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Los novios/XXVII

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Nota: Se respeta la ortografía original de la época

CAPÍTULO XXVII.

Más de una vez se nos ha ofrecido hacer mencion de la guerra que entónces duraba por la sucesion de los estados del duque Vicente Gonzagả II; pero ha sido siempre tan de paso, que sólo hemos podido indicarla; pero ahora, para entender nuestra bistoria, es necebario de toda necesidad tener alguna noticia más circunstanciada de semejante suceso. Estas son cosas que debe saberlas cualquiera leido la historia; pero como, por el conocimiento que que tenemos de nosotros mismos, debemos suponer que esta obra no la leerán sino ignorantes, no creemos fuera de propósito decir lo bastante para dar una tintura al que la necesite.

Heinos dicho que con la muerte de aquel Duque habia tomado posesion de Mántua, y ahora añadinos del Monferrato, que ántes se nos quedó en el tintero, su sucesor por línea colateral, Cárlos Gonzaga, jefe de la segunda rama, el cual se habia trasladado á Francia, donde poseia el ducado de Nevers y Rhetel. El Ministerio español, que á toda costa queria excluir, como ya hemos diche, de aquellos dos feudos italianos al nuevo Príncipe, y para hacerlo necesitaba de una razon, se declaró sostenedor de los derechos que pretendian tener á Mántua Ferrante Gonzaga, príncipe de Guastalla, y al Monferrato Cárlos Manuel I, duque de Saboya, y Margarita Gonzaga, duquesa viuda de Lorena. D. Gonzalo, que era de la casa del Gran Capitan, cuyo nombre llevaba, y que ya habia hecho la guerra en Flandes, deseosb de hacerla en Italia, era quizá el que más trabajaba para que se encendiese. Con este objeto, interpretando las intenciones del gobierno español y anticipándose á sus órdenes, coneluyó con el duque de Saboya, para la reparticion del Monferrato, un tratado, cuya ratificacion consiguió fácilmente del Conde-duque, por haberle pintado como cosa muy fácil la toma do Casal, que era el punto más defendido de la porcion pactada en favor del rey de España. Sin embargo, protestaba en nombre del mismo rey, que no trataba de ocupar país alguno, sino en calidad de depósito, hasta la sentencia del Emperador, el cual, tanto por oficiosidades ajenas como por motivos propios, habia negado la investidura al nuevo duque, intimándole que le dejase en secuestro los Estados en controversia, y que, oidas las respectivas razones, los entregaria á quien correspondiesen, á lo cual se negó el duque de Nevers.

Tenfa éste tambien amigos poderosos, tales como el Cardenal de Richelieu, los venecianos y el Papa. Pero ocupado el primero en el sitio de la Rochela y en una guerra contra los ingleses, y embarazado por el partido de la reina madre, María de Médicis, opuesta por motivos partieulares á la casa de Nevers, nada podia dar sino esperanzas. Los venecianos no querian moverse ni declararse sin que ántes entrase en Italia un ejército frances, y al paso que bajo mano auxiliaban como podian al Duque, entretenian negociaciones con la corte de Madrid y el capitan general de Milan, ora con protestas, ora con proyectos y ora con exhortaciones, ya pacífioas, ya belicosas, segun las circunstancias. Urbano VIII por su parte recomendaba la causa del duque de Nevers á sus amigos, intercedia en su favor con los contrarios y fraguaba proyectos de acomodamiento; pero se hacía el sordo cuando se trataba de poner gente en campaña. De esta manera los dos aliados ofensivos tuvieron lugar para dar principio con más seguridad á la empresa; Cárlos Manuel entró por su parte en el Monferrato, y D. Gonzalo, muy contento, puso sitio á Casal; pero no eran sus progresos los que se habia prometido, porque en las guerras no siempre son las cosas de color de rosa. Habia tiempo que la corte no le proporcionaba los medios que pedia, y su aliado le servía más de lo que era menester; que es decir, que despues de haberse apoderado de la parte que segun el convenio le correspondia, iba tomando de la que tocaba al rey de España, lo que daba grande enojo á D. Gonzalo; pero temiendo, si metia algun ruido, que el duque de Saboya, tan activo en los manejos como versatil en sus tratados y valiente en la campaña, se volviese á Francia, se veia precisado á cerrar los ojos, á tascarel freno y á poner buena cara. Por otra parte, el sitio iba mal, tanto por el valor, tino y constancia de los sitiados, como por la poca gente que tenia el sitiador, y segun algunos historiadores, por sus desaciertos; pero acerca de este punto nosotros dejamos la verdad en su lugar, porque, aunque esto fuese cierto, nos inclinamos á mirar la cosa excelente, si de ella resultó que hubiese menor número de muerlos y mutilados, y algo minos destrozadas las tejas de Casal. Como en este estado de cosas tuviese aviso de la ocurrencia de Milan, pasó inmediatamente á esta capital.

