Los novios/XXV
CAPÍTULO XXV.
El dia siguiente, en el lugar de Lucía y en todo el distrito de Lecco, no se hablaba de otra cosa sino de ella, del caballero anónimo, del Arzobispo y de otro sujeto que, aunque se complacia en que su nombre fuese muy conocido, esta vez hubiera deseado que nadie se acordase de él. Hablamos de D. Rodrigo.
No porque ántes de ahora no se hablase de sus hazañas, sino porque siempre se hacía con palabras ambiguas, y en secreto. Era necesario que dos personas se tratasen con mucha intimidad para expresarse claramente sobre 8sta materia; y áun entónces no lo hacian con toda la acrimonia de que eran capaces; porque los hombres en general, cuando no pueden desahogar su indignacion sin riesgo, no sólo la demuestran ménos, 6 la ocultan del todo, sino que efectivamente es menor la que experimentan. Pero en esta ocasion, ¿quién hubiera tenido reparo en 6 en hablar de un hecho tan estrepitoso en que preguntar, se babia visto la mano del cielo, y en que hacian un gran papel dos personajes célebres? El uno porque reunia en sí tan grande autoridad y tan vehemente amor á la justicia, y el otro porque parecia la misma prepotencia persouificada que llegaba á humillarse, y la flor y la nata de los bravos, que iba, digámoslo así, á rendirse y á deponer las armas. En comparacion de éstos, ¡qué ruin personaje apareció D. Rodrigo! Entónces comprendian muy bien todos cuán grande era la infamia de molestar á la inocencia para deshonrarla y perseguirla con tan imprudente teson, ian atroz violencia é insidias tan abominables. En aquella ocasion era cuando todo el mundo pasaba revista á las demas hazañas de aquel malvado, y cada uno decia con franqueza su parecer, animado al ver que todos eran del mismo sentir. Murmurábase de él con indignacion en todas partes; pero léjos de sus tiros, por temor á la turba de bravos que le rodeaban.
Una gran parte de esta animadversion pública alcanzaba tambien á sus amigos y aduladores. Con efecto, se le cortaba un buen sayo al señor Podestá, siempre sordo, ciego y mudo acerca de las maldades de aquel tiranuelo; pero se hablaba de él con alguna reserva porque contaba con sus esbirros. Por lo que toca al abogado Tramoya, como no tenía más que bachillerías y embrollos, no se le guardaba tanta consideracion, haciéndose lo mismo con los demas parásitos sus semejantes. A todos se les señalaba con el dedo y se les miraba de reojo, por lo cual juzgaron conveniente no dejarse ver en mucho tiempo.
Aterrado D. Rodrigo' con noticia tan inesperada, y tan diferente de la que aguardaba de dia en dia, de momento en momento, esiuvo encerrado en su castillo sin más compañía que sus satélites, tragando veneno por espacio de dos dias, al cabo de los cuales partió para Milan. A no haber mediado otro motivo que las murmuraciones de las gentes, quizá hubiera permanecido allí por lo mismo para arrostrarlas, y acaso, al ver el término á que habian llegado las cosas, hubiera buscado ocasion de escarmentar á todos en uno de los más atrevidos; pero lo que le hizo salir fué la noticia indudable de que el Cardenal iba por aquellas partes. El Conde su tio, que nada sabía de su historia, sino lo que le habia contado el conde Atilio, hubiera sin duda exigido que en semejante ocasion su sobrino hiciese el primer papel al lado del Cardenal, y recibiese en público de su ilustrísima las distinciones correspondientes à su clase; y ya todos ven los buenos antecedentes que habia para ello.
Lo bubiera exigido, pidiendo luégo que de todo se le diese una razon circunstanciada, por ser excelente coyuntura para manifestar la estimacion que merecia la familia de una de las primeras autoridades del Ducado. Para librarse de semejante compromiso, se levantó D. Rodrigo una mañana ántes de salir el sol, se metió en su coche, acompañándole á vanguardia y á retaguardia el Canoso y demas bravos, y dejada la órden de que le siguiese luégo el resto de la familia, salió fugitivo, como... (permitasenos dar algun lustre á nuestros personajes con alguna honrosa comparacion) como salió de Roma Catilina, bufando y jurando volver presto de distinto modo para vengarse.
