Los novios/XXXI
CAPÍTULO XXXI.
La peste que el tribunal 6 Junta de Sanidad temió que pudiese introducirse en el Milanesado con las tropas alemanas habia realmente invadido el país, y todos saben que no paró allí, sino que visitó y desoló una gran parte de la Italia. Para seguir el hilo de nuestra historia, referiremos los sucesos principales de tamaña calamidad en el Milanesado, 6 por mejor decir, casi exclusivamente en Milan, porque casi exclusivamente hablan de esta ciudad las memorias de aquel tiempo, como suele suceder casi siempre por buenos ó malos motivos. Y á la verdad, nuestro objeto en esta relacion no es tanto presentar la situacion en que vendrán á encontrarse nuestros personajes, cuanto dar á conocer en compendio, y hasta lo que alcanza nuestro talento, un rasgo de historia patria más famoso que conocido.
De las muchas relaciones contemporáneas que existen, ninguna hay que sea suficiente por si sola para dar una idea concreta y ordenada de aquel suceso; pero tampoco ninguna hay que no pueda ayudar á formarla. En cada una, sin exceptuar la de Ripamonti, la cual, sin embargo, excede á las demas, tanto por el número y la coleccion delos hechos, como por el modo de verlos; en cada una se omiten acontecimientos esenciales que se encuentran en otras; en cada una hay errores materiales que pueden rec tificarse con el auxilio de las demas 6 de los pocos actos de la autoridad pública impresos ó inéditos que existen.
En una á veces se encuentran las causas, cuyos efectos se refieren en otra como de paso: en todas, en fin, reina una extraña confusion de tiempos y cosas, y un continuo vacilar como á la ventura, sin designio general y sin designio en los pormenores, carácter por otra parte muy comun y sensible en los libros de aquella época, especialmente en los que se escribieron en idioma vulgar, á lo niénos por lo que loca á la Italia; que con respecto al resto de la Europa, lo sabrán los doctos, y nosotros lo sospechamos. Ningun escritor de época posterior se ha propuesto examinar y confrontar aquellas memorias, para sacar de ellas una serie no interrumpida de los acontecimientos, esto es, una historia de aquella peste: por manera que la idea que se tiene de ella debe precisamente ser muy inexacta y algo confusa: nociones indeterminadas de grandes males y grandes errores, pues á la verdad hubo de unos y otros m.ás de lo que se puede imaginar, una idea por fin compuesta de juicios mås que de hechos, y algunos casos aislados sin sus circunstancias más características, sin distincion de tiempo, esto es, sin causa ni efecto, ni órden ni progresion.
Examinando nosotros y confrontando con grande esmero todas las relaciones impresas, y más de una inédita, y muchos documentos llamados oficiales, hemos tratado de hacer, no ya lo que se quisiera, pero á lo ménos lo que aún no se ha hecho. No es nuestro ånimo referir todos los actos públicos, ni tampoco todos los sucesos dignos en algun modo de memoria; y mucho ménos pretendemos hacer que se tenga por inútil para los que quieran formar una idea más extensa de la cosa, la lectura de las memorias originales, porque conocemos demasiado la fuerza viva, y digámoslo así, incomunicable, que se encuentra en dichas obras, cualquiera que sea el modo con que están concebidas y desempeñadas. Nuestro objeto ha sido únicamente distinguir y comprobar los hechos más notables, disponerlos por su órden sucesivo en cuanto lo permita su naturaleza, y.observar su reciproco enlace, dando de esta manera, basta que otros lo hagan inejor, una noticia sucinta, pero verídica y ordenada, de aquel desastre.
Por el ejército, se habian encontrado uno ú otro cadáver en lascasas, como igualmente en el camino; muy presto empezaron á enfermar y morir, ya en una, ya en otra parte del país, várias personas y familias de enfermedades violentas y extrañas, con sintomas desconocidos de la mayor parte de los vivientes. Existia, no obstante, quien los habia visto otras veces, y éstos eran aquellos pocos que aún podianla línea del territorio por donde habia pasado acordarse de la peste que cincuenta y tres años ántes desoló una gran parte de la Italia, y con especialidad el Milanesado, en donde se llamó y todavía se llama la peste de San Cárlos. ¡Tan grande es el poder de la caridad! Esta, entre los recuerdos tan solemnes como varios de un infortunio general, puede hacer sobresalir el de un hombre por haberle inspirado sentimientos y acciones más memorables que los mismos males; puede grabar su nombre en los ánimos como una señal de todos aquellos acontecimientos, por haberle estimulado y dirigido como guia, auxilio, ejemplo y víclima voluntaria, y puede, en fin, hacer de una calamidad general una empresa para este mismo hombre, designándola como si fuera una conquista ó un descubrimiento suyo.
