Ir al contenido

Los novios/XXVI

De Wikisource, la biblioteca libre.
Nota: Se respeta la ortografía original de la época

CAPÍTULO XXVI.

A semejante pregunta no supo D. Abundo qué responder.

—No contestais?-preguntó el Cardenal.-Si por vuestra parte hubierais hecho lo que pedia la caridad, cualquiera que hubiese sido luégo el resultado, no os quedariais sin respuesta. Lo que habeis hecho os lo diré yo.

Habeis obedecido á la iniquidad, no haciendo caso de lo que os imponia vuestra obligacion. La iniquidad os impuso la trasgresion y el silencio, y vos, faltando á vuestro deber, callasteis y obedecisteis. Ahora pregunto yo si habeis hecho otra cosa, y me direis tambien si no es verdad que anduvisteis buscando pretextos para cohonestar vuestra negativa y no revelar la verdadera causa de ella.

Ý aquí lambien estuvo aguardando la respuesta.

«;Hasta esto le han espetado aquellas cotorras!» dijo para si D. Abundo.

Y como no diese indicios de contestar, continuó el Arzobispo:

—iLuego es cierto que engañasteis á aquellos infelices, diciéndoles lo que no era para mantener rancia que exigia de vos la perversidad?.. Debiendo, pues, creerlo, no me queda que hacer sino sonrojarme con vos, y esperar que lloreis conmigo semejanto culpa. Ved, ¡Dios mio! adónde os ha conducido la falta de caridad; á engañar á los débiles, y á mentir á vuestros propios hijos. Si teneis que contestar á mis palabras, haced:o francamente; en ignopero si son justas, meditadlas de modo que os sirvan de confusion saludable.

«Hé aquí cómo van las cosas, continuaba diciendo entre sí D. Abundo: jal mismo Satanas (y aludia al caballero del castillo) le echa los brazos al cuello, y á mí, por una mentirilla de mala muerte para salvar el pellejo, tanta reconvencion! Pero son superiores, y siempre tienen razon. Es estrella mia que hasta los santos han de pegarla conmigo.»

—He errado (prosiguió en voz alta), lo conozco, he errado; pero iqué habia de hacer en un conflicto como aquel?

—¿Aún teneis valor para preguntarlo?-contestó el Cardenal.-¿No os lo he dicho ya? amar á vuestra grey, implorar el auxilio divino, que no podia faltaros, casando á Lorenzo y á Lucía: ellos se hubieran ausentado, como ya era su plan; y sin riesgos ni compromiso hubierais evitado una multitud de males; y áun sin estos, ¿cómo no os acordasteis de que teniais un superior, el cual, así como tiene la autoridad de reconveniros por haber faltado á vuestra obligacion, tenía tambien la de ayudaros á cumplir con ella? ¿Cómo no os ocurrió que podiais informar á vuestro prelado del obstáculo que una infame violencia oponia al ejercio de vuestro ministerio?

«Ese era el parecer de Perpetua,» decia para sí con enfado D. Abundo, el cual, éun cntre aquellos discursos, lo que más vivamente ocupaba su imaginacion eran los bravos, y el pensar que D. Rodrigo estaba vivo y sano, y que presto 6 tarde volveria triunfante y furioso; y aunque la dignidad del Arzobispo, su presencia y sus palabra3 le causaban confusion y temor, era sin embargo un temor que no le dominaba del todo, ni le impedia discurrir allá á su manera, ocurriéndole sobre todo el pensamiento de que por fin las armas del Cardenal no eran ni bravos, ni escopetas, ni puñales.

