Los tigres de Mompracem: Capítulo 04

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Los tigres de Mompracem (Sandokán)
Capítulo 4: Tigres y leopardos
de Emilio Salgari


En menos de diez minutos llegaron los piratas a la orilla del río. Todos sus hombres habían subido a bordo de los paraos y estaban ocupados en bajar las velas, pues no corría viento.

—¿Qué sucede? —preguntó Sandokán subiendo al puente.

—Capitán, nos han descubierto —dijo Giro Batol—. Un crucero nos cierra el camino en la boca del río.

—¿Conque los ingleses vienen a atacarnos? —dijo el Tigre—. Está bien. Tigrecitos, empuñen las armas y salgamos al mar. ¡Enseñemos a esos hombres cómo se baten los tigres de Mompracem!

—¡Viva el Tigre! —gritaron con entusiasmo los tripulantes—. ¡Al abordaje!

Un instante después ambos barcos descendían por el río, y a los pocos minutos salían a plena mar.

A seiscientos metros de la costa navegaba a poca máquina un gran buque poderosamente armado. Se oía redoblar los tambores en su cubierta, llamando a la tripulación a sus puestos de combate.

Sandokán miró con frialdad al formidable adversario, sin que su mole le asustase en lo más mínimo, y gritó:

—¡Tigrecitos, a los remos!

Los piratas se precipitaron bajo cubierta, mientras los artilleros apuntaban los cañones. Los paraos volaban al impulso de los remos.

De pronto una bala de grueso calibre pasó, silbando por entre los mástiles.

—¡Patán —gritó Sandokán—, a tu cañón! No hay que perder un solo tiro. ¡Derriba los mástiles de ese maldito, desmóntale las piezas, y cuando ya no tengas la vista firme, hazte matar!

En ese momento un huracán de hierro atravesó el espacio y dio de lleno en los dos paraos, dejándolos rasos como lanchones.

Gritos espantosos de rabia y de dolor se alzaron entre los piratas, que fueron ahogados por otra andanada de artillería.

El crucero se alejó más de un kilómetro, dispuesto a recomenzar el fuego.

Sandokán, que había salido ileso, se levantó rápidamente.

—¡Miserables! —gritó, mostrando el puño al enemigo—. ¡Huyes, cobarde, pero yo te alcanzaré!

En un momento fueron acumulados en la proa de ambos barcos los mástiles de recambio, cajas llenas de balas, cañones viejos y maderos de toda especie, formando una sólida barricada. Veinte hombres de los más vigorosos volvieron a descender para manejar los remos, y los otros se agolparon en cubierta, temblorosos de furia, empuñando las carabinas y sujetando con los apretados dientes sus puñales.

El crucero avanzó a toda máquina, arrojando por la chimenea torrentes de humo negro.

—¡Fuego a discreción! —gritó el Tigre.

Y recomenzó por ambas partes la música infernal, respondiendo tiro a tiro, bala a bala y metralla a metralla. Los tres buques parecían dispuestos a sucumbir antes que a retroceder. En los paraos, con el agua ya en las bodegas, horadados en cien sitios, la locura se apoderó de sus tripulantes; todos querían subir a la cubierta del crucero y, si no vencer, morir al menos en el campo enemigo.

Patán, fiel a su palabra, murió al pie de su cañón; pero otro artillero ocupó de inmediato su puesto. Había muchos hombres muertos y otros horriblemente heridos, con las piernas y brazos rotos o separados del tronco, que se debatían con desesperación entre torrentes de sangre.

Pero en las cubiertas de ambos paraos quedaban todavía otros tigres, sedientos de sangre, que cumplían con valor su misión..

La cruel batalla duró veinte minutos. El crucero se alejó una vez más otros seiscientos metros, a fin de evitar el abordaje. Un bramido de furor estalló a bordo de los paraos ante la nueva retirada. Ya no era posible luchar con ese enemigo que se libraba del abordaje. Y sin embargo Sandokán no cedía.

Se arrojó impetuoso en medio de sus hombres, corrigió la puntería del cañón que les quedaba, y disparó. Pocos segundos después el palo mayor del crucero se precipitaba al mar, arrastrando a los soldados de las cofas y crucetas.

Mientras el crucero se detenía para salvar a sus hombres, Sandokán aprovechó para embarcar en su parao a la tripulación del que mandaba Giro Batol, que flotaba por verdadero milagro.

—¡Ahora, a la costa y volando! —gritó.

El parao de Giro Batol quedó abandonado a las olas con su carga de cadáveres.

Aprovechando la inacción del enemigo, los piratas se alejaron a toda prisa y se refugiaron en el riachuelo. Ya era tiempo, pues el pobre barco hacía agua por todas partes y se hundía lentamente. Gemía como un moribundo. Sandokán lo embarrancó en un banco de arena.

Apenas vieron que no corría peligro de irse a pique, los piratas irrumpieron en cubierta, las armas en la mano y contraídas de furor las facciones, dispuestos a volver a la lucha. Sandokán los contuvo con un gesto.

—Son las seis —dijo—; dentro de dos horas se pondrá el sol y las tinieblas caerán sobre el océano. Todo el mundo debe ponerse a trabajar para que a medianoche esté listo el parao y podamos hacernos a la mar.

-¿Atacaremos al crucero?

—No se los prometo, pero les juro que pronto llegará el día en que nos venguemos de esta derrota. Al relámpago de los cañones izaremos nuestra bandera en los bastiones de Victoria.

—¡Viva el Tigre! —aullaron los piratas.

