton con que se entretienen los muchachos, le conoció inmediatamente, sintiendo en su corazon nuevos y más fuertes latidos.
—Si vendrá en él?-dijo para sí.-Cómo me fastidia el asunto de esa mujer! Voy á desembarazarme de semejante encargo.
Y ya se disponia á llamar á uno de sus satélites para que llegándose al coche mandase al Gavilan que diese la vuelta y condujese á Lucía al castillo de D. Rodrigo; pero cierta voz imperiosa que tal pensamiento. Sin embargo, no pudiendo resistirse al ánsia de mandar alguna cosa, y fastidiado de estar aguardando ociosamente el coche, que se acercaba con una lentidud que para él tenía accidentes de molestia, llamó á una vieja que tenía en su casa.
Hija ésta de un antiguo conserje del castillo, habia nacido en él, y allí habia pasado toda su vida. Lo que desde su nacimento habia visto y oido la habia hecho forsonó en su interior le hizo esist mar un concepto asombroso y terrible del poder de sus amos, y la máxima principal que le habian inspirado la educacion y el ejemplo, era la de que convenia obedecerlos en todo y por todo, porque podian hacer mucho mal y mucho bien. La idea de obligacion depositada como gérmen en el corazon de los hombres, desenvolviéndose en el suyo á par que las de un respeto, un temor y una codicia servil, se habia identificado en ella con estos sentimientos. Cuando su amo, despues de entrar en posesion de sus bienes, empezó á hacer de ellos aquel uso espantoso que hemos visto, experimentó la mujer al principio cierta repugnancia acompañada de un sentimiento nás profundo de sumision. acostumbrándose con el tiempo á lo que diariamente veia y oia; por manera que la voluntad tirme y desenfrenada de aquel poderoso era para ella una especie de fallo de la justicia. Casóse en edad madura con uno de los criados de la casa, el cual!, habiendo salido muy luégo á una expedicion peligrosa, quedó en la estacada, dejando sus huesos en una encrucijada y á la mujer viuda en el castillo. La venganza que tonió su amo en aquella ocasion fué para ella un consuelo feroz, y aumentó su vanidad por hallarse bajo tan poderosa proteccion.
Desde entónces salia raras veces del castillo, y poco á poco de todas las ideas humanas no le quedaron más que las que recibia en aquel paraje. No estaba destinada á ocupacion alguna particular, pero entre aquella caterva de satélites, ya uno, ya otro le daba que hacer á cada instante, y esto era lo que la mortificaba. Ya tenia que re:mendar trapos, ya que preparar apresuradamente la comida para los los que solian volver de alguna expedicion, y ya heridos que curar. Los urgentes mandlatos de aquella canalla, sus reconvenciones, y hasta las expresiones de agradecimiento iban siempre acompañadas de improperios y apodos, siendo el usual el de vieja con el apéndice que siempre le añadian, y que variaba segan las eireunstancias y el humor del que hablaba. Incomodada la mujer en su pereza, y provocada en su cólera, que eran sus dos pasiones predominantes, pagaba á veces semejantes cumplimientos con expresiones en que Satanas hubiera encontrado más rastros de ingenio que en las de sus provocadores.
—;Ves allá abajo aquel coche?-le dijo su amo.
—Bien le veo,-contestó la vieja, sacando afuera la afilada barba y violentando los ojos, como si hubiese querido hacerlos salir de sus órbitas.
—Ba, pues, haz que al momento dispongan una litera; métete en ella, y que te lleven á la Malanoche; pronto, pronto, para que llegues ántes que ese coche, que trae un paso de caracol. Viene en él, 6 debe venir, una muchacha; si con efecto viene, dile al Gavilan que la meta en la litera y que inmediatamente suba aqui. Tú entrarás en ella...
en la litera, y en llegando, la conducirás á tu cuarto. Si te preguntase dónde va, de quién es el castillo, cuidado con decirle...
—Ya, ya,-dijo la vieja.
—Pero animala,-dijo el caballero.
—iQué he de decirle?
—¿Qué has de decirle? anímala te digo. ¡Tan vieja, y no sabes cómo se anima á una persona! ¿nunca has tenido tú pesadumbres? ¿no has tenido tú nunca miedo? ¿no sabes fas palabras que consuelan en semejantes circunstancias? díselas, ¡mal rayo te parta! y véte pronto.
En cuanto se fué la vieja, quedó el caballero á la ventana con los ojos clavados en el mente pareciendo más grande. Miró luégo al sol, que entónces caminaba á ocultarse detras de la montaña: miró detras á las nubes, que de pardas se volvieron en un instante de color de fuego; por último se retiró, cerró la ventana, y empezó á pasear arriba y abajo por el cuarto con pasos de caminante que tiene prisahe, que ya iba progresiva-