—¿Cómo no os ocurrió-continuó el Cardenal-que en el caso extremo de que aquellos infelices perseguidos no hubiesen encontrado otro refugio, aún quedaba yo para acogerlos y librarlos, si me los hubieseis enviado, y pcr lo que á vos toca, yo os hubiera protegido y hubiera cuidado de que nadie os llegase al pelo de la ropa? ¿Y creeis que ese hombre atrevido no se hubiera moderado, sabiendo que no se ignoraban sus tramas, que yo mismo tenía noticia de ellas, y que estaba resuello á emplear todos los medios posibles para defenderos y ampararos? Debiais tambien tener presente que la iniquidad no se funda sólo en sus fuerzas, sino tambien en la eredulídad y cobardía ajena.

«¡Las mismas, mismísimas razones de Perpetua!» continuaba diciendo para sí D. Abundo, sın reflexionar que aquella conformidad de opinion entre su criada y el cardenal Borromeo, con respecto á lo que hubiera debido y podido hacer, probaba mucho contra él.

—Sin embargo,-concluyó el Cardenal,-como no quisisteis considerar sino vuestro propio peligro, no es extraño que os pareciese tan grande que os hiciese olvidar todo lo demas.

—Y cómo no, señor ilustrísimo (se le escapó á D. Abundo), cuando yo ví aquellas caras y of aquellas palabras? Usía ilustrisima habla muy bien; pero era necesario haberse hallado en lugar de un pobre cura, y haberse visto en el mismo conflicto.

Apénas pronunció D. Abundo estas palabras, se mordió los labios, conociendo que se habia dejado llevar demasiado de su despecho, y dijo para sí: «¡Ahora será ello!» pero levantando con duda los ojos, quedó admirado al ver el aspecto de aquel varon, á quien nunca podia comprender, pasar de la gravedad de reprensor á la de persona reflexiva y compungida.

—-Por desgracia es tal-dijo el Arzobispo-nuestra miserable y terrible condicion, que nos vemos en la necesidad de exigir rigurosamente de los demas lo que Dios sabe si nosotros estariamos dispuestos á hacer! Es de nuestra obligacion juzgar, corregir y reprender, y sabe Dios lo que haríamos nosolros en semejantes casos. Pero jay de mí, si hubiera de tomar mi debilidad por norma de la obligacion de los demas, y por medida de mi enseñanza! Harto cierto es que con la doctrina debo acompañar el ejemplo, y no asemejarme al fariseo que impone al prójimo pesos que él mismo ni siquiera se atreve á tocar con el dedo.

A hora, pues, hijo y hermano mio, puesto que las faltas de los que presiden suelen á veces ser conocidas más bien de los olros que de ellos mismos, si salbeis que yo por pusilanimidad, 6 por cualquiera otro respeto humano, haya faltado alguna vez al cumplimiento de mis deberes, decídmelo con franqueza. Manifestadme libremente mi debilidad, y entónces adquirirán más fuerza las palabras que salgan de mi boca, porque conocereis que no son mias, sino de quien puede darnos á vos y á mí la fuerza necesaria para hacer lo que ellas preseriben.

«¡Qué hombre tan santo, pero capaz de atribular á una roca! decia en su corazon D. Abundo. ¡Ni á si mismo se perdona!»-Es posible,-prosiguió luégo en alta voz,-es posible, ilustrísimo señor?... ¿Quién no conoce la firmeza de su ánimo, y su impertérrito celo? «;Así no fuera tanto!»

añadió entre sf.

— No os pedia yo alabanzas que me mortifican,-dijo el Cardenal,-porque Dios sabe mis faltas, y para mi confusion sobra con las que yo mismo me reconczco; pero mi ánimo era que nos confundiésemos juntos delante de Dios para que juntos tambien confiásemos en su misericordia.

Quisiera por vos mismo que conocieseis vuestro error, y os penetraseis de la diferencia que hay entre vuestro lenguaje y la ley que predicais, y por la cual sereis juzgado.

—Todo cae sobre mí,-dijo D. Abundo;-pero no sé cómo las personas que han venido chismeando no han dicho tambien que se introdujeron á traicion en mi casa para sorprenderme y obligarme á bacer un casamiento contra las reglas prescritas.