El Cardenal entretanto iba visitando las parroquias del territorio de Lecco. El dia que debia llegar al lugar de Lucía, la mayor parte de los habitantes salieron á recibirle al camino. A la entrada del pueblo, al lado mismo de la casita donde vivian madre é hija, se habia construido con palos y cañas un arco triunfal revestido y adornado de ramos y flores. La fachada de la iglesia estaba adornada con tapices; todas las ventanas del pueblo colgadas con colchas, sábanas, fajas de niños en festones y todo lo mejor que tenian aquellas buenas gentes, y que, siendo cosas de uso diario, parecian adornos de lujo. A la hora de visperas, que era la misma en que el Arzobispo acababa de llegar á la iglesia, los que habian quedado en las casas, viejos, mujeres y especialmente muchachos, salieron tambien á recibirle, parte en órden y parte á bandadas, presididos todos por D. Abundo, apurado y aturdido en medio del bullicio de las gentes que subian y bajaban, y que, segun él mismo decia, le trastornaban la vista, y temeroso de que las bachillerías de las mujeres le pusiesen en el caso de tener que dar cuenta del asunio del matrimonio.
En esto apareció el Cardenal, 6, por mejor decir, la muchedumbre, en medio de la cual se hallaba en su litera con su acompañamiento, pues de todo esto sólo se veia sobresalir por encima de las cabezas el extremo de la cruz que llevaba delante en una mula el capellan destinado á este oficio. La gente que iba con D. Abundo corrió de tropel á incorporarse con la que venia con el Cardenal, y D. Abundo, despues de haber dicho tres 6 cuatro veces «poco á poco, despacio: ¿qué haceis?» se volvió despechado, y diciendo entre dientes: «Esta es una Babilonia; es una Babilonia,» se dirigió á la iglesia que aún estaba desocupada, y allí estuvo aguardando. Adelantábase el Cardenal dando bendiciones, y recibiéndolas del concurso, que apénas podian contener los de la comitiva. Como paisanos de Lucía, aquellos pobres aldeanos hubieran querido obsequiar al Arzobispo con demostraciones extraordinarias; pero no era esto muy fácil, porque ya de mucho tiempo en todas partes á donde llegaba se esmeraban las gentes en hacer cuanto podian. Ya al principio de su pontificado, la primera vez que entró solemnemente en la catedral, fué tan grande la afluencia del pueblo, que estuvo para perder la vida; y algunos caba- İlercs que estaban á su lado sacaron las espadas para contener la muchedumbre: tan incultas y violentas eran las costumbres de aquellos tiempos, que, áun para hacer demostraciones de amor y respeto á un obispo en su misma iglesia, corria riesgo de ser atropellado; y sin duda la amenaza de que bablamos no hubiera bastado, si dos clérigos robustos de ánimo y de cuerpo no lo hubieran levantado en sus brazos para llevarle en vilo desde la puerta de la iglesia hasta el altar mayor: desde entónces en todas las visitas que tuvo que hacer, se puede contar su primera entrada en las iglesias, sin que parezca exageracion, entre sus trabajos pastorales, y á veces entre los peligros de su vida.
Entró, pues, en aquélla como pudo, se dirigió altar, y allí, despues de haber orado, habló, segun su costumbre, cuatro palabras á los concurrentes, haciéndoles presente el amor que les tenía, y el deseo de su salvacion, indicándoles el modo de disponerse para la funcion del dia siguiente. Pasó en seguida á casa del cura Párroco, y entre las muchas cosas acerca de las cuales tuvo que conferenciar con él, le preguntó por las circunstancias y la conducta de Lorenzo. Contestó D. Abundo que era un mozo algo vivo, algo testarudo y algo colérico: pero á preguntas mås precisas y determinadas tuvo que responder que era hombre de bien, y que él mismo no sabia comprender cómo en Milan habia hecho todas las diabluras de que se hablaba.
—En cuanto á la jóven, ¿cree usted-prosiguió el Cardenal-que puede volver á su casa sin riesgo?
—Por ahora-respondió D. Abundo-me parece que puede venir y permanecer; digo por ahora... pero,-añadió con un suspiro-sería necesario que su Ilustrisima quedase siempre aquí ó muy cerca.
