Ir al contenido

Los novios/XXIII

De Wikisource, la biblioteca libre.
Nota: Se respeta la ortografía original de la época

CAPÍTULO XXIII.

Miéntras llegaba la hora de ir á la iglesia para celebrar los divinos oficios, estaba el Cardenal estudiando, como lo tenía de costumbre en los ratos perdidos, cuando entró el Capellan secretario, quien, con.una cara mustia y desconsolada, dijo:

—Una visita extraña y muy extraña, monseñor ilustrisimo.

—¿Quién es?-preguntó el Cardenal.

—Nada ménos que el caballero**,-contestó el Capellan, y recalcando las sílabas con mucho retintin, pronunció aquel nombre que nosotros no podemos trasladar á nuestros lectores.-Aquí fuera está,-prosiguió el Capellan,-y pide licencia para presentarse á usia ilustrísima. -Cómo? iél mismo en persona?-dijo el Cardenal con tono animado; y cerrando el libro, se levantó diciendo:- que éntre, que éntre al instante.

—Pero...-replicó el Capellan sin moverse.-Sabe usfa ilustrísima quién es? Aquel pregonado... tan famoso...

—Y no es una fortuna para un obispo-dijo el Cardenal-el que á semejante sujeto se le haya antojado venirle á ver?

—Pero...-insistió el Secretario:-nosotros no podemos bablar de ciertas cosas porque su señoría ilustrisima las califica de tonterias; mas cuando llega el caso, creo que estamos obligados... El celo, señor ilustrisimo, granjea enemigos; y nosotros sabemos, á no dudarlo, que más de un perverso se ha jactado de que un dia ú otro...

¿Y qué han hecho?-interrumpió el Cardenal.

—Digo, señor ilustrisimo,-prosiguió el Capellan,-que ése es un asesino cargado de crimenes, un desalmado que tiene relaciones con los más furiosos de sp clase, y que pudiera muy bien ser enviado...

—Vaya! no comprendo-interrumpió de nuevo el Cardenal senriéndose-qué especie de disciplina es esta de inducir los soldados al general á que tenga miedo.

Revistiéndose luego de gravedad, prosiguió:

—San Cárlos no hubiera titubeado un momento en admitir á semejante hombre: al contrario, hubiera salido á recibirle. Que éntre, pues, al momento, que ya demasiado ha estado aguardando.

El Capellan echó á andar diciendo entre sí:

—No hay remedio, todos estos santos son tercos.

Abierta la puerta y asomándose á la sala en donde se hallaban cl caballero y los demas, vió que todos los clérigos estaban reunidos en un punto cuchicheando y mirando al soslayo al mismo caballero que habian dejado solo en un lado.

Dirigióse hácia el, y mirándole entretanto con disimulo de arriba abajo, iba pensando qué diablo de armas podia llevar debajo de aquel gaban, y que á la verdad ántes de introducirle debia por lo ménos proponerle... pero no supo determinarse. Acercósele, pues, y le dijo:

—Su ilustrísima le aguarda: sirvase usted venir conmigo.

Y precediéndole entre aquellos concurrentes que iban abriéndole paso, miraba á derecha é izquierda de un modo que parecia quererles decir: Qué quereis que haga? Ya sabeis que no hay quien le apee.

Con esto abrió el Capellan la mampara é introdujo al caballero. Recibióle el Cardenal con rostro sereno, y con los brazos abiertos como á persona á quien esperaba, é inmediatamente hizo señas al Capellan para que se saliese, lo que verificó sin detencion.

Ya solos entrambos, permanecieron callados, y de diverso modo suspensos. El caballero, que habia dado este paso más bien arrastrado por un delirio inexplicable, que conducido voluntariamente, permanecia allí tambien como por fuerza, destrozado interiormente por dos pasiones opuestas, á saber: por una parte el deseo y la esperanza confusa de hallar alivio á su tormento, y por la otra la ira y la vergüenza de haber venido allí como un arrepentido sumiso, como un imbécil á confesarse culpado y á implorar el favor de un hombre: por esto no encontraba palabras con que expresarse, y casi no las buscaba, pero levantando los ojos para mirar el rostro de aquel varon respetable, experimentaba cada vez más un sentimiento de veneracion imperioso y dulce al mismo tiempo, que aumentando la confianza, mitigaba el despecho, y arrostrando el orgulio, le obligaba al silencio.

Con efecto, la presencia del Cardenal era una de aquellas que, al paso que indican cierta superioridad, inclinan á amarla. Su porle era naturalmente modesto, y casi involuntariamente majestuoso, sin que le encorvasen ni entorpeciesen los años; el mirar grave; los ojos vivos, y la frente espaciosa y despejada entre las canas y los rastros de la abstinencia, de la meditacion y del trabajo. Todas sus facciones daban á conocer que en otra edad hubo lo que verdaderamente se llama hermosura; y el hábito de los pensamientos sublimes y benéficos, la paz interior de una larga vida, el amor á los hombres, y el placer de una esperanza inefable habian sustituido en su rostro cierta hermosura senil, que sobresalia todavía más con la magnffica sencillez de la púrpura.

