Los novios/XXII
CAPÍTULO XXII.
No tardó en volver el bravo con la noticia de que el dia anterior el cardenal Federico Borromeo, arzobispo de Milan, habia llegado al pueblo de***, en donde permaneceria hasta la mañana siguiente, y que la noticia de su llegada, esparcida la noche ántes, habia excitado en los pueblos el deseo de ver aquel prelado; para lo cual el repique de campanas servía de aviso y de demostracion de júbilo. Habiendo quedado solo el señor del castillo, continuó mirando al valle, mucho más pensativo que ántes. «¡Por un hombre, decia para si, por un hombre tanto alboroto! ;tanta alegría! ¿Qué tendrá ese hombre para causar semejante júbilo? De todos esos que parecen tan alegres, ninguno habrá que no tenga su demonio que le martirice; pero ninguno como el mio. Algunas monedas que distribuirá á la ventura... aunque no todos irán por limosna... Algunas señales en el aire... algunas palabras... ;0jalá tuviese para mi palabras de consuelo!... Si no fuera... Y por qué no iré yo tambien á verle?... ¿por qué no?... Quiero ir; quiero hablarle de silla á silla... Pero įgué le diré?... Le diré..., oiré lo que él me diga.»
Tomada en confuso esta determinacion, acabó aprisa de vestirse, se echó encima un sobretodo con apariencia militar; se colgó un par de pistolas al cinto, en el cual colocó tambien su puñal de costumbre, y descolgando de la pared una carabina casi tan famosa como él, se la echó á la espalda, tomó el sombrero, se lo puso y salió del euarto, dirigiéndose ántes al de Lucfa. Dejó la carabina en un rincon cerca de la puerta, y llamó dando á conocer al mismo tiempo su voz. Saltó de la cama la vieja, se echó unos trapos encima y corrió á abrir. Entró el amo, y dando una mirada por todo el cuarto, vió á Lucía encogida y quieta en su rincon.
—Duerme?-preguntó de quedo á la vieja,-iy duerme en aquel sitio? ¿Son esas, mala hembra, las órdenes que te he dado?
—He hecho cuanto he podido,-respondió la vieja;-pero no me ha sido posible conseguir que tomase bocado ni viniese á acostarse.
— Déjala que duerma, y ten cuidado de que nadie la incomode. Cuando despierte... besde luégo vendrá Marta aquí al cuarto inmediato, y tú la mandarás que traiga lo que Lucía te pida. Cuando despierte dile que yo... que el amo ha salido por poco tiempo, que volverá pronto, y que hará lo que ella quiera.
Atónita quedó la vieja diciendo entre sí: «¿Si será ésta alguna princesa?» Salió del cuarto el señor del castillo; recogió su carabina; á Marta le mandó que hiciese antesala, y al primer bravo que encontró que estuviese de guardia para que nadie pusiese el pié en aquel recinto: salió luégo del castillo, y á paso acelerado echó á andar la cuesta abajo.
En el manuscrito que ya hemos citado algunas veces no se hace mérito de la distancia que mediaba desde el castillo al pueblo en que se hallaba el Cardenal; sin embargo, parece que sólo debia ser un largo paseo, proximidad que no deducimos de la concurrencia de los aldeanos á dicho pueblo, pues en las memorias de aquellos tiempos hallamos que desde veinte millas acudieron las gentes para ver una vez al Cardenal-arzobispo, sino que lo que tenemos que referir acerca de las cosas que sucedieron en aquel dia, nos induce á inferir que el tránsito no debia ser muy largo. Los bravos que se hallaban en la cuesta se paraban respetuosamente al pasar el señor del castillo, y aguardando si tenia órdenes que darles, 6 queria que le acompañasen, se quedaban absortos al ver su ceño y das con que les contestaba.
Pero así que llegó abajo y se halló en el camino real, fué otra cosa. Entre los primeros que le divisaron se levantó un murmullo muy grande, miråndole todos con desconfianza, y apartándose con disimulo de su persona. En todo el camino no dió ni un paso con alma viviente, pues todos miraaquellos á quienes alcanzaba, le miraban con recelo, le saludaban y acortaban el paso para quedarse atras. Llegado al pueblo, donde el concurso era inmenso, allí fué ello.
