Los novios/XXXIV
CAPÍTULO XXXIV.
Acerca del modo de entrar en la ciudad, Lorenzo habia oido decir, así en confuso, que habia una órden rigurosisima: que á nadie era permitida la entrada sin boleta de sanidad; pero que con todo entraba fáeilmente el que sabía ayudarse algun poco, y aprovechar la ocasion eportuna.
Esto era cierto, y áun dejando aparte las causas generales que contribuian á que en aquel tiempo toda órden fuese poco obedecida, y sin contar las particularidades que dificultaban la rigurosa ejecucion de ésta, era tal el estado de Milan, que era aificil no ver que no habia para qué guardarlas ni de quién, y que eualquiera que se aventurase á penetrar en la cindad podia parecer más bien poco cuidadoso de su salud, que perjudicial á la de los habitantes.
Con estas noticias, el proyecto de Lorenzo era de intentar la entrada por la primera puerta á que llegase, y encontrando alli alguna dificultad, dar vuelta por á uera hasta dar con otra puerta por donde consiguiese introducirse, y sabe Dios cuántas puertas se figuraba que tendria Milan.
Llegado, pues, á vista de la muralla, se paró allí un poco, mirando en derredor, á manera del que no sabiendo á donde le convenga mejor dirigırse, parece que aguarda y pide á cualquier incidente algun indicio. Pero ni á su derecha ni á su izquierda veia otra cosa sino dos trozos de una calle torcida; al frente una parte de la muralla, y por ningun lado señal de alma viviente, sino que sólo en lo alto de un terraplen veia elevarse una densa columna de humo oscuro y craso, que saliendo se extendia formando grandes globos, y se disipaba luégo por el aire, pardo y tranquilo. Eran camas, ropas y utensilios infectos que estaban quemando; y de estas hogueras habia muchas, no sólo allí, sino en otras partes de la muralla.
El tiempo estaba cerrado, el aire grueso, y el eielo cubierto de una niebla igual y espesa que parecia negar el sol, sin prometer la lluvia. La campiña alrededor.parte inculta, loda árida; la verdura descolorida, y ni siquiera una gota de rocio sobre las hojas lacias y caidas. Además aquella soledad y aquel silencio tan cerca de una inmensa masa de habitantes, añadian un nuevo motivo de consternacion á las inquietudes de Lorenzo y contribuian á que fuesen más tétricos sus pensamientos.
Despues de haber permanecido algunos instantes en este estado de incertidumbre, tomó á la derecha á la ventura hácia la Puerta Nueva, que aunque inmediata, no podia descubrirla á causa de un baluarte que la ocultaba. A los pocos pasos principió á llegar á sus oidos un retintin de campanillas que por intervalos cesaba, y volvia á empezar, y luégo alguna voz humana. Caminó adelante, y al volver el ángulo del baluarte, la primera cosa que se le presentó en la explanada delante de la puerta, fué una casucha de madera, y á la puerta un centinela, apoyado en el mosquete con aire de cansancio y descuụido. Tenía á la espalda una estacada con una gran puerta, esto es, dos pilastras que sostenian un tejadillo para preservar del agua la puerta de madera, que estaba de par en par abierta, igualmente que el postigo. Pero á la sazon delante de la puerta se hallaba justamente un triste impedimento, á saber, una parihuela en el suelo, en la cual dos sepultureros colocaban á un pobre para llevársele, y era el principal de los guardas, á quien habia acometido poco ántes la peste. Paróse Lorenzo en donde estaba, aguardando el fin de esta ceremonia.
Acabada con la salida del cadáver, y no pareciendo nadie á cerrar el postigo, le pareció tiempo de hacer su ensayo.
Dirigióse apresuradamente á él; pero el centinela con un mal gesto le dijo: «;Eh!» Paróse Lorenzo en dos piés, y haciéndole del ojo, sacó una moneda, enseñándosela al descuido. El centinela, bien fuese por haber tenido ya la peste, 6 bien porque tuviese más cariño á la plata que miedo al contagio, le hizo seña de que se la echase, y viéndola caer á sus piés, dijo entre dientes: «Ea, pasa aprisa.» No aguardó Lorenzo á que se lo dijese dos veces; pasó la estacada, pasó la puerta, y marchó adelante sin que nadie lo advirtiese, 6 hiciese caso de él; pero apénas habria andado unos cuarenta pasos, cuando oyó detras otro grito de un guarda. A éste hizo que no oia, y en lugar de voalverse, aceleró el paso. «;Eh!» gritó de nuevo el guarda con una voz que indicaba más bien coraje que gana de hacerse obedecer, y viendo que el otro no hacía caso, se encogió de hombros, y volvió á su covacha, como hombre que tenía más interes en no acercarse demasiado á los pasajeros, que en preguntarles quiénes eran.
La calle, entrando por aquella puerta, corria entónces, como ahora, derecha hasta el canal llamado el Naviglio, y | sus orillas las formaban cereas de huertas, iglesias, conventos y pocas casas. Al remate de ella, y en medio de la que costea el canal, habia una cruz llamada de San Eusebio, y por màs que Lorenzo miraba adelante, no veia sino aquella cruz. Llegado à la encrucijada que cae casi en el medio de la calle, y echando la vista á derecha é izquierda, vió á la derecha, en la gran calle que se llama de Santa Teresa, à un habitante que venia hácia él.
«;Gracias à Dios! dijo para si, que aqui viene un cristiano;y entrú inmediatamente en aquella calie con ánimo de tomar lengua del hombre que se aproximaba. Este tambien miraba de léjos como espantado al forastero, tanto más, cuauto advirtió que en vez de ir á sus negocios se le iba acercando. Cuando Lorenzo se halló á poca distancia, se quitó su somlbrero, como serrano de buena crianza, y se dirigió más directamente al desconocido, el cual, entónces, poniendo los ojos en blanco dió un paso atras, levantó un gran palo con punta de hierro que tenía en la mano, y poniéndoselo al pecho á Lorenzo, empezó á gritar:
—Fuera! fuera! ;á un lado!
