Los seis velos: 5

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Los seis velos de Pedro Antonio de Alarcón


Parte cuarta.[editar]

El velo azul.


I

-¡Bravo!


-¡Re-bravo!


-¡Archi-bravo!


-¡Proto-bravo!


-¡Non-plus-ultra-bravo!


-¡Bravo-Murillo!


-¡Maldición sobre ti, político de los diablos!


-¡Tú nos desencantas al hablarnos de los hombres!


Una rubia. -Pues ¿de qué ha de hablarnos? ¿Qué sería del mundo sin hombres?


-¡Los políticos no son hombres!


-Son animales divorciados de la Naturaleza.


-Son locos: dejan lo positivo por lo ideal.


-Y viceversa: son los poetas de la prosa: persiguen la quimera de un dudoso materialismo.


-¡Valen menos que una botella vacía!


-¡Valen menos que el corazón de mi Dolores!


Dolores. -¡Desde que tú reinas en él!


-¡Luego yo reino!


-¡El reina!


-¡No se admiten razonamientos!


-¡Muera el silogismo!


-¡Viva el dinero!


-¡Y el ocio!


-¡Y el vino!


-¡Y la bacanal!


-¡Guerra al trabajo!


-¡Y al pensamiento!


-¡Y al estudio!


-¡Guerra a la guerra!


-¡Dadme un abrazo!


-¡Quemad perfumes!


-¡Llenad mi copa!


-¡Bailad, infames!


-¡Canta, Dolores!


-¡Abrid ese piano!


-¡Dadme opio!


-¡A mí, cigarros!


-¡Dejadme dormir!


-¡Coronadme de flores!


-¡Poeta, improvisa!


-¡Allá va!... Necesito un trono... Hacédmelo con vuestros brazos, hijas mías... ¡Lavadme los pies, esclavas! ¡Atención!

   ¡Dadme vino! ¡Dadme sueño!
¡Dadme muerte! ¡Dadme olvido!
¡Cese ya este loco empeño
en que el hombre nunca es dueño
del placer apetecido!
   O dadme vida mejor,
en que, clavada la rueda
de tiempo devastador,
gozar sin recelo pueda
eternidades de amor.


-¡Bravo! ¡Re-bravo! ¡Archi-bravo! ¡Non-plus-ultra-bravo!


  ¡Dadme esa vida que veo
al través de aquella vida!...
   ¡Dadme esa vida en que creo...;
esa vida que deseo
como una gloria perdida
   ¡Dadme la vida inmortal!...
Y, si esto es mucho pedir,
prosiga la bacanal,
y en este frágil cristal
escanciadme el porvenir.


-Poeta, tú lloras...


-Tú sientes...


-Tú recuerdas...


-Tú amas...


-¡Fuera el poeta! ¡Muera el hombre que tiene corazón!

..............................


El poeta se encoge de hombros, y se debe otra botella de Champagne.


Tres minutos después cae sobre la alfombra.


Una salva de carcajadas truena sobre sus ruinas.


Dolores recuesta en su regazo la marchita frente del joven cantor y lo ve dormir con honda pena.


Entre tanto ruge el piano locamente bajo los dedos del músico.


Está ebrio, y traza un preludio frenético, delirante.


Todos guardan silencio.


Una fantasía lúgubre, siniestra, desesperadora, brota del aire.


Es la Campana de los agonizantes, del maestro Schubert.


Dan las tres de la mañana.


Las bujías van amortiguándose consumidas.


El sueño se apodera de aquellas cabezas estúpidas o insensatas.


La canción expira lentamente...


El músico se duerme sobre el piano, y, al rodar luego al suelo, arranca del teclado un largo gemido inacorde...


Sólo vela ya, pues, entre los calaveras y cortesanas, vencidos por la orgía, la insomne y triste mirada de Dolores.

..............................


Pero ¡ay, no!... ¡Que también estaba yo allí!


-¿Tú, Rafael?


-Sí: ¡yo mismo!... !Ojalá no fuera cierto!


-Cuéntame... Cuéntame...



II


(Sigue Rafael.) -Yo había presenciado, oculto detrás de una cortina, la escena que acabo de pintarte.