—¡Silencio! —exclamó Sandokán—. Que vayan dos hombres a la boca del río a vigilar al crucero, otros dos a los bosques para que no nos sorprendan. Curen a los heridos y a trabajar todos.

Se sentó sobre el cañón.

—El crucero espera que salgamos al mar para rematarnos -murmuró-, pero se equivoca. ¡El Tigre también sabe ser prudente!

Llamó a Sabau.

—Patán y Giro Batol han muerto —le dijo—. Ahora a ti te corresponde el mando y yo te lo doy.

—¡Gracias, Tigre!

Entre ambos llevaron el cañón hacia popa y lo apuntaron mirando a la bahía, de modo que pudieran despejarla a metrallazos si las chalupas del crucero intentaran forzar la boca del río.

Los piratas trabajaron de un modo febril. Pusieron nuevos mástiles, taparon todos los agujeros y renovaron los cordajes. A las diez ya el barco podía volver al mar y afrontar un nuevo combate.

Una hora después Sandokán mandó que llamaran a los hombres que había enviado a la boca del río a vigilar al crucero.

—¿Está libre la bahía? —les preguntó.

—Sí.

—¿Y el crucero?

—Está delante de la bahía, a unos ochocientos metros.

—Tenemos espacio suficiente para pasar —murmuró Sandokán—. Las tinieblas protegerán nuestra retirada. ¡Zarpemos!

Veinte hombres empujaron el parao hacia el río.

—Que nadie grite —dijo Sandokán con voz imperiosa—; abran bien los ojos y tengan dispuestas las armas. ¡Vamos a jugarnos una partida terrible!

Se sentó junto al timón con Sabau a su lado y guió resueltamente el barco hacia la boca del río. La oscuridad favorecía la fuga. Desplegaron una vela latina, pintada de negro para confundirse con las sombras de la noche. La cubierta del parao parecía desierta.

—El crucero está muy cerca, con todos sus fuegos encendidos —dijo Sandokán—. Está esperándonos. Pasaremos rasando la costa para confundirnos con la masa de los árboles y en seguida nos lanzaremos al mar.

El viento era más bien débil, pero el mar estaba calmo. Sandokán temblaba de rabia. Él, el formidable Tigre de la Malasia, sentía vergüenza de huir silencioso como un ladrón. ¡Le hervía la sangre de furor y sus ojos relampagueaban!

Se había alejado el parao unos seiscientos pasos de la bahía y se preparaba para lanzarse a alta mar, cuando vio que el crucero encendía los faroles de posición.

—¡Nos han visto! —exclamó.

—¡A las armas! —gritaron a bordo del barco de guerra—. ¡Se escapan los piratas!

Se oyó el redoblar de un tambor llamando a los soldados y a la marinería.

Los corsarios, incrustados materialmente en las amuras y agolpados detrás de la barricada hecha con troncos de árbol, apenas respiraban, pero sus rostros feroces revelaban el estado de su ánimo. Sus dedos crispados apretaban las armas, impacientes por oprimir el gatillo.

Oyeron el silbido metálico de un proyectil al atravesar el aire. Un humo rojizo salía por la chimenea del crucero. Se escucharon las órdenes de los oficiales y los pasos precipitados de los tripulantes. El vapor corría para echarse encima de la nave corsaria.

—¡Preparémonos para morir como héroes! —gritó Sandokán, que no se hacía ilusiones acerca del éxito de aquella lucha.

De una parte y otra comenzó el cañoneo.

—¡Al abordaje! —gritó Sandokán—. ¡La partida no es igual, pero somos los tigres de Mompracem!

El parao, verdadero juguete comparado con el gigantesco crucero, se adelantó audazmente, cañoneándolo como mejor podía. Pero a pesar del valor desesperado de los tigres de Mompracem, el parao, acribillado por los tiros enemigos, ya no era más que un despojo.

Nadie hablaba de rendición. Todos querían morir, pero allá arriba, en la cubierta del buque enemigo. El cañón que disparaba Sabau había sido desmontado y la mitad de la tripulación yacía tendida por la metralla. La derrota era completa. Sólo quedaban doce hombres que, con los ojos extraviados y los labios espumeantes de rabia, apretaban con manos de tenazas las armas, atrincherados tras los cadáveres de sus compañeros. Sandokán lanzó su nave contra el barco enemigo. Fue un violentísimo encontronazo. Dos arpeos de abordaje se agarraron a las escalillas del crucero. Entonces los trece piratas, sedientos de venganza, aferrados a los postes y a los cables, se descolgaron sobre el puente antes de que los ingleses, asombrados de tanta audacia, pensaran en rechazarlos.

Los piratas rompieron las filas de los soldados que les cerraban el paso, repartieron una granizada de tajos de cimitarra a diestra y a siniestra, y se lanzaron hacia la popa. Había allí sesenta hombres, pero no se detuvieron a contarlos y se arrojaron furiosos sobre la punta de las bayonetas.

Daban golpes desesperados, segaban brazos y hundían cráneos. Durante algunos minutos hicieron temblar a sus enemigos, pero acuchillados por la espalda, alcanzados por las bayonetas, sucumbieron por fin uno tras otro. En la mitad del puente, Sandokán cayó herido en pleno pecho por un disparo de fusil. Cuatro piratas sobrevivientes se arrojaron delante suyo, y lo cubrieron con sus cuerpos, pero fueron muertos por una terrible descarga de fusilería. No así el Tigre.

Aquel hombre increíble, a pesar de su herida que manaba sangre, dio un salto, llegó a la borda, derribó con el puño de la cimitarra a un gaviero que intentaba detenerlo y se lanzó de cabeza al mar, desapareciendo bajo las negras aguas.