—Hola! qué es esto?-gritó tambien Lorenzo, apartándose al mismmo tiempo, y no teniendo de ningun modo gana, como decia luégo al contar el lance, de entrar en disputas en aquel momento; volvin la espalda al descortés, y siguió su camino, 6 por mejor decir, la calle en donde estaba.
El suyo siguió tambien el hombre del palo, como furibundo y mirando atras con frecuencia, y llegado á su casa, contó como se le nabia accreado un «untador» con modales de hipócrita cortesia, la cara de impostor y su botecito de unto, ó el cucurucho de los polvos, que en esto no estaba bien eierto, y que sin duda le hubiera hecho el tiro, á no haberle sabido apartar.
—Si llega á acerearse más aquel picaro,-añadió,-le ensarto ántes que me tocase ei bulto. La desgracia fué que estábamos en un paraje muy solitario; que si nos hubiésemos ballado en medio de Milan, Ilamo gente, y hago que se le echen encima: y no me queda duda de que se le hubiera hallado el iufame tisigo en el sombrero; pero como allí estabamos solus, no hice poco en librarme sin buscar tres piés al gato, porque últimamente, unos pocos polvos se echan presto, y esos malvados tienen mucha habilidad, y además que el demonio les ayuda. Ya estará andando por Milan, y bios sabe el destrozo que estará haciendo. Este hombre miéntras vivió, .que fueron muchos años, siempre que se hablaba de «untadores,» repetia su caso y añadia: «Los que todavía sostienen que no es cierto no vendrán á decírmelo á mí; porque las cosas para hablar de ellas es necesario haberlas visto como yo.»
Léjos Lorenzo de figurarse el riesgo de que se habia escapado, y movido más de indignacion que de miedo, discurria en el camino acerca de aquella acogida, y suponia poco más 6 ménos el concepto que aquél hombre habria formado de su persona; pero la cosa le parecia tan fuera de razon, que se persuadió de que aquél no podia ménos de ser un loco. «Sin embargo, decia para sí, la empresa empieza mal, muy mal: parece que hay una estrella fatal para mí en este Milan. Al entrar todo va perfectamente; pero así que estoy dentro, se amontonan los contratiempos uno tras otro. Basta... Con la ayuda de Dios... Si encuentro... si llego á encontrar... todo lo daré por bien empleado.»
Llegado al puente, torció sin titubear á la izquierda por la calle llamada de San Márcos, pareciéndole que aquella • debia conducir á lo interior de la ciudad; y prosiguiendo su camino volvia los ojos á lodas partes, para ver si encontraba alguna alma viviente; pero sólo vió un cadáver desfigurado en el angosto foso que corre por algun trecho entre la calle y unas pocas casas, que entónces eran ménos.
Pasado aquel trecho, oyó ciertas voces que al parecer le llamaban, y levantando los ojos hácia la parte de donde venian, vió á corta distancia, en un baleon de una casucha aislada, á una pobre mujer rodeada de unos cuantos niños, la cual, llamándole lodavia, le hacía señas de que se acercase. Acudió Lorenzo al momento, y estando ya cerca:
—Jóven honrado,-le dijo la mujer,-querrá usled hacernos la caridad, jasí le ayude Dios! de avisar al Comisario de que hoy se han olvidado de nosotros? Nos han encerrado aquí como sospechosos, porque mi pobre marido ha muerto: han clavado la puerta, como usled ve, y desde ayer mañana ninguno ha venido á traerme de comer.
Hasta ahora no ha pasado una alma que me haga esta caridad, y estos pobres inocentes se están muriendo de hambre.
—jDe hambre!-exclamó Lorenzo, y echando mano á los bolsillos, sacó los dos panes diciendo:-eche usted alguna cuerda para subirlos." —Dios se lo pague: aguarde usted un momento,-dijo la mujer. Y fué á buscar un canastillo y una cuerdecilla, como lo hizo. Acordóse entónces Lorenzo de los panes que encontró cerca de la cruz de San Dionisio, y decia para sf: «Esta es una restitucion, y quizá mejor que si yo hubiera hallado su propio dueño, porque esta es además una obra de misericordia.»
—En cuanto á lo que usted me dice, buena mujer, acerca del Comisario,-prosiguió Lorenzo,-siento no poder servir á usted, porque soy forastero y no tengo conocimiento alguno de este país; pero como encuentre algun hombre humano y bastante accesible para poderle hablar, se lo diré sin falta alguna.
Suplicóle la mujer que no dejase de hacerlo, y le dijo el nombre de la calle para que supiese indicarlo.
—Tambien usted-repuso Lorenzo- puede hacerme una caridad, sin que le sirva de molestia. Sabrá usted darme razon de unos señores de Milan, la easa de?
—Yo bien sé-contestó la mujer-que hay estos señores en Milan; pero no sé la calle: siguiendo por alli, no dejará usted de encontrar quien le dé noticias: cuidado no olvide de nosotros.
—No tenga usted miedo,-dijo Lorenzo, y prosiguió su camino.
A cada paso oia aumentarse y acercarse un ruido que ya empezó á nolar cuando estaba parado hablando con la mujer, ruido de ruedas, caballos y campanillas, y de cuando en cuando chasquidos de látigo y muchas voces.
