Los novios/XXXVI
CAPÍTULO XXXVI.
¿Quién hubiera dicho á Lorenzo pocas horas ántes que, en lo más fuerte de sus averiguaciones y en los momentos decisivos y de más duda. su corazon andaria dividido entre Lucía y D. Rodrigo? Sin embargo la cosa era así. No dejaba aquel aspecto de asociarse å tndas las imágenes, ya agradables, ya tristes, que en aquel tránsito le presentaban sucesivamente' el temor y la esperanza. Las palabras que oyó á los piés de la tarima de D. Rodrigo se introducian en la penosa disyuntiva en que luchaba su mente, y no podia coneluir una súplica al cielo por el feliz resultado de su empresa, sin que tuviese relacion con la que empezó en aquel sitio, y que el toque de la campana dejó pendiente.
La capilla ociógona que sobre gradas se eleva en medio del Lazareto, en su primera construccion estaba abierta por todos lados, y se sostenia únicamente sobre columnas y pilares, formando cada frente un arco entre dos intercofumnios. Por adentro ccrria un pórtico que daba vuelta á todo el edificio, que propiamenle podia considerarse como una iglesia compuesta sólo de ocho arcos sostenidos por pilastras correspondientes á las exteriores, cubriendo el iodo una cúpula, por manera que el altar colocado en el medio podia verse desde todas las ventanas interiores del recinto, y áun de todos los puntos del área.
Apénas echó á andar Lorenzo, cuando divisó en el pórtico al padre Félix puesto bajo el arco del medio que mira á la ciudad, delante del cual estaba reunida, al pié de las gradas, toda la gente; y por los ademanes del religioso conoció que habia empezado el sermon.
Dió vuelta por aquellos callejones para llegar á la cola del auditorio, como se le habia prevenido, y habiéndole alcanzado, se paró para recorrerle con los ojos, sin ver más que cabezas, de las cuales habia en el medio cierto número con pañuelos y velos. Allí fijó la vista con más atencion; pero no encontrando otra cosa, la dirigió á donde todos los demas tenian puesta la suya. Dejóle admirado y conmovido el venerable aspecto del orador, y con la parte de atencion que aún podia aplicar á este punio, estuvo escuchando el irozo siguiente de aquella plática:
«Consagremos un pensamiento á mil y mil individuos que han salido por esa puerta,-decia el padre Félix señalando con el dedo á la espalda la que conduce al cementerio llamado de San Gregorio, que entónces estaba reducido á una inmensa zanja;-echemos una mirada á los mil y mil que aún quedan aquí sin saber por dónde saldrán, y echemos otra á nosotros que, tan pocos como somos, salimos á salvo. ¡Bendito y alabado sea el Señor! ¡Bendito en su justicia! ;bendito en su misericordia! ;bendito en la muerte! ¡bendito en la salud! y ¡bendito por la eleccion que se ha dignado bacer de nosotros! ¡Ah! ¿con qué otro fin lo habrá querido, hijos mios, sino para conservarse un pequeño pueblo, corregido en la afliccion, y enfervorizado con el agradecimiento? para que penetrándonos mejor de que la vida es un beneficio suyo, hagamos de ella el aprecio que merece un don que debemos á su bondad infinita, y le empleemos en obras que podamos ofrecerle; y, últimamente, para que la memoria de nuestros padecimientos nos haga más compasivos y benéficos para con nuestro prójimo.
Edifiquemos entre tanto con nuestro porte á estos en cuya compañia hemos padecido, temido y esperado, y entre los cuales dejamos amigos y parientes, y que tocos al cabo son hermanos nuestros: entre éstos, aquellos especialmente que nos verán pasar, y á quienes acaso servirá de consuelo el pensar que algunos salen vivos y sanos. ¡No permita Dios que descubran en nosotros un gozo desmedido por haber evitado una muerte contra la cual ellos luchan todavía!
»Hagámosles ver que nos marchamos dando gracias por nosotros, y rogando por ellos; y ofrezcámosles motivo para que puedan decir: éstos, áun fuera de aquí, se acordarán de nosotros, é implorarán la clemencia del cielo para estos pobres desgraciados. Empecemos desde este viaje, desde estos primeros pasos, una vida toda de caridad. Los que habeis adquirido vuestro antiguo vigor, ofreced un brazo fraternal á los débiles: jóvenes, sostened á los ancianos; los que habeis quedado sin hijos, ved àlrededor de vosotros cuántos hijos han quedado sin padres: sedlo para ellos, y esta caridad, al paso que cubra vuestros pecados, mitigará tambien vuestros dolores.»
Aquí un sordo murmullo de gemidos y sollozos, que se iba extendiendo en la concurrencia, quedó un momento suspenso al ver al predicador echarse una soga al cuello, y arrodillarse; y todos con gran silencio estaban aguardando lo que decia.
«Por mi,-dijo-y por todos mis compañeros, los que tuvimos sin merecerlo la suma dicha de ser escogidos para gozar del privilegio de servir á Dios en vuestras personas, os pido humildemente perdon por si no hubiésemos llenado dignamente tan alto ministerio.