En cuanto se presento, corrió su nombre de boca en boca, y coimo todos le abrian paso, se llegó á uno de aquellos prudentes, preguntándole dónde se hallaba el Cardenal.
—En casa del cura párroco,-respondió el preguntado, dándole las señas de ella.
Habiéndose dirigido á la misma, entró en un patio en donde habia un sinnúmero de eclesiásticos, que todos se quedaron mirándole con atencion y como recelosos. Vió enfrente una puerta abierta de par en par que daba á una pequeña sala en donde igualmente estaban reunidos mucihos clérigos. Quitóse la carabina de encima, la puso en un rincon, y se metió en la sala. All! tambien hubo murmullo, miradas, repeticion de su nombre, y luégo silencio:
sin embargo, no impidió esto el que se volviese á uno de los circunstantes preguntándole dónde estaba el Cardenal, pues queria hablarle.
—Yo soy forastero,-respondió el clérigo; y recorriendo con la vista la sala, llamó al Capellan secretario que en un ángulo de ella estaba justamente diciendo de quedo á un compañero suyo: «Este es aquel tan famoso: ¿qué vendrá á hacer aquí? Dios nos libre!» No obstante, al oirse llamar en lanto silencio, no pudo dejar de acudir á donde le llamaban.
Hizo una reverencia al señor del castillo, oyó su pretension, y mirándole á la cara con recelosa curiosidad, bajó inmediatamente los ojos al suelo, estuvo algunos instantes titubeando, y luégo dijo con voz balbuciente:
—No sé si su ilustrísima (1) podrá ahora... si estará...
no sé... en fin, entraré á ver...
Y fué de muy mala gana á dar el aviso al Cardenal, que se haltaba en en la pieza inmediata.
En este punto de nuestra historia no podemos ménos de pararnos un poco, como el viajero que triste y cansado de un camino en país árido y silvestre, se detiene un rato á la sombra de un árbol frondoso en la verde hierba y cerca de una fuente de agua cristalina. Hemos venido á dar con un varon cuyo nombre y memoria en cualquier (1) En la época á que se refiere esta historia, que pinta con la mayor exactitud y verdad las costumbres de aquellos tiempos en una gren parte de la Italia, áun no tenian los Cardenales el tratsmiento de Eminencia, que les concedió despues Urbano VIII. | tiempo recrea el ánimo con un agradable sentimiento de respeto y una dulce simpatía, especialmente despues de tantas imágenes de dolor, y el recuerdo de repetidas y terribles perversidades. No hay remedio; es indispensable que empleemos algunos renglones en obsequio de este eminente personaje. El que no quisiese leerlos y prefiriese oir la continuacion de la historia sin episodios, pásese en derechura al capítulo siguiente.
Federico Borromeo, que nació en 1564, fué uno de aquellos varones ilustres, raros en todos tienmpos, que con un talento superior, con cuantos medios proporciona la opulencia, y con las ventajas de su privilegiada elase, los empleó con ansioso y constante empeño en el bien de su prójimo. Su vida puede compararse á un arroyuelo que, saliendo cristalino de la peña sin estancarse ni enturbiarse nunca en su largo curso por diversos terrenos, va á desembocar limpio y trasparente en el rio. Entre las comodidades y la pompa dió oidos desde la infancia á las palabras de abnegacion y humildad, y á las maximas relativas á la vanidad de los placeres, á la injusticia del orgullo, á la verdadera dignidad, y á los verdaderos bienes, las cuales, penetren ó no penetren en los corazones, se trasmiten de una generacion en otra por los documentos elementales de la religion. Dió oidos, repito, á semejantes máximas, las apreció, y meditándolas con reflexion, halló que eran verdaderas. Con esto comprendió que no podiau serlo otras palabras y otras máximas opuestas, que tambien se trasmiten de edad en edad con igual aseveracion, y á veces por la misma boca; y se propuso tomar por norma de sus acciones y pensamientos las que conoció ser la verdad pura. Por ellas se convenció de que la vida no debia ser un peso para muchos y una delicia para algunos, sino para • todos un empleo de que cada uno habia de dar cuenta, y desde muchacho empezó á pensar en hacer útil y santa la suya.
