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Los novios/XXIV

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Nota: Se respeta la ortografía original de la época

CAPÍTULO XXIV.

Habia poco que Lucia estaba despierta, y una parte de aquel tiempo le habia empleado en acabar de despabilarse y en separar las espantosas visiones del sueño, de la memoria y de las imágenes de una realidad harto parecida á los delirios de un febricitante. Habfasele ya acercado la vieja, y con voz forzadamente humilde, le dijo:

Ab! ¿conque has dormido? Bien podias haber dormido en la cama: ¡te lo dije tantas veces anoche! Y no recibiendo contestacion, continuó con tono de súplica rabiosa:

—Es menester que tengas más juicio, y procures tomar un bocado. ;Qué desfigurada estás! Ya se ve, la falta de alimento... ty si cuando vuelve la toma conmigo?

—No, no, quiero irme; quiero ir á buscar á mi madre:

ét amo me lo prometió, diciéndome: «mañana, mañana:»

¿dónde está el amo?

—Ha salido; pero ha dicho que vuelve pronto, y que hará todo lo que quieras.

—¿Lo ha dicho así? įde cierto? Pues bien, quiero ir donde está mi madre, al instante...

No bien habia acabado de proferir estas palabras, cuando se oyeron pisadas en la pieza inmediata, y como al momento llamasen á la puerta, preguntó la vieja:

—¿Quién es?

—Abre,-dijo su amo.

La vieja tiró del cerrojo, y el caballero empujando súavemente la puerta, abrió un poquito, mandó á la vieja qué saliese, é introdujo á la mujer y á D. Abundo. Cerró luégo la puerta, quedándose fuera, y echó á la vieja á un punto remoto del castillo, asf como lo habia hecho con la otra mujer que estaba de guardia.

Todo este movimiento, un instante de espera y la presencia improvisa de personas nuevas causaron no poco sobresalto á Lucía, y á pesar de que su situacion era intolerable, no dejaba de ser para ella un motivo de espanto cualquiera mudanza. Alzando los ojos y viendo á un clérigo y á una mujer, se animó algun tanto; miró con más atencion, y despues de haber dudado un instante si sería 6 no sería D. Abundo, se quedó atónila y con los ojos encandilados al reconocerle. Llegóse á ella la mujer, se reclinó, y mirándola con ternura, le cogió ambas manos como para acariciarla y levantarla al mismo tiempo, y le dijo:

—Venga usted, querida mia, venga usted.

—Quién es usted?-preguntó Lucía; y sin aguardar la respuesta, se volvió otra vez á D. Abundo, que estaba de pié á dos pasos de distancia, con una cara igualmente de compasion, y clavando en éi de nuevo la vista, exclamó:- Es usted, señor Cura? ¿dónde estamos? ;Desgraciada de mí! He perdido el conocimiento?

— No, no,-contestó D. Abundo;-yo soy; no lo dudes:

anfmate, que venimos á sacarte de esta casa. Yo soy tu párroco, que expresamente monté á caballo con el fin de...

Lucía, como si en un instante hubiese adquirido todas sus fucrzas, se puso arrebatadamente de pié, y volviendo á fijar la vista en el cura y en la mujer, dijo:

—¿Conque es la Virgen la que os ha enviado aquí?

—Yo bien lo creo,-tespondió la buena mujer.

—Y podemos irnos al instante? ¿es eso cierto?-preguntó Lucia bajando la voz, y con tono de timidez y recelo.-Y toda aquella gente?-prosiguió como temblando de miedo.-Y aquel señor?... įaquel hombre?... bien me prometi...

—Aquí está él tambien,-dijo D. Abundo,-y ha venido con nosotros para eso; está esperando aquí fuera: vámonos presto, no hagamos aguardar más tiempo á una per- 8ona de su clase.

En esto, el mismo caballero empujó la puerta, y entró incorporándose con los demas. Lucía, que poco ántes no sólo deseaba verle, sino que, como no tenía esperanzas en otra persona alguna, hubiera querido que él sólo se presentase, habiendo ahora visto rostros conocidos y oido acentos amigo3, no pudo librarse de cierta repugnancia momentánea, y asf se estremeció, detuvo el aliento y abrazó á la buena mujer, ocultando la cara en su seno. El mismo caballero, que desde luego quedó parado al ver aquel rostro, en el cual la noche ántes apénas habia podido fijar la vista, aquel rostro pálido y abalido por las penalidades y la abstinencia, al advertir ahora aquella demostracion de temor, bajó los ojos, quedóse un instante inmóvil y mudo, y contestando á lo que la infeliz no habia dicho:

—Es verdad,-exclamó,-perdóname!

—Viene á libertar á usted: ya no es el mismo; ya es bueno, muy bueno: mire usted cómo le pide perdon,-asi iba diciendo la buena mujer al oido de LucíaiQué más puede decirt-prosiguio D. Abundo.-Vaya, arriba esa cabeza. No seas niña, despáchate para que podamos marcharnos presto.

Con efecto, levantó Lucía la cabeza, miró al caballero, y viéndole humillado, abatido y confuso, movida de un sentimiento en que se reunian la compasion, la gratitud y el gozo, dijo:

—Ah, señor! ¡Dios le pague á su señoría tan buena obra!

—Y á tí mil veces más,-contestó el caballero,-por el consuelo que me proporcionan esas palabras.

Dicho esto, se dirigió á la puerta y salió el primero. Siguióle Lucía, enteramente animada con la mujer que le daba el brazo, y tras de ellos echó á andar D. Abundo. Bajaron todos la escalerilla y llegaron á la puerta que daba al segundo patio. Abrióla el caballero, se llegó á la litera, y con cierta urbanidad casi tímida (dos cosas muy nuevas en él) ayudó á Lucia y á la mujer å entrar en ella. Tomó luégo de las maños del mozo de la litera las riendas de las dos mulas, y dió el brazo tambien á D. Abundo, que ya se habia acercado á la suya.

—j0h, tanta bondad!-dijo éste montando en su mula con más ligereza que ántes.

