Los novios/XXVIII
CAPÍTULO XXVIII.
Despues de la sedicion del dia de San Martin y siguiente, parecia que como por encanto habia vuelto á Milan la abundancia. Las panaderías bien provistas, el pan á mejor precio que en los años más fértiles, y á proporcion las harinas. Los que en aquellos dias se dieron á gritar, 6 hacer algo más, tenian ahora (á excepcion de los pocos que fue- ron á parar á la cárcel) motivos de envanecerse; y no hay que pensar que parasen allf pasado aquel primer susto de las prisiones. En las plazas, en las esquinas, en las tabernas, se congratulaban reciprocamente por haber encontrado el modo de abaratar el pan; sin embargo, en medio del júbilo y la jactancia, se entremetia, como era natural, cierta inquietud por el presentimiento de que no durase mucho semejante cucaña. Sitiaban á los panaderos y los bornos, como lo habian hecho en aquella facticia y efimera abundancia dımanada de la postura establecida por el gran canciller Ferrer. Los que tenian algun dinero lo empleaban en pan y en harinas, convirtiendo en almacenes las arcas, los barriles y basta los cubos. De esta manera, luchando á porfía para gozar de la ventaja presente, hacian, no diré imposible su larga duracion, que ya por sí misma lo era, sino tambien más dificil su momentánea continuacion. En efecto, el dia 15 de Noviembre pubiicó D. An tonio Ferrer, de órden de Su Excelencia, un edicto por el cual, á los que tuviesen granos 6 harinas en su casa, se les prohibia comprar ninguna de las dos especies, y á todos en general comprar más pan del que necesitaban para dos dias, bajo penas pecuniarias y corporales al arbitrio de Su Excelencia, con intimacion á los ancianos (especie de celadores de policía) y encargo á todos para que denunciasen á los transgresores, y órden á los jueces para registrar las casas que se les denunciasen, mandando al mismo tiempo á los panaderos que tuviesen bien provistas las tiendas, bajo pena de cinco años de galeras, 6 mayor, al arbitrio de Su Eæcelencia. Brillante imaginacion debe tener por cierto el que sea capaz de figurarse que semejante edicto pudiera ilevarse á debida observancia, y en verdad que si se hubiesen cumplido todos los que en aquel tiempo se expedian conminando con galeras, hubiera tenido el ducado de Milan más gente en la mar que la que puede tener ahora la Gran Bretaña.
De todos modos, mandando á los panaderos que amasasen tanto pan, era preciso tambien dar órdenes para que no faltase la materia de que hacerlo. Como en los tiempos de carestía se acude casi siempre al recurso de hacer pan con sustancias alimenticias que se consumen bajo otra forma, se adoptó en esta ocasion el medio de hacer entrar el arroz en la fabricacion del pan, llamado de mezcla. Con esto el 23 de Noviembre salio un edicto para que quedase á disposicion del Director de provisiones y de los doce comisarios la mitad del arroz sin limpiar que cada uno tu| viese en su casa, bajo la pena, contra cualquiera que dispusiese de él sin licencia de dichos señores, de la pérdida del género y de una mulla de tres escudos por fanega.
Pero este arroz era necesario pagarlo, y á un precio muy desproporcionado con respecto al pan. El cargo de suplir á esla desproporcion se impuso á laciudad; m as el Ayuntamiento, el mismo dia 23 de Noviembre, acordó hacer presente al Gobernador general la imposibilidad de soportar semejante carga, y el Gobernador expidió el 7 de Diciembre otro edicto en que, fijando en doce libras la fanega, iniponia, tanto al que pidiese mayor cantidad como al que se negase á venderlo, la pena de la pérdida del género, y una multa del doble de su valor, y mayor pena pecuniaria y tambien temporal, hastu la de galeras, al arbitrio de Su Racolencia, segun la gravedad del caso y la clase de las personas.
Al arroz limpio ya se le habia fijado precio ántes del alboroto, así como probablemente se habria puesto tasa, 6 para usar la denominacion célebre en los anales modernos, el máximun al trigo y otros granos más comunes por medio de edictos que no hemos encontrado.
De mantener de esta manera el pan barato en Milan resultaba la consecuencia de que acudiese multitud de gentes de fuera á comprarle para surtir sus casas. A fin de obviar D. Gonzalo á este que él llamó inconveniente, mandó con fecha del 15 de Diciembre publicar otro edicto, prohibiendo que se extrajese de la ciudad más pan que el del valor de veinte sueldos, pena de la pérdida del pan, veinticinco escudos de multa, y en caso de no poder pagar, dos tratos de cuerda en públic, y áun mayor pena (como siempre) al arbitrio de Su Excelencia. El 22 del mismo mes (no sabemos por qué tan tarde) se expidió otra órden igual respecto de la harina y de los granos.
La muchedumbre quiso.traer la abundancia con el saqueo y los incendios, y el poder legal queria mantenerla con las galeras y la cuerda: los medios eran muy conformes entre sí; pero sobre su aptitud para producir el efecto deseado, el lector formará su juicio; y si no, lo verá dentro de poco. Tambien es fácil ver, y no inútil observar, que entre tantas absurdas providencias habia una conexion necesaria: cada una era consecuencia inevitable de su antecedente, y todas de la primera; á saber, de la que fijaba el pan á ua precio tan distante del que hubiera resultado del estado real de las cosas.
Al vulgo ignorante una providencia de esta naturaleza precio del arroz 24 ha parecido siempre, y debe parecer, equitativa, sencilla y de fácil ejecucion, y de aquí resulta que en los apuros de las careslías la desea, la implora, y si puede, la impone:
luégo, á medida que se van manifestando las consecuencias, las personas á quienes corresponde se ven precisadas á acudir al remedio de cada una de ellas con leyes que prohiban á los hombres hacer aquello á que los excitan los antecedentes. Permítasenos observar aquí de paso una coincidencia particular. En un país, y en época no distante de nosotros, y en una de las calamidades más notables de la historia moderna, se dieron, en circunstancias iguales, iguales providencias, á pesar de la gran diferencia de los tiempos y de los conocimientos adquiridos en Europa, y con especialidad en aquel mismo país; y esto sucedió principalmente porque la masa popular, á la que aun no habria alcanzado semejantes conocimientos, consiguió á la larga que prevaleciesen sus principios, y empujó, como se suele decir, la mano de los que hacian la ley.
