Los padres del rubiecito
Los padres del rubiecito
I
-¡Ay! Vení, ché, mirá!
— Por Dios, Cándida, qué manera de hablar! Dime: Ven tú, mira.
—No seas literata. ¿Querés mirar, sí o no?
—¿Qué cosa?
—El chiquito de la vecina. ¿Lo ves? ¡Qué monada!
El rubiecito? Es cierto: con ese bonete colorado, ¡qué bien está!
—Mirálo, mirálo: parece que quiere entrar.
¿Qué cosa le llamará tanto la atención?
Será el cardenal.
—Pero ¡cómo mira, ché! ¡Qué rica criatura!
Bueno. Deja quieta la celosía. Si empiezas a darle confianza... Mamá anda por aquí, y si nos ve, ha de tener que decir algo.
Oh, bah! Dejámelo ver, no seas majadera.
—Pero, Cándida. Si yo no te impido que lo veas; pero ten cuidado que no se entere mamá; ya sabes que ni quiere oir hablar de él!
—¡Mirámelo qué rico! ¡Quiere entrar y no se atreve ! ¿Qué buscará?
—Vaya a saber uno. ¡No salgas al patio, Cándida!
—Si no salgo, mujer. ¿No ves que se ha entrado? ¡Ay, pobrecito! Se le había ido una naranja bajo el rosal. El pobre no puede sacarla, tan al fondo se le fué.
—Déjalo solo.
—Qué hay de malo en que le ayude a recobrar su naranja?
—¡Cándida!
La hermana mayor no lo pudo impedir. Cándida abrió la puerta y se lanzó al patio. El niño no tuvo tiempo para darse cuenta de nada. Se vió abrazado por una señorita de cara morena y radiante, de aliento cálido, que lo besaba locamente.
Grandes mechones ondeados de cabello negro caíanle al rostro, mal sujetos por la cofia blanca, e iban a confundirse en los transportes de su expansión, con los dorados cabellos del niño que aparecían descubiertos. El bonete rojo se le había caído.
Desde la puerta entreabierta de la sala, Delia observaba.
—Déjalo de una vez — le decía por lo bajo, pero con acento de energía.
El niño tornaba lentamente de su asombro; pero no del todo. Aquellas caricias, en una casa en la que había entrado con tanto temor, y hechas por una señorita a quien no había visto nunca, no eran cosa tan natural para él!
A cada apartamiento del rostro, después de cada beso, el niño clavaba los grandes ojos azules en aquel bello rostro de mujer morena, mirándolo largamente.
Naranja! decía en su media lengua, señalando con cierto embarazo debajo de la tina.
Aquel niño no se sabía de quién era. Hacía meses lo tenía la vecina doña Delmira, quien, a las preguntas sobre quiénes eran sus padres, no daba siempre las mismas razones. ¿Qué sabría al respecto la madre de las muchachas para no querer que se diera confianza al rubiecito?
—Déjalo, ya, Cándida. Ahora nomás llegará Carlos; ya sabes que hoy es jueves. Mamá debe estar pronta.
—Tomá, tomá la naranja. ¿Cómo te llamás?
Cándida, en cuclillas, no dejaba libre al niño, más familiarizado después de reconquistada su naranja y encasquetado su gorro.
—¡Ay! Aquí estaba mi hijito: ¡Dios mío, qué susto! exclamó de pronto una joven que no tendría muchos más años que Cándida, también morena.
Garbosa en su traje claro, se allegó hasta el zaguán. Con espontánea simpatía, Cándida díjole que entrara.
—¿Cómo es que te has metido a molestar a la señorita? — se apresuraba a reprender la madre.
—¡No! ¡ Valiente, señora! — decía riendo gozosa Cándida.
Desde la puerta de la sala, Delia le hacía a su hermana señas para que se entrase.
—Vino el caballerito a buscar lo suyo. Su naranja había rodado hasta las plantas. Eso es todo completó Cándida.