Y la comitiva echó á andar en cuanto estuvo pronto tambien el caballero, que con frente más serena habia recobrado ya su acostumbrada actitud de predominio. Los bravos que se encontraban en el camino notaban bien en su rostro señales de que le ocupaban pensamientos graves y cuidados extraordinarios; pero no pasaban más allá; y como no habia llegado todavía á sus oidos la noticia de aquella gran mudanza, era imposible que por conjetura llegasen á adivinarla.

La buena mujer que acompañaba á Lucía, corridas las cortinas de la litera, la cogió de las manos, y empezó á consolarla con palabras de congratulacion y ternura; y viendo que además del abatimiento ocasionado por su3 pasadas penas, la confusion y oscuridad de los sucesos le impedian experimentar un placer completo por su libertad, le dijo todo lo que creyó más conducente para refrescar su memoria, y desembrollar, digámoslo asi, sus ideas; y nombrándole el pueblo de donde ella era, y á donde iban, Lucía, que estaba impuesta en que no distaba mucho del suyo, exclamó: -jAh, María Santísima, cuántas gracias tengo que daros!... Y mi madre? y mi madre?

—La enviaremos á buscar,-contestó la buena mujer, que ignoraba lo que se habia dispuesto.

—Si, sí, Dios os lo pagará. Y usted quién es? ¿cómo ha venido usted aquí?-preguntó Lucia.

—Me ha enviado nuestro Párroco,-respondió la mujer,-porque á este señor que va con nosotros le ha tocado Dios en el corazon (;bendito y alabado sea!), y ha venido á nuestro pueblo à hablar al señor Cardenal-arzobispo, á ese siervo del Señor, que allf le tenemos de visita, y se ha arrepentido de sus grandes pecados, y deseando mudar de vida, le contó al señor Cardenal como habia mandado robar á una pobre muchacha, que es usted, por convenio con otro hombre sin temor de Dios, que el señor Cura me ha indicado quién puede ser.

Como al oir esto levantó Lucía los ojos al cielo, prosiguió la mujer de esta manera:

—jAh! quizá usted lo sabe. Considerando, pues, el señor Cardenal que, tratándose de una muchacha, se necesitaba una mujer para acompañarla, le encargó al señor Cura que la buscase, y el señor Cura por su bondad vino á buscarme á mí...

—jAh! ¡Dios se lo paque á usted!-interrumpió Lucfa.

—Esto no es nada, hija mia,-prosiguió la mujer;-y el señor Cura me dijo que la animase á usted y la consolase, manifestándole al mismo tiempo cómo el Señor la habia salvado á usted milagrosamente.

Ah, si! milagrosamente por intercesion de la Virgen.

—Buen ánimo, pues, y perdonar al que le ha hecho á usted mal; y no sólo alegrarse de que Dios haya usado de miscricordia con él, sino tambien pedirle que le asista; en lo que, además de que tendrá usted mucho mérito, experimentará no poco júbilo.

Contestó Lucía con asenso, mejor que lo hubiera hecho con palabras, y con una dulzura que las palabras no hubieran podido expresar.

—¡Buena muchacha!-prosiguió la mujer;-y hallándose justamente vuestro Cura párroco en nuestro pueblo (pues hay tantos, tantos, todos los de las inmediaciones), determinó el señor Cardenal enviarle tambien á él conmigo, aunque de poco nos ha servido. Ya habia yo oido decir que era'hombre para poco, y en esta ocasion lo he visto con mis propios ojosuna mirada que expresaba su | —Y ese que se ha vuelto bueno, quién es?-preguntó Lucía.

—¿Cómo? no lo sabe usted?-contestó la mujer, y le nombró.

—iVálgame Dios!-exclamó Lucía.-Cuántas veces he oido con horror repetir ese nombre en muchas historias en que hacía el mismo papel que en otras Neron? Y al pensar que habia caido en sus manos, que habia estado en su poder, que se veia libre de sus garras, y le encontraba ahora tan convertido, no dejaba de exclamar:

—iVálgame Dios! ¡válgame Dios!

—-Es verdaderamente un gran beneficio el que el Señor nos ha hecho,-prosiguió diciendo la buena mujer.-Será una felicidad para medio mundo. Da miedo pensar lo aterrorizado que tenía á todo el país... Y ahora, segun me ha dicho el señor Cura (bien se le ve en la cara), se ha vuelto santo: y ya lo dicen sus obras...

Decir que la buena mujer no tenía gana de saber algo más por menor la aventura en que ella tambien hacía algun papel, sería no decir la verdad; pero es necesario I confesar para su gloria, que, detenida por la compasion respetuosa con que miraba á Lucía, y penetrada de la gravedad y dignidad de su encargo, no pensó siquiera en hacerle la más mínima pregunta; y así todas las palabras, durante el camino, sólo se redujeron á animarla, consolarla y manifestarle el mayor interes.

—jSabe Dios-le dijo-cuánto tiempo habrá que usted no ha comido!

—Ni siquiera me acuerdo; seguramente hace tiempo.

—iPobrecilla! tendrá usted necesidad de confortar el estómago.

—-Sí,-respondió Lucía con voz débil.

—En mi casa, gracias á Dios, encontraremos al instante alguna cosa. Anímese usted, que ya estamos cerca.

Lucía se recostaba luégo en el fondo de la litera como adormecida, y la buena mujer la dejaba descansar.

Por lo que toca á D. Abundo, la vuelta no era para él tan penosa como la ida; sin embargo, no fué éste tampoco un viaje de diversion. Apénas se le pasó el furioso miedo que concibió al principio, empezaron á acometerle otros cuidados, del mismo modo que cuando se arranca de raiz | un árbol, queda por algun tiempo desembarazado y limpio el terreno, pero luégo no tarda en llenarse de hierba.

Como ya no le preocupaba aquel terror, sentia más las otras cosas, y asf no le faltaba, con respecto á lo presento ni á lo porvenir, materia para incomodarsA.