El proto-médico Settala, que no sólo habia visto aquella peste, sino que tambien habia sido, aunque jóven en aque- İla época, uno de los más activos, intrépidos y acreditados profesores, y que ahora, temiendo con fundamento la que iba á manifestarse, estaba sobre aviso, dió cuenta el 20 de Octubre á la Junta de Sanidad de haberse declarado indudablemente el contagio en la ticrra de Chiuso, la última del territorio de Lecco, limítrofe con el pafs de Bérgamo; sin embargo, ninguna providencia se tomó acerca del particular, segun resulta de la relacion de Tadıno.
Pero no tardaron en llegar de Lecco y de Bellano otros avisos de la misma naturaleza. La Junta entónces se limitó á enviar un comisario, para que asociándose en Como con un médico, pasase á reconocer los puntos indicados. Los dos, por ignorancia ó por otra razon, se dejaron engañar por un barbero viejo é ignorante de Bellano, el cual les hizo creer que aquella clase de males no era peste, sino en algunas partes efecto ordinario de las emanariones que despedian en otoño los pantanos, y en todas las demas, resultados de las incomodidades, tropelías y excesos cometidos por los alemanes en su tránsito. Semejante seguridad se comunicó á la Junta, que al parecer se dió por satisfecha.
Sin embargo, como se recibiesen de diversos puntos reiteradas noticias de muertos, se enviaron dos comisionados para que se impusiesen mejor y tomasen medidas, y éstos fueron el mismo Tadino y un indıviduo de la Junta.
Cuando los dos llegaron, el mal se habia extendido tanto, que las pruebas se ofrecian sin necesidad de buscarlas.
Recorrieron el territorio de Lecco, la Valsasina, la orilla del lago de Como y otros distritos, y en todas partes hallaron pueblos cerrados, otros casi desiertos, y tantes prófugos y acampados 6 diseminados, á que nos parecian salvajes, dice Tadino, llevando babuena en la mano, otros ruda, otros romero, frasquillos de vinagre.» Preguntaron los dos comisie por el número de muertos, y le hallaron horroroso. Vrron enfermos, reconocieron cadáveres, y en todos halrrun las asquerosas y terribles señales de la pestilencia.
Comunicaron inmediatamente tan tristes noticias á la Junta de Sanidad, la cual al recibirlas, que fué el 30 de Octubre, dispuso, dice Tadino, que se estableciesen las boletas de sanidad, para excluir de la ciudad á todas las personas procedentes de los pueblos en que se habia manifestado el contagio, y miéntras se expidió el edicto correspondiente, dió por vía de anticipacion algunas órdenes verbales á los guardas de las puertas.
Los comisionados entretanto dieron apresuradamente aquellas disposiciones que supieron y consideraron mejores, y volvieron con el sentimiento de conocer la insuficiencia de ellas para renmediar y contener un mal ya tan adelantado y extendido.
Llegados á Milan el 14 de Noviembre, informaron de todo en voz y por escrito otra vez á la Junta de Sanidad, y esta los comisionó para que se presentasen al Gobernador general, dándole cuenta del estado de las cosas. Hiciéronlo en efecto, y contestaron: que afligian al Gobernador semejantes noticias, y que al paso que habia manifestado no poco sentimiento, habia respondido que eran más urgentes los negocios de la guerra. Sed velli, graviores Sse curas.
Así se expresa Ripamonti, el cual, además de haber reconocido los documentos de la Junta de Sanidad, tuvo conferencias con Tadino, uno de los encargados del mensaje, que, como se acordarán nuestros lectores, era el segundo por la misma causa, y con igual éxito. A los dos ó tres dias, esto es, el 18 de Noviembre, expidió el Gobernador general un bando en que se mandaban regocijos públicos por el nacimiento del príncipe D. Cárlos, hijo primogénito de Felipe IV, sin sospechar ni tomar en consideracion el peligro que podria resultar de la mucha afluencia de gente en semejantes circunstancias, y todo esto del mismo modo que en los tiempos ordinarios, como si no le hubiesen hablado de cosa alguna. El Gobernador era á la sazon, como hemos dicho ántes, el célebre Ambrosio Espínola, enviado expresamente para animar aquella guerra, enmendar los le D. Gonzalo, y por incidencia gobernar el Ducatros tambien por incidencia recordaremos que
- os meses despues en aquella misma guerra que hos habia tomado, y no de heridas en el campo alla, sino en su propia cama, de pesares que le cau-
1 las reconvenciones que recibia continuamente de Gobierno. La historia, que ha deplorado su suerte, censurando la ingratitud con que se le trató, y ha descrito con suma prolijidad sus empresas militares y políticas, y alabado su prevision, actividad y constancia, bien hubiera podido indicarnos qué fué lo que hizo cuando la peste amenazaba é invadia una poblacion confiada á sus cuidados, ó por mejor decir, entregada á su discrecion.