Allí, en la relacion que le presentaron, se hizo mencion de la fuga ruidosa de Lorenzo, de los hechos verdaderos y supuestos que motivaron su prision, y de su emigracion á territorio de Bérgamo. Esta última circunstancia llamó su atencion. Tenia D. Gonzalo noticia de que el allboroto de Milan habia alentado al Gobierno de Venecia, en donde se creyó al principio que este acontecimienlo le obligaria á levantar el sitio de Casal, y como todavía allí se le sup0- nia cabizbajo, tanto más cuanto en seguida de aquel suceso habia llegado la noticia de la rendicion de la Rochela, noticia tan deseada por los venecianos y tan temida por D. Gonzalo, sintiendo éste que, como hombre y como político, se le tuviese en semejante concepto, buscaba una ocasion oportuna para desengañarlos y darles á entender por induccion qne nada habia perdido de su antigua altivez, porque el decir explicitamenle «no tengo miedo,» es lo mismo que no decir nada; juzgó, pues, que el medio más seguro para ello era el de mostrarse irritado, dar quejas y hacer reclamaciones, por lo cual, habiéndose presentado el residente de Venecia á cumplimentar y explorar al mismo tiempo en su rostro y su continente cómo se hallaba de botones adentro, que esta era la política añeja, D. Gonzalo, despues de hablar del tumulto como cosa de poco momento, á que desde luégo se habia puesto remedio, tuvo acerca de Lorenzo la salida que con sus consecuencias hemos ya visto.

No volvió despues á pensar en negocio tan frívolo, y para él como conciuido. Y cuando al cabo de algun tiempo recibió la contestacion en el eampamento sobre Casal, donde habia vuelto y donde le ocupaban otros cuidados, levantó y meneó la cabeza, estuvo algun tanto pensativo para traer å su memoria un hecho de que apénas le quedaba una confusa idea, creyó acordarse de la persona, atravesóse otro asunto, y no volvió á pensar en ello.

Pero Lorenzo por lo que se le habia indicado debia suponer cosa muy diferente; estuvo mucho tiempo preocupado con esta idea, 6, por mejor decir, sin pensar en otra cosa más que en mantenerse oculto. Figúrense mis lectores si se desharia por enviar noticias à las dos mujeres y recibirlas de ellas; pero se oponian á sus deseos dos grandes dificultades. La una era la necesidad en que se veria de descubrirse á un escribiente cualquiera, porque el pobre no sabía ni leer ni escribir, y si, preguntado por el abogado Tramoya, contestó que sabía leer, como se acordarån mis lectores, no fué jactancia, sino la pura verdad, porque leia con algun trabajo lo impreso, aunque en cuanto á lo manuscrito, ni una letra; por eso necesitaba desde luégo confiar sus asuntos á un tercero, y un hombre que supiese tener bien la pluma en la mano y con quien se pudiese contar para el sigilo, no era fácil encontrarie en aquellos tiempos, especialmente en país en que no se tuviese grandes relaciones. La otra dificultad era la de hallar proporcion de persona que fuese por aquellas parles y que quisiese encargarse de la carta, y tomarse un verdadero interes para que llegase á su destino, circunstancias todas dificiles de reunir en una sola persona.

Finalmente, á fuerza de indagaciones y diligencias, encontró quien escribiese; pero no sabiendo si las dos mujeres se hallarian todavía en Monza 6 en otra parte, dispuso que se incluyese la carta de Inés en otra de cuatro renglones dirigida al padre Cristóbal.