Molestábale ahora más que cuando iba la incomodidad de aquel modo de viajar, al cual no estaba muy acostumbrado, especialmente en la hajada del castillo al valle. El mozo de la litera, obedeciendo al caballero, apresuraba la marcha de sus bestias, y como las dos mulas caminaban al mismo pas0, sucedia que en ciertos parajes más escabrosos, el pobre D. Abundo, como si le levantasen por detras, iba escurriéndose bácia delante; para sostenerse tenía que apuntalarse con la mano contra la silla; sin embargo, no se atrevia á pedir que anduviesen más despa+ cio, puesto que por otra parte deseaba salir cuanto ántes de aquella tierra. Además, en los puntos en que la senda estaba en una elevacion, ó en un ribazo, la mula, segun la costumbre de todas, andaba siempre, como si lo hiciese con intencion, por la parte de afuera, poniendo los piés en la misma orilla, por manera que D. Abu nuamente debajo de sí un salto, que por el miedo se le figuraba un precipicio. «;Tambien tú, decia en su interior á la bestia, lambien tú tienes el maldito vicio de ir á buscar los peligros cuando hay un camino tan ancho!» y tiraba de la brida con enfado al lado opuesto. Ya los matones no le causaban tanto respeto como ántes, pues sabía el modo de pensar del amo; pero decia allá para su coleto: «Si por desgracia llegase á divulgarse, miéntras estamos aquí, la noticia de esta gran conversion, ¿quién sabe cómo la entenderia esa canalla? ¿Quién sabe lo que sucederia? No podria ocurrirles que yo habia venido de misionero? ¡Dios me libre! Me hacian tajadas!...» Tampoco le daba ya cuidado el ceño del señor del castillo: conocia que era preciso para tener á raya á aquellos bribones: «No se necesila ménos, proseguia diciendo, ya me hago cargo; pero ¡fuerte cosa es que á mí me habia de tocar venir enire ellos!»

Llegaron por fin al pié de la cuesta, y cuando Dios quiso; salieron del valle. Serenóse la frente del caballero: el mismo D. Abundo puso una cara más natural, sacó un poco la cabeza de entre los hombros, estiró los brazos y las piernas, se puso tan erguido que parecia otro, respiró con más libertad, y con ánimo más sosegado se puso á reflexionar sobre otros peligros remotos.

«¿Qué dirá aquel salvaje de D. Rodrigo? ;Quedarse con un palmo de narices, cornudo y apaleado! ;Cuidado si le ha de escocer! Ahora es cuando se le lleva el diablo de vérasveia contíSería de ver que la tomase conmigo, porque me han metido en este fregado. Si tuvo valor entónces hasta de enviarme aquellos dos demonios para que me hiciesen en el camino tan mala pasada, įsabe Dios abora?... Con su Ilustrísima no podrá pegar: es un bocado demasiado duro para él; pero entretanto tendrá el veneno en el cuerpo, y con alguno querrá desahogarse. ¡Válgame Dios! ¿en qué pararán estas misas? El hilo quiebra siempre por lo más delgado:

Lucia, claro está que su llustrísima pensará ponerla en salvo: el otro pobre diablo está fuera de su alcance, y ya ha llevado su cuota; de consiguiente, yo soy la única parte flaca que queda del hilo. Sería cosa bien dura que, despues de tantas incomodidades y trabajos, sin comerlo ni beberlo, hubiese de pagar el escote! Qué hará su llustrisima para defenderme despues de haberme sacado á bailar? įPodrá impedir que aquel malvado haga conmigo una de las suyas? ¡Ademas, son tantos los asuntos que ocupan á su Ilustrísima! ¡Tiene tantas cosas en la cabeza! ¡Se mete en tanlos negocios! Lo mejor será consultar con Perpetua, y dejar que ella lo arregle todo; siempre que á su llustrísima no se le antoje dar otra campanada, y melerme en nuevos laberintos. Desde luégo en cuanto llegamos, si ha salido de la iglesia, iré muy de prisa á ponerme á sus órdenes, y si no estuviese, dejaré mi nombre, y me marcharé á mi casa. Lucía tienc buena proteccion; á mí para nada me necesita; además de que, despues de tantos malos ratos, es justo que me vaya á descansar... Pienso ahora que no será extraño que su lustrísima éntre en curiosidad de saber toda la historia, y salga á la colada lo del matrimonio. ¡Sólo me falta eso!... ¿Y si va de visita tambien á mi parroquia?...

En fin, será lo que Dios fuere servido. No quiero contristarme de antemano, que no son ya pocas las molestias que me abruman. Miéntras su llustrísima quede por acá, no se atreverá D. Rodrigo á cometer ningun atentado... pero despues... ¡Ah! ya preveo que mis últimos dias lo han de ser de amargura.»

Cuando llegaron, no estaban concluidos aún los divinos oficios. La comitiva, despues de pasar por entre las mismas gentes, no ménos conmovidas que la vez primera, se dispersó por fin. El caballero y D. Abundo entraron en una plazuela, en cuyo frente se hallaba la casa del Párroco, y la litera siguió adelante hasta llegar á la de la buena mujer.

Cumplió D. Abundo su palabra, pues apénas apeado, hizo los más expresivos cumplimientos al caballero, suplicándole que le disculpase con su llustrísima, porque negocios urgentes le llamaban á su parroquia. Fué á buscar su caballo, es decir, el baston que habia dejado en un ángulo de la sala, y se puso en camino, miéntras el caballero se quedó aguardando á que el Cardenal saliese de la iglesia.

La buena mujer, despues de haber dado å Lucía el mejor asiento en su hogar, se puso á preparar la comida, rehusando con cordial rusticidad las demostraciones con que aquella se esforzaba en manifestar su agradecimiento.

Añadiento con presteza leña al fuego en que estaba dispuesta á hervir en un perol una buena gallina, cortó en una taza rebanadas de pan, y llenándola de sabroso caldo se la presentó á su buéspeda: y al ver que la pobre iba recobrando vigor, se dió á sí misma el parabien de que este incidente hubiese ocurrido en un dia en que su hogar no estaba desprovisto.