—Tambien lo han dicho,-replicó el Cardenal;-y esto es lo que aumenta mi afliccion, y sobre todo el ver que trateis de disculparos acusando, y que alegueis por disculpa lo que agrava vuestra falta. Quién puso á aquellos infelices, no diré en la necesidad, pero sí en la tentacion de hacer lo que hicieron? ¿Hubieran por ventura buscado aquel medio irregular, si no se les hubiese impedido el legitimo? ¿Hubieran pensado en engañar al pastor, si éste los hubiese acogido en sus brazos, y los hubiese ayudado con sus consejos? Y os atreveis á hacerles un cargo de esta conducta? ¿Y qué ventajas os hubieran resultado de que guardaran silencio? ¿0s tenía por ventura cuenta el que vuestra causa se presentase iniegrante al tribunal de Dios? ¿No es un nuevo motivo para que los ameis el que os hayan propocionado la ocasion de oir la voz de vuestro pastor, ofreciéndoos así un medio para conocer mejor y descontar en parte la gran deuda que contrajisteis con los? Aunque os hubiesen provocado, ofendido, insultado, os diria yo (y debia deciroslo) que los amaseis; ¿con cuánta más razon debeis hacerlo, porque han padecido, porque 8on vuestras ovejas, porque son débiles, porque necesitais de perdon, y no debeis ignorar cuánto pueden contribuir sus oraciones á conseguirlo? Callaba D. Abundo, pero no era ya su silencio un silencio tal que indicase obstinacion y fastidio, sino que callaba como quien tiene muchas cosas en que pensar, y nada sabe que decir. Las palabras que oia eran consecuencias inespe| radas y aplicaciones nuevas de una doctrina antigua y no contradicua en su misma mente. Los males ajenos, de cuya consideracion le distrajo siempre el miedo de los suyos propios, hacian entónces en su ánimo una nueva impresion, y si no sentia todo el remordimiento que trataba de excitar el scrmon, porque siempre se le oponia aquel ismo miedo, no dejaba de sentir parte de él, experimentando además cierto disgusto de su persona, cierta compasion en favor de los otros, y un conjunto de ternura y de confusion. Se parecia (si se nos permite esta comparacion) al pábilo de una vela húmedo y aplastado, que puesto en contacto con la llama de una hacha encendida, humea al principio, chirría, chisporrotea, se resiste, pero al fin se enciende, y bien ó mal sigue ardiendo. A no ser por la idea de D. Rodrigo, D. Abundo se hubiera confesado reo, y hubiera llorado; sin embargo, se manifestaba bastante conmovido para que el Cardenal conociera que sus palabras no babian sido iufructuosas.

Con esto prosiguió diciendo:

— Ahora el uno está fugitivo de su casa, el otro con precision de abandonarla, y los dos con harta razon para mantenerse léjos de ella, y sin probabilidad de juntarse jamás aquí, aunque Dios haya determinado reunirlos. Ahora por desgracia no tienen necesidad de vuestra asistencia, ni por desgracia teneis ocasion de hacerles bien. Por nuestras cortas luces no podemos prever si en adelante se os proporcionará alguna; pero iquién sabe si la misericordia de Dios se dignará ofrecérosla? ¡Ah! no la dejeis escapar; aprovechadla, y pedid al Señor que os la facilite.

—jAb, señor ilustrisimo! así lo haré, lo prometo,-contestó D. Abundo con una voz que manifestaba salir del corazon.

—Si, hijo!-exclamó el Cardenal; y con una dignidad afectuosa concluyó diciendo:-Sabe el cielo cuánto hubiera deseado tener con vos otra clase de razonamientos.