—El Señor siempre está cerca,-dijo el Cardenal.-Por lo demas, yo pensaré cómo ponerla en paraje seguro. Y dió inmediatamente la órden para que el dia siguiente muy temprano se despachase la litera con escolia para traer á las dos mujeres.
Salió D. Abundo muy contento, viendo que el Arzobispo le habia hablado de Lorenzo y Lucía, sin decirle palabra por haberse negado á casarlos.
«Luégo nada sabe, decia para sf. Inés ha callado. ;Qué milagro! Sin embargo, necesito verla otra vez para darle nuevas instrucciones. Si, la veré.» Y no sabía el pobre hombre que el Arzobispo no habia hablado sobre el particular expresamente, porque cra su ánimo tocar este punto más despacio y en mejor ocasion; y ántes de darle una buena reprimenda queria oir sus razones.
Pero los proyectos del buen prelado con respecto á la colocacion de Lucía eran ya inútiles, pues despues de haberla dejado en casa del s3stre, habian sobrevenido las cosas que vamos á referir.
Las dos mujeres, en los pecos dias que tuvieron que pasar en su nuevo asilo, tomaron cada una, en cuanto pudieron, su antiguo y acostumbrado régimen de wida. Lucia pidió algo que trabajar, y como lo hacia en el convento, no dejaba la aguja de la mano en una piececita retirada, léjos de la gente. Inés salia algunas veces, y otras se ocupaba en remendar alguna ropa en compañia de su hija. Sus conversaciones eran tanto más tristes cuanto más afectuosas. Las dos estaban resignadas á separarse, porque la oveja no podia volver cerca de la cueva del lobo. Pero ¿cuando y cómo se verificará semejante separacion? Intrincado y oscuro era para ellas el porvenir, y especialmente para una; sin embargo, Inés no dejaba de bacer conjeturas de color de rosa, pensando que no habiéndole sueedido á Lorenzo alguna desgrácia, no debia tardar en darles noticias de su persona, y en decirles si habia encontrado que trabajar y donde establecerse: y manteniéndose, como no podia dudarse, en su propósito de cumplir su palabra á Lucía, ¿qué dificultad habia en irle á busear? Con estas esperanzas entretenia á menudo á su hija, cuyo dolor al oirla era quizá mayor que su pena para haber de responderle.
Siempre habia ocultado su gran secreto, é inquieta por el disgusto que le causaba el usar de semejante supercherfa con tan buena madre, pero al mismo tiempu contenida casi invenciblemente por la vergüenza y otros varios temores, iba difiriendo de hoy á mañana el descubrirlo. Por otra parte, sus designios eran muy diferentes de los de su madre; 6, por mejor decir, ningunos tenía formados, poniéndose enteramente en manos de la Providencia. Procuraba por tanto mudar de conversacion, 6 en términos generales contestaba que ya no tenía en este mundo otra esperanza ni deseo sino el de reunirse con su madre en su casa; y las más veces venian las lágrimas á hacer con oportunidad el oficio de las palabras.
—Sabes tú por qué se te figura eso? porque, como has sufrido tanto, no crees que las cosas puedan tomar otro aspecto; pero deja obrar al Señor; y si... como se presente un rayo de luz, sólo un rayo, me dirás entónces si no piensas en nada.
Besaba Lucía á su madre y prorumpia en muevo llanto.
Ya entre ellas y sus huéspedes se habia establecido una grande amistad. Y en dónde se estrecha con vínculos más fuertes, sino entre bienhechores y favorecidos, cuando unos y otros son honrados y buenos? Inés con especialidad charlaba mucho con el ama de la casa; luégo el sastre las entretenia con historias y discursos morales, y sobre todo en la mesa siempre tenía algo que contar del valiente Roldan, 6 de los Padres del desierto.