—En todas las casas-dijo-hay gaudeamus hoy, menos en las de los pobres, que apénas tendrán uu pedazo de pan moreno y una escudilla de polenta de maíz; pero áun éstos esperan algun socorro de un señor tan caritativo. Nosotros, á Dios gracias, no nos hallamos en tanto apuro: con lo gana mi marido y con los cuatro terrones se va pasando.

Coma usted, pues, con buen ánimo, en tanto que acaba de cocer la gallina, que es alimento de más sustancia.

Y recogida la laza, siguió con sus preparativos, y puso la mesa para la familia.

Confortada Lucía algun tanto, y recobrada con las fuerzas del cuerpo las del espíritu, empezó á aliñarse por hábito y por instinto de aseo y de pudor: arregló su cabello, rebaciendo las trenzas casi sueltas, estiró su pañuelo del cuello, y en estas operaciones se enredaron sus dedos en el rosario que llevaba pendiente. Al mirarlo se agolparon en su fantasía un tropel de encontrados afectos. El recuerdo del voto que hasta entónces habian oscurecido mil distintas sensaciones, se le presentó de improviso con todas sus consecuencias. Su ánimo, no bien alentado, quedó de nuevo sobrecogido, y á no haber estado preparada por una vida de inocencia, resignacion y confianza en Dios, la consternacion que se apoderó de ella se hubiera convertido en despecho. Despues de una lucha de pensamientos diffcil de expresar, las' primeras palabras que salieron de su boca fueron estas: «¡Desgraciada de mí! ¿qué es lo que he hecho?»

No bien hubo prorumpido en tales exclamaciones, cuando se sintió horrorizada. Presentáronsele á la memoria todas las circunstancias del voto, su cruel conflicto, la persuaque sion de no encontrar socorro en la tierra, el fervor de la súplica y la deliberacion con que hizo su promesa. El arrepentirse despues de conseguida la gracia, le pareció una sacrilega ingratitud hácia Dios y su bendita Madre, y persuadida de que semejante infidelidad le acarrearia nuevas y más terribles desventuras, en medio de las cuales no podria ya tener confianza en sus oraciones, 8e dió prisa á arrepentirse de aquel mom.entáneo arrepentimiento. Quitóse del cucllo devotamente el rosario, y teniéndole entre sus manos trémulas, confirmó y renovó el voto, pidiendo al mismo tiempo con el mayor fervor que le concediese la Virgen la fuerza de cumplirlo, y se apartasen de ella los pensamientos y las ocasiones capaces, si no de revocar su resolucion, por lo ménos de atormentarla demasiado.

La ausencia de Lorenzo, y las pocas apariencias de que pudiese volver, y aquella separacion que basta entónces le habia parecido tan amarga, las tuvo ahora por una disposicion de la Providencia, que reunió para un solo fin ambos acontecimientos, y procuraba hallar en el uno la razon de consolarse del otro. Sin embargo, tras este pensamiento no dejaba de figurarse que la misma Providencia, para coronar la obra, sabria hallar el medio de que Lorenzo se resignase y no pensase más...; pero apénas la asaltó semejante idea, volvió á agitarla la lucha de afectos. Convencida de que su corazon pugnaba por arrepentirse otra vez, volvió de nuevo á las súplicas, á las protestas y á la batalla, de que salió triunfante, como el vencedor cansado y herido se separa de su contrario que yace por tierra.

Oyóse en esto un bullicioso pisoteo acompañado de gritos de alegría. Era la familia menuda que venía de la iglesia, y en efecto entran saltando dos niñas y un niño: se paran un momento mirando con curiosidad á Lucía, y corren luégo hácia su madre, agrupándose todos tres alrededor de ella. Uno pregunta quién es aquella jóven, y cómo, y á qué ha venido; otro quiere contar las maravillas que ha visto en la iglesia, no costando poco trabajo á su madre hacerles guardar silencio. Entra en seguida el amo de la casa con paso mesurado y la cordialidad pintada en el ro8- tro. Era (pues aún no lo hemos dicho) el sastre del lugar, y áun de todo el contorno; hombre que sabía leer y habia repasado más de una vez la historia de los doce pares de Francia y várias vidas de santos, por lo cual pasaba entre sis compatriotas por discreto y entendido, lisonja que rehusaba con modestia, dieiendo únicamente que habia errado la vocacion, y que si hubiese estudiado, quién sabe adónde hubiera podido llegar. Por lo demas, era de la mejor pasta del mundo. Habiéndose hallado presente cuando el Cura llamó á su esposa para aquella caritativa diligencia, no sólo dió su aprobacion, sino que, á ser preciso, hubiera ayudado con ruegos é instancias, y ahora que la funcion, la pompa y el concurso, y sobre todo el sermon del Cardenal, habian exaltado, como suele decirse, sus buenos sentimientos, volvia á su casa con ansia de saber las resultas del suceso, y de encontrar ya libre á la pobre muchacha.

—Aquí la tienes,-le dijo su mujer al verle entrar, se- õalando á Lucía, la cual poniéndose colorada, se levantó del asiento y empezó con labio balbuciente á expresar su gratitud.

Pero el buen hombre se acercó á ella con semblante halagüeño, é interrumpiéndola, le dijo:

—¡Bien venida seas! Por ti viene á esta casa la bendicion del cielo. ¡Cuánto nie alegro de verte en ella! No me quedaba duda de que llegarias á buen puesto, porque jamás se ha visto que el Señor haya empezado un milagro sin acabarle. ¡Pobre jóven! ;Gran gusto tengo en verte aquí! Este es verdaderamente un prodigio.

Y no se crea que fuese el único que por haber leido tantas vidas de santos, calificase de milagro aquel acontecimiento. En todo el lugar y en el contorno de muchas leguas no se habló de él en otros términos miéntras duró su memoria; no siendo á la verdad extraño, en vista de las consecuencias que tuvo, el que las gentes sencillas juzgasen de aquella manera.

Acercóse despues el buen hombre á su mujer, que estaba apartando de la lumbre el perolito, y le preguntó en voz baja:

—iQué tal salió la intentona?