En 1580 manifestó su resolucion de abrazar el estado eclesiástico, y recibió las órdenes de mano de su primo Cárlos, que desde entónces la voz gencral aclamaba ya por santo. Entró mismo San Cárlos en Pavía, y que aún conserva el nombre de su familia, y allí, ocupándose asiduamente en los deberes prescritos por instiluto, se impuso de motu propio otros dos, que fueron el de enseñar la doctrina cristiana á los más rudos y desvalidos del pueblo, y el de visitar, servir, consolar y socorrer á los enfermos. Valióse de la autodespues el seminario, que fundó el ridad que le proporcionaba el mismo estabiecimiento para inducir á sus compañeros á que le ayudasen en semejante ocupacion; y en loda obra de utilidad y honra ejerció la primacía de ejemplo que por su carácter y talento hubiera quizá logrado aunque hubiese sido de la más humilde fortuna. Las demas ventajas que las circunstancias de su clase podian proporcionarle, no sólo no las buscó, sino que puso el mayor empeño en rehusarlas. Su mesa fué más bien pobre que frugal, y su vestir más humilde que rico, y al tenor de esto fué toda la conducta de su vida. Ni jamás pensó en mudar de sistema, por más que varios de sus parientes le reconviniesen y se quejasen de que deslustraba el decoro de su familia.
Otra guerra tuvo que sostener por parte de los maestros, los cuales, furtivamente y como por sorpresa, empleaban para su uso objetos más ricos que le distinguiesen de los demas, y le representasen como el príncipe de la casa; ya porque creyesen hacerlos gratos con la continuacion, ya porque los moviese aquel cariño servil que se envanece y recrea con el lustre ajeno, 6, en fin, porque fuesen de aquellos supuestos prudentes que, asustándose tanto de las virtudes como de los vicios, predican continuamente que la virtud está en el medio, y este medio le colocan en el punto á que ellos han llegado, y en que sin incomodidad permanecen. Léjos Federico de conformarse con semejanies oficiosidades, reconvino siempre á sus autores, y esto era en su edad entre la pubertad y la juventud.
No es de admirar el que viendo á San Cárlos su primo, mayor que él de veinticinco años, con aquel aspecio respetable, cercado de obsequios y veneracion, y autorizado todavía más por su fama, y los indicios evidentes de su santidad, Federico muy jóven procurase imitar su ejemplo, y conformarse con las máximas de tan respetable pariente; pero lo que hay más admirable es que despues de la muerte de éste, nadie pudiese advertir que á Federico, de edad entónces de solo veinte años, le habia faltado un director y un maestro.
La fama que cada dia se aumentaba de su talento, doctrina y piedad, su parentela, los empeños de más de un cardenal de influjo, el crédito de su familia, en la que su primo habia vinculado, segun la opinion general, una idea de santidad y supremacía sacerdotal; en fin, todo lo que debe y puede elevar á los hombres á las dignidades eclesiásticas, concurria á pronosticárselas; pero el jóven Federico, persuadıdo en su corazon de lo que nadie que profesa el cristianismo puede negar; á saber, que no hay en justicia superioridad de un hombre sobre los demas sino en cuanto redunda en mayor bien del prójimo, temia las dignidades y procuraba evitarlas, no porque huyese de servirlas, pues pocas vidas se emplearon en esto tanto eomo la suya; sino porque no se creia suficientemente dgno y capaz de tan alto y peligroso servicio; por lo que, habiéndole propuesto en 1595 Clemente VIII el arzobispado de Milan, se afligió, negándose sin titubear á admilirlo, hasta que por fin tuvo que acceder al mandato expreso del Papa.
Šemejantes demostraciones no son quién lo ignora? ni difíciles ni raras: y ciertamente no ha menester la hipocresía mayor esfuerzo para ostentarlas, que la sátira para burlarse de ellas sin distinguir de casos. ¿l'ero dejarán de ser por eso la expresion natural de un sentimiento de virtud y modestia? La vida es la piedra de toque de las palabras, y las palabras que expresan tales sentimientos, áun cuando pasen por los labios de cuantos impostores y bufones tiene el mundo, serán siempre nobles y dignas de respeto, con tal que las autorice una vida anterior y posterior de desinteres y sacrificios.
