Los novios/XXXVII
CAPÍTULO XXXVII.
En efecto, apénas salió Lorenzo de los umbrales del Lazareto, y tomó la calle, entónces derecha, para encontrar el sendero de donde habia desembocado por la mañana frente la muralla, cuando empezaron á caer unas gotas muy gordas y raras, que salpicando los áridos caminos levantaban otras tantas nubecillas de menudo polvo; pero no tardaron en convertirse en lluvia; y ántes que Lorenzo llegase al sendero que buscaba, caia á cántaros el agua.
Léjos de incomodarse con esto, la recogió con gusto, gozándose en aquel bullicio que causaban las hierbas y las hojas movidas y goteando, reverdecidas y relucientes.
Respiraba de cuando en cuando más recio y desahogadamente, y en aquella revolucion de la naturaleza le parecia sentir mejor la que se habia verificado en su destino.
Pero ¡cuánto más viva y completa hubiera sido esta sensacion, si hubiera podido adivinar lo que se vió pocos dias despues, á saber: que aquella agua se llevaba y barria, digámoslo así, el contagio; tanto que si el Lazareto no restituia al mundo desde entónces todos los vivos que encerraba, al ménos no tragaria otros; que al cabo de una semana se verian abiertas otra vez las puertas y las tiendas; que ya sólo se hablaria de cuarentenas, y que no quedaria de la peste sino algunas señales diseminadas, esto es, aquellos rastros que cada epidemia deja tras sí por algun tiempo! Caminaba, pues, nuestro viajero con bastanle prisa, sin haber aún determinado ni cuándo ni dónde pasaria la noche, ocupado sólo en ir adelante y llegar presto al pafs, para encontrar con quien hablar, á quien contar, y sobre iodo para pasar inmediatamente á Pasturo en busca de Inés.
Andaba revolviendo en su mente todas las cosas de aquel dia, y á vuelta de las miserias, horrores y peligros, siempre le ocurria el pensamiento de haber encontrado á Lucía viva y sana, y de que era suya; y entónces pegaba un brinquito con el cual hacía saltar el agua y el barro alrededor, á manera de un perro de lanas al salir del agua. Otras veces se contentaba con un estregon de manos, y proseguia su camino con más ahinco. Mirando al suelo, recapacitaba todo lo que le habia pasado en aquel dia, la aldaba, la respuesta descortés de la mujer que se asomó á la ventana, los gritos de aquella furia que queria hacerlo pasar por untador, los bribones que tratalan de acabar con él, los carros de los sepultureros, la entrada en el Lazaretoel encuentro del padre Cristóbal, la procesion de los convalecientes, el cuartel de las mujeres, la casuahdad de encontrar á Lucia, y la dispensa del voto, que era el punto á que siempre venia á parar para considerarse feliz; por mapera que era imposille imaginar un estado de más satisfaccion, á no acibararlo en parte la incertidumbre acerca de Inés, la quebrantada salud del padre Cristóbal, y el hallarse todavia en medio de la peste.
Con estos pensamientos entró en Sexti al anochecer, y el agua no daba aún indicio de cesar; pero sintiénduse con piernas más que nunca ligeras, y considerando las muchas dificultades que encontraria para haliar hospedaje, asi empapado en agua como se hallaba, ni siquiera peusó en buscar albergue. Lo que si sentia eran unas fuertes ganas de comer, á las cuales despues de lo ocurrido, seguramente no habria podido bastar la escasa sopa del Capuchino.
Trató de buscar una panaderia, y encoutrada, compró dos panes, que le entregaron con la formalidad de las tenazas y demas ceremonias. Echúse uno en el bolsilio, y el otro á los dientes, y adelante.