»Si por pereza, si por indocilidad de la carne, no hemos acudido como debíamos á vuestras necesidades; si por una injusta impaciencia 6 un culpado fastidio os hemos mostrado un rostro desdeñoso y severo; si tal vez la despreciable idea de que nos necesitabais, no ha inducido å no trataros con toda humildad; si por nuestra fragilidad hemos cometido alguna accion que os haya causado escándalo, perdonadnos, y así Dios os perdone vuestras faltas y os bendiga.»
Y haciendo la señal de la cruz sobre el auditorio, se levantó.
Nosotros no hemos podido referir sino las palabras formales, á lo ménos el sentido de elas; pero el modo como las pronunció no es posible describirlo. Era el de un hombre que llamaba privilegio el de servir á loe apestades, porque tal lo creia; que confesaba no haber correspondido dignamente, porque asi le parecia; que pedia perdon, porque pensaba necesitarlo; pero las gentes que habian visto alrededor de si á aquellos capuchinos ocupados únicamente en servirlos y socorrerlos, que habian visto morir á tantos, y al que hablaba por todos ser el primero en el trabajo como en auloridad, menos cuando estuvo acometido por el mal, no podian ménos de sollozar, de verter lágrimas en contestacion á semejantes protestas. Cogió luégo el venerable religoso una cruz apoyada á una pilastra, la levantó delante de si, dejó las sandalias en la orilla del pórtico exterior, bajs los escalones de la capilla, y entre la muehedumbre que reverente le abria el paso, fué á ponerse á la cabeza de ella.
Lorenzo con los ojos arrasados en lágrimas, ni más ni ménos que si hubiese sido uno de aquellos á quienes se dirigia el capuchino, se retiró tambien, poniéndose al lado de una barraca, donde se mantuvo escondiendo el cuerpo , alargando la cabeza y abriendo los ojos, al mismo tiempo que le daba el corazon fuertes latidos. Sentia sin embargo cierta confianza por efecto de la conmocion que causaron en él la plática del religioso y la ternura de sus oyentes Llegó entretanto el padre Félix á pasos lentos pero firmes, descalzo, levantada la pesada cruz, y el rostro pálido y consumido. Seguíanle inmediatamente los niños más grandecitos, la mayor parte tambien descalzos, aunque pocos enteramente vestidos, y algunos en camisa. Venian luégo las mujeres, trayendo casi todas de la mano á una niña, y cantado alternativamente el Miserere.
El débil metal de sus voces, y la palidez y decaimiento de sus rostros eran tales, que hubieran movido á compasion á cualquiera que como mero espectador se hubiese hallado presente. Pero Lorenzo miraba, volvia á mirar, examinaba de fila en fila, de cara en eara, sin pasar una sola por alto; que la lentitud con que andaba la procesion le ofrecia bastante proporcion para hacerlo. Pero por más que mirase, por más que pase se ligeramente la vista sobre las que venian detras, no encontró sino caras desco nocidas. Con los brazos caidos y la cabeza inclinada sobre el hombro derecho, siguió con los ojos aquella turba, miéntras pasaban los hombres.
Fijó de nuevo la atencion, y concibió nuevas esperanzas al ver venir despues de éstos algunos carros que traian á los convalecicntes que aún no podian andar. Aqui las mujeres eran las últin.as, y el tren venía tan despacio, que Lorenzo pudo cómodamente reconocerlas á todas sin que ninguna se escapase de su registro. Pero ¿qué? Examino el primer carro, el segundo, el tercero, y asf consecutivamente, y siempre con igual resultado hasta el último, detras del cual solo venía un capuchino con aspecto serio y un baston en la mano, como direetor del convoy. Este era el padre Miguel, que, como hemos visto, fué nombrado por coadjutor del padre Félix.
Disipáronse de esta manera las dulces esperanzas de Lorenzo, y disipándose, no sólo le privaron de todo consuelo, sino que, como siempre sucede, le dejaron en peor estado que ántes. Ya para él la contingencia más feliz era hallar á Lucía enferma; por manera que ocupando su ánimo, en lugar de la esperanza presente, el temor aumentado, se asió Lorenzo de aquel débil hilo, salió de la crujía y se dirigió hácia el paraje de donde venia la procesion. Llegado á la capilla, se puso de rodillas en el último escalon, y aquí dirigió á Dios una súplica, 6 por mejor decir, un baturrillo de palabras inconexas, frases interrumpidas, exclamaciones, quejas y promesas, y por fin, uno de aquellos discursos que no se emplean con los hombres, porque éstos no tienen bastante penetracion para comprenderlos, ni sufrimiento para escucharlos, ni son bastante generosos para moverse å compasion sin mezcla de menosprecio.
Levantóse de allí algo más animado, dió vuelta á la capilla, y se halló en la otra crujía, que aún no habia recorrido, y á cuyo frente caia la otra puerta. A los pocos pasos vió á derecha é izquierda la estacada de que le habia hablado el padre Cristóbal; pero medio derribada, y de consiguiente con muchas aberturas. Metiéndose Lorenzo por una de ellas, se halló en el cuartel de las mujeres. A poco vió casualmente en el suelo una de aquellas campanillas que llevaban atadas á los piés los monatos con sus correspondientes cintas; y ocurriéndole la idea de que aquel instrumento podia servirle de salvo-conducto en aquel recinto, le recogió, miró alrededor por si álguien le veia, se la ató al pié y dió inmediatamente principio á sus indagaciones. Empezó á recorrer con la vista, ó por mejor decir, á contemplar otros objetos lastimosos, en parte parecidos, y en parte diferentes de los que ya habia contemplado.