Miraba adelante sin divisar cosa alguna, hasta que llegado al fin de aquella torcida calle, al desembocar en la plaza de San Márcos, la primera cosa que se presentó á su vista fueron dos vigas levantadas horizontalmente con unas cuantas garruchas colgando de ellas, y no tardó en conocer que era (cosa muy comun en aquel tiempo) el abominable tormento. Esta máquina de diabólica invencion, no sólo estaba puesta en aquel paraje, sino en todas las plazas y calles más espaciosas, para que los diputados de cada cuartel de la ciudad, autorizados ámpliamente con las facultades más arbitrarias, pudiesen mandar aplicar á ella cualquiera que juzgasen merecer semejante castigo, con especialidad encerrados que quebrantasen la reclusion, ó dependientes que faltasen å su debcr. Era este uno de aquellos remedios excesivos é ineficaces que en aquel tiempo, y particularmente en circunstancias como aquellas, se empleaban con tanta profusion como abuso.
Miéntras estaba Lorenzo mirando aquel instrumento y oyendo acercarse aquel ruido, ve asomar por la esquina de la iglesia á un hombre tocando una campanilla, y detras dos caballos que alargando el cuello é hincando las patas, venian arrastrando fatigosamente un carro de muertos, al cual seguian otros tres, yendo al lado de los caballos varios monatos que los arreaban á latigazos, golpes yvolos. Estaban los cadáveres la mayor parte en carnes, algunos mal envueltos en asquerosas sábanas, y todos amontonados y envueltos á manera de un grupo de culebras que lentamente se desarrollan al suave calor de la primavera. A cada tropiezo, á cada sacudimiento del carro, temblaban aquellas inanimadas masas, desarreglándose descompuestamente, y se veian cabezas quedar colgando, soltarse virginales cabelleras, y brazos pendientes ir golpeando sobre las ruedas, indicando á la vista, ya horrorizada, hasta qué punto podia aumentarse la repugnancia y fealdad de semejante espectáculo.
Entretanto, parado el jóven en aquel ángulo de la plaza, al lado de la barrera del canal, rezaba por aquellos muertos desconocidos, cuando de repente le ocurre un pensamiento terrible... «Si allí... si entre esos... ¡Ay Dios! no lo permitais: borrad, Señor, de mi imaginacion semejante idea.»
En cuanto desapareció el fúnebre tren, echó á andar Lorenzo y atravesó la plaza, tomando la calle de la izquierda á la orilla del canal, sin otro motivo para elegirla que el haber tomado los carros el lado opuesto. A los cuatro pasos tomó á la derecha el puente Marcelino, y por aquella tortuosa angostura fué á dar á la calle de Borgonovo; y mirando delante siempre con el objeto de hallar alguno de quien tomar lenguas, vió al otro extremo de la calle á un sacerdote en balandran, que con un baston en la mano estaba de pié arrimado á una puerta entornada, con la cabeza baja y el oido aplicado á la rendija, y poco despues le vió levantar la mano y dar la bendicion. Conjeturó que acababa de dijo en su interior: «Este es mi hombre. Si un cura en sus funciones no tiene un poco de caridad y de buen modo, será menester decir que ya nada de eso queda en este mundo.»
El cura, entretanto, habiéndose separado de aquella puerta, venía hácia Lorenzo, caminando con mucha precaucion por el medio de la calle. Así que Lorenzo estuvo á cuatro ó cinco pasos de distancia, se quitó su sombrero, le indicó que deseaba hablarle, parándose al mismo tiempo nfesar á alguno, como en efecto era así, y en ademan de darle á entender que no trataba de aoercársele indiscretamente. Paróse el sacerdote igualmente como para oir, plantando, sin embargo, su baston en el suelo delante de sí, para que en cierto modo le sirviese de baluarte. Hizo Lorenzo su pregunta, á la eual satisfizo el cura, no sólo nombrándole la calle donde estaba la casa por la cual preguntaba, sino que tambien, viendo que el pobre necesitaba de itinerario, se lo trazó con bastante claridad, indicándole, á fuerza de derechas é izquierdas, de iglesias y de cruces, las otras seis ú ocho calles que le faltaban para llegar á la que buscaba.
—Dios le conserve á usted la salud en estos tiempos, y siempre,-dijo Lorenzo.
Y ántes que el sacerdote se ausentase, le pidió otro acto de caridad en favor de la infeliz mujer olvidada en su casa.
Dióle las gracias el caritativo eclesiástico, por haberle ofrecido la ocasion de proporcionar tan necesario auxilio á una desgraciada familia, y diciendo que iba inmediatamente à avisar á quien correspondia, prosiguió su camino.
Lorenzo tambien echó á andar despues de hacerle una reverencia, y en el camino iba repitiendo en su mente el itinerario para tener que preguntar lo ménos que fuese posible; pero no es fácil figurarse cuán penosa era para él semejante operacion, no tanto por ser complicada, cuanto por una nueva agitacion que sobrevino en su ánimo. Conmoviéronle el nombre de la calle y las señas, sin embargo de que no sólo era la noticia que tanto deseaba, y sin la cual eran inútiles todas sus diligencias, sino que tampoco se le dijo cosa que fuese de mal agüero, ni que pudiese hacerle sospechar alguna desgracia: ¿pero qué? la idea algo más distinta de un término inmediato en que iba á salir de una gran duda, y en que oiria decir: «vive, 6 ha muerto,» le acometió con tanta fuerza, que en aquel momento hubiera preferido estar á oscuras de todo, y áun al principio de su viaje, próximo á concluirse; no obstante, cobró ánimo, diciendo entre sí: «¿Qué es esto? si ahora empezamos á hacer niñerias, iqué será en adelante?» Animado, pues, algun tanto, siguió su camino internándose en la ciudad.