Ya era enteramente de noche cuando pasó por Monza; sin embargo, consiguió salir por la parte que justamente correspondia al camino que debia seguir; pero además de esto, que no era entónces poco mérito, es necesario saber cómo estaba á la sazon aquel ramino, y cómo se iba poniendo á cada instante. Hundido comɔ todos, entre dos orillas, á manera de un arroyo, podia llamarse en aquella hora, si no un rio, por lo ménos un lorrente, con tantos hoyos y charcos á cada paso, que podia tenerse á dicha el sacar los zapatos, y áun los piés, si se me apura. Pero Lorenzo iba saliendo lo mejor que podia, sin impaciencia, sin malas palabras, sin arrepentimiento, haciéndose cargo de que por más que costase cada paso, siempre era adelantar, que el agua cesaria cuando Dios quisiera, que á su tiempo amaneceria, y que el camino que andaba entónces ya estaria andado.
Y á decir verdad, tampoco pensaba en ello sino en los momentos de más apuro. Servianle de distraccion los recuerdos é ideas que ocupaban su mente. Recreábase ora en recorrer la historia de los tristes años pasados, de tantos enredos, tantas contradiciones, y tantos momentos en que casi lenía perdida la esperanza, y en contraponer á estas ideas las de un porvenir tan diferente, las de la llegada de Lucia, de su boda, de la formacion de su casa, del placer de contarse reciprocamente sus aventuras, y de no separarse en toda la vida.
Cóno se compusiese cuando se dividia el camino, lo que no dejaba de suceder á menudo, esto es, si con la poca práctica que lenía, y un nediano discurso, encontraba siempre el verdadero, ó si se metia por cualquiera á la ventura, no es fåcil decirlo, porque él mismo, cuando contaba su historia, que siempre erá con más palabras de las necesarias, a! liegar á los sucesos de aquelia noche, sólo se acordaba de ella como si la hubiese pasado en su cama soñando; lo cierto es que al amanecer se halló á vista del Ada.
Nunca habia dejado enteramente de llover; pero hubo un corto espacio en que el diluvio se convirtió en lluvia, y luégo en liovizna. Las nubes altas y ralas formaban un velo Gilatado, pero ligero y diafano, y la luz del crepúsculo permitió à Lorenzo ver todo el país á la redonda. Alli estaba su pueblo, y lo que él experimentó en aquel momento no es fácil describirlo: sólo podemos decir que le parecia que aquellas nmontañas, el inmediato Resegono y el territorio de Lecco, todo era suyo. Echó la visla lambien sobre si, y se encontró algo extraño, y tal, segun lo que sentia, como se imaginaba debia ser. Arrugada la ropa y pegada al cuerpo, desde el cogote hasta la cintura hecho una sopa y cayéndole á chorros el agua, y desde la cintura á los talones gachas y barro; y si se bubiera mirado en un espejo, más eco le hubiera hecho el verse con las alas del sombrero caidas, y el pelo lacio y pegado á la cara. En cuanto á cansado, bien podia estarlo, pero no lo advertia, y el fresquecito de la mañaua con el de la noche y aquel corto baño, no hacian sino aumentar su energía y su gana'de andar más aprisa.
Llega á Pescale, costea el último trecho del Ada, echando una mirada nmelancólica á Pescarénico, pasa el puente, y por atajos y campos llega en breve á la casa de su antiguo huésped. Este, que acabando de levantarse estaba á la pueria mirando el tiempo, vuelve los ojos hácia aquella figura tan empapada en agua, tan cubierta de lodo, tan sucia, y al mismo tiempo tan lista y desenfadada, por manera que en su vida habia visto á un hombre tan mal parado y tan contento. -¡Hola!-dijo,-;lan presto! ;con este tiempo! ¿cómo ha ido?
—La encontré, la encontré,-contestó Lorenzo.
—¿Buena?
—Restablecida ya, que es mejor. Muchos motivos tengo para dar gracias al Señor y á su Sanlisima Madre, pues vivo. ¡Cosas grandes, amigo! ya te contaré: ¡qué cosas!
—Pero ¡cómo estás!
—Estoy guapo, įeh?
—A la verdad que el agua que te chorrea de medio cuerpo arriba pudiera lavarte de medio cuerpo abajo.
Aguarda, aguarda, que voy á hacerte una buena logata.