Mucho hemos vivido ya entrambos. ¡Sabe Dios cuán penoso ha sido para mí contristar esas canas, y cuánto hubiera nuestros cuidados comunes blando de la eterna esperanza å que estamos tan inmediatos! ¡Haga Dios que las palabras que me he visto en la precision de emplear con vos sean útiles á entrambos! No deis motivo å que Su Divina Majestad me pida cuenta en aquel tremendo dia por haberos conservado en un ministerio en el cual habeis faltado á vuestros deberes de un referido que nos consolásemos juntos tratando de de nuestras penas, y hamodo tan lamentable. Recobremos el tiempo perdido: la media noche se acerca; conduzcámonos de tal manera que el esposo, que ya no puede tardar, nos encuentre con la lámpara encendida. Presentomos á Dios nuestros corazo· nes tristes y vacíos, para que se digne llenarlos de aquella caridad que enmienda lo pasado, asegura lo porvenir, teme y se alegra, y que en todos los casos se convierle en aquella virtud de que tanto necesitamos.

Dicho esto, salió el Cardenal, siguiéndole D. Abundo.

Aquí nos previene el autor anónimo del manuscrito ya eitado que no fué esta la sola conferencia que tuvieron estos dos personajes, ni Lucia la única materia de sus discursos; pero que él se ha limitado á esta sola para no apartarse demasiado de su historia. Por la misma razon sin duda no referiria otras muchas cosas notables, dichas y hechas por el cardenal Federico Borromeo en lodo el discurso de aquella visita, ni hablaria de sus larguczas, ni de antiguos rencores extinguidos, desavenencias aplacadas entre personas y familias, y. áun entre pueblos y pueblos, desavenencias harto frecuentes en aquellos infelices tiempos, ni de varios bravos, ni de algunos pequeños tiranos convertidos para siempre, 6 por algun tiempo; cosas todas de que no faltaba poco 6 mucho en cada parte de la diócesis donde se trasladaba aquel ilustre y célebre prelado.

Sigue luégo diciendo como la mañana siguiente vino doña Práxedes, segun lo acordado, á llevarse á Lucía, y cumplimentar al Arzobispo, quien le hizo el elogio de la jóven, recomendándosela con el mayor empeño. Separóse Lucía de su madre con lágrimas, como es de inferir; sa!ió de su casita, y dijo adins por segunda vez á su pueblo con aquel doble sentimiento y amargura que se experimenta al dejar un paraje amado, y que ya no puede serlo; pero la despedida de la madre no era la última, pues doña Práxedes dió á entender que permaneceria todavía algunos dias en su quinta quve no est:iba muy léjos, é Inés prome hija que iria á verla, para darla y recibir de ella otro adios más penoso.

Ya estaba tambien para marcharse el Cardenal y pasar á otra parroquia, cuando llegó y pidió hablarle el Cura párroco de aquella á que pertenecia el caballero del castillo. Introducido, le present6 un cucurucho de monedas y una carla del mismo caballero, en la cual le suplicaba que hiciese pasar á manos de la madre de Lucia cien escudos de oro para dote de la muchacha, ó para el uso que á su las dos tuviesen por más conveniente. Suplicábale asimismo que les dijese que si en alguna ocasion juzgasen que podia serles útil, ya la jóven sabía demasiado su morada, y.que miraria la coyuntura de poderlas servir como uno de los acontecimientos más felices de su vida.

El Cardenal mandó llamar inmediatamente á Inés, la informó de su comision, que la buena mujer oyó con sorpresa y gusto, y le presentó el cucurucho, que Inés sin cumplimientos se dejó meter en la mano, diciendo:

—jDios se lo pague á ese señor! Sirvase usía ilustrisima darle muchas, muchisimas gracias, sin decirselo á persona alguna, porque este es un país... usia ilustrisima me perdone: yo bien sé que una persona de su carácter no va á charlar estas cosas; pero... ya me entiende.

Tomó Inés paso á paso el camino de su casa; encerróse en un cuarto, desenvolvió el papel, y aunque prevenida, vió con admiracion tantas de aquellas monedas, de las cuales quizá nunca habia visto sino una á la vez, v áun eso con no mucha frecuencia. Las contó, trabajó bastante para reunirlas otra vez y colocarlas todas de canto con igualdad, pues á cada paso hacian panza y se le escurrian entre sus inexpertos dedos, hasta que por fin consiguió hacer un rollo, que envolvió en un trapo, formando un envoltorio.