—Muy bien; ya te lo contaré luégo.

—Si, si, cuando estemos despacio.

Puesta por fin la mesa, tomó el ama de la mano á Lucía, la sentó junto á sí, y cortando un alon de la gallina se lo puso delante. Colocóse al otro lado su marido, y ambos animaban á su abatida y vergonzosa huéspeda á que comiese sin empacho. Despues de los primeros bocados empezó el sastre á razonar entre las interrupciones de los chicos, que comian en pié alrededor de la mesa, los cuales demasiadas novedades habian visto para hacer el papel de meros oyentes. Describia el padre las solemnes ceremonias, pasaba luégo á hablar de la milagrosa conversion; | pero lo que más profunda mella habia hecho en su ánimo era el sermon del Cardenal.

—Al ver-decia-á un señor de su clase sentado en el altar como un simple cura...

—Y aquella cosa de oro que tenfa en la cabeza?-interrumpió una niña.

—¿Quieres callar? Al pensar, digo, que un señor de su clase, un varon tan sabio que, segun dicen, ha leido todos los libros que se han impreso, cosa á que ni áun en Milan ha llegado ninguno; al ver cómo sabe expresarse de modo que todo el mundo le entienda...

—Tambien yo le he entendido muy bien,-prorumpió la otra niña.

—Calla, tonta. ¿Qué has de haber comprendido tú?

—¡Toma! No conocí yo que estaba explicando el Evangelio en lugar del señor Cura?

—iCalla! te digo. No hablo de los que saben leer, porque éstos tienen obligacion de entender; pero hasta los más zotes comprendian el sentido perfectamente. Sin embargo, vayan ustedes ahora á preguntarles si sabrian repetir sus palabras. ¡Qué! ni dos solas. No obstante, lo que es el sentido bien claro estaba para todo el mundo. Sin nombrar jamás al señor del castillo, bien se echaba de ver que hablaba de él: y, en fin, para comprenderle bastaba obser var cuando se le arrasaban los ojos en lágrimas. Entónces, ¡qué de llantos, qué de sollozos en toda la iglesia!

—Es verdad,-dijo el niño;-iy por qué lloraban todos como si fueran muchachos?

—iChiton! Y en verdad que hay corazones bien duros en esta tierra. Hizo ver con mucha claridad que, á pesar de la careslía, es preciso dar gracias al Señor, trabajar mucho, ayudarse unos á otros y vivir contentos: porque no es una desgracia el pasar trabajos, ni el ser pobre; no, sefior. La desgracia es obrar mal. Y no son las suyas sólo buenas palabras, pues se sabe que vive como un pobre, y se quita el pan de la boca para darlo á los necesitados, cuando podria vivir regaladamente mejor que otro alguno.

Ast, así es cuando da gusto oir predicar á un sujeto de su clase, y no como muchos que dicen: «Haz lo que te digo, y no lo que hago.» ¡Buena razon por cierto! El ejemplo es lo que más vale. Tambien hizo ver que hasta los que no son señores, si tienen algo más de lo necesario, están obligados á repartirlo con los menesterosos.

Aquí interrumpió su plática como si le ocurriese algun pensamiento improviso: se mantuvo cabizbajo un momento; luégo de lo que habia en la mesa dispuso un plato, y poniendo sobre él media hogaza de pan, lo envolvió todo en una servilleta, y cogiéndola de las cuatro puntas, dijo á la mayor de sus chicas:

—Toma,-y dándole en la otra mano vna botella de vino, añadió:-véte á casa de la tia María la viuda, y dáselo todo, diciendo que es para que celebre este dia con sus niños, zestás? y cuidado que lo hagas bien, de modo que parezca expresion y no limosna. Si te encuentras con algun conocido, no le digas nada, y mira no rompas aigo.

Enternecióse Lucía, asomando las lágrimas á sus ojos, y experimentando al mismɔ tiempo singular regocijo, pues las razones precedentes le habian causado tal consuelo, que quizá no lo hubiera producido igual el sermon más acabado.

Entró de ahí á poco el Cura del pueblo, diciendo que le enviaba el Cardenal para que le llevase nuevas de Lucía, á quien su lustrísima queria ver aquella misma tarde. Dió luégo gracias á los dos esposos, y conmovidos entrambos y Lucía, no encontraban palabras con que corresponder á tantas bondades.

Y tu madre no ha llegado aún?-preguntó á Lucía el Párroco.

—Mi madre!-exclamó ésta; mas oyendo que de órden de su llustrísima se la habia mandado venir, se cubrió el rostro con el delantal y prorumpió en un copioso llanto, que no cesó sino mucho despues de haber salido el Cura.

Apénas los tumultuosos afectos que excitó en su ánimo aquella noticia dieron entrada á pensamientos más sosegados, se acordó de que la próxima satisfaccion de ver á su madre, satisfaccion que pocos minutos ántes no se hubiera atrevido á esperar, la habia implorado expresamente en su mayor apuro, poniéndola casi como condicion del voto, cuando dijo: «Haced que vuelva libre al lado de mi madre:» y estas palabras se presentaron vivamente á su memoria. Con esto se confirmó en el propósito de mantener su promesa, y consideró como un cargo de conciencia su disgusto y momentáneo arrepentimiento.

En efecto, cuando se estaba hablando de Inés, ya estaba en camino, y muy cerca del lugar. Fácil es figurarse cómo quedaria la infeliz al recibir aviso tan inesperado, junto con la noticia imperfecta y confusa de un peligro horroroso y de un suceso oscuro que no supo explicar el mensajero, y del cual no tenía el menor antecedente en que fundar conjeturas. Despues de haberse puesto las manos en la 21 cabeza; despues de haber exclamado repetidas veces:

«;Dios mio! ¡Virgen Santísima!» despues de haber hecho al comisionado mil preguntas á que no pudo responder, se entró precipitadamente en el carro, sin dejar en todo el camino sus exclamaciones é infructuoso interrogatorio.