—Te lo agradezeo. abes dónde me cog? justamente á la puerta del Lazareto: pero esto ne es nada; el tiempo hace su oficio, y yo hago el mio.
El amigo se fué, y volvió con dos brazadas de leña; puso una en el suelo y echó la otra en la chimenea, y á beneficio de unas cuantas ascuas que quedaron por la noche, no tardó en levantarse una gran llama. Quitóse Lorenzo el sombrero, le saeadió dos ó tres veces y le tiró al suelo; pero no pudo quitarse tan presto el gaban. Sacó lambien de la fallriquera de los calzones su cuchillo, con la vaina tan esponjada que parecia de tripas, y le puso sobre una mesita, diciendo:
—iQué bueno está tambien éste! pero, en fin, gracias á Dios, que no es más que agua. Mi vida, amigo, ha estado en un tris: ya te diré (y se estregaba las manos). Ahora hazme otro favor,-añadió;-tráeme aquel lio que te dejé porque ántes que esta ropa se seque va largo.
Vuelto con el lio el amigo, le dijo:
—Creo que no dejarás de tener ganas; que beber no te habrá faltado en el camino, pero comer...
—Ayer por la tarde encontrẻ donde comprar dos panes; pero á la verdad, no me han ilegado á un diente.
—Deja,-dijo el amigo, y echó agua en un perolito, la puso á la lumbre, y añadió:-voy por leche: cuando vuelva, el agua estará caliente, y haremos una buena polenta:
tú entretanto componte á tu gusto.
Quedando Lorenzo sólo, se quit6 de encima, no sin trabajo, el resto de la ropa, que estaba como encolada á la carne, se secó bien y se volvió á vestir de piés á cabeza.
Volvió el amigo, emprendió la faena de la polenta, y entretanto f.orenzo se quedó sentado aguardando.
—Ahora-dijo-voy sintiendo que estoy cansado. La tirada es buena; pero no es nada: tengo que contarte para todo el dia. ¡Cómo está Milan! ¡Es preciso verlo y tocarlo! Cosas para tener luégo asco de sí mismo. Estoy por decirte que necesitaba yo de este enjabonado. ¡Lo que quisieron hacer conmigo aquellos señores! Ya oirás, ya oirás. ¡Ah! işi vieras el Lazareto! Entre tantos horrores es cosa de perderse y perder el juicio: ya te lo contaré todo... Allá está, y vendrá pronto aquí, y será mi mujer, y tú has de ser uno de los testigos; y, peste, ó no peste, quiero que tengamos á lo ménos algunas horas de diversion y alegría.
Cumplió con efecto la palabra que dió á su amigo de emplear aquel dia en contárselo todo, tanto más que no habiendo cesado de lloviznar, lo pasó debajo de techado, ya en conversacion con su amigo, ya trabajando con él en una tina y una bota, y en otros preparativos para la vendimia, porque, como él decia, era uno de aquellos que se cansaban más en no hacer nada que en trabajar. No pudo sin embargo dejar de hacer una escapadita hasta la casa de Inés para ver eierta ventanita, y darse tambien allf otro estregoncito de manos. Fué y volvió á hurtadillas, y se acosló temprano. Temprano tambien se levantó el dia siguiente; y viendo que aunque no estaba sentado el tiempo, habia cesado el agua, se puso en camino para Pasturo.
Era todavía temprano cuando llegó; que no tenía ménos prisa ni ménos gana de acabar, que la que pueden tener nuestros lectores. Preguntó por Inés; supo que estaba viva y sana, y le enseñaron una casita aislada donde vivia. Allf se fué en derechura, y le llamó por su nombre desde la calle. A esta voz se asomó Inés apresuradamente á la ventana, y miéntras estaba con la boca abierta, queriendo proferir no sé qué palabras, la previno Lorenzo diciendo:
—Lucia se puso buena; la he visto anteayer; saluda á usted, y vendrá presto, ¡y cuánto tengo que contar á usted! Entre la sorpresa, el placer de la noticiay el afan por saber más, empezaba Inés ya una exclamacion, ya una pregunta, sin acabar nada, y olvidando luégo las precauciones que acostumbraba tomar desde largo tiempo, dijo:
—Ya bajo á abrir.