El tambien tuvo por un momento clavada en el caballero aquella vista penetrante y acostumbrada de largo tiempo á deducir por el rostro los pensamientos, y pareciéndole descubrir, bajo aquel aspecto tétrico y turbado, alguna cosa conforme con la esperanza que concibió en el instante en que te anunciaron la llegada del caballero:

—iAh, y cuán grata,-dijo,-es para mí semejante visita! ;Cuánto debo agradecer una resolucion tan buena, aunque tenga para mí algo de reconvencion!

—Reconveneion!-exclamó el caballero, lleno de admiracion, pero ablandado con aquellas palabras y aquellos modales, y contento con que el Cardenal hubiese sido el primero en romper la valla, y hubiese empezado de cualquier modo la conferencia.

—Cierto, merezco una reconvencion,-replicó el Cardenal,-por haber dejado que os anticipaseis, cuando hace tiempo que yo podia, 6 por mejor decir, debia haber ido muchas veces á visitaros.

—A visitarme! ¿Y sabeis quién s8oy? ¿Os han dicho mi nombre?

—Este consuelo que experimento, y que se trasluce en mi rostro, ¿pudiera yo experimentarle al ver una persona que no conociera? Vos sois quien me le infunde, vos á quien hubiera debido buscar hace tiempo, á quien he amado tanto, y por quien tanto he llorado y he dirigido mis súplicas al cielo. Vos, que sois uno de mis hijos á quien más amo, á quien hubiera deseado acoger y abrazar, si bubiera podido esperarlo. Pero Dios, sólo Dios, es quien sabe hacer milagros, y suplir las debilidades y descuidos de sus pobres siervos.

Atónito estaba el caballero al ver aquel modo de hablar tan inflamado, y al.oir aquellas palabras que respondian tan decididamente á lo que él aún no habia dicho, ni áun habia determinado decir, y conmovido, no ménos que turbado, guardaba silencio.

—Y bien?-prosiguió afectuosamente el Cardenal:- įteneis alguna buena noticia que darme? ¿por qué me la reiardais?

—jUna buena noticia! Yo? ¿Que buena noticia podré daros teniendo el infierno en el corazon? Decidme, si lo sabeis, ¿qué buena noticia puede dar un hombre como yo?

—Que Dios le ha tocado en el corazon, y quiere hacerle suyo,-respondió inmediatamente el Cardenal.

—¡Dios! ¡Dios!... Si le viera... si le oyera... ¿Dónde está ese Dios?

—Vos me lo preguntais? ¿vos? Y quién le tiene más cerca? ¿No lo sentis en el corazon? No conoceis que le agita, que le oprime, que le inquieta, y que al mismo tiempe le llama y le infunde una viva esperanza de tranquilidad, de consuelo, y de un consuelo que será inmenso, completo, en cuanto le reconozcais, le confeseis y le imploreis?

—Sí, ciertamente, siento una cosa que me oprime, que me molesta. ¡Pero Dios! si le hay, ese Dios, si es como dicen, ¿qué quereis que haga de mi? Pronunció el caballero estas palabras con tono de desesperacion; pero el Cardenal, con voz grave como su inspiracion, contestó diciendo:

—¿Qué ha de hacer de vos? muestra de su poder y de su bondad: quiere sacar de vos una gloria que no pueden otros proporcionarle. De que el mundo clame contra vos, de que todos detesten vuestra conducta... (conmovióse el caballero, y quedó un instante admirado al oir aquel lenguaje para él tan nuevo, y más admirado de que, léjos de moverle á cólera, le proporcionase alivio) qué gloriaprosiguió el Cardenal-resulta á Dios? Aquellas son voces de terror, de interos, áun acaso de justicia, y por desgracia quizá alguno de envidia de ese desgraciado poder, de esa hasta hoy despreciable tranquilidad de espíritu; pero cuando os decidais á reprobar vuestra conducta, á acusaros á vos mismo, entónces sí, entónces será Dios glorificado. Y me preguntais qué puede hacer Dios de vos? ¿Quién soy yo, hombre miserable, para poder deciros de antemano qué es lo que el Señor puede sacar de esa impetuosa voluntad, y de esa imperturbable constancia, cuando él mismo la haya inflamado en amor, esperanza y arrepentimiento? Y quién sois vos para creer que puede por sí solo imaginar y hacer cosas más grandes en el mal, que Dios no pueda hacer que las quiera, y obre en el bien?... Y el perdonar vuestras culpas? gy ei salvaros? ¿y cl cumplir en su persona la obra de la redencion? ¿No son cosas magnificas y dignas de su grandeza? Pensadlo bien, y reflexionad si un pobre hombre como yo, un miserable, y al mismo tiempo tan lleno de mí mismo, me apuro tanto por vuestra salvacion, que por ella daria con placer (el Señor lo sabe) lo8 pocos dias de vida que me restan; reflexionad, digo, cuánta debe ser la caridad de Aquel que ine inspira la mia tan imperfecta, aunque tan ardiente. '¡Reflexionad cuán grande será el amor que os tiene Aquel que me infunde el que yo os profeso, y está devorando mis entrañas! A medida que estas palabras salian de la boca del Cardenal, su cara, sus miradas, sus gestos y todo acompañaba sus conceptos. El rostro del caballero, que ántes estaba como alterado y convulso, quedó poco despues como atónito é inmóvil, disponiéndose para una conmocion más profunda y ménos angustiada. Sus ojos, que desde la infancia no conocian el llanto, se arrasaron en lágrimas, y apénas cesaron las palabras, cuando se cubrió con las manos la cara, y prorumpió en un copioso llanto, que fué como la última y más decisiva respuesta.