El escribiente se encargó tambien de remitir el pliego, que entregó á una persona que debia pasar cerca de Pescarénico. Esta la dejó con mucha recomendacion en la posada del camino más inmediato, y como la carta iba dirigida á un convento, llegó á su destino; pero nunca se pudo saber luégo su último paradero. Así es que, no recibiendo Lorenzo contestacion alguna, hizo escribir otra carta poco más 6 ménos como la primera, incluyéndola en otra á un conocido ó pariente suyo de Lecco; buscó otro porlador, le encontró, y esta vez llegó la carta á su direccion. Corrió Inés á Magránico, hizo que aquel Alejo primo suyo se la leyese y explicase, trató con él de la respuesta, que él mismo extendió, y hallaron medio de enviarla á Antonio Revuelta; pero todo esto no se ejecutó tan presto como nosotros lo referimos. Recibió Lorenzo la contestacion, y con el tiempo remitió nueva carta; por manera que se entabló entre las dos partes una correspondencia que, sin ser rápida ni regular, era, sin embargo, continuada por intervalos.

Pero para tener una idea de esta correspondencia epistolar, es nesario saber cómo iban entónces semejantes cosas, ó, por mejor decir, cómo van, porque en este particular ha habido poca ó ninguna variacion.

El aldeano que no sabe eseribir y que tiene 'necesidad de hacerlo, busca un escribiente, escogiéndole en cuanto puede entre los de su esfera, porque no se fia mucho de los otros. Le informa con más ó ménos claridad de lus antecedentes, y le impone por el mismo estilo en lo que debe escribir. El escribiente ó memorialista algo comprende, algo cree comprender, da algunos consejos, propone alguna variacion, y diciendo «no tengas cuidado,» coge la pluma, extiende el concepto, lo corrige á su manera, aprieta 6 afloja, y áun omite, segun le parece mejor; porque no hay remedio, el que sabe más que los otros no quiere ser instrumento malerial, y cuando entra en negocios, quiere manejarlos á su antojo. Esta clase de memorialistas no siempre dicen lo que quisieran decir, sino muchas veces al contrario, porque esto nos suele suceder tambien á nosotros que escribimos para la imprenta. La carta escrita de esta manera llega á manos del corresponsal, que, como tampoco sabe el alfabeto, tiene que dársela á leer á otro literato de la misma calaña del primero, el cual y se la explica. Aqui se originan mil cuestiones sobre el modo de entenderia, porque, fundándose el interesado en el conocimiento que tiene de los hechos, pretende que ciertas palabras quieren decir una cosa, y el que lee se empeña, por la práctica que tiene, que significan otra.

Finalmente, el que no sabe se ve precisado à ponerse á discrecion del que sabe para la respuesta, la cual, extenla lee | dida por el mismo estilo de la carta, va sometida á otra explicacion semejante; y si además el asunlo de la correspondencia es delieado; si hay que tratar en ella de negocios secretos, que no se quisiera que se descubriesen en el caso de extraviarse la carta, y si por esta razon se procura tambien que ia cosa vaya algun tanto enigmática, entónces, por pocco que dure la correspondencia, los interesados acaban por no entenderse, como sucedia en otro tiempo entre dos escolásticos despues de haber disputado cuatro horas, por no tomar la comparacion de cosas del dia y exponernos á un coscorron.

Este era el caso en que se hallaban los dos corresponsales. La primera carta de Lorenzo contenia muchas materias. Empezaba desde luégo con una relacion de la fuga, mucho más concisa y más embrollada que la nuestra: hablaba despues de sus actuales circuntancias, de cuya noticia ni Inés ni su secretario pudieron sacar gran cosa en limpio: daba en seguida un aviso secreto, haciendo mencion del nombre cambiado y de su seguridad, con la preeision de quedar oculto, cosas todas poco comunes para el enter.dimiento de aquellas gentes, y que en la carta misma iban con su poco de enigma. Contenia preguntas urgentes y afectuosas acerea de Lucía, expresiones oscuras y patéticas relativas á las voces que habian corrido tocantes á la misma, y por último, concluia con esperanzas inciertas y lejanas, proyectos aventurados para en adelante, promesas y exigencias de fidelidad y exhortaciones á no perder la paciencia ni el ánimo, y esperar mejores tiempos.

Poco despues encontró Inés un medio seguro para enviar á manos de Lorenzo una contestacion con los cincuenta escudos consabidos. Al ver tanto oro junto, no sabía qué pensar, y no ménos admirado que lleno de una confusion que no daba lugar á la alegría, corrió en busca de su secretario para que le explicase la carta, y tener con esto la llave de semejante misterio.