—Aguarde usted. Y la peste?-preguntó Lorenzo.- Creo que usted no la ha pasado.
—Yo no: y tú?
—Yo sí; pero es menester precaucion; vengo de Milan, y he estado metido en el contagio hasta los ojos. Es verdad que me he mudado de piés á cabeza, pero es cosa que á veces se pega como un naleficio, y puesto que el Señor ha librado á usted hasta ahora, quiero que usted se cuide hasta que se acabe este maldito influjo, porque es usted nuestra mamá, y quiero que vivamos todos juntos por largo tiempo y alegremente, en desquite de lo nucho que hemos sufrido, al ménos yo...
—Pero...-comenzó á decir Inés.
—No hay pero ni pera,-interrumpió Lorenzo.-Sé lo que usted quiere decir. Ya verá usted cómo no hay pero.
Vamos á algun paraje bien ventilado donde se pueda hablar con comodidad y sin riesgo.
Indicóle Inés un huerto que caia á espaldas de la casa, diciéndole que entrase allí, y se sentase en uno de dos banquillos que estaban frente á frente, que ella bajaria luégo, y se sentaria en el otro. Asi se hizo, y estoy seguro de que si el lector, como impuesto en los antecedentes, hubiese podido hallarse presente, y ver y oir aquellos relatos, aquellas preguntas, aquellas explicaciones, aquellas quejas, aquellas exclamaciones, aquel hablar de 5. Rodrigo y del padre Cristóbal, y todo lo demas con aquellas descripciones de lo futuro tan posilivas y claras como las de lo pasado, estoy seguro, digo, de que hubiera tenido gran gusto en ello, y hubiera sido el último en separarse; pero para tener en el papel toda aquella conversacion con palabras mudas, de tinta y sin ningun hecho nuevo, soy de parecer que no sentirá perderla, y que prelerirá que se las dejemos adivinar. La conclusion fué que irian á vivir juntos al pais de Bérgamo, donde ya Lorenzo tenía un buen aeomodo; pero en cuanto al tiempo, nada se pudo determinar, porque dependia de la peste y de otras eireunstancias, y sólo se acordó que apénas pasado el peligro, volviera İnés á su casa, aguardando alii á Lucía, 6 Lucia la aguardaria á ella; y Lorenzo entretanto haria otras escapadas á Pasturo á ver á su mamá, y tenerla al corriente de todo cuanto ocurriese.
Antes de irse le ofreció tambien dinero, diciendo:
—Vea usted, todo está intacto, pues hice aquí voto de no tocarlo hasta que se hubiesen aclarado las cosas. Ahora, pues, si usted lo necesita, baje usted una cazuela con agua y vinagre, y meteré allí los cincuenta escudos flamantes.
—No, no,-contestó Inés;-tengo más de lo que para mí necesito; guárdalos, que te servirán para poner casa.
Retiróse Lorenzo con este nuevo motivo de consuelo, cual era el de haber encontrado en buena salud á una persona á quien tanto amaba: permaneció el resto de aquel dia y la noche en casa de su amigo, y el dia siguiente se puso de nuevo en camino, pero con otra direccion; á saber, la de su país adoptivo.
Alli encontró tambien con buena salud á su primo Bartolo, y con ménos lemor de perderla, porque en aquellos pocos dias las cosas habian tomado rápidamente muy buen aspecto. Las invasiones eran mucho ménos frecuentes, la enfermedad ya no era la misma; ya no se presen'aba aquel amoratado mortal, ni aquella violencia de síntomas, sino unas calenturillas, la mayor parte intermitentes, y alguna vez un tumoreillo descolorido, que se curaba como un divieso ordinario. Era otro ya el aspecto del pais: los que habian sobrevivido empezaban á salir de sus escondrijos, dándose reciprocamente el pésame ó el parabien. Se hablaba ya de volver á poner corrientes las fabricas; y los dueños pensaban en buscar y apalabrar artesanos, especialinente en aquellas artes en que el número de ellos escaseaba tambien ántes del contagio, como era la de la seda.