A pocas millas de aquel lugar pasaba el otoño en una quinta suya un matrimonio de gentes distinguidas, cuyos nombres eran D. Ferrante y doña Práxedes. Era ésta una señora vieja muy propensa á hacer bien, oficio seguramente el más digno que puede ejercer el hombre, pero que por desgracia suele alguna vez tener sus inconvenientes como todos los demas. Para hacer el bien es menester conocerlo, y lo mismo que las demas cosas, no podemos conocerlo sino en medio de nuestras pasiones, por nuestros juicios y con nuestras ideas, las cuales á veces no son las más ajustadas. Doña Práxedes se gobernaba con sus ideas del mismə modo que, segun dicen, debe hacerse con los amigos. Con efecto eran pocas, y les tenía singular apego. Entre ellas habia algunas por desgracia bastante torcidas, y no eran estas las que ménos amaba: de aquí nacia que no siempre era el bien lo que reputaba tal, ni los medios de lograrlo acertados 6 justos, pues solia ver las cosas al reves de lo que eran en sí realmente, como más de una vez nos sucede á todos, aunque no con la frecuencia que á la indicada señora.
Al oir doña Práxedes el gran acontecimiento de Lucía, y todo lo que en aquella ocasion se decia de ella, entró en curiosidad de verla, y mandó un coche con un criado antiguo para que le condujesc á la madre y á la hija. Esta se encogió de hombrcs, y pidió al sastre, que fué el que les | dió el recado, que las disculpase. Miéntras fué gente, como suele decirse, de poco pelo la que trató de conocer á la jóven del milagro, el sastre se prestó siempre á hacer lo que solicitaban; pero en este caso miró la resistencia como una especie de grosería. Hizo tantos visajes y tantas exclamaciones; dijo que eso no era regular; que era una casa grande; que á los señores no se les hacian semejantes desaires; que podian hacer su fortuna, y que la señora doña Práxedes, además de todas sus circunstancias, era tambien una santa, y en fin, alegó tantas razones y argumentos á su manera, que Lucia tuvo que ceder con tanto más motivo, cuanto Inés confirmaba todas aquellas razonesy argumentos con otros tantos: «;cierto! ;cierto»
Llegadas ambas á la presencia de doña Práxedes, las acogió ésta con felicitaciones y muestras de aprecio y cariño, preguntó, aconsejó, y todo con cierta superioridad innata, templada con tantas expresiones humildes, tantas ofcrtas, tantas apariencias de devocion, que Inés al momento, y poco despues Lucia comenzaron á seutirse aliviadas de aquel respeto opresor que al principio les habia infundido la presencia señoril de doña Práxecdes. y ya encontraban en ella no poco atractivo. En una palabra, oyendo doña Práxedes que el Cardeual se habia ofrecido à busearles un asilo, movida del deseo de contribuir y anticiparse à aquella buena intencion, se ofreció á recibir á la muchacha en su casa, en donde no tendria más ocupacion que la de coser, planchar é hilar, añadiendo que tomaba á su cargo el ponerlo en noticia de su Ilustrisma.
Además del bien muy obvio é inmediato que presentaba aquella obra de caridad, otro encontraba y se proponia dona Práxedes mucho más importante, segnn su modo de ver, cual era el de disipar sus errores y reducir á la buena senda á quien tanto lo necesitaba. Porque desde que oyó la primera vez hablar de Lucia, creyó al momento que en una jóven que prometió su mano á un calavera, á un alborotador, no podia ménos de haber alguna mácula oculta, por aquello de «dime con quién andas y te diré quién eres.»
Habíala confirmado en senmejante opinion la visita de Lucía, no porque en lo esencial no le pareciese una buena muchacha, sino porque habia algo que deducir del concepto de completa. Aquella cabecita baja, metida en el pañuelo del cuello, y el no responder, 6 el responder á pausas y como por fuerza, aunque debian indicar pudor, para doña Práxedes manifestaban terquedad, y segun ella, no era necesario mucho para adivinar que en aquella cabecita bu- 22 lian sus caprichitos. No le parecia bien aquel ponerse colorada á cada instante, y el reprimir los suspiros, y tampoco le gustaban sus ojos. Estaba muy persuadida, como si lo hubiese sabido por buen conducto, que todas las desgracias de Lucía eran un castigo del cielo por su compromiso con aquel bribon, y un aviso de que le olvidase para siempre; y en este supuesto se proponia contribuir á tan buen fin, pues, segun decia con frecuencia, todo su conato se reducia á cooperar á la voluntad del cielo; pero le sucedia con frecuencia que tonmaba por cielo su cerebro. En cuanto á su segunda intencion, se guardó muy bien de manifestarla, porque tenía por máxima que, para llevar felızmente á cabo un buen negocio, la principal cosa era, en la mayor parte de los casos, no dejar que se trasluciese.