Atóle muy bien dándole vueltas con un cordelito, y lo escondió en una punta de su jergon. En todo el resto de aquel dia no hizo sino cavilar, formar proyectos, y desear que llegase el siguiente. Metida en la cama, estuvo mucho tiempo sin dormir con el pensamiento puesto en sus cien escudos que tenia debajo: dormıda los vió en sueños, y al amanecer se levantó poniéndose en camino para la quinta en donde se hallaba Lucia.

Esta, por su parte, aunque en nada se habia disminuido su gran resistencia en hablar del voto, se habia, sin embargo, decidido á violentarse para descubrirse á su madre en aquella entrevista que por largo tiempo debia ser la última.

Apénas se hallaron solas, Inés, con cara muy animada, y al mismo tiempo un tono de voz muy bajo, como si se hubiese hallado presente persona de quien no quisiese ser oida, empezó de esta manera:

—iQué gran novedad tengo que contarte, hija mia! Y continuó refiriendo la inesperada ventura.

—iDios bendigd á aquel señor!-dijo Lucia:-de este modo podrá usted, madre mia, vivir con descanso, y áun hacer bien á otros. -¡Cómo!-contestó Inés:-ino sabes tú cuántas cosas podemos hacer con tanto dinero! Oye: yo no tengo sino á ti, 6, por mejor decir, sino á vosotros dos, porque á Lorenzo, desde que puso los ojos en tí, le he mirado siempre como á hijo mio. Todo está en que no le haya sucedido alguna desgracia, porque es muy raro el que no dé señal alguna de vivir; ¿pero qué, han de ponérsenos tan mal todas las cosas? yo espero que no. Por mi parte siempre fueron mis deseos dejar mis huesos en mi tierra; pero puesto que no puedes vivir en ella por aquel bribon, que con sólo pensar que le tenemos por vecino no puedo ménos de estremecerme, ya me disgusta mi pais; además de que yo con vosotros me Lallo bien en todas partes. Desde entónces estaba decidida á ir en vuestra compañia hasta el fin del mundo; pero sin dinero ¿cómo fuera posible? ¿Me comprendes ahora? Aquellos pocos cuartejos que el pobrecillo habia conseguido ahorrar, vino la justicia, y volaron; pero en recompensa el Señor nos ha enviado esta fortuna. En cuanto Lorenzo encuentre medio de informarnos și es vivo 6 muerto, dónde está, y cuáles son sus intenciones, al instante voy por tí á Milan; sí, yo misma. En otro tiempo me hubiera mirado en ello; pero las desgracias hacen que las gentes despierlen y aprendan: yo ya he ido hasta Monza, y sé lo que es viajar. Busco un hombre seguro, un pariente, como, por ejemplo, Alejo, que vive en Magránico, porque á la verdad en el lugar ninguno hay á propósito, y me voy con él... El gasto lo haremos nosotras, y santas pascuas...

{Me comprendes? Pero viendo que Lucía, en lugar de alegrarse, se mantenia mustia y como pensativa, interrumpió la historia de su proyecto, diciendo:

—¿Qus es lo que tienes? ¿No te parece bien?

—jAy, querida madre!-exclamó Lucía, echándole los brazos al cuello, y dejando caer sobre su seno la cara bañada en lágrimas.

—iQué es eso?-preguntó de nuevo Inés con ánsia.

—Debia habéroslo dicho ántes,-dijo Lucía, levantando la cabeza y serenando el rostro;-pero no he tenido valor para ello: perdonadme.

—Pero qué hay? dilo presto.

—Que ya no puedo ser esposa de aquel desgraciado.