Lorenzo, sin hae rse de rogar, pro:netió (salva siempre la debida aprobacion) á su primo, que volveria á trabajar en cuanto fuese á establecerse con su familia en el país. Dispuso entretanlo los preparatıvos más precisos; buscó una casa mejor, cosa entónces barto facil, y pcco costosa; la proveyó del ajuar y muebles necesarios, echando mano otra vez del tesoro reservado; pero sin abrir en él gran brecha, porque de todo habia desgraciadamente grande abundancia y baratura.
A los pocos dias regresó á su país nativo, que halló extraordinariamente mejorado, y inarchó inmediatamente á Pasturo, donde halló á Inés más animada, y tan dispuesta á volver á su casa, que él mismo la trajo. Creemos exeusado decir aquí cuáles fueron sus sentimientos y sus palabras al verse juntos en aquel pueblo; cualquiera podrá figurárselo.
Iués lo encontró todo como lo habia dejado; por manera que solia decir que esta vez, tratándose de una pobre viuda y de una pobre muchacha, los ángeles habian estado allí de guardia.
—Y la otra vez,-añadia,-cuando cualquiera hubiera creido que el Señor cuidaba de otros, y á nosotros nos abandonaba, permitiendo que nos llevasen nuestra hacienda, inanifestó todo lo contrario, porque me envió por otra parle dinero con que poder reponerlo todo: digo todo, y no digo bien, porque faltaba el ajuar de Lucia que los picaros se llevaron enterito; mas héte aqui que nos viene por otra parte. Quién me hubiera dicho, cuando estaba trabajando en poner listo aquél, crees tú trabajar para Lucfa? ;Pobre mujer! trabajas para quien no conoces. abe Dios quién se llevará esas camisas, esas enagnas, esos jubones! Del ajuar de Lucia, del que verdaderamente ba dle servirle, cuidará otra buena alma, que ui siquiera sabes si existe.
El primer cuidado de Inés fué el de preparar en su casita el alojamiento más decente que pu1o para aquella buena alma: Tuégo buscó seda que devanar, y con su aspa procuraba engañar la tardanza.
Lorenzo, por su parte, no pasó en la ociosıdad aquellos dias para él tlan largos. Conmo por fortuna sabia los oticios, se dedicó al de labrador. Empleaba parte del tiempo en ayudar á su huésped, para el cual no era poea suerte tener á su disposicion un labriego, y un labriego de tanta habilidad: otra parte la dedicaba á cu tivar y arreglar el huertecillo de Inés, abandonado enteramente durante su ausencia. Por lo que toca à su pequeña hacienda, no se cuidaba de ella, diciendo que era una peluca demasiado enmarañada, y de nada servian dos brazos para desenredarla. Tampoco poma los jiés en ella, ni en su casa, porque era para él un dolor el ver aquella desolacion, babiendo ya tomado el partido de deshacerse de todo, de cualquiera nanera que fuese, y emplear en su nueva patria lo que sacase.
Si los que habian quedado vivos eran unos para otros como resucitados, Lorenzo lo era para los de su pueblo como dos veces. Todos le felicitaban, le agasajaban, y deseaban oir su historia. Algunos quiza preguntaran: y cómo andaba la cosa respecto á ia requisitoria? Perfectamente.