—jDios grande! ¡Dios bueno!-exclamó el Cardenal levantando los ojos y las manos al cielo,-qué he hecho yo, siervo inútil, pastor descuidado, para que me convides á este banquete de gracia? ¿para que me haya hecho digno de asistir á tan gran prodigio de misericordia?-diciendo esto alargó la mano para tomar la del caballero.

—Nó,-dijo éste,- nó, apartaos de mí. No mancheis esa mano inocente y benéfica. No sabeis bien lo que ha hecho ésta á que quereis unir la vuestra..

—Permitidme,-dijo el Cardenal tomándosela con cariñosa violencia;-dejad que yo estreche esa mano que reparará tantos daños, que derramará tantos beneficios, que 8ocorrerá á tantos afligidos, y que, desarmada y pacífica, será prenda de reconciliacion para sus enemigos.

—Eso ya es demasiado!-repuso el caballero sollozando.-Dejadme, incomparable y piadoso ministro del cielo. Multitud de gentes os aguarda: tantas almas buenas, tantos inocentes que han venido de léjos á veros, á oiros, Ly estareis perdiendo un tiempo tan precioso? iy con quién?

—Bien puedo dejar-contestó el Cardenal-las noventa y nueve ovejas que están seguras en el monte por quedarme con la descarriada. Ellas en este momento están acaso más contentas que si viesen á esle pobre obispo.

Acaso Dios, que ha obrado en vos el prodigio de su misericordia, está derramando en sus almas un regocijo cuya causa desconocen. Tal vez unidas con nosotros sin saberlo, infunde el Espíritu Santo en su corazon un ardor indefinido de caridad, una súplica fervorosa por vos, que sube hasta el cielo, una accion de gracias de que vos sois el objeto para ellas desconocido.

Diciendo esto echó los brazos al cuello al caballero, el cual, despues de haberse resistido algunos instantes, cedió, vencido de aquel impetu de caridad; abrazó tambien al Cardenal, y demudado y trémulo, dejó caer sobre el hombro de aquél la cabeza. Caian sus lágrimas ardientes sobre la inçontaminada púrpura del arzobispo, y las inocentes manos de éste estrechaban afectuosamente las del caballero, manchadas con tantos crímenes y violencias.

Separándose éste por fin de los brazos del Cardenal, se cubrió de nuevo los ojos con una mano, y levantando la cabeza, exclamó:

—;Dios verdaderamente grande! ¡Dios verdaderamente bueno! Conozco ahora lo que soy: delante de mí tengo mis iniquidades; me detesto á mi mismo... Sin embargo, experimento cierto consuelo, cierto placer, que en toda mi depravada vida jamás he experimentado. -Esta-dijo el Cardenal-es una prueba en que os pone Dios para atraeros á su servicio, y animaros á entrar resueltamente en una nueva vida, en que tendrá tanto que deshacer, que reparar, que llorar.

—iDesgraciado de mi!-exclamó el caballero.-Ay jcuántas cosas, que no puedo sino llorarlas!... Sin embargo, algunas hay que, ieniéndolas solaniente empezadas, puedo por lo ménos no concluirlas y remediarlas.

Púsose á escucharlo el Cardenal, y el eaballero contó brevemente, y quizá con expresiones de execracion más fuertes que las nuestras, su atentado contra Lucía, los sufrimientos y penalidades de aquella infeliz, el modo con que le habia suplicado y la violenta agitacion que aquellas súplicas habian causado en su ánimo, y, finalmente, cómo se hallaba todavía en el castillo...

Ah! no perdamos tiempo,-exclamó el Cardenal, arrebatado de ardiente caridad é interes.-;Dichoso vos! iQué mayor prenda del perdon de Dios que la de proporcionaros ser instrumento de salvacion cuando intentabais serlo de ruina! ¡Déos Dios su bendicion! Mas bien diré que ya os la tiene dada. Y sabeis de dónde es esa infeliz? El caballero nombró el pueblo de Lucía.

