Los seis velos: 7

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Los seis velos de Pedro Antonio de Alarcón


Parte sexta.[editar]

El velo amarillo.


(Habla Rafael).-La última vez que la vi fue también al través de un velo.


Pasaba yo un día por la calle de la Montera, cuando un amigo mío, que estaba parado en la puerta de la iglesia de San Luis, me llamó y suplicóme que entrase a ser testigo de una boda, en sustitución de otro que tardaba.


Accedí, y al atravesar el templo con dirección a la sacristía, vi en medio de él una mujer todavía joven, enteramente sola..., completamente abandonada...


¡Era Matilde!


Cubría su faz un espantoso velo amarillo.


¡El velo de la muerte!


Porque ¡ay! Matilde no era ya Matilde... Era un cadáver tendido en negro y pobre ataúd, ¡en la caja de las Ánimas!


Lloré entonces su desgraciada suerte... y, ¡mira!..., no sé por qué, todavía la lloro...


FIN DE LA SEXTA Y ÚLTIMA PARTE


Comentario del autor[editar]

Hay algo más horrible que lo negro, y es lo amarillo.


Negro es el caos; negro es el no ser; pero la muerte del ser, la muerte de lo que ha vivido es amarilla como las mieses agostadas.


El ocio, el tedio, el fastidio, todos los engendros de la hiel, son amarillos. Dijérase que en ellos la muerte está mezclada con la vida.


La siempreviva, flor de las tumbas; una lámpara cansada de arder, y el oro, frío y devastador, amarillean también como los cadáveres.


La fiebre amarilla es la peor de las fiebres...


Y la cera amarilla es la cera funeral.


Y amarillos son:


El cólera y la cólera,


Todo lo viejo, todo lo rancio y todo lo descolorido,


La hopa de los ahorcados,


Los arenales de África,


Las hienas,


La ictericia, la misantropía, la androfobia,


La dolencia y el dolor,


El insondable hastío,


¡El hambre!


La faz del libertaje,


Los pergaminos,


Pallida mors.


Una carta de amor de antiquísima fecha...


Y la mitad de la bandera española.


¡Ay de aquel cuya vida es un amarillento erial cubierto de espinas, que le recuerdan otras tantas rosas llevadas por el viento!


¡Ay de la bandera española!


Adiós, Agustín Bonnat.


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