Cómo es eso? Lucía, con la cabeza baja, el corazon angustiado y eayéndosele las lágrimas sin llorar, como quien cuenta una cosa que, aunque sea un infortunio, no tiene remedio, reveló lo del voto: y juntando las manos, pidió de nuevo perdon á su madre por habérselo callado hasta entónces: la suplicó que no lo descubriese á nadie y que la asistiese para cumplir lo ofrecido.

Alónita y consternada Inés, quisiera enfadarse por haber guardado su hija tal silencio con ella; pero los pensamientos que excitaba la gravedad del caso, ahogaban aquel disgusto personal: sus deseos eran reprobar el hecho; pero le parecia que era habérselas con el cielo, tanto más, cuanto Lucía no cesaba de describir la fatal noche del castillo, su desolacion y su inesperada libertad, entre cuyos acontecimientos formó tan expresamente y con tanta 80- lemnidad aquel voto: y al mismo tiempo se.presentaban á su memoria varios ejemplos que mil veces le habian contado, y ella repe'ido á su hija, de castigos extraños y terribles por la violacion de algun voto; de manera que despues de algunos momentos de perplejidad, no supo proferir más palabras que decir:

—Y que será de tí en adelante?

—De mí será-respondió Lucía-lo que el Señor y su santa Madre dispusieren: me he puesto en sus manos, y asi como hasta aquí no me han desamparado, tampoco me abandonarán en lo sucesivo... La gracia que le pido al Seior, la sola gracia, es el que me conceda volver á vuestro lado: sí, me lo concederá; lo espero... ¿Quién diria aquel dia, en aquel coche?... ¡Ah, Virgen santisima!... aquellos hombres... ¿quiéu dijera que me conducirian á casa de la persona que al siguiente dia me babia de llevar á los brazos de mi madre?

—Pero ¿por qué no me abriste tu pecho sin tardanza?- dijo Inés con cierto enojo templado por la compasion y el cariño.

—Perdonadme,-replicó Lucía; - no tuve ánimo para ello. Y además, qué se adelantaba con aligiros con tal anticipacion?

—Y Lorenzo?-dijo Inés meneando la cabeza.

—jAb!-exelamó Lucía estremeciéndose;-ya no me es permitido pensar en aquel infeliz. Dios no queria... No veis cómo parece que nos ha querido tener separados?...

Y quién sabe?... pero Dios le habrá librado de peligros, y hará que sea aún más dichoso sin mf.

—No hay otro ineonveniente que la perpétua promesa que hiciste al cielo. Por lo demas, á no haber sucedido á Lorenzo alguna desgracia, pronto hubiera yo puesto remedio á todo con el auxilio de este dinero. | —Pero ese dinero-replicó Lucía-lo tendríamos nosotras si yo no hubiera pasado aquella noche?... El Señor ha querido que sucediese asi; ¡hágase, pues, su santa voluntad! Y murió su voz ahogada en lágrimas.

A este inesperado argumento quedó Inés pensativa; y despues de algunos instantes, comprimiendo Lucía los solozos, prosiguió:

—Ya que la cosa está hecha, es necesario resignarse con huen ánimo; y vos, madre mia, podeis ayudarme, primero rogando al Señor por vuestra desgraciada hija, y luégo... porque, en fin, es indispensable que aquel infeliz lo sepa. Encargaos de esta diligencia, que bien podeis hacerlo. Cuando se sepa dónde se halla, se le puede escribir y buscar á un hombre... justamente mi tio Alejo, que es bombre prudente y caritativo, que nos ha estimado siempre y sabrá tener reserva. Podeis hacer que él mismo le escriba todo lo que ha sucedido, el conflicto en que me he hallado, lo que he padecido; que Dios lo ha dispuesto así, y que se tranquilice, pues yo no puedo ya ser de nadie, dándole á entender la cosa con prudencia, explicándole que he hecho voto... ¡Ah, cuando él sepa que lo he hecho ! á la Virgen!... ¡El ha sido siempre tan bueno!.. Y en cuanto tengais noticias suyas, haced que me escriban para que sepa si cstá bueno, y luégo... no volvais á hablarme de él en tiempo alguno.