—No está léjos de aquí,-dijo el Cardenal.-Bendilo y alabado sea el Señor! Diciendo esto se acercó á un bufete, y tocó una campanilla. Al oirla, entró apresuradamente el Capellan secretario, y la primera cosa que hizo fué mirar al señor del castillo, y viéndolo tan inmutado, con los ojos encendidas, como de haber llorado, se volvió á mirar al Cardenal. Notando en su rostro, entre su natural inalterable compostura, una especie de gravedad gozosa, y cierta agitacion no frecuente, hubiera quedado inmóvil con la boca abierta, si el Cardenal no le hubiese avisado, preguntándole si, entre los párrocos que estaban allí reunidos, se hallaba el del pueblo de*** —Está, sí, señor,-contestó el Capellan.

—Que éntre,-dijo el Cardenal,-como igualmente el de este pueblo.

Salió el Capellan, y entró en la sala en que se hallaban aquellos clérigos, que todos dirigieron á él la vista. El Capellan, con la boca abierta y el rostro en que estaba pintada su admiracion, alzando las manos, exclamó:

—Señores, señores, hec mutatio dextera Eacelsi,-y quedó al momento sin proferir más palabra: tomando luégo la voz y el tono de su cargo, añadió:-Su señoría ilustrísima llama al señor cura de este pueblo, y tambien al del pueblo de*** Presentóse inmediatamente el primero, y al mismo tiempo salió del medio de la concurrencia un «¿Yo?» sacado en iono de admiracion.

—No es usted el señor cura párroco de***-preguntó el Capellan.

—ŚÍ, señor.

—-Su Ilustrísima le llama.

—A mí?-volvió á preguntar la misma voz con un tono que parecia decir: ¿Qué tendré yo que ver en esto? Pero esta vez con la voz salió tambien el individuo, que era cabalmente D. Abundo en persona, con paso que daba á entender su repugnancia, y un gesto de admiracion y disgusto. Hizole el Capellan seña con la mano, como si dijera: «Acérquese usted aprisa: ¿le pesa á usted tanto esta órden?» y precediendo á los dos párrocos, se acercó á la puerta, la abrió y los introdujo á entrambos.

Soltó el Cardenal la mano del caballero, con el cual habia acordado entre tanto lo que debia hacerse; se separó un poco, y llamó con una seña al Párroco del pueblo. Impúsole en compendio de lo que se trataba, preguntándole si podria encontrar á una mujer que quisiese ir en litera al castillo de*** para sacar á Lucía; una mujer de ánimo resuelto que fuese capaz de desempeñar bien aquella comision particular, empleando los modales más adecuados, y las palabras más propias para animar y tranquilizar á la pobre muchacha, å quien despues de tantas penalidades, y en tanta turbacion, pudiera ser funesta la misma noticia de su libertad.

Despues de reflexionar un poco, contestó el Párroco que sf, y haciendo una profunda inclinacion, se salió del aposento. Hizo otra seña el Cardenal al Secretario, y le mandó que hiciese aprontar al momento la litera con dos mozos, y prevenir dos mulas de montar, y así que salió tambien el Secretario, se volvió á D. Abundo.

Este, que ya estaba cerca del Cardenal por apartarse del caballero anỏnimo, y que en tanto echaba una mirada de reojo ya á uno ya á otro, cavilando entre sí acerca del objeto que podia tener aquella llamada, dió un paso adelante, hizo una reverencia y se expresó de esta manera:

—Me han dicho que usía ilustrísima me llama, aunque yo creo que sea equivocacion.

—No es equivocacion por cierto,-contestó el Cardenal.-Tengo una buena noticia que daros, y un encargo muy lisonjero. Una de vuestras feligresas á quien habeis llorado, considerándola perdida, acaba de parecer. Lucía Mondella está cerca de este lugar, en casa de este mi intimo amigo, y ahora ireis en su compañía á conducirla aquf.

Tambien irá con vos una mujer de este pueblo á quien el Cura ha ido á buscar ahora mismo.

Hizo D. Abundo todo lo posible para ocultar el disgusto, diremos mejor, la pena y la amargura que le causaba semejante propuesta 6 comision,, y no estando ya á tiempo de borrar un gesto de desagrado que alteró su rostro, lo ocultó bajando la cabeza profundamente, como en señal de obediencia, y no la levantó sino para hacer otra profunda reverencia al caballero, con tanta compuncion que parecia decirle: «Estoy en vuestras manos; tened lástima de mí. Parcere subjectis.»

Preguntóle luégo el Cardenal que parientés tenfa Lucfa.

—Lo que es cercanos, no tiene más que á su madre, y con ella vivia,-contestó D. Abundo.

—¿Está en su casa?

—Sí, señor.