En la carta, el escribiente de Inés, despues de algunas quejas acerea de la poca claridad de la carta de Lorenzo, describia en tono lamentable la tremenda bistoria de aque- Ila persona (que así se expresaba), pasando iuégo á lo de los cincuenta escudos: hablaba despues del voto por medio de perifrasis, añadiendo con palabras más directas y claras el consejo de resignarse y no pensar ya en ella.

Poco faltó para que Lorenzo no la tomase con el lector intérprete: tenıbló, se estremeció y se llenó de ira, tanto por lo que comprendia, como por lo que no podia comprender. Tres 6 cuatro veces le obligó á leer la carla, ya comprendiéndola mejor, ya pareciéndole más oscuro lo que ántes le habia parecido más claro. En tal fiebre de pasiones, quiso que el secretario echase mano de la pluma al momento y contestase. Despues de las expresiones más fuertes de lerror y compasion por los sucesos de Lucía, proseguia diciendo: «Escribid, que no quiero resignarme, ni me resignaré nunca; que estos no son consejos que deben darse á un hombre como yo; que el dinero no lo tocaré; que lo guardo y lo tendré en depósito para el dote de la que ha de ser mia; que yo no entiendo de promesas; que siempre he oido decir que la Virgen se ocupa en favorecer á los afligidos y en obtener gracias, pero que trate de desesperar y de hacer faltar á lo prometido jamás lo of; que eso no puede ser, y que con este dinero hemos de poner casa aquí; y que si ahora estoy algo apurado, es una borrasca que pasará presto.» Y otras cosas senmejantes. Recibió Inés esta carta, hizo contestar, y la correspondencia continuó del modo que hemos dicho.

Lueía, despues que su madre pudo hacerle saber, no sé por qué conducto, que Lorenzo estaba vivo y sano é impuesto de todo, experimentó no poco consuelo, y ya sólo deseaba que se olvidase de ella, 6, por decir verdad. que pensase en olvidarla. Ella por su parte hacía cien veces al dia el mismo propósito con respecto á Lorenzo, y adoptaba todos los medios posilbles para realizarlo. Estaba continuamente trabajando; procuraba no distraer el ánimo un instante de su labor, y cuando se le presentaba á la mente la imágen de Lorenzo, rezaba ó cantaba oraciones; pero aquella imágen, como si tuviera malicia, no se presentaba así descubiertamente, sino que se introducia á hurtadillas entre otras diversas, d modo que la imaginacion no lo advertia sino despues de algun tiempo. Los esfuerzos de Lucía para separarle enteramente de la memoria hubieran surtido hasta cierto punto su efecto, si doña Práxedes, empeñada por su parte en hacérsele olvidar, hubiese encontrado otro medio mejor para el caso que el de acordársele sin cesar, diciéndola muy á menudo.

¿En qué piensas? ¿En el novio, eh?

—Yo en nada pienso,-contestaba Lucía.

Con esta respuesta no se daba por satisfecha doña Práxedes, sino que proseguia diciendo:

—Obras, hija mia, son amores, y no buenas razones.

Y se extendia luégo invectivando la costumbre de las jóvenes, las cuales, decia ella, cuando han puesto su corazon en un mala cabeza, á lo que propenden generalmente todas, no saben desecharlo. Tratándose de un hombre de bien y honrado, que por algun contratiempo haya venido á ménos, al momento se resignan: pero un calavera es llaga incurable; y aquí empezaba el panegírico del pobre ausente, del picaron que se metió en Milan para ponerlo todo á sangre y fuego, y queria por fuerza que Lucía confesase las bribonadas, que, segun ella, debia haber hecho Lorenzo tambien en su pueblo.

Lucía, con voz trémula por la vergüenza y el dolor, y con la indignacion de que era capaz en su carácter dulce y su humilde estado, aseveraba y protestaba que en su tierra aquel infeliz jamás habia dado que decir, y añadia que hubiera querido que se hallase allí alguno de su pueblo para confirmar esia verdad.