Siendo ya arzobispo puso un estudio particular en no tomar para sí ni bienes, ni tiempo, ni cuidados, sino lo puramente necesario. Decia, como dicen todos, que las rentas eclesiásticas son el patrimonio de los pobres; y de qué modo hiciese luégo la aplicacion de semejante máxima se puede inferir del hecho siguiente. Quiso que se calculase á cuánto podian ascender los gastos para su manutencion y la de los individuos destinados al servicio de su persona; y habiéndosele dicho que bastarian seiscientos sequines (mil doscientos pesos fuertes), mandó que de sus bienes patrimoniales se entregase cada año dicha cantidad á la tesorería arzobispal, creyendo que no le era permitido, siendo riquísimo, vivir de aquel patrimonio. Del suyo mismo era igualmente tan económico que jamás desechaba un vestido que no fuese casi inservible; sin embargo, reunia á semejante sencillez la más extremada limpieza, dos hábitos poco comunes en aquellos fastuosos y desaseados tiempos. De la misma manera, para que nada se despèrdiciase de las sobras de su frugal mesa, las destinó á un hospicio de pobres, y uno de éstos por órden suya entraba todos los dias á recogerlas. Disposiciones tan minuciosas pudieran indicar una virtud mezquina, y un ánimo apocado, incapaz de empresas sublimes, si no existiese la céle- 19 bre biblioteca Ambrosiana que ideó con generoso desinteres y fundó á costa de inmensos gastos.
Para proveerla de libros y manuscritos, además de aplicarle los que él mismo con gran diligencia y costo habia ya recogido, destinó ocho personas de las más ilustradas é inteligentes, para recoger cuantos pudiesen por Italia, Francia, España, Alemania, Flandes, Grecia, y hasta el Líbano y Jerusalen, con lo cual consiguió reunir treinta mil volúmenes y catorce mil manuscritos. Agregó á la biblioteca un colegio de doctores con obligacion. de cultivar el estudio de la teología, de la historia, de las letras humanas, de las antigüedades eclesiásticas, y de las lenguas orientales, con el encargo de publicar cada uno de ellos alguna obra acerca de la materia que se le señalase. Agrególe tambien un colegio, al cual dió el nombre de trilingüe, para el estudio de las lenguas griega, latina é italiana; otro colegio de jóvenes para que fuesen instruidos en aquellas facultades y lenguas, á La dotó igualmente con una imprenta de lenguas orientales, á saber, la caldea, la arábiga, la hebrea, la persiana y la armenia, con una galería de pinturas, otra de estatuas, y una escuela de las tres bellas artes, para la cual no le fué dificil hallar profesores ya formados. Por lo demas, ya hemos visto lo que costó la adquisicion de libros y manuscritos, pero más hubo de costarle el encontrar tipos para los caracteres de aquellas lenguas, ménos cultivadas entónces en Europa que en el dia, y mucho más que los tipos, los profesores y operarios: basta decir que de los nueve doctores que seña!ó para el colegio, sacó ocho de entre ļos alumnos del Seminario diocesano, de donde se puede inferir la opinion que le merecian los estudios, y las reputaciones ya formadas de aquel tiempo, opinion conforme con la que despues parece haber confirmado la posteridad, echándolos en olvido. En el reglamento que dejó para gobierno de la biblioteca, se descubrió una intencion de utilidad perpétu9, no acertada en su esencia, pero sábia 'en muchos puntos, y superior á las ideas y hábitos comunes de aquella época. Prescribió al bibliotecario que entablase y conservase relaciones con los hombres más doctos de Europa, para enterarse del estado de las ciencias, y tener noticia de los mejores libros que se publicasen, á fin de adquirirlos. Le impuso el cargo de indicar á los que se dedicaban al estudio las obras que podian serles de utilidad, y mandó que á todos, naturales y extranjeros, se les franqueasen los libros, cosa que en el dia parece natural y conde que señasen en sucesivo. siguiente á la fundacion de una biblioteca; pero no lo era entónces: y en la bistoria de la Ambrosiana, escrita con el estilo y elegancia de aquel siglo por cierto Pedro Pablo Bosca su bibliotecario, despues de la muerte del Cardenal, se especifica, como cosa extraordınaria, que en aque!la librería fundada por un particular se prestasen á todo el mundo los libros, se franqueasen á cualquiera que los pidiese, y se le diese asienio, pluma, tintero y papel para hacer apuntes, miéntras en otras célebres bibliotecas públicas de Italia, los libros quedaban ocultos en los estantes, de dorde no se sacaban sino cuando por favor se les antojaba á los bibliotecarios franquearlos á alguno, sin que hubiese ni idea siquiera de asiento y comodidad para poder estudiar los concurrentes.