Volviendo ahora á nuestro asunto, dos fueron, al ajustar la cuenta, los frutos principales del tumulto, á saber: desperdicio y pérdida efectiva de víveres en el mismo tumulto, consumo excesivo, y de bulliciosa alegría miéntras duró la tasa, y desfalco de aquella triste masa de granos que debia bastar hasta la nueva cosecha. A estos efectos generales hay que añadir el suplicio de cuatro aldeanos ahorcados como cabezas del tumulto, dos delante del horno grande, y dos á la entrada de la calle donde vivía el Director de provisiones.
Por otra parte, son tan inexactas las noticias históricas de aquellos tiempos, que no hemos podido averiguar cómo ni cuảndo cesó aquella violenta tasa. Si, á falta de noticias positivas, nos es permitido proponer conjeturas, nos inelinamos á creer que se revocó poco ántes 6 poco despues del 24 de Diciembre, que fué el dia del citado suplicio. Por lo que toca á los edictos, despues del 22, de que hemos hecho mencion, no hemos oncontrado otro alguno relativo á víveres, ya porque hayan perecido, ya porque se hayan ocultado á nuestras investigaciones, 6 ya porque la autoridad, desalentada, cuando no convencida, de la ineficacia de sus providencias, y abrumada con el peso de las cosas, las abandonase á su curso natural. Hallamos, sin embargo, en las relaciones de varios historiadores, inclinados entónces más bien á escribir grandes acontecimientos que á indicar sus causas y consecuencias, la pintura del pafs y de la ciudad, principalmente á fines del invierno y en toda la primavera, cuando la causa del mal obraba en toda su fuerza.
Esta causa, que era la carestía, dimanaba de la desproporcion entre los víveres y las necesidades; desproporcion que, léjos de disminuir, aumentaron los mismos remedios que efimeramente suspendieron sus efectos, y que tampoco se consiguió evitar con la introduccion de granos extranjeros, la que entorpecian la insuficiencia de los medios públicos y privados, la penuria que tambien se experimentaba en los paises inmediatos, la lentitud, la escasez, las trabas del comercio y las mismas leyes dirigidas á facilitar y mantener una baratura violenta. Hé aquí aquella dolorosa pintura.
A cada paso tiendas cerradas, y la mayor parte de las fábricas abandonadas. Presentaban las calles un espectácuio indecible, una serie continuada de miserias y una morada permanente de dolores. Los mendigos de antigua profesion, siendo ahora el menor número, se hallaban confundidos entre una nueva muchedumbre, y reducidos á disputar la limosna con aquellos de que quizá en otro tiempo la recibieron. Mancebos de tiendas y trabajadores despedidos de sus principales, que, disminuidas ó nulas las ganancias diarias, vivian trabajosamente del resto de su caudal; tenderos, y áun comerciantes quebrados y arruinados de resultas de la cesacion de los negocios; operarios y artesanos de todas manufacturas y artes, desde la más comun á la de más lujo, vagando de puerta en puerta, de calle en calle, ó apoyados á las esquinas, ó echados en las aceras de las casas é iglesias, mendigando lamentablemente una limosna; otros, paralizados entre su necesidad y una vergüenza aún no vencida, se presentaban pálidos y extenuados por el ayuno y el frio, y cubiertos con escasas ropas 6 vestidos viejos y raidos, entre los cuales se notaban aún las señales de una antigua medianía; así como en la holgazanería y el envilecimiento se descubrian ciertos hábitos de impudente abandono. Confundidos entre la deplorable turba iban criados despedidos de sus amos, caidos desde la medianía á la estrechez, 6 de grandes y ricos señores imposibilitados en aquel año de mantener la acostumbrada pompa de servidumbre, y para cada uno de estos mendigos otros varios acostumbrados á vivir del trabajo de aquéllos, como hijos, mujeres, padres ancianos, cercando á sus sostenedores ó dispersados en otras partes, pedir con lágrimas una limosna.
Vefanse tambien, y se distinguian por los tufos desgreha parecido siempre, y debe parecer, equitativa, sencilla y de fácil ejecucion, y de aquí resulta que en los apuros de las careslías la desea, la implora, y si puede, la impone:
luégo, á medida que se van manifestando las consecuencias, las personas á quienes corresponde se ven precisadas á acudir al remedio de cada una de ellas con leyes que probiban á los hombres hacer aquello á que los excitan los antecedentes. Permítasenos observar aquí de paso una coincidencia particular. En un país, y en época no distante de nosotros, y en una de las calamidades más notables de la historia moderna, se dieron, en circunstancias iguales, iguales providencias, á pesar de la gran diferencia de los tiempos y de los conocimientos adquiridos en Europa, y con especialidad en aquel mismo país; y esto sucedió principalmente porque la masa popular, á la que aún no habria alcanzado semejantes conocimientos, consiguió á la larga que prevaleciesen sus principios, y empujó, como se suele decir, la mano de los que hacian la ley.
Volviendo ahora á nuestro asunto, dos fueron, al ajustar la cuenta, los frutos principales del tumulto, á saber: desperdicio y pérdida efectiva de víveres en el mismo tumulto, consumo excesivo, y de bulliciosa alegría miéntras duró la tasa, y desfalco de aquella triste masa de granos que debia bastar hasta la nueva cosecha. A estos efectos generales hay que añadir el suplicio de cuatro aldeanos ahorcados como cabezas del tumulto, dos delante del horno grande, y dos á la entrada de la calle donde vivía el Director de provisiones.
Por otra parte, son tan inexactas las noticias históricas de aquellos tiempos, que no hemos podido averiguar cómo ni cuándo cesó aquella violenta tasa. Si, á falta de noticias positivas, nos es permitido proponer conjeturas, nos inelinamos á creer que se revocó poco ántes 6 poco despues del 24 de Diciembre, que fué el dia del citado suplicio. Por lo que toca á los edictos, despues del 22, de que hemos hecho mencion, no hemos encontrado otro alguno relativo á víveres, ya porque hayan perecido, ya porque se hayan ocultado á nuestras investigaciones, 6 ya porque la autoridad, desalentada, cuando no convencida, de la ineficacia de sus providencias, y abrumada con el peso de las cosas, las abandonase á su curso natural. IHallamos, sin embargo, en las relaciones de varios historiadores, inclinados entónces más bien á escribir grandes acontecimientos que á indicar sus causas y consecuencias, la pintura del país y de la ciudad, principalmente á fines del invierno y en toda la primavera, cuando la causa del mal obraba en toda su fuerza.