¡Qué ciudad! pero á qué traer á la memoria ahora lo que era el año anterior, cuando el hambre? Tenía justamente que pasar Lorenzo por el paraje de más afliccion, por el estrago de la enfermedad, esto es, por la encrucijada llamada el Carrobio de Puerta Nueva, donde entónces habia una cruz en la extremidad de la calle, y frente de ella, al lado del sitio en que se halla ahora San Francisco de Paula, una iglesia antigua con la denominacion de Santa Anastasia. Tal destrozo habia hecho en aquel punto la furia del contagio y la infeccion de los cadáveres, que los pocos habitantes que habian sobrevivido se vieron obligados á ausentarse; por manera que al paso que heria la vista del pasajero aquel aspecto de soledad y abandono, excitaban en su ánimo mil diferentes afectos las señales y las reliquias del pasado desastre.
Apresuró Lorenzo el paso, consolándose con la idea de que no debia estar tan inmediato el paraje á que se dirigia, y con la esperanza de que ántes de llegar á él, encontraria cambiada á lo ménos en parte la escena. En efecto, á los pocos pasos llegó á un punto que podia llamarse ciudad de vivientes; pero tambien, ¡qué ciudad! iy qué vivientes! Cerradas por sospecha ó por temor todas las puertas, á excepcion de las que, por deshabitadas ó por invasion, estaban de par en par abiertas, otras clavadas y selladas por fuera por haber en la casa gente enferma ó muerta de la peste, otras marcadas con cruces, hechas con carbon, para indicar á los sepultureros que habia muertos que recoger, y todo allí más expuesto á la ventura que en otra parte, segun el humor del comisario de Sanidad, ú otro dependiente que, encontrándose allí, quisiese ejecutar las órdenes, ó cometer vejaciones. Tropezábase por todas partes con vendas purulentas, paja apestando, sábanas y andrajos asquerosos, no pocas veces con cadáveres de personas muertas repentinamente en la calle, ó dejados en ella para que los recogiera un carro, ó caidos de los carros mismos, 6 arrojados por las ventanas. ¡Tal era el estado de embrutecimiento á que habia reducido los ánimos la perversidad é insistencia del contagio, extinguiendo en ellos todo estimulo de compasion y de respeto social! Cesado todo estrépito de talleres, todo ruido de coches, todo pregon de vendedores, todo murmullo de gente, rara vez sucedia que interrumpiese aquel mortal silencio otra cosa sino el rechinar de los carros fúnebres, las quejas de los mendigos, los lamentos de los enfermos, los grilos de los frenéticos y las voces de los sepultureros. Al amanecer, al mediodía y al anochecer, daba una campana de la catedral el aviso para rezar ciertas oraciones dispuestas por el Arzobispo: respondian á aquella señal las campanas de las demas iglesias, y entónees era de ver asomarse las gentes á las ventanas y rezar en comun, y era de oir un susurro de voces y gemidos que, al paso que infundian tristeza, no dejaban de causar algun consuelo.
Muertas en aquella hora quizá las dos terceras partes de los vecinos, fugados, 6 padeciendo una gran parte de los restantes, reducido á nada el concurso de afuera, de los pocos que andaban por las calles apénas se encontraba uno en quien no se manifestase algo de extraño, lo suficiente para indicar una funesta mudanza. Veianse las personas más calificadas sin capa, parte esencialísima entónces de todo traje decente, sin solana los eclesiásticos, sin hábito los frailes, en una palabra, desterrada toda forma de vestido que, extendiéndose con el aire, pudiese tocar alguna cosa, 6 facilitar (que era lo que más se temia) su oficio á los untadores. Fuera de este cuidado de llevar la ropa muy ceñida al cuerpo, todos iban desaliñados y descompuestos, con las barbas muy largas los que las llevaban atusadas, 6 crecidisimas los que solian afeitarse, como tambien largo y desgreñado el cabello, no sólo por aquel abandono que dimana de un continuado abatimiento, sino tambien porque se tenian por sospechosos los barberos, sobre todo desde que fué preso y condenado á muerte como untador famoso uno de ellos llamado Juan Jacobo Mora, nombre que crnservó por largo tiempo gran celebridad de infamia, siendo así que la mereceria mucho mayor y más justa de lástima. Casi todos llevaban en la mano un palo, y algunos una pistola, como para amenazar á cualquiera que quisiese acercarse demasiado, y en la otra pastillas de olor, 6 bolas huecas de madera ó melal con esponjas dentro empapadas en vinagre medicinal, las cuales aplicaban de cuando en cuando á las narices. Otros llevaban al cuello un pomito con un poco de azogue que renovaban de tiempo en tiempo, persuadidos de que este metal tenía la virtud de absorber y retener todo efluvio pestilencial. Los caballeros nismos no sólo andaban por las calles sin su acostumbrado acompañamiento, sino que se les veia con su esportillo en el brazo ir comprando las cosas necesarias al sustento de la vida. Cuando dos amigos se encontraban en la calle se saludaban de léjos por señas y de prisa. Tenian todos mucho que hacer para no tropezar en los asquerosos y mortiferos objetos de que estaba sembrado á veces enteramente el suelo. Cada uno procuraba ir por medio de la calle, temiendo siempre algun tropiezo, 6 que cayese de las ventanas algun cadáver, ú otro peso funesto, como igualmente los polvos venenosos que, segun decian, á veces se habian dejado caer de allí sobre los pasajeros, ó recelando que las paredes pudiesen estar untadas. De esta manera la ignorancia cautelosa fuera de tiempo añadia ahora angustias á angustias, é infundia falsos temores en lugar de los racionales y saludables que desechó al principio.
Esto era lo ménos espantoso y ménos lastimero que cercaba á los sanos y á los que tenian alguna conveniencia.
Nosotros, despues de tantas imágenes de miseria, y pensando en otra aún más grave que tenemos que recorrer, no nos detendremos en describir el cuadro que presentaban los apestados que andaban arrastrando por las calles ó yacian en ellas, como eran los mendigos, los niños y las mujeres. Este cuadro era tal, que el que lo miraba podia considerar como una especie de doloroso consuelo lo que á los distantes y á nosotros se nos presenta á primera vista como el colmo de los males, esto es, el ver á qué corto número se redujeron los vivos.