Enternecida Inés, prometió á su hija que todo lo haria como deseaba.

—Quisiera deciros olra cosa,-prosiguió Lucía.-A ese pobre, si no hubiera tenido la desgracia de conocernos, nada le bubiera sucedido. Anda errante por el mundo, le han quitado su modo de vivir, sus ahorros y cuanto tenía, y ya sabeis la causa. ¡Y nosotras con tanto dinero! ¡Ah, madre mia! puesto que el Señor nos ha enviado tanto bien, y que miralbais á Lorenzo como á hijo, partid con él ese dinero, que Dios no nos faltará. Buscad un hombre de confianza y enviádselo, que sabe Dios los apuros en que podrá 1 verse.

—¿Pues qué te figuras?-contestó Inés:-lo haré con mucho gusto. ¡Pobre muchacho! ¿por qué crees tú que estaba yo tan contenta con ese dinero?... ¡Yo, á la verdad, habia venido aquí tan alegre! yo... En fin, se lo enviaré sin falta. ¡Pobre Lorenzo!... Pera él... Yo bien me enliendo...

No creas tú que será ese dinero lo que le engorde.

Dió Lucía gracias á su madre por lan liberal condescendencia, con un calor, con una efusion de afecto que podia muy bien dar á entender á cualquiera que la hubiese mirado, que tenía Lorenzo todavía en su corazon más parte que la que ella misma se figuraba.

—Y sin tí, qué haré yo, infeliz mujer?-dijo Inés llorando.

—Y yo sin vos, querida madre., en casa extraña, allá en Milan?... pero el Señor nos acompañará á las dos, y luégo nos concederá que nos reunamos otra vez. Dentro de ocho 6 nueve meses nos volveremos á ver aqui, y iquién sabe si ántes? Dejemos obrar al Señor: yo no dejaré de rezar á la Vírgen; confio en su inmensa misericordia.

Con estas y otras semejantes repelidisimas palabras de quejas, de consuelo, de resignacion y de promesas, con muchas lágrimas, y despues de repetidos y largos abrazos, se separaron madre é hija, prometiéndose reciprocamente volverse á ver á más tardar en el próximo otoño, como si estuviese en su mano el hacerlo, y comogeneralmente se hace siempre en semejantes casos.

Entretando pasó mucho tiempo sin que Inés pudiese tener noticia de Lorenzo, é inútiles fueron cuanlas diligencias hizo para proporcionárselas.

Ni era ella la sola que trabajaba inútilmente con semejante objeto. El cardenal Borromeo, que no por cumplimiento habia ofrecido informarse del paradero de aquel desgraciado, escribió inmediatamente para averiguarlo.

Llegado á Milan, recibió contestacion en que le decian que nada se sabía de aquel individuo; que efectivamente habia permanecido algun tiempo en aquel pueblo, en que nada dió que decir; pero que una mañana habia desaparecido de improviso, y que un pariente suyo en cuya casa vivió, ignoraba lo que le habia sucedido, no pudiendo sino repetir ciertas noticias vagas y contradictorias, como, por ejemplo, que se habia alistado para Levante, que habia pasado á Alemania, que se habia ahogado al! vadear un rio, con otras no ménos contradictorias. Añadian en la carta, que estarian á la mira por si pudiesen adquirir noticias más fundadas, en cuyo caso las comunicarian sin pérdida de tiempo á su IIlustrisima.

Más adelante se divulgaron tambien estas mismas voces en el territorio de Lecco, y de consiguiente,. llegaron á oidos de Inés. Hacía la pobre mujer todo lo posible para apurar la verdad; pero nada pudo adelantar sino el dicen, que áun en el dia basta para asegurar muchas cosas. A veces apénas le daba alguno una noticia, cuando llegada otro 23 desmintiéndola, 6 dándole una en contrario; pero todo eran cuentos, y el hecho verdadero fué el siguiente.