Esta causa, que era la carestía, dimanaba de la desproporcion entre los víveres y las necesidades; desproporcion que, léjos de disminuir, aumentaron los mismos remedios que efimeramente suspendieron sus efectos, y que tampoco se consiguió evitar con la introduccion de granos extranjeros, la que entorpecian la insuficiencia de los medios públicos y privados, la penuria que tambien se experimentaba en los paises inmediatos, la lentitud, la escasez, las trabas del comercio y las mismas leyes dirigidas á facilitar y mantener una baratura violenta. Hé aquí aquella dolorosa pintura.
A cada paso tiendas cerradas, y la mayor parte de las fábricas abandonadas. Presentaban las calles un espectácuio indecible, una serie continuada de miserias y una morada permanente de dolores. Los mendigos de antigua profesion, siendo ahora el menor número, se hallaban confundidos entre una nueva muchedumbre, y reducidos á disputar la limosna con aquellos de que quizá en otro tiempo la recibieron. Mancebos de tiendas y trabajadores despedidos de sus principales, que, disminuidas ó nulas las ganancias diarias, vivian trabajosamente del rcsto de su caudal; tenderos, y áun comerciantes quebrados y arruinados de resultas de la cesacion de los negocios; operarios y artesanos de todas manufacturas y artes, desde la más comun á la de más lujo, vagando de puerta en puerta, de calle en calle, ó apoyados á las esquinas, ó echados en las aceras de las casas é iglesias, mendigando lamentablemente una limosna; otros, paralizados entre su necesidad y una vergüenza aún no vencida, se presentaban pálidos y extenuados por el ayuno y el frio, y cubiertos con escasas ropas ó vestidos viejos y raidos, entre los cuales se notaban aún las señales de una antigua medianfa; así como en la holgazanería y el envilecimièento se descubrian ciertos hábitos de impudente abandono. Confundidos entre la deplorable turba iban criados despedidos de sus amos, caidos desde la medianía á la estrechez, 6 de grandes y ricos señores imposibilitados en aquel año de mantener la acostumbrada pompa de servidumbre, y para cada uno de esto8 mendigos otros varios acostambrados á vivir del trabajo de aquéllos, como hijos, mujeres, padres ancianos, cercando á sus sostenedores 6 dispersados en otras partes, pedir con lágrimas una limosna.
Vefanse tambien, y se distinguian por los tufos desgreñados, sus vestidos lujosos hechos jirones y la ferocidad de los antiguos hábitos estampada en el rostro, muchos de aquella chusma de bravos, que, perdido por tas circunstąncias el pan de sus iniquidades, le iban pidiendo abora por compasion y misericordia. Abatidos por el hambre, sia más rencillas que para bacer sobresalir sus lamentos, ni otro apoyo que su sola persona, andaban arrastrando por aquella ciudad que pasearon en otro tiempo con la cervizerguida, ricamente vestidos y cubiertos de armas, y alargaban aquellas manos que tantas veces levantaron con insolencia para amenazar ó para herir.
Pero la turba mayor, más miserable, más macilenta y de más bullicio, era la de los lugareños, que de todas partes açudian, ya solos, ya en parejas, ya en bandadas de familias enteras, de maridos y mujeres con niños en los brazos ó á las espaldas, muchachos de la mano, y viejos detras. Muchos, invadidas y saqueadas sus casas por la soldadesca, habian huido desesperados, y entre ellos, algunos para excitar más la compasion y dar más peso á su miseria, manifestaban las contusiones y cardenales de los golpes que recibieron defendiendo los últumos restos de su pobreza, ó huyendo de una desenfrenada y ciega brulalidad. Otros que no habian sufrido semejante azote, pero echados por las dos calamidades de que nadie habia podido escaparse, la carestía y los impuestos, más exorbitantes que nunça, para acudir. á lo que se llamaba urgencias de la guerra, habian venido y venian á la ciudad como antiguo asiento y último asilo de riqueza y de pía munificencia. Era fácil distinguir los que se presentaban de nuevo, más que por su andar incierto, por la iadignacion que manifestaban en sus rostros al ver tanta concurrencia de mendigos, y tanta rivalidad de miseria, allí donde creyeron ser ellos los únicos objetos de compasion y atraerse solos la atencion y los socorros. Los olros que habia más ó ménos tiempo que arrastraban su miserable vida por la ciudad, sosteniéndose con limosnas adquiridas al acaso en tanta desigualdad entre los auxilios y las necesidades, levaban impresa en el semblante una consternacion más profunda. Distinguianse todos en aquella espantosa confusion no ménos por su aspecto que por sus trajes; diremos mejor, por los inmundos trapos con que cubrian sus carnes.
Los rostros pálidos de los habitantes del país bajo, los de color de bronce de los que ocupaban el llano del medio, y los sanguineos de los serranos, todos estaban descarnados y consuntos, los ojos hundidos, el mirar entre torvo y estúpido, el pelo desgreñado, y las barbas largas y horribles.
Uhos cuerpos endurecidos por el trabajo, veianse ahora extenuados, con la piel arrugada en los tostados brazos, en las piernas y en los huesudos pechos, mal cubiertos con los descompuestos ardrajos. Si tan doloroso era el aspecto que presentaba el vigor abatido, zqué serfa en el sexo y en la edad más débil, una naturaleza ménos fuerte y más dispuesta á la languidez y á la decadencia? En las encrucijadas y las aceras, debajo de los aleros se ofrecian á la vista de trecho en trecho montones de paja y rastrojos apisonados y fétidos, y áun estos asquero- 80s desperdicios eran dádivas que la caridad ofrecia á varios de aquellos desgraciados, para que hallasen donde posar la cabeza por la noche. Veianse tambien de dia yacer 6 echarse allí muchos que, extenuados por el cansancio 6 la necesidad, no podian ya sostenerse. No pocas veces se encontraba en semejantes muladares algun cadáver, y no era raro ver de repente caer al suelo algun extenuado y quedar muerto sobre las duras piedras.