Por entre esta desolacion habia ya andado Lorenzo una gran parte de su camino, cuando á pocos pasos de una calle por donde debia torcer, oyó un confuso bullicio en el cual sobresalia aquel acostumbrado horrible campanilleo.
A la entrada de la calle, que era de las más espaciosas, vió en el medio de ella cuatro carros parados, y la misma baraunda que se advierte en un mercado de granos, de ir y venir gente, de llevar y cargar sacos: tal era la bulla en aquel punto. Los sepultureros que se metian en las casas, sepultureros que salian con una carga en el hombro que echaban sobre uno ú otro carro; algunos con traje encarnado; otros sin este distintivo, y muchos con otro más odioso de plumas y cintas de varios colores, que aquellos hombres soeces llevaban á modo de demostracion festiva en tanto luto. Salia de cuando en cuando de alguna ventana la voz lúgubre de: «Aquí, monato;» y con voz todavía más siniestra, salia de aquel funesto enjambre la contestacion de cinos para que se apresurasen, á las cuales respondian los sepultureros con votos y blasfemias.
Entrando Lorenzo en la calle, aceleraba el paso, procurando no mirar aquellos estorbos, sino en cuanto era necesario para no dar en ellos, cuando su vista vagarosa tropezó en un objeto de una compasion que excitaba á contemplarle; por lo cual se paró casi contra su voluntad.
Bajaba del umbral de una de aquellas puertas y se dirigia á los carros una mujer, cuyo rostro, al paso que anunciaba hora ó en su lugar eran quejas de vejuventud, ofrecia rastros de una hermosura no destruida, pero alterada por los rigures de una profunda afliceion y una mortal languidez, de aqueila hermosura suave, pero majestuosa, que brilla en el suelo de la Lombardia. Caminaba con fatiga, mas no con abandono; lágrimas no salian de sus ojos; pero en ellos se veian las señales de haberlas derramado sin consuelo. Notabase en su dolor un no sé qué de sublime y de profundo, que indicaba un alma capaz de arrostrarle. Pero no era sólo su aspecto lo que en tanta suma de males excitaba tan particularnente la conmiseracion y reenimaba en su favor este sentımiento ya casi embotado en los corazones. Tenia en los brazos una niña de unos nueve años de edad, muerta, pero compuesta con esmero, el cabello dividido en la frente, el traje blanco, cual si estuviera ataviada para una fiesta de largo tienpo prometida como premio.
Teniala, no tendida, sino sentada en el brazo izquierdo, arrimada á su pecho, como si estuviese viva, sino que só!o una manecita blanea como la cera colgaba de un lado sin movimiento, descansando la cabeza subre el hombro de la madre con un abandono distınto del del sueño: he dicho de la madre, pues áun cuando la semejanza de los rostros no hubiese acreditado que lo era, lo habria dado á conocer el dolor que expresaba en el suyo.
Se acerca à la mujer un zafio sepulturero en acto ce quitarle de los brazos aquel peso querido, con una especie de involuntaria irresolucion y desaecstumbraio respeto; pero retirándose la mujer algun tanto, sin nianifestar sin embargo ni desprecio ni enfado: «No, dijo: no la toqueis ahora; quiero co'ocarla en el earro yo misma; tomad:» diciendo esto, abrió la mano, enseñó un bolsillo, y lo dejó caer en la que le alargó el monato, prosiguiendo en estos términos: «Prometedme que ni una hiiacha le quitareis de lo que tiene encima, ni permitireis que otro la toque, enterrándola asi como se halla.»
Púsose el monato la mano al pecho, y luégo apresurado y casi obsequioso, no tanto por la inesperada propina, como por un sentimiento de conmiseracion para él nuevo, se esmeró en hacer un poco de lugar en un carro, donde poner á la niña difunta. Despues de dar á ésta la mujer un beso en la frente, la colocó en aquel sitio como en una cama; compuso bien su ropilla, tendió sobre ella un lienzo blanco, y dijo: «;Adios, Cecilia! ;Descansa en paz! Tambien nosolros iremos esta noche para no separarnos nunca.
Ruega, en tanto, por nosotros, que yo rogaré por ti y por 30 | los demas;» y vuelta luégo al sepulturero, añadió: «Cuando esta tarde volvais á pasar por aquí, subireis por mí, y no por mí sola.»
Dicho esto, se metió en su casa, y casi al momento se presentó en el balcon teniendo en sus brazos otra niña más tierna, y que aunque viva, mostraba en el rostro todas las señales de la muerte. Alli se mantuvo contemplando las deplorables exequias de la mayor, hasta que echando á andar el carro, la perdió de vista y se retiró luégo. En aquel estado, ¿qué le quedaria ya que hacer á la infeliz, sino colocar en la cama la única hija que le quedaba, echarse con ella, y morir á su lado, como la flor abierta cae con su boton al pasar la guadaña que iguala todas las hierbas del valle?
—Señor,-exclamó Lorenzo, -escuchad su súplica! illevadla á vuestro seno con esa criatura! ¡Harto han sufrido! Recobrado de aquella conmocion, y miéntras discurria para traer á la memoria su itinerario, y saber si debia tomar la primera calle que encontrase, 6 si torceria á la derecha 6 á la izquierda, oye otro estrépito distiuto que venía de aquel lado, formándole un conjunto confuso de voces imperiosas, de débiles lamentos, largos gemidos, femeniles sollozos y chillidos de niños.