Miráronse madre é hija, y supuesta la triste necesidad de separarse, el ofrecimiento les pareció muy admisible, áun cuando no hubiese sido más que por la iamediacion de aquella quinta á su lugar, pues á turbio correr, hubieran podido abrazarse en el próximo verano. Viendo la una en los ojos de la otra el consentimiento, se volvieron ambas á doña Práxedes, dándole las gracias como de quien admite.
Reiteró ésta las demostraciones de cariño y las promesas, añadiendo que dentro de poco le remitiria una carta para su Ilustrísima. Así que salieron las dos mujeres, hizo doña Práxedes que le escribiese la carta D. Ferrante, de quien, por ser literato, como veremos más adelante, se servia en calidad de secretario en las ocasiones de empeño. Tratán-.
dose de asunto de tanta importancia, apuró D. Ferrante todo su ingenio, y entregando el borrador á su esposa para que le copiase, le encargó con mucho ahinco la ortografia, que era una de las cosas que más habia estudiado, y de las pocas sobre las cuales tenía mando en su casa.
Copió doña Práxedes exactamente la carta, y la remitió á casa del sastre. Esto sucedió dos 6 tres dias ántes que el Cardenal despachase la litera para conducir á su casa á las dos mujeres.
Llegaron éstas cuando el Cardenal aún no habia ido á la iglesia, y fueron á apearse á la casa parroquial, en donde habia órden de introducirlas en cuanto llegasen. El Capellan secretario, que fué el primero que las vió, lo ejecutó, deteniéndolas solamentc el poco tiempo que necesitaba para instruirlas un poco acerca del ceremonial que debian emplear hablando al Arzobispo, del tratamiento que debian darle, cosa que de oculto hacía siempre que podia, porque era para él un tormento continuo el poco órden que habia sobre este particular.«Todo esto sucede, decia, con los demas de la familia, por la demasiada bondad de este bendito señor, y por su mucba familiaridad; por manera que yo mismo he oido más de una vez contestarle sf y n6.»
Hallábase el Cardenal justamente hablando en aquel instante con D. Abundo sobre asuntos de la farroquia; de modo que tampoco éste tuvo lugar de bacer á las mujeres las prevenciones que deseaba. Solamente al pasar á su lado, cuando él salia y ellas entraban, pudo darles á entender con los ojos que estaba contento de su proceder, y que guardasen reserva como mujeres de bien.
Despues de la buena acogida por una parle, y las primeras cortesías por otra, Inés sacó del pecho la carta y se la entregó al Cardenal, diciendo:
—Es de mi señora doña Práxedes, la cual dice que conoce mucho á usía ilustrísima, como naturalmente todos los señores deben conocerse: leyéndola lo verá usía ilustrisima.
—Muy bien!-dijo el Cardenal, despues de haber leido la carta, y baber sacado el sentido entre las metáforas y los piropos de D. Ferrante.
Conocia bastante aquella casa para estar seguro de la buena intencion con que era admitida Lucia, y de que estaria libre de las asechanzas de su perseguidor. No sabemos á punto fijo qué concepto tenía formado de la cabeza de doña Práxedes; probablemente no sería la persona que hubiera escogido para semejante encargo, pero no solia, como hemos dicho y dado á conocer en olra parte, deshacer las cosas hechas por aquel á quien pertenecian, para volverlas á hacer niejor.
—Sufrid con resignacion-añadió-tambien esta separacion, y la incertidumbre en que os hallais, con la esperanza de que será corta, confiando en que Dios dirigirá las cosas á su verdadero término, y que lo que quiera, será siempre lo mejor para vosotras.
Dió á Lucía en particular algunos consejos, consolo á las dos, las bendijo y las despidió.
Al salir á la calle se hallaron rodeadas de una infinidad de amigos y amigas, y se puede decir de todo el lugar que las aguardaba, y las acompañó á su casa como en triunfo.