Presentábanse de cuando en cuando auxilios ordenados con más prevision, y distribuidos por mano rica y ejercitada en hacer beneficios en grande, y esta era la mano dđel buen Federico. Para el efecto habia escogido seis eclesiásticos, en quienes competia, con una ardiente caridad, una complexion robusta. Divididos en parejes, habia señalado á cada una la tercera parte de la ciudad para que la recorriesen con varios mozos cargados de alimentos, de bebidas y ropas. Todas las mañanas salian las tres parejas para diversos puntos: se acercaban á los que veian caidos, y daban á cada uno el correspondiente socorro. A los que hallaban agonizando é incapaces de admitir alimento, les administraban los últimos auxilios y los consuelos de la religion. Distribuian á los que podian hallar remedio en los alimentos, sopa, pan, vino y huevos, y á los extenuados socorrian con sustancias y vinos generosos, reanimándolos ántes, si era necesario, con vinagre y cordiales, distribuyendo al mismo tiempo vestidos å los más andrajosos.
No acababa aquí su asistencia. Siendo el ánimo del buen pastor que hasta donde pudiese llegar aquella sirviese de un alivio eficaz y no momentáneo, los pobres á quienes el primer auxilio habia restituido suficientes fuerzas para sostenerse y caminar, recibian de los mismos eclesiásticos algun dinero, á fin de que la necesidad reiterada y la falta de otro auxilio no los redujese al anterior estado: proporcionaban á los otros asilo y manutencion en algunas de - las casas más inmediatas; si alguna habia de personas acomodadas, se les concedia la hospitalidad por recomendacion del Cardenal, y en otras en que á la buena voluntad faltaban los medios, aquellos eclesiásticos pedian que los recibiesen de huéspedes, para lo cual, ajustado el precio, pagaban desde luégo una parte á cuenta. De los hospedados en semejaotes términos daban despues noticia á los párrocos para que los asistiesen, y volvian ellos mismos á visitarlos.
No es necesario decir que el Cardenal no limitaba sus cuidados á los casos de tan extrema situacion, ni la habia aguardado para tomar providencias. Su viva caridal hubo de sentirlo todo, ocuparse en todo, y acudir á lo que no pudo prever, tomando, digámoslo asi, tantas formas cuanias eran las diversas necesidades. En efecto, reuniendo todos sus medios, aumentardo sus privaciones, echando mano de los ahorros destinados á otras liberalidades, que en aquella ocasion no podian dejar de scr secundarias, buscó todos los arbitrios posibles de juntar dinero para emplearlo en alivio de tan general penuria.
Hizo crecidas compras de granos, de que ervió gran parte á varios puntos de su diócesis, y como el socorro era inferior á la necesidad, envió tanibien cantidad de sal, para que, segun refiere Ripamonti, ia hierba del prado y la corteza de los árboles se convirtiesen en alimento humano.
Granos y dineros repartió igualmente á los párrocos de la ciudad que él mismo recorria por cuarteles dando limosnas. Socorria de oculta á muchas familia vergonzantes, y en el palacio arzobispal se cocia diariamente gran cantidad arroz, de que, segun el médico Alejando Tadino, en una relacion que tendremos ocasion de citar algunas veces, se distribuian dos mil raciones todas las mañanas.
Pero estos rasgos de caridad, que podemos llamar grandiosos, si se considera que eran obra de un solo hombre, y producto únicamente de sus medios, pues el Cardenal se negó siempre á tomar á su cargo la distribucion de liberalidades ajenas, estos mismos rasgos, con otros donativos de diversas manos, que, aunque no lan cuantiosos, eran sin embargo en gran número, no bastaban á cubrir tantas necesidades, á pesar de reunírseles los subsidios extraordinarios que señaló el ayuntamiento, encargando su distribucion al tribunal 6 junta de provisiones. Al paso que con los socoros del Cardenal se prolongaba la vida de algunos serranos y lugareños á punto de norir de hambre, otros llegaban al término extremo de la miseria. Apurados por los primeros aquellos calculados socorros, volvian á implorar otros. En muchas partes, no olvidadas y sólo pospuestas como ménos necesiladas, porque la caridad se veia en la dura precision de tener que elegir, llegaban las angustias á ser mortales, y miéntras en tres puntos de la ciudad eran socorridos y sacados de los brazos de la muerte los más inmediatos á sufrirla, en otras cien partes penaban otros, y áun perecian sin encontrar recurso ni refrigerio.
En todo el dia no se oia por las cal!es sino un murmullo confuso de súplicas y lamentos, y por las noches poblaba el aire un clamor continuado de quejas y gemidos, interrumpido de cuando en cuando por repentinas exclamaciones de dolor, y por lastimeras invocaciones, que terminaban en agudos gritos.
Es cosa digna de notarse que, en tanta calamidad, en tanta variedad de quejas, ni una tentativa, ni una palabra hubo de tumulto; sin embargo, entre los que morian y los que vivian de aquella manera, se hallaban muchos cuya educacion no habia sido de las que enseñan á padecer. Hebíalos tambien á centenares de los alborotadores del dia de San Martin. Ni es de creer que el ejemplo de los cuatro infelices que pagaron por todos fuese bastante á contenerlos. ¿Qué fuerza podia tener, no la presencia, sino la memoria de los suplicios, en los ánimos de una muchedumbre vagabunda y reunida, que se veia condenada á un suplicio lento y horroroso? Pero tales somos los hombres en general, que indignados y furiosos nos rebelamos contra los ' males leves, y nos sometemos sin chistar á los graves, to- ( lerando, no resignados sino abalidos, lo que al principio llamábamos insoportable.
El vacio que cada dia dejaba la muerte en aquella deplorable turba, se llenaba con aumento al siguiente. Era una concurrencia incesante, primero de los pueblos inmediatos, luégo del I'ucado entero, despues de las ciudades del Estado, y últimamente de otras várias. Entretanto, no dejaban tambien de salir cada dia de Milan muehos de sus antiguos moradores, unos para huir de la vista de tantasplagas, y otros porque viendo que nuevos.concurrentes iban á disputarles las limosnas, se aventuraban á hacer la última y desesperada prueba de ir á mendigar socorros á otra cualquiera parte en donde no fuese tan numerosa ni tan ejeculiva la concurrencia, ni la emulacion de pedir.