—Puesto que esta pobre muchacha-prosiguió el Cardenal-no podrá ir tan pronto á su casa, será para ella de mucho consuelo el ver á su madre; por tanto, si el señor Cura no vuelve ántes que yo vaya á la iglesia, dígale usted que busque un carro 6 una caballería, ó envie á un hombre de su satisfaccion para que se traiga á aquella buena mujer.

—No podria ir yo?-dijo D. Abundo.

—No, no,-contestó el Cardena!;-vos hareis lo que os tengo dicho.

—Yo lo decia-replicó D. Abundo-por preparar á esa pobre madre... Es una mujer muy tímida, y es necesario que vaya una persona que la conozca, y sepa conducirse de modo que en vez de alegría, no le cause alguna sorpresa de que le resulte daño.

—Por esto-contestó el Cardenal-me hareis el favor de decir al señor Cura, cuando venga, que busque á un hombre de capacidad para semejante comision. Vos sois más á propósito para lo que yo os he encargado.

Llamó la atencion del Cardenal la repugnancia de don Abundo en ir al castillo, y le pareció que habia en ello algun misterio. Miróle á la cara, y conoció fácil:nente el miedo que tenía de acompañar á aquel hombre tan temido y de entrar. aunque por poco tiempo, en su casa. Deseando, pues, disipar semejante recelo, y no creyendo conveniente llamar aparte al Cura y hablarle en secreto estando allf el caballero, pensó que sería medio más oportuno hacer lo que áun sin este mutivo habria hecho, esto es, hablar al mismo caba!lero para que de sus respuestas pudiese conocer D. Abundo que aquél ya no era hombre que podia infundir miedo. Acercósele, pues, con aquel tono de confianza que inspira una antigua intimidad, y le dijo:

—Nɔ creais que me contento hoy con esta sola visita:

espero que volvereis con este buen eclesiástico. No es así?

—;No he de volver?-contestó el caballero;-áun cuando os negaseis á recibirme, me quedaria á la puerta como un mendigo porfiado. Necesito hablar despacio con vos, veros, escucharos; en una palabra, necesito de vuestra asistencia.

Tomóle el Cardenal la mano, y apretándosela, dijo:

—Nos hareis, pues, el favor al Párroco y á mí, de venir boy á comer la sopa con nosotros: cuidado, que os aguardo. Entretanto voy á rezar y á dar gracias al Señor con mi pueblo, por su infinita misericordia.

Al ver semejantes demostraciones, estaba D. Abundo como un muchacho medroso que, viendo á un hombre acariciar á un perrazo de mala catadura, con los ojos encendidos y muy famoso por sus embestidas, y oyéndole decir que es un animal muy manso y pacifico, mira al amo sin contradecirle, al perro sin atreverse á acercársele.por miedo de que le enseñe los dientes, aunque sea jugando; y no queriendo tampoco alejarse por no parecer cobarde, dice entre sí: ¡Quién estuviera en su casa! Como al Cardenal, que salia asido de la mano del caballero, le pareciese que D. Abundo quedaba como desairado, y algo rostrituerto por la preferencia que se daba á un facineroso de tanta nombradía, se paró un momento al salir, y volviéndose al eclesiástico con amable sonrisa, le dijo:

—Señor Cura, vos estais siempre conmigo en la casa del Señor, pero este perierat et inventus est.

—Ay, cuánto me alegro!-contestó D. Abundo, haciendo una reverencia á los dos.

El Arzobispo que iba delante tocó la puerta, que abrieron os familiares, y el Cardenal y caballero se presentaron á los ojus ansiosos del clero reunido en aquella sala.

Viéronse entónces aquellos dos rostros en que estaba pintada una conmocion distinta, pero igualmente notable, esto es, ternura y humilde gozo en las facciones venerables del Cardenal, y en las del caballero, confusion templada con la esperanza, un nuevo pudor, y cierta compun| eion, entre la cual no dejaba de traslucirse el genio adusto y el carácter altivo. Súpose luégo que á muchos de los concurrentes les ocurrió lo de Isaías: Iban á los mismor pastos el lobo y el cordero, y pacerán juntos el leon y el uey. Venía detras D. Abundo, de quien nadie hizo caso.

Llegados al medio de la sala, entró por otro lado el mayordomo del Cardenal, y acercándose, le dió parte de que, en cumplimiento de las órdenes recibidas por el Capellan secretario, estaba dispuesta la litera y prontas las dos mulas, y que sólo aguardabą á la mujer que habia de venir eon el señor Cura. Contestóle el Cardenal que en cuanto lHegase se abocase con D. Abundo, y que todo quedase despues á disposicion de este y del señor del castillo, á quien apretó de nuevo la mano, diciendo: «Cuidado, que os aguardo.» Volvióse luégo á saludar con la cabeza à don Abundo, y tomó el camino de la iglesia: siguióle el clero, quedándose solos en la pieza los dos compañeros de viaje.