Pero al llegar á cierto paraje se encontró con D. Abundo, que caminaba paso á paso con su baston. Paróse el Cura, y prorumpiendo entrambos en una interjeccion de sorpresa, se apeó la mujer, y retirados los dos á un castañar próximo al camino, le contó D. Abundo cuanto habia oido y lo que habia visto por sus ojo8. No quedaba, á pesar de esto, la cosa muy clara; pero al cabo era lo bastante para que Inés quedase segura de que su hija estaba libre de riesgos.

Quiso en seguida D. Abundo entrar en otra materia, y dar á la madre de Lucía ciertas instrucciones acerca del modo de conducirse con respecto al Cardenal, si éste, como era probable, deseaba ver å entrambas, á fin de que no le hablasen del casamiento, como cosa inoportuna; pero conociendo Inés que D. Abundo sólo trataba de su propia conveniencia, le dejó plantado sin ofrecer cosa alguna, 6, por mejor decir, sin comprometerse á nada, y despidiéndose de él, prosiguió su viaje.

Llega por fin el carro y se pára á la puerta del sastre. Levántase Lucía atropelladamente, se apea Inés con igual precipitacion, y se arrojan en los brazos una de otra.

La buena mujer, que se hallaba sola en casa, las alienta, las tranquiliza, se congratula con ambas, y con prudencia y discrecion las deja solas á prelexto de disponer una cama, pues tenía proporcion para ello; aunque si así no fuese, ella y su marido hubieran dormido en el suelo, ántes que permitir que fueran á hospedarse á otra parte.

Paeado aquel primer desahogo de abrazos y sollozos, quiso saber Inés la funesta aventura de su hija, quien se dispuso dolorosamente á contársela por menuc lector sabe muy bien que esta era una historia que ninguno sabía por entero, conteniendo incidentes oscuros é incomprensibles para la misma Lucía, y sobre todo la fatal combinacion de haberse encontrado en el camino con el funesto coche cuando justamente por una extraña casualidad iba Lucía pasando por él.

Acerca de este punto, la madre y la hija se perdian en conjeturas, sin atinar, 6, más bien, sin dar ni aproximadamente en el hito. Por lo tocante al autor principal de la Pero el trama, ni una ni otra pudieron ménos de creer que fuese D. Rodrigo.

—jAh, desalmado! ¡Hombre perverso!-exclamaba Inés:

—tambien le llegará la suya, y el Señor le pagará sus obras. Entónces verá...

—No, madre, no,-interrumpió Lucfa.-No le desee usted mal ninguno: no, ni á él, ni á nadie. ¡Si supiera usted lo que es padecer! ¡Si lo hubiese experimentado! Roguemos más bien por él, pidiendo á Dios que le toque en el corazon, como lo ha hecho con ese otro pobre caballero, que dicen que era peor, y abora es un santo.

La repugnancia de Lucía á renovar memorias tan penosas y recientes, fué parte para que más de una vez suspendiera su relacion, faltándole en várias ocasiones el ånimo para continuarla. Por fin, despues de muchas lágrimas volvió á tomar el hilo á duras penas, aunque por diferente sentimiento hubo de suspenderle en cierto paso, á saber, el del voto. El temor de que su madre la tachara de precipitada ó imprudente, 6 de que, como en el asunto del casamiento, sacase á colacion alguno de sus registros de ancha conciencia, 6 bien porque, como mujer sencilla, en el hecho de confiar á álguien su secreto, áun cuando sólo fuese para tomar parecer, diese márgen á que se divulgase, cosa que hasta en idea la avergonzaba y llenaba de rubor: todos estos motivos juntos la decidieron á callar aquella circunstancia importante, proponiéndose consultar primero con el P. Cristóbal. Mas cómo se quedó, cuando, preguntando por él, supo que le habian enviado á un país remoto, cuyo nombre no supo individualizar su madre!

—Y Lorenzo...-dijo Inés.

—Está en paraje seguro: ¿no es verdad? - exclamó Lucía.

—Es cierto, sin duda, porque todos lo dicen. Parece ser que paso á territorio de Bérgamo; pero el pueblo de su residencia no se sabe de fijo, y él hasta la presente hora no ha dado á nadie razon de su persona. Preciso es que no haya encontrado ocasion oportuna.

—jÅb! ¡Si eslá en paraje seguro,-dijo Lucía,-loado sea el Señor! Y procuraba mudar de conversacion, cuando fué interrumpida por una novedad inesperada, á saber, la presencia del Cardenal-arzobispo.

Vuello éste de la iglesia donde le dejamos, supo de boca del caballero sin nombre la libertad de Lucía. Estando ya entónces puesta la mesa, se sentó á ella, colocando á su otra. Si en aquel caso el señor Cura nos hubiese dicho francamente lo que pasaba, y hubiese casado á mis pobres hijos, nos hubiéramos ido todos juntos secretamente á paraje lejano, de donde ni el aire hubiese traido noticias nuestras.

—Ya haré yo que el señor Cura me dé razon de este embrollo,-dijo el Arzobispo.

—No, señor; no, señor,-prosiguió Inés.-No lo digo yo por eso. Nada le diga vuestra señoría: lo que pasó, pasó, y å lo hecho pecho. Y luégo ¿de qué serviria? Es un hombre así, y en igual ocasion, obraria de la misma manera.

No satisfecha Lucía del modo con que su madre refirió su historia, añadió:

—Tambien nosotras hicimos mal. Se ve que no era la voluntad del Señor que el casamiento se verificase.

—¿Pues qué mal has podido hacer tú, inocente?-preguntó el Cardenal.

Lucía, á pesar de las miradas que á hurtadillas le echaba su madre, contó la tentativa hecha en casa de D. Abundo, y concluyó diciendo:

—Obramos mal, y Dios nos ha castigado.