Entre aquellas mujeres, unas se congratulaban, otras hacian preguntas, y todas manifestaban disgusto al oir que Lucía debia ausentarse el dia siguiente. No eran menores las demostraciones de los hombres: cada uno se ofrecia á guardar su casa aquella noche, y aquí se confirmaba aquel refran que dice: «¿Quieres tener mucha gente en tu ayuda? haz por no necesitar á ninguna.»
Aunque acogida tan bullieiosa aturdia á Lucía, no dejó de serle de alguna utilidad, distrayéndola de pensamientos que, áun entre la confusion, le ocurrian en aquella puerta, en aquella salita, y, en fin, á la vista de iodos aquellos objetos.
Al toque de la campana, que anunciaba que iba á empezar la funcion, se dirigieron todos á la iglesia, y la vuelta fué otro pasco triunfal para Inés y Lucía.
Concluida la funcion, entró D. Abundo á ver si Perpétua lo habia dispuesto todo bien para comer, cuando le avisaron que el Cardenal queria hablarle. Acudió inmediatamente al aposento de su ilustre huésped, el cual, habiendo dejado que se aproximase:
— Señor Cura,-le empezó diciendo, de un modo que le dió á entender que aqueilas palabras eran el principio de un largo y serio razonamiento,-señor Cura, ¿por qué no casó usted á esa Lucía con el que tenía comprometida su palabra con ella?
«Ya esas habladoras han vaciado el buche esta mañana,» dijo para sí D. Abundo, y respondió como balbuciente:
—Señor ilustrisimo, es muy probable que su llustrisima haya oido bablar de lo ocurrido en este negocio, en que hay tal enredo, que áun en el dia no es fácil desenmarañarlo, como usia ilustrisima puede deducirlo viendo aquí á la muchacha como por milagro, al cabo de tantas aventuras, y sin saber despues de otras tantas dónde está el mozo.
—Pregunto,-replicó el Cardenal,-si es cierto que ántes de todos esos sucesos se negó usted á celebrar el casamiento cuando lo solicitaron, y por qué motivo.
—Ah! ¡si usía ilustrísima supiera!... ;Qué intimacioues! ¡Qué órdenes de no hablar!...
Y sin concluir, quedó D. Abundo en ademan de dar á entender respeluosamente que sería una imprudencia el querer saber más.
—¿Cómo?--dijo el Cardenal con una gravedad poco comun en él.-Su obispo de usted es quien, por su obligacion, y para justificacion de usted, quiere saber por qué no hizo lo que debia.
—Señor ilustrisimo,-contestó D. Abundo haciéndose el chiquito;-no quise decir... me pareció... que siendo cosas muy complicadas, antiguas y sin remedio, sería inútil | revolver... pero digo... sé que su llustrisima no querrá comprometer á un pobre párroco; porque ¡ya se ve! como usía llustrisima no puede hallarse en todas partes, y yo quedo aquí expuesto... pero ya que su llustrísima lo manda, diré... si, señor, lo diré todo.
—Diga usted: me alegraré de no hallarle culpado.
D. Abundo entónces empezó á contar la dolorosa historia; pero suprımió el nombre principal, sustituyéndole la expresion de «un gran señor,» dando de este modo á la prudencia todo lo que era posible en semejante apuro.
Y no ha tenido usted otro motivo?-preguntó el Cardenal despues de haberlo oido.
—Quiza no me he explicado bien,-respondió D. Abundo;-pena de la vida me pusieron para que no hiciera aquel casamiento.
—¿Le parece á usted una razon suficiente para dejar de cumplir una obligacion tan precisa?
—Siempre he procurado cumplir con mi deber, áun con las mayores incomodidades y molestias; pero cuando se trata de la vida...