Llevaba recorrido ya sin fruto ni contingencia alguna bastante trecho, cuando oyó detras de sí un hola como de persona que le llamaba. Volvió la cabeza y vió á cierta distancia å un comisario que levantó las manos señalándole á él, y dieiendo á gritos:
—Allá en los cuartos hay necesidad de gente; aquí se acaba de barrer en este momento.
Conoció Lorenzo inmediatamente la equivocacion, y que con la campanilla habia dado márgen á ella: se trató á sí mismo de bestia por haber pensado sólo en los estorbos que con aquella insignia podia evitar, sin hacerse cargo de los que podia acarrearle. En efecto, le hizo repetida y apresuradamente seña con la cabeza que habia comprendido y que iba á obedecer; y al punto se quitó de su vista, retirándose á un lado entre las barracas.
Cuando le pareció haberse aparlado lo bastante, trató de quitarse de encima la causa de aquel compromiso, y para hacer esta operacion sın que nadie le viese, se metió entre dos barracas que estaban situadas de espaldas una á otra. Bajóse á desalar las cintas, y estando con la cabeza apoyada en la pared de paja de una de dichas barracas, llegó á sus oidos una voz... ¡Dios mio! įserá posible? Puso toda su alma en el oido, suspendió el aliento. Si, sí, es su propia voz... «g Wiedo de qué?» decia aquella voz suave.
«;Cuántas cosas hemos pasado peores que esta tormenta! Quien nos ha preservado hasta aquí, nos preservará tambien ahora.»
Si Lorenzo no dió un grito, no fué por temor de ser descubierto, sino porque le faltó el aliento. Dobláronsele de pronto las rodillas, y se le turbó la vista; pero al momento se puso en pié más animoso y más fuerte que ántes: en tres brincos dió vuelta á la cabaña, y puesto en la puerta, vió á la que habia hablado, y la vió vestida y reclinada sobre una mala cama. Volvióse ella; miró, creyó sueño, ilusion lo que estaba viendo; miró con más atencion, y exclamó gritando:
—Bendito sea el Señor!
—jAh, Lucía! por fin te encuentro. ¡Sí, eres tú! ¡vives! jeres la misma!-exclamó Lorenzo, adelantándose todo trémulo.
—¡Bendito sea el Señor!-replicó todavía más trémula Lucía.-Y tú?... ¿qué es esto?... ¿de qué manera?... ¿por qué?... ;La peste!
—La he pasado, ty tú?
—Yo tambien. Y mi madre?
—No la he visto porque está en Pasturo; pero creo que está buena: mas tú.... Qué descolorida estás todavía! ¡Qué débil! Lo que es buena ya lo estás, ges verdad?
—El Señor ha querido dejarme todavía por acá. ¡Ay, Lorenzo! ¿por qué has venido aquí?
—¿Por qué?-dijo Lorenzo acercándose más.-¿Y me lo preguntas? ¿Es necesario que yo te lo diga? A quién he de dirigir yo mis pensamientos? No soy yo Lorenzo? ¿No eres tú Lucía?
—iAy! ¿Qué es lo que dices?... ¿No hizo mi madre que te escribiesen?
—Sí, demasiado. ¡Buenas cosas para escribirlas á un infeliz fugitivo, angustiado! já un jóven que jamás te habia dado un disgusto!.
—Pero ¡Lorenzo! ¡Lorenzo! puesto que sabías... ¿Per qué has venido? ¿por qué?
—¿Por qué he venido? ¡Ay, Lucía! ¿por qué he venido, me preguntas? ¿No somos nosotros ya los mismos? ¿No te acuerdas?... ¿qué es lo que faltaba?
—Ah, Señor!-exclamó con voz lastimera Lucía juntando apretadamente las manos:-¿por qué no me hicísteis la gracia de llevarme del mundo? ¡Ah, Lorenzo! ¿Qué es lo | que has hecho? Ya empezaba yo á esperar... que... con el tiempo... me hubieras olvidado.
Qué buena esperanza! ;qué buenas cosas para decirmelas en mi propia cara!
—iQué es lo que has hecho? ¡En este sitio! ¡Entre estas aflicciones! Aqul, en donde no se hace sino morir, has podido...
—En cuanto á los que mueren, es necesario rezar por ellos, y esperar que irán donde Dios los llame; pero no es justo por eso que los que viven hayan de vivir desesperados.
—jAh, Lorenzo! Tú no sabes lo que estás diciendo...
¡Una promesa á la Vírgen! ¡un voto!
—Yo te digo que esas promesas no valen.
FiVálgame Dios! ¿qué es lo que dices? ¿Dónde has estado todo ese tiempo? ¿Con quien has tratado? ¿Cómo hablas de esta manera?