Aun con respecto á los acontecimientos de Milan, de cuyos pormenores no podia dar razon, le defendia sólo :

por el conocimiento que desde su niñez tenía de su conducta: y lo defendia ó se proponia defenderle por pura obligacion de caridad, por amor á la verdad y como prójimo, que era la fórmula con que se explicaba á sí misma el interes que la movia á defenderle; pero de semejante apología sacaba doña Práxedes nuevos argumentos para convencer á Lucía que su corazon estaba todavía por él, y á la verdad no sé si sería cierto en aquellos momentos, porque la infame pintura que de Lorenzo hacía la vieja, despertaba por oposicion con más fuerza que nunca en la mente de Lucía la idea que habia concebido con tan largo trato. Las memorias sofocadas con violencia se desarrollaban á porfia la aversion y el desprecio renovaban tantos motivos antiguos de aprecio y simpatía, y el odio ciego y violento de doña Práxedes excitaba con más fuerza su compasion. Como quiera que sea, los discursos por parte de Lucía nunca eran muy largos, porque las palabras no tardaban en convertirse en lágrimas y suspiros.

Si doña Práxedes la hubiese tratado de aquella manera por odio inveterado que conservase contra ella, quizá aquel'as lágrimas la hubieran enternecido y acallado; pero como hablaba con buena intencion, continuaba adelante sin dejarse vencer, así como los gemidos y las dolientes súplicas pueden muy bien contener el arma de un enemigo, pero jamás el hierro de un cirujano. Suponiendo doña Práxedes haber llenado así su deber, pasaba de ias reconvenciones y cargos á las amonestaciones y consejos, interpolados con alguna alabanza para templar el agrio con el i dulce, y conseguir mejor su intento. Es verdad que por todos estos sermones, que siempre se reducian á una misma cosa, ninguna aversion quedaba á Lucía contra su eterna misionera, que por otra parte la trataba con mucha humanidad; pero sí le quedaba tal tumulto de exaltacion de pensamientos, que necesitaba luégo mucho tiempo y trabajo para volver á su antigua calma.

Por fortuna para Lucía, no era ella la sola á quien tenfa que hacer bien á su manera doña Práxedes; por lo que los sermones no podian ser muy frecuentes. Además del resto de la familia, cuyos cerebros necesitaban todos más ó ménos compostura; además de las muchas ocasiones que se le presentaban, ó que ella misma buscaba de emplear los mismos buenos oficios con personas á las cuales de nada era deudora, tenía cinco hijas, y aunque ninguna vivia con ella, le daban más que hacer que si las hubiese tenido en casa. Tres eran monjas, y dos casadas; así que doña Práxedes tenía naturalmente que dirigir tres conventos y dos casas, además de la suya; emprcsa vasta y complicada, y tanto más ardua, cuanto que dos maridos apadrinados por sus padres, madres y hermanos, y tres abadesas sosleni - das por otras dignidades y muchas monjas, se negaban á aceptar su superintendencia.

Era una guerra, ó por mejor decir, cinco guerras, que aunque disimuladas y politicas, no dejaban de ser continuas y activas, pues en cada uno de aquellos puntos se ponia el mayor empeño en evitar sus cuidados, en cerrar el oido á sus dietámenes, en eludir sus preguntas, y en dejarla á oscuras de todos los negocios. No hablaré de las disputas y contradicciones que encontraba en el manejo de otros negocios más extraños; porque se sabe que á los hombres las más de las veces es necesario hacerles el bien por fuerza; pero en su casa ejercitaba mejor su celo, porque allí todos estaban sujetos enteramente á su autoridad, menos D. Ferrante, con el cual las cosas andaban de otra manera.

Como hombre dedicado á las letras, no queria ni mandar ni obedecer. Enhorabuena que en todas las cosas de casa fuese su señora el ama absoluta; pero él no se conformaba con estar sumiso; y si solicitado, le prestaba en ciertos casos el oficio de su pluma, era por ser asunto de su aficion; sin embargo, áun sabía negarse á ésto, cuando no estaba en sus ideas lo que su esposa le pedia que escribiese. «Componeos como podais, le decia entónces, pues que la cosa os parece tan clara.» Despues de haber por algun tiempo intentado inútilmente doña Práxedes atraerle á su sistema, ya se limitaba á barhotar contra él, llamándole extravagante, desidioso, y por fin literato; y en darle este último título, además de desahogar su despecho, tenia su poquito de complacencia.