Crecmos inoportuno entretenernos ahora en demostrar cuánto contribuye á la ilustracion y cultura del país semejante establecimiento; pero no podemos prescindir de manifestar cuán ilustrado, benéfico y amante de los progresos del saber humano sería el que lo proyectó, lo quiso y lo ejecutó en medio de aquella ignorancia, inercia, y desaplicacion general, y de consiguiente en mudio de los:
A qué viene eso? ¿No hay otras cosas en qué pensar? No es mala extravagancia! y otras sandeces semejantes, que serian en más número entónces que los escudos que costó la empresa, y que pasaron de ciento cincuenta mil, la mayor parte de su propio patrimonio.
Para calificar de liberal benemérito en extremo á aquel dignísimo prelado, no fuera preciso saber que expendió al mismo tiempo sumas cuantiosas en socorro de los pobres, y hay quien opina que los gastos de aquella clase son la mejor y más útil limosna: pero en el concepto del cardenal Borromeo, la limosna propiamente llamada era una obligacion principalísima, y en esto anduvo con forme con la opinion del siglo. En todo el discurso de su vida no dejó de socorrer á los pobres, y con motivo de la carestía de que hemos hablado, tendremos que referir algunos rasgos, por los cuales se verá la delicadeza y finura con que procedió áun en este género de liberalidad. De entre los muchos y singulares ejemplos de esta virtud de que hacen mérito sus biógrafos, citaremos uno solo. Teniendo noticia de que cierto caballero se valia de violencia y artificios para meter monja á una hija suya, lamó á su padre, y habiéndole arrancado el secreto de que el motivo verdadero de aquella vejacion era el no tener cuatro mil escudos para colocar con decencia á su hija, mandó el Cardenal que inmediatamente se los entregasen. No faltarán personas á quienes parezca exorbitante, mal calculada y de excesiva condescendencia con los necios caprichos de un hombre vano, semejanto largueza, y que cuatro mil escudos podian haberse empleado mucho mejor en cosas de mayor provecho. A esto nada tenemos que responder, sino que sería de desear que se repitiesen á menudo excesos de una virtud tan libre de las preocupaciones dominantes, y tan separada de la tendencia general, como fué la que en este caso decidió á un arzobispo á dar cuatro mil escudos para impedir que una jóven sin vocacion entrase religiosa.
No ménos que la inagotable caridad de este prelado brillaba su modo de ejercerla. Siendo de fácil acceso para todos, lo era aún más para los que se llaman de baja extraccion, á los cuales trataba siempre con afectuosa jovialidad, tanto más cuanto sabía qué poco de esto encontraban en el mundo.
Sobre lo cual tuvo tambien que luchar con ciertas gentes, á quienes parece siempre excesiva toda familiaridad de los superiores. En una ocasion en que hallándose de visita en un pueblo de la sierra, y de inculto vecindario, y al paso que instruia á unos niños pobres, los acariciaba, una de las expresadas personas le advirtió que usase de más cautela en eso, pues aquellos muchachos estaban demasiado sucios y asquerosos, como si al Cardenal le hubiese faltado el discernimiento necesario para conocerlo. Tal es en ciertos tiempos la desgracia de los hombres constituidos en alta dignidad, que miéntras encuentran tan pocos que les hagan presentes sus yerros, no falta quien tenga valor de censurarlos cuando obran bien. El buen prelado, no sin algun enojo, contestó: «Son mis ovejillas; quizá no me volverán á ver la cara, ¿y no quereis que yo los acaricie?»