Encontrábanse en el camino los que iban con los que venian, y eran objeto recíproco de espanto, y de triste preludio acerca del término á donde cada uno de ellos se dirigia. Proseguian, sin embargo, su viaje, si no por la esperanza de mudar de suerte, á lo méncs para no votver bajo un cielo odiado, y no ver otra vez aquellos parajes de dolor y desesperacion, menos alguno que, extenuado por el hambre, espiraba en el camino, quedando allf como muestra aún más funesta para sus compañeros de infortunio, y como objeto de horror, y quizá de reconvenciones para los demas pasajeros. «Yo ví, dice Ripamonti, en el camino, alrededor de los muros, el cadáver de una mujer... Salíale de la boca hierba medio roida, y sus asquerosos labios hacian, al parecer, todavía nuevos esfuerzos de rabia. Tenía en los hombros un pequeño lio, y colgado del cuello con la faja á un niño que con sus vagidos pedia el pecho... Algunas personas compasivas que llegaron, recogieron á la infeliz criatura, llevándosela con el fin de buscar quien tomase á su cargo llenar con ella los deberes de madre.»
Ya no se veia aquella contraposicion de galas y de andrajos, de superfluidad y miseria, objetos tan comunes en los tiempos ordinarios: casi todo era ya miseria y andrajos, y si aún alguna distincion se notaba, era sólo la de una frugal mediania. Presentábanse los nobles y ricos con trajes sumamente modestos, y áun miserablemente vestidos algunos, porque las causas generales de la calamidad habian cambiado hasta aquel extremo su fortuna, ó arruinado del todo fortunas ya decadentes, y otros porque quizá temerian provocar con el fausto la desesperacion pública, 6 se avergonzarian de insultarla en tan espantosa siluacion. Los prepotentes, que tan altivos paseaban cn otro tiempo las calles con una ostentosa comitiva de bravos, marchaban ahora solos, cabizbajos, y casi en ademan de pedir misericordia. Otros, que áun en la prosperidad habian manifestado principios más humanos, estaban ahora coufusos, consternados y sobrecogidos al ver una serie de males que excedia no sólo á la posibilidad del alivio, sino casi à las fuerzas de la misma conmiseracion. El que tenia medios de socorrer se veia en la triste necesidad de distinguir entre hambre y hambre, y apćnas una mano piadosa se dirigia á la de un desgraciado, cuando se hallaba cercada de otros mil infelices: los que conservaban más fuerzas se adclantaban á pedir con más instancia; los extenuados, los viejos y los niños levantaban sus descarnadas manos, y las madres desde léjos enseñaban sus tiernas criaturas, que, liorando y mal envueltas en andrajosas mantillas, estaban casi espirando en sus trémulas manos.
Asi se pasó el invierno y la primavera, y ya habia algun tiempo que el tribunal, 6 Junta de sanidad, haciendo presente á la de provisiones el peligro de contagio que amenazaba la ciudad de resultas de tanta miseria aglomerada en toda ella, habia propuesto que los mendigos vagabundos se reuniesen en diferentes hospicios. Miéntras se ventilaba el proyecto, miéntras se aprobaba, y se convenia en los medios, en el modo y en los parajes para realizarlo, se .aumentaba cada dia más en las calles el número de los cadáveres, y con ellos erecia el conjunto de lástimas, consternacion y peligro. Entretanto, en la Junta de provisiones se propuso, como más fácil y más expedito, otro proyecto, reducido á reunir todos los mendigos sanos y enfermos en un punto solo, como el Lazareto, para alimentarlos allf, y curarlos á expensas de la ciudad, y así se acordó contra el dictámen de la Junta de sanidad, que sostenia que con una reunion de aquella clase se aumentaria el riesgo que se trataba de atajar.
Por si casualmente esta historia llegase á manos de quien no tenga noticia del lazareto de Milan, vamos á dársela en resúmen. Este edificio se reduce á un recinto cuadrilátero, y casi cuadrado, saliendo de la ciudad á la izquierda por la puerta llamada Oriental, y separado del Baluarte el espacio del foso, de una calle de circunvalacion y de otro foso que corre todo alrededor del mismo recinio. Los dos lados mayores tendrán unos quinientos pasos comunes, y los otros dos quince ménos. Todos por la parte que mira á fuera están divididos en celditas de un solo pıso, y alrededor de tres de ellos, corren por la parte interior unos portales en bóveda, sostenidos sus arcos con mezquinas columnas. A! principio las celdas eran doscientas ochenta y ocho; pero en el dia hay algunas ménos, de resultas de una grande abertura hecha en más pequeña en un costado por la parte que linda con el camino real. En tiempo de nuestra historia habia solamente dos entradas, la una en el medio, por el lado que corresponde á la muralla de la ciudad, y la otra en el frente opuesto.
En el centro, que todo está despejado, existia y existe todavía una capilla octangular. El primer destino de este edificio, que se empezó en 1489 con los caudales de una manda, y se continuó luégo con los del público y de otras mandas y donativos particulares, fué, como lo indica el medio, y otra nombre, el de acoger, cuando lo exigiese la necesidad, los enfermos de peste, que ya mucho ántes de aquella época solia parecer, y continuó pareciendo por algun tiempo, dos, cuatro, seis y hasta ocho veces cada siglo, ya en un país, ya en otro de Europa, y ya corriéndola toda de una å otra extremidad. En la época á que nos referimos, el Lazareto sólo servia de depósito para las mercancías sujetas á cuarentena.
Para aplicarlo entónces al objeto acordado, se quebrantaron las reglas establecidas, sacando las mercancias ántes de tienpo, despues de haberlas fumigado y purificado apresuradamente. Se mandó lener paja en todas las celdas, se hizo provision de víveres del mejor modo posible, se convidó por medio de edictos á todos los pordioseros á ocupar este asilo.