Pasaba D. Ferrante muchas horas en su gabinete, en donde tenía una coleccion considerable de libros, todas obras escogidas, y estimadas en varias materias, en cada una de las cuales estaba más ó ménos versado. En la astrologia se le tenía por más que aficionado, porque su saber no se limitaba á las nociónes generales y al vocabulario comun de influencias, aspecto y conjunciones, sino que hablaba con acierto, y como profesor, de las doce casas del cielo, de los círculos mácimos, de los grados lúcidos, de la exaltacion y declinacion de los astros, de los tránsitos y revoluciones; en una palabra, de los principios más ciertos y recónditos de la ciencia, cuya historia tambien conocia más que medianamente, pues oitaba con oportunidad las predicciones más célebres verificadas; y raciocinaba con sutileza y elegancia acerca de otras predicciones no ménos famosas, que no se realizaron, para demostrar que la culpa no era de la ciencia, sino de los que no supieron aplicarla.

Aunque acerca de la filosofia antigua habia aprendido lo suficiente, no obstante, para adelantar todavía más, no cesaba de leer á Diógenes Laercio: sin embargo, como aquellos sistemas, por hermosos que sean, no es posible retenerlos todos en la memoria, y para ser filósofo es necesario elegir un autor, D. Ferrante habia escogido á Aristóteles, el cual, segun su opinion, no era ni antiguo ni moderno, sino filósofo á secas.

Poseia tambien várias obras de sus secuaces más sabios y sutiles entre los modernos, y en cuanto á las de sus impugnadores, jamás quiso leerlas ni comprarlas, porque consideraba tiempo perdido lo primero, y dinero echado por el balcon lo segundo:

servaba en su biblioteca los célebres veintidos libros de subtilitate, y alguna otra obrilla antiperipalética de Gárdano, en obsequio de su mucho saber en astrología, diciendo que el que pudo escribir el tratado de restitutione temporum et motuum cælestium, y el libro duodecim conjecturarum, merecia ser oido áun cuando disparatase. Por otra parte, aunque en el concepto de los doctos pasaba D. Ferrante por peripatético consumado, á él no le parecia saber lo suficiente, y más de una vez se le oyó decir con gran por vía de excepcion conmodestia que la esencia, los universales, el alma del mundo y la naturaleza de las cosas no eran principios tan claros como algunos creian.

En cuanto á la filosofía natural, D. Ferrante se habia aplicado á ella por diversion, no por estudio, y así habia más bien leido que estudiado las obras del mismo Aristóteles sobre esta materia; sin embargo, con esto, con las nolicias adquiridas por incidencia en los tratados de filosofia general, y con haber pasado la vista por la Magia natural de Juan Bautista Porta, por las tres historias lapidum, animalium et plantarum de Cárdano, por el tratado de hierbas, de las plantas y de los animales de Alberto Magno, y por alguna otra obra de ménos importancia, sa bia entretener una reunion de gente culta, hablando de las virtudes admirables y de las curiosidades más singulares de muchos simples, describiendo exactamente las formas y los hábitos de las sirenas, del ave fénix, único en su especie, y explicando cómo la salamandra se mantiene en el fuego sin quemarse; cómo la rémora, siendo un pececillo tan pequeño, tiene bastante fuerza para detener de un gołpe el curso de un navío; cómo las gotas del rocio se convierten en perlas; cómo el camaleon se sustenta con el aire, y cómo el hielo, endureciéndose poco á poco, se trasforma en cristal, con otros maravillosisimos secretos de la naturaleza.

Algo más se habia internado en lo de magia y hechice- — rías, pues se trataba de ciencia que estaba entónces más en boga, y en la cual los hechos, sobre ser de más importancia, son más fáciles de averiguar. Es excusado prevenir que en semejante estudio no tuvo más objeto que el de instruirse, y conocer á fondo las malas artes de los maleficios y de las brujas, para guardarse y defenderse de ellas.

Y tomando por guía el grande hombre de la ciencia, Martin del Rio, podia tratar ea profeso del maleficio amatorio, del maleficio somnífero, del maleficio hostil, y de las infinitas especies de estos tres géneros capitales de maleficios, que con tan fatales resultados se practicaban entónces.