Cabizbajo y meditabundo estaba el caballero anónimo, deseando que llegase el momento de ir á sacar de pena y de la cárcel á su Lucía, suya ahora en sentido muy diverso del dia anterior: y su rostro expresaba cierta agitacion fntima, que al medroso D. Abundo podia muy bien parecer cosa de mal agüero: por esto le miraba y remiraba, deseando entablar una conversacion amistosa. «Pero ¿cómo empezaré? decia para sí; ¿qué le diré?... Me alegro... Y de qué? ide que, habiendo sido hasta ahora un demonio, os hayais decidido á ser hombre de bien como los demas?...

No: el cumplimiento no me parece muy lisonjero... cualquiera que sea el tonillo que dé á las palabras, el me alegro no pega. Por otra parte, ¿será verdad que se haya convertido tan de repente?... ¡Son tantas las demostraciones falsas que se hacen en este mundo, y por tantos motivos!... ¿Qué sé yo? ¡Lo peor es que me toca ir con él á ese maldito castillo! ¡Qué apuro! ;Quién me lo hubiera dicho esta mañana! Si salgo bien de ésta, no ha de querer oirme la señora Perpetua por haberme hecho venir aquí, cuando no habia necesidad alguna, siendo fuera de mi feligresía. Que todos los párrocos, áun de más léjos, han venido, que no habia yo de ser ménos que los demas. Y qué sé yo qué? ¿qué sé yo cuándo? metiéndome así en este pantano. ¡Qué desgracia!... Sin embargo, algo es necesario decir á este hombre;» y cuando ya pensaba decirle: «Nunca pensé tener la fortuna de hallarme en tan respetable compañia,» entró el mayordomo del Arzobispo con el Cura párroco del pueblo, el cual avisó que ya estaba la mujer en la litera, y se volvió luégo á D. Abundo para saber el otro encargo del Cardenal.

Despachó D. Abundo confusamente, y lo mejor que supo, y acercándose despues al mayordomo, le dijo:

—Suplico á usted que tenga la bondad de darme una bestia mansita, porque á la verdad no soy muy buen jinete.

—No tenga usted cuidado,-contestó el mayordomo con media sonrisa;-es la mula del Secrctario, que es un literato.

—Muy bien!-replicó D. Abundo, añadiendo para sí;- ¡Dios me la depare buena! Ya el caballero habia salido delante al primer aviso, y llegando al portal, se acordó de que D. Abundo quedaba atras. Detúvose en el umbral á esperarle, y al llegar el Cura presuroso y en ademan de quien pide excusas, el señor le saludó y le cedió el paso con humilde cortesanfa, con lo cual se reanimó algun tanto el atribulado párroco; pero llegados al patio, advirtió otra novedad que acibaró aquel escaso consuelo que acababa de recibir. Vió que, dirigiéndose á un rincon, el caballero agarró con una mano el cañon de su carabina, y con la otra el portafusil, echándosela á la espalda con un movimiento tan expedito como si hiciera el ejercicio. «Pobre de mí! exclamó entre sí don Abundo. Qué querrá hacer este hombre con aquel instrumento? ¡Buen cilicio por cierto!... ¡Buena disciplina para un convertido!... Y si le ocurre alguna diablura?... ¡Válgame Dios! ¡qué expedicion esta!»

Si el caballero hubiese podido sospechar cuáles eran los pensamientos que bullian en la cabeza de su compañero, hubiera procurado por todos los medios posibles desengafñarle; pero estaba muy léjos de figurárselo, y D. Abundo tenía buen cuidado de no darle á conocer sus desconfianzas. Llegados á la puerta principal de la calle, hallaron prontas las dos mulas, y el cabailero saltó de un brinco en una que le presentó un palafrenero.

—Tiene resabios?-preguntó al mayórdomo D. Abundo con un pié en el estribo.

—Monte usted sin miedo,-dijo el palafrenero;-es una oveja.

Agarrándose de la silla, subió D. Abundo poco á poco con ayuda del primero.

La litera aguardaba algunos pasos delante, llevada tambien por dos mulas, que echaron á andar á la voz del mozo, y la comitiva se puso en camino.

20 | Era necesario pasar por la puerta de la iglesia colmada de fieles y por una plazuela atestada tambien de la gente que habia concurrido de todas partes sin haber podido entrar. Habíase divulgado ya la gran noticia, y al divisarse la comitiva, y al hombre que pocas horas ántes era objeto de terror y execracion, y ahora de alegre maravilla, se suscitó entre la muchedumbre un murmullo de aplauso; y aunque las gentes abrian paso, no dejaba de haber apretura por el ánsia que todos tenian de verle de cerca. Pasó la litera, y tras ella el señor del castillo, quien, al pasar delante de la puerta de la iglesia que estaba abierta, se quitó el sombrero, inclinando hasta la clin de la mula aquella frente hasta entónces tan orgullosa y temida, entre mil voces que repetian: «;Dios le bendiga!»