—Aceptad como cosa de su mano las tribulaciones que habeis padecido, y cobrad ánimo,-dijo el Cardenal,-porque quién tendrá más motivo de alegrarse y de esperar que los que han sufrido pesadumbres y se confiesan culpados? Preguntó despues por el novio, y sabiendo de Inés (pues Lucía callaba con los ojos bajos) que estaba fugitivo, manifestó admiracion y disgusto, y queriendo saber la causa, refirió Inés lo poco que sabía de la historia de Lorenzo.

—He oido hablar de ese hombre,-dijo el Cardenal,-y no comprendo cómo un sujeto complicado en asuntos de tan mala especie, andaba en tratos de casamiento con una jóven como esta.

—Era un mozo muy bueno y honrado,-contestó con voz firme Lucía, poniéndose al mismo tiempo colorada. .

—Sí, señor,-aña bueno. Y esto puede vuestra señoría preguntarlo al mismo Cura. ¿Quién sabe las tramas que se habrán urdido por allá? ¡Es menester tan poco para que á los pobres se leshaga parecer bribones!

—Es mucha verdad,-dijo el Arzobispo.-Basta: yo me informaré de todo.

Y apuntando nombre y apellido, añadió que pensaba pasar á su pueblo dentro de pocos dias, que entónces Lucía Inés;-sí, señor; era demasiado podria volverse sin temor, y que entretanto le buscaria un asilo seguro hasta que todo estuviese arreglado.

Volvióse luégo á los amos de la casa, que entónces se le acercaron algo más, y reiterándoles las gracias que ya les habia dado por conducto del Párroco, les preguntó si tendrian inconveniente en retener por algunos dias aquellos huéspedes que Dios les enviaba.

—įInconveniente? no, señor,-contestó la mujer con una voz y un semblante más expresivos que su lacónica respuesta, embargada por la cortedad.

Pero el marido, animado por la presencia de tan alto personaje, y la gana de lucirlo en tan solemne ocasion, estaba discurriendo una brillante respuesta. Arrugó, pues, la frente, levantó los ojos, frunció los labios; pero á pesar del tropel confuso de ideas que se le presentaron, sólo pudo echar fuera esta expresion: «¿Cómo, señor, nos habíamos de negar?...» sin ocurrirle otra cosa, por lo que no sólo enténces quedó corrido, sino que en lo sucesivo jamás pudo recordar aquel lance sin humillacion y disgusto.

Despidióse el Cardenal diciendo: «;La bendicion del Señor sea por siempre en esta casa!»

Preguntó por la noche al Párroco cómo podria recompensar de un modo decente á aquel honrado artesano por su hospitalidad, que en aquella época de escasez le serfa gravosa forzosamente, y sobre todo tratándose de un hombre que, segun las apariencias, no era rico.

—Verdad es-contestó el Párroco-que las utilidades de su profesion y el producto de una corta heredad que posee el buen sastre, no bastarán este año para ponerle en estado de hacer grandezas; pero mediante algunos ahorros de los anteriores, es de los más acomodados del pueblo, y se halla en el caso de sufrir tales gastos con el mayor gusto, con la circunstancia de que se ofenderia si se le diese dinero.

—Y no tendrá algunos créditos contra gentes pobres que no puedan pagarle?

—Oh! eso sf. ¡Figúrese su llustrísima cómo habrán podido pagarle este año los que apénas tuvieron cosechă el anterior.

—Pues bien,-repuso el Cardenal:-á mi cargo corren esas deudas, de que usted me hará el gusto de pedirle una nota.

—Debe ser cantidad no pequeña.

—Mejor. Y no habrá tambien algunos que, si nada le deben, es porque no ha habido quien les fie? -j0h, señor! de esos no faltan en tiempos tan fatales, áun cuando uno hace cuanto puede...

—Haced que los vista de mi cuenta, y pagádselo sin mezquindad, que yo abonaré el importe. A la verdad, este año me parece robado cuanto no se emplea en pan; pero esto es un caso de excepcion.

No queremos acabar aquf la historia de aquel célebre dia, sin contar brevemente cómo le dió fin el señor del castillo.

La noticia de su conversion le habia precedido en todo el valle, en el cual habia causado asombro, curiosidad, disgusto y murmuraciones. A los primeros bravos que encontró en el camino les hizo seña de que le siguiesen, y así consecutivamente á los restantes. Seguíanle todos con ánimo suspenso, pero con la misma sumision; así llegó á su castillo con gran acompañamiento. Hizo tambien seña á los de la pueria para que entrasen con los demas en el primer patio, donde sin apearse dió un terrible grito, que servia de señal á fin de que acudiese todo el mundo. En un instante aparecieron cuantos estaban diseminados por la casa, quedando todos en silencio mirando al amo de hito en hito.

—ld al salon grande y aguardadme allí,-les dijo, manteniéndose á caballo viendo cómo salianapeóse luégo, condujo por sí mismo la mula á la cuadra, y se dirigió al salon en que le esperaba aquella buena gente.

Al presentarse, cesó de golpe el murmullo, y todos los bravos, que serian como unos treinta, se apiñaron á un extremo de la sala, dejando al amo un gran espacio libre.

Levantó el caballero la mano, como para mandar que no se perturbase el silencio que impuso su presencia, y alzando la frente, que sobresalia por encima de todos ellos, habló de esta manera:

—Escuchadme, y ninguno me interrumpa miéntras yo no le pregunte. Hijos, la senda por donde hemos caminado hasta ahora conduce al infierno. Esto no es reconvencion, la cual poca fuerza tendria en mi boca, porque soy el peor de todos; pero escuchad lo que tengo que deciros. La misericcrdia de Dios me ha llamado á mudar de vida, y la mudaré ciertamente, 6, por mejor decir, ya no soy el que era: hágalo así el Señor cGn todos vosotros.

Sabed, pues, y no lo dudeis, que estoy resuelto á morir mil veces, ántes que obrar contra su ley santa. Revoco las órdenes criminales que he dado á cada uno de vosotros; ya me comprendeis: léjos de eso, os mando que nada se ejecute de cuanto estaba dispuesto, y tened igualmente por seguro que nadie podrá bacer mal, fiado en mi proteccion, de aquí en adelante. Al que quiera permanecer aquí con estas condiciones, le miraré como hijo, y me tendré por feliz, cuando el último pan de mi casa sirva para alimentar al último de vosotros, quitándomelo yo de la boca.