Pero lo que disminuye la admiracion de semejante conducta, sin que dejen por eso de quedar en toda su fuerza los cargos que resultan contra él; lo que excita aún mayor asombro es la conducta de la misma poblacion, quiero dede aquella que, libre del contagio, tenía tantos motivos para temerle. Con las noticias que llegaban de los pueblos que lo padecian, y que forman alrededor de la ciudad casi una línea semicircular, sin más distancia en algunos puntos que seis 6 siete leguas, quién creyera que no habia de suscitarse una conmocion general, un movimiento de precauciones bien ó mal entendidas, 6 al ménos una estéril inquietud? Sin embargo, si en algo están acordes las memorias de aquel tiempo, es en que nada de eso hubo.
La carestía del año anterior, las vejaciones de la soldadesca, y las pasiones de ánimo, se consideraron como causa más que suficiente de aquella mortandad. El que en las tertulias, en las tiendas, en las casas se hubiese atrevido á hablar una palabra de peligro; el que hubiese pronunciado la voz peste, hubiera sufrido las mofas de la incredulidad, 6 por mejor decir, la misma ceguedad y pertinacia reinaba en el Senado, en el Consejo de los decuriones (ayuntamiento) y en cada individuo de la magistratura.
Consta que el cardenal Federico Borromeo, en cuanto se tuvo noticia de los primeros casos de enfermedad contagiosa, dirigió una pastoral á los párrocos, encargándoles entre otras cosas que inculcasen á los pueblos la importancia y la obligacion de revelar cualquier accidente de · esta especie, y de entregar las ropas infestadas ó sospechosas, y esta disposicion puede contarse entre sus acciocir, nes dignas de alabanza.
En vano reclamaba la Junta suprema de Sanidad cooperacion y disposiciones, y el cuidado de la Junta misma estaba léjos de igualarse á la urgencia. Los dos médicos eran, como lo afirma varias veces Tadino, y aparece todavía mejor por todo el contexto de su narracion, los que penetrados de la gravedad é inmediacion del peligro estimulaban á aquella corporacion, á quien tocaba en seguida estimular á los demas.
Ya hemos visto la frialdad cou que procedió la Junta á los primeros anuncios de la peste, no tan solo en obrar, sino tambien en tomar informes: vamos á ver ahora otro acto de lentitud no ménos admirable, siempre que no la obligasen á ello obstáculos opuestos por magistrados superiores. El edicto de las boletas que se acordó en 30 de de Octubre, no se concluyó hasta el 23 del mes siguiente, y no se publicó hasta el 29, cuando ya la peste se habia introducido en Milan.
Tadino y Ripamonti han tratado de citar el nombre de primero que la introdujo, con otras circunstancias acerca de la persona y del hecho. Ambos historiadores dicen que fué un soldado italiano al servicio de España; pero en lo demas ni siquiera en el nombre están acordes. Segun Tadino, fué cierto Pedro Antonio Lovato, de guarnicion en Lecco, al paso que Ripamonti asegura haber sido un Pedro Pablo Locati, de guarnicion en Chiavena. Difieren igualmente en el dia de su entrada en Milan, pues el primero supone haber sido el 22 de Octubre, y el segundo el mismo dia del mes siguiente; pero ni al uno ni al otro se les puede dar crédito, porque las dos épocas están en contradiccion con otras mejor averiguadas. Sin embargo, escribiendo Ripamonti por órden del Consejo general de los decuriones, debió tener á su disposicion muchos medios para tomar los informes necesarios, y Tadino, en razon de su empleo, podia más que otro estar informado acerca de un hecho de esta naturaleza. Con todo, de la compulsa de otras fechas que nos parecen más seguras, resulta que fué ántes de la publicacion del bando de las boletas, y si el asunto lo mereciera, se pudiera probar ó casi probar que debió ser en los primeros dias de aquel mes; pero el lector nos dispensará de tan fastidioso como inútil trabajo.