—Hablo como buen cristiano; y de la Vírgen pienso mejor que tú, porque creo que no puede querer promesas en perjuicio del prújimo. Si la Vírgen hubiese hablado, entónces sí, pero todo ha sido una idea tuya... ¿Sabes tú lo que debes prometer á la Vírgen? Lo que debes prometerle es que á la primera niña que tengamos le pongamos el nombre de María, y esto yo tambien estoy pronto á ofrecerlo.
Estas cosas honran mås á la Vírgen: son devociones de más ventaja, y que á nadie perjudican.
—No, no hables así: no sabes lo que te dices: tú no sabes lo que es hacer an voto. Ah! ¡si tú te hubieras hallado en aquel conflicto! tú no sabes... ¡Déjame, déjame por Dios! Y se apartó arrebatadamente, volviéndose bácia su cama.
Lucía!-dijo Lorenzo sin moverse,-dime al ménos, dime: įsi no fuera por este motivo, serías tú la misma paraconmigo?
—Hombre sin caridad!-contestó Lucia volviéndose y conteniendo apénas las lágrimas,-iqué ganarias con hacerme decir palabras inútiles? ipa'abu ipalabras que quizá serian pecado? ¿Qué ganarias? ¡Ah! véte, véte, olvídate de mí: no estaba de Dios que nos casásemos.
Nos juntaremos en el cielo; ya poco tiempo se vive en este mundo: véte; procura hacer saber á mi madre que he sanado, que Dios me ha asistido siempre; que he encontrado una buena alma, esta buena señora que hace conmigo las veces de madre: dile que espero que se librará de este que me afligirian? mal, y que nos veremos cuando Dios quiera y como quiera.
Véte por amor de Dios, y no te acuerdes ya de mí... sino en tus oraciones.
Y como quien nada más tiene que decir, ni quiere oir; como quien huye de un peligro, se acercó más á la cama en que estaba acostada la mujer de quien acababa de bablar.
—Oye, Lucía, oye,-dijo Lorenzo sin acercarse tampoco más.
—No; véte en caridad de Dios.
—Oye, el padre Cristóbal...
—¿Qué?
—Está aqui.
—Aquí! ¿Dónde? ty cómo lo sabes?
—Le he hablado hace poco: he platicado largo tiempo con él; y un religioso de su clase me parece...
—Está aquí! será sin duda para asistir á los pobres enfermos: ¿pero él? ¿Ha pasado la peste?
—jAh, Lucía! me temo; harto me temo... (y miéntras Lorenzo tilubeaba para pronunciar una palabra amarga para él, y que tanto debia serlo para Lucía, ésta se separó de nuevo de la cama, y se acercó á él) me temo que la tenga encima.
—Ay, pobre padre Cristóbal! Es un santo; pero ¿qué digo? ipobres de nosotros! ¿Y cómo se halla? ¿estå en cama? ¿está bien asistido?
—Está levantado: anda por todas partes, asiste á los demas; ipero si lo vieras!... ;Qué cara! ;Con qué trabajo se mantiene de pié! El que ha visto tantos y tantos, por desgracia no se equivoca.
—¿Conque está aquí?
—Aquí está y muy cerca. No hay más distancia que de tu casa á la mia... ¿Te acuerdas?
—Virgen bendita!
—Segurainente poco más. Figúrate si hemos hablado de tí. Qué cosas me ha dicho! ¡Y si supieras lo que he visto! pero ántes te diré lo que me ha dicho con su propia boca. Me ha dicho que hacía muy bien en venir á buscarte; y que al Señor le agrada que un jóven se conduzca de esta manera, y que me ayudaria para que te encontrara, como cfectivamente lo ha hecho; y es un santo; con que ya ves.
—Si ha dicho esto, es porque no sabrá...
Qué quieres que sepa de las cosas que hiciste de tu cabeza sin tomar consejo de nadie? Un hombre sabio, un | | hombre de juicio como él, no puede imaginar cosas de esta naturaleza... Pero ;á quién me llevó á ver!...
Y aquí contó la visita de la cabaña. Sin embargo de que el haber permanecido Lucía en aquella morada debia haberla acostumbrado á las impresiones más fuertes, no pudo dejar de estremecerse de lástima y de dolor.
—Y tambien allí,-prosiguió Lorenzo,-ha hablado como un santo. Ha dicho que el Señor quizá queria salvar aquel desgraciado... no puedo ahora darle otro nombre, que aguarda para cogerle en buena hora; pero quiere que nosotros se lo supliquemos juntos; juntos, ¿me entiendes?
—Sí, si, rezaremos cada uno donde Dios querrá que nos hallemos. El sabrá juntar las oraciones.
—Yo te digo sus propias palabras.
—Pero, Lorenzo, el Padre no sabe...
— Mas tú no quieres entender que cuando es un santo el que habla, es Dios quien lo inspira y le hace hablar, y si la cosa no fuera verdaderamente así, no hubiera hablado de aquella manera... Y el alıma de aquel desdichado? Yo bien he rezado por él, y rezaré todavía como si fuera un hermano mio; pero ¿cómo quieres tú que le vaya en el otro mundo, si en este no se arreglan las cosas, y no se deshace el mal que él hizo? Poniéndote tú en la razon, entónces todo queda como ántes; lo hecho hecho, y él sufrió su pena por acá.