Siguió caminando con el corazon oprimido, y siempre temeroso, y al ilegar á la encrucijada, viendo venir por un lado una turba confusa que se acercaba, se paró hasta que pasase. Era una multitud de enfermos conducidos al Lazareto; algunos echados á la fuerza se resistian, é inútilmente gritaban que querian morir en su propia cama, respondiendo con imprecaciones á los votos y blasfemias de los sepultureros que los conducian; otros caminaban sin hablar ni dar muestras de dolor, como insensatos. Mujeres con sus niños en brazos, y niños que, más espantados al oir aquellas voces y al ver aquella comitiva, que de la idea confusa de la muerte, llamaban á sus madres, pedian sus brazos y volver á sus casas. ;Ay desgraciados! Quizá la madre que creian haber dejado en la cama durmiendo, se habia echado en ella acometida por el mal y sin sentido, para ser trasladada al Lazareto 6 al hoyo, si el carro llegaba tarde.
Quizá la madre (desgracia más digna de lágrimas) ocupada sólo en sus padecimientos, todo lo tenía olvidado, y hasta sus hijos, sin otro pensamiento más que el de morir tranquila. Sin embargo, en tanta confusion se veia aún algun ejemplo de constancia y piedad. Padres, hermanos, hijos, esposas, que sostenian á tan amados objetos, acompañándolos con palabras de cariño y consuelo: no adultos solos, sino niños y niñas que guiaban á sus hermanitos más tiernos, y con uicio y compasion varonil los animaban á ser obedientes, asegurándoles que los conducian á donde habria quien cuidase de ellos y los curase.
En tanta desolacion, y á vista de tantos objetos de lástima y ternura, ocupaba con más fuerza y tenía suspenso el ánimo de Lorenzo un cuidado de muy distinta naturaleza. La casa debia estar muy inmediata, y ¿quién sabe si entre aquella muchedumbre?... Pasada por fin toda, y disipada la duda, se volvió Lorenzo á un monato que venía detras, y le preguntó por la calle y la casa de D. Ferrante.
«; Vaya en hora mala el payo!» fué la respuesta. No pensó sin embargo en replicar; pero viendo á dos pasos á un comisario que cerraba la comitiva, y tenía la cara algo más de cristiano, le hizo la misma pregunta. Indicándole el comisario con el baston la parte de donde venia, le dijo: «La primera calle á la derecha, y la última casa grande á la izquierda.»
Con nueva y más fuerte agitacion se dirige Lorenzo á aquel punto, y llegado á la calle, descubre desde luégo la casa entre otras más humildes y de mezquino aspecto.
Llega, se acerca á la puerta, que ve cerrada, y echa mano á la aldaba sin atreverse á moverla, como lo haria en una urna ántes de sacar la cédula de que dependiese su vida ó su muerte. Resuélvese por fin, y da un fuerte aldabazo.
Al cabo de un corto intervalo, se abre un poco una ventana, y se asoma una mujer mirando á la puerta con un ceño que, al parecer, queria decir: ¿Enterradores? ¿Sayones? ¿Comisarios? Untadores! ¡Demonios!
—Señora,-dijo Lorenzo mirando arriba y con voz trémula:-está aquí sirviendo una muchacha forastera, que se llama Lucia?
— Ya no está,-respondió la mujer en acto de cerrar la ventana.
—Señora, jun momento por caridad! ¿Conque no está? iy dónde ha ido?
—Al Lazareto.
Y de nuevo iba la mujer á cerrar.
—Señora, un instante por amor de Dios! ¿Con la peste?
—Ya, ¡miren qué novedad! ¡Eh! ¡vaya usted con Dios!
—Oigame usted un momento. ¿Estaba muy mala? ¿Hace mucho? En esto cerró de véras la ventana. | —Señora! ¡señora! ¡Una palabra en caridad! ¡Por el alma de sus difuntos!...
Pero todo era hablar á la pared.
No ménos afligido Lorenzo por el anuncio, que indignado por el modo, agarró de nuevo la aldaba levantándola para İlamar otra vez desesperadamente, y luégo quedaba suspenso. Con semejante agitacion se volvia á ver si parecia alguno de la vecindad de quien pudiese tomar más informes, y adquirir mejores noticias; pero la primera y única persona que se le presentó fué otra mujer á la distancia de unos veinte pasos, la cual con cara que expresaba terror, odio, impaciencia y malicia, con ojos torcidos, como para mirar á dos partes, con la boca abierta, como para dar voces, sin atreverse á echar el aliento, y con levantar sus brazos descarnados, alargar y retirar sus manos arrugadas, y los dedos encorvados, como si quisiese alraer hácia sí alguna cosa, manifestaba querer liamar gente. Al encontrar su vista con la de Lorenzo, se puso más horrenda, estremeciéndose como persona cogida infraganti.
—iQué diablos?...-dijo Lorenzo levaulando tambien la mano hácia la mujer.
Pero csta, perdida la esperanza de que le prendiesen al descuido, dejó libre la voz, comprimida hasta entónces, gritando desaforadamente:
—Un untador! ¡Un untador! ¡A él, á él' /Un untudor!
—¿Quién? ¿Yo? Ah, bruja embustera! Calla,-gritó Lorenzo, y dió un brinco hácia ella para intimidarla y hacerla callar.
Pero en aquel instante se acordó que más cuenta le tenía pensar en sus cosas. A los chillidos de la mujer empezó á acudir g-nte de las dos partes, no tanla como en igual caso hulbiera acudido en otro tiempo, pero sobrada para acogotar á un hombre. Abrióse en el mismo instante la ventana, y aquella misma mujer, poco ántes tan desatenta, se asomó ahora del todo gritando tambien ella:
—jA é! ¡A él! cogedle, que sin duda es uno de los bribones que van untando las puertas de las gentes honradas.