Como quiera que sea, entró aquel soldado infeliz y portador de desventuras, con un gran lio de ropas y vestidos comprados ó robados á los alemanes, fué á parar á casa de un pariente suyo, en el arrabal de la Puerta Oriental cerca de los capuchinos y al instante cayó enfermo. Lleváronle al hospital, en donde, habiéndose descubierto un bubon debajo del sobaco, los que le curaban entraron en sospecha de lo que podia ser, y más habiendo muerto á los cuatro dias.
La Junta de Sanidad mandó aislar la casa y la familia, y se quemaron sus vestidos y la cama en que habia muerto en el hospital. A los pocos dias cayeron enfermos de peste dos practicantes que le asistieron, y un buen religioso que le auxilió. La sospecha que se tuvo desde el principio acerca de la naturaleza de su enfermedad, y las precauciones que en su consecuencia se tomaron, contribuyeron á que el mal no hiciese allí más progresos.
Pero el soldado habia dejado fuera una semilla que no tardó en brotar. El primero en quien se cebó fué un cierto Cárlos Colona, tocador de flauta, dueño de la casa en que se habia hospedado el militar. Entónces todos los inquilinos de la misma casa fueron conducidos de órden de la Junta de Sanidad al Lazareto, en donde casi todos enfermaron, y en breve murieron algunos de peste sin género de duda.
En la ciudad, con lo que habia contribuido á ello el trato de estas gentes, los vestidos y ropas que los parientes, los roperos y criados sustrajeron al fuego prescrito por la Junta de Sanidad, y además con lo que entraba diariamente por defecto de las mismas órdenes, el descuido en su ejecucion y la astucia en eludirlas, fué minando el mal y tomando cuerpo lentamente en todo el resto del año y en los primeros meses del siguiente de 1630. De cuando en cuando, ya en uno, ya en otro barrio, era acometida alguna persona, alguna otra moria, y la misma escasez de los casos alejaba la sospecha de la peste, y confirmaba cada vez más á la muchedumbre en su infausta y estúpida confianza de que no habia peste, ni jamás la habia habido. Muchos médicos tambien, siendo meros ecos de la voz popular, que esta vez no era ciertamente la de Dios, se burlaban de los funestos vaticinios y de los avisos amenazadores de pocos, y tenian siempre prontos nombres de enfermedades comunes para calificar los casos de peste á cuya curacion eran llamados, cualesquiera que fuesen los sintomas y las señales que se manifesiasen.
Los avisos de estos accidentes, si llegaban á oídos de la Junta de Sanidad, era siempre tarde, y las más veces con dudas. El miedo de verse aislado y del Lazareto aguzaban el ingenio, á fin de ocultar los enfermos, de sobornar á los sepultureros y á los comisionados de la Junta para recono cer los cadáveres, hasta conseguir, más de una vez por dinero, certificaciones falsas. Y como siempre que la Junta de Sanidad lograba descubrir algun hecho, mandaba quemar la ropa, aislar las casas y enviar las familias al Lazareto, es fácil conocer cuán grande seria contra ella el encono y la murmuracion general de la nobleza, de los comerciantes y de la plebe, por estar persuadidos de que todas eran vejaciones sin causa ni provecho. El odio recaia principalmente sobre el citado Tadino, el senador de Settala, hijo del protomédico, ambos facultativos, y á tal punto legaba la animosidad del público, que no podian pasar por calle 6 plaza alguna sin ser recibidos con insultos, cuando no con piedras. Y á la verdad fué muy singular y digna de memoria la situacion en que se hallaron por espacio de algunos meses estos dos hombres, que viendo aproximarse un azote terrible, y procurando cortenerle, encontraban, sobre las dificultades del negocio, obstáculos de toda clase en la voluntad general, siendo blanco de los improperios de la muchedumbre, que los consideraba como enemigos de la patria.
Este odio se ext convencidos como ellos de la existencia del contagio, aconsejaban precauciones, procurando inspirar á otros su doloroso convencimiento. Los más moderados los tachaban de obstinacion; pero para la mayor parle era una impostura, una trama urdida con el objeto de sacar provecho del terror general.
El protomédico Luis Settala, casi octogenario, era verdaderamente uno de los hombres más respelables de su tiempo. Habia sıdo profesor de Medicina en la universidad de Pavía, y despues de Filosofia moral en la de Milan, autor de muchas obras apreciadas entónces, ilustre, no tanto por habérsele brindado con cátedras de otras universidades, como la de Ingolstad, Pisa, Bolonia y Padua, cuanto por no haber admitido tan honrosos ofrecimientos. A su reputacion como sabio se agregaba la de su vida, y á la admiracion la benevolencia general por su gran caridad en curar y socorrer á los pobres. Sin embargo, lo que en nosotros entibia en cierto modo la estimulacion que inspiran semejantes méritos, es el considerar que aquel bendito varon participaba de las preocupaciones más comunes y funestas de sus contemporáneos, y aunque realmente marchaba delante de ellos, no se separaba mucho de la turba, que es lo que á veces causa gran daño y disminuye el crédito adquirido por otro lado. Con efecto, el grandísimo de que gozaba no bastó para contrarestar la opinion de la muchedumbre en, el asunto del contagio, sino que no pudo libien á los demas médicos, que, brarle de la animosidad y de los insultos de aquella parte del público que pasa muy fácilmente de los juicios á las de- • mostraciones y á las obras.