Sin embargo, tan raro era en él el resentimiento, que todo el mundo admiraba su genio apacible y la imperturbabilidad de su carácter, que siendo efecto de su constante predominio sobre su índole viva y fogosa, parecia serlo de su feliz temperamento. Si alguna vez se manifestó severo y áun duro, fué con los pastores sus subordinados en quienes notaba avaricia, abandono, ú otros defectos especialmente opuestos á su noble ministerio. Por lo tocante á su interes 6 á su gloria temporal, jamás dió señales ni de gozo, ni de pesadumbre, ni de calor, ni de agitacion; siendo admirable si en su ánimo no se suscitaban semejantes movimientos, y más admirable si los experimentaba. En los | cónclaves á que asistió, no sólo se granjeó el concepto de no haber jamás aspirado á aquel puesto, tan lisonjero paru la ambicion, como temible para la piedad, sino que una vez en que un compañero suyo de gran crédito fué á ofre< cerle su voto y el de los de su faccion (que por desgracia este titulo le daban entónces), desechó el Cardenal la propuesta, en términos que aquél desistió de su idea, dirigiendo sus miras á otra parte. La misma modestia y repugnancia á predominar se advertian en las ocasiones más co - munes de su vida. Tan solicito é infatigable como era en disponer y gobernar cuanto lo creia de su obligacion, otro tanto huia de mezclarse en asuntos ajenos, y áun se eximia con teson cuando le buscaban.
Si quisiéramos ocuparnos en reunir todos los rasgos notables de su carácter, ciertamente formaríamos un conjunto singular de méritos al parecer opuestos y dificiles de ballarse reunidos; pero no omitiremos el referir otra singularidad de la vida de este ilustre varon, que ocupado oontínuamente en actos de gobierno, de negocios, de enseñanza, de audiencias, de visitas dioccsanas, de viajes y de oposicion, no sólo se aplicó al estudio, sino que lo hizo con todo el aprovechamiento que hubiera bastado para un literato de profesion. Y en efecto, entre tantos y tan diversos títulos de alabanza, mereció en alto grado el de hombre docto.
No debemos, sin embargo, ocultar que abrazó y sostuvo firmemente algunas opiniones que en el dia parecerian más bien extrañas que mal fundadas á lo3 que tuviesen empeño en acreditarlas de buenas. Para el que quisiese defenderlo en esto, habria la disculpa tan usual y corriente de que eran errores de su tiempo, disculpa que puede ser válida cuando se saque del exámen particular de los hechos; pero que aplicada en general y aisladamente, como de ordinario se bace, y es justo hacer, nada significa; y así no queriendo nosotros resolver con fórmulas simples cuestiones complicadas, omitiremos exponerlas, bastándonos haber indicado de paso que tratándose de un varon tan admirable en conjunto, no pretendemos sostener que lo fuese parcialmente en todas sus cosas, para que no parezca que hemos tratado de componer una oracion fúnebre.
No es sin duda agraviar á nuestros lectores el suponer que puede haber alguno que pregunte: ¿Cómo este hombre ilustre, con tanto talento y estudio no ha dejado algun monumento? Cerea de ciento son las obras que ha dejado entre grandes y pequeñas, impresas y manuscritas: todas se | conservan en la biblioteca fundada por él, y se reducen á tratados de moral, oraciones, disertaciones de historia, de antigüedad sagrada y profana, de literatura, de artes y otras.
{Y cómo es, podrá decir el mismo lector, que tantas obras se han olvidado, 6 por lo ménos casi no se conocen, ni se buscan? ¿Cómo es que, con tanto ingenio, tanto estudio, tanto conocimiento de los hombres y de las cosas, "tanta meditacion, tanto amor á lo bueno, á lo bello, tanto candor y tantas otras calidades que forman al escritor célebre, éste, con cien obras, ni una sola ha dejado de las que tienen por famosas los mismos que no las aprueban en todas sus partes, y que conocen por su titulo áun los que no saben leer? La pregunta es raçional sin duda, y la cuestion importante, porque las razones de semejante fenómeno se hallan, 6 por lo ménos es necesario buscarlas en muchos hechos generales, y encontradas luégo, nos llevarian á la explicacion de otros varios fenómenos semejantes; pero estas razones serian muchas y prolijas, y quizá no merecerian la aprobacion de todos: por lo tanto, será mejor volver á coger el hilo de nuestra historia, y en lugar de hablar más de este grande hombre, vamos á verle en accion en el capítulo que sigue.