Tambien D. Abundo se quitó el sombrero, bajó la cabeza, se encomendó á Dios, y oyendo las voces solemnes de sus hermanos que cantaban en la iglesia, experimentó tanta envidia y tal arrebato de piedad, que apénas pudo contener las lágrimas.

Fuera ya de poblado, en campo abierto, y en los varios recodos y encrucijadas del camino, á veces solitario, eran más létricos los pensamientos que le oeupaban; todo su consuelo consistia en el mozo de la litera, que, perteneciendo á la familia del Cardenal, debia precisamente ser hombre honrado, y con esle se manifestaba más animoso.

De cuando en cuando encontraba gentes, y áun cuadrillas que acudian á ver al Cardenal, y esto le ensanchaba el corazon; pero cuando pensaba en su compañero de viaje, y en que se dirigian á aquel valle tremendo, donde no encontraria sino vasallos suyos, ¡y qué vasallos! su afliccion legaba á lo sumo. Bien hubiera querido ahora más que nunca entrar en conversacion con él, tanto para lantearle como para tenerle contento: pero al verle tan preocupado y pensativo, se le pasaba la gana, por lo cual tuvo que ceñirse á conversar consigo mismo; y hé aquí lo que en el camino dijo en resúmen, porque para escribirlo todo sería necesario un tomo entero.

—Fuerte cosa es que tanto los santos como los bribones hayan de tener azogue en el cuerpo, y que, no contentándose con trajinar y bul!ir, han de sacar á bailar á los demas, y si pudiesen, á todo el género humano! Tambien es cosa rara que los más bulliciosos hayan de venir á tropezar conmigo, y meterme á la fuerza en sus andanzas, á mí que á nadie busco, y sólo pido que me dejen vivir. A este pícaro loco de D. Rodrigo iqué le faltaria para ser. el hombre más feliz del mundo, si tuviese dos adarmes de juicio? Rico, jóven, respetado y acatado; le hace mal el demasiado bien, y necesita ir á buscar trabajos para 8í y para el prO- jimo. Pudiera darse buena vida, una vida tranquila y cómoda; pero no señor; quiere molestar á las mujeres, que es el oficio más necio, más pícaro y más endiablado del mundo. Aquel mentecato pudiera ir al cielo en coche, y quiere melerse en los infierpos arrastrando... Y este otro? (Y le miraba como si temiera que adivinase sus pensamientos.) Este, despues de haber alborotado el mundo con sus maldades, quiere alborotarlo ahora con su conversion... si será cierto? Pero entretanto, lo que es á mí me toca hacer la experiencia; de manera que los que nacen con semejante manía en el cuerpo no pueden vivir sin ruidos.

¿Tanto es menester para ser hombre de bien toda la vida, como lo he sido yo? No, señor; es preciso vejar, matar, hacer diabluras, įválgame Dios! y luégo tambien ruido para bacer penitencia.

La penitencia, cuando hay buena voluntad, gno se puede hacer en casa, con quietud, sin tanto aparalo, y sin incomodar al prójimo? Y su lustrísima al instante, corriendo los brazos abiertos, mi amigo, querido amigo, tragándose todo lo que éste le dice, como si le hubiera visto hacer milagros, tomar de repente una resolucion; melerse en ella de cabeza, y presto aquí, presto allí: esto en mi casa se llama precipitacion; y despues, sin tener! garantía alguna, poner en sus manos á un pobre cura. Esto, segun mi corto alcauce, es aventurar la vida de dola á pares y nones. Un obispo santo como es él, debia mirar á los curas párrocos como á las niñas de sus ojos. Un poquito de cachaza, otro poquito de prudencia, y otro poquito de caridad, me parece que no dice mal con la virtud... Y si todo fuera ficcion? ¿Quién puede conocer las intenciones de los hombres, y sobre todo de los hombres como este? Me estremezco sólo en pensar que voy á su casa. ¿Quién sabe lo que puede haber en esto? ¡Infeliz de mí! Nás vale no pensar en ello. ;Qué embrollo habrá con esa Lucía! Se ve que habia inteligencia con D. Rodrigo.

¡Qué gentes! ¿Y cómo habrá venido á caer entre las uñas de este gavilan?... ¿Quién lo sabe? Todo es un secreto con su llustrísima, iy á mi que voy trotando nada me dicen! Yo en verdad no tengo interes en saber los negocios ajenos, pero cuando un bombre aventura su pellejo, tiene derecho á que se haga de él alguna confianza. Si sólo se tratase de ir å sacar á aquella pobre muchacha, ¡vaya con Dios! aunbombre, jugánque nada hubiera perdido en traerla él mismo: y además, si está tan contrito, si se ha vuelto un santo padre, ¿para qué me necesita á mí? ¡Qué embrollo es este! Basta: ¡quiera Dios que la cosa sea así! Habrá sido para mí una molestia grande, pero ¡paciencia! me alegraré por esa pobre muchacha.