Un dia que iba en litera á visitar á sus enfermos, empezó á cercarle alguna gente llamándole jefe de los que por fuerza querian que hubiese la peste, aterrorizando á toda la ciudad con su ceño y su barbaza, con el objeto de dar ganancia á los médicos.
Aumentábanse por momentos la turba y la furia, y viendo los mozos que la cosa iba mal parada, metieron á su amo en casa de un amigo suyo, que oportunamente estaba inmediata. Sucedióle esto ahora por haber visto más claro que los demas, y haber querido librar de la peste á millares de personas, al paso que con una deplorable consulta acababa de cooperar á que atenaceasen y quemasen como bruja á una infeliz criada, porque su amo padecia dolores extraordinarios de estómago, y anteriormente otro amo suyo habia estado enamorado perdido de ella; con lo cual sin duda adquiriria entónces en el pueblo nuevos encomios en su ciencia, y (lo que repugna el pensarlo) nuevos títulos de benemérito.
A fines de Marzo empezaron, primero en el barrio de la Puerta Oriental, y luégo en todos los demas de la ciudad, á menudear las enfermedades y las muertes con accidentes extraños de espasmo, palpitaciones, letargo y delirio, y con las funestas señales de cardenales y bubones, siendo generalmente rápidas y violentas, y con frecuencia repentinas sin indicio precursor de enfermedad. Los médicos opuestos á la opinion del contagio, no queriendo aún confesar lo que habia sido para ellos objeto de burla, y viéndose precisados á calificar la nueva enfermedad, ya demasiado evidente y general para quedar sin nombre, adoptaron el de calenturas malignas, y calenturas pestilenciales; transaccion despreciable, 6, por mejor decir, artera, trueque de palabras que no dejaba de ser perjudicial; porque manifestando los médicos que conocian la verdad, lograban que todavía no se çreyera lo que más importaba creer y advertir, esto es, que el mal se contraia por contacto.
Los magistrados, á manera de quien despierta de un profundo sucño, empezaron á dar oidos á las reclamaciones y propuestas de la Junta de Sanidad, á sostener sus edictos, y los embargos y cuarentenas prescritas por esta corporacion, la cual pedia sin cesar dinero para ocurrir á los gastos diarios del Lazareto y demas urgencias, que por momentos se aumentaban, y lo pedia al Ayuntamiento miéntras se decidiera (lo que jamás se verificó) si debia suministrarlo la ciudad 6 el real erario. Instaba igualmente al Ayuntamiento el gran Canciller por órden del Gobernador general, que habia marchado de nuevo á poner sitio á Casal, y el Senado no dejaba de importunarle para que discurriese el modo, no sólo de abastecer la ciudad, para el caso en que extendiéndose el contagio cortasen las comunicaciones los demas pueblos, sino tambien para mantener una gran parle de la poblacion, á la cual faltaba el trabajo. Procuraba el Ayuniamiento juntar dinero por medio de préstamos y contribuciones, y de lo que recogia daba algo á la sanidad, algo distribuia á los pobres, y comprando algun grano, acudia del mejor modo posible á las necesidades momentáneas; pero aún no habian llegado los grandes apuros.