—No, Lorenzo, no: Dios no quiere que se haga el mal, para usar luégo su Divina Majestad de misericordia: por esta parte deja que obre el Señor; nosotros no tenemos más que hacer sino suplicarle. Si yo me hubiera muerto en aquella fata! noche, ¿hubiera por esto dejado de perdonarle? Si yo al contrario me ví milagrosamente libre...
—Y tu madre, esa buena Inés, que siempre me ha querido tanto, y que anhelaba con tantas véras vernos casados... ¿No te lo ha dicho ella tambien, que la tuya era una idea torcida? Bien sabes que en otras cosas te ha becho conocer la razon, porque ella piensa con más juicio que tú.
—Mi madre! ¿Cómo crees tú que mi madre pudiera aconsejarme que faltase yo á una promesa? Lorenzo, tú has perdido el juicio.
—iQuieres que te lo diga como lo pienso? Vosotras las mujeres nada entendeis de estas cosas. El padre Cristóbal me ha dicho que en encontrándote, vuelva å verme con él.
Voy á eso. Lo oiremos; oiremos lo que dice...
—Sí; véte á ver á ese santo varon. Dile que yo ruego á Dios por él, y que él le ruegue por mí, que tanto, tanto lo necesito. Pero por amor de Dios, por tu alma misma, no vuelvas por acá á afligirme ni á tentarme. El padre Cristóbal sabrá explicarte las cosas bien, hacerte conocer la razon y tranquilizarte.
—¡Tranquilizarme! ¡Ay! no lo creas. Tú hiciste me escribieran esa nueva mortal, y yn sé lo que sufri entónces; ¡y ahora tienes valor de repetírmela en mi misma cara! Mas yo te digo terminantemente que nunca jamás me tranquilizaré. Tú quieres olvidarme; pero yo no quiero olvidarme de tí; y te aseguro que si llego á perder el juicio, se acabó para siempre; echo al diablo el oficio, la buena conducta, y... En fin, te has empeñado en que yo viva rabiando toda mi vida, y rabiando viviré. ¡Lucía! me has dicho que te olvide, ¡que yo te olvide! Y cómo se logrará eso? ¿En quién erees tú que he pensado en todo este tiempo que pasó? ¡Despues de tantas cosas! ¡Despues de tantas promesas! ¿Qué te hecho desde que nos separamos? ¿Conque me tratas así por haber padecido tanto? ¿por haber sufrido tantas desgracias? ¿por haber sido perseguido? ¿por haber vivido fuera de mi casa triste, desconsolado, léjos de ti? ¿por haberte venido á buscar en cuanto he podido? Cuando el llanto permitió á Lucía articular palabras, exclamó juntando las manos y levantando al cielo los ojos bañados en lágrimas:
—Vírgen bendita, asistidme! Vos sabeis que desde aquella triste noche nunca he tenido un rato como éste.
¡Me socorrísteis entónces, socorredme ahora!
—Sí, Lucía, haces muy bien en invocar á la Vírgen; pero ipuedes creer que siendo tan buena, siendo Madre de misericordia, pueda complacerse en hacernos padecer? Yo á lo ménos no lo creo... Y por una palabra soltada en un conflicto en que no sabías lo que estabas diciendo, ¿puedes imaginar que te socorriese entónces para dejarnos embrollados despues?... Per si esta por desgracia fuese una discuipa, porque ya me aborreces, dímelo claro, háblame con franqueza.
—En caridad, Lorenzo, en caridad de Dios, acaba de una vez; no me hagas morir. Véte á ver al padre Cristóbal, recomiéndame á él, y no vuelvas más aquí.
—Me voy, sí, me voy; pero no pienses que deje de volver. He de volver, aunque fuera al cabo del mundo.
Así dijo, y ausentóse.
Lucía fué á sentarse, 6, por mejor decir, se dejó caer al lado de su cama; y con la cabeza apoyada en ella, continuó llorando amargamente. La mujer, que hasta entónces habia estado con ojos y oidos muy abiertos sin resollar siquiera, preguntó qué significaba la presencia de aquel hombre, aquella contienda y aquel llanto. Nuestros lectores por su parte quizá nos preguntarán tambien quién era aquella mujer: para contestarles, tampoco aquí necesitamos de muchas palabras.
Era la viuda de un mercader bastante acomodado, y de unos treinta años de edad. En pocos dias habia visto desaparecer á su esposo y á todos sus hijos. Poco despues, acometida ella misma por la enfermedad general, fué llevada al Lazareto y puesta en aquella cabaña, cuando Lucía, despues de haber superado sin sentirlo la furia del mai, y haber cambiado tambien sin sentirlo muchas compañeras, principiaba á restablecerse y á recobrar su sentido, que perdió desde el primer acceso de la enfermedad en casa de D. Ferrante. La cabaña sólo podia contener dos huéspedes, y estas dos afligidas, solas entre tanta muchedumbre, trabaron muy presto una amistad tan estrecha, que apénas hubiera podido ser el resultado de un largo trato. No tardó Lucía en hallarse en disposicion de poder asistir á la otra, que se hall6 muy agravada. En cuanto ésta estuvo igualmente fuera de peligro, las dos se acompañaban, se consolaban y servian peciprocamente, y no sólo se prometieron salir juntas del Lazareto, sino que tambien tomaron medidas para no separarse tampoco despues. La viuda que, habiendo puesto al cuidado de un hermano suyo, comisario de Sanidad, su casa, su tienda y todo su capital, iba á encontrarse sola, y con medios sobrados para vivir con comodidad, trató de tener consigo á Lucía en calidad de hija á de hermana, en lo cual ésta consintió con la mayor gratitud á ella y á la Providencia; pero sólo hasta que tuviese razon de su madre y explorase su voluntad.