Apénas se acordaba de ella, suponiendo que los que debian ejecutarla tampoco se acordarian, y no se cquivocaba. Y esto no dimanaba sólo de la peste, que todo lo habia barajado, sino lambien (cosa muy comun en aquellos tienipos, como lo hemos visto en más de una parte de esta historia) de que las órdenes, tanto generales como particulares, contra las personas, como no hubiese alguna animosidad privada 6 poderosa que promoviese su ejecucion, quedaban sin efecto, á no ser que se ejecutasen en los primeros momentos, á manera de las balas de fusil, que si no ausan daño al golpe, caen al suelo, en donde á nadie molestan, consecuencia necesaria de la excesiva facilidad con que á roso y velloso se expedian dichas órdenes. La actividad del hombre es limitada, y lo que va de más en ordenar, debe ir de ménos en la ejecucion. | Si alguno asimismo quisiese saber cómo se conducia Lorenzo con D. Abundo, miéntras permanecia en su pueblo aguardando que se dispusiesen las cosas para su boda, diré que no tenian relacion alguna entre sí: este último, por temor de oir hablar del casamiento, cuya palabra le traia á la memoria los bravos de D. Rodrigo y las reconvenciones del Cardenal; y el primero porque habia determinado no hablar del asunto hasta el momento preciso de su ejecucion, no queriendo escamarle ántes de tiempo, no fucra que pusiese nuevos impedimentos. De esto hablaba frecuentemente con Inés, á quien solia preguntar:
—¿Cree usted que vendrá presto?
—Creo que si,-respondia Inés.
Y muchas veces hacía ésta la misma pregunta, con lo cual procuraban los dos entretener el tiempo, que les parecia cada dia más largo.
Para nuestros lectores haremos que pase más pronto, diciendo en resúmen que á los pocos dias de haber estado Lorenzo en el Lazareto, salió Lucia con la buena viuda, y habiéndose dispuesto una cuarentena general, la pasaron las dos juntas en casa de la última, donde una parte del tiempo se empleó en el ajuar de Lucia, quien, despues de algunos cumplimientos, tuvo tambien que trabajar en él.
Concluida la cuarentena, confió la viuda á su hermano el comisario la tienda y la casa, y se hicieron los preparativos para el viaje. Podremos tambien añadir de seguida, para acabar pronto, que se pusieron en camino, que llegaron, y lo demas: pero á pesar de toda la prisa del lector y la nuestra, hay très cosas correspondientes á aquel período que no queremos pasar en silencio, y á lo ménos por lo que toca á dos, el mismo lector convendria en que hubiéramos hecho mal omitiéndolas.
La primera es que cuando Lucía volvió á hablar con la viuda de sus aventuras con más particularidad y más órden que el que pudo emplear en la agitacion de la primera confianza, é hizo mencion más expresa de la Señora que la habia acogido en el convento de Monza, llegó á saber cosas de ella que excitaron en su ánimo la más triste y terrible admiracion. Supo por la viuda que habiendo la desgraciada monja dado márgen á sospechas de hechos atroces, faé trasladada de órden del Cardenal á un con- Vento de Milan, y que allí, despues de muchos desórdenes St arrepintió, y vuelta sobre sí, su vida actual era un suplicio voluntario tan duro, que nadie pudiera inventar otro niás severo. El que quisiere tener noticias más circunstanciadas de eştc Tamentable incidente, las hallará en la historia patrin de Ripamonti, década v. bro.vL capitulo r:
Se reduce ta oira á que preguntando Lucia por el padre Cristóbal á tolos los capuchinos que pudo ver en el Lazareto, supo con más pena que admiracion que habia muerto de la peste.
Finalmente, ántes de salir de Milan deseaba tener alguna noticia de sus antiguos amos para cumplir con ellos, si alguno era vivo, como lo exigia la gratitud y la buena crianza.
Acompañ la la misma vinda á la casa, donde supieron que uno y otro se habian ido con los mas al otro mundo.
Por lo que toca á dona Praxedes, diciendo que murió, se dice todo lo que hay que deer, pero con respecto á don Ferrante, trat:indose de un sabio de aquella época, el anónimo que varias veces hemos eitado, creyó conveniente extenderse algo mas; y nosotros de unestra cuenta y riesgo trasladamos en compendio lo que él dejó escrito.
Dice, pues, que en cuanto se empezi á hablar del contagio, D. Ferrante fué uno de los mas acérrimos y constantes en negar su existencia, no con alboroto como el pueblo, sino con raciocinios, cuyo enlace por lo ménos nadie podia desconocer.