En el Lazareto, en donde la poblacion, aunque diezmada cada dia, se aumentaba incesantemente, no era ménos ardua la empresa de asegurar el servicio y la subordinacion, de hacer guardar las separaciones prescritas, en una palabra, de mantener, 6, por mejor decir, de establecer allí el régimen dispuesto por la Junta de Sanidad, porque desde el momento de su formacion todo estaba en desórden, tanto por el desenfreno de los que eslaban encerrados en él, como por el descuido y connivencia de los dependientes. No sabiendo la Junta de Sanidad ni el Ayuntamiento qué partido tomar, acordaron dirigirse á los capuchinos, y suplicaron al padre Comisario de la provincia, que hacía las veces del Provincial, muerto poco ántes, para que se sirviese darles un sujeto hábil y capaz de gobernar aquel reino en anarquía. Propúsoles el Comisario para jefe un cierto padre Félix Casati, hombre de edad madura, que gozaba de grande opinion de caridad, actividad y mansedumbre, unida á fortaleza de áuimo; opinion bien merecida, por lo que se vió luégo, y para compañero suyo, y segundo jefe, cierto padre Miguel Pozzobonelli, todavía jóven, pero grave y sereno, tarto en su aspecto como en sus ideas. Los dos fueron aceptados con gratitud, y el dia 30 de Marzo cntraron en el Lazareto. Condújolos el mismo presidente de la Junta de Sanidad por todo el sitio, como para darles posesion, y convocados los criados y dependientes de todas clases, dió á reconocer como presidente de aquel establecimiento al padre Félix, en calidad de superior, revestido de plena autoridad. Luégo, á medida que se fué multiplicando aquella desgraciada concurrencia, 27 | acudieron otros capuchinos con los cargos de sobrestantes, confesores, auxiliantes, enferineros, cocineros, lavanderos y todo lo demas que el caso requeria. Siempre activo, aunque fatigado, recorria el padre Félix de dia y de noche los portales, las salas y los aposentos, armado á veces de un baston, y otras de sólo su cilicio. Alentaba y arreglaba las ocupaciones, sosegaba los tumultos, oia las quejas, amenazaba, castigaba, reconvenia, animaba, y vertia lagrimas. Al principio contrajo la peste, y curado, volvió con igual esmero y empeño á sus antiguas ocupaciones, al paso que sus cohermanos perdieron casi todos la vida con alegre conformidad.
A la verdad semejante dictadura era un recurso tan extraordinario como la calamidad y los tiempos; y aunque no tuviéramos de ellos más noticia que ésta, bastaria para darnos una idea de una sociedad bien ruda y mal organizada; pero cl ánimo, los servicios y el sacrificio de aquellos frailes no son ménos dignos de que se haga mencion de ellos con aquel respeto, ternura y especie de agradecimiento solidum que excitan los grandes servicios prestados por uros hombres á otros hombres. Morir por hacer bien es cosa heroica y sublime en todo tiempo y en cualquier órden de cosas. «A no haber sido por estos religiosos, dice Tadino, hubiera perecido sin duda alguna toda la ciudad, porque fué casi un milagro el haber hecho estos padres en tan poco tiempo tantas cosas en beneficio del público, pues sin haber recibido de la ciudad auxilio alguno, ó al énos muy cortos, con su industria y prudencia mantuvieron en el Lazareto á millares de pobres.»
Ya la obstinacion en negar la existencia de la peste iba naturalmente cediendo en el público á medida que la enfermedad se extendia á ojos vistas por el contacto y el trato, tanto más, cuando despues de haber acometido por algun tiempo sólo á los pobres, empezó á invadir á las personas más conocidas; y como entre éstas fué entónces la más notab!e el protomédico Settala, merece tambien ahora que se haga mencion expresa de él. ¿Quién sabe si con esto á lo ménos dirian: «el pobre viejo tenia razon?.
Cayeron enfermos de la peste el mismo protomédico, su esposa, dos hijos y siete criados; y menos el anciano y uno de los hijos, todos murieron. «Estos casos, dice el citado Tadino, sucedidos en las casas principales de la ciudad, dieron en qué pensar á la nobleza y al pueblo; y los médicos incrédulos y la pl-ble ignorante y temeraria empezaron á fruncir los lalbios, apretar los dientes y arquear las cejas.» Pero los trastornos, los males y las venganzas, digámosło así, de la terquedad convencida son tales en algunas ocasiones, que pueden justificar el deseo de su triunfo contra la evidencia; y esta fué una de ellas. Los que habian negado tenazmente y por lanto tiempo que existia un gérmen de enfermedad capaz de propagarse y causar estragos por medios naturales, no pudiendo ya negar su propagacion, y no queriendo atribuirla á diclos medios, pues hubiera sido confesar á un mismo tiempo una torpe equivocacion y una gran culpa, se hallaban muy dispuestos à suponer cualquiera oira causa, y á dar por buena y sólida la primera que se propalase. Por desgracia, una existia en las ideas y tradiciones, comunes entónces, no sólo en Italia, sino en toda Europa; tales eran las artes venenosas y los maleficios, siendo general opinion de las gentes que la peste se introducia por medio de hechizos y envenenamientos. Ya estas cosas ú otras semejantes se habian creido en varios contagios, y con especialidad en el que se verificó en Milan cineuenta años antes. Añadian que desde el anterior habia llegado un pliego del rey Felipe IV al Capilan general, en que, avisándole que se lhabian escapado de Madrid cuatro franceses, á quienes se trataba de prender por sospechas de que esparcian ungüentos venenosos y pestiferos, se le encargaba que csluviese sobre aviso por si acaso llegasen á Milau; y que el Capitart general habia comunicado el pliego al Senado y á la Junta de Sanidad. Sin embargo, por entónees no se hizo gran uso del aviso; pero desarrollada y confesada la peste, el recuerdo de aquel pliego pudo servir para confirmar ó adoptar la vaga sospecha de tal maldad, ó acaso ser la primera ocasion de excitarla.