Sin embargo, como era tan reservada, jamás le habló ni del casamiento, ni de sus extraordinarias aventuras. Pero ahora, en semejante tumulto de afectos, tanta necesidad tenía ella de desahogar su corazon, como la otra deseos de oir: de consigniente, estrechando Lucía las manos de su compañera, se dispuso inmediatamente á satisfacer su pregunia sin más retardo que el que á las palabras ponian los sollozos.
Caminaha Lorenzo entretanto apresuradamente hácia el cuartel del buen religioso. Con un poco de reflexion, y no sin pérdida de algunos pasos, consiguió alcanzarle. Halló la cabaña, pero sin fraile: no obstante, dando vueltas y atisbando, le vió en otra, en donde inclinado hasta el suelo, y casi tendido, estaba auxiliando á un moribundo. Paróse Lorenzo guardando un profundo silencio, y al cabo de un rato le vió cerrar los ojos á aquel infeliz, ponerse luégo de rodillas, rezar un momento y levantarse. Acercóse entónces y se dirigió á él.
—-Hola,-dijo el Capuchino, viéndole venir.-Y bien?
—Aquí está: por fin quiso Dios que la encontrase.
—¿En qué estado?
—Buena, á lo ménos levantada.
—jAlabado sea el Señor!
—Pero...-dijo Lorenzo, cuando estuvo tan cerca para poderle hablar en voz baja,-hay otro embrollo.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir que... Ya sabe usted cuán buena es esa pobre muchacha; pero algunas veces es algo tenaz en sus aprensiones. Despues de tantas promesas, despues de todo lo que usted sabe, ahora dice, iqué sé yo? que en aquella noche del miedo se le calentó la cabeza, y en cierto modo se consagró á la Virgen; cosa inútil, ¿no es verdad? Cosas muy buenas para los que saben lo que se hacen; pero para nosotros, gente ignorante y ordinaria, que nada sabemos de eso... ¿no es verdad que son cosas que no valen?
—¿Está muy léjos de aquí?
—No señor: algo más allá de la capilla.
—Aguárdame un poco, y luego iremos allá juntos.
—¿Quiere decir que usted la convencerá?
—Nada sé, hijo; es necesario que yo la oiga.
—Ya estoy,-dijo Lorenzo.
Y se quedó con los ojos clavados en el suelo, y los brazos sobre el pecho, rumiando su incertidumbre, que en nada se habia disminuido. Fray Cristóbal fué de nuevo en busca del padre Victor, y le suplicó que otra vez supliese por él; entró luégo en su cabaña, salió con su esportillo en el brazo, llegó á Lorenzo y le dijo: «Vamos;» y marchó delante dirigiéndose á la cabaña donde ántes habian entrado juntos.
Esta vez entró solo, y despues de pocos minutos salió diciendo: «;Nada! continuemos rezando.» Luego añadió:
« Ahora guíame tú;» y sin más echaron á andar entrambos.
El cielo se habia ido oscureciendo cada vez más, y anunciaba próxima tormenta. Rompian la oscuridad repetidos relámpagos: aclaraba un fulgor instantáneo los extendidos techos, los arcos del pórtico, la media naranja de la caplla, y los bumildes remates de las cabañas: los truenos que con estrépito repentino sonaban, corrian con continuado ruido de una á otra region del cielo. Seguia el jóven atentamente su camino, y con el ánimo lleno de nquieta expectacion, retardando con violencia el paso para acomodarle á las débiles luerzas de su compañero, que cansado con los trabajos, agravado con el mal, y oprimido el pecho con el ánsia, caminaba fatigosamente, levantando de tiempo en tiempo al eielo el macilento rostro como para buscar una respiracion más libre.
Al llegar á la cabaña, se paró Lorenzo, volvióse, y con voz trémula dijo:
—Aquí está.
Entraron... «Ellos son,» dice la mujer de la cama; se vuelve Lucia, se levanta con precipitacion, corre á recibir al anciano, exclamando:
—Dios mio! ¿A quién veo? ¡Ah, padre Cristóbal!
—¿Y bien, Lucia? ¡De cuanlas angustias le ha librado el Señor! Debes estar bien contenta de haber siempre confiado en él.
—Ah, si, señor! ¿Pero usted, Padre?.. ;Válgame Dios! ¡Y qué cambiado esta usted! ¿Cómo se hal.a, digame usted, cómo se halla?
—Como Dios quiere, y como con su gracia quiero yo tambien,-contestó el Padre á Lucia con rustro sereno; y llamándola aparte, añadió:-Escucha; yo no puedo quedarme aqui sino pocos momentos. ¿Estas dispuesta á confiar en mí con.o ántes?