No pudiendo creer que Matilde, mi adorada de toda la vida, hubiese descendido tanto en la escala de la degradación, habíame hecho conducir a aquella infame casa, en uno de cuyos balcones me parecía haberla visto servir de muestra y señuelo a los transeúntes.


Y, desgraciadamente, no me habían engañado mis ojos ¡Dolores era Matilde!... ¡Matilde, cuya impudente desnudez... no diré que estaba encubierta, sino que lucía más y más, adornada por una vil túnica de gasa azul.


Ni por un momento pensé en hablarla... ¡Respetaba demasiado mi antiguo ideal, mi ilusión de tantos años, para prostituirla en un minuto!


Crucé, sin embargo, ante ella, saliendo de mi escondite, cuando hubo terminado la bacanal, y le dirigí una dolorosa mirada.


La sin ventura dio un grito de espanto, de vergüenza, de remordimiento, como si viera ante sí el fantasma de sus muertas virtudes, y se cubrió el rostro con las manos.


El poeta, que dormitaba con la cabeza reclinada en las rodillas de la asalariada beldad, abrió los ojos al oír aquel grito; la miró con ojos estúpidos; trató de abrazarla; y, no permitiéndolo la embriaguez, volvió a dormirse tartamudeando algunos versos...


Yo huí de aquella casa, loco de amor y desesperación.


FIN DE LA CUARTA PARTE


Comentario del autor[editar]

¡Lo azul! -He aquí mi color favorito.


¡Lástima, pues, que en la anterior escena Matilde estuviera velada de azul!...


Lo azul es el crespúsculo de lo negro... (Ya lo dije antes de ahora, creo que hablando del color de la bóveda celeste... Pero después me he arrepentido de este blasfemo epigrama.)


Azul es la melancolía del espíritu; no la corporal, que es amarilla, según veremos más adelante.


Azul es la distancia, patria del pensamiento.


Azules son los lirios, esas elegías del mundo de las flores.


Azul, en fin, es la tristeza.


Azul es Alfonso de Lamartine, según Alfonso de Cormenín.


La lontananza del horizonte, las remotas montañas, el Océano, el cielo... ¡todo lo inmenso, todo lo infinito..., es azul!


¡El cielo!..., fanal que recoge y guarda los suspiros del género humano, el ámbar de nuestra fe y el humo de las chimeneas...


El humo he dicho... ¡También es azul el humo! ¡Y cuenta que el humo representa cosas! Os recomiendo que penséis en el humo... ¡Tal vez no hay nada tan poético ni tan filosófico en la Naturaleza! El humo es el término medio entre el ser y el no ser, entre la tierra y el cielo...


¡Ah! ¿Quién sabe si lo azul del cielo consistirá en que está ahumado?...


Por lo demás, yo amo el cielo; ese cielo interminable, que consigue rendir los bríos y la curiosidad de mi alma; ese cielo mucho más extenso que mis deseos de volar, y que mis fuerzas, y que mi paciencia..., pero no que mi esperanza; ese cielo, en fin, que me ha enseñado a despreciar la tierra, bien que no a comprender la vida...


¡Oh! ¡Qué grande es todo lo azul!


Y, además, ¡qué bonito!


Azules eran aquellos ojos de serafín, hoy cerrados por la impía muerte, que no hablaban mis pasiones, sino que acariciaban suavemente mi corazón, calmando en él la fiebre de los sentidos...


Azules son ciertos diablos extranjeros que llevan este nombre, y los lagos de Suiza, y la tisis, y la putrefacción, y aquellos lazos de seda con que amortajan en toda Europa a las vírgenes...


Mas, ¿qué digo? Todo lo Moribundo, todo lo que va a desaparecer, es azul. Por ejemplo: la mañana es blanca, y la tarde es azul...


Como azul es la asfixia... Véase Cianosis.


Y las venas de las mujeres blancas, y el manto de las Concepciones de Murillo, y la ausencia, y los celos, y las violetas, y otras muchas cosas exquisitas, son azules...


¡Qué horror! ¡Acabo de acordarme de las medias de los aragoneses!