El gobernador de Milan, capitan general de Italia, don Gonzalo Fernandez de Córdoba, se quejó al Residente de Venecia en Mılan, de que se diese asilo en el territorio de Bérgamo á un bandolero, ladron público, excitador de muertes y saqueo3, el pregonado Lorenzo Tramallino, que, hallándose en manos de la justicia, habia provocado un motin para escaparse. Contestó el residente que nada sabía, pero que escribiria á Venecia para dar á su Excelencia la explicacion conveniente.

El gobierno de Venecia tenía por máxima el fomentar y promover la inclinacion de los milaneses trabajadores en seda á trasladarse al territorio de Bérgamo, para lo cual procuraba que encontrasen alli muchas ventajas, especialmente la seguridad personal, que es la primera de todas, y sin la cual de nada sirven las demas. Como entre dos litigantes ricos siempre saca rasa, aunque sea poca, el tercero en discordia, avisaron á Bartolo en confianza (no se sabe quién) de que Lorenzo no estaba bien allí, y que convendria por prudencia que se marchase á otra fábrica, mudando tambien de nombre por algun tiempo. Comprendió Bartolo el enigma, y sin pedir más explicaciones, se lo descifró á su primo, le metió en una calesa, y le condujo á una nueva fåbrica distante unas quince millas, en donde, bajo el nombre de Antonio Revuelia, le presentó al dueño, que tambien era milanés y conocido suyo. Este, aunque los tiempos eran malos, no puso dificultad en admitir á un hilandero que le recomendaba, como hábil y honrado, un hombre de bien, inteligente en el oficio. En la prueba no tuvo que arrepentirse de haber adquirido aquel operario, aunque al principio le pareció algo atolondrado, porque cuando llamaban á Antonio las más veces no respondia.

Poco deapues se mandó en Venecia sin grande empeño al Capitan de justicia de Bérgamo, que averiguase y diese cuenta si en su jurisdiccion, y particularmente en tal pueblo, se hallaba aquel individuo. El capitan, hechas las diligencias del mod que comprendió que debia practicarlas, remitió la respuesta negativa, la cual se dirigió á Milan para que el Residente véneto la diese á D. Gonzalo.

No faltaban curiosos que deseasen saber de Bartolo, por qué motivo no estaba ya alli aquél jóven, y dónde habia ido. A la primera pregunta respondia: «No sé; ha desaparecido;» pero para despachar á los más pesados, sin excitar sospechas, hall6 el modo de regalar ya á unos, ya á otros, las noticias que hemos referido, dándolas siempre como cosas inciertas, que él mismo habia oido sin fundamento seguro.

Pero cuando á Bartolo se le hizo la pregunta por parle del Cardenal, sin nombrarle, con cierto aparato de importancia y misterio, dando á entender que era por encargo de un gran personaje, se escamó no poco, y no sólo creyó conveniente no separarse de su modo de responder, sino que, tratándose de un sujeto de tal importancia, ensartó de una vez todas las noticias que en diversas ocasiones habia difundido una por una.

No hay que suponer, sin embargo, que D. Gonzalo, un personaje de sus eircunstancias, estuviese irritado tan de véras contra un pobre artesano, ni que le creyese tan peligroso para perseguirle en su fuga, ni reclamarle en país extranjero, como hizo el Senado romano respecto de Anfbal. Hartos negocios de gravedad tenía en la cabeza D. Gonzalo para ocuparse en los hechos de Lorenzo, y si pareció que le prestaba tanta atencion, esto dimanó de un concurso particular de circunstancias, por las cuales, sin quererlo ni saberlo entónces ni nunca, se encontró enredado, por medio de un hilo delgadisimo é invisible, en los multiplicados y graves asuntos de aquel tiempo.