Al que no se conformare le daré lo que le corresponda de su salario, y además una gratificacion, á fin de que se vaya cuando quiera: en la inteligencia que no ha de volver á poner los piés aquí, sino para mudar de vida, en cuyo caso será siempre recibido con los brazos abiertos. Para meditarlo teneis toda esta noche; mañana os llamaré uno por uno, sabré vuestra resolucion, y os intimaré nuevas órdenes. Por ahora, cada cual ocupe su puesto, y Dios, que se ba dignado ser para mí tan misericordioso, os ilumine.

Calló él, y callaron todos. Por grande que fuese el tropel de pensamientos que bullia en aquellas cabezas, ninguno salió al semblante. Estaban acostumbrados á considerar la voz de su amo como la manifestacion de una voluntad contra la cual era inútil luchar, y aunque aquella voz anunciaba que ya la voluntad era otra, no daba å entender que se hubiese debilitado su energia. A ninguno le pasó siquiera por el pensamiento que, por haberse convertido su señor, pudiera subírsele á las barbas, y replicarle como á otro hombre. Veian en él á un santo, pero de aquellos que se pintan con la frente erguida y la espada en la mano, No todo era temor: tenianle además (especialmente los que habian nacido en sus dominios, que era la mayor parle) el respecto de vasallos, y todos le miraban con cierto afecto fundado en admiracion, por manera que en su presencia se hallaban sobrecogidos de aquella especie de cortedad que engendra el hábito delante de un superior reconocido por tal desde la niñez. Es cierto que no les eran gratas sino repugnantes las cosas que acababan de oir, pero tampoco nuevas ni extrañas para su entendimiento. Mil večes se habian burlado de ellas, no porque no las creyesen, sino por evitar y rechazar con las burlas la impresion incómoda que les causaba su recuerdo, y el miedo que les hubiera infundido su séria meditacion; y el ver ahora en el ánimo de su señor los efectos de aquel mismo miedo no dejó de hacerles mella más ó ménos durable. Agrégase á esto que los que fuera del valle supieron tan gran novedad, fueron testigos del júbilo y entusiasmo del pueblo, y de la veneracion que de improviso s3 granjeó su señor entre las gentes, en vez del odio y del terror que ántes excitaba su nombre.

Con esto estaban aturdidos é indecisos, renegando en su interior los unos, cavilando los otros sobre el rumbo que podrian tomar en adelante; estos meditaban si tendrian esfuerzo y conformidad para ser hombres de bien; aquellos se inclinaban á serlo. Otros, por último, trataban de ganar tiempo prometiéndolo todo, á trueque de quedarse á comer un pan ofrecido con tanta cordialidad, y tan dificil de encontrar en aquella época, con ánimo de seguir despues el camino que más les conviniese. Ello es que ninguno chistó, y asi que el caballero, concluida su plática, alžó la mano en señal de despedida, tomaron todos la puerta tan quietos y sosegados como una manada de corderos. Salió tras ellos el amo, y puesto en medio del patio, observó á la vislumbre que cada cual se encaminó á su puesto sin hablar palabra. Subió despues á su aposento, y tomando una linterna, reconoció las entradas y salidas, los corredores y patios, en suma, todo el castillo, y cuando vió que en todas partes reinaba el sosiego y el silencio, se fué á dormir, porque á la verdad tenía sueño.

Ejercitado toda su vida en tomar sobre sí negocios intrincados y urgentes, jamás tuvo tantos como ahora, y sin embargo tenía sueño. Los remordimientos que tanto le habian acosado la noche anterior, léjos de disminuirse le punzaban con más fuerza, y sin embargo tenía sueño. El órden y gobierno establecido8 por tantos años en aquel castillo estaban expuestos á un trastorno. La sumision ilimitada de sus satélites, su fidelidad y su disposicion á obedecer ciegamente su voluntad, en que por tan largo tiempo descansaba, no le ofrecian ya la antigua confianza. El mismo acababa de introducir en su propia casa la incertidumbre, y quizá la confusion, poniendolo todo en contingencia: y sin embargo tenía sueño. Entr6, pues, en su cuarto, se acercó al lecho mismo en que tanta inquietud habia padecido la última noche, y se arrodilló á su cabecera ansioso de rezar. Hall6, en efecto, en un escondrijo de su memoria las oraciones que le enseñaron en su niñez, y aquellas palabras, tantos años olvidadas y oscurecidas, fueron desarrollándose poco á poco unas tras otras.

En este ejercicio encontraba un conjunto de afectos indefinibles, cierta dulzura en volver á los hábitos de la inocencia, cierta exacerbacion de dolor al contemplar el abismo de crímenes y desdichas que mediaba entre aquel tiempo y el presente, un vivo anhelo por conseguir con obras de expiacion una conciencia nueva y el estado más inmediato á la inocencia que ya no le era dado recobrar, y últimamente una gratitud y una confianza ilimitada en la misericordia de Dios, con cuyo auxilio esperaba llegar á tan feliz término, y de la cual tenía ya tan calificadas pruebas. Levantóse despues, se acostó en su cama, y se quedó profundamente dormido.

De esta manera tuvo fin aquel dia, cuya celebridad duraba aún cuando apuntaba estas noticias el aulor anónimo de quien las hemos tomado, y que, á no ser por él, quedaran perdidas en el olvido, puesto que Rívola y Ripamonti, ya citados, se contentan con decir que aquel tirano tan famoso, despues de una conferencia que tuvo con el cardenal Federico Borromeo, mudó enteramente de vida con asombro de todo el mundo. Y tantos son por ventura los que han leido estos dos autores? Ménos sin duda que los que han de leer esta historia. Y quién sabe si algun curioso que tuviese habilidad y deseo de hallarla, encontraria en aquel valle alguna remota y oscura tradicion de este suceso? ;Desde entónces acá sou tantas y tantas las cosas que han pasado!