No ménos vastos y profundos eran sus conocimientos en historia, especialmente en la universal, en la que miraba como autores de primera nota á Dole, Bugatti, Campana, Targañota y Guazzo. Pero ¿qué es la historia, solía decir, sin la política? una guía que marcha adelante, sin que nadie la siga para aprender el camino, así como la política sin la historia es lo mismo que uno que camina sin guía. De consiguiente, tenía en sus estantes un lugar preferente para los autores de política, entre los cuales sobresalian Bodino, Cavalcanti, Sansovino, Paruta y Bocalini; pero dos eran los que D. Ferrante preferia á todos en semejante materia, á saber: el Príncipe y los Discursos del célebre secretario florentino (1), á quien llamaba bribon, pero profundo, y la Razon de Estado del no ménos célebre Juan Botero. Pero poco ántes del tiem.po á que se refiere esta historia salió á luz el libro que terminó la cuestion del Primado, y en que, segun D. Ferrante, se hallaba sacada la quinta esencia de todas las malicias, para poder conocerlas, y la de todas las virtudes, para poder practicarlas; libro de escaso volúmen, pero todo de oro; en una palabra, el Estadista reinante, de D. Valeriano Castillon, de aquel hombre celebérrimo, que los literatos de más crédito elogiaban sin término, y los más grandes personajes andaban á porfía por quitárselo unos á otros.

Pero si en todas las ciencias citadas podia D. Ferrante considerarse instruido, una habia en que era acreedor al título de maestro, á saber, la ciencia caballeresca. No sólo hablaba de ella con profundo conocimiento, sino que llamado á decidir acerca de puntos de honor, pronunciaba siempre su sentencia con acierto. Tenía en su biblioteca, 6, mejor diríamos, en su cabeza, las obras de los mejores autores en esta materia, como Páris del Pozo, Fausto de Longiano, Urrea, Mucio, Romei, Albergato, el Forno primero y el Forno segundo del famoso Torcuato Tasso, de cuyas obras solia tambien citar con oportunidad algunos pasajes, especialmente los de la Jerusalen libertada; pero, en su concepto, el autor de los autores en esta ciencia era el milanés Francisco Birago, que dió á luz sus discursos caballerescos en tiempo de D. Ferrante, de quien hablaba siempre con particular aprecio, circunstancia que parece haber influido en la opinion del mismo D. Ferrante.

De aqui pasa el anónimo tantas veces citado á las bellas letras; pero nosotros ya empezamos á dudar de s: nuestros lectores tendrán mucha gana de proseguir con semejante reseña, ántes, á decir verdad, vamos creyendo habernos granjeado el título de copista servil, y el de fastidioso á medias con el anónimo, por haberlo seguido hasta aquí en cosa tan ajena del asunto principal, y en la que probablemente se extendió tan sólo por hacer alarde de doctrina y manifestar que estaba al nivel de las luces de su siglo.

(1) Maquiavelo. Por esta razon, dejando escrito lo que está escerito, por no perder nuestro trabajo, omitiremos lo demas para volver de nuevo á tomar el hilo de nuestra historia, tanto más, cuanto hay que pasar buen trecho ántes de encontrar á alguno de nuestros personajes, y uno más largo todavía ántes de dar econ aquellos por los cuales se interesan más nuestros lectores, si es que bay algo en todo esto que llegue á interesarles.

Hasta el otoño del siguiente año de 1629 quedaron todos, quién de grado, quién por fuerza, en la misma posicion poco más ó ménos en que los dejamos, sin que á los unos les sucediera. y sin que pudieran los otros hacer cosa alguna digna de referirse. Llegó el otoño en que Inés y Lucía contaban con reunirse; pero un grande acontccimiento público desbarató su proyecto, y este fué ciertamente uno de sus más pequeños efectos. Siguieron luégo otros sucesos de consideracion que no causaron ninguna mudanza notable en la suerie de nuestros personajes. Alcanzáronlos por fin nuevos casos más generales, más violentos y más extremados, aeometiendo hasta los más ínfimos, segun la escala del mundo, asi comc un vasto y tempestuoso torbellino, arrancando árboles, descomponiendo techos, derribando chapiteles y dispersando escombros, levanta tambien las ligeras aristas escondidas entre la hierba, busca las hojas secas en los rincones donde las habia aglomerado un viento ménos fuerte y las lleva envueltas en sus remolinos.

Ahora, para que los hechos privados de que tenemos que dar cuenta sean más claros, nos es indispensable anticipar uno de aquellos acontecimientos públicos indicados, retrocediendo algo más arriba.