—Cuando se presentó usted á la Iglesia-dijo el Cardenal con mayor gravedad-para recibir este ministerio, la Iglesia le aseguró á usted la vida? ¿Le dijo á usted que las obligaciones anejas al ministerio estaban libres de todo obstáculo, exentas de todo peligro, ó que dcnde comenzaba el peligro, alli cesaban las obligaciones? ¿No le dijo á usted todo lo contrario? No le manifestó que os enviaba como una oveja entre los lobos? No sabiais que habia hombres violentos á quienes desagradaria lo que se os mandaba? Aquel que nos ha trasmitido su doctrina, y á cuyo ejemplo nos llamamos, y dejamos que nos llamen pastores, viniendo á este mundo para ejercer semejante oficio, ¿puso por condicion que se le librase la vida? Y para prolongarla unos pocos dias más en la tierra á costa de la caridad, se necesitaba la uncion santa, la imposicion de Jas manos, la gracia del sacerdocio? El mundo es quien puede enseñar esta doctrina. Pero ¿qué digo? ;0h ignominia! El mundo mismo la desecha: tambien él establece sus leyes, que señalan el bien y el mal: tiene él igualn.ente su Evangelio, un Evangelio de orgullo y de odio, y no permite que se diga que el amor de la vida es una razon para faltar á sus preceptos. No lo permite, y se le obedece. Y lo haremos nosotros? ¿Qué seria de la lglesia si este lenguaje fuera el de todos vuestros co-hermanos? ¿En donde estaria si se hubiera presentado en el mundo con semejante doctrina? Estaba D. Abundo con la cabeza baja, y su espíritu se hallaba entre aquellos argumentos como el pollo entre las garras del gavilan que le tiene elevado á una region desconocida, y en una atmósfera que nunca respiró. Viendo que era necesario contestar alguna cosa, dijo con cierta sumision no producida por el convencimiento:
—Señor ilustrisimo, no tendré razon: si no se ha de hacer caso de la vida, ya no sé qué decir; pero cuando hay que habérselas con gente que tiene la fuerza y no entiende de razones, no sé qué es lo que se podria ganar con echarla de valiente. Aquel es un señor con quien no hay que partir peras.
—No sabeis que el sufrir por la justicia es nuestra victoria? ¿Y si no sabeis esto, qué es lo que predicais? De qué sois maestro? ¿Cuál es !a buena nolicia que anunciais á los pobres? ¿Quién os pide que venzais la fuerza con la fuerza? Ciertamente no os preguntarán un dia si habeis sabido contener á los poderosos, porque no se os dió para esto ni comision ni medios; pero sí os preguntarán si empleasteis los que eslaban en vuestra mano para hacer lo que os habian mandado, áun cuando aquéllos tuviesen la temeridad de oponerse.
«;Qué rarezas tienen estos santos! decia para sf don Abundo. En sustancia, segun se ve, le interesan más los amores de dos aldeanos que la vida de un pobre sacerdote.» Y en cuanto á él, se bubiera contentado con que allf diese fin la amonestacion; pero veia que el Cardenal á cada pausa quedaba como quien aguarda una respuesta, una confesion 6 una apologia; en fin, alguna cosa.
— Vuelvo á decir, ilustrisimo señor, que seré culpado...
El valor ro puede uno infundírselo á sí mismo.
—¿Y por qué, pues, pudiera yo contestar, por qué, pues, abrazasteis un ministerio que impone el estar en continua guerra con las pasiones del siglo? Pero me limitaré á preguntaros: ¿cómo no os ocurrió que en cste ministerio, de cualquier modo que le abrazaseis, si el valor es necesario para cumplir con sus obligaciones, el Señor os le daria infaliblemente, como se lo pidieseis con fervor y confianza? ¿Creeis que tantos millones de mártires tuvieron naturalmente valor? que despreciasen la vida tantos jóvenes que empezaban á gozar de ella, tantos ancianos acostumbrados á sentir que se acercaba su término, tantas doncellas, tantas madres? Todos tuvieron ánimo, porque el ánimo era necesario, y porque tuvieron confianza. Conociendo vuestra debilidad y obligaciones, ¿tratasteis de prepararos á los pasos dificiles en que pudierais encontraros, y en que efectivamente os habeis encontrado? Si en tantos años de oficio pastoral habeis amado á vuestra grey, no debia faltaros el ánimo, porque el amor es intrépido.
Si amalais, pues, á los que estaban encargados á vuestro cuidado, á los que llamabais hijos, ¿cómo es que al ver á dos de ellos amenazados, temblasteis por vuestra propia vida y no por ellos? Y qué hicisteis por esos pobres? :
Aquí calló en ademan de aguardar la contestacion.