Pero dos hechos, el uno de ciego y desaforado miedo, y el otro de no sé qué fatalidad, convirtieron aquella sospecha indeterminada, de un atentado pusible, en una sospecha de un atentado positivo, y en muchos en la certeza de una real y verdadera maquinacion. Algunos, á quienes en la tarde del 17 de Mayo pareció haber visto que varias personas iban untando en la catedral ciertas tablas que servian para separar los bancos de los hombres de los de las mujeres, las hicieron sacar por la noche con muchos bancos encerrados en aquel recinto, á pesar de haber el presidente de la Sanidad dispuesto para aquietar imaginaciones exaltadas, y más bien por exceso de precaucion que por necesidad, que bastaba con que las tales tablas se lavasen.
Es de advertir que préviamente las habian reconocido, sin encontrar en ellas cosa alguna, el mismo presidente de la Sanidad con cuatro peritos, y tambien todos los bancos y hasta las pilas del agua bendita. Aquel amontonamiento de madera causó grande espanto en la muchedumbre, para la cual muchas veces ei objeto más sencillo se convierte en un argumento. Con esto se dijo, y se creyó generalmente, que en la catedral se habian untado lodos los bancos, las paredes y hasta las cuerdas de las campanas; y no solamente se dijo entónces, sino que todas las memorias de los contemporáneos, que hacen mencion de este hecho, hablan de él como de una cosa cierta, y sería necesario adivinar la historia verdadera, á no encontrarla en una carta de la Junta de Sanidad dirigida al Capitan general, y que se conserva en el archivo llamado de San Fidel, de donde nosotros la hemos sacado, siendo de la misma carta las palabras que hemos puesto en letra bastardilla.
La mañana siguiente hirió la vista y la imaginacion de los habitantes un espectáculo nuevo, más extraño y más significativo. Viéronse en muchos puntos de la ciudad las puertas de las casas y las paredes cubiertas con manchones de cierta inmundicia amarillenta y blanquizca, trazados como con esponja. Bien fuese el placer inhumano de generalizar el espanto tumultuoso, bien fuese el culpado designio de aumentar la consternacion pública, ó cualquiera otro motivo, el hecho se halla tan comprobado, que tendríamos por mênos racional atribuirlo á un sueño de la imaginacion que á una perversidad no nueva en cabeza de hombres, ni demasiado escasa de efectos semejantes en muchos países y en todos tiempos. Ripamonti, que muchas veces en el asunto de las manchas ridiculiza, y muchísimas deplora, la credulidad del pueblo, asegura haberlas visto, y las describe. En la carta citada, los individuos de la Junta de Sanidad refieren el hecho en los mismos términos, y hablan de reconocimientos y experiencias hechas en perros con la expresada inmundicia, sin resultado alguno dañoso; añaden que ellos creian que semejante burla era más bien objeto de una reprensible ligere za que de perversidad, pensamiento que manifiesta en aquellas personas bastante sensatez para no ver lo que en realidad no habia.
Las demas memorias contemporáneas, despues de asegurar el hecho, dicen que al principio fué opinion de muchos que aquellas manchas se hicieron por mera diversion y burla, y ninguna habla de que hubiese quien lo negase, siendo bien cierto que si alguno hubiese habido, le hubieran citado, aunque no fuese más que para tacharle de extravagante. Hemos creido oportuno reunir y publicar estas particularidades de un célebre delirio, poco conocidas por unos, é ignoradas del todo por otros, porque en los errores, y especia!mente en los errores de muchos, lo que más interesa y es más útil de observar, me parece que es el camino que han seguido las apariencias, y de qué modo pudieron entrar en las cabezas y dominar la imaginacion de las gentes.
La ciudad, que ya estaba agitada, se conmovió con esto.