Muchos concurrieron gustosos; lleváronse allá todos los enfermos qne gemian en las plazas y las calles, y al cabo de pocos dias pasaban de tres mil entre unos y otros los que se hallaban en el Lazareto: sin embargo eran muchos más los que quedaban fuera; bien fuese porque cada uno aguardaba á que se marchasen los otros para quedar en menor número á disfrutar las limosnas, bien por la repugnancia natural á la reclusion, 6 por aquella desconfianza con que miran los pobres todo lo que les propone el que tiene riquezas ó poder (desconfianza que siempre está en proporcion de la ignorancia de quien la experimenta, y de quien la inspira, del número de los pobres, y de la falta de tino en las órdenes), bien fuese por no conocer la clase de beneficio que se les ofrecia, bien por todas estas causas juntas, lo cierto es que la mayor parte, no haciendo caso del ofrecimiento, continuaban vagueando miserablemente por ļa ciudad. En vista de esto, se acordó que en lugar de la invilacion se emplease la fuerza, y en su consecuencia se comisionaron esbirros para que echasen los pordioseros al Lazareto, lievando atados á los que se resistiesen, y se les señalaron doce sueldos de gratificacion por cada pobre que de esta manera sacasen de la ciudad: ¡lan cierto es que en los grandes apuros se hal'an siempre caudales del público para emplearlos desacertadamente! Y aunque, segun habia conjeturado, 6 por mejor decir, obrado de intento la Junla de provisiones, cierto número de mendigos abandonasė la ciudad para ir á vivir, 6 á morir á lo ménos en libertad, no cbstante fué tal la caza de los esbirros, que á poco tiempo llegaron los recogidos entre huéspedes y presos á unos diez mil. Queremos suponer que las mujeres y los niños se pondrian con separacion; pero las memorias de aquellos tiempos nada dicen acerca de este particular. Es de creer que tampoco faltarian disposiciones y reglas para el buen orden; pero figúrese cualquiera qué órden podia establecerse y conservarse, especialmente en aquellos tiempos y aqueflas circunstancias, en tan grande y variado conjunto de personas, en donde se hallaban con los vołuntarios los forzados; con aquellos para quienes el mendigar era una necesidad violenta y penosa, otros para quienes era una costumbre y un oficio; con los que se habian educado en la honesta laboriosidad de los campos y los negocios, otros muchos criados en la ociosidad, los desórdenes y los vicios, y entre la chusma de bravos acostumbrados á toda clase de infamias, violencias y asesinatos.
Cuáles podian ser luégo su albergue y sus alimentos fuera fácil conjeturarlo, áun cuando no tuvićsemos las noticias positivas que tenemos. Dormian amontonados á veinte y ireinta en cada celdilla, 6 echados debajo de los portales sobre un monton de paja fétida y hedionda, ó en el duro suelo, pues aunque se habia mandado que la paja fuese fresca, no escasa, y que se mudase con frecuencia, era poca, mala, y jamás se renovaba. Habia igualmente órden para que el pan fuese de buena calidad, porque ¿cuál es el asentista á quien jamás se le haya dicho que fabrique y entregue géneros malos? Pero lo que en circunstancias ordinarias apénas hubiera podido conseguirse en una empresa ménos vasta, ¿cómo era posible conseguirlo en aquel caso, y en tanta baraunda? Se dijo entónces, y se encuentra en Ías memorias contemporáneas, que en el pan del Lazareto iban mezcladas sustancias pesadas y no alimenticias, y demasiado es de creer, viendo lo que suele pasar áun en nuestros dias, que no seria esta queja sin fundamento.
Hasta falta de agua habia, digo de agua saludable, pues el depósito comun sería probablemente el arroyo que baña la muralla del recinto, cuya escasa corriente, lenta y áun pantanosa, vendria luégo á ser lo que era preciso que fuese con el uso y la inmediacion de tan grande muchedumbre.
A todas estas causas de mortandad, tanlo más activas, cuanto obraban sobre cuerpos er:fermos, ó dispuestos á estarlo, hay que añadir la irreguluridad de la estacion por baber sobrevenido, despues de copiosas y obstinadas lluvias, una sequedad todavia mús obstinada, y con ella un calor anticipado y violento. Ag:egábanse á los males el sentimiento de los mismos males, el fastidio, la indignacion de aquella esclavitud, el deseo de volver á los antiguos hábitos, el dolor por amigos y parientes perdidos, la memoria de otros ausentes, la repugnancia y aversion reciproca, con otras pasiones de abatimiento 6 de rabia, llevadas 6 nacidas en aquel recinto. Añádase además la aprension y el cuadro continuo de la muerte que tantas causas ocasionaban, siendo ella misma otra nueva y la más poderosa de todas.
Y no debe causar admiracion que la mortandad creciese y reinase allí en tanto grado, que adquiriese la apariencia, y por algunos el nombre de peste, bien fuese porque la reunion y el aumento de todas aquellas causas aumentasen tambien la actividad de una influencia puramente epidémica, bien fuese (como parece que suele suceder en carestías ménos grandes y prolongadas que aquella) porque hubiese un verdadero contagio, el cual en los cuerpos predispuestos por la inercia y la mala calidad de los allmentos, la intemperie, el desaseo y las penalidades, encontrase la estacion adecuada y las condiciones necesarias para nacer, nutrirse y multiplicarse (si es permitido á un ignorante usar de estas palabras, siguiendo la hipótesis propuesta por algunos fisicos, y sostenida de nuevo con muchas razones y gran moderacion por un escritor no ménos sabio que ingenioso) (1), bien fuese porque el contagio se desarrollase ántes en el mismo Lazareto, como parece, segun una oscura é inexacta relacion, que opinaron los médicos de sanidad, 6 bien fuese porque existiese ántes y encubierto se fomentase (lo que parece más verosímil, si se reflexiona cuán antiguo y extenso éra el mal y frecuentes las muertes) y llevado al Lazareto, se propagase allf con una nueva ý espantosa rapidez por la aglomeracion de los cuerpos, todavía más predispuestos á recibirlo, á consecuencia de la eficacia que aumentaban las demas causas; de todos modos, cualquiera que de estas conjeturas sea la verdadera, el número diario de los fallecidos pasaba de ciento.
Miéntras allf todo era angustia, penas, lamentos, ira y consternacion, reinaba en la junta de provisiones la vergüenza, el aturdimiento y la incertidumbre. Se consultó á la junta de Sanidad, y oido su dictámen, no quedó otro partido que tomar, sino el de deshacer lo que se hizo con tanto aparato, tantos gastos y tantas incomodidades.