— In rerum natura-decia-no hay sino dos géneros de cosas, á saber, sustancia y accidentes; y si yo pruebo que el contagio no puede ser ni lo uno ni lo otro, habré probado que no existe, y que es na quimera. Vamos á probarlo.
Las sustancias son ó espirituales ó materiales. Que el contagio sea una sustancia espıritaal, es un dislate de tal naturaleza que nadie habra que lo sostenga, de consiguiente es inútil hablar de él.
Las sustancias materiales son simples 6 compuestas.
Ahora bien, el contagio no es sustancia simple, y lo demuestro en cuatro palabras. No es sustancia aérea, porque si lo fuera, cn lugar de pasar de un cuerpo á otro, volaria más bien á su esfera: no es ácnea, porque bumedeceria y la secarian los vieutos: no es ignea. porque quemaria; y no es térrea, porque entónees seria visible. Tampoco es sustancia compuesta, porque de todos nmodos se veria y se tocaria; y cste contagio qmén lo ha visto? quién lo ha tocado? Queda ahora por ver si es accidente. ;Peor que peor! Nos dicen los señores médicos que el contagio se comunica de un cuerpo á otro, y este es su argomento, su pretexto para tantas órdenes sin utilidad. Abora suponiéndolo accidente, vendria á ser accilente trasportado, dos palabras opuestas, no habiendo en toda la filosofia cosa más clara que la de que un accidente no puede pasar de un sujeto á otro. Y si para evilar este Escila, dicen que es acciderte producido, huyen de él, y dan en Caribais, porque si es producido, no se comunica ni propaga como van cacareando. Supuestos estos principios, ¿de qué sirve venir á hablarnos de vibicos, exantemas, antraces, etc.?
—Todas majaderías!-le contestó uno en cierta ocasion.
—No, no,-replicó D. Ferrante;-no digo yo eso. La ciencia es ciencia; pero conviene saberla emplear... Vibicos, exantemas, antraces, parótidas, bubones amoratados, diviesos nigricantes, son todas palabras respetables que tienen su sentido; pero digo que no vienen al caso en esta cuestion. ¿Quién niega que haya de estas cosas? El punto está en ver de dónde vienen.
Aquí empezaban tambien los apuros de D. Ferrante, porque miéntras se limitó á refutar la opinion del contagio, hallaba por todas partes quien le escuchase, porque seguramente es muy grande la autoridad de un sabio de profesion cuando trata de probar á los demas cosas de que ya están persuadidos; pero cuando queria distinguir y demostrar que el error de aquellos médicos no consistia en afirmar que existia un mal terrible, sino en señalar sus causas y modos, entónes (esto es, al principio, cuando no se queria oir hablar del morbo), entónces todos estaban contra él, y ya no podia emitir su doctrina sino á retazos.
—-Existe, sin embargo, esta verdadera causa,-solia decir,-y se ven obligados á reconocerla, áun aquellos que sostienen la otra asi en el aire.. Que nieguen, si pueden, esa fatal conjuncion de Saturno con Júpiter. Y cuándo se ha oido decir jamás que las influencias se propagan?... Y habrá quién niegue las influencias? Me negarán que hay astros? ¿Y querrán suponer que están allá arriba ociosos, como otras tantas cabezas de alfileres clavadas en una almohadilla? Lo que no puedo comprender de estos médicos, es que confiesan que nos hallamos bajo una conjuncion tan maligna, y luégo vienen diciendo: «no toqueis allí y oe libertareis,» como si el evitar el contacto material de los cuerpos terrestres pudiese impedir el efecto virtual de loscuerpos celestes, y además tanto quemar andrajos. ¡Pobre gente! ¿Quemareis á Júpiter? ¿Quemareis á Saturno? Fundado en estos desatinos, no tomó precaucion alguna contra la peste. Esta le acometió: D. Ferrante se metió en la cama, y murió como un héroe de tragedia, tomándola con el cielo y las estrellas.
¡Y su famosa biblioteca? Anda quizá dispersa todavía por los puestos de los que venden comedias y romances.