Decidió Lorenzo en un soplo que seria más acertado zafarse de aquella gente, que pensar en justificaciones; de consiguiente echó una mirada á una y oira parte para ver dónde habia ménos pueblo, y por aili picó de soleta. De un empellon apartó á uno que le impedia el paso; de un puñetazo en el pecho echó á rodar á otro que venía contra él, y de esta nanera siguió galopando con el puño en el aire y bien apretado, para recibir á cualquiera que hubiese venido á metérsele entre los piés... Más adelante ya el camino estaba desembarazatlo; pero detras sonaban más fuertes y más repetidos los desagradables gritos: «Un un-, tador! jA él! ¡A él!» sintiendo Lorenzo al mismo tiempo acercarse las pisadas de los que más ligeros le perseguian.
Con esto se convirtió la ira en rabia, y la angustia en desesperacion: púsosele una venda delante de los ojos; echó mano de su gran cuchillo, le desenvainó, paróse, tomó una postura de valenton, volvió la cara con más ceño y más fiera que nunca, y con el brazo tieso, blandiendo en el aire el reluciente acero, gritó con voz ronca, diciendo:
—El que sea guapo, que se acerque, ¡canalla! que yo le untaré de véras con este hisopo.
Pero vió con admiracion, y no sin placer, que ya sus perseguidores se habian parado á cierta distancia, y que gritando todavía, hacian con las manos levantadas señas á genle l jana detras de él. Volvióse y vió delante de sí, y no muy distanle, lo que la tui bacion no le habia permitido ver un momento ántes, á saber, un carro qe venía hácia él, 6 por mejor decir, una hilera de aquellos carros fúnebres bien conocidos con su acostumbrada comitiva, y más allá otro grupo de gente, que tambien deseaba echarse encima del untador y cogerle en medio, en cuanto dejase de impedirselo el mismo estorbo. Viéndose de esta manera entre la espada y la pared, le ocurrió que lo que para aquella gente era un objeto de terror, pudiera ser para él un medio de salvamento: pensó que no era tiempo de andarse en delicadezas; envainó su cuchillo, se retiró á un lado, tomó carrera hácia los carros, pasó el primero, advirtió en el segundo un buen espacio desocupado, midió el tiempo, pegó un brinco, y se quedó arriba plantado sobre el pié derecho, el izquierdo en el aire, y los brazos en alto.
—¡Bravo! ;bravísimo!-exclamaron á una voz los sepultureros, de los cuales unos seguian á pié el convoy, otros iban en los carros, y otros (;cosa horrible!) sentados sobre los misinos cadáveres, chiflaban con un gran frasco que daba la vuelta á la redonda.-¡Hermoso salto!
—¿Has venido á guarecerte bajo la proteccion de los monatos?-le dijo uno de los que iban en el carro.-Cuenta que estás tan seguro como en la iglesia.
Al acercarse el tren, la mayor parte de los enemigos volvió las espaldas, y se marchaban sin dejar no obstante de gritar: «/Al untador! ;cogerle! Algunos, sin embargo, se retiraban con más lentitud, y de cuando en cuando se detenian apretando los dientes y amenazando con gestos á Lorenzo, el cual por su parte contestaba meneando los nuños en el aire.
- -Déjame á mí, verás ahora,-le dijo uno de los enterradores.
Y arrancando de encima de un cadáver un pedazo de trapo asqueroso, le hizo un nudo aprisa en una de las puntas, y agarrándole por la otra á manera de honda, aparentó quererle arrojar contra aquellos obstinados, diciendo á gritos:
—Aguarda, canalla, aguarda! Horrorizados con esta amenaza, dieron todos la vuelta corriendo á punto el postre, de modo que Lorenzo no vió ya menearse sino talones y pantorrillas.
Celebraron los monatos con algazara y risotadas el triunfo, y acompañaron con voces de escarnio á los fugitivos.
—Ya ves tú,-dijo á Lorenzo el mismo sepulturero,- cómo nosotros sabemos defender á los hombres honrados.
Uno de nosotros vale por ciento de esos cobardes.
—Cierto, te puedo decir que os debo la vida, y os doy las gracias.
—Nada, amigo,-replicó el sepulturero:-tú lo mereces, se ve que eres un guapo mozo. Haces bien en untar á esa canalla: úntalos bien, y acaba con ellos; que nada valen sino cuando están muertos: en premio de la vida que hacemos, nos maldicen á todas horas, y están diciendo que acabada la peste, nos han de aborcar á todos. Han de morir ellos ántes que la mortandad, y los sepultureros han de quedar solos para cantar la victoria, y pasar buena vida en Milan.
—Viva la mortandad, y muera la canalla!-exclamó el otro.
Con este hermoso bríndis, se echó á la boca el frasco, y teniéndolo con las dos manos, entre los traqueos del carro se humedeció bien el gaznate; se le ofreció luégo á Loren- 20, diciendo:
—Toma, bebe á nuestra salud.
—Os la deseo de corazon,-dijo Lorenzo;-pero muchas gracias: no tengo ganas de beber en este momento.
—Bravo miedo has tenido, segun parece!-dijo el monato.-Se me figura que eres un poco hombre: es menester otro desparpajo para ser wntador.
—Cada uno se ingenia como puede,-dijo el otro sepulturero.
—Dámelo aquí á mí,-dijo uno de los que iban á pié al | costado del carro,-que quiero echar otro trago á la salud de su dueño, que se haila aqui en esta hermosa compañia:
alli, allı me parece que va, en ese otro hermoso coche.
Y con una atroz y maligna sonrisa señalaba el carro que iba delante de aquel en que estaba el triste Lorenzo. Acomodando lugo el rostro á un acto de seriedad todavia más grotesco, bay la cabeza hacia aquella parte, y dijo:
— Permita vuestra señoria que un pobre sepulturero disfrute algo de su bodega. Ya ve vuestra señoria la vida que bacemos: nosotros somos los que le hemos colocado en ese suntuoso coche para llevarle á que se pasee un poco:
luégo á los señores les hace daño el vino, pero nosotros lenemos buen estómago.