(1) Del morbo petequiat, y otros contagios en general.-(Obra del Dr. A. Enrique Acerbi.) Abrióse el Lazareto, y se dió suelta á todos los pobres en estado de marcharse, los cuales echaron á correr con un gozo frenético. Volvió á sonar en la ciudad el antiguo clamor, pero más débil é interrumpido: ;tan disminuida se ballaba aquella desgraciada muchedumbre! Los enfermos fueron trasladados á Santa Mlaría de la Estreila, hospital entónees de mendigos, donde pereció la mayor parte de ellos.
Empezaban en tanto á enrojecerse aquellas benditas y ansiadas espigas. Los pobres del Condado salieron y marcharon cada uno por su lado á disponerse á la siega. Despidiólos el buen Cardenal con un nuevo esfuerzo y un nuevo rasgo de caridad, mandando dar un julio (moneda de plata del valor de cinco reales) y una hoz á cada jornalero.
Con la cosecha cesó por fin la carestía: sin embargo, la mortandad epidémica 6 contagiosa, descendiendo de dia en dia, llegó hasta el otoño, que ya estaba en su término, cuando descargó sobre el país un nuevo azote.
En este intermedio habian ya sucedido muchas cosas á las cuales se da particularmente el nombre de históricas.
El cardenal Richelieu, tomaja, como di;imos, la Rochela, ajustó lo mejor que pudo la paz con el rey de Inglaterra, y propuso y consiguió con su poderosa elocuencia en el Consejo de minisiros de Francia, que se socorriese eficazmente al duque de. Nevers, induciendo al mismo tiempo al Rey á ponerse en persona al frente de la expedicion.
Miéntras se hacian los preparativos, el conde de Nassau, comisario imperial, intimaba en Mantua al nuevo Duque que pusiese sus Estados en manos del emperador Fernando, quien enviaria ejército para ocuparlos. El Duque, que en circunstancias más apuradas se habia negado á aceptar condicion tan dura y de tan poca seguridad, animado ahora con la esperanza del próximo socorro de la Francia, se negaba con más empeño, pero en términos en que iba disfrazada la negativa, y con propuestas de una sumision algo más aparente, pero ménos gravosa, con lo cual se retiró el comisario, protestando que sería preciso apelar á la fuerza. En Marzo bajó en efecto el cardenal Richelieu con el Rey al frente de un ejército; pidió el paso al duque de Saboya, se entablaron negociaciones sin concluir nada, y despues de una accion en que consiguieron ventajas los franceses se entablaron nuevas negociaciones, y se con cluyó un convenio en el cual el Duque estipuló entre otras cosas que D. Gonzalo levantaria el sitio de Casal, compro| metiéndose, en caso de que no lo verificase, á unirse con los franceses para invadir el ducado de Milan. Teniéndose D. Gonzalo por muy dichoso en haber salido de aquella manera, levantó inmediatamente el sitio de Casal, en donde entró un cuerpo de tropas francesas para reforzar aquella guarnicion.
En aquella ocasion fué cuando el poeta Achillini compuso en obsequio del rey de Francia Luis XIII aquel famoso soneto que empieza Sudate, ó fuochi, á preparar metalli (1); y otro en que le exhortaba á ir inmediatamente á librar la Tierra Sania; pero es destino de los poetas que jamás se sigan sus consejos, y si tal vez en la historia se encuentran hechos conformes con algun dictámen suyo, es preciso creer que era cosa determinada de antemano. Ya entónces el cardenal Richelieu resolvió volver á Francia por asuntos que le parecian más urgentes.
El enviado de los venecianos, Jerónimo Soranzo, se cansó en vano en alegar razones para impedir que se llevase á efecto semejante resolucion, porque el Rey y el Cardenal, haciendo el mismo caso de su prosa que de los versos de Achillini, se volvieron con el grueso del ejército, dejando únicamente seis mil hombres en Susa para ocupar el paso y mantener el tratado.
Miéntras por una parte se alejaba el ejército frances, se acercaba por otra el del emperador Fernando, mandado por el conde de Collalto. Invadido el país de los Grisones y la Valtelina, ya se disponia para bajar al Milanesado. Al ierror que infundia este anuncio, se agregaba la funesta Fuegos, sudad en preparar metales.
Los literatos italianos censuran este soneto por sus extravagantes metáforas, que era la tendencia de,los poetas de aquel siglo en que se habia corrompido el buen gusto de la poesía italiana. Al- (1) gunos, sin embargo, celebran el último terceto:
Ceda la palma pur Roma á Parigi Che se Cesare venne, vide, é vince, Venne, vince é non vide il Gran Luigi.
Lo que es al rey de Francia, parece no debió desagradarle, pues aseguran algunos escritores que regaló al poeta mil luises de plata por cada verso, esto es, ochenta y cuatro mil pesetas. Si es verdad, es un soneto bien pagado. | voz, 6 por mejor decir, se tenfa noticia positiva de que en aquel ejército fermentaba la peste, de la cual eniónces habia siempre retoños en las tropas alemanas, como dice Varchi (1) hablando de la que cien años ántes habian introducido en Florencia. A Alejandro Tadino, uno de los facultativos de la Junta de Sanidad, que seis individuos, dos médicos y cuatro magistrados, además del presidente, se le encargó, como refiere en su relacion impresa en Milan el año de 1648, que hiciese presente al Gobernador general el gran peligro que amenazaba al país, si se concedia el paso, segun se aseguraba, á aquellas tropas para dirigirse sobre Mántua: á lo que contestó D. Gonzalo, que no podia remediarlo, pues las razones de interes y de honor, por las cuales se habia puesto en movimiento aquel ejército, eran superiores al peligro que se temia; que sin embargo se tomasen las precauciones que se estimasen convenientes, y se tuviese confianza en la Providencia.
Para adoptar algun remedio, el expresado Tadino y'el senador Seitala, ambos médicos de la sanidad, propusieron á la Junta que se prohibiese bajo gravisimas penas el comprar ropas de clase alguna de los soldados que iban á pasar; pero no fué posible hacer comprender la conveniencia de esta precaucion al presidente, hombre por otra parte de mucha bondad, pero que no podia persuadirse cómo pudiesen resultar tantas muertes del trato con los soldados alemanes y de sus ropas. Citamos este rasgo por ser de los particulares de aquel tiempo, pues es imposible que desde que hay juntas de sanidad, á ninguno de sus presidentes le haya ocurrido raciocinar asi, si esto puede merecer el nombre de raciocinio.