Los amos de las casas con paja encendida quemaban los parajes manchados, y los que pasaban se detenian á mirar, se horrorizaban y se enfurecian. A los extranjeros, sospechosos ya por serlo, y muy fácil de distinguirse entónces por el traje, se les arrestaba en las calles por el pueblo y se encarcelaban. Se tomaron declaraciones, y se oyeron presos, prendedores y testigos,. y no se halló reo alguno, porque las cabezas se hallaban aún en estado de poder dudar, comparar y oir. La Junta de Sanidad publicó un edicto en el caal ofrecia premio é impunidad al que descubriera el autor 6 autores de aquel hecho, «no pareciéndonos conveniente,» dicen los individuos de la Junta en la citada carta, «que senmejante delito quede impune, especialmente en tiempos de tanto riesgo y sospecha: para consuelo y tranquilidad de este vecindario, y para tener indicio del hecho, publicamos hoy este edicto, etc.» Sin embargo, en el mismo edicto nada decian, á lo ménos con claridad, de aquella racional y consoladora conjetura de que daban cuenta al Capitan general, reticencia que indica una fuerte preocupacion en el pueblo, y en ellos una condescendencia tanto más culpable, cuanto podia ser sumamente perjudicial.
Miéntras la Junta hacía averiguaciones para descubrir la verdad, muchos en el público la habian ya encontrado á su manera. De los que creian que aquella untura era venenosa, unos la suponian una venganza de D. Gonzalo de Córdoba por los insultos que sufrio á su salida de Milan, y otros un pensamiento del cardenal de Richelieu, para despoblar aquella capital y apoderarse luégo de ella más fácilmente. Habia quien tenia por autor, sin saber por qué, al conde de Collalto, á Wa'lenstein y á algun otro caballero milanés; y no faltó, como dijimos, quien no viera en aquel hecho sino una reprensible burla, atribuida á estudiantes, á jóvenes del pueblo y á oficiales fastidiados con el sitio de Casal. Por fin, el no haber visto declararse, como se temi6, el contagio y un estrago general, fué probablemente la causa de disiparse, por entónces, aquel primer terror, y olvidarse, á lo ménos al parecer, este asunto.
Habia sin embargo cierto número de personas que aún no estaban persuadidas de que hubiera peste; y porque tanto en el Lazareto como en la ciudad curaban algunos, decia el populacho, y los médicos parciales (siempre interesa saber los últimos argumentos de una opinion desmentida por la evidencia) «que aquella enfermedad no era la verdadera peste, porque en este easo todos habrian muerto.» Para quitar toda duda, halló la Junta de Sanidad un medio análogo á la urgencia, á saber, un modo de hablar á los ojos, como podian requerirlo 6 sugerirlo los tiempos. En una de las fiestas de Pascua de Pentecostés acostumbraban los habitantes concurrir al cementerio de San Gregorio, fuera de la Puerta Oriental, á rezar por los muertos del anterior contagio, cuyos cadáveres eslaban alli enterrados, y tomando de la devocion oportunidad para diversion y fiesta, cada uno concurria con sus mejores galas.
Habia muerto de peste en aquel mismo dia una familia entera. En la hora de mayor concurso, por medio de los coches y de la inmensa muchedumbre, se condujeron de órden de la Junta de Sanidad al mismo cemnenterio en un carro, desnudos, los cadáveres de la expresada familia para que todos pudiesen ver las asquerosas y positivas señales del contagio. Un grito de repugnancia y de terror se oia en todos los puntos por donde pasaba el carro: un largo murmullo quedaba por donde habia pasado, y otro no ménos expresivo le precedia. Desde entónces se dió más crédito á la existencia de la peste, aunque ella misma se daba á conocer cada dia más, y aquella misma reunion no debió contribuir poco á propagarla.
Al principio no sólo se decia que de modo alguno habia peste, sino bra: luégo se llamaron calenturas pestilenciales, admitiendo al sesgo la idea por medio de un adjetivo; despues no peste verdadera, sino cierta enfermedad á la cual no se sabia qué nombre aplicarle; por último peste positiva; pero ya se le habia agregado otra idea, á saber, la del veneno y la del maleficio, la cual confundia el significado expreso de la palabra que ya no era posible disfrazar.
Creo que no es necesario estar muy versado en la historia de las ideas y de las palabras para saber que muchas siguen esta progresion. Por fortuna, no es grande el número estaba prohibido proferir semejante palade las de esta especie, ni de tanta importancia, que adquieran á tanta costa su evidencia: sin embargo, se podria, tanto en los negocios grandes como en los pequeños, evitar en gran parte tan larga y tortuosa progresion, adoptando el método propuesto desde largo tienpo, á saber, el de observar, escuchar, comparar y pensar ántes de hablar; pero como el hablar es cosa más facii y expedita que las demas reunidas, los hombres en general merecen alguna disculpa.