Y entre las careajadas de los compañeros, agarró el frasco, le levantó; pero intes de beber se volvié á Lorenzo, y con tono de compasion envuelto en desprecio, le dijo:
—Sin duda el drablo con quien has hecho pacto debe ser bien jóven, porque à no haber sido por nosotros, hoy te la habias hallado.
Y entre risotadas y burlas se echó el frasco á pechos.
—Y á nosotros? ;Ea! á nosotros?-dijeron gritando los del carro que iba delante.
Asi que el piearo bebió cuanto quiso, dió con las dos manos el frasco à los demas compañeros, los euales lo pasaron de unos á otros, hasta que llegó á uno que despues de apurario, lo agarró del cuello, y dándole un par de vueltas, le tiró á que se estrellase sobre las losas, gritando:
—Viva la mortandad! Despues de estas palabras entonó una cancion de las suyas, y al momento acompañaron su voz todos los demas de aquel tor;pe coro. Resonaban en la silenciosa soledad de las calles la infernal cantinela, el sonido de las campanillas, el chillar de los carros, y las ruidosas pisadas de hombres y caballos, y retunmbando en el interior de la casas, angustiaban el corazon de sus habitantes.
¿Qué cosa habrá que en ciertas ocasiones no pueda servir de algo? EI apuro de un momento hizo para Lorenzo más que tolerable la compañia de aquellos muertos y de aquellos vivos. y era música casi agradable á sus oidos la que le evitaba el embarazo de conversar con gente tan ahominable. Todavia, entre azorado y revuelto, daba gracias à la Providencia por haberle sacado de aquel conflicto sin haber recibido ni haber hecho daño alguno, y le pedia que le ayudase ahora á librarse de sus mismos libertadores. Por su parte, estaba en acecho, ya volviendo la vista hácia aquellos desalmados, ya mirando la calle para encontrar la ocasion de escurrirse á la sordina sin darles márgen á nieter bulla, 6 armar alguu escándalo que diese en qué sospechar á los que pasasen.
Cuando hé aquí que al volver de una esquina, le pareció conocer el paraje en que se hallaba, y examinándole con más atencion, le reconoció por más de una seña. Era justamento l coso de Puerta Oriental, el mismo por donde unos veinte meses antes habia entrado muy despacio, y habia bolido Inópomas que de prisa. Acordóse al momento que por allí iba en derechura al Lazareto, y el hallarse casualmente en el camino que buscaba, sin haber practicado diligencia alguna por su parte, lo tuvo por un beneticio especial de la Providencia, y un presagio feliz para lo restante.
En esto venía hácia los carros un comisario dando voces á los sepultureros para que parasen, y no sé para qué otra cosa. Lo cierto es que hicieron alto, y la música se convirtió en una confusa algazara. Ya uno de los monatos se habia bajado del carro en que estaba Lorenzo, y éste diciendo al otro: «0s doy gracias por vuestra caridad, Dios os lo pague,» se deslizó por el otro lado.
—Anda, anda, pobre untadorcillo,-contestó aquél;-no serás tú el que despuebles á Milan.
Por fortuna, nadie habia que pudiese oirlc. Como el convoy se habia parado en la acera izquierda del coso, tomó Lorenzo la derecha, y cosiéndose å la pared, siguió trotando hácia el puente; pasóle, siguió la calle del Borgo, conoció el convento de los Capuchinos: cerca de la puerta vió sobresalir el ángulo del Lazareto, y al salir por el postigo se presentó á su vist:a la escena exterior de aquel recinto, que siendo ántes un pequeño indicio del paraje, se habia trasformado ya en un cuadro inmenso, variado é imponderable.
Por toda la extension de los dos costados que se bren mirando desde aquel punto, todo era un enjambre, un flujo y reflujo, un continuo tropel. Enfermos que á bandadas eran conducidos al Lazareto; muchos estaban sentados 6 tendidos en las dos orillas del foso que corre por ambos lados del camino, unos por faltarles las fuerzas para entrar en el recinto, y olros por haber salido desesperados, y no, haber tenido aliento para pasar más adelante. 0tros enfermos vagaban á la desbandada como estólidos, y no podescucos enteramente faltos de razon. Quién enfervorizado estaba contando sus cuitas á otro, que oprimido por el mal, apénas le escuchaba; quién desvariaba furioso, y quién risueño en apariencia, estaba como quien asiste á una diversion; pero la especie más extraña y ruidosa de aquella triste algazara era un cantar alto y continuado que, aunque parecia partir del bullicioso concurso, sobresalia, sin embargo, de todas las demas voces, una cancion popular de amor festivo y jocoso de las llamadas pastorelas. Y siguiendo al sonido para saber quién en tanta afliccion podia estar alegre, se veia á un infeliz, que sentado tranquilamente en el foso que lame la cerca del Lazareto, cantaba á voz en grito mirando hácia arriba.
Apénas habia dado Loreńzo algunos pasos por el lado meridional del edificio, cuando se levantó una gritería extraordinaria con las voces lejanas de: «Cuidado; tenedle, tenedle.» Pónese Lorenzo de puntillas, atisba adelante, y ve venir á escape un mal rocin, montado por un jinete de peor traza. Era un frenético que, viendo aquel animal suelto cerca de un carro, sin que nadie le guardase, le montó arrebatadamente en pelo, y golpeándole el cuello á puñetazos, y los ijares con los talones, le arreaba con furia. Seguíanle algunos monatos dándole voces, y oscurecia el cielo el polvo que levantaba.
De esta manera aturdido Lorenzo y cansado ya de ver tantas lástimas, llegó á aquel recinto, en donde eran quizá en mayor número las que habia reunidas, que cuantas encontró diseminadas en todo el espacio que tuvo que andar.
Asomóse á la puerta, se metió debajo del pórtico, y quedó allí algunos instantes inmóvil.