Por lo que toca á D. Gonzalo, su respuesta á los comisionados de la Junta de Sanidad fué uno de sus últimos actos administratives, porque el mal éxito de la guerra contribuyó á que se le removiese de su destino en aquel mismo verano. A su salida de Milan le pasó lo que cuentan algunos historiadores contemporáneos, como el primer caso de este género sucedido allf con persona de su clase.
Al salir del palacio llamado de la ciudad, entre magnates y gentes de distincion, se encontró con numerosos grupos de aldeanos, de los cuales unos se le ponian de- Tante en el camino, y otros le seguian con gritos é imprecaciones, echándole en cara el hambre que habian sufrido componia de (1) Uno de los mejores historiadores italianos. por las licencias que decian baber concedido para la exiraccion de arroz y trigo. A su coche, que venía detras, arrojaban algo más que palabras, esto es, piedras y tronchos, metralla comun en semejantes ocasiones. Rechazados por los soldados, se retiraron para volver en mayor número con los que se reunieron en el camino y aguardarle en la puerta llamada Ficinense, de donde debia salir en coche. Cuando llegó éste con otros varios, arrojaron á todos con manos y bondas un granizo de piedras; sin embargo, la cosa no pasó adelante.
Para sucederle fué nombrado el marqués Ambrosio. Espfnola, cuyo nombre habia adquirido en la guerra de Flandes la celebridad militar que aún conserva.
Entre tanto, babiendo recibido. el ejército aleman la órden definitiva de marchar contra Mantua, entró en el ducado de Milan en el mes de Setiembre.
La milicia en aquel tiempo se componia en gran parte de aventureros que alistaban ciertos jefes de profesion, bien conocidos en Italia con el nombre de coniloitieri, por comision de este ó de aquel príncipe, y muchas veces de su propia cuenta, para venderse luégo todos juntos. Atraíalos á aquel oficio más que la paga el aliciente del saqueo de la licencia militar. En ningun ejército habia disciplina 1 y estable y general, ui hubiera podido concilierse con la autoridad independiente de los varios condottieri (comandantes). Estos por su parte tampoco eran muy escrupulosos en materia de disciplina; y aunque hubiesen querido, no es fácil comprender cómo hubieran podido introducirla y mantenerla entre soldados de aquella calaãa, que se hu- .
bieran revolucionado contra el jefe innovador á quien hubiese ocurrido la idea de abolir el saqueo, 6 le hubieran dejado solo á guardar las banderas.
Además, como los príncipes, al ajustar aquellas gavillas, trataban más bien de tener mucha gente para asegurar la empresa, que de proporcionar el número á los medios de pagarlos, medios generalmente escasos, resultaba que las pagas solian ser tardías, á plazos y á pellizcos, y las despojos de los países amigos 6 enemigos por donde se pasaba, 6 en donde se hacía la guerra, venian á ser como una especie de suplemento tácitamente consentido.
Es casi tan célebro como el nombre de Wallenstein su máxima de que era más fácil mantener un ejército de cien mil hombres, que uno de doce mil. El de que vamos hablando se componia en gran parte de la gente.que bajo sus órdenes asoló la Alemania en aquella guerra tan célebre por st misma como por sus efectos, y que por su duracion tomó el nombre de guerra de los treinta años, de los cuales era aquel el òneeno. Guerreaba en este ejército su mismo regimiento mandado por sa lugarteniente. La mayor parte de los demas condottieri habian servido bajo sus órdenes, y más de uno habia de los que cuatro años despues contribuyeron al fin desgraciado que tuvo.
Constaba este ejército de veintiocho mil infantes y siete mil caballos. Bajando de la Valtelina para ir al territorio de Mantua, tenía que costear más ó ménos todo el curso del Ada por los dos ramales del lago, y luégo como rio hasta su desembocadero en el Pó, que tambien tenian que costear bastante trecho, en todo ocho dias de marcha dentro del ducado de Milan.
Una gran parte de los habitantes se prevenia, huyendo á las sierras con lo mejor que tenian en su casa, y llevando por delante su poco ó mucho ganado. De los que quedaban unos eran para cuidar de algun enfermo, otros á fin de librar la casa de incendios, 6 para estar á la mira de cosas escondidas ó enterradas, otros por no tener que perder, y algunos bribones por lo que pudiesen ganar.
Cuando el primer trozo llegaba al paraje de hacer aito, se desbandaba inmediatamente por el pais y los inmediatos sin más objeto que robar. Lo que podia aprovecharse ó era de fácil trasporte desaparecia, sin hablar del destrozo que hacian en lo que quedaba, de los campos desiertos, de los cortijos quemados, de los golpes, heridas, violaciones y estupros. Todos los medios empleados para evitar la rapiña eran inútiles, y muchas veces redundaban en mayor perjuicio. Los soldados, muy duchos tambien en las estratagemas de esta guerra, todo lo reconocian: derribaban paredes, rompian puertas, y en los huertos mismos, guiándose por la tierra recien movida, solian encontrar las alhajas 6 el dinero escondido. No pocas veces siguiendo las sendas llegaron á robar el ganado, y hubo ocasiones en que conducidos por bribones entraron en las cuevas en busca de algunos hombres acaudalados, ocultos en ellas, los desnudaron, los arrastraron hasta el pueblo, y allí á fuerza de amenazas, golpes y tormentos, los obligaron á manifestar y entregar su dinero.
Ibanse por fin, y partidos, se oia morir á lo léjos el ruido de las cajas y de los clarines. Pasadas algunas horas de temeroso sosiego, otro maldito ruido de instrumentos marciales que venía de la parte opuesta, anunciaba un nuevo trozo de aquel ejército devastador. No hallando ya 25 los soldados cosa alguna que robar, hacian destrozo horrendo en cuanto 'encontraban. Quemaban las puertas, las ventanas, las vigas, y con frecuencia las mismas casas:
aún con más rabia molestaban y maltrataban á las personas, y así de mal en peor se pasaron veinte dias, que en otras tantas divisiones estaba distribuido el ejército.
Colico fué el primer pueblo del Ducado que invadieron aquellas furias iafernales; pasaron luégo á Bellano, y de allf entraron y se diseminaron despues por la Valasina, de donde desembocaron en el territorio de Lecco.