Precisamente ha de haberse visto en grande apuro. ¿Quién sabe lo que habrá sufrido? Le tengo lástima; pero ha nacido para mi condenacion... Quisiera ver el corazon de ese hombre, ver cómo piensa: ¿quién puede comprenderle? Ya parece un San Antonio en el desierto, y ya el mismo, el mismísimo Holofernes. ¡Desgraciado de mí! En fin, el cielo tiene obligacion de salvarme, pues no me he metido en esto por capricho mio.

Con efecto, se veian en la cara del caballero pasar los pensamientos como en un temporal pasan las nubes delante del sol, alternando á cada momento una luz brillante con una melancólica oscuridad. Su ánimo, lleno todavía de las suaves palabras del Arzobispo, y como rejuvenecido, se elevaba á las ideas de misericordia, de perdon y de amor; pero caia luégo agobiado bajo el peso de su vida pasada.

Recorria su memoria para indagar cuáles eran las iniquidades que podia reparar, cuáles podia cortar desde luégo, cuáles eran los remedios más expeditos y seguros; ¿cómo desbacer tantos nudos, y qué hacer de tantos complices? Marchaba á aquella misma expedicion, á pesar de ser la más fácil y la más inmediata, con un deseo acibarado en pensar que entretanto sabe Dios lo que sufriria aquella inocente criatura, y que él mismo, no obstante estar resuelto á ponerla en libertad, era quien la oprimia. Cađa vez que se duplicaba el camino se volvia el mozo para que le indicase el que debia seguir, y él se le señalaba con la mano, haciéndole señas al mismo tiempo de que acelerase ei paso.

Entraron por fin en el valle. ¡Cómo estaba el pobre don Abundo al encontrarse en aquel célebre sitio, de que habia oido contar tantas historias espantosas! ;al ver en carne y huesos los bravos de Italia, hombres sin temor ni misericordia, y dar á cada momento con dos 6 tres de ellos! Saludaban con sumision á su señor; pero viendo D. Abundo sus caras de 3olor de bronce, sus bigotazos retorcidos y aquellos ojos amenazadores, se le figuraba que les oia 'decir: cortémosle las alas á ese cuervo; por manera que en un momento de gran consternacion llegó á pensar si se lo habria merecido.

Entretanto, iban caminando por un sendero quijoso en la llos bombres tan famosos, la flor y la nata de orilla del torrente, presentándoseles por un lado escarpadas y ferruginosas rocas, y por otro una poblacion å la cual pudiera preferirse un desierlo.

Cuando pasaron delante de Malanoche, habia bravos á la puerta, que saludaron sumisamente á su señor, mirando á su compañero y la litera. Esta canalla no sabia qué pensar.

Si habia llamado su atencion la salida extraordinaria de su amo solo, por la mañana, no les causaba méros admiracion su regreso.-¿Si será una presa la que conduce?-decian para sí;-¿pero cómo la habrá hecho solo? ¿Qué significará esa litera que no es de casa? Y de quién será esa librea? Miraban y miraban, pero nadie se movia; porque esta era la órden que les daba su aino sin más que mirarlos.

Acaban por fin de subir, y los bravos que se hallan en la plazuela y la puerta, se retiran de uno y otro lado para dar paso á la comitiva. Su amo les hace seña de que no se muevan; aprieta las espuelas, pasa delante de la litera, indica á D. Abundo y al mozo que le sigan, entra en un primer patio, pasa al otro, se acerca á una portezuela, y haciendo con una seña que se retire un bravo que se adelantaba para tenerle el estribo, le dice: «Quédate alli, y que nadie se acerque.» Se apea, y con la brida en la mano se llega á la litera, y á la mujer que ya habia corrido la cortina, le dice en voz baja: «Consoladla; haced que sepa que ya está libre y entre gente amiga, y Dios os lo pagará.» Manda luégo al mozo que abra y ayude á la mujer á bajar; se acerca despues á D. Abundo, y con semblante sereno, cual nunca le vió, ni creyó el mismo D. Abundo que pudiese tenerle, como que se notaban en él los efectos de la buena obra que iba á hacer, le da la mano para que se apee, diciéndole tambien de quedo: «Señor Cura, yo no le pido que me perdone la molestia que sufre por mi causa: usted lo hace por uno que paga bien, y por esa infeliz muchacha.»

Volviósele con estas palabras el alma al.cuerpo á don Abundo, el cual, dando un suspiro que le bullia de mucho tiempo en el pecho sin encontrar salida, contestó con voz balbuciente: «;Señor! ¡vos me confundis! pero... pero...»

y admitida la mano que con tanta urbanidad le ofrecia, se descolgó lo mejor que pudo de su mula. Tambien las riendas de esta tomó el señor del castillo, y con las otras las entregó al mozo de la litera, mandándole que se aguardase.

Sacó luégo del bolsillo una llave, abrió la puerta, hizo entrar al Cura y á la mujer y entró él tambien: echó á andar delante de ellos, y llegando los tres á una escalerita, subieron guardando el mayor silencio.