—iAb! ¿no es usted siempre mi padre Crist6bal?
—Hija, já qué se reduce, pues, ese voto de que me ha hablado Lorenzo?
—Es una promesa que he hecho á la Vírgen Santísima de no casarme.
— Pero įte acordaste entónces que estabas comprometida de antemano con otra promesa?
—Tratándose del Señor y de la Virgen, no pensé en cllo.
—Hija, el Señor agradece los saerificios y los ofrecimientos, cuando los hacemos de lo que nos pertenece. Lo que el Señor quiere es el corazon y la voluutad; pero tú no podias ofrecerle la voluntad de olro con quien estabas comprometida.
—¿Y be hecho mal?
—No, hija mia, no te aflijas por esto, porque yo creo que la Vírgen habrá agradecido la intencion de lu corazon 32 afligıdo, y lo habrá ofrecido á Dios por tí. Pero dime, ¿no te has aconsejado con nadie acerca de este punto?
—Yo nunca creí que fuese eosa de que hubiera de confesarme, pues se sabe que el poco bien que se puede hacer no hay necesidad de contarlo.
—No tienes ningun motivo que te impida cumplir la promesa que hiciste á Lorenzo?
—En cuanto á esto... yo por m... ¿qué motivo?... no sé... me parece que ningun otro,-contestó Lucía con cierta perplejidad, que todo podia anunciar menos la incertidumbre de su pensamiento, y su rostro, todavía descolorido de la enfermedad, se encendió, cubriéndose de improviso rubor.
—¿Crees tú,-dijo el anciano,-que Dios ha dado á su Iglesia la autoridad de dispensar, 6 confirmar, segun convenga para el mayor bien, las deudas y obligaciones que los hombres hayan contraido con él?
—Sí, señor, que lo creo.
—Sabe, pues, que nosotros, destinados á la cura de las almas en este recinto, tenemos las más ámplias facultades de la Iglesia para todos los que acuden á nosotros, y que, por consiguiente, yo puedo, como tú lo pidas, dispensarte de la ohligacion, cualquiera que sea la que hayas podido contraer con ese voto.
—Pero ino será pecado volverse atras, arrepentirse de una promesa hecha á la Virgen? Yo entónces la hice de todo corazon,-dijo Lucia, extraordinariamente agitada al embate (confesémoslo) de tan inesperada esperanza, contrariada por un temor que fortificaron todos sus pensamientos en que hacia tanto tiempo que exclusivamenie se ocupaba.
—¿Pecado, hija mia?-dijo el Padre;-ipecado recurrir á la Iglesia, y pedir á uno de sus ministros que emplee la autoridad que recibió de la misma Iglesia, y que esta ha recibido de Dios? Yo he visto cómo los dos estabais destinados á uniros: y si alguna vez me ha parecido que Dios habia criado á dos personas para unirlas con un vínculo santo, erais y sois vosotros: ahora, pues, no veo razon alguna para que Dios os quiera separar, y le bendigo, y le doy gracias, por haberme dado, aunque indigno ministro suyo, la facultad de hablar en su nombre, y dispensarte de tn ofrecimiento. En fin, si tú pides que te declare libre de ese voto, no sólo no titubearé en hacerlo, sino que deseo que lo pidas.
—Entinces... entónces... yo lo pido,-dijo Lucía con rostro turbado únicamente por el pudor. Llamó entónces el religioso á Lorenzo, que se mantenia en el rincon más apartado, oyendo con grande atencion aquel diálogo en que tenia tanto interes; y teniéndole cerca, dijo con voz clara y sonora:
—Lucía, con la autoridad que lengo de la Iglesia te declaro dispensada del voto de virginidad, anulando todo cuanto pudiera haber en él de consideracion, y absolviéndote de toda obligacion que pudieras haber contraido.
Figúrese el lector cómo sonarian en los oidos de Lorenzo estas palabras. Dió las más expresivas gracias con los ojos al que las habia proferido, y buscó inmediatamente, pero en vano, los de Lucía.
— Entrégate con toda seguridad, y en paz,-prosiguió diciendo el Capuchino,-á los pensamientos de åntes. Pfdele de nuevo al Señor las gracias que le pedias para ser una mujer santa, y ten confianza en que te las concederá mayores despues de lantas penalidad s. Y tú,-dijo volviéndose á Lorenzo,-acuérdate, hijo mio, que si la Iglesia te restituye esta compañera, no lo hace para proporcionarte un consuelo temporal y mundano, que áun suponiéndolo comple to y sin ninguna clase de disgustos, acabaria en un gran dolor en el momeuto de separaros para siempre; pero lo hace para poneros à los dos en el camino de un consuelo que no tendrá término. Amaos como compañeros de vi:je, con el pensamiento de teneros que separar algun dia, y con la esperanza de volveros á unir para siempre. Dad gracias al cielo por haberos traido á este estado, no por medio de alegrias turbulentas y pasajeras, sino por trabajos, y entre miserias, para prepararos á una alegria pura y tranquila. Si Dios os concediere hijos, cuidad de criarlos para él, y de inspirarles su amor y el del prójimo. Lucía, ¿uada te ha dieho éste (señalando á Lorenzo) de lo que ha visto aqui?