— Dale un beso y vámonos — díjole la madre al rubiecito.
—¡Oh, qué gracia, señora: le di tantos! — Sólo que él no me los devuelve.
Cándida besó por repetidas veces al niño. La madre agradeció, saludó discretamente y se llevó al rubiecito de la mano.
Delia, no bien retirado el niño y la moza, se fué presurosa a las piezas interiores. Quería cerciorarse de si la madre se había enterado de todo aquello.
A la que más le saltaba el corazón era a Cándida, a quien su hermana había dicho en vano: "vete a arreglar que viene tu novio", pues Cándida, encantada con aquel niño y deseosa de mirar un momento más a su misteriosa madre, se había lanzado nuevamente a la ventana. Y observando hacia afuera, quedó por un momento inmóvil, como aterrada.
El niño, regocijado, con los brazos abiertos, hacía señas, mientras la madre, grave, permanecía en medio de la acera, como esperando. Pero, esperando ¿a quién?
El novio de Cándida, Carlos, había cruzado la calle, y, llegando hasta el niñio, lo había besado. Luego yendo hacia la joven le preguntó:
—¡Te has salido con la tuya?
Tenía alguna inquietud el acento de reproche del joven.
—No. No he sido tan ordinaria. No quiero lograr tu reconquista con escándalos. Fuí simplemente a buscar a tu hijo. Y, sin querer, conocí a tu novia.
—Callate.
—Pierde cuidado: no te comprometeré.
Ante la actitud resuelta de la joven que se iba con el rubiecito, Carlos quedó indeciso. La madre del niño volvióse:
—Puedes ir. Debes ir. A tiempo estás de ser caballero con las dos... o con una sola; pues creo que no andarás en otra mala acción.
Cándida, con ambas manos en el pecho, ahogada por un rudo sollozo que le atenazó de pronto la garganta, había huído a su pieza.
II
Carlos se halla sentado en el comedor, junto a la celosía que da al patio. Doña Petrona y Delia no saben qué decirle, pues aquel mocetón fornido, de facciones regulares, de un franco mirar en sus ojos claros y gesto habitualmente desenvuelto, está desconocido. No atina a comenzar ninguna conversación. Y, lo que es más extraño aún, ni ha preguntado por Cándida, que siempre que él llega le sale al encuentro.
Doña Petrona está como alarmada. Tres veces ha ido a llamar a su hija, quien, encerrada en su habitación, no le ha dado respuesta.
—¿Sabe? Se encuentra un poquito indispuesta.
Yo se lo quería decir; pero..responde el joven. —¡Ah! sí; com— Eh?
prendo, comprendo.
Pero se ve que no comprende nada. Se ha puesto rojo súbitamente. Como para proteger su situación, ha tomado el mate que le alargaba una chica y lo ha sorbido en dos chupones. Y luego dice, poniéndose de pié:
—Bueno. Yo... yo también venía hoy apurado ¿no? Eso es, venía apurado.
—¿Algún trabajo fuera de hora?
—No. Sí. Sí, señora: eso es. Poca cosa. Así es que, ustedes comprenderán...
El joven, de pie, daba en tanto la mano a la señora y luego a Delia. Y seguía disculpándose, embarazosamente.
—Ustedes disimularán. Quise venir a comunicárselo sin embargo.
—¡Pero, Carlos: venirse desde el centro, para eso! ¡ Como si no nos conociéramos!
—¡Adiós! ¡ adiós!
El joven marchóse. Doña Petra, enfurecida, aseguraba que la conducta guaranga de Cándida había sido la causa del retiro brusco de Carlos. Interrogaba a Delia por si sabía qué era lo que tenía su hermana. Pero en vano. Ella, en efecto, le ignoraba.
La buena señora halló por fin entornada la puerta de la pieza de Cándida. Y al ver a ésta en sus ropas de entrecasa, extrañamente seria, juzgó prudente no decirle nada.