—jAy, Padre! me lo ha dicho todo.
—Rezad por él y por m... Hlijos mios, quiero que tengais una memoria del pobre Capuchino.
Y aquí sacó del esportillo una caja de madera ordinaria, pero muy bien trabajada, á la manera que los capuchinos lo hacian entónces, y prosiguió:
—Aquí dentro estå el resto de aquel pan... el primero que pedí de limosna, de aquel pan de que habreis oido hablar. Os lo dejo á vosotros: conservadle, enseñadle á vuestros hijos. Vendrán á un mundo triste en un siglo de dolores, entre orguilosos y provocativos: inculcadles que perdonen siempre, y que rueguen á Dios por el pobre fraile. - Entregó la caja á Lucía, quien la recibió con el respeto y veneracion con que recibiria una reliquia. Luégo convoz más pacata continuó:
—Ahora, díme: ¿qué recursos tienes en Milan? já dónde piensas ir en saliendo de aqui? ¿Y quién te llevará donde está tu madre? ¡que Dios quiera haber conservado en buena salud!
—Esta buena señora me sirve entretanto de madre: saldremos de aquí juntas, y ella luégo cuidará de todo.
—¡Dios la bendiga!-dijo el padre Cristóbal, acercándose á la cama.
—Yo tambien doy á usted las gracias-dijo la viudapor el consuelo que ha proporcionado á estas pobres criaturas, aunque yo contaba tener siempre connigo á Lucí%3B pero se quedará entretanto. Yo me encargo de llevarla á su pueblo; la entregaré á su madre, y (añadió de quedo) tomo á mi cargo el ajuar. Bienes tengo sobrados, y por desgraeia nadie de los que debian disfrutarlos.
—Así podrá usted-contestó el Capuchino-hacer un gran sacrificio al Señor, y mucho bien al prójim.o.
Volviéndose luego á Lorenzo, y tomándole de la mano, le dijo:
—Ea, pues; nosotros nada tenemos ya que hacer aquí; demasiado nos hemos detenido: vámonos.
—iAh, Padre!--dijo Lucía;-ino tendré yo el gusto de volver á ver á usted? Yo he recobrado la salud, yo que de nada sirvo en este mundo, y usted...
—Hace mucho tiempo-respondió el anciano con seriedad y dulzura-que pido al Señor la gracia de acabar mis dias en beneficio del prójimo. Si ahora se dignase otorgármela, necesito que todos los que tienen caridad de mi me ayuden á darle gracias. Ea, dåle á Lorenzo los encargos que quieras para tu madre.
—Cuéntale lo que has visto,-dijo Lucía á Lorenzo:-que he encontrado aquí otra madre; que iré con ella lo más presto que pueda, y que espero encontrarla buena.
—Si necesitas dinero,-contestó Lorenzo,-yo tengo aquí todo lo que tú me enviaste...
—No, no,-repuso la viuda:-nada le faltará: yo, gracias á Dics, tengo más de lo que necesito.
—Vamos,-replicó el religioso.
—Adios, Lucía; dentro de poco nos veremos: lo mismo digo á usted, buena señora,-dijo Lorenzo, no encontrando palabras para explicar lo que sentia su corazon. Quién sabe-exclam6 Lucía-si el Señor nos hará la gracia de que nos veamos otra vez todos juntos?
—Quede él siempre con vosotros, y os bendiga,-dijo á las dos compañeras fray Cristóbal, y con Lorenzo salió de la cabaña.
Era la caida de la tarde, y la crísis del tiempo parecia aún más inminente. El Capuchino ofreció de nuevo al deshospedado Lorenzo su pobre albergue por aquella noche.
—Compañia,-añadió,-no podré hacértela, pero estarás á cubierto.
Lorenzo, sin embargo, anhelaba por marcharse, y no apetecia mucho quedarse por más tiempo en semejante sítio, cuando no podia ver otra vez á Lucia, ni gozar de la compañia del buen religioso. Por lo que toca á la hora y al temporal, se puede decir que el dia y la noche, el sol y la lluvia, el céfiro y el vendaval, eran para él en aquella ocasion una misma cosa: por lo tanto, dió muchas gracias al Capuchino, y se despidió, diciendo que queria ir å ver á Inés lo más presto que fuese posible.
Así que llegaron á la crujía el Padre le apretó la mano y le dijo:
—Cuando veas á esa buena Inés, que Dios lo haga, y yo lo espero, salúdala tambien de mi parte á ella y á cuantos por allá se acuerden de fray Cristóbal: diles que rueguen por él. Dios te acompañe y te bendiga para siempre.
—jAh, padre Cristóbal!... ;Padre mio! ¿Nos volveremos á ver...? ¿Nos volveremos á ver?
—En el cielo, lo espero.
Y con estas palabras se desprendió de Lorenzo, el cual se quedó mirándole, hasta que le perdió de vista. En seguida se dirigió aprisa hácia la puerta, echando á derecha é izquierda las últimas miradas á aquel lamentablo sitio, en donde se advertia un movimiento extraordinario en todas direcciones: sepultureros corriendo; cabañas que se arreglaban, y convalecientes que trabajosamente se retraian á ellas y á los portales para guarecerse contra la tormenta que se iba acercando.